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sábado, 22 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (828) “La acusación” que puede acosar a cualquier profesor


El cine en francés pocas veces deja indiferente. Y he aquí un ejemplo más y relacionado con ese subgénero alrededor de la docencia al que tanto se acerca la filmografía en este idioma. Hoy hablamos de La acusación (Teddy Lussi-Modeste, 2024), film basado en hechos reales, incluyendo la experiencia personal del director, quien participó en el guion junto con Andrey Diwan (a la que conocimos dirigiendo El acontecimiento en el año 2021). Porque esta obra cinematográfica se mantiene bastante fiel a la esencia del caso real vivido por el director, pero con licencias en la narrativa para potenciar la fuerza del mensaje sobre la educación, la injusticia social, la dignidad personal y la fragilidad institucional.  

La acusación narra la historia de Julien (François Civil), un joven profesor de instituto que intenta enseñar desde la confianza y conexión con sus alumnos. De pronto, Leslie (Toscane Duquesne), una tímida e introvertida alumna adolescente, realiza un escrito en el que manifiesta que es acosada por este profesor de francés en el Instituto Paul Eluard. Desde el centro se llama a la familia, y se presenta el hermano de Leslie, quien se pone agresivo contra ella y contra el profesor. De aquí devienen una denuncia… y a partir de ahí la película se desarrolla como un thriller escolar donde lo que importa no es solo la acusación en sí, sino cómo esta afecta profundamente las relaciones humanas, la confianza y la dignidad. Se ve amenazado y ni el director ni la policía le van a proteger. Sigue esperando el hermano de Leslie a la puerta del instituto y se ve obligado a salir como un ladrón de la escuela. No ha hecho nada, pero hay un juicio ya sobre él… “La policía dice que no le hablemos”, le dicen otros alumnos en el patio. 

Porque Julien nos es presentado como un idealista que lucha por educar desde la confianza en un instituto difícil, con alumnos de diferentes nacionalidades. Sin embargo, esta postura no es comprendida ni apoyada por algunos de sus compañeros de claustro, y pronto se encuentra aislado, enfrentando la desconfianza incluso de sus colegas y la administración. Su orientación sexual también hace más compleja la trama, pues no puede ocultarla para defenderse, poniendo en evidencia prejuicios sociales latentes. Julien es gay y le dice a su pareja: “No diré que soy gay solo para demostrar que no me gusta una niña”. Esta situación sin aparente fundamento desata un torbellino de rumores, sospechas y violencia, tanto en la comunidad escolar (donde ve las diferentes reacciones de sus compañeros y la actitud pasiva del director) como en la vida personal del profesor (crece la tensión con su pareja). 

Alumnos maleducados, envalentonados, se la saben todas y no saben nada… Una jauría en el aula que se vuelve contra él. Hasta la delegada del curso escribe en un diario todo lo que cree ver del profesor para contárselo a la policía, y llega a escribir: “El profesor se muerde el labio como en una película porno”. La escena del claustro de profesores no es mucho más tranquilizadora. 

En el tramo final Julien llega a confesarle: “Ya no sé qué puedo hacer…En casa solo hablan de esto, no puedo más. Me equivoqué, pero no puedo decirlo. Ya es tarde. Mi hermano me da miedo. Se lo conté a mi madre y me pidió que no dijera nada. Ella también le tiene miedo. Cuando se enfada nos da miedo, ¿sabe? Supongo que me odia”. La espiral de acoso que se desata sobre Julien y Leslie retrata con realismo la fragilidad humana ante la sospecha y la presión social. Porque ambos, acusadora y acusado, son víctimas de una dinámica de incomprensión, manipulación y un sistema educacional y social incapaz de gestionar estos conflictos con prudencia. Muy conseguida la escena del simulacro final en el instituto con la que finaliza. Fundido en negro y el mensaje “Inspirado en una historia real”. 

La acusación profundiza en la dignidad personal como conflicto moral: hasta qué punto uno debe sacrificar su intimidad y verdad para sobrevivir socialmente ante una acusación. También pone el foco en la precariedad y torpeza de las instituciones, incapaces de proteger ni a acusados ni a presuntos víctimas, evidenciando un sistema administrativo e institucional roto. Y un tercer gran tema es el cuestionamiento de la presunción de inocencia y el poder destructivo del rumor y la desinformación en la esfera pública, especialmente cuando se trata de temas tan delicados como la sospecha de abuso sexual. La manera en que se examina la dignidad del profesor frente a una comunidad que ya ha emitido su juicio invita a reflexiones sobre justicia, verdad, prejuicio, y el impacto de la cultura del juicio rápido. Y todo ello en el entorno de las aulas, un espacio vulnerable que refleja y sufre las fracturas sociales más amplias, mostrando la dificultad de mantener ideales pedagógicos éticos en un entorno muchas veces hostil o indiferente. 

La acusación invita a una mirada crítica al impacto devastador de las acusaciones falsas y de la cultura del juicio social, así como a una reflexión profunda sobre la integridad personal y las limitaciones de los sistemas para proteger la justicia y la verdad en contextos complejos como el educativo. Decir que esta historia no ha pasado desapercibida y ha generado debate en la opinión pública francesa y en ámbitos educativos, reforzando legal y pedagógicamente la prevención y gestión del acoso y abuso, tratando de equilibrar la protección a los vulnerables y el respeto a la presunción de inocencia en un contexto donde casos como el expuesto han puesto de relieve las carencias del sistema. 

Ni que decir tiene que esta historia no parece nueva y guarda similitudes con varias películas que abordan falsas acusaciones y el impacto social y personal de estas en contextos educativos y judiciales. Y, sin duda, la principal comparación es con la película danesa La caza (Thomas Vinterberg, 2012), película que nos dejó sin aliento al ser partícipes de la historia de ese profesor de primaria acusado falsamente de abuso sexual por una pequeña alumna y cómo esta acusación destruye su vida y reputación. Ambas películas comparten una atmósfera tensa, dramática y realista, y abordan temas como el efecto devastador del rumor y la estigmatización social. Pero además, también cabe relacionarla con películas que subrayan lo complicado que lo tienen los profesores para impartir una educación en valores, especialmente cuando los alumnos son adolescentes, y la reciente película alemana Sala de profesores (Ilker Çatak, 2023) es un buen ejemplo.   

Y si agitamos La caza con Sala de profesores es posible que nos acerquemos a La acusación.

 

sábado, 6 de agosto de 2022

Cine y Pediatría (656) Profesora, profesor, profesores… la educación con varias declinaciones

 

Alrededor de la palabra profesor y sus declinaciones (profesora o profesores) ya hemos destacado en Cine y Pediatría diferentes títulos alrededor de la docencia en la infancia y adolescencia. Sirvan estos ejemplos: las películas estadounidenses, Profesor Holland (Stephen Herek, 1995),  El profesor (Detachment) (Tony Kaye, 2011)  y El profesor (Teacher) (Adam Dick, 2019); la película canadiense Profesor Lahzar (Philippe Falardeau, 2011),  la francesa La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014)  y la israelíta La profesora de parvulario (Nadav Lapid, 2014) (y que tiene su versión estadounidense, con el mismo título dirigida por Sara Colangelo en 2018).

Películas alrededor de la docencia donde siempre aparece un centro educativo, alumnos y profesorado como epicentro, más valores añadidos en cada una de ellas. Películas con distinto tono y de diferentes países, a las que hoy sumamos dos de enfoque muy diferente: una eslovaca (la primera película de esta nacionalidad en nuestro proyecto) y otra francesa (un país con una filmografía con especial sensibilidad en este tema). 

La profesora (Jan Hrebejk, 2016) se nos presenta como un drama basado en hechos reales y que nos traslada a Bratislava en la década de los 80, que en ese momento no era la capital de Eslovaquia, sino una ciudad de la antigua República Socialista Checoeslovaca, un país dominado por el comunismo. Una película que no puede pasar desapercibida. 

Centro educativo: colegio de los suburbios de Bratislava en el año 1983, años previos a la Revolución del Terciopelo en este país. Alumnado: chicos y chicas en la adolescencia precoz, procedentes de familias de clase trabajadora en aquel régimen. Profesora: María Drazdechova, (Zuzana Mauréry), profesora de ruso, eslovaco e historia que llega por primera vez a este centro y es la presidente del Partido Comunista en el colegio - a la que llaman camarada -, lo que aprovecha en su relación asimétrica con alumnos y padres. 

Todo comienza por una reunión extraordinaria de los padres del aula de esta profesora, convocada por la propia directora del centro, quien ya expresa: “Seguramente me echen antes de que consigamos nada positivo. Pero después de lo sucedido, he decidido arriesgarme y dar el primer paso”. Y esa grave situación que se ha generado la vamos descubriendo a través de los diferentes flashbacks que nos narran la historia de varios alumnos y familias, situaciones injustas y vejatorias a las que la profesora somete a los alumnos Danka, Filip y Karol, entre otros. Porque lo primero que hace María Drazdechova al llegar a la clase es anotar en cuaderno en qué trabaja el padre y la madre de cada alumno, y esa información la usa en su beneficio y manipula a todos delante de los ojos impotentes del resto. 

Y esta reunión de padres de alumnos evoluciona con cierta similitud a aquella otra de Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), y a medida que cada familia logra controlar el miedo y su silencio, aparece la verdad y estas palabras de la directora son recibidas con gran algarabía por los alumnos: “Como sabéis, la camarada Drazdechova estará un tiempo sin venir a trabajar”. Y en el colofón de la película se nos descubre lo qué ocurrió años después con Danka, Filip y Karol… y también con la profesora María Drazdechova. Y que el espectador desvelará al visionar la película. 

Los profesores de Saint-Denis (Mehdi Idir, Grand Corps Malade, 2019) se nos presenta como una comedia dramática de ficción y que nos traslada a Paris en la actualidad, en la enésima película del cine francés enfocada al problema de la docencia y la educación. Su título original, La vie scolaire, no deja dudas. 

Centro educativo: instituto de complicada reputación del conflictivo barrio parisino de Saint-Denis, un lugar que desde hace décadas está habitado en gran parte por inmigración musulmana - proveniente de las antiguas colonias - y latinoamericana; este barrio está de rabiosa actualidad, pues allí está situado el Stade de France, campo de fútbol donde se ha celebrado la última final de Champions 2022 que presentó graves altercados de orden público y organización y cuya causa esencial no fue debido a los aficionados del Liverpool o del Real Madrid. Alumnado: gran diversidad étnica, cultural y religiosa que provoca una tensión escolar latente, con ese reto continuado hacia sus profesores. Profesor: Samia Zibra (Zita Hanrot), una joven de 30 años de raíces argelinas y caribeñas, que llega como la nueva consejera y que tiene que convivir con un profesorado casi impotente, héroes cotidianos que luchan contra ese desmoralizante ambiente docente. 

A lo largo de ese curso se establecen relaciones cruzadas entre el profesorado que acompaña a Samia, algunos con menos compromiso del que corresponde (“Se supone que aquí representas a adultos. Así que te pido que respectes a las mujeres, a los alumnos, a los padres de los alumnos, ¿está claro?"), llega a decir a un compañero), y a ese conjunto variopinto de alumnos (Amel, Kevin, Bintou, Cindy, Farid, Enzo, Issa, Lamine, Idrissa, Reda, etc.). Especial interés entre esa relación que Samia llega a tener con Yaris (Liam Pierron), ese alumno de 15 años con un gran parecido a Mbappé, incluido su chándal del PSG, donde ambos se guardan el secreto de tener un conocido en el mismo centro penitenciario. 

La filmación de forma encadenada de la fiesta de profesores y alumnos es bastante significativa y muy original, mientras suena la canción “That Girl” de Red Rat. Más adelante, la canción “Samurai” de Shurk´n, rapero francés, es la que nos marca un punto de inflexión en nuestra historia, donde Yanis tiene que defenderse de ser expulsado y por ello argumenta lo siguiente: “Estamos en una ciudad, en un barrio, en un colegio de chusma, ¿y solo se les ocurre poner a todos esos locos juntos? ¿Ese es el proyecto para nosotros?”. Así como esa declaración del profesor de Matemáticas a Samia, a quien también le llega el desánimo: “Lo que intentamos es indicar a esos críos el mejor camino, que ya es mucho”

Y con el inicio de un nuevo curso, bajo los acordes del “Pastime Paradise” de Stevie Wonder, la cámara sobrevuela sobre el barrio Saint-Denis, mientras son presentados los alumnos del Collège des Francs-Moisins y los actores. Y un in memoriam final. 

Dos ejemplos cinematográficos - en uno donde una particular profesora domina con la hoz y el martillo su clase, en otro donde resulta difícil resituar la libertad, igualdad y fraternidad en esas aulas con tanto descontrol – para confirmar que profesora, profesor, profesores… se declina de diferentes maneras.

 

sábado, 4 de abril de 2020

Cine y Pediatría (534). “Half Nelson”, la lucha libre frente a la adicción


Se suele decir que dos cabezas piensan mejor que una, y la mayoría de las veces es cierto. Un buen ejemplo es el cine y, aunque el trabajo del director suele hacerse en solitario, existen cineastas que prefieren trabajar en dúo y que han tenido carreras exitosas gracias a sus “matrimonios creativos”, algunos de carácter familiar y otros no. Algunos ejemplos son los hermanos Dardenne, Jean-Pierre y Luc (Rosetta, 1999; El hijo, 2002; El niño, 2005; El niño de la bicicleta, 2011), los hermanos Coen, Joel y Ethan (Arizona Baby, 1987; Fargo, 1996; El gran Lebowski, 1998; No es país para viejos, 2007), las hermanas Wachowsky, Lana y Lilly (Lazos ardientes, 1996; la trilogía Matrix, 1999 y 2003; Speed Racer, 2008), los hermanos Duplass, Mark y Jay (The Puffy Chair, 2005; Cyrus, 2010; Jeff y los suyos, 2011), Jonathan Dayton y Valerie Faris (Pequeña Miss Sunshine, 2006; Ruby Sparks, 2012; La batalla de los sexos, 2017), Phil Lord y Chris Miller (Lluvia de albóndigas, 2009; Comando especial, 2012; Infiltrados en clase, 2012), Shari Springer Berman y Robert Pulcini (Amerian Splendor, 2003; Diario de una niñera, 2007; Casi perfecta, 2012), Glenn Ficarra y John Requa (Phillip Morris ¡Te quiero!, 2009; Crazy, Stupid, Love, 2011; Focus, 2015), y también la pareja Ryan Fleck y Anna Boden, una pareja laboral que continuó siendo una pareja sentimental. 

De esta dupla última vamos a hablar, donde Ryan actúa como director y escritor y Anna habitualmente como escritora y productora. Una dupla asociada al mundo indie y que se desvelaron con Half Nelson como una de las voces más frescas y sorprendentes del cine independiente de los Estados Unidos. Quizás luego no han tenido la continuidad que merecería un debut así, con Sugar: carrera tras un sueño, 2008 o La última apuesta, 2015, si bien ellos ya forman parte de Cine y Pediatría con la original película del año 2010, Una historia casi divertida

Pero hoy regresamos a su ópera prima, Half Nelson (Ryan Fleck, 2006), la historia de la peculiar personalidad y doble vida de Dan Dunne (Ryan Gosling, nominado al Oscar por su interpretación), un no demasiado carismático profesor de Historia en un instituto de Brooklyn: por el día el prototípico profesor de un instituto marginal que intenta cambiar la vida de sus alumnos y por la noche un noctámbulo aficionado al alcohol y las drogas. Un ser solitario que no es capaz de cambiar su vida, y así le llega a decir su ex pareja: “Algunos cambian. Algunos cambian de verdad”. Y aunque él les dice a sus alumnos, “Siempre estamos cambiando. Pero es importante saber que algunos cambios no los controlas, pero otros sí”, no predica con el ejemplo. 

Y se establece un triángulo entre él, su alumna adolescente de 13 años y familia conflictiva, Drey (Shareeka Epps), quien descubrirá a su profesor tomando drogas en los lavabos (y le llega a preguntar: “¿Cómo es cuándo fuma eso?”) y Frank (Anthony Mackie), un camello que era el amigo del hermano de Drey antes de que éste acabará en la cárcel por no delatarle. Y Frank le llega a decir a Drey sobre su profesor: “Es un adicto al crack. Y los adictos al crack no tienen amigos". 

Una película que adquiere un cierto parecido a Descubriendo a Forrester (Gus Van Sant, 2000), algo por su historia (la relación entre el intelectual solitario y la criatura de la calle) y algo por el tono intimista y sosegado, si bien aquí nuestro profesor es un desenganchado de la realidad y enganchado a todo lo demás. Porque en el argot de la lucha libre un “Half Nelson” es una llave inmovilizante de la que es imposible librarse. Y quizás este título sirve de metáfora para indicarnos esa lucha libre que mantiene nuestro protagonista con su vida y con las drogas. Y sirva el final de la película, con ese plano final de Ryan Gosling y Shareeka Epps sentados en el sofá, y que algunos lo asemejan a la versión juvenil del inolvidable cierre de Fat City (John Huston, 1972). 

En Cine y Pediatría ya es un clásico las películas que en su guión reúne adolescentes (generalmente problemáticos y desmotivados, reflejo de familias y circunstancias difíciles), centros educativos (principalmente institutos de entornos sociales complicados o peculiares) y profesores coraje (que rompen el esquema habitual del resto de sus compañeros docentes). Tenemos ejemplos paradigmáticos como Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995), Déjate llevar (Liz Friedlander, 2006), Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007), La clase (Laurent Cantet, 2008), El profesor (Tony Caye, 2012) o La profesora de historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014) Y hoy a esta serie se suma Half Nelson, pero en este caso tanto alumnos como profesor son problemáticos, aunque el profesor llegue a confesar de sus alumnos: "A veces creo que son lo único que me mantiene cuerdo". Y en esta lucha libre tan peculiar de la vida nos introduce en su ópera prima esta dupla de directores, Ryan Fleck y Anna Boden.

 

sábado, 14 de julio de 2018

Cine y Pediatría (444). La noria de la vida de “Con amor, Simón”


“Soy como tú. Tengo una familia normal, unos amigos geniales y voy al típico instituto. Mi vida es completamente normal, como la de todos… Excepto por un enorme secreto”. Con esta voz en off de presentación de nuestro joven protagonista comienza una película que viene precedida de un buen halo en este año y que presume de ser la primera comedia romántica juvenil con temática gay producida por un gran estudio como es Fox. La película lleva por título Con amor, Simón (Greg Berlanti, 2018). 

Lo cierto es que su éxito en Estados Unidos viene de la mano de que es una comedia típicamente americana, con sus institutos, sus familias de sueño americano (que se reúnen al caer el día para ver la tele en familia), sus fiestas, sus partidos de rugby y “cheerleaders”, sus Navidades,… nada que no hayamos visto tantas veces, si no fuera porque trata el tema de la homosexualidad masculina con buen tono, frescura de los diálogos, una acertada banda sonora de inolvidables temas clásicos (desde Whitney Houston a Jackson 5) y una buena elección del reparto. Lo que se dice una buena comedia del siglo XXI al estilo John Hughes y con una amable presentación arco iris que dicen que ha resultado inspiradora a muchos jóvenes para dar el paso de aceptar y comunicar su orientación sexual. 

Porque es la típica historia de cuatro amigos adolescentes en el último curso de instituto: Simon (Nick Robinson, una buena elección), nuestro protagonista, Leah (Katherine Langford, el gran reclamo por ser la protagonista de la serie Por 13 razones), la mejor amiga de Simon, Abby (Alexandra Shipp), la amiga de color que se mudó hace 6 meses a esta ciudad, y Nick (Jorge Lendeborg Jr.), el mejor amigo de Simon, al que le gusta disfrazarse de Cristiano Ronaldo. Cuatro amigos que entrecruzan sus vidas y sus sentimientos y en el que Simon hace convivir su vida real (de familia, de instituto y de amigos) con su secreto a través de una cuenta de correo falsa y un seudónimo, Jacques, allí donde encuentra a su alter ego anónimo, Blue. 

Y la mayor parte de sus experiencias ocurren en el mundo hiperconectado de las redes sociales, con el móvil como instrumento alrededor del cual ocurre la otra realidad. No es de extrañar que el profesor diga a la entrada de sus alumnos a clase: “Buenos días, queridos alumnos. Apagar el móvil. Mirar a los ojos a la gente que os rodea…”. Y entre mensajes, correos y posts surgen los sentimientos ente ello, y Leah confiesa a Simon después de la fiesta de Halloween: “Soy una persona destinar a querer a una persona hasta llegar a morir”, y Simon le contesta que él también: pero estaba claro que no hablaban en ese momento de la misma persona. 

Y cuando la confesión de un secreto ocurre de la forma menos deseada, con el cotilleo o bulo de una red social, nada bueno cabe esperar. Y menos para la persona que es sometida a ser juzgada, a la que le estallan de pronto todos sus fantasmas familiares, sociales, escolares y personales. La película se iza con esas barras y estrellas tan made in USA, con esa madre casi modélica (y de la belleza de Jennifer Garner) que le dice: “Tú sigues siendo tú, Simon… pero ya puedes respirar. Ya puedes ser más tú de lo que has sido en mucho tiempo. Te mereces todo lo que quieras”. 

Y se agradece al director que haya optado por una visión luminosa y optimista del tema, como esa carta tan positiva de declaración de su opción sexual a su amor platónico virtual, Blue, con esa despedida que da título a nuestra película: “Con amor, Simon”. Y con ello siente que, aunque el mundo no le acepte, se acabó el tener miedo. Y el final ya es lo más (puede subir el azúcar, aviso, así que tener preparada la insulina por si acaso), pero no molesta: y allí se conocer Jacques/Simon y Blue/su compañero de clase Bram, que como él dice le pilla todo, gay, negro y judío. Un final con un beso en lo alto de una noria, porque así es la noria de la vida: unas veces se está abajo y otras veces se está arriba… 

La película está basada en la novela “Simon vs. The Homo Sapiens Agenda”, de Becky Albertalli, psicóloga clínica que decidió probar suerte en el mundo de la literatura con este primer libro, publicado en 2015. Y con referencia a esta novela, su autora a publicado dos libros más: “The Upside of Unrequited” sobre una joven acomplejada por su peso y 'Leah on the Offbeat', inspirada en el personaje de Katherine Langford. Y los críticos se preguntan ¿Se animará Greg Berlanti, especializado en series de televisión, a rodar las otras dos entregas y crear una trilogía…? 

De momento, nos quedamos con esa imagen cenital de la película en distintos momentos de la historia, cuando van al autoservicio a recoger su desayuno en coche: primero cuatro vasos, luego uno…y al final, cinco. Y la noria de la vida sigue dando vueltas… también para Simon. Y para cada uno de nosotros. 

sábado, 5 de mayo de 2018

Cine y Pediatría (434). “El buen maestro”, el buen pastor


Dentro de Cine y Pediatría podríamos ya hablar de un tema recurrente como es la educación y de un subgénero como es el de los profesores salvadores en escuelas complicadas. Un guión que reúna adolescentes (generalmente problemáticos y desmotivados, reflejo de familias y circunstancias difíciles), centros educativos (principalmente institutos de entornos sociales complicados o peculiares) y profesores coraje (que rompen el esquema habitual del resto de sus compañeros docentes) son los elementos clave para cocinar un casi-subgénero en el cine. 

Decenas de películas se pueden encuadrar en este contexto, de calidad cinematográfica muy distinta, más bien endeble en demasiadas ocasiones. Pero esta impresión cambia cuando hablamos de cine en francés, y basta con citar algunos ejemplos: Ser y tener (Nicolas Philibert, 2001), Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), La clase (Laurent Cantet, 2008), Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011) o La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014). Porque la enseñanza es una cuestión de estado en Francia, un asunto siempre en el centro del debate político del que no es ajena la cinematografía, de forma que la mayoría de películas francesas sobre la enseñanza pública insisten en el mismo tema: el reto de aplicar la educación republicana en las escuelas de los barrios con mayor índice de población de origen inmigrante. 

Y hoy viene a nuestro portal la ópera prima de Olivier Ayache-Vidal, una película del año 2017 que también se apunta a discutir las problemáticas en las aulas a partir de la enésima historia de un profesor que debuta sin demasiada suerte en un instituto de los llamados problemáticos, pero acaba consiguiendo que sus alumnos, alérgicos en principio a los libros y a todo lo que huela a cultura, acaben leyendo a Victor Hugo y se diviertan con las historias de Versalles. Y con un título muy significativo, El buen maestro. 

François Foucault (Denis Podalydès) es un profesor de mediana edad en la asignatura de Literatura que ejerce con severidad en un prestigioso instituto de París, el Enrique IV. En la primera escena recita en latín un poema de Petronio y, posteriormente, reparte las notas con soez maltrato a unos alumnos excesivamente educados en un instituto de élite. Sin embargo, tampoco parece muy satisfecho y dice: "Pitágoras exigía cinco años de silencio en sus discípulos. Y hoy se les pide un minuto y hay que ver lo que pasa". Y este maestro es destinado, por esa mal hábito del ser humano de tener que asumir algunas propias ideas no meditadas, a una plaza de un instituto del extrarradio de la ciudad, en una zona conflictiva y habitada principalmente por emigrantes. Y es que en una recepción literaria, François se pavonea ante una desconocida de tener la solución a los problemas de la escuela pública en las zonas del extrarradio; según su opinión, las 'banlieues' se beneficiarían de la experiencia de maestros, como él mismo, formados en centros de prestigio. La mujer resulta ser una funcionaria del Ministerio de Educación que le toma la palabra y lo propone como avanzadilla de un experimento pedagógico. 

Y es así como François va a pasar un año en un instituto complicado (allí donde conviven alumnos sudáfricanos, árabes, del este de Europa, etc.)  para compartir allí su experiencia y sabiduría. Y es advertido pos sus compañeros con frases como "Con los alumnos hazte respetar ya. Si no, te comerán; son carnívoros", o las confesiones, llorando, de una joven profesora: “Cada inicio de curso creo que lo voy a lograr y empiezo con toda la ilusión…”, "Si soy maja, me pisotean; si soy dura, se mosquean"

Una sinopsis que recuerda en primer lugar a la película de Laurent Cantet de una década antes, La clase (2008) con el que comparte intenciones y situación de partida, que no es otra que la de unos profesores enfrentados a un alumnado que llevan tatuados en la frente la palabra rebeldía o que, al menos, compaginan la ignorancia con atisbos de rebeldía. Y para ello el propio director (también guionista) hizo una inmersión de tres años en un instituto de extrarradio, y para él los valores de la película son el realismo, la verdad y la credibilidad. 

Así, François se nos presenta como el típico personaje obligado a moverse en un contexto ajeno a su hábitat natural. Por supuesto, su educación de vieja escuela en todos los sentidos no tarda en colisionar con las actitudes de sus nuevos pupilos, que hasta consiguen drogarle con pasteles rellenos de cannabis. Porque Ayache-Vidal aplica una pátina de humor ligero y estereotipado a este choque de culturas y visión de la vida y la educación. Y es Víctor Hugo y los personajes de "Los miserables" (Jean Valjean, Cosette, Fantine, Gavroche, etc.) o el microrrelato más corto de la historia, el "Vendo zapatos de bebé, sin usar" de Ernest Hemingway con el que consigue enganchar con sus alumnos. Y por eso llega a decir a sus compañeros: "Estoy muy contento con la clase. Para recompensarles haremos una excursión... iremos a Versalles"

Y en esta peculiar historia destaca la especial relación con su alumno Seidon (curiosamente con su perenne chandal del Real Madrid, mientras su compañera Maya lleva el chandal de la Juventus). Porque Seidon no solo es la oveja negra del grupo, sino el chico negro de vida no fácil; y François se convierte en el buen maestro, en el buen pastor. Y por ello, cuando finaliza el curso Seidon le dice a su profesor: "¿Puedo decirle algo que no me apetece decirle?... Le echaremos de menos". 

Porque El buen maestro es una película dirigida a padres, alumnos, profesores e incluso autoridades educativas, pues atesora un catálogo sobre la educación, que se apoya en la confianza mutua. Y su mensaje debe llegar alto y claro, acompañado de ese riff de guitarra de la preciosa "Who knows" de Marion Black, canción que sirve de hilo conductor en el tono y de metáfora final de lo que le espera cada día a este grupo de héroes cotidianos: los maestros en sus aulas. Y que la reflexión nos lleve a no olvidar que un aula (como la vida) es un lugar donde debe existir el respeto religioso, sexual y político, tres temas esenciales en la vida. Y mas si tratamos con algo tan sensible como la infancia y adolescencia. Porque en un aula el profesor cuida, como el buen pastor, a sus alumnos... y nunca los utiliza. Que nadie olvide este principio y este fin. 

viernes, 19 de enero de 2018

¿Debería enseñarse reanimación cardiopulmonar básica en los colegios e institutos?


Esta imagen, tomada de la web "FAROS" del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, nos ofrece la imagen de niños poniendo en práctica técnicas de reanimación cardiopulmonar (RCP) básica.

¿Es algo inútil o innecesario? No lo parece. En realidad, cualquier ciudadano debería conocer estas técnicas de RECP básica. Y estas maniobras pueden ser aprendidas en el ámbito escolar. En "Evidencias en Pediatría" ya se publicó en su día un artículo sobre esta cuestión.

Pueden y deben ser aprendidas y dominadas. Hemos podido leer estos días una noticia impactante: "Dos adolescentes salvan la vida de un compañero de clase". Tal cual. Estos dos muchachos de 17 años aprendieron RCP básica en el ámbito Scout y ahora mismo un compañero les debe la vida al sufrir lo que parece ser una muerte súbita que gracias a Dios no fue tal.

Es momento de que, no ya las sociedades pediátricas (que también) sino los Ministerios de Sanidad y Educación, que al fin y al cabo son los que tienen el poder ejecutivo para hacerlo, incorporen la enseñanza obligatoria de la RCP básica en colegios e institutos. Podemos leer en la web de FAROS: "En Europa, cerca de 400.000 personas sufren cada año una parada cardiaca súbita. Si bien en la mayoría de las ocasiones ocurre en presencia de otras personas, en sólo uno de cada cinco casos estas personas inician maniobras de RCP. Por tanto, todos los ciudadanos podemos ser, potencialmente a lo largo de nuestra vida, testigos de una situación de parada cardiaca. Las maniobras de RCP, iniciadas de forma precoz, aumentan la supervivencia y disminuyen el riesgo de padecer secuelas graves".

Respecto a la noticia, destacar las palabras de los sanitarios que asesoraron en todo momento a los dos reanimadores:

"Sin secuelas

«Los sanitarios nos felicitaron porque, gracias a lo que hicimos, nuestro compañero Luis no tendrá secuelas», afirma González. En momentos de parada cardíaca, los primeros minutos de auxilio son esenciales y se puede evitar que el cerebro se quede sin oxígeno, algo que lograron estos dos «valientes»."

La feliz noticia de la recuperación de un niño gracias a dos compañeros debe dejar de ser un hecho anecdótico o aislado. Así que desde este blog animamos a los Ministerios pertinentes a que tomen las medidas oportunas.

sábado, 7 de mayo de 2016

Cine y Pediatría (330). "Yo, Terri"... y mi valor en el mundo


"Cada año hay dos grupos de chicos que se destacan, ¿de acuerdo?. Los chicos de buen corazón. Y los chicos de mal corazón. De esos recuerdo los nombres" le dice un profesor a un alumno. Un profesor especial para un adolescente especial en una película diferente, un filme pequeño que se hace enorme en su gran simpleza y en la forma de transmitirnos su mensaje. Hablamos de Yo, Terri una película del año 2011 del peculiar director Azazel Jacobs, un delicado retrato sobre la adolescencia marginal que se convierte en un tour de force entre Terri (Jacob Wysocki) y Mr. Fitzgerald, su profesor de apoyo (el camaleónico John C. Reilly). 

La película pasó desapercibida pare el público, pero no para los entendidos de los Festivales de Sundance, Locarno, Gijón, entre otros representantes del buen cine independiente que la premiaron. Porque Azazel Jacobs, director de las muy estimables Momma's man y The GoodTimesKid, siempre ha sido mimado por el cine indie. Porque su cine minimalista y experimental se ha asimilado el cine del estadounidense Jim Jarmusch, del finlandés Aki Kaurismäki o del francés Jacques Tati. 

Terri es un adolescente de 15 años, retraído y con obesidad mórbida, que siempre se viste con pijama (en casa, en la calle, en el instituto) y vive con un tío con demencia senil (no sabemos qué paso de sus padres). Alrededor de él se construye una historia mínima sobre el intenso sentir de un adolescente introvertido que no es aceptado, aunque nada parece cruel, solo ocurre así. Su rutina es demasiado monótona, pero así lo acepta, porque no tiene ninguna expectativa o ansiedad de conseguir grandes éxitos sociales, porque está solo en la vida y porque ve la vida de otra forma. Y quizás por ello, ciertas pequeñas cosas le parece un descubrimiento, como el poner trampas con queso chedar a las ratas del desván, y hasta se emociona cuando descubre que las ratas muertas son alimento de otros animales, algo que siendo lo normal, a él le parece una situación bastante crucial. Pero no le entusiasma el instituto (no es de extrañar, porque sus compañeros se ríen de su obesidad y sus profesores le ignoran), por lo que llega tarde con demasiada frecuencia a la escuela. Y por ese motivo es derivado a Mr. Fitzgerald, que actuará como un profesor consejero que le asigna reuniones para poder averiguar lo que necesita: "Nos reunimos una vez por semana y vemos qué tal estamos. A ver cómo nos trata el mundo"

Y así surge esa peculiar relación entre alumno y profesor, quizás porque el profesor verá en Terri precisamente lo que él fue en su adolescencia. Y por ello intentará ayudarle a superar las dificultades para integrarse en su entorno y en el seno de la sociedad. Terri descubrirá una nueva manera de enfocar su vida casi sin darse cuenta y quizás porque el chico necesita simplemente alguien con quien hablar y alguien a quien querer. Surge una historia paralela con dos compañeros de clase, un chico rebelde, el único que se acerca a él, y una chica que le atrae, y a la que por una mala jugada de un ex novio ha quedado con mala reputación en la escuela: los tres viven una peculiar escena en la habitación de Terri producto de sustancias lisérgicas. Estas relaciones le permiten a Terri indagar sobre un estilo diferente de vida. Y todo esto para que Terri observe el mundo a su alrededor e intente ser alguien valioso en el mundo. 

Yo, Terri nos demuestra que una pequeña película sin efectos especiales puede llegar a ser tan importante como cualquier gran producción... o más. Y nos quedan algunas de esas palabras que Mr. Fitzgerald dice a Terri en sus sucesivos encuentros, mensajes positivos ("Me gusta esta persona. Veo con entusiasmo estos días y mi vida"), mensajes realistas ("La vida es un lío, amigo... pero todos lo hacemos lo mejor que podemos"), mensajes de experiencia ("Para algunas personas, Terri, nunca es suficiente"). 
El abrazo final de Terri a Mr. Fitzgerald, su paseo por el campo y la sonrisa al cielo y la luz... nos dan la suficiente esperanza de pensar que nuestro protagonista ha conseguido tener un poco más de valor en el mundo. 

Y Terri se suma al conjunto de jóvenes personajes con obesidad mórbida que nos viene regalando Cine y Pediatría, todos ellos con vidas peculiares. Recordamos Claireece "Precious" Jones en la película Precious (Lee Daniels, 2009), a Aviva en la película Palíndromos (Todd Solondz, 2004) o a Zachary Beaver, "el chico más gordo del mundo", en la película Las aventuras de Zachary Beaver (John Schultz, 2003).Y todos ellos, como nuestro Terri, buscan mejorar su autoestima y buscan su valor en el mundo.

sábado, 2 de enero de 2016

Cine y Pediatría (312). "Profesor Holland", somos su sinfonía, somos la música de su vida...


Cine y Pediatría ha dedicado muchas entradas a películas donde la docencia es el tema nuclear y la figura del maestro/profesor el personaje principal. Hace más de cuatro año publicamos un par de post seguidos, bajo el título de "Adolescentes, institutos y profesores" y "Cuatro joyas del cine francés reflexionan sobre la aventura de educar", en el que destacábamos varias películas, un listado siempre incompleto, pues en él solo hacíamos una mínima referencia a una película imprescindible: Profesor Holland (Stephen Herek, 1995), un oasis en la carrera de su director, quien dirigió películas tan mediocres como 101 Dálmatas, ¡ más vivos que nunca ! (1996) o Es... el gurú, una incontrolable tentación (1998).

Porque si hablamos de la carrera docente como vocación, de la satisfacción que causa el haber formado a una generación tras otra, el haber influido en sus vidas, no hay duda de que esta película ocupa un lugar de honor, con el personaje interpretado magistralmente por Richard Dreyfuss: Glenn Holland, compositor frustrado, profesor de música, padre insatisfecho, en lo que parece una mezcla perfecta entre Charles Edward Chipping (Adiós, Mr. Chips, en sus dos versiones, la de San Wood de 1939 y la de Herbert Ross de 1969), John Keating (El club de los poetas muertos -Peter Weir, 1989-), Clément Mathieu (Los chicos del coros - Christophe Barratier, 2004-) y George Bailey (Qué bello es vivir -Fran Capra, 1946-), ésta última película paradigmática en época de Navidad.

La profesión de maestro difícilmente supone el salto a la fama para quienes la ejercen, más bien es una labor oscura y callada, cuyos frutos se notan al cabo del tiempo en las personas a las que el profesor ha formado. Exige tener vocación por esta labor, y no simplemente el deseo de tener un puesto de trabajo estable y que pueda permitir disfrutar de cierto tiempo libre. Algo así es lo que buscaba Glen Holland al principio de la película, buscar una vida estable tras diez años de pianista de clubs nocturnos, hacer su trabajo lo mejor posible, ganar dinero y escapar al finalizar las clases para poder componer música (y también para combinar su trabajo con el de profesor de autoescuela). La propia directora del instituto, Helen Jacobs (Olympia Dukakis) le llamará la atención: "Un maestro no sólo debe transmitir conocimientos, sino orientar vocaciones, despertar interés en sus alumnos". Su disgusto inicial lo subrayan las conversaciones con su mujer al volver a casa: "Odio la enseñanza, la odio. Nadie podría enseñar a esos chicos" o "A mí me han dado 32 niños durmiendo con los ojos abiertos", quejas que surgen ante la incapacidad inicial de sus alumnos por tocar bien algún instrumento musical.

Pero la situación cambiará cuando Glen se entere de que su mujer Iris (Glenne Headly) está embarazada. Aunque le trastoca sus planes, le confiesa a su esposa: "Tú me dices que vamos a tener un hijo. Y yo te digo que eso es como enamorarse de John Coltrane otra vez". Y como no podía ser de otra forma, al hijo le llamarán Cole. Y con pocos meses descubren que presenta una sordera congénita. A partir de ese momento Holland irá tomando interés por su labor docente en la materia de Apreciación Musical, irá descubriendo que la vida se disfruta más cuando hay un trato humano más directo y acabará siendo el favorito de sus alumnos, porque descubre la magia de lo que tiene entre manos, y así lo acaba expresando: "Se supone que tocar música debe ser algo divertido. Trata sobre el corazón, sobre los sentimientos, sobre motivar a la gente, es algo hermoso. No es simplemente unas notas en una página". E incluso tiene que defenderse ante la dirección del instituto, cuando le dice la directora: "Señor Holland, han llegado a mis oídos que está enseñando rock and roll... Y hay gente en esta comunidad que opina que el rock and roll es un mensaje del mismísimo diablo en persona". A lo que él responde: "Dígales que yo enseño música y que me serviré de todo, desde Beethoven a Billie Holiday o el rock and roll, si creo que me ayudará a enseñar a un alumno a que ame la música".

Su hijo Cole necesita de sus padres un gran esfuerzo para su aprendizaje mediante el lenguaje a través de signos, pero sólo Iris está dispuesta a ese sacrificio. Glenn parece resignado a tener un niño con el que no pueda comunicarse y se ampara en los consejos de un médico, quien les recomienda no someter al niño a ninguna enseñanza especial. "Tú vas todos los días al instituto donde todos los niños son normales. Y yo ni tan siquiera puedo hablar con mi hijo. No sé lo que quiere, ni lo que piensa ni lo que siente. Ni tan siquiera puedo decirle que le quiero, no puedo decirle quien soy yo, quiero poder hablar con mi hijo. No me importa lo que cueste, no me importa lo que ese médico estúpido crea que esté bien o mal. ¡Quiero hablar con mi hijo!", le grita Iris a su marido por primera vez.

Clave es la escena en la que Glenn decide hacer un concierto para personas sordas auxiliándose con luces que se encienden al compás de la música, y cuando, en la parte final del concierto le dedica a su hijo la canción "Beautiful boy" de John Lennon, la cual interpreta con el lenguaje de señas para sordos, con esas frases tan emblemáticas de la canción: "...Porque es un largo camino por recorrer, una dura senda que completar. Si, es un largo camino que recorrer, pero hay que intentarlo. Por favor, coge mi mano. La vida es lo que te sucede mientras tú estás ocupado haciendo otros planes". Porque eso es, precisamente, lo que le estaba ocurriendo al profesor Holland hasta ese momento.

Profesor Holland plantea un recorrido por cuatro décadas en la vida de Glen Holland y durante ese tiempo (de 1965 a 1995) apreciamos la vertiginosa evolución de la sociedad norteamericana (que se nos refleja en la película por medio de acontecimientos clave en Estados Unidos, con cierta similitud a como lo hiciera Robert Zemeckis un año antes en Forrest Gump: la guerra de Vietnam, el movimiento hippie, los Beatles, las agitaciones sociales, Watergate, el paso de distintos presidentes por la Casa Blanca, el asesinato de John Lennon, etc.) en contraste con la lenta progresión del protagonista, quien sólo parece haber aprendido una cosa a lo largo de ese tiempo: que la enseñanza era su pasión y no lo supo hasta el final, cuando se prescinde de su labor. Y es entones, cuando confiesa a su amigo, el entrenador de fútbol: "Es gracioso, me metí en esto casi a la fuerza y ahora es lo único que quiero hacer... Trabajas durante 30 años porque crees que lo que haces es lo mejor, crees que interesa a la gente. Después te despiertas una mañana y descubres que no, que estabas en un error, que eres prescindible".

Una película que tiene los suficientes requisitos como para convertirse en una historia entrañable, nostálgica, reflexiva y emocionante. Porque Holland descubre algo muy importante: enseñar también significa escuchar, saber qué quieren los alumnos. Le ocurre con Gertrude, una joven obsesionada por su falta de talento y su incapacidad para tocar el clarinete, en contraste con su artística familia ("Yo lo único que quiero es hacer algo bien", le confiesa); también con Louis, un ex deportista del equipo de fútbol americano, al que le piden que le enseñe lo que es el ritmo y consigue que logre tocar el bombo en la orquesta; y también con Rowina, quien con su prodigiosa voz le enamora hasta dedicarla una canción, una admiración fundamentada en compartir la pasión por la belleza y la emoción de la música. Y con tantos otros...

Una maravillosa película con deliciosas referencias musicales a la "Séptima Sinfonía" de Beethoven o al "Imagine" de John Lennon, desde Jimi Hendrix a Bach, de George Gershwin a Queen, de The Beatles a Jackson Brown, de Mozart a Ray Charles. Allí donde el compositor de bandas sonoras, Michael Kamen (fallecido tras padecer una esclerosis múltiple) realiza para esta película una de sus mejores partituras, con temas tan simbólico como "Cole’s Tune" o la celebradísima "An American Symphony".

Y el colofón con esas duras palabras del nuevo director del colegio: "Esos chicos me preocupan tanto como a usted. Y si me obligan a elegir entre Mozart o leer o escribir y dividir, elijo la división". Y la respuesta de Holland: "Supongo que podrá suprimir las artes como le venga en ganas. Tarde o temprano, los chicos no tendrán nada sobre lo que leer y escribir". Y uno de los finales más épicos que se recuerdan (a la altura de Cinema Paradiso), llenos de sentido y sensibilidad, de humanidad y de vida, pronunciados por la senadora (quien fuera su ex alumna Gertrude) ante un salón de actos del instituto repleto de alumnos, familiares y profesores que le dan un sentido homenaje: "El señor Holland ha tenido una gran influencia en mi vida, en muchas vidas creo. Sin embargo, me parece que él considera gran parte de su vida desperdiciada. Corría el rumor de que trabajaba siempre en esa sinfonía suya, y que eso iba hacerle famoso y rico, seguramente las dos cosas. Pero el señor Holland no es rico y tampoco es famoso, al menos fuera de nuestra ciudad. Así que él podría considerarse como un fracasado. Y se equivocaría. Porque ha logrado un éxito que sobrepasa la riqueza y la fama. Mire a su alrededor. No hay una sola vida en esta sala en la que usted no haya influido. Y todos nosotros somos mejores personas gracias a usted. Nosotros somos su sinfonía señor Holland. Somos las melodías y las notas de su concierto. Y somos la música de su vida".

Y el fin como no podía ser de otra forma... con la sinfonía de su vida ("An American Symphony, Mr. Holland´s Opus"), con sus alumnos. Un papel colosal el de Rychard Dreyfuss, quien fue nominado al Oscar a Mejor actor, pero no lo consiguió (se lo arrebató otro papel extremo, como el Nicolas Cage en Leaving Las Vegas de Mike Figgis), aunque lo consiguiera años antes con la comedia musical La chica del adiós (Herbert Ross, 1977) y la fama le viniera como el oceanógrafo Matt Hooper de Tiburón (Steven Spielberg, 1975), mucho antes de que su adicción a las drogas y su trastorno bipolar bloquearan su carrera cinematográfica. Para muchos (y me incluyo) el papel de su vida, el que ha hecho que Profesor Holland ya sea un personaje mítico del séptimo arte, sumándose al de otros tantos que el cine nos ha regalado. Y nos los regala en el inicio de este nuevo año. 

sábado, 23 de mayo de 2015

Cine y Pediatría (280). “La profesora de Historia” y los niños y adolescentes del genocidio


Léon Blum es considerado como una de las grandes figuras del socialismo francés, cuyas importantes reformas llevadas a cabo en el segundo cuarto del siglo XX supusieron importantes avances sociales: reducción de la jornada de trabajo, vacaciones pagadas, participación de la mujer en el gobierno, entre otras. Pero Léon Blum es también el nombre de un instituto en la población francesa de Créteil, donde tuvo lugar una historia real que se ha llevado al cine y que representa una lección de buen cine sociológico, pues ocurre allí donde conviven jóvenes de 29 comunidades. Un instituto que tiene en su patio una pintada con este pensamiento del político que atesora el nombre (“La ética consiste en tener valor para decidir”) y que vivió una lección de historia y de vida que se ha llevado a la gran pantalla. 

Porque el cine francés, fiel a su tradición, vuelve sobre el tema de la educación una y otra vez con clarividencia y profundidad. Porque el cine francés está actualmente a mucha distancia de la mayoría de las filmografías y porque es quien mejor debate sobre la educación en la infancia y adolescencia. Múltiples ejemplos que hemos tenido la oportunidad de desgranar en Cine y Pediatría y éste es uno más, pero diferente: La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014). 

¿Cómo definir a esta película? Quizás como una combinación de tres películas previas, bien mezcladas: La Ola (Dennis Gansel, 2008), La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010) y La Clase (Laurent Cantet, 2008). Quizás como algo más que la prototípica película de adolescentes (generalmente problemáticos y desmotivados, reflejo de familias y circunstancias difíciles), centros educativos (principalmente institutos de entornos sociales complicados o peculiares) y profesores coraje (que rompen el esquema habitual del resto de sus compañeros docentes), casi un casi-subgénero en el cine, principalmente en el “made in USA”, desde Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967) a Déjate llevar (Liz Friedlander, 2006), desde Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995) a Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007). 
Y ese algo más quizá proceda por estar inspirada en un caso real acontecido en 2009 y que la directora coescribe con uno de los alumnos que vivió en primera persona esta experiencia de cómo una entusiasta profesora inoculaba dignidad y autoestima a un desastroso curso multirracial, marginal y conflictivo. De hecho el coguionista Ahmed Dramé, también actor (y aquí en el papel de Malik), se inspira en su paso por ese centro educativo, donde asistió a las clases de la profesora Anne Gueguen, una mujer que lleva 20 años dando clase, e inicia su presentación del curso con humildad, manifestando su deseo de que los chicos aprendan y no se aburran demasiado. Porque todos hemos tenido en nuestras vidas un profesor o profesora que nos han marcado y han sido decisivos (incluso) para dirigir nuestra futura educación y parte de lo que somos. 

Anne Gueguen (Arian Ascaride) se enfrenta este año a una complicada clase de adolescentes desmotivados, un crisol multirracial (blancos, negros, mestizos, mulatos, hispanos, asiáticos, indios,…) y con representación de diferentes religiones (católicos, musulmanes, judíos,…). Solo poner cierto orden al comienzo de la clase (fuera gorras, auriculares de música y móviles, evitar que se duerman o pinten las uñas en clase,…) para mejorar la actitud y la atención resulta ya agotador al espectador. Pero ella obra poco menos que un milagro a estos adolescentes casi desahuciados por el entorno académico y social, planteándose simplemente el reto de participar en un concurso nacional sobre un tema especialmente tremendo y que nos adentra en la memoria histórica: el Concurso Nacional de la Resistencia y Deportación, bajo el título de “Los niños y adolescentes en el sistema de concentración nazi”
En este proceso, los alumnos no sólo descubren el horror de la guerra en la infancia (ya reflejado tantas veces en la gran pantalla) y discuten la diferencia de concepto entre genocidio (ej. Ruanda o la Shoa, término hebreo que nos remite al holocausto nazi) y masacre (ej. Palestina), sino que recuperan la confianza en sí mismos y en sus capacidades. La transformación de los adolescentes es paradigmática, como son simbólicos los primeros planos de sus caras ante la declaración de León Zyguel (ese abuelo real que en su niñez fue deportado a Auschwitz y después a Buchenwald - y quien acaba de fallecer este enero a los 87 años de edad -), con los ojos humedecidos y lágrimas resbalando por sus mejillas, así como el silencio respetuoso en la visita al Museo-memorial de las víctimas de los campos de concentración. Una transformación que implica conciencia y que hubiera sido imposible imaginar al inicio del curso, como hubiera sido difícil que se enfrentaran a la lectura de “El Diario de Ana Frank” o “Une vie” de Simon Veil, pero las palabras de su profesora de historia les impactó: “En la Segunda Guerra Mundial 6 millones de europeos murieron porque eran judíos y 300.000 por ser gitanos”
Finalmente los alumnos presentan al concurso un trabajo bajo el título “Je suis une exception”, del que la profesora no puedo menos que declarar: “Estoy muy orgullosa de vosotros”. Y la simbólica escena de los globos de colores subiendo al cielo, cada uno con el nombre de uno de aquellos niños y adolescentes de los campos de concentración (y que han conocido al profundizar en su historia) son la antesala de un final esperado. Y por esperado, no menos lleno de verdad y emotividad. 

Y es así como una directora casi desconocida, Marie-Castille Mention-Schaar (con dos películas anteriores del año 2012, inéditas en España, Ma première fois y Bowling), nos regala emotividad y reflexión en las aulas, por obra y gracia de cuatro protagonistas: Arian Ascaride, inconmensurable en su papel de profesora motivadora, la que es actriz fetiche del director marsellés Robert Guédiguian, amen que su esposa, se supera asimismo, ella que es musa del cine de las causas perdidas y las utopías imposibles; un elenco de jóvenes actores no profesionales (Malik, Theo, Lea, Max, Gabriel, Clara, William, etc.) que dan verdad a la historia; la figura simbólica de León Zyguel y sus mensajes (“Lo más importante es el combate continuo contra el racismo”); y un último personaje, casi invisible, y que es ni más ni menos que la música de Ludovico Einaudi, con ese piano que se convierte en la voz de la conciencia y pone el sentimiento como pentagrama. 

La profesora de historia es todo lo anterior y mucho más. En realidad, una amalgama de temas y mensajes que defienden la libertad de expresión y el respeto a las creencias, apuestan por la tolerancia a la par que nos invitan a confiar en las nuevas generaciones, mientras nos demuestra que todo esfuerzo siempre tiene su recompensa. La ventana a una sociedad multicultural regida por el laicismo (recordar el comienzo de la película) donde no siempre es fácil conciliar la vida institucional con las propias convicciones, con un mensaje positivo a favor de la consciencia colectiva y del trabajo en equipo, mientras pone su foco de atención en la adolescencia y aprovecha para rendir tributo a las víctimas del Holocausto. 

Por tanto, La profesora de Historia es mucho más que una película prototípica de adolescentes rebeldes, centros educativos y profesores coraje. Y nos queda el murmullo del piano de Ludovico Einaudi y este pensamiento del poeta Paul Eluard: “Si el eco de sus voces se desvanece, moriremos”.

 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cine y Pediatría (150). Ni desvinculación ni indiferencia en “El profesor”


Detachment es el título original de la última película de Tony Caye (2012) y la traducción al español incluye términos como separación, desvinculación o indiferencia. En nuestro país la película se ha titulado como El profesor y nos narra en tono de drama las desvinculaciones e indiferencias alrededor de la vida de alumnos y profesores de un instituto estadounidense, con la figura central Henry Bathes, un profesor sustituto interpretado con maestría por Adrian Brody. 

Una película que rezuma cine independiente desde los créditos iniciales (con esa pizarra con dibujos, utilizada de forma recurrente luego), y que lo atesora en el movimiento de cámara, los encuadres de imágenes, el uso de la luz, el color y la música. Pero resulta ser de ese cine independiente que no sólo pega fuerte, sino que gusta y podrá convertirse en una de las películas destacables del año (para mí ya lo es). Y nuevamente su éxito no vendrá de lo que cuenta, sino como lo cuenta…., aunque lo que cuente sea incómodo. 

Porque lo qué cuenta es casi un subgénero en el cine, del que ya hemos hablado en Cine y Pediatría con el esquema bien conocido de adolescentes (generalmente problemáticos y desmotivados, reflejo de familias y circunstancias difíciles), centros educativos (principalmente institutos de entornos sociales complicados o peculiares) y profesores (habitualmente algún profesor coraje que rompen el esquema habitual del resto de sus compañeros docentes, pero en esta ocasión nuestro protagonista está tan desencantado, sino más, que el resto). 

Pero el cómo lo cuenta es mérito de dos nombres: Tony Caye (director y fotografía) y Adrian Brody (protagonista y productor). Porque el británico Tony Caye y el estadounidense Adrian Brody son dos personajes con historias irregulares en el mundo del cine, capaces de brillar y desdibujarse. Adrian Brody ya consiguió emocionarnos (y obtuvo el Oscar gracias a su interpretación de un superviviente judío del gueto de Varsovia, el músico polaco de origen judío Władysław Szpilman) con El pianista (Roman Polanski, 2002), pero se perdió en obras menores como actor con El bosque (M. Night Shyamalan, 2004), King Kong (Peter Jackson, 2005) o Manolete (Menno Meyjes, 2007). Tony Caye no es un director prolífico, pero brilló con luz propia en American History X (1998) y también nos impactó con la película documental Lake of fire (2006). Director y actor en estado de gracia para un buen guion, y acompañados por un buen elenco de secundarios: Marcia Gay Harden, Tim Blake Nelson, Lucy Liu, Blythe Danner y James Caan, entre otros. La película ya ha recibido el beneplácito del público y los premios de numerosos festivales. 

Si American History X era un crudo retrato de advertencia sobre los peligros de los movimientos neonazis en Estados Unidos y sus métodos de captar jóvenes descontentos de clase media blanca en su política de odio racial, en El profesor nos ofrece otro drama humano sobre el mundo de la enseñanza y la complicada relación existente entre maestro y alumno. Carl Lund se estrena en el guion cinematográfico, al que Tony Kaye le pone imágenes con inusitada pericia, con una cámara nerviosa, tambaleante, acorde con el estado de ánimo de sus personajes, abocados todos al abismo. 

Henry Bathes es un hombre completamente desengañado con el mundo que le rodea, que no encuentra sentido a su vida y que acostumbra a esconderse de sus propios problemas, a salir huyendo ante las primeras dificultades que se le presentan. Y ese desengaño tiene una causa que el director nos subraya continuamente con esas imágenes desdibujadas en fondo rojo en el que aparece él de niño y su madre. Pero Henry tiene profesionalmente un don, en su condición de maestro de instituto: sabe conectar emocionalmente con sus alumnos, si bien, el miedo a sentirse traicionado afectivamente le hace estar poco tiempo en el mismo puesto de trabajo. Sin embargo, todo cambia cuando llega a un nuevo instituto y se convierte en el referente de unos alumnos sin rumbo sobre los que logra dejar huella. Pero El profesor va más allá de la típica película de institutos, pues explora temas como la educación, la familia, la paternidad, el compromiso profesional y personal y la complejidad de asumir responsabilidades, a través de la disección del trabajo cotidiano de un profesional de la enseñanza. 

Y perduran sus imágenes y algunas escenas dignas de mención: la violencia de los alumnos frente a sus profesores y esa sensación inmensa de descontrol; ese abrazo entre Henry y la joven prostituta Erica (Sami Gayle), uno de los abrazos más emocionantes que recuerdo en el cine, al menos en los últimos años; y, cómo no, el poético final en el que se superponen imágenes de decrepitud con la lectura de “La caída de la casa Usher”, de manera que el mundo de Edgar Allan Poe se acerca al mundo de la docencia, con esa escuela vacía, destrozada y asolada que evoca el hundimiento de la casa Usher, en otros tiempos una lujosa y esplendorosa mansión, siempre brillante y reluciente, como una vez fue la vida en las escuelas. 

Dos emocionantes películas que hemos podido ver este año alrededor del tema de la educación y del enorme valor de un profesor, ambas de Norteamérica, pero de dos países bien distintos, incluso a la hora de abordar este tema: la canadiense Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011) y la estadounidense El Profesor. Sea como sea como lo contemos, un profesor es una figura fundamental para la sociedad y nunca debería sentir “detachment”, nunca debería sentir desvinculación ni indiferencia. Y es importante devolverle su respeto, por parte de todos.