sábado, 16 de marzo de 2019

Cine y Pediatría (479). “Siete mesas de billar francés” y las carambolas de la vida


Una reciente generación del cine español nos ha dejado ya algunas obras en Cine y Pediatría: Fernando León de Aranoa nos regaló Familia (1996) y Barrio (1999), Achero Mañas debutó con El bola (2000), Alejandro Amenábar nos sorprendió con Los Otros (2001) y Juan Antonio Bayona nos emocionó con Un monstruo vino a verme (2016). 

Y entre estos directores, una directora, hija del gran productor Elías Querejeta: Gracia Querejeta, cuya no prolija filmografía– diez largometrajes en 25 años – tiene un epicentro común: las relaciones paterno-filiales y la evolución y tensiones de la familia como espacio vital del ser humano con todas sus contradicciones y conflictos. Y las familias de sus películas no responden al estándar tradicional, porque en la mayor parte de los casos falta la figura del padre y ello conlleva una reestructuración de la familia y una revisión en profundidad de las relaciones. La figura del padre ausente - fallecido, huido, ocupado en otras cosas o desconocido - es recurrente en todos estos filmes y marca sobremanera a los personajes, principalmente porque esa ausencia se vive como herida sin cerrar o déficit en la educación de los hijos o en las orientaciones para la vida que necesitan los personajes. 

Y este germen dramático sobre la pérdida es lo que propicia un viaje transformador de los personajes, y lo vemos en Una estación de paso (1992), El último viaje de Robert Rylands (1997) o Cuando vuelvas a mi lado (1999). Y en al menos tres películas es un adolescente la figura privilegiada en esta filmografía, unas veces porque centraliza el conflicto y todo el relato gira alrededor de él como en 15 años y un día (2013) o porque también se convierte en catalizador de otros conflictos, como en Héctor (2004) y Siete mesas de billar francés (2007). Lo cierto es que no hay ninguna película de Gracia Querejeta sin personajes de niños, bien como elementos nucleares (las tres citadas) o en los márgenes del relato. Un cine donde predomina la infancia y adolescencia, y las mujeres protagonistas. 

Adolescentes confundidos o cabreados por sus problemas de integración en familias desestructuradas son habituales en el cine de Gracia Querejeta: lo fue Héctor (Nilo Mur) en la película homónima, Guille (Victor Valdivia) en Siete mesas de billar francés y Jon (Arón Piper) en 15 años y un día. En su momento ya comentamos en Cine y Pediatría esta última película, donde una madre (Maribel Verdú) tiene que sacar adelante a su hijo sin la figura paterna, elemento muy similar al que ya hiciera la realizadora en su anterior largometraje, la película que hoy nos convoca, Siete mesas de billar francés, el primer encuentro entre Gracia Querejeta y Maribel Verdú, y que le valió a esta el Goya a Mejor actriz. 

Ángela (Maribel Verdú) viaja desde La Coruña a Madrid con su hijo de 8 años, Guille (Víctor Valdivia), para visitar a su padre enfermo. Nada más bajar del autobús reciben la noticia de su muerte por Charo (una inmensa Blanca Portillo), su compañera sentimental. Una vez enterrado (aunque Charo lo dudaba: “¿Incinerar es más barato que enterrar?”), Ángela se ve obligada a quedarse, huyendo de su marido, y allí decide volver a abrir un local de billares perteneciente a su padre y juntar de nuevo el viejo grupo para una competición: el Tuerto (Enrique Villén), Manolo (Jesús Castejón), Jacinto (Ramón Barea) y, sustituyendo a Leo, un joven llamado Fede (Raúl Arévalo). Y para lograr tal fin, Ángela contará con el apoyo de Charo y de Evelyn (Lorena Vindel), una joven hondureña que trabajaba con ellos de camarera. Aunque en el fondo todos piensan que “El billar es para golfos”

Siete personajes (tres mujeres y cuatro hombres) para estas Siete mesas de billar francés en la que Guille (un espontáneo y genial Jesús Valdivia) es espectador privilegiado y analista de todo lo que pasa a su alrededor. Y por ello le confiesa a su amiga Evelyn: “Los adultos es siempre lo mismo. No hay que mentir y os pasáis la vida mintiendo”. Y siempre realiza la pregunta recurrente: “¿Tú sabes para qué sirve un viejo?”

Una pequeña gran película, la combinación de un gran guión (de Gracia Querejeta y David Planell) que nos cuenta tantas historias como personajes hay en ella, o quizá alguna historia más, personajes interesantes bien interpretados y vibrantes diálogos, buena música y fotografía.  Con el salón de billares como excusa y la muerte del padre como constante en su cine, Gracia Querejeta nos cuenta una historia de dos mujeres que tienen que recomenzar su vida a edades avanzadas y a las que los acontecimientos les obligarán a sacar a flote, por fin, los sentimientos que llevan escondiendo durante demasiados años. 

Como si ya desde niña estuviera su destino cinematográfico marcado, Gracia Querejeta ha dejado discurrir casi toda su trayectoria como cineasta bajo la sombra del conflicto paterno-filial. Hijos con problemática situación con respecto a sus progenitores, sean masculinos o femeninos, pueblan sus películas, hasta el punto de hacer de ese tema el monocultivo de nuestra cineasta. Y en el haber del film hay que cargar lo habitual en el cine de Querejeta: un cuidado exquisito en la creación de los personajes, una capacidad de sacar de los actores (y en especial de las actrices, y en primer lugar, de Maribel Verdú) registros interpretativos de primer orden. 

Y todo ello para narrarnos, bajo la atenta mirada de Guille, las carambolas de la vida en Siete mesas de billar francés.

 

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