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sábado, 30 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (855) “La chica zurda” que acaba descubriendo las heridas generacionales

 

Conocemos al director estadounidense Sean Baker principalmente por su película Anora, gran triunfadora de los Óscar 2024, así como ganadora de la Palma de Oro en Cannes. Y que también en Cine y Pediatría ya nos ha regalado una joya del cine independiente como fue la rompedora The Florida Project (2017). Pero menos conocida es la taiwanesa Shih-Ching-Tsou, a la que le une un cuarto de siglo de amistad, y que ha sido la productora habitual de gran parte de la filmografía de Baker, además de directora de arte, diseñadora de vestuario e incluso ha realizado cameos en películas como Tangerine (2015), Red Rocket (2021) y la misma The Florida Project. Pues bien, ahora ambos se unen en guion muy particular para su ópera prima en la dirección: La chica zurda (Shih-Ching-Tsou, 2025), en lo que es la primera película de nacionalidad taiwanesa en Cine y Pediatría, y que llegó a representar a su país en los premios Óscar a mejor película internacional.  

Antes de entrar en materia, y para contextualizar la película, una breve reseña a esa historia de desamor y disputa entre Taiwán (oficialmente República de China y antes conocida como la isla de Formosa) y China (oficialmente República Popular de China). Porque China considera a Taiwán como una "provincia renegada" que debe ser reunificada, mientras que Taiwán ha desarrollado una identidad nacional propia y busca mantener su sistema democrático y soberanía, y que se sostiene por ser una potencia global clave, indispensable para la fabricación de semiconductores y tecnología moderna (como ordenadores y coches eléctricos), conocido como “escudo de silicio”. Y así es como desde hace décadas Taiwán es una isla independiente con casi 24 millones de habitantes, cuya capital, Taipei, es una vibrante urbe de rascacielos que destaca por sus famosos mercados nocturnos, donde se puede disfrutar de comida callejera excepcional. Y en esta ciudad y en uno de esos mercados nocturnos transcurre gran parte de nuestra historia de hoy… 

La chica zurda es un complejo retrato familiar que nos desvelará sus secretos. La historia se centra en Shu-Fen (Janel Tsai), una joven madre separada que, tras varios años viviendo en el campo, decide regresar a Taipei con sus dos hijas, la bella y rebelde adolescente I-Ann (Nina Ye), y la encantadora y espabilada niña de 5 años I-Jing (Shi-Yuan Ma), suficientemente sensible para captar lo que los adultos callan. E intenta abrirse camino abriendo un puesto de comida en un bullicioso mercado nocturno. Cada una a su manera, tendrán que adaptarse a este nuevo entorno para llegar a fin de mes y conseguir mantener la unidad en el hogar. Tres generaciones de secretos familiares empiezan a desvelarse después de que el abuelo, marcado por el peso de las tradiciones, le diga a su nieta menor, que es zurda, que nunca use su "mano del diablo". 

Esa mano zurda sobre la que el abuelo dice en una comida familiar: “¿Por qué come con la mano izquierda?... Antaño si te veían usar la izquierda, te colgaban o te daban una paliza. En mi casa usa la derecha”. Y más adelante le espeta esta idea a la propia I-Jing algo que le marcará: “La mano izquierda es la mano del diablo. Si usas la izquierda estás haciendo el mal”. Porque desde ese momento justifica sus actos por su mano izquierda, y también sus hurtos en las tiendas: “Mira, la he cogido con la mano del mal”, se justifica así mismo. 

Y mientras I-Jing se debate con el sanbenito de su mano zurda, la adolescente I-Ann aparece envuelta en ese halo de desconcierto y enfado propio del viaje de una adolescente con una estructura familiar complicada. Rechaza y odia al padre que les abandonó y que ahora está enfermo, y sobre el que la pequeña I-Jing pregunta: “¿Quién era ese hombre?”. Trabaja en una tienda de bebidas y comida, esos locales llenos de luces de colores de neón, y donde el rollo que tiene con el dueño acaba con un embarazo no deseado. Y en ese trasiego de vida que le ha hecho abandonar los estudios, cuida a su pequeña hermana y la trae del colegio en moto cada día a través de la bulliciosa ciudad. Porque I-Jing no quiere ir con los abuelos, “porque el abuelo no se ducha y huele a tofu fermentado”. 

Tras la presentación de los personajes, en el último tercio de la película aparecen dos escenas clave. Entrañable cómo la hermana mayor hace devolver a I-Jing todo aquello que robó, aunque ella se excusa: “Yo no robé nada. Fue mi mano del diablo la que robó todo…”. Y especialmente esa fiesta familiar para celebrar el 60 cumpleaños de la abuela, allí donde se desencadena la catarsis y aparece la verdad oculta sobre la verdadera relación entre Shu-Fen, I-Ann e I-Jing, y donde la abuela pregunta: “¿Te ibas a guardar ese secreto para siempre?”. Un cumpleaños feliz catártico y un final caleidoscópico… para esta familia que seguirá intentando sobrevivir económica y emocionalmente entre el bullicio del mercado nocturno de Taipéi, escenario vivo donde el trabajo, la precariedad y los secretos familiares se entrelazan. 

Por cierto, La chica zurda fue filmada con un iPhone, un rasgo técnico que refuerza su cercanía y su energía visual. Y que no busca el melodrama grandilocuente, sino que emociona desde los gestos pequeños, las miradas, los silencios y la convivencia diaria en una familia que intenta no romperse. Pero que también deja una sensación de inquietud porque muestra una realidad dura: pobreza, fragilidad afectiva, presión laboral y heridas transmitidas entre generaciones. Su fuerza está en mostrar que lo local puede volverse universal: una madre que lucha, una hija que se rebela y una niña que aprende a leer el mundo son figuras reconocibles en cualquier cultura. Una historia que deja poso porque habla de la supervivencia, de la identidad y de cómo una infancia puede revelar las grietas de toda una familia

Y que deja una cosa clara: que “la mano del diablo” no está en ser zurda, sino en no sanar las heridas generacionales. Y que ahora ya, cuando I-Jing diga “mamá” pueda ya entender mejor al dirigir su mirada a Shu-Fen o a I-Ann. Porque no hay que sobrevivir a la mano izquierda, hay que sobrevivir a la vida.

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (830) “El amor de Andrea” y su Juan Salvador Gaviota

 

El almeriense, nacido en El Ejido, Manuel Martín Cuenca se ha consolidado con un cine de autor tras una trayectoria previa por el cortometraje y el documental. Su ópera prima de ficción fue La flaqueza del bolchevique (2003), un peculiar romance entre un adulto (Luís Tosar) y María, una adolescente de 15 años (María Valverde, quien obtuvo el Goya a Mejor actriz revelación), adaptación de la novela homónima de Lorenzo Silva. Luego llegaron Malas temporadas (2005), La mitad de Óscar (2010), Caníbal (2013), El autor (2017) y La hija (2021), un enfermizo thriller sobre otra forma de ver la maternidad subrogada a través de Irene (Irene Virgüez), una adolescente de15 años, una historia sobre la pesadilla que supone cumplir tus sueños.  

Y ahora llega su última obra, El amor de Andrea (2023), un retrato sobrio y muy emotivo de una adolescente de 15 años (Lupe Mateo Barredo, enamora a la cámara) que pelea, casi en silencio, por recuperar el vínculo con un padre que la ha abandonado afectivamente. El filme emociona precisamente porque rehúye el melodrama fácil y trabaja con miradas, silencios y gestos mínimos que dejan al espectador espacio para pensar. Una película rodada en Cádiz, todo un tributo a la ciudad (con su Catedral, el Campo del Sur y Malecón, la Alameda de la Apodaca, el Parque Genovés y la mítica playa de la Caleta), y que cuenta de nuevo con la música del grupo Vetusta Morla (ya presentes en su película anterior). 

Se nos presenta a Andrea, quien cuida de sus dos hermanos pequeños (Fidel y Tomás), los lleva y recoge del colegio, juega con ellos en la playa o en el parque, les ayuda con los deberes, les prepara la cena y les acuesta. Cuando llega la noche, regresa la madre a casa, cansada de trabajar, pues el padre ha rehecho su vida con otra familia y ha cortado prácticamente la relación con ellos, sin pasarles tampoco ninguna manutención. Y ya en ese primer día vemos a Andrea con un libro entre las manos, el icónico “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach que tanto nos inspiró a los adolescentes de la década de los 70 y 80. Un libro que no pasará desapercibido en la historia… 

Toda la película se articula alrededor del empeño de Andrea por “recuperar el amor de su padre”, viaje que comparte con sus hermanos en una especie de odisea cotidiana por Cádiz, incluso tomando el barco que les lleva al Puerto de Santamaría, donde trabaja y vive ahora. Tantas obligaciones y ese pesar, hace que falte en ocasiones a clase, por lo que su tutor le dice: “Tengo mucha confianza en ti y no quiero que te pierdas en el camino”. Y en el colegio conocemos a Abel, un chico de su clase que se nota que está colado por ella, aunque ella está en otras luchas. Andrea intenta entender por qué sus padres se separaron: “Mamá, ¿qué pasó entre tú y papá?... ¿Pero tú le querías?”. Su madre sigue muy dolida y le dice: “Que tu padre no quiere verte. Que tienes que dejar de soñar…”.  Aunque la joven lo tiene muy claro: “Vosotros os separasteis. Pero nosotros seguimos siendo los hijos, de los dos”. 

La situación llega a una jueza, a quien le dice: “De mi padre quiero que me quiera. Bueno, que se ocupe de mí… Una respuesta suya y que me diga mirándome a la cara cuál es la situación, tanto si es buena como mala”. Finalmente el padre accede volverse a ver con sus hijos. Y en la comida que tiene padre e hija, esta le pregunta que por qué le regaló el libro de “Juan Salvador Gaviota”, pero el padre no lo recuerda… Es posible la escena que condensa algo muy duro para ella, pues se da cuenta que no puede tener el amor que busca. Pues ella se aferraba a ese libro lleno de mensajes y su padre ni lo recordaba. 

Y con ello llegamos a esas dos escenas finales en la playa de la Caleta. Una con Andrea, con su padre y sus dos hermanos en un día gris y ventoso. La otra con Andrea, Abel y sus dos hermanos en un día soleado. Y ese final esperanzador con los dos amigos tumbados en la arena con las manos entrelazadas y mirando al cielo. Quizás entonces se da cuenta de que esa es su familia y quienes lo aman. Andrea aprende que también los adultos se equivocan y que el amor no es el que nos imaginamos, que el amor no se demanda, lo da quien lo tiene… 

El valor de esta película es cómo nos presenta el abandono de estos hijos sin desbordamientos dramáticos. Hay una tristeza de fondo, una desilusión profunda ante unos progenitores ensimismados en su dolor, que priorizan sus rencores y nuevas vidas por encima del bienestar emocional de los hijos. Pero también hay mucha ternura, la que esta adolescente “adulta”, sometida a una madurez forzada, vuelca sobre sus hermanos. Y para reforzar esa sensación de cerco emocional, Manuel Martín Cuenca usa el formato 4:3, y también apuesta por actores no profesionales y una puesta en escena minimalista, casi transparente, que busca registrar la vida tal como ocurre, sin subrayados. 

El amor de Andrea es una meditación sobre la paternidad, la maternidad y la “fides”: la lealtad y la responsabilidad hacia quienes dependen de ti. El film muestra cómo el divorcio mal gestionado puede convertirse en una guerra donde los hijos se vuelven rehenes emocionales, víctimas de chantajes, mentiras y silencios. Invita a pensar en el daño silencioso del abandono emocional y en la responsabilidad adulta frente al deseo muy simple de una hija: ser vista, escuchada y querida sin condiciones. 

Y es posible que Andrea siga leyendo “Juan Salvador Gaviota” y reflexionando sobre algunos de esos mensajes inspiradores que otros adolescentes intentamos hacer nuestros: “Tienes la libertad de ser tú mismo y nada se puede poner en tu camino”, “Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas de tu cuerpo”, “Nunca te es concedido un deseo sin que te sea concedida también la facultad de hacerlo realidad, pero es posible que tengas que luchar por él”, “Las cosas más simples son a menudo las más reales”, “Una etapa ha terminado, y ha llegado la hora de que empiece otra”,… 

Y hoy hemos conocido un poco más el cine de Manuel Martin Cuenca, un director que contó con tres adolescentes de 15 años en tres películas clave de su filmografía: al principio fue María en La flaqueza del bolchevique, luego Inés en La hija, y ahora Andrea en El amor de Andrea. Y a esa edad yo también leí "Juan Salvador Gaviota" para aprender a volar...

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (827) “Alice T.”, los 4 meses, 3 semanas y 2 días en la era de las redes sociales

 

Hace años nos impactó en Cine y Pediatría una película dura y fría que nos obligaba a mirar al problema del aborto ilegal: 4 meses, 3 semanas, 2 días (Cristian Mungiu, 2007). Una película que transcurre en una sórdida habitación de hotel con tres protagonistas: dos amigas universitarias, Otilia y Gabita, ésta embarazada, y un tal señor Bebe quien le practicara un aborto clandestino. Con ello pudimos dirigir la mirada hacia una cinematografía casi desconocida, la rumana, pero que estaba despuntado bajo el movimiento conocido como la Nueva Ola Rumana. Y de este movimiento ya hablamos de nuevo a través de la película Pororoca (Constantin Popescu, 2017).   

La Nueva Ola Rumana surgió a partir de 2004, tras la caída del régimen comunista de Nicolae Ceaușescu, y ha sido reconocido internacionalmente por su característico realismo austero y minimalista, además de su compromiso con la exploración de la realidad social rumana. Su inspiración parte del neorrealismo italiano y la nueva ola francesa, como respuestas artísticas a regímenes autoritarios y contextos históricos oscuros; en el caso rumano, es la reacción a las décadas de comunismo y los cambios posteriores en la sociedad al pasar a un sistema democrático y de libre mercado. Este cine se distingue por mostrar historias cotidianas, pequeñas y profundamente humanas, ambientadas en la sociedad contemporánea o muy reciente, y por su estética naturalista. Y nuestra película de hoy Alice T. (Randu Muntean, 2018) se inscribe precisamente en este contexto. 

Radu Muntean es uno de los cineastas centrales de la Nueva Ola Rumana. Su no muy extensa filmografía evidencia un constante interés en las tensiones y dilemas éticos que atraviesan a ciudadanos ordinarios, principalmente en la esfera doméstica y social, e incluye títulos importantes como La furia (2002), El papel será azul (2006), Boogie (2008), Martes, después de Navidad (2010), Un piso más abajo (2015) y Entre valles (2021). Alice T. es su sexta película como director y se centra en la compleja y tensa relación entre una adolescente adoptada y su madre adoptiva en el Bucarest actual, con el aborto de la menor bajo la perspectiva de esta nueva generación. 

Conocemos a nuestra adolescente de 16 años, Alice Tarpan (interpretada por Andra Guți, ganadora del premio a Mejor Actriz en Locarno por este papel) con su característico pelo rizado teñido de rojo. La tensión no se hace esperar cuando la madre, Bogdana (Mihaela Sîrbu), le quitan el móvil a la menor. Al leer esta algunos mensajes surge la pregunta: “¿Estás embarazada?”. Ante la resistencia a realizarse una prueba rápida de embarazo que le han comprado, esta confiesa y declara sus intenciones: “Quiero tener el bebé. Con 16 puedo elegir tener el bebé. Puedes quejarte todo lo que quieras, pero ¡voy a tenerlo!”. Pero la madre le rebate: “No puedes cuidarte a ti mismo, ¿cómo vas a cuidar a un bebé?”. Como vemos, en menos de un cuarto de hora se nos pone toda la carne en el asador… 

Para Bogdana, separada de su marido y ahora con otra pareja, quien ha intentado sin éxito tener hijos biológicos, la noticia es un shock cargado de dolorosos ecos personales, a la vez que se enfrenta a la incapacidad de su hija para abordar esa maternidad. La película se convierte en un drama de intensa observación sobre los intentos de Bogdana por guiar, controlar o, simplemente, entender a su hija, y las constantes mentiras, manipulaciones y evasivas de Alice para manejar su vida y evitar la confrontación. Así, cuando la madre acompaña a Alice a la ginecóloga y se ve al bebé en la ecografía y se oyen sus latidos, ya apreciamos una reacción particular de nuestra protagonista sobre la camilla. Y eso se nos desvela en las escenas posteriores: fuma y bebé con las amigas, y se intuye que ha comprado unas pastillas abortivas por internet, donde ha sacado toda la información. Pronto confirmamos que nada es lo que parece, y se nos demuestra esta rebeldía también en clase, lo que roza su expulsión. 

Los efectos de la píldora abortiva (esos fármacos conocidos como mifepristone y misoprostol) no se hacen esperar. Y las escenas de las metrorragias y espasmos de Alice, primero entre risas con una amiga y luego con es tranquila indiferencia con la pareja que le ha dejado embarazada, dejan una profunda impresión en el espectador (al menos, el que esto suscribe). Cuando regresa a casa tras ese día en que ha expulsado a su hijo del vientre, vuelve a mentir a la madre: “Estaba demasiado avergonzada para coger el teléfono”. Y mientras tanto sigue interpretando su “feliz” embarazo entre los familiares, también con su padre a quien va a visitar a la playa; allí conoce a la actual pareja del padre, más joven y con la que presume de haber abortado con unas pastillas, lo que causa una extraña impresión pues ella no puede gestar. 

Cuando llega la segunda visita a la ginecóloga, acude con toda normalidad. Tras la ecografía, la ginecóloga llama a la madre para hablar fuera. Ambas salen de plano y la cámara fija nos deja de nuevo con Alice en la camilla… llorando. Y tras lo visto, me pregunto si serán lágrimas de verdad. Quizás sí.. porque quizás todo aborto no pasa desapercibido para nadie en el recuerdo y en la conciencia. Fin. Fundido en negro. 

Y vuelve al recuerdo aquella primera película que conocí de la Nueva Ola Rumana: 4 meses, 3 semanas, 2 días. Ahora bajo la perspectiva de esta generación Z pegada a internet y las redes sociales. Y Alice T. se convierte en una radiografía brutalmente honesta de la maternidad, la adolescencia, la verdad y la mentira en el seno familiar, ejecutada con la maestría observacional y el realismo sin adornos. El personaje de Alice es el corazón del análisis, con varios puntos de atención: 1) la adolescencia como conflicto y fragilidad, donde nuestro personaje es una manipuladora experta, allí donde su condición de hija adoptada quizás añada una capa de complejidad al conflicto de identidad adolescente; 2) la complejidad de la relación materno-filial, con ese control de Bogdana derivado de su propia incapacidad de ser madre biológica y la frustración ante el comportamiento autodestructivo de Alice, donde la falta de comunicación siempre es una lacra; 3) y el realismo abrasivo, de nuevo, de la Nueva Ola Rumana, especialmente en la forma de ponernos cara a cara con el aborto provocado, donde no se toma partido, se evitan respuestas fáciles o juicios morales y se deja al espectador con la tarea de reflexionar sobre la complejidad humana y del entorno social que hemos abonado. 

Una ola desde el este de Europa que nos arrastra por la adolescencia, el embarazo precoz y la incomunicación familiar, reflejo de la fragilidad y contradicciones de una juventud inmersa en un mundo fragmentado y a menudo desconectado (por mucho internet y redes sociales que usen).

 

sábado, 13 de abril de 2024

Cine y Pediatría (744) “Mi hermano pequeño” y la deconstrucción de una familia inmigrante


“Mamá me hablaba dándose aires de importancia. Pero al mismo tiempo parecía estar siempre en otra parte. Era difícil saber cómo se sentía. Quiero decir, cómo se sentía de verdad. La noche que llegamos a Francia, no hacía más que mover las caderas. Supongo que eso le ayudaba a mantenerse en pie. Quizás por ser el pequeño, me aferré a la luz que irradiaba, a nada más. La maleta llena de dolor que había traído de casa, era su secreto”. Con esta voz en off, acompañado de la imagen fija de una madre negra y sus dos hijos que viajan en tren, comienza esta película francesa por título Mi hermano pequeño (Léonor Serraille, 2022), con la que la realizadora francesa ganó la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el Festival de Cannes, premio creado en el año 1978 y que ya ganaron antes otras películas de las que hemos hablado en Cine y Pediatría: la belga Totó, el héroe (Jaco Van Dormael, 1991), la iraní El globo blanco (Jafar Panahi, 1995) y la alemana Girl (Lukas Dhont, 2018).    

En Mi hermano pequeño, su directora toma como base las vivencias del padre de sus hijos para componer esta conmovedora crónica de la construcción y deconstrucción de una familia inmigrante. Y nos narra la historia de Rose y de sus hijos, Jean y Ernest, durante algo más de 15 años. Una historia que comienza en 1989, cuando Rose (Annabelle Lengronne) abandona su Costa de Marfil natal y llega a París para intentar iniciar una nueva (y mejor) vida. Tras dejar en África a sus dos hijos mayores, todas las esperanzas de Rose están puestas en Jean y Ernest, dejando atrás a su ya segundo marido. Y la voz en off es del hermano pequeño, Ernest, es la que inicia este film y la que nos acompañará durante todo la historia. 

Inicialmente son acogidos en casa de unos familiares y la mujer le da un consejo (“En la vida tienes que escoger a alguien que quiera a tus hijos. No a alguien que tú quieras. Es importante”) que Rose no parece tener muy en cuenta. Su belleza la hace ser atracción de los hombres, pero no acierta en la compañía. Y ella, que se afana en salir adelante como asistenta de limpieza en un hotel, da estos consejos a sus hijos: “Estudiar mucho. Ser los mejores… Y nada de llorar. No se llora delante de la gente. Si queréis llorar os escondéis”. Y así también ella llora en la soledad, porque quizás es cierto lo que le dicen: “No sabes ni lo que quieres”

Mientras ella busca su lugar, conoce a otro hombre casado que funcionará de padrastro y cambian de ciudad, como nos recuerda la voz en off del hijo menor: “Nos dijo que nos íbamos a vivir a Ruán. A un apartamento en el centro. Iríamos a buenos colegios. Iríamos con buenas compañías. Ella quería lo mejor para nosotros. Nosotros no queríamos irnos de nuestro cuchitril. Pero ello no era de las que cambian de opinión. Hizo las maletas y nos fuimos”. Y con ello un salto temporal nos presenta a los dos hermanos ya adolescentesY a partir de aquí, la película se fragmenta en dos partes: la primera se centra en Jean, la segunda en Ernest. Y un noticiario nos sitúa temporalmente alrededor de ley de Charles Pasqua, unas despiadadas leyes antiinmigración instauradas por este ministro de Interior gaullista en el año 1993, cuyo objetivo era claro: “La regla de oro: debe restringirse el derecho a entrar en Francia”. 

Ahora los dos hermanos viven juntos y la madre solo viene los fines de semana. Las relaciones de pareja de la madre no funcionan y ahora decide casarse con un compatriota que la pretendió desde su llegada a Francia, a lo que Jean expresa: “No es un nuevo comienzo. Es el principio del fin”. Y Jean acaba abandonando el hogar y decide regresar a Costa de Marfil, lo que enfada de tal forma a Ernest que culpa a su madre. 

En el salto temporal final ya nos encontramos a un joven Ernest que vive independiente, ahora como profesor de filosofía de un instituto de París y lee un texto muy significativo a sus alumnos: “Que cada uno examine sus pensamientos. Los encontrará ocupados en el pasado y en el futuro. Apenas pensamos en el presente y si pensamos en él, solo es para tomar luz de él y proyectarla en el futuro. El presente nunca es nuestro fin. El pasado y el presente son nuestros medios. Solo el futuro es nuestro fin. De tal forma no vivimos, sino que esperamos vivir”. Porque ha pasado mucho tiempo, pero aún le recuerdan que es un emigrante en un país en el que no nació… 

Y en el encuentro con su madre se preguntan por sus vidas y él le recuerda que ha tenido muchos padres, pero el verdadero padre fue el colegio, y ella se excusa con lágrimas: “Yo hice todo lo que pude. Aunque cometiera errores”. Y la madre le da una carta de su hermano, que acaba así: “Espero verte algún día. Un hermano pequeño no es poca cosa”. Y un fundido en negro nos deja pensando en esta película alrededor de una familia africana inmigrante que entra en deconstrucción y este peculiar “coming of age” de dos hermanos en busca del sentido de pertenencia. 

Una película realizada con el sentido y sensibilidad del cine francés, sobre un tema que no les es ajeno, pues en Francia viven cerca de 9 millones de inmigrantes, lo que supone un 13% de su población. Pero la inmigración es una constante en muchos países, y baste recordar que en España hay casi 7 millones de inmigrantes (un 15% de la población), y las historias de superación y supervivencia se repiten.

 

sábado, 2 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (725) “The Quiet Girl”, la emoción de ser querida


La escritora irlandesa Claire Keegan publicó en el año 2010 la novela corta “Foster” y, 12 años después, el director irlandés Colm Bairéad se estrena en el largo con la adaptación de esta obra, bajo el título de The Quiet Girl (2022), una obra llena de sentido y sensibilidad con un buen recorrido por festivales de cine y que en su año fue nominada al premio Óscar a Mejor película internacional, premio que fue a parar ese año a la película alemana Sin novedad en el frente (Edward Berger, 2022). 

Porque el primer largometraje de ficción del documentalista Colm Bairéad nos muestra la numerosa y disfuncional familia de Cáit, esa niña de 9 años de ojos azules y serena belleza (maravillosa interpretación de Catherin Clinch en su primer papel), en la Irlanda rural de principio de la década de los 80, donde sobrevive junto a un mujeriego y borracho padre, una madre dejada y engañada y tres hermanas mayores, un hogar donde apenas nadie se preocupa de ella. Un hogar donde los padres se olvidan de prepararle la comida cuando acude a clase, lugar donde también la consideran un bicho raro. Con ese ambiente de familia disfuncional y la poca integración escolar no extraña que tenga problemas de aprendizaje, sufra enuresis nocturna, sea una niña callada y quiera pasar desapercibida. 

Cuando la madre queda nuevamente embarazada, deciden enviarla a casa de unos familiares lejanos, unos primos de la madre, allí donde descubre el cariño y protección que no ha tenido hasta entonces. Los familiares son un matrimonio de mediana edad que viven solos en una casa de campo. La mujer, Eihblín (Carrie Crowyley), trata a Cáit con sumo cariño y respeto desde el principio y le regala enseguida este mensaje: “Una casa en la que hay secretos es una casa avergonzada. Y aquí la vergüenza no tiene cabida”. Pero también piensa sobre la propia niña: “Que Dios se apiade de ti. Si fueras mi hija, jamás te abandonaría en casas de unos desconocidos”. El marido, Seán (Andrew Bennett), se muestra algo más distante al principio, pero enseguida cambia su actitud, y al cabo de un tiempo piensa: “Tienes mejor aspecto. Solo hacía falta que te cuidaran un poco”

Y la historia se desarrolla como un poema de amor fundamentado en la sencillez. Cuando Cáit mira el papel pintado de trenes de su nueva habitación, cuando corre entre la fila de árboles para recoger el correo, cuando ayuda a cocinar y limpiar, cuando busca agua en el pozo, cuando le compran ropa nueva en la ciudad, incluso cuando asiste a un entierro. Sin otros niños alrededor. Solo ellos tres en la casa de la campiña irlandesa, rodeados de la naturaleza. Y sentimos cómo crece el cariño entre ellos, cariño sin afecto físico, pero que no se desmorona cuando una vecina descubre a Cáit uno esos secretos de los que también había en ese hogar, una dolorosa verdad. 

Cáit lo vive todo con pocas palabras y sentimos cómo va arreglando una pequeña parte de lo que tiene roto, aunque también somos conscientes de que jamás podrá curar de todo el trauma de una infancia infeliz. Y Seán la defiende ante los que le dicen que es una niña de pocas palabras: “Porque solo usa las palabras que necesita. Ojalá hubiera más personas como ella”; y sus consejos suenan sabios: “No estás obligada a hablar. Recuérdalo siempre. A menudo la gente desaprovecha la oportunidad de callarse y luego sufre por ello”. 

Es fascinante ver durante la hora y media de metraje esta conmovedora reflexión sobre la familia encontrada. Y a buen seguro que la fotografía de Kate McCullough y la música de Stephen Rennicks contribuye a este estado de búsqueda del cariño y respeto que ha encontrado y que sabe que existe, aunque no será permanente. Porque un día tiene que volver….cuando ya la madre ha dado a luz a su quinto hijo. En el hola con sus padres y el adiós con Eihblín y Seán no hay muestras de cariño. Pero entonces llega esa maravillosa escena final, cuando la carrera de Cáit nos dirige al primer abrazo, tan profundo como desgarrador. 

Es The Quiet Girl un ejemplo de que menos es más y que nos interroga a los espectadores con esta pregunta: ¿qué ocurre cuando a una niña criada en una familia disfuncional le dejas vislumbrar lo que podría ser el amor familiar, aunque con fecha de caducidad? Hace poco comentamos la película Broker, allí donde el cine de Hirokazu Koreeda nos volvía a enfrentar a su peculiar reflexión sobre la familia encontrada, aquella que va más allá de la consanguinidad. Y The Quiet Girl nos devuelve esa reflexión, ahora desde Irlanda y rodada en gaélico. Una película con alma, mucho corazón y vida. Una película que emociona al sentir la emoción de Cáit al ser querida. Un cariño y cuidados que debieran recibir todos los niños y niñas de este mundo, pero que sabemos que, desgraciadamente, no es así en muchas ocasiones… 

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

Cine y Pediatría (724) Ruben Östlund desgrana la infancia, familia y sociedad sueca

 

El cine desde Suecia tiene un director universal indiscutible, Ingmar Bergman, quien ha marcado el cine del siglo XX de una manera absoluta y apasionante. Le precedieron en el cine mudo otros como Victor Sjöström y Mauritz Stiller y, en la transición al sonoro, directores como Alf Sjöberg y Hasse Ekman. Tras él y con la reforma cinematográfica del país en la década de los sesenta surgió una nueva generación de cineastas originales que alcanzaron éxito, tales como Jan Troell, Bo Widerberg, Vilgot Sjöman, Kjell Grede, Roy Andersson y otros. Eso hizo que, con sus fríos paisajes y peculiar cinematografía, el cine de Suecia se consolidara como el más importante de todos los países escandinavos. Ya entrada la década de los ochenta, directores como Lasse Åberg, Bille August y Lasse Hallström comandaron la vanguardia del cine sueco. Y con el inicio del silgo XXI aparecieron nombres como Lukas Moodysson, Tomas Alfredson, Amanda Kernell y nuestro protagonista de hoy, Ruben Östlund. 

Algunas películas suecas ya forman parte de Cine y Pediatría como Fanny y Alexander (Ingmar Bergman, 1982), Mi vida como un perro (Lasse Hallström, 1985), Fucking Amal (Lukas Moodysson, 1998), Antes de la tormenta (Reza Parsa, 2000), Lilja 4-Ever (Lukas Moodysson, 2002), Evil (Mikael Håfström, 2003), Déjame entrar (Tomas Alfredsson, 2008), Mamut (Lukas Moodysson, 2009) y Conociendo a Astrid (Pernille Fischer Christensen, 2018). Y hoy incorporamos alguna más.        

Porque hoy el director de moda sueco se llama Ruben Östlund, uno de los pocos directores con dos Palmas de Oro en el Festival de Cannes gracias a sus dos últimas películas: The Square (2017), alrededor del responsable de una nueva exposición en un museo de arte contemporáneo, y El triángulo de la tristeza (2022), anatomía social que pasa de un crucero de lujo a la supervivencia en una isla perdida. Películas que ponen a pruebas los límites de la ficción y el documental, siempre con el distinguido sello de su autor, uno de los más estimulantes que nos ha dejado Suecia estos últimos años. Y estimulante no significa que guste a todos, con sus planos secuencias prolongados, sus fundidos que nos cambian el paso de la historia o sus finales tan abiertos como difíciles de encuadrar. 

Entusiasta del esquí, Östlund comenzó dirigiendo tres cortos y mediometrajes acerca de este deporte en las que ya muestra su interés por los planos secuencia prolongados. A partir de ahí, y en seis largometrajes hasta la fecha, es reconocido por su incisiva mirada sobre el comportamiento social de los seres humanos, sobre esa infancia, juventud, familia y sociedad sueca actual. O la que él nos dibuja. Y es que aparte de las dos premiadas y más actuales obras, hoy queremos recordar sus primeros cuatro largometrajes, que nos van a dejar pensando sobre el devenir de las nuevas generaciones y ello a través de un desagradable realismo. Por ello algunos lo han asemejado al austriaco Michael Haneke, pero sin apuntar a matar. 

- The Guitar Mongoloid (2004)

Fue su largometraje de debut, un retrato caleidoscópico y gamberro de la Suecia actual, cuya potencial traducción al español sería "El mongólico de la guitarra", ya un título políticamente incorrecto como para no traducirse como tal. La película se concibe con gran número de planos fijos en los que diversos personajes protagonizan pequeñas historias autónomas que en ocasiones, aunque no siempre, terminarán por confluir. El protagonista nuclear es un niño de 12 años que no solo canta y toca mal la guitarra por las calles, sino que tiene un comportamiento impropio de su edad (malhablado, fumador, violento y con una extraña convivencia con otro músico adulto), un sociópata en ciernes. Pero donde aparecen otros ciudadanos: una mujer paranoica que cierra y abre continuamente una puerta mientras pronuncia sin parar “Esta es la última vez” y luego pasea por la ciudad con dos bolsas de la compra buscando la bicicleta que le han robado; dos motoristas violentos que usan pistolas y con ellas simulan un juego de la ruleta rusa; dos jóvenes que beben para emborracharse, mientras se golpean la cabeza con una botella; otro grupo de chavales que se dedican a tirar bicicletas al mar y proclaman “Prendámosle fuego a todo”, y que luego matan el tiempo bebiendo y esnifando el helio de los globos; un grupo de niños que juegan en el patio del colegio a hacer una especie de saludo fascista… Secuencias de plano fijo breves que van alternando a lo largo del día las acciones de estos personajes, secuencias con el sello Östlund, algunas fuera de campo y otras encuadrando parte del cuerpo sin visibilizar las caras. Y al final una especia de colchoneta gigante negra volando como un globo por lo alto de la ciudad… Sin más. 

- Involuntario (2008) 

Su segunda película ya tiene asentada su insobornable mirada a la sociedad sueca, de nuevo con una película coral y episódica que gira en torno al tema del poder del grupo sobre el individuo y a través de cinco episodios que constituye un retrato sin igual de la sociedad sueca. Fue seleccionada por Suecia como candidata al Óscar en la categoría de película de habla no inglesa. 

Un film con la marca de su estética, en la que privilegia el uso de largos planos secuencia y encuadres poco convencionales, así como historias inconexas que se entremezclan entre fundidos en negro. Dos chicas adolescentes seducidas por el alcohol juegan a hacerse fotos subiditas de tono y salir de juerga, y que se relacionan con expresiones provocadoras: “Posa con esa zorra. Seamos modelos”. Una fiesta con fuegos artificiales, donde uno de los adultos se hiere en el ojo antes de la cena y luego tiene que ser derivado al hospital. El conductor de ese autobús que lleva a una excursión y su guía, pero que se niega a arrancar el motor hasta que no se pronuncie el pasajero que ha roto una barra de la cortina del baño. Un grupo de jóvenes que también se juntan alrededor del alcohol y donde aparece algún juego de insinuación homosexual. Una profesora que observa como un compañero sujeta a un alumno y reprende a este profesor por el maltrato a ese alumno, aunque se justifica que lo hizo por ser un alborotador: “No fue un castigo. Fue una reprimenda por no seguir las órdenes”. 

Y cada una de estas cinco historias avanza en su dirección. Y lo hace tras los fundidos y con las elipsis en los planos secuencia fijos y el fuera de campo, con esas conversaciones externas a la imagen que se proyecta. Y, sí, quizás fuera involuntario abandonar a la amiga borracha, dañarse el ojo en los fuegos artificiales, romper la barra del baño, realizar una felación al amigo, o castigar al alumno con más dureza de la debida. O quizás no. Pero no va ser Ruben Östlund quien nos dé la respuesta. Cada espectador que saque la suya. 

- Play (2011)

Con su tercera película, basado en hechos reales ocurrido en Gotemburgo, suscitó debates sobre el abuso de poder, la pobreza, el miedo, la segregación y el odio. Y es que con su definido estilo de dirección nos cuenta la historia de unos niños negros de entre 12 y 14 años, hijos de inmigrantes, que robaban a otros muchachos con intimidación, utilizando a su favor el racismo y los prejuicios sociales. 

Esta película ya la comentamos hace años en Cine y Pediatría, por lo que referimos al lector a ese post. Y ya entonces destacamos como, en un fundido en negro final, nos deja unas cuantas reflexiones para llevarnos a casa. Y en ese momento es cuando dejamos de "jugar", porque los prejuicios residen en la mirada del telespectador y Ruben Östlund nos da la libertad de elegir el momento en el que pulsamos stop o play. 

- Fuerza mayor (2014) 

En su cuarta película comenzó a posicionarse, y antes de ganar los dos Palmas de Oro con sus dos últimas obras, ya en esta fue nominado al Globo de Oro y recibió el Premio del Jurado “Un certain regard” en el Festival de Cannes. Y ello por ser uno de los mejores retratos sobre crisis de pareja vistos en mucho tiempo, que nada tiene que envidiar a Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) o a Historia de un matrimonio (Noah Baumbahc, 2019). La historia de esta pareja formada por Ebba (Lisa Loven Kongsli) y Thomas (Johannes Bah Kuhnke) junto a sus dos hijos escolares en esas breves vacaciones de invierno en una estación de esquí de los Alpes. Y donde todo se precipita con una avalancha de nieve, cuando el padre huye para salvar la vida y se desentiende de sus hijos. 

La historia se narra en cada uno de los cinco días, cada episodio separado por un fondo musical, puro leitmotiv, y los ruidos nocturnos preparatorios desde la estación de esquí: el primer día, con la llegada y toma de contacto con la estación de esquí; el segundo, con el momento crítico de la avalancha y la reacción del padre que ni su esposa ni los hijos pueden entender; el tercer día, cuando intentan volver a esquiar como si nada hubiera pasado, pero ante otra pareja se desenmascara el conflicto: “Mi instinto me empuja a proteger a mis hijos porque son demasiado pequeños para valerse por sí mismos. El instinto de Thomas hace que se vaya”; el cuarto día, cuando el silencio entre la pareja y el no hablar de lo que ocurrió van agrietando la relación de pareja, hasta que Thomás explota en llanto; y el quinto día, cuando regresan en autobús a sus hogares, pero ante el miedo que les provoca la forma de conducir,  deciden abandonar el vehículo y bajar andando por la carretera de alta montaña. Porque entre la paz de la montaña nevada y su suave deslizar del esquí, surge la crisis de pareja. Y el grito del hijo menor: ”¡No quiero que os divorciéis!”

En nuestra entrada previa revisábamos la obra de Hirokazu Koreeda y su particular visión de las estructuras familiares en su Japón natal. Algo similar ocurre ahora con el sueco Ruben Östlund, quien desgrana con un estilo muy particular la infancia, familia y sociedad de su país.

 

sábado, 30 de septiembre de 2023

Cine y Pediatría (716) “Los Fabelman”, un coming of age que bendice al poder salvífico del cine

 

10 de enero de 1952, Nueva Jersey. Un niño de 7 años, Sammy Fabelman va a asistir a su primera película en el cine. Sus padres intentan explicarle cómo funciona el cinematógrafo para que no tenga miedo, sino ilusión: “Las películas son sueños que nunca olvidas, cariño”, le dice su madre. Y asiste a la proyección de El mayor espectáculo del mundo (Cecil B. DeMille, 1952), protagonizada por James Stewart, Charlton Heston y Gloria Grahame, y queda impresionado por las escenas, especialmente la del choque de trenes. Y entonces intenta reproducirlo con sus trenes de juguete y la cámara de grabar casera de su padre. Y a partir de ahí comienza a realizar pequeñas filmaciones con sus hermanas como protagonistas de historias inventadas. 

Y sí, las películas son sueños que nunca se olvidan. Por esto este film, Los Fabelman (Steven Spielberg, 2022) es un inspirador y emotivo homenaje al cine con el que Steven Spielberg rememora su infancia y adolescencia y descubre al mundo cómo se convirtió en el icono del cine que es, ese rey Midas del séptimo arte que acabó convirtiendo en oro todo lo que tocaba en la gran pantalla. Y es a través del personaje del joven Sammy Fabelman (Mateo Zoryan Francis-DeFord de niño, Gabriel LaBelle de adolescente) que nos relata de forma semiautobiográfica su ecosistema familiar, una familia judía en la década de los 50 formada por su excéntrica madre Mitzi (Michelle Williams), pianista en potencia, y su pragmático padre Burt (Paul Dano), ingeniero informático de profesión, así como sus tres hermanas y Bennie, un amigo de la familia. Sammy acaba descubriendo un secreto familiar que resultará devastador para el núcleo familiar y explora cómo el poder de las películas puede ayudarle a contar historias y, con ello, a superar los baches de la vida, entender el mundo a su alrededor y llegar a forjar su propia identidad. 

Lo que se dice todo un "coming of age" particular de Steven Spielberg que bendice el poder salvífico del cine. Y es que más de cinco décadas después de su debut, este director (también guionista y productor) ha hecho películas de todos los géneros y en todos los registros, para alzarse como una de las mentes más brillantes del séptimo arte y por ello es conocido como “El Rey Midas de Hollywood”. Y recodamos que ha sido nominado a mejor director hasta en ocho ocasiones, las mismas que Billy Wilder y solo superado por Martin Scorsese, con 9, y William Wyler, con 12. La primera por Encuentros en la tercera fase (1977) y la última precisamente por Los Fabelman (2023), y en el camino En busca del arca perdida (1981), E.T., el extraterrestre (1983), El color púrpura (1986), Múnich (2006), Lincoln (2013), y aquellas dos por las que si consiguió el ansiado Óscar: La lista de Schindler (1993) y Salvar al soldado Ryan (1998). Así mismo, recibió en 1987 el Premio en Memoria de Irving Thalberg, considerado un Óscar honorífico y destinado a premiar a personajes especialmente significantes en el mundo de la producción cinematográfica. Y cabe recordar que este director ya nos ha dejado dos películas en Cine y Pediatría: E.T., el extraterrestre y Mi amigo el gigante (2016).  

Y ahora en esta película somos espectadores de las vivencias de esta familia judía de los Fabelman. Cuando la familia se traslada a Phoenix por el trabajo del padre, existe un salto temporal para encontrarnos ya con un Sammy adolescente. El siguiente traslado de la familia, ahora a California, tiene un doble motivo: el nuevo trabajo de su padre en IBM y un tema personal que acaba siendo un secreto familiar entre Sammy y su madre. Pero aquí los inicios nos son fáciles, sufriendo acoso escolar por judío, viviendo la desadaptación de su madre y el divorcio final de los padres. Lo más simpático de esta etapa es la historia de ese primer amor con una chica cristiana que le quiere convertir en la fe y que le anima a que vuelva a grabar películas de nuevo. Y es así que en el baile de final de curso de la promoción de 1964 triunfa con la película sobre el Día de las Pellas; y es cuando el guaperas matón del instituto le dice: “La vida no se parece a las películas, Fabelman”. Y en este recorrido por su infancia y adolescencia, hay continuas referencias cinéfilas, como El cantante de jazz (lan Crosland, 1927) y La cabaña del tío Tom (Harry A. Poland, 1927), con la reconocida polémica en ese momento entre el cine mudo y sonoro; pero también la inspiración que obtuvo de El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). 

Y a partir de aquí se marcha a Los Ángeles. Ya con 18 años, no desea seguir en la universidad y finalmente logra un contrato en la productora CBS como asistente. Y ahí es cuando conoce a John Ford (interpretado por David Lynch, casi nada el guiño) y se ve rodeado en su despacho de carteles originales de sus películas míticas: Stagecoach, How Green Was May Valley, The Informer, The Seachers, 3 Godfathers, The Grapes of Wrath, The Quiet Man y The Man Who Shtot Liberty Valance. Y nos recuerda una breve conversación y el consejo de ese director: “Ahora, recuerda esto. Cuando el horizonte esta abajo, es interesante. Cuando el horizonte está arriba, es interesante. Cuando el horizonte está en el centro, es aburridísimo. Y ahora, que tengas suerte. ¡Y lárgate de mi oficina!”. Debieron ser los cinco minutos más memorables de su vida…y es el colofón de la película. Pues lo dicho, ¡que Dios bendiga a John Ford!... y a Steven Spielberg. 

En esta película tan particular para Spielberg, quizás de excesivo metraje (151 minutos), se volvió a reunir de los suyos: en la dirección musical, su inseparable John Williams (ya son 29 películas juntos, posiblemente la mayor unión de director cinematográfico y director musical de la historia), y en la fotografía, Janusz Kaminski. Y el guion lo coescribió con el ganador del Premio Pulitzer, Tony Kushner. Pero pese a ello, y a ser nominada la película a siete Óscar y a cinco Globos de Oro, no obtuvo ningún premio este personalísimo vistazo a la historia que marcó el cineasta y su legado. 

Porque quizás el secreto está en el horizonte, como le recordaba John Ford…Y en Los Fabelman, Spielberg nos explica su horizonte y su visión del mundo a través del acto de crear imágenes. Y, al menos, en cuatro películas caseras: cuando de niño reproduce con juguetes el accidente de tren de El mayor espectáculo del mundo descubre que el cine es el mejor antídoto para acallar miedos y traumas; cuando realiza su película bélica amateur descubre que la manipulación de las emociones puede llegar al corazón de la verdad; cuando monta esa película doméstica, los fotogramas le muestran lo que los ojos se niegan a ver; y cuando proyecta en esa fiesta de fin de curso su “beach movie” de instituto, se da cuenta de que el cine también es una forma perversa de venganza. Ninguna imagen es inocente, nos dice Spielberg, y es precisamente eso lo que hace del cine un reflejo de la condición humana. 

Por tanto, un nuevo homenaje del cine dentro del cine, con valor terapéutico, aunque no llegue al valor de otras dos películas míticas que ya hemos homenajeado desde Cine y Pediatría: Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) y La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011).  

 

sábado, 10 de junio de 2023

Cine y Pediatría (700) La obesidad mórbida de “La ballena”, según Aronofsky

 

Nacido en Brooklyn de padres polacos de origen judío, Darren Aronofsky se ha fraguado un nombre en el séptimo arte con su cine perturbador, repleto de sus obsesiones y pesadillas a través de sus ocho películas filmadas en un cuarto de siglo. Quien se enfrente a una película de Aronofsky sabe (o debería saber) que no se encontrará con contenido indiferente. Desde su ópera prima, Pi, el orden en el caos (1998) hasta la última, La ballena (The Whale) (2022), el director se ha involucrado con temáticas densas, de fuerte contenido realista y con una narración que va al centro de la cuestión. 

Su carta de presentación fue Pi, el orden en el caos (1998), un extraño experimento visual que mezcla matemáticas, cabalística, religión, algo de informática, thriller paranoico y un cierto discurso existencialista. Su consagración vino con Réquiem por un sueño (2000), considerada una de las mejores películas sobre el mundo de las adicciones y que también fue un experimento visual, ahora con un leitmotiv musical digno de recordar (a cargo de Clint Mansell) y cuya combinación (visual y sonora) aún nos deja cicatrices mentales; porque la película es un réquiem no solamente por el sueño americano, sino también por cualquier ideal que muere cuando el individuo se enfrenta a la crudeza de la realidad y prefiere evadirla antes que enfrentarla. Con La fuente de la vida (2006) nos dejó una honda reflexión sobre la vida y la muerte que, de alguna manera, trasciende los límites de la ciencia-ficción y ello en un apasionante e hipnótico viaje que no deja indiferente, pues se mezclan entre sus planos llenos de virtuosismos los que la consideran su obra maestra y los detractores. El drama de andar por casa llegó con El luchador (2008), con un Mickey Rourke siempre excesivo, aunque puede ser una de sus interpretaciones más correctas. Otro melodrama irregular fue Cisne negro (2010) y ello pese a la gran interpretación de Natalie Portman y los arreglos de su inseparable Clint Mansell a la música de Tchaikovsky. Llegó su momento más épico y bíblico con Noé (2014), un film visualmente potente que mezcla ciencia y religión para contar la conocida construcción del Arca por parte de un Russell Crowe que navega entre dos aguas. Madre! (2017) se nos presenta como hipnótica y feroz, reflexiva y visceral, con un gran elenco actoral encabezado por Jennifer Lawrence, aunque no se libró de unas cuantas nominaciones a los premios Razzie. Y con ello llegamos a la película que hoy nos convoca, La ballena (The Whale).  

La película La ballena (The Whale) se fundamenta en la novela “The Whale”, escrita en el año 2014 por Samuel D. Hunter, quien es también guionista del último film de Aronofsky. Una historia y una película con tono teatral, que transcurre en una habitación con cinco personajes, pero que se centra en el personaje de Charlie (Brenda Fraser), un solitario profesor de inglés que presenta obesidad mórbida con insuficiencia cardíaca congestiva e hipertensión grave, y una extrema dependencia, pues hasta moverse le resulta ya un reto y pasa la mayor parte del tiempo en un sillón o en la silla de ruedas. Y en una historia que sigue la estela de incomodidad propia de su director, siempre crudo y revelador, en este caso narrada en varios días de la semana en donde nuestro protagonista intenta reconectar con su hija adolescente, en una última oportunidad de redención

Charlie da sus clases virtuales con la cámara apagada. Se entiende que no quiere descubrir su aspecto y el de su vivienda, tan abandonada como él, allí donde vive solo y con bastantes remordimientos. “Este libro me hizo pensar en mi propia vida”, nos dice mientras recita “Moby Dick”, la mítica novela de Herman Melville con sus conocidos personajes (Ismael, el capitán Acab, Queequeg y la ballena). La única visita que recibe es la de la enfermera Liz (Hong Chau), quien intenta atender a sus muchas necesidades de salud y de soledad. También aparece por sorpresa Thomas (Ty Simpkins), el joven misionero que predica su religión por los hogares y acaba pensando que Dios le ha mandado a ese lugar, pero al que Charlie le espeta preguntas así: “Dime la verdad, ¿crees que soy asqueroso?” o “¿Qué te sorprende más, que un gay tenga una hija o que se pueda encontrar el pene?”

Pero la aparición más disruptiva es la de su hija Elli (Sadie Sink), a quien no veía desde los 8 años y ahora tiene 17, y reaparece enfadada con la vida y especialmente con su padre, a quien no perdona el abandono cuando se fue a vivir con un alumno. Y la forma de hablar a su padre demuestra este enfado: “No quiero pasar tiempo contigo. Me das asco…Y seguirías siendo repugnante aunque no fueras gordo”. Aunque la enfermera lo tiene claro: “Es una adolescente. Y todos los adolescentes están pirados”. Pero a la pregunta de Elli, “¿Por qué has ganado tanto peso?”, su padre se sincera: “Una persona cercana a mí falleció y me afectó”, refiriéndose a aquel alumno, su gran amor homosexual. La hija no lo olvida y no le perdona; y el odio la rodea, de ahí los consejos del padre. “Entiendo que estés enfadada. Pero no debes odiar a todos, basta con que me odies a mí”. Y el último personaje es el de su esposa Mary (Samantha Morthon), a quien vuelve a ver después de tantos años. “Me estoy muriendo, Mery… Lo siento. Necesito asegurarme de que Ellie esté bien. Y necesito saber que va a tener una vida decente… Necesito saber que por una vez he hecho algo bien en mi vida”

Y nuestro protagonista decide suicidarse con un atracón de comida, situación que ya vimos en Butter (Paul A. Kaufman, 2020), otra película donde la obesidad mórbida es la protagonista. Y al final enciende la cámara de su ordenador para que le vean los alumnos. Y las palabras finales a su hija: “Siento haberte abandonado…y no te lo merecías. Eres perfecta. Serás feliz. Te preocupas por la gente”. Y todo esta historia amparada con la música de Rob Simonsen (curiosamente no de Clint Mansell, habitual en casi todas sus películas en una más de esas míticas fusiones director de cine y director musical que el séptimo arte nos ha regalado).  

Ha sido La ballena una de las películas que sonaron en los últimos Premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, con cinco nominaciones y dos premios Óscar: una al maquillaje/peluquería (por la sorprendente transformación del personaje) y otra al actor principal, en lo que para muchos ha sido la resurrección de un Brendan Fraser, en uno de esos personajes extremos que tanto gusta premiar a Hollywood. Y es que la historia del personaje que interpreta no fue muy diferente a la suya durante un tiempo, cuando fue marginado por la industria del cine, acosado en una profunda depresión tras la separación de su mujer y la muerte de sus padres, lo que le hizo ganar mucho peso. Y es una particular coincidencia que la situación que vivió se parezca tanto a la del personaje que le ha devuelto a la fama. Porque durante una década, en la transición del siglo XX, paseo su estrella en películas de aventuras y comedias del tipo George de la jungla (Sam Weisman, 1997), La momia (Stephen Sommers, 1999), Al diablo con el diablo (Harold Ramis, 2000) o Monkeybone (Herry Selick, 2001), con algún film de mayor calado como Dioses y monstruos (Bill Condon,1998), Crash (Paul Haggis, 2004) o Medidas extraordinarias (Tom Vaughan, 2010), esta última ya comentada en Cine y Pediatría. Y ahora reaparece en La ballena, la película que rememora al personaje de Moby Dick, la que, como en el inicio de la novela, nos puede decir “Llamadme Brendan Fraser”. 

 

sábado, 25 de febrero de 2023

Cine y Pediatría (685) “Luciérnagas en el jardín” para superar los fantasmas de la infancia


Robert Frost es considerado como uno de los fundadores de la poesía moderna en Estados Unidos, capaz de expresar con sencillez filosófica y profundidad sentimental la vida y emociones del ser humano, él cuya vida estuvo plagada de dolores y pérdidas. Suyo es el poema “Fireflies in the garden” que termina así: 
“…Volaste hacia la luz 
quedé exhausto, sin caricias. 
Lloré y la lluvia arrebató mis lágrimas. 
Un sol helado caliente tu ausencia. 
Robo besos al recuerdo que en 
sueños pongo en tus labios. 
¡Te hecho de menos! 
Vuelvo al lugar de nuestro amor, 
el silencio aprisiona mi corazón, 
lo rompe el gemir de una bisagra oxidada. 
Miro tras el cristal y ya no queda nada, 
tan solo puedo ver, las luciérnagas en el jardín”. 

Y este poema es un elemento nuclear en la película homónima, Luciérnagas en el jardín (Dennis Lee, 2008), melodrama familiar que es la ópera prima de su director y para el que contó con un buen elenco actoral. Donde se nos narra en el presente y pasado de la familia Taylor, prototipo de familia americana que han alcanzado su sueño, pero un sueño que se nos devuelve como una pesadilla. Allí donde Lisa (Julia Roberts), la madre, se acaba de graduar después de pasar décadas criando a sus dos hijos, y su marido Charles (Willem Dafoe) es un experimentado profesor en camino de convertirse en rector de la universidad en la que trabaja y que se abre camino como novelista. Michael (Cayden Boyd de niño y Ryan Reynolds de adulto), el hijo mayor, se ha convertido en un reconocido escritor de novelas románticas, mientras que su hermana Ryne (Shannon Lucio) ha sido aceptada en una prestigiosa escuela de derecho. Pero cuando un desgraciado accidente les sacude, la familia tiene que enfrentarse esta repentina pérdida en la que afloran los fantasmas de la infancia de Michael, en la que aparecen también su compleja pareja, Kelly (Carrie-Anne Moss), y Jane (Hayden Panettiere de joven y Emily Watson de adulta), la hermana de su madre, en realidad una tía de casi su misma edad con la que mantuvo una relación especial en su infancia y que ahora vive en su casa con su marido y sus dos pequeños hijos, Christopher (Chase Ellison) y la pizpireta Leslie (Brooklyn Proulx). 

Todos los fantasmas de Michael rondan alrededor de su padre, irascible y severo, quien escribe las reglas de comportamiento a sus hijos y que les sermonea así: “Mi padre solía decir que si no cuidas una cosas, no mereces tenerla”. En realidad un pensamiento que tendría como mejor receptor a él mismo, pues Charles acaba por entender muy al final que su forma de ser le ha hecho perder el respeto y cariño de los suyos; en algún momento su esposa se lo deja claro: “Siento que no te hayan hecho fijo. Siento que nadie quiera comprar tu libro. Siento que ser marido y padre no sea bastante para ti”. 

A lo largo de la historia, con continuos flashbacks a la infancia, Michael intenta responder a muchas preguntas pendientes que le provocan desazón aún a día de hoy: por qué su padre fue así en su educación, llegando a los malos tratos físicos y psicológicos hacia él, por qué su amorosa madre buscó refugio en otro hombre, por qué se mantiene la tensión emocional con su tía, que en su juventud fue un espíritu libre,… Y muchas de esas preguntas y muchos de sus fantasmas que atenazaron su infancia y adolescencia considera que deben formar parte de su última novela, por nombre el del mismo poema que un día recitó y por el que sufrió un severo castigo: “Fireflies in the garden”. Y por ello Jane le espeta: “Eres un desecho humano. Todo lo que tocas se convierte en mierda. ¿Por qué no lo cuentas en tu libro?”. Porque ese libro era su particular venganza, pero que finalmente decide quemarlo y no profundizar en una llaga que nunca sanará si sigue por ese camino. 

Y es así como esta modesta película llena de estrellas actorales, viene a acompañar los versos de Frost, quien hablan de otra clase de estrellas: de las que iluminan la noche. Y cierto es que, aunque un buen elenco sea bastante, el resultado no es necesariamente un cielo estrellado en esta cinta que intenta conseguir que pasado y presente confluyan para modelar el drama íntimo de una familia que intenta reconstruirse entre viejos traumas y verdades apenas entrevistas. El reto no era fácil, traducir en una historia concreta lo que los versos de Frost apenas expresan entre metáforas y rimas, una tarea infrecuente en el cine. Como anécdota, cabe recordar que ésta la segunda vez que en el cine se recurre a los poemas del poeta estadounidense para inspirar una película; la ocasión previa fue en el curiosísimo film Teléfono (Don Siegel, 1977), en el que Charles Bronson protagonizaba una interesante trama de espionaje junto a Lee Remick. 

Es posible que Luciérnagas en el jardín no sea la película redonda que se merecía tal poema, pero sí cabe reseñar un acertado uso de las elipsis alternado dos épocas distintas y una excelente banda sonora de Javier Navarrete, este compositor turolense que ha intervenido en la B.S.O. de un buen número de películas, y en donde podemos destacar sus dos colaboraciones con Guillermo del Toro en El espinazo del diablo (2000) y el El laberinto del fauno (2006), dos películas centradas en la mirada inocente de la infancia ante la Guerra Civil Española y su postguerra.  

Prosa y poesía en las relaciones un hijo y su padre que nos ha devuelto en cine, y que hemos visitado ya en Cine y Pediatría desde muchos prismas en títulos como Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948), Carreteras secundarias (Emilio Martínez-Lázaro, 1997), Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), Paraíso oceánico (Xue Xiaolu, 2010), Con todas nuestras fuerzas (Nils Tavernier, 2013), Little Boy (Alejandro Monteverde, 2015) o Tu hijo (Miguel Ángel Vivas, 2018). Y al que hoy se suman las luciérnagas…

 

sábado, 26 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (672) “Una vida en tres días”, prisioneros de las segundas oportunidades


Es Jason Reitman un director, guionista y actor canadiense de ascendencia eslovaca nacionalizado estadounidense, al que la afición por el cine le viene de cuna. Su padre, Ivan Reitman, fue conocido por dirigir películas en tono de comedia como El pelotón chiflado (1981), Los cazafantasmas (1984) o Los gemelos golpean dos veces (1988), si bien fue una labor que combinó con la de productor. Jason Reitman forma parte de esa nueva hornada de directores que han logrado brillar, pese a su corta filmografía. Cuenta con ocho películas en su haber, y dos de ellas han conseguido sendas nominaciones a los Óscar: en Juno (2007) optó a mejor director y con Up in the Air optó a mejor película, mejor director y mejor guion adaptado. Ha sido guionista en cinco de sus películas (adaptando diferentes novelas) y en las otras tres cuenta con la colaboración de Diablo Cody, concretamente en Juno, Young Adult (2011) y Tully (2018). Y ya tres películas de sus películas han sido analizadas en Cine y Pediatría: Juno, un simpático e inteligente debate sobre el embarazo no deseado en adolescentes; Tully, un análisis poco glamuroso sobre la maternidad y la depresión postparto; y Hombres, mujeres y niños (2014), alrededor de internet y las nuevas tecnologías en las relaciones familiares, con un universo de encuentros en el mundo virtual y desencuentros en el mundo real. Y hoy llega su póker con la película que hoy nos reúne: Una vida en tres días (2013), de la que también es guionista, en esta ocasión adaptando la novela “Labor Day”, escrita por Joyce Maynard en el año 2009.   

Una vida en tres días es una película que va de menos a más, y quizás también merece una segunda oportunidad, como los propios protagonistas de esta historia. Comienza la película bajo la melodía folk de “I´m Going Home” de Arlo Guthrie y la voz en off de Henry (Gattlin Griffith, a quien conocimos aún más niño en El intercambio - Clint Eastwood, 2008 -), voz en off que nos acompañará durante toda la película (lo cual siempre resulta un riesgo en el séptimo arte) en esta historia ambientada en los años ochenta.  Y este chico de 13 años que vive en New Hampshire nos relata que cuida de su madre Adele (Kate Winslet), sumida en la soledad y tristeza tras que su padre abandonara el hogar: “Yo entendía quién era mi familia. Ella”. Y enseguida tiene lugar un encuentro casi inverosímil, pues aparece Frank (Josh Broslin), un convicto que es buscado por la policía tras fugarse de la cárcel, y que les solicita que le ayuden y pueda pasar una noche en su casa. A través de flashbacks se nos va revelando la historia que ha llevado a Frank a esa situación y es por ello que le dice a Adele: “Nada engaña más a la gente que la verdad”. Y también iremos conociendo que Adele tuvo varios abortos y un mortinato después de tener a Henry, por lo que el mundo se convirtió para ella en un lugar cruel, lo que contribuyó a precipitar su separación matrimonial. 

Y a través de la convivencia en ese fin de semana, donde Frank ayuda a poner orden en la casa y el jardín abandonado, ambos adultos reparan mutuamente sus dolores y se enamoran, en esos tres días que cambiaron sus vidas: “Yo he venido a salvarte, Adele”. Y no solo Henry, Adele y Frank elaboran juntos un pastel de melocotón, sino que proyectan juntos una vida común en otro lugar. Pero el sueño no se puede alcanzar, pues la realidad acaba con el arresto y larga condena de Frank. Es entonces cuando Henry pasa a la custodia del padre, Adele vuelve a convivir con su soledad y su tristeza, y Frank decide escribirla durante todos los días de sus 25 años de arresto (aunque estas cartas nunca llegaron a sus manos, pues fueron censuradas). Muchos años después, Henry (ahora interpretado por Tobey Maguire, a quien conocimos más joven en Las normas de la casa de la sidra - Lasse Hallström, 1999 – y a quien aquí hace prácticamente un cameo), se ha convertido en un exitoso panadero con una especialidad en aquellos pasteles de melocotón que Frank le enseñó. Y nos aboca a un final feliz a través del reencuentro y de esas segundas oportunidades que a veces nos regala la vida. 

Una vida en tres días es la historia de tres almas magulladas que deciden construir su propia isla aislada del mundo, narrada por la mirada de un adolescente que empieza a descubrir las pulsiones inconfesables de la vida adulta. Aunque para algunos críticos esta película es una película algo inverosímil o demasiado edulcorada (por ese recurrente pastel de melocotón y ese final feliz), lo cierto es para aquel espectador que no tema la hiperglucemia puede acabar también prisionero de una historia diferente con el valor de las segundas oportunidades, un drama romántico con el aval interpretativo de sus protagonistas. Y es una oportunidad más para disfrutar de una Kate Winslet que siempre resulta efectiva (en Cine y Pediatría ya la hemos disfrutado en Descubriendo nunca jamás - Marc Forster, 2004 -, Juegos secretos - Todd Field, 2006 - y Contagio – Steven Soderbergh, 2011 -), en este caso con Josh Brolin (el tipo duro del remake Oldboy - Spike Lee, 2013 – y tantos otros films), dos intérpretes con estilos claramente diferenciados, pero que aquí encajan a la perfección, ya que la sensible fragilidad de ella y la ruda humanidad de él van amoldándose progresivamente. 

Una película que explora los errores del pasado y el abismo de los remordimientos recurrentes del presente, y en los que un encuentro casual cambia sus vidas en una película con defectos (sin duda), pero con algunos aciertos en busca de ese descarnado retrato sobre los límites de la condición humana. Un desafío emocional en el que cada espectador sacará su juicio. Porque el buen vino es aquel que nos gusta,… como para cada uno serán sus buenas películas.

 

sábado, 5 de marzo de 2022

Cine y Pediatría (634) “4 días” para superar la adicción a las drogas

 

El director colombiano Rodrigo García no ha sido un autor precoz en el séptimo arte. Antes de dedicarse al cine, estudió Historia Medieval en la Universidad de Harvard y luego fue fotógrafo. Con el comienzo del siglo XXI empezó a dirigir películas, y las primeras fueron Cosas que diría con sólo mirarla (2000), Diez pequeñas historias de amor (2001) y Nueve vidas (2005), tres historias cruzadas de mujeres al más puro estilo de Robert Altman. Y con paso firme se ha ido haciendo un lugar en esta profesión, sin necesidad ya de que argumentemos que es el hijo mayor del novel de literatura Gabriel García Márquez. Y que de raza la viene al galgo lo de contar historias. Ya hablamos de Rodrigo García en Cine y Pediatría por otra película alrededor de mujeres y con un título tan significativo como Madres e hijas (2010), y que nos hablaba de esos lazos familiares inquebrantables. 

Pues con esta introducción regresa Rodrigo García con su última película, 4 días (2020), otra historia de mujeres, otra historia de madre e hija, la madre Deb (Glenn Close, quizás la actriz fetiche de este director) y la hija Molly (Mila Kunis). Un drama familiar entorno a la drogadicción y cuyo guion se basa en el artículo de Eli Saslow "How’s Amanda? A Story Of Truth, Lies And An American Addiction", publicado en 2016 por el Washington Post. Una historia basada en hechos reales sobre el amor incondicional, la superación personal y las segundas oportunidades. 

Deb es un mujer de ideas férreas, agotada de las caídas, recaídas y mentiras de su hija drogadicta Molly, cuya joven vida va a la ruina tras una década de consumo de opioides. Esta regresa de nuevo a casa después de un año sin saber de ella, pero con la puerta entreabierta se establece una tensa y dura conversación, donde la madre le dice: “¿Lo has dejado o se te han acabado las drogas?…Te veré cuando estés limpia”. 

Y una vez más acuden a Clear Horizons, una clínica de desintoxicación. Lo ha intentado ya quince veces. Y ahora entendemos la dureza de la madre con su hija politoxicómana (con un catálogo farmacéutico en vena, desde heroína a anfetaminas, pasando por la metadona y el crack) que acude buscando ayuda para esta hija con tal grado de deterioro físico (delgada, pálida, y ya casi sin dientes) y moral. Y Deb comparte con su segundo marido sus divagaciones: “Está pasando por un infierno ahora mismo” o “No quiero amarla mucho más. Me da mucho miedo”. Y Molly le confiesa al doctor: “Tengo 31 años y en la vida no he hecho más que hundirme”. Y éste le aconseja que una nueva medicina podría ayudarle, y para ello debe ser capaz de mantenerse limpia durante cuatro días y pasar ese tiempo de abstinencia fuera de la clínica, lo que no le deja otro remedio que compartir esos días con su madre. Es entonces cuando el amor que ambas se profesan (pero olvidaron) se verá puesto a prueba como nunca antes en sus vidas. 

Cuatro días de intensa convivencia. Y vemos esas puertas de su casa en las que suena la alarma cada vez que se abren y que le recuerdan que se pusieron por ella, en un barrio muy seguro, pero por ella, pues robaba en casa para comprar la droga. Y en esos días se reencuentra con su ex marido y dos hijos de los que perdió la custodia. Y vale la pena recordar la charla que da a los estudiantes de un instituto: “Imagino que habéis oído hablar de la epidemia de la heroína. Vale. Pues yo era una estudiante de sobresaliente y no acabé el instituto. Ahora vivo en casa de mi madre, pero la semana pasada estaba durmiendo en la calle. No tengo trabajo, ni ninguna cualificación, ni un solo dólar a mi nombre,…y algunos de mis dientes ni siquiera son míos. ¿Veis a esa señora de ahí detrás? Es mi madre. Me ha traído aquí porque me retiraron el carnet por conducir colocada. Pero aunque yo tuviese el carnet, ella no me dejaría conducir su coche porque le he robado muchas veces. Dinero, joyas, tarjetas de crédito. Y me he degradado por drogas en formas que es mejor que no sepáis. Lo único que me importa es drogarme, porque drogarme me hace olvidar cómo me he destrozado la vida drogándome…” 

Y en la tensión entre madre e hija comienza el acercamiento: “¿Crees que es culpa mía que seas una adicta?”, le pregunta la madre. Y se descubren confesiones duras: cuando la madre le pregunta si se ha prostituido alguna vez, Molly reconoce que ha tenido sexo a cambio de drogas, y que llegó a estar embarazada y quiso abortar, aunque en realidad ofreció el niño en adopción. Y después de esos intensos cuatros días, cuatro meses después ya las puertas de la casa están sin alarma y madre e hija se disponen a recomponer juntas el gran puzle. Y el fundido en negro nos devuelve la canción “Somehow You Do”, con la voz de una de las mayores exponentes femeninas de la música country, Reba McEntire; y entre su letra nos dice “When you think it's the end of the road / It's just 'cause you don't know where the road's leading to / When you think that the mountain's too high / And the ocean's too wide / And you'll never get through / Oh, some way, somehow, somehow you do…” 

Y nuestro director vuelve a plasmar en este complejo tema sus señas de identidad: una profunda sensibilidad por los relatos íntimos, las relaciones personales y el universo femenino. Y ello para este drama sensible, físico y, sobre todo, contemporáneo. Porque la crisis de opioides recorre Estados Unidos y muchos países, afectando en especial a los jóvenes, y para ello Glenn Close y Mila Kunis, nos regalan unas emotivas interpretaciones. Y Deb viene a representar a todas esas madres que, a pesar de haber sido desvalijadas y defraudadas una y otra vez, al final acompañan y apoyan a sus hijas porque "esta no eres tú, es la enfermedad"

Porque para superar la adicción a las drogas de un hijo o hija hacen falta mucho más que 4 días…. Pero lo que Rodrigo García nos demuestra con este “face to face” de esta madre y esta hija en estos 4 días nos aproxima a esta cruda realidad que persigue a nuestra juventud desde hace muchos décadas.