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sábado, 6 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (830) “El amor de Andrea” y su Juan Salvador Gaviota

 

El almeriense, nacido en El Ejido, Manuel Martín Cuenca se ha consolidado con un cine de autor tras una trayectoria previa por el cortometraje y el documental. Su ópera prima de ficción fue La flaqueza del bolchevique (2003), un peculiar romance entre un adulto (Luís Tosar) y María, una adolescente de 15 años (María Valverde, quien obtuvo el Goya a Mejor actriz revelación), adaptación de la novela homónima de Lorenzo Silva. Luego llegaron Malas temporadas (2005), La mitad de Óscar (2010), Caníbal (2013), El autor (2017) y La hija (2021), un enfermizo thriller sobre otra forma de ver la maternidad subrogada a través de Irene (Irene Virgüez), una adolescente de15 años, una historia sobre la pesadilla que supone cumplir tus sueños.  

Y ahora llega su última obra, El amor de Andrea (2023), un retrato sobrio y muy emotivo de una adolescente de 15 años (Lupe Mateo Barredo, enamora a la cámara) que pelea, casi en silencio, por recuperar el vínculo con un padre que la ha abandonado afectivamente. El filme emociona precisamente porque rehúye el melodrama fácil y trabaja con miradas, silencios y gestos mínimos que dejan al espectador espacio para pensar. Una película rodada en Cádiz, todo un tributo a la ciudad (con su Catedral, el Campo del Sur y Malecón, la Alameda de la Apodaca, el Parque Genovés y la mítica playa de la Caleta), y que cuenta de nuevo con la música del grupo Vetusta Morla (ya presentes en su película anterior). 

Se nos presenta a Andrea, quien cuida de sus dos hermanos pequeños (Fidel y Tomás), los lleva y recoge del colegio, juega con ellos en la playa o en el parque, les ayuda con los deberes, les prepara la cena y les acuesta. Cuando llega la noche, regresa la madre a casa, cansada de trabajar, pues el padre ha rehecho su vida con otra familia y ha cortado prácticamente la relación con ellos, sin pasarles tampoco ninguna manutención. Y ya en ese primer día vemos a Andrea con un libro entre las manos, el icónico “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach que tanto nos inspiró a los adolescentes de la década de los 70 y 80. Un libro que no pasará desapercibido en la historia… 

Toda la película se articula alrededor del empeño de Andrea por “recuperar el amor de su padre”, viaje que comparte con sus hermanos en una especie de odisea cotidiana por Cádiz, incluso tomando el barco que les lleva al Puerto de Santamaría, donde trabaja y vive ahora. Tantas obligaciones y ese pesar, hace que falte en ocasiones a clase, por lo que su tutor le dice: “Tengo mucha confianza en ti y no quiero que te pierdas en el camino”. Y en el colegio conocemos a Abel, un chico de su clase que se nota que está colado por ella, aunque ella está en otras luchas. Andrea intenta entender por qué sus padres se separaron: “Mamá, ¿qué pasó entre tú y papá?... ¿Pero tú le querías?”. Su madre sigue muy dolida y le dice: “Que tu padre no quiere verte. Que tienes que dejar de soñar…”.  Aunque la joven lo tiene muy claro: “Vosotros os separasteis. Pero nosotros seguimos siendo los hijos, de los dos”. 

La situación llega a una jueza, a quien le dice: “De mi padre quiero que me quiera. Bueno, que se ocupe de mí… Una respuesta suya y que me diga mirándome a la cara cuál es la situación, tanto si es buena como mala”. Finalmente el padre accede volverse a ver con sus hijos. Y en la comida que tiene padre e hija, esta le pregunta que por qué le regaló el libro de “Juan Salvador Gaviota”, pero el padre no lo recuerda… Es posible la escena que condensa algo muy duro para ella, pues se da cuenta que no puede tener el amor que busca. Pues ella se aferraba a ese libro lleno de mensajes y su padre ni lo recordaba. 

Y con ello llegamos a esas dos escenas finales en la playa de la Caleta. Una con Andrea, con su padre y sus dos hermanos en un día gris y ventoso. La otra con Andrea, Abel y sus dos hermanos en un día soleado. Y ese final esperanzador con los dos amigos tumbados en la arena con las manos entrelazadas y mirando al cielo. Quizás entonces se da cuenta de que esa es su familia y quienes lo aman. Andrea aprende que también los adultos se equivocan y que el amor no es el que nos imaginamos, que el amor no se demanda, lo da quien lo tiene… 

El valor de esta película es cómo nos presenta el abandono de estos hijos sin desbordamientos dramáticos. Hay una tristeza de fondo, una desilusión profunda ante unos progenitores ensimismados en su dolor, que priorizan sus rencores y nuevas vidas por encima del bienestar emocional de los hijos. Pero también hay mucha ternura, la que esta adolescente “adulta”, sometida a una madurez forzada, vuelca sobre sus hermanos. Y para reforzar esa sensación de cerco emocional, Manuel Martín Cuenca usa el formato 4:3, y también apuesta por actores no profesionales y una puesta en escena minimalista, casi transparente, que busca registrar la vida tal como ocurre, sin subrayados. 

El amor de Andrea es una meditación sobre la paternidad, la maternidad y la “fides”: la lealtad y la responsabilidad hacia quienes dependen de ti. El film muestra cómo el divorcio mal gestionado puede convertirse en una guerra donde los hijos se vuelven rehenes emocionales, víctimas de chantajes, mentiras y silencios. Invita a pensar en el daño silencioso del abandono emocional y en la responsabilidad adulta frente al deseo muy simple de una hija: ser vista, escuchada y querida sin condiciones. 

Y es posible que Andrea siga leyendo “Juan Salvador Gaviota” y reflexionando sobre algunos de esos mensajes inspiradores que otros adolescentes intentamos hacer nuestros: “Tienes la libertad de ser tú mismo y nada se puede poner en tu camino”, “Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas de tu cuerpo”, “Nunca te es concedido un deseo sin que te sea concedida también la facultad de hacerlo realidad, pero es posible que tengas que luchar por él”, “Las cosas más simples son a menudo las más reales”, “Una etapa ha terminado, y ha llegado la hora de que empiece otra”,… 

Y hoy hemos conocido un poco más el cine de Manuel Martin Cuenca, un director que contó con tres adolescentes de 15 años en tres películas clave de su filmografía: al principio fue María en La flaqueza del bolchevique, luego Inés en La hija, y ahora Andrea en El amor de Andrea. Y a esa edad yo también leí "Juan Salvador Gaviota" para aprender a volar...

 

sábado, 14 de septiembre de 2024

Cine y Pediatría (766) “Oasis” para ese amor de adolescentes con discapacidad

 

“El estilo de vida moderno, con sus giros complejos y dinámicos, crea varios tipos de deshumanización social. Para los desafortunados al nacer, el mecanismo de la vida parece enfatizar su incapacidad para formar parte de la sociedad. Tristemente, el mundo moderno siempre ha mostrado una falta de compresión hacia estos desafortunados seres. En la Antigüedad, los enfermos eran asesinados o ahogados en el mar, mientras que hoy en día, las familias aceptan pasivamente la desgracia de sus seres queridos. En 1969 se creó cerca de Belgrado una institución para niños y jóvenes discapacitados mentales de 5 a 25 años. Los discapacitados moderados tienen un cociente intelectual de entre 36 y 50, y los ligeramente discapacitados entre 51 y 55. Estos son incapaces de asistir ni siquiera a escuelas especiales. La institución se centra en hacer que los usuarios sean lo más independientes posible, enseñándoles a comer de forma independiente, a servirse a sí mismos, a cuidar su higiene y su espacio vital. ¿Pueden estos desafortunados jóvenes seres humanos, incapaces de superar la etapa permanente de la infancia, adquirir las habilidades necesarias para la autosuficiencia, y ser liberados de la necesidad de la ayuda de otras personas? Si algo de esto parece escenificado significa que los usuarios de la institución son buenos actores, perfectamente capaces de cumplir sus papeles. Esta película es un testimonio auténtico del potencial para guiar y educar a los niños con discapacidades mentales para que se adapten a una sociedad que nunca les muestra comprensión o atención tierna e incondicional”. Esta es la larga introducción con voz en off e imágenes reales de archivo de ese centro, antes de mostrarnos el título de esta película serbia: Oasis (Korisnici, Ivan Ikic, 2020). Todo un alegato de intenciones… 

Son varias las películas que podemos encontrar con este mismo título: la francesa Oasis (Yves Allégret, 1955), una aventura exótica en Marruecos; la surcoreana Oasis (Lee Chang-Dong, 2002), un drama romántico con la parálisis cerebral de protagonista; la finlandesa Oasis (Alejandro Cárdenas, 2013), película documental alrededor de un refugio para los indígenas mayas VIH-positivos en Yucatán. Así como varios cortometrajes con este título de otras nacionalidades y dos teleseries: la británica Oasis (Kevin Macdonald, 2017), una odisea intergaláctica; y la surcoreana Oasis (Yoon Sung-Shik, Han Hee, 2023), ambientada en los turbulentos tiempos de Corea del Sur entre los años 80 y 90. Por lo tanto son muy diversos los oasis cinematográficos. Y también diferente es este que viene de Serbia, y nuestra experiencia con este país es que no son películas fáciles de ver ni de digerir. Ya tuvimos una experiencia previa con Klip (Maja Milos, 2012), esos adolescentes con vidas más duras que la guerra en sociedades y familias desestructuradas.  

Y hoy llega la película serbia Oasis, en donde se narra, tras ese extenso prolegómeno en off, la historia de un triángulo amoroso entre tres adolescentes internados en este centro psiquiátrico y contada en tres partes, con el nombre de sus protagonistas: Marija, Dragana y Robert. Tres personajes que no son interpretados, sino son ellos mismos, tres internos de este centro y cuyo mayor mérito es la dirección de actores, pues consigue sacar gran partido de ellos y reflejar bien esa mezcla de sentimientos encontrados que se entremezclan: amistad, rivalidad, aprecio, deseo, celos, compañerismo o venganza. Tres jóvenes internos para interpretar a las enérgicas a ese mundo cerrado y normalmente oculto a ojos de la sociedad, y para ello su director se basó en un hecho real. Porque Ivan Ikić fue reconocido a nivel internacional cuando su primer largometraje, Barbarians (2014), que consistía en una mirada naturalista a los aficionados ultras del fútbol serbio, con actores no profesionales que interpretaban personajes similares a los suyos. En Oasis reproduce la fórmula seudocumental, pero con mayor dificultad al ser ahora pacientes de una institución para jóvenes con necesidades especiales.

Vemos al inicio a Marija (Marijana Novakov) llegar al centro y su incorporación al mismo es disruptiva. Pronto se hace amiga de Dragana (Tijana Marković), y se acerca a Robert (Valentino Zenuni), un chico que ayuda en la cocina, que nunca habla y se desliza por la institución con facilidad y parece poseer una personalidad magnética para las dos chicas. El afecto que surge de Marija hacia Robert lo considera Dragana una intromisión y ésta reza así ante una icono de la Virgen: “Santa Virgen María, yo era la mejor chica del mundo. Dios me ha elegido para ser madre como tú. ¡Deseo que esa bruja de Marija se muera! Ella me ha quitado a Robert. Quiero que todo sea como antes”. Dice estar embarazada y acuden al médico, quien niega el embarazo, pero confirma el de Marija. Y ésta le dice a Dragana: “Robert ya no me quiere. Me voy a suicidar”. Y Dragana le responde: “Él tampoco me quiere. Me cortaré las muñecas”. Y no debe ser la primera vez, pues cada uno de ellos tienen marcas de intentos de suicido previos. Y todo ello nos aboca a un final trágico a lo Romeo y Julieta, con las manos juntas y mirándose… Y, sí, la historia nos deja varios puntos suspensivos y cabe que el espectador llene los espacios en blanco sobre ese pacto de suicidio de los tres adolescentes debido a que la institución no les permitirá estar juntos. Y donde se mezcla la insurrección de Marija, los celos disparados y la falta de contención de Dragana y los silencios armónicos y definitivos de Robert. Una historia de amor, de celos y de decisiones alteradas propia de una tragedia griega. 

Película opresiva, incómoda de ver, con iluminación natural, sonido ambiente sin apenas diálogo… Y donde también los espectadores sentimos el respirar profundo de Marija, como epicentro de este triángulo afectivo-amoroso. Allí donde el romance es un drama para estos jóvenes, y su interpretación fatalista convierte cada conflicto en un asunto de vida o muerte. Embarazos, reales o imaginarios, así como violencia y autolesiones, desempeñan un papel importante en un contexto como es esta institución para jóvenes con discapacidad y diversidad funcional, donde el escenario es un personaje en sí mismo. 

Es Oasis una nueva muestra de cine serbio que nos adentra a ese oasis que son los niños, adolescentes y jóvenes con discapacidad intelectual y trastornos psiquiátricos.

 

sábado, 15 de octubre de 2022

Cine y Pediatría (666) El amor juvenil de “Licorice Pizza” en los años setenta

 

Paul Thomas Anderson es un director, guionista y productor de cine estadounidense considerado como uno de los grandes talentos contemporáneos del séptimo arte, incluso catalogado como niño prodigio en sus inicios. Ha dirigido nueve largometrajes y ha estado nominado a once premios Óscar por Boogie Nights (1997) y por Magnolia (1999), ambos como mejor guion original, por Pozos de ambición (2007) como mejor película, director y guion adaptado (y que ganó a mejor actor para Daniel Day-Lewis y fotografía), por Puro vicio (2014) como mejor guion adaptado, por El hilo invisible (2017) como mejor película y director (y que ganó a mejor vestuario), y por Licorice Pizza (2021) como mejor película, director y guion original. Y aunque no ha conseguido ningún Óscar (y ya es uno más de esos eternos candidatos), si ha conseguido galardones en otros festivales de clase A: Oso de Oro a mejor película en el Festival de Berlín por Magnolia y Oso de Plata a la mejor dirección por Pozos de ambición; mejor director el Festival de Cannes por Embriagado de amor; León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia por The Master (2012): y un BAFTA al mejor guion original por Licorice Pizza. Y a esta, su última película, nos referimos hoy, pero vale la pena revisar en Cine y Pediatría la ya comentada película Magnolia, y que nos deja un magistral aroma alrededor de las secuelas por una paternidad con malos tratos.  

Porque este cineasta de Los Ángeles se ha consagrado con su caligrafía estética y su cautivador sentido para captar las conexiones humanas, con varias señas de identidad: su marcado interés por las relaciones interpersonales en películas generalmente corales (y con largo metraje), en las que la interrelación hijos y padres tiene marcada relevancia; también su interés por abordar la soledad y el amor, en su escrutinio sobre la condición humana; la recurrente presencia de El Valle de San Fernando en sus películas, el espacio en que creció y al que le gusta definir como el Beverly Hills de la clase trabajadora, un lugar poblado por los técnicos anónimos de la fábrica de sueños, en la que floreció la industria porno que él mismo retrató en Boogie Nights; y un buen sustento en sus bandas sonoras. Y estas premisas también están presentes en Licorice Pizza, esa forma de entender el amor juvenil en la década de los 70. 

Y en Licorice Pizza vuelve a rodar cerca de su casa, en su Valle de San Fernando natal, y lo hace rodeándose del talento que tenía más a mano, fichando para los papeles principales al jovencísimo Cooper Hoffman, hijo del tristemente desaparecido Philip Saymour Hoffman (que antaño fuera su actor fetiche) y a la pequeña de las hermanas Haim, Alana, componente junto a sus hermanas de la banda musical HAIM con las que Thomas Anderson ya había trabajado previamente en sus videoclips. Y nos narra la relación entre Alana Kane (Alana Haim) y Gary Valentine (Cooper Hoffman), de cómo se conocen, se hacen socios en distintos negocios y acaban generando una peculiar historia de amor en el Valle de San Fernando en la década de los setenta, cuando Nixon gobernaba el país. 

Ambos serán los protagonistas de una convulsa historia de amor adolescente a la carrera por las soleadas calles de Los Angeles, bajo una B.S.O. excepcional propia de la década de los 70 (“Stumblin´In” de Chris Norman y Suzi Quatro, “Peace Frog” de The Doors, “Let Me Rool It” de Paul McCartney & Wings, “Life on Mars?” de David Bowie o “Tomorrow May Not Be Your Day” de Taj Mahal), pero también de décadas previas (“Ac-Cent-Tchu-Ate The Positive” de Bing Crosby, “July Tree” de Nina Simone, “But You´re Mine” de Sonny & Cher, “7 Rooms of Gloom” de Four Tops o “I Wishen On The Moon” de Roland Kirk) o posteriores (“Lisa, Listen to Me” de Blood, Sweat and Tears o “Cotton Fields” de Sandler & Young); así como un buen número de piezas del pianista de jazz Johnny Guarnieri. 

El título de Licorice Pizza evoca una desaparecida cadena de discos de los años 70 de Los Ángeles que, a su vez, homenajeaba un gag de los cómicos Abbott y Costello, donde la pareja intentaba vender vinilos haciéndolos pasar por pizzas de regaliz (“licorice”, en inglés). El detalle no es banal, porque eso es en gran medida el enfoque de esta película, un canto melancólico que evoca esa frontera de la adolescencia en el que la vida se abre paso a todas sus posibilidades y uno cree que puede volar. Y que se traduce en esta especial relación de pareja entre Alana, quien a sus 25 años sigue buscándose a sí misma en el entorno de una familia judía que le dice aquello de “Deja de estar enfadada con todo el mundo”, y Gary, un simpático adolescente de 15 años con sobrepeso y acné. En seguida los negocios serán su punto de unión, y se convierten en más amigos que novios, más que novios, socios (de una empresa de camas de agua con el peculiar nombre de Bernie el Gordo) y candidatos a actores (él ya lo era de musicales infantiles y ella lo intenta luego); luego separan sus trabajos (Alana como colaboradora en la campaña de un político y Gary abriendo una empresa de maquinas de pinball, el Palacio del Pinball de Bernie el Gordo). Con ello cada uno de estos jóvenes intenta dar una vuelta a su mundo y hacer algo con sus vidas. 

Y en la historia aparecen puntualmente algunos consagrados actores interpretando a personajes reales de aquellos momentos: Sean Penn (como el actor Jack Holden, en realidad William Holden en plena decadencia), Bradley Cooper (como Jon Peters, el productor que lanzó la carrera de Barbra Streisand y también ahora el quinto marido de Pamela Anderson), John C. Reily (como Herman Munster, basado en el monstruo de Frankestein de la serie televisiva The Munsters), Christine Ebersole (como Lucy Doolittle o Lucille Ball, ya en la cuesta abajo de su carrera), también Ben Stiller y hasta el músico Tom Waits (como el realizador Rex Blau, una combinación de varios directores medio locos de la época). Y pese a ello, no es la aparición de estos consagrados actores lo que le da el mejor tono a la historia. 

Y así Licorice Pizza se nos presenta como una película (o disco en forma de pizza de regaliz) para hacernos el particular retrato de aquella época y una historia de amor casi imposible entre jóvenes. Por ello cuando a Alana le preguntan si tiene novio, ella contesta: “Sí y no. No lo sé”. Y quizás algo se resuelve en ese beso final y el “Te quiero, Gary”. Y aunque no sea la mejor película de su director, algo queda de las características que definen a Paul Thomas Anderson.

sábado, 29 de mayo de 2021

Cine y Pediatría (594) “Pinocho”, el muñeco de madera que quería ser niño

 

El italiano Carlo Collodi publicó a finales del siglo XIX la novela “Le avventure di Pinocchio”, que publicó inicialmente desde 1882 hasta 1883 en el periódico Giornale per i bambini y con el título “Storia di un Burattino” (Historia de un títere), acompañada de las ilustraciones de Enrico Mazzanti. Es una de las obras más leídas de la literatura universal, traducida más de 250 idiomas y dialectos, y también uno de los libros más vendidos de todos los tiempos. 

La historia es bien conocida: el carpintero Geppetto es un humilde hombre que siempre había deseado tener un hijo y un buen día se le ocurre la genial idea de tallar una marioneta de madera con la forma de un niño de verdad; esta marioneta cobra vida inesperadamente y se convierte en un niño travieso y desobediente al que llama Pinocho (o Pinocchio en la versión original). Quizás menos conocido es que Collodi no pensó en su trabajo como una obra de literatura infantil, pues en la versión original Pinocho es una historia relativamente cruenta donde es ahorcado por sus innumerables faltas y sólo en versiones posteriores la historia obtendría su famoso final en el que la marioneta se convierte en un niño de verdad. También se ha comentado la influencia de la masonería en la obra, pues Collodi, que era masón, muestra a través del cuento de Pinocho una alegoría sobre la formación de las personas basado en el honor, la verdad y la virtud. 

Desde su primera publicación, la novela ha dado lugar a diversas adaptaciones a lo largo del tiempo, entre las que se incluyen obras de teatro, ballets, óperas y, cómo no, películas. Entre las numerosas adaptaciones cinematográficas podemos destacar las siguientes: la película animada de Disney, Pinocho (Ben Sharpsteen y Hamilton Luske, 1940), considerada una pieza maestra dentro del cine de la animación y, tal es así que se seleccionó para su preservación en el Registro de Películas de Estados Unidos; Las fantasías de Pinocho (Luigi Comencini, 1972), también de animación en versión italiana; Pinocho, la leyenda (Steve Barron, 1996); Pinocho y Geppetto (Michael Anderson, 1999); Pinocho (Roberto Benigni, 2002); P3K: Pinocho 3000 (Daniel Robichaud, 2004), película de animación canadiense donde, en vez de ser un muñeco de madera, es un robot; Pinocho (Matteo Garrone, 2019), donde Roberto Benigni pasa de director en su película de 2002 a actor en ésta. Pero las adaptaciones continúan año a año, y dos están a punto de estrenarse en el año 2022: la película de animación dirigida para Netflix por Guillermo del Toro y Mark Gustafson, bajo el título de Pinocho, de Guillermo del Toro y también la versión en imagen real dirigida por Robert Zemeckis, Pinocho, y que cuenta con la participación de Tom Hanks, actor fetiche del director.

Y hoy nos acercamos a la última versión estrenada, Pinocho, la correspondiente al director romano Matteo Garrone, conocido por películas como el Taxidermista (2002) y, sobre todo, Gomorra (2008), adaptación del famoso libro de Roberto Saviano. Y es en el año 2019 cuando cambia de registro para dirigir este clásico de la literatura con una fantasía que se sustenta en la aproximación naturalista del uso de la luz y la captura de ambientes que se sienten cercanos por la autenticidad de los decorados y la verosimilitud de los maquillajes prostéticos. Una película donde lo mágico reside más en el interior de los personajes que fuera, donde se proyectan sus ambiciones y sueños rodeados de miseria, injusticia y falta de escrúpulos. 

Y para esta película el director contó con un gran aliado: Roberto Benigni en el papel de Gepetto. Hacía mucho que no se veía a Roberto Benigni en las pantallas, tras el éxito internacional que conquistó nuestros corazones con La vida es bella (1997); de hecho, en los últimos 15 años solo había actuado en A Roma con amor (Woody Allen, 2012). El intérprete italiano regresó al cine luego de un largo periodo de ausencia protagonizando – con igual histrionismo - una historia que sin duda debe conocer al dedillo, pues a fin de cuentas en 2002 había dirigido su propia adaptación de Pinocho con un presupuesto de 45 millones de euros que, sin embargo, recibió críticas negativas y estuvo muy lejos de recuperar la inversión. También contó Garrone con la bella actriz francesa Marine Vacth, protagonista de Joven y bonita (François Ozon, 2012) en el papel del Hada Azul y con niño Federico Ielapi en el papel de Pinocho. Y en esta película van apareciendo todos los principales personajes de esos 36 capítulos del cuento original, de forma bastante fidedigna: el maestro carpintero Cereza, el Grillo, el Gran Teatro de las Marionetas, el titiritero Comefuego y el resto de marionetas, el Zorro y el Gato, la taberna de la Gamba Roja, el Gran Roble, los tres médicos (el Halcón, la Lechuza y el Grillo), el Campo de los Milagros, el Caracol, su amigo Lucignolo, el País del Juego, el Tiburón y el Atún. 

Y el visionado de esta película nos pone en la pista de aquello de que, quizás, es una historia poco infantil. Pues es cierto que hay escenas entrañables, como cuando Gepetto grita en medio de la noche “¡He tenido un hijo!”, al ver que su marioneta de madera cobra vida, o cuando su padre le compra un abecedario y le manda a la escuela diciéndole “Tienes que ser el primero de la clase, ¿me lo prometes?”, o cuando le crece la nariz al mentir (que probablemente es lo que más ha calado en nuestro recuerdo de este personaje). Pero se mezcla con otras escenas crudas y extrañas para esta edad: cuando el Zorro y el Gato le cuelgan de el Gran Roble, o cuando es detenido y juzgado por un Juez Mono que encarcela a los inocentes y libera a los ladrones, o ese maestro de escuela que somete a severos castigos a sus alumnos y cuya actitud nada tiene que ver con lo que escribe en la pizarra: “El maestro es un segundo padre para sus alumnos”

Quizás el mensaje principal de esta obra es cómo este travieso y díscolo muñeco de madera que habla desea convertirse en un niño para poder crecer. Pero para conseguirlo, el Hada Azul le dice: “Pórtate bien y en el futuro serás feliz”, algo que al principio no consigue hacer, pues se escapa de su hogar y de la escuela, pero las experiencias de la vida, le hacen cambiar. Y en su camino para lograrlo debía aprender a obedecer, ser responsable, actuar con sinceridad, compromiso y amor. Y al final puede gritar: “Papá, ¡me he convertido en un niño!”. 

Porque Pinocho es el viaje de un muñeco de madera hasta convertirse en niño, un viaje que nos muestra una transformación interna que se da a través de las experiencias que va viviendo a lo largo de su vida al descubrir el valor de la amistad, la verdad y el respeto. Porque como cualquier niño, Pinocho siente curiosidad por el mundo y aprende por ensayo y error qué está bien y qué está mal. Así, en  una Italia rural y atemporal, Pinocho inicia un viaje que lo enfrentará cara a cara con la naturaleza, el reino animal y el mundo de la imaginación y que le llevará a valorar la educación en el colegio y a no codearse con haraganes mientras que el Hada Azul vela por su vida.  Y al menos se derivan tres enseñanzas a transmitir a los más pequeños, sobre el gran papel de la figura paterna, los amigos y las influencias:1) cuando Pinocho decide dejar de ir a la escuela para ir a jugar y divertirse, se empieza a plantear la desobediencia; entonces el Grillo actúa como una figura que intenta corregir esas acciones, pero al no hacerle caso debe aprender por las malas a hacerse responsable de sus actos; 2) la amenaza de que la nariz de Pinocho crezca cada vez que miente es una enseñanza para reconocer el valor de la verdad en todo momento; 3) globalmente, el saber que en sus aventuras se encierran los valores de obediencia, amor y respeto por la familia y por la verdad. 

Al visionar de nuevo la historia de esta película, quizás entendemos un poco más porque Carlo Collodi, su autor, la concibió como una historia para adultos; sin embargo, la casualidad o el destino hicieron que acabara publicada en una revista infantil. Porque Pinocho duele. Siempre lo hizo. Y el resultado de esta adaptación es una película convulsa y turbia, así como profunda y extravagantemente  bella.

sábado, 23 de mayo de 2020

Cine y Pediatría (541). “A dos metros de ti”… la fibrosis quística


El mundo lleva sumergido desde finales del año 2019 en una pandemia por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 sin precedentes mediáticos. Una pandemia con unas trágicas consecuencias sanitarias en aquellos países que no tomaron medidas a tiempo frente al colapso sanitario y con una crisis social y económica de consecuencias presentes y futuras muy graves, aún con la visión más positiva que se quiera aplicar. Y ahora que los países comienzan a realizar una progresiva vuelta a la normalidad por fases, aparecen las normas, algunas con carácter de decreto, orden o instrucción. La más reciente en España es la Orden SND/422/2020, de 19 de mayo, por las que se regulan las condiciones para el uso obligatorio de mascarilla durante la situación de crisis sanitaria ocasionada por la enfermedad COVID-19. Y en resumen, y con pequeñas excepciones, nos dice que su uso será obligatorio en espacios cerrados, pero también en la calle cuando no se posible respetar los dos metros de distancia social. 

Y he aquí que surge una cifra mágica que parece que ha brotado con esta enfermedad, cuando son medidas básicas y elementales en la prevención y control de infecciones: dos metros de distancia social. Y para poner un ejemplo “de cine”, baste recordar que una película estrenada a principios del año pasado ya se adelantó a este distanciamiento social, en base a una peculiar historia de amor de dos adolescentes alrededor de la fibrosis quística y con un título tan significativo como A dos metros de ti (Justin Baldoni, 2019) y basada en la novela “Five Feet Apart” de Rachael Lippincott. 

Una película que comienza con esta reflexión de nuestra protagonista, Stella Grant (Haley Lu Richardson), una adolescente de 17 años con fibrosis quística que utiliza activamente las redes sociales para hacer frente a su enfermedad y trata de vivir una vida normal: “Pero yo nunca fui consciente de la importancia del tacto, de su tacto, hasta que no pude tenerlo”. Y, a partir de ahí, conocemos algo más de lo que supone esta enfermedad tan puramente pediátrica como la fibrosis quística (conocida como FQ), esta entidad hereditaria causada por un gen defectuoso que lleva a producir una mucosidad anormalmente espesa que se acumula especialmente en las vías respiratorias y en el páncreas, y que puede derivar en serios problemas respiratorios, digestivos y nutricionales. Y Stella lleva años conviviendo con esta enfermedad y por ello ahora reingresa de nuevo al hospital por una recaída de su enfermedad, un proceso que la somete a ciclos de antibioterapia, a su decenas de pastillas al día (mañana, tarde y noche), a su oxigenoterapia con gafas nasales, a su fisioterapia respiratoria, a su terapia inhalatoria, a su botón gástrico para nutrición enteral… y a sus mascarillas y a su distanciamiento social para evitar la sobreinfección pulmonar: “Dos metros de distancia siempre. Conocer las normas”, le recuerda la enfermera, pues un compañero suyo de enfermedad, Will Newman (Cole Sprouse), presenta una bacteria multirresistente (Burkholderia cepacia), causa habitual de colonización y neumonías en pacientes con FQ. 

Pero la situación de Stella y Will, ambos con FQ es algo diferente para cada uno en este ingreso. Stella espera un trasplante pulmonar, mientras Will ha entrado a formar parte de un ensayo clínico por la situación de gravedad actual de su enfermedad, cuya colonización por B. cepacia le impide ser candidato a trasplante. Y durante su estancia en ese hospital (que más bien parece un hotel) viven sus momentos de amistad y enamoramiento juvenil, aunque en ocasiones se visiten vestidos con sus EPI (este acrónimo ya universal de equipo de protección individualizada), y que incluye mascarilla, guantes, gafas, gorro y bata impermeable… y que nos hace reflexionar sobre que el coronavirus no ha inventado nada que no estuviera ya inventado. Y en ese ambiente surge este enamoramiento de dos adolescentes con enfermedad crónica (y, en ocasiones, terminal), los Romeo y Julieta de la FQ, que acompañan de sus muchas reflexiones sobre el sentido de sus vidas y cómo seguir adelante

Y somos partícipes de las reflexiones de Stella: “¿Puedes dejar de recordarnos que nos morimos? Lo tengo claro. Llevo toda la vida muriéndome. Celebrábamos cada cumpleaños como si fuera el último”. “Es mi enfermedad. Es mi problema”. “Llevo toda la vida viviendo para tratarme, en lugar de tratarme para poder vivir. ¡Y quiero vivir!”. O cuando decide incumplir los dos metros de distanciamiento: “Cuando tienes fibrosis quística, te quitan muchas cosas. Vives cada día de tu vida según tratamientos, pastillas y horarios. Muchos no podremos tener hijos, muchos no viviremos lo bastante como para intentarlo. Es algo complicado de explicar, pero resulta muy difícil enamorarse. Así que, con todo lo que la fibrosis quística me ha robado, nos ha robado, ahora seré yo quien le robe algo. Medio metro ¡Medio puto metro! ¡De espacio, de distancia, de longitud o como le llaméis! ¡No me importa robarle medio metro! ¡Porque la fibrosis no va a decidir esta vez! ¡Voy a decidir yo!”. Y somos partícipes de las reflexiones de Will: “Pienso mucho en el último aliento. Tratar de respirar. Sin aire, solo… oscuridad. Pero solo lo pienso los lunes, los otros días paso”. O las palabras de dolor de Stella cuando su amigo Poe fallece por un neumotórax, sin éxito tras aplicarle el código paradas (“code blue” en la sanidad de USA): “¡Era mi mejor amigo y nunca le abracé!”. 

Es evidente que esta película sigue muy de cerca la senda marcada por otras adaptaciones literarias de novelas para un público “young adult” ambientadas en hospitales. Y sin duda, emula el éxito editorial y cinematográfico de Bajo la misma estrella (Josh Boone, 2014), película fundamentada en la novela “The Fault in Our Stars” de John Green, donde Hazel y Gust vivían su peculiar love story del siglo XXI ante sus enfermedades oncológicas. Esta misma situación la rememoran Stella y Will en A dos metros de ti, la ópera prima en el largometraje de su director, Justin Baldoni, pero con la FQ de protagonista. Y creo que ambas siguen similar fórmula de no idealizar la enfermedad ni glorificar a sus víctimas. Pero también nos deja atisbo de otras películas, como La decisión de Anne (John Cassavetes, 2009) por ese amor adolescente salvífico con la enfermedad grave de compañera, como Planta 4ª (Antonio Mercero, 2003), por esas visitas durante su ingreso a la zona de Maternidad y Neonatología, o como Vivir para siempre (Gustavo Ron, 2010) por esas cosas por hacer antes de morir. Porque confirmamos que Will tuvo como primer propósito de su lista “Amar a Stella para siempre”

Ni que decir tiene que el éxito de la película y la novela (ésta tuvo ventas millonarias y se mantuvo durante 60 semanas en la lista de los más vendidos de The New York Times, algo solo reservado a fenómenos literarios recientes como “Fifty Shades of Grey”) ha servido para visibilizar esta enfermedad crónica y grave tan puramente pediátrica como es la fibrosis quística, la FQ. Y también para conocer de primera mano la importancia de usar bien el distanciamiento social, evitando el defecto, pero también el exceso. Porque volviendo a la reflexión inicial de Stella en la película, nos deja al final esta otra reflexión de su videoblog para enmarcar sobre la importancia del contacto humano: “Contacto humano. Nuestra primera forma de comunicación. Seguridad, confianza, consuelo, todo en la suave caricia de un dedo o en el roce unos labios sobre la mejilla. Nos conecta si estamos contentos, nos reconforta si tenemos miedo, nos excita en momentos de pasión ¡y de amor!. Necesitamos ese contacto con los seres queridos casi tanto como el aire. Pero nunca fui consciente de la importancia del tacto, de su tacto, hasta que no puede tenerlo. Así que, si estáis viendo estoy podéis, tocadle, tocadla. Porque la vida es demasiado corta”

Por tanto, A dos metros de ti, aparte del valor cinematográfico de visibilizar la FQ (no excesivamente representada en el cine, con algún personaje protagonista en la película canadiense Foreverland – Max McGuire, 2011 – y la película argentina Léa y yo – Camille Shoosahni, 2019 -), también nos sirve para debatir entre la importancia del buen uso (evitando el mal uso y el abuso) del distanciamiento social, de esos dos metros que sirven para mejorar la prevención de infecciones y empeora el contacto humano. En la vida y en la ciencia, las decisiones correctas nos impedirán navegar entre la utopía y la distopía, lo cual es de  agradecer.

sábado, 7 de marzo de 2020

Cine y Pediatría (530). “Bella” película pro vida


“Mi abuela solía decir: si quieres hacer a Dios reír, cuéntale todos tus planes”. Con este pensamiento, una imagen de un niña jugando en una playa y luego un salto temporal a ritmo de cha cha cha callejero donde un joven jugador de fútbol acude con su representante en su despampanante coche a firmar un posible contrato por el Real Madrid. Así comienza la ópera prima del mexicano Alejandro Gómez Monteverde, debut como director y guionista del largometraje Bella, un melodrama urbano y psicológico protagonizado por Tammy Blanchard, actriz y cantante estadounidense, y por Eduardo Verástegui, actor y cantante mexicano, que, tras su estreno en el año 2006, obtuvo diferentes premios internacionales y una buena acogida de los espectadores estadounidenses y mexicanos. Sin faltarle detractores… 

Una película que transcurre en un día en la ciudad de Nueva York. Una canción de Alejandro Sanz nos adentra en un restaurante de esta Gran Manzana donde trabajan nuestros protagonistas: Nina (Tammy Blanchard) como camarera y José (Edurdo Verástegui) como chef del local y hermano del dueño. Inspirada en una historia real, nos cuenta como Nina se queda embarazada sin pretenderlo; y al desequilibrio físico y emocional que eso le supone, se suma el que es despedida de su trabajo por sus repetidas ausencias. En su ayuda sale José, como un Jesucristo salvador (incluso con un parecido físico). Al principio, Nina está segura de que abortará: no se siente preparada para ser madre, ni siquiera está enamorada del hombre que la ha dejado embarazada (y que le anima a deshacerse del niño). Pero José intenta convencerla para que no lo haga y opte por la opción de la adopción (algo que la futura madre siente aún como más cruel). En el transcurso de la película descubrimos que los dos protagonistas son víctimas del lastre de sus traumas del pasado: José aún no ha logrado superar que años atrás atropelló y mató a una niña con su coche y se siente en deuda con el universo, le debe una vida; y Nina sabe bien lo que es vivir sin padres, por lo que no desea que su hijo viva algo similar, porque aún arrastra el dolor del abandono paterno. Un dilema a dos bandas, con el aborto y la adopción en el núcleo argumental. 

Y a partir de ahí, José con su chaqueta blanca de chef y su poblada barba y Nina con su floreado vestido mexicano de camarera pasearán por la ciudad compartiendo diferentes experiencias e intentando ambos buscar significado para sus vidas… y salida a su soledad. Y ya al inicio, tras el encuentro con un invidente callejero podemos leer el escrito tras él en la pared con un significativo mensaje: ”Dios me cerró los ojos. Ahora puedo ver”. Porque la soledad de nuestros protagonistas es diferente. Pues Nina está sola en la ciudad, ahora con un futuro de madre soltera y sin trabajo, por lo que nos expresa sus sentimientos: “No estoy preparada. Con un hijo pierdes la libertad. Es mi decisión, ¿vale?”, "¿Por qué los niños son solo problema de las madres… Ni siquiera sé cuidar de mí, cómo voy a cuidar un niño”. Mientras que José tiene con él a su familia latina, de padre portorriqueño y madre mexicana, una familia que intenta hacerle superar la desgracia que cambió su vida. Pues descubrimos que José era el famoso jugador de fútbol, y finalmente confiesa a Nina que la muerte de aquella niña sigue atormentando su vida y su futuro, pues a él le robaron cuatro años por la condena por homicidio involuntario, pero a aquella madre la robó todo lo que tenía, su hija. Pero Nina si le dice, al conocer a su familia: “Tú eres realmente afortunado. Tienes una buena familia”.

Porque Bella es posible que no sea un gran film - pues en ocasiones más parece una telenovela (con esos dos protagonistas de gran belleza) -, pero su interés cabe encontrarlo en ese encuentro, conocimiento y apoyo emocional de dos personas en crisis que transitan en una gran ciudad. Y en el valor de su mensaje subyacente: el valor de la vida de un niño. En este caso de dos niñas, la que falleció y la que pudiera no nacer. Porque Nina le pide a José que la acompañe a la clínica donde se realizará el aborto, pero finalmente la niña fue adoptada por José, y ella descubre años después que su nombre es Bella, el nombre de esa hija que finalmente vive gracias al amor. 

Por ello, desconfíen de opiniones que puedan escuchar sobre esta película sin haberla visto, porque estarán teñidas de este tipo de convicciones al ser claramente una película antiabortista y a su mensaje pro-vida y pro-familia, sin ocultar el valor de una familia religiosa (que reza antes de comer y que tienen a la Virgen de Guadalupe en su hogar). Una película sobre la que ya hablamos hace tiempo al referir otras películas que han tratado un tema tan sensible como el aborto y bajo varios enfoques. Y Bella realiza este enfoque como un bello poema de amistad y amor a una mujer y un canto a la vida y a la generosidad como forma de encontrar la paz con uno mismo.

Cabe no olvidar que toda película debiera verse en su versión original, pero en aquellas como Bella donde se mezclan los idiomas de los personajes, aún más. Y con ello podemos disfrutar también de su banda sonora, donde no faltan los ritmos rancheros – con el clásico “Currucucú Paloma…”–, de salsa o de cha cha cha. 

Y si la semana pasada hablamos de la película La Bella y la Bestia , hoy hablamos de otra Bella. Y en esta película de hoy cualquier atisbo de bestia es sustituido por su mensaje pro-vida.

 

sábado, 29 de febrero de 2020

Cine y Pediatría (529). “La bella y la bestia” y sus enseñanzas en familia


La historia de “La Bella y la Bestia” ha circulado durante siglos por toda Europa, tanto en forma oral como escrita. Se han señalado similitudes entre este cuento e historias clásicas de la Grecia antigua, como “Cupido y Psique” o “El asno de oro”. Quizás una primera versión escrita es atribuida al italiano Gianfrancesco Straparola, aparecida en su libro de cuentos “Le piacevoli notti”, en 1550. Pero entre sus muchas versiones, la más conocida y reconocida es el cuento de hadas francés “La Belle et la Bête”, tanto en la versión de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve de 1740, como la versión resumida de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont en el año 1756. La versión de Beaumont es la que goza de mayor fama, siendo esta la base de casi todas las versiones o adaptaciones posteriores. También las versiones cinematográficas, de las que hoy venimos a hablar.

Porque se reconocen, al menos, diez versiones cinematográficas, además de la más conocida, la versión Disney. Cronológicamente estas son las películas (con su título original) y algunas peculiaridades:
- La Belle et la Bête (Jean Cocteau, 1946). La clásica versión en blanco y negro con Josette Day como Bella y Jean Marais como Bestia.
- The Beauty and the Beast (Edward L. Cahn, 1962). La primera adaptación estadounidense, con Joyce Taylor como Bella y Mark Damon como Bestia.
- Hallmark Hall of Fame: Beauty and the Beast (Fielder Cook, 1976). Una versión para la televisión, con Trish Van Devere como Bella y George C. Scott como Bestia, éste último nominado a los Emmy.
- Beauty and the Beast (Eugene Marner, 1987). La primera versión musical, con Rebecca De Mornay como Bella y John Savage como Bestia.
- Beauty and the Beast (varios directores, entre 1987-90). Una serie de varios años ambientada en Manhattan, con Linda Hamilton como Bella y Ron Perlman como Bestia.
- Beauty and the Beast (Gary Trousdale, Kirk Wise, 1991). El clásico de animación de Disney, su versión más conocida por niños y adultos. Con ella, Walt Disney comenzó una década de los noventa prodigiosa con este gran éxito de taquilla, una encantadora historia que consiguió además que, por primera vez, una película de animación fuera nominada al Oscar a la mejor película.
- Beauty and the Beast (1994-2007), el delicioso musical sobre el escenario con libreto de Linda Woolverton, música de Alan Menken y letras de Howard Ashman y Tim Rice. Un musical que desde Broadway se ha extendido a los escenarios de decenas de países.
- Beastly (Daniel Barnz, 2011), la única versión no clásica y que no sigue la historia original, sino que se basa en la novela ''La bestia'' de Alex Flinn, un superventas entre el público adolescente en Estados Unidos, con Vanessa Hudgens como Bella y Alex Pettyfer como Bestia.
- Beauty & the Beast (2012-16), una serie de televisión estadounidense que se parece poco al clásico, con Kristin Kreuk como Catherine Chandler, una inteligente detective de homicidios, y Jay Ryan como Vincent Keller, un apuesto médico.
- La belle et la bête (Christophe Gans, 2014), una versión francesa muy realista, con Léa Seydoux como Bella y Vincent Cassel como Bestia.
 - Beauty and the Beast (Bill Condon, 2017), un remake en acción real de la versión de Disney, con Emma Watson como Bella y Dan Stevens como Bestia. Una versión donde la tecnología ayuda a que La Bestia aparezca como un híbrido con la melena de un león, la barba y la estructura ósea de un búfalo, los colmillos y la nariz de un oso salvaje, la musculatura de un gorila, las piernas y la cola de un lobo y un gigantesco cuerpo de oso. Y donde el elenco actoral es muy reconocible, con papeles para Luke Evans, Ewan McGregor, Emma Thompson, Ian McKellen, Kevin Kline y Stanley Tucci.

Muchas versiones de esa historia original donde érase una vez un apuesto y joven príncipe - a la vez que insolente y egoísta - que vivía en un opulento castillo. Un castillo donde celebraba extravagantes fiestas a la que asistían bellas debutantes a princesas de todo el mundo. Y fue allí donde una anciana mendiga aparece en el castillo buscando refugio contra la tormenta y le ofrece una rosa a cambio, pero éste la rechaza con frialdad sin saber que en realidad se trata de una hermosa hechicera. Como castigo, la hechicera echa una maldición sobre el castillo, transformando al Príncipe en una Bestia y a todos sus habitantes en objetos domésticos. Para deshacer el hechizo, tendrá que aprender a amar a los demás y ser digno de su amor antes de que el último pétalo de una rosa encantada caiga o de lo contrario, el príncipe, será una bestia para toda la eternidad.

Los personajes de este clásico funcionan como un retrato sociológico que quizá nos suene si miramos a nuestro alrededor. Guiados por la versión animada de Disney de 1991 a los personajes de Bella y Bestia, le acompañan otros como Gastón (ese villano fanfarrón que no es mala persona, pero sencillamente es un idiota manipulador que pide la mano de Bella) y su criado Lefou, y también esos simpáticos objetos animados por el hechizo que viven en el castillo, como el candelabro Lumière, el reloj Din Don y la señora Potts, esa taza con su hijo Chip, y también el plumero y el guardarropa. Una versión animada donde el personaje de Bella rompió moldes, pues hasta esta película, la mayoría de los personajes femeninos de las películas de animación tenían una actitud pasiva y casi anodina, pero Bella es todo lo contrario: es inteligente, le interesa la literatura, tiene sus propias opiniones y no se asusta fácilmente, es divertida y decidida. Su personalidad se convirtió en un modelo a seguir para las niñas de todo el mundo y la primera heroína feminista contemporánea en una película de animación.

La Bella y la Bestia nos deja una moraleja clara: la belleza está en el interior. Un mensaje que se remonta a la Francia del siglo XVIII (o anterior en el tiempo), pero que no acabamos de incorporar, ni aunque nos lo tarareen en la canción principal de la versión animada de 1911 (interpretada a dúo por Celine Dion y Peabo Bryson en la versión original y por el dúo Chenoa y David Bisbal en la versión española) o en la última versión, su remake del año 2017 (interpretada a dúo por Ariana Grande y John Legend).

Pero con música o sin música, es una de esas películas que cabe prescribir para ver en familia, con nuestros hijos y poder conversar con ellos de cuatro lecciones que nos regala:
- Que la belleza verdadera va por dentro. Ya referido, pero este mensaje es muy importante, especialmente en una época en que se valora demasiado la apariencia física, lo externo, el postureo. Y es lo que Bella acaba descubriéndol en su extraño habitante del castillo.
- Que el sacrificio por el bien de los demás juega un papel muy importante en las relaciones personales, como cuando Bella sacrifica su libertad y toma el lugar de su padre, o como cuando la Bestia sacrifica su felicidad y deja que Bella se ocupe de su padre enfermo.
- Que debemos ser cuidadosos para elegir a nuestros amigos. La admiración y lealtad de Lefou hacia Gastón hace que lo apoye aun cuando esté haciendo daño a otras personas. Sin embargo, debemos cuestionar a nuestros amigos cuando toman malas decisiones y si es necesario, alejarnos de ellos.
- Que el amor es capaz de salvar y transformar a las personas. Y es la esencia de esta fábula. Y en un mundo tan turbulento como el actual, es bueno resaltar el poder del amor entre nuestra fratria. 

Mientras apreciamos estos valores, apreciemos estos trailers de la versión animada de Disney de 1991 y su remake real de 2017.

 

sábado, 15 de junio de 2019

Cine y Pediatría (492). “Déjame entrar”... en tu vida


Las películas de vampiros son todo un subgénero dentro del terror. Algunas son muy reconocibles, como Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994), Vampiros de John Carpenter (John Carpenter, 1998), Van Helsing (Stephen Sommers, 2004) o Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007).

Una fama que se vio reactivada por tres sagas, una trilogía y dos pentalogías. La saga Blade, que comenzó con Blade (Stephen Norrington, 1998), y continuó con Blade II (Guillermo del Toro, 2002) y Blade Trinity (David S. Goyer, 2004). La saga Crepúsculo, que comenzó con Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008) y continuó con Luna Nueva (Chris Weitz, 2009), Eclipse (David Slade, 2010) y Amanecer, parte I y parte II (Bill Condon, 2011 y 2012). Y la saga Underworld, que comenzó con Underworld (Len Wiseman, 2003), y continuó con Underworld: Evolution (Len Wiseman, 2006), Underworld: La rebelión de los licántropos (Patrick Tatopoulos, 2009), Underworld: El despertar (Måns Mårlind, Björn Stein, 2012) y Underworld: Guerras de Sangre (Anna Foerster, 2016).

Pero una de estas películas sobre vampiros que hoy nos reúne tiene algo especial, pues es mucho más que una historia de vampiros, pues a través de la amistad de un niño y una niña adolescentes aborda el lado oscuro de la humanidad, tratando temas como el acoso escolar, alcoholismo, pedofilia, pederastia, prostitución, suicidio y asesinatos junto con temas sobrenaturales y también con la amistad y el amor como salvación. Todo comenzó en el año 2007 cuando el escritor sueco John Ajvide Lindqvist escribe “Déjame entrar”, una novela que se centra en la relación entre Oskar, un niño de 12 años y Eli, una criatura con apariencia de niña de la misma edad que Oskar, pero que en realidad es una criatura de más de 200 años con hábitos de vampiro: se alimenta de sangre de seres vivos para mantenerse activa. Son varios los personajes de la novela, y por medio de ellos el autor describe la vida en los suburbios de Estocolmo a principios de la década de 1980 gran parte de la miseria humana. El título hace referencia a la canción "Let the Right One Slip In" de Morrissey, pero también al mito folklórico que afirma que los vampiros no pueden entrar en una casa sin ser invitados.

Y de esa novel surgieron dos películas, la original y la copia. En 2008 se estrenó la película sueca Déjame entrar (Låt den rätte komma in), dirigida por Tomas Alfredsson y protagonizada, donde Oskar (Kåre Hedebrant) es un adolescente tímido sometió a acosos escolar que vive en Blackeberg, un suburbio de la ciudad de Estocolmo, quien conoce a su nueva vecina Eli (Lina Leandersson). En 2010 se estrenó el remake, la película estadounidense Déjame entrar (Let Me In), dirigida por Matt Reeves, situada en Los Álamos/Nuevo México y en donde los niños protagonistas adoptan los nombres de Owen (Kodi Smit-McPhee) y Abby (Chloë Moretz). Nos referiremos a esta última versión en donde reconocemos a los dos jóvenes protagonistas, pues ambos forman parte de emblemáticas películas de Cine y Pediatría: Kodi Smit-McPhee era el hijo de Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), y Chloë Moretz la hemos disfrutado y sufrido, respectivamente, en dos películas como La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y Carrie (Kimberly Peirce, 2013). Y curiosamente esta última era también un remake y también centraba el acoso escolar en el contexto de una película de terror, como la cinta que hoy nos convoca.

Y todo remake no está exento de polémica. Porque, salvo excepciones, el original suele siempre superar a la copia (como la novela suele superar a la película) y aunque esta copia de Déjame entrar es aceptable, parece que una nueva versión a los dos años de su estreno, resultaba, al menos, paradójico. Y algunos refieren que no aporta nada nuevo quizás esta versión de Matt Reeves, más bien le restaría en relación a la contención de la versión sueca y a la compleja descripción de sus personajes. Pero entremos en materia....

Todo comienza con una primera escena en una nevada noche en la que dos coches policía escoltan a gran velocidad a una ambulancia, en la que tratan de salvar la vida a una persona que se ha quemado la cara con ácido. Un policía le pregunta, “Queremos saber quién eres”, pero a continuación éste desfigurado personaje se tira por la ventana del hospital. Y, a continuación, retrocedemos a la historia acaecida dos semanas antes.

Y se nos presenta a nuestros dos jóvenes personajes. Owen es un joven adolescente que vive con una madre en proceso de separación, un niño algo bizarro que vigila a sus vecinos con un telescopio mientras realiza extraños juegos. Y que es considerado un friqui aniñado, por lo que sufre acoso escolar por los matones de su clase, y por ello su compañeros son el temor y deseo de venganza. De pronto, una niña de su edad se establece como vecina junto al que parece ser su padre. Su nombre es Abby y siempre anda descalza y solo sale de noche al parque, y le dice: “Sabes, no puedo ser tu amiga”. Una joven con un comportamiento extraño, que no recuerdo el día de su cumpleaños y que no reconoce lo que es el famoso cubo de Rubik.

Un niño ahora sin padre, una niña sin madre, dos jóvenes bizarros en su comportamiento que están llamados a iniciar a una amistad entre la glacial nieve externa y la helada temperatura emocional que los rodea para adentrarse juntos en un universo cálido, sólo para ellos, un pacto sellado con amor, dolor, miedo y entrega… y sangre. Abby le quiere ayudar a superar el bullying: “Dales con fuerza y dejarán de pegarte”.

Una atípica pareja de preadolescentes al margen de lo corriente, jóvenes que caminan de puntillas entre su propia forma de ser, su familia, el centro escolar y la sociedad. Allí donde Owen soporta los golpes y humillaciones de la vida parapetándose en su interior, pues su religiosa madre intenta superar las heridas de la separación con su marido y no percibe las heridas en su hijo. Y en su círculo que parecía no tener salida, aparece Abby, y la amistad se transforma en amor y por eso ella le dice: “¿Me querrás aunque no fuera una chica?”. Y él la dejará entrar… 

Una de las historias de amor adolescente más inquietantes que se han trasladado a la pantalla, una historia de aceptación incondicional, que ella intenta evitar por su secreto: “He de partir y conservar la vida, o quedarme y perecer”. Es una historia de comprensión sin palabras, pero con dudas, las dudas que Owen pregunta: “¿Crees que existe el mal?”. Y cuando Abby le declara: “Necesito sangre para vivir. Tengo 12 años, pero hace mucho tiempo que tengo 12 años”. Y pese a ello, seguir amando, amar en un infierno que para ellos es un paraíso encriptado, secreto, obviando el horror, la tragedia y la condena.

Porque todos necesitamos que nos dejen entrar en la vida de las personas que queremos, que necesitamos. Y como Abby, también “sangramos” si sentimos que no podemos formar parte de esas vidas. Algo así es esta especial película de vampiros, porque Déjame entrar nos hablar de amistad y amor en dos mundos imposibles que se necesitan.

Os dejamos los dos trailers. Que cada uno elija la versión que más le guste…

 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Cine y Pediatría (399). "Ali" aprende las segundas oportunidades


"Ali tiene dos miedos: miedo a conducir y miedo a enamorarse. Aunque en realidad son el mismo miedo". Con esta introducción la película nos da a conocer a la joven e inconformista Ali, una chica de 18 años que trabaja en un supermercado, que vive con su madre, que se encuentra encarada con todo y con todos, que se protege tras una coraza de mujer fuerte y rebelde. 

Y así, Ali, es como se titula esta película del año 2012 y que recibió el Premio a la Mejor ópera prima en el Festival de Cine de Málaga de ese año. Una película que ha pasado bastante desapercibida y que dese luego nada tiene que ver con otra de similar nombre: Alí (con acento, el biopic del icónico boxeador Muhammad Alí, dirigida por el estadounidense Michael Mann y protagonizada por Wil Smith y Jamie Foxx, una película de espíritu hollywoodense) no es lo mismo que nuestra Ali (sin acento, diminutivo de Alicia, una película que es toda un lección de repaso sobre las segundas oportunidades en el amor de una hija y su madre, dirigida por el sevillano Paco R. Baños y protagonizada por Nadia de Santiago y Verónica Forqué, una película de espíritu indie). 

Ali trata del amor, de las relaciones humanas, de la superación de los miedos e inseguridades y de las segundas oportunidades. Como nos recuerda su director, "En el país de Ali, los niños juegan a ser mayores, los adultos se comportan como adolescentes y los adolescentes - como casi siempre - se quedan a medio camino de todo". 

Ali (Nadia de Santiago) no soporta las continuas depresiones de su enamoradiza madre (Verónica Forqué): "A ti qué te pasa mamá. Es que no aprendes. Eres una enferma". Su madre intenta explicarse: "Es mi pareja. Y no tienes ningún derecho a faltarle al respecto, ni a él ni a mí", ante lo que su hija reflexiona: "¿Y a mí quién me respeta?". Y todo eso le ha obligado a madurar a marchas forzadas y, además, le han hecho temer al amor: "Yo no pienso, soy como tú, mamá.... Les metes en casa, te enamoras, les haces la vida imposible, te dejan y te quedas echa una mierda"

Ali se defiende frente al amor, pero la aparición de dos hombres en su vida amenaza con romper su burbuja: por un lado, su madre tiene un novio nuevo, Antonio, un tipo bastante gafe; y por otro, Julio, un compañero del supermercado del que Ali no ha podido evitar enamorarse. Mientras tanto, ella pasa los ratos libres con tres amigas, y cuyas conversaciones nos hacen rememorar la película Barrio (Fernando León de Aranoa, 1999), conversaciones tan frescas como habituales en esa intrascendental vida a la que sobreviven como adolescentes sin rumbo: "Bueno, ¿bailamos o nos quitamos las bragas?", "Creo que voy a hacerme lesbiana".

Ali fuma constantemente y nos dice: "Desconfía de todo lo que no puedes hacer mientras fumas". Y desde que Ali fuma, su madre ha tenido cinco novios y cinco depresiones. En las cinco le ha tocado hacer de madre de su madre y eso le ha hecho ser como es, aunque no lo sepa. Ali está enamorada de Julio pero no quiere aceptarlo, pues para ella es más fácil seguir viviendo en el país invulnerable de Ali que cruzar al país de Alicia, porque nada de lo que le rodea le parece una maravilla. Pero el amor sincero de Antonio hacia su madre y de Julio hacia ella hacen que la aparente seguridad de su pequeño universo se empiece a resquebrajar.

Porque la película Ali está divida en varias partes (Ali y las olas del mar, Ali en la calle de los congelados, ...) y cada parte va precedida de un accidente de tráfico. Y por ello, los recurrentes pensamientos de nuestra protagonista: "Los coches rojos son los que más accidentes tienen. Y los negros los que más buscan". Y a un vecino que le ayuda a aprender a conducir, ella le comenta: "Prefiero ser una incrédula a una enferma mental".

Y esta es nuestra Ali, siempre a la defensiva, sardónica, contradictoria,... Esta es nuestra Ali, quien trabaja en un supermercado, como lo hacía Rosalía, otra adolescente protagonista de la película argentina Pequeños milagros (Eliseo Subiela, 1997).

Y así es como Ali nos enseña el valor de las segundas oportunidades en este milagro que se llama superar la adolescencia.

 

sábado, 6 de mayo de 2017

Cine y Pediatría (382). "Tilt" solo es el principio de una nueva partida


Hay filmografías prácticamente desconocidas por nosotros. Y no hablamos de países de otros continentes, sino de la misma Europa. Yo no guardo en la memoria ninguna película de Bulgaria y por ello hoy viene a Cine y Pediatría una película de este país (en realidad, una coproducción búlgaro-alemana), para algunos la película más aclamada del cine búlgaro reciente, seleccionada por su país para competir para el Oscar a la Mejor Película Extranjera. La película lleva por título Mi generación en español, pero por esa mala costumbre de traducir los títulos (y las películas), me quedo con todo el valor de su título original: Tilt. Una película del año 2011 que significa un imponente debut de Viktor Chouchkov, director formado en National Academy of Theater and Film Arts en Sofia. 
Tilt es más que una historia de amor ambientada en los cambios políticos y sociales de la Europa del este de finales de los 80 y principios de los 90, una nueva versión de Romeo y Julieta ambientada no en la cálida Verona renacentista, sino en la fría capital búlgara en tiempos de cambio y de crisis. Y con una pregunta en el aire: ¿puede este amor sobrevivir a la inmigración, a la violencia y a la inmoralidad social? 

La primera escena nos marca el camino: un primer plano de una máquina de bolas (también conocido como juego de pinball, flippers o maquinitas), esas a las que tanto hemos jugado o visto jugar en la niñez, con ese ruido tan característico y en el que hemos pasado horas de nuestra infancia y adolescencia, entre rebotes y puntos. Y pocos minutos después nuestro "romeo" por nombre Stash le dice a su recién "julieta", la hermosa Beki en una sala de juegos: "¿Quieres saber que es Tilt? Un auténtico obstáculo. Cuando sientes que pierdes la bola, golpeas el pinball para salvar el juego. Quieres ser un jugador más astuto que la máquina. Pero si le das demasiado fuerte, se acabó el juego. Esto es Tilt... partida terminada"
Porque Tilt es el bloqueo causado por la máquina de juego cuando el jugador trata de engañar a la máquina. Y también en esa especia de bloque se encuentran Stash y sus tres amigos veinteañeros en víspera de los cambios democráticos y en los primeros años de la transición en Bulgaria. Estos cuatro amigos sueñan con abrir un bar propio con máquinas de juego, mesas de billar y música. Y esos sueños se truncan en dos momentos marcados en el guión con la caída del muro de Berlín como leitmotiv: en el año 1989 en Sofía, la capital de Bulgaria, y en 1990, en Alemania del Oeste. 
Amor, celos, traición, la milicia (como se llamaba a la policía en la época socialista), la intención de huir a Alemania con su novia (y no conseguirlo), el regreso y la venganza. Un Stash que intenta recuperar el amor de Beki, una joven atrapada por un padre posesivo y que convierte su belleza física en pensamientos tan duros como éste hacia su progenitor: "No te preocupes... No me voy a atiborrar a pastillas como hizo mamá. Viviré para verte morir"

Buena elección de actores, adecuada banda sonora, montaje ágil, atractivo argumento, sugestivo inicio y un final para el recuerdo, que además coincide con una vivencia muy especial para mí hace una semana. Porque Tilt tiene como escena final una prisión, en donde termina Stash y con este pensamiento en off mientras él se dirige a la sala de visitas donde le espera Beki, un pensamiento similar al comienzo de la película: "Recuerdo que una vez me preguntaste que significaba Tilt. Si golpeas el pinball muy fuerte, pierdes la bola. Se acaba el juego. Eso es lo que creía entonces. Ahora sé que no es así. El juego solo se acaba cuando te rindes. Esta vez no lo haré. No te perderé otra vez. Eso es por lo que decidí quedarme. Me condenaron a 10 años, pero también me dijeron que si me comporto podría salir en 7. Becky, esto no es el final... Solo es principio de una nueva partida"

Y así finaliza Tilt y con ello mi recuerdo a la experiencia vivida hace una semana en el Centro Penitenciario de Topas (Salamanca). Pues ya nos los dijo la película El curioso caso de Benjamin Button: “La vida no se mide en minutos, se mide en momentos”. Y esa tarde y ante 60 internos de 20 a 65 años, viví uno de esos momentos de mi vida que serán difíciles de olvidar. Bajo el título de la "La vida puede ser de cine: cuidemos el árbol de nuestra vida" y durante más de hora y media, y en un ambiente de respeto, interés, empatía, sentido y sensibilidad hemos recordado diez películas para que la vida sea de cine y cinco personajes para nuestro árbol de la vida. Y muchos de los internos en el centro penitenciario necesitan un mensaje así: que esos "tilt" y errores que cometemos en la vida, es importante tener en cuenta que no es final. Y en ello trabajan muchos profesionales de las Unidades Terapéuticas Educativas (UTE) de prisiones, en educar en valores y en trabajar por su reintegración en la sociedad. A todos ellos, a internos y a educadores de los centros de prisiones va dedicado esta película y este mensaje: que Tilt solo es el principio de una nueva partida.

sábado, 4 de febrero de 2017

Cine y Pediatría (369). "Sing Street" cierra la trilogía del viaje musical iniciático


Es John Carney un director irlandés que despierta interés, pues lo suyo es ya un universo propio que denota que estamos ante un autor con mayúsculas, es decir, un hombre que ha creado un género propio que lleva la música, el amor y la crítica social como bandera de su discurso. Un director que hace marca de la fusión de lo sonoro y lo visual en el séptimo arte, algo que tanto estimamos en Cine y Pediatría.

Dos capas cimienta su obra fílmica: la música como capa superior e hilo conductor de sus historias y la crítica social como capa inferior y fondo real del discurso. Y entre ambos el viaje como nexo de unión, el viaje físico de los personajes (a Londres o a Nueva York, según la película), pero también el viaje que todo hombre o mujer debe hacer para realizarse y así, gracias al contacto con los nuevo y lo desconocido, poder sacar lo mejor de uno mismo. Tres marcas de clase para un trilogía musical que Carney nos ha regalado y que comenzó con Once (2007), continuó con Begin Again (2014) y cierra con Sing Street (2016), la película que hoy nos convoca. 

Carney despunta con la película Once, un musical ambientado en su Dublín natal y que le pone en órbita del panorama más alternativo. Una película sin alardes técnicos pero que desprenden sensibilidad desde el primer fotograma, una historia que sin buscar pretensiones nos arrastra canción tras canción, a la búsqueda de esa cosa que llamamos amor. Las canciones compuestas por Glen Hansard (solista y guitarrista de The Frames) van hilando la historia de dos personas: un chico (el propio Glen Hansard) y una chica (Markéta Irglová). La música, de una fuerza avasalladora, nos regala algunas de las mejores escenas de la película. Y tal fue así que sobre ella recayó el Óscar a la mejor canción original, concretamente al tema "Falling Slowly". 

Tras esta primera obra ya llena de virtudes pero, con muchos defectos de producción, Carney tiene la oportunidad de viajar a Nueva York para de esta forma tomar contacto e impregnarse de la producción y la forma de trabajar americana. Y lo hizo con Begin Again, un canto de amor al mundo de la música en el que desfilan tintes de comedia romántica, inventiva visual a raudales, cine sencillo y puro, y las miradas cruzadas de Keira Knighley y Mark Ruffalo. Y es verdad que nos descubre de paso que el cine es mucho más sencillo de lo que a veces nos pensamos. 

Y tras este viaje iniciático a la meca del cine, decide regresar a su Irlanda natal para realizar lo que es hasta ahora su gran trabajo: Sing Street, film que no posee los fallos iniciales de Once ni las concesiones de producción habituales que pueda atisbar Begin Again. Con Sing Street nuestro director vuelve a su reino para crear su obra definitiva y que forma parte directa de su propio universo personal. Porque John Carney completa su trilogía con esta película adolescente que cabalga entre el indie americano y el humor británico, algo así como una curiosa mezcla entre Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) y NEDS (Peter Mullan, 2010). Combinando la calidez en la dirección de Carney, un humor vibrante y una banda sonora inolvidable con éxitos de The Cure, Duran Duran, The Police, A-Ha, Joy Division o Génesis, Sing Street es una electrizante película que embaucará a cualquier fanático de la música. 

Sing Street nos traslada al Dublín de 1980, donde conocemos al adolescente Conor (Ferdia Walsh-Peelo), no demasiado a gusto en su familia (la recesión económica y la mala relación de los padres no ayuda) y el nuevo instituto (donde tiene que hacerse hueco entre matones), balanceándose entre los amigos, el amor, el desamor, los sueños, las caídas, el aprendizaje... y la música. Porque encuentra en la música su tabla de salvación (allí donde imagina su mundo ideal, su vida soñada) y con un grupo variopinto de compañeros de clase forma una banda, con más sombras que luces, intentando buscar un estilo entre las vibrantes tendencias de la música de aquella década, en lo que es esa inagotable isla de buena música llamada Reino Unido. La banda se hace llamar Sing Street y nuestro protagonista cambia su nombre por el de Cosmo... y cambia de look según la tendencia musical en la que indagan, y que va del Pop al Rock o del Punk al Grunge. Y con ese guiño del hermano de Cosmo, todo un personaje: "Es imposible querer de verdad a alguien que escuche a Phil Collins". 

En esa aventura conoce a la hermosa y enigmática Raphina (Lucy Boynton), un rayo de esperanza para Conor/Cosmo entre tanto entorno gris, pues él es una víctima más del conservadurismo católico y la intransigencia artística que existían en la isla en aquellos tiempos. Y con el objetivo de conquistarla, la invitan a ser la estrella en los videoclips que la banda graba, todo muy amateur. Pero lo mágico de nuevo de su relato es que, tras una árida y grisácea apariencia formal y una dura crítica social (la peor parte se la lleva el padre Baxter, director del colegio: "Olvídese de Ziggi Stardust" le dice a Conor mientras le obliga a quitarse el maquillaje), se encuentra la historia de unos jóvenes que buscan un sueño a través de la música y de la creatividad

Además nos regala una escena final casi un clásico en películas románticas (Match Point, El diario de Noa, Desayuno con Diamantes,...): la escena de lluvia sobre los rostros. Y resuenan las palabras de Raphina: "Lo que pasa es que no sabes ser feliz en la tristeza. Pero eso es el amor, Cosmo. Felicidad y tristeza".

Porque todo empezó con Once, continuó con Begin Again y con Sing Street John Carney cierra la trilogía del viaje musical iniciático.

sábado, 21 de enero de 2017

Cine y Pediatría (367). "Alabama Monroe", cuando el círculo del amor se rompe y nos tatúa el corazón


"Es una de las películas que más me ha impresionado en los últimos años. Por su trama, sus personajes, su fotografía, su música...".  Con estas palabras me aconsejó una película Álvaro, un joven residente de Pediatría. Y certifico todas y cada una de sus palabras en esta película que es la epopeya de un triángulo familiar y un círculo de amor que se rompe. Y todo ello bajo los acordes de banjos, guitarras, mandolinas, contrabajos y violines para llenar de buena música de bluegrass una película especial. Solo cuerdas... y voz, totalmente acústico. Solo emoción que nos tatúa el corazón, sentimiento a flor de piel. Algo así siento que es esta imprescindible película belga, Alabama Monroe (Felix Van Groeningen, 2012) y cuyo subtítulo nos marca el camino a seguir: The Broken Circle Breakdown

Todo comienza con una canción country y esta letra: "¿Volverá a cerrarse el círculo tarde o temprano, Señor, tarde o temprano? ¿Nos espera un hogar mejor en el cielo, Señor, en el cielo? En el cielo, Señor, en el cielo". Y tras finalizar la canción, unos padres se enfrentan al diagnóstico no esperado (nunca es esperado) de un cáncer de su única hija. Y luego la historia retrocede 7 años... Y a partir de ahí continuas idas hacia el pasado y regresos al presente, desde el encuentro y noviazgo de los padres hasta su vivencia actual como padres. Una historia basada en la obra teatral “The Broken Circle Breakdown Featuring, the Cover Ups of Alabama” escrita por Mieke Dobbels y Johan Heldenbergh, este último protagonista de la película y también partícipe en la música, con una banda sonora magistral gracias al genio de Bjorn Eriksson, verdadero homenaje al bluegrass, estilo musical incluido en el country durante la primera mitad del siglo XX, y que tiene sus raíces últimas en la música tradicional de Inglaterra, Irlanda y Escocia, llevada por los inmigrantes de las Islas Británicas a la región de los Apalaches (llamada "Bluegrass region", que incluye el norte del estado de Kentucky y sur del estado de Ohio), aunque sufrió también influencias de estilos musicales afroamericanos, principalmente el jazz y el blues. 

Un triángulo familiar formado por sus tres miembros. Didier, el padre (Johan Heldenbergh), un músico dedicado al country, un vaquero belga amante de los Estados Unidos, es ateo y un ingenuo romántico y soñador. Elise, la madre (Veerle Baetens), regenta una tienda de tatuajes y todo lo importante de su vida, incluida sus parejas, tienen cabida en los tatuajes de su piel, es sensual y tiene los pies en la tierra. Maybelle, la hija (Nell Cattrysse), una preciosa niña que llega para dar más luz a una vida familiar en el campo, pero que a los 6 años se le diagnostica leucemia. Porque todo era perfecto entre Elise y Didier, compartían el amor y el trabajo, ambos miembros de la banda de bluegrass, pero todo cambia con el diagnóstico de la enfermedad neoplásica en la pequeña. Y la vida se convierte en canción, así como esta historia se mezcla con las diferentes canciones country llenas de sentido y sensibilidad. 

Una rápida e inteligente secuencia de imágenes nos pasea en un par de minutos por las fases del tratamiento de un cáncer infantil. La lucha continua para llegar a esa frase del oncólogo pediatra que no queremos oír: "La quimio no funciona. La médula ósea no responde. Vuelve a producir glóbulos blancos anormales. No es una buena noticia. Pero ya lo dijimos, no nos rendiremos. Pasaremos a la siguiente fase del tratamiento, un trasplante de células madre. Primero destruiremos su propia médula ósea con más quimioterapia y radioterapia. Luego la sustituiremos con células madre de un donante, un pariente cercano a Maybelle. Pero los padres no sirven como donantes"

Y en zigzag recomponemos la tragedia, con una historia que es un verdadero rompecabezas, con flasbacks y flashforwards. Desde que la niña presenta los primeros síntomas (dice que está cansada y los padres piensan que quizás duerme poco; aprecian sangrado en las encías, aunque es posible que se cepille muy fuerte los dientes; aprecian morados en los brazos) hasta su fallecimiento. Y a partir de ahí la autodestrucción de los padres, la búsqueda del culpable, sin pudor, sin perdón, sin compasión... Intentan borrar las huellas de la niña, pero no es suficiente con tirar los muebles de su habitación y sus juguetes, o con quitar los dibujos de las paredes. 

Finalmente llega la separación. "Ya no me llamo Elise. He cambiado de nombre. Me llamo Alabama... Sí, me he cambiado el nombre. Los indios lo hacen cuando sienten que empieza una nueva fase en su vida". Y a él le pone el nombre de Monroe, guiño inequívoco a Bill Monroe, considerado el padre del bluegrass, esa música que forma parte íntegra de la historia y es la unión intrínseca entre todos los temas a los que nos enfrenta la película: el amor, el nacimiento, la vida, la enfermedad, la muerte, la maternidad, la paternidad, la búsqueda del consuelo y del perdón. La música también es lo que une a la pareja y la que les separa. Y la escena y canción "I need you" es emblemática cuando su letra nos dice: "Si tú me necesitases acudiría a ti. Cruzaría el mar a nado para aliviar tu dolor...". Y tras la emotividad de esta música, una de las escenas más fuertes de dolor, de dolor y renegar de todo, donde la fe no es consuelo y se busca al Dios como culpable. Y la declaración ya en el camerino de Elisa/Alabama a Didier/Monroe: "Si me apetece creer que Maybelle es una estrella en el cielo, lo haré. Si me apetece creer que es un pájaro en el alfeizar, una mariposa en mi hombro o una maldita rana, lo haré". 

Y el cénit del dolor lleva a Elise/Alabama al suicido. Y la desconexión final en el hospital, bajo el sonido de toda banda... y su música country, con Didier/Monroe cantando bajo la pérdida primero de su hija y luego de su mujer. Y en la hilaridad de la música apreciamos que en el monitor se apaga su frecuencia cardíaca, hasta llegar a la última imagen: la de su último tatuaje. Y con un nombre: Alabama Monroe. 

Porque el amor puede con el destino, pero a veces no. Porque el camino para superar el dolor e intentar recomenzar cual ave Fénix no siempre se consigue. De ello nos habla y nos canta Alabama Monroe, un regalo para amantes del cine y de la música, una película que se nos queda tatuada también en la piel. Una película imprescindible si te gusta el arte y la historias de vida a flor de piel. No aconsejable si solo buscas entretenimiento. Pura fusión de cine y música, película prototipo de armonía de lo sonoro y lo visual.