Mostrando entradas con la etiqueta divorcio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta divorcio. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (830) “El amor de Andrea” y su Juan Salvador Gaviota

 

El almeriense, nacido en El Ejido, Manuel Martín Cuenca se ha consolidado con un cine de autor tras una trayectoria previa por el cortometraje y el documental. Su ópera prima de ficción fue La flaqueza del bolchevique (2003), un peculiar romance entre un adulto (Luís Tosar) y María, una adolescente de 15 años (María Valverde, quien obtuvo el Goya a Mejor actriz revelación), adaptación de la novela homónima de Lorenzo Silva. Luego llegaron Malas temporadas (2005), La mitad de Óscar (2010), Caníbal (2013), El autor (2017) y La hija (2021), un enfermizo thriller sobre otra forma de ver la maternidad subrogada a través de Irene (Irene Virgüez), una adolescente de15 años, una historia sobre la pesadilla que supone cumplir tus sueños.  

Y ahora llega su última obra, El amor de Andrea (2023), un retrato sobrio y muy emotivo de una adolescente de 15 años (Lupe Mateo Barredo, enamora a la cámara) que pelea, casi en silencio, por recuperar el vínculo con un padre que la ha abandonado afectivamente. El filme emociona precisamente porque rehúye el melodrama fácil y trabaja con miradas, silencios y gestos mínimos que dejan al espectador espacio para pensar. Una película rodada en Cádiz, todo un tributo a la ciudad (con su Catedral, el Campo del Sur y Malecón, la Alameda de la Apodaca, el Parque Genovés y la mítica playa de la Caleta), y que cuenta de nuevo con la música del grupo Vetusta Morla (ya presentes en su película anterior). 

Se nos presenta a Andrea, quien cuida de sus dos hermanos pequeños (Fidel y Tomás), los lleva y recoge del colegio, juega con ellos en la playa o en el parque, les ayuda con los deberes, les prepara la cena y les acuesta. Cuando llega la noche, regresa la madre a casa, cansada de trabajar, pues el padre ha rehecho su vida con otra familia y ha cortado prácticamente la relación con ellos, sin pasarles tampoco ninguna manutención. Y ya en ese primer día vemos a Andrea con un libro entre las manos, el icónico “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach que tanto nos inspiró a los adolescentes de la década de los 70 y 80. Un libro que no pasará desapercibido en la historia… 

Toda la película se articula alrededor del empeño de Andrea por “recuperar el amor de su padre”, viaje que comparte con sus hermanos en una especie de odisea cotidiana por Cádiz, incluso tomando el barco que les lleva al Puerto de Santamaría, donde trabaja y vive ahora. Tantas obligaciones y ese pesar, hace que falte en ocasiones a clase, por lo que su tutor le dice: “Tengo mucha confianza en ti y no quiero que te pierdas en el camino”. Y en el colegio conocemos a Abel, un chico de su clase que se nota que está colado por ella, aunque ella está en otras luchas. Andrea intenta entender por qué sus padres se separaron: “Mamá, ¿qué pasó entre tú y papá?... ¿Pero tú le querías?”. Su madre sigue muy dolida y le dice: “Que tu padre no quiere verte. Que tienes que dejar de soñar…”.  Aunque la joven lo tiene muy claro: “Vosotros os separasteis. Pero nosotros seguimos siendo los hijos, de los dos”. 

La situación llega a una jueza, a quien le dice: “De mi padre quiero que me quiera. Bueno, que se ocupe de mí… Una respuesta suya y que me diga mirándome a la cara cuál es la situación, tanto si es buena como mala”. Finalmente el padre accede volverse a ver con sus hijos. Y en la comida que tiene padre e hija, esta le pregunta que por qué le regaló el libro de “Juan Salvador Gaviota”, pero el padre no lo recuerda… Es posible la escena que condensa algo muy duro para ella, pues se da cuenta que no puede tener el amor que busca. Pues ella se aferraba a ese libro lleno de mensajes y su padre ni lo recordaba. 

Y con ello llegamos a esas dos escenas finales en la playa de la Caleta. Una con Andrea, con su padre y sus dos hermanos en un día gris y ventoso. La otra con Andrea, Abel y sus dos hermanos en un día soleado. Y ese final esperanzador con los dos amigos tumbados en la arena con las manos entrelazadas y mirando al cielo. Quizás entonces se da cuenta de que esa es su familia y quienes lo aman. Andrea aprende que también los adultos se equivocan y que el amor no es el que nos imaginamos, que el amor no se demanda, lo da quien lo tiene… 

El valor de esta película es cómo nos presenta el abandono de estos hijos sin desbordamientos dramáticos. Hay una tristeza de fondo, una desilusión profunda ante unos progenitores ensimismados en su dolor, que priorizan sus rencores y nuevas vidas por encima del bienestar emocional de los hijos. Pero también hay mucha ternura, la que esta adolescente “adulta”, sometida a una madurez forzada, vuelca sobre sus hermanos. Y para reforzar esa sensación de cerco emocional, Manuel Martín Cuenca usa el formato 4:3, y también apuesta por actores no profesionales y una puesta en escena minimalista, casi transparente, que busca registrar la vida tal como ocurre, sin subrayados. 

El amor de Andrea es una meditación sobre la paternidad, la maternidad y la “fides”: la lealtad y la responsabilidad hacia quienes dependen de ti. El film muestra cómo el divorcio mal gestionado puede convertirse en una guerra donde los hijos se vuelven rehenes emocionales, víctimas de chantajes, mentiras y silencios. Invita a pensar en el daño silencioso del abandono emocional y en la responsabilidad adulta frente al deseo muy simple de una hija: ser vista, escuchada y querida sin condiciones. 

Y es posible que Andrea siga leyendo “Juan Salvador Gaviota” y reflexionando sobre algunos de esos mensajes inspiradores que otros adolescentes intentamos hacer nuestros: “Tienes la libertad de ser tú mismo y nada se puede poner en tu camino”, “Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas de tu cuerpo”, “Nunca te es concedido un deseo sin que te sea concedida también la facultad de hacerlo realidad, pero es posible que tengas que luchar por él”, “Las cosas más simples son a menudo las más reales”, “Una etapa ha terminado, y ha llegado la hora de que empiece otra”,… 

Y hoy hemos conocido un poco más el cine de Manuel Martin Cuenca, un director que contó con tres adolescentes de 15 años en tres películas clave de su filmografía: al principio fue María en La flaqueza del bolchevique, luego Inés en La hija, y ahora Andrea en El amor de Andrea. Y a esa edad yo también leí "Juan Salvador Gaviota" para aprender a volar...

 

sábado, 15 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (553). De “Kramer contra Kramer” a “Historias de un matrimonio”

 

El divorcio y la separación de los matrimonios es una situación tan habitual desde hace décadas que el cine no ha sido ajeno a ello y con un cine en todos los tonos: comedia, drama y melodrama. Se acostumbra a pensar en el divorcio como una situación entre dos partes, pero la presencia de hijos comunes de por medio convierte a la ruptura matrimonial en un acto que cabe afrontar con la mayor responsabilidad, respeto y cariño posible para proteger a esos menores, velar por su interés y asegurarse de que la situación en la pareja no afectará negativamente a su crecimiento. Y por muy bien que se haga, nunca es fácil. Especialmente para los hijos. 

El cine nos ha dejado películas de todas las hechuras sobre esas vivencias de los hijos ante la separación matrimonial, algunas ya presentes en Cine y Pediatría como ¿Qué hacemos con Maisie? (Scott McGehee y David Siegel, 2013),  Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014),  y Custodia compartida (Xavier Legrand, 2017)  Pero hay muchas más, como Tú a Bostón y yo a California (David Swift, 1961), Diferencias irreconciliables (Charles Shyer, 1984), Señora Doubtfire, papá de por vida (Chris Columbus, 1993), Mentiroso compulsivo (Tom Shadyac, 1997), Quédate a mi lado (Chris Columbus, 1998), Tú a Londres y yo a California (Nancy Meyers, 1998), Una historia de Brooklyn (Noah Baumbach, 2005), Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010), Sin amor (Andrey Zvyagintsev, 2017), y toda la prescindibles tituladas como Papá o mamá y sus variantes: las francesas Papá o mamá (Martin Bourboulon, 2015) y Papá o mamá 2 (Martin Bourboulon, 2016), la italiana Mamá o papá (Riccardo Milani, 2017) y la española Papá o mamá (Dani de la Orden, 2020). 

Pero hoy comentamos dos películas que, sin duda por su calidad, hacen olvidar algunos títulos de los previamente comentados. Dos películas que, con 40 años de diferencia, hablan de la trascendencia que en los hijos tiene cuando se acaba el amor en un matrimonio: una es un clásico del año 1979 producido por Columbia Pictures, ganadora de 5 Oscars, entre ellos el de mejor película, todo un icono, por título Kramer contra Kramer; y la otra es un film del año 2019 producida por Netflix, también ampliamente galardonada, por título Historia de un matrimonio. Y de hecho, entre ambas se han hecho comparaciones de cuál es mejor. 

Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) es una adaptación de la novela homónima de Avery Coman escrita dos años antes. Una película maravillosa que apenas ha perdido fuerza con el paso del tiempo, pues lo que narra es bastante universal. Ted Kramer (Dustin Hoffman) quizás pasa más tiempo en el trabajo que con su familia, y cuando regresa una tarde a casa con una buena noticia laboral se encuentra que su mujer Joanna (Meryl Streep) tiene las maletas hechas y decide abandonarle y también a su hijo Billy (Justin Henry), de poco más de 5 años. Una madre que llega a despedirse semanas después de su hijo por carta: "Mi querido y dulce Billy. Mamá se ha ido lejos. A veces, en la vida se van los papás y las mamás crían a sus pequeños hijos. Pero también puede irse una mamá y papá debe ocuparse de ti. Me he ido para encontrar algo interesante que hacer por mí misma. Todo el mundo debe hacerlo. Ser tu mamá es una cosa, pero también hay otras y esto es lo que debo hacer. No había podido explicártelo y por eso te escribo ahora. Siempre seré tu mamá y siempre te querré. Sólo que no estaré en casa sino que estaré en tu corazón. Y ahora he de irme para ser quien debería ser"

Cuando Ted descubre que no es una bravuconada de su mujer, despierta de su incredulidad y se aplica la tarea de aprender a ser padre procurando al mismo tiempo no descuidar su carrera profesional. Y lo logra con creces. Porque somos partícipes de la progresiva complicidad padre-hijo, y los fantasmas del pequeño: “Mamá se marchó porque fui malo, ¿no?”. Y la respuesta del padre, conciliadora: “¿Eso crees? No. No es eso, Billy. Tu mamá te quiere mucho y se marchó por algo que no tiene que ver contigo. No sé si tendrá sentido, pero intentaré explicártelo. Creo que mamá se fue porque por mucho tiempo intenté hacer de ella un tipo determinado de persona. El tipo de esposa que yo pensaba que debía ser. Y ella no era así. Ella era...No era así. Creo que intentó hacerme feliz durante mucho tiempo y cuando no podía, intentaba decírmelo. Pero yo no escuchaba. Estaba ocupado, muy liado sólo pensaba en mí. Y pensaba que si yo era feliz, ella era feliz. Pero creo que en el fondo ella estaba muy triste. Mamá no se fue antes porque te quiere mucho. Y el motivo de que quisiera irse era que no me soporta. No se fue por tu culpa, sino por la mía. Y ahora a dormir porque es muy tarde, ¿vale? Buenas noches. A dormir. Sueña con los angelitos. Hasta mañana”

Pero cuando ya se ha adaptado a su nueva vida y comienza a sentirse realizado como padre – es paradigmática la escena de él corriendo por las calles de Nueva York en busca de una urgencia donde atender la herida de Billy tras caerse en el parque -, Joanna vuelve un año y medio después y quiere recuperar a su hijo. Y ahí comienza la parte del proceso judicial que marca esta historia, allí donde las interpretaciones de ambos protagonistas alcanzan su cénit. Y es que estamos hablando de dos monstruos del séptimo arte, Dustin Hoffman, siete veces nominado al Oscar (de los cuales consiguió dos, por Rain Man  y por Kramer contra Kramer) y Meryl Streep, con 22 nominaciones al Oscar, récord que ninguna actriz supera (de los cuales consiguió tres, por La decisión de Sophie, La dama de hierro y por Kramer contra Kramer, aquí como actriz de reparto). 

Y la dureza de la lucha por la custodia compartida, con sus declaraciones. Como los argumentos de Ted: “Cuando mi ex mujer ha contado lo infeliz que era puede que en gran parte sea verdad. Hay muchas cosas que no entendía. Si pudiese, cambiaría muchas cosas pero a veces no puedes cambiarlas. Hay cosas que no pueden arreglarse. Mi esposa... Mi ex esposa dice que quiere a Billy, y yo la creo. Pero no creo que se trate de eso. Si lo entiendo bien lo que importa es lo mejor para nuestro hijo. Lo mejor para Billy. Mi esposa solía decirme: ¿Por qué una mujer no puede tener ambiciones? Tienes razón. Quizá eso lo he aprendido. Por lo mismo, me pregunto: ¿Quién dice que la mujer es mejor madre sólo por ser mujer? He reflexionado sobre qué es un buen padre. Se trata de constancia, de paciencia, escucharle o fingir que escuchas si no puedes. Se trata de amor, como ha dicho ella. ¿Quién dice que la mujer tiene la exclusiva y que el hombre tiene menos emociones? Conmigo Billy tiene un hogar. No es perfecto. No soy perfecto. A veces no tengo paciencia y olvido que es un niño pequeño. Pero ahí estoy. Desayunamos y me habla, luego vamos a la escuela. Por la noche cenamos juntos y hablamos y le leo cosas. Hemos construido una vida juntos y nos queremos. Si lo destruyes puede ser irreparable. Joanna, no lo hagas, por favor”. Pero pese a todo lo argumentado, al abandono de la madre sin causa mayor aparente por el padre, salvo su infelicidad, y pese a los desvelos del padre en ese año y medio por su hijo, llegó la resolución y el juez se inclinó por la custodia de la madre. 

Porque en estos juicios todos pierden. Especialmente los hijos. Y vemos como Billy lloró en el abandono y ahora llora en la resolución del juicio. Y la explicación del padre al hijo: “Los dos queremos vivir contigo. Y fuimos a ver a ese señor que es juez para que decidiese, porque es sabio. Hablamos con él y luego pedimos su opinión. ¿Sabes? Coincidió con mamá. Pensó que sería estupendo que vivieses con ella. Y yo cenaré contigo un día por semana. Y compartiremos dos fines de semana al mes”. 

Y esa gran escena final, con la vuelta atrás de la madre: “Esta mañana, al despertar he pensado en Billy despertándose en su habitación con las nubecitas que le pinté y pensé que debí pintarlas también en casa para que no la echase de menos. He venido para llevarle a casa. Pero ya está en su casa. Le quiero mucho. No me lo llevaré conmigo. ¿Puedo subir a hablar con él?”. Y Ted: “Claro. Sube y habla con él, yo esperaré aquí”. “¿Qué tal estoy?”, pregunta Joanna, y Ted le dice con cariño: “Estupenda”. Se cierra el ascensor. Y fin. 

Kramer contra Kramer, Dustin Hoffman contra Meryl Streep, dos monstruos de la interpretación (aunque en un principio los productores habían pensado en Al Pacino y Jane Fonda como protagonistas). 

Historia de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019) narra la historia de separación de una joven pareja, Charlie (Adam Driver), director de teatro, y Nicole (Scarlett Johansson), actriz, y que tienen un hijo de 6 años, Henry. La película comienza con muchas hermosas reflexiones de Charlie sobre su mujer, como ésta: “Es una madre que juega con su hijo, pero de verdad”. Y continúa con otras tantas reflexiones de Nicole sobre su marido, como ésta: “Adora ser padre. Le encanta todo lo que debiera odiar, como las rabietas o levantarse por las noches”. Y concluye con “Y sabe bien lo que quiere y no como yo, que nunca lo tengo claro”

Pero enseguida entendemos que esas son las palabras que nunca se dijeron, pensamientos llenos de un amor ahora manchado por el tiempo, donde solo quedan rencores y el vacío de una relación que agoniza. Un insufle de romanticismo en los primeros minutos de la película que se acaba abruptamente y sin piedad, cuando nos damos cuenta de que los dos protagonistas solo hablan para sus adentros, que son memorias que no quieren recordar en voz alta para no resquebrajar los muros impenetrables que ya han construido entre ellos y que les encamina hacia el divorcio. Y les vemos en una sesión de terapia de pareja, donde la separación ya es tanto física como emocional, y donde queda claro que la historia que veremos en adelante (llena de monólogos desgarradores, silencios incómodos y explosiones de rabia) trata de la incapacidad de comunicación cuando la armonía se ha roto. 

Es Historia de un matrimonio la historia de una ruptura contada desde las entrañas de un proceso de divorcio, con todos los protagonistas de ese camino: mediadores, abogados, psicoterapeutas, amigos y familiares. Y acaban más separados que las ciudades de Nueva York y Los Ángeles, donde ahora residen y su lucha de abogados por la custodia de su hija, la abogada de Nicole interpretada por Laura Dern y los de Charlie interpretados por Alan Alda y Ray Liotta. Y durante los juicios tienen que oír, en boca de estos abogados, todo lo que el subconsciente no fue capaz de expresar, mutuas y crueles acusaciones. Y por ello Nicole comenta a su marido: “Deberíamos hablar. Creo que las cosas han ido demasiado lejos”. Y quieren intentar solucionarlo entre ellos, sin abogados por medio, pero es mucho peor. Y acaban haciéndose sufrir más, con escenas casi teatrales, realistas, desgarradoras, emocionalmente duras. 

Y al final Charlie lee a su hijo la carta de Nicole, con sus virtudes y ese final: “Me enamoré de él a los dos segundos de conocerle. Y le querré siempre. Aunque esto ya no tenga sentido”

De Kramer contra Kramer a Historias de un matrimonio, dos buenas películas para describir cuando el amor de un matrimonio se acaba y solo quedan los reproches. Y lo que significa para la pareja. Y lo que implica para los hijos.




sábado, 9 de junio de 2018

Cine y Pediatría (439). “Custodia compartida”, los hijos como trinchera


Se denomina como custodia compartida a la situación legal mediante la cual, en caso de separación matrimonial o divorcio, ambos progenitores ejercen la custodia legal de sus menores de edad, en igualdad de condiciones y deberes sobre los mismos. A diferencia de la custodia monoparental, donde la guardia y custodia de los menores no emancipados se concede a uno solo de los progenitores, por costumbre la madre, la custodia compartida ofrece la oportunidad a los padres de custodiar a los hijos en igualdad de condiciones y con los mismo derechos y deberes, y garantizar a los hijos su educación, alimento, hogar, salud y cualquier otra circunstancia.  La custodia compartida puede ser conjunta o alterna (por periodos alternos de meses, semestres o incluso años) y siempre suele eliminarse el pago de la pensión alimenticia, puesto que se supone que cada progenitor se hace cargo de los gastos de sus hijos durante el periodo en que viven con ellos y el resto se soluciona a medias. 

Cuando en España se introdujo la custodia compartida en el Código Civil en el año 2005, solo un 2% de las familias se acogieron a esta opción, y actualmente ronda en el 30%, aunque muy desigual por Comunidades (40% en Cataluña frente al 8% en Extremadura). Y aunque la ley parece clara, existen aún dudas con la custodia compartida y situaciones en que no es conveniente para nadie, ya sea por motivos laborales, geográficos o por la existencia de conflictos muy graves, como en casos de violencia de género. 

Pero también nos referimos a con este término al título de una película francesa del año 2017, la ópera prima de su director, Xavier Legrand y por título, así: Custodia compartida, la inolvidable historia de una familia rota por la separación y donde un padre violento obtiene la custodia de su hijo. Una película denuncia en francés – y hablando de cine esto comienza a ser una garantía – que nos deja atados a la butaca y perplejos al enseñarnos una realidad tan a nuestro lado que nos olvidamos del horror que puede llegar a significar. 

Myriam (Léa Drucker) ha decidido dejar a Antoine (Denis Ménochel) y solicitar el divorcio para escapar de su comportamiento violento. Cuando pide la custodia de sus hijos para protegerlos de la ira de su marido, el juez del caso decide concederla compartida entre ambos cónyuges, lo que creará un conflicto de difícil solución. Consciente de que es víctima de un padre celoso y posesivo y de que debe proteger a su madre, el pequeño Julien (Thomas Gioria), de 11 años, vivirá una situación límite y hará todo lo que esté en su mano para que no ocurra lo peor. Y es así como Julien se ve forzado a compartir su vida con su padre por una decisión judicial, lo que no le ocurre a su hermana Joséphine (Mathilde Auveneux), a punto de cumplir los 18 años. 

Custodia compartida es una película escrita y dirigida por el debutante Xavier Legrand con la que logró el premio a mejor director y mejor ópera prima en el Festival de Venecia 2017, o también el premio Otra Mirada en el Festiva del San Sebastian, o también el premio a Mejor director y Mejor ópera prima en Cannes. Tras el cortometraje Antes de perderlo todo, por el que consiguió una nominación al Oscar, Legrand trata de nuevo un drama social sobre la violencia de género, en el que vemos a un hombre dispuesto a todo con tal de regresar con la mujer que le ha dejado por su comportamiento agresivo. Inspirándose en títulos como Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979), El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), Legrand expresa la complejidad de una separación con hijos de por medio en un contexto donde la violencia doméstica aterroriza a personajes y espectadores (esto es clave, una violencia que tortura nuestra conciencia), testigos directos de las dudas que la actitud del padre siembra en el juez, la presión a la que está sometido el hijo pequeño y el terror de la esposa acosada. A través de las perspectivas de los hijos, la película aborda las consecuencias de vivir en un ambiente tan asfixiante, que provocan que el pequeño quiera proteger a su madre, mientras la hija adolescente espera a ser mayor de edad para huir del conflicto familiar. Porque como nos recuerda su director, en la violencia doméstica los niños son las víctimas olvidadas. 

Una película difícil de olvidar, con dos momentos clave, el principio y final de la película, cada una de ellas de unos 15 minutos de duración. Introducción y desenlace que dejan un nudo de 60 minutos en medio que no tiene desperdicio. 
- En la introducción asistimos a una larga y tensa escena de un juicio lleno de primeros planos de Myriam, Antoine, sus abogados y la jueza, quien llega a preguntarles: “¿Cuál miente más de los dos…?”. Y la justificación del padre: “Yo solo quiero tener noticias de mis hijos”
- Un nudo en el que Julien transita en su custodia compartida entre la nueva vivienda de alquiler con su madre y el tiempo con su padre (al que llaman “ese”), en el que somos testigo del sufrimiento que los hijos pagan por los errores de los padres, esa vulnerabilidad extrema (“No me extraña que tus hijos no quieren verte” le dice el abuelo paterno a su hijo Antoine) y esa inocencia de la infancia amenazada (“Te has vuelto tan mentiroso como tu madre… Soy tu padre y tengo derecho a saber dónde vives”). Una película que se ve con el corazón en un puño y que nos introduce en medio del conflicto familiar y que nos aterroriza con las palabras del chico: “No quiero que pegues a mamá”
- Y el desenlace se convierte en un retrato genial (que no bello) del desamparo y del horror en esa vivienda más cercana de lo que pensamos. Todo comienza con una insistente llamada en el timbre de los megáfonos a media noche… y a partir de ahí casi la tragedia. Y la voz a través de la puerta del baño de una policía: “Se acabó señora, pues salir”. Pero no es cierto, la tragedia permanece y no ha hecho más que comenzar. Y el daño en el corazón y la mente de los hijos se mantiene… 

El director Xavier Legrand había ensayado una similar historia de malos tratos en su corto previo, Antes que perderlo todo (2013), protagonizado por los mismos actores de Custodia compartida, Léa Drucker y Denis Ménochet. El largometraje expande con inteligencia y tacto, sin tremendismos pese a que algunas situaciones resulten muy virulentas, la visión certera de una historia de violencia de género. Porque esta película espléndida marca un antes y un después. Una visión implacable. 

Una película para no olvidar que los hijos no pueden ser la trinchera de nuestras guerras como adultos. Que en una separación familiar todos pierden… más o menos. Que el que sea frecuente y habitual no le quita ni importancia ni gravedad. Y que los adultos/padres podemos hablar por los niños/hijos, pero no sentir lo que ellos sienten.

 

sábado, 19 de noviembre de 2016

Cine y Pediatría (358 ). "Después de la tormenta" llega la calma...


Ya es Hirozaku Kore-eda por méritos propios uno de los directores actuales japoneses de mayor éxito. Y a este director venido de oriente le pasa como hace una década al coreano Kim Ki-duk: que cada obra que estrena, y lo hace con frecuencia, es un éxito de crítica y público en occidente. Y, además, es ya por frecuencia y temática el director por antonomasia de Cine y Pediatría: cinco películas en su haber para este foro, tres obras ya comentadas, también la de hoy y otra pendiente. 

La primer película de Kore-eda que comentamos fue Kiseki/Milagro (2011), ese milagro del reencuentro familiar de dos hermanos que viven separados, uno con la madre y otro con el padre, y que nos acerca a la indisolubilidad espiritual de la familia. Luego vino De tal padre, tal hijo (2013) y que nos enfrentaba a dos preguntas: ¿quién es nuestro verdadero hijo… alguien con el que pasamos todo nuestro tiempo o alguien con el que compartimos la sangre?, o lo que es lo mismo ¿qué es más importante, la genética o la educación, nature or nurture? Y recientemente comentamos su penúltima obra, bajo el título de Nuestra hermana pequeña (2015), una profunda reflexión sobre cómo madurar sin la figura de los padres, y hacerlo en un hogar que es un espacio de supervivencia libre de resentimientos. 

Como vemos, es Hirozaku Kore-eda un director enamorado de la familia y de su repercusión en los hijos, con la familia y la infancia como campo de exploración y aprendizaje sentimental. Y así lo hace de nuevo con su última película, Después de la tormenta (2016), que hoy nos reúne, y como también lo hizo en una de sus primeras cintas, aquella con la que fue conocido en el séptimo arte y que le dio pasaporte a la fama, Nadie sabe (2004), na película definida como un brutal relato de supervivencia contado a vista de niño, y sobre la que profundizaremos en breve para cerrar esta pentalogía tan especial. 

Y aquí llega el mejor Hirozaku Kore-eda en Después de la tormenta con la responsabilidad de la paternidad, el valor de la familia, y el peso de los abuelos en la familia y el peso sobre los hijos de la familia, temas gravitatorios para su particular tifón y su posterior calma. La familia, ese infinito y delicado ecosistema producto de relaciones entre abuelos, padres e hijos (y también tíos y primos). Porque en sucesiva entrevistas ya nos deja claro el director que muchos de estos temas proceden de la propia experiencia (su padre pasaba mucho tiempo fuera de casa y no le prestó excesiva atención en la infancia, lo que le ocasionó un acusado miedo al abandono), aunque también recoja el testigo de cineastas de su país que supieron encontrar en la familia el germen de múltiples historias posibles, no por comunes menos conmovedoras, como Cuentos de Tokio (Yasujiro Ozu, 1953) o de entornos cercanos como El camino a casa (Zhan Yimou, 1999). 

La película comienza con el aviso del tifón número 23 del año en la isla. Una abuela y su hija hablan de dos figuras ausentes: el abuelo difunto y el hermano recientemente divorciado, dos figuras de fracaso masculino en sus entornos familiares. Es tal así que la abuela (excepcional Kilin Kiki, en su mejor interpretación tras Una pastelería en Tokio - Naomi Kawase, 2015) reconoce sentirse feliz de haberse quedado viuda y le dice a su hija: "Tener más amigas a mi edad significa ir a más entierros". Y a partir de ese momento la película tiene dos marcadas partes, casi simétricas en duración de casi 2 horas: una de presentación de todos los personajes de la familia y otra (pletórica) centrada en el pequeño apartamento durante una noche en la que transcurre el tifón. Una colisión de dos tormentas, la meteorológica y la familiar, difícil cometido solventado con ingenio a través de un buen guión y una buena dirección de actores. 

En la primera parte la historia se centra en el hijo y hermano, Ryota (Hiroshi Abe, visto en Kiseki/Milagro), un escritor venido a menos (realmente solo escribió una obra, por titula "La silla vacía") que se gana la vida como detective privado algo corrupto para sacar un dinero extra para intentar llegar a final de mes y aún así no lo consigue, pues el juego y las apuestas pueden más que él. Intenta ocultar su fracaso de vida ante su bella ex mujer Kyoko (Yoko Maki, vista en De tal palo, tal hijo), su hijo de 11 años Shingo (al que no le da para pagar la pensión alimenticia), ante su hermana (con la que tiene una relación tórpida y que le echa en cara que no utilice los recuerdos familiares en sus escritos, pues "los recuerdos de nuestra familia son de todos, no te pertenecen") y ante su madre (a la que intenta robarle dinero). Su madre le dice "Mentir se te da fatal. No te pareces a tu padre". Y él se defiende como puede: "Soy de los grandes talentos que tardan en despertarse". Pero él sabe que es un perdedor y llega a escribir en un papel: "Cómo ha podido mi vida llegar a esto?". Para que las cosas vayan peor descubre que su ex mujer tiene ahora un novio y hasta un colega en el trabajo le aconseja aquello de "No estarías mejor sin saber que el otro existe". Ryota se sabe un perdedor, pero intenta recuperar su papel de padre y se comporta como un bala perdida con buenos sentimientos, aunque hasta su jefe le espeta: "Has de dejar de ver a tu hijo. Hace falta mucho valor para saber que no formas parte de su vida"

Y es en la segunda parte, cuando la película crece enteros. La tormenta hace que padre, esposa e hijo se resguarden en el pequeño apartamento de la abuela (esas viviendas mínimas de Japón, esos barrios avisperos), quien aparece como figura salvadora, y quien busca la reconciliación intentando salvar a su hijo Ryota con diversas reflexiones, tanto a su ex nuera ("Es un adulto hecho y derecho, pero sigue necesitando que le cuiden"), a su nieto ("Dices que no quieres ser como tu padre, ¿por qué?") o a sí misma ("¿Por qué los hombres no son capaces de vivir el presente?"). Y en la larga noche se desarrollan las dos tormentas, mientras el viento y la lluvia azota el exterior de la ciudad, los sentimientos y el recuerdo azotan el interior de esta familia que fue y Ryota busca el último hálito para recuperar: "Y yo me pregunto si lo nuestro está realmente acabado", pero Kyoko lo tiene más claro: "Quiero inculcarle a Shingo que debe trabajar y no apostar para ganarse la vida" o "Los adultos no viven solo de amor"

El habitual estilo de Kore-eda en el uso de la cámara y de los diálogos (necesarios, sencillos, íntimos y llenos de empatía) hace que esta nueva reflexión sobre las relaciones familiares se convierta en una tormenta en el espectador y resta esta reflexión del padre a su hijo, mientras están resguardados esa noche de tifón en el tobogán del parque: "Da igual si no eres lo que quieres ser. Lo importante es seguir intentándolo y ser lo que quieres ser"

La familia a través de la sensibilidad, el amor, la empatía, la calma después de la tormenta a través de esta buena película, de la que el propio Kore-eda ha declarado: "Quizás se la película que más lleva de mí. Cuando muera, si debo ir ante Dios o el Juez del Más Allá y me pregunta por lo que hice en la Tierra, creo que lo primero que le enseñaré será Después de la tormenta"

Porque es importante no confundir el momento en que uno visualiza una tormenta, y no debemos confundir Después de la tormenta con Antes de la tormenta (Reza Parsa, 2000), otra sorprendente película ya analizada en Cine y Pediatría, una película sobre el miedo que trastorna las vidas, la de los adultos y la de la infancia. 

Sea como sea, ambas películas condensan uno de los pensamientos de Guillermo Ballenato, un psicólogo especializado en comunicación, también docente y escritor: "Del pasado eliminar la culpabilidad. Del presente eliminar la queja. Del futuro eliminar el miedo". O el sabio pensamiento, uno más, de la abuela de nuestra película de hoy: "No se encuentra la felicidad hasta que se es capaz de desprenderse de ciertas cosas".

 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Nuev@s hij@s, nuevas familias

En la actualidad, frente al modelo tradicional de familia se erigen otros muchos. Ya no hay una familia, sino que existen diversos tipos de convivencias familiares, y así nos lo recordaba hace poco más de un mes un artículo especial en El País

Algunos de estos modelos derivan del patrón de familia convencional, si bien con las modificaciones propias del devenir histórico. De este modo, aparece el divorcio y, como consecuencia, la posibilidad de que las familias se reconstruyan. Pero también ocurre que algunas parejas son estériles y, no obstante, quieren llegar a constituirse en familia para lo que es necesaria la presencia de l@s hij@s, que hay que buscar entonces en la adopción. En otras ocasiones se constituyen otras formas de convivencia basada en la identidad personal y sexual de sus integrantes. Ello nos fuerza a realizar un ejercicio intelectual y ético a fin de plantearnos el bienestar de l@s hij@s y no solamente el deseo de los integrantes de la pareja parental o monoparental. 

Con estas palabras en la contraportada se presenta el libro “Nuevos hij@s y nuevas familias” cuyo autor es José Luis Pedreira Massa, especialista en Psiquiatría y en Pediatría y que, actualmente, trabaja como psiquiatra infanto-juvenil en el Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid. José Luis es un buen amigo, hasta el punto que nos regaló un gran prólogo en "Cine y Pediatría 4", y también me regaló este libro hace tres meses con una dedicatoria muy especial. Ha sido con el tiempo libre que nos ofrece las vacaciones cuando he podido dedicarme a su lectura y comprobar la ciencia y la conciencia que atesora, escrito con la personalidad de su autor, con inteligente sentido del humor, riguroso, profundo y con la visión poliédrica que él emana y que invita a algo muy importante en este tema: el respeto y la tolerancia.  

Un libro de 276 páginas de fácil lectura, divulgativo para cualquier lector, pero que rezuma conocimiento y se apoya en bibliografía actualizada y que, tras el prólogo de Javier Urra, nos adentra en estos capítulos, que paso a reseñar: 
- Fundando la familia 
- Parentalidad y filiación: un proceso en cambio 
- La violencia en la familia: el sufrimiento infantil 
- L@as niñ@s del divorcio 
- Venerar lo inexistente: síndrome de alienación parental 
- La adopción hoy 
- No todo es de color de rosa en y desde la adopción 
- Viejos y nuevos orfanatos 
- ¿Cómo se sobrevive en un orfanato? 
- Homoparentalidad 
- De factor de riesgo a factor de protección: la resiliencia. 

Creo que la solo lectura de sus capítulos invita a profundizar en él. Un libro que finaliza con este párrafo del autor, motivo de suficiente reflexión: “Para concluir, un consejo a quienes han optado por una de estas modalidades de familias nuevas: adopten esa identidad sin complejos y con decisión, y si tienen dificultades, busquen ayuda, y a las familias convencionales que se enfrentan o afrontan situaciones relacionadas con la familia de nuevo cuño: sean comprensivos y respetuosos, aunque no sean de su agrado; tengan en cuenta el hecho de que algo no les guste no significa que sea malo”.

sábado, 8 de febrero de 2014

Cine y Pediatría (213). “¿Qué hacemos con Maisie?”, ¿qué hacemos con algunos padres irresponsables…?


La familia, ese entorno en el que se desarrolla cualquier vida y durante toda la vida, es el espejo en el que se miran muchos guiones cinematográficos. Y máxime porque la familia, como microsistema dentro de cualquier sistema social, ha sufrido los cambios de la sociedad en forma paralela. En sentido evolutivo, la familia cambiará a medida que la sociedad cambie. Sobre la familia hemos profundizado en “Cine y Pediatría” en repetidas ocasiones, pero hoy nos viene a la memoria, especialmente, la película Los chicos están bien (Lisa Chodolenko, 2010). 

Pues bien, de los mismos productores de Los chicos están bien y contando con la misma actriz principal (Julianne Moore), disfrutamos de un estreno que pone el dedo en la llaga sobre otro modelo actual de familia del siglo XXI, aquélla donde el éxito profesional se antepone al cuidado de los hijos. Hablamos de una película más que recomendable: ¿Qué hacemos con Maisie? (Scott McGehee y David Siegel, 2013) y cuyo guión se fundamenta en la novela publicada en 1879 por Henry James “What Maisie Knew”, en este caso como un revisión contemporánea y neoyorquina de aquella novela de corte victoriano. Y lo que más sorprende es que han pasado 135 años entre la novela original y esta versión, en forma de película, y lo que se cuenta es totalmente vigente para la familia y para el ser humano. 

¿Qué hacemos con Maisie? está construida alrededor de un simple concepto: la singular perspectiva de Maisie (Onata Aprile, protagonista absoluta y gran hallazgo del cine y para el cine), una niña de 6 años que se encuentra en medio de la lucha por su custodia entre su madre Susanna (Julianne Moore), una madura (y algo caduca) estrella del rock, y su padre Beale (Steve Coogan), un atareado empresario marchante de arte. Dos padres que quieren a Maisie, pero quizás no tanto como a su éxito profesional, y donde las habituales disputas acaban con el matrimonio. En la pugna por conseguir el favor del juez para la custodia de la hija, Beale se casa con la joven Margo (Joanna Vanderham), la niñera habitual de Maisie, lo que empuja a Susanna a casarse con su joven amigo Lincoln (Alexander Skarsgård). 

Con sus padres inmersos en una batalla que no beneficia a nadie, Maisie se encariña de las nuevas parejas de sus padres, quienes si le dedican tiempo de calidad y pruebas de amor para un niño (el juego, la lectura, los paseos, etc.). Y de nuevo, una pregunta surca el aire, como lo hiciera con la película japonesa De tal padre, tal hijo (Hirokazu Kore-eda, 2013): “nature or nurture?”, es decir, quién es el verdadero padre y la verdadera madre, los que recibimos por los genes o los que encontramos por el cuidado real y la verdadera educación. 

La peculiaridad de este película (y el gran hallazgo), es que todos los problemas de la familia y de los padres los vemos y los oímos a través de una increíble Maisie, nunca en directo, y sí rodeados de sus juguetes, sus muñecas, sus cuentos…, sus increíbles ojos transparentes y la expresión de esa cara de ángel con pecas. Y con ello se muestra al espectador no sólo lo que Maisie debe de estar sintiendo en cada momento, sino lo que está sintiendo como una niña que busca su propia voz susurrante en un mundo lleno de ruido. Así, el punto de vista inocente de Maisie impregna al filme de belleza, equilibrio y ligereza, una ligereza para nada exenta de carga melodramática que sorprende, dados los acontecimientos que se suceden. 
Porque pese a toda la sinrazón de esos padres y de ese matrimonio, pese a la violencia moral (nunca física) de la película, pese a que la niña va y viene como un paquete (ante la irresponsabilidad de sus padres),… la niña sólo lanza una lágrima (digo bien, una) en toda la película. 

Porque ¿Qué hacemos con Maisie? es una emotiva película sin estridencias, y que muchos espectadores verán como a medio camino entre Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) y Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009), pero con la peculiaridad de que Onata Aprile nos envuelve en los múltiples recovecos de la sensibilidad infantil y nos lanza una pregunta casi moral: ¿qué hacemos con los padres irresponsables…?. 

Una Maisie preciosa de la que no olvidaremos las expresiones de su cara, sus ojos, sus tenues pecas, su precioso pelo liso… y, sobre todo, no olvidaremos la maravillosa colección de vestidos (que si, como dice mi mujer, uno volviera a tener una hija, la vestiría así…). Y que ante tanto padre irresponsable que anda suelto por la vida (de forma consciente o inconsciente), posiblemente ningún espectador en la sala no salga con el pensamiento de adoptarla… Porque películas como ésta, tan sencillas como honestas, son muy reivindicables: esta crónica de una ruptura familiar en trazo fino sobre los feroces daños colaterales en los hijos.

 

sábado, 4 de agosto de 2012

Cine y Pediatría (134). “Kiseki” o el milagro del reencuentro familiar


El cine japonés es recordado en occidente por algunos autores muy concretos y en tres épocas principales: 

1) Una época clásica con Kenji Mizoguchi (La historia del último crisantemo, 1939; Vida de O-Haru, mujer galante, 1952; Cuentos de la luna pálida, 1953), Yasujirō Ozu (Primavera tardía, 1949; Cuentos de Tokio, 1953; Buenos días, 1959) y el incombustible Akira Kirosawa (Rashomon, 1950; Los siete samuráis, 1954; Dersu Uzala, 1975; Ran, 1985). 

2) La llamada nueva ola japonesa con Nagisa Oshima (Historias crueles de juventud, 1960; El imperio de los sentidos, 1976; Feliz Navidad, Mr. Lawrence, 1983) y Shohei Imamura (La balada de Narayama,1983; La anguila, 1997; Agua tibia bajo un puente rojo, 2001). 

3) Y los directores más actuales, entre los que destaca los peculiares Takesi Kitano (Sonatine, 1993; Flores de fuego, 1997; Zaotichi, 2003) y Takashi Miike (The bird people in China,1998, Audition, 1999; Dead or alive: Hanzaisha, 1999); y algunos otros, como el director Hirokazu Kore-eda.

Sobre este último director y sobre su última obra, Kiseki, centraremos nuestra atención. Los inicios del cine de Hirokazu Kore-eda partieron del inconformismo documental a finales de los 80. En 1995 firmaba su primera obra de ficción, Illusion, y ya pronto se convirtió Kore-eda en un predilecto del circuito de festivales. Se consolidó con After life (1988) y Distance (2001), pero es con Nadie sabe (2004) con quien se gana a la crítica (una película definida como un brutal relato de supervivencia contado a vista de niño, y sobre la que profundizaremos en una posterior entrada de Cine y Pediatría). Sus siguientes películas implican claros cambios de registro: Hana (2006), Caminando (2008) y Air doll (2009) y, en estos momentos, Kiseki (2011). Empeñado en reinventarse, en ser un director diferente a cada paso, el cineasta japonés más internacional del momento, cambia radicalmente de tercio en muchas de sus películas.

Es Kore-eda un director que explora en sus películas temas tales como la memoria, la muerte y asumir la pérdida. Y que nos ha dejado con su última obra una sencilla y gran película, entre las mejores del año: Kiseki, comedia dramática llena de humanidad que consagra a su director como uno de los grandes directores asiáticos vivos. Interesante película que, sin embargo, ha pasado prácticamente desapercibida en España, pues se ha estrenado en contadas salas en nuestro país y durante muy poco tiempo (esto acaba ya siendo una tónica peligrosa en nuestra maltrecha cultura cinematográfica).

Kiseki (Milagro) es una comedia dramática que nos muestra la indisolubilidad espiritual de la familia, en la que dos hermanos, separados a causa de un matrimonio roto, creen en el milagro de poder volver a estar juntos y completar las piezas del puzle que faltan para que su infancia vuelva a ser como antes, cuando estaban todos unidos. Kore-eda retrata el universo infantil con una sensibilidad extrema (como ya lo hiciera en Nadie sabe), en una historia llena de esperanzas e ilusiones rotas, en la que la magia y los sueños propios de los niños conquistan al espectador con una trama amable, incorporando elementos humorísticos. La cinta ha obtenido el Premio al Mejor guión y el Premio SIGNIS en el Festival de Cine de San Sebastián del 2011.

Dos hermanos se sienten desdichados por que están separados el uno del otro, en los extremos de la isla de Kyushu. Ryunosuke (Ohshirô Maeda), el hermano menor de 10 años, vive con su padre en Hakata, al norte de la isla; y Koichi (Koki Maeda) el mayor de 12 años, reside con su madre y abuelos en Kagoshima, al sur de la isla. Dos hermanos con caracteres muy diferenciados: el mayor es muy sensato, como su madre; el pequeño, un simpático seductor como su padre; se complementan para crear armonía en la diferencia. Igual de logrados están los papeles de sus amigos, cada uno de ellos con su pequeña historia, su pequeño sueño. El divorcio de sus padres les ha separado, pero Koichi solo desea que vuelvan a estar juntos. Cuando se entera de que un nuevo tren bala a punto de inaugurarse unirá las dos ciudades, empieza a creer que ocurrirá un milagro en el momento en que los trenes se crucen a toda velocidad. Durante una clase oye esta explicación de un amigo a otro: “El tren Sakura viene de Kagoshima a 260 Km por hora. El tren Subame viene de Hakata a 260 Km por hora. Algo ocurre cuando los dos se cruzan. Un milagro…sí, por la energía que se desprende. Si alguien lo ve, su deseo se hace realidad”. Y entonces surge la idea… 

Kiseki es la película de un director más que nunca enamorado de la idea de la infancia como terreno de incontenible exploración y aprendizaje sentimental, casi una reverencia a la complejidad de la psicología infantil. Esta película tiene algunas similitudes con otra obra de otro maestro del cine japonés: Takesi Kitano y el viaje emocional de El verano de Kikujiro (Takeshi Kitano, 1999), con ese niño en su tránsito de búsqueda. Kisaki cuenta con un buen grupo de niños japoneses, encabezados por los dos hermanos protagonistas (hermanos delante y detrás de la pantalla), constituido por el dúo cómico Maeda Maeda, los hermanos Koki y Ohshirô, auténtico acontecimiento en Japón, donde gozan de enorme éxito y de una fama sin precedentes. Y es ese viaje de los dos hermanos y de sus amigos en busca del cruce de trenes balas, en donde cada niño expresa el deseo que buscaba cumplir: “ser actriz”, “dibujar mejor”, “correr más deprisa”, “que mi padre no apueste tanto”, “que volvamos a ser una familia unida”,… 

Kiseki propone, además, un escenario inédito. Por primera vez Kore-eda acepta un encargo, una película de productor, a cuya gestación es ajeno. Pero hubo dos poderosos motivos para aceptar: es un amante de los trenes y, además, acaba de ser padre y le apetecía especialmente hacer una película con niños en un registro opuesto, mucho más amable, al de la complicada Nadie sabe

Kore-eda cambia radicalmente de tono y de registro (otra vez) con esta entrañable fábula familiar en la que vuelve a exhibir su extraordinario toque para dirigir niños y su extraordinaria sensibilidad retratando el universo mental y emocional de la infancia. Y es capaz de hacer tanto con una historia tan sencilla. Kiseki (Milagro) es la obra de un director más que nunca enamorado de la idea de la infancia como exploración y aprendizaje sentimental. Ese cine dedicado en su última y brillante década a hablar de la pérdida como ese sentimiento aplicado a la infancia todavía inocente. Así lo palpamos claramente cuando Ryunosuke espera en casa a su padre y le dice: “Debo hablarte, papá, siéntate. Aparento que lo paso muy bien, pero desde que os separasteis, he tenido que aguantar mucho”. Porque en la separación de unos padres siempre pierden los hijos y eso lo conocen (aunque no siempre lo re-conocen) los padres, y eso lo conocemos los pediatras (partícipes, en muchas ocasiones, de esta noticia tan habitual en las familias actuales como es el divorcio). De ello nos habla Kiseki, del posible “milagro” de un reencuentro familiar tras la separación de los padres. En el fondo, es un “milagro” que muchos niños sueñan, aunque no se lo preguntemos (o no lo queramos conocer).