sábado, 4 de julio de 2026

Cine y Pediatría (860) “El Hotel New Hampshire” y la familia en construcción

 

John Irving es un escritor que sigue transportado su estilo decimonónico ya durante medio siglo, regalándonos tramas complejas y un enfoque en el azar que altera vidas. Sus personajes son dickesianos y donde incluye temas que han sido importantes en su devenir como persona y literato, como Nueva Inglaterra, Austria, los osos, la ausencia paterna, la lucha libre, la sexualidad no ortodoxa (incesto, transexualismo, violación, prostitución) y las muertes accidentales. Además, es uno de esos novelistas que mantiene con el mundo del cine una relación estrecha, compleja y a veces problemática, que oscila entre el éxito de las adaptaciones de sus novelas, su trabajo directo como guionista y su crítica a la forma en que Hollywood traduce su literatura. 

Es así que de sus 16 novelas escritas hasta la fecha, cinco han sido llevadas a la gran pantalla, tal como recordamos en un post de hace muchos años, cuando destacamos dos de estas adaptaciones: El inolvidable Simon Birch (Mark Steven Johnson, 1998), basada en la novela “Oración por Owen”, emotiva historia de amistad entre Simon Birch (Ian Mitchel Smith), un niño afecto de enanismo por síndrome de Morquio, y Joe (Joseph Mazzello); y Las normas de la casa de la sidra (Lasse Hallström, 1999), basada en la novela “Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”, esa especial relación entre Homer Wells (Tobey Maguire), quien ha vivido durante toda su vida entre las paredes del aislado orfanato de St Cloud, y el director del centro, el doctor Larch (Michael Caine). Pero también recordamos El mundo según Garp (George Roy Hill, 1982) y Una mujer difícil (Tod Williams, 2004), ambas basadas en sus novelas homónimas, y la que hoy nos convoca: El hotel New Hampshire (Tony Richardson, 1984)

El Hotel New Hampshire se fundamente en la novela homónima de John Irving y que cuenta con dirección y guion de Tony Richardson, el que fuera una figura clave del Free Cinema y de la nueva ola británica, con un cine muy atento a la realidad social, la clase obrera y los conflictos morales de la posguerra. Su estilo combina realismo social, espíritu rebelde, energía visual y una mirada crítica que suele mezclar humor, rabia y compasión. Y, además, le atrajo mucho la adaptación literaria y teatral, versiones que podían parecer clásicas en la forma pero, al mismo tiempo, eran muy modernas en su actitud. Y todas esas cualidades las utilizó en la adaptación de El Hotel New Hampshire, obra de madurez tras dejarnos títulos como Mirando atrás con ira (1959), La soledad del corredor de fondo (1962), Tom Jones (1963), Mademoiselle (1966), o Un sabor a miel (1961), obra esta que ya forma parte de Cine y Pediatría.  

El hotel New Hampshire es una historia familiar extravagante sobre los Berry y sus cinco hijos, y esos varios hoteles levantados como si la familia misma fuera una obra en construcción permanente. Una película que convierte la vida doméstica en una mezcla de melodrama, farsa y relato de iniciación. La historia arranca cuando Win Berry (Beau Bridges), estudiante de Harvard, conoce a Mary (Lisa Banes) mientras trabaja en un hotel de la costa; se casan y, tras la guerra, deciden levantar su propio hotel en el recuerdo de aquel lugar idealizado. A partir de ahí, la familia crece y cada uno de sus cinco hijos encarna una forma distinta de desajuste, deseo o búsqueda de identidad: Frank (Paul McCrane), el “raro", quien lidia con su homosexualidad y tiene una personalidad algo sombría; Franny (Jodie Foster), la carismática, la más fuerte y la líder natural del grupo de hermanos; John (Rob Lowe), el hermano mediano, el responsable y narrador de la historia, quien mantiene una intensa y peculiar relación con su hermana Franny; Lilly (Jennifer Dundas), quien padece enanismo y se refugia en la escritura desde muy joven; y Egg (Seth Green), el eterno benjamín y el más frágil de la familia. 

El relato se desplaza luego a Austria, donde los Berry intentan abrir el segundo hotel New Hampshire y terminan atrapados en una trama política y absurda, antes de volver de nuevo a Estados Unidos años después, donde el tercer hotel New Hampshire se erigirá como un refugio para curar las heridas acumuladas a lo largo de los años. Porque el núcleo narrativo no es solo “qué les pasa”, sino cómo la familia sobrevive a pérdidas, violencias, amores imposibles y fracasos sucesivos. Esa resistencia, a veces desordenada y casi siempre afectiva, es la auténtica columna vertebral del filme. 

El hotel New Hampshire es un lugar en el que cada personaje tiene que crecer (aunque no sea físicamente), encontrarse a sí mismo y descubrir su lugar en una familia tan caótica como lo es el mundo en el que vivimos, así como descubrir una manera de salir adelante y superar las adversidades sin acabar volviéndose completamente loco. Aunque para ello haya que tomar medidas poco convencionales y, en ocasiones, arrasar con todo. Y en el camino aparecen otros personajes peculiares como el abuelo (Wilford Brimley), un apasionado del levantamiento de pesas y del ejercicio físico, Susie the Bear (Nastassja Kinski), una joven profundamente insegura que camina siempre disfrazada con un traje de oso para ocultar sus complejos, o Freud (Wallace Shawn), un viejo amigo del padre de la familia que es judío, ciego, y dueño del oso llamado State o´ Maine 

Se suele considerar una obra de culto por su tono híbrido, entre comedia negra, drama familiar, sátira sexual y fábula sentimental. Y donde uno de los rasgos más comentados es su audacia temática: aparecen el incesto, la homosexualidad, la violencia sexual, la mezcla racial y el terrorismo, todo ello tratado con una extraña mezcla de humor y dolor. Esa acumulación de elementos hace que muchos espectadores la recuerden como una película desconcertante pero muy singular. Pero otros detalles memorable son la presencia de esos animales: el oso, ligado a la figura de Freud, y el perro labrador que expulsa flatulencias, convertido en un símbolo grotesco de la excentricidad familiar. 

Pero más allá de su rareza, la película puede leerse como una reflexión sobre la familia como refugio y también como lugar de conflicto, donde cada hotel funciona como espacio de convivencia imperfecta, casi un microcosmos de la familia Berry, esa metáfora de la casa interior que se construye entre todos, con ruinas, reparaciones y memoria. Allí donde Win y Mary no encarnan una crianza ideal, pero sí una voluntad radical de mantener unidos a sus hijos, incluso cuando el entorno es caótico y doloroso. Porque en los Berry, cada hijo busca su sitio desde la diferencia, y la película sugiere que una familia valiosa no es la perfecta, sino la que resiste, escucha y permanece, allí donde el amor convive con el desconcierto, una idea hermosa y muy irvingiana.

 

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