Mostrando entradas con la etiqueta maestros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta maestros. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de marzo de 2025

Cine y Pediatría (790) “El último vagón”, oda a la escuela

 

Ángeles Doñate, periodista española de formación y vocación, ha combinado su trabajo en periódicos y revistas con la enseñanza y la comunicación institucional, siempre vinculada al mundo educativo. Además, consta en su biografía que dedica parte de su tiempo a enseñar a leer y a escribir a personas adultas de manera voluntaria. Está claro que la docencia no le es ajena. En su faceta literaria, tras publicar algunos libros de ensayo, dio su salto a la novela con “El invierno en que tomamos cartas en el asunto” (2015), y entre sus obras hay una posterior que ha alcanzado gran popularidad, adaptada al cine, y que rinde homenaje a las escuelas y maestros comprometidos: “El último vagón” (2019), una historia conmovedora ambientada en México y que desde ese país, y distribuía por Netflix, ha visto su adaptación cinematográfica con título homónimo.
 
El último vagón (Ernesto Contreras, 2023) es una película sencilla con mensajes poderosos, buen cine para ver en familia. Allí donde poder revisar temas de tanto interés como la importancia de la educación (especialmente en comunidades marginadas), el valor de los maestros, la amistad y solidaridad desde la más tierna infancia, así como la resiliencia y esperanza desde las familias. Nuestro protagonista es Ikal Machuca (Kaarlo Isaacs), un niño de 11 años, hijo de unos obreros que trabajan en la construcción de las vías del ferrocarril, nómadas por el país. En el nuevo destino acudirá a la escuela vagón Malinalli Teneplat, donde la maestra Georgina (Adriana Barraza), hará todo lo posible para que Ikal aprende a leer y pueda convivir con sus nuevos compañeros (Valentina, Chico, Tuerto,…) y su perro Quetzal. Cabe destacar que en la novela se habla de un maestro, Don Ernesto, que aquí se transforma en maestra, Doña Georgina. Pero no importa el sexo, sino los grandes mensajes que el maestro / la maestra vierten en ese alma en construcción que es todo niño y niña que acude a las aulas. Estos son algunos de las frases inspiradoras que Doña Georgina a Ikal: “Le felicito, joven. Acaba usted de leer su primer libro” o “Mientras usted esté vivo, usted puede convertirse en lo que quiera y puede vivir en donde quiera. Usted que está vivo, escoja bien su vida. Elija bien lo que quiere para que sea feliz”

Pasa el tiempo y vivimos la convivencia de estos compañeros de clase (las aventuras en el río, la llegada del circo, el primer amor,…), tiempo en el que Ikal recibe la gran noticia de que sus padres deciden quedarse ya en este pueblo. Y a la pregunta de la maestra, “¿Alguna vez usted ha pensado lo que quisiera ser de grande?”, su respuesta es contundente, pues quiere ser maestro. Pero cuando el padre fallece, tienen que volver a partir y dejar todo lo que le hacía feliz, incluyendo el apoyo de esa maestra que le despide así: “Es usted un tritón. Alguien que sabe adaptarse a cualquier lugar. Nunca se subestime, Ikal”. Y antes de partir y que Ikal diga “No quiero volver aquí…”, la maestra adelanta la foto de fin de curso con todos los alumnos. 

Y esa foto en blanco y negro es la que nos enlaza con otro personaje que se nos ha presentado entre la historia previa. Es un joven inspector de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Hugo Valenzuela (Guillermo Villegas), quien tiene la misión de comunicar el cierre de muchas escuelas rurales. Y una de estas escuelas es la que hemos conocido, y cuando llega le comunican que ya hace siete años que la directora falleció, y ahora es otra joven maestra la que se hace cargo. No es difícil intuir que esa joven es su compañera Valentina, y que este inspector es Ikal, en realidad Ikal Hugo Machuca Valenzuela, quien enfadado por lo ocurrido rompió con su pasado y decidió utilizar su segundo nombre y apellido. Y con los recuerdos de esa foto de fin de curso, recuerdan el tiempo pasado y sus amigos, pero también llega el compromiso, pues ambos deciden hacerse cargo de esta escuela rural y cumplir el sueño que les inculcó aquella apasionada maestra. 

En un viaje que le llevará a reencontrarse con su pasado, Ikal/Hugo deberá jugarse su futuro, descubriendo que hay huellas que no se pueden borrar, como la familia, los amigos y la escuela. Como las del primer amor o las de un maestro, que a través de la curiosidad y el cariño, nos abre las ventanas al mundo. Y ya lo decía el famoso escritor de radio y televisión estadounidense, Andy Rooney, en un pensamiento que ya es un clásico: “La mayoría de nosotros no tenemos más de cinco o seis personas que nos recuerdan. Los maestros tienen miles de personas que les recuerdan por el resto de sus vidas”

Una novela escrita por una barcelonesa con sabor a México, dirigida por un mexicano, con localizaciones en Tlaxcala, Puebla y Veracruz, y con un contexto histórico real, pues la película hace referencia a las "escuelas Artículo 123", que fueron instituciones educativas creadas en México durante los años 20 y 30 para atender a los hijos de los trabajadores de empresas agrícolas e industriales, especialmente aquellos que se desplazaban por el país. Y que es el contexto de nuestra historia… con esas familias de trabajadores ferroviarios y ese último vagón que cabe no perder. 

Porque El último vagón nos deja al menos estos cuatro mensajes para compartir con los más pequeños de la familia: la educación como motor de cambio (y herramienta fundamental para combatir la desigualdad y construir un futuro más justo), la huella imborrable de un buen maestro o maestra, la importancia de los sueños (y de no rendirnos ante las dificultades) y el poder de la comunidad (con la familia y la escuela en el epicentro). 

La enésima oda a la escuela, a los maestros y a la educación. Y porque la vida nos enseña que es la mejor maestra.

 

sábado, 7 de septiembre de 2024

Cine y Pediatría (765) Profesores singulares en las infancias del mundo

 

Son decenas el número de películas que hemos ido desgranando ya en Cine y Pediatría alrededor de la docencia en las aulas y junto a esos alumnos peculiares y profesores singulares. Algunos de estos docentes ya quedan grabados en nuestra memoria fílmica, y baste recordar algunos como Arthur Chipping o Mr. Chips, Ana Sullivan, Mark Thackeray, John Keating, Glenn Holland, Sean McGuire, Katherine Watson, Clément Mathieu, Erin Gruwell, Brad Cohen, Bachir Lazhar, Anne Gueguen, Dieter Bachmann, María Montessori, entre otros muchos profesores ficticios o reales.           

Profesores singulares en la formación de la infancia, a los que hoy sumamos dos títulos más, uno desde Italia y el otro desde Francia (país donde la filmografía alrededor de la educación siempre ha estado muy presente), aunque ambientado en Groenlandia. 

- Un profesor singular (Marco Ferrari, 1979) gira alrededor de Roberto (Roberto Beningni), un joven neófito en la docencia, quien consigue un nuevo trabajo como profesor en una guardería y acaba incorporando peculiares métodos educativos. Es el primer y único encuentro entre dos italianos singulares, el director Marco Ferreri (quien filmó en España tres obras que se encuentran entre lo mejor de su filmografía: El pisito, 1958; Los chicos, 1959; y El cochecito, 1960) y el actor Roberto Benigni (que forma parte ya de Cine en Pediatría en obras como La vida es bella y Pinocho, en ambas como director y actor). Para el histriónico Beningi este era su segundo papel protagonista, tras Berlinger, te quiero (Giuseppe Bertolucci, 1977) y su pequeño papel en La Luna (Bernardo Bertolucci, 1979).    

Y es que el papel le va Benigni como anillo al dedo, el de este histriónico profesor que se enfrenta cada día a decenas de preescolares y que usa particulares métodos docentes, como un televisor, una grabadora o un asno. No es de extrañar que alguien le diga: “Hoy en día los maestros estáis locos”. Y con los persistentes acordes del bandoneón del tango, somos espectadores de su enamoramiento con Isabella (Dominique Laffin), la madre de una de sus alumnas, así como su convivencia con un compañero de piso, Luca el Magnífico, con un fenotipo peculiar que mezcla características de un síndrome de Marfan y un cromosoma X frágil, así como ese alumno que no habla y no quiere comer, GianLuigi, con rasgos de un trastorno del espectro autista (distorsión profesional, claro está, ambas divagaciones). 

Una extraña película, no fácil de entender y encuadrar, donde la excesiva espontaneidad actoral y la libertad de grabación nos lleva a la isla de Cerdeña, allí donde acuden algunos niños de la guardería con Roberto e Isabella a punto de parir, momento en el que una niña nos devuelve esta reflexión: “Todos nacemos de la tripa. Después te haces mayor, vas a la escuela. Luego te vuelves viejo”. Y el final de la película nos lleva a esa playa donde las olas ahogan el llanto del recién nacido y el sonido del bandoneón. 

Porque Un profesor singular es una película singular de la suma de un director y actor singulares que se enfrentan a un guion singular. 

- Profesor en Groenlandia (Samuel Collardey, 2018) es la historia de Anders (Anders Hvidegaard, interpretándose a sí mismo), un profesor recién licenciado, quien decide dejar su Dinamarca natal en busca de una aventura laboral en Groenlandia (como sabemos, un territorio danés autónomo que es la mayor isla del mundo y que atesora una de las más bajas densidades de población). De nuevo un profesor sin experiencia, como nos ocurría en Un profesor singular, pero aquí con toques de la mítica Nanook, el esquimal (Robert J.Flaherty, 1922) y de aquella famosa serie de televisión de la década de los 90, Un doctor en Alaska. Una película con paisajes increíbles, auroras boreales y climatología extrema, un mundo de nieve y hielo que nos devuelve maravillosos fotogramas (fotografía realizada por el propio director). Y no es la primera vez que el director francés, Samuel Collardey, nos presenta ese contraste entre la vida de ciudad y la vida rural, y así ya lo vimos en films previos como L´apprenti (2008), Como un león (2013) o Tempête (2015). 

En esa inmensidad se encuentra Tiniteqilaag, un asentamiento con unos cien habitantes, un conjunto de casas de colores dispersas entre el blanco del paisaje, casas sin agua corriente donde tres veces a la semana llegan “los hombres de mierda” a llevarse los restos del inodoro. En ese contexto, no es difícil entender que Anders sienta el reto en primera persona y, además, se siente extraño y alejado de sus habitantes, al ser una comunidad muy cerrada. Su misión será enfrentarse a una decena de niños algo rebeldes entre 7 y 10 años, donde aprenden en danés (no en groenlandés). También percibe que la mayoría de estos alumnos no viven con los padres, sino con los abuelos. Y pregunta: “¿Sabéis si algún niño no come lo suficiente en casa?”

El tiempo pasa y el desánimo no mejora, pues la falta de respeto de los alumnos hacia la escuela no es posible mejorarla con los padres, quienes no dan importancia a la escolarización. Y donde va percibiendo la tensión que implica que los daneses no sean bien recibidos, a los que consideran colonizadores de su territorio. Con el tiempo, Anders cuestionará sus convicciones centroeuropeas y aceptará su nuevo estilo de vida polar, donde establece una especial relación con el niño Asser (quien está más tiempo pescando con el trineo del abuelo que en la escuela). 

Curiosamente, un conflicto de fondo entre Dinamarca y Groenlandia filmado por un francés, y con un dilema personal, el de este profesor que toma una decisión final con el avistamiento de ballenas que disfrutan Anders y Asser. Una película entre la ficción y el documental que termina así: “Cuando se acabó de hacer esta película, en enero 2018, Anders Hvidegaard aún era maestro en Tiniteqilaag”. 

Dos profesores singulares entre las infancias del mundo…

 

sábado, 4 de marzo de 2023

Cine y Pediatría (686) “Lunana: un yak en la escuela” o la Felicidad Interior Bruta


La primera película de Bután en ser nominada al Óscar a mejor película internacional es una reciente ópera prima llena de sentido, sensibilidad y simplicidad, con un título tan peculiar como Lunana: un yak en la escuela (Pawo Choyning Dorji, 2019). Una película que nos introduce a una filmografía casi desconocida, la de este pequeño país en el Himalaya con frontera entre dos gigantes como China e India, y que tiene una población total inferior a los 800.000 habitantes. En Cine y Pediatría solo recordamos una película de esto lares, La copa (Khyentse Norbu, 1999), alrededor de dos niños que inician la vida monástica budista al pie del Himalaya, en donde el misticismo se mezcla con su pasión por el fútbol (con la Copa del Mundo de fútbol de Francia 1998 de fondo), en una historia basada en hechos reales.  

Es Lunana: un yak en la escuela una historia alrededor de la educación, la infancia y los valores de la vida que nos hace recordar a la película francesa Camino a la escuela (Pascal Plisson, 2013) y la película china Ni uno menos (Zhang Yimou, 1999), pero rodada en uno de los colegios más remotos del mundo, a 5500 metros de altura, donde el equipo tuvo que filmarla usando baterías solares recargables, así como transportar allí los alimentos no perecederos o leñas en mulas hasta un valle que precisaba de ocho jornadas de camino con mulas de carga.   

Ugyen (Sherab Dorji) es un joven profesor en Bután muy desmotivado y que no quiere ser funcionario del gobierno, sino que su sueños es viajar a Australia para abrirse camino como cantante. Pero aún le queda un año de contrato y sus superiores le envían a la escuela más remota del mundo, una aldea glacial del Himalaya llamada Lunana: “No solo es la escuela más aislada de Bután, es probable que sea la más aislada del mundo”. Y la directora le explica: “Porque la búsqueda de la Felicidad Interior Bruta por parte del Gobierno exige que todos los niños reciban una educación, ya sea en la ciudad o en los pueblos más remotos”

Y, sí, hemos dicho bien: Felicidad Interior Bruta (que no Producto Interior Bruto, PIB, que es lo que más se nos asemeja), también conocido como Felicidad Nacional Bruta. Y es que hemos aprendido que existe, y el término de Felicidad Interior Bruta (FIB) fue propuesto por Jigme Singye Wangchuck, rey de Bután, en 1972, como respuesta a las críticas de la constante pobreza económica de su país. Este concepto se aplicaba a las peculiaridades de la economía de Bután, cuya cultura estaba basada principalmente en el budismo, y se convertía en un indicador que mide la calidad de vida en términos más holísticos y psicológicos que el PIB. Y los cuatro pilares de la FIB son: la promoción del desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, la preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno. 

Pues tras este receso a un concepto poco conocido - como poco conocido es Bután – y, aunque nuestro protagonista aduce problemas de altitud para no acudir a ese poblado como maestro, la directora le recuerda con clarividencia que lo suyo no es un problema de altitud sino de actitud. Así que Ugyen inicia un largo viaje a su destino, primero en autobús desde la capital, Timbu, donde vive, hasta Gasa; pero desde allí, le acompañan a un viaje ascendente de varios días por las cordilleras, atravesando paisajes increíbles en esa primavera que despunta. 

Tras un agotador viaje, llega a su destino donde todo el pequeño poblado ha salido a recibirle, y el jefe le explica: “Usted es nuestro maestro. Tengo la esperanza de que dé a estos niños la educación necesaria para que se conviertan en algo más que simples pastores de yaks y recolectores de cordyceps” (aclarando que el cordyceps es una hierba medicinal conocida como hongo de la oruga china). Y al llegar se encuentra en un lugar donde no hay electricidad ni calefacción, en una escuela sin pizarra y con los pocos libros que dejó el viejo maestro anterior. Aún así, la presentación es muy especial: “Esta es nuestra escuela. No tenemos mucho. Pero los niños tienen mucha ilusión por aprender y están entusiasmados por su llegada”. 

Pese a la cálida bienvenida a su nuevo maestro, ante lo que ve aún está más convencido de abandonar y marcharse cuanto antes a la ciudad. Pero no tarda en ser conquistado por la sencillez, bondad, respeto y ganas de aprender de los pequeños y sus familias, con esa maravillosa delegada de clase, la pequeña Pem Zam (que se interpreta a sí misma), cuyo brillo en los ojos y sonrisa resulta difícil de olvidar. Comienza con desazón dándoles clase, pero no tarda en quedar atrapado por estos alumnos: “De mayor quiero ser maestro como usted. Quiero ser maestro porque los maestros tocan el futuro”

Y por ello decide quedarse y trabajar por sus alumnos y la escuela. Conoce a la joven Saldon (Kelden Lhamo Gurung), a quien le gusta cantar como agradecimiento a la vida, en especial esa canción que es un canto entre un pastor y su yak, ese animal clave para la vida en esos lares, fuente también de ese estiércol seco que les sirve para iniciar el fuego en los hogares. Y Saldon le regala el yak más antiguo, quien empieza a vivir en la escuela y comparte las clases con los alumnos. La implicación de Ugyen se demuestra en actos como arrancar el papel de sus ventanas para que los niños puedan escribir o en las canciones que comparten en la escuela, con letras tan bellas como “A un corazón puro, limpio y humilde, le sigue la felicidad como una sombra”. 

Con la inminente llegada del invierno, y ante el aislamiento por las nieves y hielo en que quedará la aldea durante meses, le invitan a regresar a la ciudad, con la esperanza de que pueda regresar a la escuela la próxima primavera. Le despiden con mayor respeto que en su llegada, y a todos afecta su partida; la carta de despedida de Pem Zam en nombre de todos sus compañeros, es un colofón increíble. 

Una película con la emoción a flor de piel a miles de metros de altura. Y cuando Ugyen está tocando en un pub de Sidney recuerda sus palabras de despedida: “La primavera traerá un nuevo maestro”. Porque Lunana: un yak en la escuela es un documento antropológico y una alabanza a la pureza del corazón en esas tierras puras e incontaminadas donde la nieve permanece todo el año. Es una apuesta segura a la Felicidad Interior Bruta… que tanto necesitamos.

 

sábado, 23 de octubre de 2021

Cine y Pediatría (615) “Uno para todos”, todo un compromiso por la reconciliación


Es Caspe una pequeña localidad zaragozana con menos de 10.000 habitantes, capital de la Comarca del Bajo Aragón, Y a la que se le conoce como “la ciudad del Compromiso”, un hecho que marcó nuestra historia y que tuvo gran influencia en el desarrollo de la Monarquía Española. Porque el Compromiso de Caspe fue un pacto establecido en 1412 por representantes de los reinos de Aragón y de Valencia, así como del principado de Cataluña, con el objetivo de elegir un nuevo rey ante la muerte en 1410 de Martín I de Aragón (el Humano) sin descendencia y sin nombrar un sucesor aceptado. Acaeció que dos años y medio después de la muerte de María de Luna, esposa de Martín el Humano, falleció Martín el Joven, el único hijo que habían tenido; y aunque el rey había conseguido legitimar como hijos suyos a varios bastardos, estos no eran aceptables según el derecho de herencia aplicable. Fueron seis los candidatos, todos ellos vinculados a la corona de Aragón, y con alguna relación familiar con Martin el Humano, y donde Fernando de Trastámara, infante de Castilla y su sobrino, fue el elegido. 

Y esta introducción es para adentrarnos en la película española Uno para todos (David Ilundain, 2020), cuya historia tiene lugar en Caspe. Pero el título no debe confundir con una película de mosqueteros, o un película histórica, tampoco un western. Nos encontramos ante la enésima aproximación al tema de un profesor que se enfrenta a un peculiar grupo de alumnos. En este caso un maestro interino que viene a hacer una sustitución en pleno curso de sexto de Primaria, allí donde en los alumnos se mezclan aspectos como el cáncer en la infancia y el acoso escolar

La canción “Tornarás a tremolar” del grupo Mishima suena en el coche de nuestro protagonista, Aleix (David Verdaguer), un joven maestro catalán que llega a un nuevo destino. Escaso equipaje para un destino fugaz de maestro sustituto en este pequeño pueblo en la provincia de Zaragoza. Alquila un piso al dueño del bar e inicia su andadura en su nueva clase. Allí donde enseguida conoce que falta un alumno, Carlos (Néstor Romero), a quien se le detectó un linfoma a final del pasado curso. Se interesa por este chico, que vive solo con una madre superprotectora y allí conoce a Ana (Patricia López Arnáiz), su profesora domiciliaria con quien establece una peculiar relación: “Lo niños son supervivientes por definición”, le dice. 

El tiempo que dedica a la clase y a apoyar a Carlos, llenan los días de Aleix (nombre que le sustituyen por el de Alex en la escuela), un joven por si introvertido y que nos confiesa que desde la muerte de su padre no se habla con su madre y hermanos. Su patrono lo intuye cuando le dice “Tú no tenías ganas de venir a este pueblo. Te sentirás solo”. Y él le contesta: “Tengo 18 alumnos en clase”. Pero pronto descubre que la pronta vuelta de Carlos a clase no es bienvenida por casi nadie, pues acosaba a muchos de ellos con distintas formas de lo que conocemos con el anglicismo “bullying”. El compromiso del maestro con su clase y este conflicto a solucionar le lleva a ofrecerles, aprovechando los conocimientos informáticos de Carlos, la idea de crear un videojuego de superhéroes, siendo ellos los protagonistas. Y parece funcionar, pues, no sin dificultad, poco a poco llega la reconciliación de Carlos con su clase al finalizar el curso. 

Y con el fin del curso, Aleix deja la escuela, la casa alquilada y el pueblo. Y antes de partir en el coche unas lágrimas preceden a la llamada por teléfono a su madre. Y, así, su compromiso con la reconciliación tuvo también efectos en sí mismo. Y cuando parte en coche, vuelve a sonar la misma canción que al principio. 

Es Uno para todos, aparentemente, una película menor o quizás ya vista, pero con valores. Así lo ha reconocido la última edición de los Premios Cinematográficos José María Forqué, al concederle como merecedor del premio Cine y Educación en Valores. Cabe tener en cuenta que estos premios fueron creados en 1996 por la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales (EGEDA) y son sus objetivos fundamentales contribuir a la promoción del sector audiovisual español, premiando la película con mayores valores técnicos y artísticos de entre las estrenadas cada año en España. También esta película tuvo otra nominación, para David Verdaguer como Mejor actor principal, y es que este actor está entre lo mejor de la película, un buen actor al que ya conocemos en Cine y Pediatría con otras películas con valores y con compromiso: Verano 1993 (Carla Simón, 2017) y Los días que vendrán (Carlos Marques-Marcet, 2019). 

Y es así como Uno para todos es una historia que tiene un compromiso con la reconciliación. Y ello en Caspe, “la ciudad del Compromiso”.  

 

sábado, 9 de enero de 2021

Cine y Pediatría (574). “Descubriendo a Forrester”, descubriendo a los guardianes entre el centeno

 

Este neoyorkino nacido hace un siglo en una familia acomodada - de un padre rabino poco ortodoxo y de una madre cristiana descendiente de escoceses -, estuvo celosamente obsesionado por su vida privada y su fuerte rechazo a la exposición pública, de forma que vivió apartado sus últimos cuarenta años en una granja de Cornish (New Hampshire). Sin embargo, su nombre hizo (y sigue haciendo) mucho ruido y ello fundamentalmente por una obra, una de las más bellas narraciones de iniciación desde la adolescencia que se hayan escrito nunca. Hablamos de J.D. Salinger y su primera y única novela, “The Catcher in the Ray / El guardián entre el centeno” (1951), con ese legendario personaje de Holden Caulfield, reflejo de aquella juventud de la clase media americana. Tenía 32 años y acababa de convertirse en una leyenda gracias a aquel título que, en la década de los 80, estuvo inexplicablemente ligado a varios episodios violentos: John Hinckley Jr, que en 1981 intentó asesinar a Ronald Reagan, estaba obsesionado con él; y se dice que Mark David Chapman, el día que mató a John Lennon en 1980 a la entrada del edificio Dakota, llevaba un ejemplar consigo que acababa de comprar.

Pues bien, al menos unas cinco películas se basaron en esta obra de J.D. Salinger o en el propio autor y su particular estilo de vida:
- Campo de sueños (Phil Alden Robinson, 1989), donde Kevin Costner es un granjero que tiene un día una experiencia sobrenatural, de forma que una misteriosa voz le ordena construir en sus tierras de cultivo un campo de béisbol. Y donde el personaje de Terence Mann (interpretado de forma singular por James Earl Jones) representa al propio Salinger, en esta peculiar película – basada en la novela “Shoeless Joe” de W. P. Kinsella - se centra en la relación entre padres e hijos, y la búsqueda de una segunda oportunidad en la vida. 
- Conspiración (Richard Donner, 1997), donde Mel Gibson interpreta a un taxista paranoico afectado por la idea de las conspiraciones y loco de amor por "El guardián entre el centeno", y se obliga a comprar un ejemplar del libro cada vez que ve uno, a menudo para su propio detrimento. 
- El asesinato de John Lennon (J.P.Schaefer, 2007), donde el actor Jared Leto personifica a Mark David Chapman, quien parece que acondicionó su vida de acuerdo a Holden Caulfield, el protagonista de la novela. Y es ampliamente conocido que se descubrió que llevaba una copia del libro después del asesinato de Lennon. El título original de la película, Chapter 27, hace referencia a la posible continuación de "El guardián entre el centeno” que solo tiene 26 capítulos. 
- Descubriendo a Forrester (Gus Van Sant, 2000), que no se basa directamente en la vida de Salinger, pero el protagonista, el novelista William Forrester (interpretado por Sean Connery) comparte claras similitudes con el autor, en particular su autoaislamiento y su exitosa única novela. 
- Los Tenenbaums. Una familia de genios (Wes Anderson, 2001), donde todo un elenco actoral representan a esta familia de personas inteligentes y extrañas, un grupo que es muy similar a la familia Glass que aparece en varios de los cuentos de Salinger, y también en su libro de relatos "Franny y Zooey". 

Pues bien, nuestra película de hoy es esa peculiar relación entre maestro y alumno, que no es nueva en lo que muestra, pero quizás sí en lo que esconde: Descubriendo a Forrester, donde un joven negro del Bronx, Jamal Wallace (Rob Brown) se cruza en su camino, por azar, con un viejo escritor malhumorado, William Forrester (Sean Connery), quien lleva décadas sin publicar, encerrado en su piso a salvo de una realidad que le espanta. 

Dos personajes que unen el lastre de su vida alrededor de las palabras y la escritura. Porque Jamal ama el baloncesto y la literatura, pero mientras la primera habilidad la manifiesta en la cancha del barrio y le integra en el grupo, la segunda habilidad la esconde, aunque esa fabulosa capacidad para la escritura le libera a ser él mismo. Porque Forrester es un escritor de un libro único, por título “Avalon Landing”, y por el que fue galardonado hace 40 años con el Pulitzer, pero que desde entonces decidió no escribir (o al menos, no publicar) más, para obviar la crítica y a los críticos. Y el encuentro es benéfico para ambos, porque entre ellos acaba construyéndose una relación cimentada en la confianza y la literatura, una amistad favorable para ambos: Forrester ayuda a Jamal a convertirse en un buen escritor y Jamal intenta que Forrester supere sus traumas del pasado y deje de aislarse. 

Y el huraño y solitario maestro le aconseja al aventajado e interesado alumno: “Nada de pensar. Eso viene luego. Se escribe el primer borrador con el corazón. Se retoca con la cabeza. La clave principal para escribir es escribir, no pensar”. Y conocemos algo más de la realidad de nuestro joven protagonista, cuando éste le cuenta a su amiga Claire (Anna Paquin): “Lo que es duro es crecer en un sitio donde ni la poli quiere entrar de noche. Lo que es duro es sentirse seguro allí. Porque la gente que debería preocuparte sabe que no tienes nada que ofrecerles”. Y ya en el instituto, un profesor de literatura (F. Murray Abraham) sospecha que, por su condición de negro y marginal, no ha podido escribir los trabajos que presenta en clase. Finalmente ambos se retan literariamente, acusando de plagio a Jamal. 

Y al final logra conseguir que se publique “Sunset”, la obra póstuma y de ocaso de William Forrester, mientras suena “Over the Rainbow”, la canción escrita para la película El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), ganadora del premio Óscar a la mejor canción original y que, junto a “Singin' in the Rain” (leitmotiv también en la mítica película de Kubrick, La naranja mecánica), es una de las canciones más representativas del cine estadounidense. Y es así como con los colores del arco iris entendemos algo mejor a ese guardián entre el centeno que es la literatura y las palabras para cualquier joven en tránsito. 

Cabe decir como curiosidad que el actor Matt Damon hace un pequeño papel de abogado de Forrester, colaboración que es un guiño a otra película de ese “enfant terrible” de la cinematografía estadounidense que es Gus Van Sant, una similar relación entre un peculiar maestro y un aventajado alumno: El indomable Will Hunting (1997).  Y es que Gus Van Sant ya es un director de Cine y Pediatría, casi a la altura de aquellos directores que más obras han volcado ya en nuestro proyecto, como el japonés Hirokazu Koreeda o el español Montxo Armendáriz. Porque además de estas dos obras, la adolescencia es un terreno propicio a la filmografía en el curriculum de nuestro director, como han sido Mi Idaho privado (1991), esa road movie en busca de la identidad, Elephant (2003), sobre un caso particular de la violencia en los institutos americanos, o Paranoid Park (2007), ese inquietante, hipnótico y voluptuoso retrato de un adolescente.  

Porque Descubriendo a Forrester nos permite descubrir también algo del director Gus Van Sant, del propio escritor J.D. Salinger y del valor que toda persona esconde, esos guardianes entre el centeno de la  adolescencia.

sábado, 26 de enero de 2019

Cine y Pediatría (472) Refugiados en la pedagogía con ”Miss Kiet´s Children”


Son pocas las películas holandesas que llegan a las carteleras de nuestro país. En Cine y Pediatría hemos revisado en estos nueve años solo dos: Skin (Hanro Smitsman, 2008), la perturbadora piel de los jóvenes skinheads nacionalistas; y Kauwoy (Boudewijn Koole, 2012), una película que nos habla de la pérdida a través de la insólita amistad entre un niño y su grajo. 

Y hoy llega una más, el largometraje Miss Kiet´s Children dirigido en 2016 por Peter Lataster y Petra Lataster-Czisch, un matrimonio que ya han dirigido juntos otras películas documentales, si bien todas ellas inéditas en España. Porque en 2007 ya habían realizado el multipremiado film If We Knew sobre pediatras en una Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. Y con nuestra película de hoy regresan a la infancia y nos presentan este riguroso documental que hará las delicias de todo aquél que se quiera sumergir en el minimalismo del proceso de enseñanza en niños en edad de preescolar. Casi dos horas de duración entre el aula y el patio, entre la maestra y los jóvenes alumnos, que no es fácil de ver quizás, pero si es sencilla de sentir. Porque es difícil pensar en muchas películas que se hayan acercado a la infancia con tanto respeto y con tanta integridad. 

Y la película comienza con este mensaje: “Es una escuela primaria de un pueblo holandés, la Srta. Kiet enseña a un grupo de niños inmigrantes. Algunos son refugiados de zonas en guerra”. Y es así como Miss Kiet es la maestra cuyos alumnos son en su mayoría niños refugiados de Siria de diversas edades, que conviven con niños holandeses. Y es allí donde la profesora, con cariño, conocimiento y paciencia infinita, les enseña a respetarse los unos a los otros, a tener confianza en sí mismos y en los demás, a sentirse iguales y bien: “Que todos seamos distintos lo hace todo más bonito”, les dice. Porque solo así es posible enseñar y conseguir que se adapten. 

Y con este planteamiento la historia nos hace recordar otro maravilloso documento sobre la enseñanza: Ser y tener (Nicolas Philibert, 2001), la pequeña historia de Georges Lopez, un maestro de escuela en la región de Auvernia de Francia y su relación con sus jóvenes estudiantes. Es posible que la recuerde, pero nuestra película de hoy es diferente, pues todo el protagonismo (y la cámara) se pasea en los primeros planos de de estos particulares pequeños alumnos, en sus encantadores expresiones espontáneas, en sus reacciones. Pero también se detiene en la voz y la palabra de esta peculiar educadora, Miss Kiet, quien da título a esta obra. Una maestra holandesa que distribuye su magisterio de manera uniforme entre sus alumnos, enseñándoles a ser responsables de sus acciones y haciéndolo de una manera siempre afectiva y efectiva, con un admirable dominio de la situación y de la profesión. 

Y solo alumnos y maestra son las dos verdaderas estrellas de la película. Y la cámara se pasea sobre los alumnos, mientras dibujan y deletrean, juegan con una pizarra digital, ensayan un musical, relatan un sueño o escuchan los sonidos de una pelota en el recreo. Y vamos recordando en la película cómo la infancia es el terreno de la contradicción y la ambigüedad, y como espectadores vemos a niños que quieren pegar, también quieren abrazar, que quieren que sus amigos sean sus enemigos y que sus enemigos vuelvan a ser sus amigos. Y ante estas situaciones Miss Kiet no regaña y nunca levanta la voz, ella es una perfecta docente que escucha, responde y sigue. Y no importa si estos niños y niñas hablan árabe o ya un poco de holandés, lo que importa es que algunas conversaciones te emocionarán. 

Una película que se cocina a fuego lento, como los buenos platos, que cuenta muy poco: una pequeña maravilla no apta para todos, pero que haría bien a cualquier documentalista y/o pedagogo. Una obra con dos temas nucleares y bien entramados: la educación y los niños refugiados, algunos de ellos recién salidos del horror de la guerra en Siria, cuyos bombardeos aún resuenan en sus terrores nocturnos. 

Por tanto, Miss Kiet´s Children es mucho más que una extraordinaria película documental sino una deslumbrante lección práctica sobre las sutilezas de la educación entendida como diálogo de cercanía que tiene en el afecto y la paciencia sus más delicadas herramientas. Y poco a poco, vamos conociendo a estos peques por su nombre: Ayham, Bronche, Maksen, Ahmad, Jorj, Rianna, Nour, Haya, Leanne, Abdulah,... 

Al visionar Miss Kiet’s Children, podemos tener sentir diferentes sensaciones, pero que se resumen en dos: me gusta o no me gusta la película. Una obra que es muchas cosas, entre la ternura y la realidad, entre el aliento y el agotamiento, entre la emoción y la denuncia. Porque es difícil encontrar películas que se acerquen a la niñez con tanto respeto y con tanta integridad. Y nos queda otro mensaje que esta maestra dice a sus pequeños alumnos: “Hay una solución para cada problema”. Y todo ello porque la pedagogía es tan importante para nuestra sociedad, que no nos queda más remedio que refugiarnos en ella para lograr una sociedad mejor. 

sábado, 22 de septiembre de 2018

Cine y Pediatría (454). “Entre maestros” y la propuesta de nuevos paradigmas educativos


“Yo he venido aquí a demostraros que sois maestros, a romper prejuicios. No a que entendáis mi teoría. Por eso hago el papel de provocador”. 

“Lo que os invito a ser es maestros de corazón. Un maestro de corazón aprende de todas partes. Porque toda persona es una fuente de conocimiento y de amor. Eso es lo que yo espero de vosotros”.

Esta son algunas reflexiones de una película documental especial del año 2012 y que tal como nos explica su director, Pablo Usón, todo comenzó con un libro “Veintitrés maestros, de corazón - un salto cuántico en la enseñanza” del profesor Carlos González: Entre maestros.  Y a este profesor ya le conocimos en una película coral esencial como fue La educación prohibida (German Doin, 2012), un lugar de debate y reflexión que aborda, de forma multidisciplinar y desde el punto de vista de diversos países, el estado de la educación, la escolarización y el aprendizaje. 

Carlos González nos explica que fue profesor de Matemáticas y Física durante 24 años en un colegio con adolescentes, pero que decide salir del sistema para enseñar a su modo. Pablo Usón leyó su libro y le propuso llevar a la pantalla su experiencia. Y para ello se hizo una convocatoria abierta para contarlo en un documental para que acudieran aquellos alumnos que estuvieran dispuestos a probar un nuevo método educativo. Y de los casi 100 jóvenes presentados, se seleccionan a 11. Estos, verdaderos protagonistas, son los adolescentes Marta Llebaría, Lucy Ccencho, Pol Chiang, David Rodríguez, Eadem Herrera, Adrià Ríos, Pol Pérez, Ariadna Moreno, Andrea Servent, Yavila Rincón, Anna Baliarda y… Carlos González, un alumno más en su propio taller de autoconocimiento. 

Este grupo de adolescentes, desmotivados por la educación que han recibido en la escuela, asisten durante doce días a unas clases especiales. Y lo hacen en el Palau de les Heures o Casa Gallart, en la Sierra de Collserola, recinto integrado dentro del Campus de Mundet de la Universitat de Barcelona, allí donde los realizadores han logrado crear un espacio “lejos del mundo”, lejos de la ciudad. El gran mérito de Usón es conseguir que la cámara prácticamente desaparezca, e incluso que se mantenga al margen en determinados momentos en los que los muchachos están realizando ciertas confesiones o crece la tensión. Allí y en ese ambiento es donde el maestro, Carlos, les rompe los esquemas, les provoca e intenta despertar en ellos la capacidad de conocerse, creando un ambiente que ayude a sus alumnos a descubrir los enormes potenciales que habitan en su interior. Según el mismo nos explica, son clases de crecimiento personal, basadas en el principio socrático de “conócete a ti mismo”, y cuyo objetivo es despertar en cada ser humano el sentir de que cada persona lleva dentro una sabiduría. Un nuevo método de enseñanza que él llama “educar empoderando” y que persigue que once alumnos recuperen la motivación y la autoestima a través de esta experiencia basada en el respeto, la confianza y la provocación. Pero en la que no faltan momentos de confusión o desorientación. 

Ya nos lo dijo en La educación prohibida, y lo recuerda de nuevo en nuestra película de hoy Carlos González: “No somos educados para cambiar la sociedad, sino para sobrevivir dentro de ella”. Y frente a la autoridad, este profesor apuesta por empoderar promoviendo el autoconocimiento (que lleva al autoreconocimiento), la duda, la experimentación, el debate. Y en la película somos espectadores como, después de muchos debates, conflictos y descubrimientos, alguno de nuestros protagonistas nos dicen: “Nos ha enseñado a creer en nosotros mismos”, “Todos podemos quitarnos las barreras que queramos. Podemos hacer todo” o “Ha sido como hacer un camino para poder andar”

El resultado de Entre maestros es el de un documental que agrada por el mensaje o la reflexión que nos suscita, quizás menos por el ritmo o el montaje final de su guión. Sea como sea, en Cine y Pediatría nos gusta destacar estas obras dentro de una línea de documental de tema pedagógico que tendría como hitos fundamentales títulos películas del estilo de Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002), La clase (Laurente Cantet, 2008), Solo es el principio (Pierre Barougier y Jean‑Pierre Pozzi, 2010) o la ya enunciada La educación prohibida. Por algo, el subtítulo de Cine y Pediatría no es otro que el de “una oportunidad para la docencia y la humanización en nuestra práctica clínica”. Y aquí Carlos Gonzále intenta enseñar a los alumnos a descubrir el mundo a través del autoconocimiento, dejar de ser profesor para convertirse en un maestro, al más puro estilo de la Institución Libre de Enseñanza. Y como este maestro entre maestros (sus jóvenes alumnos) nos afirma en un momento dado, “el fracaso sería no hacerlo, no intentarlo”

Y Carlos González, Pablo Usón y nuestros seleccionados 11 adolescentes (de distintas nacionalidades, con sus peculiaridades y su bagaje de vida) lo intentaron con esta película Entre maestros, lo que son (o pudieran ser) al final cada uno de ellos. O al menos de ello versa el nuevo  paradigma educativo que se nos propone. 

Porque paradigmas educativos hay muchos. Pero el objetivo de la educación no debería derivar a ningún otro horizonte que no fuera el de formar para ser ciudadanos libres con amplias miras y valores alrededor de la convivencia. Y toda educación que se constate que cocina en sus aulas, poco a poco y a fuego lento, ideas e ideologías contrarias a lo anterior deben considerarse desde ya una forma más de malos tratos y los educadores deben ser responsables de ellos. Porque no es baladí que la escuela, junto con la familia y la sociedad, son los tres apoyos clave para ayudar a los niños a crecer como adolescentes con garantías, y a los adolescentes a crecer como adultos en libertad.

 

sábado, 10 de septiembre de 2016

Cine y Pediatría (348). "Al frente de la clase" y enfrentándose al síndrome de Tourette


"Mi nombre es Brad Cohen. Pero de chico tuve muchos apodos. Mi hermano Jeff me llamaba doctor Bobo. Mi madre me decía... cariño. ¿Y los chicos de la escuela? Bueno... de muchas maneras, desde loquito hasta enfermo. No tenía muchos amigos, pero tampoco dejé que me afectara. Rara vez recuerdo un momento que no estuviera allí. Algunas veces no resultaba un problema para mí. Otras veces... lo era... Hay una cosa en la que mi molesto amiguito y yo estábamos de acuerdo: ambos odiábamos la escuela. No podía esperar a irme. No más tarea, no más libros. No más maestros con sus líos. Mi amiguito apareció cuando tenía 6 años. Pero pasaron años antes de que tuviera nombre. Eso sí, lo extraño es que mi salud estaba genial. Hacer sonidos graciosos que rara vez me importaba demasiado. Solo fue un periodo de transición, mientras tanto crecía normalmente, como cualquier otro. A pesar de todo, comencé a acostumbrarme a mi amiguito. Y para mis amigos soy simplemente el Brad de siempre. El tipo fanático del beisbol y que ama los casetes. Lo cual es mucho más raro que mis cómicos ruidos".

Esta es la larga introducción de la voz en off durante los créditos iniciales de una película real como la vida misma y con el título de Al frente de clase (Peter Werner, 2008), basada en el libro de Brad Cohen "Front Of The Class: How Tourette Syndrome Made Me the Teacher I Never Had?", novela del año 2005 ganadora del premio IPPY de Independent Book Publisher en la categoría Education/Academic/Teaching. Y confirmaremos que el amiguito de nuestro protagonista acabó teniendo un nombre, y que se conoce como síndrome de Tourette, en honor del neurólogo francés Gilles de Tourette, quien describió este trastorno por primera vez en el 1885. El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico que se caracteriza por la producción de tics motores y vocales crónicos por parte de las personas que la padecen, cuyos primeros síntomas se inician generalmente entre los 6 y 10 años y suele afectar con más frecuencia a chicos que a chicas; la causa de este trastorno es genética, aunque su patrón de herencia es incierto. Muchos pacientes sufren problemas adicionales de comportamiento, incluyendo la falta de atención, hiperactividad e impulsividad, así como dificultades relacionadas con la lectura, escritura o aritmética, entre otras. También suelen ser comunes ciertos trastornos asociados, como por ejemplo los TOCs (trastornos obsesivo-compulsivos), no solo los tics. Uno de los síntomas menos agradables es cuando el Tourette asocia coprolalia, pues pueden llegar a emitir obscenidades de forma convulsiva e involuntaria. 

Y el protagonista de esta película se llama (en la ficción y en la realidad) Brad Cohen (Dominic Scott Kay en el papel de niño y Jimmy Wolk en el papel de joven, ambos soberbios), un joven con Síndrome de Tourette que quiere ser maestro y que le dio una lección al mundo. Porque él sabía lo que significaba sentirse diferente e incomprendido a causa del síndrome de Gilles de la Tourette o Tourette (él le llamaba como "el elefante"). Las burlas, los acosos y frustraciones formaron parte de su infancia, también la poca comprensión de su padre en la niñez ("autocontrol es lo que necesitas", le decía ante de divorciarse de su madre). Al padre le volvían loco los tics y era intolerable para él, por lo que nunca pudo tener una relación cordial con él en esos primeros años. Luego llegó el recorrido por distintos especialistas sanitarios en busca de la respuesta a su problema. Y, de nuevo (como ya ocurriera en otras películas sobre enfermedades raras como El aceite de la vida o Medidas extraordinarias), es la madre la que investiga y encuentra la pista de la enfermedad de su hijo en los manuales del DMS (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders): y la respuesta y nombre del amiguito llegó a los 12 años.

Es paradigmático cuando la madre le lleva a un grupo de ayuda con otros pacientes con Tourette y nuestro protagonista piensa: "Nunca antes vi a alguien con Tourette. Había estornudadores y pestañeros, zapateadores, mueve cuellistas, gente gritando, tosiendo. ¿Así es como me ven las personas?". Y de nuevo el dilema con los grupos de apoyo, cuando la madre refiere: "Se supone que son grupos de apoyo,... ¿dónde está el apoyo?, ¿qué quieren, que te esconda en casa?".

Vale la pena destacar la escena en la que se destaca la inteligencia emocional del director del nuevo instituto cuando hace subir a Brad al estrado tras un concierto de música clásica en el salón de actos y cómo Brad agradeció ese buen acto de educación (tan escaso en las escuelas, con maestros muchas veces poco comprometidos... según nos cuentan muchos padres con hijos con problemas de adaptación en la escuela): "Un par de palabras, un poco de educación y era como abrir la puerta de un nuevo mundo... Sabía que en el futuro, con Tourette o sin él, sabía que me convertiría en maestro".

Fue difícil encontrar su primer trabajo como maestro, dijera u ocultará su Tourette durante la entrevista de trabajo. Pero siguió luchando en su juventud hasta convertirse en el maestro que siempre quiso ser, logrando con ello su sueño, un ejemplo humano y pedagógico de gran valía. Y asistimos a la epopeya por conseguir su primer trabajo de maestro, con entrevistas en las que tenía que demostrar que era más importante tener pasión por la enseñanza que convivir con el Tourette..., aunque casi nadie lo entendía así. Pero finalmente lo consigue, tras 25 entrevistas de trabajo en diferentes instituciones educativas. Y el primer día de clase con los alumnos, cuando les explica que es el síndrome de Tourette, es simplemente espectacular... al comprobar la limpieza y sinceridad de los pensamientos de los pequeños alumnos.

Y, como si un cuento de hadas se tratara (pero fue realidad), fue elegido como Mejor profesor del Estado de Georgia. Y esto dijo en su discurso de agradecimiento. "Los ruidos que escucharon son el Tourette que tengo desde los 6 años. Estoy hoy aquí gracias al amor y al apoyo de muchas personas. Mi familia, mi familia escolar, mis estudiantes y todos mis amigos. Este premio también lo merecen ellos. Pero tengo que dedicárselo al más severo y dedicado maestro que jamás tuve, mi acompañante incansable: mi Tourette. Algunos pensarán que es raro agradecer a una enfermedad. Y llamarlo maestro es aún peor. ¿Qué podría aprender de ella?... El Tourette me enseñó algo que nadie más podría enseñarme, y es que nada me detuviera al buscar alcanzar mi sueño. Desde trabajar o jugar, enamorarse. Así es, lidiar con el Tourette me dio una gran lección..." Y tras enarbolar su premio ante sus orgulloso pequeños alumnos, los créditos finales, siempre emocionantes cuando uno sabe que hay una historia real de superación detrás: "Brad logró su maestría. Incluso logró su más grande ambición: aparecer como Homero, la mascota de los Atlante Braves. Brad y Nancy se casaron en 2006. Viven en Atlanta, donde el "verdadero" Brad sigue haciendo lo que más le gusta: enseñar".

Es Al frente de la clase, por motivos más que fundados, ya una película argumental de primera línea para prescribir en Cine y Pediatría. Y para prescribir a muchos: a estudiantes de medicina y residentes en formación para conocer el síndrome de Tourette, a profesores para reivindicar el amor a su profesión, a nuestros hijos (y a nosotros mismos) para demostrarnos el valor de la superación y toda una gran enseñanza de vida mostrándonos que todos, a pesar de nuestras dificultades, somos merecedores de oportunidades.

Un ejemplo de vida, una película para no olvidar.

 

sábado, 28 de mayo de 2016

Cine y Pediatría (333). "Más allá de la pizarra", más allá de la educación en la escuela sin nombre


Hay películas que son lecciones de vida y que se ven con el corazón en un puño, con los ojos bañados de lágrimas y que permanecen durante mucho tiempo en el recuerdo. Si esas películas están basadas en hechos reales, esos sentimientos se incrementan. Basado en el libro del año 2011 "Nobody Don´t Love Nobody; Lessons on Love from the School With No Name" de Stacey Bess, en teoría la propia protagonista, surge la película para la televisión Más allá de la pizarra (Jeff Bleckner, 2011).

Una voz en off de un niña nos dice "La escuela era el lugar que me ayudaba a vislumbrar quien quería ser" y "Siempre me gustó la escuela. Y cuando cumplí 16, abandoné". Y a continuación, en el año 1987 y en Salt Lake City, una joven llamada Stacey Bess (interpretada con maestría por la actriz Emily VanCamp), esposa y madre de dos hijos, cumple su sueño: ser maestra y conseguir su primer puesto de trabajo. Pero su primer trabajo no es lo que esperaba, pues con el curso comenzado acepta un trabajo en una escuela sin nombre, donde le asignan la casi imposible función de enseñar a 20 niños sin hogar de primero a sexto grado en la misma aula. 

Acepta el reto, pero el reto es más complicado de lo que imaginaba, hasta casi convertirse en un pesadilla al comprobar que el lugar llamado aula es un almacén sucio y destartalado, con un par de libros hechos añicos, un escritorio en mal estado, sillas rotas y la guarida de una rata, allí donde el paso del tren próximo provoca un medio terremoto horario. Y nada más comenzar una compañera le espeta: "Soy una maestra, pero esto no es enseñar. Esto es cuidar niños camino al reformatorio. Así que, buena suerte..."

Y surge el abatimiento ya el primer día en nuestra protagonista: "Ha sido terrible. Era una señora simulando ser una maestra. Los niños vieron a través de mi". Y la confesión a su marido: "No es lo que esperaba. Si voy nuevamente mañana, es por una sola razón: no quiero que nuestros hijos me vean flaquear". Y por ello regresa a enfrentarse a aquellos niños desnutridos, sucios, maleducados, que viven hacinados en esa comuna junto a padres maleducados y sucios, con más aficiones al alcohol y drogas que al trabajo, que intentan luchar para salir de la miseria pero que, a la vez, se sienten frustrados. Todo esto muestra una realidad para la joven maestra Stacey: la distancia que hay entre la escuela que soñó y la realidad que tiene enfrente. 

Por otra parte, el director del distrito escolar es inalcanzable cuando ella intenta solicitar recursos para mejorar las condiciones del aula y hacer mejor su trabajo. Pero, pese a todo y a todos, ella consiguió enseñar a los niños palabras con valores que pega en la pizarra: la primera fue "respetuoso" y la segunda "valiente", y llegaron muchas más... Y también les enseña música y les pone la "Oda a la alegría" de Beethoven y otras melodías que hacen que ese refugio vaya adquiriendo el calor a escuela.  
Y a partir de aquí vivimos momentos muy sensibles como la llegada de pupitres y libros nuevos al aula, cuando pintan las paredes y dibujan en ella una vaca y una gallina; cuando reubican al padre de María, esa angelical niña hispana de 12 años; cuando propone enseñar a leer a una madre; cuando se fue María. O la carta de recomendación de Stacey a la joven alumna que cambia de colegio: "Para la nueva maestra de Dana: Dana es una delicia, es inteligente, perspicaz y tiene una aptitud especial para las ciencias. Dana es amable, protectora y tiene un gran carácter. Estoy segura de que disfrutará al tenerla en su clase. Saludos. Stacey Bess. Escuela del Refugio". Y la llamada en la distancia de María: "Voy a ser maestra, como usted... Y prométame que nunca nos diremos adiós". 

Y así, entre emociones llegamos al final de toda historia real, con los títulos finales de crédito: "El Acta McKinney-Vento de 1987 aseguró los derechos para la educación de los niños sin hogar. En 1988 se construyó una nueva escuela para los niños sin hogar en Salt Lake City. Stacey Bess continuó enseñando allí durante ocho años más. Y en 1995 Stacey fue galardonada con el National Jefferson Award por el gran servicio público por una persona de 35 años o menos. Y ella continúa hablando alrededor del país para promover la educación y los servicios a la comunidad". Y luego la presentación de Emily VanCamp, la actriz principal, de la propia Stacey Bess. 

Y cuando llegamos al final, aparecen todas las enseñanzas que nos regala esta película más allá de la pizarra, enseñanzas bien estudiadas en distintos foros: 
- Que toda persona, a pesar de las circunstancias en las que viva (pobreza, desarraigo, injusticia,…) no deja de ser una persona con dignidad, sueños, derechos, expectativas y una vida por delante. Y hay que atenderles como un ser humano que son. 
- Que a pesar de la “crisis” (algo que nos acompaña en España durante ya una década) y los recortes en educación, la necesidad agudiza el ingenio y que debe permanecer la ilusión por el presente y la esperanza por el futuro. 
- Que todos cuentan y contar con los demás nos hace mejores, como Stacey contó con el vejo profesor de arte, o con la mujer que sabía algo de música. 
- Que cuando algo lo hacemos nuestro y lo queremos, lo convertimos en un lugar digno, aunque aparentemente sea indigno. Y que a eso le llamamos vocación, la capacidad de dar la vida por lo que uno cree, sin poder al dinero como primer objetivo. Y la vocación en docencia va unida a la responsabilidad, el trabajo bien hecho, el cuidado y cariño hacia los alumnos
- Que los que deciden hacer algo en nuestra sociedad son los que marcan la diferencia en la vida de las personas, como la diferencia que ha marcado con su ejemplo de vida Stacey Bess. 

Porque Stacy Bess tiene una vida prolífica y ejemplar. Educadora, escritora y conferencista, galardonada con numerosos premios por su labor en pro de los niños sin techo de los Estados Unidos. Casada desde hace tres décadas, es la feliz madre de seis chicos (en la película va por el número tres) y ahora está dedicada a escribir y a dictar charlas por la misma causa. 

Y esta película (basada en su vida) nos devuelve el gran amor y vocación que existe en la profesión de maestro. Porque más allá de la pizarra hay mucho que enseñar, mucho por lo que amar y por lo que luchar. Y más allá de la pizarra están grandes profesores que todos recordamos. Y hoy recuerdo a todos aquellos que conocí en el Colegio La Inmaculada de Armenteros, con Don Samuel a la cabeza.

 

sábado, 21 de noviembre de 2015

Cine y Pediatría (306). “Conducta” para salvar un niño


El proyecto Cine y Pediatría tiene la capacidad de devolvernos el cine a través de las historias y la mirada de niños y adolescentes de todo el mundo y en todos los idiomas. Hemos incluido ya casi cinco centenas de películas y recorrido ya muchos países, pero aún no habíamos tenido la oportunidad de disfrutar de una película de Cuba. Un cine, el de Cuba, que se divide en tres etapas, como su reciente historia: un Cine prerrevolucionario, previo a la Revolución cubana del año 1959, y con escaso recorrido; un Cine posrevolución que disfrutó de una "época de oro", en la década de los años 60, y ocasionó la creación de la famosa Escuela Internacional de Cine, Televisión y Vídeo de San Antonio de los Baños; un Cine pos Guerra Fría, donde destacan las obras de los jóvenes realizadores cubano, entre los que se encuentra nuestro protagonista de hoy, Ernesto Daranas. 

Ernesto Daranas es un destacado director y guionista de cine, radio y televisión cubana, con epicentro en La Habana. Su obra siempre ha tratado, de frente o de soslayo, los problemas de la sociedad habanera, como la pobreza, la ausencia de padres, la educación, la prostitución, y tantos otros que enturbian la sociedad y el proyecto revolucionario de Cuba. Así lo hizo en ¿La vida en rosa? (2004) y en Los dioses rotos (2009) y lo acaba de hacer en Conducta (2014), nuestra película de hoy, una película que ha conquistado al público cubano y que a buen seguro conquistará al resto del mundo. 

Conducta narra la historia de Chala (sorprendente Armando Valdés Freire), un niño de 11 años rebelde que vive en uno de los barrios más humildes de La Habana, el territorio que circunda la terminal de ferrocarriles, y en un entorno familiar complicado. Chala vive entre una madre drogadicta y alcohólica y un amante de la madre que no conoce si es su padre, sobrevive entrenando a perros de pelea y acude a la escuela donde su maestra Carmela (soberbia Alina Rodríguez, fallecida en fechas recientes) acaba siendo no solo profesora, sino también amiga, madre y salvadora, única tabla de salvación para romper el esquema de marginalidad y ruina que aplasta a Chala. 

Carmela es maestra de sexto grado, un profesional nacida para educar a sus alumnos y para acompañarles en el proceso de aprendizaje, no ajena a los habituales conflictos sociales y familiares que les circundan. Por todo ello, Carmela tiene el respeto y admiración de sus actuales alumnos y de los padres que fueron ex alumnos. Pero una enfermedad le ausenta de las clases durante varios meses, por lo que es sustituida por otra maestra, quien incapaz de controlar la rebeldía de Chala, le quiere enviar a una escuela de conducta. Al regresar a las clases, Carmela se opone a esta medida y a otras situaciones que han ocurrido durante su ausencia de las aulas, siempre en defensa de sus alumnos. Dos frases ponen en evidencia la contundencia de sus afirmaciones: "Hay cuatro cosas que hacen a un niño: la casa, la escuela, el rigor y el afecto" y "Si quieres un delincuente, trátalo como un delincuente". Porque con décadas de experiencia docente, ella sabe que sólo el amor puede ser capaz de transformar una vida condenada de antemano al infortunio. 

Dos actos de Carmela (no permitir que Chala ingrese en una escuela de conducta y permitir que Yeni, la amiga/novia de Chala, coloque la imagen de una virgen en un mural del aula) hacen que sea sometida a un juicio sumarísimo por la mayoría de sus compañeros y directores, que quieren jubilarla. Al final de la película un fundido en negro y todo por responder. Y la voz de Chala que le dice "Deme profe, que yo le llevo la cartera". 

Y es así como Conducta aparece como una película oportuna y necesaria. Una película que convida a reflexionar sobre ese soporte ético fundamental en el que la Revolución Cubana construyó su proyecto social: la honestidad del hombre y, en consecuencia, una solidaridad humana basada en la integridad de sus principios y el respeto a su dignidad. Auténtico compromiso humanista revolucionario, pero donde el mundo marginal provocado por las carencias materiales de esa realidad social, donde buscarse la vida pasa por las formas ilegales y por aquellas que no deberían serlo, pero que una legislación arbitraria y restrictiva, basada en preceptos de un socialismo equivocado, ha impregnado de prohibiciones y tabúes la existencia ciudadana coartando la iniciativa individual. Y en este contexto, el niño es el objeto debatido, la metáfora de un futuro incierto sólo hipotéticamente rescatable gracias a la consecuencia y al compromiso ético de una educadora dispuesta a enfrentar el acoso de una estructura marcada por el mecanicismo burocrático, hipócrita e insensible, que la misma deformación del sistema ha engendrado en todas sus expresiones institucionales. Una vez más David (el individuo) contra Goliat (las instituciones). 

Y muchos piensan que la película Conducta hará época. Y por ello Ernesto Darana ya está de boca en boca, fundamentalmente entre los maestros, porque un gran mérito es, sin dudas, reivindicar a ese profesional que marca la historia de todos los seres humanos que asisten a una escuela: el maestro o maestra, el profesor o profesora. Y lo hace con una obra dura pero sentimental, y apoyado por sus componentes artísticos: un guión trabajado, buena fotografía y ambientación, y actores en estado de gracia (al menos, el dúo alumno y maestra, el dúo entre Chala y Carmela). 

Algunos han querido encontrar en la película cubana Conducta una fusión entre dos películas tan diferentes como la brasileña Estación central de Brasil (Walter Salles, 1998) y la alemana Good Bye, Lenin! (Wolfgang Becker, 2003). Con la primera, comparte tener como protagonistas a un niño y a una mujer mayor, ambos con carencias afectivas, que construyen una bella y profunda relación de amistad entre las penurias y hostilidad del mundo que los rodea. Con la segunda, comparte la evocación crítica, contradictoria y nostálgica, del otro mundo posible, que quería ser socialista, y la dureza con que chocó en sus concreciones hasta hoy: en la cinta alemana se habla de la Alemania Democrática en el 89, en nuestra película de hoy de la Cuba post-Periodo Especial (ese largo período de crisis económica que comenzó como resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991 y, por extensión, del Consejo de Ayuda Mutua Económica, así como por el recrudecimiento del embargo norteamericano desde 1992). 

En dos entornos esenciales crece y se desarrollan los niños y niñas: la familia como esencial, el centro escolar como importante, tanto que en ocasiones puede ser salvador cuando el primero falla. Y entonces aparecen esos grandes maestros, en todo el sentido de la palabra, y su conducta puede salvar a un niño.

sábado, 14 de abril de 2012

Cine y Pediatría (118). “Una historia casi divertida”, ¿o no?



Hay buenas películas que pasan desapercibidas; algunas, sorprendentemente, nunca llegan a ser estrenadas en la gran pantalla. Y uno las encuentra por casualidad (en vídeo o en Internet), muchas veces por el boca a boca de un compañero. Esto es lo que ha ocurrido con la película que hoy comentaremos (gracias, Miguel…).

Porque no muchas películas consiguen ser vistas con una buena sonrisa en la cara; y aún menos, que cuando acabe la proyección esa sonrisa te dure durante todo el día y regrese al recordarla con el tiempo. Y curiosamente dos películas lo han conseguido en las últimas dos semanas, dos películas atribuidas en ambos casos a un dúo de directores: la francesa Intocable (Eric Toledano y Olivier Nakache, 2011) y la estadounidense Una historia casi divertida (Ryan Fleck y Anna Boden, 2010).

Una historia casi divertida es una mezcla entre Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) e Inocencia interrumpida (James Mangold, 1999), por el fondo o tema; y entre Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006) y Juno (Jason Reitman, 2007), por la forma o estética. Basada en la novela de Ned Vizzini, “It's Kind of a Funny Story”, la película trata sobre los problemas psiquiátricos en la adolescencia, pero con personaje masculino como protagonista, con el recurso de una voz en off utilizada con eficacia y con el uso de momentos oníricos que funcionan. Todo ello para mostrarnos un drama en tono de comedia.

Craig (Keir Gilchrist, papel estelar muy logrado) es un adolescente de 16 años que no pasa por su mejor momento (“Mi padre siempre hace preguntas equivocadas, tengo un problema de vómitos por estrés y mis amigos me miran a veces como si fuera de otro planeta. Y estoy obsesionado con una chica, Nia, que da la casualidad que está saliendo con mi mejor amigo. Así que, ¿hay un motivo único que me impulsara a saltar de un puente?”) y piensa en idea del suicidio. Por ello acude a una clínica psiquiátrica, en busca de ayuda. Allí, la psiquiatra (Viola Davis) decide tenerle ingresado al menos durante cinco días. Pero resulta que la sala de psiquiatría para adolescentes está cerrada, de modo que no tiene más remedio que acudir a la sala de adultos. Durante su breve estancia, Craig podrá conocer a un buen número de pacientes con diversos problemas psicológicos y mentales, descubrirá sus talentos ocultos y hará una especial amistad con Bobby (Zach Galifianakis, en una actuación mucho más contenida que en Resacón en la Vegas) y con Noelle (Emma Roberts), una muchacha de su misma edad de la que se enamora. Con esta experiencia, Craig redescubrirá su vida y la importancia de los buenos y pequeños momentos para encontrar la felicidad. Y lo descubrirá cuando su única ventana al mundo exterior es un teléfono-confesionario en el pasillo del centro psiquiátrico y aunque ha tenido que compartir habitación con Muttada, un egipcio que no se mueve de la cama.

Un sencillo (y delicioso) guion, una adecuada dirección de actores, una estética audaz (como los sorprendentes recorridos por los dibujos de Manhattan) y una buena banda sonora (hasta 32 canciones y con una escena onírica interpretada por todos los internos homenaje a la canción de Queen y David Bowie: "Under Pressure"). Todo ello para conseguir una sencilla película repleta de buenos momentos, narrada a través de los días de la semana:

- Al inicio de la película, Craig está a punto de suicidarse y realiza una descripción onírica de su familia, más preocupada por la bici que ha dejado abandonada en el puente de Brooklyn que por el hecho de que esté a punto de saltar por él.
- Algunas escenas en off resultan apasionantes para entender al personaje, como la descripción de los distintos tipos de institutos en Nueva York, lo que significa tener éxito en la vida o el desarrollo de la relación entre Nia y su mujer amigo.
- Las escenas entre los dos adolescentes (el apocado Greig y la guapa Noelle), como el audaz diálogo de respuestas y preguntas o la escena-postal de la azotea… con las palabras “Greetings from Argenon Hospital”
- La música egipcia para animar a Muttada a salir de la habitación, prolegómeno de un final lleno de esperanza con las palabras “respirar… vivir”.

Así, pues Una historia casi divertida es una interesante comedia dramática sobre las tribulaciones de la adolescencia, dirigida por el tándem compuesto por Ryan Fleck y Anna Boden, quienes ya sorprendieron gratamente con Half Nelson (2006), una historia sobre profesor y alumno, de droga y aulas. Nos cuenta la historia de un joven profesor de Brooklyn (Ryan Gosling), que empieza a mantener una curiosa relación de amistad con una alumna de color (Shareeka Epps) cuando ésta descubre que nuestro protagonista es un adicto tanto a las drogas como al alcohol, sus sustancias favoritas cuando no ejerce la enseñanza. Podríamos decir que Half Nelson es la vertiente especular de las habituales historias de profesores y alumnos, en donde un grupo de alumnos acaban cambiando sus vidas cuando conocen a un profesor especial, el cual con sus lecciones de moralidad les enseñará algo verdaderamente importante y que nunca olvidarán (sobre ello hemos hablado suficiente en Cine y Pediatría 61 y 62). Sin embargo, Half Nelson se quedó a medias y eso pese a la portentosa interpretación de Ryan Gosling (que le valió incluso la nominación al Óscar), quien ya nos emocionó con su papel protagonista en el Diario de Noah (Nick Cassavetes, 2004) y que el año 2011 ha supuesto para él toda una consagración por partida triple: en la comedia (Crazy, Stupid, Love de Glenn Ficarra y John Requa), en el drama (Los idus de marzo de Marzo de George Clooney) o en el thriller (Driver de Nicolas Winding Refn). Ser nominado en este año a los Globos de Oro por Mejor actor de comedia y Mejor actor de drama no es una efeméride al alcance de todos.


Lo dicho, Ryan Fleck y Anna Boden, un dúo de directores a tener en cuenta; si bien, sus películas han tenido poco recorrido (o ninguno) por las salas de cine en España. Películas como Una historia casi divertida deberían recomendarse por prescripción facultativa, pues es capaz de abordar un problema tan acuciante como los problemas psiquiátricos en la infancia y adolescencia con gran sensibilidad…, incluso con toques poéticos, como cuando la psiquiatra le recita a Craig el poema “The Walking” de Theodore Roethke, que 60 años después resuena con la misma intensidad:

“Que Dios nos conceda la paciencia para aceptar las cosas que no podemos cambiar, la valentía para cambiar las cosas que puedan ser modificadas, y la sabiduría para diferenciar entre ambas”.

sábado, 30 de julio de 2011

Cine y Pediatría (81). La infancia en el cine de Truffaut (II): “La piel dura”


Dentro de la importancia de los niños en el cine de François Truffaut, la educación en la infancia es una de las líneas abiertas a lo largo de la carrera. Un ejemplo paradigmático es su película La piel dura (1976), en donde aborda este tema con una serie de historias corales que recorren la hipotética infancia de los niños en Thiers, una pequeña población de provincias, durante el curso escolar de 1976. Infancia que planea alrededor del colegio, el omnipresente colegio, incluso más patente que la propia familia. Padres, maestros y, sobre todo, niños y más niños, son los verdaderos protagonistas de esta pequeña joya. El mundo de los niños ha sido fuente de inspiración para Truffaut en numerosas ocasiones: el ingenio, la imaginación, la vulnerabilidad y la fuerza en los niños vuelven a quedar reflejados en esta deliciosa historia que aúna drama, comedia y fantasía.

Cada niño, cada alumno, es fácilmente identificable y sus historias se entrecruzan. Historias que son también nuestras, porque muchas de sus escenas podrían ser escenas de nuestra juventud: las clases, los compañeros, los deberes, los chistes en el patio, la revisión médica escolar, los amigos, el enamoramiento de juventud, el primer amor… y el primer beso. Truffaut, como no podía ser de otra manera, da una especial relevancia al cine y a los cines en esas infancias: cómo colarse en el cine del pueblo sin pagar, los primeros flirteos entre sus butacas, las películas que recordamos (curiosa la historia de Öscar, el niño que se comunica silbando y cómo los niños lo imitan en clase al cantar la tabla del ocho).

Niños alrededor de la escuela, pero que son el producto de sus familias, con dos antítesis: Julien (y su jersey a rayas blanco y azul) vive en un hogar casi abandonado con su abuela y su madre alcohólica, quienes lo maltratan, y termina convertido en ladrón y buscavidas, en un superviviente; Patrick (y su camiseta morada) vive con su padre inválido al que cuida con esmero, y busca el amor y cariño, bien el amor imposible en la madre de un amigo o el amor juvenil en Martine, una compañera de colegio. Truffaut realiza en La piel dura un esfuerzo para presentar, no solamente niños, sino también a sus maestros, con dos antítesis: el maestro Richet (Jean-Francoise Stévenin), agradable y empático con su grupo, flexible con el programa del curso y que sabe dosificar tanto la formación como la información en sus alumnos (Truffaut hace un homenaje a ese maestro que se preocupa por sus alumnos, que los conoce y aprecia, que es a veces padre y a veces amigo, y que acompaña al alumno en algunos difíciles años de su vida); la maestra Petit (Chantal Mercier), autoritaria e inflexible, a la que preocupa más la tarea que los alumnos.

Algunas escenas pueden causar un especial impacto como espectadores: la del gato y del niño de 2 años en la ventana, nos pondrá en vilo (con la previsible defenestración desde un noveno piso); la de la niña a la que castigan sus padres en el piso cuando ellos se van a comer, nos provocará la sonrisa (al apreciar la solidaridad del vecindario); la de las preguntas que los alumnos hacen al profesor, que acaba de ser padre, sobre la salud del hijo y de la madre, nos parecerá entrañable (incluyendo imágenes que son todo un alegato a favor de la lactancia materna); la escena final de argumentación del profesor ante su clase en defensa de los derechos de la infancia (y en contra de los malos tratos por los adultos), nos emocionará.

Pero el mensaje principal de la película surge de boca del profesor Richet y en tres ocasiones, en tres escenas que se convierten en metáfora:

Al principio de la película, en la primera lección que da el maestro: “Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella. Ojo, endureceros no es ser insensibles. Por una especie de extraño equilibrio, aquéllos que tuvieron una infancia difícil están generalmente mejor dotados para enfrentarse a la vida adulta que aquellos otros que disfrutaron de protección o de un exceso de cariño: es una especie de ley de compensación…Porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer y ser queridos”.

A mitad de la película, en esa inverosímil defenestración del niño de la que sale ileso, viene seguida por una conversación entre el profesor y su esposa: “No es verdad del todo que los niños estén en peligro constantemente. Un adulto hubiera muerto por el impacto, pero un niño no. Los niños son como una roca. Tropiezan por la vida sin quedar lastimados. Ellos se encuentran en estado de gracia y eso les permite tener la piel dura. Son mucho más resistentes que nosotros”.

Al final de la película, en el monólogo de fin de curso: “El caso de Julien es tan terrible que no podemos evitar el comparar nuestras vidas con la suya. Mi infancia no fue tan trágica, pero créanme estaba ansioso por crecer. Me daba cuenta que los adultos tenían todos los derechos. Son dueños de sí mismos, pueden vivir sus vidas como quieran. Un adulto que no es feliz puede comenzar su vida en otra parte, desde cero. Pero un niño que no es feliz está condenado a la impotencia. Sabe que es infeliz, pero no puede expresar esa infelicidad con palabras y, lo que es peor, algo dentro de él le impide poder dudar de sus padres o de los que lo hacen sufrir. Si un niño no es amado y sufre, él cree que es culpable y ¡eso es lo terrible!. De todas las injusticias de la humanidad, la injusticia hacia los niños es la peor, la más despreciable. La vida no siempre es justa y nunca lo será”.

Como en su primera película (Los cuatrocientos golpes), Truffaut reclama para sus niños (los de sus películas, o quizás para sí mismo), atención, respeto y, sobre todo, cariño. Una falta de cariño que nos ha estado confesando continuamente a lo largo de su filmografía. Y, aunque el propio Truffaut se reserva una pequeña aparición al principio de la película (como padre de Martine), es aquí la figura (y la voz) del profesor Richet su alter ego y quien habla por él.

Pese a la importancia en la vida real de los niños, estos han desempeñado en el cine un papel marginal: pues, aunque existen muchas películas en las que aparecen niños, hay pocas películas sobre la vida de éstos. La piel dura es una de estas excepciones, pues toda la película ronda alrededor de los niños. Y como los niños ya traen automáticamente consigo la poesía, estos convierten a La piel dura en un poema en imágenes. Un poema que nos dirige un mensaje: los adultos, al haber perdido la inocencia y espontaneidad de los primeros años de vida, a medida que endurecen su corazón, hace blanda su piel; por el contrario, los niños tienen el corazón blando y la piel dura.

La piel dura vuelve a hablar de la importancia de la educación en la infancia. Ya hemos hablado de otras películas francesas que son también pequeñas joyas de arte a la hora de reflexionar sobre la aventura de educar. Y cuando uno aprecia estas películas, no puede uno por menos que sentir vergüenza del estreno de películas como Bad teacher (Jake Kasdan, 2011), a mayor gloria de Cameron Díaz, una película soez, sin valores y con un mensaje que, aunque sea en tono de comedia, hiere la sensibilidad: puedes ser mal hablado, vago, sin valores ni metas (bueno, si, conseguir unas tetas más grandes)… y triunfarás. En realidad, esto nos suena hoy en día: es el mensaje tipo “gran hermano” (y prometen volver con edición 14… que Dios nos pille confesados).

Pero no le demos más vueltas a lo negativo. Quedémonos con la poesía de las palabras (en francés, por favor, siempre en versión original) y la fuerza del mensaje que el profesor Richet dirige a sus alumnos (no pestañean ante sus palabras) antes de sus vacaciones. ¿Se imaginan cómo esas palabras penetrarán en el cerebro y el corazón en plena formación de esos niños...?. Esa es la importancia del maestro, la importancia de la educación, la aventura de educar.