Mostrando entradas con la etiqueta deletreo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deletreo. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de agosto de 2026

Cine y Pediatría (864) Deletrear palabras mágicas con Eliza, Akeelah y tantos menores

 

El Scripps National Spelling Bee es el concurso nacional de ortografía más antiguo y prestigioso de Estados Unidos, y uno de los más largos en funcionamiento continuo del mundo. La práctica de celebrar spelling bees (concursos de deletreo) se originó en Estados Unidos como apoyo al aprendizaje del inglés, favorecida por la complejidad ortográfica del idioma y por libros escolares como los “Blue-backed Spellers” de Noah Webster (publicados desde 1786), que enseñaban a los niños a deletrear palabras sílaba a sílaba. 

El primer concurso nacional registrado se celebró en Louisville, Kentucky, organizado por el periódico local The Courier-Journal, y la final nacional tuvo lugar en Washington, D.C., el 17 de junio de 1925. El primer campeón fue Frank Neuhauser, de 11 años, que ganó 500 dólares al deletrear correctamente la palabra “gladiolus”. Hasta 1941 el concurso funcionó bajo el patrocinio del Courier-Journal; ese año, la empresa E. W. Scripps Company adquirió los derechos y lo rebautizó como Scripps Howard National Spelling Bee (más tarde acortado a Scripps National Spelling Bee en 2004 o Scripps Bee como más popular). 

El Scripps Bee se organiza como una entidad sin ánimo de lucro dentro de la E. W. Scripps Company y se celebra anualmente durante la semana posterior al Memorial Day (finales de mayo / principios de junio). Tras la Segunda Guerra Mundial, el concurso se ha celebrado de forma ininterrumpida desde 1946, salvo la cancelación de la edición de 2020 por la pandemia de COVID-19. La estructura habitual es la celebración de fases locales y regionales (donde miles de colegios y distritos organizan sus propios spelling bees y los ganadores de cada área acceden a niveles superiores) y el concurso nacional (donde cada estado enviaba a sus mejores concursantes, pero ha crecido a cientos de participantes con diferentes formatos). Desde 2011, las rondas finales se celebran en el Gaylord National Resort & Convention Center en National Harbor, Maryland, cerca de Washington, D.C. y las finales se transmiten en directo por la cadena ABC y plataformas digitales, alcanzando a millones de espectadores (en sus inicios se emitía por radio). 

Originalmente era un concurso pensado para escolares estadounidenses y, tradicionalmente, los concursantes no podían superar los 14–15 años. Desde mediados de los años 2000, se incorporaron participantes de otros países y territorios: Bahamas, Jamaica, Canadá, Guam, Islas Vírgenes, Nueva Zelanda, Puerto Rico, bases militares estadounidenses en el extranjero y, en algunos años, representantes de países de América Latina y Europa. Además, los premios han ido creciendo con el tiempo: en 1925, el primer premio eran 500 dólares, pero en ediciones recientes el campeón nacional recibe 50.000 dólares, además de medallas, trofeos y reconocimiento público; los finalistas también obtienen premios en metálico y becas. Y es tradición que los ganadores nacionales sean recibidos en la Casa Blanca y conozcan al presidente en ejercicio, lo que refuerza el prestigio social del concurso. 

La repercusión y el éxito del Scripps Bee inspiró otras iniciativas, como el Spelling Bee para adultos / sénior (desde 1996), así como imitaciones en otros países, como Venezuela, Perú y otros lugares, a veces organizados por centros culturales, ministerios de educación o instituciones bilingües. Hoy, el Scripps National Spelling Bee es mucho más que un concurso escolar: es un fenómeno cultural que combina educación, espectáculo televisivo y orgullo local, y que ha contribuido durante un siglo a poner en valor el dominio del vocabulario y la ortografía en inglés. 

Sobre este tema hace más de una década analizamos en Cine y Pediatría la película documental Spellbound (Al pie de la letra) (Jeffrey Blitz, 2002), si bien también enunciamos dos películas estrenadas unos años después sobre este mismo tema y que tiene como protagonista a dos niñas estadounidenses de la misma edad, dos niñas con especial talento para el deletreo y que hoy vamos a profundizar sobre ellas. 

 - La huella del silencio (Scott McGehee y David Siegel, 2005), fundamentada en el libro “Bee Season”, primera novela de Myla Goldberg, publicada cinco años antes, y que se centra en una adolescente que pretende ganar este concurso y la repercusión de este suceso sobre ella y su familia. Ella es Eliza Naumann (Flora Cross), una niña de 11 años, tímida y discreta, que de repente descubre un don extraordinario para deletrear palabras y comienza a ganar concursos de ortografía, hasta llegar a preparar el Scripps National Spelling Bee de Washington. A medida que Eliza avanza en la competición, la estructura familiar se desequilibra: su padre, Saul (Richard Gere), profesor de teología judía obsesionado con la Cábala, ve en el talento de su hija una posible vía para “escuchar a Dios” y se vuelca completamente en ella, mientras ignora emotivamente a su hijo mayor, Aaron (Max Minghella), que se rebela y busca refugio en otras espiritualidades (budismo, grupos alternativos). La madre, Miriam (Juliette Binoche), cargada con un trauma infantil y una fe herida, se siente cada vez más excluida y desencadenará conductas que ponen en evidencia la fragilidad de la familia. Al final, será Eliza quien, desde una experiencia casi mística en torno a las palabras, tome conciencia de que ni la perfección ni el éxito externo traen la felicidad, y con su actitud ayudará a replantear las prioridades de todos. 

Una historia que, en realidad, no se centra en el concurso en sí, sino en el hecho de cómo al surgir una potencial estrella en la familia (así se ven a estos jóvenes prodigios que concursan) se produce un efecto desgarrador de la frágil unión que hasta el momento había mantenida unida a la familia. Un reflejo de cómo muchos padres, aún con las mejores intenciones, pueden llegar a ver en los éxitos de sus hijos los sueños que ellos nunca alcanzaron, sin darse cuenta del daño que eso puede causar al desarrollo emocional en la infancia. Por ello esta película trabaja sobre todo la incomunicación familiar y la búsqueda de sentido a través de la religión, la mística y el conocimiento. Pero donde se mezclan aspectos para el debate, como la soledad y abandono (así, Aaron se siente invisible para su padre, Miriam arrastra un dolor antiguo que no puede compartir y Eliza acaba sintiéndose usada como “medio” para un fin espiritual del padre), la frustración y decepción (por ejemplo, la fe de Saul resulta más intelectual que vivida: busca “pruebas” de Dios en el éxito de su hija, y cuando la realidad no encaja con su teoría, queda desnudo ante su propia vacuidad), la esperanza y reconciliación (el giro de Eliza, que decide no perseguir la victoria a cualquier precio, abre una posibilidad de humildad, amor desinteresado y reconexión auténtica entre los miembros de la familia). 

Como reflexión de fondo, la película sugiere que la perfección (en los estudios, en la fe, en la imagen de familia feliz) no es camino de felicidad si se vive de manera obsesiva y egocéntrica. Propone, en cambio, una espiritualidad más humana y relacional, donde lo importante no es “oír a Dios” de forma extraordinaria, sino escuchar y acoger a las personas cercanas, especialmente a las que sufren en silencio. El título en España, La huella del silencio, apunta a esos dolores no dichos y a las marcas que dejan en cada personaje, y a la necesidad de ponerles palabra y cuidado para que la familia pueda sanar. Recordar que en otros países de habla hispana esta película se ha titulado como Palabras mágicas, lo cual no deja de tener una importante connotación con el hecho de deletrear. 

- Akeelah contra todos (Doug Atchison, 2006) es un drama inspirador sobre Akeelah Anderson (Keke Palmer), una niña de 11 años que vive en el sur de Los Ángeles, en un contexto familiar y escolar complicado: ha perdido a su padre, su madre (Ángela Bassett) está muy absorbida por el trabajo y su hermano se relaciona con malas influencias. Aunque al principio no se toma en serio la escuela, descubre que tiene una gran facilidad para las palabras: “No me gusta la escuela. Y no sé por qué tengo que hacer esto por ellos”, protesta Akeelah al principio, cuando le fuerzan para que participe en el Concurso de Deletreo. 

Su talento la lleva primero al ámbito escolar y después a competiciones cada vez más exigentes, donde recibe la ayuda de Dr. Larabee (Laurence Fishburne, también productor de la cinta), un profesor exigente pero decisivo en su formación. Y Akeelah lee esta frase en la pared del profesor: “Nuestro miedo más profundo es que seamos más poderosos de lo que creemos… Nacimos para que se manifieste la gloria de Dios que está en el interior de nosotros. Y dejando que nuestra luz brille, inconscientemente permitimos que la luz de los demás brille también”. 

En el camino encuentra amistad con otro niño deletreador, Jaime, de origen hispano, mientras también vive la compleja relación y competitividad con Dylan, el niño sometido por su padre a ser siempre el primero. La historia combina superación personal, aprendizaje y apoyo comunitario hasta la fase nacional del concurso, con un final muy “made in America”. Y aunque es una historia previsible, conviene no olvidar sus mensajes: que la inteligencia necesita constancia y método para convertirse en logro; que creer en uno mismo es clave para superar barreras externas e internas; que la familia, la escuela y el barrio pueden ser obstáculos o impulsores, según el apoyo que ofrezcan; y que el éxito no se mide solo por el premio final, sino también por el crecimiento personal y colectivo.

Porque Eliza, Akeelah y muchos otros menores se enfrentan no solo a la magia de las palabras, sino al riesgo de que ese don prodigioso ponga en peligro la magia de la infancia. 

 

sábado, 5 de enero de 2013

Cine y Pediatría (156). “Spellbound”, cuando uno duda de si las infancias tienen que ser al pie de la letra


El Scripps National Spelling Bee (o Concurso Nacional de Deletreo, conocido popularmente como “Bee”) es un concurso anual de deletreo para niños menores de 16 años que se realiza en Estados Unidos y que tiene gran fama en ese país, especialmente desde que en el año 1996 la cadena de televisión ESPN retransmite las últimas rondas de este concurso. Sin duda, este concurso de niños es un entorno que da mucho de sí para la reflexión, para la literatura y para el cine

En el año 2000 se publicó “Bee Season”, la primera novela de Myla Goldberg y que se centra en un adolescente que pretende ganar este concurso y la repercusión de este suceso sobre ella y su familia. De esa novela surgió la película La huella del silencio (Scott McGehee y David Siegel, 2006), donde la joven Eliza Nauman (Flora Cross) entrena para la prueba final del Concurso Nacional de Deletreo en la ciudad de Washington y, a partir de este hecho, se nos realiza un retrato caleidoscópico de su familia, de su padre Saúl (Richard Gere), un profesor de estudios religiosos judío que ve en la habilidad de su hija un don casi sobrenatural, de su madre Miriam (Juliette Binoche) y de su hermano Aarón (Max Minghella). En realidad, la película no se centra en el concurso en sí, sino en el hecho de cómo al surgir una potencial estrella en la familia (así se ven a estos jóvenes prodigios que concursan) se produce un efecto desgarrador de la frágil unión que hasta el momento había mantenida unida a la familia. Un reflejo de cómo muchos padres, aún con las mejores intenciones, pueden llegar a ver en los éxitos de sus hijos los sueños que ellos nunca alcanzaron, sin darse cuenta del daño que eso puede causar al desarrollo emocional en la infancia. 

En el mismo año se proyecta otra película sobre el mismo tema: Akeelah contra todos (Dough Atchison, 2006). Narra la historia de Akeelah Anderson (Keke Palmer), una niña de 11 años con gran talento en la ortografía y a quien deciden presentar para el Concurso Nacional de Deletreo, a la vez que la película explora la educación en un barrio deprimido de la comunidad negra y la relación con su madre viuda (Angela Bassett) y su entrenador (Laurence Fisburne). Una película familiar y con valores, en la que el concurso servirá para que la niña encuentre reconocimiento por su inteligencia, nuevos amigos y, especialmente, una razón para conseguir cambios positivos en su familia, en su colegio y en su comunidad. 

Pero es la película documental Spellbound (Al pie de la letra) (Jeffrey Blitz, 2002) quien hace un retrato más veraz, fascinante y emotivo de este concurso, un retrato de cómo lo viven los niños y sus familias, pues nos muestra la parte trasera del concurso. Y lo hace a través de las historias de ocho jóvenes talentos que compiten por este título: Angela, Nupur, Ted, Emily, Ashley, Neil, April y Harry. Niños y adolescentes norteamericanos de distinta procedencia y origen, algunos de familias emigrantes en busca del “sueño americano”: indios, hispanos, afroamericanos. La cámara (y el público) entra en las vidas de estos estudiantes mientras practican o mientras compiten en el concurso, descubriendo no solo la personalidad de cada uno de ellos, sino también los obsesivos hábitos de estudio que sus padres les imponen y los sacrificios por entregarse al cien por cien a la preparación del concurso. Desde las áridas llanuras de Texas hasta los verdes paisajes de Connecticut, desde los campos de Ozark hasta las grandes urbes como Washington, Spellbound acompaña a ocho adolescentes en su lucha por un sueño: convertirse en el "Bee" número uno del país. 

Con estas palabras comienza la película Spellbound: “En el país 9 millones de niños compiten en Estados Unidos en escuelas y ciudades en el Concurso de Deletreo. Sólo se clasifican 249 para el campeonato nacional en Washington. Durante dos días, 248 se equivocarán y sólo uno será el campeón. Esta es la historia de 8 niños norteamericanos que una primavera se disponen a ganar el campeonato nacional”. Tras un primer tercio de la película en que conocemos a los 8 adolescentes, sus familias y sus motivaciones, se nos muestra el transcurrir de las distintas rondas del concurso tras los 249 concursantes del primer día: segunda ronda (187 concursantes), tercera (168), cuarta (104), quinta (48), sexta (17)… y así hasta la décima en que sólo resta 3 finalistas, para, finalmente, llegar a proclamarse Nupur Lala como campeona nacional de 1999. Curiosamente, desde el año 1999 y tras Nupur Lala, son ya diez chicos americanos de ascendencia india los que ganan el concurso, de forma consecutiva en los últimos 5 años. La última ha sido Snigha Nadipati, natural de San Diego, quien ganó la 85 edición celebrada del 27 al 31 de mayo de 2012 y con “guetapens” como palabra final que tuvo que deletrear. 

La idea para hacer Spellbound (Al pie de la letra) llegó de la mano de su director en mayo de 1997, cuando éste vio por primera vez la final del “Bee”. Y se le ocurrió que, aunque el concurso era en sí fascinante, el público no sabía nada de los concursantes, de sus familias, del lugar donde vivían o de sus sueños personales, ya que sólo los conocían en la recta final del concurso. Esto le inspiró para hacer un documental que contara la historia personal de algunos de estos jóvenes deletreadores, aunque la elección de protagonistas candidatos se convirtió en una especie de rompecabezas según iba intentando encontrar el equilibrio adecuado de los participantes para su documental. Y el camino no fue fácil, aunque cada joven elegido tenía una gran historia detrás: Angela Arenivar tenía unos padres que habían entrado en Estados Unidos de forma ilegal desde México hacía años y nunca consiguieron aprender a hablar inglés; así que para Ángela, controlar el inglés y ganar en el “Bee” representaba la asimilación y el logro del "sueño americano". Y, a partir de ahí, los cineastas viajaron a Missouri, Texas, Connecticut, California, Michigan, Indian, Illinois, Washington D.C., Florida, Pennsylvania y New Jersey. Al final de la producción habían conseguido doce historias que se utilizarían para las ocho historias finales. Y también contactaron con antiguos ganadores del concurso, quienes expresaron que “es una tradición americana que se ha extendido por el mundo” o que “haber ganado algo así era un importante lastre”. Y también el juez del concurso comenta que “en este país, el deletreo forma parte de un proceso de la comunidad”

Fue Spellbound (Al pie de la letra) candidata al Oscar al Mejor Documental en el año 2003 (aunque se llevó el premio Bowling for Columbine de Michael Moore) y se convierte en un documental con muchas aristas. Y, aunque el eje central es la celebración de la final del “Bee”, en realidad es sólo el dispositivo para contar muchas otras historias y para debatir sobre los niños prodigio y cómo se lo plantean sus padres, algunos de los cuales crean métodos de trabajo sacrificados y rigurosos. Así es como expresa un padre la preparación de su hijo: "Lo primero que hacemos es averiguar el significado de la palabra, ver el lenguaje de origen, ver su raíz, la decimos contextualizada en una frase, pronunciamos la palabra correctamente, interiorizamos su significado en la cabeza, la deletreamos mentalmente, pensamos en su sonido antes de pronunciarla, la leemos por última vez con la mente, y deletreamos despacio la palabra. Eso es lo que hacemos"

Al final, el debate común de estas tres películas que se centran sobre el Concurso Nacional de Deletreo es reflexionar sobre sus aspectos positivos (como aprender disciplina que podrán utilizar el resto de sus vidas, así como el amor por las palabras y los libros) y también negativos (la repercusión sobre su infancia, al no disponer estos niños prácticamente de tiempo para jugar ni para estar con amigos, y sobre sus familias). Y ese tema particular nos dirige a una reflexión ponderada de los niños prodigio, por el riesgo intrínseco de pasar de niños estrellas a jóvenes y adultos estrellados, por ese estrecho límite que va de la genialidad a ciertas formas de malos tratos en la infancia.

Quizás lo más importante de la infancia es dejar a los niños ser niños y que ese don dure el mayor tiempo posible. Por ello, estas películas nos aportan una interesante reflexión sobre si, en realidad, las infancias tienen que ser al pie de la letra.

Mientras lo pensamos, deletreemos estas palabras y que adquieran todo el sentido: "Feliz 2013 a todos".