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sábado, 15 de agosto de 2026

Cine y Pediatría (866) “X + Y”, la fórmula matemática entre la capacidad y la vulnerabilidad


Las altas capacidades intelectuales se refieren a un funcionamiento intelectual, creativo o talentoso significativamente superior al habitual en una o varias áreas, y deben entenderse junto con el desarrollo emocional, social, motivacional y escolar del menor. Las características principales de las altas capacidades incluyen estos perfiles: precocidad intelectual, talento simple (con rendimiento excepcional en un área concreta), talento complejo, superdotación o capacidad intelectual general elevada y doble excepcionalidad (coexistencia de altas capacidades con otra condición o dificultad, como autismo, TDAH, dislexia, trastorno del desarrollo del lenguaje o dificultades emocionales). De todas ellas hay ejemplos en el cine y todas nos plantean los retos personales, familiares, sociales y académicos de estos niños, niñas y adolescentes. 

Sobre la doble excepcionalidad, ejemplo paradigmático de la neurodiversidad, ya comentamos hace poco la película española Wolfgang (Extraordinario) (Javier Ruiz Caldera, 2025), la historia de un niño de 10 años con trastorno del espectro autista (TEA) y altas capacidades para la música; y previamente conocimos personajes con el conocido como síndrome de Savant asociado al TEA, tanto en la película Rain Man (Barry Levinson, 1988), pura ficción, como en Mozart y la ballena (Petter Naess, 2005), historia real de Jerry Newport y Mary Meinel. Y hoy recordamos la película británica X+Y (Morgan Matthews, 2014), alrededor de Nathan Ellis, un adolescente con un talento matemático extraordinario y dificultades para interpretar las relaciones sociales, cuyo argumento se inspira en el documental de la BBC Beautiful Young Minds, centrado en jóvenes participantes en la Olimpiada Internacional de Matemáticas. El título X + Y alude a una expresión matemática, pero también puede leerse simbólicamente: Nathan intenta comprender un mundo humano que no funciona con la claridad, la previsibilidad y la lógica de una ecuación.    

Nathan Ellis (interpretado en la infancia por Edward Bker-Close y en la adolescencia por Assa Butterfield, presente en dos películas icónicas como El niño con el pijama de rayas y La invención de Hugo) aparece inicialmente como un niño que encuentra refugio en los números y una conexión afectiva especialmente intensa con su padre. Tras la muerte de este en un accidente de tráfico, su madre Julie (Sally Hawkins, reconocida especialmente por su Óscar como mejor actriz en La forma del agua) intenta acompañarlo, pero ambos tienen dificultades para comunicarse y para expresar físicamente el afecto. Y esta le dice: “Cuando alguien dice que te quiere, significa que ve algo valioso en ti, que sienten que vale la pena. ¿Es eso válido para ti?.” La narración muestra que la pérdida del padre no solo provoca dolor, sino que altera el precario equilibrio emocional y comunicativo del niño etiquetado como síndrome de Asperger, término que hoy ya esta´integrado en el diagnóstico de TEA. Su mundo matemático le proporciona orden, seguridad y un lenguaje alternativo para interpretar la realidad.   

Años después, el profesor Martin Humphreys (Rafe Spall), con secuelas iniciales ya de su esclerosis múltiple, descubre la extraordinaria capacidad matemática de Nathan y comienza a prepararlo para competir por un puesto en el equipo británico de la Olimpiada Internacional de Matemáticas. Él también fu un prodigio de las matemáticas, pero su prometedora carrera se vio truncada debido al avance de su enfermedad y sus propios demonios personales. La relación entre ambos no es la de un maestro perfecto y un alumno pasivo. Los dos están heridos, aislados y necesitan reconstruir un sentido de dirección. Martin enseña matemáticas, pero Nathan también le devuelve una razón para comprometerse con el mundo. Y se confiesa: “No hablo mucho; la gente piensa que no tengo nada que decir, pero no es verdad.” 

Nathan consigue viajar a Taiwán para el entrenamiento internacional. Y así les dice el entrenador: “Ustedes son los 16 jóvenes cerebros más hábiles del país. Entrenaremos con otros cuatro equipos nacionales”. Y allí conoce a Zhang Mei (Jo Yang), una joven matemática china. La amistad y la atracción que surgen entre ambos introducen una dimensión que Nathan no puede resolver mediante fórmulas: los sentimientos, la ambigüedad y el deseo. La competición deja entonces de ser únicamente un objetivo académico y se convierte en un proceso de apertura a experiencias nuevas, de reconocimiento de la vulnerabilidad y de aprendizaje interpersonal. 

X + Y nos habla de un adolescente que intenta traducir su mundo interior a los demás y que descubre progresivamente que las relaciones humanas no pueden resolverse siempre mediante fórmulas, aunque él piense así: “Si la verdad es belleza y la belleza es verdad, entonces las matemáticas es de las cosas más bellas”. El verdadero crecimiento de Nathan no consiste en convertirse en mejor competidor, sino en aceptar la vulnerabilidad, establecer vínculos y comprender que pedir ayuda no disminuye su inteligencia. 

Una historia donde la música tiene especial relevancia, en concreto el cantautor de folk rock y poeta británico Keaton Henson, pues tres de sus canciones ponen emoción a las tres partes de esta historia: en la introducción a su infancia y duelo oímos el “Sweetheart, What Have You Done to Us”, en el núcleo argumental que supone su encuentro con Martin aparece “You”, y el colofón final lo pone “Small Hands”. Ese tercer personaje invisible que es la música es una buena base para conocer a los principales personajes de esta historia: Nathan, navegando entre la capacidad y la vulnerabilidad; Julie, esa madre que quiere proteger a su hijo, pero no siempre sabe cómo acercarse a él; Martin, el mentor y personaje herido; y Zhang Mei, ese vínculo de amistad que permite que cada uno vea al otro como persona, no solo como rival. 

Una película que nos advierte que la doble excepcionalidad requiere una mirada compleja. Y aunque la película vincula altas capacidades y autismo, esta combinación no debe generalizarse, pues la mayoría de los niños con altas capacidades no son autistas, y las personas autistas presentan perfiles muy diversos. Además, cabe considerar estos otros puntos de análisis y reflexión: que la inteligencia no es una identidad completa y nos recuerda que el talento debe acompañarse de relaciones, seguridad emocional y oportunidades de pertenencia; que no todas las altas capacidades son globales (y como nuestro personaje, ser extraordinario en el razonamiento matemático y, simultáneamente, necesitar apoyo en comunicación social, regulación emocional o autonomía cotidiana); y que ganar no es el único desenlace posible (y vemos como el verdadero logro de Nathan no es el éxito en la competición, sino ampliar su mundo: tolerar la incertidumbre, establecer vínculos y aceptar que puede necesitar a otras personas sin que eso disminuya su inteligencia). 

En conjunto X + Y resuelve esa fórmula matemática entre la capacidad y la vulnerabilidad de las personas con doble excepcionalidad y plantea una idea central: el objetivo de la educación no es fabricar un ganador, sino ayudar a la persona a desarrollar sus capacidades sin perder la posibilidad de relacionarse, elegir y ser feliz. 

Para finalizar, cabe citar que se acaba de estrenar la película española Altas capacidades (Víctor García León, 2026), una comedia negra que retrata una doble obsesión contemporánea: la de los padres que quieren convertir a su hijo en una prueba de su propio éxito y la de una clase media que aspira a penetrar en los espacios exclusivos de la élite. Allí donde Alicia (Marian Álvarez) y Gonzalo (Israel Elejalde) interpretan los problemas escolares y de conducta de su hijo Fer como indicios de una inteligencia excepcional. En lugar de afrontar directamente sus dificultades, proyectan sobre él una identidad tranquilizadora: Fer no sería un niño conflictivo o desorientado, sino un niño con “altas capacidades” cuyo talento no está siendo comprendido. Y ahí reside la primera ironía del filme: el diagnóstico —o, más exactamente, la etiqueta— deja de ser una herramienta para comprender al menor y se convierte en una justificación emocional para los adultos que quieren incorporar a su hijo a un colegio privado de élite, lo que revela las verdaderas motivaciones de los padres: nuevos contactos, prestigio, oportunidades laborales y acceso a un mundo socialmente superior. La película critica así la tendencia a transformar a los hijos en proyectos de realización personal, social y económica. 

Algunos críticos han relacionado la película como una mezcla entre la tradición del guionista español Rafael Azcona, por la atención a las pequeñas miserias morales, y la más reciente sátira social del director sueco Ruben Östlund, por la incomodidad que generan los rituales de pertenencia y humillación social. El título es irónico, porque las “altas capacidades” no designan únicamente la supuesta inteligencia de Fer, sino también la capacidad de los adultos para fabricar relatos, justificar decisiones y adaptarse a un sistema de privilegios. Alicia y Gonzalo demuestran una extraordinaria capacidad para no ver lo que tienen delante: las necesidades reales de su hijo, sus propias contradicciones y el precio de la integración social.

 

sábado, 1 de agosto de 2026

Cine y Pediatría (864) Deletrear palabras mágicas con Eliza, Akeelah y tantos menores

 

El Scripps National Spelling Bee es el concurso nacional de ortografía más antiguo y prestigioso de Estados Unidos, y uno de los más largos en funcionamiento continuo del mundo. La práctica de celebrar spelling bees (concursos de deletreo) se originó en Estados Unidos como apoyo al aprendizaje del inglés, favorecida por la complejidad ortográfica del idioma y por libros escolares como los “Blue-backed Spellers” de Noah Webster (publicados desde 1786), que enseñaban a los niños a deletrear palabras sílaba a sílaba. 

El primer concurso nacional registrado se celebró en Louisville, Kentucky, organizado por el periódico local The Courier-Journal, y la final nacional tuvo lugar en Washington, D.C., el 17 de junio de 1925. El primer campeón fue Frank Neuhauser, de 11 años, que ganó 500 dólares al deletrear correctamente la palabra “gladiolus”. Hasta 1941 el concurso funcionó bajo el patrocinio del Courier-Journal; ese año, la empresa E. W. Scripps Company adquirió los derechos y lo rebautizó como Scripps Howard National Spelling Bee (más tarde acortado a Scripps National Spelling Bee en 2004 o Scripps Bee como más popular). 

El Scripps Bee se organiza como una entidad sin ánimo de lucro dentro de la E. W. Scripps Company y se celebra anualmente durante la semana posterior al Memorial Day (finales de mayo / principios de junio). Tras la Segunda Guerra Mundial, el concurso se ha celebrado de forma ininterrumpida desde 1946, salvo la cancelación de la edición de 2020 por la pandemia de COVID-19. La estructura habitual es la celebración de fases locales y regionales (donde miles de colegios y distritos organizan sus propios spelling bees y los ganadores de cada área acceden a niveles superiores) y el concurso nacional (donde cada estado enviaba a sus mejores concursantes, pero ha crecido a cientos de participantes con diferentes formatos). Desde 2011, las rondas finales se celebran en el Gaylord National Resort & Convention Center en National Harbor, Maryland, cerca de Washington, D.C. y las finales se transmiten en directo por la cadena ABC y plataformas digitales, alcanzando a millones de espectadores (en sus inicios se emitía por radio). 

Originalmente era un concurso pensado para escolares estadounidenses y, tradicionalmente, los concursantes no podían superar los 14–15 años. Desde mediados de los años 2000, se incorporaron participantes de otros países y territorios: Bahamas, Jamaica, Canadá, Guam, Islas Vírgenes, Nueva Zelanda, Puerto Rico, bases militares estadounidenses en el extranjero y, en algunos años, representantes de países de América Latina y Europa. Además, los premios han ido creciendo con el tiempo: en 1925, el primer premio eran 500 dólares, pero en ediciones recientes el campeón nacional recibe 50.000 dólares, además de medallas, trofeos y reconocimiento público; los finalistas también obtienen premios en metálico y becas. Y es tradición que los ganadores nacionales sean recibidos en la Casa Blanca y conozcan al presidente en ejercicio, lo que refuerza el prestigio social del concurso. 

La repercusión y el éxito del Scripps Bee inspiró otras iniciativas, como el Spelling Bee para adultos / sénior (desde 1996), así como imitaciones en otros países, como Venezuela, Perú y otros lugares, a veces organizados por centros culturales, ministerios de educación o instituciones bilingües. Hoy, el Scripps National Spelling Bee es mucho más que un concurso escolar: es un fenómeno cultural que combina educación, espectáculo televisivo y orgullo local, y que ha contribuido durante un siglo a poner en valor el dominio del vocabulario y la ortografía en inglés. 

Sobre este tema hace más de una década analizamos en Cine y Pediatría la película documental Spellbound (Al pie de la letra) (Jeffrey Blitz, 2002), si bien también enunciamos dos películas estrenadas unos años después sobre este mismo tema y que tiene como protagonista a dos niñas estadounidenses de la misma edad, dos niñas con especial talento para el deletreo y que hoy vamos a profundizar sobre ellas. 

 - La huella del silencio (Scott McGehee y David Siegel, 2005), fundamentada en el libro “Bee Season”, primera novela de Myla Goldberg, publicada cinco años antes, y que se centra en una adolescente que pretende ganar este concurso y la repercusión de este suceso sobre ella y su familia. Ella es Eliza Naumann (Flora Cross), una niña de 11 años, tímida y discreta, que de repente descubre un don extraordinario para deletrear palabras y comienza a ganar concursos de ortografía, hasta llegar a preparar el Scripps National Spelling Bee de Washington. A medida que Eliza avanza en la competición, la estructura familiar se desequilibra: su padre, Saul (Richard Gere), profesor de teología judía obsesionado con la Cábala, ve en el talento de su hija una posible vía para “escuchar a Dios” y se vuelca completamente en ella, mientras ignora emotivamente a su hijo mayor, Aaron (Max Minghella), que se rebela y busca refugio en otras espiritualidades (budismo, grupos alternativos). La madre, Miriam (Juliette Binoche), cargada con un trauma infantil y una fe herida, se siente cada vez más excluida y desencadenará conductas que ponen en evidencia la fragilidad de la familia. Al final, será Eliza quien, desde una experiencia casi mística en torno a las palabras, tome conciencia de que ni la perfección ni el éxito externo traen la felicidad, y con su actitud ayudará a replantear las prioridades de todos. 

Una historia que, en realidad, no se centra en el concurso en sí, sino en el hecho de cómo al surgir una potencial estrella en la familia (así se ven a estos jóvenes prodigios que concursan) se produce un efecto desgarrador de la frágil unión que hasta el momento había mantenida unida a la familia. Un reflejo de cómo muchos padres, aún con las mejores intenciones, pueden llegar a ver en los éxitos de sus hijos los sueños que ellos nunca alcanzaron, sin darse cuenta del daño que eso puede causar al desarrollo emocional en la infancia. Por ello esta película trabaja sobre todo la incomunicación familiar y la búsqueda de sentido a través de la religión, la mística y el conocimiento. Pero donde se mezclan aspectos para el debate, como la soledad y abandono (así, Aaron se siente invisible para su padre, Miriam arrastra un dolor antiguo que no puede compartir y Eliza acaba sintiéndose usada como “medio” para un fin espiritual del padre), la frustración y decepción (por ejemplo, la fe de Saul resulta más intelectual que vivida: busca “pruebas” de Dios en el éxito de su hija, y cuando la realidad no encaja con su teoría, queda desnudo ante su propia vacuidad), la esperanza y reconciliación (el giro de Eliza, que decide no perseguir la victoria a cualquier precio, abre una posibilidad de humildad, amor desinteresado y reconexión auténtica entre los miembros de la familia). 

Como reflexión de fondo, la película sugiere que la perfección (en los estudios, en la fe, en la imagen de familia feliz) no es camino de felicidad si se vive de manera obsesiva y egocéntrica. Propone, en cambio, una espiritualidad más humana y relacional, donde lo importante no es “oír a Dios” de forma extraordinaria, sino escuchar y acoger a las personas cercanas, especialmente a las que sufren en silencio. El título en España, La huella del silencio, apunta a esos dolores no dichos y a las marcas que dejan en cada personaje, y a la necesidad de ponerles palabra y cuidado para que la familia pueda sanar. Recordar que en otros países de habla hispana esta película se ha titulado como Palabras mágicas, lo cual no deja de tener una importante connotación con el hecho de deletrear. 

- Akeelah contra todos (Doug Atchison, 2006) es un drama inspirador sobre Akeelah Anderson (Keke Palmer), una niña de 11 años que vive en el sur de Los Ángeles, en un contexto familiar y escolar complicado: ha perdido a su padre, su madre (Ángela Bassett) está muy absorbida por el trabajo y su hermano se relaciona con malas influencias. Aunque al principio no se toma en serio la escuela, descubre que tiene una gran facilidad para las palabras: “No me gusta la escuela. Y no sé por qué tengo que hacer esto por ellos”, protesta Akeelah al principio, cuando le fuerzan para que participe en el Concurso de Deletreo. 

Su talento la lleva primero al ámbito escolar y después a competiciones cada vez más exigentes, donde recibe la ayuda de Dr. Larabee (Laurence Fishburne, también productor de la cinta), un profesor exigente pero decisivo en su formación. Y Akeelah lee esta frase en la pared del profesor: “Nuestro miedo más profundo es que seamos más poderosos de lo que creemos… Nacimos para que se manifieste la gloria de Dios que está en el interior de nosotros. Y dejando que nuestra luz brille, inconscientemente permitimos que la luz de los demás brille también”. 

En el camino encuentra amistad con otro niño deletreador, Jaime, de origen hispano, mientras también vive la compleja relación y competitividad con Dylan, el niño sometido por su padre a ser siempre el primero. La historia combina superación personal, aprendizaje y apoyo comunitario hasta la fase nacional del concurso, con un final muy “made in America”. Y aunque es una historia previsible, conviene no olvidar sus mensajes: que la inteligencia necesita constancia y método para convertirse en logro; que creer en uno mismo es clave para superar barreras externas e internas; que la familia, la escuela y el barrio pueden ser obstáculos o impulsores, según el apoyo que ofrezcan; y que el éxito no se mide solo por el premio final, sino también por el crecimiento personal y colectivo.

Porque Eliza, Akeelah y muchos otros menores se enfrentan no solo a la magia de las palabras, sino al riesgo de que ese don prodigioso ponga en peligro la magia de la infancia. 

 

sábado, 18 de julio de 2026

Cine y Pediatría (862) “Los Tenenbaums. Una familia de genios”, pero totalmente desestructurada

 

Wes Anderson es uno de los directores de cine estadounidenses contemporáneos más singulares, con una filmografía muy particular y muy reconocible, con estos rasgos: simetría y encuadres frontales muy marcados, con composiciones casi pictóricas; paletas cromáticas muy controladas, a menudo con colores pastel o tonos cuidadosamente equilibrados; uso muy visible de decorados, vestuario y utilería como parte esencial del relato; narración coral, con repartos amplios y muchos personajes secundarios memorables; movimientos de cámara y coreografías muy calculadas, con travellings y planos largos que refuerzan el orden visual , y un humor seco, nostalgia y una sensibilidad emocional que suele esconderse bajo una apariencia fría o geométrica. 

Sirva como ejemplo de todo lo anterior algunas de sus películas más icónicas como Academia Rushmore (1998), Life Aquatic (2004), Fantástico Sr. Fox (2009), Moonrise Kingdom (2012), El Gran Hotel Budapest (2014), Isla de perros (2018) y, muy especialmente, Los Tenenbaums. Una familia de genios (2001). Y es que esta última película, de la que estamos celebrando las bodas de plata de su estreno, sigue divirtiendo y sorprendiendo.  

Los Tenenbaums. Una familia de genios es una tragicomedia que explora la culpa, las segundas oportunidades de esos niños prodigio y la posibilidad de recuperar los viejos vínculos, y ello con el particular universo visual, musical y narrativo de Wes Anderson. El guion, coescrito por el director junto a su amigo de la infancia Owen Wilson, estuvo nominado al Oscar al mejor guion original. 

La película está construida narrativamente como si fuera la adaptación cinematográfica de un libro de biblioteca. Cada salto importante en la trama está marcado de forma literaria mediante pantallas fijas que muestran las páginas de un libro real impreso. La historia cuenta con un narrador omnisciente con voz en off (en su versión original interpretado por el actor Alec Baldwin). Y se organiza estructuralmente en las tres partes habituales de la estructura narrativa clásica: introducción, nudo y desenlace. 

- Introducción: el prólogo donde se nos presentan los genios de la familia. 
El narrador presenta a los tres hermanos Tenenbaum durante su infancia, destacando que todos eran prodigios: Chas (Ben Stiller), un genio de las finanzas; Margot (Gwyneth Paltrow), una aclamada dramaturga; y Richie (Luke Wilson), campeón de tenis juvenil. Sin embargo, esta brillantez se desvanece abruptamente debido a dos décadas de decepciones causadas por el abandono de su padre, Royal (Gene Hackman), a su madre Etheline (Angelica Huston). 

- Nudo: el reencuentro y las mentiras, que se nos presenta de los capítulos 1 al 8
Veinte años después, la familia vive distanciada y sumida en el fracaso emocional. El padre de la familia, se queda sin dinero y decide volver a su casa. Para ganarse el amor de sus hijos y recuperar a su esposa - que planea casarse con su contable, Henry (Danny Glover) -, finge tener una enfermedad terminal. Durante este tiempo, todos vuelven a vivir bajo el mismo techo, lo que provoca la explosión de sus problemas, depresiones y secretos. 

- Desenlace.la catarsis y la reconciliación. 
El engaño del padre finalmente se descubre, lo que provoca una crisis familiar temporal. A pesar del enojo, este evento actúa como una purga emocional y les permite sacar a la luz las heridas del pasado- En esta última parte, cada miembro de la familia comienza a sanar: Royal reconoce el daño que causó, se aleja para que su exmujer sea feliz, y los hermanos encuentran la manera de seguir adelante con sus vidas de forma más equilibrada. 

Aparte del núcleo familiar de los Tenenbaum, existen otros personajes que se cruzan en su universo: Eli Cash (Owen Wilson), el vecino de la infancia y mejor amigo de Richie, escritor adicto a las drogas que busca desesperadamente ser aceptado como un miembro legítimo de la familia Tenenbaum; Raleigh St. Clair (Bill Murray), un neurólogo e intelectual extremadamente apático que está casado con Margot y que se pasa sus días estudiando el comportamiento de un joven sujeto de pruebas llamado Dudley; o Pagoda (Kumar Pallana), el leal mayordomo e intermediario de la casa, quien, a pesar de trabajar con Etheline, mantiene una extraña alianza de espionaje y amistad secreta con Royal. 

Señalar que el director de fotografía, Robert D. Yeoman, trabajó codo a codo con Anderson para asentar las bases del universo estético del director. Y donde destaca la uniformidad de los personajes, pues los tres genios hermanos visten exactamente la misma ropa durante casi toda la película (Chas con su chándal rojo de Adidas, Margot con su abrigo de piel y Richie con sus gafas y cinta de tenis) como si fueran dibujos animados o juguetes estáticos. 

Y si importante es la fotografía, qué decir del uso exquisito que Wes Anderson hace siempre de la música, en este caso combinando composiciones clásicas de Mark Mothersbaugh con canciones icónicas de la cultura pop de los años 60 y 70, del folk melancólico al punk rock, pasando por el pop más clásico, con temas como temas de Nico (“These Days”), Elliott Smith (“Needle in the Hay”), Paul Simon ("Me and Julio Down by the Schoolyard"), The Velvet Underground ("Stephanie Says"), Ramones ("Judy Is a Punk"), Bob Dylan ("Wigwam"), The Clash ("Police & Thieves"), Van Morrison ("Everyone") o The Rolling Stones ("Ruby Tuesday" y "She Smiled Sweetly"). Porque Wes Anderson es un ejemplo claro de fusión de lo sonoro y lo visual. 

Pero aparte de la estética, Los Tenenbaums. Una familia de genios también deja una mezcla poderosa de emociones y transmite varios mensajes sobre la infancia perdida, la fragilidad del éxito y la posibilidad (imperfecta) de redención familiar. Quizás el más importante es que la infancia no superada marca la vida adulta: los hijos prodigio siguen anclados en sus roles infantiles, incapaces de madurar plenamente por heridas emocionales tempranas. Y eso porque el éxito no garantiza la felicidad: el talento y la fama de los Tenenbaum no impiden sus fracasos personales y vacío afectivo. Y es que pocos dudan que la familia es nuestro ecosistema clave como fuente de daño y salvación: aquí la figura del padre ausente/egoísta es responsable de muchas fracturas, aunque su (cuestionable) intento de redención abre la puerta a la reconciliación, aunque imperfecta. 

Los Tenenbaums ofrece una lección doble: muestra lo destructivo que puede ser el abandono emocional y, al mismo tiempo, sugiere que la redención y el afecto son posibles aunque nunca completos ni perfectos. La película celebra la imperfección humana con ternura y mirada crítica.

 

sábado, 18 de octubre de 2025

Cine y Pediatría (823) “Wolfgang”, extraordinaria la neurodiversidad y la música



Una feel good movie es un término en inglés (traducible como película agradable, reconfortante, o que te hace sentir bien) que se usa para describir a aquellas películas cuyo principal objetivo es generar sentimientos de alegría, optimismo y bienestar en el espectador. Y ello pese al tema que se trate. Y baste recordar alguno de los títulos ya tratados en Cine y Pediatría que pueden encuadrase como feel good movie: ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), Mejor… imposible (James L. Brooks, 1997), Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), Tiempos de azúcar (Juan Luís Iborra, 2001), Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006), El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007), Juno (Jason Reitman, 2007), The Blind Side (Un sueño posible) (John Lee Hancock, 2009), Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011), Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012), Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012), Las ventajas de ser un maginado (Stephen Chbosky, 2012), The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013), El camino de vuelta (Nat Faxon y Jim Rash, 2013), La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014), Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014), Boyhood (Momentos de una vida) (Richard Linklater, 2014), St. Vincent (Theodore Melfi, 2014), Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), Yo, él y Raquel (Alfonso Gómez-Rejón, 2015), Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016), Sing Street (Jorn Carney, 2016), La vida de Calabacín (Claude Barras, 2016), Lady Bird (Greta Gerwing, 2017), El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017), Wonder (Stephen Chbosky, 2017), Mentes brillantes (Thomas Lilti, 2018), Familia al instante (Sean Anders, 2018), Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), CODA: Los sonidos del silencio (Sian Heder, 2021), La brigada de la cocina (Louis-Julien Petit, 2022), La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), entre otras.

Y hoy llega una reciente feel good movie española, que nos acerca a la neurodiversidad y la música: Wolfgang (Extraordinario) (Javier Ruiz Caldera, 2025), adaptación de la novela homónima de Laia Aguilar. Y que marca un giro del director, conocido más por sus obras en tono de comedia (Spanish Movie, 2009; Promoción fantasma, 2012; Anacleto, agente secreto, 2015; Superlópez, 2018) y que hoy nos dirige a esta "dramedia" familiar reconfortante. Y donde la historia se centra en Wolfgang (interpretado por Jordi Catalán), un niño de 10 años con altas capacidades y trastorno del espectro autista (TEA). Su vida, marcada por la estricta rutina y su prodigioso talento para el piano, se ve drásticamente alterada tras la repentina muerte de su madre. Wolfgang se ve obligado a mudarse a Barcelona para vivir con su padre, Carles (Miki Esparbé), a quien no conoce en absoluto. Carles es un actor bohemio, desorganizado e inmaduro, que contrasta totalmente con la mente metódica y ordenada de su hijo. El conflicto principal surge del choque entre estos dos mundos: Wolfgang no soporta el caos de su padre, su desorden ni su desorganización y lo considera un “bajocien” por su falta de intelecto. Es por ello que, en secreto, planea conseguir una beca para la prestigiosa academia de música Grimald de París (donde estudió su madre) para convertirse en el mejor pianista del mundo y escapar de su nueva realidad. 

“¿De verdad tengo que vivir con este señor?”, le dice Wolfgang a su abuela cuando conoce a Carles y llegar a confirmar que son tan diferentes: el caos frente al orden. Wolfgang tiene su libreta donde apunta todo: “Lista de cosas inútiles: echarse la siesta, leer novelas, dar besos y abrazos, practicar deportes, comer chicles, pasar la tarde en un centro comercial, los parques de atracciones, bailar,…” a lo que añade tras su primer contacto “… un padre”

Carles afronta el reto de la paternidad tardía con voluntad, pero sin las herramientas emocionales o la experiencia necesaria, lo que lo lleva a un "curso exprés" de crecimiento personal y gestión emocional. Cuando Carles le explica a un amigo que su hijo no es como los otros niños, que tiene TEA, aquel le dice: “TEA, TDA, TOC, ahora todos los críos están diagnosticados con una cosa de estas. Pero por muy Asperger que sea, ¿cómo vas a explicarle que no te hayas ocupado de él todo este tiempo?” 

El dilema de Carles se intensifica al tener que elegir entre una importante oportunidad profesional como actor y convertirse en el padre que su hijo, con sus necesidades especiales, requiere. Y sigue escribiendo en su libreta: “Cosas absurdas que me ha propuesto Carles: ir al teatro, jugar a fútbol, pasear en bici,…”. Y la profesora le explica al padre: “Claro, va dos cursos por encima de lo que le toca. Al hacerle las pruebas de inteligencia, le salió un coeficiente de 152. Piense que usted y yo seguramente no pasamos de 95 o 100. Intelectualmente, Wolfgang está muy por encima de sus compañeros, pero a nivel emocional y social todavía tiene que trabajar mucho. Tener un alumno con altas capacidades y autismo representa un desafío único para maestros y familias. Por eso es importante que todos veamos la situación de la misma forma”. (Por cierto, al registrar esta conversación se habla de “coeficiente intelectual”, denominación errónea según la RAE, pues debe denominarse como “cociente intelectual”). En el camino, cuando Wolfgang se pone nervioso se tapa los oídos y cuenta números primos, mientras prepara su audición con Mia (Anna Castillo”, quien le descubre que siempre realiza listas negativas y le anima a que escriba listas positivas de las personas o las cosas. 

La historia avanza con divertidas escenas. Y al final entendemos la causa del fallecimiento de la madre y resulta terapéutico. Y como buena feel good movie, todo se soluciona entre padre e hijo. Incluso tiene el cameo del directo J.A. Bayona… Y una nota personal: parte de esta película está grabada en el Colegio Alemán de Esplugas de Llobregat, donde pasé mi infancia, y donde también se grabó el film De mayor quiero ser soldado (Christian Molina, 2010).  

Wolfgang (Extraordinario) no pasará a la historia como una feel good movie inolvidable, pero si es una película rica en reflexiones sobre las relaciones humanas, la diferencia y el crecimiento personal. Una película que acepta e integra la neurodiversidad, a través del TEA de Wolfgang, tratado con respecto, rigor y humanidad, enfatizando que su singularidad no es un defecto, sino parte de su identidad, con la que cabe empatizar en el contexto familiar y educativo. Y cuya historia, en esencia, es un viaje paternofilial, donde Carles aprenderá que la paternidad es un acto de maduración y sacrificio, y donde se nos refuerza la idea de las segundas oportunidades y la posibilidad de la reconciliación familiar. También aborda el duelo (por la pérdida de la madre) y el valor terapéutico de la música como vehículo para expresar y procesar el dolor. En resumen, una “dramedia” que, aunque utiliza una fórmula amable, logra hacer un retrato sensible y profundo sobre la crianza de un niño fuera de serie, la superación del dolor y el redescubrimiento del vínculo familiar.

 

sábado, 17 de mayo de 2025

Cine y Pediatría (801) “Hijo de Caín”, jaque mate a la maldad

 

Los personajes de Caín y Abel, los dos primeros hijos de Adán y Eva, cuya historia es narrada en el libro del Génesis, no solo es un relato del primer asesinato, sino una alegoría sobre la naturaleza humana (Caín representa la inclinación hacia los celos, la ira y la violencia, mientras que Abel representa la bondad, la humildad y la fe), la elección entre el bien y el mal, así como el pecado y sus consecuencias dentro de la compleja dinámica de las relaciones familiares. Y esta aproximación bíblica nos introduce en la película Hijo de Caín (Jesús Monllaó, 2013), en lo que fue su ópera prima en el largometraje (y hasta el momento la única película que ha dirigido) y que adapta la novela “Querido Caín”, de Ignacio García-Valiño. 

La historia nos presenta a Coral (María Molins) y Carlos (José Coronado), un matrimonio muy bien acomodado que atraviesa una crisis familiar provocada por su hijo Nico (David Solans), un inquietante adolescente superdotado y obsesionado con el ajedrez, que manifiesta un comportamiento poco sociable con su entorno en general y con su padre en particular, con el que prácticamente no tiene ningún tipo de comunicación. Esta situación preocupa a sus padres, que incapaces de resolver el conflicto y alarmados por la escalada de agresividad que comienza a mostrar Nico deciden contratar a un psicólogo icomo última alternativa para ayudar al hijo y evitar enviarlo a un internado. Julio (Julio Manrique), el psicólogo, usará el ajedrez como eje de su terapia, una apuesta arriesgada donde Julio se lo jugará todo convencido de su capacidad para bucear en el interior de Nico y descubrir el origen de su conducta. 

En una de las primeras escenas vemos que Nico tiene en sus manos el libro “El pequeño tirano” de Raymond Gibson, en donde nos acerca al conocido como Síndrome del emperador, la manera en que se define a aquellos hijos que se comportan de forma tirana con sus padres, desafiando su autoridad, exigiendo constantemente y, en algunos casos, siendo agresivos; un síndrome que se caracteriza por una falta de empatía, poca tolerancia a la frustración y una tendencia a dominar la dinámica familiar. Algo que veremos que no será ajeno a nuestro protagonista y por ello los a madre le dice a su marido: “Carlos, Nico no es normal”, a lo que el padre responde: “Tiene 14 años. A ese edad ningún chico es normal”. Pero una serie de hechos hacen más disruptiva la situación en la familia y en las clases, hasta el punto que el director del colegio expresa a sus padres. “Ya era muy extraño de pequeño. Ahora es muy extraño y muy mezquino”

Es en ese momento cuando aparece Julio, y este se intenta ganar la confianza de Nico con una afición común de ambos por el ajedrez. Y así le explica Julio a Nico: “El 11 de mayo de 1997 un ordenador de IBM ganó al campeón del mundo de ajedrez. De seis partidas, el ordenador, que se llamaba Deep Blue, ganó tres y empató una. Aquello fue el final de una época. Hasta ese día se consideraba que el ajedrez era una mezcla entre arte y deporte, una cuestión de inteligencia, de memoria y de talento… Pero la IBM desmanteló Deep Blue y nunca permitió que volviese a jugar. Tenían miedo, miedo al talento”, pues él también fue un gran jugador de ajedrez antes de abandonarlo. Y ajedrez y psicología se unen en la trama, también con la aparición de la niña Laura (Abril García), nueva campeona de España de ajedrez. Y poco a poco Nico y Laura se transforman a ritmo de enroque, apertura española, gambito de dama y defensa siciliana en nuestros modernos Caín y Abel. 

Pero la maldad de nuestro Nico/Caín también se extiende a su familia, y difama a su padre bajo la sospecha de una actitud incestuosa con su hermana pequeña. Pero es algo que conviene no desvelar al espectador por los giros de guion de este thriller en lo que es un jaque mate a la maldad que nos demuestra este adolescente superdotado con una fascinación inquietante por el ajedrez y una personalidad compleja y enigmática. 

Porque Hijo de Caín es una película dura en la que el espectador asiste a la progresiva aniquilación de todos los personajes. Si en la película estadounidense En busca de Bobby Fisher (Steven Zaillian, 1993) el niño prodigio del ajedrez, Joshua Waitzkin, nos regala un jaque mate a la inocencia, en la película española Hijo de Caín, nuestro Nico nos ofrece un jaque mate a la maldad. Un personaje con rasgos psicópatas que nos acerca al Niles de El otro (Robert Mulligan, 1972), al Dan de la película estadounidense El niño que gritó puta (Juan José Campanella, 1991), pero sobre todo al Kevin adolescente de la película británica Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011). Porque a veces se nos refiere que la infancia es al hombre y la mujer lo que el paraíso originario es a la sociedad actual, una época en la que no existía la maldad. La vigencia del mito de la infancia bondadosa es indiscutible y el cine se refiere a los niños casi siempre bajo la óptica que hace de ellos el reservorio de los valores más excelsos, lo cual no es óbice para que resulten la mayoría de las veces violentados por los adultos, quienes encarnan de este modo la esencia del mal. Pero no siempre es así, y películas como las referidas también nos recuerdan que el mal puede acantonarse en la infancia y  adolescencia.

sábado, 11 de septiembre de 2021

Cine y Pediatría (609) “La profesora de parvulario” supera los límites entre docente y dicente

 

El techo de cristal de la mujer en la dirección cinematográfica también ha sido difícil de romper. He aquí una selección de películas dirigidas por mujeres que cabe tener presente, algunas ya presentes en Cine y Pediatría: El autoestopista (Ida Lupino, 1953), Cleo de 5 a 7 (Agnès Varda, 1962), Pasqualino: Siete bellezas (Lina Wertmuller, 1975), Daughters of the Dust (Julie Dash, 1991), El pequeño Tate (Jodie Foster, 1991),  El piano (Jane Campion, 1993), Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999),  Buen trabajo (Claire Denis, 1999), Las vírgenes suicidas (Sofía Coppola, 1999),  Thirteen (Catherine Hardwicke, 2003),  Lost in traslation (Sofía Coppola, 2003), Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007),  Lirios de agua (Céline Sciamma, 2007),  Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta, 2007), XXY (Lucía Puenzo, 2007),  Madre (Mabel Lozano, 2007),  LOL (Lisa Azuelos,2008), En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008), Home, ¿dulce hogar? (Ursula Meier, 2008),  Fish Tank (Andre Arnold, 2009),  El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009),  Winter’s Bone (Debra Granik, 2010),  Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011),  Joven y alocada (Marialy Rivas, 2012),  La bicicleta verde (Haifaa Al Mansour, 2012),  Inch’Allah (Anaïs Barbeau-Lavalette, 2013),  Selma (Ava DuVernay, 2014), Un monstruo en mi puerta (July Jung, 2014),  Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015),  Línea de meta (Paola García Costas, 2015),  Diario de una chica adolescente (Marielle Heller, 2015), Toni Erdmann (Maren Ade, 2016), Rara (Pepa San Martín, 2016),  Lady Bird (Greta Gerwig, 2017), El viaje de Nisha (Iram Haq, 2017),  Verano 1993 (Carla Simón, 2017),  Cafarnaúm (Nadine Labaki, 2018),  Carmen y Lola (Arantxa Etxebarría, 2018),  Conociendo a Astrid (Pernille Fischer Christensen, 2018),  Atlantique (Mati Diop, 2019), La inocencia (Lucía Alemany, 2019),  The Farewell (Lulu Wang, 2019), Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019), Las niñas (Pilar Palomero, 2020),  Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Eliza Hittman, 2020).

Pues bien, a ese listado (a buen seguro incompleto), se suma hoy la directora estadounidense Sara Colangelo y su atrevida película del año 2018, La profesora de parvulario, en realidad una adaptación de la película homónima israelí del año 2014 dirigida por Nadav Lapid. Curiosamente es un “remake” con pocos años de diferencia, pero lo cierto es que ambas obras están a la altura de este estudio psicológico de una maestra que llega demasiado lejos para proteger la rara sensibilidad poética de uno de sus pequeños alumnos, una obra que resulta perturbadora por la ambigüedad de la que envuelve a su protagonista, y por las preguntas que deja sin responder sobre los límites de la docencia y el potencial nocivo de superarlo. 

Lisa Spinelli (descomunal Maggie Gyllenhaal) es una maestra de parvulario de Staten Island, quien combina su pasión por la educación infantil con su alma de poeta, de forma que asiste a unas clases nocturnas de poesía con el profesor Simon (Gael García Bernal). Un día escucha a uno de sus alumnos de 5 años recitar un poema que llama su atención y comienza a interesarse por el inusual talento del pequeño prodigio. Este niño de origen indio se llama Jimmy Roy y conoce que sus padres están peleados por su custodia. Es así como Lisa se obsesiona por el poder creativo de Jimmy y arriesga su vida familiar, su libertad y hasta su profesión para intentar que el niño desarrolle su talento. Incluso le da al niño su teléfono para que le recite los poemas que surgen de su mente, poemas con los que Lisa triunfa en sus clases de poesía nocturna. 

La profesora le dice al padre de Jimmy: “Creo que tenemos a un pequeño Mozart. Tiene un don, señor Roy. El nivel de poesía que escribe está muy por encima de los normal a su edad”. Y el padre le contesta: “Quiero ayudar a mi hijo y, sobre todo, si disfruta con esto. Quiero que a mi hijo le vaya bien en la escuela, que sea listo, pero también que tenga una vida normal. Que gane dinero y que sea práctico”. Y a medida que avanza el metraje esa relación profesora y pequeño alumno se hace un poco más incómoda a cada paso. Y llega a convencer al padre de que se pueda hacer cargo de su hijo en los ratos que él no puede, logrando expulsar a su cuidadora habitual. Y en esos momentos acude con Jimmy a museos de arte moderno, al teatro, a recitales de poesía. Y más adelante Lisa también logra que expulsen a su ayudante de clase, y ello porque Jimmy le expresa afecto en un poema y crea su celotipia. Tal es la obsesión que vuelca hacia él, que casi ignora a sus hijos mayores. Y cuando Simon, el profesor de poesía, descubre lo que está ocurriendo le expresa algo que sentimos los propios espectadores: “Deberías dejar la clase, Lisa. Me incomoda que presentes obras que no son tuyas. Todos los artistas toman cosas de otros, pero lo que tú haces…, no sé, es otra cosa. Estás explotando a un niño. Dañaste la confianza de toda la clase, toda la ética. No entiendo qué pretendes. No, no está claro lo que haces”. 

Y esa búsqueda de Lisa por proteger el talento de su joven alumno de parvulario le llega a cometer actos cada vez más difíciles de entender. Incluso intenta secuestrarle, aunque confirmamos que no era su intención, sino protegerle para cuidar de su don para la poesía y que no pase desapercibido. 

Es así que La profesora de parvulario explora temas como la frustración vital, la crisis creativa, las contradicciones del sistema educativo y los delicados límites entre profesores y alumnos, entre docentes y dicentes. En el original bajo la dirección de un hombre, Nadav Lapid, quien obtuvo el premio a Mejor director en el Festival Internacional de Cine de Buenos Aires; en la copia bajo la dirección de una mujer, Sara Colangelo, quien obtuvo el premio a Mejor directora en el Festival de Sundance. Y en ambos casos (original y copia) poesía y prosa, realidad y psicología se dan cabida en esta especial historia alrededor de los dones y la felicidad de los niños superdotados y la dificultad de ser respetados por las personas que les rodean.

Y con La profesora de parvulario seguimos rompiendo el techo de cristal y algunos tabúes. 

  

sábado, 20 de marzo de 2021

Cine y Pediatría (584). “En busca de Bobby Fischer”, jaque mate a la inocencia


Un libro, una miniserie y una actriz nos han enrocado de nuevo en ese milenario juego que es el ajedrez. La novela de Walter Tevis del año 1983, “The Queen´s Gambit”, ha servido de guión para la serie de la que todo el mundo habla, Gambito de Dama, la miniserie más famosa (y premiada) del año 2020 en la plataforma Netflix (galardones compartidos con la serie The Crown). Y ello para honra de Anya Taylor-Joy, esta joven actriz de sangre británica, argentina, española y zimbabuense , quien se come la pantalla con su camaleónica belleza, sus dotes interpretativas y una personalidad que invita al misterio en el papel la genial ajedrecista Beth Harmon, un personaje ficticio que parece muy real. 

Se dice que el poema épico persa Shahnameh (“Libro de los reyes”) es la primera mención conocida del origen del ajedrez, a través de una historia o leyenda del poeta indio Fedrousí, y que tiene su origen en el juego denominado como chaturanga, cuyo nombre significa “cuatro divisiones” en referencia a las cuatro piezas que simbolizan las unidades del ejército indio. Estas son las más antiguas del juego y corresponden a los actuales peones (para la infantería), caballos (caballería), alfiles (elefantes) y torres (carros) de la versión moderna del juego. Pero lo cierto es que el ajedrez es solo el integrante más internacional de una vasta familia de juegos similares entre los que se incluyen el shogi japonés, el xiangqi chino o el makruk tailandés. La razón de esta gran diversidad se puede atribuir en parte a las grandes rutas comerciales euroasiáticas (principalmente la Ruta de la Seda) y en parte a los imperios musulmanes de la Edad Media. 

Los registros históricos demuestran que el ajedrez era ya un pasatiempo internacional a mediados de la Edad Media. Es a finales del siglo XV cuando el ajedrez se volvió especialmente popular en Europa y cabe trasladarse al año 1834 para tener conocimiento del primer campeonato internacional conocido entre el británico Alexander McDonnel y el francés Louis-Charles de la Bourdonnais, que se erigió en el primer campeón del mundo de ajedrez, aunque fuera todavía un título no oficial. Le sucedió el británico Howard Staunton, que tuvo un papel muy importante a la hora de estandarizar las piezas y reglas del juego y promocionar el ajedrez a nivel internacional. Todo ello ayudó a homogeneizar el juego y a dar un carácter oficial los campeonatos y federaciones de ajedrez en la segunda mitad del siglo XIX. 

La llegada de las dos guerras mundiales y posteriormente de la Guerra Fría dio otra vuelta de tuerca al juego y lo convirtió no solo en un deporte intelectual, sino en una batalla política. Las décadas de los años 50 y 60 vieron un dominio absoluto de los jugadores de la URSS: entre 1951 y 1969, todos los campeones mundiales fueron ciudadanos soviéticos y se llegaron a organizar dos torneos cuyo nombre era “La Unión Soviética contra el resto del mundo”, en las que esta se enfrentó a un equipo de jugadores internacionales y ganó en ambas ocasiones. 

Y es así como en los 7 capítulos de Gambito de Dama acompañamos a Beth Harmon al recuerdo de los grandes campeones, como José Raúl Capablanca (apodado “el Mozart del ajedrez” desde su Cuba natal), Mijail Tal, Tigran Petrosian, Anatoli Karpov (y sus duelos emblemáticos con Garri Casparov), Bobby Fischer (quien llegara a vencer en el “encuentro del siglo” a Boris Spassky), o los más recientes, como el búlgaro Vaselin Topalov, el indio Viswanathan Anand o el actual, el noruego Magnus Carlsen. 

Pero antes de esta mítica serie, hubo una película que reflejó la historia real de del neoyorquino Joshua Waitzkin, niño prodigio del ajedrez (y luego de las artes marciales) que padeció lo que es criarse con un don extraordinario. Porque el destino del niño prodigio asusta y más si este niño tímido quería remedar a su ídolo – y el de tantos americanos – que no era otro que Bobby Fischer. La película es conocida como En busca de Bobby Fischer (Steven Zaillin, 1993) y está basada en el libro “Searching for Bobby Fischer”, libro escrito por su padre, Fred Waitzkin

La película comienza con la voz de nuestro niño protagonista remedando la pasada historia de su ídolo: “… Si ganaba, sería el primer campeón del mundo estadounidense. Si perdía, sería un desgraciado más de Brooklyn. En la jugada número 40 de la vigésimo primera partida, contraatacó el alfil al rey 6 de Spassky con un peón a torre 4. Y lo derrotó. A su vuelta era un héroe estadounidense. Presumió ante el mundo de que derrotaría a los rusos, y lo logró. Ahora podría exigir tanto dinero como los mejores boxeadores. Fue invitado a cenar con jefes de estado y con reyes. Después, Bobby Fischer hizo la jugada más original e inesperada de todas. Desapareció”. 

De niño, aprendió de los ajedrecistas de Washington Square, especialistas callejeros, sin otra formación que la picaresca ni más recursos que su inteligencia natural. Al descubrir el don del pequeño Josh Waitzkin (primer papel de Max Pomeranc), se plantea el temprano debate entre su padre Fred (Joe Mantegna), quien le estimula su talento y le busca la mejor formación posible, y su madre Bonnie (Joan Allen) que desea que tenga un niñez normal, y sus consejos hablan por ella: “Tienes un gran corazón. Y es lo más importante de este mundo”. 

El encuentro con el profesor y entrenador Bruce Pandolfini (Ben Kingsley) y sus peculiares métodos de enseñanza, marcan un antes y un después para todos: “Pretender que un niño quiera ganar y no prepararlo bien, es un error”. Y el padre viaja con su hijo por el país de campeonato en campeonato: “Mi hijo tiene un don”. Pero los problemas comienzan a aparecer, tanto en el colegio (donde los profesores se preocupan de que el ajedrez roba espacio al estudio) como en el propio Josh, quien a los 7 años ya vive inmerso en una responsabilidad que no corresponde, y en el miedo de decepcionar a su padre, a quien llega a decir: “Quizás sea mejor no ser el mejor. Así puedes perder y no pasa nada”. 

Porque el daño está asegurado cuando un niño es sometido a un exceso de responsabilidad y competitividad. Y es la madre la que percibe mejor todo esto y acaba enfrentándose tanto al entrenador como a su marido, a quien le dice: “Josh no tiene miedo a perder. Tiene miedo a perder tu cariño… Sé que te ha decepcionado. Sabe que lo consideras débil. Pero no lo es. Es noble. Y si tú o Bruce o cualquier otro trata de echárselo a la cara, juro por Dios que me lo llevaré”. Y porque, como bien reflexiona el entrenador de otro niño ajedrecista: “Sabes que por más cosas que le enseñes a un niño, al final son lo que son”. Y así es, son niños. Y ese es su gran valor. 

Y el valor aumenta cuando es una historia real. Y eso lo confirmamos con el colofón de la película, estrenada cuando él tenía 17 años: “Joshua Waitzkin todavía juega al ajedrez. Hoy es el jugador menor de 18 años con mayor puntuación en los Estados Unidos. También juega al béisbol, baloncesto, fútbol y fútbol americano, y en verano sale a pescar. En septiembre de 1992, Bobby Fischer salió de su reclusión para desafiar a su rival, Boris Spassky. Después de ganarle, volvió a desaparecer”. 

No es la primera vez que en Cine y Pediatría tratamos la polémica que surge alrededor de los niños prodigio, y la polémica de respetar su infancia y cultivar su don extraordinario. Y el ajedrez es un claro ejemplo, y sirvan algunos ejemplos de jugadores que se convirtieron en Grandes Maestros antes de que cumplieran 15 años: el ucraniano Serguéi Kariakin (quien ostenta el récord al conseguirlo a los 12 años y 7 meses), el indio Rameshbabu Praggnanandhaa, el noruego Magnus Carlsen, el chino Wei Yi, el estadounidense Samuel Sevian, el húngaro Richard Rapport, el filipino Wesley So, el francés Etienne Bacrot o el peruano Jorge Cori, entre otros muchos. Es importante que en este camino no se dé jaque mate a la inocencia de sus infancias. 

Y para cerrar el círculo cabe comentar que la actriz Anya Taylor-Joy nunca había jugado al ajedrez; tuvo que pasar muchas horas practicando la manera profesional de mover las piezas con el excampeón del mundo Gari Kaspárov y el afamado entrenador estadounidense Bruce Pandolfini, contratados para asesorar en el rodaje de la película. Y así es como ficción y realidad se entrecruzan en el tablero de ajedrez.
  

sábado, 9 de enero de 2021

Cine y Pediatría (574). “Descubriendo a Forrester”, descubriendo a los guardianes entre el centeno

 

Este neoyorkino nacido hace un siglo en una familia acomodada - de un padre rabino poco ortodoxo y de una madre cristiana descendiente de escoceses -, estuvo celosamente obsesionado por su vida privada y su fuerte rechazo a la exposición pública, de forma que vivió apartado sus últimos cuarenta años en una granja de Cornish (New Hampshire). Sin embargo, su nombre hizo (y sigue haciendo) mucho ruido y ello fundamentalmente por una obra, una de las más bellas narraciones de iniciación desde la adolescencia que se hayan escrito nunca. Hablamos de J.D. Salinger y su primera y única novela, “The Catcher in the Ray / El guardián entre el centeno” (1951), con ese legendario personaje de Holden Caulfield, reflejo de aquella juventud de la clase media americana. Tenía 32 años y acababa de convertirse en una leyenda gracias a aquel título que, en la década de los 80, estuvo inexplicablemente ligado a varios episodios violentos: John Hinckley Jr, que en 1981 intentó asesinar a Ronald Reagan, estaba obsesionado con él; y se dice que Mark David Chapman, el día que mató a John Lennon en 1980 a la entrada del edificio Dakota, llevaba un ejemplar consigo que acababa de comprar.

Pues bien, al menos unas cinco películas se basaron en esta obra de J.D. Salinger o en el propio autor y su particular estilo de vida:
- Campo de sueños (Phil Alden Robinson, 1989), donde Kevin Costner es un granjero que tiene un día una experiencia sobrenatural, de forma que una misteriosa voz le ordena construir en sus tierras de cultivo un campo de béisbol. Y donde el personaje de Terence Mann (interpretado de forma singular por James Earl Jones) representa al propio Salinger, en esta peculiar película – basada en la novela “Shoeless Joe” de W. P. Kinsella - se centra en la relación entre padres e hijos, y la búsqueda de una segunda oportunidad en la vida. 
- Conspiración (Richard Donner, 1997), donde Mel Gibson interpreta a un taxista paranoico afectado por la idea de las conspiraciones y loco de amor por "El guardián entre el centeno", y se obliga a comprar un ejemplar del libro cada vez que ve uno, a menudo para su propio detrimento. 
- El asesinato de John Lennon (J.P.Schaefer, 2007), donde el actor Jared Leto personifica a Mark David Chapman, quien parece que acondicionó su vida de acuerdo a Holden Caulfield, el protagonista de la novela. Y es ampliamente conocido que se descubrió que llevaba una copia del libro después del asesinato de Lennon. El título original de la película, Chapter 27, hace referencia a la posible continuación de "El guardián entre el centeno” que solo tiene 26 capítulos. 
- Descubriendo a Forrester (Gus Van Sant, 2000), que no se basa directamente en la vida de Salinger, pero el protagonista, el novelista William Forrester (interpretado por Sean Connery) comparte claras similitudes con el autor, en particular su autoaislamiento y su exitosa única novela. 
- Los Tenenbaums. Una familia de genios (Wes Anderson, 2001), donde todo un elenco actoral representan a esta familia de personas inteligentes y extrañas, un grupo que es muy similar a la familia Glass que aparece en varios de los cuentos de Salinger, y también en su libro de relatos "Franny y Zooey". 

Pues bien, nuestra película de hoy es esa peculiar relación entre maestro y alumno, que no es nueva en lo que muestra, pero quizás sí en lo que esconde: Descubriendo a Forrester, donde un joven negro del Bronx, Jamal Wallace (Rob Brown) se cruza en su camino, por azar, con un viejo escritor malhumorado, William Forrester (Sean Connery), quien lleva décadas sin publicar, encerrado en su piso a salvo de una realidad que le espanta. 

Dos personajes que unen el lastre de su vida alrededor de las palabras y la escritura. Porque Jamal ama el baloncesto y la literatura, pero mientras la primera habilidad la manifiesta en la cancha del barrio y le integra en el grupo, la segunda habilidad la esconde, aunque esa fabulosa capacidad para la escritura le libera a ser él mismo. Porque Forrester es un escritor de un libro único, por título “Avalon Landing”, y por el que fue galardonado hace 40 años con el Pulitzer, pero que desde entonces decidió no escribir (o al menos, no publicar) más, para obviar la crítica y a los críticos. Y el encuentro es benéfico para ambos, porque entre ellos acaba construyéndose una relación cimentada en la confianza y la literatura, una amistad favorable para ambos: Forrester ayuda a Jamal a convertirse en un buen escritor y Jamal intenta que Forrester supere sus traumas del pasado y deje de aislarse. 

Y el huraño y solitario maestro le aconseja al aventajado e interesado alumno: “Nada de pensar. Eso viene luego. Se escribe el primer borrador con el corazón. Se retoca con la cabeza. La clave principal para escribir es escribir, no pensar”. Y conocemos algo más de la realidad de nuestro joven protagonista, cuando éste le cuenta a su amiga Claire (Anna Paquin): “Lo que es duro es crecer en un sitio donde ni la poli quiere entrar de noche. Lo que es duro es sentirse seguro allí. Porque la gente que debería preocuparte sabe que no tienes nada que ofrecerles”. Y ya en el instituto, un profesor de literatura (F. Murray Abraham) sospecha que, por su condición de negro y marginal, no ha podido escribir los trabajos que presenta en clase. Finalmente ambos se retan literariamente, acusando de plagio a Jamal. 

Y al final logra conseguir que se publique “Sunset”, la obra póstuma y de ocaso de William Forrester, mientras suena “Over the Rainbow”, la canción escrita para la película El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), ganadora del premio Óscar a la mejor canción original y que, junto a “Singin' in the Rain” (leitmotiv también en la mítica película de Kubrick, La naranja mecánica), es una de las canciones más representativas del cine estadounidense. Y es así como con los colores del arco iris entendemos algo mejor a ese guardián entre el centeno que es la literatura y las palabras para cualquier joven en tránsito. 

Cabe decir como curiosidad que el actor Matt Damon hace un pequeño papel de abogado de Forrester, colaboración que es un guiño a otra película de ese “enfant terrible” de la cinematografía estadounidense que es Gus Van Sant, una similar relación entre un peculiar maestro y un aventajado alumno: El indomable Will Hunting (1997).  Y es que Gus Van Sant ya es un director de Cine y Pediatría, casi a la altura de aquellos directores que más obras han volcado ya en nuestro proyecto, como el japonés Hirokazu Koreeda o el español Montxo Armendáriz. Porque además de estas dos obras, la adolescencia es un terreno propicio a la filmografía en el curriculum de nuestro director, como han sido Mi Idaho privado (1991), esa road movie en busca de la identidad, Elephant (2003), sobre un caso particular de la violencia en los institutos americanos, o Paranoid Park (2007), ese inquietante, hipnótico y voluptuoso retrato de un adolescente.  

Porque Descubriendo a Forrester nos permite descubrir también algo del director Gus Van Sant, del propio escritor J.D. Salinger y del valor que toda persona esconde, esos guardianes entre el centeno de la  adolescencia.

sábado, 24 de octubre de 2020

Cine y Pediatría (563). “El niño que domó el viento”, una gota en el mar de las hambrunas


Un adolescente de 14 años de Malaui, por nombre William Kamkwamba, logró salvar a su pueblo en el año 2001 de una de las recurrentes hambrunas en ese país. Inspirado en un libro titulado “Using Energy”, este joven inventó un sistema de captación de energía eólica, lo que posibilitó bombear agua para el cultivo de alimentos en la sequía. Lo hizo construyendo un molino de viento sirviéndose de una simple bicicleta, de las partes oxidadas de un viejo tractor y de los manuales básicos de ingeniería que encontró en la biblioteca de su escuela, de la que sería expulsado cuando su familia de agricultores dejó de poder pagarla. Y esta historia real se hizo conocida mundialmente por su invención entre la precariedad, especialmente a través de una conferencia TED. Y en el año 2007, ya a los 19 años, logró volver a estudiar y se doctoró en Dartmouth, una de las universidades de la exclusiva Ivy League (una de las ocho universidades de élite estadounidenses con connotaciones de excelencia académica, selectividad en las admisiones y elitismo social, donde también se encuentran las universidades Brown, Columbia, Cornell, Harvard, Pensilvania, Princeton y Yale). Y Kamkwamba decidió recoger esta increíble historia en un libro autobiógrafico en el año 2009, “The Boy who Harnessed the Wind”, coescrito con el periodista Bryan Mealer, y que se constituye en una inspiradora historia sobre el poder de la imaginación y la fuerza de la determinación. Y fue una década después cuando se estrenó la película El niño que domó el viento (Chiwetel Ejiofor, 2019), distribuida por la todopoderosa Netflix. 

Y es este actor inglés, Chiwetel Ejiofor, un ejemplo más de actor devenido en director, y que conocemos especialmente por su nominación al Oscar por 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013) y que debutara por otra interpretación relacionada con la esclavitud en Amistad (Steve Spielberg, 1997), quien se atreve a plasmar esta historia y libro en la gran pantalla. Y en El niño que domó el viento no solo se encarga de la dirección, sino también del guión y de interpretar al padre de nuestro protagonista. Los hechos nos trasladan a la hambruna de Malaui del año 2002, una de las peores hambrunas como consecuencia de la peor cosecha de maíz desde 1949, y que es conocida como la hambruna de Bakili Muluzi, por ser este el nombre del presidente del país en aquel momento y su mala gestión. Pues la política y los políticos son uno de los grandes males que asola África, verdadera plaga de dictaduras y corrupciones, sin atisbos de conseguir una democracia real y madura. 

La película es narrada en cuatro partes, cuyo nombre se expresa en español, en chichewa (idioma oficial de Malaui) y en inglés: Siembra (Kufesa/Sowing), Cosecha (Kukolola/Harvest), Hambruna (Njala/Hunger) y Viento (Mphepo/Wind). Y es que esta película es un ejemplo más de por qué toda película debe visionarse en su versión original subtitulada, pues en ella se mezcla sin solución de continuidad el chichewa y el inglés. 

William Kamkwamba (Maxwell Simba) vive con sus padres Agnes y Tryndell y dos hermanos (una hermana mayor, Annie, y un lactante), en un poblado agrícola con pocos medios, pero donde la enseñanza se nos muestra como importante. Una escuela de la que es expulsado, pese a su interés por acudir y su pasión por aprender, pues sus padres no pueden pagarla. Y la preocupación del Prof. Kachigunda, prometido de su hermana, es clara: “Muchos alumnos se van por culpa de la cosecha. Podrían cerrar la escuela. Aquí no nos queda nada”. Y donde la hambruna se suma a una tierra ya maltratada por la explotación de la industria tabaquera, con tala sistemática de árboles y la posterior desertización y facilidad para inundaciones. 

Y llega la hambruna y sus consecuencias para la población, donde se pelean entre ellos por conseguir grano o la poca comida que reparte el gobierno. Y las conversaciones en la familia rondan sobre esta grave situación. Y el padre les dice: “Podemos comer una vez al día. Habrá que decir cuándo”. Y la madre comenta sobre el padre: “Se está matando de hambre. Se está matando de hambre por no privar a los niños de comida”. Y en la necesidad surge el intelecto, y en principio nadie cree en la idea de William: “En Estados Unidos hacen electricidad con el viento. Y con ella haremos agua. Haremos un molino de viento. Primero uno pequeño para ver si funciona…”. Pero al final el padre confía en él y también sus amigos, y le ayudan a conseguir el milagro de obtener el agua del viento.

Emocionante el proceso. Emocionante la película. Y que termina con el personaje real de William Kamkwamba: “A William se le concedieron becas para que terminara la escuela en Malaui y para que estudiara en la African Leadership Academy de Sudáfrica. Después se licenció en Estudios Medioambientales en Darmouth College, USA. Agnes y Tryndell siguen viviendo en Wimbe. El primer y posteriores molinos que William construyó garantizan electricidad y cosecha a lo largo de todo el año. Annie nunca pudo ir a la universidad. Sigue casada con Mike Kachigunda. Tienen cuatro hijos y visitan Wimbe a menudo”. Y el dicho malaui: “Ngati Mphero Yofika Korse / Dios es como el viento, lo toca todo”

Y es que para entender la magnitud de la proeza de William Kamkwamba, hemos de ponernos en situación: una infancia en Malaui, un país africano dominado por la superstición, donde todos temen el poder del hechicero; una subsistencia sometida a las inclemencias meteorológicas y a las corrupciones habituales de la mayoría de los gobiernos, que echan al traste la cosecha del año y condenan a la familia, y al pueblo entero, a la hambruna; una educación inaccesible para la mayoría de los niños, que no pueden pagar las tasas; una existencia sin electricidad, que les obliga a depender de las lámparas de queroseno, que los asfixian, y de la madera, a kilómetros de distancia y cada vez más escasa… Y en medio de tanta penuria, un niño capaz de cambiar el destino de su familia y de su país gracias a su curiosidad e ingenio. Y con esta pequeña gran historia, la revista Time incluyó a Kamkwamba entre las “30 personas menores de 30 años que cambiaron el mundo”. 

Porque El niño que domó el viento es una bellísima película, real y extraordinaria como la vida misma. Y una oportunidad para conocer de primera mano lo que son las hambrunas, algo que en este primer mundo de sobrepeso nos suena a ciencia ficción. La ONU define la hambruna cuando al menos el 20% de los hogares de una zona se enfrentan a una grave falta de alimentos, las tasas de malnutrición superan el 30% o mueren al día por hambre dos o más personas por cada 10.000. Y para conocer su importancia basta recordar las mayores hambrunas del último siglo: Unión Soviética 1930-5 (hasta 8 millones de personas murieron como resultado del programa de industrialización masiva de Josef Stalin), China 1958-61 (entre 10 y 20 millones de personas murieron como resultado del Gran Salto Adelante de Mao Zedong, con una política errónea), Camboya 1970-9 (una década de conflictos y hambre con un saldo de 2 millones de muertes), Etiopía 1984-5 (1 millón de fallecidos y esta fue la hambruna que originó el famoso concierto Live Aid promovido por Bob Geldof), Corea del Norte, 1995-9 (más de 3 millones de fallecidos por una combinación de inundaciones y políticas gubernamentales erróneas), Somalia, 2011-12 (que mató a 260.000 personas). 

Y por ello El niño que domó el viento no solo nos recuerda una bella historia de superación e ingenio, sino que se convierte en un toque de atención para no olvidar que las hambrunas pueden matar más que una pandemia vírica. Y aunque esta historia solo es una gota en el mar de las hambrunas, bien vale la pena  recordarla.


sábado, 4 de julio de 2020

Cine y Pediatría (547). “El indomable Will Hunting”, redimido por el perdón y el amor




Cuatro nombres habituales en Cine y Pediatría se reunieron en el año 1997 para regalarnos una película icónica: el director Gus Van Sant y los actores Robin Williams, Matt Damon y Ben Affleck. Hablamos de una de esas películas que te enseñan a vivir y en las que permanecen sus diálogos y enseñanzas: El indomable Will Hunting

Gus Van Sant es uno de esos “enfants malades” del séptimo arte estadounidense, al que ya dedicamos hace mucho tiempo una entrada por su especial dedicación a la adolescencia en su cine:  desde Mi Idaho privado (1991), esa peculiar road movie en busca de la identidad (personal, sexual y familiar) de dos adolescentes hasta Paranoid Park (2007), pasando por El indomable Will Hunting (1997) y Descubriendo a Forrester (2000), con una hechura similar ambas, y la rompedora Elephant (2003), sobre la tragedia del instituto Columbine. Robin Williams ya es un habitual en Cine y Pediatría con icónicos personajes como el profesor John Keating en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), el crecidito Peter Pan de Hook (Steven Spielbert, 1991),  el famoso Dr. Hunter “Patch” Adams, promotor de la risoterapia, en Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), o  el dickesiano Wizard de El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007).  Y también será en nuestra película de hoy Sean McGuire, ese profesor que le hizo cambiar la vida a nuestro protagonista de hoy (y posiblemente también a los espectadores). Y luego tenemos a la pareja de amigos conformada por Matt Damon y Ben Aflleck, quienes además de actores de esta película, son coguionistas (junto a William Goldman): Matt Damon ya fue el emprendedor Benjamin Mee de Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011)  y Ben Affleck nos regaló su ópera prima en la dirección en el año 2007 con Adiós pequeña, adiós.  

En su momento, El increíble Will Hunting, obtuvo numerosos premios, entre ellos el Globo de Oro al mejor guión original, dos Oscar (guión original y actor secundario a Robin Williams) y Oso de Plata en el Festival de Berlín por la interpretación de Matt Damon. Y todo ello por una sencilla historia llena de sentido y sensibilidad, cuyos mensajes permanecen un cuarto de siglo después. Y varios son los motivos para revisar de nuevo esta película: 
- Por una historia que llega al alma desde el principio hasta el final, donde acompañaremos al joven Will Hunting (Matt Damon), de 20 años, durante una etapa de cambios en su vida, en la que tiene que luchar entre su rebeldía natural y su gran intelecto. 
- Por la relación entre sus personajes, todos aquellos con los que Will se encuentran en su camino, como su amigo Chukie (Ben Affleck), su novia Skylar (Minnie Driver), el profesor Gerard Lambeau (Stellan Skarsgard) y, especialmente, con el profesor Sean McGuire (Robin Williams). 
- Por las actuaciones totalmente creíbles, la de todos, pero especialmente el dúo Will/Matt Damon y Sean/Robin Williams, sendos ganadores de premios. 
- Por los profundos diálogos, de esos que te atrapan y que no puedes olvidar fácilmente, frases que se quedan en nuestra memoria y que nos llegan a algún lugar entre el cerebro y el corazón. 

Y destaco dos diálogos, tan largos como profundas. Frases inolvidables… 
- La conversación de Sean y Will en el parque: “Si te preguntara sobre arte, me darías una lista de libros. Miguel Angel, sabes mucho sobre él. Su trabajo, sus aspiraciones políticas, él y el Papa, sus preferencias sexuales, todo. Pero no puedes decirme a qué huele la Capilla Sixtina, nunca has estado ahí ni has visto ese hermoso techo, no lo has visto. Si te preguntara sobre mujeres me darías un compendio de tus favoritas. Quizá hasta te hayas acostado algunas veces, pero no puedes decirme lo que es despertar con una mujer y ser realmente feliz. Eres un chico rudo. Si preguntara sobre la guerra, me hablarías de Shakespeare "Una vez más a la brecha, queridos amigos..." Pero nunca has estado cerca de una, nunca has tenido la cabeza de tu mejor amigo en tu regazo agonizando y pidiéndote ayuda. Si te preguntara sobre el amor, citarías un soneto, pero nunca miraste a una mujer y te sentiste vulnerable. Ni has conocido a alguien que te absorbiera con los ojos. Como si Dios hubiera bajado un ángel sólo para ti, que pudiera rescatarte del infierno. Ni sabes qué se siente ser un ángel para ella. Tener ese amor por ella para siempre pasando por todo, pasando por el cáncer. No sabes qué es dormir en un hospital por dos meses sosteniendo su mano, y que los doctores sepan que no respetarás las horas de visita. No sabes lo que es una pérdida. Eso sólo pasa cuando amas algo más que a ti mismo. Dudo que hayas osado amar tanto a alguien. Te veo y no veo a un hombre inteligente y confiado. Veo a un chico arrogante y muerto de miedo. Pero eres un genio, Will; es indudable. Nadie podría entender tu complejidad. Pero crees saber todo sobre mí por ver mi pintura. Hiciste pedazos mi puta vida. Eres huérfano, ¿verdad? ¿Crees que sé lo dura que ha sido tu vida, cómo te sientes y quién eres, porque leí "Oliver Twist"? ¿Eso te define? Personalmente no, me importa una mierda, porque no hay nada que no pueda saber sobre ti que no pueda leer en un puto libro. A menos que quieras hablar sobre ti mismo sobre quién eres. Entonces estaré fascinado, lo aceptaré. Pero no quieres hacer eso, ¿verdad? Te aterra lo que puedas decir. Te toca, jefe”. 

- O la conversación de Will al rechazar el trabajo en la Agencia de Seguridad Nacional: "¿Por qué no debería trabajar para ustedes? Pregunta difícil, pero intentaré responderla... Imaginemos que empiezo a trabajar y me ponen un código sobre la mesa, uno con el que nadie puede. Yo intento descifrarlo y lo consigo, y me siento satisfecho porque he hecho bien mi trabajo, pero a lo mejor ese código era la situación de un ejército rebelde en el Norte de África y en cuanto han localizado su escondite bombardean el pueblo donde se esconden los rebeldes; mueren 500 personas a las que no conocía y con las que no tenía ningún problema. Luego los políticos dicen: "enviemos a los marines para asegurar el área", aunque les importa una mierda, no serán sus hijos los que vayan a morir, los suyos tienen recomendación y se pegan la vida padre en la Guardia Nacional. Será un chico de Southie al que le llenaran el culo de metralla, y cuando vuelva descubrirá que la planta en la que trabajaba ha sido trasladada al país del que acaba de volver, y el tipo que le llenó el culo de metralla le ha quitado el trabajo porque lo hará por 15 centavos al día y sin pausas para mear. Luego el chico comprende que el único motivo por el que le enviaron allí fue para instaurar un gobierno que nos vendería el petróleo a buen precio. Y las compañías petrolíferas han aprovechado el conflicto para disparar los precios de la gasolina, lo que supone un hermoso beneficio para ellas, de modo que a mi colega no le ha servido de nada, así que se toman su tiempo para traer el petróleo nuevo y se toman la libertad de contratar a un capitán mercante borracho al que les gusta darle al Martini y hacer eslalon entre icebergs. A medio camino choca con uno, derrama el petróleo y se carga la fauna del Atlántico Norte. Mi colega está en el paro, no puede pagar la gasolina, va andando a buscar empleo y eso le putea, porque la metralla del culo le ha provocado hemorroides y está muerto de hambre, porque cuando va a comer el único plato del día que sirven es pescado del Atlántico Norte al aceite de motor. ¿Que qué me parece? Creo que puedo montármelo mejor. Pienso, ¡qué coño!, ya puestos, ¿por qué no me cargo a mi colega? Le quito su trabajo, se lo doy a su enemigo, subo la gasolina, bombardeo un pueblo, mato a una foca a golpes, fumo maría y me apunto a la Guardia Nacional. Podría llegar a presidente...". 

Está claro que si has visto la película, recordarás estos momentos. Y está claro que si no la has visto, harás lo posible por buscarla y disfrutar de ella y sus enseñanzas. Porque esta es la historia de Will, un chico superdotado desadaptado a la sociedad. Un mago de las matemáticas, que conoce casi todos los datos de la historia, el derecho y el arte, pero que tiene la arrogancia indomable de quien comienza a vivir. Y se encuentra con otro genio, Sean, quien ya lo ha vivido (y sufrido) casi todo. Y este tour de forcé interpretativo de dos personajes inolvidables en el cine es lo que hace de El indomable Will Hunting una película para prescribir en la educación en valores a nuestro hijos, nuestros alumnos, nuestros pacientes. 

Porque Will, cuando descubren su talento por parte de los académicos, tendrá la aparente obligación de elegir entre seguir con su vida de siempre - un trabajo fácil, buenos amigos, muchas cervezas y alguna bronca - o aprovechar sus grandes cualidades intelectuales en alguna universidad de prestigio (Harvard, MIT). Y solo los consejos de un solitario y bohemio profesor lw ayudarán a decidirse, a superar su pasado (un chico huérfano que pasó por diversas casas de acogida y que fue maltratado por algún padre adoptivo) y que estudia (y sabe de todo) por diversión, sin fin para mejorar su status. Indomable y autodestructivo por su aparente libertad, quien le llega a confesar a Skylar: “No sé cómo te funciona la mente”

Indomable frente a su mentor, el profesor Gerald Lambeau, frente a su consejero, el profesor Sean McGuire,  su amiga y novia Skylar, y frente a su panda de amigos. Es su mecanismo de defensa contra todo y contra todos. Hasta que Sean le repite varias veces: “No es culpa tuya” y entonces Will logra llorar y abrazarle: “¡Dios mío, lo siento mucho! ¡Dios mío!”, francamente emotivo y sanador. Y la despedida de Sean: “Buena suerte, hijo”

Y ese final con Will en coche rumbo a esa carretera con rumbo a su corazón, al que ha logrado domar y con ello redirigir su vida a través de su perdón y el amor.