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sábado, 19 de marzo de 2016

Cine y Pediatría (323). "Mustang", un grito de libertad de las vírgenes turcas


Volvemos al recuerdo de los recientes Premios Oscar. Porque hoy hablamos de la película que partía como favorita a recibir el Premio a Mejor película de habla no inglesa: Mustang, una película dramática del año 2015 de coproducción internacional, pero que se presentaba por Francia, dirigida por la directora de origen turco y nacionalizada francés Deniz Gamze Ergüven. Finalmente la ganadora fue la húngara El hijo de Saúl, quien superó a Mustang, y también a la colombiana El abrazo de la serpiente, la danesa La guerra y la jordana Theeb

"Era como un abrir y cerrar de ojos. Todo estaba bien y se fue al traste". Con esta voz en off de Lale, la menor de cinco hermanas huérfanas que viven en un pueblo del norte de Turquía, comienza una película impactante. Cinco hermosas jóvenes entre 13 y 19 años que vuelven a casa desde la escuela y juegan con los chicos de su colegio en la playa. Juegos tan sencillos como los que observamos crean la sombra de un libertinaje no admitido en esa sociedad, y lleva a que los tutores de estas hermanas (su abuela y un tío) conviertan poco a poco su hogar en una prisión con rejas en las ventanas, son retiradas del colegio y enclaustradas en su casa, convertidas en novias de futuros matrimonios de conveniencia, y todo por unos inocentes juegos con sus compañeros de escuela. Como nos recuerda Lale de nuevo: "Después de aquello las puertas de la casa se cerraron y nos prohibieron todo aquello que pudiera pervertirnos". 

Nacida en Ankara pero residente en Francia, Deniz Gamze Erguven debuta como directora y guionista con Mustang. Ambientada en su Turquía natal y con tintes autobiográficos, la cinta sirve a Erguven para reflexionar sobre el papel de la mujer en el país otomano, donde cualquier asunto relacionado con la feminidad queda reducido a interpretaciones sexuales. Y lo hace eludiendo los subrayados, fotografiando la frustración y el anhelo de libertad sin atrancarse en la dimensión más lúgubre y estrictamente social de una narración resuelta, sin recurrir al tremendismo, con el aplomo y el oficio de un veterano. Y por todos estos méritos algunos ya lo consideran uno de los debuts más redondos del cine europeo en los últimos años, y que con Ergüven nace una cineasta con voz propia y mucho recorrido. Y para esta aventura fílmica contó con cinco protagonistas que debutan en el cine, cinco hermanas como cinco ninfas: Lale (Gunes Sensoy), Nur (Doga Zeynep Doguslu), Ece (Elit Iscan), Selma (Tugba Sunguroglu) y Sonay (Ilayda Akdogan). La directora les puso un profesor de interpretación y les hizo ver películas con personajes femeninos fuertes, y entre ellas Fish Tank (Andrea Arnold, 2009) y para el papel del tío rememora  al padre represor de La cinta blanca (Michael Haneke, 2009). 

Y ellas, con su espontaneidad, belleza y alegría hacen de Mustang una ventana con barrotes, una denuncia a la institucionalización social/cultural de las sociedades machistas. Y allí, en un encierro lorquiano, cinco adolescentes del siglo XXI son brutalmente empujadas al mundo desgarrador de las jerarquías patriarcales del XIX: "Ahora las que llevábamos vestidos sin forma y de color caca, éramos nosotras". Una película que a muchos nos rememora, salvando las diferencias, a las Vírgenes suicidas, también en aquel 1999 la ópera prima de Sofía Coppola. Allí eran las 4 hermanas Lisbon en Estados Unidos, aquí son las 5 hermanas turcas. 

Mustang nos traslada al limbo de contradicciones sociales, políticas y culturales en el que se encuentra la Turquía actual, donde estas cinco hermanas se enfrentan a la dura disciplina moral de una familia muy tradicional, moldeándolas conforme a los patrones ancestrales de la virtud femenina en ese rincón de Turquía. Rodeadas de prohibiciones y censuras, ellas tratarán de preservar su identidad y libertad enfrentándose a la intransigencia y la incomprensión de sus mayores. Una historia más habitual de lo que pensamos en un país como Turquía, donde hace solo 15 años que se reconoció la igualdad entre hombres y mujeres en el Código Civil. 

Otras películas, ya comentadas en Cine y Pediatría, han denunciado los derechos de la mujer, principalmente en los países islámicos: El círculo (Jafar Panahi, 2000), Kandahar (Mohsen Makhmalbaf, 2001), Osama (Siddiq Barmak, 2003), Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf , 2007), Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007), La bicicleta verde (Haifaa Al Mansour, 2012), Timbuktu (Abderrahmane Sissako , 2014) o Drifet (Zeresenay Mehari, 2014). 

Y esta película (y las anteriores), de pura denuncia social, se la dedico a todas aquellas personas que trabajan como Trabajadores Sociales. Y, concretamente, a mis cuatro compañeras Trabajadoras Sociales del Hospital General Universitario de Alicante, con las que coincidí en el visionado de esta película de hoy, un grito de liberta de nuestras vírgenes turcas. Y hoy, Día del Padre, parece un buen momento para denunciar cualquier atisbo de machismo en la sociedad.

 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Cine y Pediatría (295). “Difret” y el valor de la denuncia contra la violencia de género


Hay algunos países donde apenas existe filmografía autóctona que les ampare. Un ejemplo es Etiopía, donde hasta la fecha solo se han rodado tres películas en 35 mm. Y hoy llega a Cine y Pediatría la última y peculiar película etíope, una obra realizada con ahínco en el año 2014 por el novel Zeresenay Mehari (nacido en Etiopía y formado en Estados Unidos), rodeado de muchas mujeres en el equipo técnico y de producción, y a los que tras su filmación se une una estrella relacionada con el activismo, Angelina Jolie, quien tras visionar esta historia quiso colaborar en la posproducción, distribución y venta. La película se titula Drifet, palabra “difret” que en amarico, el idioma oficial del país, tiene dos sentidos: puede significar valiente y también violación. Y es con estos dos significados con los que se narra una historia real y clave en la historia de los derechos de la mujer en Etiopía, un caso que a la desgracia y a la barbarie contrapone la valentía. Un relato que se articula de un modo tan didáctico como reivindicativo, y que logró conseguir los premios del público en sendos festivales internacionales: Sundance y la sección Panorama de Berlín. 

La película comienza con la conocida frase “basada en una historia real”. Un lugar y una fecha: Adis Abeba, Etiopía, 1996. Un lugar inicial: la Asociación de Abogadas Andenet, asociación para la defensa de mujeres sometidas a violencia y sin posibilidades económicas. Y dos historias iniciales con una protagonista común, una joven y bella abogada. La historia inicial sirve de prólogo para ponernos en antecedentes de la situación de la mujer en el país, pues nos presenta a una mujer con un claro hematoma en mejilla y ojo izquierdo, lesiones provocadas por su marido colérico y alcohólico, pero que ella casi justifica: “Dicen que me pega porque me quiere, que es un buen hombre y que debo volver a casa”. Y la siguiente escena comienza con el cartel “A tres horas de Adís Abeba”, allí donde dos niñas salen de casa corriendo al colegio en medio del campo y vemos que la mayor, Hirtu Assefa, de 14 años, es ascendida de curso y corre con una sonrisa de vuelta a su hogar… Y entonces se desencadena la tragedia, una más entre tanta miseria humana, debido a la terrible costumbre en zonas rurales del país del secuestro (y violación) de niñas y jóvenes por parte de los hombres para casarse con ellas. 

Lo que nos cuenta la película Difret es tan sencillo como crudo. En Adis Abeba, la abogada Meaza Ashenafi (Meron Getnet, una de las estrellas de cine y televisión más famosas de Etiopía) ha creado una red de ayuda a mujeres y niños pobres que necesiten la ayuda de un letrado, una organización llamada Andenet que no es bien vista por la policía y el gobierno. Aun así, se atreve a defender a Hirut Assefa (Tizita Hagere, una niña cuya vida se parecía extrañamente a la de su personaje), nuestra joven adolescente que es secuestrada y violada cuando regresaba del colegio y que, en el intento de huida, mata de un disparo a uno de sus raptores en defensa propia. Por ello, Hirut puede ser condenada a la pena de muerte, ya que en la Etiopía rural sigue existiendo el “telefa” o matrimonio por rapto, tradición que se da por sentada en extensas zonas del país y afecta al 40% de las adolescentes; un país donde, además, una de cada nueve niñas es obligada a casarse antes de cumplir los quince años, de acuerdo con los datos del International Center for Research on Women, esposas adolescentes que muchas más probabilidades de ser víctimas de abusos domésticos, de contraer enfermedades sexuales y de morir en el parto que las mujeres de más de veinte años. 

Drifet es una película que se ve con sorpresa e incredulidad, como si nuestro subconsciente quisiera hacernos ver que es ficción y no realidad lo que se nos presenta. Y bastan tres retazos de la película para comprender esto: 
- La declaración del padre en el juicio popular de la tribu: “El señor me ha honrado con tres hijas. No son chicos, pero son buenas chicas. A mi hija mayor la raptaron. Le gustaba correr. Corría como el viento. Había ganado un montón de medallas. Pero la raptaron. No intervine por temor a verter sangre. Ahora vive con un borracho y tiene tres hijos. Hirut siempre ha sido una niña difícil. Siempre ha sido testaruda. Desde muy pequeña. Al nacer casi mató a su madre. Quería ir a la escuela porque decía que así podría estudiar en la universidad. Siempre decía que no acabaría como su hermana. Su hijo vino y me pidió que le diera a Hirut. Le contesté que aún era una niña. Pero a él le dio igual, ya había decidido que la raptaría. Hizo lo que hizo para volver a casa conmigo. Fue culpa de su hijo, se la llevó en contra de su voluntad”
- La declaración de Hirut, cuando es absuelta, y la abogada le pregunta por qué llora y ella contesta: “No siento que haya ganado nada. Ni siquiera puedo proteger a mi hermana. Le harán lo mismo que a mí. ¿No lo ve? No puedo salvarla”
- Y el colofón final de la película: “Entre 1995 y 2002 la organización de Meaza ayudó a más de 30.000 mujeres y niños. El matrimonio por rapto fue ilegalizado y castigado con 15 años de cárcel después del caso de Hirut. Meaza Ashenafi fue galardonada con el Premio de África 2003. Hirtu reside en Etiopía y lucha contra la tradición de los secuestros”

Porque lo interesante de toda película (o cualquier manifestación artística) es la historia que, a veces, nos encontramos detrás. Y hoy nos hemos encontrado (y conocido) a Meaza Ashenafi, pues ella sigue al pie del cañón, junto a otras mujeres abogadas etíopes, en la lucha por la libertad y dignidad de las mujeres de su país. Y ella cambió esta cruel historia: según la ley de 1957, cometer "telefa" estaba castigado con tres años de cárcel, pero esa misma ley estipulaba que si el raptor se casaba con la chica, no se enfrentaría a ningún cargo. El caso de Hirut Assefa galvanizó a la opinión pública, lo que empujó al gobierno a modificar la ley, por lo que el código penal se revisó en 2004 y, actualmente, el rapto seguido de violación está castigado con quince o más años de cárcel. Por primera vez en la historia de Etiopía, esa misma ley define también como delito la ablación. 

Nelson Mandela nos dejó muchos mensajes, uno de ellos decía aquello de “sueño un África en paz consigo mismo”. Y las pocas películas que nos llegan de este continente, y las pocas recogidas de momento en Cine y Pediatría, parece seguir ese mensaje: en el año 2009 la película Flor del desierto nos presenta un biopic sobre la extraordinaria vida de Wallis Dirie, la top model, escritora y activista somalí contra la mutilación genital femenina; en el año 2014, Timbuktu nos muestra sin estridencias la sinrazón de los integristas islámicos que se han adueñado de la región de Tombuctú, en el norte de Malí, y han instalado el miedo entre sus humildes pobladores de estas dunas desérticas, allí donde los niños lloran por tanta sinrazón; y ahora llega Difret, entre la violación de una adolescente y la valentía de una abogada en Etiopía.