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sábado, 25 de mayo de 2019

Cine y Pediatría (489): “Güeros”, donde ser joven y no ser revolucionario es una contradicción



El término “güero” en México y en algunos otros países de América Central y del Sur se emplea para designar a una persona de tez clara con pelo rubio, castaño o rojo. Este término se opone al de moreno, que es de tonos de piel marrón oscuro o negro-marrón y/o de origen amerindio o afro-mexicano. Y güero es como se les llama a los de piel blanca, que quiere decir cigoto, pálido, enfermo. Y ese término sirve de título a la ópera prima del director mexicano Alonso Ruizpalacios en el año 2014: y Güeros fue considerada por la crítica la mejor película de dicho año en México, arrancando ovaciones y premios en diferentes festivales internacionales. 

Güeros es una película filmada en blanco y negro, una road movie muy chilanga (que es como se llama a los habitantes de Ciudad de México) con cuatro estudiantes de protagonistas y con telón de fondo de la famosa huelga estudiantil de la Universidad Nacional (UNAM) de 1999, que duró más de 10 meses. Una huelga que revolucionó al país, tema de discusión permanente en los medios de comunicación y que se desencadenó tras la modificación del Reglamento General de Pagos de la UNAM, piedra que colmó el vaso de otros muchos descontentos. Una huelga en la que los estudiantes tomaron las instalaciones universitarias y donde todo se fue un poco de las manos, tal como refleja la cinta. 

Una película que se narra en cinco partes, por nombre Sur, Poniente, Ciudad Universitaria, Centro y Oriente. Y en donde la primera secuencia de Güeros es desconcertante y estridente: una madre sale despavorida con su hijo lactante en brazos, que no deja de llorar mientras ella hace las maletas para escapar del hogar y mientras un teléfono suena de forma continua y amenazante. En la calle, un suceso inesperado interrumpe su huida: un globo de agua cae sobre el bebé, desconcertando a la madre. La cámara y el relato se vuelven hacia los responsables y esta anécdota sirve para dar a conocer al primer protagonista, Tomás (Sebastián Aguirre). Este es solo el primero de los cambios repentinos y las sorpresas de esta película realizada de retazos y fundidos en negro. 

Una nueva travesura de este adolescente de 13 años que acaba con la paciente de su madre: “Te vas a ir con tu hermano un tiempo a la ciudad. Ya no puedo contigo, ya no puedo”. Y Tomás parte de Veracruz hasta Ciudad de México, en busca de su hermano mayor Federico/Sombra (Tenoch Huerta), quien vive con su amigo Santos (Leonardo Ortizgris) en una casa donde nada funciona, como nada funciona en su universidad, la famosa UNAM, levantada en huelga. Una casa sin luz en la que fuman, y beben, y con la vecina niña con síndrome de Down hablan a través de un vaso de plástico que les sirve de teléfono. Una vida en la que matan el tiempo platicando y arreglando el mundo, con discusiones baladíes sobre no entender qué es el desayuno continental (pues no saben a qué continente se refieren), donde Federico presenta ataques de pánico (“le está dando el tigre”, lo refieren) y en donde el joven Tomás, harto de todo esto, llega a decirle: “Me cago en tu puta tesis, tu puta huelga y tu puta vida”. 

Y Tomás se lleva una cinta de casete “que una vez hizo llorar a Bob Dylan, eso dijo mi papá”. Una cinta de Epigmenio Cruz, rey del rock nacional ficticio, que se titula “Los güeros” y que sirve de “macguffin” a la historia. Y Tomás, Federico y Santos parten en la búsqueda del cantante que parece que se está hospitalizado por una cirrosis, para honrarle. Y así la película se transforma en una especial “road movie” por Ciudad de México, que se traslada del zoológico de Chapultepec a barrios marginales, y con epicentro en la UNAM y el problema estudiantil. Allí encuentran a Ana (Ilse Salas), en plena asamblea dentro de la universidad, una universidad tomada por los estudiantes y por los lemas, algunos muy significativos: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción” o “Educación primero al hijo del obrero, educación después al hijo del burgués”. Una UNAM repleta de consignas, asambleas, discusiones, fiestas y peleas, y en donde Ana al ver que han manchado un mural se pregunta: “¿Qué diría Siqueiros?”. 

Y ahora nuestros cuatros protagonistas siguen buscando a Epigmenio Cruz, “el único que pudo haber salvado el rock nacional”, quizás ese sustituto emocional del mundo sin figura paterna de Tomás. Y llegan a perderse en la ciudad durante la búsqueda, entre los numerosos puentes colgantes y tiendas Oxxo, recorriendo innumerables cuadras. Y Tomás pregunta “Dónde estamos” y su hermano le responde, “En la Ciudad de México”. Y la película continúa como una propuesta sensorial y existencial, una atípica “road movie” física y emocional con momentos estelares. Destaco dos escenas y diálogos. Cuando Federico/Sombra reflexiona sobre la películas Los olvidados (Luis Buñuel, 1950): “Puto cine mexicano. Agarran unos pinches pordioseros en blanco y negro y dicen que ya están haciendo cine de arte. Los chingados directores no conformes con la humillación de la Conquista todavía van al Viejo Continente y le dicen a los críticos franceses que nuestro país no es más que un nido de marranos, rotos, diabéticos, agachados, ratoneros, fraudulentos, traicioneros, malacopa, putañeros, acomplejados y precoces”. Y Santos sentencia: “Si lo es”. Y cuando encuentra a Epigenio en un bar y Federico/Sombra enaltece las letras de sus canciones: “Mi papá decía que si el mundo era una estación de trenes, la gente, los pasajeros, los poetas no son los que van y vienen, sino los que se quedan en la estación viendo los trenes partir…Porque tú eres de los que ven los trenes partir”. 

No es Güeros una película fácil ni apta para todos los públicos, pero que sí recompensará a aquellos que se atrevan a disfrutar de su caos y de sus ganas: ganas de cine y ganas de vivir. Y disfrutar del gusto de sus primeros planos: como es beso final de Federico y Ana. Un beso antes que se parta la manifestación… y preludio del fin de esta película tan especial, sobre una juventud que buscaba y que sigue buscando. No sé si buscaban las lágrimas de Bob Dylan, pero poco importa… Lo cierto es que, de uno u otra forma, ser joven y no ser revolucionario se constituye en una contradicción. 

 

sábado, 6 de abril de 2019

Cine y Pediatría (482): “Roma”, memoria de nuestra infancia y homenaje a la mujer


El cine mexicano ya es un habitual en Cine y Pediatría. No es para menos, pues es puro cine en español del país con más hispanohablantes del mundo (tanto como uno de cada cuatro), un país enorme y diverso que es un continente y que aspira a un cine internacional. Y la estela de este nuevo (y gran) cine va de la mano de los autodenominados "Los Tres Amigos del Cine”, que han conseguido virar el rumbo de cine mexicano en Hollywood en lo que llevamos de década. Estos tres tenores del séptimo arte en el bello español de México son los oscarizados directores Alejandro Gomez Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro. Los dos primeros de Ciudad de México, el último de la capital de Jalisco, Guadalajara. 

Alejadro González Iñárritu fue nominado a los Oscar a Mejor película extranjera por Amores perros (2000) y por Biutiful (2010), nominaciones a Mejor película y Mejor director por Babel, pero gran triunfador con Birdman (2014), donde se alzó con cuatro Oscar (de sus nueve nominaciones), incluidos Mejor película y Mejor director. Y en el año 2015 casi lo repite con El renacido, dado que partió como favorita (la máxima nominada con 12 nominaciones) y consiguió los premios de Mejor director, Mejor actor (para Leonardo Di Caprio) y Mejor fotografía (para Emmanuel Lubezki).

Guillermo del Toro comenzó a cogerle gusto a las nominaciones al Oscar con El laberinto del fauno (2007), con seis nominaciones y tres conseguidas: Mejor fotografía, Mejor dirección artística y Mejor maquillaje. Pero obtuvo el culmen una década después, y fue con La forma del agua (2017), la máxima galardona con 13 nominaciones, de las cuales ganó cuatro estatuillas: Mejor película, Mejor director, Mejor banda sonora y Mejor diseño de producción.

Alfonso Cuarón también ha congeniado con los premios de Hollywood. Todo comenzó con su nominación a Mejor guión original de Y tu mamá también (2002), le siguieron las nominaciones a Mejor montaje y Mejor guión adaptado de Hijos de los hombres (2006) y culminó con Gravity (2014), nominada a Mejor película, pero que si lo consiguió como Mejor director y Mejor montaje. Y que este año 2019 culminó su éxito con la película que hoy nos convoca, Roma, que tras ganar el León de Oro de Venecia partía como una de las máximas favoritas a los Oscar de la última edición, siendo la sexta ocasión en la historia de estos premios en que una película compite a la estatuilla a Mejor película y Mejor película de habla extranjera en la misma edición: las otra fueron la argelina Z (Costa Gravas, 1969), la sueca Los emigrantes (Jan Troell, 1971), la italiana La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), la taiwanesa Tigre y Dragón (Ang Lee, 2000) y la austriaca Amour (Michael Haneke, 2012). Nadie había logrado el doblete —siempre han obtenido el galardón a Mejor película de habla extranjera— y tampoco lo consiguió Roma, la primera en español, que se llevó el de Mejor película de habla extranjera, junto con el de Mejor director y Mejor fotografía, y todas fueron a parar a Alfonso Cuarón. Pues cabe decir que siempre suele encomendar la fotografía a su compatriota Emmanuel Lubezki, apodado “El Chivo” (y el mexicano más nominado a los Oscar, con 8, y el primero en la historia en ganar tres años consecutivos un Oscar a Mejor fotografía: en 2013 con Gravity, en 2014 con Birdman y en 2015 con El renacido), pero al no poder contar con él, asumió esa sorprende labor y nos regaló esas enigmáticas imágenes y luz en blanco y negro.

Nadie duda del éxito en premios de Roma a nivel internacional, y nadie duda de que el ser una película de la todopoderosa Netflix ha contribuido a ello. Otra cosa bien distinta es el éxito en críticas, pues éstas oscilan entre “obra maestra” y “maestro bodrio”. Pero no estoy aquí como crítico de cine, aunque si he de decir que no es una película fácil de ver y de disfrutar. Por no hablar de que en España se proyecte en muy pocas salas de cine y, además, se subtitule al español: que se entendería cuando las criadas hablan en mixteco, pero resulta paradójico cuando hablan en español, el español de México.

Roma comienza con un primer plano fijo de unos baldosines en los que aparece continuamente agua con jabón, y que dura lo que duran los créditos iniciales. A continuación se refleja sobre el agua un avión que pasa por el cielo. Se abre el plano y se nos presenta a nuestra protagonista, Cleodegaria Gutiérrez, Cleo para la familia (Yalitza Aparicio), la sirviente indígena analfabeta en una familia de un matrimonio de clase media-alta con cuatro hijos que viven no en la capital de Italia, sino esa colonia de Ciudad de México conocida como Roma y que fuera creada durante la primera década del siglo XX, asentamiento en principio de la clase alta de la ciudad, en el que se edificaron suntuosas mansiones y palacetes.

El guión de Roma se basó en los recuerdos de infancia de Cuarón y está ambientada en la década de los año 70. Por tanto, ese fue su barrio y su familia, y esta película va dedicada a Liboria “Libo” Rodríguez, la sirvienta que le crió a él y sus hermanos, y que aquí adquiere el nombre de Cleo. Y la cámara de Cuarón atrapa los fotogramas que decidió que tenían que ser en blanco y negro para reflejar mejor el color de esa época de de su infancia, y dar testimonio de una vida nada fácil de esta Libo/Cleo que veló por él y todos sus hermanos, que en medio de la desolación sentimental, el abandono y la mezquindad que se ensañaron con ella tuvo fuerzas y generosidad para seguir arropando en todos los sentidos – recordamos la secuencia del mar y cartel de la película - a esa familia burguesa que habita en la ciudad de México con los problemas del desamor de los padres.

Paco, Toño, Sofi y Leo (alter ego de Cuarón) son los cuatro hijos de Doña Sofía (Marina de Tavira) y Don Antonio, médico de profesión, y que están bajo el cuidado de dos criadas indígenas, una de ellas Cleo (“Dejar de hablar así”, les dice Pepe cuando hablan en mixteco). Y la película avanza como un homenaje a las dos mujeres de la vida de Cuaron, su madre y su criada, Sofía y Cleo, Yalitza Aparicio y Marina de Tavira (ambas nominadas a los Oscar como Mejor actriz de reparto y Mejor actriz). Dos mujeres abandonadas ante la visión de estos cuatro hermanos. Sofía abandonada por su marido, aunque a los niños les dicen al principio que se ha ido a un congreso a Quebec. Cleo abandonada por lo que no llega a ser un novio, y que en su primera relación sexual queda embarazada: “No me ha llegado el mes. Creo que estoy en estado” y el tal Fermin, un obseso de las artes marciales, le espeta con toda la violencia y machismo que se pueda imaginar: “Puta criada”. Por ello, en un momento de la película una doña Sofía borracha le espeta a Cleo: “No importa lo que te digan… siempre estamos solas”.

Y la cámara de Cuarón - manejada por él mismo, como el guión y la dirección, por algo es su vida - crea un efecto hipnótico desde el primer plano hasta el último: otra cosa es que quizás 135 minutos no sigue el principio de menos es más. Sí, es cierto que utiliza un primoroso lenguaje visual para hablar de eso tan simple y tan complejo, tan alegre y tan amenazador, tan luminoso y tan sombrío, tan cotidiano y tan excepcional, tan apacible y tan violento, tan tierno y tan cruel que definimos como vida. Y esa vida pasa delante nuestro como espectadores en escenas como las de Pepe y Cleo tumbados en la terraza (“Me gusta estar muerta”, le dice), Cleo apagando las luces de la casa o despertando con delicadeza a los niños, la fiesta de Año Nuevo en la hacienda de los amigos (“Qué desconfiada. Te estás volviendo como los de la ciudad”, le dicen), el entrenamiento al aire libre de las decenas de amantes de las artes marciales, entre los que se encuentra Fermin (“Que la energía acoja a todos los combatekas esta tarde… El verdadero milagro radica en vuestra propia voluntad”), la escena de guerrillas en la calle protagonizada por ese grupo paramilitar conocido como Los Halcones (rememoración de la Masacre de Corpus Christi aquel 10 de junio de 1971), las varias escenas del acto de aparcar el coche en la estrecha cochera de la casa, el sismo en la Maternidad (qué sería de México sin terremotos), el viaje a la playa de Tuxpan en Veracruz y cuando doña Sofía cuenta la verdad a sus hijos (“Va a haber muchos cambios. Pero estamos juntos… tenemos que estar muy juntos en esta nueva aventura”) y la escena mítica en la playa, con Cleo, Sofía y los cuatro hijos abrazados tras evitar que murieran ahogados y la reveladora declaración de Cleo: “Yo no quería que naciera”.

Y ello nos retrotrae a uno de las escenas más icónicas y duras, el viaje a ese paritorio casi apocalíptico del hospital público de la Ciudad de México, donde la ginecóloga dice: “No latidos cardíacos, líquido meconial. Llamen al pediatra, es una urgencia”. Y el pediatra, visionado al fondo dice “Está en paro, iniciamos reanimación” (por cierto, un mal ejemplo para aprender reanimación cardiopulmonar,… pero eran otros tiempos y es ficción, espero). Y luego el mensaje del reanimador: “Señora, no escucho el corazón de su bebé…Lo siento mamá, tu bebé nació muerto. Despídete de ella”.

Y así es la memoria de la infancia de este director (aquí también guionista y fotógrafo) llamado Alfonso Cuaron, una infancia con sombras y claroscuros como sus imágenes, con la incertidumbre y la indefensión de aquella época en la que el paraíso de la niñez puede desaparecer. Y en ese aparente caos surge en su vida un ser íntegro, puro, generoso, admirable, como Cleo. Porque Roma es un testimonio personal de los recuerdos de su infancia y de las mujeres que les dieron forma. Y es que la infancia siempre es demasiado importante como para ofrecerle un homenaje… 

Y el recuerdo de esos aviones que sobrevuelan de forma repetida el cielo, pues nuestro director vivía junto al aeropuerto. Y de tanto recuerdos de su Ciudad de México en los años 70: los vendedores afuera de las vastas salas de cine de las colonias Roma y Condesa, los estacionamientos apretados por donde no cabían los gigantescos carros de marcas estadounidenses de la época, las fiestas de la pequeña burguesía al borde del aquelarre, las comedias televisivas con su humor simplón, los viajes improvisados a la playa... Porque Roma es la película más personal de Alfonso Cuarón y de “Los Tres Amigos del Cine” y por su memoria algunos lo considera ya un autor y voz del cine “mexicano” a la altura de Buñuel o Ripstein.