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sábado, 28 de diciembre de 2024

Cine y Pediatría (781) “Viento en las velas”, la ambigüedad de la inocencia infantil

 

Las películas de piratas es un subgénero de aventuras que ha cautivado al público con historias de ambientación exótica, batallas navales, búsqueda de tesoros y personajes icónicos, y para ello se suele combinar acción, drama, humor y romance. Y sirvan algunos ejemplos, desde títulos más clásicos a otros más actuales, y que han sido habitualmente la delicia de nuestra infancia: La isla del tesoro (Victor Fleming, 1934), El capitán Blood (Michael Curtiz, 1935), Posada Jamaica (Alfred Hitchcock, 1939), El cisne negro (Henry King, 1942), Piratas del mar Caribe (Cecil B. DeMille, 1942), Los Goonies (Richard Donner, 1985), Hook (Steven Spielberg, 1991), La isla de las cabezas cortadas (Renny Harlin, 1995), Master and Commander: Al otro lado del mundo (Peter Weir, 2003), Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra (Gore Verbinski, 2003) y toda la saga de Jack Sparrow. 

Pero hoy despedimos el año con una de piratas muy especial, una película compleja que mezcla elementos de aventura con piratas y drama psicológico alrededor de la infancia, un film basado en la novela de Richard Hughes “A High Wind in Jamaica”, la historia de un grupo de niños que son secuestrados por piratas, lo que da pie a una narrativa que explora la inocencia, la moralidad y la adaptación infantil a circunstancias extremas. Una obra clásico por título en español Viento en las velas (Alexander Mackendrick, 1965), una adaptación de la que el propio director no quedó satisfecho por la falta de libertad a la que le sometió el productor Darryl F. Zanuck, que quería convertir la película en una aventura convencional de piratas y niños. 

Todo comienza con una tormenta tropical en la paradisíaca isla de Jamaica, posiblemente lo que da título a la novela y a la película en su título original. Suena una melodía y una voz alegre canta una historia sombría. Y en ese caos conocemos a la familia británica Bas-Thornton con sus cinco hijos, refugiados en el sótano de la casa junto a los criados negros que realizan hechizos. La casa se destruye y entonces los padres deciden que sus hijos vayan a Inglaterra a una escuela decente, no solo por el riesgo del Caribe, sino por su educación, pues según la madre: “No se parecen nada a los niños ingleses. Este lugar les convierte en salvajes. Te aseguro que no soy la única madre de la isla que piensa de este modo”. Y es así como embarcan camino de Inglaterra a sus cinco hijos (Emily, John, Edward, Laura y Rachel) y también les acompaña dos niñas de una familia vecina, los Fernández. Y en la despedida el capitán del barco, Marpole (Kenneth J. Warren), dice a los padres: “No se preocupen. Un barco es la mejor guardería infantil”. Y algo así acabará siendo la aventura de estos niños que tendrán en Emily (Deborah Baxter) a su principal protagonista y sobre la que gira esta particular aventura y quien nos dice: “Los mayores nunca te dicen nada. Tienes que adivinarlo”. 

Y es así que el barco es secuestrado por unos piratas, con el capitán Chávez (Anthony Quinn) y su hombre de confianza, Zac (James Coburn), y nos enfrentamos a ese choque entre el mundo adulto y el infantil, bajo esta declaración de uno de ellos: “Si yo fuera pirata, un pirata de verdad, no llevaría chicos a bordo. Los dejaría en una isla desierta”, pues algunos creen que los niños traen mala suerte y se vuelven supersticiosos con su presencia, a riesgo de amotinarse. Pero entre Chávez y Emily se acaba construyendo una relación peculiar con ambigüedad latente, como si fueran dos almas que se entienden aunque se enfrente a cada instante. 

Cuando el barco llega a tierra, a Tampico, los piratas se dan cuenta de que están perdidos. Pues están en busca y captura por secuestrar niños y su condena está sellada, más cuando ocurre un nefasto suceso con uno de los hermanos y Emily sufre un accidente en el barco. Poco después los niños son rescatados por un barco británico y los piratas detenidos. Los niños cuentan a un abogado su estancia en el barco como una gran aventura y presentan a Chávez como un héroe divertido. Sin la ayuda de los pequeños no pueden tener una acusación, por lo que Emily es llamada a juicio. Y ya con los hermanos jugando en un parque de Inglaterra, la película finaliza con la misma canción que al inicio, mientras Emily mira a un barco de juguete en el lago. 

Porque Viento en las velas es mucho más que una de piratas… Es una obra llena de mensajes alrededor de la ambigüedad de la inocencia infantil, pues estos pueden adaptarse a situaciones difíciles de maneras que desafían las expectativas adultas (y que pone en cuestión la pureza moral de la infancia, pues estos son capaces de actuar de manera instintiva o incluso manipuladora), alejando esa visión idealizada de la infancia como un periodo de inocencia absoluta. Porque a lo largo de la historia, los piratas no son completamente villanos, ni los niños completamente víctimas, con una ambigüedad que desdibuja las líneas entre el bien y el mal. Allí donde los niños demuestran una sorprendente capacidad para adaptarse a un mundo peligroso y extraño, resiliencia que puede ser vista como una fortaleza, pero también como una pérdida de la inocencia. Así pues, la película desafía al espectador a reflexionar sobre cómo entendemos la moralidad, la infancia y la humanidad misma, usando un escenario de aventuras para contar una historia profundamente psicológica. 

Y cuando recordamos esta película, que es mucho más que una película de aventuras con la infancia de protagonista, recordamos los versos de esa canción que abre y cierra la historia: “Cuando un hombre es joven y apuesto / espera que el destino le envíe un amor sin lágrimas, / un amor sin fin, mi amor. / Pero cuando la vida pasa y le convierte en hombre / el destino le envía un amor que le cuelga / de un árbol del ahorcado, mi amor”. Porque el poder destructivo de la inocencia no es nuevo en el cine de Alexander Mackendrick, como ya nos demostrara con El quinteto de la muerte (1955), pero aquí con la senectud (y no la infancia) de protagonista. 

Y con esta última película comentada en este año 2024 ponemos rumbo hacia un nuevo año, esperando que el viento sople en las velas.

 

sábado, 16 de diciembre de 2017

Cine y Pediatría (414). "El señor de las moscas" y la pérdida de la inocencia


Hoy comentamos un icono de literatura que se llevó a la pantalla en dos ocasiones: una en blanco y negro, y otra en color. La novela es un icono publicado en 1954, la primera y más célebre novela del escritor inglés y Premio Nobel de Literatura William Golding. Las películas datan de 1963, la de blanco y negro, dirigida por Peter Brook, y de 1990, la de color, dirigida por Harry Hook. Está claro que hablamos de El señor de las moscas, donde se hace explícita la intención del novelista de ofrecer una visión de la naturaleza humana alternativa a la que se refleja en el "Emilio" de Rousseau y más cercana a lo que defendía el filósofo Thomas Hobbes en "Leviatán". El título alude a la maldad humana, representada por Belcebú, deidad filistea y posteriormente también perteneciente a la iconografía cristiana, que es conocido por este sobrenombre de Señor de las Moscas, 

Una treintena de muchachos son los únicos supervivientes de un naufragio en una isla en el que perecen todos los adultos. Enseguida se plantea cómo sobrevivir en tales condiciones, y no tardan en crearse dos grupos con sus respectivos líderes. Ralph se convierte en el cabecilla de quienes están dispuestos a construir refugios y a recolectar alimentos, mientras que Jack se convierte en el jefe de los cazadores, animados por un espíritu más aventurero. Las tensiones entre ambos bandos desembocan en un enfrentamiento que se resuelve en un baño de sangre. Ralph y Jack son los personajes principales, a los que se suma Piggy, objeto de burla por su peso corporal, sus gafas y por padecer asma, a veces le llaman Cerdito o Capitán de la grasa, y, pese a todo, representa la voz de la razón. 

A través de 12 capítulos ("La caracola", "Fuego en la montaña", "Cabañas en la playa", "Rostros pintados y melenas largas", "El monstruo del mar", "El monstruo del aire", "Sombras y árboles altos", "Ofrenda a las tinieblas", "Una muerte se anuncia", "La caracola y las gafas", "El pelo del castillo", "El grito de los cazadores"), el libro aborda el mal que existe en el corazón del hombre que, independientemente de la edad y del medio donde viva, surge como algo natural. En el libro el autor nos muestra cómo se organizan unos niños perdidos en una isla paradisíaca sin la presencia de adultos, resultando preocupante lo fácil que puede ser la pérdida de la inocencia, en ocasiones, propiciada por el dominio de la parte bárbara de las personas sobre la civilizada.... y también en la infancia. Porque el mal también acecha a la infancia y de muy diversas maneras. 

De las dos películas, posiblemente el original en blanco y negro supera a su copia en color. En los créditos iniciales aparecen una serie de imágenes en blanco y negro que nos sitúan en la Segunda Guerra Mundial y, alrededor de una música estridente, comprobamos que un avión se estrella. A continuación aparecen los primeros niños en una isla desierta. Allí, al inicio su comportamiento es ejemplar y se proponen como meta trabajar en unidad para salir de la isla. Poco a poco, sin embargo, el mal se empieza a hacer presente, y los momentos finales de la película son aterradores por el cambio que se ha obrado en los muchachos. Por ello, dicen en un momento: "No sé por qué, habíamos empezado bien. Luego la gente empezó a olvidar lo que importa. Lo más importante para todos es que nos rescaten. Decidamos lo que hace cada uno y empezaremos de nuevo. Prestando atención a cosas como el fuego". 

Lejos de la película el proponer el mito del buen salvaje de Rousseau y suponer que el hombre es corrompido por las estructuras sociales. Por el contrario, se advierte que hay algo en el ser humano, incluso en los inocentes niños, que los hace tender al mal. Ni la novela ni la película lo hacen explícito, pero se puede relacionar esta situación con el pecado original. Precisamente una figura muy importante es la cabeza de un cerdo que los niños clavan en medio de la isla, cabeza que, con el tiempo, se irá llenando de moscas: es el Señor de las Moscas, conocida imagen bíblica que representa al diablo. Presente en la isla, aparece como la bestia que va sutilmente sugiriendo el mal para destruir al hombre y la creación de Dios. y su presencia se deja sentir cada vez más en los acontecimientos que se van desencadenando. Por ello, Peggy llega a preguntar: "¿Qué es mejor? ¿Tener normas y estar de acuerdo o cazar y matar?"

El deseo original de escapar de la isla es abandonado. Los muchachos dejan de mirar el horizonte que los lleva a su salvación, y hacen de la isla un refugio y, finalmente, una suerte de prisión. El fuego, logrado por medio de la técnica humana y recurso valioso para la supervivencia, se volverá también en contra de ellos, avanzando implacable para destruir la maravilla que Dios había creado. Porque en ese microuniverso que es la isla se revelarán los instintos más bajos de la naturaleza humana, que dicta que sin educación o una sociedad con reglas y figuras de autoridad, el hombre se comportaría como un animal. 

Por todo ello, El Señor de las Moscas es una película que impacta y se comporta, incluso, como una catequesis valiosa sobre el mal, el demonio, el pecado y sus efectos en el hombre y la sociedad. No es una película agradable, ni es tampoco para niños, aunque solo tenga como protagonistas niños (de hecho solo salen puntualmente algunos adultos al final de la película, marinos que llegan a la isla). Pero si es una película para el análisis y la reflexión. Como es final de la cara de Ralph en primer plano y una lágrima. 

Se dice que una de las mayores influencias que llevó a William Golding a escribir "El señor de las moscas" fue la novela "La isla de coral" escrita en 1857 por R. M. Ballantyne, en la que se nos presentan a tres muchachos supervivientes de un naufragio que luchan constantemente contra una maldad externa, reflejada en piratas y caníbales. Pero, mientras Ballantyne nos ofrece una visión más optimista del ser humano en estado salvaje, cercana a la filosofía de Rousseau, Golding utiliza elementos de la filosofía de Hobbes para criticar la visión de la naturaleza humana

Porque Rousseau declaraba que el ser humano en su estado natural se caracterizaba por la bondad y la inocencia, y que era en sociedad cuando el hombre se corrompía. Y la filosofía de Hobbes en este aspecto es contraria a la de Rousseau, de la misma manera en que la obra de Golding es contraria a la de Ballantyne; tanto en "Leviatán" de Hobbes como en "El señor de las moscas" de Golding asistimos a una representación del ser humano como un ente asalvajado por culpa de la naturaleza, siendo en este caso la sociedad la encargada de apaciguar su naturaleza salvaje gracias al uso de la razón. 

Lo dicho, una novela y dos versiones de películas de El señor de las moscas. Y, posiblemente, ya una tercera versión en preparación, dirigida por Scott McGehee y David Siegel, conocidos por películas como ¿Qué hacemos con Maisie?  Una novela con gran influencia, pasada, presente y futura, al ser una alegoría de la naturaleza humana, donde cada personaje representa diferentes aspectos de las personas: Ralph, el orden y la civilización; Piggy, la razón y cordura de la sociedad; Jack, el deseo de poder y la maldad; Roger, la crueldad y el sadismo en su mayor escala; Simón, la bondad natural del hombre. En resumen, una alegoría de la pérdida de la inocencia en la infancia.

 

sábado, 21 de abril de 2012

Cine y Pediatría (119).“La vida es bella” y más en la infancia


La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) supuso toda una convulsión en su momento en los Premios Oscar de la Academia. No era habitual que una película no creada en Hollywood consiguiera 7 nominaciones a los Óscar (de las que finalmente consiguió tres: mejor actor, mejor banda sonora y mejor película extranjera). Esta efeméride de la película italiana sólo ha sido superada este año por la francesa The Artist, con 10 nominaciones a los Óscar (de las que finalmente consiguió cinco).

Pero La vida es bella también supuso una convulsión en los espectadores, pues esta fábula (en tono de tragicomedia) sobre el holocausto judío, tiene el sello inconfundible de su creador: Roberto Benigni, director, coguionista y actor principal (ese Guido, casi un alter ego). La trama transcurre en 1939 y es narrada como un cuento en dos partes bien diferentes. En la primera parte, Guido (Roberto Benigni), un italiano descendiente de judíos, llega a la una ciudad de la Toscana (Arezzo, magnífica con su Piazza Grande) y allí se enamora de Dora (Nicoletta Braschi, su mujer en la vida real), una bella profesora que está comprometida con un burócrata aburrido. La simpatía y actitud con que Guido corteja a Dora terminan por enamorarla, se casan y tiene hijo, Josué (Giorgio Cantarini). En la segunda parte, la historia da un giro dramático, cuando Guido, Dora y Josué son deportados por los nazis a un campo de concentración. Una vez allí, pese al horror y la desesperación del holocausto y la xenofobia, Guido idea con determinación un plan: defender a su hijo de la crueldad y sinrazón imperantes aquel ambiente y, para ello, hace creer a su hijo que todo se trata de un juego en el que sólo se ganará si se siguen todas las reglas. El premio será un tanque y, cada día, Guido utilizará toda su imaginación para salvar la vida de Josué y que éste no vea lo que está pasando. El niño, motivado por el tanque que, según su padre, recibirá el ganador, vive el holocausto como un juego, sin darse cuenta de las barbaridades que ocurren a su alrededor como consecuencia del antisemitismo.

Basada en el libro autobiográfico de Rubino Romeo Salmoni, "Alla fine ho sconfitto Hitler", la película nos narra la forma en que un padre utiliza su habitual estilo humorístico para convertir la consternación en una especie de metáfora, en el sentido de que transporta la realidad a una irrealidad. Esta historia nos permite visualizar actitudes y habilidades de las personas con espíritu de superación y generosidad, personas que creen que vale la pena vivir la vida con alegría. Destaca la bondad, la fe, la esperanza, la ilusión y el buen humor con el que el protagonista intenta rescatar las secuelas de su hijo, secuelas que le podrían quedar a causa de la sinrazón humana, en este caso el holocausto frente a los judíos. Por ello, La vida es bella es una película positiva. Y tiene un mensaje positivo que nos hace ver la vida de una mejor manera, independientemente de las circunstancias que puedan estar sucediendo a nuestro alrededor; porque no se trata de encontrar mejores paisajes, sino de tener nuevos ojos

Con esta película, Roberto Benigni logró toca las estrellas. Incluso se permitió el lujo de pasar por encima de los hombros de Steven Spielberg para recoger uno de los premios. Desde entonces, no ha vuelto a repetir el éxito, y eso que repitió la misma fórmula con su película El tigre y la nieve (2005), al ser director, guionista, actor y hacer tándem, de nuevo, con su esposa. De La vida es bella recordamos con facilidad algunas frases de este película, tanto en la introducción (“Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula está llena de maravillas y de felicidad”), como en el nudo ("Prohibida la entrada a perros y judíos. Ya ves, a partir de mañana prohibiremos la entrada a las arañas y a los visigodos... ¡me tienen frito esos visigodos!”) y al final de la historia (“Ese es el sacrificio que hizo mi padre. El regalo que tenía para mí”).

La vida es bella es un película protagonizada por un niño en medio de una guerra, un niño que no vive la terrible realidad de los adultos (en este caso, el holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial, algo que ya comentamos en La llave de Sarah, de como puede marcar en la infancia la memoria histórica), sino la suya propia originada por la imaginación que facilita la comprensión de los hechos que suceden alrededor. Con este esquema recordamos películas similares, como El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), con el niño Bruno y el holocausto judío también de trasfondo; o como El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), con la niña Ofelia y la Guerra Civil Española de trasfondo.

La vida es bella y hay que verla así (y aunque a veces no lo parezca, como es el caso de la sinrazón de los conflictos bélicos), sobre todo en la infancia y a través de la inocencia de los ojos de un niño. Las música de Nicola Piovani nos ayuda a verlo así...