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sábado, 14 de febrero de 2026

Cine y Pediatría (840) “Érase una vez mi madre”, mi pie zambo, Dios y Sylvie Vartan

 

El término "Érase una vez..." es una expresión tradicional usada para iniciar cuentos de hadas y narraciones fantásticas, evocando un tiempo indefinido en el pasado. Proviene de traducciones de cuentos clásicos como los de Charles Perrault, los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen. Y también el cine se ha aprovechado de esta expresión. Y basta recordar la trilogía de Sergio Leone: Érase una vez… en el Oeste (1968), Érase una vez… en México (1971) y Érase una vez… en América (1984). Otro título icónico es Érase una vez… en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019), pero hay muchos otros títulos así en español y desde diversas nacionalidades: Érase una vez (Carl Theodor Dreyer, 1922), Érase una vez un príncipe (Howard Hawks, 1927), Érase una vez (Alexander Hall, 19449, Érase una vez un mirlo cantor (Otar Iosseliani, 1970), Érase una vez un sinvergüenza (George Schaefer, 1973), Érase una vez el diablo (Bernard Launois, 1985), Érase una vez… (Olivier Dahan, 2001), Érase una vez en los Midlands (Shane Meadows, 2002), Érase una vez en Bolivia (Patrick Cordova, 2012), Érase una vez en Durango (Juan Antonio de la Riva, 2010), Érase una vez en la Patagonia (Maxi Anriquez, 2016), Érase una vez en Buenos Aires (Agustín Ross Beraldi, Diego Labat, 2016), etc. 

Y hoy sumamos la reciente película francesa Érase una vez mi madre (Ken Scott, 2025), una comedia dramática cuyo guion procede la novela autobiográfica de Roland Perez, “Ma mère, Dieu et Sylvie Vartan”, que también es el título original de la película. Un relato muy accesible que asemeja un cuento de hadas sobre discapacidad, fe, maternidad y cultura popular francesa de los años 60–90 y que se ha convertido en un éxito de crítica y, sobre todo, de público en Francia. 

El filme narra la infancia y vida adulta de Roland, nacido en 1963 con un pie equino-varo (popularmente conocido como pie zambo) y que, según los médicos, le condena a muletas o silla de ruedas de por vida: “Nunca, nunca debe cargar peso en ese pie… Su hijo es un discapacitado”. Es el sexto hijo de este matrimonio judío sefardí de origen marroquí, y su madre, Esther (soberbia Leila Bekhti, ya vista en O los tres o ninguno, Kheiron, 2015), de carácter indomable, promete que su hijo caminará “como los demás” y tendrá una vida “fabulosa”, fiando esa promesa a Dios, en la visita a múltiples especialistas médicos y charlatanes, y a la energía vital que le aporta la música de Sylvie Vartan: “Solo rezo por la pierna de Roland”, nos dice.  

La película, con un metraje de 103 minutos, se divide casi simétricamente en dos partes: la infancia (sin duda, la mejor) y la vida adulta. En la primera parte asistimos al encierro doméstico del niño Roland (interpretado por dos actores, uno hacia los 4 años y otro hacia los 12) y cómo este se desplaza arrastrando por casa, los conflictos con servicios sociales porque no está escolarizado (“Mi hijo, el primer día de colegio, irá andando”, se promete Esther a sí mismo y a la asistente social), las peregrinaciones médicas y, finalmente, el largo tratamiento que le permite caminar. La segunda parte sigue a Roland adulto (Jonathan Cohen), convertido en jurista y periodista (tras pasos previos por la canción e interpretación), que acaba encontrándose profesionalmente con su ídolo Sylvie Vartan (con 80 años en el momento de rodarse la película, y todo un milagro de la cirugía estética, tras un grave accidente de coche en su juventud junto a Jhonny Hallyday) mientras intenta emanciparse de una madre tan abnegada como invasiva. Llega a casarse y tener tres hijos, pero su esposa fallece de cáncer. Acude a apoyo psiquiátrico, a quien le manifiesta: “El problema es que toda mi vida han tomado las decisiones por mi y ahora estoy perdido”. 

Érase una vez mi madre se comporta como un feel-good movie entre esa peculiar relación de Roland con su madre, en una historia repleta de emociones y enseñanzas: 1) El amor materno y ambivalencia. Porque la emoción dominante es la de un amor materno feroz, capaz de desafiar diagnósticos médicos, estructuras sociales y sentido común. Un amor con doble cara: por un lado, motor de resiliencia y salvación; por otro, fuente de invasión y dificultad para que el hijo se independice emocionalmente. Y se nos plantea que el apoyo incondicional puede convivir con la necesidad de poner límites y de que el adulto se separe simbólicamente de la figura materna. 2) La discapacidad, diferencia y dignidad, esas “tres D” que es el recorrido del pie zambo de Roland, donde la enseñanza central es que dignidad y deseo de futuro no dependen de la “corrección” del cuerpo, sino del entorno afectivo, educativo y simbólico que rodea al sujeto. 3) La fe, cultura judío‑marroquí e identidad, donde la fe en Dios es un recurso emocional clave para Esther. Y donde la película sugiere que la identidad de Roland se construye en el cruce entre su cuerpo “desviado”, su origen minoritario y la cultura popular francesa (representado por su idolatrada Sylvie Vartan), y que esa mezcla puede transformarse en fuerza y singularidad creativa. 

Destacar como la cantante Sylvie Vartan aparece como mito íntimo y motor narrativo. De niño, para Roland ella es icono pop, musa y figura redentora laica; con ella aprende a leer con las letras de sus canciones, proyecta en ella un horizonte de glamour y escape, y convierte su voz en acompañamiento emocional de su rehabilitación. En la etapa adulta, el encuentro real con Vartan cierra el arco: el ídolo se humaniza sin perder su dimensión mítica, y el protagonista comprueba que el imaginario que lo sostuvo de niño puede integrarse en su vida profesional y afectiva adulta. 

Y ello nos lleva a su banda sonora original (BSO), compuesta por Nicolas Errèra, y cuyo dispositivo dramático descansa en varios números de Sylvie Vartan, insertados como canciones diegéticas o evocadas en escenas clave. Sus canciones cumplen tres funciones para Roland: pedagógica (sirven literalmente como materia prima para que Roland aprenda a leer, convirtiendo la cultura pop en herramienta de alfabetización), terapéutica (su escucha marca momentos de resiliencia, especialmente durante el tratamiento largo en cama, donde la música genera una “burbuja” anímica frente al dolor) e identitaria (vinculan la historia personal de Roland con la memoria colectiva de la Francia y la diáspora de los años 60–70, subrayando la pertenencia a un imaginario común pese a su diferencia). Pero además también escuchamos de forma patente icónicas canciones en momentos clave de la vida de Roland, como “Get It On” del grupo T-Rex, “I Wonder Why” de Billy Preston o “Trouble, Heartaches & Sadness” de Ann Peebles. 

Es difícil no rememorar este uso de una BSO tan potente en películas que ya hemos analizado, como C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), u homenajes a determinados ídolos de la música. Si en Érase una vez mi madre el homenaje es a Sylvie Vartan, en Melody (Waris Hussein, 1971) fue al grupo Bee Gees, La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014) lo hizo con Michel Sardou, y la magia de The Beatles estuvo presente en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001) y Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012).      

La magia de la música y el cine, la fusión de lo sonoros y lo visual, ese “tercer personaje” invisible y leitmotiv que es la BSO. Y aquí en una película con calidez emocional y enseñanzas varias alrededor de una relación madre-hijo, el pie zambo, Dios y Sylvie Vartan. Y que nos deja este pensamiento final de Roland: “Un escritor inglés dijo una vez acertadamente que como Dios no pudo estar en todas partes, tuvo que inventar a las madres”. El escritor se atribuye a que fue Rudyard Kipling, un novelista acostumbrado a narrar historias que bien podían empezar por “Érase una vez…”

 

sábado, 18 de octubre de 2025

Cine y Pediatría (823) “Wolfgang”, extraordinaria la neurodiversidad y la música



Una feel good movie es un término en inglés (traducible como película agradable, reconfortante, o que te hace sentir bien) que se usa para describir a aquellas películas cuyo principal objetivo es generar sentimientos de alegría, optimismo y bienestar en el espectador. Y ello pese al tema que se trate. Y baste recordar alguno de los títulos ya tratados en Cine y Pediatría que pueden encuadrase como feel good movie: ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), Mejor… imposible (James L. Brooks, 1997), Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), Tiempos de azúcar (Juan Luís Iborra, 2001), Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006), El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007), Juno (Jason Reitman, 2007), The Blind Side (Un sueño posible) (John Lee Hancock, 2009), Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011), Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012), Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012), Las ventajas de ser un maginado (Stephen Chbosky, 2012), The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013), El camino de vuelta (Nat Faxon y Jim Rash, 2013), La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014), Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014), Boyhood (Momentos de una vida) (Richard Linklater, 2014), St. Vincent (Theodore Melfi, 2014), Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), Yo, él y Raquel (Alfonso Gómez-Rejón, 2015), Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016), Sing Street (Jorn Carney, 2016), La vida de Calabacín (Claude Barras, 2016), Lady Bird (Greta Gerwing, 2017), El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017), Wonder (Stephen Chbosky, 2017), Mentes brillantes (Thomas Lilti, 2018), Familia al instante (Sean Anders, 2018), Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), CODA: Los sonidos del silencio (Sian Heder, 2021), La brigada de la cocina (Louis-Julien Petit, 2022), La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), entre otras.

Y hoy llega una reciente feel good movie española, que nos acerca a la neurodiversidad y la música: Wolfgang (Extraordinario) (Javier Ruiz Caldera, 2025), adaptación de la novela homónima de Laia Aguilar. Y que marca un giro del director, conocido más por sus obras en tono de comedia (Spanish Movie, 2009; Promoción fantasma, 2012; Anacleto, agente secreto, 2015; Superlópez, 2018) y que hoy nos dirige a esta "dramedia" familiar reconfortante. Y donde la historia se centra en Wolfgang (interpretado por Jordi Catalán), un niño de 10 años con altas capacidades y trastorno del espectro autista (TEA). Su vida, marcada por la estricta rutina y su prodigioso talento para el piano, se ve drásticamente alterada tras la repentina muerte de su madre. Wolfgang se ve obligado a mudarse a Barcelona para vivir con su padre, Carles (Miki Esparbé), a quien no conoce en absoluto. Carles es un actor bohemio, desorganizado e inmaduro, que contrasta totalmente con la mente metódica y ordenada de su hijo. El conflicto principal surge del choque entre estos dos mundos: Wolfgang no soporta el caos de su padre, su desorden ni su desorganización y lo considera un “bajocien” por su falta de intelecto. Es por ello que, en secreto, planea conseguir una beca para la prestigiosa academia de música Grimald de París (donde estudió su madre) para convertirse en el mejor pianista del mundo y escapar de su nueva realidad. 

“¿De verdad tengo que vivir con este señor?”, le dice Wolfgang a su abuela cuando conoce a Carles y llegar a confirmar que son tan diferentes: el caos frente al orden. Wolfgang tiene su libreta donde apunta todo: “Lista de cosas inútiles: echarse la siesta, leer novelas, dar besos y abrazos, practicar deportes, comer chicles, pasar la tarde en un centro comercial, los parques de atracciones, bailar,…” a lo que añade tras su primer contacto “… un padre”. 

Carles afronta el reto de la paternidad tardía con voluntad, pero sin las herramientas emocionales o la experiencia necesaria, lo que lo lleva a un "curso exprés" de crecimiento personal y gestión emocional. Cuando Carles le explica a un amigo que su hijo no es como los otros niños, que tiene TEA, aquel le dice: “TEA, TDA, TOC, ahora todos los críos están diagnosticados con una cosa de estas. Pero por muy Asperger que sea, ¿cómo vas a explicarle que no te hayas ocupado de él todo este tiempo?” 

El dilema de Carles se intensifica al tener que elegir entre una importante oportunidad profesional como actor y convertirse en el padre que su hijo, con sus necesidades especiales, requiere. Y sigue escribiendo en su libreta: “Cosas absurdas que me ha propuesto Carles: ir al teatro, jugar a fútbol, pasear en bici,…”. Y la profesora le explica al padre: “Claro, va dos cursos por encima de lo que le toca. Al hacerle las pruebas de inteligencia, le salió un coeficiente de 152. Piense que usted y yo seguramente no pasamos de 95 o 100. Intelectualmente, Wolfgang está muy por encima de sus compañeros, pero a nivel emocional y social todavía tiene que trabajar mucho. Tener un alumno con altas capacidades y autismo representa un desafío único para maestros y familias. Por eso es importante que todos veamos la situación de la misma forma”. (Por cierto, al registrar esta conversación se habla de “coeficiente intelectual”, denominación errónea según la RAE, pues debe denominarse como “cociente intelectual”). En el camino, cuando Wolfgang se pone nervioso se tapa los oídos y cuenta números primos, mientras prepara su audición con Mia (Anna Castillo”, quien le descubre que siempre realiza listas negativas y le anima a que escriba listas positivas de las personas o las cosas. 

La historia avanza con divertidas escenas. Y al final entendemos la causa del fallecimiento de la madre y resulta terapéutico. Y como buena feel good movie, todo se soluciona entre padre e hijo. Incluso tiene el cameo del directo J.A. Bayona… Y una nota personal: parte de esta película está grabada en el Colegio Alemán de Esplugas de Llobregat, donde pasé mi infancia, y donde también se grabó el film De mayor quiero ser soldado (Christian Molina, 2010).  

Wolfgang (Extraordinario) no pasará a la historia como una feel good movie inolvidable, pero si es una película rica en reflexiones sobre las relaciones humanas, la diferencia y el crecimiento personal. Una película que acepta e integra la neurodiversidad, a través del TEA de Wolfgang, tratado con respecto, rigor y humanidad, enfatizando que su singularidad no es un defecto, sino parte de su identidad, con la que cabe empatizar en el contexto familiar y educativo. Y cuya historia, en esencia, es un viaje paternofilial, donde Carles aprenderá que la paternidad es un acto de maduración y sacrificio, y donde se nos refuerza la idea de las segundas oportunidades y la posibilidad de la reconciliación familiar. También aborda el duelo (por la pérdida de la madre) y el valor terapéutico de la música como vehículo para expresar y procesar el dolor. En resumen, una “dramedia” que, aunque utiliza una fórmula amable, logra hacer un retrato sensible y profundo sobre la crianza de un niño fuera de serie, la superación del dolor y el redescubrimiento del vínculo familiar.

 

sábado, 23 de noviembre de 2024

Cine y Pediatría (776) “Ladybird Ladybird” y “Lady Bird”, mujeres que intentan volar…


Hoy reunimos dos películas con un título similar, cada una con una mujer como protagonista: Ladybird Ladybird (Ken Loach, 1994) y Lady Bird (Greta Gerwing, 2017). Dos títulos similares, pero una temática diferente separada un cuarto de siglo entre sí, prácticamente la misma diferencia de edad de sus dos protagonistas: en la primera, una mujer británica sobre la cuarentena y madre de cuatro hijos; en la segunda, una adolescente estadounidense de 17 años, en plena transición a la vida de los adultos. Y aunque el contexto es bien diferente, algo les une: esa posibilidad de volar que tanto se les ha negado a las mujeres. Y consiguen trasmitir el mensaje gracias a dos interpretaciones de bandera de sus actrices protagonistas. Veamos cada una de las historias… 

- Ladybird Ladybird (Ken Loach, 1994) 

La historia de Maggie (Crissy Rock, multipremiada en diferentes festivales, incluido el Festival de Berlin), madre de cuatro hijos, todos de distintos padres (y de distintas razas) y que, debido al violento ambiente familiar, están a cargo de los servicios sociales británicos. Cuando Maggie conoce a Jorge (Vladimir Vega), un refugiado de Paraguay, así se lo reconoce: "Tengo cuatro hijos, todos de padres diferentes. Y todos están en un hogar de acogida". Con él vislumbra la posibilidad de rehacer por fin su hogar, pero las cosas no serán fáciles ni para recuperar la custodia de sus hijos, ni para retener la de los hijos que han de venir. 

En diversos flashbacks vamos reconociendo a nuestra protagonista y la lacra de su vida, sometida a violencia machista en el hogar por sus parejas, violencia que sufren los hijos en primer lugar (y nosotros también como espectadores), pues el director no se guarda nada en la retaguardia. Ni las canciones de karaoke que le gusta cantar a esta madre pueden mitigar el dolor continuo de la historia, que se ve con el corazón en un puño. Y su grito de auxilio, “No quiero que me juzguen por mi pasado”, choca con el mejor interés del menor ante los Servicios Sociales, que le argumenta: "Los niños necesitan estabilidad". Y entre sobresaltos, la historia avanza hacia ese final con este mensaje sobre los últimos momentos del metraje: “Maggie y Jorge han tenido tres hijos más a quienes se les ha permitido quedarse. No se les ha dado acceso a sus dos primeras hijas. Maggie dice que piensa todos los días en todos sus hijos perdidos”. 

Y así es como Ladybird Ladybird se convierte en una nueva crítica social del cine de Loach, quizás la historia con mayor crudeza, más si nos atenemos a que lo que narra se basa en hechos reales. El director inglés nos plantea una historia en donde los términos víctima y verdugo se entremezclan: porque víctimas son ante todos los hijos, obligados a transitar de centro en centro y a vivir separados de su madre, pero víctima es también una madre maltratada por la vida, que afronta cada nuevo revés con una creciente rabia contenida que su vez la convierte en verdugo. Y al oír esa canción tradicional de guardería que dice, “Ladybird, ladybird, fly away home, / Your house is on fire, / Your children shall burn!”, nos traslada a nuestra protagonista. 

Porque esta película es paradigmática de la primera etapa del cine de Ken Loach, un director caracterizado por su inconformismo social, su compromiso político con crítica a la burguesía y a la sociedad (y un especial enfrentamiento a las políticas thacherianas), así como su acercamiento a los seres anónimos, personajes que presenta con radicalidad y honestidad en formato de docudramas. Y todo ello con un estilo visual sobrio, que bebe de influencias del Neorrealismo italiano y del Free Cinema británico. Desde Cine y Pediatría ya dedicamos una entrada especial a Ken Loach, por su particular visión de los adolescentes y familias en el contexto de su cine social. Un cine social que se conjuga al modelar la lucha de la clase trabajadora, con la injusticia social y la importancia de la solidaridad.  

- Lady Bird (Greta Gerwing, 2017) 

La historia de Christine (Saoirse Ronan, multipremiada en diferentes festivales de cine, incluido el Globo de oro a mejor acriz), una adolescente de Sacramento en su último año de instituto, quien se hace llamar "Lady Bird". La joven, con inclinaciones artísticas, está desesperada por escapar de su ciudad natal ("Sacramento es tan fea", piensa) y quiere construir una nueva identidad en una ciudad más grande, por lo que sueña con vivir en la costa Este: "Quiero irme de esta ciudad. Quiero irme a Nueva York. Quiero ser alguien más", le dice a su amiga. Trata de ese modo encontrar su propio camino y definirse fuera de la sombra protectora de su madre (Laurie Metcalf). Es, por tanto, una nueva película sobre adolescentes en tránsito, lo que conocemos con el anglicismo coming of age, y del que son  ejemplo ya centerares de títulos volcados en Cine y Pediatría. 

Una nueva historia alrededor de esta etapa de tránsito que llamamos adolescencia que nos permite reflexionar sobre la complejidad de las relaciones familiares (en ese tour de force entre madre e hija, quienes se quieren, pero cuyas personalidades y perspectivas chocan continuamente), la importancia de las amistades, la nostalgia y el valor de los orígenes (pese a su deseo de escapar) y la aceptación de uno mismo. Una nueva historia para aprender que la adolescencia es un período de grandes cambios y desafíos, pero también un tiempo de oportunidades para aprender y crecer. Y todo ello aunque le recuerde una de sus parejas a Christine eso de que “Lady Bird dice que vive del lado equivocado de las vías”. 

Esta película fue la ópera prima como directora en solitario de Greta Gerwing, quien en su siguiente película volvió a contar con la misma actriz protagonista en la enésima versión de Mujercitas (2019), adoptando Saoirse Ronan también otro papel rebelde, el de la adolescente Jo. Decir que Greta Gerwing firmó su tercera película como directora recientemente con la controvertida Barbie (2023), en donde contó con Margot Robbie y Ryan Gosling como actores. Y también vale la pena recordar que la actriz Saoirse Ronan, con una ya dilatada trayectoria, tuvo su primer papel protagonista en el drama fantástico The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009), interpretando a la niña Susie Salmon, según el relato “Desde mi cielo" de Alice Sebold.   

Dos películas con un título similar, pero de dos directores con estilos diferentes sobre la historia de dos mujeres de distinta edad y condición social, pero que guardan en ese título un mismo mensaje: ese continuo intento de volar de muchas mujeres y las dificultades para alzar el vuelo, no solo por los defectos de las alas, sino también por la jaula que les rodea.

 

sábado, 25 de mayo de 2024

Cine y Pediatría (750) “La guerra de los Lulus”, una fábula durante la Primera Guerra Mundial

 

La infancia, las guerras y el séptimo arte han sobrevolado las dos últimas semanas de Cine y Pediatría, y ello alrededor del 21 Festival Internacional de Cine de Alicante. Hace una semana, en la inauguración del festival, publicamos el análisis de la reciente película española El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023) y con ello recordamos algunas películas míticas alrededor de la Guerra Civil Española y su postguerra. A mitad de semanas pudimos presentar el libro Cine y Pediatría 13, cuyo vídeo de presentación se centraba en las decenas de películas que hemos comentado ya en este proyecto alrededor de las infancias ultrajadas por los conflictos bélicos en la historia, y que os dejamos en este enlace para su visionado. Y hoy, día de la clausura del festival, publicamos el análisis de la reciente película francesa La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), una película ambientada alrededor de la Primera Guerra Mundial. 

Por desgracia, la historia de la humanidad no se puede entender sin las guerras, la forma de conflicto social y político más grave que puede haber entre dos o más comunidades humanas. Las guerras son la constatación del fracaso del ser humano, la victoria del egoísmo de unos pocos y la devastación de los valores más básicos de humanidad. En la historia moderna de la humanidad se conocen dos Guerras Mundiales. La Primera Guerra Mundial (1914-1918), también conocida como 'la Gran Guerra', donde la Triple Entente (Reino Unido, Francia, Imperio ruso) luchó contra la Triple Alianza (Alemania, Imperio otomano, Imperio austrohúngaro), cuyo hecho detonante fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y que se caracterizó por la guerra de trincheras y el uso de tecnología industrial (ametralladoras, tanques, aviones, gases tóxicos); el final del conflicto tuvo lugar con la firma del Tratado de Versalles tras la derrota de la Triple Alianza. Y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), donde los Aliados (Francia, Reino Unido, Unión Soviética, Estados Unidos) lucharon contra las Potencias del Eje (Alemania, Italia, Japón), cuyo hecho detonante fue la invasión alemana de Polonia y que se caracterizó por el nazismo y el horror del holocausto, así como por los métodos extremos empleados por los ejércitos combatientes, como el bombardeo masivo y el uso de dos bombas atómicas, dando como resultado ser el conflicto bélico más destructivo de la historia; el final del conflicto tuvo lugar con la firma del Tratado de París y la ocupación aliada de Alemania, Austria y Japón. 

En Cine y Pediatría hemos podido recuperar decenas de películas alrededor de la Segunda Guerra Mundial y el holocausto nazi, desde la italiana  Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948) a la neozelandesa Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), y con obras míticas como la francesa Juegos prohibidos (Réne Clément, 1952), la soviética La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), la alemana El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), la japonesa La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), la británica El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008) o la estadounidense La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), entre otras. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la Primera Guerra Mundial, donde nuestra película de hoy, La guerra de los Lulus, sería nuestro primer ejemplo con la infancia como protagonista.        

Aunque sí cabe indicar que hay un buen número de filmes alrededor de la Primera Guerra Mundial, y sirvan como ejemplo títulos míticos como Los cuatro jinetes de la apocalipsis (Vicente Minnelli, 1962), El gran desfile (King Vidor, 1925), Alas (William A. Wellman, 1927), Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), El puente de Waterloo (James Whale, 1931), Adiós a las armas (Franz Borzage, 1932), La gran ilusión (Jean Renoir, 1937), Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Doctor Zhivago (David Lean, 1965), Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971), Gallipoli (Peter Weir, 1981), Rojos (Warren Beauty, 1981), En el amor y la guerra (Richard Attenborough, 1996), o 1917 (Sam Mendes, 2019), entre otras muchas. 

Y nuestra película de hoy, La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), es una adaptación de la serie de comics homónima de Régis Hautière y Hardoc (“La guerre des Lulus”, en español publicados como “La guerra de los huérfanos”), una sencilla y humanista historia antibelicista protagonizada por un grupo de niños franceses huérfanos atrapados detrás de la línea del frente enemiga cuando su internado educativo es evacuado durante los albores de la Primera Guerra Mundial. Nos encontramos en agosto de 1914 en un colegio orfanato de la abadía Valencourt, en la región francesa de Picardía, y allí se encuentran cuatro alumnos entre 10 y 15 años, por nombre con Lucien (el apuesto y sensato), Luigi (el comilón y bravucón), Ludwig (el intelectual y lector) y Lucas (el tierno benjamín del grupo). Y por la coincidencia de las dos letras iniciales de sus nombres, se hacen llamar “los Lulus”. 

Cuando avanza la guerra y el frente, los alumnos deben abandonar el colegio. Y en esa huida encuentra a la adolescente Luce, una joven separada de sus padres, y los cinco emprenden la aventura de sus vidas para llegar a Suiza, "el país no en guerra". Y ellos se animan con frases como “No estamos solos, estamos juntos”, pero también con dudas que preguntan: “¿Cuánto dura una guerra?”. A lo largo de su viaje, los niños se topan con numerosos personajes adultos (la granjera y curandera Louison, quien acaba de perder a su hijo en el frente; el soldado alemán Hans, quien deserta para volver con su mujer embarazada; el zapatero Gastón con su carromato, acompañado del refugiado Moussa; la doctora Berrault que ayuda a los heridos de todos los bandos) que les demuestran que las fronteras lo único que generan es odio, enemistades y prejuicios. Y esta fábula de amistad y pérdida transcurre bajo el leitmotiv musical del teclado del piano, y con los mensajes que oyen de los demás (“Tenéis suerte de ser huérfanos. No tenéis nada que perder”) y sus propias reflexiones (“Los adultos nos dan igual. Solo saben pegarse y abandonar a sus hijos”). 

Casi al final de su aventura, los Lulus llegan al Familisterio de Guise, donde la utopía es posible y que en la Primera Guerra Mundial también fue hospital para los heridos de todos los bandos. La última parte de esta aventura tiene lugar en este edificio que bien vale una explicación, pues este complejo fue creado en el siglo XIX por el industrial Jean-Baptiste André Godin, inventor de la famosa estufa de hierro fundido. Constaba de varios edificios para alojar a los obreros de la fábrica y sus familias, y constituye un auténtico experimento social, donde su creador soñaba con una sociedad ideal en la que todo el mundo pudiese acceder a los “equivalentes de la riqueza” y por ello el personal de la fábrica podía disfrutar de palacio social, economatos, escuelas, teatro, lavandería, piscina o huertos. Declarado como Monumento Histórico, hoy parte de este familisterio se ha convertido en museo. 

Y volviendo a nuestro film, el reguero de la guerra persigue a los Lulus… y por ello el pequeño Lucas exclama: “Todo es nuestra culpa. ¡Todo! A Gastón y a todos a quienes queremos les pasa algo malo. No se nos puede querer. ¡Traemos mala suerte! Ni siquiera nuestras madres pudieron”. 

Es La guerra de los Lulus una película sencilla con niños (todos ellos jóvenes actores en su primer papel) con un mensaje más complejo de trasfondo, como no podía ser de otra forma cuando es la guerra el paisaje y el paisanaje. Y donde tres nombres que contribuyen a la misma ya forman parte de Cine y Pediatría: el director y dos actores. El director Yann Samuell ya había dirigido La guerre des boutons (2011), la que fuera una de las versiones en color de la novela de Louis Pergaud, y que fuera el clásico en blanco y negro La guerra de los botones (Yves Robert, 1962), con la particularidad que ahora tiene como telón de fondo la Guerra de Argelia. La actriz Isabelle Carré, quien ha sido ya intérprete en La pequeña Lola (Bertrand Tavernier, 2004), sobre la adopción, Una amistad inolvidable (Luc Jacquet, 2007), la historia de amistad entre un zorro y una niña, y La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améris, 2014), una historia real que viene a ser algo así como una versión francesa y en color de El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962). Y el actor François Damiens, a quien ya conocimos como el padre sordo de la entrañable La familia Bélier (Éric Lartigau, 2014).      

Cuatro niños y una niña que comparten las dos primeras letras de sus nombres nos hacen reflexionar sobre la violación de los derechos de la infancia en los conflictos bélicos, hoy con el trasfondo de la Primera Guerra Mundial. Quizás para ver en familia con nuestros hijos o nietos…

 

sábado, 4 de febrero de 2023

Cine y Pediatría (682) “La brigada de la cocina”, masterchef para MENA


Si hay un colectivo de personas con el que trabajamos en situación de especial vulnerabilidad son los niños, niñas y adolescentes que han llegado solos hasta nuestro país. Referidos en el argot técnico como MENA (menores extranjeros no acompañados), estamos hablando de menores de 18 años, migrantes, que se encuentran separados/as de sus padres y que tampoco están bajo el cuidado de ningún otro adulto. 

Aunque no es un fenómeno fácil de cuantificar, el Ministerio del Interior tiene contabilizados en España alrededor de 12.000 menores migrantes no acompañados (Andalucía, Canarias y Cataluña concentran casi la mitad de esta cifra). En España, la realidad de los MENA está mayoritariamente asociada a los países del Magreb y, en particular, de Marruecos y Argelia; sin embargo, también están presentes menores no acompañados que han llegado procedentes del África Subsahariana, Europa del Este y Oriente Medio. Entre los motivos que llevan a estos niños y niñas a salir de sus países de origen se encuentran la pobreza y la falta de futuro y expectativas; situaciones de desestructuración familiar y desprotección institucional; catástrofes naturales; la guerra, la persecución, la violencia y situaciones de violación generalizada de los derechos humanos. 

A estos MENA, en el caso de que la repatriación a su país de origen o lugar de residencia no sea posible y, en todo caso, transcurridos nueve meses desde que el menor haya sido puesto a disposición de los servicios competentes de protección de menores, se procederá a otorgarle la autorización de residencia. Esta podrá ser renovada una vez que se cumpla la mayoría de edad, teniéndose en especial consideración el grado de inserción del solicitante en la sociedad española. 

Y, como ocurre en tantos otros aspectos de la vida, también el cine nos puede ayudar a entender este problema de los MENA. He aquí algunos ejemplos, algunos ya visitados en Cine y Pediatría: 14 kilómetros (Gerardo Olivares, 2007), El camino (Isthar Jasin, 2008), La buena mentira (Philippe Falardeau, 2014), A escondidas (Mikel Rueda, 2014), Adú (Salvador Calvo, 2020) o el cortometraje El viaje de Said (Coke Riobóo, 2006).    

Y a estas películas previas, muchas de ellas españolas, se suma hoy la reciente película francesa La brigada de la cocina (Louis-Julien Petit, 2022). Y lo hace con el magisterio de compromiso que suele ser etiqueta en el cine en francés, un cine denuncia que aquí retrata, en tono de comedia social y humanista, el drama de la inmigración juvenil en Francia y lo hace alrededor de la cocina. Un maridaje extraño, pero que funciona y que, tal y como expresa su director, la cinta es un pretexto para mostrar que todos somos iguales y que la diversidad cultural puede ser sinónimo de riqueza. Y es que el director Louis-Julien Petit ya nos había mostrado su compromiso social con su anterior película, Las invisibles (2018), historia en tono de comedia alrededor de un centro de acogida para mujeres sin domicilio fijo que se va a cerrar y la implicación de las trabajadoras sociales del centro frente a este hecho. 

En La brigada de la cocina la trama pone el foco en Cathy Marie (Audrey Lamy, también protagonista de Las invisibles), una estricta chef a punto de cumplir el sueño de abrir su propio restaurante gourmet. Sin embargo, por desacuerdos con la responsable del restaurante de lujo actual en el que trabaja, abandona su trabajo y sus planes de futuro se rompen. Y nada será como había planificado, por lo que debe aceptar el trabajo de cocinera en un centro de acogida para jóvenes inmigrantes de muy diferentes nacionalidades, un centro MENA dirigido por un peculiar director (François Clozet, actor francés muy reconocible, como fue en la famosa película Intocable o en La escuela de la vida) y Sabina (Chantal Neuwirth), una positiva y siempre sonriente educadora.  

La situación no es fácil de asimilar inicialmente para Cathy Marie, nombre que es doble en honor tanto de la matrona que la vio nacer como de la cocinera que la ayudó a ser quien es, pues nos revela que en su infancia también vivió en un hogar de acogida. Lo cierto es que poco a poco ella también cambia, y logra vencer su impulsividad y mal genio para lograr transmitir su pasión por la cocina a esos jóvenes, quienes también tienen mucho que enseñarle a ella. Jóvenes que tienen en el fútbol su mayor entretenimiento, y es por lo que ella les muestra cómo recoger los productos del campo, las técnicas básicas de cocina y la propia organización del trabajo como si de un equipo de fútbol fuera (con portero, defensas, medios y delanteros). Y a través de esa afición surge la amistad y la confianza (cada uno narra su propia historia hasta llegar allí), desde el pequeño GusGus de 10 años (en homenaje a uno de los ratones de Cenicienta) hasta los mayores, pues algunos ocultan su edad para no ser deportados. Y así resuenan las palabras del director del centro: “Mi ambición es que se queden en Francia. Quieren hacerles una radiografía para saber que no son adultos”. Y la edad ósea y la ortopantografía permite confirmar una edad superior a los 18 años en alguno de ellos, momento en el que dejan de ser considerados MENA: “No sabía que fuera tan duro vivir aquí. Pensé que lo tendría todo”, dice uno de ellos. 

Y como buena “feel good movie” con crítica social y multicultural incorporada, se presentan al programa The Cook (similar a nuestro Masterchef) con una buena cantidad de dinero en juego para una causa. Y todos los MENA contestan como corresponde: “¡Gracias, chef!”. Y, en el camino de esta sencilla historia, Cathy aprende a través de los jóvenes a encontrarse a ella misma, mientras que los jóvenes aprenden a soñar. 

En definitiva, una buena propuesta para ver en familia. Una película sencilla, emocional y con ciertos toques de denuncia social. Y, lo más importante, permite reflexionar sobre al entendimiento intergeneracional, la armonía entre culturas y entre distintas clases sociales, señas de identidad del siglo XXI en nuestros occidentalizados países europeos. Y ello con el eco de las últimas noticias: en el año 2022 han muerto 2.390 personas que intentaban llegar en pateras a España, de ellos 111 menores de 18 años; y la principal ruta y fallecimientos ha sido la ruta de Canarias. 

 

sábado, 12 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (670) “CODA”, el remake que hizo oídos sordos para alzarse con el Óscar

 

Posiblemente la 94 edición de los Premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (conocidos popularmente como Premio Óscar), la última celebrada en marzo de 2022, será recordada por tres hechos: sin duda, por ser la edición del guantazo que le arreó Will Smith (premiado con el Óscar a mejor actor por El método Williams) al presentador Chris Roc; pero también por ser el año que se decidió premiar con el Óscar a menor película a la más cómoda de las producciones, el “remake” CODA: Los sonidos del silencio (Sian Heder, 2021) y el año que se decidió ignorar a la película Mass (Fran Kranz, 2021), de la que hablamos la semana pasada, sin una mísera nominación. 

Los Premios Óscar es raro el año que no guardan alguna polémica. Pero en el caso de CODA: Los sonidos del silencio ya algunos se plantean si no ha sido la peor ganadora de la historia a mejor película. Y ello por varios motivos: 1) por ser un remake de la deliciosa película francesa La familia Bélier (Éric Lartigau, 2014) (y ya sabemos que las copias gringas de películas europeas no suelen acabar bien, como veremos luego) y que no aporta nada nuevo (sino, más bien resta); solo una película que fuera un remake consiguió antes el Óscar a mejor película, y esa fue Infiltrados (Martin Scorsese, 2006), quien gracias a la maestría de su director y un buen elenco actoral estuvo a la altura de la película original hongkonesa Juego sucio (Infernal Affairs) (Andrew Lau, Alan Mak, 2002); 2) por ser la primera cinta desde casi cuatro décadas, con el caso de Cabalgata (Frank Lloyd, 1933), que consigue este galardón sin ser nominada en dirección, edición o ambas, y la primera en cuatro décadas que lo gana sin una nominación en apartados técnicos; 3) por la poca relevancia de sus actores, a excepción Troy Michael Kotsur, que se alzó con el Óscar a mejor actor de reparto por su papel del padre de familia. Incluso la crítica la sitúa en peor lugar que otras premiadas con el Óscar a mejor película y que plantearon dudas en su momento, como Gente corriente (Robert Redford, 1980), Paseando a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989), Crash (Colisión) (Paul Haggis, 2004), Argo (Ben Affleck, 2012), Moonlight (Barry Jenkins, 2016), La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017) o Green Book (Peter Farelly, 2018). 

CODA es el acrónimo de Child of Deaf Adults, es decir, “hijo de padres sordos”, lo que ya delata el contenido de la película. Este término fue acuñado por la fundadora de la organización CODA, Millie Brother, donde se nos comunica que el 90% de los hijos de adultos sordos pueden oír normalmente, por lo que son hijos que se mueven entre dos culturas, la de los sordos y la de los oyentes, y deben adaptarse a ambas, especialmente porque los padres sordos pueden llegar a depender de sus hijos hablantes. Y, en realidad, la historia de La familia Bélier se reproduce en CODA: Los sonidos del silencio, aunque cambiando lugar y nombres: la familia francesa de ganaderos en La familiar Bélier pasa a ser una familia yanqui de pescadores; nuestra protagonista adolescente, la hija oyente, pasa de llamarse Paula (la cantante y actriz francesa Louane Emera) a llamarse Ruby (la actriz británica Emilia Jones, vista en la película Nuestro último verano en Escocia); el papel de madre pasa de la actriz francesa Karin Viard a la icónica actriz sorda estadounidense Marlee Martin, ganadora de un Óscar a mejor actriz por Hijos de un dios menor (Randa Haines, 1986); el hermano menor de Paula pasa a ser ahora el hermano mayor de Ruby; el peculiar profesor de música M. Thomasson (Éric Elmosnino) se convierte en el peculiar profesor de música Bernardo Villalobos (Eugenio Derbez, visto como director en la película del año 2013 No se aceptan devoluciones o como actor en la película dirigida en el año 2016 por Patricia Riggen, Los milagros del cielo); y los hermosos temas musicales “Je vole” o “Je vais t´aimer” de Michael Sardou se intercambian por otros temas como el “You´re All I Need Get By” de Marvin Gaye y Tammi Terrell o el “I've Got The Music In Me” de The Kiki Dee Band; y quizás aquí el novio de Ruby, interpretado por Ferdia Walsh-Peelo (visto en su debut en Sing Street, dirigida por John Carney en 2016), tenga un papel algo más relevante que su homónimo en la película francesa. Por tanto, aunque CODA: Los sonidos del silencio intenta ser un remake diferencial con estos cambios, la esencia es la misma respecto al mensaje (incluso con escenas que son casi un plagio), pero pierde toda la frescura de La familia Bélier.  

Aún así, en ambas películas apreciamos ese mensaje claro de los hijos e hijas denominados con el acrónimo CODA. Porque el personaje de Ruby es el de una adolescente que se levanta de madrugada para ir a pescar con su padre y hermano, que estudia y da clases de música, pero que también es la traductora de la familia y la que les cuida en distintas situaciones; y que tiene en la canción su tabla de salvación. Por ello, se entienden sus palabras: “No tienes ni idea de cómo es oír a la gente reírse de tu familia…y tener que protegerlos. Ellos no oyen, pero yo sí” o “Yo llevo toda la vida haciendo de intérprete. Es agotador. Lo que sé es cantar. Es todo para mí”. 

En conclusión, La familia Bélier fue para mí una película inolvidable y muy recordada, tanto por la forma como por el fondo. Y aunque CODA: Los sonidos del silencio es una buena película, deja bastante indiferente si has visto primero la película francesa. Pero lo que no debiera quedar duda, es que ésta no es la mejor película del año 2021, ni de lejos, por mucho que el peculiar jurado de los Premios Óscar le haya concedido ese galardón,… haciendo oído sordos (o quizás por ello) de otras películas que merecieron ese galardón por mayores méritos cinematográficos. 

Pero la costumbre de los "remake made in USA" no es nueva, y aunque generalmente no trae buenos resultados, siguen en el empeño. Recordamos algunos títulos: Tres hombres y un bebé (Leonard Nimoy, 1987) que versiona la francesa Tres solteros y un biberón (Coline Serreau, 1985); Secuestrada (George Sluizer, 1993) que versiona la holandesa Desaparecida (George Sluizer, 1988); Mentiras arriesgadas (James Cameron, 1994) que versiona la francesa Dos espías en mi cama (Claude Zidi, 1991); Diabólicas (Jeremiah Chechik, 1996) que versiona la francesa Las diabólicas (H.G. Clouzot, 1955); Una jaula de grillos (Mike Nichols, 1996) que versiona la francesa Vicios pequeños (Edouard Molinaro,1978); El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999) que versiona la francesa A pleno sol (René Clément, 1960); Vanilla Sky (Cameron Crowe, 2001) que versiona la española Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997); Infiel (Adrian Lyne, 2002) que versiona la francesa La mujer infiel (Claude Chabrol, 1969); Alfie (Claude Chabrol, 2004) que versiona la británica Alfie (Lewis Gilbert, 1966); Sin reservas (Scott Hicks, 2007) que versiona la alemana Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2001); La huella (Kenneth Branagh, 2007) que versiona la británica La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972); Funny Games (Michael Haneke, 2007) que versiona la alemana Funny Games (Michael Haneke, 1997); Cuarentena (John Erick Dowdle, 2008) que versiona la española REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007); La cena de los idiotas (Jay Roach, 2010) que versiona la francesa La cena de los idiotas (Francis Veber, 1998); The Tourist (Florian Henckel von Donnersmarck, 2010) que versiona la francesa El secreto de Anthony Zimmer (Jérôme Salle, 2005); LOL (Lisa Azuelos, 2012) que versiona la francesa Bienvenido al mundo de LOL (Lisa Azuelos, 2008); Un funeral de muerte (Neil LaBute, 2010) que versiona la británica Un funeral de muerte (Frank Oz, 2007); Déjame entrar (Let Me In) (Matt Reeves, 2010) que versiona la sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008); Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (David Fincher, 2011) que versiona la sueca Los hombres que no amaban a las mujeres (Niels Arden Oplev, 2009); Elsa & Fred (Michael Radford, 2014) que versiona la argentina Elsa & Fred (Marcos Carnevale, 2005); El secreto de una obsesión (Billy Ray, 2015) que versiona la argentina El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009); Asesinato en el Orient Express (Kenneth Branagh, 2017) que versiona la británica Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974); The Upside (Amigos para siempre) (Neil Burger, 2017) que versiona la francesa Intocable (Olivier Nakache, Eric Toledano, 2011); Gloria Bell (Sebastián Lélio, 2018) que versiona la chilena Gloria (Sebastián Lélio, 2013); Después de la boda (Bart Freundlich, 2019) que versiona la danesa Después de la boda (Susanne Bier, 2006); La decisión (Roger Michell, 2019) que versiona la danesa Corazón silencioso (Bille August, 2014); o Muerte en el Nilo (Kenneth Branagh, 2022) que versiona la británica Muerte en el Nilo (John Guillermin, 1978), entre otras. 

 

sábado, 4 de julio de 2020

Cine y Pediatría (547). “El indomable Will Hunting”, redimido por el perdón y el amor




Cuatro nombres habituales en Cine y Pediatría se reunieron en el año 1997 para regalarnos una película icónica: el director Gus Van Sant y los actores Robin Williams, Matt Damon y Ben Affleck. Hablamos de una de esas películas que te enseñan a vivir y en las que permanecen sus diálogos y enseñanzas: El indomable Will Hunting. 

Gus Van Sant es uno de esos “enfants malades” del séptimo arte estadounidense, al que ya dedicamos hace mucho tiempo una entrada por su especial dedicación a la adolescencia en su cine:  desde Mi Idaho privado (1991), esa peculiar road movie en busca de la identidad (personal, sexual y familiar) de dos adolescentes hasta Paranoid Park (2007), pasando por El indomable Will Hunting (1997) y Descubriendo a Forrester (2000), con una hechura similar ambas, y la rompedora Elephant (2003), sobre la tragedia del instituto Columbine. Robin Williams ya es un habitual en Cine y Pediatría con icónicos personajes como el profesor John Keating en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), el crecidito Peter Pan de Hook (Steven Spielbert, 1991),  el famoso Dr. Hunter “Patch” Adams, promotor de la risoterapia, en Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), o  el dickesiano Wizard de El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007).  Y también será en nuestra película de hoy Sean McGuire, ese profesor que le hizo cambiar la vida a nuestro protagonista de hoy (y posiblemente también a los espectadores). Y luego tenemos a la pareja de amigos conformada por Matt Damon y Ben Aflleck, quienes además de actores de esta película, son coguionistas (junto a William Goldman): Matt Damon ya fue el emprendedor Benjamin Mee de Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011)  y Ben Affleck nos regaló su ópera prima en la dirección en el año 2007 con Adiós pequeña, adiós.  

En su momento, El increíble Will Hunting, obtuvo numerosos premios, entre ellos el Globo de Oro al mejor guión original, dos Oscar (guión original y actor secundario a Robin Williams) y Oso de Plata en el Festival de Berlín por la interpretación de Matt Damon. Y todo ello por una sencilla historia llena de sentido y sensibilidad, cuyos mensajes permanecen un cuarto de siglo después. Y varios son los motivos para revisar de nuevo esta película: 
- Por una historia que llega al alma desde el principio hasta el final, donde acompañaremos al joven Will Hunting (Matt Damon), de 20 años, durante una etapa de cambios en su vida, en la que tiene que luchar entre su rebeldía natural y su gran intelecto. 
- Por la relación entre sus personajes, todos aquellos con los que Will se encuentran en su camino, como su amigo Chukie (Ben Affleck), su novia Skylar (Minnie Driver), el profesor Gerard Lambeau (Stellan Skarsgard) y, especialmente, con el profesor Sean McGuire (Robin Williams). 
- Por las actuaciones totalmente creíbles, la de todos, pero especialmente el dúo Will/Matt Damon y Sean/Robin Williams, sendos ganadores de premios. 
- Por los profundos diálogos, de esos que te atrapan y que no puedes olvidar fácilmente, frases que se quedan en nuestra memoria y que nos llegan a algún lugar entre el cerebro y el corazón. 

Y destaco dos diálogos, tan largos como profundas. Frases inolvidables… 
- La conversación de Sean y Will en el parque: “Si te preguntara sobre arte, me darías una lista de libros. Miguel Angel, sabes mucho sobre él. Su trabajo, sus aspiraciones políticas, él y el Papa, sus preferencias sexuales, todo. Pero no puedes decirme a qué huele la Capilla Sixtina, nunca has estado ahí ni has visto ese hermoso techo, no lo has visto. Si te preguntara sobre mujeres me darías un compendio de tus favoritas. Quizá hasta te hayas acostado algunas veces, pero no puedes decirme lo que es despertar con una mujer y ser realmente feliz. Eres un chico rudo. Si preguntara sobre la guerra, me hablarías de Shakespeare "Una vez más a la brecha, queridos amigos..." Pero nunca has estado cerca de una, nunca has tenido la cabeza de tu mejor amigo en tu regazo agonizando y pidiéndote ayuda. Si te preguntara sobre el amor, citarías un soneto, pero nunca miraste a una mujer y te sentiste vulnerable. Ni has conocido a alguien que te absorbiera con los ojos. Como si Dios hubiera bajado un ángel sólo para ti, que pudiera rescatarte del infierno. Ni sabes qué se siente ser un ángel para ella. Tener ese amor por ella para siempre pasando por todo, pasando por el cáncer. No sabes qué es dormir en un hospital por dos meses sosteniendo su mano, y que los doctores sepan que no respetarás las horas de visita. No sabes lo que es una pérdida. Eso sólo pasa cuando amas algo más que a ti mismo. Dudo que hayas osado amar tanto a alguien. Te veo y no veo a un hombre inteligente y confiado. Veo a un chico arrogante y muerto de miedo. Pero eres un genio, Will; es indudable. Nadie podría entender tu complejidad. Pero crees saber todo sobre mí por ver mi pintura. Hiciste pedazos mi puta vida. Eres huérfano, ¿verdad? ¿Crees que sé lo dura que ha sido tu vida, cómo te sientes y quién eres, porque leí "Oliver Twist"? ¿Eso te define? Personalmente no, me importa una mierda, porque no hay nada que no pueda saber sobre ti que no pueda leer en un puto libro. A menos que quieras hablar sobre ti mismo sobre quién eres. Entonces estaré fascinado, lo aceptaré. Pero no quieres hacer eso, ¿verdad? Te aterra lo que puedas decir. Te toca, jefe”. 

- O la conversación de Will al rechazar el trabajo en la Agencia de Seguridad Nacional: "¿Por qué no debería trabajar para ustedes? Pregunta difícil, pero intentaré responderla... Imaginemos que empiezo a trabajar y me ponen un código sobre la mesa, uno con el que nadie puede. Yo intento descifrarlo y lo consigo, y me siento satisfecho porque he hecho bien mi trabajo, pero a lo mejor ese código era la situación de un ejército rebelde en el Norte de África y en cuanto han localizado su escondite bombardean el pueblo donde se esconden los rebeldes; mueren 500 personas a las que no conocía y con las que no tenía ningún problema. Luego los políticos dicen: "enviemos a los marines para asegurar el área", aunque les importa una mierda, no serán sus hijos los que vayan a morir, los suyos tienen recomendación y se pegan la vida padre en la Guardia Nacional. Será un chico de Southie al que le llenaran el culo de metralla, y cuando vuelva descubrirá que la planta en la que trabajaba ha sido trasladada al país del que acaba de volver, y el tipo que le llenó el culo de metralla le ha quitado el trabajo porque lo hará por 15 centavos al día y sin pausas para mear. Luego el chico comprende que el único motivo por el que le enviaron allí fue para instaurar un gobierno que nos vendería el petróleo a buen precio. Y las compañías petrolíferas han aprovechado el conflicto para disparar los precios de la gasolina, lo que supone un hermoso beneficio para ellas, de modo que a mi colega no le ha servido de nada, así que se toman su tiempo para traer el petróleo nuevo y se toman la libertad de contratar a un capitán mercante borracho al que les gusta darle al Martini y hacer eslalon entre icebergs. A medio camino choca con uno, derrama el petróleo y se carga la fauna del Atlántico Norte. Mi colega está en el paro, no puede pagar la gasolina, va andando a buscar empleo y eso le putea, porque la metralla del culo le ha provocado hemorroides y está muerto de hambre, porque cuando va a comer el único plato del día que sirven es pescado del Atlántico Norte al aceite de motor. ¿Que qué me parece? Creo que puedo montármelo mejor. Pienso, ¡qué coño!, ya puestos, ¿por qué no me cargo a mi colega? Le quito su trabajo, se lo doy a su enemigo, subo la gasolina, bombardeo un pueblo, mato a una foca a golpes, fumo maría y me apunto a la Guardia Nacional. Podría llegar a presidente...". 

Está claro que si has visto la película, recordarás estos momentos. Y está claro que si no la has visto, harás lo posible por buscarla y disfrutar de ella y sus enseñanzas. Porque esta es la historia de Will, un chico superdotado desadaptado a la sociedad. Un mago de las matemáticas, que conoce casi todos los datos de la historia, el derecho y el arte, pero que tiene la arrogancia indomable de quien comienza a vivir. Y se encuentra con otro genio, Sean, quien ya lo ha vivido (y sufrido) casi todo. Y este tour de forcé interpretativo de dos personajes inolvidables en el cine es lo que hace de El indomable Will Hunting una película para prescribir en la educación en valores a nuestro hijos, nuestros alumnos, nuestros pacientes. 

Porque Will, cuando descubren su talento por parte de los académicos, tendrá la aparente obligación de elegir entre seguir con su vida de siempre - un trabajo fácil, buenos amigos, muchas cervezas y alguna bronca - o aprovechar sus grandes cualidades intelectuales en alguna universidad de prestigio (Harvard, MIT). Y solo los consejos de un solitario y bohemio profesor lw ayudarán a decidirse, a superar su pasado (un chico huérfano que pasó por diversas casas de acogida y que fue maltratado por algún padre adoptivo) y que estudia (y sabe de todo) por diversión, sin fin para mejorar su status. Indomable y autodestructivo por su aparente libertad, quien le llega a confesar a Skylar: “No sé cómo te funciona la mente”. 

Indomable frente a su mentor, el profesor Gerald Lambeau, frente a su consejero, el profesor Sean McGuire,  su amiga y novia Skylar, y frente a su panda de amigos. Es su mecanismo de defensa contra todo y contra todos. Hasta que Sean le repite varias veces: “No es culpa tuya” y entonces Will logra llorar y abrazarle: “¡Dios mío, lo siento mucho! ¡Dios mío!”, francamente emotivo y sanador. Y la despedida de Sean: “Buena suerte, hijo”. 

Y ese final con Will en coche rumbo a esa carretera con rumbo a su corazón, al que ha logrado domar y con ello redirigir su vida a través de su perdón y el amor.


sábado, 25 de abril de 2020

Cine y Pediatría (537) “Mentes brillantes” de Medicina hacia el MIR


Thomas Lilti es un cineasta francés peculiar. Y lo es porque es médico y porque se ha propuesto se ha propuesto acercar su vocación sanitaria al cine. Y, de momento, lo ha conseguido con una especie de trilogía que comenzó con Hipócrates (2014), continuó con Un doctor en la campiña (2016) y finaliza de momento con nuestra película de hoy, Mentes brillantes (2018).  

Hipócrates abordaba las vicisitudes de un residente médico en formación, en lo que fue todo un “sleeper” y una sorpresa en la gran pantalla; Un doctor en la campiña versa sobre las relaciones entre un médico general y su sustituta, una médica hospitalaria, en una zona rural de Francia; y ahora llega Mentes brillantes, donde Lilti hace un ejercicio de retrospectiva de sus años como estudiante de medicina.  Tres películas en las que nos presenta diferentes facetas de la medicina y lo hace con un mensaje tremendamente humanista, acercando su profesión al público, que puede conocer una realidad que parece ajena. Y en todas subyace una crítica a la sanidad bajo tres perspectivas diferentes: una crítica al sistema formativo de residentes y las deficiencias de la sanidad pública, a la realidad de la medicina rural y a un sistema educativo excesivamente competitivo. Y curiosamente estas tres películas, no ajenas a la crítica, es interesante ver cómo consiguen contarlo con historias que perfectamente se podrían catalogar como “feel-good movie”. Y en el caso de Mentes brillantes también se podría considerar una “coming-of-age” a la francesa. 

En Francia, como en todos los países, el acceso a la carrera de medicina no es fácil. Miles de estudiantes se enfrentan cada año a su primer curso en la Facultad de Medicina con el gran reto de pasar al siguiente, en un sistema de numerus clausus, por el que existen un número de plazas limitadas para el segundo año. En ese primer curso coinciden Antoine y Benjamin, dos alumnos parisinos diferentes, pero que se convierten en compañeros de clase y buenos amigos. Antoine (Vicent Lacoste, el mismo protagonista de Hipócrates) es “tripitidor” de ese primer año que sirve de filtro para el siguiente (por tanto, su última oportunidad), vive obsesionado por conseguir ser médico e intenta seguir siendo ordenado y metódico en su plan de vida y estudios. Benjamin (William Lebghil) solo sigue los pasos de su padre, cirujano digestivo, y lo hace sin preguntarse si tiene vocación de médico, más amante de la comida que del estudio, aunque no se le da mal. Dos personalidades opuestas que se ayudarán en el difícil curso académico. 

Y durante el metraje recorremos parte de esa vida universitaria que guardamos en nuestro recuerdo, una vida que regresa varias décadas después con esas aulas masificadas de los anfiteatros de Medicina donde había que guardar sitio y con esos alumnos mucho más reivindicativos que los que hoy disfrutamos. Y la película nos pasea por la biblioteca y el comedor universitarios, los exámenes, los simulacros de tests, los listados de notas sobre las paredes de nuestra habitación, el olor a formol de las prácticas de Anatomía, los cadáveres, las fotocopias de los apuntes, la organización de nuestro exhaustivo tiempo para el estudio… Y también revisa un buen número de temas que algún día nos sabíamos al dedillo y hoy recordamos con nostalgia: el ciclo de Krebs, el aparato de Golgi, la dopamina, el locus niger, la válvula mitral, los sarcómeros, la ACTH, y un largo etcétera que compartimos con el estudio de nuestros protagonistas. Y cómo no, las estrategias que nos buscábamos para aprobar, como se las inventan Antoine y Benjamin cuando nos dicen: “Lo mejor es hacer exámenes de otros años. No hay que comprender, es una pérdida de tiempo”, “Solo tenemos que aprender a contestar de forma automática, como un acto reflejo”, “Tenemos que ser máquinas de responder preguntas. La diferencia está en los detalles”. 

Y en esta película, como ya ocurre desde hace mucho en la formación universitaria en Medicina de muchos países, la “itaca” es lograr contestar bien a esas pruebas de acceso multitudinarias con test con cientos de preguntas de respuesta múltiple: no se pueden olvidar esas imágenes cenitales del film, con cientos de mesas y alumnos examinándose en pabellones, donde hay 329 plazas para 2.500 aspirantes. Y que aquí, en Mentes brillantes, es el filtro para pasar del primero al segundo curso de Medicina, pero que España es algo diferente y conocemos por examen MIR: el acceso para elegir plaza como Médico Interno Residente de alguna especialidad médica. 

Y con Mentes brillantes revivimos algo que no nos es ajeno: los alumnos que logran superar las pruebas académicas sin esforzarse (sería nuestro Benjamin) y aquellos otros que pese a ser estudiosos y esforzados, fracasan en las pruebas de elección múltiple (sería nuestro Antoine), obsesionado con alcanzar su sueño, lo que lo condena a la impotencia y la frustración. Hasta los padres de Antoine se preocupan por la competitividad de su hijo, y le piden que descanse, pues saben que puede explotar por la falta de sueño y control sobre su vida. Y eso finaliza con que la amistad entre Antoine y Benjamin finaliza en un enfrentamiento a causa de los celos, la rivalidad y discrepancias vitales. Porque está bien querer algo, pero siempre bajo control, y así resuena esta reflexión de la película: “Muchos aprueban el examen, pero no están hechos para ser médicos”. ¿Cuántas veces habremos pensado esto a lo largo de nuestra trayectoria…? 

Antoine se enfrenta a un fracaso que le puede llevar a tener que elegir otras áreas de las Ciencias de la Salud como Odontología, Farmacia, Podología, Fisioterapia,… Todo un dilema que se soluciona en la película con un verdadero acto de amistad. Y con la misma música con la que empezó la película, termina: la mítica canción de Donna Hightowerr, “This World Today Is A Mess”, porque sí, este mundo (universitario) es un conflicto… con tantos aspectos por resolver. 

Vale la pena prescribir la filmografía de Thoma Lilti para nuestra sanidad. Y no olvidar esa reflexión de Mentes brillantes: “¿La diferencia entre el estudiante de Medicina y el de preparatoria? Si les pides que se aprendan la guía telefónica, el de preparatoria te preguntará ¿por qué? y el de Medicina ¿para cuándo?”. 

sábado, 25 de enero de 2020

Cine y Pediatría (524). “Jojo Rabbit”, su amigo Adolf Hitler y el adoctrinamiento


Acaba de estrenarse una película que comienza y finaliza con dos canciones (traducidas al alemán) de dos mitos de la música, lo que ya nos puede dar alguna pista: el inicio nos presenta imágenes de archivo de la época nazi y a nuestro pequeño protagonista corriendo por la ciudad bajo la canción “Komm Gib Mir Deine Hand" - versión alemana de “I Want To Hold Your Hand” - de The Beatles; y que finaliza con otra canción mítica de David Bowie, “Helden” - versión alemana de “Heroes” - mientras nuestra pareja protagonista baila y aparecen los títulos de crédito y un pensamiento final de Rainer María Rilke, el poeta en lengua alemana más relevante e influyente de la primera mitad del siglo XX, cuya vida transcurrió entre el talento desbordado, la pureza dudosa y una pulida condición novelesca en el vivir: “Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Sólo sigue caminado. Ningún sentimiento es final”. 

Y esta película es una adaptación de la novela “Caging Skies” de la neozelandesa Christine Leunens, en la que se nos narra la historia Johannes Betzler, un niño de 10 años que vive en un pueblo de Austria en la época en que el país está anexionado al Tercer Reich y que es seducido por la doctrina de Hitler, personaje al que tiene como amigo imaginario. En su periodo de formación como “mininazi” es herido mientras manipulaba una bomba de mano (con cicatrices en la cara y cojera) y se ve forzado a quedarse en casa – sin poder unirse a las Juventudes Hitlerianas - y a convivir con el apodo de Jojo Rabbit. Sus padres no comulgan con el régimen y Jojo descubre que esconden a una joven judía en casa, Elsa. Poco a poco, Jojo y Elsa establecen una peculiar relación que acaba en un enamoramiento tal que para él se convierte en su obsesión, y cuando la joven le confiesa que su amor no es correspondido ambos inician una extraña relación de mutua dependencia. Al terminar la guerra, Jojo sabe que eso significa que perderá a Elsa, y para que eso no ocurra decide mentirle para retenerla para siempre. Empieza así una relación llena de secretos, mentiras y silencios que convirtieron esta novela en todo un éxito. 

Y es en el año 2019 cuando el director Taika Waititi, también neozelandés, nos presenta esta adaptación cinematográfica bajo el título de Jojo Rabbit, en lo que pretende ser una fábula a través de un retrato satírico de la Alemania nazi y desde la visión de la niñez, pero que también muestra un punto de vista más profundo, entre ellos la crítica al adoctrinamiento. Como en esa primera imagen en la que Jojo (Roman Griffin Davis, grande en su papel) nos dice: “Estoy dispuesto a dar mi vida por Adolf Hitler. Que Dios me ayude”. Y luego las escenas de ese fin de semana en un campamento de niños fieles al régimen (emulando lo que nos mostró en tono real la película de Denis Gansel, Napola) donde les dan mensajes del estilo “La raza aria es diez mil veces más avanzada que cualquier otra” y les enseñan que los judíos tiene cuernos y huelen a coles de Bruselas. Y con ello, esta película se suma a la puntual tradición de la risa alrededor del nazismo (suceso histórico que no hace ninguna gracia), de su poderosa y ridícula parafernalia, lo que ya ocurriera en películas como El gran dictador (Charles Chaplin, 1940) o como Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942). 

Cuatro personajes son clave en la historia de Jojo Rabbit, una película que intenta una pirueta extraña que se nos antoja mezcla entre la estética de Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) y la ética de La vida es bella (Roberto Beningni, 1997) y El niño con el pijama a rayas (Mark Herman, 2008) 
- Su amigo imaginario, el propio Hitler en modo caricaturizado (interpretado por el propio director, pues está claro que Taika Waititi es un cineasta peculiar). 
- Elsa (Thomasin McKenzie), la niña judía de 13 años, con la que establece esa peculiar relación llena de mensajes. Y a la que Jojo pregunta continuamente sobre cómo son los judíos - pues quiere escribir un libro al respecto -, y ella le responde: “Somos como vosotros, pero humanos”. De esta relación descubrirá que sus prejuicios tienen muy poco que ver con el mundo real y con los juicios de valor. Y por Elsa le recuerda: “No eres un nazi, Jojo. Eres un niño de 10 años al que le gusta disfrazarse con un uniforme gracioso y quiere ser parte del club”. 
- Su madre, Rosie (Scarlett Johansson, quien da ese toque de brillo y esplendor al elenco actoral), quien soporta la ausencia del padre en el hogar (también luchando por la Resistencia, como ella) y la muerte de su hija mayor, enseñándole todo lo bueno que tiene la vida, desde cómo atarse los zapatos hasta la enseñanza de sus mejores consejos: “La vida es un regalo. Tenemos que celebrarlo… Bailar es para la gente libre”. Aunque su hijo le contesta: “Ahora no hay tiempo para el amor. Estamos en guerra”. 
- El capitán Klenzendorf (Sam Rockwell), un peculiar personaje algo desencantado de su ideología, quien dirige los campamentos de verano nazis allí donde a los chicos se les enseña a disparar, a lanzar granadas, a apuñalar y donde las chicas son adoctrinadas para curar heridas y para quedarse embarazadas por el bien de la Alemania supremacista. 
Pero también se cruzan en la historia otros personajes, como los esbirros de la Gestapo que continuamente repiten el “¡Heil Führer!” y que le dicen a Jojo: “Ojalá más niños de tu edad tuvieran ese fanatismo ciego”. Pero sin olvidar al entrañable Yorki, el amigo gordito y con gafas, entrañable personaje que al final de la película le dice a Jojo, desencantado por lo que está viviendo con la entrada de los americanos y que no es como se lo pintaron: “Voy a mi casa a ver a mi madre. Necesito mimos. Parece que no es un buen momento para ser nazi”. 

Es Jojo Rabbit una historia alrededor del adoctrinamiento, sobre lo sencillo que resulta manipular las sensibles y blancas almas de los niños, mostrándoles que el nacionalismo ario es el camino. Un film que nos alerta sobre el peligro de las intolerancias y la importancia de los afectos y que, por tanto, puede ser una buena película para toda la familia, con todo lo que ello conlleva. Porque lo cierto es que Taika Waititi ha convertido la novela melodramática y angustiosa de Christine Leunens en una película tragicómica, y con ello a este maorí judío se le ocurre esta marcianada de película tan poco habitual en estos tiempos más propicios en ser o muy correctitos o muy indignaditos. Y todo ello bajo una banda sonora elegida con exquisito cuidado (ya hemos hablado de las canciones que dan entrada y salida al film), donde canciones del pop y del rock conviven con la música que Michael Giacchino ha compuesto, todo un acierto. 

Y es por ello que, pese a las peculiaridades de esta película, Jojo Rabbit debería convertirse en una de las películas de obligatorio visionado en las aulas. Una lección con humor de lo que Europa vivió hace unas cuantas décadas, y lo que podría volver a pasar si no aprendemos de nuestros errores. Y resuenan los consejos de Rosie a su hijo Jojo: “Los niños de 10 años no deberían estar celebrando la guerra y hablando de política” o “El amor es lo más poderoso del mundo”.