Mostrando entradas con la etiqueta relación padre-hijo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relación padre-hijo. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de octubre de 2025

Cine y Pediatría (823) “Wolfgang”, extraordinaria la neurodiversidad y la música



Una feel good movie es un término en inglés (traducible como película agradable, reconfortante, o que te hace sentir bien) que se usa para describir a aquellas películas cuyo principal objetivo es generar sentimientos de alegría, optimismo y bienestar en el espectador. Y ello pese al tema que se trate. Y baste recordar alguno de los títulos ya tratados en Cine y Pediatría que pueden encuadrase como feel good movie: ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), Mejor… imposible (James L. Brooks, 1997), Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), Tiempos de azúcar (Juan Luís Iborra, 2001), Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006), El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007), Juno (Jason Reitman, 2007), The Blind Side (Un sueño posible) (John Lee Hancock, 2009), Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011), Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012), Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012), Las ventajas de ser un maginado (Stephen Chbosky, 2012), The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013), El camino de vuelta (Nat Faxon y Jim Rash, 2013), La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014), Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014), Boyhood (Momentos de una vida) (Richard Linklater, 2014), St. Vincent (Theodore Melfi, 2014), Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), Yo, él y Raquel (Alfonso Gómez-Rejón, 2015), Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016), Sing Street (Jorn Carney, 2016), La vida de Calabacín (Claude Barras, 2016), Lady Bird (Greta Gerwing, 2017), El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017), Wonder (Stephen Chbosky, 2017), Mentes brillantes (Thomas Lilti, 2018), Familia al instante (Sean Anders, 2018), Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), CODA: Los sonidos del silencio (Sian Heder, 2021), La brigada de la cocina (Louis-Julien Petit, 2022), La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), entre otras.

Y hoy llega una reciente feel good movie española, que nos acerca a la neurodiversidad y la música: Wolfgang (Extraordinario) (Javier Ruiz Caldera, 2025), adaptación de la novela homónima de Laia Aguilar. Y que marca un giro del director, conocido más por sus obras en tono de comedia (Spanish Movie, 2009; Promoción fantasma, 2012; Anacleto, agente secreto, 2015; Superlópez, 2018) y que hoy nos dirige a esta "dramedia" familiar reconfortante. Y donde la historia se centra en Wolfgang (interpretado por Jordi Catalán), un niño de 10 años con altas capacidades y trastorno del espectro autista (TEA). Su vida, marcada por la estricta rutina y su prodigioso talento para el piano, se ve drásticamente alterada tras la repentina muerte de su madre. Wolfgang se ve obligado a mudarse a Barcelona para vivir con su padre, Carles (Miki Esparbé), a quien no conoce en absoluto. Carles es un actor bohemio, desorganizado e inmaduro, que contrasta totalmente con la mente metódica y ordenada de su hijo. El conflicto principal surge del choque entre estos dos mundos: Wolfgang no soporta el caos de su padre, su desorden ni su desorganización y lo considera un “bajocien” por su falta de intelecto. Es por ello que, en secreto, planea conseguir una beca para la prestigiosa academia de música Grimald de París (donde estudió su madre) para convertirse en el mejor pianista del mundo y escapar de su nueva realidad. 

“¿De verdad tengo que vivir con este señor?”, le dice Wolfgang a su abuela cuando conoce a Carles y llegar a confirmar que son tan diferentes: el caos frente al orden. Wolfgang tiene su libreta donde apunta todo: “Lista de cosas inútiles: echarse la siesta, leer novelas, dar besos y abrazos, practicar deportes, comer chicles, pasar la tarde en un centro comercial, los parques de atracciones, bailar,…” a lo que añade tras su primer contacto “… un padre”

Carles afronta el reto de la paternidad tardía con voluntad, pero sin las herramientas emocionales o la experiencia necesaria, lo que lo lleva a un "curso exprés" de crecimiento personal y gestión emocional. Cuando Carles le explica a un amigo que su hijo no es como los otros niños, que tiene TEA, aquel le dice: “TEA, TDA, TOC, ahora todos los críos están diagnosticados con una cosa de estas. Pero por muy Asperger que sea, ¿cómo vas a explicarle que no te hayas ocupado de él todo este tiempo?” 

El dilema de Carles se intensifica al tener que elegir entre una importante oportunidad profesional como actor y convertirse en el padre que su hijo, con sus necesidades especiales, requiere. Y sigue escribiendo en su libreta: “Cosas absurdas que me ha propuesto Carles: ir al teatro, jugar a fútbol, pasear en bici,…”. Y la profesora le explica al padre: “Claro, va dos cursos por encima de lo que le toca. Al hacerle las pruebas de inteligencia, le salió un coeficiente de 152. Piense que usted y yo seguramente no pasamos de 95 o 100. Intelectualmente, Wolfgang está muy por encima de sus compañeros, pero a nivel emocional y social todavía tiene que trabajar mucho. Tener un alumno con altas capacidades y autismo representa un desafío único para maestros y familias. Por eso es importante que todos veamos la situación de la misma forma”. (Por cierto, al registrar esta conversación se habla de “coeficiente intelectual”, denominación errónea según la RAE, pues debe denominarse como “cociente intelectual”). En el camino, cuando Wolfgang se pone nervioso se tapa los oídos y cuenta números primos, mientras prepara su audición con Mia (Anna Castillo”, quien le descubre que siempre realiza listas negativas y le anima a que escriba listas positivas de las personas o las cosas. 

La historia avanza con divertidas escenas. Y al final entendemos la causa del fallecimiento de la madre y resulta terapéutico. Y como buena feel good movie, todo se soluciona entre padre e hijo. Incluso tiene el cameo del directo J.A. Bayona… Y una nota personal: parte de esta película está grabada en el Colegio Alemán de Esplugas de Llobregat, donde pasé mi infancia, y donde también se grabó el film De mayor quiero ser soldado (Christian Molina, 2010).  

Wolfgang (Extraordinario) no pasará a la historia como una feel good movie inolvidable, pero si es una película rica en reflexiones sobre las relaciones humanas, la diferencia y el crecimiento personal. Una película que acepta e integra la neurodiversidad, a través del TEA de Wolfgang, tratado con respecto, rigor y humanidad, enfatizando que su singularidad no es un defecto, sino parte de su identidad, con la que cabe empatizar en el contexto familiar y educativo. Y cuya historia, en esencia, es un viaje paternofilial, donde Carles aprenderá que la paternidad es un acto de maduración y sacrificio, y donde se nos refuerza la idea de las segundas oportunidades y la posibilidad de la reconciliación familiar. También aborda el duelo (por la pérdida de la madre) y el valor terapéutico de la música como vehículo para expresar y procesar el dolor. En resumen, una “dramedia” que, aunque utiliza una fórmula amable, logra hacer un retrato sensible y profundo sobre la crianza de un niño fuera de serie, la superación del dolor y el redescubrimiento del vínculo familiar.

 

sábado, 23 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (728) “El campeón” boxea con los sentimientos de un hijo hacia su padre

 

El boxeo, fuera y dentro del ring, se ha constituido casi en un subgénero del séptimo arte. Películas que se dividen entre la ficción y el biopic a grandes boxeadores. Entre los héroes de ficción ha destacado la figura de Rocky Balboa, y entre los boxeadores históricos Cassius Clay/Muhammad Ali ha dado mucho de sí. Y con un predominio abrumador de películas estadounidense, donde parece claro que tanto el cine como el boxeo son algo más que un arte y un deporte. He aquí algunas películas significativas: Charlot, campeón de boxeo (Charles Chaplin 1915), El campeón (King Vidor, 1931), La vía láctea (Leo McCarey, 1936), Kid Galahad (Michael Curtiz, 1937), Invitación a la felicidad (Wesley Ruggles, 1939), El asombro de Brooklyn (Norman Z. McLeod, 1946), Cuerpo y alma (Robert Rossen, 1947), El ídolo de barro (Marck Robson, 1949), Nadie puede vencerme (Robert Wise, 1949), Fabricante de campeones (George Marshall, 1952), Marcado por el odio (Robert Wise, 1956), Más dura será la caída (Mark Robson, 1956), La gran esperanza blanca (Martin Ritt, 1970), Fat City, ciudad dorada (John Houston, 1972), Rocky (John G. Avildsen, 1976) y toda su saga, Yo, el mejor (Tom Gries y Monte Hellman, 1977), Campeón (Franco Zeffirelli, 1979), Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980), El triunfo del espíritu (Robert M. Young, 1989), El golpe perfecto (Michael Ritchie, 1992), Tyson (Uli Edel, 1995), Cuando éramos reyes (Leon Gast, 1996), La gran esperanza blanca (Reginald Hudlin, 1996), The Boxer (Jim Sheridan, 1997), Huracán Carter (Norman Jewison, 1999), Rocky Marciano (Charles Winkler, 1999), Girlfight (Karyn Kusama, 2000), Ali (Michael Mann, 2001), Invicto (Walter Hill, 2002), Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004), Cinderella Man. El hombre que no se dejó tumbar (Ron Howard, 2005), El último asalto (Rod Lurie, 2007), The Fighter (David O. Russell, 2010), Klitschko (Sebastian Dehnhardt, 2011), El gran combate de Muhammad Ali (Stephen Frears, 2013), Victor Young Pérez (Jacques Ouaniche, 2013), La gran revancha (Peter Segal, 2013), Manny (Leon Gast y Ryan Moore, 2014), Rendención (Antoine Fuqua, 2015), El día más feliz en la vida de Olli Mäki (Juho Kuosmanen, 2016), El último asalto (Thomas Napper, 2017),… 

Pero hoy vamos a dedicar un apartado muy especial a una película que es una historia de amor incondicional de un hijo a su padre en tiempo de crisis y alrededor del boxeo, una historia que se realizó en blanco y negro y que tuvo su remake en color casi medio siglo después, ambas desde la Metro-Golwyn-Mayer, verdaderos melodramas con un gran éxito de crítica y público. Hablamos de las ya citadas El campeón (King Vidor, 1931) y Campeón (Franco Zeffirelli, 1979), ambas con igual título original, The Champ

Esta historia de boxeo y de superación personal es similar. Un ex campeón de boxeo, hundido en la desidia y con mayor afición al alcohol y al juego de lo aconsejable, vive con su hijo pequeño tras ser abandonados por la madre. El hijo llama “Campeón” a su padre, le admira y le cuida, con una madurez que a veces supera a la del progenitor. Y este pequeño universo entre ellos se rompe con la reaparición de la madre, momento en que el padre decide regresar a los rings para hacerse acreedor del respeto de su hijo. En esta aventura cuenta con la presencia y apoyo constantes de su hijo, que encarna todo lo que él hubiera querido ser. Pero el tiempo no ha pasado en balde, y buena muestra de ello es la dura contienda que da pie al mítico (y lacrimógeno) final. 

La versión original, El Campeón (1931), cuenta con la dirección de King Vidor, uno de los grandes artesanos del Hollywood clásico, director de títulos eternos del cine mudo (El gran desfile, 1925; Y el mundo marcha, 1928) como del cine sonoro (La ciudadela, 1938; Duelo en el sol, 1946; Guerra y Paz, 1956). Aquí el dúo padre-hijo son Andy "Champ" Purcell (Wallace Beery, Óscar a mejor actor) y Dink (Jackie Cooper), actores que protagonizarían juntos cuatro largometrajes, entre los que también se encontraba La isla del tesoro (Victor Fleming, 1934). La acción se sitúa durante la época de la Gran Depresión de 1929 en Tijuana (México), y el papel de la madre recayó en la actriz Irene Rich. 

El remake, Campeón (1979), contó con la dirección de Franco Zeffirelli, autor de títulos cinematográficos como Romeo y Julieta (1968), Hermano sol, hermana luna (1972) o Amor sin fin (1981), pero que también a la dirección en ópera, teatro y televisión. Aquí el dúo padre hijo son Billy “Champ” Flynn (Jon Voight) y T.J. (Rick Schroder, Óscar a mejor actor revelación a la edad de 9 años). La acción se desarrolla en la década de los sesenta en Florida, y el papel de la madre recayó en la actriz Faye Dunaway. 

Quizás es esta segunda versión la que más emociona, con escenas como la del regalo del caballo, la carrera del hipódromo, el encuentro con la madre, la escena de la cárcel, el entrenamiento y la vuelta al ring, la cruda pelea final. Y uno de los finales más lacrimógenos de la historia del cine. Y frases para el recuerdo en esa lucha de los progenitores por la custodia del hijo, con la recriminación del padre (“¿Qué clase de madre es? Nunca hizo nada por él. Y ahora, tras siete años, “Vaya, cuánto le quiero y no me di cuenta”. No sabe qué es cambiarle los pañales o limpiarle los mocos, ni enseñarle a distinguir entre el bien y el mal, ni bañarle, Pero eso no cuenta para ella”), la protesta del hijo (“Por favor, Campeón, yo solo quiero vivir contigo. Por favor. Seré alguien cuando crezca, alguien importante como tú”), la confesión de la madre (“Eres muy afortunado, Billy. El niño está loco por ti”) y el arrepentimiento del padre (“Sólo sé una cosa. Que nunca más en mi vida me apartaré de ti”). Y esa famosa expresión que T.J. aprende de su padre: “Cuando un hombre no puede quitarse los pantalones, no es un hombre”. 

Cabe decir que entre estas dos películas hubo otra versión de la historia, pero no ambientada en el mundo del boxeo, sino en el mundo del circo: The Clown (Robert Z. Leonard, 1953). Y las tres versiones de la historia, con ese equilibrio entre el realismo y lo emotivo, tuvo un claro antecedente en El Chico (Chales Chaplin, 1921), donde la ausencia de la madre y su reaparición también rompe el universo entre el niño y el adulto y pone sobre la mesa cuestiones como la crianza, la responsabilidad y la paternidad. 

Y es que el amor incondicional de un niño hacia el adulto ha sido uno de los temas estrella de varias películas míticas sobre el mundo de la infancia: Y además de las ya enumeradas, cabe recordar Capitanes intrépidos (Victor Fleming, 1937), Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1945), Raíces profundas (George Stevens, 1953), Mi tío Jacinto (Ladislado Vajda, 1956), La bahía del tigre (J. Lee Thompson, 1959). Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973), Gloria (John Cassavetes, 1980), El niño de la bicicleta (Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, 2011), entre otras. Y hoy estas dos películas (El campeón y Campeón) boxean con los sentimientos de un hijo hacia su padre. Una historia que fue impactante cuando la vi de niño y en familia, difícil de olvidar y que aún emociona al revisarla de nuevo. Y que sigue siendo muy aconsejable para ver en familia… por ejemplo, en estas fechas de Navidad en la que ahora estamos.

 

sábado, 1 de abril de 2023

Cine y Pediatría (690) "Siempre contigo", el padre y "el chico" israelíes

 

En el año 2007 comenzó a celebrarse el 2 de abril como el Día Mundial de Concienciación del Autismo, según resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y es así como la World Autism Organization (WAO) emite todos los años un manifiesto conmemorativo que se leerá en multitud de asociaciones y lugares públicos. Y ello porque el trastorno del espectro autista (TEA) es parte de este mundo, no un mundo aparte... y engloba un conjunto de síndromes del desarrollo y el comportamiento con un amplio espectro, que van desde el autismo de bajo funcionamiento (o autismo de Kanner) al autismo de alto funcionamiento y síndrome de Asperger. 

Y en este año 2023 este día (que es mañana) llevará como lema “Llamémoslo por su nombre” y pone el foco en tres aspectos esenciales: 1) la variabilidad dentro del espectro del autismo (iguales, pero diferentes), 2) la singularidad y especificidad (derribar estigmas y falsas creencias, comprender y valorar a las personas autistas), y 3) el sentido de pertenencia (orgullo y apoyo frente al rechazo). Y por ello son necesarios los Programas de Atención Médica Integral para el TEA, porque son un buen modelo para abordar los tres hechos de esta compleja y multidimensional entidad en el siglo XXI: atender a la demanda, abordar la complejidad y gestionar con calidad. Programas de calidad fundamentados en cuatro pasos: 1) gestión del conocimiento por medio de la Medicina basada en la Evidencia; 2) procesos asistenciales con STEEEP (Seguridad, A Tiempo, Efectiva, Eficiente, Equitativa y donde Paciente es lo primero); 3) participación multidisciplinar con equipos y 4) intervención paciente-familia con empoderamiento. 

Son varias ya las películas que Cine y Pediatría ha tenido como protagonista el autismo, quizás la joya de la corona entre los trastornos del neurodesarrollo en la infancia y adolescencia. Porque cabe “prescribir” películas sobre el TEA para mejorar en ciencia y conciencia. Justo en el año 2016 lo hicimos con la película china Paraíso oceánico (Xue Xiaolu, 2010), verdadero poema fílmico (con el simbólico azul de fondo) que nos sumergía en la especial relación entre un padre y su hijo autista que ha superado la adolescencia, una historia de amor fundamentada en la búsqueda del lugar donde pueda ser acogido en el futuro este hijo con capacidades diferentes. Pues de igual forma, este año lo hacemos con la película israelí Siempre contigo (Nir Bergman, 2020), con muchas coincidencias, pues se centra en esa especial relación padre-hijo y la misma búsqueda (o la huida, según se vea).

Siempre contigo comienza con imágenes de la película El chico (Charles Chaplin, 1921), esa película mítica muda en blanco y negro de Charlot que nos habla del abandono de un niño y que está repleta de recuerdos de la propia infancia de su director. En un tren viajan un padre y un joven con un comportamiento peculiar; éste mira con gran atención y alegría la película (que se convertirá en un elemento nuclear). A continuación, emulando aquel cine de antaño, un rótulo en blanco y negro con el título de este film. Iremos conociendo a ese padre mayor y protector, Aharon (espectacular Shai Avivi, premio al mejor actor en la SEMINCI de Valladolid) y a su hijo Uri (Noam Imber, más que loable caracterización). Viven juntos y solos y se aprecia una gran comunión entre ellos, y la dependencia de Uri es tal que precisa que sus actos sean corroborados por su progenitor: “¿Me gusta la camiseta?, ¿Me gusta lavarme los dientes?...” 

A medida que avanza el metraje conoceremos mejor a los dos protagonistas, a ese padre y a ese hijo. Aharon es un diseñador gráfico que está en búsqueda de trabajo desde hace tiempo. Uri presenta rasgos de una discapacidad característicamente asociada a la rutina de sus costumbres y estereotipias: ver los vídeos de Chaplin, comer ptitim (el cuscús israelí), dar de comer a sus tres peces, montar en bici con su padre y no pisar los (imaginarios) caracoles por la calle, afeitarse con frecuencia (porque “los malos de las películas tienen barba porque no se afeitan”), tocar los botones de las fotos de su pared antes de dormir o al abrir las puertas automáticas,… La madre se separó hace tiempo del padre y ahora buscan una solución para Uri, pero no están de acuerdo: la madre (al igual que los trabajadores sociales) creen que debe estar en una institución, pero el padre no piensa igual: “Es feliz aquí. Tiene todo lo que necesita. Podemos esperar un poco más”.  

La dura escena de pánico de Uri en la estación de tren y su grito “Quiero estar contigo”, a mitad de metraje, hace que Aharon tome una decisión: no llevarle a la institución. Y así es como la historia se transforma en una peculiar road movie de huida, la de un padre que ha dedicado toda su vida al cuidado de su hijo en una amable rutina y que no está preparado para separarse de él. Un viaje en tren o en autobús por distintas localidades y con diferentes experiencias, pero donde las cosas se complican. En el camino, vivimos escenas conmovedoras y muy identificativas de las personas con TEA. 

Pero la huida no podía salir bien. Y finalmente ocurre el ingreso de Uri y, aunque éste inicialmente adquiere una conducta violenta (llega a romper el cristal de una ventana como el niño de su película preferida de Chaplin, para que regrese la figura del padre), finalmente llega a procesar las nuevas conductas en su nueva vida. Y nos regala un gran final, donde ese interruptor pintado en la pared nos abre el corazón. Y el The End final, de nuevo en blanco y negro, al estilo de la película El chico

Porque Siempre contigo es un drama entre el padre y “el chico” israelíes, todo un homenaje al Día Mundial de Concienciación del Autismo, para que lo llamemos por su nombre. Os dejamos el tráiler subtitulado, porque, como siempre, cabe ver el cine en su versión original, en este caso en hebreo.

 

sábado, 25 de febrero de 2023

Cine y Pediatría (685) “Luciérnagas en el jardín” para superar los fantasmas de la infancia


Robert Frost es considerado como uno de los fundadores de la poesía moderna en Estados Unidos, capaz de expresar con sencillez filosófica y profundidad sentimental la vida y emociones del ser humano, él cuya vida estuvo plagada de dolores y pérdidas. Suyo es el poema “Fireflies in the garden” que termina así: 
“…Volaste hacia la luz 
quedé exhausto, sin caricias. 
Lloré y la lluvia arrebató mis lágrimas. 
Un sol helado caliente tu ausencia. 
Robo besos al recuerdo que en 
sueños pongo en tus labios. 
¡Te hecho de menos! 
Vuelvo al lugar de nuestro amor, 
el silencio aprisiona mi corazón, 
lo rompe el gemir de una bisagra oxidada. 
Miro tras el cristal y ya no queda nada, 
tan solo puedo ver, las luciérnagas en el jardín”. 

Y este poema es un elemento nuclear en la película homónima, Luciérnagas en el jardín (Dennis Lee, 2008), melodrama familiar que es la ópera prima de su director y para el que contó con un buen elenco actoral. Donde se nos narra en el presente y pasado de la familia Taylor, prototipo de familia americana que han alcanzado su sueño, pero un sueño que se nos devuelve como una pesadilla. Allí donde Lisa (Julia Roberts), la madre, se acaba de graduar después de pasar décadas criando a sus dos hijos, y su marido Charles (Willem Dafoe) es un experimentado profesor en camino de convertirse en rector de la universidad en la que trabaja y que se abre camino como novelista. Michael (Cayden Boyd de niño y Ryan Reynolds de adulto), el hijo mayor, se ha convertido en un reconocido escritor de novelas románticas, mientras que su hermana Ryne (Shannon Lucio) ha sido aceptada en una prestigiosa escuela de derecho. Pero cuando un desgraciado accidente les sacude, la familia tiene que enfrentarse esta repentina pérdida en la que afloran los fantasmas de la infancia de Michael, en la que aparecen también su compleja pareja, Kelly (Carrie-Anne Moss), y Jane (Hayden Panettiere de joven y Emily Watson de adulta), la hermana de su madre, en realidad una tía de casi su misma edad con la que mantuvo una relación especial en su infancia y que ahora vive en su casa con su marido y sus dos pequeños hijos, Christopher (Chase Ellison) y la pizpireta Leslie (Brooklyn Proulx). 

Todos los fantasmas de Michael rondan alrededor de su padre, irascible y severo, quien escribe las reglas de comportamiento a sus hijos y que les sermonea así: “Mi padre solía decir que si no cuidas una cosas, no mereces tenerla”. En realidad un pensamiento que tendría como mejor receptor a él mismo, pues Charles acaba por entender muy al final que su forma de ser le ha hecho perder el respeto y cariño de los suyos; en algún momento su esposa se lo deja claro: “Siento que no te hayan hecho fijo. Siento que nadie quiera comprar tu libro. Siento que ser marido y padre no sea bastante para ti”. 

A lo largo de la historia, con continuos flashbacks a la infancia, Michael intenta responder a muchas preguntas pendientes que le provocan desazón aún a día de hoy: por qué su padre fue así en su educación, llegando a los malos tratos físicos y psicológicos hacia él, por qué su amorosa madre buscó refugio en otro hombre, por qué se mantiene la tensión emocional con su tía, que en su juventud fue un espíritu libre,… Y muchas de esas preguntas y muchos de sus fantasmas que atenazaron su infancia y adolescencia considera que deben formar parte de su última novela, por nombre el del mismo poema que un día recitó y por el que sufrió un severo castigo: “Fireflies in the garden”. Y por ello Jane le espeta: “Eres un desecho humano. Todo lo que tocas se convierte en mierda. ¿Por qué no lo cuentas en tu libro?”. Porque ese libro era su particular venganza, pero que finalmente decide quemarlo y no profundizar en una llaga que nunca sanará si sigue por ese camino. 

Y es así como esta modesta película llena de estrellas actorales, viene a acompañar los versos de Frost, quien hablan de otra clase de estrellas: de las que iluminan la noche. Y cierto es que, aunque un buen elenco sea bastante, el resultado no es necesariamente un cielo estrellado en esta cinta que intenta conseguir que pasado y presente confluyan para modelar el drama íntimo de una familia que intenta reconstruirse entre viejos traumas y verdades apenas entrevistas. El reto no era fácil, traducir en una historia concreta lo que los versos de Frost apenas expresan entre metáforas y rimas, una tarea infrecuente en el cine. Como anécdota, cabe recordar que ésta la segunda vez que en el cine se recurre a los poemas del poeta estadounidense para inspirar una película; la ocasión previa fue en el curiosísimo film Teléfono (Don Siegel, 1977), en el que Charles Bronson protagonizaba una interesante trama de espionaje junto a Lee Remick. 

Es posible que Luciérnagas en el jardín no sea la película redonda que se merecía tal poema, pero sí cabe reseñar un acertado uso de las elipsis alternado dos épocas distintas y una excelente banda sonora de Javier Navarrete, este compositor turolense que ha intervenido en la B.S.O. de un buen número de películas, y en donde podemos destacar sus dos colaboraciones con Guillermo del Toro en El espinazo del diablo (2000) y el El laberinto del fauno (2006), dos películas centradas en la mirada inocente de la infancia ante la Guerra Civil Española y su postguerra.  

Prosa y poesía en las relaciones un hijo y su padre que nos ha devuelto en cine, y que hemos visitado ya en Cine y Pediatría desde muchos prismas en títulos como Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948), Carreteras secundarias (Emilio Martínez-Lázaro, 1997), Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), Paraíso oceánico (Xue Xiaolu, 2010), Con todas nuestras fuerzas (Nils Tavernier, 2013), Little Boy (Alejandro Monteverde, 2015) o Tu hijo (Miguel Ángel Vivas, 2018). Y al que hoy se suman las luciérnagas…

 

sábado, 20 de agosto de 2022

Cine y Pediatría (658) “Cerca de ti” en el aire, en el sol, en la lluvia

 

El reto de la crianza de los hijos por parte de un padre solo, separado o viudo, ya ha sido tratado en Cine y Pediatría desde diversas ópticas. Todos recordamos ese padre (y ciudadano) modelo que fue Atticus Finch (para mayor gloria interpretativa de Gregory Peck) en Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962). Y desde Cine y Pediatría hemos ido desgranando otros padres coraje en películas de distintas nacionalidades: desde Estados Unidos, Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001) con Sean Penn y su hija Dakota Fanning, En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006) con Will Smith y su hijo (también en la vida real) Jaden Smith, El niño de Marte (Menno Meyjes, 2007) con John Cusack, y su especial hijo adoptado, Bobby Coleman, Ser padre (Paul Weitz, 2021) con Kevin Hart y su hija Melody Hurt; desde Italia, Líbero (Kim Rossi Stuart, 2006) con Kim Rossi Stuart y sus hijos Alessandro Morace y Marta Nobili; desde Australia, Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007) con Eric Banna y su hijo Kodi Smit-McPhee; desde España, Ismael (Marcelo Pyñeiro, 2013) con Mario Casas y su hijo Larsson do Amaral; desde Francia, Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016) con Omar Sy y su hija Gloria Coslton; o desde Turquía, Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019) con Aras Bulut Iynemli y su hija Nisa Sofiya Aksongur. Todas ellas nos recuerdan que una madre es muy importante para los hijos en su crianza. Pero esa importancia es especialmente patente cuando el padre tiene que conseguir solo esa función.         

Y hoy llega una película del Reino Unido dirigida por un italiano y que transcurre en Irlanda del Norte: Cerca de ti (Uberto Pasolini, 2020). Y nos narra una historia que es una lección de vida que debe prescribirse para extasiarnos con la trascendencia del amor y con el valor de ese cine que nos embriaga en su simplicidad. Una película que se alzó con el Premio del Público en la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) y que ahonda, de forma sencilla y emotiva, en la relación entre un padre y un hijo. Uberto Pasolini se inspiró en una historia real en la que un padre se pasó los últimos meses de su vida buscando una familia para su hijo pequeño. Y con esta mimbres, ese director ocasional, que de joven fue banquero, pero que pronto se pasó a la producción cinematográfica con un taquillazo como Full Monty (Peter Cattaneo (1997), nos sorprende con una pequeña gran película, en la que delicadeza y mesura se fusionan con un argumento emotivo. Ya en su anterior película, Nunca es demasiado tarde (2013), marcó el camino a estas premisas de su cine. Comentar que el apellido de este director no tiene vinculación familiar con el de Pier Paolo Pasolini, pero sí es sobrino de Luchino Visconti.

Cerca de ti nos habla sobre la sencilla vida de John (James Norton), un joven de 34 años que se gana la vida como limpiador de cristales en Belfast, y su hijo de 4 años, Michael (Daniel Lamont). Una relación paterno-filial basada en un amor puro e incondicional dentro de la dificultad, con una complicidad que apreciamos en cada momento de esos rituales del día: en el desayuno, al acompañarle al colegio, paseando y comiendo helados, de compra en el supermercado, en la ducha cuando le quita los piojos, cuando leen un libro, cuando rezan al acostarse,…o cuando ponen las velas en la tarta de cumpleaños (y el detalle de esa vela de más que le entrega el hijo a su padre). Vamos descubriendo que viven solos porque la madre les abandonó al nacer Michael y también que una enfermedad (no definida) del John le pone una meta de unos pocos meses de vida por delante. Dos hechos esenciales que son dibujados tenuemente, para centrarse en los esfuerzos de este padre por encontrar a una familia capaz de criar, educar y amar a Michael como él hace, antes de que sea demasiado tarde. 

Entonces recurre a una agencia de adopción y, desde allí, una angelical Shanon (Eileen O´Higgins), acompaña a John y Michael a conocer a posibles familias candidatas para esa complicada misión. Familias muy diversas, familias sin hijos, con hijos de acogida, con hijos naturales y adoptados, algunas familias normales y otras extrañas. John les explica: “Es un niño muy callado, pero hace caso siempre y se porta muy bien. Es muy popular en la escuela. Siempre me dicen que es un niño fantástico. Es cariñoso, bueno… Es un niño muy feliz. Yo solo quiero que tenga una familia normal, dos padres, una bonita casa familiar, todo lo que yo no tuve siendo niño. Solo quiero que pueda hacer lo que yo no pude, que nunca pude imaginar”. Porque también descubrimos sin subrayados que la infancia del padre no fue fácil. 

Es una película que logra tratar con sutileza la crudeza del argumento. Y ello con diálogos muy interesantes, pero con silencios que la hacen aún más potente. Una de las familias le llega a preguntar a John: “¿Qué quiere que sepa su hijo?, ¿cómo le gustaría que le recordara?”. Pero especialmente emotivas son las palabras de Shanon: “Hay que decidirse. Ya no nos queda tiempo”. Y todo ello alrededor de escenas simples del día a día que resultan conmovedoras en su simplicidad. 

Ante tantas visitas a familias, el pequeño Michael llega a pregunta al padre: “¿Qué es adoptar?” Y tras la explicación, su respuesta es clara: “Yo no quiero “adoptar” ”. Es así como John se va preparando para lo inevitable a medida que nota su deterioro. Esta es la parte más dominada por los sentimientos, pues es difícil no ponerse en su lugar. Y esa lectura con su hijo del libro “Cuando mueren los dinosaurios. Guía para comprender la muerte”; y la explicación del padre: “Como el escarabajo que dejó su cuerpo y ahora vuela en el bosque, un día, pronto, papá dejará su cuerpo. Pero siempre estaré cerca de ti, en el en aire… No me verás, pero podrás hablar conmigo y yo te escucharé. Siempre estaré contigo en el aire que te rodea, y en el sol que te da calor, y en la lluvia que te moja”

Y prepara la caja de recuerdos con mimo, con distintas cartas en sobres para abrir en distintos momentos de la futura vida de Michael. Porque aquí resuenan los consejos previos de Shanon: “Llegará un momento en que piense en ti todos los días. Necesitará algo con lo que empezar, algo físico y real en lo que aferrarse e ir construyendo”. Y nos desemboca a un final arrollador y necesario. Una película para ver y sentir, que nos puede dejar huella. La misma que ya nos ha dejado esa relación tan especial de padre e hijo, de John y Michael, un dúo protagonista que emociona con esa espectacular interpretación de James Norton y, sobre todo, del pequeño Daniel Lamont. Capaces de expresar tanto con tan poco. La mirada final del niño ya es inolvidable… y está cerca de nuestro corazón.

 

sábado, 12 de marzo de 2022

Cine y Pediatría (635) De “Yo, Cristina F” a “Beautiful Boy”, un camino de politoxicomanías

 

Se dice que el consumo de estupefacientes forma parte de la historia de la humanidad. Y desde tiempos inmemoriales ya chamanes y sacerdotes dominaban el uso (y disfrute) de según qué tipos de estimulantes y sustancias psicotrópicas. Es indudable su uso como tratamiento médico, y bien conocido el problema del abuso entre sus consumidores. Y, por ello, no es de extrañar que las politoxicomanías formen parte de las historias del cine

He aquí algunas películas de interés en este tema, desde diferentes países. Algunas ya han sido tratadas en algún momento en nuestro proyecto Cine y Pediatría, como El pico (Eloy de la Iglesia, 1983), 27 horas (1986), Kids (Larry Clark, 1995), Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000), Robinú (Michele Santoro, 2016), Déjame caer (Baldvin Zophoníasson, 2018) y 4 días (Rodrigo García, 2020), esta última que abordamos en nuestra último post.  Pero donde es posible destacar otras películas: Yo, Cristina F (Uli Edel, 1981), El precio del poder (Brian De Palma, 1983), La historia de Jim Carroll (Dir. Scott Kalvert. 1995), Trainspointing (Danny Boyle, 1996), Miedo y asco en Las Vegas (Terry Gilliam, 1998), Traffic (Steven Soderbergh, 2000), Blow (Ted Demme, 2021), Cookers, peligrosa adicción (Dan Mintz, 2001), Spun (Jonas Åkerlund, 2002), Sin límites (Neil Burger, 2011), Krisha (Trey Edward Shults, 2015), Gaspar Noé (Gaspar Noé, 2018), Beautiful Boy. Siempre serás mi hijo (Felix Van Groeningen, 2018), etc. Y hoy revisaremos la primera y la última de este listado cronológico. 

- Desde Alemania, Yo, Cristina F (Uli Edel, 1981) 
Duro relato sobre el efecto de las drogas en la juventud, sin concesiones ni adornos, casi documental. Basada en hechos reales, su crudeza no evitó que tuviera un considerable éxito de taquilla en Europa. Inspirada en la historia real de Christiane Vera Felscherinow, estas es una las películas más perturbadoras y descarnadas que han abordado la drogadicción en el cine, sobre todo si partimos de la base que aquello que nos cuenta está basado en el libro “Wir Kinder vom Bahnhof Zoo”, novela autobiográfica de la propia Christiane, quien narra su terrible adicción a la heroína a mediados de los años 70 en Berlín. 

Somos partícipes de cómo Cristina (Natja Brunckhorst), una adolescente de 14 años que vive con su madre y una hermana pequeña en un piso colmena en Berlín, desea escapar de esa realidad e ir al Sound, la discoteca más moderna de Berlín. Allí conoce a Detlev (Thomas Haustein), de quien se enamora, y con su pandilla de amigos entra a formar parte del trapicheo con drogas y su consumo, y quienes le dicen: “Dormirás todo lo que quieras cuando palmes”. Para integrarse en el grupo, finalmente Cristina prueba la heroína y, aún siendo consciente de su peligro, queda enganchada y comienza su espiral de degradación que le impulsará a prostituirse para poder pagarse los chutes. Y vivimos buena parte de esta historia alrededor de la estación del metro Zoologischer Garten, junto a sus pasos subterráneos y callejones traseros, la cual era la cuna de la mala muerte, el sexo y la drogadicción en la ciudad alemana en aquella época. Y todo ello con una fotografía granulada y un ambiente gris y opresivo, como las vivencias de nuestra protagonista. 

Son diversas las anécdotas alrededor de esta película. Uno es comentar que la verdadera Christiane Vera Felscherinow sigue siendo adicta a sus 59 años y ha recaído de varios intentos de rehabilitación, por lo que hay quienes se atreven a etiquetarla como la yonki más famosa de la historia. Otra es que Natja Brunckhorst, quien encarnó a la protagonista, tenía la misma edad que su personaje y, debido a la dureza de las situaciones que tenía que rodar, tuvo que disponer del visto bueno de sus padres. Porque realmente es una película y una historia en la que los propios espectadores también podemos sufrir un síndrome de abstinencia (con especial crudeza en esas imágenes de aplicación de tatuajes y venopunciones, y la progresiva degradación de una adolescente). 

Destacar la B.S.O. de la película, que es todo un homenaje a la música de David Bowie, icónica en aquella década de los 70 y quien hace un legendario cameo en la película. Sobresale su canción “Heroes”, canción nuclear, como lo fue después también de otra película de la que ya hemos hablado en Cine y Pediatría: Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012).  

- Desde Estados Unidos, Beautiful Boy. Siempre serás mi hijo (Felix Van Groeningen, 2018) 
Es la crónica sobre la adicción a la metanfetamina del adolescente Nic (Timothée Chalamet), y sus diversos intentos por superarlo, todo ello revisado a través de la amorosa (y dolorosa) vivencia de su padre David (Steve Carell), quien acaba observando impotente a su hijo mientras lucha contra la enfermedad de la drogodependencia. Y todo ello bajo la dirección y guion del belga Felix Van Groeningen, quien ya nos tiene acostumbrados a narrar con los sentimientos a flor de piel, y en Cine y Pediatría ya recordamos su Alabama Monroe (2012), otra historia donde, como en ésta, la música tiene también gran protagonismo.  

Basada también en una historia real, y en las memorias tanto del padre (“Beautiful Boy: A Father's Journey Through His Son's Addiction” de David Sheff) como del hijo (“Tweak: Growing Up on Methamphetamines” de Nic Sheff). La historia en la pantalla avanza hacia adelante y atrás para mostrarnos retazos de la infancia, adolescencia y juventud de Nic, y descubrimos que es el único y amado hijo del primer matrimonio de David, ahora ya padre de otros dos chicos con su segunda pareja. La historia nos cuenta una manera de caer en la adicción a pesar de contar con un respaldo familiar, económico y emocional, bien diferente a la que tuvo Cristina F. 

Por tanto, el director nos lanza la interesante apuesta de cómo una adicción se puede ir desarrollando en cámara lenta dentro una familia estable. Y vemos como comienza a tomar algunas caladas de porro con el padre, y hablan relajadamente de ello. Pero todo sigue avanzando y llega la confesión de Nic: “Creo que siempre me ha gustado. Todo. La marihuana, el alcohol, el éxtasis, la cocaína, el LSD, Y la metanfetamina solo unos meses… Cuando la probé me sentí mejor que nunca, así que seguí haciéndolo”. Con 18 años, David reintenta, una vez más, incorporarle a una clínica para terapia de deshabituación, donde el doctor le informa que el porcentaje de éxito oscila del 25 al 80% y le expresa “La recaídas son parte de la recuperación”, frase que deberá repetir demasiadas veces a partir de entonces. 

Nic sigue siendo el niño hermoso de su padre, pero las discusiones, robos y huidas continuas hacen flaquear la relación. Cuando David revisa el libro de dibujos y pensamientos, descubre lo que su hijo ha escrito: “Cuando descubrí las drogas, mi mundo cambió, de blanco y negro a tecnicolor”, “Cuanto más consumo, más cosas hago de las que me avergüenzo, así que sigo consumiendo para no tener que afrontarlo”, “Lo único que puedo es seguir adelante y no mirar hacia atrás”. Entonces, en lugar de luchar contra su hijo, se enfrenta a entender el problema de la adicción, y lo busca en expertos y consumidores, intentando asimilar las descripciones fisiológicas y médicas de los daños de la anfetamina sobre el cerebro y la personalidad. No faltan las terapias de rehabilitación y las charlas de Nic cuando intenta superarlo. “Quiero que mis padres se sientan orgullosos de mi”. Así como la vivencia de esos padres que llevan de luto mucho tiempo antes de que ocurra lo peor en esos hijos drogadictos en caída (y recaída) libre, y la desalentadora frase del padre: “No pienso que se pueda salvar a la gente…”

Destacar la B.S.O. de la película con música que va de Nirvana a David Bowie (de nuevo presente), de Massive Attack a Sigur Rós, de Neil Young a John Coltrane, de Perry Coma a la Londo Sinfonietta, y aquí como tema nuclear el “Beautiful Boy” de John Lennon, que da título a la película. Música muy presente, en ocasiones lisérgica para acompañar las vivencias de nuestros protagonistas, ese maravilloso dúo y sintonía actoral entre padre e hijo, entre Steve Carell (irreconocible entre sus habituales papeles cómicos) y un excelso Timothée Chalamet.

Y el colofón de esta película bien podría servir para llevarse una reflexión a casa: "La sobredosis de drogas es la principal causa de muerte de estadounidenses menores de 50 años. Mediante extraordinario esfuerzo y apoyo, Nic se ha mantenido sobrio durante 8 años, paso a paso. Aunque los Centros de Rehabilitación carecen tremendamente de suficiente financiación y regulación, hay algunos que están trabajando incansablemente en todas las comunidades para evitar esta epidemia. Existe ayuda para los que están luchando contra la enfermedad, para sus seres queridos y para los que están de luto".

Dos películas tan duras como necesarias, para "prescribir" en institutos y en la familia. 

 

sábado, 1 de mayo de 2021

Cine y Pediatría (590). “Kolya”, vínculos paternofiliales entre la primavera y el terciopelo

 

La estratégica posición de Checoslovaquia en el centro y este de Europa la convirtió durante cuatro décadas de la segunda mitad del siglo XX en uno de los epicentros de la Guerra Fría. Todo comenzó con un golpe y terminó de terciopelo, pasando por una primavera. Un recorrido donde la invasión rusa y el Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ) perdieron el monopolio del poder político 

Fue Checoslovaquia el último país en sumarse al bloque del Este, gracias al Golpe de Praga de 1948 apoyado por Stalin y que instaló a los comunistas en el poder. Esto tuvo en Occidente una gran repercusión, porque Checoslovaquia era el país más occidental de Europa en el plano geográfico, histórico y político, y se quedaba fuera del bloque capitalista. Tuvieron que pasar veinte años para que el gobierno reformista de Alexander Dubček intentara separarse de Moscú, pero los tanques soviéticos ocuparon el país, abortando lo que todos conocimos como Primavera de Praga de 1968 y que abarcó desde el 5 de enero, el día que Dubček fue elegido Primer Secretario del KSČ, hasta el 21 de agosto, cuando la Unión Soviética y otros miembros del Pacto de Varsovia invadieron el país para reprimir las reformas. Checoslovaquia entró en un período conocido como "normalización" y la Primavera de Praga influyó en 1970 en la conocida como Primavera Croata y una década más tarde, en la Primavera de Pekín. Y no debemos olvidar que la Primavera de Praga inspiró la prensa libre, pero también a la música, cine y literatura checoslovacas, incluyendo las obras de Václav Havel, Karel Husa, Karel Kryl o Milan Kundera (y su libro “La insoportable levedad del ser”). 

La Primavera de Praga fue uno de los capítulos de un año clave en todo el mundo, marcado por la tragedia y la agitación. Estudiantes en París en el Mayo del 68, Berkeley o Ciudad de México se habían levantado. Los asesinatos de figuras como Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy conmocionaron a muchos. La guerra de Vietnam estaba en un momento particularmente álgido y, poco después, Apolo 8 se convirtió en la primera astronave pilotada que orbitara la Luna. 

Y no sería hasta finales de los ochenta, en plena descomposición de los socialismos del Este, cuando la pacífica Revolución del Terciopelo de 1989, donde el dramaturgo (y político) Václav Havel logró terminar con el régimen comunista checoslovaco y transitar hacia una democracia liberal. Un elemento de las demostraciones de la Revolución de Terciopelo fue el tintineo de las llaves, mostrando apoyo, cuya práctica tenía un doble significado: simbolizaba la apertura de las puertas y era la forma en que los manifestantes decían a los comunistas, "Adiós, es hora de irse a casa"

La evolución política y las escisiones posteriores se iban a plasmar durante los siguientes años, así como un poderoso movimiento nacionalista secesionista que se tradujo en la independencia de la República Checa y la República Eslovaca en 1993. Václav Havel se convirtió en el primer presidente de la República Checa, mientras que en Eslovaquia fue Vladimír Mečiar el nuevo jefe de Estado. En 2004, ambos países ingresaron de forma conjunta en la Unión Europea y la OTAN. 

Y estos acontecimientos políticos, con epicentro en Praga, influyeron decisivamente en su medio cinematográfico. En los años 60 surgió la Nueva Ola Checoslovaca, cuyos miembros exploraron nuevos temas con un marcado estilo irónico y humorístico, aprovechando de denunciar la falta de libertades imperante. De este grupo surgieron directores como Věra Chytilová, Jiří Menzel y Miloš Forman, entre otros, muchos de los cuales sufrieron censura o exilio con la intervención soviética de 1968. Y es que, aunque la filmografía checa no es muy conocida, si reconocemos algunos de sus éxitos incluso en los Óscar: destaca Miloš Forman, mejor director con Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) y Amadeus (1984); pero también el Óscar a la mejor película de habla no inglesa para La tienda de la Calle Mayor de Ján Kadár y Elmar Klos en 1965, Trenes rigurosamente vigilados de Jiří Menzel en 1967 y Kolya de Jan Svěrák en 1996. 

Y hoy comentamos precisamente Kolya, una encantadora película ambientada en los convulsos momentos históricos previamente descritos y que creación de la dupla padre e hijo de Zdenek y Jan Sverák: el primero firmó el guion y protagonizó el filme, mientras que el último lo dirigió. El filme transcurre en Praga, entre los años 1988 y 1989, en plena ocupación militar soviética de Checoslovaquia y en los últimos años del régimen comunista de Gustác Husák. Y aquí conocemos a Franka Louka (Zdenek Sverák), un violoncelista cincuentón, soltero y mujeriego. 

Expulsado de la Sinfónica aparentemente por motivos políticos, Franka se gana la vida como músico de funerales, lo que no le alcanza para cubrir sus deudas. Su amigo, el sepulturero Broz, le ofrece un lucrativo plan: casarse por dinero con una intérprete rusa, Nadezda, para que ella obtenga la nacionalidad y la residencia checoslovacas. Tras las dudas iniciales, finalmente acepta, pero a los pocos días Nadezda aprovecha su nueva situación para huir a Alemania Occidental, dejando solo a su hijo de 5 años, Kolya (Andrey Khalimon) con la abuela. Pero cuando la abuela fallece al poco tiempo, Louka deberá hacerse cargo de su hijo adoptivo (no por un gesto de amor, sino por temor a ser encarcelado al fingir un matrimonio de conveniencias). Pero no le gustan los niños y no le gustan los rusos, mal inicio. “No pienso tener en casa a un niño ruso” también le dice la madre de Franka. 

Franka no habla ruso y Kolya no habla checo. Los dos se verán obligados a entenderse y a vivir juntos para salir adelante, surgiendo una dinámica peculiar y poco favorable al principio: el niño acompaña a su padrastro impostado a tocar en los funerales, pasando el tiempo entre féretros, cruces e instrumentos musicales, allí donde suenan piezas clásicas (y donde no podían faltar las notas de maestros checos como Smetana y Dvorak). Pero el egoísta Franka evoluciona, pasando de su intento dejar a Kolya bajo el cuidado de los servicios sociales a buscarle desesperadamente cuando éste se pierde en el Metro de Praga. Y, por ello, una de sus múltiples amantes le dice: “Eres menos egoísta de lo que imaginaba. Nunca pensé que cuidaras tanto al hijo de otra persona”. 

Y, quizás como era de esperar, ambos superan sus respectivas barreras: el niño aprende el idioma del adulto y el adulto aprende a compartir su vida con el niño, de forma que la peculiar existencia de Franka cobra sentido cuando descubre que el afecto es un valor que se puede y debe compartir con otros. Y por eso lucha para que Kolya no sea enviado a un orfanato ruso. Y cuando regresa Nadezda a recoger a su hijo, la semilla de la paternidad ya está sembrada en nuestro músico protagonista. Y con las nubes finales esta comedia dramática, impecablemente elaborada, nos hace sentir bien y nos deja esa metáfora de la ocupación soviética, donde dos pueblos que consideran enemigos mutuos aprenden a fraternizar. 

En suma, Kolya es un potente relato sobre el amor paternofilial, que transciende los vínculos sanguíneos. Es una historia sobre un acogimiento forzado entre un adulto y un niño, realizada con nobleza por un hijo (Jan Sverák, como director) y su padre (Szedenk Sverák, como guionista y actor principal). Un acogimiento forzado que ocurre durante la ocupación rusa de Checoeslovaquia (y varias escenas nos lo reflejan en esta película), aquella que va del Golpe de Praga a la Revolución del Terciopelo, pasando por la Primavera de Praga. Una película que nos manda el mensaje de que, aunque son muchas las causas de abandono de un menor y de su acogimiento, los vínculos se pueden (y deben) acabar creando a pesar de nuestras resistencias.

 

sábado, 20 de julio de 2019

Cine y Pediatría (497). "Ladrón de bicicletas", ladrón de infancias


Durante la posguerra italiana, un hombre que ha conseguido con dificultad un trabajo ve cómo, al serle robada su bicicleta, su futuro y el de su familia está en peligro. ¿Cómo es posible con este sencillo argumento crear una obra de arte? Preguntemos al Neorrealismo italiano

El Neorrealismo italiano apareció a mitad del siglo XX como consecuencia de la postguerra y de la necesidad: al estar los estudios Cinecittà destruidos por los bombardeos, los directores de cine sacaron las cámaras a las calles destruidas rodando lo que veían y utilizando frecuentemente actores no profesionales, con lo que cambió radicalmente la forma de hacer cine. Se inició en 1945 con Roma, ciudad abierta, una obra maestra de Roberto Rosellini y cuenta con otras grande películas como El limpiabotas (Vittorio de Sica, 1946), La terra trema (Luchino Visconti, 1948), Juventud perdida (Pietro Germi, 1948), Vivir en paz (Luigi Zampa, 1948), Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949), La Strada (Federico Felini, 1954) o El empleo (Ermanno Olmi, 1961). En estas películas quedó reflejado, como un auténtico documento histórico, la Italia triste y hambrienta de la postguerra, cine denuncia de las condiciones de vida miserables y en el que desaparecen los finales felices.

Ya en Cine y Pediatría hemos compartido una película de este movimiento, Alemania, año cero (Roberto Rosellini, 1948), película que subtitulamos como el deterioro moral de la infancia.  Pues del mismo año, y quizás con un subtítulo que podría ser similar, aparece otra joya de este movimiento, la película que hoy nos convoca: Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), película que supuso el lanzamiento al estrellato de su apenas conocido director, Vittorio De Sica y, más importante aún, la definitiva consagración del Neorrealismo italiano en el contexto cinematográfico internacional. Y una joya testimonial, cuya narración es perfectamente clásica y cíclica: nuestro protagonista sale de la multitud anónima en la primera secuencia y vuelve a ella al final, todo ello fotografiado en un crudo blanco y negro - como la realidad que describe -, casi en tono documental, en un escenario de la posguerra lleno de personajes que, perdidos en su anonimato, impregnan sus carencias por las pobladas y vívidas calles romanas. Película escrita por Cesare Zavattini y De Sica, con un grupo de colaboradores, se basa en la novela de 1946, “Ladri di biciclette” de Luigi Bartolini. Junto con “El limpiabotas” (1946), “Milagro en Milán” (1950) y Humberto D” (1952), el film compone la tetralogía que De Sica y Zavattini dedican a la realidad italiana (por extensión europea) de la posguerra.

La acción tiene lugar en Roma en 1948, a lo largo de unos pocos días, si bien hay escenas que transcurren casi en tiempo real. Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani), en paro desde hace más de dos años, consigue a través de la oficina de empleo de su barriada, Città Valmelaina, un empleo municipal de fijador de carteles. Pero para ello se le exige que debe disponer de bicicleta, la cual había empeñado hace poco para poder dar de comer a su familia. Antonio vive con su mujer María (Lianella Carell) y con su hijo de 6 años, Bruno (Enzo Staiola). Y a partir de ahí la bicicleta se convierte en santo y seña de la historia, verdadero elemento nuclear para adentrarnos en esta familia y en esta sociedad de postguerra italiana.

En la primera jornada de trabajo padre e hijo se levantan de madrugada y salen juntos de casa. El padre a su labor, pero el hijo también acude a trabajar como recadero a una estación de gasolina. Poco después de iniciar su primera jornada laboral, roban al descuido la bicicleta de Antonio. Y a partir de ahí la película se convierte en una desesperada búsqueda de padre e hijo por la Roma de postguerra, de Piazza Vittorio a Porta Portese, de centros de acogida a casas de videntes, entre prostíbulos y barrios del hampa, porque esa bicicleta es mucho más que un medio de locomoción, es el medio que les permite mantener un trabajo y salir adelante como familia: “Era una Fides. Modelo ligero 1935”, dice Bruno. Y el amigo que les ayuda en la búsqueda por el mercado les dice: “Mejor, así dividimos el trabajo, porque aquí se desmonta todo… Vosotros dos ocupaos de las ruedas. Tú, de los cuadros, y el chaval de los bombines y de los timbres… Buscaremos pieza por pieza, y después las juntaremos todas”. Y en su angustiosa búsqueda compartimos su angustia. Y en su recorrido, ellos viven (y nosotros somos espectadores) de una cruda realidad social…

Una cruda realidad social en la que los niños trabajaban, sin acudir a la escuela. En la que los padres levantaban la mano a sus hijos: “¿Por qué me has pegado?”, dice Bruno. “Porque te lo merecías”, contesta el padre. Una visión de malos tratos sistemáticos contra la infancia, que incluye los castigos y las amenazas, en un contexto de unión de padre e hijo, como la que tienen Antonio y Bruno: “No pareces un padre… Se lo diré a mamá en casa”, a lo que el progenitor contesta, “En casa haremos las cuentas”. Y que incluye ejemplos no propios de su edad, producto de una filosofía de la vida muy diferente a la actual: “Estamos martirizándonos cuando vamos a morir de cualquier forma”, dice el padre cuando invita a su hambriento hijo a una pizza. “Vamos a olvidarlo todo. Vamos a emborracharnos… Todo tiene remedio, menos la muerte”, le dice sin conciencia, espero, en esa escena del restaurante, donde Bruno no sabe utilizar el cuchillo y tenedor y se fija en el niño de buena clase de al lado, y es cuando Antonio le explica: “Para comer como aquellos de allí, tendríamos que ganar al menos un millón al mes… Come, come, no lo pienses”.

Porque, utilizando como excusa una sencilla historia, la película nos presenta un detallado retrato de la Roma de 1948, cuando habían transcurridos tres años desde la finalización de la II Guerra Mundial. Y vamos transitando por esos barrios derruidos entre las colas del paro y la desesperanza de los parados, entre la presencia en las calles de mendigos y descuideros, entre vendedores furtivos y casas de empeños, entre las colas para tomar el trolebús y las colas de los comedores de caridad, entre prostitutas de verdad y videntes de medio pelo, entre carteles del Giro de Italia y espectadores de fútbol, etc. La narración está hecha con ánimo más documental y testimonial que reivindicativo, pero las imágenes, directas y sinceras, dan testimonio de un país arruinado por la guerra, azotado por la miseria y paralizado por la incapacidad de las instituciones públicas. Y dan testimonio de los hijos de la guerra. Las malditas guerras y su pobreza…, ladrones de infancias.

La autenticidad y realismo que animan esta película son posiblemente las causas por las que éste conserva su frescura y su fuerza, más de 70 años después de su estreno. Una historia es sencilla, simple, casi minimalista, pero directa, conmovedora e intensa; intérpretes no profesionales y creíbles; la fotografía en crudo blanco y negro de Carlo Montuori; una melancólica banda sonora de Alessandro Cicognini, a través de la cuerda y viento, con melodía a cargo del clarinete. Y la dirección de actores de Vittorio de Sica, con ese dueto inolvidable, Lamberto Maggiorani y Enzo Staiola, padre e hijo. 

Y este padre e hijo nos regalan escenas épicas en su búsqueda, como las carreras entre la lluvia y los mercados, la consulta a la vidente, la persecución del ladronzuelo afecto de epilepsia tipo gran mal,… pero sobre todo las escenas finales. Ese padre e hijo sentados en la acera, abatidos y con la reconocible divagación del padre cuando no hay salida. Y todo se precipita ante los ojos atónitos y doloridos de su hijo: esos hijos que sufren todo el mal de los adultos y de la sociedad que les toca vivir… y su grito “¡Papá!, ¡papá!” resuena en nuestro corazón… “Menudo ejemplo para tu hijo, ¡qué vergüenza!”, oyen entre el tumulto que se abalanza. Y ese increíble final con lágrimas en los ojos y las manos de padre e hijo, juntas. Algo así como la simplicidad de las obras de arte. Tan amarga como hermosa. Porque la pobreza es un gran ladrón de infancias.

Ladrón de bicicletas es un hito del cine mundial, uno de los máximos exponentes del denominado neorrealismo italiano y una joya testimonial. El Neorrealismo italiano es importante para el nuevo curso del cine europeo, que a partir de esos momentos volverá su mirada hacia la realidad con nuevos ojos. Las influencias no se hacen esperar en este continente ni en otros directores, pues su sombra e influencia es muy alargada; así, películas como El camino a casa (Zhang Yimou, 1999) y Niños del cielo (Majid Majidi, 1998) se convierten en pequeñas obras maestras con tendencias neorrealistas, donde historias minimalistas sirven para describir la realidad de un contexto. Historias simples, relatos muy humanos donde el tema del amor se hace balsa de salvación ante la adversidad para la infancia.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Cine y Pediatría (462). “Tu hijo”, al que crees conocer y no conoces


Sevilla tiene un color especial… es una expresión bien conocida que nos sitúa en el color, el calor y la fiesta que abarca de su Feria de Abril a su Semana Santa. Pero el color especial de esta película del año 2018 del sevillano Miguel Ángel Vivas es otro, es el color de la noche, de las luces de neón, de los días grises y las noches espectrales, con la frialdad que va del las luces blancas de un quirófano a las luces rojas de una discoteca poligonera.  Su título, Tu hijo.  Y no te dejará indiferente.

Y así es como conocemos al Dr. Jaime Jiménez (José Coronado), quien se despereza en la cama tras haber dormido durante todo el día. Conduce bajo la lluvia que mueve el parabrisas mientras la radio suena en el vehículo y se dirige al hospital. Allí se lava brazos y manos bajo un fuerte chorro de agua, antes de ir al quirófano. Después pasa la noche de guardia, visitando a sus pacientes, reconfortando a los familiares. Al amanecer se fuma un cigarrillo él solo en la azotea del hospital, a la que tanto regresa. Luego regresa a su casa donde le espera Marcos (Pol Montañés), su hijo mayor adolescente, para correr por la vereda del Guadalquivir, denotando una buena complicidad padre e hijo. Y al terminar desayuna, saluda a su mujer y felicita a su hija Sara (Asia Ortega) por haber ganado un concurso de fotografía, antes de acostarse hasta que comience una nueva jornada. La noche siguiente tendrá complicaciones por un niño ingresado tras una operación. El padre gitano yonqui le dice: “¿Usted tiene hijos? Entonces sabe que eso es imposible: no hacer nada”… y esas palabras serán premonitorias. Casi todo vuelve a la normalidad, hasta que llega un nuevo paciente en coma, tras recibir una paliza. Jaime quiere hacer algo, pero la doctora de guardia lo echa del quirófano. El herido de gravedad es Marcos, su hijo, en estado de coma tras recibir una paliza en manos de otros chicos. Termina la rutina, empieza la pesadilla. 

Y es así como en su quinta película, y después de Extinction (2015) e Inside (2016) - dos largometrajes rodados en idioma inglés con repartos formados por actores norteamericanos junto a otros españoles -, Miguel Ángel Vivas regresa a su Sevilla para situar tanto al personaje protagonista como al público, en posiciones demasiado incómodas. Porque Tu hijo se presenta como una adaptación española del típico filme de venganza norteamericano en que un hombre justo y de vida ordenada acaba convertido en un (anti)héroe de acción para defender, salvar o vengar a su familia. Así, José Coronado encarnaría una variante de esos personajes que no se cansan de interpretar Mel Gibson en Ransom (Ron Howard, 1996), Michael Douglas en Ni una palabra (Gay Fleder, 2001) o Liam Neeson en Venganza (Pierre Morel, 2008). Porque en vistas de que nadie persigue a los responsables del estado de su hijo, él mismo decide tomar cartas en el asunto.

Y para interpretar a este padre coraje, José Coronado se desnuda con un papel muy difícil, tan cercano a nuestra propia impotencia, transitando del dolor a la acción, de la bondad a la cobardía, de la ira a la perplejidad, del error al abismo en un camino sin retorno: el de la venganza. El fin justifica los medios y se convierte en un lobo solitario en busca de sus presas en este western nocturno de la cotidianidad, como un animal herido rodeado de los reflejos de las luces nocturnas, la frialdad metálica del entorno, los rostros desenfocados de los transeúntes. Y para ello se vale el director de un buen manejo del plano secuencia, de los primeros planos de nuestro protagonista, del uso expresionista de la iluminación nocturna, y del uso de una música con registros jazzísticos, recursos todos que acompañan a Jaime en su sed de venganza, con referencias claras a Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), como una forma de plasmar la progresiva alienación del protagonista encerrado en su idea. Y es cuando Jaime le dice a su hija, “Esto no está siendo fácil para ninguno” y Sara le contesta: “Eso no es lo que me preocupa. A ti no te he visto llorar”.

Y aunque la película no está basada en hechos reales, es tan real como la vida misma. Y la prueba es la eterna presencia de los móviles y la costumbre tan patológica de grabarlo todo por parte de los jóvenes, pero especialmente las malas acciones, aquellas que nos hace dudar en ocasiones de nuestra condición de homo sapiens. Y dos grabaciones de esos móviels son claves en esta película: la de la paliza colectiva a Marcos por parte de un grupo de chicos a la salida de la discoteca y la de la violación de una chica. Dos vídeos tan duros como faltos de razón, dos vídeos donde el ojo por ojo solo nos lleva al abismo de la venganza, un horizonte sin horizonte.

Pero Tu hijo no es una película de venganza al uso, es mucho más: es una denuncia al maltrato de género, a la violencia juvenil, a la desigualdad social, a los errores en cadena y la pérdida de esa segunda oportunidad de la vida. También una reflexión a la falta de comunicación de los padres con los hijos: porque en otra época los padres eran los referentes de sus hijos, ahora se suplen en ocasiones con los “influencers”; porque ahora muchos padres nos refugiamos en nuestros trabajos para ser los mejores profesionales y llega un día que nos damos cuenta de que no conocemos a nuestros hijos, como Jaime se da cuenta de que no conocía a Marco y a Sara.

En Tu hijo, José Coronado vuelve a protagonizar un 'tour de force' dramático en un filme con tintes de 'thriller'. Y es que este actor madrileño envejece como el buen vino, y ya se encuentra entre los mejores intérpretes patrios contemporáneos. Y ha sido Enrique Urbizu el que le ha sacado el mejor bouquet en su papel de duro impasible: primero lo hizo en el año 2002 con La Caja 507 y repitió en el año 2011 con No habrá paz para los malvados, aquí con Premio Goya al mejor actor, distinción que es posible que dispute este año con este papel de padre que maaata por su hijo…

Películas de padres justicieros hemos visto muchas, pero no como esta, porque películas con este color especial de Sevilla, pocas. Porque Tu hijo es una obra que debe dar que hablar a la salida del cine, que tiene su prefiguración, su configuración y su refiguración. Y se merece una reflexión sobre el por qué todos podemos ser animales, explotar, ser injustos. O quizá no, si conociéramos mejor a nuestros hijos.

Y ya de paso que nos sirva para reflexionar sobre las enseñanzas maya que me enseñaron este verano, la sanación a través de cuatro inhalaciones, dos fáciles de conseguir (amar y perdonar) y dos no tan fáciles de lograr (olvidar y dejar ir). Y algo así sentimos en el Dr. Jaime Jiménez/José Coronado.

 

sábado, 6 de octubre de 2018

Cine y Pediatría (456). “Little Boy”, todo por su padre


Hoy finaliza el XV Curso Internacional de Pediatría que se está celebrando en la capital de Yucatán, en la blanca Mérida. Y con ello es el cuarto año seguido que los amigos pediatras de México me invitan a participar en sus eventos científicos: y así fue en el año 2015 en Monterrey, en el año 2016 en Puebla, en el año 2017 en Mérida y ahora nuevamente aquí, repetimos en la tierra de los mayas. Siempre aportamos varias ponencias, científicas principalmente, pero la que no falta en cada una de estas fiestas académicas es la ponencia relacionada con Cine y Pediatría, cada una diferente y como años previos ocurriera en Cartagena de Indias (2012 y 2014) o Mar del Plata (2013).

Por tanto, son ya 7 libros de Cine y Pediatría que coinciden con siete años presentes con los pediatras de Latinoamérica, colegas absolutamente sensibles y permeables a esta “oportunidad para la docencia y la humanización en la práctica clínica” que es nuestro proyecto. Lo que se dice una experiencia mágica alrededor del cine y de la infancia, una bonita historia de amistad con la Pediatría de telón de fondo, como mágica es la película y la historia que hoy nos convoca, una película mexicana que narra una historia familiar épica, donde la magia y la realidad se confunden: Little Boy (Alejandro Monteverde, 2015). 

Little Boy es la historia de la familia Busbee, quienes viven en la década de los 40 en el pequeño pueblo pesquero de O´Hare, California. Una familia cohesionada formada por un padre soñador que tiene un taller mecánico (Michael Rapaport), una madre realista y hacendosa (Emily Watson), London, el hijo adolescente y el hijo pequeño (Jakob Salvati), Pepper Busbee, a la postre nuestro protagonista y narrador. Y así comienza: “Tengo 8 años. Pero mi historia comienza el día que conocí a mi padre. Mi único amigo. Mi socio”. Y eso ya nos sitúa en lugar, fecha y tema: las relaciones familiares, especialmente las relaciones padre-hijo. Y con ello Little Boy se sitúa a mitad de camino entre tres películas que ya forman parte de Cine y Pediatría: entre Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), más por el fondo, y El extraordinario viaje de T.S. Spivet (Jean-Pierre Jeunet, 2013), más por la forma, pasando por la visión edulcorada de El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), por esa visión que tiene un niño al que le cuesta crecer de un trasfondo bélico.

Pepper Busbee, debido a su baja estatura (nació pequeño y mantiene un hipocrecimiento armónico no filiado), sufre las molestias y burlas continuas del resto de niños del pueblo, que le llaman enano. Y todo el mundo le conoce con el apodo de “Little Boy”. Es por ello que el único amigo – y refugio - de Little Boy es su padre James, con el que cada día parece una aventura, quien le hacía creer que tiene los poderes del mago Ben-Eagle, y con el que tenía un lema común: “¿Crees que puedes lograrlo?”.

El mundo de Little Boy se derrumba cuando su padre es reclutado como soldado para ir a la Segunda Guerra Mundial y tiene que combatir en Japón. Entonces intenta hacer todo lo que puede para que su padre regrese, y por ello pretende aumentar su fe y entre las obligaciones que le pone el Padre Oliver (Tom Wilkinson) es que cumpla los actos de caridad de la Lista Ascentral (la de dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, darle hogar al necesitado, visitar al enfermo, visitar a un prisionero, etc.), pero a la que añade hacerse amigo de Hashimoto (Cary-Hiroyuki Tagawa), un japonés que vive en la comunidad, pero que comienza a ser rechazado por representar la cara del enemigo en el conflicto bélico que Estados Unidos tenía en ese momento. Y el niño dice “Está bien. Lo haré… con tal de poder traer a mi papá de regreso”. Y a partir de ahí surge una especial amistad entre Pepper y Hashimoto, una amistad que nos recuerda a la de Gran Torino (Clint Eastwood, 2008), pero cambiando los papeles: ahora es el adulto oriental el que ayuda al niño occidental. Y con la ayuda de Hashimoto, nuestro pequeño logra cumplir la Lista Ancestral mucho antes de lo que hubiera imaginado. Y le regala buenos consejos a Pepper: “Ponte de pie. No te midas de la cabeza al suelo. Mídete de la cabeza al cielo. Eso te convierte en el niño más alto de todo el pueblo”.

E inspirado por su héroe de cómic, Little Boy está convencido que puede lograr con su magia lo imposible: traer a su padre de vuelta a casa. Y al igual que su gesto logró provocar un terremoto - la pura coincidencia se alió como un mensaje -, cada día y frente al mar que apuntaba a Japón, intenta con su gesto parar la guerra, paso previo para que su padre (y tantos padres) regresen al hogar. Y la paz llega con un hecho tan dramático que nadie olvida, ni la Historia ni nosotros: la bomba de Hiroshima Y esta bomba que provocó una gran destrucción un el 6 de agosto de 1945 tenía por nombre “Little Boy”, nueva coincidencia que hizo que el pueblo le atribuyera el milagro a nuestro pequeño Pepper. Esta escena y giro de guión ha sido reprobado en ocasiones por jugar con un hecho tan doloroso y emular un milagro.

Pero faltaba por cumplir una misión de la Lista Ancestral, la misión de enterrar a los muertos… Y aunque había esperanza de que el padre prisionero de guerra volviera, no fue así, y es enterrado simbólicamente. Pero un giro de guión permite que la Lista Ascentral diera su resultado y se obrara el milagro, con distintas interpretaciones: “El padre Oliver dijo que Dios fue responsable del regreso de mi padre. Hashimoto dijo que fue la voluntad de mi padre por vivir. ¿Y yo? Yo seguía aferrado a mi semilla de mostaza porque el trayecto aún no había terminado”. Y es que entre la amistad del padre Oliver y su amigo Hashimoto hay un atisbo de intentar relacionar la fe católica con la filosofía oriental de la vida… y ambos intentan ayudar a nuestro pequeño protagonista.

Little Boy es una película que juega con las coincidencias, como juega con los sentimientos de los espectadores. Un juego que no gusta a todos los críticos cinematográficos como obra de arte (pese a la buena ambientación - filmada en Rosarito, Tijuana y otras localidades de Baja California –, y detalles técnicos como la música y fotografía), aunque quizás sí como película de cine familiar, con esos valores tan denostados como son las historias de superación, donde la fe y el amor, permiten luchar siempre hasta el final.

Fe, amor y esperanza hechos cine en Little Boy es lo que nos quiere regalar Alejandro Monteverde, con guión de su colaborador habitual, el productor Eduardo Verástegui, que tras Bella (2006) nos vuelven a proponer un cine de calidad vital, cine de sentimientos y de valores...Y no son tantos los que se atreven, aunque sean pocos los que consiguen una obra redonda.

Y es que muchos de los llamados críticos de cine pueden aceptar que el cine se utilice como cloaca (películas que traten temas reales, pero no positivos para la convivencia humana, con violencia gratuita, muertes con toque gore, sexo con manipulación de la mujer, etc.), pero no como púlpito (película con valores para la convivencia, incluida la fe, incluida la religión). Y quizá por ello una película tan sencilla como Little Boy da lugar a críticas polarizadas porque la fe, el amor y la esperanza en las familias se considera en el límite de lo pastelero, por exceso de sentimiento. Yo no soy crítico de cine, pero el cine tiene tanto derecho a mostrar la violencia de unas personas como la fe de otras. Y Little Boy tiene derecho a intentarlo todo por su padre… como algunos lo haríamos. Como lo haría la Dra. Maitte de la Ossa, alma del XV Congreso Internacional de Pediatría, a quien dedico esta película - como a todos los colegas del Colegio de Pediatras de Yucatán -, pues ella sabe bien de qué trata la vida.