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sábado, 12 de julio de 2025

Cine y Pediatría (809) “Perros de presa”, el señor de las SS

 

Las filmografías poco conocidas siempre son un descubrimiento en Cine y Pediatría. Y es curioso que tras superar las 800 entradas (y, posiblemente, más de mil películas) en Cine y Pediatría, solo una película tenga la nacionalidad polaca: Playground (Patio de recreo) (Bartosz M. Kowalski, 2016), una película basada en hechos reales que nos saca de nuestra zona de confort alrededor del último día de colegio de tres preadolescentes de 12 años y ese lado oscuro de la infancia.  Es cierto que otras dos películas estadounidenses en Cine y Pediatría cuentan con directores polacos: La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968) e Hijos de un mismo Dios (Yuran Bogayevicz, 2001). La última película en relación con las secuelas de la Segunda Guerra Mundial en la infancia, una de las grandes secuelas de este país. Y también este es el tema de nuestra película de hoy, la segunda de nacionalidad polaca en nuestro proyecto, y donde también se nos muestra un lado nada luminoso de sus protagonistas infantiles: Perros de presa (Adrian Panek, 2018). Porque en ese universo trillado del cine de nazis que prácticamente ocupa un espacio propio dentro del género bélico y dramático, empiezan a hacer falta nuevas visiones, que adapten la historias a terrenos más imaginativos, que alejen en parte ese fantasma de lo repetitivo. Buenos ejemplos ya revisados son Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), o Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), entre otras muchas.       

La trama de Perros de presa comienza en febrero de 1945 en el campo de concentración de Gross-Rosen, conocido por el tratamiento brutal de los presos, y que llegó a tener en su apogeo hasta 60 subcampos, situados en el este de Alemania y en la Polonia ocupada. Aquí nos sitúa en el subcampo de Wolfsberg y apreciamos cómo maltratan a los prisioneros antes de abandonarlos y que entren las tropas del Ejército Rojo para liberarlos. Entre estos presos se encuentran ocho niños y niñas judíos de diferentes edades, quienes terminan refugiados en una enorme mansión, un orfanato abandonado en mitad del bosque sin agua ni luz, y que será básicamente el único escenario. Un nuevo retrato sobre esos menores víctimas del nazismo, algo que ya es un género en sí mismo (La vida es bella, El niño del pijama de rayas), en el que convergen los mecanismos de disputa por el poder y el liderazgo de El señor de las moscas (Peter Brook, 1963) con la fantasía alegórica de Cujo (Lewis Teague, 1983) película basada en la novela de Stephen King sobre un San Bernardo rabioso que aterroriza sistemáticamente a todo un vecindario, o Cuerdas (José Luis Montesinos, 2019), película española alrededor de una niña tetrapléjica y su perro pastor belga. El trauma sociohistórico se encierra en un microcosmos y se carga sobre los hombros de unos menores inocentes que tienen tanta hambre como las fieras que les acechan, curiosamente perros y no lobos, perros entrenados por las SS para cazar prisioneros. “Comeremos con cubiertos, como las personas normales”, instruye Hanka, la mayor entre un grupo de niños de aspecto famélico.  

Toda una fábula de terror con tintes de thriller de supervivencia y coming of age sobre los efectos de la crueldad en la psique humana. Niños y adolescentes con demasiadas cicatrices físicas y psíquicas tras lo vivido, como esa niña pequeña que dejó de hablar o ese adolescente obsesionado con el hallazgo de un cadáver. La cuidadora del orfanato nos dice: “Si los chicos pasan hambre, se matarán entre ellos”. Porque este grupo de jóvenes ha sido liberado de uno de estos campos nazis gracias a la intervención de los soldados soviéticos, y tienen que buscarse la vida en medio del bosque, donde encontraran un viejo orfanato abandonado y allí tendrán que salir a delante. Muchos de los adolescentes entraron en los campos de concentración cuando eran niños, después de separarlos de sus familias y allí lo único que han conocido ha sido la violencia y el horror. Todavía se encuentran en estado de shock e incluso ninguno de ellos se ha quitado la ropa que llevaban cuando estaban presos. El verdadero problema llega cuando se encuentren con un grupo de perros salvajes abandonados por los nazis poco antes de que terminara la guerra y contra los que tendrán que luchar. “¿Los oficiales de las SS se han convertido en lobos?”, pregunta uno de los pequeños. Y los chicos gritan “¡Arriba! ¡Abajo!”, expresiones que antes los nazis les gritaban a ellos y ahora son ellos los que ordenan a los perros a los que acaban de tener a su lado… en lo que para muchos es una alegoría del nazismo. Porque, lo que comienza como un proceso de recuperación de la infancia arrebatada, se transforma en un delirio terrorífico en el que el Holocausto vuelve a llamar a las puertas de estos niños y niñas, reconvertido ahora en una jauría de perros rabiosos que dibujan con su hambre insaciable la más violenta metáfora sobre las heridas de la Segunda Guerra Mundial. 

Perros de presa es una acusación implícita sobre cómo la barbarie del mundo adulto (la guerra, los campos de concentración) es la que ha "creado" a estos niños y niñas, allí donde se nos subraya cómo la iniquidad humana se proyecta y deja cicatrices profundas en las generaciones futuras, convirtiéndolos en víctimas y, en cierta medida, en reflejos distorsionados de la crueldad que sufrieron. Y cómo están sometidos a un doble peligro, el externo representado por los perros símbolo implacable de la crueldad de la guerra que los persigue, y el interno, esa brutalidad que se ha infiltrado en los propios menores, la pérdida de su inocencia y la facilidad con la que pueden ceder a sus instintos más primarios. Es una advertencia sobre cómo el mal externo puede corromper el interior, y por ello Perros de presa viene a ser el señor de las SS. 

Decir que para llevar a cabo esta película, su director, Adrian Panek incumplió las dos reglas que decía Hitchcock sobre nunca trabajar con animales o niños.

 

sábado, 22 de marzo de 2025

Cine y Pediatría (793) “El tren de los niños”, las madres del sur y las madres del norte

 

La iniciativa “Treni della felicitá” surgió entre 1945 y 1952, una época en la que Italia se recuperaba de toda la destrucción que había dejado la Segunda Guerra Mundial. El sur del país había sido el más golpeado, pues a la pobreza y la falta de empleo se sumaba la escasez de alimentos. Ante esta situación, el Partido Comunista Italiano y la Unión de Mujeres Italianas idearon estos Trenes de la felicidad, cuyo objetivo era trasladar a los menores del sur de Italia al norte, donde serían acogidos por familias que les brindarían educación, alimentación y alojamiento. Toda una experiencia sociológica en Italia que llegó a afectar a unos 70.000 menores que fueron trasladados en estos trenes. Y esta historia tan particular fue reflejada en el libro de Viola Ardone, “Il treno dei bambini”, publicado en 2019 y convertido en un superventas, por lo que la todopoderosa Netflix no ha desaprovechado la oportunidad en convertirlo en película: El tren de los niños (Cristina Comencini, 2024). 

Y es que las guerra y postguerras son siempre un filón para el séptimo arte, y ello es especialmente marcado alrededor de la Segunda Guerra Mundial y su relación con la infancia, tal como ya hemos visto en Cine y Pediatría con películas de diversas nacionalidades: Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), Juego prohibidos (René Clément, 1952), El diario de Anna Frank (George Stevens, 1959), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), El niño y el muro (Ismael Rodríguez, 1965), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), Masacre, ven y mira (Elem Klimov, 1985), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), Napola, escuela de élite nazi (Dennis Gansel, 2004), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010), Lore (Cate Shortland, 2012), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), El viaje de Fanny (Lola Doillon, 2015), La infancia de un líder (Brady Corbet, 2015), Una bolsa de canicas (Christian Duguay, 2017), Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019) o Los niños de Windermere (Michael Samuels, 2020).                      

Y hoy, con El tren de los niños, la película nos muestra el sacrificio que hicieron miles de madres y padres, quienes tuvieron que dejar ir a sus hijos porque apenas podían criarles en un contexto lleno de miseria, así como la solidaridad de las familias que los recibían. Y la historia comienza presentándonos a Amerigo Benvenutti, un solista de violín preparado para un concierto en el año 1994. Una llamada de teléfono le comunica que ha muerto su madre y durante el concierto regresan sus recuerdos al Nápoles de 1946, una ciudad tras los estragos de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Ahora conocemos a Amerigo Speranza, de 8 años (Christian Cervone), quien acude con su madre Antonietta (Serena Rossi) a la sede del Partido Comunista, donde explica que está sola porque su marido marchó a trabajar a América, que el hermano menor de 3 años falleció de asma y que es el único hijo que le queda. Allí le dan información para enviarlo en ese tren con otros centenares de menores… y, a partir de ahí, esa madre recibe presiones a favor y en contra de todo el vecindario, también de las monjas: “Los niños no son ni de sus madres ni de sus padres. Son hijos de Dios”. Pero la vida que le espera a Amerigo, en las aventuras con sus amigos Tomassino y Mariuccia, se rodea de pobreza, hambre, suciedad, estraperlo y buscarse la vida entre la miseria. 

Finalmente decide enviarle en ese tren que viaja al norte. Los niños van numerados e identificados, y en la estación del tren algunos vecinos expresan el temor por su futuro (incluso temen que les vayan a meter en hornos crematorios, recordando el holocausto previo), pero también a favor: “¡Los van a alimentar y a cuidar! ¿A cuántos niños se han llevado ya el tracoma, el reumatismo o el cólera? Pensad en ellos. En su futuro. No les robéis esta oportunidad a vuestros hijos. Esta es otra batalla contra el hambre. Si no pensamos nosotras en nuestros hijos, no lo hará nadie”. Y en el tren lleva escrito este mensaje: “Los niños de Nápoles dan las gracias a las mamás de Módena”. Y al llegar a la estación de destino les reciben con todos los honores y banda de música y mensajes esperanzadores: “Ni norte ni sur. Solo existe una Italia”. Allí llegan los padres adoptivos del norte, y al último que eligen es a Amerigo, quien se va con una ex partisana que vive sola, Derna (Barbara Ronchi), quien no se muestra muy entusiasmada, pues ella sabe de política y sindicatos, pero no de niños. Una bella mujer que viste de negro por haber fallecido su amor revolucionario asesinado por los fascistas. Y Amerigo sigue guardando la manzana que su madre le dio al partir, aunque ella le decía que él era un castigo de Dios. 

Las cosas no son fáciles inicialmente para Amerigo, al que, por ser de Nápoles, le dicen en el colegio que huele a pescado. Pero el tiempo juega a su favor, la relación con Derna se hace con el tiempo más maternal y también acaba integrándose en la familia de Derna, donde el hermano de ésta le introduce en la música del violín, instrumento que le regalan con su nombre el día de su cumpleaños. Y es su valor más preciado que lleva de regreso a Nápoles, pasado unos meses, donde su madre le dice que debe empezar a trabajar de ayudante en una zapatería y una vecina le recuerda: “Niño, a tu madre nunca le han dado cariño. Por eso no sabe darlo. Pero ella te ha cuidado siempre. Pues ahora que eres mayor, debes cuidarla tú”. 

Amerigo añora su vida en Módena y la música, pero su madre ha empeñado su violín para conseguir comida. Porque su madre biológica tiene celos de la madre del norte y le oculta que aquella le ha enviado cartas y comida. Y cuando descubre esto, nuestro protagonista regresar a Módena  en busca de su madre del norte (porque para él la madre del sur ha muerto ya). Y su madre verdadera decidió no ir en su busca, pues pensó que era lo mejor para él… y Amerigo cambió su apellido de Speranza a Benvenutti. 

Y cuando Amérigo regresa de adulto a Nápoles al entierro de su madre, allí debajo de la cama encuentra su violín, que la madre desempeñó de nuevo. Un final algo inconcluso que cabe cerrar, con esa dedicatoria final: “A los niños y a las madres de todas las guerras”. Porque ese regreso de Amerigo adulto a su ciudad y su casa simula el de otra película italiana emblemática, cuando el Totó adulto regresa a su pueblo y su cine en Cinema Paradiso. Dos adultos de éxito que recuerdan con añoranza su infancia y lo que les hizo llegar a lo que son. 

La directora italiana Cristina Comencini nos brinda una hermosa película sobre el amor de madre enmarcada en una historia que marco cientos de infancias en plena Segunda Guerra Mundial. Una historia con tres protagonistas, Amerigo (de niño apellidado Speranza, de adulto apellidado Benvenutti), su madre biológica del sur, Antonietta, y su madre adoptiva del norte, Derna, con ese viaje de ida y vuelta, y ese violín que fue la afición y el oficio de nuestro protagonista. Una Italia de posguerra donde prima la pobreza y desigualdad, pero donde la iniciativa de los Trenes de la Felicidad son un ejemplo de solidaridad y empatía entre regiones italianas. Y esta historia nos adentra en el desarraigo de estos niños y niñas al separarse de su entorno familiar, la lucha por adaptarse a una nueva realidad y construir su propia identidad, bien mezclado con la inocencia infantil y el amor maternal, tanto el de las madres del sur como el de la madres del norte.

 

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine"

 

En el pasado mes de julio tuve la oportunidad de participar como ponente en el 41 Congreso Nacional de Pediatría celebrado en México y lo hice con un tema siempre doloroso y siempre de actualidad, ahora más con la visibilidad que los telediarios dan a la guerra entre Rusia-Ucrania y entre Israel-Gaza (pero sin olvidar que hay más de una treintena de guerras activas en el mundo y acalladas).  El título fue "Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine".

Porque la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Este tema fue el motivo nuclear de presentación de nuestro último libro en “Cine y Pediatría”, el libro Cine y Pediatría 13 presentado el pasado mes de mayo de 2024 y dentro del XXI Festival Internacional de Cine de Alicante, y que, posteriormente, fue publicado como artículo en Revista de Pediatría de Atención Primaria.   

Y en esta ponencia recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 

c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. 

Y de ello trata esta ponencia realizada para el 41 Congreso Nacional de Pediatría en México. Porque cabe no olvidar el pensamiento de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. 

Os dejamos la presentación en este enlace y debajo el vídeo de la ponencia.

 

miércoles, 10 de julio de 2024

Las violaciones contra la infancia en los conflictos bélicos, una denuncia “de cine”

 

Por desgracia, la historia de la humanidad no se puede entender sin las guerras, la forma de conflicto social y político más grave que puede haber entre dos o más comunidades humanas. Atendiendo a los propósitos de sus participantes y al contexto de sus bandos enfrentados, podemos hablar de guerras santas, guerras civiles, guerra de guerrillas, guerra total o guerra nuclear, entre otras. Porque en la guerra todos pierden. Pero algunos pierden más que otros. Y a buen seguro que la infancia es una de las peores paradas. 

Así es como la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Y este artículo recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. 



Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 



c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. Y con las emociones y reflexiones que nos devuelven buscar un mundo en paz y con mayor sintonía. Os dejamos el artículo para su análisis, que podéis descarga en este enlace o bien ver abajo.

 

Y también el vídeo de presentación de Cine y Pediatría 13, relacionado con este tema.

sábado, 6 de mayo de 2023

Cine y Pediatría (695) “Bienvenidos” al cine de Elem Klimov, “Ven y mira”

 

Elem Klimov fue un director de cine soviético que nació en Stalingrado (hoy Volgogrado) en 1933 en una familia tan comunista que eligieron para su primer nombre un acrónimo derivado de los nombres de Engels, Lenin y Marx. Estudió en el prestigioso Instituto Pansoviético de Cinematografía (conocido por las siglas VGIK) y estuvo casado con la también directora de cine Larisa Shepitko. En su extensa carrera cinematográfica dirigió comedias oscuras, largometrajes históricos y películas para niños. Y a estas últimas vamos a desviar nuestra mirada para conocer algo mejor a este peculiar cineasta.

Comienza su carrera en el cine con varios largometrajes alrededor de la infancia: El novio (1960), donde una niña sufre por no poder resolver un examen de aritmética y un compañero de clase, comprensivo con ella, intenta ayudarla; Look, the Sky! (1962), donde unos estudiantes en sus vacaciones de verano y a escondidas de los adultos, construyen un cohete en un antiguo granero para que uno de ellos vuele al espacio; y Tous les enfants du monde (1964), cuatro historias sobre la infancia en Rusia, Francia, Japón y Marruecos, en el que Klimov comparte dirección con Mario Marret, Kenzô Kubokawa y André Michel. Pero especial importancia tiene su ópera prima en el largometraje, Bienvenidos, o prohibida la entrada a los extraños (1964) y la película por la que es principalmente conocido, Masacre. Ven y mira (1985). Y a ellos conviene dedicar un apartado especial. 

- Bienvenidos, o prohibida la entrada a los extraños (1964) 

El primer largometraje de Elem Klimov es una atrevida comedia juvenil en blanco y negro, una película problemática para la época y que pudo estrenarse gracias a la dimisión de Nkita Krushchev como líder del Partido Soviético, quien no veía la película con buenos ojos debido a su lectura irónica de la opresión soviética. Porque en ella se hace comedia satírica alrededor de las excesivas restricciones que sufren unos niños en sus vacaciones en un campamento de jóvenes pioneros subyugados por la ideología imperante. 

Comienza el film con sones militares y esta dedicatoria inicial: “Este fin está dedicado a los adultos que fueron niños y a los niños que un día serán adultos”. Luego, con cantos infantiles nos presentan el campamento donde transcurre nuestra historia, allí donde pasaran el verano 263 chicos y chicas. Y tras el baño en el mar notan que un niño se ha escapado a una zona prohibida de paso a una isla: es nuestro protagonista, Kostja Inockin (Viktor Kosykh), quien es expulsado por saltarse la disciplina. Pero en lugar de regresar a casa de la abuela, decide volver al campamento y esconderse, y sus compañeros le ayudan: “Así es como Kostja Inockin pasó a la ilegalidad”

Entrañable y simpática película con centenares de niños y niñas que hay que leer en clave de parodia a un modelo de sociedad que se empeña en controlarlo todo, pero que, pese a las órdenes y preceptos de carácter marcial, se impone la vitalidad de unos niños que la única regla que conocen es la de la felicidad. Y los adultos son la otra parte del espejo, allí donde aparece el recio director Dynin (Yevgeniy Yevstigneyev), obsesionado con la disciplina y con que todos ganen peso, la doctora (Lydia Smirnova) preocupada por los contagios, la joven supervisora Valentina, etc. Y entre los juegos de los niños y niñas se intentan propagar las enseñanzas de disciplina, como mensajes en el comedor del tipo “Cuando como, soy sordo y mudo”

Se acerca el Día de los Padres y también acudirá la abuela de Kostja. Para intentar que no se disguste cuando se entere de la expulsión de su nieto, intentan boicotear la celebración, pero no lo logran. Se acumulan las escenas divertidas, con especial hincapié en aquellas que son imaginadas por nuestro protagonista, como la de la transfusión de Kostja al director. Y a medida que transcurre la historia vamos entendiendo a los distintos pequeños protagonistas, incluido el que siempre pregunta a todos los demás: “¿Qué hacéis aquí?”

Finaliza la película con la escena de Kostja volando hacia la isla y luego lo hace su abuela, como ya nos mostrara Vittorio de Sica años antes en Milagro en Milán.  Y finaliza de forma muy simpática con ese niño que pregunta, y que nos mira a la cámara y nos dice: “Y vosotros, ¿qué hacéis aquí? La película se acabó”

- Masacre. Ven y mira (1985) 

Se considera ya una de las grandes películas bélicas de la historia, que fuera estrenada y premiada en el Festival de Venecia. Un proyecto que nació como un encargo para celebrar el 40 aniversario de la victoria aliada, pero que, gracias a la prodigiosa dirección de Elem Klimov, se ha convertido en todo un referente antibelicista que nos muestra la crudeza de la guerra en su faceta más brutal a través de los ojos de un joven partisano de la resistencia bielorrusa. El escritor Alés Admóvich, mentor de la ganadora del Nobel, Svetlana Alexievich, fue máximo responsable del guion, basado en sus propias experiencias de niño, cuando fue testigo de las barbaridades que perpetraron los nazis en las aldeas de Bielorrusia. 

Una historia que nos traslada al año 1943 en Bielorrusia. Y que bajo la hermosa música de Mozart nos va a hacer testigos del horror en mayúsculas. El horror en la cara de un niño, Flyora (Alekséi Krávchenko), quien tras las vivencias vividas acaba con la faz de un anciano lleno de ira y dolor. La historia comienza con dos niños que escarban en la arena de la playa entre los restos de la guerra; van vestidos con ropas militares y tienen un comportamiento extraño, hasta que uno de ellos, nuestro Flyora, logra rescatar un fusil. Con su fusil es reclutado para la guerra por los soldados, pese al rechazo de la madre y la angelical presencia de sus dos pequeñas hermanas gemelas. 

Cuando se reúne con los partisanos, se nos regala la foto de todos junto a una vaca. Y escuchamos las misivas del cabecilla: “No os voy a mentir, se avecinan tiempos difíciles. Los veteranos saben muy bien lo que es un asedio. Esta es la guerra total de Hitler. Su objetivo es exterminarnos a todos. Nuestra misión es defender hasta el final el territorio que la comandancia nos ha asignado. Pero la situación es complicada y cambiará por momentos. Por eso debemos estar atentos. Tenéis un fusil en la mano y la cabeza sobre los hombros… Ya os lo he dicho y no lo repito. El guerrillero no pregunta cuántos fascistas hay, sino dónde están. Y ahora están aquí, en nuestra tierra”. 

Flyora encuentra a la bella Glasha (Olga Mirónova) entre los partisanos, algo perturbada y quien le perturba. Ambos viven en primera persona la crudeza de la guerra, y nos enfrenta a difíciles escenas como la del pantano de fango, la recreación de una estatua de Hitler con una calavera, la escena de la vaca y, especialmente, la llegada de los alemanes a la aldea donde realizan una masacre descrita cinematográficamente con saña. Terror, horror, humillación, donde el fuego lo arrasa todo, hasta el alma del ser humano, donde un nazi expresa con esta inaudita afirmación: “No todas las razas tienen derecho a existir. Las razas inferiores extienden la infección del comunismo”. Y la matanza en la aldea se escucha así: “Nos han matado a todos, no han dejado a nadie. A mí me echaron gasolina y me prendieron fuego”. Y en esa muerte también estaban la madre y dos hermanas de Flyona. 

Una película difícil de ver, a diferencia de la ópera prima de Klimov: un drama frente a una comedia. En Masacre. Ven y mira, todo es bruma, fango, frío, lluvia, niebla, explosiones, guerra, dolor, muerte,… Y ese avión de guerra (un Focke-Wulf) que reiteradamente sobrevuela el cielo. Y si esta película nos provoca dolor como espectadores, qué no ocurrirá en la realidad, una realidad que siempre supera la ficción, tal como nos demuestran las imágenes en blanco y negro del final de esta película, tan dura como necesaria. Y por ello la cara de nuestro joven protagonista se ha convertido en la de un anciano lleno de dolor e ira. Y con cada tiro de Flyora intenta volver atrás la historia del nazismo, como si quisiera que nada de esa historia con Hitler a la cabeza hubiera pasado y, con ello, todo el inmenso dolor infligido. Dolor que se expresa en el dato final de la película: “628 aldeas bielorrusas fueron quemadas junto con todos sus habitantes”. El infierno en la tierra

El título de la película se extrajo del capítulo 6 del libro del Apocalipsis, en donde se expresa: “Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo para vencer”. Y bajo este dato bíblico, resulta muy difícil no relacionar esta película con otra obra de arte en blanco y negro, otro alegato antibelicista desde la Unión Soviética bajo la mirada de un niño: hablamos de La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962). Pero así como Andrei Tarkovsky es un director bien conocido, hoy cabe reivindicar a Elem Klimov. 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Cine y Pediatría (675): “Sestrenka, Mi hermana pequeña” y los niños de la guerra


El cine de Rusia ha tenido distintas etapas, desde los orígenes importando los Zares la novedad desde Francia, pasando por el emblemático cine soviético y llegando al moderno cine de la actual Federación de Rusia. Un viaje a través de un siglo que va desde Serguéi Eisenstein hasta Andréi Zviáguintsev, con algunas películas emblemáticas: El acorazado Potemkin (Serguéi Eisenstein, 1925), Los cosacos de Kubán (Iván Piriev, 1949), Cuando pasan las cigüeñas (Mijaíl Kalatózov, 1957), Lluvias de julio (Marlén Jutsíev, 1967), Andréi Rubliov (Andréi Tarkovski, 1966), Guerra y paz (Serguéi Bordanchuk, 1966), Moscú no cree en las lágrimas (Vladimir Menshov, 1980), El síndrome asténico (Kira Muratova, 1989), Brat (Alexéi Balabánov. 1997), Sin amor/Loveless (Andrey Zvyagintsev, 2017). En Cine y Pediatría ya hemos hablado de dos películas de este país: La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), toda una elegía antibélica en la que se demuestra que la guerra es capaz de convertir el alma pura de un niño en el alma de un monstruo; y Children 404 (Askold Kurov, Pavel Loparev, 2014), una película documental denuncia frente a la ley que Putin implantó frente a los jóvenes de orientación LGTBI.   

Ni que decir tiene que una gran mayoría de las películas destacadas tienen a la guerra como tema de fondo. Y así es también nuestra película de hoy, Sestrenka (Mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), que pudiera tener un cierto parecido con la película Anton, su amigo y la revolución rusa (Zaza Urushadze, 2019). Una desde Rusia, la otra desde Ucrania, en el mismo año, y con la guerra de fondo y su mirada desde los niños y niñas que lo viven. Poco tiempo después, en febrero de 2022, ya conocimos que comenzaba la invasión rusa de Ucrania, un conflicto político-militar que aún continúa. Y estas serán unas Navidades en guerra para ambos países y para ambas infancias.  

Sestrenka (Mi hermana pequeña) nos traslada al otoño de 1944. En la primera escena, soldados del Ejército Rojo comprueban la destrucción que los nazis han dejado en Ucrania. Y en una casa destruida, entre cadáveres, un soldado encuentra a una niña pequeña escondida y se la lleva con él, porque su madre acaba de ser asesinada. La nieve y el frío asolan el paisaje con una bella fotografía. A continuación se nos traslada a Sairanovo, una pobre y pequeña villa soviética situada en la república de Baskiria. Allí vive Kunbike Khaidarova (Ilgiza Gilmanova), una mujer joven que tiene un hijo de seis años, Yamil (Arslan Krymchurin). Son los años de la Segunda Guerra Mundial y el pequeño echa de menos a su padre, que marchó a la guerra para luchar contra los nazis. La madre se ausenta un tiempo en un viaje a la ciudad y suenan los consejos de la abuela. “Ten mucho cuidado y mira hacia adelante y hacia atrás. Ya sabes que en un viaje largo te alcanzan cuarenta desgracias”. A su regreso la madre viene acompañada de una niña ucraniana de ocho años, Oksana (en ese momento intuimos que es la niña que aparece en la primera escena) y con la orden de su marido de que sea acogida como un miembro más de su familia, como la hermana de Yamil. 

Yamil está encantado con su nueva hermana Oksana (Marta Kessler), aunque ésta no habla su mismo idioma y se mantiene callada. Y se asusta porque recuerda la guerra y apenas sale de casa. Mientras tanto, los chicos del pueblo juegan alrededor de la guerra, como cuando van a ver el tren que llega con prisioneros nazis y los atacan como venganza a sus padres, algunos muertos y otros desaparecidos por la guerra. Y llega una carta del padre de Yamil con este texto: “Querido hijo. Mientras yo estoy luchando contra el enemigo, tú eres el único hombre de la casa. Defiende y protege a tu madre, a la abuela y a Oksana. Sé que tu palabra es de fiar como ha de serlo la palabra de un verdadero guerrero. Te saluda desde el Ejército Rojo, Jaidarak Karim”… lo que implica imbuir al niño todo el peso y responsabilidad de una guerra, robándole sin querer su inocencia y su infancia. 

De nuevo, un emotivo drama de tono familiar ambientado en la retaguardia rusa durante la Segunda Guerra Mundial y narrado desde el punto de vista de un niño. Porque, desde que Yamil puede recordar, la guerra siempre ha estado ahí y está esperando su final, porque entonces su padre regresará a casa. Y es comprensible entonces la algarabía del pueblo cuando se anuncia el fin de la contienda: “Ya no habrá más tiros ni bombas. Ya no habrá más miedo”, le dice Oksana a su hermano. Y ambos estrenan sus zapatos rojos. 

Al final, regresan de la guerra tanto el padre de Oksana como el padre de Yamil, y estos dos hermanos de guerra se separan. Y la esperanza se refleja en ese arco iris final y en las propias palabras de Yamil: “No se va mamá, siempre estará con nosotros”. Porque el vínculo que se crea entre los dos niños trasgrede fronteras, bandos y diferencias entre pueblos. Un vínculo que acabaría con las guerras…Y es el mensaje que nos deja Sestrenka, Mi hermana pequeña, en la que supone la tercera película como director del actor ruso Aleksandr Galibin, que adapta una novela de Mustai Karim. Un relato felizmente optimista pese al tema de fondo, una vez más, la visión de la guerra a través de la infancia. 

Son muchas las películas que desde Cine y Pediatría han tratado el tema de la guerra bajo la mirada inocente de la infancia, y algunas están recogidas en dos entradas consecutivas: una referida al holocausto nazi y otra en relación con la Guerra Civil española y su postguerra. Con Sestrenka, Mi hermana pequeña la infancia se convierte, una vez más, en víctima inocente ante la sinrazón de los adultos. Los niños de la guerra, en este caso con un niño ruso y una niña ucraniana. Todo demasiado simbólico para estas fechas y estos tiempos.  

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

Cine y Pediatría (556). “Los niños de Windermere”, luz para la supervivencia

 

Hoy hablamos de una película que de nuevo es memoria histórica. Una memoria que no debemos olvidar sobre como los errores de los adultos (en formato de guerras) afectan a la infancia. Este es un tema habitual en Cine y Pediatría y lo ha sido en el contexto español principalmente en relación con la Guerra Civil Española y lo ha sido en el contexto europeo principalmente en relación con la Segunda Guerra Mundial. Y lo ha sido en muchos otros contextos bélicos con la infancia de testigo. 

Una película que comienza con las declaraciones de los personajes reales que vivieron esta historia, la historia de una infancia ultrajada: “Me arrancaron de los brazos de mi padre y me llevaron con ellos. Nunca olvidaré este momento…”, “Nos bajaron del tren, ponían a los chicos y a los hombres en una cola, a las mujeres y a los niños en otra cola…”, “Tenía 10 meses cuando llegué a Theresienstadt…”, “Por las noches veíamos el resplandor de los hornos….”, “Había cadáveres esparcidos…”, “Espero que mañana no me toque a mí…”, “Siempre muertos de hambre. Solo pensábamos en comer…”, “En teoría tenían que eliminarnos…”, “Cogieron a los 10.000 niños, los llevaron a Chelmo, los metieron en las cámaras de gas y los enterraron en fosas comunes…”, “No me creí que la guerra había terminado hasta que no vi a los rusos capturar a los soldados alemanes…”, “Nos dijeron que íbamos a Inglaterra. Yo no sabía nada de Inglaterra, ni tampoco de inglés. Solo sabía unas pocas palabras como OK…”, “No llevaba nada conmigo, porque no tenía ropa…”, “No sabíamos a dónde íbamos ni qué íbamos a hacer…”. Y tras ello, una aclaración histórica: “En agosto de 1945, el gobierno británico aceptó acoger a mil niños supervivientes de los campos de concentración nazis. Llevaron 300 al complejo Calgarth, junto al lago Windermere. Allí habían reunido a un grupo de psicólogos y voluntarios con la esperanza de rehabilitarlos. Este largometraje está basado en hechos y personas reales”. 

Y así comienza la película Los niños de Windermere (Michael Samuels, 2020), una coproducción entre el Reino Unido y Alemania que narra los hechos reales ocurridos al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando Oscar Friedmann, un psicólogo judío, buscó la forma de ayudar a los niños supervivientes de los campos de exterminio nazis. 

Y es tanto el dolor que estos chicos y niños han sufrido en los campos de concentración y en sus vivencias previas, que no se fían de nada. Ni incluso de la buena voluntad de los que les acogen en otro país. Es tal el trauma que cualquier cola les resulta premonitoria de un nuevo fin, que el cambio de ropa les lleva a pensar en lo peor, o que cuando les preguntan por el nombre solo se les ocurre enseñar su número identificativo tatuado en la piel. Porque algunos de estos jóvenes vienen de vivir las traumáticas experiencias de hasta cuatro campos de concentración. Chicos y chicas que llegan con problemas de salud, de malnutrición, de mala higiene dental, de problemas psicológicos y mentales graves. Por fortuna, no tardan en darse cuenta que el lugar donde se encuentran no tiene focos de vigilancia, ni vallas electrificadas, ni crematorios,… 

Es Los niños de Windermere una película donde la crítica proporciona una puntuación regular por sus cualidades cinematográficas. Yo le doy una calificación muy alta por su valor histórico y emocional. Vale la pena entender lo que digo con varias escenas: 
- Cuando tienen que poner a los niños pequeños a dormir en habitaciones separadas de niños y niñas, y la cuidadora inglesa dice “Me pregunto cómo les habrá afectado todo eso” y la cuidadora alemana le responde, “Vuélvase”… Y ve lo que ve. Porque son supervivientes a cualquier precio, el precio con el que les ha castigado la guerra de los adultos. 
- Cuando uno de los jóvenes huye del centro de acogida y al verse libre entre el bosque y el río, sonríe y ríe de alegría por sentir algo así como la libertad. 
- Cuando en el primer desayuno salen corriendo del comedor a esconder el pan que estaba en las cestas, porque mantienen ese instinto puro de supervivencia que le ha llevado a seguir vivos. 
- Cuando el rabino les enseña inglés o cuando en la escuela dibujan en un papel en blanco sus experiencias. Dibujos que asustan a la profesora, pues son incapaces de retener recuerdos felices de su vida. 

Porque cómo olvidar las vivencias de una realidad rodeada de crueldad en la que crecieron estos chicos y chicas polacos judíos, llena de hambre, palizas, tiros, la horca, la cámara de gas, el abandono, la muerte de sus familias,… Difícil educarles en el “olvídalo y céntrate en el futuro”, difícil hacer desaparecer las pesadillas de sus sueños. Y aún así lo que más les preocupaba era saber si podrían recuperar a sus familias. 

Y en el final de la película, como es habitual en este tipo de obras, aparecen los protagonistas reales, ya ancianos, explicando qué significó Windermere para ellos. Y allí se nos muestran las declaraciones de Arek Hersh, Chaim “Harry” Olmes, Sir Ben Helfgott, Schumel “Sam” Laskier, Ice “Ike” Alterman, Sala Feiermann y Salek Falinower, alguno de aquellos centenares de niños. Y el colofón final: “En total fueron acogidos 732 niños supervivientes del holocausto en Windermere y otras localidades del Reino Unido. Cada años, ellos y sus familias se reúnen para celebrar su supervivencia”. 

Y esta es la película de hoy, la sencilla (y cruel) historia de un grupo de niños judíos supervivientes de los campos de exterminio que son acogidos en otro pasión, en una mansión cerca del lago Windermere, con el fin de ayudarlos a superar su traumática experiencia y a reinsertarlos en la sociedad. Una película en la que los propios supervivientes se involucraron en su realización, para hacernos partícipes de esta historia tan poco conocida y sin caer en el sentimentalismo fácil, dejarnos el mensaje de que siempre hay luz para la supervivencia. 

Recomendable película para ver en familia con nuestros hijos, como un primer acercamiento a una de las grandes tragedias de la historia de la humanidad. Como siempre, pero en esta película más, ver en versión original: pues aquí cabe diferenciar bien los tres idiomas que se mezclan constantemente: inglés, alemán y jidis.

 

sábado, 6 de junio de 2020

Cine y Pediatría (543). “Una bolsa de canicas” y una estrella de David


El cine nació a la vez que un convulso siglo XX, repleto de conflictos: dos guerras mundiales, la guerra fría, la caída del muro de Berlín e incluso la creación y disolución del apartheid. Cien años donde fueron patentes los extremos de violencia que la humanidad puede alcanzar y esa nueva tecnología – y nuevo arte – llamado cine fue y quiere ser testigo del pasado. Por ello el cine bélico es un género en el séptico arte. Y las películas sobre guerras y sus consecuencias en la infancia son un clásico en Cine y Pediatría. Y sirvan como ejemplo de ello dos películas muy diferentes, con la guerra (la Segunda Guerra Mundial) en segundo plano y las consecuencias sobre la infancia perdida en primer término: una es un clásico en blanco y negro, de la que hablamos la semana pasada, La infancia de Iván (Andre Tarkovsky, 1962); la otra es una reciente película en color, de la que hablamos hoy, Una bolsa de canicas (Christian Duguay, 2017). 

“Todo es igual. Y, sin embargo, todo parece más pequeño. A no ser que yo haya crecido. Pero, ¿cuánto tiempo ha pasado, dos años y medio?”.  Con esta reflexión en off de nuestro joven protagonista comienza una nueva película sobre los horrores del holocausto nazi, una más. La reflexión tiene lugar en Paris, en agosto de 1944 y enseguida la acción nos traslada a marzo de 1942. Porque la película se fundamenta en la novela “Un sac de billes” publicada en 1973 por su niño protagonista, Joseph Joffo, de familia judía, ambientada en la compleja Francia de Vichy e inspirada por tanto en su propia peripecia de éxodo y reencuentro familiar. De esta novela ha surgido esta película, si bien existe una versión cinematográfica previa con el mismo título dirigida en 1975 por Jacques Doillon. 

Una bolsa de canicas relata la historia de una familia judía que regenta una barbería en un barrio de París, allí donde el matrimonio ha criado a cuatro hijos, y su éxodo familiar por la persecución nazi. Todo iba bien hasta que en esas fatídicas fechas se oyen en los noticiarios de la radio: “La estrella de David tiene seis puntas y las dimensiones de la palma de la mano. Se tendrá que llevar de forma visible en el lado izquierdo del pecho”. Con esta identificación, los dos hijos menores, Joseph/Jojo (Dorain Le Clech) y Maurice (Batyste Felurial), comienzan a notar el acoso en la escuela, evidente muestra de que los adultos trasladan el odio a sus hijos: “Eres judío. Eso lo cambia todo. Eso quiere decir que eres un usurero. Precisamente vosotros sacrificasteis al Niño Jesús… Los judíos han traído los alemanes a Francia”. A partir de ahí, vislumbramos el principio de la pérdida de la inocencia en sus infancias, aquella en la que les gustaba jugar con las canicas. Y ya no tenía ningún valor el ideario francés de libertad, igualdad y fraternidad. 

Y antes de que las cosas empeoren, la familia se divide para huir de París e intentar reencontrarse por separado en Niza. Y resulta difícil de olvidar la dureza de la escena en que Bruno, el padre (interpretado por el cantante Patrick Bruel), enseña a sus dos hijos menores a negar que son judíos. Y en la huida los niños se preguntan: “¿De qué huíamos exactamente?”. Y reflexionan: “De viaje, uno conoce a gente de todo tipo. Algunos más simpáticos que otros. Pero todo el mundo tenía miedo. Se veía en los ojos, aunque todos fingieran”

Y la temporal paz, en un lugar aparentemente neutral como Niza, duró poco. De nuevo la persecución por ser judíos, y el padre ahora les deja en un internado del gobierno, ocultando su identidad: “Permanecer juntos es peligroso. Hay que mirar hacia adelante”. Y lo único que resta a Jojo de su feliz infancia es esa bolsa de canicas que le acompaña en toda huida y a todo lugar, y nos dice: “Ya no me quedaban lágrimas. La rabia las había sustituido… Pero todo iba a salir bien. Había que tener fe”. Y de allí pasan a vivir en otra localidad, y Jojo trabaja con una familia de colaboracionistas franceses, quienes también tienen que huir tras finalizar la guerra; y por ello, las palabras de Jojo a la joven Françoise, su idílico amor de infancia: “Yo sé lo que es irse. En mi familia todos han tenido que irse en algún momento”

Y esta historia real, con un viaje a Itaca tan particular de Jojo y Maurice, finaliza con el reencuentro en la peluquería de París, donde están todos menos el padre. Y allí se vierten las últimas lágrimas… o no. Y el colofón final: “En abril de 1944, Anna, Albert y Henri - la madre y sus dos hermanos mayores - fueron detenidos cuando huían e internados en el campo de concentración de Drancy. Por falta de trenes, se libraron de la deportación. La Cruz Roja los liberó poco antes de llegar los americanos en agosto de 1944. La familia pudo regresar a París. Roman, deportado por el convoy nº 62 a Auschwitz en noviembre de 1943, no volvió jamás. En 1945, Joseph y Maurice reabrieron con sus hermanos la peluquería, perpetuando así la tradición familiar. Siguen viviendo en París, rodeados de sus hijos y nietos”. 

Que nadie busque en Una bolsa de canicas una obra maestra, pero si es una película correcta, conmovedora y de sentimientos, fácil de ver con nuestros hijos y fácil de explicar a las jóvenes generaciones. Eso ya es un valor añadido. Y todo ello sin una escena de guerra, pero donde nos devuelve todo el dolor implícito. Una "road movie" con una bolsa de canicas y una estrella de David, con todo el sentimiento reforzado por esa banda sonora que nos regala Armand Amar, ese peculiar artista nacido en Jerusalén, criado en Marruecos e instalado en Francia, punta de lanza de la Música Fusión. Nadie mejor que él, influenciado por tres culturas tan diferentes para reflejar musicalmente un espíritu de concordia y entendimiento entre sonoridades diametralmente opuestas. Concordia y entendimiento que el siglo XX se negó a concitar y del que el cine nos ha devuelto múltiples ejemplos. Hoy recordamos Una bolsa de canicas, como hace tiempo recordamos La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010) y La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014).


sábado, 30 de mayo de 2020

Cine y Pediatría (542). “La infancia de Iván”, elegía antibélica en el alma de un monstruo


El cine en blanco y negro en Cine y Pediatría tiene un apartado especial. Y lo tiene por una razón: porque estas películas argumentales elegidas son joyas de séptimo arte maceradas por la ciencia y la conciencia con dos aliados, el tiempo y la opinión de críticos y público (no siempre coincidentes). Y hoy viene a esta página una más, desde la Rusia en esta ocasión: La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962).

Andrei Tarkovsky es un director más de aquellos que odias o amas. Porque no todo el mundo aprecia sus películas visionarias, no fáciles de dirigir quizás por su largo metraje, quizás por el esfuerzo de reflexión al que nos somete. Pero es patente que fue un director de grandes directores: Ingmar Bergman, su mejor alumno, le consideraba el mejor director de todos los tiempos, y Akira Kurosawa y Roberto Rosellini le adoraban por encima de todas las cosas. Con los espectadores ya hay controversia y la valoración de sus obras oscila de fascinantes a insoportables. Y su legado fueron siete largometrajes, que comenzó con nuestra obra de hoy y continuó con Andrei Rublev (1966), Solaris (1972), El espejo (1975), Stalker (1979), Nostalgia (1983) y Sacrificio (1986).

Y hoy en Cine y Pediatría nos convoca el primer largometraje del joven Andréi Tarkovsky, que se había graduado en la escuela de cine con su cortometraje de tesis El violín y la apisonadora (1960), y que fue llamado por los estudios Mosfilm para continuar una película cuyo primer director, Eduard Abalov, había sido despedido. Trabajo de encargo, por lo tanto, pero que el joven director supo convertir en propia esta obra y donde ya dejó patente su particular talento, estilo y fuerza cinematográfica. La infancia de Iván fue todo un hito en su momento y fue alabada por otros directores y por la crítica: por el uso imposible de la cámara, por su esmerada fotografía rondando el expresionismo, por la poesía y lirismo de sus imágenes, por el tratamiento sonoro, con esa música omnipresente como tercer personaje dramático invisible. Con La infancia de Iván había nacido un director único y las pantallas del mundo se preparaban para esa llegada: de hecho, es la primera película en la historia del Festival de Venecia que, siendo una ópera prima, ha ganado el León de Oro (lo hizo ex-aqueo con Crónica familiar de Valerio Zurlini).

Basada en una novela corta de Vladimir Bogomolov, “Ivan, a story”, la película retrata la vida de un niño huérfano de 12 años, por nombre Iván (Nikolai Burlyayev, quien trabajara con Tarkosvski después en Andrei Rublev), durante los días de la Segunda Guerra Mundial tras perder a sus padres por la guerra y quien, para sobrevivir, trabaja para el ejército ruso espiando a los alemanes. "Y yo estoy solo. Usted lo sabe. No tengo a nadie… No tengo más amo que yo" se rebela Iván cuando le quieren internar en una escuela.

Porque hay centenares de películas centradas en esta contienda militar, pero aquí estamos ante una de esas películas de guerra donde los combates y maniobras militares quedan fuera de campo y en la que lo que importa es lo que sucede en el interior de los personajes. Y nos plantea una dualidad entre ese niño-adulto totalmente integrado en la guerra y el mundo de sus sueños, cuatro en concreto, donde desplegará todo el potencial poético de esta historia triste. Esa dualidad entre los sueños de Iván de una feliz infancia pasada alrededor de su idílica madre y la pesadilla de la cruda realidad. Una realidad plagada de frío, agua, barro, polvo, ruinas, trincheras, disparos y bombardeos. “Dios mío, ¿cuándo terminará todo esto?”, dice un abuelo perdido entre los escombros de lo que fue su hogar y al que solo le resta una gallina de compañía.

Se establece una dualidad que va a estar presente en todo el cine tarkovskyano: entre el mundo interior y el exterior, convirtiendo al mundo interior en el más auténtico, y el exterior en el más falso, o por lo menos el más alejado a quienes verdaderamente somos. Y en ese camino, Tarkovsky se empeña en buscar y encontrar los pequeños destellos de belleza sin renunciar a la crudeza de la Segunda Guerra Mundial: la icónica escena del romance en el bosque de abedules, Iván corriendo por encima del agua,... momentos en los que la realidad se entremezcla con lo onírico para, por un momento, olvidarse del conflicto bélico.

Porque La infancia de Iván es muchas cosas dentro del cine soviético de la época, y muchas cosas más dentro del cine europeo de los años sesenta, a pesar de lo reducido de su producción y de que no estamos ante una película gigantesca como sí lo será Andrei Rublev. Y lo es por su fortísima singularidad narrativa, que la sitúa muy por delante de su época y por representar el nacimiento de una mirada y un estilo muy personales, que seguiría evolucionando en sus siguientes películas. Pero en sí misma, su visionado es un inolvidable puñetazo en el estómago, un viaje por la locura y el horror de la guerra, aunque los combates estén en off. Pero basta un comentario de unos militares (“Hay que enviarle a la retaguardia. La guerra no es cosa de niños”) o una pintada en una pared (“Somos 8 jóvenes menores de 19 años. Dentro de una hora nos llevarán a matar. Venguenos”) para saber de qué se está hablando. 

Un poderoso debut que se erige en toda una demostración de talento, vigor y sensibilidad cinematográfica. Porque el género bélico nunca había encontrado formas tan líricas ni tan abstractas de filmar el alma de ese monstruo. Allí donde Iván se cruza con el teniente Galtsev, con el capitán Kholin, Gryaznov, Masha,… y donde Iván acaba siendo un monstruo destrozado por la guerra, un niño cuya infancia ha quedado irremediablemente perdida, devastada. Y ya no es un niño. Y menos a medida que la imágenes se hacen más crudas a medida que avanza la película – no más crudas que la realidad – y aparece la reflexión: “¿Será posible que esta no sea la última guerra en la Tierra?”.

En La infancia de Iván no existe glorificación de la actuación del ejército soviético ni calificación del enemigo nazi, que casi ni se menciona. En todo caso la película constituye una proclama en contra de la guerra y de los horrores que ella produce, especialmente por convertir el alma pura de un niño en el alma de un monstruo. Una hermosa elegía antibélica que finaliza con ese cuarto sueño onírico del juego del escondite final en la playa frente a un árbol seco… Y The End. Diríase Joaquín Soroya en blanco en negro. Pero estamos en el cine y hablamos de Andrei Tarkovsky.





sábado, 2 de noviembre de 2019

Cine y Pediatría (512). “El viaje de Fanny” y el viaje a ninguna parte


El historiador inglés Lord Acton - famoso por haber acuñado el conocido aforismo «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente» - puso ya de manifiesto a finales del siglo XIX la naturaleza contradictoria del nacionalismo, pues así como apareció como una fuerza liberadora y democrática en aquella convulsa Europa, aún no habían aparecido sus desviaciones integristas, totalitarias, imperialistas y xenofóbicas. Y ya fue en el siglo XX cuando se pueden obtener dos grandes conclusiones: que el nacionalismo como tal continuó siendo una fuerza de transformación y cambio y que los nacionalismos (porque hay muy distintas tipologías: liberales y autoritarios, religiosos, étnicos y lingüísticos, abiertos y cerrados) serían causa de importantes y a menudo violentos conflictos, con consecuencias casi siempre decisivas y muchas veces – las dos Guerras Mundiales, por ejemplo – aciagas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en Europa occidental el desprestigio de las ideas nacionalistas y los nacionalismos generaría la aparición del proyecto territorial y político de la construcción de una Europa unida y supranacional, la construcción de la Unión Europea. Otra cosa bien distinta se asoció en lo que se llamaría “tercer mundo” (Asia, África) a movimientos de liberación nacional y/o anti-imperialistas y que estaría en la raíz de alguno de los espinosos problemas internacionales de la posguerra: procesos de decolonización o conflicto árabe-israelí.

El nacionalismo reaparecería en las últimas décadas del siglo XX en la desarrollada y próspera Unión Europea (con particular incidencia en Irlanda del Norte - con el recuerdo del IRA -, Bélgica y España - con el recuerdo de ETA -), pero también en la formación de nuevos estados en la Europa del este tras el colapso del comunismo en 1989 y la desintegración de la Unión Europea y de Yugoslavia (conflictos que han creado el término “balcanización”).

Las guerras nunca traen nada bueno. Los guerras por los nacionalismos tampoco. Y es paradigmático el importante número de películas que nos devuelven la mirada inocente de la infancia ante el nacionalsocialismo alemán, ya por siempre conocido por el terrible nombre de nazismo. Basten algunos ejemplos que ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría: Juegos prohibidos (René Clément, 1952), El niño y el muro (Ismael Rodríguez, 1965), El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), Napola (Dennis Gansel, 2004), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), Rutka: un diario del Holocausto (Alexander Marengo , 2009), La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010), Lore (Cate Shortland, 2012), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), La infancia de un líder (Brady Corbet, 2015), entre otros.

Y hoy llega una película más sobre esta temática, y lo que la infancia perdió en aquella Segunda Guerra Mundial. Una película que comienza con estas palabras impresas, mientras la primera escena nos muestra a distintos niños y niñas que reciben cartas en los jardines de una institución: “Durante la Segunda Guerra Mundial, en Francia, los padres judíos confiaron sus hijos a diversas organizaciones que los acogieron y se encargaron de mantenerlos a salvo de las amenazas… Basado en el relato autobiográfico de Fanny Ben-Ami publicado por ediciones de Seuil”. Así comienza nuestra película de hoy, cuyo título es El viaje de Fanny (Lola Doillon, 2015).

Basada en el libro “Le voyage de Fanny”, la película cuenta la historia de Fanny (Léonie Souchaud), una niña de 12 años de origen judío que, tras la ocupación del territorio francés por parte del ejército alemán en 1943, es confiada por sus padres con sus dos hermanas pequeñas a una institución, al igual que muchos otros niños. En la película realizamos un viaje con ella, sus dos hermanas - Georgette y Erika - y otros cinco niños a través del país, con la intención de escapar de la persecución de los solados nazis y poder atravesar a una frontera sin peligro.

La temática no resulta novedosa y parece haber sido vista otras veces, con la crudeza que reviste el hecho de que sea niños los protagonistas del dolor que deja la guerra de los adultos. Por ello, es El viaje de Fanny un film sencillo y sincero que resalta el valor de la esperanza, pero no obvia el dolor de los totalitarismos nacionalistas. Y que en su temática esta película francesa nos recuerda la temática de la película alemana Lore, pues en ambas las hermanas mayores, Fanny y Lore, adquieren la cruda e impropia responsabilidad de salvar a sus hermanos en medio de la inmundicia del nazismo.

Y por ello en nuestra película de hoy no es de extrañar que los niños se pregunten: “¿Tú ya has visto al monstruo?”. Y mientras cambian de lugar y de residencia temporal, nuestra angelical (y fuerte) Fanny sigue mirando a través de sus prismáticos para recordar la realidad que le abrazaba (la de esos padres que no volverá a encontrar) y en búsqueda de un futuro que desea (ni más ni menos que el que nunca se debiera robar a la niñez)…

Y nuestros pequeños héroes consiguen llegar a su destino a la frontera Suiza, donde ellos salvaguardan la vida y donde los espectadores nos quedamos con el colofón final: “Fanny Ben-Amy vive actualmente en Israel. Las tres hermanas vivieron en Suiza hasta el fin de la guerra. En 1946 regresaron a Francia, pero nunca más volvieron a ver a sus padres. El personaje de la Sra. Forman está inspirado en la Sra. Lotte Schwart (Directora del Castillo de Chaumont) y en la Sra. Weil-Salon. Están entre las numerosas personas dispuestas a dar su vida por salvar a los niños. Desde 1938 a 1944, varios miles de niños fueron salvados de la deportación por la OSE (Ouvre de Secours aux Infants), que los sacó de los campos, los ocultó, los pasó por las fronteras de Italia, de Suiza y de España, desde donde los enviaron a Estados Unidos”.

Es El viaje de Fanny – como el resto de películas reseñadas – una lección de historia y una lección de vida. Más nos valdría aprender bien esta lección para no volver a suspender como sociedad. Porque hay demasiados viajes que no llevan a ninguna parte… o llevan inevitablemente a la confrontación y a la guerra entre civiles. Que los niños padezcan los errores de los adultos es doloroso, pero que los adultos pongan a la infancia en medio de sus objetivos políticos es intolerable, cruel y soez.

Y el que tenga oídos que oiga… una vez más. Y hasta que nos quedemos afónicos.

sábado, 3 de junio de 2017

Cine y Pediatría (386). “Alemania, año cero”, el deterioro moral de la infancia


Hoy regresa una nueva película en blanco y negro a Cine y Pediatría. No son muchas, pero todas son excepcionales, pues llevan la garantía de haber pervivido en la categoría de mitos del séptimo arte. Valga citar algunos ejemplos: El chico (Charles Chaplin, 1921), Freaks (Tod Browning, 1932) La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), El cebo (Ladislao Vajda, 1958), Los 400 golpes (François Truffaut, 1959), Los golfos (Carlos Saura, 1959), Los chicos (Marco Ferreri, 1960), Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan,1962) o Del rosa al amarillo (Manuel Summers, 1963). 

Y hoy llega una más, de la mano del movimiento cinematográfico conocido como Neorrealismo italiano y que apareció a mitad del siglo XX como consecuencia de la postguerra, de manera que, al estar los estudios destruidos por los bombardeos, los directores de cine sacaron las cámaras a las calles rodando lo que veían y utilizando frecuentemente actores no profesionales, con lo que cambió radicalmente la forma de hacer cine. Se inició en 1945 con Roma, ciudad abierta, una obra maestra de Roberto Rosellini y cuenta con otras grande películas como El limpiabotas (Vittorio de Sica, 1946), La terra trema (Luchino Visconti, 1948), Juventud perdida (Pietro Germi, 1948), Vivir en paz (Luigi Zampa, 1948), Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949), La Strada (Federico Felini, 1954) o El empleo (Ermanno Olmi, 1961). En estas películas quedó reflejado, como un auténtico documento histórico, la Italia triste y hambrienta de la postguerra, cine denuncia de las condiciones de vida miserables y en el que desaparecen los finales felices.  Y es en este contexto donde aparece nuestra película de hoy: Alemania, año cero, una película dirigida en el año 1948 por Roberto Rosellini y con la que completa su magnífica trilogía sobre la Segunda Guerra Mundial, precedida por Roma, ciudad abierta y Paisà (1946).

Comienza Alemania, año cero con unos créditos iniciales que pasean la cámara por un desolador Berlín destruido por las bombas, con una dedicatoria del director a la memoria de su hijo Romano Rosselini. Y un texto manuscrito: "Cuando las ideologías se alejan de las leyes eternas, de la moral y de la piedad cristiana que son la base de la vida de los hombres, se convierten en una locura criminal. Incluso la bondad de la infancia resulta contaminada y arrastrada por un horrendo delito hacia otro menos grave en el cual, con la ingenuidad de la inconsciencia cree encontrar una liberación del alma". Y una voz en off que nos dice: "Esta película, rodada en Berlín durante el verano de 1947, no pretende ser más que un relato objetivo y fiel de esta inmensa ciudad semidestruida donde tres millones y medio de personas arrastran una existencia espantosa, desesperada, casi sin rendirse cuentas. Viven en la tragedia como si fuese su elemento natural. Pero no por exceso de ánimo o por fe, sino por cansancio. No se trata de un acusación contra el pueblo germano, ni tampoco de una defensa. Más bien es una constatación de los hechos"

El maestro Rosellini crea una película terrible, virulenta y amarga y a la par bellísima, una reflexión de inaudita dureza sobre los horrores de la guerra. Y donde nos pasea continuamente por la herida que el nazismo dejó en Alemania, en sus ciudades destruidas y en sus gentes abatidas. Una guerra que afectó profundamente a la generación del protagonista, un niño de 12 años por nombre Edmund (Edmund Moeschke, proverbial, elegido por el propio director y quien nunca más tendría relaciones con el cine). Nuestro personaje es nuestra conciencia, mientras vaga continuamente entre las calles destruidas sin rumbo fijo y entre su familia destruida, hacia un destino y un final aciago. Todo ello bajo la perfecta fotografía de Robert Juillard y una música psicológicamente estridente que nos pone al límite del expresionismo. Y en ese vagabundeo para buscarse la vida encuentra personajes de todo tipo, algunos tan tétricos como su antiguo profesor, quien justifica el nazismo diciéndole: “Los débiles deben sucumbir y dejar paso a los fuertes”. Y esta funesta frase lleva al niño a tomar una drástica determinación que nos conduce a uno de los finales más tristes y desesperanzados de la historia del cine. 

Final que viene precedido por esta larga perorata del padre en su lecho de enfermedad a sus tres hijos: "Si al menos estuviera viva vuestra madre, pero me ha sido arrebatada. Todo me ha sido arrebatado. Mi dinero por la inflación y mis hijos por Hitler. Debería haberme revelado, pero era demasiado débil. Como tantos otros de mi generación. Hemos presenciado cómo se acercaba la desgracia y no la hemos detenido. Y ahora sufrimos las consecuencias. Hoy estamos pagando por nuestros errores. Todo. Yo igual que tú. Debemos ser conscientes de nuestra culpa. Porque con lamentos no se soluciona nada... Tengo los días contados, pero tú aún eres joven. Todavía puedes hacer muchas cosas buenas. Demuestra que eres un hombre. Ten valor para presentarte. Veras como todo es más fácil para ti y tu familia. Eva y Edmund lo agradecerán. Y yo estaré orgulloso de ti. Tendrás fuerza para vivir. Encontrarás trabajo. Podrás tener la cartilla nº 2. No te rindas más. Termina con esta vida de animal acosado. Debes volver a vivir entre las gentes, tienes que volver al mundo. No es una vergüenza fabricar tu propio destino. Yo también fui soldado en la Primera Guerra Mundial. Según tú, aquello fue un juego de niños. Pero para mí no fue así. Partimos con las fronteras en alto, ocupamos media Europa y avanzamos hacia el centro de Rusia. Parecía que ninguna fuerza del mundo podría detenernos. Pero de repente todo cambió. Primero la derrota y luego la Revolución. Incluso lloré cuando me arrancaron los galones. No se me puede acusar de no haber sido un buen alemán. A pesar de ello, durante estos años tan difíciles, ahora puedo confesarlo, no he esperado otra cosa que la caída del Tercer Reich y su destrucción. No quiero pensar cuál hubiera sido la suerte del mundo si las cosas hubieran sido de otro modo...",  Y todo esto mientras Edmund gesta una tragedia, si bien la tragedia nos la presenta en cada escena Rosellini al mostrarnos nítidamente la realidad de la postguerra alemana: destrucción, hambre y muerte. Y hace hincapié en la miseria de un pueblo que no supo enfrentarse a la dictadura nazi. 

Porque tras la Segunda Guerra Mundial y durante varios años, Berlín fue el centro de las tensiones entre dos bloques antagónicos, con tanques apuntándose a ambos lados del Checkpoint Charlie y el mundo conteniendo el aliento. Al final, la construcción del muro fue un terrible drama para los berlineses, pero un "mal menor" para el resto del planeta como llegó a decir Kennedy. Pero de nada de esto es consciente el joven Edmund, que vaga por las ruinas berlinesas buscando cigarrillos, carbón y algo de comer para su familia, hacinada en los bloques de viviendas que todavía se mantienen habitables, conviviendo con el estraperlo, el sentimiento de culpa y la confusión de los ex soldados alemanes, los últimos estertores del nazismo y el embrutecimiento de la adolescencia. 

Toda guerra desbasta material y moralmente a un país. En el caso del nacionalismo impuesto por el Tercer Reich es paradigmático y en nuestras dos últimas entradas nos lo recuerdan con dos películas épicas: la semana pasada con el antes a través de El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979) y esta semana con el después de Alemania, año cero, fiel reflejo del deterioro moral de la infancia.