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sábado, 10 de mayo de 2025

Cine y Pediatría (800) La Trilogía de Apu, metáfora visual sobre la infancia, juventud y madurez

 

Es tradicional en este proyecto de Cine y Pediatría que cada entrada centenaria se corresponda con una película que tenga un especial valor o impacto, y así lo hicimos con películas como la danesa Pelle el conquistador (Bille August, 1987), la francesa La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), la siria Silvered Water, Syria Self-Portrait (Wiam Bedirxan, Ossama Mohammed, 2014), la belga Aves de paso (Olivier Ringer, 2015), o la estadounidense La ballena (Darren Aronofsky, 2022). Y hoy, en esta entrada número 800 vamos a hablar una de las películas míticas del cine indio y del cine internacional, una trilogía que es una metáfora visual de la infancia, juventud y madurez: la Trilogía de Apu del director Satyajit Ray.      

Cierto que el cine indio sigue siendo un gran desconocido para Occidente, aunque en el caso de Satyajit Ray, con 29 largometrajes y varios documentales en su filmografía, quizás represente al realizador por excelencia de la India, quien tuvo su trono desde la década de los 50 y durante más de tres décadas. Admirable y admirado, resuenan las palabras de Akira Kurosawa quien nos decía que “no haber visto el cine de Ray es como existir en este mundo y no haber visto el sol o la luna”. Y es que se cuentan con los dedos de la mano los directores que han dejado una huella tan profunda como el cineasta bengalí, un autor de culto, hábil orfebre de la composición visual y poeta de la imagen. Sus tesoros cinematográficos se concentran en la década de los 50 y 60, donde aparecen obras como El salón de música (1958), La diosa (1960), Teen Kany (Dos muchachas-Tres muchacha) (1961), La gran ciudad (1963), Charulata. La esposa solitaria (1964) El cobarde (1965) o El héroe (1966). Pero donde todo empezó con su impactante ópera prima, Pather Panchali (La canción del camino) (1955), el inicio de la Trilogía de Apu, que cabe recordar que se financió recurriendo a los propios ahorros del director, con precariedad de medios y grandes dificultades, por lo que tardó tres años en concretarse.

Satyajit Ray creció en Calcuta con ambas culturas, bengalí y occidental, pues en la primera mitad del siglo XX la ciudad estaba llena de militares estadounidenses y allí se proyectaba todo Hollywood. Fue un enamorado del cine americano, pero también del neorrealismo italiano, del cine soviético y de los documentales de Robert J. Flaherty, aunque la mayor influencia fue la del poeta y filósofo Rabindranath Tagore, en cuya escuela se formó. Fue un maestro enamorado del séptimo arte que envolvió sus imágenes de exotismo, observando detenidamente la condición humana, por lo que todas sus películas destilan importante carga social. Y así expresa el amor a su oficio: “El cine es más bello que la vida: no hay atascos ni tiempos muertos y avanza como un tren que atraviesa la noche”. 

¿Y qué tiene de especial La trilogía de Apu? Supongo que muchas cosas y ello se ha analizado desde distintos puntos de vista a lo largo de la historia. La trilogía está constituida por tres películas en blanco y negro, basadas en las novelas autobiográficas de Bibhutibhushan Bandyopadhyay en lenguaje begalí: Pater Panchali (La canción del camino) (1955), 115 minutos de metraje, abarca los años de la infancia del protagonista y especialmente su relación con las dos mujeres más importantes de su vida: su madre y su hermana; Apajarito (El invencible) (1956), 105 minutos, se centra en la adolescencia, la relación con su padre, su profesor y en particular con su madre, además de tomar contacto con el mundo adulto; y Apur Sansar (El mundo de Apu) (1959), 117 minutos, con un Apu idealista, ya maduro, quien al terminar sus estudios debe de enfrentarse al mundo, al matrimonio y a la paternidad. Un paseo por la infancia, juventud y madurez con una idea que se repite: las cosas en la vida son cíclicas y, por lo tanto, no nos queda otra que aprender de ellas, bien sea el amor, la soledad o la muerte. Y ello a través de planos y secuencias llenas de belleza plástica, con la naturalidad que ya nos directores como Jonh Ford o Jean Renoir, y que nos permite transitar por un camino tan realista como poético, apoyados por la fotografía de Subrata Mitra y la música de Ravi Shankar, donde ambas se combinan para trasladarnos a la India en ese camino de crecimiento, pérdida y búsqueda del significado de la vida para Apu. 

Adentrémonos un poco más en cada una de las partes de la trilogía... 

- Pather Panchali (La canción del camino). La infancia 

Nos introduce en la vida de una familia pobre en una aldea rural de Bengala a principios del siglo XX: "En este remoto rincón, lejos del bullicio de la ciudad, vivían dos niños. Durga, la mayor, y Apu, su hermano pequeño. Su mundo era pequeño, pero lleno de maravillas". El padre Harihar Ray (Kanu Banerjee) es un sacerdote y poeta con sueños de una vida mejor, pero sus ingresos son escasos; su esposa, Sarbojaya Ray (Jaruna Benerjee), se encarga de las tareas del hogar y de criar a sus dos hijos: Durga (Runki Banerji), la hija mayor, traviesa y cariñosa, y Apu (Subir Banerjee), el hijo pequeño, curioso y observador. También vive con ellos Indir Thakrun (Chunibala Devi), una anciana pariente de Harihar, a la que Sarbajaya resiente por suponer una carga económica adicional. 

La película retrata la vida cotidiana de la familia, donde Durga y Apu comparten juegos y travesuras, disfrutan de la naturaleza y se maravillan con las pequeñas cosas, como la llegada ocasional de un vendedor ambulante o el sonido lejano del tren. Cuando la situación económica de la familia se vuelve más precaria, el padre tiene que ausentarse durante largos periodos en busca de trabajo y la tensión aumenta en el hogar, especialmente entre Sarbajaya e Indir. El punto de inflexión viene marcado por la muerte, primero de Indir y posteriormente de Durga, y el dolor por la pérdida de esta última hace que la familia decida abandonar su hogar ancestral y mudarse a Benarés con el pequeño Apu, en busca de un nuevo comienzo con la incertidumbre del futuro. 

Pather Panchali (La canción del camino) captura la belleza y la dureza de la vida rural, la inocencia de la infancia y los lazos familiares frente a la adversidad. Nos marca el inicio de la conmovedora historia del crecimiento y las experiencias de Apu.  

- Aparajito (El invencible). La juventud 

Ya en la ciudad sagrada de Benarés, Sarbajaya trabaja como sirvienta para una familia adinerada, aunque añora su hogar y la vida sencilla del campo, mientras Apu (Pinaki Sengupta) explora la vibrante ciudad. El padre fallece poco tiempo después y somos espectadores de la creciente dependencia mutua entre madre e hijo. Pero también como Apu siente la necesidad de buscar nuevos caminos y muestra gran curiosidad por el aprendizaje, destacando en la escuela. El amor materno luchando contra la necesidad de dejar caminar solo a su hijo. 

La película da un salto temporal y nos presenta a un joven Apu (Smaran Ghosal) que acaba de conseguir una beca para estudiar en Calcuta, donde queda fascinado por la gran ciudad. En Calcuta, Apu se sumerge en sus estudios, y se distancia cada vez más del mundo rural y de su madre, cuyas cartas se vuelven menos frecuentes y más llenas de añoranza. Finalmente, Sarbajaya enferma gravemente. Apu regresa al pueblo, pero llega demasiado tarde. Consumido por el dolor y el remordimiento, se enfrenta a la pérdida de su último lazo familiar directo, y de poco valen algunos consejos: "No llores, Apu. Los padres no viven para siempre. Lo que tiene que pasar, pasa". 

Aparajito (El invencible) explora el tema del crecimiento y la separación, el choque entre la tradición y la modernidad, y el doloroso proceso de la individuación. 

- Apur Sansar (El mundo de Apu). La madurez 

Un Apu ya en su madurez (Soumitra Chatterjee) instalado en Calcuta, sueña con ser escritor, pero vive con dificultades económicas y se dedica a trabajos esporádicos. El destino hace que conozca a Aparna (Sharmila Tagore), con la que acaba casándose para evitar el escándalo y deshonra familiar que supuso que fuera rechazada por su novio en el último momento. “Mi padre murió cuando tenía 10 años. Mi madre murió cuando tenía 17. Tuve una hermana mayor… No tengo nada, ni casa, ni trabajo siquiera. Mi futuro es muy vago. ¿Qué voy a hacer contigo’…”, pregunta a la esposa con la que le han obligado a casarse y que no se conocen. Él que iba a una boda con su amigo Pulu y, sin querer, se viene con la novia. Pero, contra todo pronóstico, surge un profundo amor entre ellos, a través de una vida sencilla repleta de complicidad y donde Aparna apoya las ambiciones literarias de Apu y le brinda la estabilidad emocional que nunca antes había tenido. Sin embargo, la felicidad se ve truncada cuando regresa la muerte a su vida: Aparna muere al dar a luz a su hijo, Kajal. Devastado por la pérdida, Apu se sume en una profunda depresión y aislamiento, abandona a su hijo recién nacido y se marcha, vagando sin rumbo durante años. 

La película da un salto temporal y nos traslada al reencuentro de Apu con su hijo Kajal, quien ya tiene 5 años y vive con sus abuelos maternos. Apu lucha por conectar con su hijo, quien inicialmente lo rechaza. La película culmina con una escena emotiva donde Apu logra finalmente abrazar a su hijo, simbolizando la reconciliación y la aceptación de su papel como padre. Aunque la sombra de la pérdida de Aparna siempre estará presente, Apu encuentra una razón para vivir y reconstruir su mundo junto a su hijo. El abrazo final, aunque lleno de cicatrices emocionales, ofrece una poderosa sensación de esperanza y reconciliación. 

Apur Sansar (El mundo de Apu) es una poderosa conclusión para la trilogía, explorando temas profundos como la naturaleza inesperada del amor, el devastador impacto de la pérdida, la dificultad de la paternidad y la redención a través del amor filial, la continuidad de la vida a pesar del dolor, la complejidad de la condición humana. 

La Trilogía de Apu en su conjunto ofrece una visión profunda y poética del ciclo de la vida, con emotivas enseñanzas traducidas en poéticas imágenes que nos llevan a reflexiones profundas sobre temas universales: la belleza y la fragilidad de la infancia, el amor incondicional y a menudo sacrificado de los padres, el dolor de la pérdida y el proceso del duelo, la búsqueda de la identidad y el lugar en el mundo, la tensión entre las tradiciones y la modernidad, la resiliencia del espíritu humano ante la adversidad, sí como la importancia de las conexiones humanas y el amor para encontrar sentido en la vida. Y todo ello en una de las más bellas metáforas visuales que haya regalado el séptimo arte a ese ciclo de la vida que transcurre por la infancia, juventud y madurez.

 

sábado, 11 de marzo de 2017

Cine y Pediatría (374). "Moonlight", porque a la luz de la luna los negros parecen azules


Hoy viene a Cine y Pediatría una película sorprendente y con sorpresa. Sorprendente porque es la película que ha convertido a su director, Barry Jenkins, en una de las más prometedoras voces del nuevo cine de Estados Unidos. Y con sorpresa, porque al recibir el Oscar a Mejor Película de este año, el mayor galardón de la Academia, lo hizo con un error mayúsculo: pues se atribuyó ese premio a La La Land y hubo que corregir en directo el desaguisado. Difícil de olvidar...que aquellos "Bonny and Clyde", ahora devenidos en ancianos Warren Beauty y Faye Dunaway, improvisaran sin ton ni son sobre el escenario. Porque La La Land, la sobrevalorada película con el récord de 14 nominaciones, acabó llevándose seis Oscar: dirección (al niño terrible y prodigio Damien Chazelle), a la actriz protagonista (Emma Stone, la nueva novia del mundo), banda sonora y canción original ("City of Stars"), fotografía y diseño de producción. Por otra parte, este brillo lo compartió con esta obra menor que hoy nos congrega, Moonlight, quien con 8 nominaciones consiguió tres Oscar: mejor película, mejor actor de reparto (Mahershala Ali) y mejor guión adaptado. 

Y con otro prolegómeno: en los dos años anteriores de los Premios de Hollywood no hubo un solo intérprete negro nominado, de forma que se llegó a crear el hashtag #OscarsSoWhite como denuncia a la falta de pluralidad de la Academia. Y justamente este año, paradójicamente el año que Donald Trump llega al poder (que nada tendrá que ver), se ve que el hashtag tuvo efecto y se ha convertido en los Oscar con más ganadores negros de la historia, con cinco estatuillas que han ido a parar a artistas afromericanos: porque a los tres de Moonlight (mejor director, actor de reparto y guión adaptado), se han sumado la actriz de reparto (Viola Davis por Fences de Denzel Washington) y documental (O.J. Made in America de Ezra Edelman). Unos Oscar en que se ha bromeado con la frase: "Los blancos han salvado el jazz - por La La Land - y los negros han salvado a la NASA - por Figuras ocultas - ". 

Moonlight sigue cronológicamente tres momentos claves de la complicada vida (su infancia, adolescencia y madurez) de un chico afroamericano que crece en una zona conflictiva de Miami. Se divide en tres partes, diferenciados por los distintos nombres que nuestro protagonista adoptó en cada etapa, en esa complicada comunión con el cosmos y las fuerzas que moldean la existencia. Las tres etapas son Little (su infancia), Chiron (su adolescencia) y Black (su madurez). No es un recurso nuevo, pero sigue resultando atractivo, especialmente para el cometido final: retratar lo hondo del ser humano para aniquilar prejuicios y arquetipos. 

1) Little. 
"Me llamo Chiron. Pero me llaman Little", Así se presenta Chiron (Alex Hibbert), un niño tímido y retraído apodado "Little" por su personalidad y tamaño, y al que desde la primera escena ya percibimos el maltrato al que le someten los demás niños del barrio. Vive en una familia desestructurada, sin padre y con una madre, Paula (Naomie Harris), con más afecto por el alcohol y las drogas (y conseguirlas si hace falta a través de prostituirse) que por su hijo: "Contigo me ha tocado la lotería, Chiron"
Casualmente encuentra a Juan (Mahershala Ali), un cubano distribuidor de drogas, quien acaba protegiéndolo junto a su novia Teresa (Janelle Monáe, la peculiar cantante devenida actriz), y donde el chico encuentra algo parecido a la familia que no tiene. Porque Juan y Teresa perciben desde el primer momento la tristeza y soledad de Little, convertida en mutismo, y le abren su casa siempre que él lo desee. Y los consejos de Juan no los olvidará: "Te diré una cosa chaval. Hay gente negra por todas partes" , "Yo también odiaba a mi madre, pero ahora la echo de menos", "Puedes ser gay, pero no debes dejar que nadie te llame marica" o la mítica sentencia "A la luz de la luna, los negros parecen azules". Y entre los chicos, el único que mantiene una buena relación con Chiron es Kevin, quien comienza a crecer unido a él. 

2) Chiron.
Ahora Chiron (Ashton Sanders) es un adolescente, igual de acosado en el instituto como antes lo fue en el colegio, aunque mantiene la amistad de Kevin. Su madre ya se ha convertido en adicta al crack, tiene comportamientos extraños y extorsiona a su hijo para que le dé dinero o le invita a que se ausente de casa mientras ella realiza sus asuntos sexuales con otros hombres: "Búscate algún sitio donde dormir". Y ese lugar es la casa de Teresa (luego descubrimos que Juan ha fallecido), siempre abierta para él y abierta a los buenos consejos: "Aquí solo quiero amor y orgullo". Porque lo cierto es que la situación familiar y personal de Chiron solo ha hecho que empeorar: "Yo a veces lloro tanto que tengo la sensación de convertirme en gotas". 
Chiron y Kevin acaban descubriendo su mutua atracción, algo que le desconcierta. Pero más el hecho de que los matones del instituto obliguen a Kevin a golpearle delante de todos. Humillación ante la que Chiron responde agresivamente frente al matón acosador, motivo por el que es detenido. 

3) Black.  
Regresa Chiron (Trevante Rhodes) como un adulto endurecido, jefe traficante de drogas en las afueras de Atlanta (mimetizado con su admirado Juan, incluyendo la corona en el frontal del coche, los collares y la dentadura de fundas metálicas ) y es conocido por el sobrenombre de Black, apodo que le pusiera ya en la adolescencia su amigo Kevin. Y en lapso de tiempo entendemos que su paso por el correccional no fue fácil, como su vida actual, cuando confiesa: "Estoy bien... No puedo dormir". Ahora su madre está internada en un centro de deshabituación y, después de muchos años, recibe una llamada de Kevin (André Holland), y se citan para volver a verse y firmar las paces: Las paces consigo mismo... a la luz de la luna. Y Kevin le dice "Sigues sin decir más de tres palabras seguidas" o "Ahora no tengo preocupaciones, es lo que cuenta". Y Black le confiesa: "Eres el único hombre que me ha tocado. No he vuelto a tocar a un hombre". 

A la luz de la luna dos apodos rodean al nombre real de nuestro protagonista, quien intenta salir adelante con todo lo que le rodea fuera y dentro de su existencia. Y ello con el trasfondo de la banda sonora compuesta por Nicholas Britell con dieciocho canciones originales, además de otros temas míticos como el "Hello Stranger" de Barbara Lewis o el "Cucurrucucú paloma" de Tomás Mendez, multiversionada canción. 

Una película en la que cada una de las tres partes viene precedida de un fundido en negro, y en la primera imagen siempre una cámara sigue por detrás a nuestro Little, Chiron y Black. Y el impactante final, en que volvemos a encontrar de nuevo a Little de espalda frente al mar y a la luz de la luna... y entonces nos mira. Una mirada que nos recuerda que a la luz de la luna todos los negros son azules...o no.

 

sábado, 18 de octubre de 2014

Cine y Pediatría (249). “Tasio”, la sencilla historia de una vida


Hay películas verdaderamente gratificantes por su sencillez, su nostálgica quietud y su agreste belleza. Hay películas verdaderamente gratificantes porque son como la vida y porque nos hablan de la vida. Hay películas antropológicas que perviven pese al paso del tiempo. Y eso es lo que le ocurre a una película que celebra su 30 cumpleaños y que fue la ópera prima de un gran director navarro, Montxo Armendáriz: Tasio (1984). 

Porque Tasio supuso el descubrimiento de un director humano y humanista, que siempre es guionista de sus películas, y que se abrió rápidamente un hueco destacable dentro del panorama del cine español, gracias a títulos posteriores como 27 horas (1986), Las cartas de Alou (1990), Historias del Kronen (1994), Secretos del corazón (1997, en su momento candidata en los Oscar a Mejor película extranjera), Silencio roto (2001), Obaba (2005) o su última película, No tengas miedo (2011), que ya ha formado parte de la familia Cine y Pediatría. 

Montxo Armendariz se basó para Tasio en el realismo de la gente aferrada a la tierra y en una persona real, Tasio Otxoa, un carbonero a quien conoció en la grabación del documental de 1981, Carboneros de Navarra. Y para conseguir que la película huela a monte y a carbón vegetal envolviendo al espectador para crear una de las mejores películas naturalistas del cine contemporáneo, contó con un gran equipo: la música de Ángel Illarramendi, la fotografía de José Luis Alcaine, la dirección artística de Gerardo Vera, el montaje de Pedro G. del Amo y la producción de Elías Querejeta. Un trabajo cinematográfico magnífico de detalles invisibles, pero esenciales para describir la historia de un hombre, desde la infancia a la vejez, pasando por la adolescencia, y en donde Tasio reivindica su tierra y una relación sostenible con ella, frente al avance del progreso, la emigración a las ciudades y la explotación desmedida de los recursos. 

Tasio se convierte así en una miniatura rural de un hombre nacido en la sierra de Urbasa. Y somos espectadores de la sencilla historia de una vida: 
- En los 5 minutos iniciales conocemos al Tasio niño (Garikoitz Mendigutxia) y su infancia feliz. Aunque desde los ocho años tendrá que empezar a trabajar en el monte por necesidades familiares, el bosque será el lugar que sea testigo de su crecimiento, de sus juegos infantiles y también donde encuentre el sustento necesario para su familia. Esa época en la que su padre le enseña a respetar la naturaleza, incluso en la caza: “siempre hay que coger la mitad de los polluelos, para que no se acabe la caza”. 
- En los siguientes 15 minutos se nos presenta al Tasio adolescente (Isidro José Solano) y cómo, a los catorce años, las necesidades le obligan a hacerse carbonero. Más tarde, conocerá a Paulina, su amor de adolescencia y juventud, esa etapa en la que no todas sus actividades son legales, pues convive con la caza (a lazo, cepo o a escopeta de cartuchos) y la pesca a escondidas del guarda del coto. 
- El resto de la película nos acompaña a la madurez de Tasio (Patxi Bisquert), con su mujer Paulina y la hija que tendrán, una familia que debe mantener con el carbón y la caza furtiva. Y mientras muchos emigran a la ciudad para tener un trabajo fijo y un futuro mejor, él prefiere quedarse en el monte, viviendo en la más absoluta soledad con el fin de preservar su libertad. Y, poco a poco, la vida avanza y la soledad es su principal compañía, sobre todo cuando su mujer fallece pronto y tiene que dedicarse a la educación de su hija. Pero él mantiene fiel a su monte y a su carbonera, y cuando su amigo Luis le pregunta si quiere irse con él a trabajar en el sector de la construcción a Vitoria, le responde: “Yo de aquí no me muevo”. Porque así son los héroes anónimos que mueren fieles a sus principios

Y con estas elipsis transcurre la vida, y la película Tasio se convierte en una hermosa reflexión sobre el paso del tiempo, sobre el apego a la tierra, a las raíces, sobre la vida rural, sobre la desnudez de los sentimientos del ser humano, desde una sensibilidad natural y naturalista, tan sencilla como bella. Como es la vida, como debería ser la vida. Y es así como Armendáriz escribió un guión narrando tres épocas de la vida de Tasio, la pequeña gran historia de una vida: la vida de un niño curioso y alegre; la vida de un adolescente voluntarioso y sensible; la vida de de un hombre de extraordinaria firmeza en su personalidad rural, amante de la naturaleza y de su libertad por encima de cualquier traba. 

Hace dos semanas hablábamos de la monumental película de Richard Linklater, considerada como una de las películas del 2014, Boyhood, momentos de una vida. Hoy hablamos de una película de hace 30 años y que también habla de la vida, sin monumentalidad, pero igual de hermosa. Porque, en palabras de Gregorio Marañón, nuestro médico humanista por antonomasia. “Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar, es empezar a morir”.