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sábado, 15 de octubre de 2022

Cine y Pediatría (666) El amor juvenil de “Licorice Pizza” en los años setenta

 

Paul Thomas Anderson es un director, guionista y productor de cine estadounidense considerado como uno de los grandes talentos contemporáneos del séptimo arte, incluso catalogado como niño prodigio en sus inicios. Ha dirigido nueve largometrajes y ha estado nominado a once premios Óscar por Boogie Nights (1997) y por Magnolia (1999), ambos como mejor guion original, por Pozos de ambición (2007) como mejor película, director y guion adaptado (y que ganó a mejor actor para Daniel Day-Lewis y fotografía), por Puro vicio (2014) como mejor guion adaptado, por El hilo invisible (2017) como mejor película y director (y que ganó a mejor vestuario), y por Licorice Pizza (2021) como mejor película, director y guion original. Y aunque no ha conseguido ningún Óscar (y ya es uno más de esos eternos candidatos), si ha conseguido galardones en otros festivales de clase A: Oso de Oro a mejor película en el Festival de Berlín por Magnolia y Oso de Plata a la mejor dirección por Pozos de ambición; mejor director el Festival de Cannes por Embriagado de amor; León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia por The Master (2012): y un BAFTA al mejor guion original por Licorice Pizza. Y a esta, su última película, nos referimos hoy, pero vale la pena revisar en Cine y Pediatría la ya comentada película Magnolia, y que nos deja un magistral aroma alrededor de las secuelas por una paternidad con malos tratos.  

Porque este cineasta de Los Ángeles se ha consagrado con su caligrafía estética y su cautivador sentido para captar las conexiones humanas, con varias señas de identidad: su marcado interés por las relaciones interpersonales en películas generalmente corales (y con largo metraje), en las que la interrelación hijos y padres tiene marcada relevancia; también su interés por abordar la soledad y el amor, en su escrutinio sobre la condición humana; la recurrente presencia de El Valle de San Fernando en sus películas, el espacio en que creció y al que le gusta definir como el Beverly Hills de la clase trabajadora, un lugar poblado por los técnicos anónimos de la fábrica de sueños, en la que floreció la industria porno que él mismo retrató en Boogie Nights; y un buen sustento en sus bandas sonoras. Y estas premisas también están presentes en Licorice Pizza, esa forma de entender el amor juvenil en la década de los 70. 

Y en Licorice Pizza vuelve a rodar cerca de su casa, en su Valle de San Fernando natal, y lo hace rodeándose del talento que tenía más a mano, fichando para los papeles principales al jovencísimo Cooper Hoffman, hijo del tristemente desaparecido Philip Saymour Hoffman (que antaño fuera su actor fetiche) y a la pequeña de las hermanas Haim, Alana, componente junto a sus hermanas de la banda musical HAIM con las que Thomas Anderson ya había trabajado previamente en sus videoclips. Y nos narra la relación entre Alana Kane (Alana Haim) y Gary Valentine (Cooper Hoffman), de cómo se conocen, se hacen socios en distintos negocios y acaban generando una peculiar historia de amor en el Valle de San Fernando en la década de los setenta, cuando Nixon gobernaba el país. 

Ambos serán los protagonistas de una convulsa historia de amor adolescente a la carrera por las soleadas calles de Los Angeles, bajo una B.S.O. excepcional propia de la década de los 70 (“Stumblin´In” de Chris Norman y Suzi Quatro, “Peace Frog” de The Doors, “Let Me Rool It” de Paul McCartney & Wings, “Life on Mars?” de David Bowie o “Tomorrow May Not Be Your Day” de Taj Mahal), pero también de décadas previas (“Ac-Cent-Tchu-Ate The Positive” de Bing Crosby, “July Tree” de Nina Simone, “But You´re Mine” de Sonny & Cher, “7 Rooms of Gloom” de Four Tops o “I Wishen On The Moon” de Roland Kirk) o posteriores (“Lisa, Listen to Me” de Blood, Sweat and Tears o “Cotton Fields” de Sandler & Young); así como un buen número de piezas del pianista de jazz Johnny Guarnieri. 

El título de Licorice Pizza evoca una desaparecida cadena de discos de los años 70 de Los Ángeles que, a su vez, homenajeaba un gag de los cómicos Abbott y Costello, donde la pareja intentaba vender vinilos haciéndolos pasar por pizzas de regaliz (“licorice”, en inglés). El detalle no es banal, porque eso es en gran medida el enfoque de esta película, un canto melancólico que evoca esa frontera de la adolescencia en el que la vida se abre paso a todas sus posibilidades y uno cree que puede volar. Y que se traduce en esta especial relación de pareja entre Alana, quien a sus 25 años sigue buscándose a sí misma en el entorno de una familia judía que le dice aquello de “Deja de estar enfadada con todo el mundo”, y Gary, un simpático adolescente de 15 años con sobrepeso y acné. En seguida los negocios serán su punto de unión, y se convierten en más amigos que novios, más que novios, socios (de una empresa de camas de agua con el peculiar nombre de Bernie el Gordo) y candidatos a actores (él ya lo era de musicales infantiles y ella lo intenta luego); luego separan sus trabajos (Alana como colaboradora en la campaña de un político y Gary abriendo una empresa de maquinas de pinball, el Palacio del Pinball de Bernie el Gordo). Con ello cada uno de estos jóvenes intenta dar una vuelta a su mundo y hacer algo con sus vidas. 

Y en la historia aparecen puntualmente algunos consagrados actores interpretando a personajes reales de aquellos momentos: Sean Penn (como el actor Jack Holden, en realidad William Holden en plena decadencia), Bradley Cooper (como Jon Peters, el productor que lanzó la carrera de Barbra Streisand y también ahora el quinto marido de Pamela Anderson), John C. Reily (como Herman Munster, basado en el monstruo de Frankestein de la serie televisiva The Munsters), Christine Ebersole (como Lucy Doolittle o Lucille Ball, ya en la cuesta abajo de su carrera), también Ben Stiller y hasta el músico Tom Waits (como el realizador Rex Blau, una combinación de varios directores medio locos de la época). Y pese a ello, no es la aparición de estos consagrados actores lo que le da el mejor tono a la historia. 

Y así Licorice Pizza se nos presenta como una película (o disco en forma de pizza de regaliz) para hacernos el particular retrato de aquella época y una historia de amor casi imposible entre jóvenes. Por ello cuando a Alana le preguntan si tiene novio, ella contesta: “Sí y no. No lo sé”. Y quizás algo se resuelve en ese beso final y el “Te quiero, Gary”. Y aunque no sea la mejor película de su director, algo queda de las características que definen a Paul Thomas Anderson.

sábado, 6 de febrero de 2016

Cine y Pediatría (317). La metamorfosis de un adolescente en “Submarine”


Igual que Gregor Samsa, el protagonista de "La metamorfosis" de Kafka, se despertó un día convertido en un insecto, todo adolescente se despierta un día convertido en un “bicho raro” en esa tierra de nadie que nos lleva de la tierna irresponsabilidad de la infancia a la dura responsabilidad de ser adulto: y como un submarino los adolescentes navegan entre la ingenuidad infantil, la efervescencia hormonal de la adolescencia y la supuesta sensatez de la madurez. En medio de ésta encrucijada conocemos a Oliver, quien se encarga de mostrarnos el universo de su vida cotidiana (un universo siempre con tres planetas, la familia, el centro escolar y los amigos) mediante la narración en primera persona. 

Submarine es la ópera prima del inglés Richard Ayoade (2010), popular por en su país como actor cómico de la serie The IT Crowd, película que es adaptación de la novela homónima de Joe Dunthorne publicada en 2008, y cuya historia gira en torno a Oliver Tate (Craig Roberts), un peculiar adolescente de 15 años de Gales en los años 80, quien pasa demasiado tiempo reflexionando sobre sí mismo, mientras vive la intensidad de su peculiar primer amor con su compañera de clase Joana (Yasmin Paige) y mientras tratar de salvar el delicado matrimonio de sus padres, de manera que su cómodo mundo se tambalea y se hunde. 

El relato conserva la estructura de la novela y aparece dividido en prólogo, tres partes y epílogo. Esta peculiaridad marca el ritmo de una cinta irónicamente británica, pop hasta la médula (los fundidos, en vez de en negro, son en azul o en rojo), con constantes juegos de cámara (ralentización de la imagen, planos fijos, congelación de encuadres…), con personajes inusuales (ese tour de force de los adolescentes inadpatados Oliver y Joana, esa familia disfuncional), referencias estilísticas a las técnicas de la nouvelle vague (la omnipresente narración que acompaña a los protagonistas), fotografía inspirada en los trabajos de Néstor Almendros, la música de su amigo Alex Turner (del grupo Arctic Monkeys) y la solidez de una buena historia son motivos suficientes para enfrentarnos a una película sencilla y honesta, pero diferente y cuyo mayor hándicap es que ya hemos visto historias similares. O quizás no así contadas... 

En Submarine nos encontramos con estas partes: 

- Prólogo. Donde abundan las reflexiones en off de nuestro protagonista y donde reconocemos la muy peculiar forma de ser de este adolescente, un friki en toda regla, y el hogar en el que vive, con un padre pusilánime y una madre neurótica. 
"En muchos aspectos prefiero mi propia compañía. Me da tiempo para pensar". 
"Vivo en una casa grande con mis padres. Dicen que nuestra zona tiene un paisaje impresionante. No sé si creo en los paisajes...Mis padres llevan siete meses sin practicar sexo. Superviso su intimidad a través del regulador de luz de su cuarto...". 
"Me gustaría que la vida se pareciera a las teleseries americanas. Así cuando las cosas se pusieran dramáticas haría un fundido en negro y dejaría todo para otro momento". 
"Todavía no sé quién soy. He intentado fumar en pipa, lanzar monedas al aire, escuchar exclusivamente a artistas franceses...".
"Siempre que llego tarde, mi madre cree que me han raptado y que apareceré ahogado en un lago". 

- Parte uno: Jordana. Jordana es una chica morena, con brotes de eccema y adicta al fuego, compañera de clase y la primera persona que le hace plantearse a Oliver su propia identidad. Oliver escribe esa nota a su "media novia" Joana: "1) Nada de nombre de mascotas; 2) Nada de cogerse de la mano; y 3) Nada de emociones". Y que también le escribe en su palma de la mano las posibles razones para acostarse con ella: "1) Estás enamorada de mí; 2) Mejor antes de que sea legal; 3) Será decepcionante, ¿por qué esperar?"; y entonces ella borra la primera razón. 
Y continúan los diálogos entre inteligentes y divertidos, y los pensamientos de nuestro protagonista: "¿Qué hay dentro de mamá?, ¿qué hay dentro de papá?, ¿qué hay dentro de Jordana? Todos nos movemos fuera del radar sin ser detectados. Y nadie puede hacer nada".

- Parte dos: Graham Purvis. Es el nombre del místico vecino (y algo gurú) que se traslada a vivir a su mismo vecindario y que fuera antiguo novio de su madre, con quien emprende una serie de flirteos con ella que harán enfurecer al joven, quien tratará de evitar a toda costa que la pasión vuelva a brotar entre ambos y, a su manera, intentar salvar el matrimonio de sus padres. 
Mientras tanto prosigue su relación con Jordana, a quien regala tres libros (de Shakespeare, de Nietzsche y "El guardián en el centeno" de Salinger) y le dice "Estaría bien compartir intereses ahora que hemos practicado el sexo, aparte de escupir y prender fuego a cosas". Y llega a pensar: "Me estoy tomando mi labor como novio en serio". Llega a conocer a la madre de Joana, afecta de un tumor cerebral, lo que le permite reflexionar sobre la situación de los distintos hogares: "En la lista de problemas el cáncer le supera a una supuesta infidelidad". Y las recurrentes preguntas a su madre y a su padre, por separado: "¿A quién salvarías de un incendio, en el caso de que fuese igual de difícil salvar, a mamá o a mí?".

- Parte tres: La hora de la verdad. Donde prosigue su intento por salvar el matrimonio de sus padres ("Quiero recuperar a mi familia. Quiero que nada cambie") y su noviazgo con Joana, que se tambalea cuando él no se compromete con la enfermedad de su madre,. Y llega a escribir las "Razones para no suicidarme: 1) Problemas de limpieza; 2) Hacer quedar mal a mis padres; 3) No volver a ver a Jordana".

- Epílogo. Donde Oliver intenta recuperar el amor de Jordana, hasta que cree verla en la playa. Y juntos terminan caminando hacia el interior del mar sonriendo, con un final ambiguo.

Y es que esta ácida comedia dramática recuerda al cine de Wes Anderson (Moonrise Kingdom, 2012) o Noah Baumbach (Margot y la boda, 2007), por los temas (la familia disfuncional), el sentido del humor (tan fino que a veces se confunde con lo dramático), y la extravagancia con la que se disfrazan personajes y situaciones que en el fondo son de lo más corrientes, pero dibujados en un universo de marcados rasgos “indies” en el que se combinan adolescentes ataviados con uniformes de colegio grises y apagados, lunáticos post-hippies, recuerdos grabados con cámaras Super 8 o capturados en polaroids, y música grabada en casetes. 

En el año 1959, Antoine Doinel nos miraba a la cámara directamente y con ese clásico final en el mar: fue en Los cuatrocientos golpes de François Truffaut. Y en el año 2010 es Oliver Tate quien hace algo similar en esta ópera prima de Richard Ayoade, con la que ha cosechado el éxito de público y crítica: es con Submarine y nos recuerda que todos estamos bajo el agua (como los submarinos), pero especialmente proclive son los adolescentes, en pleno proceso de metamorfosis.
"La mayoría de la gente piensa en sí mismos como individuos, que no hay nadie como ellos en todo el planeta. Y eso les motiva para levantarse, y salir de la cama cada día, comer y andar como si no pasara nada. Mi nombre es Oliver Tate".