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miércoles, 14 de enero de 2026

Terapia cinematográfica (19). Prescribir películas para entender los trastornos de la conducta alimentaria

 

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son afecciones médicas y de salud mental graves que se caracterizan por alteraciones persistentes en la ingesta o en el comportamiento alimentario. Estos problemas causan un deterioro significativo de la salud física, el funcionamiento psicosocial y el bienestar emocional. No son una elección o un estilo de vida. 

Los tipos de TCA más comunes, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), incluyen la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, los trastornos por atracón y otros. La infancia y, sobre todo, la adolescencia son períodos críticos para la aparición y el desarrollo de los TCA, y su impacto en estas etapas es particularmente grave. 

Su importancia es tal, que los TCA representan la tercera causa de enfermedad crónica en niños y adolescentes, después del asma y la obesidad. Y es por ello que cada 30 de noviembre se celebra el Día Internacional de la Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria, que se identifica bajo el símbolo de un lazo, una cinta o una pulsera de color azul claro. 

No hay duda de que los TCA son enfermedades que requieren una detección precoz y una intervención especializada e intensiva para minimizar el riesgo de secuelas crónicas y salvar vidas. Son entidades que deben ser conocidas por los jóvenes que lo pueden sufrir, también por las familias y la sociedad. El cine, como poderosa herramienta de narrativa y comunicación visual, es un vehículo crucial para la sensibilización, el entendimiento y la prevención. 

Las formas positivas en que el cine puede ayudar en los TCA incluyen la desestigmatización y sensibilización, la educación sobre la complejidad de los y el fomentar la búsqueda de ayuda y la esperanza en la recuperación (quizás lo más importante, representando el proceso de tratamiento de forma constructiva, así como visibilizando el importante papel de la familia y el entorno). Además, el cine puede ser utilizado activamente por profesionales en programas de prevención y de terapia (la cineterapia puede ayudar a los pacientes a explorar sus sentimientos, facilitar la expresión emocional y analizar patrones de comportamiento de los personajes). 

Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales alrededor de los TCA en la infancia y adolescencia. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Por el amor de Nancy (For the Love of Nancy, Paul Schneider, 1994), para profundizar en la lucha de los padres con una hija o hijo con TCA y el profundo coste emocional de la familia. 

- Secreto compartido (Sharing the Secret, Katt Shea, 2000), para descubrir el secreto que se esconde tras la bulimia nerviosa. 

- Miedo a comer (Thin, Laurent Greenfield, 2006), para convivir con las impactantes vivencias que acompañan a las personas con un TCA. 

- Hambre al límite (Starving in Suburbia (Thinspiration), Tara Miele, 2014), para realzar la importancia de la detección precoz y prevención de los TCA ante los riesgos de internet y las redes sociales. 

- Hasta los huesos (To the Bone, Martin Noxon, 2017), para reconocer cuando la comida se conviert en el enemigo de la anorexia nerviosa. 

- Ara (Pere Solés, 2018), para conocer la anorexia nerviosa desde el punto de vista de las pacientes hospitalizadas y su relación con los terapeutas. 

- Club Zero (Jessica Hausner, 2023), para concienciarnos de los riesgos del adoctrinamiento en ciertas prácticas nutricionales, como la alimentación consciente. 

Siete películas argumentales para sumergirnos en la cruda realidad personal, familiar y social de los TCA, y que nos permitirá extraer aspectos positivos frente a la desestigmatización y sensibilización, la educación y terapias, así como el fomentar la búsqueda de ayuda y la esperanza en la recuperación. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.

sábado, 8 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (826) “Ara” y “Aixó era el vent”, cuando la realidad supera a la ficción en los trastornos de la conducta alimentaria

 

La infancia y la adolescencia son períodos críticos para la aparición y el desarrollo de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), y su impacto en estas etapas es particularmente grave. No hay duda de que los TCA son enfermedades que requieren una detección precoz y una intervención especializada e intensiva para minimizar el riesgo de secuelas crónicas y salvar vidas. No hay duda de que son entidades que deben ser conocidas por los jóvenes que lo pueden sufrir, también por las familias y la sociedad. El cine, como poderosa herramienta de narrativa y comunicación visual, es un vehículo crucial para la sensibilización, el entendimiento y la prevención. 

Las formas positivas en que el cine puede ayudar en los TCA incluyen la desestigmatización y sensibilización, la educación sobre la complejidad de los TCA y el fomentar la búsqueda de ayuda y la esperanza en la recuperación. Y para ello el cine se puede valer de películas documentales o de películas de ficción, y sirva como ejemplo estas dos contundentes películas en catalán: Ara (Pere Solés, 2018), el día a día de un grupo de pacientes con anorexia nerviosa durante su hospitalización y la relación con sus terapeutas y sus familias, un documental que parece ficción; y El vent és això (Pere Vilà i Barceló y otros directores, 2018), el viaje emocional de dos adolescentes con trastorno por atracón, una ficción que parece documental. Dos películas muy potentes para prescribir en las familias y centros educativos, también entre los sanitarios. Desgranemos cada una de ellas… 

- Ara (Pere Solés, 2018) es un documental que nos habla de la anorexia nerviosa desde el punto de vista de un grupo de “pacientes/actrices” jóvenes que no se esconden de la cámara e incluso quieren que sean llamadas por sus nombres reales: Anna, Ariadna, Irene, Mariona, Martina, Mónica, Nerea, Yaiza, y Núria. Esta última acaba de ingresar en la UPA (Unidad de Patología Alimentaria) de la Clínica Bofill de Gerona y, a través de su historia de adaptación, reconocemos al resto de adolescentes que han convivido y superado la enfermedad, por lo que hablamos de una película de realidad ficcionada, en cuanto a la actuación, pero llena verdades ante una ardua batalla a contrarreloj. Y así comenta el terapeuta a los padres de Núria: “Al principio del tratamiento y algo después, Núria no puede estar sola”. 

La historia sigue el día a día de este de jóvenes ingresadas, enfocándose especialmente en la experiencia de Nuria, paciente que inicialmente niega su enfermedad y evoluciona poco a poco hacia la aceptación y la recuperación. La película muestra con honestidad la lucha interna y social que implica este trastorno, así como el papel fundamental del equipo médico y el entorno en el proceso terapéutico, con esas terapias de grupo entre ellas o las reuniones ocasionales con los padres y sus dudas: “¿Cuánto tiempo conlleva tantas normas? Piensas, ¿podré? Que si la comida, la ropa, los espejos, las ventanas con reflejos, cerrar el lavabo, la cocina, la nevera, los medicamentos…Es así. Te falta el aire cuando lees tantas normas. Es asfixiante”

Y cada una de las pacientes se pone frente a la cámara y cuenta su historia, una historia que es particular y diferente en cada una de ellas. Y ahí nos sumergimos en sus declaraciones: “Aquí te entienden porque les pasa lo mismo. Fuera no. Te aconsejan, pero no es lo mismo”, “El cuerpo me importará toda la vida. Pero sé cómo cuidarlo sanamente para no acabar mal, física y mentalmente. O sentimentalmente, que es lo más importante”

Ara destaca por su valentía al utilizar a pacientes reales en los papeles principales, lo que dota a la película de una autenticidad emocional y una crudeza que ayudan a comprender la anorexia nerviosa desde dentro. Combina realidad y ficción para ofrecer una ventana inédita al mundo de los TCA, con un enfoque valiente y humanizador que provoca una intensa experiencia emocional y un llamado a la conciencia social. Y con la presencia de una nueva paciente, Helena… todo vuelve a empezar. El título de la película no es casual, Ara, ahora en catalán, hace alusión al hecho de que es cuando la paciente y su entorno inician un largo proceso de lucha por la curación o mejoría. 

- El vent és això (Pere Vilà y otros, 2018) es un drama sensible e introspectivo que acompaña a dos adolescentes, Alicia (Laia Manzanares) y Carla (Katrin Vankova), mientras atraviesan el difícil proceso de convivir con un TCA, que por las crudas imágenes que nos regala bien parece un trastorno por atracón. La película comienza con un fundido en negro y una de nuestras protagonistas nos explica todas la normas (y obligaciones) que ha de seguir para tratar su problema, bien de forma ambulatoria o ingresada (con o sin aislamiento). A partir de aquí las dos actrices se desnudan en cuerpo y alma para transmitir sus conflictos internos, dudas y necesidades, esa necesidad imperiosa de ser escuchadas y que les entiendan. Y ello a través de primeros (o primerísimos) planos y cámara fija sobre cada una de ellas, planos que se alargan de forma estática durante minutos, donde sufrimiento, rabia y lágrimas hace difícil pensar que solo sean actrices y no pacientes reales. Y sus confesiones son continuas: “Estamos perdidas… El futuro me asusta mucho”, “Yo quiero volver a ser pequeña”. Pura catarsis que llega a agobiarnos en ocasiones como espectador, no dejando nada a la imaginación, ni los atracones de comida ni los vómitos en la taza de wáter. 

La película se desmarca de la visión médica o sensacionalista y opta por una aproximación íntima, poniendo el acento en sus diálogos y emociones, desvelando también cómo el trastorno impregna sus relaciones familiares, de amistad y de pareja. Es casi un tour de forcé entre ellas dos, Alicia y Carla, solo interrumpido por la aparición de los padres de Alicia (interpretados por Anna Alarcón y Álex Brendemühl), dos planos fijos en cada caso de entre 5 y 10 minutos de duración, brutales de necesidad, especialmente esa dura confesión de la madre: “Nos hacemos daño. Necesito que te vayas de casa… Es muy difícil querer a alguien que no se quiere a sí mismo”

Todo muy interior. Las confesiones, las conversaciones, los escenarios (la habitación, el salón, el baño, la cocina). Todo muy auténtico, pura ficción con factura casi documental, derivada de la colaboración con estudiantes de bachillerato del instituto IES Santiago Sobrequés de Gerona y de su rodaje con un estilo naturalista. Este enfoque humanista y coral convierte la película en una experiencia profunda, que rebasa los límites del cine didáctico para situarse en el terreno de la empatía y la auténtica vivencia adolescente. 

El visionado de El vent és això invita a la reflexión sobre la soledad y las dificultades de comunicación de la juventud frente a problemas complejos como los TCA. La película genera preguntas sobre la presión social, la autoaceptación y la importancia del acompañamiento - no solo profesional, sino familiar y social - en el proceso de sanación. La obra construye un espacio donde el espectador se convierte, como anhelan las protagonistas, en ese "alguien" dispuesto a escuchar de verdad. 

Pues sí, ahora el viento era esto… cuando la realidad supera a la ficción en los TCA. Dos películas desde Gerona cuya aproximación crea un equilibrio entre el tono documental y la narrativa de ficción, lo que permite que el espectador se sumerja en una experiencia íntima, percibiendo el trastorno desde la subjetividad de quienes lo padecen. Sin embargo, es también una obra que requiere del espectador una disposición empática y receptiva, dada la complejidad emocional y psicológica que expone. 

El visionado de ambos films genera un impacto profundo, invitando a la empatía y a la reflexión sobre la fragilidad y fuerza de quienes luchan contra cualquiera de las patologías del TCA, con la anorexia nerviosa como santo y seña. Produce una sensación de inquietud, pero también de esperanza, resaltando la importancia del apoyo comunitario y la lucha constante frente a la enfermedad. Su visión honesta y directa sensibiliza sobre los mecanismos internos del trastorno, los tabúes y las presiones sociales, incentivando una mirada más comprensiva y menos estigmatizadora hacia quienes sufren esta patología.

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (825) “Por el amor de Nancy”, por la lucha frente a la anorexia

 

Regresamos a los trastornos de la conducta alimentaria. Y lo hacemos con un telefilme "made in USA" estrenado hace más de tres décadas y basado en hechos reales, donde se nos narra la historia de la actriz estadounidense Tracey Gold (interpretada por ella misma) en su juventud y su lucha frente a la anorexia nerviosa: Por el amor de Nancy (Paul Schneider, 1994), un título muy significativo porque se enfoca especialmente en la reacción de sus padres, Sally y Paul (interpretados por Jill Clayburgh y Cameron Bancroft), una familia acomodada con dos hijos varones más, y que se verán obligados a confrontar la realidad de la enfermedad de la hija cuando esta pone en peligro su vida. 

Nancy Walsh acaba de cumplir 18 años y en la fiesta de graduación, al preguntarle sus amigos sobre cómo vislumbra su futuro, esta les dice: “Bueno, creo que el futuro está en blanco. Es decir, no hay ninguna certeza sobre él. Creo que a los 18 hay muchas cosas buenas. Y realmente me gustaría que siguiera exactamente como hasta ahora”. Pero no va a ser así, pues tiene que partir del hogar para seguir formándose en la universidad, algo que ilusiona más a su madre que a ella misma. Y ese vivencia coincide con una extracción dental, momento en que el potencial dolor le sirve de excusa para comenzar a comer menos. Y comenzamos a reconocer como espectadores sus hábitos (pero no es el caso de sus padres): evitar la comida, hacer mucho ejercicio, controlar su peso,… 

Ya en la universidad pide una habitación individual y se relaciona poco con los compañeros, hasta el punto que estos comentan sobre su actitud: “Estudiar, estudiar, estudiar. Correr, correr, correr. Rara, rara, rara,…”. Salvo su propia familia, otros ya comienzan a verla más delgada. Un amiga de la madre de Nancy se atreve a este comentario: “Tengo una amiga que trabaja en un colegio. Dijo que ella podría ser anoréxica”. Pero la madre lo niega y piensa que solo está estresada por los estudios. Pero pasado un tiempo ya la delgadez y el deterioro de Nancy es patente también para sus padres, y le preguntan asustados: “¿Qué está pasando?, ¿por qué haces esto?... Te estás haciendo daño”. Y Nancy promete a sus padres que comerá, una mentira más (aunque aquéllos quieren creer en su palabra). 

Finalmente ingresa en la Unidad Parker para pacientes con trastornos de la conducta alimentaria. Pero se cierra y no se adapta a las normas y las terapias de grupo. El Dr. Partana explica a la familia que el desencadenante fue la partida a la universidad y que ella sintiera que se querían deshacer de ella; y buscó algo que pudiera controlar, como la comida: ”El anoréxico busca tener control. Lo que está claro es que la anorexia es una manifestación de un problema familiar… No comer no es la enfermedad sino un síntoma. La enfermedad es cómo ella se siente consigo misma”. Y por ello en sus varias caídas, la propia Nancy confiesa: “Quisiera comer, de veras, quiero comer, pero no puedo… No lo hago a propósito”. 

Porque el eje central de la trama es la batalla de los padres para que Nancy reciba tratamiento, enfrentándose a la negación, la manipulación y la hostilidad de su hija. La película destaca una de las mayores complejidades legales y éticas de los trastornos alimenticios graves: el derecho de un paciente adulto a rechazar el tratamiento versus el derecho y deber de la familia de intervenir para salvarle la vida cuando la enfermedad ha comprometido su capacidad de juicio. De ahí el grito de la madre (“Es decir, qué solo podemos sentarnos a verla morir”) o la declaración del padre (“De ninguna forma me daré por vencido. No voy a permanecer sentado viéndote morir”). Finalmente, la película muestra el doloroso proceso de internamiento forzoso y el difícil camino hacia la recuperación. 

Y aún resuenan las palabras finales de la protagonista a un grupo de autoayuda: “Esta enfermedad nunca desaparece del todo. Es como si estuviera siempre al acecho. Como un depredador”. Un final que da que pensar en una película impactante, sobre todo al pensar que fue concebida en gran parte debido a la propia lucha de la actriz principal, Tracey Gold, quien era una figura muy popular en la televisión estadounidense por la serie Los problemas crecen. Gold combatió públicamente contra la anorexia durante años, y la película se basó en su experiencia y la de su familia, por lo que interpretar su propia experiencia de salud influyó en la autenticidad de la representación de la enfermedad. 

Por el amor de Nancy fue una película significativa hace tres décadas, siendo una de las primeras producciones de horario estelar en abordar la anorexia con tal franqueza. Las principales reflexiones que nos deja como espectadores son: 1) visualizar la anorexia como enfermedad mental grave (haciendo hincapié en que la anorexia no es una "dieta" o un "capricho") que distorsiona la mente del paciente, llevándolo a rituales obsesivos y a una negación irracional de su estado caquéctico, lo que puede llevar a consecuencias físicas mortales; 2) reseñar el tremendo costo emocional que la enfermedad tiene en la familia, aquí concentrada en los padres, donde aborda la frustración, la culpa y la sensación de impotencia que llevan a los familiares a una desesperada búsqueda de ayuda; 3) dirimir el conflicto ético de la intervención forzosa, esa lucha legal de los padres para obtener una orden judicial que les permita forzar la hospitalización de Nancy cuando ven peligrar su vida, lo que entronca con la autonomía personal; y 4) reflexionar sobre la recuperación de la anorexia nerviosa como un proceso no lineal, al subrayar que la recuperación es un camino largo, difícil y lleno de recaídas, requiriendo un compromiso constante por parte del paciente y el sistema de apoyo.

 

sábado, 14 de junio de 2025

Cine y Pediatría (805) “Malos hábitos” en la alimentación

 

Los malos hábitos son comportamientos repetitivos y perjudiciales que se integran en nuestras rutinas diarias, a menudo de forma inconsciente, y que tienen consecuencias negativas para nuestra salud física, mental y emocional. En esencia, un mal hábito es una respuesta automática a una señal o desencadenante específico que proporciona una recompensa inmediata, aunque sea perjudicial a largo plazo. Este ciclo de señal, rutina y recompensa es lo que afianza el hábito en nuestro cerebro, convirtiéndolo en una acción casi instintiva. Los malos hábitos pueden manifestarse en todas las áreas de nuestra vida. Algunos de los más comunes son la mala alimentación , el sedentarismo, la falta de sueño, un exceso de uso de pantallas, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol o la procrastinación. 

Desde una perspectiva psicológica, la formación de hábitos, tanto buenos como malos, está estrechamente ligada al funcionamiento de los ganglios basales, una zona del cerebro responsable del aprendizaje y de las acciones automáticas. El proceso se puede desglosar en tres componentes clave: la señal o desencadenante (es el estímulo que inicia el comportamiento), la rutina (la acción que realizamos de forma automática) y la recompensa (el beneficio inmediato que obtenemos de la rutina y que refuerza el hábito). Por ejemplo, sentir estrés (señal) puede llevar a comer comida basura (rutina), lo que proporciona una sensación temporal de consuelo (recompensa); con cada repetición, esta conexión neurológica se fortalece, haciendo que el hábito sea más difícil de romper. 

Superar un mal hábito no es una tarea fácil, pero es posible con conciencia, esfuerzo y una estrategia adecuada. Los pasos clave para el cambio incluyen identificar el desencadenante, reemplazar la rutina, establecer metas realistas y buscar apoyo. En definitiva, los malos hábitos son patrones de comportamiento aprendidos que, aunque perjudiciales, pueden ser desaprendidos y reemplazados, lo que es una inversión fundamental en nuestra salud y bienestar a largo plazo. 

Y bajo ese mismo título se presenta una película mexicana: Malos hábitos (Simón Bross, 2007), un drama psicológico que explora las obsesiones humanas con el cuerpo, la comida y la fe, a través de tres historias entrelazadas que giran en torno a los trastornos alimenticios y la represión. Historia cruzadas con una estética muy particular, bajo los acordes musicales de Daniele Luppi, y donde dos imágenes son omnipresentes: la comida y el agua. Esa comida que a todos obsesiona, a la madre anoréxica, a la hija obesa, a la tía monja, al padre que se lía con un alumna que disfruta de la comida, esa comida en el hogar, en el convento o en el nido de amor. Y esa agua que suena y cae continuamente en los cristales, esa lluvia que asola el país; también esa agua del mar, de las piscinas, de los acuarios o las duchas. La película retrata a una familia en que distintos integrantes sufren trastornos alimenticios. Tres historias cruzadas alrededor de tres líneas narrativas principales. 

Matilde (Ximena Ayala), quien, tras graduarse en Medicina, decide ingresar de novicia en un convento. Una joven monja que realiza secretamente un ayuno místico para terminar con lo que considera un segundo diluvio, pues cree que el ayuno extremo la acercará a Dios. Matilde interpreta las lluvias incesantes como una señal divina y cree que debe sacrificarse por la salvación del mundo, mientras prepara a su prima Linda para la primera comunión. 

Elena (Elena de Haro) y su única hija, Linda (Elisa Vicedo), donde Elena es una mujer obsesiva y delgada hasta la exageración (sus hábitos son de anorexia nerviosa, también su peso de 40 Kg), quien se avergüenza de que su hija sea gordita, y hace hasta lo imposible por adelgazarla. Elena lleva a su hija al pediatra para que le ponga a dieta y pueda adelgazar en dos meses, antes de la comunión. ”Doctora, ¿cuánto peso puede perder en una semana?”, pregunta la madre, mientras Linda se junta con otro chico obeso para comer a escondidas… Como no consigue perder peso, luego acuden a una dietista, más tarde a acupuntura china… Todos fracasan y, pese a las palabras de un médico “Salga a la calle. Hay gordos por todas partes”, la madre exhorta a su hija: “Cuando seas grande, querrás casarte y tener un novio guapo que te quiera mucho, y una casa linda. Échale ganas”; pero Linda piensa: “Soy gorda y fea”

Gustavo (Marco Antonio Treviño) es el padre de Linda y esposo de Elena, un arquitecto y profesor universitario que también lidia con la obsesión de su mujer por el peso y la comida, y quien acaba enamorándose de una alumna de origen peruano y amante de la buena comida (Milagros Vidal), con la que tiene encuentros furtivos en un hotel y donde disfrutan de la cama y la comida como un ritual. Una chica alegre y positiva, que le acaba diciendo: “Si el problema no tiene solución, para qué te preocupas. Y si tiene solución, para qué te preocupas”. 

Las tres historias avanzan en paralelo hasta llegar a un punto de quiebra. Matilde colapsa en el convento y es hospitalizada en estado grave. Durante la ceremonia de la Primera Comunión, Linda desobedece a su madre y come pastel en público, provocando la indignación de Elena; luego la niña intenta suicidarse (con lo que era un placebo). Gustavo se distancia de ambas y continúa su relación con su alumna, a quien deja embarazada. Y Elena fallece. La película finaliza con los personajes enfrentando las consecuencias de sus decisiones, sin ofrecer resoluciones claras…Y donde la lluvia continúa. 

Porque el título de Malos hábitos mezcla el doble sentido de esos malos hábitos alimenticios con los esos hábitos religiosos de uno de sus personajes, también una crítica al deformado pensamiento religioso, quien convierte en pecado el placer de la comida. Un juego de palabras para centrar su historia entre la fe por detener el caos y la convicción recalcitrante por evitar la obesidad. Y ello en una película que nos permite abordar temas como los trastornos alimenticios y cómo el cuerpo se convierte en un campo de batalla (ya sea por el rechazo a la comida o por la necesidad de adelgazar para cumplir expectativas sociales), la crítica a los estándares sociales de belleza, y esa alienación emocional donde los personajes viven desconectados emocionalmente, presos de sus propias obsesiones. 

Malos hábitos es una crítica dura pero sensible a los mecanismos sociales, religiosos y familiares que distorsionan la relación del ser humano con su cuerpo y su espiritualidad. Su mensaje es claro: los extremos —ya sean nutricionales, religiosos, estéticos o emocionales— terminan por enfermarnos, esos malos hábitos que cabe corregir. Allí donde Simón Bross no se limitó a la dirección y guion, pues también se dio a la tarea de crearle una campaña publicitaria y donde acuñó la frase “Uno deja de comer porque está muy lleno o muy vacío”, slogan perturbador que complementa la imagen del cartel, que alude de forma directa al símbolo más importante de la religión católica (la cruz) y que es creado a partir de cubiertos, estando abajo las tres mujeres protagonistas principales, tres familiares de tres edades diferentes: la madre adulta, Elena; la hija niña, Linda; y la joven tía, Matilde. Historias circulares desde México que rememoran a las que ya nos dejaron algunas películas de Alejandro González Iñárritu.

 

sábado, 30 de noviembre de 2024

Cine y Pediatría (777) “Hambre al límite”, la peligrosa inspiración por la delgadez



Cada 30 de noviembre, tal día como hoy, se celebra el Día Internacional de la Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), que se identifica bajo el símbolo de un lazo, una cinta o una pulsera de color azul claro. Se califican como trastornos que generan un comportamiento patológico frente a la ingesta de alimentos y una obsesión por el control del peso, que termina por provocar daños en la salud física y en el comportamiento psicológico y social del individuo. Aunque se desconoce la causa exacta de los TCA, se cree que se producen por la asociación de varios factores, incluyendo factores genéticos, biológicos, conductuales, psicológicos y sociales. 

Entre los TCA más frecuentes se encuentran la anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, atracones de comida, vigorexia (obsesión por tener un cuerpo musculoso) y la ortorexia (obsesión patológica por la comida biológicamente pura). Aunque pueden presentarse a cualquier edad, la adolescencia es su punto crítico. Los últimos estudios realizados en España muestran una tasa de prevalencia de TCA en la población adolescente entre el 4 y 4,5% entre los 12 y los 21 años. Es más frecuente en personas perfeccionistas, con baja autoestima y con dificultad para gestionar las emociones. Y especialmente presente en el sexo femenino (unas 9 de cada 10 TCA son mujeres). 

En cuanto al tratamiento, suele ser largo, incluso durante años y en los que se sufren recaídas. Se realiza una terapia conjunta llevada a cabo por un equipo multidisciplinar compuesto por médicos, psicólogos, psiquiatras, etc. Además del restablecimiento físico instaurando hábitos saludables, como una dieta equilibrada y la realización de ejercicio físico de forma periódica, la prevención de estos trastornos tiene como objetivo el desarrollo de la autoestima, fomentar el dialogo, proporcionar herramientas para gestionar las emociones y promover un cambio en la escala de valores instaurada actualmente en nuestra sociedad, donde prima la apariencia física frente a otras cualidades de la persona. Pero parece algo esencial en los TCA su detección precoz y su prevención, atendiendo a las señales de alarma que se puedan observar. Y no siempre es fácil… Sirva de ejemplo la película Hambre al límite (Tara Miele, 2014), un telefilm basada en hechos reales que lleva por título original Starving in Suburbia (Thinspiration)

Comienza la película con imágenes de internet de personas con TCA y una clase de danza musical con la canción “Let Me Go” del grupo estadounidense Haim. Allí conocemos a nuestra protagonista, Hannah Warner (Laura Wiggins), una adolescente de 17 años que se entrena para competir. Un día, por casualidad al navegar por internet con una amiga, se encuentra un blog Pro-Ana llamado "Thinspiration" que se enfoca en la glorificación casi religiosa de la delgadez (cabe recordar que Pro-Ana o Ana son las acepciones de anorexia en internet, al igual que Pro-Mía o Mía son las de bulimia). Y lo que fue una casualidad acaba convirtiéndose en una obsesión, uniéndose a un foro moderado por la misteriosa “ButteflyAna”, quien influye poco a poco en sus hábitos alimentarios y comportamiento. En esos momentos su hermano Leo (Brenda Meyer) dedica la mayor parte de su tiempo a la lucha libre, que le exige cumplir con un peso específico y seguir un estricto régimen de dietas y entrenamiento. 

Pasa tiempo hasta que sus padres, más enfocados en los logros de Leo, perciben los cambios de hábito de Hannah, cuando ya los cambios en su salud física y mental están avanzados, pues ha comenzado a coquetear peligrosamente con la anorexia poniendo en peligro su vida hasta llegar al ingreso hospitalario. Y este duro hallazgo para los padres coincide con un terrible accidente de Leo mientras competía, momento en el que toda la familia descubre que también sufría una importante restricción alimentaria para conseguir el peso de la competición. Todo cambiará en ese momento para Hannah quien, inspirada por la memoria de Leo, crea un blog de autoestima centrado en contenido positivo y motivacional, un blog Anti-Ana. Y en estos momentos recordamos diferentes frases que destacan en la historia por su alto poder emocional: "La delgadez es la única cosa que puedo controlar", "No es solo comida, es todo lo que está dentro de mi cabeza", "Quiero ser perfecta. Es lo único que puedo hacer", "Lo que ves no siempre es lo que hay", o "La perfección es un mito". Frases que reflejan las luchas internas de los personajes para resaltar lo dañinas que pueden ser las expectativas irreales sobre la imagen corporal y la importancia de enfrentarse a la raíz de los problemas emocionales. 

Una película dura con un final esperanzador. Y finaliza como comenzó, con el baile de Hannah, ahora bajo los acordes de la canción de Mora Spira, “Terrible Love”. Y el mensaje motivador: “Si tú o algún conocido estáis padeciendo por un trastorno de la conducta alimentaria, por favor, busca ayuda”

Hambre al límite hoy nos deja, en este Día Internacional de la Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria, una serie de mensajes que cabe grabar bien en nosotros y en nuestros hijos: la presión de los estándares de belleza en los jóvenes (especialmente el ideal de ser delgada), el impacto que tiene en ello internet y las redes sociales (especialmente los blogs y otras plataformas que refuerzan ideales de belleza dañinos), la complejidad de los trastornos alimentarios (que va mucho más allá del no comer y que engloba trastornos psicológicos complejos), la desconexión familiar y social a la hora de detectar a tiempo estos TCA y, finalmente, la importancia del proceso de recuperación (y la importancia de pedir ayuda y de enfrentarse a los problemas subyacentes que conducen a los trastornos alimentarios).

Y hoy es un día para visibilizar esta lucha frente a los TCA, una lucha que debe permanecer todos los días. Y destacados personajes que han pasado por esta enfermedad lo han hecho públicas sus experiencias como Princesa Diana, Victoria Beckham, Demi Lobato, Lyly Collins, Jane Fonda, Lady Gaga, Mary Kate Olsen, Dennis Quaid, Lindsay Lohan, Elton Johnn, Simon Biles, entre otros

sábado, 28 de septiembre de 2024

Cine y Pediatría (768) “Thin”, miedo a comer

 

“Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) afectan aproximadamente a 5 millones de personas en Estados Unidos. Una de cada siete mujeres con anorexia nerviosa morirá por esta enfermedad”. Con este mensaje comienza la película documental Miedo a comer (Thin) (Lauren Greenfield, 2006), la historia de cuatro mujeres que sufren de anorexia y bulimia en distintas edades (entre 15 y 30 años) y que intentan recuperarse en el Centro Renfrew de Florida, un lugar especializado para el tratamiento de los TCA, y donde la cámara se introduce al estilo “cinema verité”. Una película que ha tenido un notable éxito de crítica y público, si bien no es cómoda de visualizar, pues vemos desde nuestra butaca una realidad incómoda: la de Shelly, Polly, Alisa y Brittany. Historias más dolorosas que las propias estadísticas, donde ellas son las protagonistas principales, pero donde aparecen también los diferentes profesionales del centro. 

Comienza con el despertar en el Centro Renfrew, momento en el que las internas acuden a la sala que llaman de “peso y signos vitales”, donde las enfermeras realizan el control de peso y la toma diaria de frecuencia cardiaca, presión arterial, temperatura, así como la exploración física para confirmar su estado general y buscar posibles lesiones físicas. Y donde vamos viendo los significativos carteles colocados en la institución: “Dos líquidos por comida”, “No se permite ir al baño durante las comidas”, “Las pacientes deben permanecer sentadas durante toda la comida”, “Solo 15 minutos al teléfono”, “No deje a la paciente sola en la sala de exploración”. Y durante los 102 minutos de metraje acompañamos a nuestras protagonistas… 

Shelly Guillory, 25 años, enfermera psiquiátrica, tiene una hermana gemela. Admite haber tenido ideas suicidas con insulina o sobredosis de medicamentos antipsicóticos. Obligada a alimentarse por sonda durante los últimos 5 años, aunque pronto aprendió a inutilizar el tubo que le habían implantado en el estomago, usando jeringuillas para sacar por él la comida nada más tomarla. Después de diez hospitalizaciones, aceptó internarse en Renfrew. “Bienvenida. Y buena suerte”, le dice una auxiliar del centro, tras indicarle las reglas del centro. Ella recuerda que “De cada fotografía mía que tengo en los últimos 5 años, en la mayoría tengo un tubo en mi nariz… Así que mi padre hizo que lo bajaran y desperté con un tubo en mi estómago”. 

Polly Williams, 29 años, confiesa que contaba calorías y grasas desde que tenía 11 años. Ha estado en tratamiento durante seis semanas, pero se internó después de un intento de suicidio: intentó cortarse las venas después de comer un par de trozos de pizza, aunque ese no fuera el motivo real. Es quizás la más rebelde del grupo y se salta las reglas de la comunidad: “Es difícil comer siempre. De todo esto es lo que menos necesito…” 

Brittany Robinson, 15 años, presenta un desorden alimenticio desde que tenía 8 años. Pero lo que es peor, su madre también tenía un TCA y realizaban conjuntamente los atracones y vómitos inducidos junto a su hija. En el último año pasó de tener un peso de 83 Kg a quedarse en 43. Cuando llegó a Renfrew tenía un ritmo cardiaco bajo, pérdida de cabello y daño hepático. Y tampoco se adapta: “Mamá, no estoy bien. Quiero volver a casa”. 

Alisa Williams, 30 años, presenta un TCA desde hace 16 años. Madre de dos niños, divorciada, ha sido hospitalizada cinco veces en los últimos tres meses. Mantenía un régimen de 200 calorías en lugar de las 1.600 que se recomienda para su edad. Y nos narra con todo lujo de detalles sus atracones y purgas. Y su cruda reflexión: “¿Y si tengo que fallecer en el intento? Sería un gran logro”. 

Y la película entremezcla las vivencias de cada paciente, con sus logros y recaídas, con sus fases de euforia y desesperación, con ese apoyo entre las internas de forma ocasional, con las purgas que recurren en ocasiones. Y ello junto con las reuniones de equipo, allí donde médicos, enfermeras, psicólogos, psiquiatras, terapeutas nutricionales y otros profesionales del centro revisan la evolución de cada chica. Se repiten las reuniones, también con ellas presentes. Y con las ocasionales revisiones de habitaciones de las pacientes, cual detectives privados. Y donde se entrecruzan con las opiniones de otras internas: “Y mi novio me dijo: Quiero pasar el resto de mi vida contigo, pero a la velocidad que vamos temo sepultarte en cinco años”. 

Miedo a comer (Thin) es un documento impactante, como impactante es la vivencia de los TCA. Y que deja traslucir algunas de las lagunas del sistema sanitario estadounidense, pues dos de nuestras protagonistas tienen que dejar el centro porque el seguro les expiró, y con una situación clínica muy diferente: porque mientras Alisa se apoya en el recuerdo de sus hijos e intenta recuperarse, Brittany sigue mal, muy delgada, con alopecia y con ideas no controladas respecto a su desorden alimenticio: “Solo quiero que me dejen morir… Estoy harta de mí, estoy tan cansada. Quiero ser más delgada”. Y también impacta cuando expulsan a Polly, pues los responsables consideran que es una mala influencia para la comunidad, y ello pese a los ruegos de la madre, que resultan en vano. Shelly es la única de las cuatro que es dada de alta de Renfrew con normalidad, pero se siente insegura fuera del centro, no se siente tan fuerte como para superarlo sola. 

El colofón de la película no nos deja más tranquilos: “Brittany empezó a hacer dieta después de salir y perdió peso rápidamente. El seguro no pagaría tratamientos futuros. Volvió a casa con su madre, consiguió un trabajo de verano en Burger King. Alisa perdió 9 Kg después de salir e intentó suicidarse con una sobredosis de diuréticos. Regresó a Renfrew y recobró un peso saludable. Polly regresó a la escuela a estudiar fotografía y consiguió un empleo administrando un estudio fotográfico. Se estabilizó en un peso saludable, a pesar de su lucha con la purga. Shelley perdió 8 Kg y recibió tratamiento de shock eléctrico para tratar su depresión. Ahora está casada y regresó a su trabajo como enfermera, aunque sigue luchando contra su trastorno de la alimentación”

Miedo a comer (Thin) es una película documental tan incómoda como necesaria.

 

lunes, 19 de febrero de 2024

Incremento de los Trastornos de la conducta alimentaria alrededor de la pandemia COVID-19

 

Una reciente Novedad Bibliográfica en la plataforma Continuum revisaba un artículo publicado en la revista Journal of Pediatrics donde se expone el alarmante incremento de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) durante el periodo 2019-2022 (periodo de la pandemia COVID-19) en la infancia y adolescencia en los países europeos y también en Estados Unido, en cifras que oscilan entre el 20 y 40% de incremento según los países analizados. 

Caber recordar que los TCA son enfermedades mentales graves que se relacionan con una conducta alterada respecto a los hábitos alimentarios, lo que se traduce en comportamientos que van desde comer de manera descontrolada hasta la falta de ingesta de comida. Afecta principalmente a adolescentes y mujeres jóvenes y en su aparición influyen principalmente factores biológicos y de personalidad. Los trastornos más frecuentes son la Anorexia y la Bulimia Nerviosa, el Trastorno por Atracones y el Trastorno Evitativo/Restrictivo de la Ingesta Alimentaria. 

La perturbación económica y social de la pandemia COVID-19, que se ha asociado en rigurosos estudios con el aumento de la incidencia de TCA, debe ser un toque de atención para prevenir el inicio y los efectos de estos graves trastornos durante y después de periodos de grave estrés social. Porque son conocidas las repercusiones de la pandemia COVID-19 en la crisis global en el bienestar mental de los menores, incluyendo síntomas relacionados con los TCA, tanto por el incremento de nuevos diagnósticos como por el empeoramiento de pacientes previamente diagnosticados. 

La pregunta sobre qué papel ha desempeñado la pandemia COVID-19 sobre el incremento de los TCA se ha atribuido a varias potenciales causas, tal como se explica en la Novedad Bibliográfica. Entre ellos: 1) por los métodos desadaptativos para aumentar el control ante la incertidumbre, sumado a sensaciones de aislamiento y alteraciones de las rutinas establecidas, factores que engendraron estrés y ansiedad y se cree se encuentran entre las principales causas de este aumento en los TCA; 2) por la adopción de mecanismos de afrontamiento alterados debido al distanciamiento físico y la consiguiente incapacidad para interactuar con amigos y redes de apoyo ha jugado un papel importante; 3) por la menor supervisión de los niños por parte del personal de la escuela y los padres ha creado un vacío en la supervisión estrecha, lo que podría exacerbar la situación; 4) por el considerable aumento del tiempo frente a las pantallas y el consumo de plataformas que ha expuesto las mentes jóvenes a mensajes y elementos visuales perjudiciales relacionados con la imagen corporal y la salud. 

El análisis de este estudio fue encargado al Dr. Pedro Manuel Ruiz Lázaro, psiquiatra infanto-juvenil afincado en Zaragoza y quien lidera el Programa ZARIMA alrededor del estudio de los TCA en la infancia y adolescencia y su prevención. Y por ello compartimos este libro publicado por el Gobierno de Aragón bajo el título de “Guía de prevención de Trastornos de la conducta alimentaria. Programa ZARIMA” y que se puede descarga desde este enlace. Los objetivos que se pretenden con este programa son: 1) ser un instrumento o herramienta de trabajo con el propósito de adquirir las habilidades necesarias para desarrollar un programa de prevención primaria y secundaria sobre anorexia, bulimia y otras alteraciones alimentarias; y 2) concienciar de la necesidad de incluir la educación para la salud y la prevención de los trastornos alimentarios en las programaciones de los centros y asociaciones juveniles, los colegios e institutos y los centros de salud. Su finalidad es que las personas interesadas dispongan de un texto base para poder programar actividades efectivas de educación para la salud en el terreno de las alteraciones alimentarias.

sábado, 6 de marzo de 2021

Cine y Pediatría (582). Comprometidos “Hasta los huesos” frente a los trastornos de la conducta alimentaria

 

Las personas con trastornos de la conducta alimentaria (TCA) se caracterizan por tener hábitos de alimentación irregulares y una preocupación excesiva hacia la forma y el peso corporal, lo que termina por provocar daños en su salud física y en el funcionamiento psicosocial. La adolescencia y el inicio de la edad adulta son etapas donde estos desórdenes acaecen con mayor frecuencia, y afectando más al sexo femenino. En el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta versión (DSM-V) se recogen los siguientes: pica, trastorno por rumiación, trastorno por evitación/restricción de alimentos, anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracones y otros trastornos alimentarios o de la ingestión de alimentos especificado o no especificado. Los trastornos alimenticios más comunes son el de atracones, la bulimia y anorexia nerviosa. 

Los TCA es una realidad que hemos visto en documentales o leído en libros, pero que es infrecuente ver reflejado en el séptimo arte. Y entre ellas es la anorexia nerviosa la entidad más referida, y recordamos algunas películas para la televisión, como Una hija casi perfecta (Sam O'Steen, 1981), Por el bien de Nancy (Paul Schneider, 1994), Secreto compartido (Katt Shea, 2000), Ser gorda como yo (Douglas Barr, 2007), Hambre al límite (Tara Miele, 2014), o algún documental como Miedo a comer (Lauren Greenfield, 2006). En la gran pantalla hemos encontrado algún personaje con trastornos alimentarios, como el interpretado por Brittany Murphy en Inocencia interrumpida (James Mangold, 1999) o la anorexia asociada a la perfección de la bailarina clásica interpretada por Natalie Portman en Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010). Sin embargo, hoy hablamos de un largometraje que no deja indiferente alrededor de los TCA y, especialmente, de la anorexia nerviosa de su protagonista: Hasta los huesos (Marti Noxon, 2017). 

Una película que comienza sin concesiones, al expresar en pantalla: “En la creación de esta película han participado personas que han sufrido trastornos alimenticios y contiene representaciones realistas que podrían herir la sensibilidad del espectador”. La historia de Ellen (Lily Collins), una joven de 20 años con anorexia que empieza un tratamiento poco convencional en un centro donde crea lazos con otros internos que también sufren trastornos alimentarios. Y en donde la joven actriz Lily Collins (hija del cantante Phil Collins, el que fuera líder del grupo Genesis) se puso en la piel (y los huesos) de un difícil papel, en el que tuvo que perder una gran cantidad de peso, obligándole a recordar lo que ella misma padeció cuando sufrió ese trastorno, pero ahora lo hizo con el asesoramiento de una nutricionistas que le ayudó a perder peso de forma segura durante su preparación y, también, para volver a recuperarlo una vez finalizado el rodaje. 

Los padres de Ellen se separaron cuando ella tenía 13 años. Su madre (Lily Taylor) se fue a vivir con otra mujer y la catalogaron de lesbiana bipolar. Su padre (que nunca aparece en la película) se casó con Susan (Carrie Preston) y convive con su hermanastra Kelly (Liana Liberato), de similar edad, y que son las dos personas que le apoyan. Kelly sufre al verla contar las calorías de cada plato a los que se enfrenta y le dice: “Eres como un Asperger de las calorías”. Susan también sufre: “Madre mía, no podemos pasar por esto otra vez. Yo no puedo más”. Y Ellen les dice: “Lo tengo todo bajo control. No va a pasar nada”

Y, finalmente, piden apoyo al Dr. William Beckam (Keanu Reeves) quien es sincero en su primera entrevista: “Hablo todos los días con jóvenes como tú. Así que sí, por lo general, sois todos unos mentirosos. No estás delgada, más bien das miedo. Y me da que esto te gusta. Pero, como sigas así, un día no volverás a despertarte. Y no pienso tratarte si no te interesa seguir con vida… Si quieres que te ayude, tendrás que aceptar algunas cosas”. Y decide ingresar en una casa sanatorio con cinco chicas con diferentes TCA (desde Pearl, anoréxica portadora de sonda nasogástrica, hasta Kendra, bulímica con obesidad mórbida, desde las jóvenes Anna y Tracy a la más madura Megan, milagrosamente embarazada) y un chico, Luke (Alex Sharp), bailarín clásico apartado de su sueño por una lesión de rodilla. Luke tiene un sentimiento especial por Ellen, posiblemente aumentado por conocer los dibujos publicados por ella en la red social Tumbrl sobre su visión de la anorexia. 

Y transcurre la relación entre ellos y con su terapia. Y destacan algunas escenas: como la terapia familiar que el Dr. Beckam realiza con Ellen (quien decide ahora llamarse Eli), sus tres madres y Kelly, la única que expresa cariño verdadero: “Si te mueres, te mato”; o la escena bajo la lluvia artificial del museo mientras suena la canción “Water” de Jack Garratt, y todos ellos se calan simbólicamente hasta los huesos para intentar recuperar la ilusión por vivir; la angustia de ver el deterioro de nuestra protagonista que cada vez come menos y hace más ejercicio (incluido las flexiones a media noche); o la escena simbólica en que su madre la acurruca y le da un biberón como a un lactante, mientras le dice entre lágrimas: “Si lo que quieres es morir, lo acepto. Pero no puedo seguir enfrentándome a ti”

Y cuando la desesperación acucia a Ellen/Eli, el doctor le dice, sin convencerla: “Deja de esperar que la vida sea fácil. Deja de esperar que alguien te salve. No necesitas que alguien más te mienta. No todo tiene sentido en esta vida. Pero tú eres fuerte. Y, si te enfrentas a la dura realidad, podrás vivir una vida increíble”. Y tras el sueño de Ellen/Eli, mientras ve desde un árbol su cuerpo desnudo, su expresión aliviada: “No estoy muerta. Me pondré bien”

Porque es Hasta los huesos una lección sin concesiones sobre los TCA, pero especialmente sobre la anorexia nerviosa de nuestra protagonista. Y en esta película somos espectadores de cómo las personas que sufren de anorexia están obsesionadas con estar delgadas, no quieren comer, crean rituales en las comidas y tienen miedo de subir de peso, se preocupan por cuántas calorías ingieren, pueden tomar píldoras de dieta, laxantes o diuréticos para perder peso, y es probable que hagan demasiado ejercicio. Y cómo entendemos que los riesgos sobre la salud son patentes: debilidad, piel y cabellos resecos, problemas estomacales, alteraciones menstruales, alteraciones psicológicas y del comportamiento, riesgo de osteoporosis, de problemas renales y cardíacos, y, en casos graves, riesgo de muerte. 

Hasta los huesos es una típica producción de Netflix, sin alardes cinematográficos (y con algunos estereotipos que hubieran sido prescindibles, como la prototípica historia de amor entre adolescentes) pero efectiva y con afán de denuncia y generar resonancia en los espectadores. Y eso lo consigue. Y puede conseguir llegarnos hasta los huesos, especialmente para aquel que no conozca la profundidad de los TCA en la adolescencia, cuando la comida se convierte en el enemigo.

  

viernes, 18 de mayo de 2012

Alcohorexia: nuevo trastorno de la conducta alimentaria


La alcohorexia (o ebriorexia) es una patología doble en la que se combinan el alcoholismo, la anorexia y la bulimia. Esconde el peor de los trastornos alimentarios: saltarse la comida para entregarse a la bebida. Es una catastrofe que provoca desnutrición, ansiedad y daños psicológicos.

Afecta tres veces más a las mujeres, sobre todo afecta a menores de 30 años: las principales afectadas son especialmente universitarias. Normalmente, las motivaciones que hay detrás incluyen evitar ganar peso, emborracharse más rápido (con el estómago vacío) y ahorrar dinero de la comida para comprar alcohol. Lo preocupante es que el organismo se deteriora por doble vía: una por alcoholismo y otra por desnutrición.

Esta nueva "moda" es realmente peligrosa, y viene potenciado porque muchas "celebrities", obsesionadas por ser delgadas y divertidas, son carne de cañon para la alcohorexia. Algunos nombres conocidos son Kate Moss (la supermodelo británica), Kirsten Dunst (la novia cinematográfica de Spiderman), Lindsya Lohan (ídolo adolescente del cine y la televisión), Tara Reid (conocida principalmente por su papel en la serie Scrubs) o Mischa Barton (conocida principalmente por su papel en la serie The O.C), entre otras.

El problema de la "alcohorexia" aún no está reconocido oficialmente como desorden psicológico. En los Estados Unidos se estima que el 30% de los jóvenes entre 18 y 24 años saltan alguna comida para tomar alcohol por la noche.

Un trastorno alimentario grave, especialmente presesente en adolescentes y jóvenes universitarias. Un problema que los padres deben conocer para detectar pronto. Un problema que los pediatras debemos conocer para derivar de forma temprana a la Unidad de Trastornos de Conducta Alimentaria de referencia. Una nueva entidad asociada a las peligrosas "modas" de nuestra sociedad.

Nuestra sociedad ha incidido ya sobre el control del tabaquismo, lo que repercute en la salud de nuestro jóvenes. ¿Para cuándo un mayor control sobre el alcohol...?.

viernes, 15 de abril de 2011

"Las páginas web proanorexia y probulimia aumentan un 470% en un año"

Parece mentira que algunos trastornos de la conducta alimentaria como la anorexia y la bulimia sean considerados por algunas personas como "formas de vida alternativas", "estilos de vida", y no como lo que son: graves enfermedades.

Hace pocos días podíamos leer en la prensa general que "Las páginas web proanorexia y probulimia aumentan un 470% en un año". Asombroso y estremecedor.

La anorexia y la bulimia son enfermedades serias. Disponemos de instrumentos para abordarlas, como la guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria que forma parte del Programa de Guías de Práctica Clínica en el Sistema Nacional de Salud.

Una imagen vale más que mil palabras. Y un corto como el que os ofrecemos a continuación, "Contracuerpo", de Eduardo Chapero-Jackson, nos deja literalmente sin habla. Un relato crudo y sin medias tintas de lo que es la anorexia y de lo que puede implicar para quien la padece. Que nos sirva a todos para reflexionar sobre este trastorno y para darle la importancia que realmente tiene.

CONTRACUERPO de Eduardo Chapero-Jackson from PROSOPOPEYA PRODUCCIONES on Vimeo.