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sábado, 18 de junio de 2016

Cine y Pediatría (336). "Idol", todo por un sueño donde no es fácil soñar



Las películas basadas en hechos reales siempre tienden a provocar un cierto mayor grado de emoción, aunque es verdad que el guión cinematográfico siempre concede un margen de maniobra. Además, nos pueden acercar a realidades poco conocidas o a personajes desconocidos... y que nos sorprenden. Es el valor del séptimo arte como vehículo de emociones, reflexiones, vivencias y enseñanzas. 

Todos estos valores los aprovecha el más internacional de los cineastas palestinos, Hany Abu-Assad, para narrarnos algo que pudiera parecer un cuento de hadas moderno y que en realidad nos permite aproximarnos a la reciente superestrella pop en el mundo árabe, un joven procedente de un campo de refugiados de Gaza que en el año 2013 ganó el concurso "Arab Idol", una especie de Operación Triunfo árabe con el formato de programas como X Factor o American Idol. Una oportunidad para conocer a Mohammed Assaf, quien con su música ha logrado unir, aunque solo sea en el apoyo incondicional que le brindan y el entusiasmo con que le siguen, a los palestinos de Cisjordania y Gaza. Un caso excepcional de panarabismo real que le ha valido por parte de las Naciones Unidas el ser declarado como embajador de buena voluntad y de la paz para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo. 

Hany Abu-Assad, que en la última década ha conseguido colocar a dos de sus películas (Paradise Now en el año 2006 y Omar en el año 2013) en la terna de candidatas al Oscar a Mejor película de habla no inglesa, vuelve a nuestras pantallas con Idol (2015), un inspirador drama de superación que nos cuenta la increíble historia real de Mohammed Assaf, y lo hace en tres momentos (infancia, adolescencia y juventud) y en tres escenarios (Gaza, El Arish y El Cairo)

Una infancia marcada por los sueños de tres niños (Mohammed, Omar y Ashraf) y una niña (Nour) que buscan formar una banda de música con instrumentos de verdad y con los que poder ganar algunos séquel, la moneda israelí que circula en el campamento de refugiados Khan Younis en Gaza, donde viven y sobreviven. Nour es la hermana de Mohammed, una verdadera chica tomboy, con gran carácter y pasión y que le dice a su hermano un pensamiento que nunca olvidará: "Vamos a ser grandes y juntos cambiaremos el mundo". Comienzan a ensayar con un joven y espontáneo profesor de música, que le da algunas lecciones y algunos conejos a Mohammed: "Tienes que fusionar tu voz con tu pasión y tu alma". Logran en parte su sueño y comienzan a tocar en las calles y en las bodas con su camión escenario. Pero el sueño dura poco, tanto como la vida de Nour, afecta de una insuficiencia renal que la diálisis no logra mejorar y donde el trasplante nunca llegó. 

Una adolescencia marcada por dolor de la pérdida de esa hermana, en donde a Mohammed le persigue el pensamiento de que fue la frustración de vivir allí la que provocó la enfermedad y la muerte de Nour. La banda se deshizo y Omar se unió a la fracción más sectaria y violenta de Hamás, donde se piensa que la música es una herramienta de Satán. Durante este tiempo nuestro protagonista desempeñó distintos oficios, entre ellos taxista, y en uno de esos viajes encuentra a Amal, la niña que también realizaba la diálisis con su hermana (y quien le apodó "El tigre"), ahora ya una bella jovencita. Amal, que solo aspira a enamorarse antes de morir joven, se convierte en la principal inspiración de Mohammed y su mayor fan, con frases tan hermosas como "Solo entiendo que cuando cantas me encuentro mejor" o "Puede que estemos rodeados de fealdad, pero tu voz es tan bonita...".

Ya en la juventud, y gracias a la inspiración de Amal, al apoyo de su familia y a los buenos consejos de su profesor de juventud ("Canta por tus propias razones y hazlo desde el corazón"), se atreve a atravesar peligrosamente la frontera y viajar a El Cairo para presentarse al programa Arab Idol. El resto es historia hecha realidad y, en contra de todo pronóstico, consiguió ganar este concurso televisivo en el año 2013, lo que le ha llevado a convertirse en unos de los artistas más populares de Oriente Medio. 

Con sus rasgos finos y su sonrisa fácil, Assaf tiene un aspecto de los intérpretes clásicos de décadas pasadas y cuyo atractivo radica en que se centra en la música árabe tradicional y que con su talento extraordinario hace sonreír a su pueblo y les ha unido, a pesar de la división. Una oportunidad para conocer que hay más mundo (y otros mundos) que el que tenemos a un palmo de nuestras narices... Porque toda esta historia real ocurre en un rincón del mundo donde, aparentemente, cualquier sueño queda fuera del alcance. 

No hay nada nuevo bajo el sol, sobre todo si una película es honesta. E Idol pudiera llegar a mezclar retazos de la alegría en el fango que nos regaló Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008), con el enfrentamiento al conflicto histórico palestino-israelí que nos mostró El hijo del otro (Lorraine Levy, 2012). 

Porque hay un mar único que baña distintas costas con las mismas olas, sea en la Franja de Gaza o sea en Beirut. Y la música se convierte en un lenguaje universal que no entiende de fronteras, es un instrumento en busca de la libertad y la paz. Porque cuando canta Mohammed Assaf "le da esperanza a millones de personas".


sábado, 28 de marzo de 2015

Cine y Pediatría (272). “Mis hijos” y nuestros conflictos


Vivir en Oriente Medio es una cuestión de identidad, es convivir con una larga (recurrente e inacabable) historia a las espaldas de sus habitantes en esa continua lucha por la tierra, tierras con fronteras espirituales y religiosas, miedos, terror, momentos de gracia, esperanza y odio que han dividido a sus gentes, a sus naciones y a las naciones del mundo, ahora y durante mucho tiempo.
Independientemente que te despiertes en Belén, Eilat, Gaza, Haifa, Hebrón, Jericó, Jerusalén, Nazaret, Nablus, Ramallah, Tel Aviv o Tira (la ciudad en la que nace nuestro protagonista de la película que hoy viene a “Cine y Pediatría”), cada día te tienes que enfrentar con quién eres (judío o árabe), con lo que crees y con el lugar en el que quieres verte el día de mañana, preguntas que no son fáciles de responder y aún menos fáciles de vivir con ellas. Porque es una vida entre muros, alambradas, toques de queda y salvoconductos. 

El cine no ha dado la espalda a este conflicto vivo y estas son algunas de las películas emblemáticas, entre la historia, el documental y el cine denuncia: Éxodo (Otto Preminger, 1960), 21 horas en Munich (William A. Graham, 1976), Hanna K. (Constantin Costa-Gravas, 1983), Kippour (Amos Gital, 2000), Intervención divina (Elia Suleiman, 2002), Promise Land (Amos Gital, 2004), Munich (Steven Spielberg, 2005), Paradise Now (Hany Abu-Assad, 2005), Syriana (Stephen Gaghan, 2005), Zona Libre (Amos Gitai, 2006), Los Limoneros (Eran Riklis, 2008), Ajami (Scandar Copti y Yaron Shani, 2009) Una botella en el mar de Gaza (Thierry Binisti, 2011). Omar (Hany Abu-Assad, 2013), y un largo etcétera. 
Algunas de estas películas ya forman parte del mundo de Cine y Pediatría, como Vete y vive (Radu Mihaileanu, 2005), Inch Allah (Anaïs Barbeau-Lavalette, 2012) o El hijo del otro (Lorraine Levy, 2012), una historia con francas similitudes a la que hoy nos visita. 

Porque El hijo del otro era una apuesta por ponerse al lado del enemigo, por aceptar las diferencias y encontrar, más allá de prejuicios culturales o religiosos, puntos en común en tanto seres humanos. Y es así como no se convierte en una película política, sino ideológica y en donde su directora reivindica la consabida ingenuidad para tratar e intentar resolver un conflicto tan marcado entre judíos y árabes. Y algo parecido pretende Mis hijos (Eran Riklis, 2014). 

El director israelí Eran Riklis adapta la novela autobiográfica “Dancing Arabs”, escrita en el año 2002 por el escritor israelí (que publica en hebreo), Sayed Kashua. La historia comienza en la década de los 80 en Tira, donde Eyad, un niño palestino, vive con su familia. Eyad nació y creció en una típica ciudad árabe y su adolescencia la pasa en una escuela judío-israelí de élite en Jerusalén, gracias a una beca. Allí intenta encajar con sus compañeros, intentar mantener el amor de Naomi (Daniel Kitsis), una compañera judía, intenta conservar la amistad de un joven tetrapléjico (posiblemente afecto de una esclerosis lateral amiotrófica), intenta respetar a su familia y ser respetado por su padre, intenta conservar el cariño de la madre de su amigo (Yaël Abecassis). 
Y es así como Eyad (Tawfeek Barhom) está constantemente a la fuga, con un conflicto permanente entre quién es, quién se supone que es, de lo que se espera de él. Pero cansado de no ser aceptado por sus orígenes y cegado por la ambición de ser admitido en sus nuevos círculos, Eyad comprende que tendrá que sacrificar su auténtica identidad para ser aceptado: tendrá que tomar una decisión que puede cambiar su vida para siempre. 

Una historia en la que el deseo por encajar, la solidaridad, la violencia ciega y la posibilidad de convivencia pacífica son los temas principales. Porque Eyad es criado como palestino en el odio a los israelíes, pero la vida le lleva a adoptar la identidad de su amigo israelí fallecido por una enfermedad terminal y decide ser “adoptado” como el nuevo hijo de una madre israelí, que le ama y le respeta. Y es así como nuestro protagonista empieza a sentirse fascinado por quienes debería odiar, hasta el punto de cuestionarse la relevancia de sus orígenes y la educación recibida en esa travesía del desierto emocional e intelectual que es crecer en la adolescencia, antesala de una madurez en la que nada es seguro, salvo la conciencia de haberse reinventado a sí mismo de acuerdo con la desesperación que le ha procurado la experiencia. 

Porque frente al odio religioso queda el amor, frente a los conflictos políticos siempre permanece la familia. Y Mis hijos ahora, como antes lo hiciera El hijo del otro, hacen hincapié en que no hay nada como las relaciones personales para superar odios y prejuicios muy instalados socialmente. Porque el amor, la amistad y la entrega son el mejor arma para combatir nuestros conflictos.

 

sábado, 2 de agosto de 2014

Cine y Pediatría (238). “El hijo del otro”, un alegato a favor de la reconciliación


No hay ningún lugar más cargado de historia y sangre que la Tierra Santa, llamada Israel, Palestina, Canaán, etc.: diferentes pueblos, diferentes dioses y diferentes hombres luchando por dominar una zona que se ha convertido en una encrucijada real y simbólica por milenios. Desde el hombre primitivo y canaanitas hasta los judíos y palestinos, pasando por los egipcios, asirios, israelitas, babilonios, macedonios, griegos, ptolomeos, selúcidas, hebreos, macabeos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, otomanos y británicos. 

El día 29 de Noviembre de 2012 la ONU reconoce a Palestina como “Estado observador no miembro” de la organización, reafirmando de un modo ambiguo el derecho del pueblo palestino a un territorio bajo las fronteras definidas antes de la guerra de 1967. Las relaciones se destensan un poco, aunque Israel se altere, y es un momento propicio para que la directora/guionista francesa de origen judío, Lorraine Levy, saque del armario una historia que le interesa, una parábola bien intencionada y de decidida vocación conciliadora en su película El hijo del otro (2012). Y se fundamenta en un argumento incontestable por su fuerza dramática y que surge cuando dos familias estructuradas de Israel y Palestina viven con perplejidad como su sangre no es compatible con la de uno de sus hijos. Porque el intercambio no intencionado de dos hijos en la maternidad ya ha sido tratado recientemente en la película japonesa, De tal padre, tal hijo (Hirokazu Kore-eda, 2013), pero aquí se añade un condimento más importante: que la historia ocurra en uno de los habituales puntos calientes del globo, y con el eterno problema entre judíos y palestinos de fondo. Dos hijos intercambiados y que, cuando avanzan por su adolescencia casi juvenil se encuentran que su verdadera entidad genética está al otro lado del muro. Ese muro y esa alambrada interminable, como una cicatriz queloide en la mente de los palestinos y los israelíes. 

Joseph (Jules Sitruk) es un joven israelí que está a punto de empezar el servicio militar. Cuando va a entrar en las fuerzas armadas, descubre que fue intercambiado al nacer de forma accidental con otro niño en la maternidad, debido a un bombardeo en Haifa durante la Guerra árabe-israelí y la precipitación al refugiarse en el sótano provoca el error en la asignación de los niños. Y es así como Joseph descubre que no es hijo biológico de sus padres, sino que ese hijo es Yacine (Mehdi Dehbi), el bebé de una familia palestina que vive en los territorios ocupados de Cisjordania. 
El mundo se derrumba alrededor de estas dos familias. El rechazo, la duda, la pérdida de identidad, los prejuicios de raza y religión se erigen como espinosa barrera en sus vidas, una barrera más dura que los muros y las alambradas que les separan desde hace décadas. Y todos (padres e hijos) deberán intentar superar lo que significa ser judío y haber sido criado como palestino, y ser palestino y haber sido educado como judío. Y esa superación solo será posible a través de la comprensión, la amistad y la reconciliación en una atmósfera dominada (históricamente) por el miedo y el odio, cuando las barreras religiosas y civiles pueden suponer un impedimento en el reencuentro. 

En esa reconciliación tienen un papel clave las dos madres, dos mujeres maravillosas que asumen su nueva circunstancia y también ayudan a sus maridos, quienes no pueden entender lo que les está pasando. Porque serán los padres los que tienen más cercana la agresión presente en sus territorios, haciendo responsables a sus dirigentes de una situación difícil de compartir. Sorprende como el rabino le cuenta a Joseph que está circuncidado y que, efectivamente, estudia la Torá, pero a partir de ahí la naturaleza indica que ha nacido de una árabe y, por lo tanto, no puede ser judío en sus derechos y obligaciones que tenía previamente asignados. Y la directora nos presenta al joven palestino (pueblo invadido) como más maduro (estudia Medicina en París), que el joven judío (pueblo invasor) que lo puede presentar como de carácter más débil, un músico y artista en potencia. 
Y la duda de los protagonistas a cada paso. La duda de Joseph: “¿Voy a tener que cambiar mi kipá por un cinturón de explosivos?”. La duda de Yacine: “Soy mi peor enemigo, pero tengo que quererme a pesar de todo”. La reflexión de la madre: “Abre tu corazón hijo mío, sé que es grande…”

Cine positivo e imprescindible con un mensaje claro: atender las diferencias del otro y hacerlo con respeto. Aunque el desarrollo de la historia se acerca más a la fábula que a una realidad, sin duda, más compleja. Porque El hijo del otro apuesta por ponerse al lado del enemigo, por aceptar las diferencias y encontrar, más allá de prejuicios culturales o religiosos, puntos en común en tanto seres humanos. Y es así como no se convierte en una película política, sino ideológica y en donde su directora reivindica la consabida ingenuidad para tratar e intentar resolver un conflicto tan marcado. 
Porque la fábula está configurada como un alegato a favor de la confraternización y la coexistencia pacífica. Y es así como la escena final de los tres “hermanos” en el hospital se convierte en toda una declaración de principios por la paz y el entendimiento: las manos apretadas de los tres es un símbolo de reconciliación por encima de religiones y política. 

Y tras este trasfondo, la inevitable pregunta, ya realizada en la película De tal padre, tal hijo: ¿Quién es nuestro verdadero hijo… alguien con el que pasamos todo nuestro tiempo o alguien con el que compartimos la sangre? o lo que en el mundo anglosajón plantean de forma tan gráfica como “nature or nurture?”. Pero en este caso con un gran trasfondo político y social, arropado por interpretaciones de nivel que aportan credibilidad y borran cualquier sombra de artificio. 

Porque de nuevo queda claro que no es la sangre ni la biología lo más importante, sino la educación y entorno. Y a partir de ahí es donde se empieza a vislumbrar una luz al final del túnel,… una luz necesaria para el túnel eterno del conflicto palestino-israelí. Un túnel muy largo y oscuro y donde El hijo del otro se convierte en un gran alegato frente a la reconciliación,… justo y necesario.

Y como nada es casualidad, el destino hace que esta entrada se haya programado justo ahora mismo que estamos asistiendo en vivo y en directo, a los efectos devastadores sobre la población civil del ataque de Israel sobre Gaza, con decenas de niños muertos, y medio mundo (o el mundo entero) indignado, incluida la reciente carta de la revista The Lancet: "An open letter to the people in Gaza". Porque la unión hace la fuerza y porque si la indiferencia es la norma estamos definitivamente perdidos..., aunque sea el hijo de otro.

jueves, 31 de julio de 2014

Paremos el desastre de Gaza (carta en "The Lancet")


El bombardeo cotidiano de malas noticias a través de los medios de comunicación produce un peligrosísimo efecto anestésico sobre las conciencias. Podemos llegar a sentir indiferencia, hastío... ante la sucesión cotidiana de acontecimientos negativos: accidentes de aviación, casos de corrupción flagrante, conflictos bélicos...

Si la indiferencia es la norma estamos definitivamente perdidos. Ahora mismo estamos asistiendo en vivo y en directo, cada día, a los efectos devastadores sobre la población civil, con decenas de niños muertos, del ataque de Israel sobre Gaza.

No voy a entrar aquí en las causas del ataque. Este blog no va de eso. Pero sí me quiero centrar en sus horrendos efectos sobre decenas de miles de personas inocentes. La comunidad científica internacional ha reaccionado mediante una carta abierta publicada en Lancet: "An open letter for the people in Gaza".Un grupo de médicos y científicos pide, desde esta prestigiosa revista, que cesen de una vez por todas los ataques que están teniendo lugar ahora mismo. Y los lectores de la carta pueden adherirse a la misma mediante un registro al estilo de change.org. Para adherirse a esta iniciativa pulsad sobre este enlace.

Como ciudadanos de a pie y médicos-personal sanitario en general quizá no podamos hacer mucho más desde nuestros hogares. Pero la unión de muchos hace la fuerza. De momento solo hay algo más de 19.000 personas que se han adherido a esta carta-manifiesto. Muy pocas dada la magnitud del desastre que acontece ante nuestros ojos. Así que os animamos a firmar. Yo ya lo he hecho.