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sábado, 21 de marzo de 2026

Cine y Pediatría (845) “La voz de Hind”, la voz de la conciencia de una niña en Gaza

 

La mejor película internacional de los recientes Premios de la Academia ha ido a parar a la noruega Valor sentimental (Joachim Trier, 2025), que se ha alzado con el Óscar por delante de las otras candidatas: la española Sirat (Oliver Laxe, 2025), la iraní Un simple accidente (Jafar Panahi, 2025), la brasileña El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025) y la tunecina La voz de Hind (Kaouther Ben Hania, 2025). Y esta última es la que hoy viene a Cine y Pediatría, un drama bélico basado en hechos reales que reconstruye, casi en tiempo real y desde una sola sala, el intento desesperado de rescatar a una niña palestina atrapada en un coche bajo el fuego en Gaza, utilizando como columna vertebral la grabación auténtica de su llamada de auxilio. Y así comienza: “Gaza, 29 de enero de 2024. El ejército israelí ordena la evacuación del barrio de Tel Al-Hawa. Esta dramatización se basa en hechos reales y en las llamadas de emergencias grabadas ese día… Las voces telefónicas son reales”. Película que viene con la estela de dos hitos: ser ganadora del Premio del Público (con la puntuación más alta de la historia) en el Festival de San Sebastián y Gran Premio del Jurado (León de plata) en el de Venecia con 24 minutos de ovación, amén de sendos premios en Toronto, Londres, Chicago,… Y no es de extrañar. Porque es cine conciencia necesario. 

Para ponerse en situación cabe realizar un breve recordatorio histórico a este conflicto israelí-palestino que se remonta a finales del siglo XIX con el movimiento sionista y aquellas tensiones por la inmigración judía a Palestina bajo mandato británico, si bien las hostilidades directas con Gaza como foco se inician tras la Guerra Árabe-Israelí de 1948. Desde entonces, Gaza se convirtió en un punto de tensiones fronterizas con incursiones palestinas (fedayines) y represalias israelíes en los años 1950-1960, aunque no un conflicto armado continuo. La Guerra de los Seis Días (junio 1967) marca el inicio de la ocupación israelí directa de Gaza y Cisjordania. Esta ocupación (hasta la retirada unilateral de colonos y tropas en 2005) generó asentamientos, resistencia palestina y la primera Intifada (1987-1993), que surgió precisamente en Gaza con protestas masivas contra la ocupación. 

Durante el siglo XXI han recurrido los conflictos, incluyendo la segunda Intifada (2000-2005), hasta que en 2007 Hamás toma el control y gobierno de Gaza (2007), iniciando un ciclo de confrontaciones. La guerra actual, en la que se fundamenta esta historia y película, se inicia en octubre de 2023 con el ataque masivo de Hamás. Y de allí llegamos a esta fecha del 29 de enero de 2024 de la impactante película La voz de Hind 

Ese día los trabajadores de la Media Luna Roja Palestina reciben una llamada de emergencia de Hind Rajab Hamada, una niña de 6 años atrapada en un coche rodeado de tanques en Gaza, junto a los cadáveres de sus tíos y primos muertos por disparos del ejército israelí. Aunque los operadores de la Media Luna le dicen a la niña que sus familiares que están dormidos, la niña es clara: “Están todos muertos. Solo hay cuerpos muertos. Toda mi familia”. 

Y es así que, a lo largo de unos 70 minutos de grabación real, los operadores Omar (Motaz Malhees) y Rana (Saja Kilani) tratan de mantener a Hind en línea, calmarla, obtener datos sobre su ubicación y coordinar con su superior Mahdi (Amer Hiehel) el envío de una ambulancia, que necesita además la autorización del propio ejército israelí para poder acercarse. La película se desarrolla casi íntegramente en el centro de operaciones reconstruido de la Media Luna Roja, donde seguimos en tiempo presente el caos burocrático, la presión emocional y la impotencia de los equipos que escuchan, sin poder ver, lo que sucede a su interlocutora. No hay imágenes explícitas de violencia: todo lo que ocurre en el exterior —los disparos, los tanques, el miedo físico— se transmite únicamente a través de la banda sonora, la voz de Hind y las reacciones de los adultos que la escuchan. “Quédate conmigo… Tengo miedo. Por favor, venid por mí”, les suplica la niña a Rana; y continúa: “Pronto será de noche. Tengo miedo de la oscuridad”. 

El espectador intuye desde el principio que Hind no sobrevivirá y que tampoco lo harán el médico y el conductor de la ambulancia que acuden en su ayuda, lo que convierte cada decisión, cada cortesía burocrática y cada llamada en una cuenta atrás teñida de fatalismo moral. La trama, en apariencia mínima, se convierte así en una experiencia de tensión sostenida y de observación de las estructuras (militares, administrativas, mediáticas) que deciden, a distancia, el destino de una vida infantil concreta. Una historia tan dura como necesaria, donde resuena en la conciencia del espectador la débil de Hind al decir a los miembros de La Luna Roja: “Daos prisa, venid a buscarme. Salvadme, venid a salvarme. Creo que me muero. Sé que me estoy muriendo”…. Fundido en negro y la notafinal: “La voz de Hind desapareció a la 19:30… No se supo que había sido de Hind, Zaino y Madhoun - estos últimos eran el médico y el conductor de la ambulancia que iban en busca de la niña - durante los 12 días que duró el asedio, hasta que se retiró el ejército israelí…355 balas impactaron en el coche de los Hamada”. Y nos quedamos con la última imagen de Hind en la playa, allí donde quería volver, a jugar con la arena y las olas cuando la guerra acaraba… 

La voz de Hind es un largometraje de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que ya había explorado los límites entre documental y ficción en Las cuatro hijas (2023) y El hombre que vendió su piel (2020), ambas también nominadas en su momento al Óscar a mejor película internacional. El film emplea la grabación auténtica de la llamada de Hind sobre la que Ben Hania construye una dramatización casi en una única localización, con actores profesionales palestinos que encarnan a los paramédicos y responsables del centro de operaciones… y que nos hacen sentir allí. Donde sentimos su impotencia y dolor.  

Porque Ben Hania construye un dispositivo de cámara casi claustrofóbico, pegado a los rostros y gestos de los trabajadores de la Media Luna Roja, que encarna lo que podríamos llamar el fuera de campo absoluto: todo el horror está fuera del encuadre, pero se filtra acústicamente. Esta elección, al renunciar a mostrar destrucción y cuerpos, no suaviza la violencia, sino que la hace más insoportable, porque la imaginación del espectador completa lo que falta guiada por la voz de la niña y por los silencios cargados de significado. La mezcla de ficción y no ficción se articula en tres niveles: el documento sonoro original, la recreación escénica con actores y la construcción dramática mediante el montaje, que ordena ese tiempo real en una progresión de tensión y desgaste emocional. El film convierte el dispositivo de un “call center” humanitario en un microcosmos del conflicto: ahí cristalizan la burocracia militar, la dependencia de permisos, la precariedad de recursos y la vocación de cuidado de unos profesionales cuya ética choca frontalmente con las lógicas bélicas. 

Formalmente, el uso del sonido es el auténtico protagonista: el timbre de la voz de Hind, las interferencias de la línea, las órdenes cruzadas, los ruidos de fondo y los disparos lejanos son los que organizan la puesta en escena, más que el movimiento de cámara o los cambios de decorado. La película así se sitúa en la tradición de un cine de guerra que opta por el fuera de campo frente al espectáculo visual de la destrucción, lo que refuerza su dimensión ética. 

Recordar que el origen del proyecto está en la difusión, a comienzos de 2024, de fragmentos de las llamadas de socorro de Hind en diversos medios, que impactaron profundamente a Ben Hania hasta el punto de detener otros trabajos para contactar con la Media Luna Roja Palestina y solicitar acceso a la grabación completa. La organización le facilitó los 70 minutos de audio, pero la directora solo aceptó seguir adelante con el beneplácito de la madre de Hind, cuyo permiso fue condición ética indispensable para hacer la película. Y esa madre es la que nos aboca a la escena final… 

Cuando acaban los 89 minutos de metraje, la película no se puede despegar de nuestra mente (o no debería hacerlo). Y es una magnífica oportunidad para que sus reflexiones y enseñanzas calen hondo. Veamos algunas esenciales: 1) el valor absoluto de una sola vida infantil con nombre y voz reconocible, y que rompe la abstracción de las cifras de guerra y nos recuerda que cada estadística es un universo perdido, con miedos concretos y deseos truncados, allí donde Hind deja de ser “una víctima más” para convertirse en sujeto; 2) la ética del cuidado frente a la lógica bélica, en ese enfrentamiento continúo entre los trabajadores de la Media Luna Roja con las estructuras militares y burocráticas que priorizan la seguridad de los tanques sobre la vida de una niña; 3) el poder (y el riesgo) del testimonio, donde la voz real de Hind convierte la película en un acto de memoria y de resistencia y que se integra en un relato que aspira a la justicia simbólica; 4) la guerra (la cruel guerra) como colapso de sistemas, no solo como enfrentamiento de ejércitos, donde todo falla, incluso lo básico, lo ético…como es la salud y la vida de un niña de 6 años (imaginemos a alguno de nuestros hijos o nietos de esa edad en esa situación). Y, sobre todo, considerar el cine como espacio de duelo y de responsabilidad, materia esencial para la educación y la reflexión social, material privilegiado para discutir derechos de la infancia en conflictos armados, límites éticos de la representación, y el papel de los profesionales sanitarios y humanitarios en contextos extremos. Una película para prescribir y prescribirnos en la familia, en las escuelas, en la sociedad… Pero que, sobre todo, deberían ver responsables y políticos.

 

miércoles, 6 de agosto de 2025

El sufrimiento de la infancia de Gaza o la normalización de la barbarie

 

El último conflicto entre Israel y Palestina se ha centrado en la guerra en Gaza y está a punto de cumplir un par de años, donde las tragedias se suceden. El conflicto inició el 7 de octubre de 2023, cuando grupos armados de Hamas lanzaron un ataque sorpresa en el sur de Israel, matando a unos 1.195 israelíes, incluyendo 815 civiles, y capturando a aproximadamente 251 personas. En respuesta, Israel lanzó una ofensiva militar con bombardeos aéreos y una invasión terrestre, con el objetivo declarado de destruir a Hamas y recuperar a los rehenes. 

Las cifras hablan del horror que persiste. Más de 60.000 muertos en Gaza, casi la mitad de ellos mujeres y niños, y casi 200.000 heridos. El 90 % de los 2,3 millones de habitantes de Gaza han sido desplazados internamente, viviendo en refugios improvisados sin servicios básicos. Dos tercios de los edificios dañados o destruidos, incluidas escuelas, hospitales y zonas de distribución humanitaria. La ayuda humanitaria ha sido severamente bloqueada desde marzo 2025, exacerbando la crisis; y se denuncian muertes incluso en centros de distribución por acumulaciones y violencia en los puntos de ayuda. 

En esta situación, los niños y niñas os niños en Gaza viven una emergencia compleja con todos estos agravantes: muertes directas, heridas graves y discapacidades permanentes; hambre extrema, desnutrición crítica y devastación física; trauma psicológico extremo, sin acceso adecuado a cuidados mentales; educación suspendida, pérdida de desarrollo académico y social; infraestructura sanitaria y escolar casi colapsada. 

Ante ello se precisa que despertemos y nos revelemos. Y que nos sumemos a todas las iniciativas en busca de una rápida solución y el fin de las hostilidades. Y por ello, de forma individual y colectiva, nos sumamos a los comunicados de condena a la violación de los derechos de la infancia en Gaza que han surgido desde distintas asociaciones pediátricas como la International Society for Social Pediatrics and Child Health (ISSOP), la International Pediatric Association (IPA) y la La Asociación Española de Pediatría (AEP), ésta en conjunto con el Comité de Bioética de la AEP y la Sociedad Española de Pediatría Social (SEPS). En este enlace se puede revisar el comunicado, pero aquí recogemos aquí los seis puntos esenciales de este comunicado: 
- Condenar y detener inmediatamente el genocidio en Gaza, incluida la violencia, la inanición forzada y el bloqueo de la ayuda humanitaria, que afectan de forma desproporcionada a la infancia. 
- Exigir a las organizaciones profesionales de salud infantil que ejerzan presión activa para poner fin a los ataques contra hospitales, personal médico y centros de salud, así como contribuir a la reconstrucción del sistema sanitario. 
- Reclamar a la comunidad internacional el acceso sin restricciones de ayuda humanitaria, especialmente para garantizar la protección y supervivencia de los niños y niñas. 
- Solicitar responsabilidad social a todas las entidades públicas y privadas implicadas directa o indirectamente en la situación humanitaria, para que revisen su papel y contribuyan activamente a frenar la violencia contra la infancia. 
- Proteger el derecho a la libertad de expresión de profesionales y entidades que defienden los derechos de la infancia palestina sin temor a represalias. 
- Reconocer que en distintos territorios se están produciendo dinámicas de violencia que ponen en riesgo los derechos fundamentales de la infancia, y requieren igualmente una respuesta firme por parte de la comunidad internacional. 

Las recomendaciones urgentes de los expertos en la materia, incluyen los siguientes puntos: 
- Alto el fuego inmediato y apertura sin restricciones de paso de ayuda humanitaria terrestre y aérea. 
- Escalado de programas de nutrición terapéutica infantil y agua potable con combustible para bombeo. 
- Atención médica especializada y evacuación urgente de niños heridos o enfermos graves. 
- Apoyo psicosocial masivo, incluyendo espacios seguros para niños, atención mental y reunificación familiar. 
- Inversión internacional sustancial en educación de emergencia, rehabilitación y reconstrucción a largo plazo. 

¡No normalicemos la barbarie! La infancia en Gaza no puede esperar como nos recuerda Amnistía Internacional. Todos tenemos que actuar para exigir su protección.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine"

 

En el pasado mes de julio tuve la oportunidad de participar como ponente en el 41 Congreso Nacional de Pediatría celebrado en México y lo hice con un tema siempre doloroso y siempre de actualidad, ahora más con la visibilidad que los telediarios dan a la guerra entre Rusia-Ucrania y entre Israel-Gaza (pero sin olvidar que hay más de una treintena de guerras activas en el mundo y acalladas).  El título fue "Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine".

Porque la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Este tema fue el motivo nuclear de presentación de nuestro último libro en “Cine y Pediatría”, el libro Cine y Pediatría 13 presentado el pasado mes de mayo de 2024 y dentro del XXI Festival Internacional de Cine de Alicante, y que, posteriormente, fue publicado como artículo en Revista de Pediatría de Atención Primaria.   

Y en esta ponencia recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 

c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. 

Y de ello trata esta ponencia realizada para el 41 Congreso Nacional de Pediatría en México. Porque cabe no olvidar el pensamiento de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. 

Os dejamos la presentación en este enlace y debajo el vídeo de la ponencia.

 

miércoles, 10 de julio de 2024

Las violaciones contra la infancia en los conflictos bélicos, una denuncia “de cine”

 

Por desgracia, la historia de la humanidad no se puede entender sin las guerras, la forma de conflicto social y político más grave que puede haber entre dos o más comunidades humanas. Atendiendo a los propósitos de sus participantes y al contexto de sus bandos enfrentados, podemos hablar de guerras santas, guerras civiles, guerra de guerrillas, guerra total o guerra nuclear, entre otras. Porque en la guerra todos pierden. Pero algunos pierden más que otros. Y a buen seguro que la infancia es una de las peores paradas. 

Así es como la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Y este artículo recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. 



Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 



c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. Y con las emociones y reflexiones que nos devuelven buscar un mundo en paz y con mayor sintonía. Os dejamos el artículo para su análisis, que podéis descarga en este enlace o bien ver abajo.

 

Y también el vídeo de presentación de Cine y Pediatría 13, relacionado con este tema.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Libro Cine y Pediatría 13, una denuncia frente a las violaciones contra la infancia en los conflictos bélicos

 

Un año más, y un nuevo libro del proyecto "Cine y Pediatría" llega a las librerías (y a Amazon). Y hoy presentamos Cine y Pediatría 13 (o 12 + 1 para algunos, porque para algunos se relaciona con la mala suerte). Porque el número 13, a diferencia de lo que se piensa, es el número que representa la energía de la sabiduría, la fuerza y la espiritualidad que nos ayudan a vivir una vida plena y feliz… 
Porque el 13 es un número que es símbolo de paz y armonía. Y mi número preferido. 

Y es así como se desgranan las celebraciones:


Pero hoy nos quedamos con el número 13 como símbolo de paz y armonía. Todo lo contrario a lo que va a ser nuestra reivindicación de hoy en este libro, que no es otra que una denuncia frente a las violencias contra la infancia en los conflictos bélicos. Porque vivir algo así sí que es mala suerte, la peor de las suertes. Y baste recordar el informe que recientemente publicó UNICEF sobre las violaciones graves contra la infancia cometidas entre 2005 y 2022 en más de 30 situaciones de conflicto en todos los continentes. Y aunque hay muchos conflictos bélicos activos en el mundo, en los dos últimos años las noticias nos recuerdan sin cesar dos guerras muy presentes: la invasión rusa de Ucrania, y la guerra de Israel y Gaza. 

Son numerosas las historias que nos ha devuelto el séptimo arte para evocar su mensaje antibélico. Pero hoy queremos recopilar aquellas películas que, ya publicadas a lo largo de los años en Cine y Pediatría, se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia. 

Y el vídeo de presentación de este Cine y Pediatría 13 es un recuerdo a las infancias de la guerra desde Cine y Pediatría. Y por un tema didáctico, hemos dividió estas decenas de películas en tres apartados: 

a) Infancia, Guerra Civil Española y la postguerra: El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984), Tranvía a la Malvarrosa (José Luis García Sánchez, 1997), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001), El viaje de Carol (Inmanol Uribe, 2002), El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007), Pan negro (Agustín Villaronga, 2010), Insensibles (Juan Carlos Medina, 2013), El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023),… 

b) Infancia, Segunda Guerra Mundial y holocausto nazi: Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), Juegos prohibidos (Réne Clément, 1952), El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), El niño y el muro (Ismael Rodríguez, 1965), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), Masacre. Ven y mira (Elem Klimov, 1985), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka, Isao Takahata, 1998), Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), Napola, escuela de élite nazi (Dennis Gansel, 2004), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), Rutka: un diario del Holocausto (Alexander Marengo, 2009), La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010), Lore (Cate Shortland, 2012), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), El viaje de Fanny (Lola Doillon, 2015), La infancia de un líder (Brady Corbet, 2015), Una bolsa de canicas (Christian Duguay, 2017), Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), Los niños de Windermere (Michael Samuels, 2020),… 

c) Infancia y Otras guerras: Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Machuca (Andrés Wood, 2004), De mayor quiero ser soldado (Christina Molina, 2010), Klip (Maja Milos, 2012), Volver a nacer (Sergio Castellitto, 2012), Infancia cllandestina (Benjamín Ávila, 2012), La cigüeña metálica (Joan López Lloret, 2012), El cohete (Kim Mordaunt, 2013), Inch’Allah (Anaïs Barbeau-Lavalette, 2013), Silvered Water, Syria Self-Portrait (Ma'a al-Fidda, Wiam Bedirxan, Ossama Mohammed, 2014), Macondo (Sudabeh Mortezai, 2014), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), El pan de la guerra (The Breadwinner, Nora Twomey, 2017), El cuaderno de Sara (Norberto López Amado, 2018), Anton, su amigo y la revolución rusa (Anton, Zaza Urushadze, 2019), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier, 2020), Belfast (Kenneth Branagh, 2021),… 

Porque el cine es (y debe ser) también conciencia, memoria y reivindicación. Y los actuales más de 460 millones de niños y niñas de la guerra, aquellos que viven en países afectados por conflictos bélicos, necesitan que no nos olvidemos de ellos, y luchemos por preservar su seguridad y garantizar sus derechos. 

Y con esta triste (pero necesaria) reivindicación, hoy comienza Cine y Pediatría 13. Y, como todos los anteriores libros, viene acompañado de tres prólogos, dedicados al Cine, a la Pediatría y a la Docencia. 

El Prólogo desde el punto de vista de la Pediatría es un regalo que procede del Dr. Albert Balaguer, gran amigo “basado en la evidencia” desde hace varias décadas (con el Comité de Pediatría Basada en la Evidencia y la revista Evidencias en Pediatría como punto de encuentro común), quien desde hace años lidera el proyecto de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universitat Internacional de Catalunya, como decano y también catedrático de Pediatría. Y su prólogo, bajo el título de “El cine como instrumento de reflexión en la práctica del pediatra”, viene enmarcado por el equilibrio del saber estar y saber ser de su autor, como clínico, docente e investigador, y quien me regala un colofón así en su texto: “Y así transcurre todo el libro, repleto de información exhaustiva, tratada con la sensibilidad y la mirada amable, de amante del cine, de este gran pediatra, amigo de los niños y del arte y la belleza, que es Javier González de Dios”

El Prólogo desde el punto de vista del Cine lleva la firma de José Antonio Hurtado, escritor cinematográfico y, desde hace mucho tiempo, programador de la Filmoteca de Valencia, una de las más prestigiosas del país. Su prólogo, bajo el título de “La mirada en acción”, subraya algo conocido, pero que es bueno reconocer: que el cine puede ser una herramienta útil, que cumple un papel de mediación, para hablar y reflexionar sobre otras disciplinas o ámbitos del conocimiento. Y por eso, bajo sus amplios conocimientos y estudios sobre el séptimo arte, es un placer leer su reflexión final: “Y para terminar de cerrar el círculo en este mundo de miradas, te invito, lector, a que tu mirada se adentre en las páginas que vienen a continuación, porque encontrarás abundante información y lúcida elocuencia en torno al cine y la infancia desde una mirada que sabe de lo que habla”. 

El Prólogo desde el punto de vista de la Docencia es una buena amiga alicantina, Asunción Sánchez Zaplana, Suni para los amigos, y una de las responsables de que este proyecto de Cine y Pediatría fuera profeta en su tierra, pues ella fue quien me dio el espaldarazo, desde su puesto de concejala de Acción Social en el Ayuntamiento de Alicante, para vincularme al Festival Internacional de Cine de Alicante. Aunque química de profesión, su vida profesional ha rondado alrededor de la política, habiendo alcanzado los puestos de Consejera de Bienestar Social de la Comunidad Valenciana, así como senadora en las Cortes Generales. Nos conocimos hace 12 años y, gracias al impulso de Suni, Cine y Pediatría es una sección obligatoria en la sección de Cine Solidario del Festival Internacional de Cine de Alicante, que regresa a “la millor terreta del mon” todos los meses de mayo-junio. Su prólogo, bajo el título de “¡Hasta el infinito y más allá!”, con reminiscencias de la película Toy Story, es un recorrido afectivo a este camino juntos. Y donde el infinito y más allá es seguir uniendo arte y ciencia a favor de la humanización, tal como nos recuerdan sus palabras: “He aprendido en esta colección que el cine, como impulsor de creatividad y maestro de emociones, ayuda a comprender mejor al paciente. Hoy en día, medicina y humanismo van de la mano. La sociedad necesita médicos que atiendan a las personas, las cuiden, se preocupen de su salud y de su bienestar físico y emocional”

Y finalizo con sus mismas palabras finales: “Más cine, por favor, más medicina de compromiso con la persona y más libros que nos llenen de emociones. ¡Pasen y lean!”. 

Los libros disponibles a la venta en Lúa Ediciones 3.0 y en Amazon. 

Y os dejamos el vídeo de presentación.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Cine y Pediatría (517). “La cigüeña metálica” de la guerra en la infancia


“Entre 1980 y 1992, la Guerra Civil de El Salvador enfrentó al ejército y al movimiento guerrillero Frente Farabundo Martí. Las consecuencias de la guerra fueron más de 90.000 muertos y desaparecidos. Alrededor de 1.000 niños fueron apartados de sus familias de origen. La desaparición forzada es un crimen de lesa humanidad que sigue afectando a millones de víctimas en todo el mundo”. Con esta declaración comienza la película española del año 2012 titulada La cigüeña metálica, dirigida por Joan López Lloret, y que se centra en el tema de los niños desaparecidos durante la guerra de El Salvador. Y es que la temática del destino no es ajena a este director conocedor del largometraje y mediometraje documental y con la temática del destino como santo y seña, como ya hiciera en Utopía 79 (2006) donde deconstruye el sueño de la revolución de Nicaragua, en Sunday at five (2007) sobre el proceso de paz en Irlanda, o en Sinai, más allá de océano (2010) alrededor de los relatos de exiliados de la República Española setenta años después de su viaje transoceánico a México. 

Cuando Joan López Lloret se enfrenta a esta película y esta temática ya han pasado 20 años desde la firma de los Acuerdos de Paz de la guerra en El Salvador (1980-92), un conflicto que enfrentó al ejército y a la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, conocido bajo las siglas FMLN. Las operaciones de las fuerzas armadas en las zonas rurales tuvieron consecuencias devastadoras para la población civil, con miles de muertos y desaparecidos. Y numerosos niños quedaron huérfanos de padre, madre, o ambos. En plena guerra, “la cigüeña metálica” determinó el destino de tres niños: Ana Lilian, Ricardo y Blanca. Ana Lilian deambuló perdida durante años tras sobrevivir a la masacre de toda su familia, a Ricardo se lo llevó una familia de militares, y Blanca fue adoptada en España. Ellos fueron alguno de los miles de niños desaparecidos en los 80 y hoy intentan comprender su pasado para poner paz a su futuro, y algunos han rehecho su vida gracias al apoyo de la organización Pro-Búsqueda. 

Y esta película documental nos presenta a nuestros tres protagonistas a través de sus hijos. Y hoy Ana Lilian vive en el Lago Coatepeque/Tamanique (El Salvador) con sus siete hijas, Ricardo vive en San Miguel (El Salvador) con sus tres hijos, y Blanca vive en Pamplona (España) con su hija Mayra de 5 años. Y vamos recorriendo los recuerdos de Ana Lilian, Ricardo y Blanca, tres niños adoptados en diferentes lugares a consecuencia de la guerra. 

Ana Lilian con tan sólo 8 años, presenció cómo dos soldados de las fuerzas del ejército torturaron y mataron a toda su familia. Ella fue una de las pocas supervivientes de la masacre de Sisiguayo, su pueblo, de la que recuerda todo. Durante años, vivió de familia en familia. Ana Lilian es hoy madre de 7 niñas, a las que cuida y educa sola, y con un pequeño sueldo. La vida de Ana Lilian nunca ha sido fácil. Ella sólo pudo reencontrarse con un tío lejano, al que ve de vez en cuando. Y Ana Lilian nos dice con lágrimas en los ojos: “Me dije un día, voy a tener siete hijos. Y ahora siete hijos van a llenar este vacío que yo tengo dentro de mí. Créanmelo, no lo llenan. Porque yo quiero a mis siete hijas, pero ellas no han podido llenar el vacío. No he podido superarlo porque siempre estoy vacía… Cómo olvidar todo lo que me pasó”. Y aún más, cuando recuerda que de niña vio al despertar que habían matado a su madre y hermanos, y ella había recibido un balazo que le atravesó el brazo derecho (y que vemos en su cicatriz): “Me pasé tres o cuatro meses que no podía hablar… Y me decía: yo para dónde voy a ir si murieron todos”. Y continúa relatando aquellos momentos: “Separaron a los hermanos de las hermanas. A los chicos los enviaron a Aldeas Infantiles y a nosotras nos enviaron al Hogar”. Y ahora una de sus hijas nos dice: “Si me porto bien voy a llegar al cielo, si me porto mal, no. Si voy al cielo quiero ver a mi otra abuelita, y a mis tíos y a todos los que se murieron”. 

Ricardo tiene el recuerdo claro: a él y sus hermanos se los repartieron como “pollitos” cuando un pelotón del ejército los encontró en la montaña de Morazán. A Ricardo le tocó con la familia de un joven soldado. Años después, cuando ya era un adolescente, se alistó a las fuerzas del ejército, pero en ese momento no sabía que su madre biológica estaba justo al otro lado de la línea integrando las fuerzas revolucionarias. Tras años de búsqueda por todo el país, Ricardo y su madre se reencontraron cuando la guerra terminó. Ahora se ven con frecuencia y ella ejerce de abuela. Ricardo trabaja conduciendo un camión y predica cada domingo en una iglesia evangelista. Y Ricardo aún se rebela: “Éramos niños, éramos personas. No éramos pollos para que nos repartieran”.

Blanca desapareció cuando tenía unos pocos meses de vida. Sus padres murieron mientras huían del ejército en las montañas de Chalatenango y la niña fue trasladada a un orfanato, donde las monjas únicamente le contaron que había llegado ahí en un helicóptero. Blanca ha rehecho su vida en Navarra, lugar al que llegó tras ser adoptada con 14 años. Hace poco pudo ver por primera vez a su familia salvadoreña y conocer qué sucedió en aquellas montañas. Y Blanca recuerda: “Es muy triste que mi madre murió. Pero me dijeron que murió dos o tres días después de los tiros. Es duro cuando te cuentan todo eso”. Y pese a su orfandad es capaz de sincerarse: “Mis padres siempre han estado conmigo… pero nunca les pude poner cara”.

Y la película documental avanza con nuestros tres protagonistas entre imágenes en color de la realidad actual, imágenes en blanco y negro de la guerra de El Salvador, e imágenes de archivo de un color deslavazado. Y con tres imágenes recurrentes en el transcurrir de la película: el helicóptero (nuestra cigüeña metálica) proyectando su sombra sobre la tierra, las niñas y niños bañándose en la balsa de agua ocre y estancada, y una canica rodando entre distintos hoyos blancos y rojos de una madera. Y entre estas imágenes algunas reflexiones de las personas entrevistadas: “Y yo todavía hay cosas que no las entiendo…”.

Y paredes pintadas con el eslogan “Revolución o muerte”, que nos marca lo que fue: muchas muertes, muchos desaparecidos y mucho dolor. Infancias rotas, adolescencias turbulentas, donde escasean los recuerdos felices de nuestros tres protagonistas. Y ahora el reencuentro de madres biológicas y madres adoptivas.

Y al final la imagen de la noche en Pamplona, en San Miguel, en Tamanique. Y los hijos de nuestros tres protagonistas durmiendo. Un sueño tranquilo de un nueva generación, un sueño tranquilo que sus padres no tuvieron (y algunos siguen sin tener). No es la primera vez que en Cine y Pediatría esta Guerra Civil de El Salvador es protagonista. Porque ya estuvo presente en la película Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004) donde se hace patente otra lacra de la guerra en la infancia: los niños soldados.

Y es que mientras la cigüeña es la encargada de traer los bebés a un hogar, la “cigüeña metálica” de la guerra nunca trae nada bueno para la infancia. Una película tan desconocida como necesaria. Ni tráiler en Youtube he podido encontrar, solo en Vimeo.

Porque en el cielo no podemos olvidarnos que, además de cigüeñas blancas, también algunos niños y niñas han visto cigüeñas metálicas... 

sábado, 2 de julio de 2016

Cine y Pediatría (338). "Volver a nacer"... las veces que haga falta


La llamada Guerra de los Balcanes duró tres años, tiempo suficiente para convertirse en el conflicto más sangrientos en suelo europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con resultado de unas 200.000 muertes y millones de personas que perdieron sus hogares. Veinte años después del final de la guerra, persisten ecos bélicos y de desconfianza del sangriento conflicto de nacionalismos que nos han dejado como secuela el término "balcanización" al que recurrentemente el hombre sigue queriendo caer varias veces en la misma piedra. 

Con este trasfondo de aquella guerra y postguerra de los Balcanes, recordamos hace un tiempo la única película de los países de la ex-Yugoslavia que por el momento se encuentra en Cine y Pediatría: Klip (Maja Milos, 2012), una cinta serbia que se constituye en una de las historias más duras de los últimos años, una película polémica por necesidad y de un realismo que hiere los ojos. Una película que mezcla la pérdida de rumbo de adolescentes en un país que acaba siendo víctima y verdugo de su propia desgracia, de la incomunicación entre padres e hijos, de ambientes sin valores, donde campa a sus anchas la violencia, el sexo, el machismo, las drogas y el rencor a la belleza de la vida. 

Y hoy traemos otra película con ese trasfondo, aunque desde Italia y en forma de historia de amor y de maternidad. Una película del actor y realizador Sergio Castellito, quien repite con dos mujeres: adapta de nuevo un novela escrita por su propia esposa, Margaret Manzzantini, que se convirtió en un auténtico fenómeno editorial en Italia y que se tradujo como "La palabra más hermosa" y vuelve a contar con Penélope Cruz. Lo hizo en el año 2004 con la película No te muevas; y en el 2012 repite fórmula con nuestra película de hoy, Volver a nacer

Volver a nacer está contada en dos tiempos, que se van entremezclando durante todo el metraje, el pasado y el presente. La película comienza en el presente, con una llamada inesperada que recibe en Italia Gemma (Penélope Cruz) de su viejo amigo Goiko, quien la invita a volver a Sarajevo, ya que se inaugura una exposición de fotografías de la terrible Guerra que ella vivió allí, y entre ellas alguna del gran amor de su vida, Diego (Emile Hirsch). Es así como  Gemma regresa 16 años después acompañada de Pietro, su hijo adolescente (Pietro Castellito, hijo del director), al país donde vivió sus mejores alegrías y sus peores pesadillas, para mostrarle a éste un poco más acerca de su padre, un padre que por desgracia no llegó a conocer nunca. 

A continuación, la película nos traslada al pasado, para mostrarnos la mágica historia de amor entre Gemma y Diego, entre una estudiante italiana y un fotógrafo americano hiperbólico con la vida ("Todos los días serán una fiesta conmigo, amor. Te lo prometo... No soporto estar triste"), que sufren el flechazo al ser presentados por Goiko en lo que parece una comuna. Con muchos avatares por medio, acaban unidos por el sueño de tener un hijo juntos: "Las historias de amor raras son las mejores", frase que demuestra el carácter bohemio del fotógrafo. 

Pero el sueño que se ve parcialmente truncado por la esterilidad de Gemma; a partir de ahí, comienza la lucha y los pensamientos. "Son óvulos ciegos. El cuerpo se libera de ellos de forma natural" le dice el ginecólogo, quien asevera: "Su factor de esterilidad es del 97%. Consideramos eso esterilidad total.. También se puede vivir sin hijos, Gema". Pero su marido le anima: "Los niños que tengan que llegar, llegarán" o "Tenemos que aprender a vivir sin hijos". Intentan la adopción, pero es desestimado por el antecedente de drogadicción del propio Diego: "La adopción es un proceso largo... Como psicóloga mi consejo es desaconsejarlo". 

Las dudas aparecen en Gemma: "He venido porque tengo miedo de perder al hombre que amo... Quiero atarlo con este hijo", le confiesa al ginecólogo; "Encontrarás a alguien con buenos ovarios. Que te dé hijos...", le dice a Diego. Poco después aparece Aska, una esbelta mujer que necesita dinero para poder viajar y lograr su meta, que es vivir de la música. Ella se ofrece como vientre de alquiler, y tras ser reticentes en un primer momento, Gemma y Diego acaban aceptando. Y esa guerra interior coincide con el estallido de la guerra en Sarajevo, porque con esta decisión Gemma se traga sus celos y Diego se traga su alma. Y lo que ocurrió aquella noche cambió la vida de los tres protagonistas de esta especial busca de la maternidad. 

Dudas y secretos no desvelados que acaban con Gemma huyendo a Italia con el hijo que ha comprado a Aska, mientras Diego permanece en Sarajevo con la vida truncada entre su gran amor, su alma llena de culpa y su terrible secreto. Finalmente Gemma conocerá a un nuevo hombre y tiempo después recibe la noticia que la destroza del todo, pues Diego es encontrado muerto, no por la guerra, sino por suicidio. 

De vuelta al presente, con su amigo Goiko y su hijo Pietro, Gemma tendrá que afrontar de lleno el pasado, un pasado que ni ella misma conoce. Y aquí todo se precipita: Goiko le revela que se ha casado, que tiene una hija, y que ahora regenta un restaurante; pero al llegar allí Gemma descubre que es Aska la esposa de Goiko, y se adentra así en la oscura historia que nunca llegó a conocer. Porque en realidad, el día que Diego debía acostarse con Aska no lo hizo, ya que en ese instante aparecieron los guerrilleros, violaron a Aska y se la llevaron, Diego logró esconderse, pero lo vio todo sin poder hacer nada y, sobre todo, sin poder proteger a Aska. Un tiempo más tarde logra rescatarla del lugar donde la tenían retenida, y logra también convencerla de seguir adelante con su embarazo para que Gemma sea feliz y consiga por fin ser madre. Así es como Gemma se da cuenta que en realidad Diego seguía enamorado de ella, que jamás le falló, pero que nunca fue capaz de superar la culpa, una culpa que le llevó al infierno sin que nadie pudiese evitarlo. 

Aska finalmente conoce a su hijo, aún sin que él sepa que es su madre. Pietro conoce a su hermana sin conocer que lo es, aunque comparten los mismos ojos de la madre. Finalmente Pietro, el hijo de Gemma y Diego, es hijo de una madre que no es su madre biológica y un padre que no es su padre biológico. Cruel situación que no llega a conocer, y en la que permanecen las crueles imágenes de Sarajevo y las palabras del médico que atendió a Aska cuando parió aquella criatura: "Me avergüenzo de pertenecer a la raza humana. Dios no nos perdonará. Ni siquiera los niños"

La película Volver a nacer ha recibido todo tipo de críticas, algunas no benévolas, por considerar que su director se ha embarcado en una materia complicada para su experiencia frente a la cámara. Pero todos coinciden en que la actuación de Penélope Cruz es una de las joyas de la producción. Nuestra actriz más internacional, musa por méritos propios en nuestro país de Bigas Luna (Jamón, jamón, 1982; Volavérunt, 1999), Fernando Trueba (Belle Époque, 1982; La niña de tus ojos, 1998; La reina de España, 2016) o Pedro Almodóvar (Carne Trémula, 1997; Todo sobre mi madre, 1999; Volver, 2006; Los abrazos rotos, 2009 ), y fuera de nuestro país de Woody Allen (Vicky Cristina Barcelona, 2008; A Roma con amor, 2012) o del propio Sergio Castellito, así como de tantos otros para un total de 62 películas en su haber. 
Y es que los dos protagonistas de esta especial de historia de amor y de maternidad han sido protagonistas destacados ya en dos películas de Cine y Pediatría: Penélope Cruz en ma ma (Julio Medem, 2016), donde nos regala a Magda y su lucha frente al cáncer de mama, y Emile Hirsch en Hacia rutas salvajes (Sean Penn, 2007), la historia real del joven Cristopher McCandless y su búsqueda de identidad. 

Volver a nacer no es una película excepcional, pero si es una película bellísima y durísima a la vez, una historia impregnada de dulzura y pasión, de esencias de la bella Italia pero también la cruda Sarajevo, una oportunidad para vivir en el presente y para no olvidar el pasado, para no confundir nacionalismo con patriotismo, para revivir el amor (y distintos tipos de amores) y la maternidad (y distintos tipos de maternidad). Una reflexión para no olvidar que ser feliz no es para siempre, y que la historia del mundo nos puede despedazar, que es momento de seguir defendiendo la libertad individual por encima del pensamiento único colectivo. Porque esta película nos recuerda que habrá que nacer tantas veces como sea necesario en la vida.

 

sábado, 19 de diciembre de 2015

Cine y Pediatría (310). “Klip”, adolescencias más duras que la guerra


Esta misma semana celebrábamos la triste efeméride del fin de la llamada Guerra de los Balcanes, que finalizó oficialmente tras la firma de los Acuerdos de Dayton por Bosnia-Herzegovina, Croacia y Yugoslavia, el 14 de diciembre de 1995. Un conjunto de guerras que se caracterizaron por los conflictos étnicos entre los pueblos de la ex Yugoslavia, principalmente entre los serbios por un lado y los croatas, bosnios y albaneses por el otro, un conflicto de causas múltiples (como casi siempre, una mezcla de motivos políticos, económicos y culturales, pero también de tensión religiosa y étnica). Estas guerras, que duraron tres años, fueron los conflictos más sangrientos en suelo europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con resultado de unas 200 000 muertes y millones de personas que perdieron sus hogares. 

Veinte años después del final de la guerra, distintas expresiones artísticas en estos territorios (Serbia, Bosnia, etc.) siguen plagados de ecos bélicos y de desconfianza, de restos del sangriento conflicto que parecen un destino no interrumpido por signos de puntuación, expresiones artísticas que surgen como homenaje o redención a este doloroso recuerdo. Porque no debiéramos olvidar lo que significa el término que de allí surgió, "balcanización" ni, quizás tampoco, las palabras de Mahatma Gandhi: "Si vamos a enseñar la verdadera paz en este mundo, y si vamos a llevar a cabo una verdadera guerra contra la guerra, vamos a tener que empezar con los niños"

Y de esa combinación hoy traemos, como triste recuerdo de aquella guerra y postguerra de los Balcanes, la única película de los países de la ex-Yugoslavia que por el momento se encuentra en Cine y Pediatría: Klip (Maja Milos, 2012), una cinta serbia que se constituye en una de las historias más duras de los últimos años, una película polémica por necesidad y de un realismo que hiere los ojos. Una película que mezcla la pérdida de rumbo de adolescentes en un país que acaba siendo víctima y verdugo de su propia desgracia, de la incomunicación entre padres e hijos, de ambientes sin valores, donde campa a sus anchas la violencia, el sexo, el machismo, las drogas y el rencor a la belleza de la vida

Esta provocadora y controvertida película está escrita y dirigida por Maja Milos, una joven cineasta de Belgrado que plantea, en esta su opera prima, un grito cinematográfico sobre los problemas de los adolescentes serbios, una película premiada con el Tigger Award en el Festival de Cine de Rotterdam y prohibida en Rusia por sus demasiado explícitas imágenes sobre el sexo. Y es que Maja Milos se convierte en la suma de un Larry Clark, un Lukas Moodysson y un Abdallatif Kechiche sin compasión, de forma que esta directora serbia deja en entredicho la supuesta provocación de Kids (1995), de Fucking Amal (1998) o de La vida de Adèle (2013).  

Klip tiene un inicio realmente incómodo... que nos hace dudar sobre si seguir viendo la película: una hermosa adolescente buscando sexo en una fiesta, en un entorno algo sórdido e incómodo. Y luego la chica llega a su hogar, quizás en un ambiente más duro si cabe... Ella es Jasna (una Isidora Simijonovic que no es actriz, sino el personaje mismo), una quinceañera desencantada de la vida y que vive la dura vida de la generación de la postguerra en Serbia y que, como muchos allí, asimila el cambio de país y de nombre. Una adolescente que sobrevive entre un hogar que roza la pobreza en los suburbios de Belgrado, con un padre enfermo de un cáncer en fase casi terminal y una madre en estado de ansiedad permanente, entre un instituto con sistema educativo impersonal y caduco, y entre una pandilla de amigos y colegas que flirtean, sin medida ni control, con el sexo, el alcohol, las drogas y todo aquello prohibido que está a su alcance girando imparable en una espiral de descontrol. Una vida en continua huida en que la madre de Jasna le dice "No has hablado con tu padre desde que sabes que se está muriendo. No, solo piensas en ti... ¡Estás destruyendo esta familia, es lo que estás haciendo!". 

Porque Klip se transforma es el incendiario y febril retrato de una generación de adolescentes serbias sin código ético alguno, cuyo principal pasatiempo es embarcarse en la aventura del sexo sin ningún respeto por sí mismas, sintiendo constantemente la necesidad de grabar todo con su teléfono móvil, como si la vida real no existiera, sino es a través de la pantalla de un smartphone. Y ello a través de la sencilla (y cruel) historia de Jasna, enfadada con todo y con todos, incluyendo con ella misma. Una adolescente de una belleza extrema que se rodea de suciedad, incluyendo su enamoramiento enfermizo de Djole (Vukasin Jasnic), un compañero de instituto que le ocasiona mayor opresión, una relación de amor virulento e imposible en el que ella actúa como concubina sumisa y mero objeto sexual, sin importarle la violencia y el machismo, hasta desembocar en la autodestrucción emocional. 

Y nuestra Jana, por desgracia, se constituye en prototipo de muchos adolescentes que sabemos que están igual de perdidos, pero que preferimos no sentirlo. Como preferimos no ver esta película, por brutalmente honesta y deshonesta, por su estética estridente (desde la fotografía a la música), por sus imágenes y diálogos que taladran por su realismo y que duelen por su verdad. Porque Klip nos expone a los cambios que han sufrido los adolescentes en su modo de expresarse y de relacionarse, con el aplastante culto a la imagen y el auge de la tecnología que han alterado conceptos tan básicos como la educación, el derecho a la intimidad y los códigos de la fidelidad y la legalidad, a la vez que han destruido la inocencia propia de la infancia y la adolescencia. 

Puede resultar un tópico, pero esta vez se cumple con Klip: es un film que o se ama o se odia, pura violencia física y emocional, una bofetada a nuestra conciencia. Klip, ópera prima de la joven directora Maja Milos, revela una situación cotidiana que vive su propia generación, como en 1995 lo hiciera Larry Clark, con su película Kids. Ambos filmes muestran adolescentes que, por su juventud, inexperiencia y potencial desperdiciado, rompe e incomoda a la sociedad por su brutalidad y realismo. Diálogos marcados por la tristeza, el miedo, el deseo, el enojo y un sexo explícito vacío, frío como la postguerra y, quien sabe, si Maja Milos se nutre del sinsabor de una película previa de otro realizador serbio: A Serbian Film (Srdjan Spasojevic, 2010). 

Klip es cine despojado e hiperrealista, una especie de descenso a los infiernos de una adolescente Jasna que pasea su belleza con actitud indefinible entre la desvergüenza, el desinterés y la ilusión. Y si desconcertante es el principio de la película, desconcertante es el final... Como desconcertante es la vida de algunos adolescentes con vidas más duras que la guerra en sociedades y familias desestructuradas.

 

martes, 1 de diciembre de 2015

El niño y los pediatras en la Guerra Civil Española


La Guerra Civil dejó una gran cicatriz en España. La guerra tuvo múltiples facetas, pues incluyó lucha de clases, guerra de religión, enfrentamiento de nacionalismos opuestos, lucha entre dictadura militar y democracia republicana, entre revolución y contrarrevolución, entre fascismo y comunismo. Y también dejó una profunda cicatriz en la infancia, como todas las guerras. 

El Comité de Historia de la Asociación Española de Pediatría nos ofrece un nuevo cuaderno, el número 10 de su serie, bajo el título "Los niños y los pediatras en la Guerra Civil Española" y con este índice:

- Prólogo. Benito Madariaga de la Campa 

- Enrique Jaso y su epopeya en el traslado de los niños de la Inclusa de Madrid. Miguel Zafra, José Ignacio de Arana 

- Las enfermedades carenciales en Madrid durante la guerra y la posguerra. La pelagra. Los calambres y el retraso de crecimiento de los niños de Vallecas. José Manuel Fernández Menéndez, Víctor García Nieto 

- Algunos aspectos neonatológicos estudiados por Francisco Grande Covián. Pedro Gorrotxategi Gorrotxategi 

- La Guerra Civil y la tragedia del profesor Enrique Suñer (1878-1941). Juan José Fernández Teijeiro, Fernando Ponte Hernando.

 En este enlace podéis revisar el documento completo. 

Nuestro agradecimiento al Comité de Historia, pues, como nos recordaba Cicerón, "no saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños".

sábado, 10 de octubre de 2015

Cine y Pediatría (300). "Silvered water, Syria self-portrait", cuando la realidad supera la ficción


Hoy es una fecha especial para Cine y Pediatría. Hoy llegamos a nuestro post número 300 y merece una entrada especial. 

Celebramos las primeras 100 entradas de Cine y Pediatría en el blog con un recopilatorio de las películas comentadas hasta entonces. Celebramos la entrada 200 con una película muy especial: La vida de Adèle (Abdallatif Kechiche, 2013), ese vértigo a que nos enfrenta el primer amor. Y hoy celebramos la entrada 300 con otra película muy especial también, una película documental que contiene unas imágenes tan duras que pueden herir la sensibilidad del espectador, imágenes de una realidad injusta que todos conocemos, el conflcto de Siria: Sylvered Water, Syria self-portrait (Ossama Mohammed y Wiam Simav Berdixan, 2014) nos despierta de ese posible estado de anestesia moral permanente en que caemos. 

Es difícil reconocer en una guerra como la de Siria quienes son los “buenos” y los “malos” de algo que no es una película, sino una cruda realidad, como lo son todos conflictos bélicos. Llevamos años con bombardeos de noticias trágicas en prensa, radio y televisión sobre este estado no reconocido de guerra civil en ese país, y es tanto el ruido que ya casi nos hemos acostumbrado al horror… y sería lo peor que nos podría ocurrir. Porque la indiferencia ante las tragedias del mundo es uno de los males que cabe combatir. 

Y porque la población civil es la primera víctima de las guerras y, como siempre nos informa UNICEF, la población infantil es la que peor lo pasa en estas trágicas circunstancias. El caso de Siria es paradigmático. Y estas son las cifras que nos da UNICEF, cifras que quedan desactualizadas desde el mismo momento que se publican, pues el problema crece: 
- Más de 4 años de guerra está dejando unas profundas cicatrices en más de 14 millones de niños en los conflictos que se dan en Siria y gran parte de Irak. Ya se habla de una generación perdida. 
- De ellos, casi 6 millones de niños sufren situaciones extremas de pobreza, desplazamiento y estado de sitio. 
- Dos millones viven como refugiados en Líbano, Jordania, Irak, Egipto y otros países del norte de África. 
- Casi 3 millones de niños iraquíes se han visto obligados a abandonar sus hogares, muchos de los cuales se encuentran atrapados en las zonas controladas por los grupos armados. 

Todo ello ha creado una crisis de refugiados y migrantes sin precedentes en la Unión Europea desde la Segunda Guerra Mundial. Más de medio millón de personas han llegado a Europa por mar en lo que va de 2015, la mayoría huyendo de Siria y lo más trágico: uno de cada cuatro solicitantes de asilo son niños. Huyen de sus raíces víctimas de malos tratos y abusos a manos de traficantes y bandas locales. Es por ello que toda ayuda (en temas de agua, higiene, saneamiento, nutrición, salud, educación y protección) es bien recibida, pero para tomar conciencia de ello quizás hagan falta películas de la crudeza que hoy vamos a presentar. Para tomar conciencia de la realidad, una realidad que sí que supera a la ficción. 

Porque en 1959, Alain Resnais, con la complicidad de la escritora y también cineasta Marguerite Duras, resolvió el desafío moral y estético de levantar una película sobre la catástrofe de Hiroshima convocando dos voces abstractas (una masculina y otra femenina) en el centro de un sofisticado laberinto narrativo sobre las trampas de la memoria y la gestión del recuerdo del horror. El resultado fue Hiroshima, mon amour, uno de los títulos fundacionales de la modernidad y, por lo tanto, uno de esos trabajos cuyos ecos siguen resonando sobre el cine contemporáneo. Y en el año 2014 los directores sirios Ossama Mohammed y Wiam Simav Berdixan nos regalan (o lanzan al rostro) la película documental Silvered Water, Syria self-portrait, y no es solo un guiño gratuito a la película previa que le sirvió de referente, porque este documental es tan incómodo como conmovedor sobre la situación actual de caos y horror en Siria. 

Para empezar, esta es una película a cuatro manos y dos voces: la del cineasta exiliado Ossama Mohammed  que recopila, monta y ordena cronológicamente las imágenes que sus compatriotas han registrado con pequeñas cámaras y teléfonos móviles y han subido a YouTube, y la de la joven profesora de primaria y documentalista de urgencia Wiam Simav Berdixan, que registra sobre el terreno del sitio de Homs no solo la barbarie de la guerra civil, sino las afirmaciones vitales de sus pequeños alumnos, marcados por la condición de supervivientes desde el momento en que nacieron. Ossama y Wiam Simav se conocieron a través de internet, trabajaron juntos en la distancia y no se vieron en persona hasta el estreno parisino de la película, con esta ya terminada. Este es un trabajo al que, sin duda, le queda corto el lenguaje de una crítica de cine, porque es un documento fílmico molesto en ocasiones, tanto por lo que nos muestra como por cómo lo muestra, con el desorden, el caos y la mala técnica de grabaciones robadas. No resulta exagerado subrayar que, tal como opina muchos comentaristas, estamos ante algo que es mucho más que una película. 

El documental juega con una referencia conceptual a "Las mil y una noches", porque no se trata de una acumulación de vídeos sino de “mil y una imágenes grabadas por mil y un sirios”, como refiere el propio director, con el valor añadido de que en la Siria en estado de guerra, una cámara de vídeo puede ser un pasaporte a la muerte. No es fácil ver Silvered Water. Syria self-portrait y su desfile de imágenes brutales, en las que se acumulan cadáveres de niños, brutales torturas y cuerpos destrozados. La película, lejos de explicar la guerra, lejos de ofrecernos respuestas y seguridades, como haría cualquier documental concienciado, nos enfrenta a un mundo de horrores y dolor sin ofrecernos más asideros que el testimonio de esa cineasta y su sempiterna voz en off y cómo entre el cine y la vida elige la vida: la que le proporcionan esos niños que rebuscan entre los escombros una flor para sus madres.

Un documental que atesora algunas de las secuencias más estremecedoras del cine reciente, por duras unas, por bellas otras, por desconcertantes la mayoría. Una película que mezcla sin pudor imágenes extraídas de redes sociales, filmaciones amateurs, con las imágenes que la cineasta envía desde la retaguardia, no en un intento de alcanzar la verdad a través de la suma de puntos de vista, sino para intentar descontextualizar unas imágenes y darles la vuelta: el horror filmado como testimonio del sinsentido de cualquier guerra y un grito de los directores frente al horror del conflicto sirio.  Porque Ossama Mohammed, es un cineasta refugiado en Francia que asiste impotente a la pasividad de la comunidad internacional con respecto a Siria. Y antes de que la barbarie se apoderara de su país, desea movilizar a la comunidad internacional que se muestra dramáticamente indiferente y nos golpea con este documental tan desgarrador y sangriento como conmovedor.

Un documental que apoya el desorden de sus imágenes con la voz en off (que no habla de Siria, es Siria quien habla y llora a través de esa voz) y el sonido (con la mezcla de los disparos, las pisadas de los soldados, el chat de Facebook, ciertas melodías y algunos cánticos). Un documental que comienza así: “Un día después del colegio un chico escribió en la pared: “La gente quiere derrocar el régimen”. Fue detenido. Le arrancaron las uñas. Esto sucedió en Dar´a. Su familia fue a la comisaría para exigir libertad. “Olvidaos de él” dijo la policía., “Id y hace otro”. Luego un fundido en negro persistente e inquietante e imágenes difíciles de cuadrar. Y una sucesión de partes del documental con estos títulos: El primer mártir, La primera noche, Maratón, Espartaco, La primera notación musical, El cineclub (allí donde se nos dice “Cine de realismo. Cine de maravilloso. Cine del asesino. Cine de la víctima. Cine de lo poético. Fantasía. .. Me llamo Ossama Mohammed. Me fui de Siria el 9 de mayo de 2011. El 9 de mayo, el día del triunfo sobre el fascismo. Ahora voy rumbo a Cannes sin una película. Yo soy la película. Un director sirio con 1001 imágenes. Las llevo para contar la historia. Para hablar”), Cannes 2011, programa de entrevistas (donde se nos cuenta “Hay dos personajes en esta foto: un adolescente y una bota. El adolescente está solo con su desnudez. Es quien es. El otro protagonista es una bota. Así es como se presenta asimismo en su película. Ya no podemos preguntar al adolescente sobre sus sueños. ¿Qué pensaba ayer por la noche antes de entrar en este infierno? ¿Besar a su chica como todos hacemos? ¿A quién habrá besado? Cuando vi lo que vi, me vi a mi mismo en él. Besé la bota con él”), Agua plateada, La primera toma y Los sentidos.

Con esta película tan extraña como necesaria quiero conmemorar esta entrada de hoy en Cine y Pediatría, para demostrar que el cine es mucho más que un arte o un espectáculo, porque deber ser -y lo es muchas veces- también conciencia. Este es el trabajo conjunto de Ossam Mohammed y Wiam Simav Berdixan, y Simav significa en curdo agua plateada, de ahí el especial título de este especial documental. Simav decidió entonces filmar su entorno, su vida diaria a pesar de las bombas, y parte de la película es la historia de Omar, un niño huérfano, “una luz en las tinieblas”, y que según el director “encarna el futuro de Siria” con esas flores recogidas entre los escombros de la ciudad. 

Porque en Siria hay demasiadas tinieblas para la infancia y es tremendamente injusto que no tengan la luz necesaria para crecer.

 

jueves, 31 de julio de 2014

Paremos el desastre de Gaza (carta en "The Lancet")


El bombardeo cotidiano de malas noticias a través de los medios de comunicación produce un peligrosísimo efecto anestésico sobre las conciencias. Podemos llegar a sentir indiferencia, hastío... ante la sucesión cotidiana de acontecimientos negativos: accidentes de aviación, casos de corrupción flagrante, conflictos bélicos...

Si la indiferencia es la norma estamos definitivamente perdidos. Ahora mismo estamos asistiendo en vivo y en directo, cada día, a los efectos devastadores sobre la población civil, con decenas de niños muertos, del ataque de Israel sobre Gaza.

No voy a entrar aquí en las causas del ataque. Este blog no va de eso. Pero sí me quiero centrar en sus horrendos efectos sobre decenas de miles de personas inocentes. La comunidad científica internacional ha reaccionado mediante una carta abierta publicada en Lancet: "An open letter for the people in Gaza".Un grupo de médicos y científicos pide, desde esta prestigiosa revista, que cesen de una vez por todas los ataques que están teniendo lugar ahora mismo. Y los lectores de la carta pueden adherirse a la misma mediante un registro al estilo de change.org. Para adherirse a esta iniciativa pulsad sobre este enlace.

Como ciudadanos de a pie y médicos-personal sanitario en general quizá no podamos hacer mucho más desde nuestros hogares. Pero la unión de muchos hace la fuerza. De momento solo hay algo más de 19.000 personas que se han adherido a esta carta-manifiesto. Muy pocas dada la magnitud del desastre que acontece ante nuestros ojos. Así que os animamos a firmar. Yo ya lo he hecho.




sábado, 24 de mayo de 2014

Cine y Pediatría (228). “Hijos de un mismo Dios”… y de una misma guerra


Hemos dedicado en Cine y Pediatría una entrada especial a “La mirada inocente de la infancia ante el holocausto nazi” en el que realizamos una recopilación (no exhaustiva) de películas que hablan de la sinrazón de este conflicto bélico sobre la infancia, y ello entre los cientos de historias cinematográficas de esta Gran Guerra y el adyacente Holocausto Nazi. 

Después de tantos relatos sobre la invasión de Polonia por los nazis y sus consecuencias (y viene a nuestra memoria la oscarizada El pianista de Roman Polanski, 2002), aún es posible ofrecer un punto de vista personal, colocando el punto de mira en esos niños que sufren las consecuencias del conflicto creado por los adultos: Hijos de un mismo Dios (Yuran Bogayevicz, 2001), una película que aglutina drama y sentimientos encontrados, pero que nos lo presenta desde la lejanía y en el ambiente idílico de un pequeño pueblo rural embellecido por la propia fotografía. Pero la belleza de las imágenes de Bogayevicz no esconde, sino que potencia, la crueldad y el horror de la guerra, así como el peligroso doble filo de una presión religiosa que alivia y atormenta a un tiempo. En ambos casos, una forma brutal y descorazonadora forma de perder la inocencia que acompaña a la infancia, pues el conflicto bélico se traslada a sus pequeñas vidas. Y, por tanto, no es esta película un relato desde la inocencia y la nostalgia al estilo de, por ejemplo, Esperanza y gloria (John Boorman, 1987), sino que aquí los niños quedan tan profundamente afectados por el odio y el miedo que les rodea, que sus juegos se van empapando de cruel realidad, entre el misticismo y el odio racial. 

Hijos de un mismo Dios comienza en el momento en que las tropas nazis entran en Cracovia, cuando la familia judía de un niño de 11 años llamado Romek (Haley Joel Osment) decide esconder a su hijo en un saco de patatas para enviarlo con otra familia de un granjero católico, quien le ayuda a escapar. En dicha granja vive el matrimonio y dos hijos, Vladek, el mayor (quien rechaza a Romek), y Tolo, el menor (quien lo recibe con cariño). Romek, a partir de ese momento, se tiene que hacer pasar por católico, pero la gente del pueblo empieza a sospechar sobre su origen, motivo por lo que el sacerdote (William Dafoe) decide enseñarle más cosas sobre la religión católica y lo inicia en la preparación para la primera comunión. En esa enseñanza, el sacerdote les propone un juego: cada niño debe elegir a un apóstol y tratará de vivir como él, y es cuando Tolo decide interpretar el papel de Cristo y la amiga María el papel de Magdalena. 
Una película con momentos visuales intensos, tres principales: la escena del sacerdote que es obligado a coger cerdos para salvar la vida de inocentes, la escena en la que Vladek mata al hijo del hombre que mató a su padre o la escena en la que el pequeño Tolo, mimetizado como un pequeño Cristo, intenta sacrificarse por todos y lo hace como ofrenda para que su padre pudiera regresar a casa. 

Y es así como en esta reducida comunidad se reproducen a pequeña escala la violencia, la crueldad y la indefensión y lo hace través de estos niños, niños primero obsesionados con Jesucristo y la salvación y, luego, impelidos por el odio irracional generado. Con un inquietante aliento místico, y un desasosegante cruce entre imaginación y cruda realidad (por ejemplo, la escena de la crucifixión), Hijos de un mismo Dios impacta por la abierta representación del mal, la esperanza y la salvación en el mundo infantil, y el desconcierto de un niño judío atormentado y asombrado por las vueltas de su destino. Película impactante ya que nos evidencia la agresión física y psicológica que estos niños atraviesan, porque muestra cómo interiorizan la guerra, cuáles son sus miedos y esperanzas, cómo les transforma su pensamiento y su vida. Aún así, esta película es mucho menos impactante que la realidad. Y esta triste realidad sigue campeando en nuestra vida, especialmente en algunos países de Africa, en Colombia, El Salvador, Irak, Palestina, Israel, etc. países en los que existen niños soldados de los que se habla y sabe muy poco.

Y es por ello que esta película va dedicada a una sociedad científica valiente y en una semana en la que han revolucionado un país y nuestras conciencias: la Sociedad Colombiana de Pediatría (SCP). Desde esta sociedad amiga han creado la propuesta “No más niños en la guerra”, una propuesta que ha logrado que un país lleno de color y calor, lleno de gente buena y honesta, se vista de negro en apoyo a #Delutopornuestrosniños. Porque la SCP ha levantado su voz (todo un ejemplo) para denunciar una de las vergüenzas nacionales, en representación de los niños, niñas y adolescentes, y sus familias, especialmente de quienes son involucrados por los grupos armados irregulares del país en sus luchas y actividades terroristas. Porque la SCP, a través de las redes sociales, ha conmocionado el país, con la conciencia de sus pediatras de que si esta lacra no es superada y se impide que queden en la impunidad los crímenes causados, el país no llegará a la tan anhelada paz. Porque, como nos explica Hernando Villamizar, pediatra amigo, en su papel de expresidente de la SCP y de ALAPE (Asociación Latinoamericana de Pediatría), el fundamento filosófico de esta protesta tiene como base y perspectiva que la garantía de la vivencia de los derechos plenos de los niños parte de la tutela ofrecida por campos concéntricos de protección: Familia-Comunidad-Estado, una sumatoria de actores sociales que ofrecen toda su capacidad desde la interacción. 

Al borde de la guerra, al borde la supervivencia, al borde del despertar, al borde del miedo,…, eso y mucho más es lo que sienten y padecen los niños, esos hijos de un mismo Dios, ante la guerra.