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sábado, 25 de enero de 2020

Cine y Pediatría (524). “Jojo Rabbit”, su amigo Adolf Hitler y el adoctrinamiento


Acaba de estrenarse una película que comienza y finaliza con dos canciones (traducidas al alemán) de dos mitos de la música, lo que ya nos puede dar alguna pista: el inicio nos presenta imágenes de archivo de la época nazi y a nuestro pequeño protagonista corriendo por la ciudad bajo la canción “Komm Gib Mir Deine Hand" - versión alemana de “I Want To Hold Your Hand” - de The Beatles; y que finaliza con otra canción mítica de David Bowie, “Helden” - versión alemana de “Heroes” - mientras nuestra pareja protagonista baila y aparecen los títulos de crédito y un pensamiento final de Rainer María Rilke, el poeta en lengua alemana más relevante e influyente de la primera mitad del siglo XX, cuya vida transcurrió entre el talento desbordado, la pureza dudosa y una pulida condición novelesca en el vivir: “Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Sólo sigue caminado. Ningún sentimiento es final”. 

Y esta película es una adaptación de la novela “Caging Skies” de la neozelandesa Christine Leunens, en la que se nos narra la historia Johannes Betzler, un niño de 10 años que vive en un pueblo de Austria en la época en que el país está anexionado al Tercer Reich y que es seducido por la doctrina de Hitler, personaje al que tiene como amigo imaginario. En su periodo de formación como “mininazi” es herido mientras manipulaba una bomba de mano (con cicatrices en la cara y cojera) y se ve forzado a quedarse en casa – sin poder unirse a las Juventudes Hitlerianas - y a convivir con el apodo de Jojo Rabbit. Sus padres no comulgan con el régimen y Jojo descubre que esconden a una joven judía en casa, Elsa. Poco a poco, Jojo y Elsa establecen una peculiar relación que acaba en un enamoramiento tal que para él se convierte en su obsesión, y cuando la joven le confiesa que su amor no es correspondido ambos inician una extraña relación de mutua dependencia. Al terminar la guerra, Jojo sabe que eso significa que perderá a Elsa, y para que eso no ocurra decide mentirle para retenerla para siempre. Empieza así una relación llena de secretos, mentiras y silencios que convirtieron esta novela en todo un éxito. 

Y es en el año 2019 cuando el director Taika Waititi, también neozelandés, nos presenta esta adaptación cinematográfica bajo el título de Jojo Rabbit, en lo que pretende ser una fábula a través de un retrato satírico de la Alemania nazi y desde la visión de la niñez, pero que también muestra un punto de vista más profundo, entre ellos la crítica al adoctrinamiento. Como en esa primera imagen en la que Jojo (Roman Griffin Davis, grande en su papel) nos dice: “Estoy dispuesto a dar mi vida por Adolf Hitler. Que Dios me ayude”. Y luego las escenas de ese fin de semana en un campamento de niños fieles al régimen (emulando lo que nos mostró en tono real la película de Denis Gansel, Napola) donde les dan mensajes del estilo “La raza aria es diez mil veces más avanzada que cualquier otra” y les enseñan que los judíos tiene cuernos y huelen a coles de Bruselas. Y con ello, esta película se suma a la puntual tradición de la risa alrededor del nazismo (suceso histórico que no hace ninguna gracia), de su poderosa y ridícula parafernalia, lo que ya ocurriera en películas como El gran dictador (Charles Chaplin, 1940) o como Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942). 

Cuatro personajes son clave en la historia de Jojo Rabbit, una película que intenta una pirueta extraña que se nos antoja mezcla entre la estética de Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) y la ética de La vida es bella (Roberto Beningni, 1997) y El niño con el pijama a rayas (Mark Herman, 2008) 
- Su amigo imaginario, el propio Hitler en modo caricaturizado (interpretado por el propio director, pues está claro que Taika Waititi es un cineasta peculiar). 
- Elsa (Thomasin McKenzie), la niña judía de 13 años, con la que establece esa peculiar relación llena de mensajes. Y a la que Jojo pregunta continuamente sobre cómo son los judíos - pues quiere escribir un libro al respecto -, y ella le responde: “Somos como vosotros, pero humanos”. De esta relación descubrirá que sus prejuicios tienen muy poco que ver con el mundo real y con los juicios de valor. Y por Elsa le recuerda: “No eres un nazi, Jojo. Eres un niño de 10 años al que le gusta disfrazarse con un uniforme gracioso y quiere ser parte del club”
- Su madre, Rosie (Scarlett Johansson, quien da ese toque de brillo y esplendor al elenco actoral), quien soporta la ausencia del padre en el hogar (también luchando por la Resistencia, como ella) y la muerte de su hija mayor, enseñándole todo lo bueno que tiene la vida, desde cómo atarse los zapatos hasta la enseñanza de sus mejores consejos: “La vida es un regalo. Tenemos que celebrarlo… Bailar es para la gente libre”. Aunque su hijo le contesta: “Ahora no hay tiempo para el amor. Estamos en guerra”
- El capitán Klenzendorf (Sam Rockwell), un peculiar personaje algo desencantado de su ideología, quien dirige los campamentos de verano nazis allí donde a los chicos se les enseña a disparar, a lanzar granadas, a apuñalar y donde las chicas son adoctrinadas para curar heridas y para quedarse embarazadas por el bien de la Alemania supremacista. 
Pero también se cruzan en la historia otros personajes, como los esbirros de la Gestapo que continuamente repiten el “¡Heil Führer!” y que le dicen a Jojo: “Ojalá más niños de tu edad tuvieran ese fanatismo ciego”. Pero sin olvidar al entrañable Yorki, el amigo gordito y con gafas, entrañable personaje que al final de la película le dice a Jojo, desencantado por lo que está viviendo con la entrada de los americanos y que no es como se lo pintaron: “Voy a mi casa a ver a mi madre. Necesito mimos. Parece que no es un buen momento para ser nazi”

Es Jojo Rabbit una historia alrededor del adoctrinamiento, sobre lo sencillo que resulta manipular las sensibles y blancas almas de los niños, mostrándoles que el nacionalismo ario es el camino. Un film que nos alerta sobre el peligro de las intolerancias y la importancia de los afectos y que, por tanto, puede ser una buena película para toda la familia, con todo lo que ello conlleva. Porque lo cierto es que Taika Waititi ha convertido la novela melodramática y angustiosa de Christine Leunens en una película tragicómica, y con ello a este maorí judío se le ocurre esta marcianada de película tan poco habitual en estos tiempos más propicios en ser o muy correctitos o muy indignaditos. Y todo ello bajo una banda sonora elegida con exquisito cuidado (ya hemos hablado de las canciones que dan entrada y salida al film), donde canciones del pop y del rock conviven con la música que Michael Giacchino ha compuesto, todo un acierto. 

Y es por ello que, pese a las peculiaridades de esta película, Jojo Rabbit debería convertirse en una de las películas de obligatorio visionado en las aulas. Una lección con humor de lo que Europa vivió hace unas cuantas décadas, y lo que podría volver a pasar si no aprendemos de nuestros errores. Y resuenan los consejos de Rosie a su hijo Jojo: “Los niños de 10 años no deberían estar celebrando la guerra y hablando de política” o “El amor es lo más poderoso del mundo”.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Cine y Pediatría (408). "Machuca", la educación, la infancia y los conflictos políticos


A veces el cine nos recuerda historias. A veces estas historias nos devuelven retazos de la Historia de la humanidad. A veces algunas historias están cercanas y se repiten. Y sí, es cierto, el hombre es el único animal que se tropieza dos veces (y más) con la misma piedra. Y comete los mismos errores. Y sufrimos por no aprender… por días, por meses, por años. 

Hoy comentaremos una película icónica que nos habla de la relación entre conflictos políticos, educación e infancia. Algunas películas ya han sido revisadas en Cine y Pediatría, como La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Napola (Dennis Gansel, 2004) o La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014). Pero hoy nos acercamos a la película chilena Machuca (Andrés Wood, 2004) que nos recuerda acontecimientos de aquel país en la convulsa década de los 70, pero que resulta hoy tan cercana en España por los conflictos que se viven en una de sus Comunidades Autónomas.

Santiago de Chile 1973. Así comienza Machuca, con un fondo en negro y esta fecha. ¿Y qué ocurrió en Santiago de Chile en esa fecha? Es fácil recordarlo. Salvador Allende asumió en 1970 la presidencia de Chile, y con ello se constituyó en el primer político de orientación marxista en el mundo que accedió al poder a través de las elecciones generales en un Estado de Derecho. Su gobierno, de marcado carácter reformista, se caracterizó por una creciente polarización política en la sociedad y una dura crisis económica que desembocó en una fuente convulsión social. ¿A qué nos suena esto…? La posibilidad de ejecutar un golpe de Estado contra el gobierno izquierdista de Unidad Popular de Allende existió incluso antes de su elección bajo la sombra de Estados Unidos. Pero fue el año 1973 y dos fechas las decisivas: el 29 de junio con la sublevación militar conocida como el Tanquetazo y ya el golpe de Estado del 11 de septiembre (hasta las fechas se repiten), que derrocaron a Allende y donde permanecen muchos recuerdos, pero especialmente la imagen del bombardeo al Palacio de la Moneda. 

Alrededor de esta historia ronda Machuca, en realidad el nombre de un alumno de escasos recursos recientemente integrado en un colegio de élite en Santiago de Chile, una de las acciones reformistas en la época de la Unidad Popular. Y a través de las vivencias de sus alumnos somos espectadores de las divisiones políticas de la época, pero especialmente de las desigualdades sociales que todavía dividen a los chilenos. Y, tras el fundido en negro inicial, y mientras aparecen los créditos de los actores y director, un niño se viste para ir al colegio, el "Saint Patrick, an english school for boys". Y con la llegada de los nuevo alumnos, el cura director McEnroe dice a los alumnos de siempre: "Espero que los recibamos correctamente, como se recibe a un hermano, a nuevos amigos”. 

Y en este aula (y en las calles) es donde se comienza a entretejer una amistad entre dos niños de 11 años de clases sociales totalmente opuestas: Gonzalo Infante (Matías Quer), hijo de una familia burguesa y adinerada, y Pedro Machuca (Ariel Mateluna), hijo de una familia desintegrada que vive en los arrabales de la ciudad. En ambos la figura paterna se encuentra diluida o desaparecida: en el caso de Gonzalo porque la madre tiene un amante con el que acabará formando hogar, en el caso de Pedro porque el padre es un borracho maltratador que fue expulsado del hogar por la propia madre. Y entre estos polos sociales comparten vivencias y escarceos amorosos con Silvana (Manuel Martelli), quien vive en el mismo poblado que Machuca. 

Gonzalo, Silvana y Pedro compartirán historias y anécdotas oscilando entre los mundos de cada personaje: Gonzalo venderá banderas en las distintas manifestaciones políticas, ayudando a Pedro y a Silvana; y Pedro acudirá a la fiesta de la hermana de Gonzalo, ayudándolo también. Una integración idílica, pero que resulta un espejismo. Y la historia avanza hacia ese final inevitable por la historia y la Historia, a través de escenas que marcan: 
- Durante el regreso del colegio de Gonzalo con el coche de la madre, apreciamos una gran pintada en un muro al borde de la carretera: "No a la Guerra Civil". Una pintada que veremos modificada en otras dos ocasiones, a medida que avanza la trama: cuando el “no” es borrado y cuando toda la frase es borrada.
- Cuando el director de la película habla a sus alumnos en la piscina, reprendiendo que los niños ricos con bañador se rían de los niños pobres en calzoncillos: "Van a aprender respetarse. Aunque sea lo único que aprendan en este colegio. No me importa quiénes son, dónde nacieron. Acaba respetarse unos a otros, ¿está claro?”
- Las imágenes de las manifestaciones en la calle, de un bando y de otro. Con distintos cánticos: “El que no salte es momio” y le explican a Gonzalo que momio es un rico ignorante como él; o más adelante el "Nacionalismo presente, nacionalistas adelante”. Manifestaciones continuas, con banderas distintas, con caceroladas, aquí lucha entre capitalistas y marxistas, nada que no reconozcamos bien cerca. El malestar en los rostros, el insulto fácil, el enfrentamiento en las calles, la guerra civil... una más. Y el enfrentamiento pasa a los tres amigos, pasa a la infancia, reproducen los insultos, el odio, la disputa, la separación, la ruptura. Y en Machuca la lucha de clases se traslada a la escuela. 
- Y al final el golpe de estado a Salvador Allende. Y la imposición en el colegio de normas según la política: "Los curas ya no están y no queremos saber nada de ellos" les dicen los militares en la escuela. Y el padre McEnroe se come todas las hostias de la iglesia del colegio y les dice "Este lugar ya no es más lugar sagrado”. Y la tergiversación informativa de la realidad, como el titular en un diario local: "La FIFA informó al mundo que la vida en Chile es normal”. Y los carteles de la ciudad en la época del estraperlo (No hay carne, no hay harina, no hay huevos…), algunos tan claros como "La felicidad en Chile comienza por los niños”
- Y cuando se pone a la infancia en medio de los conflictos, tarde o temprano llega la tragedia. Como la escena final y la mirada con lágrimas y con demasiados pensamientos de los dos amigos. Porque cuando se rompe la paz, llegan las lágrimas. Y de aquella amistad solo quedan los restos oxidados de los botes de leche condensada. 
- Y al final otro fundido en negro, como al principio: "En memoria del sacerdote Gerardo Whelan, rector del Colegio Saint George de Santiago entre los años 1969 y 1973". 

Es Machuca la historia de dos amigos que pasan del recelo a la amistad, de la amistad a a complicidad, de la complicidad a la separación por obra y gracia de los conflictos de los adultos. Una película que sirven para una reflexión tenaz y clara: que los conflictos políticos deben dirimirse en el marco de la ley, la justicia y las instituciones políticas; que los conflictos políticos no debieran inmiscuirse en la educación o evitar al máximo que así fuera; que la infancia no puede heredar los errores de los adultos y que, como nos recordaba la película Profesor Lahzar, “Un aula es un lugar para la amistad, el trabajo y la cortesía. Un lugar lleno de vida al que le dedicas tu vida y en el que te dan su vida”

¿Se entienden hoy así las aulas de nuestros colegios e institutos?, ¿lo sientes así los profesores, los alumnos, las familias, la administración…?. En la educación no se debe enturbiar la mente de la infancia con conflictos de interés. Si así fuera se convierte en un método psicológico de maltrato a la infancia, origen de tensiones, diferencias, principio para el bullying y sufrimiento a los alumnos.