Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de julio de 2026

Cine y Pediatría (861) “Mandy”, el oralismo y la sordera social

 

Ealing Studios son unos estudios británicos de cine situados en Londres, cuyo nombre quedó especialmente asociado al cine británico clásico de posguerra, sobre todo a las comedias satíricas y de humor negro de los años 40 y 50. Pero este lugar no fue solo un lugar físico de rodaje, sino una verdadera fábrica de estilo: bajo la dirección de Michael Balcon, reunió a directores, guionistas y actores que dieron forma a una identidad muy marcada del cine británico que combinaba realismo, humor satírico y crítica social. 

Ealing Studios alcanzó su momento más famoso entre finales de los 40 y mediados de los 50, y ello gracias principalmente al director Alexander Mackendrick, quien firmó al menos ocho títulos con la compañía, afianzándose como uno de los grandes nombres de la comedia inglesa de posguerra, donde destacan títulos como El hombre de traje blanco (1951) y El quinteto de la muerte (1955), pero en donde incluye una obra abiertamente dramática, que es la que hoy nos convoca: Mandy (1952). En 1955 la compañía fue vendida a la BBC, y su etapa clásica como gran productora terminó poco después. A partir de ahí combinó una corta carrera posterior entre Estados Unidos y Reino Unido, donde nos dejó una obra tan particular como Viento en las velas (1965), adaptación de la novela de Richard Hughes “A High Wind in Jamaica”, la historia de un grupo de niños que son secuestrados por piratas, lo que da pie a una narrativa que explora la inocencia, la moralidad y la adaptación infantil a circunstancias extremas.  

Mandy es un melodrama de enorme delicadeza formal y gran dureza emocional: parte de la sordera infantil para hablar, en realidad, de incomunicación familiar, represión social y del precio humano de “proteger” a alguien sin escucharlo de verdad. Su fuerza no está tanto en el énfasis lacrimógeno como en la precisión con que observa a los personajes y en cómo convierte el silencio en experiencia dramática. 

La película comienza con esta voz en off presentándonos a la protagonista: “Esta es Mandy, o mejor dicho, Amanda Jane Garland. Tiene dos años. Amanda en latín significa “merece ser amada”. Merecido o no, lo cierto es que recibe mucho amor. Es nuestra única hija, así que Harry y yo nos dedicamos a soñar con que será una mujer de negocios o una artista, o una simple ama de casa, como yo. Y nos preocupamos todo el rato por su salud, y por si crece como es debido. Parece bastante inteligente…” Esta es la reflexión de la madre antes de manifestar la duda que le acompañ: “Tienes dos años y aún no dice una palabra”. Le quieren quitar importancia, dada la variabilidad en el lenguaje, pero la madre presiente que algo no va bien…pues tampoco comprueban que tampoco reacciona a los ruidos. 

Porque el matrimonio Garland (Terence Morgan y Phyllis Calvert) vive feliz con su única hija, Mandy (Mandy Miller), hasta que un día, ya cumplidos los dos años, se dan cuenta de que la niña es sordomuda. Deciden instalarse en casa de los abuelos paternos, para protegerla y que no sufra el contacto con otros niños en la escuela. Cuando la niña cumple seis años, su madre decide llevarla a una escuela especializada, lo que provoca un conflicto con su esposo y sus suegros. La madre apuesta por internarla en una escuela para niños y niñas sordomudos y por abrir a la niña al mundo; el padre y la familia paterna prefieren mantenerla “a salvo” dentro del hogar, aunque eso signifique aislarla. La polémica está servida en una familia burguesa dividida entre negación, sobreprotección y miedo al cambio. 

El inicio de Mandy en la institución no es fácil y lo manifiesta con aislamiento, tristeza y ataques de ira. Y entonces deciden acogerla como externa, viviendo la madre cerca, quien ya se ha alejado de su marido. Se establece una relación especial con el director, Dick Searle (Jack Hawkins), que otros confunden… En esta institución se utiliza el método del oralismo, es decir, la enseñanza centrada en hablar y leer los labios, relegando la lengua de signos. Y finalmente nos aboca a un final que parece esperanzador, pero de lectura ambigua: la niña avanza, aunque el precio humano para su madre y para el equilibrio familiar es alto. 

Mackendrick dirige con una sobriedad muy controlada, evitando la sentimentalidad fácil pese al material melodramático. El blanco y negro y el uso expresivo de sombras refuerzan la sensación de encierro doméstico y de emociones reprimidas. Especialmente importante es el trabajo con el sonido: la película recurre en momentos clave a la supresión o atenuación auditiva para aproximarse a la experiencia de Mandy, transformando el silencio en un recurso narrativo y sensorial. La puesta en escena también utiliza primeros planos, encuadres que aíslan el rostro o incluso la nuca de la niña, para subrayar su dificultad de comunicación. Y donde cabe destacar que la pequeña actriz Mandy Miller, no siendo sordomuda, hace una interpretación de gran solvencia, allí donde esa niña no es solo víctima de su sordera, sino también de la incapacidad adulta para asumir la realidad sin prejuicios ni miedo. 

Más allá de la historia íntima, Mandy funciona como crítica de la mentalidad conservadora de la posguerra británica y de la obsesión por las apariencias en la clase media. El film muestra cómo la respetabilidad, el patriarcado y la rigidez institucional pueden convertirse en barreras tan dañinas como la propia enfermedad o discapacidad. Pero también tiene una dimensión pedagógica: introduce la educación especial y la comunicación con personas sordas, tal como ya conocemos en films posterior alrededor de este tema como El milagro Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962), a través del proceso educativo de Helen Keller, o La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014), con la educación de Marie Heurtin, ambos hechos reales acaecidos a finales del siglo XIX, el primero en Estados Unidos, el segundo en Francia.   

Mandy no es una historia real, sino de ficción y que nos sitúa en la Inglaterra de mediados de siglo XX. Pero que nos deja una serie de enseñanzas para reflexionar: que escuchar de verdad implica aceptar la diferencia, no forzarla a entrar en nuestras expectativas; que el amor puede volverse opresivo cuando se confunde con control; que la educación es un acto ético (no se trata solo de enseñar contenidos, sino de abrir posibilidades de vida) y que la familia puede ser refugio, pero también prisión cuando bloquea la autonomía. 

Mandy nos recuerda que la discapacidad no reside solo en el cuerpo, sino también en la sociedad que no sabe adaptarse. Una película que ocupa un lugar singular, la obra más abiertamente dramática de Mackendrick y una de las más finas en el retrato de la infancia herida y de la comunicación fallida. Por eso, y pese a los años, sigue siendo una película muy valiosa: no solo emociona, sino que obliga a pensar cómo miramos la diferencia, cómo educamos y hasta qué punto el cariño puede llegar a dañar cuando se impone sin escucha. Mackendrick sugiere que el verdadero problema no es solo “hacer hablar” a la niña, sino aprender a escucharla de verdad. 

Y desde el punto de vista docente, nos muestra una época en la que ese enfoque educativo del oralismo era discutido y aún no se había consolidado una visión más plural e inclusiva de la discapacidad. Por eso, Mandy tiene interés histórico y pedagógico además de cinematográfico: porque en el siglo XVI un monje benedictino español, Pedro Ponce de León, comenzó con lo que sería el lenguaje de signos, pero fue desde el Congreso de Milán de 1880 cuando tomó fuerza el oralismo, es decir el método educativo basado en forzar a las personas sordas a aprender a leer los labios y a emitir sonidos, suprimiendo el uso de las manos. Y es así como la polémica histórica entre el oralismo y la lengua de signos ha evolucionado hacia un consenso científico a favor del enfoque bilingüe: la lengua de signos como la primera lengua, que se aprende de forma natural y temprana a través de la vista, garantizando que el cerebro del menor desarrolle el pensamiento, la gramática y la estructura cognitiva sin retrasos; la lengua oral como la segunda línea, que se aprende de forma formal, apoyada en logopedia, restos auditivos e implantes, de forma que un niño con una base sólida en signos aprende a leer y escribir el idioma con mayor facilidad.

 

sábado, 30 de agosto de 2025

Cine y Pediatría (816) “Katmandú, un espejo en el cielo”… de Verónica Echegui

 

La madrileña Icíar Bollaín se introdujo en el cine a través de la actuación, y debutó con tan solo 15 años para ser la Estrella adolescente de esa obra de luz y poesía fílmica que nos regaló Víctor Erice con El Sur (1983). Pero pronto, con 28 años, debutó como directora para abordar el problema de la soledad en la sociedad moderna con Hola, ¿estás sola? (1995). Y ahí se mantiene, con esa sensibilidad especial a la hora de escoger proyectos, todos de hondo calado social y alrededor de mujeres: la inmigración en Flores de otro mundo (1999), el maltrato a la mujer en Te doy mis ojos (2003), la difícil conciliación para la mujer de su vida profesional y personal en Mataharis (2003), la raíces familiares de una joven con su abuelo en El olivo (2016), la emancipación de la mujer en La boda de Rosa (2020), la reconciliación tras el terrorismo de ETA en Maixabel (2021), o el acoso sexual laboral en Soy Nevenka (2024). Estas dos últimas proceden de historias basadas en hechos reales, al igual que nuestra película de hoy, Katmandú, un espejo en el cielo (2011), una historia de superación a través de un proyecto educativo en Nepal.  

Películas todas ellas donde brillan sus actrices: Silke, Candela Peña, Lissete Mejía, Laia Marull, Najwa Nimri, Anna Castillo, Blanca Portillo, Mireaia Oriol,... Y en Katmandú, un espejo en el cielo brilló Verónica Echegui, en lo que hoy queremos que sea un homenaje a esta gran actriz que ha fallecido hace unos días a la edad de 42 años por un cáncer de ovario. Porque todos recordamos su debut en el largometraje como esa adolescente de extrarradio en Yo soy la Juani (Bigas Luna, 2006), lo que le valió su nominación como actriz revelación en los Goya. Su siguiente nominación, pero ya como actriz principal, llegó con su papel de Isa, esa particular atracadora en El patio de mi cárcel (Belén Macías, 2008), y repitió nominación con el papel de Laia, la joven maestra que se traslada de Barcelona a Nepal en Katmandú, un espejo en el cielo. Finalmente consiguió su ansiado Goya como directora en el cortometraje Tótem loba (2021), donde se revisan las tradiciones populares y la normalización de la violencia contra las mujeres. Una gran carrera truncada demasiado joven. Y al revisar nuestra película de hoy confirmamos su potencial para emocionarnos como actriz. 

Katmandú, un espejo en el cielo tiene el protagonismo de tres mujeres, las dos citadas y una más: Icíar Bollaín como directora y guionista con sus señas de identidad; Verónica Echegui en su papel protagonista en todas y cada una de las escenas de esta historia llena de valores; y Victoria Subirana, pedagoga y cooperante catalana nacida en Ripoll en el año 1959, más conocida con el nombre de Vicki Xerpa. Su historia merece un receso, pues es el fundamento de nuestra película: Victoria viajó a los 30 años a Nepal y allí decidió iniciar un proyecto educativo basado en los principios de enseñanza de María Montessori; fue en el año 1993 cuando puso en marcha la Escola Daleki con el objetivo de facilitar las necesidades sociales, intelectuales y psicopedagógicas de los más desfavorecidos de la comunidad; en el año 1998 crea Family Project para la sostenibilidad de los proyectos y mejorar las condiciones de vida de las familias sin recursos; en el año 2000 crea el segundo centro escolar en Katmandú y, en el año 2002, la asociación Amigos de Vicki Xerpa se transforma en la Fundació EduQual (Educació de Qualitat per tothom), una ONG encargada de financiar los proyectos en Nepal. Y ese año 2002 también publica el libro autobiográfico "Vicki Xerpa, una mestra a Katmandú" donde narra sus experiencias, lo que sirve de base para el film que hoy nos convoca. 

Pero aquí nuestra protagonista no se llama Vicki, sino Laia (Verónica Echegui), su alter ego en la película, esta joven maestra catalana que desde el inicio de la historia vemos como voluntaria en una escuela local de Katmandú, esa ciudad de un millón de habitantes fascinante y caótica ubicada en el valle del mismo nombre y rodeada de montañas, una mezcla cultural vibrante de budismo e hinduismo y que funciona como la capital de Nepal, situada en el centro del país y una de las puertas del entrada a la cordillera del Himalaya. Aquí pronto descubrirá la pobreza que le rodea y un panorama educativo desolador que además deja fuera a los más necesitados (los llamados “intocables”), y donde la corrupción no es ajena. Pero ella ha viajado desde Barcelona porque quiere ser aquí maestra por encima de todas las dificultades que se le presenten, y para ello cuenta con el apoyo de la joven maestra local, Sharmila, quien acabará siendo también su mejor amiga. En el primer tercio de la película abundan los flashbacks a su infancia y juventud en Barcelona, con vivencias en el hogar y en la escuela que no son idílicas tampoco. 

Para no ser expulsada del país, tiene que arreglar un matrimonio de conveniencia para legalizar su situación, y lo hace con un Tsering, un joven desconocido, reservado y respetuoso, cuya familia vive en las recónditas alturas del Himalaya, quien acaba siendo su gran soporte y del que acaba por enamorarse. Y, en ese espectacular paisaje, Tsering le comparte un pensamiento de su abuelo: “Mi puñado de tierra, mi espejo en el cielo”. Shamila y Tsering se convierte en sus dos baluartes para que Laia consiga su espejo en el cielo y logren abrir una escuela. Pero no es fácil, pues apenas acuden niños y niñas, pues están trabajando para traer dinero y que sus familias pueda comer: “Laia, es la pescadilla que se muerde la cola”, le recuerda Shamila sobre las difíciles condiciones sociales. Finalmente logran que acudan al colegio con el acuerdo de que allí se les dará de comer. Y más adelante consigue que también acudan las madres a aprender a leer y escribir. En esa experiencia vivirá historias duras con algunas alumnas, como es el caso de Kushila y Bimala, pero que solo harán que reforzar su voluntad de seguir adelante. 

Así es como Laia se embarca en un ambicioso y personal proyecto pedagógico en los barrios de chabolas de Katmandú. Regresa a Barcelona para conseguir apoyos y desde allí escribe a Tsaring: “Mi espejo en el cielo está en Nepal con los niños, con Shamila, contigo…”. Y en su regresó retoma ese viaje que la llevará hasta el fondo de la sociedad nepalí y también hasta el fondo de sí misma, aunque llegará un momento en que tendrá que continuar sola, pues Tsering y Shamila ya no estarán con ella por motivos que el espectador descubrirá en el tramo final de la película. Y recordamos las palabras de Laia: “Necesito hacer esto. Nunca había hecho algo con tanto sentido”. Y también recodamos la banda sonora de Pascal Gaigne, un buen complemento a las imágenes y los mensajes.
 
Recomiendo ver esta película en versión original (la versión doblada ha originado críticas duras, pero es que siempre un film debería verse sin doblar). Aunque la historia no tenga un guion tan conseguido como la primeras obras de Icíar Bollaín, lo cierto es que es todo un viaje emocional que nos invita a la reflexión, mostrando un choque cultural y una búsqueda personal en un entorno complejo. Y donde cabe revisar tres temas: el dilema del "salvador blanco", pues a todo cooperante occidental cabe recordarle que la verdadera ayuda no es paternalista, sino colaborativa; la educación como motor de cambio, subrayando de nuevo el poder transformador de la educación como mejor herramienta para romper el círculo de la pobreza y la discriminación; y ese “espejo en el cielo" (que forma parte del título de la película) que transforma a la ciudad de Katmandú en el lugar donde Laia encuentra su espejo interior, lo que le permite confrontar sus propios prejuicios y descubrir su verdadera vocación y fuerza interior. 

Y ese espejo en el cielo que deseamos a Verónica Echegui. Sea nuestro homenaje desde Cine y Pediatría, con la recomendación de que vale la pena prescribir esta película para formarse en valores. Un regalo de tres mujeres: Icíar, Verónica y Victoria.

 

miércoles, 20 de agosto de 2025

Intoxicación etílica en Pediatría, más en mujeres, más en verano

 

La Encuesta Estatal sobre Uso de Drogas en Enseñanza Secunadaria (ESTUDES) publicado en 2023 nos informó de algunos datos preocupantes: 
- El alcohol es el tóxico responsable de más intoxicaciones en Urgencias de Pediatría. 
- La mayoría no son accidentales. 
- Más prevalentes en adolescentes: el inicio del consumo de bebidas alcohólicas es 13,7 años; un 42,8% entre 14 y 18 años reconoce haber bebido hasta la ebriedad en algún momento; las adolescentes que se emborrachan superan en 10 puntos a los chicos de la misma edad. 
- El alcohol está implicado en la mitad de los accidentes con víctimas mortales. 
- En el 10% de los casos está asociado al consumo de otras drogas, principalmente cannabis. 

La clínica depende del grado de alcoholemia: 
- Intoxicación legal (50-100 mg/dl): euforia, verborrea, desinhibición e incoordinación. 
- Intoxicación leve (100-200 mg/dl): farfullar de palabras, labilidad emocional, torpeza motora, ataxia, alteración de reflejos, somnolencia y náuseas. 
- Intoxicación moderada ( 200-300 mg/dl): lenguaje incoherente, agresividad, letargia, estupor y vómitos. 
- Intoxicación grave (300-400 mg/dl): depresión del SNC, coma. 
- Intoxicación potencialmente letal (>400 mg/dl): depresión respiratoria, convulsiones, shock y muerte.

En este sentido cabe referir que en una revisión retrospectiva realizada en las Urgencias de Pediatría de nuestro Hospital General Universitario Dr. Balmis entre enero de 2010 y diciembre 2023 se contabilizaron 154 casos de intoxicación etílica en menores de 15 años, lo que viene a suponer alrededor de un caso al mes de media. Durante esos 14 años del estudio se atendieron un total de 520.000 urgencias pediátricas, por lo que una cifra de 154 casos nos habla que es un motivo infrecuente de consulta, pero no excepcional y, sin duda, muy preocupante. 

En dicho estudio, más del 90% de los casos se concentraban entre los 13 y 14 años, y tres de cada cuatro eran chicas (una proporción a favor de las chicas muy superior a la estimada por el estudio ESTUDES. La estacionalidad era superior en verano, posiblemente asociado a los hábitos en época de vacaciones. Y lo que es más llamativo es el incremento de estas consultas desde el año 2020 respecto a años previos. De todos, tres pacientes requirieron ingreso hospitalario tras la consulta en Urgencias de Pediatría (uno de ellos a la UCI Pediátrica). Y también detectamos tres pacientes en los que la intoxicación etílica se repitió más de una vez en un corto periodo de tiempo. Para revisar este trabajo se puede consultar este enlace.  

A esta problemática dedicó un artículo especial Diario Información el pasado domingo 10 de agosto. Y curiosamente, dos días después dos chicas de 14 y 16 años acudían a nuestras Urgencias de Pediatría en estado de embriaguez, la de mayor edad quedó en Observación y la menor edad pasó directamente a la UCI Pediátrica debido a su situación neurológica.  

Está claro que estamos ante un problema mayor (basta con ver cómo beben los más jóvenes en la vía pública). Un tema complejo que requiere un enfoque multifacético, combinando medidas a nivel familiar, educativo, social y político, fomentando un ocio saludable para dar alternativas y romper el “botellón”. Y es posible y el modelo Planet Youth de Islandia nos lo demostró, pasando de ser uno de los países con peores tasas de alcoholismo y drogadicción en adolescentes en los años 90 a tener las tasas más bajas de consumo en el mundo en la actualidad. Sirva un post de hace nueve años en el que recordamos a lo que nos enfrentamos… 

sábado, 19 de julio de 2025

Cine y Pediatría (810) “Nuestra querida profesora”, difícil de encontrar, difícil de dejar e imposible de olvidar

 

Las historias alrededor de alumnos y profesores en las escuelas e institutos es un tema recurrente en Cine y Pediatría. Películas llenas de valores desde la ficción o la realidad. Y dentro de la realidad de algunas historias, un buen número de ellas se enmarcan como películas documentales y son ejemplos paradigmáticos las siguientes, desde diferentes nacionalidades: desde Francia, Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002), La clase (Laurent Cantet, 2008), Sólo es el principio (Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier, 2010), Camino a la escuela (Pascal Plisson, 2013), El gran día (Pascal Plisson, 2015); desde España, Entre maestros (Pablo Usón, 2012), La hora del patio (Manuel Pérez Cáceres, 2012), El lápiz, la nieve y la hierba (Arturo Méndiz, 2017), Picotazos contra el cristal (Rafael Moles y Pepa Andreu, 2019), Nous, la evolución del pensamiento (Henar Rodríguez y Christian Dehugo, 2019), Las clases (Orencio Boix, 2021); desde Argentina, La educación prohibida (German Doin, 2012), Escuela normal (Celina Murga, 2012), Escuela de sordos (Ada Frontini, 2013), Las clases (Orencio Boix, 2021); desde Bélgica, Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022), Una oportunidad para ellos (Thierry Michel, Pascal Colson, 2017); desde Estados Unidos, Esperando a Superman (Davis Guggenheim, 2010); desde Países Bajos, Los niños de la señorita Kiet (Peter Lataster y Petra Lataster-Czisch, 2016); desde Alemania, El profesor Bachmann y su clase (Maria Speth, 2021); entre otras muchas. Y hoy llega la reciente película documental austriaca, Nuestra querida profesora (Ruth Beckermann, 2024).  

Nuestra querida profesora retrata, durante tres años (entre 2020 y 2023) y tres cursos, a un grupo de niños y niñas que crece desde segundo hasta cuarto de Primaria en una escuela pública del distrito de Favoriten, una de las zonas más multiculturales de Viena, y siempre con la misma profesora, Ilkay, de origen turco. De hecho, el título original de esta película es, precisamente, Favoriten. Y en el transcurso de este periodo escolar nos sumergimos en un gran colegio vienés en el que la mayoría de alumnos son inmigrantes (de Turquía, Siria, Túnez, Chechenia, Afganistán, Ucrania, Bulgaria, Macedonia, Albania,…) y están integrándose y aprendiendo en alemán. Además de la falta de recursos, Ilkay y sus colegas profesores se enfrentan a estas clases multiculturales en las que la comunicación a veces se ve dificultada por el idioma. 

Es Nuestra querida profesora una película que se transforma en una oda a la infancia, donde se celebra el trabajo de los educadores y el aprendizaje de cada día, tanto dentro como fuera de las aulas. Y con dos aspectos nucleares que son el punto de partida del documental de Ruth Bechermann: uno, el conocer que del 60 % de los niños de las escuelas primarias vienesas no hablan alemán como primera lengua; y, al mismo tiempo, reconocer que hay una aguda escasez de profesores. Dos datos que pueden sorprender de una sociedad tan aparentemente avanzada y estructurada como la austriaca. 

Y durante estos tres cursos acompañamos a esta clase de alumnos desde los 7 a los 10 años, allí donde su ambiciosa profesora, Ilkay, está decidida a crear un entorno inclusivo y seguro para los esos niños y niñas que en su mayoría no hablan alemán en casa, y donde muchas familias están marcadas por la guerra y se enfrentan a la discriminación. A pesar de contar con pocos recursos, Ilkay guía a su clase a través de las aventuras de la educación, con visibles derrotas y victorias del día a día. Y durante el metraje vamos conociendo a los 24 alumnos de clase (Majeda, Melisa, Teodora, Mohammed, Egemen, Selin, Eda, Hafsa, Ibro, Valentin, Manessa, Alper, Rebeca, Nerjiss, Dani, Beid, Ibrahim, Liemar, Furkan, Selen, Natalia, Danilo, Fátima, David) y también algo de sus familias, con sus luces y sus sombras, con sus dificultades y oportunidades. 

Porque durante estos tres cursos asistimos a muy diversos momentos de esa interacción entre alumnos y su profesora, desde las clases tradicionales a las clases de relajación o natación, desde las visitas a una mezquita a la visita a la catedral de San Esteban de Viena, desde la celebración de la llegada del Ramadán (“Aún sois niños. Los niños aún no estáis obligados a ayunar. Pero también podéis probarlo. El fin de semana, el sábado o el domingo”) a los debates sobre las guerras de Siria y Ucrania (y el mensaje de Ilkay: “Para mí es muy importante que lo recordéis. La paz es lo más importante del mundo. La guerra, las peleas y los golpes, eso también lo aprendemos en la escuela…,¿sirve de algo?”), desde los exámenes a las tutorías con los padres de los alumnos. Y esa continua mediación de la profesora en los conflictos y peleas de sus alumnos en busca de la conciliación. Y todos integrándose al alemán, tal como una alumna recuerda a otra: “No hables turco. Habla alemán. Eso no está permitido”

En un momento dado, el director del centro reúne a los profesores y les cuenta que no contarán este curso con trabajadora social ni con psicóloga por varios motivos, y no saben si tendrán sustituta. Y así ocurre cuando, en cuarto de Primaria, Ilkay comunica a sus alumnos que está embarazada y tendrá que irse de baja a mitad de curso. Y la despedida de sus alumnos es muy emotiva, e incluye mensajes como este que una alumna le regala: “Un buen profesor es difícil de encontrar, difícil de dejar e imposible de olvidar”. Y en el momento de la despedida Ilkay se pone a llorar porque no han conseguido que nadie la releve para el resto del curso y muchos de los niños y niñas también lloran desconsoladamente. “Estudiad mucho, demostrar a los demás de lo que sois capaces…Habéis aprendido mucho en los últimos cuatro años… Que sean lágrimas de alegría porque nos volveremos a ver”. Y tras el final, uno a uno se van presentando los 24 alumnos. Y este mensaje como colofón: “Tres días después, se encontró un nuevo profesor para la clase. Rodada entre otoño de 2020 y primavera de 2023 en la escuela primaria más grande de Viena Bernhardsthalgasse, distrito 10, Favoriten”. 

Una película especial, una vivencia especial. Porque Ruth Beckermann filma con una mirada empática pero sin idealizar, y para ello su dirección es contenida y deja que las escenas hablen por sí mismas. Usa ese cine de observación sin entrevistas ni voz en off, donde la cámara es casi invisible, lo que permite una naturalidad y espontaneidad sorprendentes. Y donde hay una clara intención de no juzgar, sino de observar y comprender esta realidad que se nos cuenta en un momento donde Austria, como gran parte de Europa, enfrenta debates sobre la inmigración, la identidad nacional y la integración. El documental evita lo panfletario, pero es profundamente político en su elección de tema: mostrar cómo se construye la sociedad desde abajo, desde el aula. 

Nuestra querida profesora nos regala varios temas para el debate, como el multiculturalismo y migración (donde esa aula se convierte en un retrato de la nueva Europa, un microcosmos de nuestra sociedad, donde la integración, el entendimiento y los choques culturales son parte del día a día), la educación como herramienta social (con el papel central de esta profesora firme y paciente, dialogante y creativa, que intenta integrar los valores familiares y culturales para enseñar respeto mutuo y fomentar la convivencia) y esa construcción de la identidad desde la infancia (porque la película da voz a los alumnos, a sus sueños, sus frustraciones, sus preguntas sobre género, religión y pertenencia, por lo que, a través de ellos, se refleja la tensión entre las raíces culturales de sus familias y los valores del país que los acoge). En general, una película documental conmovedora y reflexiva que destaca la importancia de la educación y la dedicación de los docentes. Y como esta profesora, también una película difícil de encontrar, difícil de dejar e imposible de olvidar.

 

sábado, 1 de marzo de 2025

Cine y Pediatría (790) “El último vagón”, oda a la escuela

 

Ángeles Doñate, periodista española de formación y vocación, ha combinado su trabajo en periódicos y revistas con la enseñanza y la comunicación institucional, siempre vinculada al mundo educativo. Además, consta en su biografía que dedica parte de su tiempo a enseñar a leer y a escribir a personas adultas de manera voluntaria. Está claro que la docencia no le es ajena. En su faceta literaria, tras publicar algunos libros de ensayo, dio su salto a la novela con “El invierno en que tomamos cartas en el asunto” (2015), y entre sus obras hay una posterior que ha alcanzado gran popularidad, adaptada al cine, y que rinde homenaje a las escuelas y maestros comprometidos: “El último vagón” (2019), una historia conmovedora ambientada en México y que desde ese país, y distribuía por Netflix, ha visto su adaptación cinematográfica con título homónimo.
 
El último vagón (Ernesto Contreras, 2023) es una película sencilla con mensajes poderosos, buen cine para ver en familia. Allí donde poder revisar temas de tanto interés como la importancia de la educación (especialmente en comunidades marginadas), el valor de los maestros, la amistad y solidaridad desde la más tierna infancia, así como la resiliencia y esperanza desde las familias. Nuestro protagonista es Ikal Machuca (Kaarlo Isaacs), un niño de 11 años, hijo de unos obreros que trabajan en la construcción de las vías del ferrocarril, nómadas por el país. En el nuevo destino acudirá a la escuela vagón Malinalli Teneplat, donde la maestra Georgina (Adriana Barraza), hará todo lo posible para que Ikal aprende a leer y pueda convivir con sus nuevos compañeros (Valentina, Chico, Tuerto,…) y su perro Quetzal. Cabe destacar que en la novela se habla de un maestro, Don Ernesto, que aquí se transforma en maestra, Doña Georgina. Pero no importa el sexo, sino los grandes mensajes que el maestro / la maestra vierten en ese alma en construcción que es todo niño y niña que acude a las aulas. Estos son algunos de las frases inspiradoras que Doña Georgina a Ikal: “Le felicito, joven. Acaba usted de leer su primer libro” o “Mientras usted esté vivo, usted puede convertirse en lo que quiera y puede vivir en donde quiera. Usted que está vivo, escoja bien su vida. Elija bien lo que quiere para que sea feliz”

Pasa el tiempo y vivimos la convivencia de estos compañeros de clase (las aventuras en el río, la llegada del circo, el primer amor,…), tiempo en el que Ikal recibe la gran noticia de que sus padres deciden quedarse ya en este pueblo. Y a la pregunta de la maestra, “¿Alguna vez usted ha pensado lo que quisiera ser de grande?”, su respuesta es contundente, pues quiere ser maestro. Pero cuando el padre fallece, tienen que volver a partir y dejar todo lo que le hacía feliz, incluyendo el apoyo de esa maestra que le despide así: “Es usted un tritón. Alguien que sabe adaptarse a cualquier lugar. Nunca se subestime, Ikal”. Y antes de partir y que Ikal diga “No quiero volver aquí…”, la maestra adelanta la foto de fin de curso con todos los alumnos. 

Y esa foto en blanco y negro es la que nos enlaza con otro personaje que se nos ha presentado entre la historia previa. Es un joven inspector de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Hugo Valenzuela (Guillermo Villegas), quien tiene la misión de comunicar el cierre de muchas escuelas rurales. Y una de estas escuelas es la que hemos conocido, y cuando llega le comunican que ya hace siete años que la directora falleció, y ahora es otra joven maestra la que se hace cargo. No es difícil intuir que esa joven es su compañera Valentina, y que este inspector es Ikal, en realidad Ikal Hugo Machuca Valenzuela, quien enfadado por lo ocurrido rompió con su pasado y decidió utilizar su segundo nombre y apellido. Y con los recuerdos de esa foto de fin de curso, recuerdan el tiempo pasado y sus amigos, pero también llega el compromiso, pues ambos deciden hacerse cargo de esta escuela rural y cumplir el sueño que les inculcó aquella apasionada maestra. 

En un viaje que le llevará a reencontrarse con su pasado, Ikal/Hugo deberá jugarse su futuro, descubriendo que hay huellas que no se pueden borrar, como la familia, los amigos y la escuela. Como las del primer amor o las de un maestro, que a través de la curiosidad y el cariño, nos abre las ventanas al mundo. Y ya lo decía el famoso escritor de radio y televisión estadounidense, Andy Rooney, en un pensamiento que ya es un clásico: “La mayoría de nosotros no tenemos más de cinco o seis personas que nos recuerdan. Los maestros tienen miles de personas que les recuerdan por el resto de sus vidas”

Una novela escrita por una barcelonesa con sabor a México, dirigida por un mexicano, con localizaciones en Tlaxcala, Puebla y Veracruz, y con un contexto histórico real, pues la película hace referencia a las "escuelas Artículo 123", que fueron instituciones educativas creadas en México durante los años 20 y 30 para atender a los hijos de los trabajadores de empresas agrícolas e industriales, especialmente aquellos que se desplazaban por el país. Y que es el contexto de nuestra historia… con esas familias de trabajadores ferroviarios y ese último vagón que cabe no perder. 

Porque El último vagón nos deja al menos estos cuatro mensajes para compartir con los más pequeños de la familia: la educación como motor de cambio (y herramienta fundamental para combatir la desigualdad y construir un futuro más justo), la huella imborrable de un buen maestro o maestra, la importancia de los sueños (y de no rendirnos ante las dificultades) y el poder de la comunidad (con la familia y la escuela en el epicentro). 

La enésima oda a la escuela, a los maestros y a la educación. Y porque la vida nos enseña que es la mejor maestra.

 

miércoles, 12 de febrero de 2025

La dislexia precisa sinergias entre educación y sanidad

 

El pasado 8 de febrero tuvo lugar en el Colegio de Médicos de Alicante el II Congreso de Dislexia de la Comunitat Valenciana, un espacio dedicado a la formación, el intercambio de conocimientos y el fortalecimiento de las sinergias entre los ámbitos educativo y sanitario. Bajo el lema «Nuevas perspectivas en educación y sanidad», este evento reunió a expertos destacados para abordar la dislexia desde un enfoque integral e inclusivo, priorizando el bienestar emocional y el desarrollo académico del alumnado. 

Son muchas las definiciones de dislexia (DSM-V, OMS, APA, AEP,…), pero de forma sintética cabe decir que es un trastorno del neurodesarrollo que afecta la capacidad de una persona para leer y escribir de manera fluida y precisa. No es un problema de inteligencia, sino una diferencia en la forma en que el cerebro procesa el lenguaje. Las dificultades que pueden experimentar las personas con dislexia son dificultad para leer palabras con precisión y fluidez, para comprender lo que leen, para deletrear, para organizar ideas y expresarlas por escrito, para seguir instrucciones, o para recordar información. 

El diagnóstico de la dislexia generalmente lo realiza un profesional de la salud, como un psicólogo educativo o un logopeda, pero donde el pediatra debe estar también implicado (al menos, en la sospecha). El proceso de diagnóstico puede incluir la evaluación de las habilidades de lectura y escritura, así como la evaluación de otras habilidades cognitivas (como la conciencia fonológica, la memoria de trabajo y la velocidad de procesamiento) y su historial del desarrollo (tanto del lenguaje como habilidades académicas a lo largo del tiempo). Y ello para diferenciar la variabilidad fisiológica de la lecto-escritura de la dislexia (y en esta valorar la dislexia sintomática o comórbida – asociada a TDAH, TEA u otros procesos – de la dislexia primaria, quizás menos frecuente). 

Se habla de una prevalencia de hasta el 10% en la población, pero es una entidad claramente infradiagnosticada. Y es causa de fracaso escolar y abandono escolar (al igual que otros trastornos del neurodesarrollo). Y cabe no olvidar que España tiene el triste título de encabezar la tasa de abandono escolar de la Unión Europea, con una media de 16,4% (oscilando entre el 9,4% del País Vasco y el 32% de Baleares), muy por encima de la media de la Unión Europea que está en un 9,9%. Todo un problema de salud educativa. Y la identificación temprana es importante, por lo que pudimos conocer algunas pruebas de cribado como Prodiscat para educadores y Prodicat Pediátrico para pediatras de atención primaria. Vale la pena revisar este enlace para conocer bien esta herramienta, de fácil utilización en las revisiones pediátricas a los 4, 5, 6, 7, 8-9 y 10-11 años. 

Cabe conocer que no hay cura para la dislexia, pero hay tratamientos y estrategias que pueden ayudar a las personas a mejorar sus habilidades de lectura y escritura. Estos pueden incluir: intervención educativa especializada y adaptada a cada alumno con dislexia, terapia del habla y lenguaje con un logopeda y adaptaciones en el aula (como tiempo adicional para completar tareas, uso de tecnología de asistencia y modificaciones en el formato de las tareas). 

Porque la esencia es ponerle mucho corazón a sus dos ambientes de vida y crecimiento (la familia y la escuela) y desde podemos ayudar ofreciendo apoyo emocional incondicional (es clave cuidar la autoestima), buscando ayuda profesional (logopedas, psicoterapeutas), siendo pacientes (y celebrando los pequeños logros y avances), fomentando la lectura por placer y apoyarse en herramientas tecnológicas (como lectores de pantalla, software de reconocimiento de voz y correctores ortográficos).

El II Congreso de Dislexia da la Comunidad Valenciana fue diseñado para profesionales de la educación, la sanidad y familias comprometidas con la mejora de las prácticas inclusivas, allí donde exploraremos herramientas prácticas, recursos normativos y las últimas investigaciones para garantizar una atención eficaz y holística que permita a cada persona con dislexia alcanzar su máximo potencial. Y podemos asegurar que ha tenido un éxito que superó las expectativas, con más de 500 inscritos, en un congreso que acaparó las “5C” de la asociación TRENCA-DIS, responsable de la organización: ciencia, conciencia, calidad, color y calor. Porque allí se reunieron verdaderos expertos en la materia, como las dos conferencias magistrales (a cargo del Dr. Miquel Casas Brugué, catedrático Honorio de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Barcelona, y de Luz Rello Sánchez, investigadora en Change Dyslexia, dos personas muy inspiradoras) y las dos mesas redondas (una dedicada a la docencia y otra a la sanidad). 

Y queremos finalizar con las conclusiones de este congreso: 

- La neurodiversidad es una realidad y el reto es cómo encuadrar las variantes de la normalidad en la lecto-escritura de lo patológico, cómo ayudar con el diagnóstico precoz sin poner etiquetas innecesarias. 

- El abordaje de la dislexia es más cercano a la educación y psicopedagogía que a la sanidad. Por tanto, nuestra formación como sanitarios tiene un amplio margen de mejora. 

- Es necesaria la incorporación en Pediatría de Atención Primaria de instrumentos que permitan la detección temprana de dislexia mediante protocolos o cuestionarios que estén incluidos en la cartilla del niño sano. 

- Es importante que las pruebas para la detección de dislexia sean válidas y fiables. Pero más importante es que los programas funcionen: y que el diagnóstico certero vaya de la mano de las adaptaciones curriculares correctas en tiempo y modo. 

- Necesitamos un profesorado informado, sensibilizado y con formación suficiente, capaza de detectar a tiempo esta dificultad del aprendizaje que afecta hasta el 10% del aula. 

- La detección a cualquier edad y el empleo de medidas adecuadas redundarán en el bienestar psicoemocional de las personas con dislexia y evitará el riesgo de fracaso escolar y exclusión sociolaboral

- Es imprescindible la colaboración entre Educación y Sanidad, para que a partir del cribado realizado en Atención Primaria se puedan implementar en el entorno educativo los métodos de evaluación y las medidas adecuadas que permitan alcanzar el éxito académico.

sábado, 22 de junio de 2024

Cine y Pediatría (754) Documentales educativos de cine (y 4): “Escuela normal”, “Nous, la evoluación del pensamiento” y “Las clases”

 

Y finalizamos hoy nuestro homenaje en Cine y Pediatría a ese gran número de película documentales alrededor de los centros educativos y la docencia, sabiendo que es un homenaje incompleto y en continua evolución. Y lo hacemos hoy de con la película argentina Escuela Normal (Celina Murga, 2012) y las películas españolas Nous, la evolución del pensamiento (Henar Rodríguez y Christian Dehugo, 2019) y Las clases (Orencio Boix, 2021). 

- Escuela Normal (Celina Murga, 2012), donde su directora regresa a la institución donde cursó secundaria, la histórica Escuela Normal Superior José María Torres, en Paraná (Entre Ríos), y lo hace para registrar los acontecimientos que habitan ahora la cotidianeidad y encrucijadas de esta institución centenaria, fundada por Domingo Faustino Sarmiento en 1871 y que hoy alberga a 1600 alumnos de los distintos niveles educativos. 

La cámara de Murga nos sumerge, cámara en mano y con sonido en directo, no fácil de ver y seguir, a este mundo escolar de estudiantes, profesores y espacios. Comienza muy pronto la intensa actividad de esta escuela pública, aún es de noche, y seguimos a la directora que revisa que todo está en marcha y funciona. Todos en el patio escuchan la canción “Aurora”, una de esas canciones populares que simbolizan en nacimiento de la nación Argentina, mientras izan la bandera: “Alta en el cielo un águila guerrera eleva su vuelo triunfal…”. Y tras 140 horas de material filmado se nos presenta en 87 minutos tres aspectos que vertebran la historia: las elecciones para el comité de estudiantes, la resolución de los conflictos cotidianos que surgen por parte de los profesores y la reunión de una asociación de maestras jubiladas que se reúnen para recordar tiempos pasados aquí. 

Y la Escuela Normal funciona como un microcosmos, donde se mezclan clases y patio, diversión y tedio, alumnos y profesores, conflictos y momentos festivos, también reflexiones: “El alumno no es un mero acumulador de contenidos, aprende de nuestras actitudes como persona, aprende de la metodología que utilizamos”. Y donde la bandera y los himnos siguen apareciendo, de nuevo en dos momentos más, como en la Fiesta de la Independencia y también ese himno final a Sarmiento, este personaje ya nombrado que impulsó fuertemente la educación pública (con la fundación de más de 800 escuelas en toda Argentina) y la cultura (pues impulsó la creación de Bibliotecas populares y el primer censo escolar). 

- Nous, la evolución del pensamiento (Henar Rodríguez y Christian Dehugo, 2019) nos transporta al corazón de la escuela privada ý pública en dos contextos socioculturales diferentes, entre el primer y tercer mundo, entre Europa (Liceo Francés Les Joyeux Bambins de Castilla y León) y África (una escuela pública en Bobo-Dioulasso, Burkina Faso). Y en donde se abren espacios de diálogo con el alumnado donde los profesores les dan la oportunidad e reflexionar sobre grandes cuestiones en la humanidad, pues las preguntas se repiten en cada centro escolar: quiénes somos, qué es la verdad, la realidad, el conflicto, la exclusión, la sostenibilidad… hasta llegar a qué es el amor. 

Comienza la película con imágenes de el juego de la rayuela en estos dos colegios, porque como al final nos explican los directores, Henar Rodríguez, investigadora educativa, y Christian Dehugo, compositor y profesor, la rayuela es ese juego infantil que simboliza el avance entre la tierra y el cielo. Y con esas preguntas realizadas a los alumnos se ha partido del yo (la tierra) y se ha llegado al amor (el cielo), y a través de los otros temas ya comentados. Y, por medio de estos talleres de pensamiento, se aprecia en sus respuestas la influencia del contexto social, religioso y económico, reflexiones profundas e interesantes en tres etapas con alumnado de preescolar (5 años), escolar (10-11 años) y adolescentes (16-17 años). 

Y este grupo de niños, niñas y adolescentes nos marcan algunos hitos que derivan de la globalización y multiculturalidad de nuestra sociedad del siglo XXI y que buscan crear puentes de convivencia en la docencia del futuro. Y en los 65 minutos de metraje también somos partícipes de las opiniones de los profesores de los distintos niveles educativos, tanto en España como en Burkina Faso. Y como nos dice uno de ellos: “Se podría introducir la noción de filosofía, porque lleva a tener un espíritu crítico, a tener cómo defenderse frente a lo que recibimos, porque la gente está a menudo adaptada al sistema dogmático; y la filosofía puede inducirlos a pensar de otra manera, a criticar y no decir que es legítimo lo que se hace y poder tener otra manera de ver las cosas”. Y es que, de alguna forma, asistimos a sesiones de filosofía para niños y adolescentes, algo que ya vimos en la etapa preescolar en la película Solo es el principio (Pierre Barougier y Jean-Pierre Pozzi, 2010). Y es que para abordar la reflexión sobre la educación y los sistemas educativos siempre es bueno regresar al principio y seguir mejorando.  

- Las clases (Orencio Boix, 2021), documental grabado en septiembre de 2020 en el colegio público Ramiro Solans de Zaragoza, situado en el barrio obrero de Oliver (con la inmigración y multiculturalidad muy presente en sus aulas), tras reabrir la actividad escolar después de seis meses de confinamiento por esas pandemia de la covid-19, de cuyo nombre no quiero acordarme. Y así comienza, con esta voz en off de un pequeño alumno: “Fue un día, así como así, cuando nos encerraron, salíamos a las 8 en punto a aplaudir todos los días…Le saqué algo positivo a la pandemia: poder estar más rato en familia”

Y la película transcurre con mascarillas de todos los colores, formas y texturas en alumnos, profesores, familiares y sociedad, allí donde tuvimos que reinventar escenarios inauditos de convivencia y trabajo, también en las escuelas y en la educación. Y aparecen esas escenas de toma de la temperatura a los niños al entrar en el centro escolar, el lavado de manos con gel hidroalcohólico, los flujos de circulación, líneas en el suelo y carteles múltiples de mensajes sobre el monotema, las distancias de separación y el no tocarse… Y el regreso al colegio tras meses encerrados, con la experimentación en la dudosa formación digital, con más dudas que respuestas. Una no vuelta al colegio que en España fue de meses, pero en algunos países superó el año, lo cual cabe reflexionar para nunca volver a cometer un error así. Por mucho que se utilizaran eufemismos como el de “la nueva normalidad” y “la escuela postcovid”. Porque si algo constamos con esa anormalidad a la que nos sometieron fue la gran capacidad de adaptación de la infancia y adolescencia, incluso de los más pequeños,.. aunque eso no debe hacernos olvidar los problemas psicosociales que nos ha dejado en esta población. 

Y en este documento vibrante y luminoso de 90 minutos, profesores y alumnos debaten sobre cómo se sintieron y sienten. Y aquí quiero destacar la enseñanza que una maestra realiza en su clase a través de los conocidos como “los tres filtros de Sócrates”, que como reflexionan los alumnos nos debe hacer pensar tres veces antes de actuar: una por si estás seguro, otro por si es verdad y otra por si es necesario. Qué gran mensaje oír este pensamiento de Sócrates a través de una niña y enviar el mensaje a políticos y gestores para que en la próxima pandemia, antes de tomar decisiones que tanto nos afectan, se aplican estos tres filtros de Sócrates

Decir que este film contó con la participación de dos figuras relevantes en el campo de la educación en España, quienes debaten y también son preguntados por los alumnos: Mónica Garcés, filósofa y ensayista, y Carlos Magro, presidente de la Asociación Educación Abierta. 

Y con esta maravilla del aprendizaje de los tres filtros de Sócrates, finalizamos por ahora este breve recorrido por estas películas documentales sobre el mundo de la educación. Un viaje multicultural, y bajo diferentes prismas, al corazón de la escuela.

 

sábado, 15 de junio de 2024

Cine y Pediatría (753) Documentales educativos de cine (3): “Una oportunidad para ellos” y “La hora del patio”


El polifacético e interdisciplinario Jean-François Lyotard, filósofo, sociólogo y teórico literario francés, nos dejó esta reflexión: “La educación es el arte de hacer visibles las cosas invisibles”. Y en este post, que continúa la serie de documentales de cine sobre la educación, tiene también esa pretensión: hacer visibles estos interesantes documentales alrededor de la docencia que siguen siendo invisibles para la mayoría de los espectadores. Y que gracias a plataformas como Filmin podemos recuperar, analizar, reflexionar y aprender. 

Y hoy queremos difundir y comentar dos películas documentales más sobre diferentes aspectos de la educación: la película belga Una oportunidad para ellos (Thierry Michel, Pascal Colson, 2017) y la película española La hora del patio (Manuel Pérez Cáceres, 2012). 

- Una oportunidad para ellos (Thierry Michel, Pascal Colson, 2017) nos sumerge en una aula del último curso de primaria de la antigua ciudad minera de Cheratt, situado en la región belga de Valonia, donde la mayoría son alumnos inmigrantes (turcos de religión islámica), por lo que algunos la han definido como la antesala de La clase (Laurent Cantet, 2008).  

Compartimos el curso escolar con 16 alumnos (Ahmet, Arda, Baran, Dilay, Gizem, Melinda, Muhamett Ali, Sila,…) y su vivaz profesora (Brigitte Waracquier), en un año importante para ellos, pues deben superarlo para poder entrar al año siguiente en secundaria, con cambio de centro y ya sin el caparazón protector de la primaria. A lo largo de sus 100 minutos de metraje compartimos los diálogos y las vivencias en la clase y en el patio, en los seminarios y en las reuniones de grupo, en la clase de religión islámica (a la que asisten 15 alumnos) y a la clase de moral laica (en la que solo asiste el alumno restante, el único que no es turco de esa aula), y también a las tutorías con las diferentes familias, los periodos vacacionales y la fiesta de fin de curso. Y en todo momento se nos muestra al lado del colegio esa torre gigante de la empresa minera cerrada, como un esqueleto abandonado de lo que hizo de esta ciudad un lugar de llegada de inmigrantes, los abuelos y padres de los actuales alumnos. Muy significativa es la visita a las galerías abandonadas de la mina y la declaración de una de las alumnas: “Mi abuelo murió por culpa de la mina de carbón. Por el polvo. Dijo que era duro. Estar bajo la tierra no es muy agradable”. Una declaración que al que esto suscribe resulta muy cercana, al ser hijo de mineros y haber acudido también en mi infancia a un centro escolar junto a las minas del pueblo. 

“Creo que voy a pasarme todo este curso llorando”, nos dice la profesora al inicio del curso, dado los lentos avances del alumnado. Y especial relevancia adquieren las conversaciones entre alumnos y profesora, sobre temas como el amor, la felicidad, el acoso escolar y ciberbullying,… y cómo se aprecia en sus respuestas la influencia de la religión a través del Corán (pues en la localidad tienen mezquita y escuela coránica, a la que asisten): “Cuando te cases, ¿quieres que tu esposa lleve pañuelo?", “Que qué me hace feliz. Pues ver sonreír a mi familia”. “Tengo miedo que me acosen. De acabar matándome. Muchos adolescentes se suicidan porque son infelices”. Y todo ello bajo la dirección docente de Brigitte, severa en ocasiones, condescendiente casi siempre y que les ayuda a caminar en el camino de su formación. 

La noticia en televisión de los atentados yihadistas en el aeropuerto y la red de metro de Bruselas nos sitúa el desarrollo de los hechos en el año 2016. Y antes del examen de certificación de final de eses curso, cada niño y niña expresa lo que espera de su futuro, antes de enfrentarse a la confirmación del aprobado o no, eso sí, realizado con el mismo sentido y sensibilidad que acoge todo el metraje. Y aquí finaliza su preparación en Primaria. Y al curso siguiente les espera el instituto a la mayoría. 

- La hora del patio (Manuel Pérez Cáceres, 2012) nos acerca al centro escolar catalán de la Escuela Barrufet, donde convivimos en el aula y en el patio de recreo con los alumnos de esa clase de segundo de Primaria, niños de 7 y 8 años, entre los que se encuentra un alumno diferente, Pau Felipe. 

Porque a Pau Felipe le gusta contar los nudos de su cuerda roja y su cuerda azul, prefiere aislarse a jugar con los demás compañeros, decide quedarse en el alfiz de la puerta de clase y observar las luces del techo, le cuesta hablar y no le gustan los petardos. Y vamos descubriendo que Pau es un niño con trastorno del espectro autista integrado en un aula, donde recibe el apoyo continuo de su tutora Rosa y de la joven profesora de apoyo. Y así les habla Rosa a sus alumnos, en una hermosa conversación para entender mejor a Pau y ayudarle: “Mirad, yo os quería hablar de una cosa, que ya hace tiempo merodeaba mi cabeza. Que tenía ganas de comentároslo y a ver qué opináis vosotros. Si podéis ayudarme a qué podemos hacer. Resulta que vosotros sabéis que tenemos un compañero de clase, Pau Felipe. Y hay muchas cosas que Pau las hace muy bien porque es muy espabilado, pero hay otras que le cuestan un poco. ¿Qué cosas creéis que le cuestan más a Pau?” 

Y bajo los recurrentes acordes musicales de Jordi Batiste somos espectadores de la relación Pau con los profesores y compañeros de clase, en el aula, en el patio y en otras actividades extraescolares. El seguimiento de los conflictos, dificultades y progresos de Pau centrará nuestro interés durante el tiempo que acompañemos a la clase de Els Ocells. Un documento que nos sumerge en una realidad cada vez más frecuente, pues existe un incremento en el diagnóstico del trastorno del espectro autista (se dice que llega a ser de alrededor de un alumno por aula), bien porque cada vez sea más frecuente, pero también porque es un diagnóstico cada vez presente entre sanitarios, educadores y familias. Y el documento finaliza con el fin de curso y los deseos de un buen verano, algo que justo en estas fechas estamos también viviendo en nuestras aulas. 

Es La hora del patio una película muy especial, que lleva esta dedicatoria: “A todas y todos aquellos que trabajan con y por la diferencia”. Porque la diferencia es parte de las familias, de las escuelas y de la sociedad. Y su integración es labor de todos.

 

sábado, 8 de junio de 2024

Cine y Pediatría (752) Documentales educativos de cine (2): “Picotazos contra el cristal” y “Escuela de sordos”

 

En nuestra entrada previa comenzamos a analizar algunas películas documentales alrededor de la educación, películas poco conocidas y apenas difundidas, muchas incluso no estrenadas en cines y relegadas a plataformas. Y lo hicimos con la película belga, Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022), y la película española, El lápiz, la nieve y la hierba (Arturo Méndiz, 2017). Y hoy continuamos con la película española Picotazos contra el cristal (Rafael Moles y Pepa Andreu, 2019) y la película argentina Escuela de sordos (Ada Frontini, 2013).  

- Picotazos contra el cristal (Rafael Moles y Pepa Andreu, 2019) nos muestra el proceso de transformación educativa del instituto Cotes Baixes de Alcoy (Alicante) durante el curso académico 2017-18. Un grupo de profesores decide asumir el reto aunque era previsible que surgieran las dudas y algún rechazo entre algunos padres, alumnos y parte del profesorado. 

Lo explica Fernando Sancaloni, el director: “La idea no es escuchar al maestro, tomar apuntes y después hacer un examen, expulsar lo que hemos aprendido y olvidarse”, “Mi obligación como profesor cada vez lo tengo más claro: preparar personas para una sociedad justa, solidaria y lo más avanzada posible”. Porque ellos entienden que no se puede cambiar el mundo si siguen enseñando lo mismo que les enseñaron a ellos, y quieren luchar frente a esa educación habitual como una forma de domesticación que suele romper la imaginación y la creatividad. Y por ello vemos actividades como escribir una carta asimismo para volver a leer a fin de curso, dar clases de cocina por grupos o realizar una visita al cementerio. 

Y se cruzan las opiniones de profesores, y algunos alumnos y padres: “Hasta ahora, el valor se basaba en los conocimientos, pero pensamos y tenemos claro que el valor serán las personas”. Y el formato y objetivo recuerda de alguna forma a la película La educación prohibida (Germán Doin, 2012), por constituirse como un lugar para el debate y la reflexión al cuestionar el modelo de escuela tradicional y dirigir los esfuerzos en formar ciudadanos activos y críticos.  

Y en el montaje de la película, las vivencias de este instituto de Alcoy se cruzan con el de otros institutos y escuelas de España: el instituto Sils de Gerona, el instituto Miguel Catalán de Coslada (Madrid) y la escuela O Pelouro en Caldeiro de Tui (Pontevedra). Porque, poco a poco, ya algunos colegios han iniciado el cambio por su cuenta, y en el centro pontevedrés se nos explica como el niño tiene la libertad de autodefinirse y el profesor se retira hacia atrás, en un modelo que nos recuerda algo al método Montessori. Y también aparecen algunos otros personajes relevantes en la docencia como Ken Robinson (escritor, conferenciante y asesor internacional sobre educación británico, considerado un experto en asuntos relacionados con la creatividad, la calidad de la enseñanza, la innovación y los recursos humanos) y César Bona (maestro y escritor zaragozano, uno de los cincuenta mejores maestros del mundo según el Global Teacher Prize, el llamado Premio Nobel de los profesores), quien nos deja algunos buenos mensajes: “Si echamos la vista atrás, siempre recordaremos un maestro que nos marcó para bien o para mal”, “Se puede aprender con miedo o con alegría, pero los resultados serán totalmente diferentes”.  

Y en este paseo por diferentes centros escolares que han empezado a dar picotazos contra el cristal, como ese pájaro que quiere salir de una habitación y consigue que la abran la ventana para comenzar a volar, vemos como algunos profesores que venían de la frustración están intentando transformar los métodos docentes. 

- Escuela de sordos (Ada Frontini, 2013), película ganadora al mejor documental en el Festival Mar del Plata, nos muestra la experiencia de Alejandra, fundadora y docente de una escuela de sordos en una pequeña ciudad del interior de Argentina, pero que se ha constituido en mucho más que una maestra. Una escuela donde atiende a unos 30 alumnos de diferentes edades (niños, adolescentes y jóvenes, los más pequeños entre 8 y 12 años), aunque cada día acuden una decena, los que pueden, y allí les enseña a leer, a escribir, a expresarse o, por qué no, a poner mensajes en un teléfono móvil. 

Y la grabación se realiza preferentemente sin sonido, bajo el lenguaje de señas y con subtítulos. Escenas que el espectador puede sentir como agobiantes, al vivir la sensación de no oír. Entre las rutinas de su casa y el trabajo nos asomamos a la vida de Alejandra, una vida dedicada a la integración de los sordos a la comunidad. Y en este documental de 71 minutos compartimos esa cena alrededor de una fondue de carne con su amigo Juan, un referente de la comunidad sorda argentina, una tarde a la orilla del río, un día de trabajo en el campo o un asado con algunos de sus alumnos. Y entre silencios y gestos se reflexiona sobre la problemática de la educación en la discapacidad a través de una mirada austera, pero también real y humana. Y se establecen diálogos sobre la diferencia entre la lengua de señas y el llegar a hablar, sobre el estar implantado o no, sobre lo distinto que puede ser la lengua de señas de los oyentes, más variable, y la de los sordos, bastante homogénea. En la película se hace referencia continuamente a las siglas LSA, significado de lengua de señas argentina, que es la lengua de señas empleada por la comunidad sorda en Argentina con una gramática compleja, completa y distinta al español, y cuyo origen puede remontarse a la comunidad nacida en las primeras escuelas para sordos de Buenos Aires a finales del siglo XIX. Y lo cual ha causado conflictos con la comunidad sorda cuando docentes, artistas o intérpretes ajenos a la comunidad realizan señas en el orden gramatical del español, lo cual se ha denomina "español señado", pero que es diferente al LSA. 

En Cine y Pediatría algunas otras películas de ficción han abordado el mundo de la docencia en sordomudos con dos películas dramáticas basadas en hechos reales: El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962) y La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014), Y también en dos comedias dramáticas alrededor de familias sordomudas, la francesa La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014) y su remake estadounidense, CODA: CODA: Los sonidos del silencio (Siân Heder, 2021). Pero nada que ver estas con el formato y mensaje de Escuela de sordos.   

 

sábado, 1 de junio de 2024

Cine y Pediatría (751) Documentales educativos de cine (1): “Pequeña escuela” y “El lápiz, la nieve y la hierba”

 

La docencia y el séptimo arte se han convertido en un tema recurrente en Cine y Pediatría. Decenas de películas de todas las filmografías con la escuela como escenario, y alumnos y profesores como protagonista, algunas ya icónicas y otras menos conocidas. Y entre ellas algunas con carácter de película documental como las francesas Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002), La clase (Laurent Cantet, 2008), Sólo es el principio (Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier, 2010), Camino a la escuela (Pascal Plisson, 2013) y El gran día (Pascal Plisson, 2015); la estadounidense Esperando a Superman (Davis Guggenheim, 2010); la argentina La educación prohibida (German Doin, 2012); la española Entre maestros (Pablo Usón, 2012); la neerlandesa Los niños de la señorita Kiet (Peter Lataster y Petra Lataster-Czisch, 2016); y la alemana El profesor Bachmann y su clase (Maria Speth, 2021). 

Y a estas queremos sumar algunas películas documentales más en las próximas cuatro entradas de Cine y Pediatría, donde infancia, educación y séptimo arte se funden para reflexionar sobra los métodos educativos, con sus luces y sus sombras. Y hoy comenzamos con dos películas con mensajes tan poéticos y necesarios como sus propios títulos: la película belga, Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022), y la película española, El lápiz, la nieve y la hierba (Arturo Méndiz, 2017). 

- Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022) nos invita a cuestionar el sistema educativo escolar convencional en un alumnado de niños exiliados en Bruselas, a través de un experimento educativo llevado a cabo por las maestras Marie y Juliette, tal como indican en un cartel a la entrada del pequeño local: “La Petite École acoge a niños de 6 a 15 años que nunca han ido a la escuela”. 

Abdelaziz, Ahmad, Aziza, Birgal, Janoa, Khaled, Khoder, Mohamed, Nouredinne, Rokhaya, Youssef, Zained son el nombre de esos alumnos, que denota su origen. Niños y niñas emigrantes, un buen número procedentes de Siria, y que viven con sus familias bajo asilo y con el recuerdo de lo vivido (y sufrido) en la guerra. Y en la Petite Ecole estas dos maestras les ofrecen espacio y tiempo de forma individualizada, fuera de los procesos formales de aprendizaje académico, para volver a ser niños, antes de enfrentarse a la institución escolar que esperar de ellos que sean alumnos. Aquí lo importante no es leer y escribir, sino ofrecerles un entorno amable que les prepare para “la gran escuela” al curso siguiente. Y así lo reflexionan, entre ellas mismas, pero también ante diferentes comunidades educativas, para evitar que su proyecto se considere una “falsa” escuela: “Tenemos bastantes niños que tienen problemas con la escuela en sí. Deben haber vivido cosas terribles. Algunos niños se ponen a llorar, tienen pataletas, se revuelven por el suelo, porque no entienden cómo funciona la escuela”

Porque el objetivo de esta Petite École, según nos explican Marie y Juliette, es reducir esos comportamientos negativos (especialmente llamativos en Ahmad y Khaled), proporcionar un espacio seguro previo a la escuela en el que puedan mitigar todo tipo de miedos y ansiedad, y ganarse la confianza de los niños y sus familias para evitar el fracaso escolar o la educación especial en el futuro. Y ello porque el estado postraumático de lo vivido por esa infancia refugiada les impide afrontar la escolarización. Y de esta forma la película nos exige cuestionar la escuela como un lugar que perpetúa, quizás, la opresión para todos nosotros. 

- El lápiz, la nieve y la hierba (Arturo Méndiz, 2017) es un canto a las escuelas unitarias, tal como sigue ocurriendo en algunos pueblos del Pirineo oscense: un aula, un maestro y un puñado de niños y niñas de todas las edades en pueblos pequeños, donde aprenden y juegan juntos. Y así nos sitúa en el principio del propio film: “Esta película tiene lugar entre Chistén, muy cerca de la frontera de Francia, y una serie de pueblos esparcidos en 30 Km río abajo en los valles de Cinca y Cinqueta”. 

Carlos, Israel, Naza, Iván… son algunos de los profesores que nos cuentan su experiencia. Y se desgranan los pueblos y las vivencias: Chistén (140 habitantes, 8 niños en la escuela), Saravillo (94 habitantes, 8 niños en la escuela), Tella (21 habitantes, sin escuela), Bielsa (331 habitantes, 39 niños en la escuela), Plan (186 habitantes, 12 niños en la escuela), Laspuña (248 habitantes, 7 niños en la escuela), San Juan de Plan (147 habitantes, 14 niños en la escuela) y Parzán (63 habitantes, sin escuela). Pueblos donde el paisaje es tan hermoso como dura es la vida. Y la experiencia de estos profesores titulares y profesores itinerantes en este CRA (Centro de Recuperación Agraria) y su agrupación de colegios, donde uno de ellos nos explica algo no difícil de entender: “Cerrar una escuela es como matar a ese pueblo”. 

Y al final se nos muestra el destino de alguno de los alumnos y profesores, y una dedicatoria: “A mis padres. A todos los que hace posible la escuela rural”. Y todo este documento cinematográfico con el fondo musical de la guitarra omnipresente de Joaquín Pardinilla, que le da más emoción al mensaje. Pero, por desgracia, una película con tan poca difusión que no es posible ni encontrar el tráiler en Youtube. Para reflexionar sobre lo que es este negocio quizás mal llamado séptimo arte… lo digo por lo de arte (y conciencia).

Porque la educción es clave en el desarrollo de los seres humanos. Y nuestras películas de hoy (y las que vendrán en las siguientes publicaciones) nos permiten reflexionar sobre ello. Vale la pena...

 

sábado, 30 de marzo de 2024

Cine y Pediatría (742) “Ángeles sin paraíso” debaten sobre la enseñanza de menores con diversidad funcional


Las carátulas iniciales de esta película en blanco y negro se inician con dibujos infantiles y el aviso de la asistencia técnica llevada a cabo por el Departamento de Salud Mental del estado de California y el Pacific State Hospital. Una nueva película alrededor de la docencia, en este caso alrededor de un internado infantil de pacientes con deficiencia mental y diversidad funcional de muy diversa etiología. Hablamos de Ángeles sin paraíso (John Cassavetes, 1963), la tercera película como director de este  insobornable pionero del cine independiente, quien comenzara como actor (y a quien reconocemos por su papel en una película de culto como es La semilla del diablo), y que aquí se atrevió a abordar con suficiente sensibilidad el retrato de esta infancia inestable. Y para ello contó con un trío de actores muy reconocidos, como Burt Lancaster, Judy Garland y Gena Rowlands (esposa y musa del propio director).  

Jean Hansen (Judy Garland) llega a un internado educativo para niños con capacidades diversas, y donde apreciamos fenotipos característicos de síndrome de Down y otros síndromes genéticos con retraso mental (síndrome de Williams, síndrome de Klinefelter,…), parálisis cerebral, autismo y otros trastornos del neurodesarrollo. Es enfermera y pianista, pero no tiene experiencia alguna en la educación de niños, y menos aún de niños especiales, pero se arriesga a solicitar empleo en el instituto Crawthorne, donde el director Dr. Clark (Burt Lancaster) le dice: “¿Sabe algo de esta clase de niños?... Trabajar aquí no es caridad, es un trabajo duro y exigente. Y pocas personas están preparadas para ello. Los niños responden a la música. Si quiere intentarlo, puede hacerlo. ¿Conoce el sueldo?”. Y cuando Jean conoce a los alumnos, pregunta a un compañera: “¿Qué les ha pasado a estos chicos”. Y le responden: ”¿Quiere conocer todas las razones? Hay 265… El caso más frecuente se produce al nacer porque no llega suficiente oxígeno al cerebro, por un parto difícil.. Si la madre tiene el sarampión antes del tercer mes de embarazo…No sabemos todas las razones”

A medida que pasan los días, Jean irá dándose cuenta, con prudencia pero con inconformidad, de que la base formativa del director-psiquiatra se centra en la norma y en la disciplina: “Las ideas de Clark respecto a estos niños y a su trato son discutibles”, comentan sobre él. Y así lo confirma cuando, en sus inicios, Jean encuentra a un alumno recién llegado, Ruben (Bruce Ritchey), un chico de 12 años con trastorno del espectro autista, que se encariña de la profesora y viceversa, pero que recibe estos comentarios del director: “Reuben ocupa un puesto especial en nuestra institución. Es uno de nuestros más espectaculares fracasos”. Aún así, su postura es ambivalente, como cuando en la reunión del consejo escolar tiene que oír lo de que “Aquí, los niños se dividen en tres categorías: educables, adiestrables y totalmente inadaptables”, el defiende otra postura: “¿Qué es normal? Lo normal es relativo… ¿Qué mediría antes para decidir su vida?, ¿su cociente intelectual o sus necesidades?”. 

Los padres visitan ocasionalmente a sus hijos en el colegio en fechas determinadas y apreciamos como cada uno tiene una relación diferente y especial con sus hijos o hermanos. Pero algunos, entre ellos Reuben, no reciben visita, y no lo ha recibido en los dos últimos años, lo que incrementa el afecto de Jean. Y la historia nos devuelve retrospectivamente lo que ocurrió con su familia cuando aquel diagnóstico de “que es retrasado” fue recibido con la rabia por su padre y con angustia por su madre (Gena Rowlands), diagnóstico que fue confirmado por sucesivos doctores que recomendaron su ingreso en un instituto para retrasados mentales (en aquellos momento, y hasta hace no mucho, no se practicaba el lenguaje políticamente correcto). Y, a partir de entonces, los padres se divorciaron y la madre se quedó con la custodia de la hermana menor y se volvió a casar. Pero Jean sigue empeñada en que la madre venga a verle y no le abandone. Porque estos padres de Reuben primero le negaron, luego le ocultaron y finalmente le abandonaron. Y la madre le dice con poca convicción a su profesora: “Lo mejor para Reuben es estar con chicos como él. Yo he llegado a esa conclusión”. 

Cuando el Dr. Clark comienza a notar que se está dando una relación demasiado estrecha entre Jean y Ruben, marcada por el paternalismo y la sobreprotección, decide cambiar a la educadora de pabellón. Y la acompaña a una visita al psiquiátrico, con el objetivo de hacerla entender cuál puede ser el final de Reuben cuando sea mayor: “No se trata de lo que usted pueda hacer por ellos, sino de lo que ellos pueden hacer por usted”. 

Y estas actitudes entre director y educadora producirán un necesario choque, pero abrirán un espacio de discusión en los métodos formativos de la institución: ¿cómo se debe tratar y educar la diversidad funcional? Una pregunta que desde hace décadas está sobre la mesa, sobre lo que se ha avanzado mucho, pero sobre lo que resta mucho por aprender y mejorar. En este sentido cabe recordar que el productor, Stanley Kramer, parecía interesado en dirigir él mismo este significativo guion de Abby Mann (pues ya habían trabajado juntos, y dos años antes firmaron la película ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg)), pero que al final optó por entregarlo John Cassavetes (tras desistir a última hora Jack Clayton), director avalado por su ópera prima, Shadows (1959). Se dice que como era de esperarse por su trayectoria como realizador, Kramer se permitió ciertas injerencias al serle entregada la película e hizo algunos cortes buscando que primara su tesis de que lo correcto con los niños especiales es tenerlos en una institución donde se socialicen con sus iguales y la cual se dedique particularmente a sus problemáticas; mientras que Cassavetes, defendía la idea de que, “los niños deben ser aceptados tal como son, pues, su vida tiene un sentido y un significado, pues la tragedia la creamos nosotros con la manera como interpretamos sus diferencias”. Al final, la película logra contener las ideas de ambos, pero a buen seguro que hoy en día apostaríamos por la segunda tesis.