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sábado, 24 de octubre de 2026

Cine y Pediatría (876) “Un hijo” supercalifragilisticoespialidoso

 

Una pareja discute en la entrada de un aeropuerto ante los ojos del hijo de ambos, un niño de 8 años llamado Guille (Ian Cortegoso), nuestro protagonista. La madre es azafata y se va a Dubai, pero antes le ha presentado a una amiga actriz que interpreta a Mary Poppins. El padre, Manuel (Hugo Silva), es taxista sin licencia y le vemos continuamente enfadado. Tras estas escenas, a los 7 minutos aparece el título de esta película española: Un hijo (Nacho La Casa, 2025), que adapta la premiada novela de Alejandro Palomas, en un drama familiar sobre el duelo, la incomunicación y la necesidad de acompañar emocionalmente a los niños, y donde el universo de Mary Poppins ocupa también un lugar central en la imaginación de Guille y aporta a la historia una dimensión de fábula. 

Vamos conociendo a nuestro protagonista, a quien vemos por levantarse por la mañana conviviendo con su enuresis nocturna: mete la ropa de cama mojada en la lavadora y hace la cama con ropa limpia. Luego desayuna solo, se pone su sombre de Mari Poppins y parte al colegio. Cuando el profesor Roberto (Jesús Carroza) pregunta a los alumnos qué quieren ser de mayor, le llama la atención que Guille conteste: "A mí me gustaría ser Mary Poppins... porque vuela". Tras apreciar algún comportamiento peculiar del niño, se entrevista con el padre, pero aprecia gran tensión y falta de asertividad cuando le sugiere apoyo con la orientadora. Por ello se solicita el apoyo de María (Macarena García), una psicóloga escolar sustituta, quien a través de los dibujos del niño, descifra pistas sobre una madre ausente, un hogar tenso y la relación difícil con su padre, un hombre hermético, desconfiado y aparentemente hostil. La psicóloga intuye que Guille intenta comunicar algo que no puede —o no sabe— decir con palabras, sobre todo cuando el niño le pregunta: "Seño, se tarda mucho en hacerse mayor?". 

Mientras tanto, la madre de Guille le escribe cartas y este se las aprende de memoria. Y todos los días se lo cuenta a una señora en el tranvía de camino al colegio. El padre trata con cierta rudeza a su hijo: "Pero mamá no está. Tienes que cambiar, Te tienes que acostumbrar*. Aunque el hijo le pregunta: "Si mamá ya no vuelve, ¿tú no te morirás?". Y un día Guille aparece en el colegio con un maratón en el ojo y dice que fue un golpe por el balón de rugby, deporte que práctica su padre, y quien no acepta que metan las narices en su vida: "Le está viendo la loquera del colegio". 

El relato avanza entonces como un drama con estructura de intriga: María debe ganarse la confianza del niño, interpretar sus imágenes y sortear la oposición de Manuel, que percibe su intervención como una intromisión en la intimidad familiar. La ausencia de la madre y el dolor no resuelto del padre configuran un hogar frágil, donde la incomunicación amenaza con agravar la herida del pequeño. 

La película no se limita al misterio de “qué le ocurre a Guille”. Su verdadero recorrido es doble: el niño necesita ser escuchado y protegido, pero Manuel también necesita reconocer su propio miedo, culpa y dolor. Porque al final se descubre la realidad y nada es lo que parece: porque las imágenes iniciales que veía Guille en el aeropuerto en realidad era un duelo bloqueado del menor ante el fallecimiento de su madre en un accidente de avión, y las cartas las escribe el propio padre a su hijo. Y todo ello se resuelve con el uso de distintas claves: los dibujos como confesión (ese mapa de su mundo interior, con pequeños mensajes que los adultos habían pasado por alto), Mary Poppins como refugio (buscando en la fantasía una figura protectora y mágica a través de su “supercalifragilisticoespialidoso” para enfrentarse al dolor), y un padre que protege mal (porque lo hace desde el control, la evitación y la desconfianza hacia quien podría ayudarle). 

El desenlace de esta historia apuesta por una salida esperanzadora, centrada en la aceptación de la verdad y en la posibilidad de reparar vínculos. Y en la función escolar de Navidad sobre Mary Poppins confluye la verdad y la esperanza entre Guille, Manuel y María. Y quedan varias reflexiones para el espectador, no por conocidos dignos de ser reconocidos: que los niños hablan, aunque no con palabras; que el duelo requiere acompañamiento, no precipitación; que proteger no es silenciar; que la escuela actúa como red de cuidado; y que la fantasía no evade la realidad, pero la hace soportable. El universo de Mary Poppins permite a Guille elaborar aquello que aún no puede asumir racionalmente; la imaginación aparece como recurso psicológico y no como simple escapismo. 

Un hijo es una película aparentemente sencilla que no ofrece recetas, pero sí es una historia que nos permite reflexionar sobre la importancia de mirar de cerca, escuchar sin juzgar y acompañar sin invadir. Algo superfragilistoespialidoso…

 

sábado, 28 de marzo de 2026

Cine y Pediatría (846) “La niña de la cabra”, un cuento de amistad infantil

 

Ana Asensio es una actriz madrileña cuya trayectoria se ha desarrollado entre las teleseries y papeles de reparto en algunos largometrajes. Pero su mayor relevancia derivas de cuando dio el salto a la dirección (también como guionista) en la impactante ópera prima Most Beautiful Islands (2017), basada en hechos reales, su propia experiencia en Nueva York. Una sórdida película, muy diferente a su segunda obra como directora y guionista, La niña de la cabra (2025), un encantador cuento de amistad infantil en la periferia de Madrid a finales de la década de los ochenta, una historia de iniciación donde una niña vive su duelo, su despertar crítico y la fractura entre el mundo que le han contado y el que descubre junto a una amiga gitana y su cabra. 

Elena (Alessandra González) tiene 8 años y se prepara para la Primera Comunión justo después de la muerte de su abuela, figura afectiva clave. Hija única en una familia católica no prácticamente de clase media, la madre peluquera, el padre taxista, no bien avenidos por ese crudo día a día de salir adelante. “Tu abuela está en el cielo… Que se ha muerto”, le dice una vecina cuando pregunta por su abuela. Y al despertarse reza “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan, dos por los pies, dos por la cabecera y la Virgen María por compañera… Dios, no dejes que el diablo coja a mi abuela”. Y mientras tanto, en la catequesis el cura (Enrique Villén, con su particular estrabismo) les dice: “Los pecados son todo aquello que nos aleja de Dios”. Y Elena pregunta a su madre, sin obtener respuesta: “¿Y cuándo tomas la comunión eres una persona diferente?”. 

En ese contexto de confusión para su edad, donde Elena llega a discutir con una compañera de clase si el cielo existe o no, conocerá a Serezade (Juncal Fernández), una niña gitana de su misma edad que acompaña a su familia en esos espectáculo de música y cabra que se realizaban en las plazas de las ciudades. Serezade nunca se separa de su cabra Lola y vive en los márgenes, fuera de las normas y del imaginario “respetable” que rodea a Elena, quien percibe en la cabra un símbolo de la muerte o del más allá oscuro (idea que se nos subraya en una de las primeras escenas, cuando hace la visita escolar al Museo del Prado y le explican el cuadro de Goya conocido como “El Aquelarre”). 

A partir de esa breve amistad, la película sigue el punto de vista de Elena mientras observa el racismo cotidiano hacia Serezade, el clasismo entre vecinos y familiares, y las respuestas rígidas de la religión a sus preguntas sobre muerte, cielo o culpa. El relato es sencillo en la superficie (un verano, una comunión, una amistad), pero funciona como un viaje emocional y simbólico donde cada pequeña aventura (escapadas, conversaciones, rituales) hace que la niña cuestione si el mundo es realmente como se lo han explicado los adultos. Las conversaciones entre ellas incluyen temas también trascendentales como cuando Elena le refiere eso de “Todos nos vamos a morir e iremos al cielo o al infierno”, y Serezade le contesta: “Pero los gitanos, no”. Hasta que llega lo que era de esperar: “Mis padres no me dejan estar contigo”. 

El recurso de estas películas de época es situarnos en aquel año 1998 a través de las distintas referencias que muchos recordamos con la nostalgia del tiempo: así en la televisión oímos noticias del secuestro de Emiiano Revilla, aparece “El Pirri”, prototipo de aquel cine quinqui tan propio de la década de los 80; y suenan canciones como “Made in Spain, la chica que yo quiero” de la Década Prodigiosa y “No controles” de Olé, Olé. 

Sí es cierto que el tercio final de la historia es menos creíble, e incluye imágenes oníricas algo bueñuelianas de Elena en globo y cruzando el arco iris, con referencias a la muerte de la abuela y la imagen de la cabra Lola. Y así llegamos al día de su comunión. Y la familia gitana de Serezade se desplaza a otro lugar donde le han concedido un piso y tiene que vender la cabra. “Esa es la última vez que vi a Serezade. El espectáculo de la cabra desapareció de las plazas de Madrid. Y quizás Serezade y su mundo nunca existieron”, es la voz en off de una Elena adulta, cuya voz lo pone la propia directora. 

El trabajo con las dos preciosas niñas debutantes –Alessandra González y Juncal Fernández – es uno de los grandes aciertos: su relación se siente orgánica, casi documental, y la crítica ha destacado cómo sostienen el peso del film con una mezcla de fragilidad y espontaneidad que vuelve creíbles las escenas cotidianas. Y bajo su envoltorio de “cuento de amistad infantil”, la película articula varias líneas de reflexión: 1) el duelo y muerte en clave infantil (sus dudas sobre qué es el cielo, dónde está realmente la abuela y qué sentido tienen los rituales, allí donde el duelo infantil es una mezcla de dolor, curiosidad y juego, donde perciben las ausencias con una lucidez que descoloca a los mayores); 2) el papel de las religión, la culpa y Primera Comunión (su amistad con Serezade y el impacto de la muerte hacen que empiece a percibir las grietas entre el discurso de la Iglesia y la realidad social que ve); 3) el clasismo y los racismo cotidianos (porque en la época de la película eran evidentes las diferencias entre la niña paya de barrio ordenado frente a la niña gitana asociada a pobreza, suciedad o peligro, con la cabra como emblema de “lo que no debe estar aquí”); 4) la infancia como espacio de resistencia, donde Elena observa, pregunta, imagina y se rebela con pequeñas desobediencias (escaparse, hacer preguntas incómodas, creer en sus propios juegos y símbolos) y es a través de la cabra, imagen de lo que no encaja en las normas, donde descubre nuevas formas de entender la vida y la muerte. Porque La niña de la cabra defiende que mirar el mundo desde la niñez no es simplificarlo, sino señalar las contradicciones que los mayores han aprendido a no ver. 

La amistad infantil es un pilar fundamental para el desarrollo emocional, social y cognitivo de los menores, actuando como "campo de entrenamiento" para habilidades vitales que perduran en la adultez. Sus beneficios son claros, tanto en la esfera del desarrollo psicoemocional (regulación de emociones, práctica de la empatía, negociación de confictos,…) como en la autoestima y resiliencia. Y La niña de la cabra se suma ya a otros simbólicos títulos ya volcados en Cine y Pediatría, como las películas estadounidenses E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), Que nada no separe (Peter Horton, 1995) y Un puente hacia Terabithia (Gábro Csupó, 2007), las películas francesas Adiós, muchachos (Louis Malle, 1987) y El principito (Mark Osborne, 2015), las películas belga Aves de paso (Olivier Ringer, 2015) y Close (Lukas Dhont, 2022), las películas japonesas Quiero comerme tu páncreas (Shin'ichirô Ushijima, 2018) y Monstruo (Hirokazu Koreeda, 2023), la película mexicana El niño y el muro (Ismael Rodríguez, 1965), la sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008), la brasileña Mi planta de naranja lima (Marcos Bernstein, 2012), la islandesa Heartsone, corazones de piedra (Guðmundur Arnar Guðmundsson, 2016), la ucraniana Antón, su amigo y la revolución rusa (Zaza Urushadze, 2019), la italiana Las ocho montañas (Felix Van Groeningen, Charlotte Vandermeersch, 2022),… por citar algunas. Porque la amistad es un tema universal y necesario.            l 

 

sábado, 24 de enero de 2026

Cine y Pediatría (837) “La súplica de una madre” ante la orfandad por sida de su hijo y sus fases del duelo

 

Conocimos a la bella actriz Linda Hamilton por su icónica interpretación de Sarah Connor en la saga Terminator, que catapultó su carrera a la fama mundial, entre ellas las dos películas dirigidas por James Cameron (más adelante se convertiría en su marido): Terminator (1984) y Terminator 2: El juicio final (1991), más la secuela posterior Terminator: Destino oscuro (Tim Miller, 2019). Junto a otros papeles en cine de acción y drama, quizás su papel más diferencial es el que realizó en el telefilm La súplica de una madre (Larry Elikann, 1995), donde interprete a una madre viuda, Rosemary Holmstrom, que al ser diagnosticada de sida debe decidir qué será de su hijo de 12 años, T.J. (Noah Fleiss), cuando ella muera, convirtiendo la organización de su ausencia en su último acto de cuidado materno. 

En las dos últimas semanas hemos podido revisar distintas miradas del sida en la adolescencia: Girl, Positive ((Peter Werner, 2007), Three Months (Jared Frieder, 2022) y Romería (Carla Simón, 2025). Y hoy lo hacemos con esta película, un drama ficticio inspirado en los miedos y realidades del VIH en la década de los 90 en Estados Unidos, epicentro del sida, y se centra en la relación madre‑hijo, el estigma del VIH y el sistema de acogida/adopción, con una interpretación central de Linda Hamilton que fue nominada al Globo de Oro. 
Falta URL de Romería 

Un diagnóstico inesperado de infección por VIH/sida irrumpe la vida de Rosemary, una enfermedad transmitida a través de su marido, usuario de drogas por vía parenteral y quien contrajo el virus y se lo transmitió vía sexual a su esposa sin que ella lo supiera. Un diagnóstico que en aquella primera década del sida implicaba asumir que moririría antes de que su hijo llegue a la adultez, por lo que su prioridad se vuelve encontrar una familia adoptiva “adecuada” para T.J., ya que no cuenta con familiares capaces de hacerse cargo. 

Lo más destacado de esta película es cómo traza la evolución emocional de esta madre y que sigue las etapas clásicas del duelo ante un diagnóstico terminal de sida: desde la negación inicial hasta una aceptación altruista centrada en el futuro de su hijo, una progresión no solo humaniza el impacto del VIH, sino que resalta la resiliencia materna en contextos de vulnerabilidad extrema. 

- Etapa inicial: Negación y rabia. Rosemary recibe el diagnóstico de VIH/sida como un golpe inesperado, respondiendo con incredulidad y rechazo visceral a la noticia médica. En esta fase, se muestra aislada emocionalmente, ocultando la verdad a T.J. y luchando sola contra síntomas incipientes como fatiga y debilidad, lo que refleja miedo a la estigmatización social de la época. La rabia emerge en confrontaciones con recuerdos de su difunto esposo, culpándolo implícitamente por la transmisión, y en arrebatos de frustración por la precariedad económica que agrava su vulnerabilidad. 

- Etapa intermedia: Negociación y planificación. Acepta gradualmente la realidad al confrontar el deterioro físico, canalizando su energía en buscar una familia adoptiva ideal para T.J., transformando el dolor en acción práctica. “Si tienes sida, ¿qué pasará conmigo?”, le pregunta a su madre. Esta etapa muestra vulnerabilidad en entrevistas con posibles padres, donde evalúa no solo estabilidad material sino calidez emocional, revelando su miedo a dejar a su hijo en manos inadecuadas. El proceso de entrevistas con posibles padres adoptivos, servicios sociales y parejas candidatas se convierte en el eje dramático: aparecen momentos de ternura y culpa materna, como cuando T.J. percibe cambios y reacciona con rebeldía, forzándola a negociar internamente entre apego y desapego. “Lo único que me importa es que mi hijo esté bien cuando yo no esté”, nos dice. Aparece incluso la madre en programas televisivos, como representación de las miles de madres que en ese momento – y en aquella época – se enfrentaban a lo peor con respecto a sus hijos. 

- Etapa final: Aceptación y sacrificio. Rosemary alcanza una aceptación serena al consolidar el vínculo con los Walker, priorizando la felicidad futura de T.J. sobre su presencia, culminando en un traspaso emocional liberador pero desgarrador. Su evolución culmina en escenas de debilidad física extrema donde, pese al dolor, irradia paz al ver a T.J. adaptarse, simbolizando un amor que trasciende la muerte: “Siempre será mi madre, mi única madre. Pase lo que pase”. En esta fase se subrayan temas de resiliencia y legado, invitando a reflexionar sobre cómo el cuidado materno redefine la supervivencia ante enfermedades terminales.  Se nos describe al final que Rosemary Holmstrom en Nueva York en el año 1991, tenía 36 años (por lo que se nos presenta como una historia basada en hechos reales, aunque no una biografía estrictamente documental).

Es La súplica de una madre un telefilm emotivo y que plantea un buen debate para visionar que el sida no es solo una enfermedad, sino un dispositivo social que genera orfandad, estigma y exclusión, y frente al cual se reclama compasión y responsabilidad comunitaria. Temas que se abordan son: la importancia del cuidado materno frente a la enfermedad (pues la identidad de Rosemary no se agota en ser “paciente con sida”, porque ante todo es madre y la protección de su hijo es su mayor objetivo); la inocencia de muchos afectados (porque se evidencia cómo muchas mujeres y niños contrajeron VIH sin haber participado en conductas de riesgo directas, lo que cuestiona las narrativas moralizadoras que asociaban el sida a “culpa” individual); la importancia de los sistemas de protección (adopción y acogida); y la visibilización del impacto del sida en la vida cotidiana, porque más allá del hospital y la clínica, se muestran efectos en la escuela, el vecindario, las relaciones sociales y familiares. 

Por ello, este telefilm de la productora estadounidense MCA Television Entertainment nos permite reflexionar sobre el sida como fenómeno social (que invita a pensar el sida no solo como patología, sino como proceso social que genera pobreza, orfandad y exclusión), sobre la maternidad en contextos de vulnerabilidad (lo que implica decisiones extremas y que cuestiona la idealización de la madre omnipresente y eterna), sobre el duelo anticipado en la infancia (como un retrato de la elaboración del duelo ante enfermedades terminales de los progenitores en edades tempranas) y sobre el estigma y la ética del cuidado (frente a los discursos de miedo y discriminación propios de aquella época en la que se enfoca esta historia, la película propone una ética basada en la compasión, la responsabilidad y la dignidad). 

Y terminamos con una cifra escalofriante. Porque es posible estimar el número de niños huérfanos por sida (definidos como aquellos que perdieron a uno o ambos padres por causas relacionadas con VIH/sida), gracias a datos históricos de organizaciones como UNICEF y UNAIDS que han realizado seguimiento global desde los años 90. Estas cifras acumulan alrededor de 14 millones a lo largo de la epidemia, de los cuales más de 10 millones se concentran en África subsahariana, aunque han disminuido drásticamente gracias a tratamientos antirretrovirales. Y un buen ejemplo de ello nos lo demostró la película Yesterday (Darrell James Roodt, 2004). 

 

sábado, 18 de octubre de 2025

Cine y Pediatría (823) “Wolfgang”, extraordinaria la neurodiversidad y la música



Una feel good movie es un término en inglés (traducible como película agradable, reconfortante, o que te hace sentir bien) que se usa para describir a aquellas películas cuyo principal objetivo es generar sentimientos de alegría, optimismo y bienestar en el espectador. Y ello pese al tema que se trate. Y baste recordar alguno de los títulos ya tratados en Cine y Pediatría que pueden encuadrase como feel good movie: ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), Mejor… imposible (James L. Brooks, 1997), Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), Tiempos de azúcar (Juan Luís Iborra, 2001), Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006), El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007), Juno (Jason Reitman, 2007), The Blind Side (Un sueño posible) (John Lee Hancock, 2009), Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011), Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012), Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012), Las ventajas de ser un maginado (Stephen Chbosky, 2012), The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013), El camino de vuelta (Nat Faxon y Jim Rash, 2013), La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014), Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014), Boyhood (Momentos de una vida) (Richard Linklater, 2014), St. Vincent (Theodore Melfi, 2014), Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), Yo, él y Raquel (Alfonso Gómez-Rejón, 2015), Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016), Sing Street (Jorn Carney, 2016), La vida de Calabacín (Claude Barras, 2016), Lady Bird (Greta Gerwing, 2017), El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017), Wonder (Stephen Chbosky, 2017), Mentes brillantes (Thomas Lilti, 2018), Familia al instante (Sean Anders, 2018), Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), CODA: Los sonidos del silencio (Sian Heder, 2021), La brigada de la cocina (Louis-Julien Petit, 2022), La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), entre otras.

Y hoy llega una reciente feel good movie española, que nos acerca a la neurodiversidad y la música: Wolfgang (Extraordinario) (Javier Ruiz Caldera, 2025), adaptación de la novela homónima de Laia Aguilar. Y que marca un giro del director, conocido más por sus obras en tono de comedia (Spanish Movie, 2009; Promoción fantasma, 2012; Anacleto, agente secreto, 2015; Superlópez, 2018) y que hoy nos dirige a esta "dramedia" familiar reconfortante. Y donde la historia se centra en Wolfgang (interpretado por Jordi Catalán), un niño de 10 años con altas capacidades y trastorno del espectro autista (TEA). Su vida, marcada por la estricta rutina y su prodigioso talento para el piano, se ve drásticamente alterada tras la repentina muerte de su madre. Wolfgang se ve obligado a mudarse a Barcelona para vivir con su padre, Carles (Miki Esparbé), a quien no conoce en absoluto. Carles es un actor bohemio, desorganizado e inmaduro, que contrasta totalmente con la mente metódica y ordenada de su hijo. El conflicto principal surge del choque entre estos dos mundos: Wolfgang no soporta el caos de su padre, su desorden ni su desorganización y lo considera un “bajocien” por su falta de intelecto. Es por ello que, en secreto, planea conseguir una beca para la prestigiosa academia de música Grimald de París (donde estudió su madre) para convertirse en el mejor pianista del mundo y escapar de su nueva realidad. 

“¿De verdad tengo que vivir con este señor?”, le dice Wolfgang a su abuela cuando conoce a Carles y llegar a confirmar que son tan diferentes: el caos frente al orden. Wolfgang tiene su libreta donde apunta todo: “Lista de cosas inútiles: echarse la siesta, leer novelas, dar besos y abrazos, practicar deportes, comer chicles, pasar la tarde en un centro comercial, los parques de atracciones, bailar,…” a lo que añade tras su primer contacto “… un padre”. 

Carles afronta el reto de la paternidad tardía con voluntad, pero sin las herramientas emocionales o la experiencia necesaria, lo que lo lleva a un "curso exprés" de crecimiento personal y gestión emocional. Cuando Carles le explica a un amigo que su hijo no es como los otros niños, que tiene TEA, aquel le dice: “TEA, TDA, TOC, ahora todos los críos están diagnosticados con una cosa de estas. Pero por muy Asperger que sea, ¿cómo vas a explicarle que no te hayas ocupado de él todo este tiempo?” 

El dilema de Carles se intensifica al tener que elegir entre una importante oportunidad profesional como actor y convertirse en el padre que su hijo, con sus necesidades especiales, requiere. Y sigue escribiendo en su libreta: “Cosas absurdas que me ha propuesto Carles: ir al teatro, jugar a fútbol, pasear en bici,…”. Y la profesora le explica al padre: “Claro, va dos cursos por encima de lo que le toca. Al hacerle las pruebas de inteligencia, le salió un coeficiente de 152. Piense que usted y yo seguramente no pasamos de 95 o 100. Intelectualmente, Wolfgang está muy por encima de sus compañeros, pero a nivel emocional y social todavía tiene que trabajar mucho. Tener un alumno con altas capacidades y autismo representa un desafío único para maestros y familias. Por eso es importante que todos veamos la situación de la misma forma”. (Por cierto, al registrar esta conversación se habla de “coeficiente intelectual”, denominación errónea según la RAE, pues debe denominarse como “cociente intelectual”). En el camino, cuando Wolfgang se pone nervioso se tapa los oídos y cuenta números primos, mientras prepara su audición con Mia (Anna Castillo”, quien le descubre que siempre realiza listas negativas y le anima a que escriba listas positivas de las personas o las cosas. 

La historia avanza con divertidas escenas. Y al final entendemos la causa del fallecimiento de la madre y resulta terapéutico. Y como buena feel good movie, todo se soluciona entre padre e hijo. Incluso tiene el cameo del directo J.A. Bayona… Y una nota personal: parte de esta película está grabada en el Colegio Alemán de Esplugas de Llobregat, donde pasé mi infancia, y donde también se grabó el film De mayor quiero ser soldado (Christian Molina, 2010).  

Wolfgang (Extraordinario) no pasará a la historia como una feel good movie inolvidable, pero si es una película rica en reflexiones sobre las relaciones humanas, la diferencia y el crecimiento personal. Una película que acepta e integra la neurodiversidad, a través del TEA de Wolfgang, tratado con respecto, rigor y humanidad, enfatizando que su singularidad no es un defecto, sino parte de su identidad, con la que cabe empatizar en el contexto familiar y educativo. Y cuya historia, en esencia, es un viaje paternofilial, donde Carles aprenderá que la paternidad es un acto de maduración y sacrificio, y donde se nos refuerza la idea de las segundas oportunidades y la posibilidad de la reconciliación familiar. También aborda el duelo (por la pérdida de la madre) y el valor terapéutico de la música como vehículo para expresar y procesar el dolor. En resumen, una “dramedia” que, aunque utiliza una fórmula amable, logra hacer un retrato sensible y profundo sobre la crianza de un niño fuera de serie, la superación del dolor y el redescubrimiento del vínculo familiar.

 

miércoles, 1 de octubre de 2025

Terapia cinematográfica (16). Prescribir películas para entender el duelo por la muerte de un hijo

 

Para unos padres, la muerte de un hijo no es solo la pérdida de un ser amado; es la aniquilación de un futuro, la desintegración de una parte de su propia identidad y un cuestionamiento profundo de sus creencias más arraigadas. Es un hecho que altera el orden natural de la vida y, aunque siempre es una experiencia muy dolorosa, también hay diferencias entre un fallecimiento esperado en la infancia o adolescencia de un hijo (cuando procede de una enfermedad grave o terminal) y un fallecimiento intempestivo (por accidente, homicidio, suicidio, etc.). Sea como sea, las implicaciones son vastas y multifacéticas: crisis de identidad ( la identidad de "padre" o "madre" queda suspendida en un vacío), fractura en la pareja, aislamiento social, impacto en la salud mental y física y crisis existencial. 

Y aunque popularmente se conocen estas cinco fases del duelo de Elisabeth Kübler-Ross, en el duelo parental este proceso es mucho más complejo, caótico y, sobre todo, no lineal. Las fases se solapan, se repiten y su intensidad varía enormemente de una persona a otra: shock y negación, ira y culpa, negociación, desorganización y desesperación, reorganización y aceptación. 

La muerte de un hijo o una hija es una de las experiencias más devastadoras que puede enfrentar un ser humano. Y las películas que abordan la muerte de un hijo nos invitan a ser testigos de este viaje desolador. Al adentrarnos en estas historias, no solo exploramos el dolor ajeno, sino que también reflexionamos sobre nuestra propia capacidad para amar, perder y, en última instancia, encontrar un nuevo significado en medio de la más profunda oscuridad. Y desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales alrededor del duelo por la pérdida de un hijo o hija. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Un grito en la noche (Everything Put Together, Marc Foster, 2000), para adentrarnos en las consecuencias del síndrome de muerte súbita del lactante. 

- La habitación del hijo (La stanza del figlio, Nanni Moretti, 2001), para reconocer las fases del duelo en una familia que acaba de perder a su hijo adolescente en un accidente deportivo. 

- Los secretos del corazón (Rabbit Hole, John Cameron Mitchell, 2010), para visualizar cómo un matrimonio trata de salir de la madriguera del dolor tras la muerte de su hijo de 4 años en un accidente de automóvil. 

- Alabama Monroe (Felix Van Groeningen, 2012), para hacernos recordar que, no pocas veces, la pérdida del hijo rompe el círculo del amor familiar y nos tatúa el corazón. 

- Más allá de las palabras (Louder Than Words, Anthony Fabian, 2013), para reconocer a esos padres coraje que de un mal hacen un bien, de forma que sus actos y hechos son la mejor memoria de la hija fallecida. 

- Mass (Fran Kranz, 2021), para viajar en busca de respuestas entre los traumas del duelo por la pérdida del hijo y la salvación del perdón. 

- Una estrella fugaz (Ignasi Guerrero, Arturo Méndez, 2024) , para adentrarnos en las vivencias y secuelas de la muerte perinatal alrededor de una UCI neonatal. 

Siete películas argumentales para acompañar en el duelo a estos padres y familiares en distintos escenarios en que se produce la muerte del hijo, bien sean situaciones esperadas por una enfermedad o situaciones inesperadas por un accidente. Siete oportunidades para intentar trascender a la pérdida y llegar a modelar las aristas del duelo. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro. 

sábado, 5 de abril de 2025

Cine y Pediatría (795) “Una estrella fugaz” alrededor de la UCI neonatal

 

Son ya varias las películas comentadas en Cine y Pediatría que vinieron precedidas de conocer a sus directores y de asistir a la presentación de sus películas en el Festival Internacional de Cine de Alicante: Novatos (Pablo Aragües, 2015), una película que aboga por la tolerancia cero frente a las novatadas en las universidades españolas; La historia de Jan (José Bernardo Moll, 2016), una bella historia real contada por los padres de un niño con síndrome de Down con el objetivo de normalizar la diversidad de las capacidades de las personas; y Jóvenes invisibles (Isabel Gemio, 2018), película documental que aboga por hacer visible lo invisible alrededor de las enfermedades de baja prevalencia. Y algo similar ocurre con la película que hoy nos atañe, Una estrella fugaz (Ignasi Guerrero, Arturo Méndez, 2024), una película documental alrededor de Pep, el hijo de Ignasi y Ágata, en lo que es un viaje emocional alrededor de las vivencias en una unidad de cuidados intensivos (UCI) neonatal. Una película que no se pudo estrenar en los cines de todas las provincias de España y que busqué con anhelo, y que encontré tras a conocer a Ignasi y Ágata en la entrega de los 30 Premios Zapping, la fiesta de la comunicación audiovisual en Cataluña.    

Es Una estrella fugaz una película conmovedora y necesaria que nos recuerda la importancia de la vida, el amor y la esperanza que brota cada día entre las paredes de una UCI neonatal, con esa comunión entre profesionales sanitarios, padres, familiares y esos recién nacidos enfermos. Una historia que es una catarsis sobre la pérdida, útil para todos, padres y profesionales sanitarios que viven estas experiencias en las UCI neonatales en los hospitales de toda España y todo el mundo, pero también para el público en general que no conozca de primera mano estas vivencias. A los que somos pediatras y, como en mi caso, hemos ejercido la neonatología, nos toca de frente. Un tema poco habitual y por ello, en el año 2011, y en el marco del Día Europeo del Niño Prematuro, creamos el vídeo “Nuestros prematuros, mucho más que estrellas de cine” en donde queríamos compartir ese mundo lleno de vida entre monitores, bombas de infusión, vías, ventiladores y otras máquinas sofisticadas y que es tan poco conocido, allí donde se curan y cuidan a los pacientes más frágiles de un hospital.  

“Pep murió cuando tenía 4 meses de vida, ahora hace 7 años. Ahora Ágata vuelve a estar embarazada y supongo que por eso he vuelto atrás en el tiempo. Y he recordado todos esos meses en los que estuvimos al lado de Pep, cuando estaba rodeado de cables y máquinas que le ayudaban a vivir. Después de todos estos años, creo que por fin estoy preparado para poder contar su historia. Es la tercera vez que lo intento y creo que esta vez lo conseguiré”. Con esta reflexión de Ignasi, el padre y codirector de la película, comienza Una estrella fugaz, un documental de 84 minutos que mezcla, de una manera dinámica e imaginativa, escenas reales con escenas de animación. 

Porque Ignasi y Ágata esperaban entonces a su segundo hijo, Pep, y durante el embarazo descubren que tiene una cardiopatía congénita y síndrome de Down. A pesar de las dificultades, Pep nace y lucha por sobrevivir durante cuatro meses. El documental sigue a la familia a través de este difícil período, mostrando su amor y dedicación por Pep, así como la esperanza y la fortaleza que encuentran en medio de la adversidad. Y es en el blog “Las orejas de Tití” en el que la madre expresaba sus vivencias, y parte de su contenido queda reflejado en su presentación: “Me llamo Ágata, tengo 35 años y vivo cerca de Barcelona. Estoy casada con Ignasi y soy madre de seis hijos preciosos: Ignasi (2013), Alegría (2015), Francesc (2019), Laura (2021), Miquel (2024) y Pep (2014), que ya está en el Cielo. Pep tenía Síndrome de Down y una cardiopatía compleja que no le dejó quedarse con nosotros mucho tiempo. Pero le tenemos siempre presente en nuestra familia y estamos orgullosos de que forme parte de nuestras vidas”. Y el post más leído de este blog precisamente se titula “Una estrella fugaz, un amor de verano”, que es la carta de despedida de Ágata a su hijo Pep, fallecido una semana antes  

El documental regresa a aquellos momentos y aquellas vivencias en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona. Allí donde Ignasi busca la historia clínica de su hijo, Pep Guerrero, y se entrevista de nuevo con quien fuera su pediatra referente, nuestro compañero neonatólogo, el Dr. Julio Moreno. Y tras regresar a esa UCI neonatal regresan sus recuerdos del lugar que fue el centro de sus vidas durante cuatro meses. Allí donde contactan con otros padres en situaciones similares de largos ingresos, y uno de ellos le da un buen consejo: “Cuidad de vuestro hijo, pero cuidaos también vosotros. Esto es muy duro y si no estáis bien los dos, tarde o temprano os pasará factura”. Y tampoco olvidan las palabras de otros padres que acabaron perdiendo a su hijo: “Muchas gracias a todos. Ahora os toca luchar a vosotros”. Y no solo retoman el contacto con aquellos padres con los que convivieron en la UCI neonatal, sino también con los profesionales que cuidaron a Pep, como la enfermera Sara, o ese comentario al cirujano cardiaco pediátrico, el Dr. José María Caffarena, quien operaba en jornadas interminables y nadie veía, quien tenía poco contacto con los padres, pero al que le debían muchas vidas. 

En la historia hay muchas declaraciones alrededor de aquella vivencia. Se nos narra que dieron de alta a Pep un 21 de agosto, pero poco después les comunican que hay que adelantar la nueva cirugía cardiaca para un mes después. La nueva cirugía fue bien inicialmente, pero de madrugada les avisaron para otra operación crítica por su coartación de aorta y acaba en ECMO, que esa técnica avanzada de soporte vital que se utiliza para bebés con insuficiencia cardíaca y/o pulmonar grave que no responden al tratamiento médico convencional. Y es cuando Ignasi rememora la torre de bombas de perfusión, el ruido de monitores, toda la instrumentación alrededor de su hijo rodeado de una pléyade de cables,…y sus pensamientos de entonces: “Ágata siempre dice que la fe te ayuda a vivir y te ayuda a morir. Pero yo solo quería que ayudara a Pep a vivir”, “Eran días de mucho cansancio. De dormir poco y llorar mucho. Ágata sufría muchísimo y yo sufría con ella”. Aunque, finalmente, tuvieron que decidir desconectar a su hijo de la máquina que le mantenía con vida, pues la situación clínica no permitía otra salida. Y en el recuerdo, años después, Ágata nos dice: “No solo pierdes a ese hijo y lo que has vivido con él, sino que pierdes todo lo que podría haber sido, toda la vida que ibas a tener con él. Y cada vez que te das cuenta de eso, cuesta”. 

Y en ese post de despedida en el blog “Las orejas de Tití” este mensaje tan esperanzador: “¡Gracias por ser tan agradecido! Cómo vamos a quejarnos por haberte perdido, con la suerte que hemos tenido de conocerte y quererte! Sólo nos queda dar gracias, porque nos has descomplicado la vida, nos has ayudado a ver las cosas con más fe y optimismo, has sido una luz en nuestras vidas. Breve pero intensa. Has sido una estrella fugaz que ha dejado un enorme rastro y nos has dejado a todos embobados en tu camino al Cielo. Nos has demostrado que toda vida puede ser bella a pesar de las complicaciones, sólo hay que tener fe en que las cosas pasan por algo, la vida tiene sentido. Tu corta vida tuvo sentido, nadie me lo puede negar. Fuiste un niño deseado, amado y cuidado y nos hiciste a nosotros un poco (o mejor, mucho) más felices. Ojalá mucha gente se dé cuenta de esto y muchos niños como tú puedan llegar a esta mundo, aunque sea para una estancia corta. Incluso con el dolor de haberte perdido tan pronto, puedo afirmar que soy feliz de haberte conocido y de haber luchado por ti. Y eso me acompañará toda mi vida. ¡Gracias Pep! Cuida de nosotros desde el Cielo”. 

Y los títulos de crédito finales se acompañan de la canción “Tu luz”, al piano Ignasi, el padre de Pep, y con la voz de Ágata, la madre de Pep. Porque esta película deja mucha luz para los momentos de oscuridad a los que se enfrentan los padres, madres y familiares que pierden un hijo en los primeros momentos de su vida. Esta es la esencia de esta pequeña gran película. Y como nos dice en su web promocional: “Queríamos enseñarte el mundo, pero fuiste tú el que nos lo enseñó”.

sábado, 25 de enero de 2025

Cine y Pediatría (785) “Tuesday”, un guacamayo viene a verme

 

La muerte de un hijo siempre es un camino de pérdida doloroso y un duelo complejo de llevar adelante. Desde Cine y Pediatría hemos sido partícipes de películas de muy diversa índole sobre este tema. He aquí algunos ejemplos: La decisión de Anne (Nick Cassavetes, 2009), Alabama Monroe (Felix Van Groeningen, 2012), Más allá de las palabras (Anthony Fabian, 2013) o Asia (Ruthy Pribar, 2020), para acercarnos a la pérdida de un hijo por enfermedad; La habitación del hijo (Nanni Moretti, 2001), El mejor (Shana Feste, 2009), Los secretos del corazón (John Cameron Mitchell, 2010), Tonio (Paula van der Oest, 2016), Madre (Rodrigo Sorogoyen, 2017), Tu hijo (Miguel Ángel Vivas, 2018), Desaparecida (Kim Farrant, 2019) o Mass (Fran Kranz, 2021), para acercarnos a la pérdida inesperada de un hijo por accidente o en situaciones no esperadas; o también la pérdida de un recién nacido al nacimiento en Fragmentos de una mujer (Kornél Mundruczó, 2020) o de un lactante por síndrome muerte súbita del lactante en Un grito en la noche (Marc Foster, 2000) y El amor y otras cosas imposibles (Don Roos, 2009). Pero también, de forma especular, algunas películas abordan el duelo de un hijo ante la enfermedad o fallecimiento de la madre, como es el caso de Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), Ponette (Jacques Dillon, 1996), Un monstruo viene a verme (Juan Antonio Bayona, 2016), o Petite Maman (Céline Sciamma, 2021).     

Y esta profusa reflexión al tema de la pérdida de un hijo es para introducir nuestra película de hoy, una película británica muy especial, el debut de su directora en el largometraje: Tuesday (Daina Oniunas-Pusic, 2023), una particular relación entre Tuesday, una adolescente en fase terminal de su enfermedad, su madre Zora y la muerte que les visita en forma de un pájaro de la familia de los guacamayos. Una original reflexión sobre el abordaje de la muerte y el duelo a través de este animal fantástico, y que sin duda es difícil no relacionar con la especial relación ente el niño Connor, su madre enferma y el anciano tejo que no viene a curar a la madre, sino a sanar al hijo, en la película española Un monstruo viene a verme. 

En la introducción se nos presenta a un pájaro parlante (cuya voz la pone el actor británico Arinzé Kene) de mal pelaje y algo inquietante, parecido a un guacamayo y que puede cambiar de tamaño (de gigante a diminuto), lo que le otorga un carácter fantástico y simbólico y que sirve como un puente entre la vida y la muerte. Así lo vemos en las escenas iniciales cuando visita a personas moribundas que musitan: “Tengo miedo. Tengo miedo. No quiero morir. No quiero morir. El no quería hacerme daño. De verdad que no”. Y enseguida se nos presenta a nuestra adolescente protagonista, Tuesday (Lola Petticrew), postrada entre la cama y su silla de ruedas, con bomba de oxígeno y gafas nasales y al cuidado de una enfermera domiciliaria. Allí donde llega nuestro guacamayo a visitarla y aunque ella le suplica “No me mates, por favor”, la contestación no deja duda: “Debo hacerlo”. Pero le pide que espere que su madre llegue a casa para despedirse, tiempo en el que establecen una particular relación, incluso con momentos de humor para rebajar el drama latente, como la secuencia en la cual la chica comparte marihuana con el loro o aquella otra en la cual el animal rapea junto a Ice Cube la letra de “It Was A Good Day”, “un clásico”, según la definición del visitante alado. 

Cuando regresa la madre, Zora (Julia Louis-Dreyfus), su hija le cuenta lo que va a ocurrir: “Mamá, sé que no puedes lidiar con esto. No estás preparada. Y no sobrevivirás. Debes dejar que te ayude”. Pero la madre no quiere hablar de ello, ni ahora ni nunca, pues ha creado un mundo paralelo a espaldas de su hija, pues no le contó que perdió el trabajo y pasa el tiempo fuera de casa en parques, y tuvo que vender todo el mobiliario del piso superior de la casa para sobrevivir y poder pagar a la enfermera, aunque esta le dice: “A Tuesday le gustaría pasar más tiempo con usted”. Ante la negación de la realidad, tiene que salir el pájaro a explicarle: “Señora, tiene que despedirse de su hija. La vida, toda vida, acaba. No podéis evitar mi llegada”. 

A partir de ahí se suceden una serie de hechos entre fantásticos e insólitos entre hija, madre y el guacamayo, donde la madre hace todo lo posible para que ese momento no llegue, y así se lo hace saber: “No sé qué soy sin ti. No sé cómo es el mundo si tú no estás en él. No tengo la menor idea. Y creo que por eso, no sé, tengo miedo. Estaba luchando por mi propia vida. Pero a ti te quiero mucho más que a mí. Y esta es tu vida y a partir de ahora haremos lo que te convenga a ti. Ya no tienes que soportar más dolor. Y ya no tienes que preocuparte más por mí”. Y se prepara para la despedida cuando el pájaro extiende sus alas sobre Tuesday. 

Pasado el tiempo regresa al guacamayo a visitar a Zora, pero solo para saber cómo está… y la madre le pide morir. “El caso es que, si existe el más allá, lo mejor sería que yo estuviera con ella, que cuidara de ella y estuviera con ella. Y si no existe el más allá, entonces ¿qué pinto yo aquí? Soy insignificante, de verdad. Por favor”. Y el pájaro le responde, mirando el amanecer por la ventana de la habitación de su hija: “Dios no existe. No según el concepto humano. Pero si existe el más allá. El eco que uno deja, su legado, su recuerdo. Eso es el más allá de Tuesday. Tu forma de vivirlo determinará como pervive ella”. 

La película Tuesday nos invita a reflexionar sobre la aceptación de la muerte y el proceso de duelo, utilizando metáforas visuales y elementos oníricos para explorar estas temáticas universales. La representación de la muerte como un pájaro parlante que interactúa con los personajes principales ofrece una perspectiva muy particular y multifacética. Porque el pájaro, en muchas tradiciones culturales y mitologías, se percibe como mensajero entre el mundo de los vivos y el de los muertos, y su capacidad para volar representa la conexión entre lo terrenal y lo espiritual. Quizás esos cambios de tamaño que experimenta pueda ser un reflejo de la naturaleza de la muerte: a veces abrumadora y otras, una presencia pequeña e íntima que susurra en momentos de soledad, y que también simboliza cómo las personas perciben la muerte de manera diferente según sus emociones y circunstancias. Lo dicho, en Tuesday, un guacamayo viene a verme… lo que ha generado opiniones divididas entre los críticos, con elogios por su originalidad y actuaciones, pero también críticas por su tono y ejecución. Diversidad de opiniones, como el sentimiento y emociones diversas ante la pérdida de un hijo.

 

sábado, 13 de julio de 2024

Cine y Pediatría (757) “Ponette”, duelo y resurrección

 

La historia del séptimo arte está sembrada de actores y actrices infantiles. Pequeños grandes actores que Hollywood ya nos regaló en su cine en blanco y negro, pero que nos sigue regalando en color. Y del que España no ha sido ajeno, y todo ello con sus luces y sus sombras de lo que supone la fama y los premios a tan temprana edad.    

Y entre las grandes interpretaciones infantiles cabe recordar las de Tatum O´Neal en Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973), Rick Schroeder en Campeón (Franco Zeffirelli, 1979), Anna Paquin en El piano (Jane Campion, 1993), Mara Wilson en Matilda (Danny De Vito, 1996), Andoni Erburu en Secretos del corazón (Montxo Armendáriz, 1997), Haley Joel Osment en El sexto sentido (M Night Shyamalan, 1999), Juan José Ballesta en El Bola (Achero Mañas, 2000), Jamie Bell en Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), Dakota Fanning en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), Abigail Breslin en Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), Ivana Baquero en El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Nerea Camacho en Camino (Javier Fesser, 2008), Quvenzhané Wallis en Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin, 2012), Waad Mohammed en La bicicleta verde (Haifaa Al-Mansour, 2012), Sofía Otero en 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023), entre otras muchas más.              

Pero lo que algunos críticos consideran la mejor interpretación infantil de la historia es la de la niña francesa Victoire Thivisol, quien con solo 4 años interpretó la película Ponette (Jacques Dillon, 1996) y por la que fue galardonada con la Copa Volpi (premio a mejor actor o actriz en el Festival de Venecia) más precoz. Pero la epopeya no es tanto por el premio, pues muchos otros niños han conseguido sendos Óscar, Goya u otros galardones por sus papeles, sino por la emoción permanente que supone ver a esta niña viviendo su personaje. Una niña que, como pasa en otras ocasiones, no tuvo una trayectoria sólida posterior en el séptimo arte, y solo se podría rescatar otra aparición de pequeña en Chocolat (Lasse Hallström, 2000), aunque una vez que llegó a la edad adulta, no se ha vuelto a dejar ver en la pantalla grande. 

Ponette es un desgarrador drama sobre esta niña de cuatro años que acaba de perder a su madre en un accidente de tráfico, en la que ambas viajaban juntas. Como su ausencia le resulta insoportable, la niña la llama, le habla, la espera y la busca. En su camino, Ponette vivirá una experiencia que los mayores no pueden entender, pero que le servirá para aceptar el hecho de la pérdida de su madre. Y todo ello con su omnipresente y angelical presencia con el antebrazo izquierdo escayolado y su muñeca Yoyotte, con sus preguntas, sus miradas, sus lágrimas y sus silencios. Una mirada infantil al duelo por la muerte de un ser querido (ni más ni menos que una madre) y la búsqueda de la resurrección. 

Tras salir del hospital acude con su padre al lugar del accidente y éste le dice: “¿Quieres prometerme una cosa? Que nunca te vas a morir”. Y ella le responde: “Puedo escupir para que no te mueras”. Queda al cuidado temporal con una joven tía viuda y sus dos primos, Delphine y Mathias. Destacan las conversaciones, casi metafísicas, sobre la vida, la muerte y la resurrección de estos tres pequeños, y así lo explican: “Ponette juega a esperar a su madre”. Y, aunque no la entienden, ella mira al cielo y demanda a su madre: “Ahora se han ido todos. Podrías venir. Podrías hacer el esfuerzo”. Y les dice a todos que su madre vuelve a verla todas las noches en sus sueños y que regresará volando. 

Ante esta situación que persiste en el tiempo, el padre de Ponette le habla con crudeza: “Dios no habla con los vivos. Dios es para los muertos… Debes volver al mundo conmigo, con tus primos y con los seres vivos. No te quitará la pena inventar historias”. Y en el colegio conoce a otros compañeros, entre ellos a Ada, la niña judía que lo sabe todo de Jesús y a la que pide consejo, pero también a algún compañero más cruel con sus sentimientos: “Cuando una madre muere es porque su hija ha sido muy mala, malísima ¿entiendes?”. Y es que también en la infancia se puede esperar todo, bueno y malo, por lo que nuestra protagonista llega a confesar: “Tengo ganas de desaparecer para siempre. Para ir a ver a mi madre”. 

Y es así como Ponette se constituye en un cuento tan cruel como maravilloso que se adentra en la muerte, el duelo y la religión a través de la humilde e inocente mirada de la infancia, con ese espíritu que tuvimos todos alguna vez en nuestro intento por comprender la vida. Y nuestra protagonista juega repitiendo la expresión “talitha qum”, las palabras que resucitaron a la hija de Jacob… y al final consigue ver a su madre (Marie Trintignant, hija del actor Jean-Louis Trintignant, la que, poco años después de esta película, tuvo una triste experiencia con su muerte), quien le trae un jersey rojo y un gran consejo, que repite a su padre: “Me ha dicho que aprenda a estar contenta”. Un final, antes del fundido en blanco, tan desgarrador y bello como la interpretación de Victoire Thivisol. Sin duda, ya, inolvidable (eso sí, para captar toda la esencia, es preciso ver la película en versión original, aconsejable siempre, pero más aquí) cuando llora, cuando reza o cuando se chupa el pulgar del brazo escayolado. 

Bendita infancia…, pero a veces con un cruel devenir.

 

sábado, 9 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (726) “Close”, tan cerca y tan lejos…


Entre los ya numerosos directores y directoras que ocupan un lugar especial en Cine y Pediatría por su especial vinculación a los alrededores de la infancia, adolescencia y familia (el japonés Hirokazu Koreeda, el español Montxo Armendáriz, el estadounidense Robert Mulligan, la francesa Céline Sciamma, los belgas Jean-Piérre y Luc Dardenne, el noruego Ruben Östlund, el canadiense Jean-Marc Vallée, entre otros) habría que ir sumando un nombre más. Hablamos del joven director y guionista belga Lukas Dhont, quien tras fajarse en cortometraje nos dejó una ópera prima maravillosa, Girl (2018), un milagro de sentido y sensibilidad para mostrarnos la transexualidad de su protagonista (fundamentada en una historia real, una adolescente que nació en el cuerpo equivocado) donde se muestra y no demuestra, donde se refleja pero no se reivindica. Y que ha regresado hace poco - y con estas mismas señas de identidad - en lo que es su segundo largometraje: Close (2022), película multipremiada y que incluyó su nominación por Bélgica para el Óscar a mejor película internacional (también lo hizo por Irlanda ese mismo año la película comentada la semana pasada, The Quiet Girl). 

Es Close la historia de amistad especial de dos adolescentes de 13 años, dos chicos angelicales, uno rubio, Léo (Eden Dambrine), el otro moreno, Remi (Gustav de Waele). Y tras ese verano luminoso en que fueron inseparables regresan a la escuela donde los prejuicios destruyen la amistad y algo más, y todo se vuelve oscuro. Una historia de amor en su forma más libre, como solo la infancia permite, pero que no aborda ninguna relación homosexual, sino una relación afectuosa entre varones, que resultó ser dulce y devastadora. Y donde tienen que afrontar las preguntas de los demás compañeros: “¿Estáis juntos? Me interesa porque para ser buenos amigos se os ve demasiado unidos”. Preguntas y dudas que afectan más a Léo que a Remi, con crueles murmullos entre los demás: “Me llamo Léo y soy marica”.

Y lo que era una feliz amistad de dos chicos y sus familias, acaba en una tragedia narrada con la contención, delicadeza, sutileza y autenticidad a la que su director ya nos acostumbró en Girl. Y Léo tiene que digerir lo ocurrido y su grado de culpa… y sus dudas: “¿Tú crees que le dolió?”. E intenta descargar su furia con ese nuevo deporte al que se ha apuntado, el hockey sobre hielo. Y todos sospechan lo ocurrido, pero es una sociedad en la que los conflictos se afrontan con educación y respeto. Incluida esa pregunta de la madre de Remi a Léo: "¿Qué pasó entre vosotros?”…, a la que él no contesta. Pero esa especial relación continúa cuando la va a visitar a casa y le pregunta: “¿Puedo ir a su cuarto?”. 

Solo cuando Léo lograr llorar es cuando comienza a soltar su rabia y sentimiento de culpa: “Le echo de menos… Fue culpa mía, lo rechacé”. Y el abrazo salvífico entre lágrimas de ambos, nos conduce a ese final donde nuestro protagonista nos mira a la cámara, cómo lo hiciera en su momento Antoine Doinel en Los cuatrocienteso golpes (François Truffaut, 1959) y luego también el niño protagonista de Mi mejor amigo (Ferit Karahan, 2021). Allí fue con el fondo del mar o de la nieve de Anatolia, aquí con un campo de flores. 

Una historia que cuenta con la contención de sus dos jóvenes actores debutantes, especialmente Edén Dambrine, sobre el que recae todo el peso de la historia, y con el que sentimos esa asepsia emocional de un preadolescente que le cuesta seguir adelante y cuya vida se ha puesto en pausa. Muy bien acompañados por las actrices Emilie Dequenne, como madre de Remi, a quien recordamos en aquel otro gran debut que tuvo de adolescente como protagonista de la película Rossetta (Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, 1999) y que le valió el premio de Cannes a mejor actriz; y por Léa Druker, como madre de Léo, y a quien recordamos como la protagonista de Custodia compartida (Xavier Legrand, 2017), otra historia contundente alrededor de las custodia de los hijos en los matrimonios separados.  

Es Close una película que nos transporta, con su giro de guion, a una de las experiencias más personales, sentimentales y dolorosas del año, y ello entre paseos en bicicleta, campos de flores, hockey sobre hielo, susurros y culpabilidad. Una obra sencilla en apariencia, noble en su propuesta, profunda en la indagación de la psicología de sus personajes, y que viene a remarcar el saber ser y estar del cine en francés, en general, (ojo, Close es bilingüe, en francés y en flamenco, razón de más para ver en versión original), y del cine belga en particular. Y baste recordar Un pequeño mundo (Laura Wandel, 2021), con el que tiene también algunos puntos de contacto por esa crueldad que se deriva de los patios de recreo. 

Y con Close nos sentimos tan cerca de sus personajes y deseamos sentirnos tan lejos de esa experiencia. Es la dualidad que nos devuelve el buen cine. Porque parece que las normas de la amistad adolescente masculina tiene unos códigos diferentes a los de la amistad femenina. Y Girl y Close son dos películas de Lukas Dhont ancladas en la pubertad sobre cómo la mirada ajena repercute en la construcción de nuestra identidad. 

 

lunes, 13 de noviembre de 2023

Grupos de Apoyo al Duelo Perinatal

 

El 15 de octubre se celebra el Día internacional de las Pérdidas Gestacionales y Neonatales. Un día simbólico para el recuerdo a los niños que murieron antes de nacer o quienes perdieron la vida prematuramente. También rinde homenaje a las familias que han sufrido esta pérdida, en lo que es un dolor silencioso. 

Porque la pérdida de un hijo es una muerte antinatural para la que nadie está preparado y produce un gran impacto emocional y mental. Las madres y parejas que lo han sufrido tienen un alto riesgo de duelo complicado y es una de las principales causas de sufrir estrés postraumático. Un tema sobre el que ya hemos hablado hace una década, cuando nos sumábamos a romper el silencio frente a este duelo, que existe, debe ser conocido y debemos formarnos para apoyarlo. Porque en España se estiman más de 3.000 muertes perinatales-neonatales y más de 83.00 abortos espontáneos anuales.  

Y por ello los Grupos de Apoyo al Duelo Perinatal son importantes, equipos formado por un equipo multiprofesional (matronas, enfermeras, ginecólogos, neonatólogos, psicólogos, etc.) que trabaja para ofrecer una buena atención, acompañamiento y seguimiento de estas pérdidas y para visibilizar su importancia. Porque el duelo perinatal sigue siendo un tema tabú, de hecho, es un proceso que tiende a ser invisibilizado, lo cual no se ajusta a la realidad social. 

Y en ese sentido, la semana pasada se organizó en el Hospital General Universitario Dr. Balmis de Alicante una reunión intensiva con cuatro mesas redondas: Interrupción de embarazo, Proyecto brazos vacíos, Vivencias de duelo perinatal, Despedida del bebé ¿y después qué? 

Porque todo esfuerzo es poco para la humanización de la atención en la muerte perinatal (aquella que ocurre entre las 22 semanas de gestación y los 7 primeros días del bebé) y neonatal (muerte del bebé dentro del periodo que va desde el nacimiento hasta los 28 días después de este). Y sobre ello hace poco nuestras EIR (enfermeras internas residentes) realizaron una sesión formativa, pues vale la pena aprender el valor de formarse en este tema desde el principio. 

Y en este sentido cabe recordar que ya hay información relevante, como este Manual de acompañamiento en el duelo perinatal para profesionales, realizado por profesionales de varios hospitales de Barcelona.
 

miércoles, 18 de enero de 2023

Humanización de la atención en la muerte perinatal y neonatal


Hace justo 10 años publicábamos un post en este blog titulado “Rompamos el silencio: apoyando el duelo por la muerte gestacional y perinatal”. Y ello porque la muerte de un hijo durante el embarazo, durante el parto, al poco tiempo de nacer o por interrumpir un embarazo por incompatibilidades con la vida es una de las experiencias más duras y menos esperadas que tienen que vivir unos padres. Todos los planes que tenías para el futuro con tu bebé desaparecen en un instante y lo que queda es un vacío que parece que jamás se llenará. Nadie puede vivir por ti este momento tan doloroso que te ha tocado, pero algunos grupos españoles (como "Umamanita" o "Petits amb llum") apoyan estos momentos.    

Las estadísticas señalan que según datos aportados por diversos organismos, en España se estiman más de 3.000 muertes perinatales-neonatales y más de 83.00 abortos espontáneos anuales. Por ello hoy quiero compartir esta sesión realizada por las residentes de enfermería (EIR) de nuestro Hospital General Universitario Dr. Balmis de Alicante y que tiene dos objetivos: 1) describir las intervenciones más apropiadas para humanizar la asistencia de los profesionales sanitarios a las familias que sufran la pérdida de un hijo en el periodo neonatal; y 2) proporcionar a los profesionales sanitarios los conocimientos básicos sobre la muerte perinatal y neonatal, concienciar sobre la importancia del papel de los profesionales en la elaboración del duelo y dar seguridad a los profesionales proporcionándoles un instrumento de apoyo en situaciones de este tipo. 

Una sesión que os invito a revisar (la compartimos debajo), pues abordar aspectos muy prácticos como la habitación de despedida, cómo manejar la comunicación verbal y no verbal en estas situaciones, las frases a usar y las frases que evitar, qué hacer y qué no hacer, los cuidados del bebé y la caja de recuerdos, la posibilidad de donación de leche materna, los grupos de apoyo a los padres y también el cuidado emocional del profesional. 

Enumeramos las conclusiones de esta interesante sesión clínica: 
- En los últimos años se está adquiriendo una mayor sensibilización, han aumentado los estudios y las medidas y planes con el objetivo de mejorar la humanización en la atención del duelo perinatal y neonatal. 
- Los profesionales sanitarios jugamos un papel fundamental durante este proceso proporcionando disponibilidad, apoyo emocional y respondiendo a las necesidades físicas, emocionales, psicosociales y espirituales del recién nacido y su familia mediante la creación de un entorno confortable y la humanización de los cuidados. 
- Es necesario la formación de los profesionales sanitarios en el acompañamiento a familiares durante la muerte perinatal o neonatal y apoyo al personal sanitario tras este tipo de situaciones.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (669) Cuando menos es ”Mass” en busca de respuestas entre el duelo y el perdón

 

La ópera prima de Fran Kranz (como guionista y director) pone a dos parejas de adultos frente a frente en un ambiente minimalista de un cuarto, en la que basta una mesa y cuatro sillas para que la película nos transporte a casi dos horas de diálogos cruzados en lo que es una gran película y un gran descubrimiento fílmico en unos años pandémicos de profunda sequía de buenas películas. La película lleva por título Mass (Fran Kranz, 2021) y se constituye en un encuentro terapéutico para que estos dos matrimonios intenten seguir adelante con sus vidas en una montaña rusa de emociones que vamos descubriendo a medida que transcurre el metraje y donde sus vidas familiares se han visto destruidas tras una devastadora tragedia, ya no infrecuente en una sociedad como la estadounidense. Es por ello que esta película navega por temas como la culpabilidad, la desolación, el dolor, la curación por la palabra y los recuerdos, o la crítica a la violencia imperante en un país donde el consumo de armas está a la orden del día y con la que crecen las nuevas generaciones. 

Mass es un drama intimista en el que dos parejas desnudan su corazón y hacen frente a sus peores traumas. Se trata de una de estas pequeñas maravillas de guion y de interpretación actoral (actores reconocidos, aunque poco conocidos, que se dejan la piel) que nos sumerge en el vaivén emocional de lo que se narra y que tardaremos en olvidar. Un film que no cabe duda que llegará a ser una obra de teatro y que, como tal, cabe dividirlo en tres partes casi simétricas, con su introducción, nudo y desenlace. 

Introducción: presentación de los personajes. 

En una tarde de otoño tres personas preparan una reunión en una pequeña habitación de la iglesia parroquial anglicana. Una de ellas entendemos que pueda ser una mediadora social y, por las cuatro sillas que se acondicionan, entendemos que es el número de personas que se van a encontrar. Unos pañuelos de papel solicitados nos indican que la emoción es posible que brote en el encuentro. 

La primera pareja que llega, Jay (Jason Isaacs) y Gail (Martha Plimpton), tienen dudas y ella se pregunta: “¿Qué es lo que hacemos aquí?”. Luego llega la segunda pareja, Richard (Reed Birney) y Linda (Anna Dowd). Las absurdas frases hechas para quedar bien cuando nadie es capaz de dar el primer paso marcan la tensión, pero ni las flores regaladas ni las fotos de familia que se comparten como telón de una cordialidad forzada impiden que llegue el momento de la verdad con esta afirmación de Gail: “Queremos escuchar y cerrar las heridas”. Y por fin, reconocemos lo que quizás ya intuíamos: “¿Por qué quiero saber de tu hijo? Porque mató al mío”; y Jay añade: “Creo que necesitamos saber cómo pasó. Necesitamos que nos ayudéis”. 

Nudo: los hechos. 

Jay y Gail tienen dos hijos, Evan y Sophie; Richard y Linda tiene dos hijos, Steve y Hayden. Evan y Hayden iban al mismo instituto… y ahora están allí hablando de ellos, de forma que la tensión crece en cada diálogo cruzado entre los cuatro, donde cada uno manifiesta su tristeza, su desolación, su dolor, sus reproches. El objetivo de encontrar un culpable para sentir su propia culpa evaporarse y el intento de justificar lo que ocurrió por parte de Richard y Linda. 

En la narración conocemos la timidez de Hayden, su falta de amigos y el acoso escolar que sufrió al cambiar de residencia, y cómo se sumergió en los juegos de ordenador a los 13 años. Porque era el diferente y los padres intentaron ayudarle, pero cualquier terapia reforzaba su negatividad. Y los padres de Evan se sinceran: “Decidimos no litigar. Pero eso no significa que no queramos veros sufrir. Queremos que os castiguen. Queremos que os duela”. Pero los padres de Hayden nunca sospecharon que su hijo pasaría de tener ideas suicidas a ideas homicidas, y por ella Linda exclama: “Muchas veces desee que me hubiera matado también a mí. Pero nos quería. Nos lo dijo. Dijo que sentía hacernos pasar por todo eso”. No era un psicópata, era empático y sufría; no hubo negligencia familiar ni maltrato, e intentaron ser buenos padres y apoyarle. 

Pero nada impidió que fabricase una bomba y se proveyera de armas de fuego, de forma que en aquella clase murieron por la explosión directa tres alumnos, y siete más por los disparos. Diez muertos, uno de ellos Evan, y uno más, el once al que nadie lloró (salvo sus padres): Hayden. Y Linda recuerda como nadie quería enterrar a su hijo y todos les hicieron sentir avergonzados: “Y no dije nada porque no sabía qué decir. Y pido perdón. Jamás creí tener algo que decir los bastante bueno”. 

Desenlace: la salvación del perdón. 

Y tras esa catarsis emocional que nos conmociona como espectadores (y como padres), llega la lamentación de Gail: “Le prometí a mi hijo que su vida significaría algo, que sería en vano. Que por él, por todos ellos, las cosas cambiarían. Pero no ha cambiado nada. La diferencia es que se ha ido”. Y esas palabras de perdón y el abrazo sanador, que trata de suturar las heridas abiertas a golpe de reproche por el dolor más intenso: la pérdida de un hijo, en un caso como víctima y en otro como victimario. 

Esta película es un claro ejemplo de que menos es “mass”, en un juego de palabras. Porque Mass es una montaña rusa cinematográfica, cuya subida es lenta, pero la bajada es tremenda y puede dejar sin respiración. Por ello ha recibido un gran recibimiento por la crítica y el público, fundamentado en su guion y uno de los repartos más proporcionados y generosos que se han visto últimamente en el cine, una actuación a ritmo de jazz donde cada uno de los cuatro protagonistas sacan melodía en conjunto, a la vez que cada uno tienen su “solo” y su momento de gloria. Los Premios de la Academia se olvidaron de nominar el guion y a sus protagonistas, pero ya sabemos que los Óscar son capaces de hacer esas cosas, como también de dar el premio a mejor película a un remake que aporta poco: pero eso será una historia para la próxima semana. 

Porque hoy cabe destacar a Mass como una experiencia dolorosa y catártica, honesta y minimalista (un solo escenario y ausencia de deliberada de banda sonora), un viaje en busca de respuestas entre el duelo y el perdón. Una película exigente como espectadores, tanto física como emocionalmente, que nos redime con el buen cine y que plantea amplios debates.