Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de septiembre de 2026

Cine y Pediatría (870) “Los niños de la Resistencia”, cuando la lucha frente a la injusticia no tiene edad


La historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Y por ello publicamos hace unos años el artículo “Las violaciones contra la infancia en los conflictos bélicos, una denuncia de cine”, en el que recopilamos un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023); b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008); c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021).               

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. Y con las emociones y reflexiones que nos devuelven buscar un mundo en paz y con mayor sintonía. 

Y hoy incluimos un título más a esta interminable lista: la película francesa Los niños de la Resistencia (Christophe Barratier, 2026), basada en la exitosa serie de cómic homónima creada por Vincent Dugomier y Benoît Ers. La historia se desarrolla en 1940-1941, durante la ocupación nazi de Francia, en el pequeño pueblo ficticio de Pontain l'Écluse, situado cerca de la línea de demarcación que dividía la Francia ocupada de la zona libre. Y comienza así: “Verano de 1939. Pontain-l´Ecluse, un pequeño pueblo anidado en el corazón de Francia…” Lo que nos dará idea de la vida antes de la ocupación nazi, donde se refleja el reclutamiento de padres y hermanos, así como la huida de muchos vecinos ante el avance de los alemanes. 

La trama sigue a tres niños: François, Eusèbe y Lisa, cuya apacible infancia da un vuelco cuando los alemanes invaden su pueblo y comienzan a imponer restricciones, delaciones y un clima de miedo y resignación entre los adultos. Negándose a cruzarse de brazos ante la injusticia, el trío decide tomar cartas en el asunto de manera secreta, adoptando el nombre clandestino de «El Lince», y se dedican a enviar octavillas subversivas y a orquestar misiones de sabotaje contra los ocupantes: “El pueblo estaba dormido y lo hemos despertado”, comentan entre ellos al ver el resultado de sus acciones. Llamativa la celebración, pese a la prohibición de la Gestapo, del 11 de noviembre, Día del Armisticio, una fiesta nacional que conmemora el fin de los combates de la Primera Guerra Mundial y que rinde homenaje a los soldados caídos por el país. 

El ejemplo de François, Eusèbe y Lisa (esta es acogida en la familia de François, pese a los celos de éste) acaba despertando la conciencia de quienes, hasta ese momento, habían guardado silencio ante la injusticia. La película, heredera del cómic, culmina con un mensaje esperanzador: la amistad y la lealtad pueden ser armas poderosas para defender la libertad, incluso en los tiempos más oscuros. 

Dos nombres destacan en el elenco del film: su director, Christophe Barratier, quien saltó a la fama internacional con la afamada Los chicos del coro (2004), una película que también exploraba temas de infancia, resistencia emocional y el poder transformador de la solidaridad en contextos difíciles; y el actor con Gérard Jugnot, que aquí hace un pequeño papel de cura, pero que fue el actor principal que interpretó al mítico profesor Mathieu en Los chicos del coro.  

Pese al tono edulcorado de la historia, no deja de ser una oportunidad para conocer un poco más lo que significó la Resistencia francesa, ese conjunto de movimientos clandestinos civil y militar que combatieron la ocupación de la Alemania nazi y al régimen colaboracionista de Vichy. Operó entre 1940 y 1944, fragmentada en diversas facciones ideológicas que finalmente lograron unificarse para apoyar la liberación de Francia junto a las fuerzas aliadas. Y recordamos que la oposición al fascismo se organizó desde dos ámbitos conectados pero distintos: la Resistencia Exterior, liderada desde Londres por el general Charles de Gaulle a través del movimiento de la Francia Libre; y la Resistencia Interior, grupos clandestinos dentro del territorio ocupado conocidos popularmente como los Maquis. El funcionario francés Jean Moulin logró unificar las redes internas bajo las órdenes de De Gaulle en 1943, creando el Consejo Nacional de la Resistencia y cuyo métodos de operación incluían el sabotaje de líneas ferroviarias, corte de comunicaciones y asalto a convoyes militares alemanes, la guerra de información a través de diarios clandestinos, la evasión de refugiados y la colaboración internacional (destacando los republicanos españoles exiliados). 

Una película aparentemente sencilla, pero con trasfondo y que nos permite reflexionar sobre varios temas: que la resistencia no es cuestión de edad y los niños y niñas no son meros espectadores pasivos de la historia, pero también sobre el peligro del silencio y la resignación adulta, y sobre la amistad como arma de resistencia y lucha. En síntesis, Los niños de la Resistencia pertenece a esa categoría de relatos que atraviesan generaciones porque su mensaje esencial sigue vivo: la injusticia no siempre se impone porque sea invencible, sino porque demasiadas personas terminan aceptando que no merece la pena combatirla. El ejemplo de François, Eusèbe y Lisa nos recuerda que la libertad se defiende con acciones concretas, por pequeñas que sean, y que nadie es demasiado pequeño para hacer  la diferencia.

sábado, 28 de marzo de 2026

Cine y Pediatría (846) “La niña de la cabra”, un cuento de amistad infantil

 

Ana Asensio es una actriz madrileña cuya trayectoria se ha desarrollado entre las teleseries y papeles de reparto en algunos largometrajes. Pero su mayor relevancia derivas de cuando dio el salto a la dirección (también como guionista) en la impactante ópera prima Most Beautiful Islands (2017), basada en hechos reales, su propia experiencia en Nueva York. Una sórdida película, muy diferente a su segunda obra como directora y guionista, La niña de la cabra (2025), un encantador cuento de amistad infantil en la periferia de Madrid a finales de la década de los ochenta, una historia de iniciación donde una niña vive su duelo, su despertar crítico y la fractura entre el mundo que le han contado y el que descubre junto a una amiga gitana y su cabra. 

Elena (Alessandra González) tiene 8 años y se prepara para la Primera Comunión justo después de la muerte de su abuela, figura afectiva clave. Hija única en una familia católica no prácticamente de clase media, la madre peluquera, el padre taxista, no bien avenidos por ese crudo día a día de salir adelante. “Tu abuela está en el cielo… Que se ha muerto”, le dice una vecina cuando pregunta por su abuela. Y al despertarse reza “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan, dos por los pies, dos por la cabecera y la Virgen María por compañera… Dios, no dejes que el diablo coja a mi abuela”. Y mientras tanto, en la catequesis el cura (Enrique Villén, con su particular estrabismo) les dice: “Los pecados son todo aquello que nos aleja de Dios”. Y Elena pregunta a su madre, sin obtener respuesta: “¿Y cuándo tomas la comunión eres una persona diferente?”

En ese contexto de confusión para su edad, donde Elena llega a discutir con una compañera de clase si el cielo existe o no, conocerá a Serezade (Juncal Fernández), una niña gitana de su misma edad que acompaña a su familia en esos espectáculo de música y cabra que se realizaban en las plazas de las ciudades. Serezade nunca se separa de su cabra Lola y vive en los márgenes, fuera de las normas y del imaginario “respetable” que rodea a Elena, quien percibe en la cabra un símbolo de la muerte o del más allá oscuro (idea que se nos subraya en una de las primeras escenas, cuando hace la visita escolar al Museo del Prado y le explican el cuadro de Goya conocido como “El Aquelarre”). 

A partir de esa breve amistad, la película sigue el punto de vista de Elena mientras observa el racismo cotidiano hacia Serezade, el clasismo entre vecinos y familiares, y las respuestas rígidas de la religión a sus preguntas sobre muerte, cielo o culpa. El relato es sencillo en la superficie (un verano, una comunión, una amistad), pero funciona como un viaje emocional y simbólico donde cada pequeña aventura (escapadas, conversaciones, rituales) hace que la niña cuestione si el mundo es realmente como se lo han explicado los adultos. Las conversaciones entre ellas incluyen temas también trascendentales como cuando Elena le refiere eso de “Todos nos vamos a morir e iremos al cielo o al infierno”, y Serezade le contesta: “Pero los gitanos, no”. Hasta que llega lo que era de esperar: “Mis padres no me dejan estar contigo”. 

El recurso de estas películas de época es situarnos en aquel año 1998 a través de las distintas referencias que muchos recordamos con la nostalgia del tiempo: así en la televisión oímos noticias del secuestro de Emiiano Revilla, aparece “El Pirri”, prototipo de aquel cine quinqui tan propio de la década de los 80; y suenan canciones como “Made in Spain, la chica que yo quiero” de la Década Prodigiosa y “No controles” de Olé, Olé. 

Sí es cierto que el tercio final de la historia es menos creíble, e incluye imágenes oníricas algo bueñuelianas de Elena en globo y cruzando el arco iris, con referencias a la muerte de la abuela y la imagen de la cabra Lola. Y así llegamos al día de su comunión. Y la familia gitana de Serezade se desplaza a otro lugar donde le han concedido un piso y tiene que vender la cabra. “Esa es la última vez que vi a Serezade. El espectáculo de la cabra desapareció de las plazas de Madrid. Y quizás Serezade y su mundo nunca existieron”, es la voz en off de una Elena adulta, cuya voz lo pone la propia directora. 

El trabajo con las dos preciosas niñas debutantes –Alessandra González y Juncal Fernández – es uno de los grandes aciertos: su relación se siente orgánica, casi documental, y la crítica ha destacado cómo sostienen el peso del film con una mezcla de fragilidad y espontaneidad que vuelve creíbles las escenas cotidianas. Y bajo su envoltorio de “cuento de amistad infantil”, la película articula varias líneas de reflexión: 1) el duelo y muerte en clave infantil (sus dudas sobre qué es el cielo, dónde está realmente la abuela y qué sentido tienen los rituales, allí donde el duelo infantil es una mezcla de dolor, curiosidad y juego, donde perciben las ausencias con una lucidez que descoloca a los mayores); 2) el papel de las religión, la culpa y Primera Comunión (su amistad con Serezade y el impacto de la muerte hacen que empiece a percibir las grietas entre el discurso de la Iglesia y la realidad social que ve); 3) el clasismo y los racismo cotidianos (porque en la época de la película eran evidentes las diferencias entre la niña paya de barrio ordenado frente a la niña gitana asociada a pobreza, suciedad o peligro, con la cabra como emblema de “lo que no debe estar aquí”); 4) la infancia como espacio de resistencia, donde Elena observa, pregunta, imagina y se rebela con pequeñas desobediencias (escaparse, hacer preguntas incómodas, creer en sus propios juegos y símbolos) y es a través de la cabra, imagen de lo que no encaja en las normas, donde descubre nuevas formas de entender la vida y la muerte. Porque La niña de la cabra defiende que mirar el mundo desde la niñez no es simplificarlo, sino señalar las contradicciones que los mayores han aprendido a no ver. 

La amistad infantil es un pilar fundamental para el desarrollo emocional, social y cognitivo de los menores, actuando como "campo de entrenamiento" para habilidades vitales que perduran en la adultez. Sus beneficios son claros, tanto en la esfera del desarrollo psicoemocional (regulación de emociones, práctica de la empatía, negociación de confictos,…) como en la autoestima y resiliencia. Y La niña de la cabra se suma ya a otros simbólicos títulos ya volcados en Cine y Pediatría, como las películas estadounidenses E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), Que nada no separe (Peter Horton, 1995) y Un puente hacia Terabithia (Gábro Csupó, 2007), las películas francesas Adiós, muchachos (Louis Malle, 1987) y El principito (Mark Osborne, 2015), las películas belga Aves de paso (Olivier Ringer, 2015) y Close (Lukas Dhont, 2022), las películas japonesas Quiero comerme tu páncreas (Shin'ichirô Ushijima, 2018) y Monstruo (Hirokazu Koreeda, 2023), la película mexicana El niño y el muro (Ismael Rodríguez, 1965), la sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008), la brasileña Mi planta de naranja lima (Marcos Bernstein, 2012), la islandesa Heartsone, corazones de piedra (Guðmundur Arnar Guðmundsson, 2016), la ucraniana Antón, su amigo y la revolución rusa (Zaza Urushadze, 2019), la italiana Las ocho montañas (Felix Van Groeningen, Charlotte Vandermeersch, 2022),… por citar algunas. Porque la amistad es un tema universal y necesario.            l 

 

sábado, 15 de marzo de 2025

Cine y Pediatría (792) “Monstruo” y el efecto Rashomon de Hirokazu Koreeda

 

Se conoce como efecto Rashomon en el cine a una técnica narrativa en la que un mismo evento se muestra desde múltiples perspectivas, a menudo contradictorias, lo que genera incertidumbre sobre la verdad objetiva. Este efecto toma su nombre de la película japonesa Rashomon (Akira Kurosawa, 1950), allí donde el asesinato de un samurái es relatado de cuatro maneras distintas por los testigos, cada uno con su propia versión de los hechos. Los aspectos clave del efecto Rashomon son cuatro al menos: historia con múltiples perspectivas (a través de los ojos de varios personajes, cada uno con sus propios recuerdos, motivaciones y sesgos), subjetividad de la verdad, narrador fiable solo de manera relativa y generación de ambigüedad. 

Es por ello que el efecto Rashomon deja al espectador con la tarea de interpretar y reconstruir la historia y es una poderosa herramienta narrativa que explora la naturaleza subjetiva de la verdad y la complejidad de la percepción humana. No es nuevo en el cine y otro maestro japonés como Hirokazu Koreeda, el director por antonomasia de Cine y Pediatría, por su extensa y particular visión de la infancia y la familia, lo ha utilizado en su último largometraje: Monstruo (2023). Aquí donde la maestría de Koreeda consigue que con unos hechos banales acaecidos en un colegio teja una trama abigarrada entre dos compañeros de clase de unos 11 años de edad, Minato y Yori, entre la madre de Minato, el profesor Hori, la directora del colegio y el claustro de profesores, y con epicentro recurrente en ese edificio en llamas en donde vemos entrecruzarse las historias y los diversos puntos de vista de los hechos. 

El primer punto de vista es el de la madre de Minato, ya viuda, quien se asoma al balcón en la noche para contemplar el incendio de ese edificio, donde su hijo le pregunta: “Si a un humano le trasplantan un cerebro de cerdo, ¿es un humano o un cerdo?”. Una pregunta extraña que va seguida de un comportamiento extraño, por lo que la madre, Saori, siente que algo va mal, y le pregunta: “¿Qué ha pasado en la escuela?” Y él responde: “Tengo un cerebro de cerdo. Me lo cambiaron por el de un cerdo ¡Eso es lo que me pasa! Soy un monstruo”. Y por ello irrumpe en la escuela exigiendo saber qué está pasando y descubre los malos tratos que recibe del profesor Hori, todo ello en una reunión muy tensa y particular con la directora y otros profesores. 

El segundo punto de vista es el del profesor Hori, recién incorporado a este colegio, cuando su novia le dice: “Deja de intentar ser un buen profesor y sé tú mismo”. Un fortuito encontronazo con Minato le hace sangrar por la nariz, algo aparentemente irrelevante que adquiere mayores dimensiones, y que le hace acabar como oveja expiatoria para no comprometer a la escuela, por lo que es expulsado. Esa duda de malos tratos a los alumnos se cierne sobre él, sale en prensa y todos le abandonan, también su novia, los otros profesores y la directora (más preocupada por la muerte de su nieto). 

El tercer punto de vista es el de Minato y Yori, ambos de familias uniparentales, Minato con su madre vidua y Yori con su padre alcohólico que le maltrata y quien primero aplicó la idea de que su hijo tiene un cerebro de cerdo y él le va a sanar. Entre ambos niños se establece una amistad especial, casi oculta para evitar el acoso del resto de compañeros de clase, y buscan en un túnel y un vagón de tren abandonado su lugar de refugio y juegos, entre ellos ese juego de ¿Quién es el monstruo?, que consiste en adivinar el dibujo con preguntas. 

Al final se van descubriendo algunas capas de la historia, donde casi nada será lo que parece. Koreeda juega con el espectador a través de un hecho trivial y que esconde esa sutil amistad con connotaciones homosexuales entre Minato y Yori que les incomoda ante sí y ante los ojos de los demás. Y las palabras finales de la directora, que sirve para los chicos, para ella y para todos los personajes de esta película: “La felicidad no está hecho solo para unos pocos. No tiene sentido. La felicidad real está al alcance de todos”. Y el regalo que Koreeda nos da con esa escena final de los dos amigos tras el tifón, saliendo del vagón gritando de alegría porque sienten que no han renacido, sino que siendo los mismos pueden ver las cosas de otra manera. Y ello bajo los acordes del piano de Ryūichi Sakamoto. Una película en la que se nos hace cambiar continuamente el rumbo a la hora de entender quién es el monstruo o quizás, simplemente, acabar entendiendo que no había ningún monstruo. Solo el deseo de Minato de reencarnarse en alguien con otros sentimientos, pues nadie parece entender su amistad y atracción homosexual con Yori. 

La película Monstruo de Hirokazu Koreeda es una obra compleja y emotiva que invita a la reflexión sobre diversos temas, entre los que destacan la subjetividad de la verdad (con esas tres partes de la película desde la perspectiva de tres personajes diferentes: la madre furiosa, el profesor acusado y los dos niños), la importancia de la empatía, la complejidad de la infancia (y aquí se abordan temas como el acoso escolar, la identidad de género y la dificultad de expresar las emociones), los prejuicios sociales (y tanto el profesor como esos dos amigos lo viven en sus carnes) y la importancia de la comunicación entre padres e hijos, profesores y alumnos. 

Monstruo es un ejemplo más del cine de Koreeda alrededor de la naturaleza humana, con epicentro en la infancia y familias, tal como hemos visto en Cine y Pediatría ya en otras ochos películas más: Nadie sabe (2004), brutal relato de supervivencia contado a vista de niño; Still Walking/Caminando (2008), sobre la importancia del núcleo familiar, aunque sea una familia desestructurada unida por el cariño, el resentimiento y los secretos; Kiseki/Milagro (2011), ese milagro del reencuentro familiar de dos hermanos que viven separados y que nos acerca a la indisolubilidad espiritual de la familia; De tal padre, tal hijo (2013), donde nos plantea quién es nuestro verdadero hijo, si alguien con el que pasamos todo nuestro tiempo o alguien con el que compartimos la sangre; Nuestra hermana pequeña (2015), profunda reflexión sobre cómo madurar sin la figura de los padres, y hacerlo en un hogar que es un espacio de supervivencia libre de resentimientos; Después de la tormenta (2017), ese infinito y delicado ecosistema producto de relaciones entre abuelos, padres e hijos; Un asunto de familia (2018), donde condensa todos los dilemas acerca de las relaciones humanas y familiares, rompiendo esquemas tradicionales; Broker (2022), donde nos sitúa el contexto familiar bajo el tema nuclear de las adopciones. Y ahora realizamos un viaje por el Japón clásico del séptimo arte de Akira Kurosawa y su Rashomon al nuevo cine japonés de Hirokazu Koreeda y su particular efecto “rashomon” que nos regala con Monstruo.        

 

sábado, 9 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (726) “Close”, tan cerca y tan lejos…


Entre los ya numerosos directores y directoras que ocupan un lugar especial en Cine y Pediatría por su especial vinculación a los alrededores de la infancia, adolescencia y familia (el japonés Hirokazu Koreeda, el español Montxo Armendáriz, el estadounidense Robert Mulligan, la francesa Céline Sciamma, los belgas Jean-Piérre y Luc Dardenne, el noruego Ruben Östlund, el canadiense Jean-Marc Vallée, entre otros) habría que ir sumando un nombre más. Hablamos del joven director y guionista belga Lukas Dhont, quien tras fajarse en cortometraje nos dejó una ópera prima maravillosa, Girl (2018), un milagro de sentido y sensibilidad para mostrarnos la transexualidad de su protagonista (fundamentada en una historia real, una adolescente que nació en el cuerpo equivocado) donde se muestra y no demuestra, donde se refleja pero no se reivindica. Y que ha regresado hace poco - y con estas mismas señas de identidad - en lo que es su segundo largometraje: Close (2022), película multipremiada y que incluyó su nominación por Bélgica para el Óscar a mejor película internacional (también lo hizo por Irlanda ese mismo año la película comentada la semana pasada, The Quiet Girl). 

Es Close la historia de amistad especial de dos adolescentes de 13 años, dos chicos angelicales, uno rubio, Léo (Eden Dambrine), el otro moreno, Remi (Gustav de Waele). Y tras ese verano luminoso en que fueron inseparables regresan a la escuela donde los prejuicios destruyen la amistad y algo más, y todo se vuelve oscuro. Una historia de amor en su forma más libre, como solo la infancia permite, pero que no aborda ninguna relación homosexual, sino una relación afectuosa entre varones, que resultó ser dulce y devastadora. Y donde tienen que afrontar las preguntas de los demás compañeros: “¿Estáis juntos? Me interesa porque para ser buenos amigos se os ve demasiado unidos”. Preguntas y dudas que afectan más a Léo que a Remi, con crueles murmullos entre los demás: “Me llamo Léo y soy marica”.

Y lo que era una feliz amistad de dos chicos y sus familias, acaba en una tragedia narrada con la contención, delicadeza, sutileza y autenticidad a la que su director ya nos acostumbró en Girl. Y Léo tiene que digerir lo ocurrido y su grado de culpa… y sus dudas: “¿Tú crees que le dolió?”. E intenta descargar su furia con ese nuevo deporte al que se ha apuntado, el hockey sobre hielo. Y todos sospechan lo ocurrido, pero es una sociedad en la que los conflictos se afrontan con educación y respeto. Incluida esa pregunta de la madre de Remi a Léo: "¿Qué pasó entre vosotros?”…, a la que él no contesta. Pero esa especial relación continúa cuando la va a visitar a casa y le pregunta: “¿Puedo ir a su cuarto?”. 

Solo cuando Léo lograr llorar es cuando comienza a soltar su rabia y sentimiento de culpa: “Le echo de menos… Fue culpa mía, lo rechacé”. Y el abrazo salvífico entre lágrimas de ambos, nos conduce a ese final donde nuestro protagonista nos mira a la cámara, cómo lo hiciera en su momento Antoine Doinel en Los cuatrocienteso golpes (François Truffaut, 1959) y luego también el niño protagonista de Mi mejor amigo (Ferit Karahan, 2021). Allí fue con el fondo del mar o de la nieve de Anatolia, aquí con un campo de flores. 

Una historia que cuenta con la contención de sus dos jóvenes actores debutantes, especialmente Edén Dambrine, sobre el que recae todo el peso de la historia, y con el que sentimos esa asepsia emocional de un preadolescente que le cuesta seguir adelante y cuya vida se ha puesto en pausa. Muy bien acompañados por las actrices Emilie Dequenne, como madre de Remi, a quien recordamos en aquel otro gran debut que tuvo de adolescente como protagonista de la película Rossetta (Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, 1999) y que le valió el premio de Cannes a mejor actriz; y por Léa Druker, como madre de Léo, y a quien recordamos como la protagonista de Custodia compartida (Xavier Legrand, 2017), otra historia contundente alrededor de las custodia de los hijos en los matrimonios separados.  

Es Close una película que nos transporta, con su giro de guion, a una de las experiencias más personales, sentimentales y dolorosas del año, y ello entre paseos en bicicleta, campos de flores, hockey sobre hielo, susurros y culpabilidad. Una obra sencilla en apariencia, noble en su propuesta, profunda en la indagación de la psicología de sus personajes, y que viene a remarcar el saber ser y estar del cine en francés, en general, (ojo, Close es bilingüe, en francés y en flamenco, razón de más para ver en versión original), y del cine belga en particular. Y baste recordar Un pequeño mundo (Laura Wandel, 2021), con el que tiene también algunos puntos de contacto por esa crueldad que se deriva de los patios de recreo. 

Y con Close nos sentimos tan cerca de sus personajes y deseamos sentirnos tan lejos de esa experiencia. Es la dualidad que nos devuelve el buen cine. Porque parece que las normas de la amistad adolescente masculina tiene unos códigos diferentes a los de la amistad femenina. Y Girl y Close son dos películas de Lukas Dhont ancladas en la pubertad sobre cómo la mirada ajena repercute en la construcción de nuestra identidad. 

 

sábado, 23 de septiembre de 2023

Cine y Pediatría (715) “Las ocho montañas”, una amistad de altura

 

En el mundo del cine, como en la vida, hay nombres que marcan el buen camino. Nombres de actores, actrices o directores que, de antemano, auguran que será una buena película o, no siendo excelente, la mejorarán por su sola presencia y saber ser y estar. Algo así le ocurre en mi caso con el director belga Felix Van Groeningen, quien en su no extensa filmografía ya nos ha sorprendido en Cine y Pediatría con dos películas: la película belga Alabama Monroe (2016), una historia de amor alrededor del bluegrass truncada por la enfermedad de la hija, y la película estadounidense Beautiful Boy. Siempre serás mi hijo (2018), una drama alrededor de la drogodependencia de la que intenta salir un adolescente. Y ahora llega la película italiana Las ocho montañas (2022) codirigida con su pareja, la también directora Charlotte Vandermeersch, una historia de amistad de dos chicos, uno de la ciudad y otro del campo, desde la infancia a la vida adulta con el fondo de la alta montaña (de los Alpes al Himalaya). Y esta pareja de directores no solo dirigen, sino que participan en el guion, en este caso fundamentado en la novela de Paolo Cognetti “Le otto montagne”, ganadora el Premio Strega 2017 (el máximo galardón literario en Italia). Película multipremiada (Premio del Jurado en Cannes, Mejor fotografía en Seminci y cuatro Premios David di Donatello, entre ellos mejor película) y que, pese a su largo metraje (147 minutos) ha sabido gustar al público. 

Bruno (Cristiano Sassella) es el único niño del pequeño pueblo alpino de Grana, ya casi vaciado, quien vive con sus tíos, pues el padre es emigrante y no habla de su madre. Allí viene de vacaciones Pietro (Lupo Barbiero) con sus padres, quienes viven en Turín. Ambos tienen 12 años y establecen una particular amistad, cimentada por la afición del padre de Pietro por hacer montañismo y alcanzar los glaciares, pues ambos le acompañan. Con el paso del tiempo, intentan ayudar en los estudios a Bruno (incluso en la lectura) y llegan a plantear el que fuera a vivir con ellos a Turín, lo cual provoca una reacción negativa en Pietro. 

Y tras la primera media hora en la que se desgrana esa amistad de infancia y adolescencia, Pietro (Luca Marinelli) nos confiesa que estuvo 15 años sin volver a ver a Bruno (Alessandro Borghi): "El ansia de mis padres por ayudar a Bruno para educarlo fue lo que nos separó". Y es el fallecimiento de su padre, al que Pietro llegó a decir que no quería ser como él, lo que provoca el reencuentro con Bruno. Porque Pietro estuvo una década sin hablar con su padre, pero si lo hacía Bruno, al que siempre protegió. Y es cuando Bruno le comenta que le había prometido construir una cabaña en la montaña, y ese proyecto les une de nuevo y se convierte en un símbolo para volver a estar juntos y para honrar el pasado. Y las reflexión de Pietro deja clara la diferencia de madurez de ambos: "Mi vida parecía ser una mezcla entre la de un hombre y la de un niño". Y se levanta la amistad como se levanta la cabaña de la montaña, en un paisaje increíblemente hermoso, entre bellas escenas y conversaciones al calor de una fogata. La casa de verano donde ya se verán cada año, la cabaña como metáfora de la amistad, edulcorado con una gran BSO, especialmente las canciones de Daniel Norgren. 

Pietro sigue de cocinero en Turín y va y viene de la ciudad a la montaña (de los Alpes italianos al Himalaya nepalí), sin encontrar el camino de su vida. Mientras Bruno permanece en la montaña donde nació y siempre tuvo claro su camino, y allí incluso se casa con Lara, una amiga de Pietro, y tienen una hija. Mientras la vida de cada uno transcurre por cursos diferentes, el reencuentro de la cabaña ocurre cada año. Pietro descubre el diario de su padre y las breves descripciones de sus ascensiones, siempre con Bruno a su lado, y su último mensaje: "Sería bonito quedarnos aquí arriba todos juntos, sin volver a ver a nadie más. Sin tener que bajar más al valle"´. Y es entonces cuando entiende que había tenido dos padres: el primero era un extraño con el que había vivido 20 años en la ciudad, pero el segundo era el padre de la montaña, al que apenas pudo vislumbrar, pero que ya conocía mejor. 

Transcurren los años. Y mientras Pietro busca su lugar en la vida, aunque sea en otras montañas, Bruno se aferra a su montaña, aunque acaba sin su mujer ni su hija: "Pietro, no te preocupes por mí. Esta montaña nunca me ha hecho daño". Y el colofón final, de nuevo con la tan presente voz en off de Pietro: "No puedes volver a la montaña que está en el centro del resto. Ni tampoco al inicio de tu propia historia. Solo queda vagar por las ocho montañas para los que, como yo, en la primera y más alta han perdido un amigo". Y así finaliza una película que viene ser como un bálsamo para la vida que vivimos, cocinada con tempo lento, quizás con excesivo metraje (o no). 

Es Las ocho montañas una conmovedora historia de amistad de infancia, juventud y adultez, en la que cabe todo lo importante. Ya Miguel Delibes nos decía que los ingredientes de una novela son, esencialmente, tres: una persona, una pasión y un paisaje. Y esos ingredientes (pero con dos personajes, dos amigos) es lo que usan Paolo Cognetti en la novela y Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch en la dirección cinematográfica. Una historia de amistad de altura, con la simplicidad y pureza de la infancia, y con emotiva complejidad de estos dos adultos desorientados y en busca de sí mismos, con el único apoyo constante e incondicional del otro. Y para ello se trabaja el guion rodando en los mismos escenarios que la novela, pero usando no el formato panorámico, sino el cuadrado (aquel que se utilizaba en la década de los 40 para películas como Casablanca, La diligencia o Ciudadano Kane). Y ello para que el sublime paisaje no dejara en un segundo plano a los personajes, equilibrio formal de paisajes y personajes que el director de fotografía, Ruben Impens, ha sabido sacar todas las implicaciones estéticas, de fondo y forma. 

Cuando uno ve descrita esta película de amistad de dos hombres entre bellos paisajes, regresa a la memoria Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), con ese melodrama de amor carnal de sus protagonistas: Pero la diferencia con Las ocho montañas es que aquí el amor es el de la amistad y es igual de conmovedora. 

Y una nota final para entender el título de la novela y de la película. Según la leyenda nepalí, el centro del mundo es una gran montaña, el monte Sumeru, desde donde puede divisarse todo. Alrededor de ella hay ocho montañas más pequeñas y ocho mares. Y la pregunta que nos deja la historia es quién ha visto más mundo, ¿el que lo observa todo desde el gran monte central (Bruno) o el que recorre penosamente las otras ocho montañas (Pietro)? Son dos formas no sólo de observar el mundo, sino de conocerse a sí mismos. Y de ahí la frase final de Pietro en la película…

 

sábado, 25 de marzo de 2023

Cine y Pediatría (689) “E.T. el extraterrestre”, la fábula de la ciencia ficción regresa a “mi caaasa”

 

Los últimos Premios de la Academia de Hollywood han dejado en su 95ª edición han dejado tres películas triunfadoras y tres perdedoras. Las que se han alzado con más premios han sido La ballena (Darren Aronofsky, 2022) con tres nominaciones y dos Óscar (mejor actor y maquillaje), Sin novedad en el frente (Edward Berger, 2022) con nueve nominaciones y cuatro Óscar (mejor película internacional, mejor fotografía, banda sonora y diseño de producción) y Todo a la vez en todas partes (Daniel Kwan y Daniel Scheinert, 2022) con 11 nominaciones y siete Óscar (mejor película, director, actriz, actor de reparto, actriz de reparto, guion original y montaje). Y las grandes perdedoras, que se han ido de vació han sido Almas en pena de Inisherin (Martin McDonagh, 2022), con 11 nominaciones, Elvis (Baz Luhrmann, 2022) con ocho nominaciones y Los Fabelman (Steven Spielberg, 2022) con siete nominaciones. Y cabe decir que la gran triunfadora, la cinta de “los Daniels”, ha generado gran controversia, con posiciones muy opuestas y extremas en las opiniones de crítica y, sobre todo, de público, donde hay comentarios muy positivos y más comentarios muy negativos, que para muchos ha hecho pensar que en los Óscar se ha llegado a un punto en que todo a la vez en todas partes... cuecen habas y en la mía a calderadas. 

Y hoy queremos revisar la trayectoria en los Premios Óscar del Rey Midas del séptimo arte, como se ha conocido a Steven Spielberg, y cuyos varapalos en este ámbito ya han sido frecuentes. Personalmente ha recibido un total de 18 nominaciones a los Óscar, bien como mejor película (en 11 ocasiones, y lo consiguió solo con la película de 1993, La lista de Schlinder) o como mejor director (en 7 ocasiones, y lo consiguió por La lista de Schlinder y por la película de 1999, Salvar al soldado Ryan). A estos se sumó en 1987 el Premio en Memoria de Irving Thalberg, destinado a premiar a personajes especialmente significantes en el mundo de la producción cinematográfica, y es que el Rey Midas logró que tres de sus películas fueran verdaderos fenómenos de masas y en su momento las de mayor recaudación: Tiburón (1975), E.T., el extraterrestre (1982) y Parque Jurásico (1993). Y globalmente, el director con mayor recaudación de la historia. 

Pero aparte de todos estos datos conocidos de Spielberg, hoy le recordamos en Cine y Pediatría por su valor como cineasta que ha realizado un esfuerzo consciente y constante por encontrar la mirada infantil en sus historias. Una mirada infantil en la que el abandono del progenitor es una constante, y así lo recordamos en Hook, el capitán Garfio (1991), Atrápame si puedes (2002), La guerra de los mundos (2002) o la saga Indiana Jones. Pero donde más nítidamente adoptó la perspectiva del niño que intenta comprender el pequeño mundo que se desmorona a su alrededor es en dos películas asociadas a la ciencia ficción: E.T., el extraterrestre, con el niño Elliot (Henry Thomas), sus hermanos y amigos, y A.I, Inteligencia artificial (2001),  con el niño-robot David (Haley Joel Osment). 

Y hoy volvemos la mirada a E.T., el extraterrestre, uno de los títulos más tiernos y conmovedores de la historia del cine. Una entrañable historia de amistad entre un niño y un extraterrestre en, posiblemente, la película más personal de su director y que marcó por completo a toda una generación. El título de ciencia ficción familiar por antonomasia, un éxito de crítica y público, en este caso multipremiada, aunque en el camino de los Óscar se topó con Gandhi (Richard Attenborough, 1982), por lo que de sus nueve nominaciones consiguió solo cuatro: mejor banda sonora (para el gran John Williams, un habitual en las películas de Spielberg), sonido, edición de sonido y efectos visuales. 

Porque cinco años después de la exitosa Encuentros en la tercera fase (1977), Spielberg decidió retomar la temática del contacto con alienígenas. Se centro para ello en una historia de carácter mesiánico, con guion escrito por Melissa Mathison (la entonces esposa de Harrison Ford) lleno de emotividad. Un pequeño ser de otro planeta se queda abandonado en la Tierra cuando su nave, al emprender el regreso, se olvida de él. Está completamente solo y tiene miedo, pero se hará amigo de Elliot, quien lo esconde en su casa junto a sus hermanos, la pequeña Gertie (Drew Barrimore) y Michael (Robert McNaughton). El pequeño y sus hermanos intentan encontrar la forma de que el pequeño extraterrestre regrese a su planeta antes de que lo encuentren los científicos y la policía. 

Llamativa es esa potencial alegoría cristiana de la figura redentora de E.T. en su muerte, resurrección y ascenso a los cielos que certifica la salvación del ser humano, allí donde la pequeña Gertie se pregunta “¿Podemos desear que vuelva?”. Y Elliot le dice entre lágrimas “Creeré en ti toda mi vida. Cada día. E.T., te quiero”, palabra que obra el milagro y que se refleja en el renacer de las flores, la música (verdadero leitmotiv) y su corazón iluminado, y su frase mítica: “E.T. teléfono mi casa”.  Y una curiosidad: la voz de E.T. en la versión original de la película fue prestada por la actriz Debra Winger, que, sin embargo, no aparece en los títulos de crédito.

E.T., el extraterrestre marcaría inevitablemente el camino que iba a seguir el cine familiar en la década de los 80, como La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), Los cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984), Gremlins (Joe Dante, 1984), Karate Kid, el momento de la verdad (John G. Avildsen, 1984), Un, dos, tres… Splash (Ron Howard, 1984), Los Goonies (Richard Lester, 1985), Teen Wolf (De pelo en pecho) (Rod Daniel, 1985), Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985), Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), La princesa prometida (Rob Reiner, 1987), Aventuras en la gran ciudad (Chris Columbus, 1987), Big (Penny Marshall, 1988), Willow (Ron Howard, 1988), Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) o Mira quién habla (Amy Heckerling, 1989) .   

Dos películas con toques de ciencia ficción y 40 años de diferencia: en el año 1982 el verso de Spielberg en E.T., el extraterrestre y en el año 2022 el metaverso de los Daniels en Todo a la vez en todas partes. Cada uno que elija su preferida, que para eso se hicieron los colores, los gustos y las películas. Personalmente no tengo duda y por ello mi homenaje a esta fábula de la ciencia ficción que regresa a “mi caaasa” y que nos habla de la amistad, la familia, el sentimiento de pérdida y la mirada sin prejuicios de los niños que, a veces, los adultos desearían tener y han perdido.

 

sábado, 14 de mayo de 2022

Cine y Pediatría (644) “Anton, su amigo y la revolución rusa”, Ucrania en el recuerdo

 

Desde el comienzo de la invasión rusa el pasado 24 de febrero de 2022, ha pasado poco más de dos mes y ya la salida de más de 6 millones de refugiados desde Ucrania ha desbordado a los países de acogida, la mayoría mujeres y niños. Un paciente menor de 15 años ucraniano se ha convertido en refugiado casi cada segundo desde el comienzo de esta guerra, en un periplo incierto y en un futuro aún más oscuro. Los países de acogida se han visto desbordados por esta crisis que no tiene precedentes en cuanto a velocidad y escala desde la Segunda Guerra Mundial. Y no ha hecho más que empezar. Y no se atisba una solución. 

Porque Ucrania, uno de los países más extensos de Europa, es una región del mundo donde los conflictos bélicos y la inestabilidad política han sido habituales. Y la filmografía de ese país (muy ajena en nuestros lares) se ha hecho eco de ello, y sirvan como ejemplo las películas Maidan (Sergei Loznitsa, 2014), Donbass (Sergei Loznitsa, 2018), Esta lluvia no cesará (Alina Gorlova, 2020), o Anton, su amigo y la revolución rusa (Zaza Urushadze, 2019). Y en esta última película vamos a centrar nuestra atención. 

Zaza Urushadze es un director de nacionalidad georgiana que trabaja en Ucrania. Conocido en España por su film Mandarinas y por el que fue nominado a los Óscar como mejor película de habla no inglesa, es un alegato antibelicista ambientado en la guerra civil georgiana de principio de los 90. Años después volvió a reflejar los temas bélicos con esta con el peculiar título de Anton, su amigo y la revolución rusa, inspirada en una conmovedora historia real alrededor de la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial. El director falleció de un problema cardíaco antes de ver estrenada esta su última película. 

Esta película adapta la novela de tintes autobiográficos de Dale Eisler, “Anton, a young boy, his friend and the Russian Revolution”, publicada en el año 2010. Está ambientada hace un siglo en un pequeño pueblo ucraniano cerca del Mar Negro, muchos de cuyos habitantes son de origen alemán. La película cuenta la inquebrantable amistad que se forja entre dos niños, uno cristiano – Anton (Nikita Shlanchak) - y el otro judío – Yasha (Mykyta Dziad) -, en un tiempo convulso en el que las diferencias étnicas y religiosas llevaban a menudo a actos de barbarie, incluso guerras. Estamos en el año 1919, recién terminada la Primera Guerra Mundial y con el reciente triunfo de la Revolución Soviética. La historia se hace eco de la presencia de fuerzas bolcheviques en Ucrania, en busca del codiciado grano que ahuyente el fantasma del hambre. Un trasfondo con la lucha por la independencia de Ucrania que acabaría zanjándose temporalmente con el ingreso de Ucrania como república socialista y soviética en la URSS. 

La película tiene el interés de ese contraste entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos. Por un lado el mundo poético e inocente que ambos niños forjan en su entorno rural, mientras se hacen preguntas cuando miran las nubes del cielo acostados en las pajas de trigo: “No sabía que los judíos fueran al cielo”, pregunta Anton, y Yasha le contesta: “Pues claro, es que cada uno tenemos nuestro cielo especial”. Por otro lado, el mundo prosaico y enrevesado de los adultos, de las naciones, las etnias, las religiones y las ideologías, en un momento de la historia particularmente difícil en Europa y en Ucrania. Como ahora, solo que un siglo después. 

Aparece la ciudad de Odesa, aquella cuya famosa escalera fuera filmada para la historia del cine en la mítica película El acorazado Potemkin (Sergei M. Eisenstein, 1925). Y la conversación de esos niños, mientras regresan con la sal de la salina: “Dicen que ahí hay poco agua. Lo llaman el Mar Muerto, aunque no sé quién lo mató. Mamá murió antes de contármelo. El Mar Negro no es negro tampoco, es verde y azul. Lo vi en Odesa. Así que puede ser que el Mar Muerto no esté muerto”. Y en ese entorno, la llegada de los bolcheviques atemoriza a los habitantes, pues temen que se quede con sus cosechas. Y asesinan a sangre fría al padre de Anton de un disparo, sin más, por venganza. Y se organiza la resistencia. Y surgen las preguntas: “Yasha, ¿por qué odian a los judíos?”. Y las declaraciones de la más pura amistad, una amistad que tiene que sobrevivir a esa guerra de los adultos: “No me imagino un cielo sin amigos, sin ti”. Ahora Anton no tiene padre. Y Yasha no tiene madre, y es su padre judío el que les dice: “La vida es una injusticia tras otra, pero tenéis que aprender a vivirla porque solo tenemos una”

Pero la revolución bolchevique sigue adelante, pese a la resistencia de estos ucranianos de origen alemán que se enfrentan al mismo Trosky (Oleg Simonenko), aquel ucraniano que fuera el líder del movimiento internacional de izquierda, caracterizado por la idea de la revolución permanente y al que se considera verdadero organizador en la revolución comunista rusa de octubre de 1917, también creador del Ejército Rojo. Y así nos dice en la película el propio Trosky: “No es tiempo de emociones. Cada uno de nosotros ha de ocupar su lugar y empujar los engranajes de la historia. Son tiempos para el cambio”. Acabar con Trosky sería para la resistencia una gran ayuda para terminar con el infierno bolchevique, aquellos partidarios de la dictadura del proletariado y de la intransigencia izquierdista. 

Anton y Yasha labran una amistad más poderosa que sus diferencias religiosas o culturales, lo que les permite crear un mundo propio que los protege del miedo, la violencia y las divisiones que los rodean. Y a ellos les gusta esconderse en su cueva de heno, desde donde observan a los adultos y sus intrigas, y también les gusta mirar las nubes y buscar en las fotografías del cielo a las personas que querían. Y con una de esas fotos, ya en el encuentro en su senectud de los dos amigos, finaliza la película, en lo que es una conmovedora historia real sobre cómo la amistad infantil puede ser más fuerte que los prejuicios adultos. Porque esa amistad fue su escudo. 

El guion está escrito por el propio director, por Vadym Yermolenko y por Dale Eisler, escritor y periodista canadiense de origen ucraniano y autor del libro, un relato real inspirado en la historia de la familia de su madre y en sus investigaciones periodísticas sobre lo que les sucedió durante la Revolución Rusa a los alemanes que vivían en Ucrania. Y esta película nos debe hacer recordar esta particular presencia de alemanes en Rusia, concretamente alrededor de la zona de Odesa, pero también en otras regiones de la extensa Rusia: alemanes de Moscú, del Vístula, del Báltico, del Volga, del Mar Negro, de Crimea, del Cáucaso o de Volinia, 

Es Anton, su amigo y la revolución rusa un canto a la amistad y a la paz en el contexto de una invasión rusa a Ucrania en tiempos convulsos. Ha pasado un siglo y se repite la cruel historia, como si no hubiéramos aprendido nada. Y donde decenas de miles de niños – decenas de Anton y Yasha – han huido de su país, un país desbastado por la guerra y atemorizado por la invasión.

 

sábado, 19 de febrero de 2022

Cine y Pediatría (632) “Chavalas”, fotografía de amistades de extrarradio

 

El papel de las directoras de cine en España cada vez es más importante. Y baste recordar los Premios Goya (que se celebraron hace justo una semana) de los últimos años y las ganadoras en los últimos cuatro años a Mejor director novel, un verdadero repóquer: Carla Simón por Verano 1993 (2017), Arantxa Echevarría por Carmen y Lola (2018), Belén Funes por La hija de un ladrón (2019), Pilar Palomero por Las niñas (2020) y este año Clara Roquet por Libertad (2021). Y tres de ellas ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría y en breve hablaremos de la última premiada.   Pero en esta última edición (ya la XXXVI) otra directora optó a este premio: Carol Rodríguez Colás por Chavalas (2021). 

Además, la mayoría de estas películas van acompañadas de un universo femenino, no solo por sus directoras, sino porque las protagonistas son principalmente mujeres (niñas, adolescentes, jóvenes o adultas) y con un equipo técnico predominantemente femenino. Carmen y Lola o Las niñas son un buen ejemplo, pero también La inocencia (2019), ópera prima de Lucía Alemany. Y algo así ocurre con nuestra película de hoy, Chavalas, la creación de las hermanas Rodríguez Colás, Carol como directora y Marina como guionista, nacidas en Cornellá de Llobregat y que regresan a esta localidad del área metropolitana de Barcelona para adentrarnos en el barrio de San Ildefonso (que todo el mundo conoce como Ciudad Satélite). Y esta descripción tan precisa es porque yo me crie al lado, en Esplugas de Llobregat, y esta era una zona que frecuentaba, bien por su mercado o sus cines. Y por ello tiene algo de ya vivido, como sin duda sea el deseo de sus creadoras. 

Chavalas es una sencilla película generacional de reencuentro y amistad de cuatro jóvenes alrededor de esta Ciudad Satélite: Marta (Vicky Luengo), Desi (Carolina Yuste), Bea (Elisabet Casanovas) y Soraya (Ángela Cervantes). Y esta quizás es su mejor baza, pues las cuatro emanan la naturalidad tan necesaria para esta historia. A Vicky Luengo la reconocemos por su sorprendente papel de la agente Laia Urquijo en la miniserie de televisión Antidisturbios (Rodrigo Sorogoyen, 2020) y a Carolina Yuste por su papel en Carmen y Lola por la que ganó el premio Goya a Menor actriz de reparto. Y este año Ángela Cervantes ha sido nominada a Mejor actriz revelación, lo que apoya lo expuesto. 

Y la película se nos presenta como una comedia costumbrista espontánea y libre de prejuicios - incluso en sus defectos -, pero con algún atisbo de crítica social: ese corto viaje de Marta desde la frivolidad chic de la ciudad de Barcelona, donde intenta ganarse un hueco en el sector de la fotografía artística (y snob), hasta este barrio de su infancia en la muy próxima localidad de Cornellá, un humilde barrio de trabajadores y emigrantes, allí donde se reencuentra con sus tres amigas de toda la vida, jóvenes con aspiraciones muy diferentes a la suya. 

Marta vuelve al barrio porque las cosas no le salen bien en esa búsqueda de consolidar un trabajo digno a sus aspiraciones (tenue reflejo de una realidad demasiado presente en nuestros jóvenes de hoy en día), pero sus palabras la delatan: “Este barrio me deprime”. Primero se queda en la casa de su amiga Bea y su novio, cuyo felpudo a la entrada lleva escrito un mensaje necesario: “Hoy es un buen día para sonreír”. Pero finalmente regresa a su casa, donde sus padres siguen tratándola como una adolescente, lo que le resulta enervante a sus 27 años. 

Y en esos días, Marta y sus tres amigas divagan sobre el pasado, presente y futuro de sus vidas alrededor de birras y chupitos, de tabaco y algún porro, de partidas de billar y bailes en el bar El Boquerón (al son del grupo Seguridad Social y su “Quiero tener tu presencia”), de despedidas de soltera horteras y noches de farra. Y se vuelven a sentar en el banco de su adolescencia, donde aún permanecen sus nombres grabados en la madera. Pero los sentimientos de superioridad de Marta y sus ínfulas poco fundadas reaparecen ocasionalmente, aunque finalmente se ponga a trabajar como ayudante en Fotos Ramón (con un José Mota no parodiado, por fin) para bodas, bautizos y comuniones de extrarradio. Y es así como Marta defrauda a todos, pero especialmente a ella, que tiene esa sensación de fracaso por unas perspectivas de futuro laboral que se diluyeron como un azucarillo en el café de un bar. Hasta que logra reencontrarse con su verdadero yo, ese que tiene oculto bajo las distintas capas de maquillaje social que ha aprendido a usar en busca de un éxito personal y profesional basado en la mentira. Y entonces surge una idea, quizás cuando entiende aquello que le dice Desi: “Que la chica puede salir del barrio, pero no el barrio de la chica”. 

Y es así como Chavalas se convierte en un emotivo canto a la amistad y a la esencia de las cosas sencillas que nos hacen grandes. Una película donde todo fluye con sencillez en esa colmena humana que es la Ciudad Satélite, con la jerga de la calle y las dificultades que tiene la clase trabajadora para salir adelante y donde alcanzar los sueños de juventud no siempre es una tarea fácil. Y estas chavalas son cuatro actrices a tener en cuenta, pues consiguen adentrarnos en la esa amistad que tiene algo de chabacana y mucho de nostálgica, entre sus contradicciones, salidas de tono y defectos. 

Está claro que estas hermanas noveles, directora y guionista, nos devuelven el recuerdo de su Cornellá natal para dejarnos una moraleja bien conocida, pero no siempre presente: que para alcanzar tus sueños nunca debes renunciar ni avergonzarte de cuáles son tus raíces. Y ese álbum de fotos imperfectas que conserva Ramón como un tesoro es la metáfora de la vida, especialmente a recordar en esta Marta infundida por la falsa perfección de Instagram y Tik Tok, sus filtros y su postureo. Porque el mundo real es otro al de los “likes” o “me gusta”, el mundo real es el auténtico, donde hay fotos feas y desenfocadas. 

Por eso Chavalas es una sencilla ópera prima, fotografía de amistades de extrarradio, que nos permite replantearnos algunas cosas sobre lo que de verdad importa en nuestras vidas, donde hay que cuidar los vínculos familiares y amistades, y donde se invita a entender que la verdadera perfección reside en lo imperfecto. Como esta película imperfecta. 

Porque para volar hay que mantener muy firmes los pies en el suelo. Y las mujeres directoras de nuestro país (y sus actrices) ya han dado con su fórmula. Con Premios Goya o sin ellos.

 

sábado, 10 de abril de 2021

Cine y Pediatría (587). Las enseñanzas de “El Mago de Oz”

 

Hoy llega a Cine y Pediatría una rareza exquisita del séptimo arte, una película que es a la vez musical y fantástica y de la que se ha escrito de todo. Basada en la novela publicada en el año 1900 por L. Frank Baum, “The Wonderful Wizard of Oz”, en lo que fue el primer libro de cuentos infantiles con personajes y lugares típicos de Estados Unidos en una época donde todos los cuentos infantiles describían paisajes y personajes europeos. Y tal fue el éxito, que Baum llegó a escribir trece novelas adicionales, entre 1900 y 1920, basadas en los escenarios y personajes de la Tierra de Oz. 

Como no podía ser de otra forma, fue llevada a la gran pantalla y para ello la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) compró los derechos, con producción de Mervyn Le Roy y Arthur Freed, quien años después produciría los grandes musicales del estudio. Una película con una dirección muy azarosa: pues, tras pasar por la dirección Richard Ford y George Cukor, Victor Fleming rodaría la mayor parte de la película, aunque tras ser llamado para terminar Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939), el rodaje lo terminaría su amigo King Vidor. Aún así, en la película se presenta como El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), es decir, con un director y no tres como el otro gran éxito de la MGM. Y, aunque en ese año la MGM era sin duda el estudio más grande y poderoso de Hollywood, el coste de producción de El Mago de Oz, por su rodaje en technicolor, se duplicó de lo que era habitual en una producción media de la época. 

Y la película comienza con un propósito: “Para todos aquellos que se han mantenido fieles a su corazón joven, les dedicamos esta película”. Y la historia y los personajes son bien conocidos. Todo ronda alrededor de Dorothy, la joven huérfana de 14 años que vive en una granja de Kansas con su tía Emma, su tío Henry y su perro Totó. Y ese personaje de Dorothy lo interpretó una joven estrella de la MGM, Judy Garland, en un personaje que marcó su carrera y, quizás, su vida. La película comienza en blanco y negro, donde conocemos a los personajes que rodean la vida campestre de Dorothy, quien tras un tornado y haber entonado la mágica canción “Somewhere Over the Rainbow”, aparece en un país lleno de color y fantasía, como la Alicia de Lewis Carroll. Un país llamado Munchkinland, allí donde conoce a los munchkins, a las brujas malas (del este y del oeste) y las hadas buenas (del norte y del sur). Es Glinda, el Hada Buena del Norte, quien regala a Dorothy unos zapatos rojos de rubí y quien el indica que debe seguir el camino de baldosas amarillas para llegar a la Ciudad Esmeralda, allí donde vive el Mago de Oz, quien puede hacerla regresar a su casa de Kansas. 

Y es en el camino donde va encontrando a tres personajes que le acompañan a buscar a El Mago de Oz, pues cada uno tiene un deseo: el Espantapájaros, quien quiere tener cerebro; el Hombre de hojalata, quien desea tener corazón; y el León cobarde, quien busca tener valor. Pero en el camino encuentran las dificultades que le interponen la Bruja Mala del Oeste y sus monos voladores, incluido el Campo de amapolas adormideras. 

Finalmente Dorothy y sus tres inseparables amigos encuentra al Mago de Oz y cada uno consigue su deseo. Y ella consigue regresar a su hogar, de nuevo en blanco y negro, donde confirma (y confirmamos) que todos los personajes soñados en el Mundo de Oz forman parte de su vida real. Y al final aprende que “Se está mejor en casa que en ningún sitio”. Y en el camino se superponen maravillosas canciones para una película inclasificable e irrepetible con muchas lecturas. Una película en blanco y negro al principio y final, la realidad; y en brillante technicolor para el mundo de Oz. 

La película El Mago de Oz fue nominada a seis Premios Óscar, incluyendo el de Mejor película, que ganó Lo que el viento se llevó. Pero si consiguió el Óscar a Mejor canción original por “Somewhere Over the Rainbow” y a la Mejor banda sonora para Herbert Stothart. En aquella edición, Judy Garland recibió un Óscar juvenil por su desempeño destacado como joven en pantalla durante el año anterior, no solo por su participación en El Mago de Oz, sino también en Los hijos de la farándula (Busby Berkeley, 1939), en ésta con su inseparable Mickey Rooney, las dos estrellas que la MGM utilizó hasta la extenuación. 

El Mago de Oz se convirtió en un gozoso capricho del estudio MGM, pero que en su estrenó cosechó un rotundo fracaso de taquilla. De hecho, tardó 10 años en empezar a recuperar el dinero invertido y 20 años en dar beneficios. Pero con el tiempo, en algún lugar más allá del arco iris, se habría convertido en una película de culto. Porque han pasado más de ocho décadas de su estreno, y esta película infantil (para todas las edades) atesora grandes enseñanzas para toda la familia, por lo que su visión y análisis debiera recomendarse encarecidamente. 

He aquí 10 lecciones que aprender con las emociones y reflexiones que nos devuelve El Mago de Oz, un resumen basado en los múltiples análisis que se han hecho de esta película: 

1. No hay lugar como el hogar. Quizás es su máxima enseñanza, como nos lo indica la frase final de Dorotthy. Y ella entiende que volver con su familia y amigos es el mejor lugar para estar, el verdadero hogar. Aunque muchas veces no nos lo parezca. 

2. Las dificultades son parte esencial del camino. El camino amarillo (que es casi una representación de nuestro camino de vida) no es recto y Dorothy (y sus tres amigos) tuvieron que enfrentarse a varias adversidades, pero también encontraron grandes tesoros. Nunca se rindió ante su meta y terminó siendo una chica más fuerte y más sabia. 

3. El valor de la amistad. Porque con amigos todo es más fácil. Aunque Dorothy estaba decidida a encontrar al Mago de Oz y tuvo que enfrentarse a varios obstáculos de la Bruja Mala del Oeste, todo fue más fácil porque contaba con la ayuda de sus tres nuevos amigos: el Espantapájaros, el Hombre de hojalata y el León cobarde, cada uno con sus virtudes y defectos particulares. 

4. Combinar razón y pasión nos hará alcanzar grandes metas. El cerebro te hace más inteligente, el corazón te hace humano. El Espantapájaros quería un cerebro y el Hombre de hojalata quería un corazón, porque sin ellos se sentían vacíos. Luego descubrirían que no se trata del órgano, sino de tus buenas acciones, las relaciones que construyes y tu disposición de ayudar al otro lo que realmente te hará sentir pleno. 

5. El verdadero significado de la valentía. El León cobarde acaba dándose cuenta de que, cuando se trata de defender a sus amigos, no lo duda ni un segundo, demostrando que la verdadera valentía y coraje está precisamente en enfrentar los miedos, no en la ausencia de ellos. Porque el poder (y la valentía) está en nosotros y también las respuestas. 

6. No te fíes de la primera impresión. Y Dorothy nos da una lección al aceptar a cada uno de sus tres amigos, sin juzgar. Y no se equivocó, pues ellos demostraron ser los mejores amigos, apoyándose siempre el uno al otro. Esta enseñanza hizo que Judy Garland fuera todo un referente para la comunidad gay, precisamente por su papel de Dorothy, quien aceptaba a sus amigos de Oz tal y como eran. La frase "¿Eres amigo de Dorothy?" fue durante décadas un método encubierto para preguntarle a otro hombre si era gay y ese arcoíris se convertiría en el símbolo de la lucha por la igualdad. 

7. No abandones tus principios. Y, aunque las Bruja Mala del Oeste hace de todo para manipular y chantajear a Dorothy para que le dé los zapatos rojos, ella sabe que sus intenciones no son buenas y que podría traer más problemas para los demás, aunque solucione los suyos. Por ello, cuando en nuestro corazón sepamos que algo está mal, cabe mantenerse firme y guiarnos por nuestros principios y valores. 

8. No dejes de soñar. Y la canción “Somewhere Over the Rainbow" es un claro recordatorio de que si estás pasando por un mal momento o afrontando un nuevo desafío, cabe recordar el arcoíris, que aparece justo después de la lluvia. Es un canto de esperanza que te recuerda que sí hay sueños que se vuelven realidad. 

9. El bien siempre prevalecerá sobre el mal. Porque siempre habrá brujas y hadas. No importa qué tan poderoso parezca el mal, al final, el bien siempre prevalece si nos unimos y actuamos positivamente con el corazón, el cerebro y valentía. 

10. Eres más fuerte de lo que crees. Porque Dorothy siempre tuvo el poder de regresar a casa en sus zapatos rojos de rubí, pero necesitaba descubrirlo por ella misma. Era la manera de la Hada Buena del Norte de enseñarle que no hay nada más poderoso que nuestra voluntad interior y, a veces, somos más fuertes de lo que creemos. Porque muchas veces buscamos respuestas y soluciones en otros, cuando están en nosotros mismos. Y cabe cultivar la autoestima. 

Pues por todo ello, cabe seguir prescribiendo El Mago de Oz a nuestros hijos y nietos, también a nuestros alumnos y pacientes. Porque todas estas enseñanzas siguen siendo mágicas… más allá y más acá del arco iris.

 

sábado, 10 de octubre de 2020

Cine y Pediatría (561). “Quiero comerme tu páncreas”, un canto animado a la amistad y la pérdida

 

Si pronunciamos estos nombres (Goro Miyazaki, Yasuomi Umetsu, Mahiro Maeda, Ryutaro Nakamura, Noboru Ishiguro, Kazuya Tsurumaki, Yoshifumi Kondo, Kunihiko Ikuhara, Rintaro, Koji Morimoto, Shoji Kawamori, Shinichiro Watanabe, Yoshiaki Kawajiri, Hideaki Anno, Masaaki Yuasa, Momoru Oshii, Katsuhiro Otomo, Satoshi Kon, Hayao Miyazaki, Hiroyuki Okiura, Isao Takahata, Shin'ichirô Ushijima) todos coincidiremos en que son nombres japoneses. Muchos menos verán reflejados en ellos el elenco de grandes directores de anime, lo que ya es desde hace tiempo toda una cultura en Japón y a nivel internacional. 

Anime se usa para nombrar a los dibujos animados de origen japonés, un fenómeno cultural y de entretenimiento que goza de gran popularidad. Las obras de anime solían dibujarse manualmente desde sus inicios a principios del siglo XX, aunque en los últimos años se popularizaron las creaciones digitales. Aunque existen múltiples trabajos de anime con diferentes características, hay un estilo típico de la animación japonesa que empezó a forjarse en la década de 1960 en el que aparecen personajes con ojos muy grandes, labios finos y cabello extraño, con gran expresividad de los rostros lo que diferencia a estos dibujos de los más habituales en la animación occidental. El anime es un arte que está vinculado al manga (las historietas japonesas), el cosplay (el uso de disfraces) y otras disciplinas y tendencias. 

Hasta tal punto ha llegado la repercusión de este tipo de animación, que se han creado dentro de la misma una larga lista de especializaciones para poder satisfacer los gustos de todo tipo de público. Entre las especializaciones más significativas están, por ejemplo, el anime kodomo, que es el que está dirigido al público infantil en general; el anime shojo, que es el que está creado para satisfacer los gustos de las chicas adolescentes, o el anime seinen, que va dirigido a adultos varones y que se identifica por altos niveles de violencia y sexo. Pero son decenas los géneros temáticos en el anime. Y algunas películas de anime ya han formado parte de Cine y Pediatría, como Una carta para Momo (Hiroyuki Okiura, 2011) o La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998).  

Y hoy llega una más, otra película de anime llena de mensaje y con un título muy particular: Quiero comerme tu páncreas (Shin'ichirô Ushijima, 2018), una película que nace de la novela homónima de Yoru Sumino publicada tres años antes y que fue todo un best seller. Y la película comienza así, con esta voz en off de Haruki, un solitario estudiante de secundaria que tiene en la lectura y en su trabajo en la biblioteca su peculiar refugio: “El funeral de mi compañera de clase, Sakura Yamauchi, tuvo lugar un día lluvioso. Algo poco apropiado para la clase de persona que había sido en vida. Como testimonio del valor de su vida no fueron pocos los que derramaron lágrimas durante el velatorio y el funeral; a ninguno de los cuales yo asistí. Permanecí en casa todo el tiempo. El último mensaje que le mandé era muy corto, de una sola línea. Desconozco si lo llegó a leer”. Y el mensaje decía lo siguiente: “Quiero comerme tu páncreas”. Y éste es el título de esta película de anime tan particular, que nada tiene que ver con un acto de canibalismo (es una creencia curativa) y nada que ver con una película violenta (pues en realidad se convierte en una sencilla historia llena de buenos valores). 

Porque esta película se convierte en una deliciosa película de dibujos poéticos y relajantes (por el trato que hace de la luz, las sombras, el viento, el mar, la lluvia, los fuegos artificiales o los sueños) y que se centra en la particular amistad de dos jóvenes estudiantes, Haruki, a quienes ya hemos presentado, y Sakura, la joven de 17 años que tienen una enfermedad del páncreas (no definida) por la que éste ha dejado de funcionar y por la que va a morir a corto plazo. Dos seres opuestos, cuya amistad no es comprendida por nadie: él callado, introvertido y asocial, ella vital, extrovertida y habladora. Haruki nunca ha tenido amigos, y todo cambia en el día que Haruki se encuentra el diario de Sakura titulado “Convivencia con la enfermedad” y en donde descubre este secreto de su enfermedad que nadie conoce, salvo sus padres. Y así ella le confiesa: “Mientras tú seas el único que conozca la verdad, podré seguir haciendo una vida normal”. Y así es como ella escribe una lista de cosas que le gustaría hacer antes de morir y las comparte con Haruki, aunque éste sigue siendo reacio a la amistad: “Lo mismo me da caer bien a los demás o no. Por eso, no me interesan los demás. Y a la gente tampoco le intereso yo”. Pero ella insiste y le envía este mensaje al móvil, con su vitalidad habitual (no exenta del miedo interior que le acompaña): “Vamos a seguir siendo amigos hasta que me muera”

Y así pasan los días, con Haruki siendo el sustento vital de Sakura, muy a pesar de él, quien sigue teniendo un mal concepto de sí mismo y tampoco hace mucho para cambiarlo: “Nadie quiere hablar con el-compañero-que-pasa-desapercibido”. Y en esa relación ella le explica el por qué de la expresión que da título a esta película: “He estado investigando y hay países en las que existe la creencia de que el alma de la persona devorada sigue viviendo de alguna manera en el interior de aquel que la devora”. Y cuando ella le habla de que su libro preferido es “El principito”, él le responde: “Se puede saber mucho de una persona por sus libros preferidos”. Y en los juegos que realizan sobre “verdad o reto”, ella le hace preguntas divertidas y él siempre cuestiones muy profundas, como “¿Qué significa para ti estar viva?”; y ella le responda: “Para mí estar viva es tener la posibilidad de conectar nuestro corazón con los de otras personas. Tratar de conseguir eso es lo que llamamos vivir. Conocer a alguien, querer a alguien, odiar a alguien, pasártelo bien con alguien, ir de la mano de alguien… Eso es vivir”

Y finalmente una noticia lo cambió todo. Y Haruki tardó mucho en afrontar la realidad. Y logró llorar. Y consiguió cambiar, que es lo que Sakura siempre quiso, que se abriera al mundo y a la amistad. Y así es Quiero comerte tu páncreas, la historia de dos amigos que se necesitaban y se dieron su tiempo, tan bella y romántica como los cerezos en flor. Una película del anime japonés que bien pudiera ser un cóctel entre A dos metros de ti (Justin Baldoni, 2019), por esa historia de amistad especial de dos adolescentes alrededor de una enfermedad como la fibrosis quística (que también afecta preferencialmente el páncreas, junto con el pulmón y otros órganos) y Vivir para siempre (Gustavo Ron, 2010), por esas cosas por hacer antes de morir de nuestro adolescente con leucemia.  

En los últimos años venimos gozando de estrenos puntuales de películas anime que nos llegan con cuentagotas a España. Y es así como Quiero comerme tu páncreas, la historia creada por Yoru Sumino, ha conseguido su objetivo: llegar al corazón de sus lectores y después, al de los espectadores. Un canto a la superación y a la vida. Y, donde más allá de la enfermedad y la posible historia de amor que sirve como contexto, el corazón de la cinta reside en Sakura y la manera que tiene de ver la vida y cómo entiende las relaciones que establece con las personas de su entorno, cómo nos dibuja la amistad y el manejo de la pérdida.

 

sábado, 7 de marzo de 2020

Cine y Pediatría (530). “Bella” película pro vida


“Mi abuela solía decir: si quieres hacer a Dios reír, cuéntale todos tus planes”. Con este pensamiento, una imagen de un niña jugando en una playa y luego un salto temporal a ritmo de cha cha cha callejero donde un joven jugador de fútbol acude con su representante en su despampanante coche a firmar un posible contrato por el Real Madrid. Así comienza la ópera prima del mexicano Alejandro Gómez Monteverde, debut como director y guionista del largometraje Bella, un melodrama urbano y psicológico protagonizado por Tammy Blanchard, actriz y cantante estadounidense, y por Eduardo Verástegui, actor y cantante mexicano, que, tras su estreno en el año 2006, obtuvo diferentes premios internacionales y una buena acogida de los espectadores estadounidenses y mexicanos. Sin faltarle detractores… 

Una película que transcurre en un día en la ciudad de Nueva York. Una canción de Alejandro Sanz nos adentra en un restaurante de esta Gran Manzana donde trabajan nuestros protagonistas: Nina (Tammy Blanchard) como camarera y José (Edurdo Verástegui) como chef del local y hermano del dueño. Inspirada en una historia real, nos cuenta como Nina se queda embarazada sin pretenderlo; y al desequilibrio físico y emocional que eso le supone, se suma el que es despedida de su trabajo por sus repetidas ausencias. En su ayuda sale José, como un Jesucristo salvador (incluso con un parecido físico). Al principio, Nina está segura de que abortará: no se siente preparada para ser madre, ni siquiera está enamorada del hombre que la ha dejado embarazada (y que le anima a deshacerse del niño). Pero José intenta convencerla para que no lo haga y opte por la opción de la adopción (algo que la futura madre siente aún como más cruel). En el transcurso de la película descubrimos que los dos protagonistas son víctimas del lastre de sus traumas del pasado: José aún no ha logrado superar que años atrás atropelló y mató a una niña con su coche y se siente en deuda con el universo, le debe una vida; y Nina sabe bien lo que es vivir sin padres, por lo que no desea que su hijo viva algo similar, porque aún arrastra el dolor del abandono paterno. Un dilema a dos bandas, con el aborto y la adopción en el núcleo argumental. 

Y a partir de ahí, José con su chaqueta blanca de chef y su poblada barba y Nina con su floreado vestido mexicano de camarera pasearán por la ciudad compartiendo diferentes experiencias e intentando ambos buscar significado para sus vidas… y salida a su soledad. Y ya al inicio, tras el encuentro con un invidente callejero podemos leer el escrito tras él en la pared con un significativo mensaje: ”Dios me cerró los ojos. Ahora puedo ver”. Porque la soledad de nuestros protagonistas es diferente. Pues Nina está sola en la ciudad, ahora con un futuro de madre soltera y sin trabajo, por lo que nos expresa sus sentimientos: “No estoy preparada. Con un hijo pierdes la libertad. Es mi decisión, ¿vale?”, "¿Por qué los niños son solo problema de las madres… Ni siquiera sé cuidar de mí, cómo voy a cuidar un niño”. Mientras que José tiene con él a su familia latina, de padre portorriqueño y madre mexicana, una familia que intenta hacerle superar la desgracia que cambió su vida. Pues descubrimos que José era el famoso jugador de fútbol, y finalmente confiesa a Nina que la muerte de aquella niña sigue atormentando su vida y su futuro, pues a él le robaron cuatro años por la condena por homicidio involuntario, pero a aquella madre la robó todo lo que tenía, su hija. Pero Nina si le dice, al conocer a su familia: “Tú eres realmente afortunado. Tienes una buena familia”.

Porque Bella es posible que no sea un gran film - pues en ocasiones más parece una telenovela (con esos dos protagonistas de gran belleza) -, pero su interés cabe encontrarlo en ese encuentro, conocimiento y apoyo emocional de dos personas en crisis que transitan en una gran ciudad. Y en el valor de su mensaje subyacente: el valor de la vida de un niño. En este caso de dos niñas, la que falleció y la que pudiera no nacer. Porque Nina le pide a José que la acompañe a la clínica donde se realizará el aborto, pero finalmente la niña fue adoptada por José, y ella descubre años después que su nombre es Bella, el nombre de esa hija que finalmente vive gracias al amor. 

Por ello, desconfíen de opiniones que puedan escuchar sobre esta película sin haberla visto, porque estarán teñidas de este tipo de convicciones al ser claramente una película antiabortista y a su mensaje pro-vida y pro-familia, sin ocultar el valor de una familia religiosa (que reza antes de comer y que tienen a la Virgen de Guadalupe en su hogar). Una película sobre la que ya hablamos hace tiempo al referir otras películas que han tratado un tema tan sensible como el aborto y bajo varios enfoques. Y Bella realiza este enfoque como un bello poema de amistad y amor a una mujer y un canto a la vida y a la generosidad como forma de encontrar la paz con uno mismo.

Cabe no olvidar que toda película debiera verse en su versión original, pero en aquellas como Bella donde se mezclan los idiomas de los personajes, aún más. Y con ello podemos disfrutar también de su banda sonora, donde no faltan los ritmos rancheros – con el clásico “Currucucú Paloma…”–, de salsa o de cha cha cha. 

Y si la semana pasada hablamos de la película La Bella y la Bestia , hoy hablamos de otra Bella. Y en esta película de hoy cualquier atisbo de bestia es sustituido por su mensaje pro-vida.