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miércoles, 27 de agosto de 2025

“Una pandemia entre pandemias”, cooperación con Alegría y conciencia desde África

 

Son bastantes los libros que tengo en el “debe” pendientes de leer. Pero este que hoy quiero comentar siento haber tardado en leerlo, pues es bueno para la mente y el corazón. Y siempre, pero más en estos tiempos convulsos y desorientados, este tipo de lecturas son recomendables para reflexionar y redirigir el paso. Hablo del libro “Una pandemia entre pandemias” del pediatra Iñaki Alegría Coll, publicado en el año 2021 por la editorial Caligrama. 

En sus primeras páginas nos explica: “Estoy en primera línea, en el Hospital Rural de Gambo, que ahora combate la pandemia de coronavirus entre epidemias de sarampión, meningitis, cólera, tuberculosis y hambrunas. Y que debe lidiar con el silencio que rodea al Cuerno de África, sobre todo al sur de Etiopía, cuya evidencia más clara es la indiferencia humana”. Y lo primero que podemos reflexionar es que poco conocemos de África: porque Etiopía es el segundo país africano más poblado (con unos 100 millones de habitantes, solo por detrás de los 200 millones de Nigeria) y el décimo en extensión (con su 1.104.300 Km2). Y a 245 Km de la capital Addis Abeba, y en una zona montañosa a 2.200 metros, se encuentra el pueblo de Gambo, conocido por albergar el Hospital Rural de Gambo, un centro de atención médica para una amplia zona rural, originalmente una leprosería, pero que ahora atiende de todo, con un papel muy importante en la formación del personal sanitario y en la investigación (especialmente en el campo de la tuberculosis, y la lepra). 

A este lugar llegó hace muchos años Iñaki como voluntario, casi recién terminada su residencia de Pediatría en el Hospital de Granollers, hasta llegar a convertirse con el tiempo en su director médico. Y ello tras un paso intermedio como coordinador médico de la clínica pediátrica de la Fundación Pablo Horstmann, ONG con más de una década de experiencia en países como Kenia y Etiopía. Curiosamente mi relación con Iñaki parte de la preparación de un futuro Máster de Pediatría gratuito para los médicos de Lamu y que se está elaborando con la Universidad Francisco de Vitoria y la Asociación Española de Pediatría, donde colaboramos desde nuestra experiencia en la plataforma de formación Continuum. 

Y a través de las 147 páginas de este libro, el Dr. Iñaki Alegría nos relata las historias de sus paciente pediátricos y familias, donde cada nombre es una emoción a flor de pie: Ruziya, Abdulakim, Haja, Bilisuma, Abdisa, Ibsa, Bilcha, Meseret, Mulu, Mekonen, Wayitu, Tsahay, Alim, Rahima, Nimona, Fatuma, Misgana, Mishu,… Un trabajo que implica estar al pie del cañón todos los días a todas las horas, haciendo de todo para salvar una vida. Y así nos recuerda al inicio del libro: “Si trabajas un día al 300% de tu capacidad, eres un héroe. Si lo haces una semana, también, pero si lo haces toda tu vida, entonces te conviertes en nadie, el olvidado. Este libro es un reconocimiento a aquellas personas que trabajan cada día por encima de sus posibilidades, para rescatarlas del olvido”. Y porque en este libro se descubre algo mejor que salvar vidas: enseñar a salvarlas. 

Un libro que como se nos dice en la contraportada “auscultaras el latido de la vida, oirás los gemidos del ahogo y saltarás de alegría con la recuperación”. Y sí, tal como nos predice, es un libro que nos cambiará la vida y la manera de verla. Al menos con el contraste a nuestro malcriado y consentido Primer Mundo, donde todo lo tenemos y nada agradecemos. Y al comparar el trabajo que se realiza en el Hospital Rural de Gambo y el que realizamos en los nuestros, resuenan las palabras de Teresa de Calcuta: “No os canséis de dar, pero no deis lo que os sobra. Dad hasta que os duela. Amad hasta que os duela. Si duele, buena señal”. 

El Dr. Iñaki Alegría, que hace honor a su apellido, y su equipo hacen buenas las palabras de Eduardo Galeano (que tanto he repetido en conferencias) y que nos recuerda en uno de su últimos capítulos: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”. 

Qué buena oportunidad para adentrarnos en la conciencia de África, ese país donde tres de cada cuatro muertes son por enfermedades contagiosas, como el sida, la tuberculosis, la malaria, las infecciones respiratorias y las complicaciones durante el embarazo y el parto. Y donde el SARS-CoV-2 (recordamos que este libro fue escrito en plena pandemia) fue solo un problema más y que se sumó a las decenas de grandes problemas que sufre el continente desde casi siempre. Y aquí resuena el proverbio africano: “Si quieres ir rápido, camina solo, si quieres llegar lejos, ve acompañado”. 

Gracias, Iñaki, por tu compañía, por este libro y por tu ejemplo en “Cooperación con Alegría”. Y hace ya años que nos dejaste tus “consejos que habría agradecido antes de ir de cooperación”, pero que vale la pena recordarlos en este enlace.  

sábado, 9 de agosto de 2025

Cine y Pediatría (813) “Yesterday”, el ayer y hoy de las infancias huérfanas por el sida en África

 

Nos encanta descubrir nuevas filmografías en Cine y Pediatría. La semana pasada inauguramos Egipto con la película Yomeddine (Abu Bakr Shawky, 2018) alrededor del estima de la lepra y hoy lo hacemos con Sudáfrica, y ello a través de una película de una gran belleza, aunque la historia que nos cuente sea tan dura alrededor del estigma del sida. Belleza en los personajes, en las actrices protagonistas, en el paisaje, en la música, en los sentimientos y en el mensaje. Una historia que se revisa con el corazón encogido al sentir la asimetría del mundo y cómo la realidad de África sigue siendo muy lejana a la acomodada vida de nuestro primer mundo. Hablamos de la película Yesterday (Darrell James Roodt, 2004), una historia de mujeres (la protagonista y su hija, la doctora, la maestra, las vecinas) enfrentadas a la infección por VIH.  

Yesterday se nos cuenta a través de dos estaciones del año: verano e invierno. Comienza en verano a través de una panorámica de la tórrida sabana africana, en la que caminan Yesterday (Leleti Khumalo) y Beauty (Lihle Mvelase), madre e hija de 5 años, respectivamente, dos nombres muy significativos para esta historia. Tras tres horas caminando llegan a un centro sanitario donde Yesterday busca ser atendida, pero no es posible, pues hay una gran cola de pacientes delante de ella y debe regresar resignada. Pronto observamos su tos persistente y disneizante. 

Mientras pasan los días hasta volver a acudir al médico de nuevo, se nos presentan que viven en una población rural pequeña de Sudáfrica, Rooihoek, con escasos recursos y donde sólo vemos mujeres con sus hijos (se deduce que, o bien son viudas, o sus maridos trabajan en zonas más industrializadas para ayudar a mantener a sus familias, cual es el caso del padre de Beauty, quien lo hace en una mina en Johannesburgo). La segunda tentativa por consultar su enfermedad con un médico sigue el mismo fracasado destino, por lo que acaba recurriendo, sin mucha confianza, a la curandera del pueblo, quien le dice “Aquí hay mucha ira. Tienes que soltar esa ira”, algo que nada tiene que ver con la realidad. Sigue empeorando, y en la tercera tentativa, la nueva profesora del poblado (Harriet Lenabe) le suministra un taxi para que llegue temprano al centro sanitario y ahora si pueda ser atendida. Cabe destacar la empatía de la doctora que le habla en zulú y le pregunta por qué se llama Yesterday, a lo que ella contesta: “Mi madre decía que las cosas fueron mejores ayer que lo que son hoy”. Tras examinarla y hacer una analítica, regresa días después, donde la doctora le explica con tacto y mesura, con mucha humanidad, que ha contraído el sida (realmente no se nombra, se intuye). A destacar el silencio que se produce cuando Yesterday le pregunta: “Entonces, ¿voy a dejar de vivir?”. Yesterday no entendía que hubiera tenido que usar preservativos, estando casada, pero finalmente viaja a Johannesburgo para comunicarle la noticia a su esposo John (Pepi Khambule) y decirle que es preciso que él también se haga las pruebas… Y aquí somos testigos de las escenas más crueles de la película, especialmente cuando luego Yesterday recuerda entre lágrimas que el ayer con su esposo y su hija fue feliz en algún momento. 

Llega el invierno y vemos ya a una Yesterday débil y enferma por el avance del sida. Las vecinas son testigos de su deterioro, ella les dice que es sólo cansancio. Al regresar de las labores del campo, un día encuentra en casa a su marido tiritando, sudoroso, delgado y pálido, muy enfermo. “No quise creer lo que tú me dijiste”, le confiesa a su mujer, en otra de las escenas más dura y emotivas del film. Yesterday vuelve a revisión con la doctora y toma una decisión que comparte con la facultativa: “¡Hasta que mi hija no vaya a la escuela, no pienso morirme! Empieza el año que viene”. Mientras tanto su marido sigue oculto en casa, bajo el murmullo de todo el pueblo. Finalmente confiesa a su amiga profesora que tanto su marido como ella tienen el sida, y a la pregunta de por qué no dijo nada, ella le relata la historia de una chica de un pueblo cercano a la que todos sus vecinos apreciaban, pero que, tras contraer el VIH, se lo dijo a sus padres y murió lapidada. Pero la situación se vuelve tan violenta con sus vecinas por la salud de su marido, donde el miedo, la desinformación, el estigma, la intolerancia y el desprecio son más que notorios. Mientras, Yesterday busca soluciones: no la encuentra en un hospital para pacientes terminales con sida pues está lleno, por lo que decide construir una cabaña a las afueras de la aldea, lejos de de rumores y de la intolerancia de sus vecinas. 

Con la llegada del nuevo verano, vemos a Yesterday se halla visitando la tumba de John. Le acompaña la profesora, que le informa que las clases empezarán la semana próxima, causándole gran felicidad el hecho de poder ver cómo acude Beauty al colegio por primera vez, pues ella no pudo y es analfabeta. También le dice: “Cuando llegue el final, amaré a Beauty como si fuese mía”. Con el corazón roto de amor y conteniendo las lágrimas, recordaremos esta maravillosa película por mucho tiempo, con esa imagen final de Yesterday acompañando a Beauty en su primer día de clase y dándole un beso en la distancia. 

Los datos actuales del sida en África nada tienen que ver con los de otros continentes. La crudeza de las cifras hablan por sí misma: este continente concentra cerca de dos tercios de todas las personas con VIH en el mundo, pese a representar solo alrededor del 12 % de la población mundial; actualmente se cuentan alrededor de 26 millones de personas viviendo con VIH en África, concentrado específicamente en la región subsahariana; y cada año se contabilizan más de un millón de nuevas personas infectadas; la vulnerabilidad es mayor en países del este y sur como Botswana, Lesotho, Malaui, Mozambique, Namibia, Sudáfrica, Zambia y Zimbabue. Si centramos nuestra atención en la población infanto-juvenil, se estima que aún más de 1,4 millones de niños y niñas entre 0 y 14 años viven con VIH a nivel mundial, de los cuales la gran mayoría se encuentran en África subsahariana (en esta región las mujeres y niñas representaron el 63% de todas las nuevas infecciones); se estima que en 2024 aún murieron 75.000 menores por causas relacionadas con el sida (pues a pesar de que la infancia representa solo el 3% de las personas que viven con VIH, constituyeron el 12% de las muertes relacionadas con sida a nivel mundial). Y no se debe olvidar que, desde el inicio de la pandemia en África, el sida ha dejado más de 12 millones de niñas y niños huérfanos. 

¿Cuáles son los desafíos a los que se enfrenta el sida en África (muchos presentes en nuestra película de hoy)?: la transmisión de madre a hijo elevada (dadas las deficiencias en la cobertura de salud para las madres seropositivas), el diagnóstico tardío o inexistente, la dificultad de acceso al tratamiento antirretroviral, la resistencia a antirretrovirales como amenaza creciente, el estigma social y barreras legales (sobre todo en población clave como LGTBIQ+, drogadictos vía parenteral, trabajadores sexuales), el aumento de leyes punitivas (en países como Uganda o Mali, lo que agrava la invisibilidad y vulnerabilidad de estas poblaciones), la desigualdad de género (desfavorable a adolescentes y mujeres jóvenes) o los recortes en la financiación. 

Y es así como la conmovedora obra cinematográfica Yesterday nos habla del ayer y del hoy de las infancias huérfanas por el sida en África. Y entre emociones como la empatía y compasión, la tristeza y el dolor, la indignación y frustración, o la esperanza y admiración, nos llevamos estas reflexiones en la mochila, dignas de un cine fórum: el estigma y la ignorancia en torno al VIH/sida, la resiliencia de la mujer africana, la importancia de la educación (un símbolo de esperanza para el futuro y la única manera de cambiar el destino de las naciones) y la universalidad de la condición humana sobre temas como el amor incondicional de una madre, la lucha por la supervivencia, la dignidad ante la enfermedad y la búsqueda de un futuro mejor. Y entender que, aún hoy, el sida en África poco tiene que ver aún con el sida en el primer mundo. Y por ello Yesterday y Beauty son dos nombres que ya nos inspiran en busca de un mañana más bello.

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

África y COVID-19: sobreviviendo entre la espada y la pared



Cuando surgió la amenaza de una pandemia de COVID-19 a principios de este año 2020 de tan mal recuerdo ya, muchos temieron sus efectos en los países menos desarrollados: y el prototipo era un continente como África. La preocupación por la combinación de sistemas de salud sobrecargados e insuficientemente financiados, y la carga ya existente de enfermedades infecciosas y no infecciosas, consiguieron que con frecuencia se hablara de ello en términos apocalípticos en este continente. Pero, por fortuna, no ha sido así... 

África representa el 17% de la población mundial, pero solo atesora un 3,5% de las muertes por COVID-19 comunicadas. Porque, más allá de una peor calidad de los datos recogidos sobre casos y fallecidos por la pandemia en estos países, la brecha entre las predicciones y lo que realmente ha ocurrido hasta el momento es asombrosa. Porque en muchos países africanos, la transmisión ha sido alta, pero la gravedad y la mortalidad han sido mucho más bajas que las predicciones originales, basadas en la experiencia de China, Estados Unidos y Europa. 

Se ha discutido mucho sobre a qué se debe este desfase y se han planteado varias posibilidades (y que deben sumarse para poder entender los datos): 

- La importancia de la edad. Quizás sea el factor de influencia más obvio, pues la estructura de edad de la población es bien diferente. Ya es evidente que el riesgo de muerte por COVID-19 para personas de 80 años o más es aproximadamente cien veces mayor que para las personas de 20 años. Y el ejemplo entre Reino Unido y Kenia sirve de ejemplo: Esto se aprecia mejor con un ejemplo: a 6 de diciembre, el Reino Unido había contabilizado 61.245 muertes por esta enfermedad, mientras que Kenia había contabilizado 1.526. La población del Reino Unido es de unos 66 millones de personas, con una edad media de 40 años. La población de Kenia es de 51 millones y la edad media es de 20 años. 

- La falta de identificación y registro de las muertes. En los países africanos la capacidad de realizar pruebas diagnósticas y el registro específico de muertes son complejos. Sin embargo, una diferencia en mortalidad de esta envergadura no se puede explicar completamente con la información que falta. No han faltado explicaciones a partir de otros factores. 

- Temperaturas altas y humedad. Se ha confirmado que los climas cálidos y húmedos parecen reducir la propagación del COVID-19, pues en esas condiciones los mecanismos con los que nuestras vías respiratorias despejan el virus funcionan mejor. Aunque África tiene globalmente temperaturas más altas y mayor humedad, no es igual en todos los países ni es constante a lo largo del año. 

- Inmunidad entrenada. Ante la posibilidad de respuestas inmunes preexistentes debidas a la exposición previa a otros patógenos (las infecciones en África forman parte de su día a día y de sus trágicas estadísticas de mortalidad) o a la vacunación BCG, una vacuna contra la tuberculosis aplicada al nacer en la mayoría de países africanos. 

- Factores genéticos. Que siempre acaban siendo relevantes. Un haplotipo (grupo de genes) recientemente descrito, asociado a un mayor riesgo de gravedad y presente en el 30% de los genomas del sur de Asia y en el 8% de los europeos, está casi ausente en África. 

- Respuestas más efectivas ante las pandemias. Quizás porque los del sistema de salud pública por parte de los países africanos están muy acostumbrados por experiencias anteriores a enfrentarse a epidemias o pandemias, y quizás puedan haber sido más efectivos en el control de la transmisión. 

- Otras posibilidades. 

Ante este panorama, el Grupo de Cooperación Internacional de la Asociación Española de Pediatría (AEP), acaban de publicar un artículo con el título que hemos utilizado en este post, un artículo que es pura ciencia y conciencia y que aconsejo leer en toda su extensión en este enlace.  

Y, tal como exponen en el resumen, conscientes de las dificultades planteadas en entornos con sistemas de salud robustos, donde la mortalidad ha sido significativa, y la transmisión difícilmente controlable, había una lógica preocupación por ver cómo el virus podría afectar a los países africanos, donde sus frágiles sistemas de salud auguraban un impacto aún mayor. Este «tsunami» anunciado, de potenciales consecuencias devastadoras, parece, sin embargo, no haber llegado todavía, y los países africanos, donde ya se ha evidenciado una creciente transmisión, no están viendo el impacto en la salud de sus habitantes que muchos habían predicho. Y en el artículo repasan la situación actual de la pandemia en el continente africano, intentando entender los determinantes de su lenta progresión. 

Porque en el continente africano, compuesto por 46 países y 1.216 millones de habitantes, el 72% de las muertes se deben a enfermedades contagiosas, como el sida, la tuberculosis, la malaria, las infecciones respiratorias y las complicaciones durante el embarazo y el parto, 
Algunos datos más pormenorizados: 
- África concentra el 60 % de las personas que viven con VIH en todo el mundo- 
- Cada año se registran unos 2,4 millones de casos de tuberculosis en la región africana -el 24% de todos los casos notificados en el mundo- y medio millón de muertes por ese motivo. 
- De los 20 países con mayores tasas de mortalidad materna, 19 se encuentran en África. La tasa de mortalidad de recién nacidos de la región africana es la más alta del mundo. Se estima que unos 50 de cada 1.000 bebés nacidos mueren durante sus primeros veintiocho días de vida. 
- La mortalidad infantil está en aumento en su proporcionalidad en el mundo. Si en 1960 se registraban en esos países el 14 % de todas las muertes de niños menores de 5 años ocurridas en todo el mundo, ese porcentaje se incrementó hasta el 23 % en 1980 y el 43 % en 2003 y en esas cifras se mantiene. 

Es por ello que mientras el SARS-CoV-2 es ahora un problema enorme en Europa y Estados Unidos, en África es sólo un problema más y que se suma a las decenas de grandes problemas que sufre el continente desde casi siempre.

sábado, 24 de octubre de 2020

Cine y Pediatría (563). “El niño que domó el viento”, una gota en el mar de las hambrunas


Un adolescente de 14 años de Malaui, por nombre William Kamkwamba, logró salvar a su pueblo en el año 2001 de una de las recurrentes hambrunas en ese país. Inspirado en un libro titulado “Using Energy”, este joven inventó un sistema de captación de energía eólica, lo que posibilitó bombear agua para el cultivo de alimentos en la sequía. Lo hizo construyendo un molino de viento sirviéndose de una simple bicicleta, de las partes oxidadas de un viejo tractor y de los manuales básicos de ingeniería que encontró en la biblioteca de su escuela, de la que sería expulsado cuando su familia de agricultores dejó de poder pagarla. Y esta historia real se hizo conocida mundialmente por su invención entre la precariedad, especialmente a través de una conferencia TED. Y en el año 2007, ya a los 19 años, logró volver a estudiar y se doctoró en Dartmouth, una de las universidades de la exclusiva Ivy League (una de las ocho universidades de élite estadounidenses con connotaciones de excelencia académica, selectividad en las admisiones y elitismo social, donde también se encuentran las universidades Brown, Columbia, Cornell, Harvard, Pensilvania, Princeton y Yale). Y Kamkwamba decidió recoger esta increíble historia en un libro autobiógrafico en el año 2009, “The Boy who Harnessed the Wind”, coescrito con el periodista Bryan Mealer, y que se constituye en una inspiradora historia sobre el poder de la imaginación y la fuerza de la determinación. Y fue una década después cuando se estrenó la película El niño que domó el viento (Chiwetel Ejiofor, 2019), distribuida por la todopoderosa Netflix. 

Y es este actor inglés, Chiwetel Ejiofor, un ejemplo más de actor devenido en director, y que conocemos especialmente por su nominación al Oscar por 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013) y que debutara por otra interpretación relacionada con la esclavitud en Amistad (Steve Spielberg, 1997), quien se atreve a plasmar esta historia y libro en la gran pantalla. Y en El niño que domó el viento no solo se encarga de la dirección, sino también del guión y de interpretar al padre de nuestro protagonista. Los hechos nos trasladan a la hambruna de Malaui del año 2002, una de las peores hambrunas como consecuencia de la peor cosecha de maíz desde 1949, y que es conocida como la hambruna de Bakili Muluzi, por ser este el nombre del presidente del país en aquel momento y su mala gestión. Pues la política y los políticos son uno de los grandes males que asola África, verdadera plaga de dictaduras y corrupciones, sin atisbos de conseguir una democracia real y madura. 

La película es narrada en cuatro partes, cuyo nombre se expresa en español, en chichewa (idioma oficial de Malaui) y en inglés: Siembra (Kufesa/Sowing), Cosecha (Kukolola/Harvest), Hambruna (Njala/Hunger) y Viento (Mphepo/Wind). Y es que esta película es un ejemplo más de por qué toda película debe visionarse en su versión original subtitulada, pues en ella se mezcla sin solución de continuidad el chichewa y el inglés. 

William Kamkwamba (Maxwell Simba) vive con sus padres Agnes y Tryndell y dos hermanos (una hermana mayor, Annie, y un lactante), en un poblado agrícola con pocos medios, pero donde la enseñanza se nos muestra como importante. Una escuela de la que es expulsado, pese a su interés por acudir y su pasión por aprender, pues sus padres no pueden pagarla. Y la preocupación del Prof. Kachigunda, prometido de su hermana, es clara: “Muchos alumnos se van por culpa de la cosecha. Podrían cerrar la escuela. Aquí no nos queda nada”. Y donde la hambruna se suma a una tierra ya maltratada por la explotación de la industria tabaquera, con tala sistemática de árboles y la posterior desertización y facilidad para inundaciones. 

Y llega la hambruna y sus consecuencias para la población, donde se pelean entre ellos por conseguir grano o la poca comida que reparte el gobierno. Y las conversaciones en la familia rondan sobre esta grave situación. Y el padre les dice: “Podemos comer una vez al día. Habrá que decir cuándo”. Y la madre comenta sobre el padre: “Se está matando de hambre. Se está matando de hambre por no privar a los niños de comida”. Y en la necesidad surge el intelecto, y en principio nadie cree en la idea de William: “En Estados Unidos hacen electricidad con el viento. Y con ella haremos agua. Haremos un molino de viento. Primero uno pequeño para ver si funciona…”. Pero al final el padre confía en él y también sus amigos, y le ayudan a conseguir el milagro de obtener el agua del viento.

Emocionante el proceso. Emocionante la película. Y que termina con el personaje real de William Kamkwamba: “A William se le concedieron becas para que terminara la escuela en Malaui y para que estudiara en la African Leadership Academy de Sudáfrica. Después se licenció en Estudios Medioambientales en Darmouth College, USA. Agnes y Tryndell siguen viviendo en Wimbe. El primer y posteriores molinos que William construyó garantizan electricidad y cosecha a lo largo de todo el año. Annie nunca pudo ir a la universidad. Sigue casada con Mike Kachigunda. Tienen cuatro hijos y visitan Wimbe a menudo”. Y el dicho malaui: “Ngati Mphero Yofika Korse / Dios es como el viento, lo toca todo”

Y es que para entender la magnitud de la proeza de William Kamkwamba, hemos de ponernos en situación: una infancia en Malaui, un país africano dominado por la superstición, donde todos temen el poder del hechicero; una subsistencia sometida a las inclemencias meteorológicas y a las corrupciones habituales de la mayoría de los gobiernos, que echan al traste la cosecha del año y condenan a la familia, y al pueblo entero, a la hambruna; una educación inaccesible para la mayoría de los niños, que no pueden pagar las tasas; una existencia sin electricidad, que les obliga a depender de las lámparas de queroseno, que los asfixian, y de la madera, a kilómetros de distancia y cada vez más escasa… Y en medio de tanta penuria, un niño capaz de cambiar el destino de su familia y de su país gracias a su curiosidad e ingenio. Y con esta pequeña gran historia, la revista Time incluyó a Kamkwamba entre las “30 personas menores de 30 años que cambiaron el mundo”. 

Porque El niño que domó el viento es una bellísima película, real y extraordinaria como la vida misma. Y una oportunidad para conocer de primera mano lo que son las hambrunas, algo que en este primer mundo de sobrepeso nos suena a ciencia ficción. La ONU define la hambruna cuando al menos el 20% de los hogares de una zona se enfrentan a una grave falta de alimentos, las tasas de malnutrición superan el 30% o mueren al día por hambre dos o más personas por cada 10.000. Y para conocer su importancia basta recordar las mayores hambrunas del último siglo: Unión Soviética 1930-5 (hasta 8 millones de personas murieron como resultado del programa de industrialización masiva de Josef Stalin), China 1958-61 (entre 10 y 20 millones de personas murieron como resultado del Gran Salto Adelante de Mao Zedong, con una política errónea), Camboya 1970-9 (una década de conflictos y hambre con un saldo de 2 millones de muertes), Etiopía 1984-5 (1 millón de fallecidos y esta fue la hambruna que originó el famoso concierto Live Aid promovido por Bob Geldof), Corea del Norte, 1995-9 (más de 3 millones de fallecidos por una combinación de inundaciones y políticas gubernamentales erróneas), Somalia, 2011-12 (que mató a 260.000 personas). 

Y por ello El niño que domó el viento no solo nos recuerda una bella historia de superación e ingenio, sino que se convierte en un toque de atención para no olvidar que las hambrunas pueden matar más que una pandemia vírica. Y aunque esta historia solo es una gota en el mar de las hambrunas, bien vale la pena  recordarla.


sábado, 18 de julio de 2020

Cine y Pediatría (549). “Lejos de África”, cerca del desarraigo en la África española



La semana pasada hablamos de África, de películas míticas sobre este continente y del conocido como “el mal de África”. Y comentamos en concreto la película Adú (Salvador Calvo, 2020), en lo que es la encrucijada de los refugiados de este continente que intentan llegar a Europa.  Porque a finales del siglo XX y nuestros días la relación entre Europa y África se escribe con la palabra refugiados. Pero en los siglos anteriores esta relación se escribía con la palabra colonización. Y dentro de las numerosas colonizaciones que asolaron África, una nos es muy próxima (y quizás también muy lejana, por lo poco que aprendimos y casi ni recordamos): la conocida como África española. Y que una película hoy nos trae a la memoria: Lejos de África (Cecilia Bartolomé, 1996). 

África española es la denominación que se daba a los territorios africanos bajo soberanía o protectorado español, especialmente aplicada a las dependencias coloniales del Protectorado Español de Marruecos formado por las zonas del Rif al norte y Cabo Juby al sur, Sáhara Español (actual Sahara Occidental) y Guinea Española (actual Guinea Ecuatorial). Hoy las islas Canarias, Ceuta y Melilla así como las plazas de soberanía, conforman parte del territorio nacional de España. 

Todo comenzó en 1497, cuando la corona de Castilla anexionó la ciudad de Melilla y en 1509, Orán. Y en el siglo XVII otros puertos que actualmente forman parte de los Estados de Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. Por medio del Primer Tratado de San Ildefonso (1777) entre España y Portugal, éste incorporó a sus territorios de Brasil la colonia de Sacramento y la isla de Santa Catalina, a cambio de las islas de Fernando Poo y Annobón en África. De finales del siglo XIX a principios del siglo XX, Marruecos fue un territorio disputado por las potencias europeas, principalmente Francia, España, Reino Unido y el Imperio Alemán. España participó en diferentes guerras y ocupaciones: Guerra de África (1859-1860), Guerra de Margallo o Primera Guerra del Rif (1893-1894), Guerra de Melilla y Desastre del Barranco del Lobo (1909), Protectorado español de Marruecos (1913-1956), Guerra del Rif (1911-1926) con la violenta oposición de Abd al-Krim que se materializó en el llamado Desastre de Annual (1921) y el desembarco de Alhucemas (1925). 

Y un lugar especial ocupó Guinea Española, que actualmente es el estado independiente de Guinea Ecuatorial. Los Territorios Españoles del Golfo de Guinea comprendían las islas de Fernando Poo, Annobón, Elobey y Corisco y la Guinea Continental Española, cuyo límite se trazó en el Tratado de París, que dejó a la parte continental de la colonia en sólo una décima parte de la original: éstos distintos territorios e islas fueron reunificados en 1926, pasándose a llamar Guinea Española. La colonización se inició en 1885 hasta que se independizó en 1968. 

La colonia llegó a tener participación política en las Cortes españolas durante el franquismo. En 1959, los territorios españoles del golfo de Guinea adquirieron el estatus de provincias españolas ultramarinas, similar al de las provincias metropolitanas. El territorio se dividió en dos provincias: Fernando Poo (con las islas de Fernando Poo y Annobón) y Río Muni (con la Guinea Continental y las islas Elobey y Corisco); y se denominó Región Ecuatorial Española. Como tal región, fue regida por un gobernador general ejerciendo todos los poderes civiles y militares. Las primeras elecciones locales se celebraron en 1960, y se eligieron los primeros procuradores guineanos en cortes. Bajo la Ley Básica de diciembre de 1963, las dos provincias fueron reunificadas y dotadas de una limitada autonomía, con órganos comunes a todo el territorio (entre ellos un cuerpo legislativo) y organismos propios de cada provincia. Aunque el comisionado general tenía amplios poderes, la Asamblea General de la Guinea Española tenía considerable iniciativa para formular leyes y regulaciones. 

En marzo de 1968, bajo la presión de los nacionalistas ecuatoguineanos y de las Naciones Unidas, España anunció que concedería la independencia. Se formó una convención constituyente que produjo una ley electoral y un borrador de constitución. El referéndum sobre la constitución se produjo el 11 de agosto de 1968, bajo la supervisión de un equipo de observadores de las Naciones Unidas. Después se formó el primer gobierno independiente, a través de Francisco Macías Nguema, el siniestro dictador que rigió los destinos del país africano durante sus primeros años de existencia, y que fuera derrocado en 1979 por el actual presidente, Teodoro Obiang Nguema, también considerado un dictador por una parte importante de la comunidad internacional. 

Y quizás todo este recuerdo histórico no es banal para hablar de la cuarta y última película de Cecilia Bartomé, una guionista, productora y directora de cine española que nació en Alicante pero se crió en Fernando Poo. Y de esas experiencias y memorias personales en la colonia de Guinea Española nace Lejos de África, la historia de amistad en la infancia, adolescencia y juventud de Susana Albert (Alicia Bogo, en su primer papel), hija de españoles, y Rita Oyono (Yanelis Bonifacio), guineana, a lo largo de tres momentos vitales de las niñas en tres momentos históricos del país. 

Guinea Española, 1950. Infancia 
Cecilia tiene 9 años y llega con su madre y hermanos a la colonia, donde se encuentra su padre destinado aquí como médico en un dispensario de enfermedades tropicales. Y su primera voz en off: “Y allí mismo, en el puerto, apareció Rita, la que sería mi mejor amiga”. Ellas son vecinas y Rita es hija adoptada de un médico guineano que trabaja junto al padre de Rita. Recuerdos de aquellas escuelas donde se cantaba el “Cara al sol” de José Antonio Primo de Ribera. Recuerdos de una relación entre españoles y guineanos en donde se mezclaba el racismo y el paternalismo. 

Guinea Española, 1956. Adolescencia 
Susana, ya adolescente, nos recuerda: “A pesar de todo lo que nos separaba, a los 15 años éramos inseparables”. Y Rita introduce a Susana en varias aventuras, como la magia de sus ancestros o la aventura por encontrar a su abuelo en la tribu perdida en la selva. Ese comportamiento hace que Rita sea enviada a un internado de misiones en Salamanca, la misma ciudad donde su padrastro estudió la carrera universitaria. 

Guinea Española, 1961. Juventud 
Susana, con 20 años, ya tiene novio y se reencuentra con Rita, años después. Son tiempos convulsos en el país y en toda África por los diferentes movimientos de liberación frente a los colonos. Y son tiempos convulsos para su amistad, con traiciones incluidas, que hace reflexionar a nuestra protagonista: “Me había hecho mayor y ya no podía recuperar mi fe de niña”. Empezaba el comienzo del fin de aquel mundo colonial, y al alejarse el barco con Susana y su familia esa reflexión final que es la clave de esta historia: “Yo pasé de largo por aquella isla de la que era una extraña, pero consideraba mía”. Y tras ello, la dedicatoria final: “A mis padres, que un día nos llevaron a África”

Lejos de África nos acerca al desarraigo de los niños y niñas que nacieron y crecieron en las colonias creyendo que era su tierra, cuando en realidad eran unos extraños. El film está realizado con corrección, con un esquema inicial de aventuras infantiles que permite, sin embargo, desvelar una serie de delicados aspectos relacionados con la convivencia entre blancos y negros, entre colonos y nativos, con una aparente integración racial que irá evolucionando desde la tolerancia paternalista a la forzada integración igualitaria hasta desembocar en una serie de etapas previas a la plena independencia y salida de los españoles de los que eufemísticamente se llamaba “provincia española de ultramar”. Una película que finalmente se rodó en Cuba por dos motivos: porque no fue posible hacerlo en Guinea Ecuatorial por cuestiones políticas y porque aún la isla caribeña conserva enclaves que simulaban los años 50. 

Podemos recordar algunas películas ambientadas en las colonias españolas de África, entre ellas Harka (Carlos Arévalo, 1941) con Alfredo Mayo y Luis Peña, Alhucemas (José López Rubio, 1948) con Julio Peña y Sara Montiel, Piedra de toque (Julio Buchs, 1963) con Arturo Fernández y Susana Campos. O las recientes películas documentales Un día vi 10.000 elefantes (Alex Guimerà, Juan Pajares, 2015) y El escritor de un país sin librerías (Marc Serena, 2019). Pero sin duda, la película que ha reabierto este cine colonial ha sido Palmeras en la nieve (Fernando González Molina, 2015), adaptación de la novela homónima de Luz Gabas, cuya historia acaece en Fernando Poo en los años 50 y 60, como en Lejos de África, y que tampoco pudo ser rodada en los escenarios reales y tuvo que trasladar el set de rodaje a Santo Domingo y Canarias. Adriana Ugarte, Mario Casas y Berta Vázquez nos trasladan de nuevo a aquella Guinea Española con una romántica historia, y también aquí Kilian, el personaje principal, tiene un pensamiento similar a nuestra Susana, pues aunque nació en la colonia, también allí se sentía como un extranjero. El desarraigo desde la África española. 

Y es Lejos de África el legado de Cecilia Bartolomé, una de las tres directoras de cine españolas, quien junto con Josefina Molina y Pilar Miró, fueron abanderadas femeninas en el cine español.


sábado, 11 de julio de 2020

Cine y Pediatría (548). “Adú” y las encrucijadas de los refugiados


Es África un continente con enormes riquezas naturales y humanas, que algunos refieren como el continente de la juventud y el futuro, pero un continente que sueña con la dignidad, como soñó en su día con las palabras de Nelson Mandela: "Sueño con un África que esté en paz consigo misma". Justicia, paz y dignidad son las divisas de la organización Africans Rising, los pilares sobre los que construir una nueva África que intenta levantarse. El #AfricaWeWant (el África que queremos) que proyectan los participantes en esta aventura se construye a través de la exigencia de transparencia, de la demanda de responsabilidad a la ciudadanía y a las autoridades, de la lucha contra la corrupción, de la regeneración de los círculos de poder y, en resumen, de un avance en el camino de la justicia social. 

El continente africano, compuesto por 46 países y 740 millones de habitantes, se presenta con que  el 72% de las muertes se deben a enfermedades contagiosas. En estos tiempos de la pandemia COVID-19, cabe no olvidar que desde hace décadas la mortalidad africana lleva el nombre de enfermedades como el sida, la tuberculosis, la malaria, las infecciones respiratorias y las complicaciones durante el embarazo y el parto. Y datos más pormenorizados ayudan a comprender lo anterior, por ejemplo: África concentra el 60 % de las personas que viven con VIH en todo el mundo, aunque sólo supone un 11 % de la población mundial; cada año se registran unos 2,4 millones de casos de tuberculosis en la región africana - el 25% de todos los casos notificados en el mundo - y medio millón de muertes por ese motivo; de los 20 países con mayores tasas de mortalidad materna, 19 se encuentran en África, donde su tasa de mortalidad en recién nacidos es la más alta del mundo (se estima que unos 50 de cada 1.000 bebés nacidos mueren durante sus primeros veintiocho días de vida); la mortalidad infantil está en aumento en su proporcionalidad respecto al resto del mundo: si en 1960 se registraban en esos países el 14 % de todas las muertes de niños menores de 5 años ocurridas en todo el mundo, ese porcentaje se incrementó hasta el 23 % en 1980 y el 43 % en 2003 y en esas cifras se mantiene. 

Un continente que atrapa y te contagia de “el mal de África”. Como le ha pasado el cine que nos ha regalado películas del estilo de Tarzán de los monos (W.S. Van Dyke, 1932), Casablanca (Michael Curtiz, 1942), Sahara (Zoltan Korda, 1943), Las minas del rey Salomón (Andrew Marton, Compton Bennett, 1950), La reina de África (John Huston, 1951), Las nieves del Kilimanjaro (Henry King, 1952), Mogambo (John Ford, 1953), Historia de una monja (Fred Zinnemann, 1959), Hatari! (Howard Hawks, 1962), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Patton (Franklin J. Schaffner, 1970), Los dioses deben estar locos (Jamie Uys, 1980), Memoria de África (Sydney Pollack, 1985), Grita libertad (Richard Attenborough, 1987), Gorilas en la niebla (Michael Apted, 1988), El cielo protector (Bernardo Bertolucci, 1990), Cazador blanco, corazón negro (Clint Eastwood, 1990), El rey león (Rob Minkoff, Roger Allers, 1994 y Jon Favreau, 2019), Congo (Frank Marshall, 1995), Soñé con África (Hugh Hudson, 2000), Black Hawk derribado (Ridley Scott, 2001), Hotel Rwanda (Terry George, 2004), Madagascar (Eric Darnell, Tom McGrath 2005), Diamante de sangre (Edward Zwick, 2006), Días de gloria (Indigènes) (Rachid Bouchareb, 2006), Invictus (Clint Eastwood, 2009), El niño que domó el viento (Chiwetel Ejiofor, 2019), entre otras muchas. Y Cine y Pediatría ya ha tenido un buen número de películas con este continente como protagonista, como Moolaadé (Ousmane Sembene, 2004),  El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005),  Flor del desierto (Sherry Hormann, 2009),  Blue Bird (Gust Van Den Berghe, 2011), Mary y Martha (Phillip Noyce, 2013),  Timbuktu (Abderrahmane Sissako, 2014),  Difret (Zeresenay Mehari, 2014),  La buena mentira (Philippe Falardeau, 2014),  El cuaderno de Sara (Norberto López Amado, 2018).  

Y hoy, a estas películas, se suma una más, actual y producida por Netflix, absolutamente recomendable: Adú (Salvador Calvo, 2020). Una película circular sobre tres historias en África y con epicentro en los refugiados, y que toma el título del nombre de ese niño camerunés de seis años por nombre Adú. Una película bien construida y dosificada, con claridad de ideas en los sentimientos que se debaten, desde los más puros y necesarios hasta los banales y accesorios, y con la expresividad natural del niño Moustapha Oumarou, que nos arrastra con su sonrisa y su mirada.  Una invitación a reflexionar sobre las barreras que nos separan de África y la indiferencia con la que seguimos mirando por encima del hombro al tercer mundo

Todo comienza en una escena nocturna en la valla de Melilla, donde refugiados subsaharianos intentan saltarla con la oposición de nuestra Guardia Civil. Uno de estos refugiados muere al caer de la valla. Y ya la siguiente escena nos traslada a la increíble naturaleza de la Reserva Natural de DuDja (Camerún) donde cazadores furtivos abaten elefantes en busca de sus colmillos, y es allí donde conocemos a Gonzalo (Luis Tosar), un activista medioambietal destinado aquí para evitar estas matanzas, y también al pequeño Adú y a su hermana Alika de 11 años, quienes observan la escena y reconocen que es Kimba el elefante abatido. Y a partir de ahí viajamos con los distintos personajes por Yaudé (Camerún), Dakar (Senegal), Nuakchot (Mauritania), Alhucemas (Marruecos), Monte Gurugú (Marruecos) y Centro de Menores de Melilla. Tres historias que se entrecruzan y donde nada volverá a ser lo mismo

La historia de los hermanos Adú y Alika, quienes viven felices en su poblado, allí donde el pequeño Adú juega al fútbol con el “7 de Ronaldo” escrito a tiza en su piel. Una felicidad que se trunca cuando asesinan a su madre y tienen que huir del poblado en busca de su padre en España. Una aventura desesperada por alcanzar Europa, donde Adú le pregunta a su hermana, “Qué hubieras hecho si hubiera muerto?” y ella le contesta, “Continuar”. Y en realidad eso es lo que ocurre, pero con los papeles cambiados. Y en el camino, Adú encuentra al joven Massar, otro refugiado, y entre ellos se establece una bonita amistad de supervivencia, donde llegan a entenderse bien, aunque Adú sea de Camerún y hable francés y Massar sea de Somalia y hable inglés. Y Massar le defiende con su “magia”, una dolorosa magia entre los camioneros que encuentran en el trayecto. Y, de nuevo, la pregunta de Adú a su amigo: “¿No te vas a morir, verdad?, ¿tú me lo prometes?”. Un trayecto de refugiados sembrado de dificultades, pobreza, hambre, pederastia, prostitución y violencia

La historia de Gonzalo y su hija Sandra (Anna Castillo), producto de uno de sus dos matrimonios, quien le viene a visitar a África, intuyéndose una relación complicada entre ellos, donde la adicción a las drogas de la joven no es ajena (y donde el padre le realiza constantes controles de orina). Una Sandra que entiende con dificultad a su padre, cuando dice “Se le da genial lo de llevarse bien con sus ex… Y es que él se lleva bien con ellas y con los elefantes”, y porque ella en realidad le pide una paternidad responsable: “Pero es que tú no eres mi amigo, eres mi padre”

La historia de Mateo (Álvaro Cervantes) y sus dos amigos guardias civiles, sometidos a juicio por los hechos acaecidos aquella noche en la valla. Y uno de ellos le dice a Mateo: “¿Tú sabes cuál es el problema en África? Que todos se van, maestros, políticos, enfermeras. Si todos se van, ¿quién arregla aquello?”

Tres historias en las que sobresale la eterna sonrisa de Adú, su mirada y las lágrimas que nos deja su historia, una historia inspirada en millones de historias reales. Y donde destaca el dúo interpretativo de Luis Tosar y Anna Castillo, dos actores que ya nos han regalado grandes papeles en Cine y Pediatría: el primero en A cambio de nada (Daniel Guzmán, 2015) y en ma ma (Julio Medem, 2015) ; la segunda en El olivo (Icíar Bollaín, 2016). 

Y esta pequeña epopeya de trasfondo humano – por lo mejor y peor del alma – nos abre un pequeño resquicio a la esperanza. Aunque el final nos deje este dato: “En 2018 más de 70 millones de personas abandonaron su hogar en busca de un mundo mejor. La mitad de ellos eran niños”. Fin. Fundido en negro.


sábado, 17 de febrero de 2018

Cine y Pediatría (423). “El cuaderno de Sara” nos descubre los niños soldados del coltán


Cada 12 de febrero se conmemora el Día Internacional contra el Uso de Niños Soldado. Actualmente se calcula que hay unos 300.000 niños y niñas soldado en los conflictos armados en todo el mundo, menores de edad que se ven abocados a vivir la guerra de verdad, convirtiéndose en combatientes involuntarios. Muchos de estos niños y adolescentes están directamente en la línea de combate y otros son obligados a ejercer como cocineros, mensajeros, esclavas sexuales o para realizar ataques suicidas, algo tan execrable que duele solo con leerlo. 

¿Cómo llegan a ser niños y niñas soldado? Algunos son secuestrados; a otros, la pobreza, los malos tratos, la presión de la sociedad o el deseo de vengarse de la violencia contra ellos o sus familias les llevan a unirse a grupos armados y empuñar un arma. Y durante el tiempo en el que están vinculados a las fuerzas y grupos armados, son testigos y víctimas de terribles actos de violencia e incluso son obligados a ejercerla. Los traumas emocionales que esto les puede provocar son difíciles de superar, porque son víctimas inocentes de las atrocidades de la guerra. Para ellos, el regreso a su vida y la recuperación de su infancia es tan difícil que puede parecer casi imposible. 

En los últimos años, las guerras cada vez son más brutales y más largas. Algunas están en los medios de comunicación de forma más o menos estable, como Siria, Irak, Afganistán, Colombia, pero otras son invisibles para la mayoría de nosotros, como Yemen, Sudán del Sur, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Mali Nigeria y muchas otras. 

Pues bien, para conmemorar (y denunciar) lo que este recién celebrado Día nos propone, hoy recordamos una película que se acaba de estrenar en nuestro país: El cuaderno de Sara (Norberto López Amado, 2018), ambientada en el Congo, centrada en las entrañas de la Guerra del coltán, y protagonizada por una mujer que busca en plena selva a su hermana desaparecida, doctora de una ONG. El director, Norberto López Amado, de amplia experiencia en productos televisivos (Tierra de lobos, El tiempo entre costuras, Mar de plástico) nos acerca a una narración que bien pudiera recordarnos a la hollywoodense Diamantes de sangre (Edward Zwick, 2006), pero quizás le falta ritmo y consistencia. 

Laura (Belén Rueda) busca desde hace años a su hermana Sara (Marián Álvarez) desaparecida hace años en medio de la selva del Congo, donde ni la ONG ni la Embajada tiene noticias de ella. El viaje emocional y físico de Laura de Kinshasa a las entrañas de los "señores de la guerra" nos adentra en un dolorosa realidad, muy diferente al saludo que recibe a su llegada al aeropuerto: "Bienvenida a África, Laura". Cuando Laura encuentra a su hermana cooperante, la hija pródiga de un padre que ya se debate con el Alzheimer en España, esta le explica el por qué decidió quedarse como médico de este grupo armado que controla las minas de coltán: "Necesito sentir que lo que hago sirve de algo... Hay tanto que resolver aquí". Si bien Laura siente algo diferente: "Aquí no cambia nada"

Lo cierto es que existen los malos viajes y luego está el periplo de Laura, repleto de desdichas, tiroteos, masacres. Y parte del camino lo realiza junto a un joven que fue niño soldado. Y con él aprendemos que en swahili gracias se dice "asante sana". Y con esta película nos adentramos en las minas de coltán en Virunga, en el Congo. La zona de las minas es un punto caliente en la antigua colonia belga, con las guerrillas paramilitares disputándose la zona y las explotaciones del preciado metal, ese que está en todos nuestros teléfonos móviles, gestionadas por señores de la guerra que someten a los trabajadores - niños incluidos - a condiciones de esclavitud mientras hacen negocios con empresas occidentales que hacen la vista gorda. 

Al ver El cuaderno de Sara uno no puede decir que sea una gran película (pese al esfuerzo y sufrimiento continuo de Belén Rueda), pero si vale la pena para conocer y recordar el trasfondo de su historia: la Guerra del coltán. Una sangrienta guerra civil que comenzó en 1998 en la República Democrática del Congo cuando el ejército ruandés, con el pretexto de proteger a la población tutsi del Congo, invadió el país. Esta guerra tiene como principal objetivo el control de los grandes yacimientos minerales que posee la zona (oro, uranio, diamantes) y principalmente de coltán, material que ha despertado la codicia de los países vecinos como Ruanda, Uganda y Burundi. 

¿Pero que es el coltán, materia que ha despertado la codicia y la guerra? Es un material muy popular en los últimos años, por su gran utilización en el sector de las nuevas tecnologías y especialmente necesario para la fabricación de teléfonos móviles. Pero además es éste un espacio plagado de contrabandistas, porque la mayor cantidad del coltán sale de África de contrabando, aunque sus ganancias no vuelven como beneficio para el pueblo africano, sino en armas para los grupos rebeldes, que mantienen enmascarada la situación de inestabilidad en la región. 

Las organizaciones de derechos humanos insisten en que Estados Unidos, Alemania, Bélgica y Kazajstán —principales destinatarios, pero no los únicos, del coltán— y las multinacionales que comercian con éste, están, en definitiva, financiando el conflicto. Y, desde hace 20 años, odios étnicos históricos e importantes intereses económicos han convertido la zona de los Grandes Lagos en la República Democrática del Congo en un campo de batalla sin tregua. En esta nación africana conviven unas 200 etnias diferentes, las regiones de Ituri y Kivi han sido escenario de brutales enfrentamientos y matanzas tribales, con al menos 50.000 muertos y más de medio millón de refugiados, según datos de Amnistía Internacional. 

En torno a los yacimientos existe un complejo entramado empresarial convenientemente diseñado para el reparto del botín. Las organizaciones de derechos humanos insisten en ello, pero no son pocas tampoco las empresas trasnacionales que se nutren de las variadas derivaciones del coltán: Alcatel, Compaq, Dell, Ericsson, HP, IBM, Lucent, Motorola, Nokia, Siemens, AMD, AVX, Epcos, Hitachi, Intel, Kemet, Nec, Sony, Bayer, Motorola o IBM, a través de aliados autóctonos. Sin embargo, la guerra ha empobrecido hasta la miseria a un país que tal vez sea de los más ricos del mundo en recursos naturales - hablamos del Congo (ex-Zaire), antigua colonia belga -. Además, la ausencia total de condiciones de seguridad reina en estas explotaciones irregulares, a menudo situadas en la selva, en regiones de difícil acceso por las que sólo se mueven militares y grupos armados. Miles de mineros se reclutan entre campesinos, presos a los que se les ofrece la reducción de sus penas y la mano de obra más codiciada y barata, la de miles de niños que abandonan las escuelas para trabajar en las minas. Y los que no son maltratados en el trabajo infantil, son convertidos en niños de la guerra. 

Y todo hace pensar, como nos refleja la película, que la paz es una quimera. Y las organizaciones internacionales que trabajan sobre el terreno vienen alertando de los continuos enfrentamientos y violaciones de los derechos humanos que siguen produciéndose en todo el país, incluso después del despliegue en 2003, de 4.500 militares de la MONUC (misión de mantenimiento de la paz) para asegurar la protección de la población civil. El drama de los refugiados y desplazados, la presencia de grupos armados, la explotación de los recursos militares y el tráfico de armas en el este del país y el reclutamiento de niños soldado ponen en entredicho la viabilidad de una paz cercana. 

¿Cómo es posible que un casi holocausto en África pase casi desapercibido en Europa...?, ¿cómo es posible que no supiera lo que era el coltán y el dolor que esto conlleva? Por ello es importante El cuaderno de Sara, para tomar conciencia de la Guerra del coltán y de la lacra de los niños soldados. Y por eso en el colofón, Laura nos dice en su voz en off: "Esta es la historia que seguiré contando hasta que alguien nos quiera escuchar". Porque esta es la historia que guardaba el cuadernos de su hermana Sara...

 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Cine y Pediatría (357). "Moolaadé", alegato africano contra la ablación


Ousmane Sembene, el cineasta, escritor y activista políticos senegalés que fue una de las figuras fundamentales del despertar cultural africano poscolonial, murió en su hogar en Dakar a los 84 años. Y de ello hace ya casi una década, momento en el que África perdió su mayor referente en el séptimo arte, pues ha sido considerado como el padre del cine africano, dejando tras de sí un gran legado. Porque decidió filmar películas en los años 60, en parte porque creía que el cine podía alcanzar a un público más grande y diverso que la literatura. Su debut de 1965, Black Girl, es considerado como la primera película en África. Sus señas de identidad en el séptimo arte, reflejados a través de las diez películas y varios cortos que Sembene filmó a lo largo de su vida, son: el conflicto entre tradición y modernidad, entre las naciones africanas independientes y sus colonizadores, con un tensión fílmica entre el drama y la comedia. Xala (1974) es considerado por muchos como su mejor obra, que trata temas como la poligamia, la medicina tradicional africana y los contrastes entre la vida urbana y la rural. Temas parecidos reaparecen en Guelvar (1993) y Faat-kine (2001). Pero hoy hablamos de su última creación, que tocó temas dolorosos y controvertidos, uno crucial como es la persistencia de la ablación genital femenina: la película se llama Mooladé (2004), que en lenguaje nativo significa protección (subtítulo de la película) y con la que alcanzó el premio a Mejor película ("Un certain regard") en el Festival de Cannes. 

Ya hace seis años en Cine y Pediatría denunciamos la mutilación genital femenina a través de la película Flor del desierto (Sherry Hormann, 2009), un biopic sobre la extraordinaria vida de Wallis Dirie, la top model, escritora y activista somalí (cuyo nombre Wallis, en somalí significa “flor del desierto”). Porque la mutilación genital femenina es una forma de maltrato sistemático en el mundo que se realiza a unas 2 millones de niñas menores de 14 años cada año,... y, por ello, toda película denuncia es bienvenida, pues este hecho sigue vigente en más de 25 países africanos. Pero mientras Flor del desierto la historia transcurre principalmente en Londres, con recuerdos de la Somalia natal de su protagonista, Mooladé es realizada y producida en África, y acaece en una población rural de Burkina Faso, de forma que nos sumerge en la vida cotidiana de estas familias africanas.  

Mooladé plantea en forma de controversia varios temas de enorme interés como son la denuncia de la ablación, el debate existente en las sociedades africanas en torno al peso de la tradición y la modernidad en su desarrollo y, finalmente, la lucha de las mujeres rurales africanas por transformar las relaciones de dominación que les son impuestas por los hombres. La denuncia de la ablación constituye el cuerpo narrativo fundamental de la película, una práctica con supuesta connotación religiosa pero que claramente está dirigida al control y dominación de las mujeres por parte de los hombres. La ablación, además de de la gravedad en sí que conlleva la mutilación genital, puede implicar graves problemas de salud, tanto cuando se está realizando (herramientas poco apropiadas, falta de anestesia) como posteriormente (infecciones crónicas, dolores, etc.), y de tipo psicológico y de desarrollo personal. Todo lo anterior era evidente en Flor del desierto y lo vuelve a ser en Mooladé

La mutilación genital femenina, como cualquier otro mecanismo de control y dominación, se acostumbra a sustentar sobre todo un entramado ideológico que lo justifica y que le da sentido. En la película vemos cómo la ablación se entiende como una forma de purificación de la mujer y cómo se sanciona a aquellas mujeres que no han pasado por este ritual, conocidas como "bilakoro", impidiendo que sean aceptadas en matrimonio. El acto de la ablación, conocido como "salindé" en lengua mandinga, es un acontecimiento en la vida de una mujer y suele tener lugar a los siete años, bajo la mirada condescendiente de los hombres (y de muchas madres). Y como nos explica su director: "Durante las dos semanas que preceden a la entrada en el bosque sagrado, las madres y las tías preparan psicológicamente a las niñas para que aguanten el dolor sin gritar, sin quejarse. Deben controlar y dominar la mordedura viva y abrasadora del cuchillo. Si puede con el dolor, la joven demostrará que de mujer sabrá sobreponerse a los tormentos y las aflicciones de la existencia. La salindé coloca a la niña al nivel de esposa. Alcanza la cima de la honorabilidad, entra en el círculo de las madres colmadas, la eleva al rango de realeza. La mujer que ha pasado por la ablación simboliza la pureza. Es un honor para su marido, para su familia"

Por ello, Moolaadé nos presenta a Collé Ardo (Fatoumata Coulibaly, protagonista de esta película y quien en su vida real lleva más de 15 años luchando contra la ablación genital como estrella de la radio y televisión en Mali), la segunda de las tres esposas de un hombre que vive en un pueblo africano de Burkina Faso, quien hace siete años no permitió que su hija fuera sometida a la ablación, una práctica que le parece una barbarie y que ella también sufrió. La historia se centra en cómo cuatro niñas huyen para escapar del ritual de la "purificación" y piden a Collé que las proteja. A partir de ese momento, se enfrentan dos valores: el respeto al derecho de asilo (el "moolaadé") y la tradición de la ablación (la "salindé"). Con su decisión de acoger y ayudar a las niñas Collé Ardo provoca una crisis en la vida de la aldea, de forma que incluso les prohíben oír la radio y las mujeres exclaman: "Los hombres quieren encerrar nuestros pensamientos". Collé incluso soportará el sufrimiento del castigo y la humillación pública antes que renunciar a su posición, desencadenando así una auténtica rebelión de mujeres que exigen que ninguna niña más sea mutilada: "La purificación viene de tiempos inmemoriales. El islam exige que la mujer sea purificada. Y tú, una simple mujer, no respeta la tradición. ¿Quién eres tú para deshonrarnos de este modo?, le dice. Un vendedor ambulante, al que conocen como El Mercenario, defiende a Collé de los latigazos de su marido (una escena muy dura), pero los hombres del pueblo le espetan: "Has impedido que un hombre pegue a su mujer. ¿Qué te has creído?". Por otra parte, Amsatou, la hija de Collé, ya está en edad de casarse y la pretende el hijo del jefe del pueblo, un joven que acaba de llegar de París. Hasta la fecha, ningún hombre se ha atrevido a casarse con una mujer "bilakoro", una mujer no purificada. Y así él se defiende: "Padre, con quien me case es asunto mío" y la niña le dice "Soy una bilakoro y seguiré siendo una bilakoro". Y al final, la película nos muestras con las radios ardiendo y una antena de televisión, todo lo prohibido para esta sociedad... 

En la película se muestra claramente el peso de la tradición en la realización de esta práctica. La discusión del Consejo de ancianos y notables, máximo órgano de poder en la comunidad, sobre la demanda de las Purificadoras contra Collé ilustra claramente esta idea. En su exposición inicial la Purificadora afirma: "La purificación es una tradición. Nadie puede oponerse a una tradición". En otro momento, el mismo cuñado de Collé trata infructuosamente que ésta retire su protección a las niñas, tras lo cual se queja a la primera esposa de su hermano menor diciéndole: "La segunda esposa carece de modales. Es una maleducada. La purificación se remonta a tiempos inmemoriales, pero ella está empeñada en desafiar la tradición. Prefiero morir antes que verlo". 

La película se opone tanto a la mutilación como a cualquier forma de discriminación vinculada a ésta. La misma Collé le dice a su hija en un determinado momento: "No te avergüences de ser una bilakoro. Perdí a tus dos hermanas en el parto. Te di el nombre de la doctora que te salvó la vida al nacer. Tuvo que rasgarme de aquí hasta aquí para sacarte. La purificación no es buena. Ser una bilakoro no te impide ser una buena esposa, una buena madre, ni saber cuidar de tu marido". Y esta es la posición del director de la película: denunciar la ablación como mecanismo de control de las mujeres, porque la "salindé" permite a los hombres controlar la fidelidad y la sexualidad de sus mujeres y debe abolirse. 

Y otro mensaje que nos regala la película es que pone en evidencia la lucha de las mujeres rurales africanas por generar cambios a favor de una mayor equidad sin abandonar por completo su propia cultura. Porque Moolaadé es un alegato africano contra la ablación. De ahí la importancia de esa cinta de colores que atraviesa el umbral de la puerta de esa casa de barro, porque ella simboliza el "moolaadé", o ancestral derecho de asilo. Y esta poderosa palabra, cargada de un valor jurídico y portadora de presagios, da título a la última película de Ousmane Sembene, el testamento que este cineasta senegalés construye como retrato de la sociedad africana rural y un devastador alegato contra la ablación.

sábado, 26 de marzo de 2016

Cine y Pediatría (324). "Mary & Martha", el coraje de dos madres frente a la malaria


Las enfermedades infecciosas son la principal causa de morbilidad y mortalidad infantil: aproximadamente 6,3 millones de niños menores de 5 años mueren cada año, el 51,8 % debido a enfermedades infecciosas. Las causas identificadas de mortalidad en niños de 1 a 59 meses, en países en vías de desarrollo son neumonía, diarrea, paludismo y sarampión: Y, además, siempre aparecen nuevas enfermedades infecciosas (pensemos en el virus de Ébola o el virus Zika, tan de moda actualmente). 

La malaria es una enfermedad de Declaración Obligatoria con datos escalofriantes, según la OMS: alrededor de 3.200 millones de personas - casi la mitad de la población mundial - están en riesgo de padecerla; alrededor de 200 millones de casos y 650.000 muertes cada año. El 90% de estas muertes se concentran en África y afectan especialmente a mujeres embarazadas y niños menores de cinco años, y permanece como un gran problema de salud pública en países tropicales y subtropicales. Es una enfermedad parasitaria provocada por uno (o más) de los 5 tipos de plasmodios que pueden afectar al hombre P. falciparum P. vivax P. ovale P. malariae P. knowlesi. El reservorio y la fuente de infección son fundamentalmente humanos. El vector es la hembra del mosquito del género Anopheles. 

En los últimos años, sin embargo, se han realizado avances importantes en medidas de control y prevención, que han hecho caer más de un 25% las tasas de mortalidad en todo el mundo. Estos datos permiten plantear, por primera vez en la historia, la posibilidad de erradicar esta enfermedad (lo que incluye una vacuna cuya investigación se debe al grupo español liderado por el Dr. Pedro Alonso), pero para ello se necesita compromiso colectivo y una voluntad política profunda como piden de forma recurrente diversas entidades internacionales. Y el cine también es un ejemplo de compromiso y reivindicación.

Y una buena manera de tomar conciencia del coste humano que supone la malaria y los avances conseguidos para eliminarla de forma definitiva es a través de la película Mary & Martha (Phillip Noyce, 2013) escrita para la televisión por Richard Curtis (autor de Cuatro bodas y un funeral o Notting Hill) y protagonizada por dos madres en dos grandes actrices, Hilary Swank (ganadora de dos Oscar a Mejor Actriz por Boy´s don´t cry - Kimberly Peirce, 1999 - y Million Dollar Baby - Clint Eastwood, 2004 -) y Brenda Blethyn (ganadora de un Globo de Oro a Mejor Actriz por Secretos y Mentiras - Mike Leigh, 1996).

Mary & Martha narra el viaje vital de dos mujeres extraordinarias, una inglesa y una norteamericana, que tienen poco en común aparte de un terrible dolor (la muertes de sus respectivos hijos por la malaria) y una determinación compartida de traducir su tragedia en una vivencia positiva. Y para hablar de esta película, nadie mejor que el Prof. José Elías García en su artículo en la revista Eidon, bajo el título de "Mary and Martha, la malaria, uno de los genocidios africanos".

Mary (Hilary Swank) es una treintañera estadounidense de clase alta, casada y con un hijo de unos 10 años. Su hijo George, que sufre acoso escolar, está permanentemente aislado de su entorno por los videojuegos e internet. Para solventar el problema, Mary habla con su marido y le propone irse a Sudáfrica una temporada con el chico. Como están en orden todas las vacunas y no se necesita quimioprofilaxis contra la malaria por ser invierno en África del Sur, se marchan rápidamente y se instalan en este país donde el muchacho comienza a recuperar su autoestima y la alegría de vivir. Martha (Brenda Blethyn) es una sexagenaria británica de clase media, que también está casada y con un hijo Ben, en su caso de 24 años, jugador de rugby y con regular proyección profesional en su país, y que espera una oportunidad para ser alguien en la vida y esa oportunidad llega al ser aceptado como profesor en un orfanato de Mozambique. Allá encuentra la alegría y el amor, junto a una profesora nativa.
Mary y su hijo hacen una excursión a Mozambique y pasan la noche en el bungaló de un hotel. Duermen en paz en una cama protegidos por una mosquitera que para su desgracia tiene un agujero por el que pasa un mosquito... y se desencadena el trágico ciclo del plasmodio, presenciando la malaria cerebral y muerte del muchacho en brazos de su madre, con la impotencia y el dolor que uno puede imaginar como espectador. Al cabo de un tiempo, cuando Mary regresa al hotel donde estuvo con su hijo, se le acerca una mujer, Martha, que a través de sus confidencias saca a relucir que su hijo también murió de malaria, porque les dio sus pastillas a los niños de la escuela, ya que pensó que como estaba en forma no las necesitaba.
Martha se queda en Mozambique prestando su pequeña ayuda frente a esta gran tragedia infecciosa de cada día: "Desde que estoy aquí solo han muerto dos niños..." dice Martha a su marido cuando le viene a visitar. Mary vuelve a Estados Unidos y comienza una batalla para conseguir fondos para luchar contra la malaria, pero la cosas no son fáciles: "No voy a cambiar el mundo. Tan solo soy una madre... Y ahora ni tan siquiera soy eso". Finalmente Mary y Martha logran ser recibidas por el Subcomité del Senado que se ocupa de la lucha contra esta enfermedad y allí denuncian: "Si a todas las personas muertas en actos terroristas en el mundo en los últimos 20 años les sumas las vidas perdidas en el Medio Oriente desde 1967, la Guerra de los Seis Días y los norteamericanos muertos en Vietnam, en Corea y en todas las guerras norteamericanas desde entonces, Irak, Afganistán,.., si sumas todas esas vidas y las multiplicas por dos es el número de niños muertos por malaria todos los años". En el Subcomité Mary habla de su caso y Martha logra conmover al mostrar las fotos de sus hijos y de una ingente multitud de niños fallecidos a causa de esta terrible enfermedad. Y es allí donde expresan dos contundentes pensamientos: "El país está dedicando más dinero a la cura de la calvicie que a la cura de la malaria", "Les parece que volviéramos a hablar del tema dentro de medio año y traigamos medio millón más de fotografías".
Al fin de la película las dos madres intentan recordar los tres mejores momentos de su vida. Y concluyen así: "¿Y el número uno, el mejor momento de tu vida?". "Cada instante de la vida de George", dice Mary, "Y cada instante de la vida de mi querido Ben", dice Martha.

Una película denuncia, una más, sobre como los países más desarrollados cierran los ojos ante la miseria, la pobreza, la hambruna, la desnutrición, la falta de saneamiento, la contaminación, la sequía, las guerras fratricidas, las luchas religiosas, el fanatismo, la discriminación, el menosprecio y la explotación de las mujeres, la ablación genital femenina, la compra y tráfico de órganos, la falta de derechos, la división geográfica, la falta de educación, la emigración forzada, las mafias explotadoras,… y las enfermedades infecciosas. El continente se sigue explotando y contaminando, pero no se le da educación, cultura y salud.  Por suerte hay instituciones no estatales, religiosas o no, que luchan denodadamente a favor de los desfavorecidos en África. Palabras de mi buen amigo y prologuista, el Prof. José Elías García y que subrayo como propias. Porque a pesar de su desarrollo, la ceguera y la sordera invaden al llamado Primer Mundo cuando mira a África y a sus muertos, y esto como muestra de una actitud genocida por acción o por omisión.

Mary & Martha es una película para la televisión y las películas para la televisión no deben ser menospreciadas. Porque hay obras muy interesantes en el campo de la docencia y la bioética en sanidad como la conocida Amar la vida (Mike Nichols, 2001) o las ya comentada en Cine y Pediatría, Cambiadas al nacer (Douglas Barr, 1999), A corazón abierto (Joseph Sargent, 2004) o Plegarias para Bobby (Russell Mucahy, 2009). Y hoy se suma esta película Mary & Martha, y con el lema de la OMS frente a la malaria, también la película nos recuerda que hay que "invertir en el futuro para vencer el paludismo".