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sábado, 24 de enero de 2015

Cine y Pediatría (263). El lado más oscuro de la infancia en “El niño de barro”


Para todos y en general, la infancia representa la inocencia, la esperanza y el futuro. Y los niños y niñas pequeños seres a los que la sociedad debe proteger de cualquier forma de abuso o explotación. Pero hay terribles excepciones, producto de una mala combinación de ambiente y genética, niños que pasaron a la historia por sus comportamientos psicópatas, que destruyeron familias y llevaron a preguntarse a la sociedad en su momento: ¿qué estamos haciendo mal? 

Es por ello que esta entrada de hoy ya advierto que no es para todas los ojos, y puede ser incómoda, como incómoda y cruda es en ocasiones la vida. Hoy nos acercamos a los niños asesinos. Incluso hay un decálogo de los niños y niñas más sanguinarios de la historia, algunos aún tristemente en nuestra memoria. La mayoría de ellos se concentran en Estados Unidos (Craig Price, Eric Smith, George Jr. Stinney, Jesse Pomeroy, Jordan Brown y Josh Phillips) y en Gran Bretaña (Mary Bell, Robert Thompson y Jon Venables). La excepción en ese decálogo son la niña japonesa Natsumi Tsuji, apodada "Nevada-Tan" y cuyo caso es de los más recientes, a principio del siglo XXI; y el niño argentino, Cayetano Santos Godino, apodado “Petiso orejudo” y cuyo caso, uno de los más crueles de la historia, conmocionó la ciudad de Buenos Aires a principio del siglo XX. 

La historia del “Petiso orejudo” es una de las más escalofriantes que puedan encontrarse dentro de la criminología moderna, pues coincide completamente con la de muchos otros asesinos en serie adultos y, como suele suceder, comienza con una infancia tortuosa. Hijo de inmigrantes calabreses, nació en 1896 en la ciudad de Buenos Aires, tenía siete hermanos y un padre alcohólico y maltratador. Comenzó su carrera criminal con tan solo 7 años de edad y se convirtió en uno de los mayores niños sociópatas en la historia, responsable de la muerte de cuatro niños, siete intentos de asesinato, y el incendio de siete edificios. 
Porque Cayetano Santos Godino se crió en la ley de la calle, y su epicentro fueron los sectores de Almagro y Parque Patricios en la ciudad de Buenos Aires. Los informes médicos del “Petiso orejudo” y su aspecto físico bien podrían encuadrarse en alguna forma de cromosomopatía, bien un síndrome del cromosoma X frágil o síndrome XYY. Nunca se definió y solo queda en la pura especulación. 

Esta historia y este personaje centran nuestra película de hoy: El niño de barro (Jorge Algora, 2007). Una serie de crueles asesinatos a niños se extiende por todo Buenos Aires en 1912. Mateo (Juan Ciancio), un niño de 10 años, esconde un secreto: a veces su mente y sus pesadillas le conducen a un oscuro lugar de la memoria en donde es testigo de los asesinatos. Al descubrirse su secreto, se convierte en el principal sospechoso. Estela (Maribel Verdú), su madre, y el forense de la policía (Chete Lera), tratan de encontrar una explicación racional a las visiones y así vencer el escepticismo del comisario Petrie (Daniel Freire). Van en busca de un fotógrafo pedófilo, el cual ha utilizado a Mateo y sus amigos para fotografías, pero los asesinatos siguen ocurriendo. Y así llegamos al final de la historia, lo mejor de la obra, y esa pregunta del comisario al pequeño asesino: “Una última pregunta, ¿has llorado alguna vez…?”

Jorge Algora no es Fritz Lang y El niño de barro no admite demasiadas comparaciones con M, el Vampiro de Düsseldorf (1931), pero es una obra más que considerable, dado lo complicado del tema a tratar y que es la ópera prima de este directo madrileño que lleva años dirigiendo documentales como Terra de náufragos (2003) y Camino de Santiago (2003), así como programas de televisión y publicidad. Y se atreve con esta dura película que aborda la violencia en el mundo infantil con sutilidad y combina una efectiva trama de intriga criminal, con toques fantásticos y numerosos elementos dramáticos en torno a la soledad, la pederastia y los malos tratos, al mismo tiempo que analizar las consecuencias de la violencia en los niños. 

No es la primera vez que aparecen niños psicópatas a las páginas de Cine y Pediatría. Hay precedentes como El niño que gritó puta (Juan José Campanella, 1991), Inocencia interrumpida (James Magold, 1999), Las vírgenes suicidas (Sofía Coppola, 1999), Bowling for Columbine (Michael Moore, 2002), De mayor quiero ser soldado (Christian Molina, 2010), Una historia casi divertida (Ryan Fleck y Anna Boden, 2010), Cruzando el límite (Xavi Giménez, 2010) o Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), entre otras. 
Pero El niño de barro es posible que supere a las anteriores por lo que muestra y por lo que esconde. Y con una mirada reflexiva (casi una pesadilla) sobre el lado más oscuro de la infancia. Y con ese colofón de la obra: “Cayetano Santos Godino, “el Petiso Orejudo”, murió 32 años después en la Cárcel del Fin del Mundo, Usuahia-Argentina”

sábado, 29 de noviembre de 2014

Cine y Pediatría (255). La mayor de las lacras en “La isla mínima”


La película La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014) se ha convertido en todo un fenómeno cinematográfico, para el que esto escribe, posiblemente la mejor película filmada en España en este año. 

Se ha escrito mucho sobre ella y sobre sus parecidos con otras obras del género policíaco con asesinatos como leit-motiv, incluyendo el mejor David Fincher de Seven (1995) o Zodiac (2007), el cine coreano de Bong Joon-ho de Memories of Murder (2003) o hasta el clásico de Roman Polanski de Chinatown (1974), e incluso series televisivas, desde la clásica Twin Peaks hasta la actual True Detective.  Sin embargo, pocos críticos de cine describen su gran parecido con la película alemana Silencio de hielo (Baran Bo Odar, 2010), ese thriller psicológico que nos adentró en un enigma criminal y sus personajes (niños, padres, policías y asesinos), en unas mentes, unos cuerpos y una sociedad que olía a locura y a hedor (el que provoca sentir la pederastia). Sea en el alemán centroeuropeo de Silencio de hielo o sea en español andaluz de La isla mínima, ambas nos dejan el alma helada, aislados con el dolor de estos terribles hechos a nuestro alrededor. 

Pero con La isla mínima uno tiene una sensación que ocurre muy pocas veces en la oscuridad de una sala de cine: ver una película y en el primer visionado tener la sensación y el presentimiento de que asistes al nacimiento de un clásico. Desde esas primeras imágenes cenitales de las marismas del Parque de Doñana y de la ribera del bajo Guadalquivir (casi sacadas de un reportaje del National Geographic, a medio camino entre la serenidad del paisaje que Julio Medem nos regala en Tierra y el paisaje fluvial que Alan Parker nos insinuó en Arde Mississippi), pero que adquieren anatomía y protagonismo particular (y que se repiten a lo largo de la cinta, siempre impactantes, siempre con mensaje incluido) comienzas a enterrar los perjuicios, pues estamos ante una película netamente española (de época, de la transición, en Andalucía y con acento andaluz, con actores conocidos y reconocidos en papeles bien diferentes,…) y, sin embargo, el buen hacer del director, del guión, de los actores, de la fotografía y de la música, te sumergen ante un clásico. Eso y más es La isla mínima

Ambientada en un rincón remoto (en todos los sentidos) de la Andalucía profunda de los años 80, en plenas marismas, desafiando la humedad penetrante y angustiosa del río, Alberto Rodríguez encuentra en el Guadalquivir su particular Mississippi, allí donde un pueblo maldito se curte de un irreversible desencanto, en el que un criminal actúa impunemente mientras todos callan porque el miedo es el vecino más ilustre de la comunidad. Un nudo permanente en la garganta, que escarba entre los instintos más innobles del ser humano para componer un retrato coral aldeano, que es uno de los atrezos más genuinos y escalofriantes del cine español en décadas, esa España bipolar ahogada entre el contraste del reciente franquismo y la nueva democracia. 
Y ese contraste se transmite ante los dos policías, personajes principales: por un lado, Pedro (Javier Gutiérrez), policía moribundo con oscura hoja de servicios en la sombra del régimen, adicto a la represión y a la tortura y que nos devuelve la España de tinieblas; por otro, Juan (Raúl Arévalo), el cachorro de la incipiente España democrática, de justicia y de libertad. El complejo antagonismo de dos personajes brillantes se esculpe con grata sorpresa por dos actores en estado de gracia y que rompen con sus tradicionales papeles cómicos: Javier Gutiérrez recordado en 1 franco, 14 pesetas (Carlos Iglesias, 2006) o en la serie Águila Roja; y Raúl Arévalo, actor fetiche de Daniel Sánchez Arévalo, con su recordado papel en AzulOscuroCasiNegro (2006), pero también en Gordos (2009), Primos (2011) y La gran familia española (2013) o como azafato de Los amantes pasajeros (Pedro Almodóvar, 2013). Y que ahora se transforman en esta película y de tal forma que nos hacen olvidar estereotipos de interpretación pasada. 

Dos policías ideológicamente opuestos (Juan y Pedro) que trabajan en el departamento de homicidios de Madrid y no pasan por su mejor momento, y que reciben como sanción el traslado a este pequeño pueblo en las marismas del Guadalquivir, un pueblo olvidado y detenido en el tiempo, y con el objetivo de resolver el caso de dos adolescentes desaparecidas durante las fiestas del pueblo: Estrella, 16 años, y Carmen, 15. En este difícil proceso, el thriller avanza con firmeza, contiendo el aliento, mientras nuestros protagonistas se enfrentan a un difícil caso (entre luchas sindicales y violencia machista, entre jóvenes y proxenetas) y también se enfrentan a sus propios miedos, a su pasado y a su futuro. 

Para algunos el mejor thriller español desde su propio Grupo 7 o las dos lecciones de Enrique Urbizu en el género: Caja 507 (2002) y No habrá paz para los malvados (2007). Porque La isla mínima es una lección del género policial con un soberbio estilo cinematográfico y tres protagonistas principales (los dos policías y los paisajes de las marismas, con el clímax final de la densa lluvia), con lectura política y con la denuncia al hedor de la pederastia, una más de las muchas formas en que el cine afronta esta lacra humana

En definitiva, La isla mínima es una buena película del cine español, una de esas películas que debería servir para terminar de convencer a aquellos que tengan tantos prejuicios hacia el séptimo arte de este país. Y también es una película que nos hace reflexionar (y denuncia) una de las mayores lacras sociales: la violencia hacia la mujer de cualquier forma (física, moral o sexual). Una película que queremos sumar hoy a la campaña «16 días de activismo contra la violencia de género» y que celebramos en estos momentos, pues comenzó el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y termina el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos. 
Esta campaña tiene como objetivo llamar a la acción para poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas en todo el mundo. Nada mejor que para cerrar este mensaje, las palabras del Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon: “Acojo con beneplácito el coro de voces que piden que se ponga fin a la violencia que afecta a alrededor de una de cada tres mujeres a lo largo de su vida. Aplaudo a los dirigentes que están ayudando a promulgar leyes y a hacerlas cumplir, y a cambiar mentalidades. Rindo homenaje, además, a todos los héroes en el mundo que ayudan a las víctimas a sanar y a convertirse en agentes de cambio”. 

Y así, cada esfuerzo, por mínimo que sea, se convierte en máximo para acabar con esta lacra.

 

viernes, 4 de octubre de 2013

Niños asesinados por sus padres en España. ¿Hasta cuando?




Todos estamos sobrecogidos por el asesinato de Asunta, la niña de Santiago de Compostela brutalmente asesinada hace algo más de una semana. Sus padres están detenidos como presuntos culpables de este crimen. Si esta culpabilidad se confirmara, serían ya 18 los niños que han sido asesinados por sus progenitores en nuestro país en lo que va de año. Y aún quedan tres meses para que éste acabe...

Podemos leer la relación de estos crímenes en la prensa generalista. En "El Mundo" nos ofrecen los detalles de los 17 asesinatos confirmados en 2013. En los titulares podemos leer, además, que en 48 niños murieron a manos de sus progenitores en 2010 y 2011 (24 en casa año). Y que 300 niños fueron asesinados por sus padres en los últimos 15 años...

Periódicamente surge una noticia como la del crimen de Santiago. Y todos nos echamos las manos a la cabeza. Nos parece horrible que algo así suceda y es bueno que nos indignemos. Pero...

... Pero yo no veo que estos crímenes cometidos sobre las criaturas más inocentes que existen, los niños, reciban una consideración especial por parte de nuestras autoridades legislativas y políticas. No existen (o no he sido capaz de encontrar) estadísticas oficiales que lleven al día este triste conteo de crímenes. Algo así debería existir, como ya existe para la llamada "violencia de género". Todos estamos al día, recibimos cumplida información, de las mujeres que son asesinadas por sus parejas masculinas. Y existen penas especiales para estos casos. Y un teléfono de emergencia de ámbito estatal para denunciar. ¿Existe algo de esto para nuestros niños y adolescentes en España? De momento, no.

Se ha intentado englobar a parte de estos crímenes dentro de las estadísticas de la violencia de género pero ello no explica, ni mucho menos, la dimensión real del problema. Si volvemos a la descripción de los casos que se publica en la prensa, podemos comprobar que la madre y el padre se reparten casi al 50% la autoría de estos crímenes

En cualquier caso, los niños no tienen quien les defienda. No tienen "conciencia de grupo", son dependientes emocionalmente de sus padres y no pueden formar ni constituir asociaciones que defiendan sus intereses como sí sucede con colectivos de personas adultas. ¿Quién hará esto por ellos? Los niños no votan, los niños no se meten en política... los niños sólo quieren que les quieran y les cuiden. Los niños siguen siendo los grandes desprotegidos de nuestra civilizada y desarrollada sociedad. No parece que a nadie le interese especialmente el problema de que puedan correr peligro de muerte en muchos casos. No es un problema sanitario, es un problema social y un problema moral.

Mientras tanto, mientras echo de menos esa estadística oficial dedicada exclusivamente a contar el número de niños asesinados por sus padres, mientras espero que las penas por asesinar a un niño sean ejemplares, mientras espero que haya un teléfono de ayuda inmediata de ámbito estatal que no deje huella en la factura... los casos se seguirán sucediendo. Ante la indignación a corto plazo y el olvido a medio-largo plazo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Cine y Pediatría (141). Cuando la pederastia se convierte en “Silencio de hielo”


Lo vemos demasiadas veces en los periódicos o en las noticias: la desaparición de un niño o una niña, de un adolescente o una adolescente. Simplemente porque ocurre y porque se repiten los hechos y el dolor: unos padres y familiares rotos; medios de comunicación al acecho; la investigación policial; el tiempo que pasa como una losa, sin noticias; el cuerpo que aparece (o no); etc. Detrás de esas noticias que queremos evitar, pues el escalofrío recorre nuestra sangre, siempre hay unos seres humanos que sufren (y que siempre pensamos que podíamos ser nosotros),... porque si es dura la muerte de un hijo, su desaparición resulta aterradora. 

Aunque la realidad aquí sí que puede superar cualquier ficción, lo cierto es que el cine se ha atrevido a plasmar en la pantalla esta situación de desaparición de un niño desde distintas ópticas. Clint Eastwood, como director, realizó dos películas de distintos calado: por un lado, puso como secuestrador a Kevin Costner en Un mundo perfecto (1993) y por otro a Angelina Jolie como madre sufridora en El intercambio (2008). Morgan Freeman, como actor, tuvo que enfrentarse a los casos de desaparición de niños en El coleccionista de amantes (Gary Fleder, 1997) y en La hora de la araña (Lee Tamahori, 2001). Y la niña Dakota Fanning ha sido secuestrada en dos ocasiones, tanto En Atrapada (Luis Mandoki, 2002) como en El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004). Pero otros muchos actores han vivido en la ficción la angustia de ser padres: Mel Gibson en Rescate (Ron Howard, 1996), Michelle Pfeiffer en En lo profundo del océano (Ulu Grosbard, 1999), Jodie Foster en Plan de vuelo: Desaparecida (Robert Schwentke, 2005), Liam Neeson en Venganza (Pierre Morel, 2008), y un largo etcétera. 

Pero la mayoría son películas made in USA creadas como un thriller de aventuras. La película que traemos hoy es diferente, pues es más un thriller psicológico que nos adentra en un enigma criminal y sus personajes (niños, padres, policías y asesinos), en unas mentes, unos cuerpos y una sociedad que huele a locura y a hedor (el que provoca sentir la pederastia). A eso aspira la notable película alemana Silencio de hielo (2010), segundo largometraje del por aquí poco conocido director suizo Baran Bo Odar y que nos regala una narración prodigiosa basada en la novela “Das Schweigen” de Jan Costin Wagner y con este argumento: una bicicleta en un campo de trigo, una niña desaparecida; ¿se repite la historia?. Hace 23 años, la adolescente Pia fue violada y asesinada en este mismo lugar y todo el mundo se pregunta si le ocurrido lo mismo a la adolescente Sinikka. 

Y a fe que Baran Bo Odar consigue su propósito de helarnos la sangre y dejarnos en silencio. Con ese tono de novela policiaca, la película es áspera sin necesidad de ser sucia, siendo ambiciosa con un retrato de amplio de personajes y que utiliza para someternos a una doble (y no cómoda) reflexión: la primera, sobre la culpa, la redención y la facultad de limpiar (o no) la mente de malos recuerdos; y la segunda, valiente y espantosa, sobre el hecho de que en la pedofilia no haya posibilidad de redención, aunque el enfermo se parapete entre elementos de normalidad y haga esfuerzos sobrehumanos por liberarse. Lo más parecido a esta película en la reciente filmografía puede ser la australiana Lovely bones (Peter Jackson, 2009), pero también la película nos hace regresar al mundo de los psicópatas pedófilos con dos películas alemanas clásicas: M, el Vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931) y El cebo (Ladislao Vajda, 1958). Aunque con una gran diferencia: en Silencio de hielo se dibuja a los dos delincuentes como pobres diablos antes que asesinos puros o víctimas de la sociedad. 

Destaca el estilo en el que está rodada la película, que nada tiene que ver con el cine habitual de Hollywood: fusiona diferentes ritmos cinematográficos y logra mantener a los espectadores en máxima tensión, tensión que no procede de imágenes macabras, sino de intentar explicar el desconcierto de una sociedad que convive diariamente con los peores crímenes, construidos sobre cimientos de soledad, desesperación y cinismo. Un elenco de actores poco conocidos por estos lares (Wotan Wilke Möhring, Sebastian Blomberg, Katrin Sass, Burkhart Klaussner, Karoline Eichhorn y Ulrich Thomsen, el único a quien quizás reconozcamos como uno de los padres de En un mundo mejor, la oscarizada obra de Susanne Bier en el año 2010) y cuyas destacadas interpretaciones expresan lo que las palabras no podrían, con caras que revelan sentimientos como la desesperación y la culpa. 

Silencio de hielo nos cuenta una difícil historia (que muchos se negarán a ver) y nos lo cuenta de tal manera (apoyado por la fotografía de Mol Summerer y por la música de Michael Kamm y Chris Steininger) que nos deja helados el alma. Pero aunque la pederastia nos deje el alma helada, nunca debe dejarnos en silencio.