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sábado, 25 de octubre de 2025

Cine y Pediatría (824) “Pororoca”, el estruendo que provoca la desaparición de una hija

 

La Nueva Ola Rumana (o Noul val românesc) es un movimiento cinematográfico que surgió a principios del siglo XXI y que ha ganado una gran aclamación internacional. Se caracteriza por un estilo distintivo (realista y austero, cámara en mano y planos secuencia largos, luz natural) y por abordar temas sociales cotidianos de la gente común y temas y políticos, especialmente las secuelas del régimen comunista. Algo así como una visión neorrealista de la Rumanía contemporánea, donde encontramos algunos directores clave de este movimiento: Cristi Puiu (La muerte del Sr. Lazarescu, 2005; Sieranevada, 2016), Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días, 2007; Más allá de las colinas, 2012), Corneilu Porumboiu (12:08 al Este de Bucarest, 2006; Policía, Adjetivo, 2009), y otros como Călin Peter Netzer, Radu Jude, Radu Muntean, Cătălin Mitulescu,... Una lista a la que cabe añadir Pororoca (Constantin Popescu, 2017). 

En Cine y Pediatría hace tiempo que hablamos de 4 meses, 3 semanas, 2 días (Cristian Mungiu, 2007), una película dura y fría alrededor del aborto, una cuenta atrás que nos dejó helados como espectadores. Y no menos vamos a sentir con Pororoca, una historia de búsqueda y angustia por la pérdida de una hija que nos dejará devastados y todo ello con un ritmo pausado (152 minutos de metraje que conviene digerir).  

Pororoca nos presenta a la familia Ionescu, una pareja de clase media de Bucarest, Tudor (Bogdan Dumitrache) y Cristina (Iulia Lumànare), quienes vivev una vida rutinaria y feliz con sus dos hijos, Ilie (4 años) y Maria (5 años). Tudor sale con sus dos hijos al parque local una mañana de domingo, al igual que otras familias. Todo es normal, feliz y luminoso. Un plano secuencia con cámara fija se centra en Tudor hablando por teléfono en un banco, mientras sus hijos (y los demás niños y niñas de diferentes edades) entran y salen de plano mientras juegan. El padre está atento de sus hijos, y les dice: “Voy a al quiosco. No te alejes, ¿prometido?”. Todo sigue transcurriendo con rigurosa tranquilidad, la cámara sigue estática salvo leves giros. Y la pregunta en una décima de segundo: “Ilie, ¿dónde está Maria?”, momento en que la historia da un giro demoledor. Se pone a buscarla rápido y comienza esa angustia que todos hemos experimentado alguna vez por segundos cuando perdemos el contacto visual con nuestros hijos, aunque haya sido un falsa alarma. Ahora ya con cámara en mano se sigue al padre revisando todo el parque, preguntando, gritando el nombre de Maria… 

Acuden a la policía a denunciar la desaparición. Y la pregunta angustiosa del padre: “¿Existen casos sin resolver?”. Y la demanda del policía: “Cualquier detalle, aunque sea irrelevante, son importante ahora”. A partir de este suceso, la película se transforma en una exploración psicológica intensa de las consecuencias de esta pérdida incierta. La cinta no se centra en la investigación policial (que es ineficaz y burocrática), sino en el desmoronamiento emocional y psicológico de Tudor y Cristina. Llegan los abuelos maternos a casa, preguntas y silencios, tensión emocional. Tudor regresa cada día al parque, intentando buscar alguna pista, alguna información… El desánimo y la tristeza se apoderan de la pareja según pasan los días, y llega la tirantez entre ellos. Los amigos les sugieren qué hacer, aunque alguno sin querer dice lo que no se debe… Un viaje a la desesperación, la angustia y la impotencia a fuego lento que explota entre el matrimonio: la madre no sabe cómo afrontarlo (“No quiero salir de caso. No puedo hacer nada”) y decide irse con sus padres a Constanza, por lo que se lleva a Ilie y el padre se queda solo en la ciudad. 

La segunda mitad de la película se enfoca casi exclusivamente en la obsesión de Tudor por encontrar a Maria, consumido por la culpa y la paranoia. Se culpa de haber ido con dos hijos al parque aquella mañana y haber regresado con uno. Su búsqueda lo lleva a un estado físico y mental límite, donde deja de trabajar, de comer y de asearse, duerme en el suelo, cuelga carteles con la foto de su hija, rebusca en las fotos de la cámara de una chica que pasaba por allí el día de autos, y enfoca sus sospechas en una persona a la que sigue y persigue, todo ello con un enfoque particular de secuencias largas e inolvidables que encapsulan su desesperación. Pasan los días, las semanas, ya casi dos meses… Le avisa la policía de que han encontrado a una niña,… pero no es su hija y se viene abajo: “No se dé por vencido. Sé que es difícil…”, le dice el policía. Y todo culmina en un acto de violencia, marcando un punto de no retorno en la destrucción de su familia y su propia psique, una escena final que a algunos les recordará Irreversible (Gaspar Noé, 2002). Tras aparecer el “fin” del film acabamos tan destrozados como ese padre. 

Cabe recordar que la palabra “pororoca” es un término que tiene dos significados y ambos tienen sentido como título de la película por su contenido. El primero es un término de origina tupi-guaraní que significa “gran estruendo” y que se utiliza para describir un impresionante fenómeno natural que ocurre en la cuenca del Amazonas en Brasil (y que se produce cuando la marea alta y creciente del Océano Atlántico se encuentra violentamente con la poderosa corriente de agua dulce descendente del río Amazonas); el segundo es el conjunto de dos términos rumanos, “poroc” y “oca” que se podría traducir como “salir disparado de casa”. Y la película Pororoca es mucho más que un thriller de desaparición; es un estudio profundo y devastador sobre el dolor, la culpa y la fragilidad de la vida familiar. 

Un gran estruendo fílmico que nos hace salir disparados de casa y cuyos mensajes clave no pueden pasar desapercibidos y merecen un profundo análisis: 1) la fragilidad de la felicidad doméstica, que hace que todo pueda cambiar en un instante; 2) la culpa y el viaje a la locura, porque ese padre es incapaz de perdonarse por el micro-momento de distracción que provocó la tragedia; y ello le avoca al aislamiento y paranoia obsesiva, donde cada detalle insignificante y cada rostro en la calle se convierten en posibles claves o sospechosos, así como a la deconstrucción gradual del personaje, mostrando cómo el sufrimiento y la necesidad de una respuesta llevan a un punto de no retorno ético y moral; 3) la destrucción de la comunicación familiar, donde la desaparición de Maria tiene un efecto de bola de nieve en el matrimonio, con ese distanciamiento de la pareja donde la culpa de Tudor y el dolor de Cristina se manifiestan de formas incompatibles, impidiendo cualquier consuelo mutuo, avanzando hacia largos e incómodos silencios; 4) la crítica a la burocracia policial, lo que aumenta la frustración y la desesperación de Tudor, así como el vacío devastador que deja la indiferencia social ante una pérdida incierta. 

Una película en la que destaca su guion y la interpretación de Bogan Dumitrache. Y quizás su punto más discutido es el largo metraje, pero está claro que el director ha apostado por planos largos para reflejar la desintegración. Y lo más reseñable y el mayor estruendo: que la realidad en ocasiones supera la ficción cuando se trata de la desaparición de un hijo o hija. Y aunque que es difícil conocer cuántos niños y niñas desaparecen al año en el mundo, una cifra que circula históricamente es la de 8 millones. Y si bien parece excesiva (y debe contener un gran número de desapariciones resueltas rápidamente), no dejan de ser cifras escalofriantes. Y cabe preguntarnos: ¿cómo nos sentiríamos si percibiéramos la sensación de la pérdida un hijo solo durante una hora?

 

sábado, 24 de agosto de 2024

Cine y Pediatría (763) “Llévame a casa” desde el cine surcoreano

 

Aunque el cine coreano es centenario, su desarrollo ha sido desde siempre irregular, marcado por la dependencia al régimen político que hubiera en cada momento y los avatares que, como la ocupación de Japón de 1910 a 1945 o la guerra de Corea de 1950 a 1953, fue un desastre para la industria cultural del país. Hay que esperar a la década de los 90 cuando comienza el auge del cine de Corea del Sur, con un mercado propio dispuesto para invertir en grandes producciones y con gran éxito de público. Si a ello le sumamos el reguero de premios y éxitos alrededor del mundo, tenemos un cine que, desde el comienzo del siglo XXI son muchas las voces que lo reivindican como uno de los más estimulantes y de mayor calidad del panorama internacional. Una fábrica de relatos apasionantes con un tratamiento narrativo único y una facilidad pasmosa para dejar al respetable clavado en la butaca con unos libretos imprevisibles. 

Porque el cine coreano merece ser estudiado con atención, o al menos revisar a sus directores y films más conocidos en el panorama internacional, con al menos cuatro nombres claves. Kim Ki-duk; Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (2003), Hierro 3 (2004), El arco (2005), Time (2006), Aliento (2007). Bong Joon-ho: Memories of Murder/Crónica de un asesino en serie (2003), Mother (2009), Rompenieves (2013), Okja (2017), Parásitos (2019). Kim Jee-woon: The Quiet Family (1998), A Bittersweet Life (2008), El bueno, el malo y el raro (2008), Encontré al diablo (2010), El imperio de las sombras (2016). Park Chan-wook: Oldboy (2003), Stoker (2012), La doncella (2016), Decisión to Leave (2022) y su trilogía de La venganza. Directores de nombre difícil de recordar, pero películas difíciles de olvidar. Pero son muchos más los nombres, y algunos ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría, donde se encuentra Parásitos (Bong Joon-ho, 2019), gran triunfadora de los Óscar de aquel año por méritos propios, pero también Sang Woo y su abuela (Jibeuro) (Lee Jeong-hyang, 2002), Princesa (Han Gong-Ju) (Lee Su-jin, 2013) y Un monstruo en mi puerta (July Jung, 2014) y quizás también Minari, Historia de mi familia (Lee Isaac Chung, 2020), pues aunque la película es estadounidense, el director y la historia es simbólicamente coreana. Porque si algo sabe hacer el cine de Corea del Sur es abordar sin tapujos las miserias de su aparente opulenta sociedad.     

Y hoy enlazo con la tercera parte de esa mítica trilogía de la venganza de Park Chan-wook, Sympathy for Lady Vengeance (2005), porque su actriz protagonista, Lee Young-age, es la actriz principal de nuestra película de hoy, un drama con tintes de thriller de una madre en busca de su hijo desaparecido: Llévame a casa (Kim Seung-woo, 2019), ópera prima en la dirección de este actor habitual, quien logra mantener el interés de la historia por los giros de guion y por mostrar una realidad que no es ajena a uno de los países tecnológicamente más avanzados del mundo. 

Vamos descubriendo al inicio de la historia que unos padres buscan desde hace 6 años a su hijo desaparecido, Yoon-su. La madre, Jung-yeon (Lee Young-ae) es enfermera y el padre lleva tiempo sin trabajar, dedicado a una búsqueda incesante con las octavillas del menor desaparecido. Se relacionan con una asociación de niños desaparecidos y con familias que han pasado por similar trance, y a uno de estos niños reencontrado le llega a decir Jung-yeon: “Tengo un hijo igualito a ti, pero lo he perdido”. Los sentimientos de culpa emborronan sus vidas y se preguntan: “¿Volveremos a vivir como antes? Cuando al fin regrese, ¿podremos volver a la normalidad?”

Cuando el padre intenta retomar su vida laboral como profesor, un absurdo accidente de tráfico acaba con su vida. Jung-yeon no tiene muchos motivos para vivir y las posibilidades del suicido rondan su cabeza. Entonces recibe una llamada, con extorsión por medio, de que creen que han visto a su hijo en un puesto de pesca de la isla de Naebu, en un chico por nombre Min-su que parece tener algunos de los rasgos físicos descritos en las octavillas. Un niño que, junto con otro algo menor, Jin-ho, forman parte de una familia disfuncional que les propician todo tipo de maltrato físico y psicológico, incluido el abuso sexual, como reflejo de la corrupción social y policial que les rodea. Y en ese ambiente aparece la madre coraje que todas las madres llevan dentro y no se rinde por descubrir una verdad que le ocultan, incluso con la violencia: “Hijo, te prometo que te encontraré”. Pero antes de que el mar se lleve en el rompeolas a su supuesto hijo, Min-su/Yoon-su, tiene tiempo para decirle: “Perdóname, hijo. ¡Siento haber llegado tan tarde!”. 

Un final muy duro y oscuro, pero donde el detalle de esa uña partida del pie de carácter familiar abre la puerta a la esperanza. Y al final, dos años más tarde, se nos muestra en un día luminoso que Jung-yeon habla por teléfono con Jin-ho, que la llama mamá, y nos damos cuenta que siguen buscando a Yoon-su. De hecho, la madre acude a un orfanato y al ver a un niño con una marca en la oreja, sonríe. 

No es Llévame a casa quizás el mejor ejemplo de película coreana de renombre, pero si nos devuelve otra mirada de una lacra de carácter internacional como es la desaparición de menores, una crisis que ha afectado y sigue afectando al mundo, con organizaciones que estiman que unos 8 millones de menores desaparecen cada año. Un problema que afecta a todos los continentes, especialmente alarmante en Latinoamérica, pero del que no es ajeno Estados Unidos o Europa (en España se estiman unas 20.000 denuncias anuales) y donde los datos al respecto África y Asia quizás no sean tan concretos. 

Una tragedia que trasciende fronteras y afecta a todos los sectores de la sociedad, y que en Cine y Pediatría hemos revisado bajo el prisma de la filmografía principalmente estadounidense: En lo profundo del océano (Ulu Grosbard, 1999), El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004), Adiós pequeña, adiós (Ben Affleck, 2007), El intercambio (Clint Eastwood, 2008), The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009), La habitación (Lenny Abrahason, 2015), Searching (Aneesh Chaganty, 2017), Sonido de libertad (Alejandro Monteverde, 2023), o Amber: The Girl Behind The Alert (Elizabeth Fisher, 2023). Y menos desde otras filmografías, como Alemania (Silencio de hielo de Baran Bo Odar, 2010), Australia (Una chica perfecta de Simone North, 2009) o España (El caso Wanninkhof, una doble tragedia de Fernando Cámara y Pedro Costa, 2008; El secuestro de Anabel (Pedro Costa, 2010); La isla mínima de Alberto Rodríguez, 2014; o Cerdita de Carlota Pereda, 2023). Y hoy revisamos esta lacra que es la desaparición de menores desde Corea del Sur, desde una filmografía particular y en auge.              

 

sábado, 2 de marzo de 2024

Cine y Pediatría (738) Dramas adolescentes basados en hechos reales

 

Las películas sobre desapariciones y secuestros de niños, niñas y adolescentes es un tema que hemos revisado de forma recurrente en Cine y Pediatría, en títulos como En lo profundo del océano (Ulu Grosbard, 1999), El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004), Adiós pequeña, adiós (Ben Affleck, 2007), El intercambio (Clint Eastwood, 2008), The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009), Silencio de hielo (Baran Bo Odar, 2010), La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), La habitación (Lenny Abrahason, 2015), Searching (Aneesh Chaganty, 2017), Sonido de libertad (Alejandro Monteverde, 2023) o Cerdita (Carlota Pereda, 2023), entre otras.         

Pero cuando esas desapariciones y secuestros están basadas en hechos reales, los hechos son más dolorosos: unos padres y familiares rotos; medios de comunicación al acecho; la investigación policial; el tiempo que pasa como una losa, sin noticias; el cuerpo que aparece (o no); etc. Porque si es dura la muerte de un hijo, su desaparición resulta aterradora. Y hoy queremos recordar esta situación en tres historias reales de adolescentes desaparecidos y con final no feliz, y que se suman a la película ya comentada la semana pasada: El secuestro de Amber (Keoni Waxman, 2006).  

Tres películas, todas con elevado impacto mediático, con el trágico protagonismo de una adolescente australiana y otras dos adolescentes españolas, que todavía recordamos. Dramas adolescentes basadas en hechos reales en las antípodas del mundo. 

- Una chica perfecta (Simone North, 2009), peculiar traducción del título original In Her Skin (I Am You), inspirado en el libro “Perfect Victim” de Elizabeth Southall, la madre de la adolescente Rachel, y Megan Morris, una reportera de investigación. Una película narrada en tres partes, correspondiente a sus principales protagonistas, recurriendo a diversas analepsis (flashback) y prolepsis (flashforward): Mike y Elizabeth, los padres, interpretados por Guy Pearce y Miranda Otto; Caroline, la adolescente con baja autoestima que perpetra el asesinato, interpretada por Ruth Bradley; y Rachel, la víctima, interpretada por Kate Bell. 

Todo comienza el 1 de marzo de 1999, cuando Rachel Barber, una chica de 15 años amante del ballet, no llega a la parada del tranvía donde le esperaba su padre. A partir de aquí la búsqueda desesperada de los padres y la indiferencia policial inicial. Retrospectivamente conocemos cuatro años antes a una vecina suya, Caroline Reed, a la que conocemos escribiendo sobre su acoso escolar en un ordenador: “De verdad que necesito ayuda”. Los padres se acaban de separar y madre e hija no se soportan: “Querida mamá. No soy la hija perfecta que querías. Soy una maldita cosa gorda, fea y egoísta. Deberías haber abortado”. Una chica demasiado complicada, depresiva y con ocasionales ataques epilépticos, que quiera la estima de su padre (Sam Neill): “Perdón por no ser perfecta. Me odias…Soy lo que soy y nunca encajaré”. Y de ahí, la historia regresa a ese presente donde narra el encuentro con su ex vecina, Carolina, la chica perfecta a diferencia de ella y a la que propone un negocio que es la coartada para llegar a un hecho tan atroz que solo su perturbación mental podría concebir. Y cuando los trágicos hechos ven la luz, los padres de Rachel hacen ese viaje de la ansiedad y miedo hacia el paradero a ese estado atónito de tristeza y extraña paz interior. Que nada cambia el que Caroline fuera condenada a 20 años de prisión. 

- El caso Wanninkhof, una doble tragedia (Fernando Cámara y Pedro Costa, 2008), telefilme en dos capítulos sobre este hecho real (pero con nombres cambiados), cuyo título es el de los dos grandes protagonistas de este asesinato de una adolescente de 19 años que conmocionó nuestra país: Victoria Álvarez es el título de la primera parte, interpretada por Luisa Martín (y que en la realidad es Dolores Vázquez); y Robin Jones es el título de la segunda parte, interpretado por Frank Feys (y que en realidad es Tony Alexander King). Porque el ambiente de histeria popular creado por los medios de comunicación y un juicio plagado de irregularidades por parte de las autoridades policiales y judiciales, conllevó una condena con errores judiciales de gran magnitud, incluyendo la anulación de la presunción de inocencia. 

Todo comienza el día de los hechos, un 9 de octubre de 1999, en la localidad malagueña de Mijas, cuando es asesinada Rocío Wanninkhof (Valentina Burgueño). Finalmente la Guardia Civil detuvo como sospechosa del crimen de la adolescente a Victoria Álvarez, quien fue el amor lésbico de su madre y madrina de Rocío. Y no fueron los hechos lo que se juzgaron, sino su persona, pagando por su carácter huraño y frío, con pocos amigos, además del hecho de ser lesbiana. Fue carne de cañón al ser sometida a un juicio popular y ser condenada un año después a 15 años y un día de cárcel (aunque pudo salir a los 17 meses, pero ya con la vida destrozada). En este proceso tuvo la defensa de un abogado (Pedro Apalategui en la realidad, interpretado por Juanjo Puigcorbé), quien no pudo vencer el móvil del despecho hacia la madre de Rocío, de quien se separó años antes. 

Y fue el asesinato de otra adolescente de 17 años, Sonia Carabantes, el 14 de agosto de 2003 en la localidad malagueña de Coín, y la coincidencia de hechos y pruebas de ADN, los que pusieron la pista en un ciudadano británico afincado por esos lares, Tony Alexander King. De ahí la doble tragedia del título de esta película: el asesinato de dos adolescentes (Rocio Wanninkof y, luego, Sonia Carabantes) y la condena errónea de Dolores Vázquez, quien tuvo que huir a su localidad coruñesa de Betanzos y quien, dos décadas después, nunca recibió una indemnización ni un disculpa pública por el daño causado a su persona. Y así finaliza esta película fiel a los hechos (aunque se cambien los nombres), con nuestra falsa culpable mirando a la cámara y diciéndonos: “Yo no maté a Rocío”. 

Decir que un hecho así ha visto otras versiones en la pantalla, con dos películas documentales: El caso Wanninkhof-Carabantes (Tània Balló, 2021) y Dolores: La verdad sobre el Caso Wanninkhof (Noemí Redondo, 2021), siendo esta última donde la propia protagonista de uno de los mayores errores judiciales de la historia reciente de España aborda preguntas no antes respondidas. 

- El secuestro de Anabel (Pedro Costa, 2010), uno de los films de la serie televisiva La huella del crimen, y que narra otro asesinato mediático, el de la adolescente de 19 años, Anabel Segura, ocurrida el 12 de septiembre de 1993. Un veraz análisis de los hechos de este caso que movilizó a todo un país pidiendo la liberación de Anabel, incluso en el famoso programa de Paco Lobatón, “¿Quién sabe dónde?”, y cuya lucha se vio simbolizado por un lazo amarillo. 

Todo comienza con el encuentro de dos viejos amigos, que no se veían hace años, en un bar de Vallecas. Tanto Antonio (en la realidad, Emilio Muñoz, interpretado por Enrique Villén) como Cirilo (en la realidad, Cándido Ortiz, interpretado por Juan Codina) viven malos momentos laborales y personales y ahogan sus penas en alcohol; al salir, se dieron una vuelta por la Urbanización Intergol en el barrio residencial de La Moraleja y allí ven a una joven haciendo jogging, Anabel Quintana (nombre ficticio de Anabel Segura, interpretada por Polina Kyryanova), a quien secuestran de forma impulsiva. 

Un secuestro absurdo, totalmente improvisado, que termina de la forma más trágica. Pues aunque pidieron un rescate de 150 millones de pesetas y no se les detuvo hasta dos años después, lo cierto es que asesinaron a la adolescente en la primera noche, por no saber qué hacer con ella. La historia de uno de los pocos secuestros extorsivos en España y una actuación chapucera de unos ciudadanos comunes sin experiencia en la delincuencia y que terminó en tragedia. Como anécdota, cabe decir que la mujer de Antonio es interpretada de nuevo por Luisa Martin, quien aparece en dos de las historias más mediáticas de dramas adolescentes en nuestro país. 

Hoy hemos revisado tres dramas adolescentes basados en hechos reales. En el caso de los acaecidos en España, fueron dos profundas chapuzas: en el caso Rocío Wanninkhof fue una chapuza policial y judicial, y en el caso Anabel Segura fue una chapuza de los delincuentes. Pero en todos con el mismo trágico final. Y el cine no es ajeno a este dolor.

 

sábado, 24 de febrero de 2024

Cine y Pediatría (737) “La historia de Amber” y el origen de la creación de un sistema de alerta para menores desaparecidos

 

Los efectos de la desaparición de un familiar repercuten en la salud física y psicológica de los familiares cercanos y produce un estado de conmoción persistente, de crisis latente y prolongada, en el que la angustia y el dolor causado por la ausencia de la persona amada continúa indefinidamente. Ese proceso de angustia ante tal pérdida se ocasiona porque no logran realizar el ritual del duelo, por la vulneración de los derechos humanos y desconocimiento de la verdad. Si la desaparición es la de un hijo, no es difícil imaginar cómo esta repercusión se incrementa. Y el cine se ha hecho eco de estas historias, muchas de ellas basadas en hechos reales. 

Y hoy vamos a comentar un caso que tuvo en la lucha de los familiares (esos padres y madres coraje que surgen por la tremenda realidad a la que se enfrentan) una repercusión muy positiva para otros menores: la desaparición y asesinato de la niña de 9 años, Amber Hagerman en el estado de Texas a principios del año 1996. Y lo vamos a fundamentar en dos películas: un telefilme y un documental. 

- El secuestro de Amber (Keoni Waxman, 2006) es un telefilm de 85 minutos basado en hechos reales, que comienza con los hechos acaecidos ese 13 de enero de 1996 cuando la pequeña Amber sale a montar en bici y a plena luz del día un hombre la mete en un coche. La situación es vista en la distancia por un vecino anciano, por lo que enseguida comienza la búsqueda policial, con la angustia de Donna (Elisabeth Röhm), esa madre separada que espera con angustia junto a su otra hija y su familia: “No quiero estadísticas. Quiero a mi hija”. Cuatro días después aparece el cuerpo de la pequeña en la cuneta de un río. Y ya en agosto de 1996, se nos presenta cómo la madre lucha por crear una asociación denominada Ciudadanos contra los Crímenes Sexuales, y cuenta con el apoyo de un congresista. Un año después, consigue que algunos estados se sumen a activar un sistema de alerta con el objetivo de activar a toda la población y organismo estatales cuando desaparece un menor. 

Un salto temporal en agosto de 2003 nos traslada a otro lugar y otra historia, la de la pequeña Nicole, su madre soltera y el cuidador habitual que la considera como una hija, pero se extralimita en un momento dado. Y con esta historia que se entremezcla con la de la propia Donna y su lucha por salir adelante y mantener vivo el recuerdo de su hija, mientras intenta ayudar a que a otros niños no les pase lo mismo. Y la segunda historia nos sirve para conocer los resultados favorables del ya conocido como sistema AMBER. 

Finaliza esta película con la imagen real del presidente George W. Bush, cuando firmó la Ley Project del año 2003 y declaró: “Ningún niño debería experimentar el terror de un rapto. Ninguna familia debería sufrir la pesadilla de perder a un hijo”. Y con el mensaje de que en febrero de 2005 todos los 50 estados de Estados Unidos adoptaron este sistema de alerta para la detección precoz de menores desaparecidos. Y cierto que las virtudes cinematográficas de esta película no son las mejores, pero nos permite conocer algo que muchos desconocíamos. 

- Amber: The Girl Behind The Alert (Elizabeth Fisher, 2023) es una película documental de 90 minutos sobre esta historia de Amber Hagerman, la niña cuyo secuestro y asesinato sigue sin resolverse, pero que inspiró la Alerta AMBER, que desde entonces ha salvado a más de 1000 niños. Y que nos lleva a hacernos la pregunta de qué pasa en una sociedad como la estadounidense (tan diferente a sus vecinos canadienses), donde el catálogo de desdichas para teleseries está a la orden del día, sean asesinos en serie, tiroteos en institutos o desapariciones de personas. 

Y vale la pena profundiza sobre este sistema de alerta que adquirió el nombre de pila de la niña Amber Hagerman, pero que se escribe en mayúsculas, para designar el retroacrónimo AMBER de America's Missing: Broadcast Emergency Response (que significaría en español, «Personas perdidas de América: retransmisión de respuesta de emergencia»). Porque los expertos han indicado que las primeras horas son vitales, por ello la alerta se emite lo antes posible y es transmitida por diversos medios como televisión, radio, mensaje de texto, correo electrónico, pantallas electrónicas de autopistas, estaciones y aeropuertos, entre otras. Y todo ello con el fin de poder llegar al mayor número de personas posibles. Y cabe conocer que el sistema de alerta AMBER no sólo se utiliza cuando se lleva a cabo algún secuestro, sino también cuando algún menor corre el peligro de ser abusado sexualmente o maltratado físicamente. 

Como hemos dicho, este sistema de alerta AMBER ya se encuentra en Estados Unidos, pero también en algunos otros países. Cada lugar tiene sus propias normas de activación, pero de manera general las directivas empleadas son: que sea un menor de 18 años; que un departamento de policía valide la desaparición del menor; que se cuente con la suficiente información del niño, el sospechoso o su vehículo; y que suponga un grave riesgo para su integridad. Con ello se motiva a todos los miembros de la comunidad a estar atentos para encontrar al niño secuestrado y al sospechoso del secuestro. 

Y, una vez más, de un mal surgió un bien. Y la memoria de esta niña ya será eterna…

 

sábado, 28 de marzo de 2020

Cine y Pediatría (533). “Searching” sin límites a través de las nuevas tecnologías


Una película en la que se nos presenta a una feliz familia de origen coreano que vive en San José, California, formada por los padres y una hija adolescente. La felicidad se tronca cuando la madre fallece por un linfoma, y David Kim (John Cho) queda al cargo de la crianza de su hija Margot (Alex Jayne Go), quien complementa su formación en el instituto con sus clases de piano. Pero un buen día Margot desaparece a la edad de 16 años y comienza la angustiosa búsqueda del padre, con la ayuda de la detective Vick (Debra Messing). Hasta ahí nada que no conozcamos en muchas otras películas, pero esta obra tiene algo especial: toda la película transcurre de forma indirecta a través de las imágenes del ordenador y de todas las nuevas tecnologías de información y comunicación. 

Porque no es solo que esta familia grabara y subiera a internet gran parte de su vida y del desarrollo de su hija, sino que también toda la fase de búsqueda de esa hija desaparecida la realizamos como espectadores dobles: a través de nuestra pantalla de televisión y a través de las distintas pantallas que David Kim tiene a su disposición. Porque 37 horas más tarde y sin una sola pista de su hija, este padre decide buscar en el único lugar donde nadie ha buscado todavía y donde se guardan todos los secretos hoy en día: el ordenador portátil de su hija. Y ese padre debe rastrear las huellas digitales de su hija antes de que desaparezca para siempre y navega por Facebook, Instagram, Twitter, YouTube, Whatsapp, Messenger, Face Time, Tumblr, Google, Yahoo, Skype, Google Maps, Reddit, YouCastNow, etc. Y resulta un thriller sumamente original, pues se desarrolla en la pantalla del ordenador, del móvil, de la televisión y de las diferentes redes sociales. 

Este thriller tan original lleva por título Searching, una película del año 2017 en lo que ha sido el debut en el largometraje del director indioamericano Aneesh Chaganty. Y con un efervescente ritmo nos hace reflexionar de varios temas de gran interés, entre ellos la continua paradoja en la que se desarrolla nuestro mundo contemporáneo y la propia institución familiar: ahora que la mayoría de nuestros hijos cuenta cada minuto de su existencia a través de la web 2.0 y ya 3.0, cuando abren la ventana de su existencia a móviles, tabletas y portátiles (para quien quiera saber, ver y escuchar tanto sus deseos como sus miedos), los padres seguimos sin enterarnos de nada y de quién son nuestro hijos en realidad. Y, por ello, cuando David se mete en las ventanas indiscretas de Margot confirma la relativa soledad de su hija, quien prácticamente no tenía amigos. Y a través del punto de vista único de esas pantallas indiscretas, que reproducen vídeos privados y públicos, chats, llamadas por Skype, correos electrónicos, cuentas de banco, páginas web, publicidad, imágenes de cámaras de seguridad y programas de televisión en directo, somos algo más que espectadores en esa búsqueda (en ese “searching”). Y en esa búsqueda se nos hace reflexionar sobre otros varios temas, nada desconocidos, como son la soledad del adolescente entre tanto ruido de redes, el acoso escolar, los abusos sexuales, la sobreprotección de los padres, la excesiva exposición pública y el peligro de las relaciones cibernéticas. 

Cierto es que este debut en la dirección de Aneesh Chaganty es original, pero no es nuevo, y estas ventanas indiscretas de las nuevas tecnologías han sido predominantes en películas como el corto Noah (Patrick Cederberg y Walter Woodman, 2013) o las películas Eliminado (Levan Gabriadze, 2014), Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014) o 10.000 Km (Carlos Marques-Marcet, 2014). Ellos abrieron el camino de este nuevo género de cine que está surgiendo en los últimos años a partir de las nuevas tecnologías y que se viene llamando como cine de captura de pantalla. Previamente ha habido otras películas realizadas a través del material registrado, pero no con esta interactividad actual: podríamos citar la polémica El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) o Paranormal activity (Oren Peli, 2007). 

Y ese es el reto: conseguir que abriendo y cerrando ventanas de un ordenador, y a través de textos, imágenes o vídeos, en un ejercicio funambulesco de dirección cinematográfica virtual en las cuatro esquinas de una pantalla, se consiga conformar casi una puesta en escena clásica para una película de suspense y acción. Y esa es su virtud: es novedosa, pero entretiene y no defrauda. Incluso con un desenlace final con sorpresa incluida. 

Aunque algunos críticos catalogan Searching como para incondicionales del suspense y aspirantes a detective en la web 2.0 y 3.0, lo cierto es que se antoja el colofón de ese desarrollo digital aplicado a contar historias en el séptimo arte: de hecho la película precisó tan solo trece días de rodaje con actores, pero supuso más de dos años de trabajo la edición y animaciones de la pantalla simulada ya que los sitios web, fueron creados desde cero y animados con ordenador. Además se debe haber rodado en varios idiomas ya que en la película aparecen todos los textos en castellano algo que facilita mucho el tener que subtitular diálogos y textos de las pantallas. 

Y todo comienza con la pantalla de inicio de Windows… y, lo que parece ser un simple recurso inicial, se convierte casi sin darnos cuenta en el modus operandi. Y sentimos vértigo… porque es posible buscarnos (y encontrarnos) sin límites a través de las nuevas tecnologías. Y sentimos vértigo porque hoy en día la privacidad pasa a otro plano…