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miércoles, 22 de enero de 2025

Los trastornos del neurodesarrollo y el séptimo arte

 

Uno de los principales retos en el campo de los trastornos del neurodesarrollo es que estas entidades se hagan visibles. Y un terreno esencial para trabajar por su visualización son los medios de comunicación, siendo el cine un recurso esencial. 

El proyecto Cine y Pediatría apuesta por el objetivo de mejorar la humanización de nuestra práctica clínica a través de la prescripción de películas. Y en este psot adaptamos este objetivo de forma específica a la prescripción de películas sobre trastornos del neurodesarrollo en la infancia y adolescencia, para conocer y reconocer a nuestros protagonistas y sus diferentes enfermedades con especiales capacidades. Y proponemos “prescribir” películas en dos grupos (películas sobre trastorno del espectro autista y películas sobre otros trastornos del neurodesarrollo), esenciales para vivir las emociones y reflexiones que nos devuelven sus protagonistas y familias. 

Estas son las películas prescritas que abordan el trastorno del espectro autista: Mater amatísima (José Antonio Salgot, 1980), Rain Man (Barry Levinson, 1988), Paraíso oceánico (Xue Xiaolu, 1998), Un viaje inesperado (Gregg Champion, 2004), Mozart y la ballena (Petter Naess, 2005), Ben-X (Nic Balthazar, 2007), El niño de Marte (Menno Meyjes, 2007), Mary and Max (Adam Ellito, 2009), María y yo (Félix Fernández de Castro, 2010), Mi nombre es Khan (Karan Johar, 2010), Tan fuerte, tan cerca (Stephen Daldry, 2011), La sonrisa verdadera (Juan Rayos, 2015), Especiales (Olivier Nakache y Eric Toledano, 2019), entre otras. 

Y estas son las películas prescritas que versan sobre otros trastornos del neurodesarrollo: El milagro de Anna Sullivan (Arthur Penn, 1962), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), Estrellas en la Tierra (Aamir Khan, 2007), El primero de la clase (Peter Werner, 2008), Gabrielle (Louise Archambault, 2013), Cromosoma 5 (María Ripoll, 2013), La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014), Línea de meta (Paola García Costas, 2014), Dora y la revolución sexual (Stina Werenfels, 2015), entre otras. 

Y todo ello volcado en esta ponencia realizada en diciembre de 2024 en el marco de la Sociedad Mexicana de Neurología Pediátrica. Os dejamos el vídeo de la ponencia para profundizar en el tema...


sábado, 17 de octubre de 2020

Cine y Pediatría (562). “Diecisiete” deconstruye “Rain Man” desde la simplicidad

 

En Cine y Pediatría ya varias películas adquieren el título de una determinada edad, generalmente alrededor de ese periodo tan intenso, emocionante y cinematográfico como es la adolescencia, una etapa de la vida que desde este proyecto hemos reclamado como género cinematográfico. Ejemplos de ellos son Thriteen (Catherine Hardwicke, 2003), Marion, 13 años eternamente (Bourlem Guerdjou, 2016), Quinceañera (Richard Glatzer y Wash Westmoreland, 2006), 15 años y un día (Gracia Querejeta, 2013), Felices dieciséis (Ken Loach, 2002) y Cuando tienes 17 años (André Téchiné, 2016). 

Y hoy se suma una más, una película española distribuida por Netflix: Diecisiete (Daniel Sánchez Arévalo, 2019). Una película especial que podemos asimilar a una versión de Rain Man (Barry Levinson, 1988) a la española y deconstruida desde la simplicidad: dos hermanos (uno con un trastorno del espectro autista y el otro con problemas de alcoholismo y desesperado ante la incapacidad de no saber cómo ayudar a su hermano y ni siquiera a sí mismo) en esta peculiar road movie en autocaravana por Cantabria, pero aquí no van en buscan de una herencia, sino en busca de un perro y con el objetivo de enterrar a la abuela (que decide no morirse) en su pueblo. Un tour de forcé interpretativo entre dos jóvenes actores, casi desconocidos, Biel Montoro (que interpreta a Héctor, un chico de 17 años poco sociable y poco comunicativo que lleva dos años internado en un Centro de Menores) y Nacho Sánchez (que interpreta a Ismael, su hermano mayor).   

Héctor es un chaval complicado para la sociedad, con su forma de abordar e interpretar el mundo desde su TEA. A punto de cumplir la mayoría de edad, se encuentra interno en un Centro de Menores después de reiterados delitos de hurto por motivos supuestamente justificados. Y aunque el profesor de la institución escribe en la pizarra a los internos el siguiente mensaje, “Para, piensa y responde”, no cala especialmente en él. Por ello, una monitora intenta ayudarle con un terapia de reinserción con perros: “Los perros son para los que les cuesta integrarse”. Y es así como Héctor se encariña de un perro, que se parece a una oveja, y al que le llama “Oveja”. Pero el perro acaba siendo adaptado por otra familia, y pide a su hermano que le ayude a buscarle y para ello no solo él huye de la institución donde se encuentra, sino que se llevan a su abuela en fase terminal de la residencia de ancianos. Porque poco a poco vamos conociendo a Héctor, un joven ofuscado, impulsivo, callado pero que pregunta y responde con acelerada espontaneidad y ninguna reflexión, lapidario al soltar la verdad sin ningún tipo de matiz, enfadado, insatisfecho, raro, y que solo trata y cuida con extremado primor a su abuela, a la que continuamente le dice: “Abuela, no te mueras hasta que vuelva”. 

Y con este inicio comienza una particular road movie con tres protagonistas (un adolescente desadaptado, una abuela terminal y un hermano protector) en busca de un perro enfermo, abandonado y adoptado al que llaman “Oveja”, verdadero macguffin que motiva el inicio de una aventura en la que ambos hermanos recorrerán sus vidas y sus sentimientos en caravana. Y en el viaje reconocemos las peculiaridades de nuestro protagonista, y reconoceremos algunos rasgos de una entidad ya vista en muchas películas en Cine y Pediatría, como es el autismo, quizás en su variante del síndrome de Asperger: cómo Héctor llegó a saberse de memoria el Código Penal, libro que leyó incluso pegando sus hojas rotas con celofán, o su manía de calzar chanclas (que ata con celo cuando tiene que correr por su hábito al hurto), o ese interés que limita en su vida a dos seres, el perro y su abuela. Un chico que se dice a sí mismo, “Cambiar pensamiento tóxico por pensamiento prosocial” y que no lo ha aprendido en el Centro de Menores, sino en internet. 

Es Diecisiete una película inteligente, tierna, precisa y muy aconsejable, una historia de las que te alegran el corazón y reconcilian con el ser humano, aunque nada sea muy normal y todos los protagonistas acaben siendo bastante disfuncionales. Y así Ismael le recuerda a su hermano: “Qué tiempos aquellos cuando fuimos hermanos”. Porque la química y diálogos entre Héctor e Ismael, entre los actores Biel Montoro y Nacho Sánchez, es su punto más fuerte, así como su mensaje, pues no en vano la película ha recibido varios premios en relación a la educación en valores a través del cine. 

El resultado es un compendio de escenas tratadas con la naturalidad de la vida misma, activando los resortes necesarios para que no sólo nos conmuevan, sino que nos sintamos parte de esa caravana con la que recorren sus sentimientos. Y también con ellos nos subamos de noche al techo de la caravana, mientras recorremos esa Cantabria que ya se ha vuelto tan icónicamente cinematográfica gracias a esta película como en su momento lo fueron determinados emplazamientos del País Vasco con la película Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014) o el valle navarro del Baztán con la trilogía del Baztán del director Fernando González Molina (El guardián invisible, 2017; Legado en los huesos, 2019; y Ofrenda a la tormenta, 2020), según adaptación de las novelas de Dolores Redondo. 

Y el secreto del éxito de Diecisiete es un buen guión, una buena dirección de actores y mucho corazón, al que acompaña con discreción la banda sonora de Julio de la Rosa, suave y plácida para ser un compañero más en el camino de una de esas películas de sonrisa continua, de corazón lleno de luz y de buenos valores. Es cierto que es una historia previsible, pero quizás también aconsejable, por ese aprendizaje constante sobre cómo tratar al de al lado, cómo sentir empatía, cómo ser mejor persona, cómo saber encontrar la luz al final del túnel. 

Os puedo asegurar que en este tiempo en que está tan de moda deconstruir platos en las cocinas de los modernos restaurantes, Diecisiete se convierte en un ejemplo paradigmático de cómo deconstruir una película de Hollywood multioscarizada como Rain Man y con dos actores de relumbrón como Dustin Hoffman y Tom Cruise, y dejarnos esta pequeña joya en manos de dos jóvenes actores españoles apenas reconocibles, para facturar esta simple película elaborada con pocos elementos, pero todos muy bien puestos. Y no hace falta más para filmar una gran película. El corazón la hace grande. 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Cine y trastornos del neurodesarrollo en la infancia


Los TRASTORNOS DEL NEURODESARROLLO son un conjunto de trastornos que se caracterizan por un retraso o alteración en la adquisición de habilidades en una variedad de dominios del desarrollo (incluidos el motor, el social, el lenguaje y la cognición). Tienen su origen en la primera infancia o durante el proceso de desarrollo y engloba a heterogéneos procesos englobados bajo esta etiqueta. 

Trastornos del neurodesarrollo que en el DSM-V se clasifican en distintos grupos: Discapacidades intelectuales, Trastornos de la comunicación, Trastorno del espectro autista (TEA), Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), Trastorno específico del aprendizaje, Trastornos motores y Otros. 

La gran estrella es, sin duda, los TEA, una entidad compleja de la que se conoce mucho y se desconoce mucho más. Y hasta en las propias clasificaciones del DSM vemos las diferencias en la propia clasificación: 
• DSM-IV (1994), definía el autismo como TGD, con 5 subtipos: el trastorno autista, el síndrome de Asperger, el trastorno desintegrativo infantil, el TGD no especificado y el síndrome de Rett 
• DSM-V (2013) ha sustituido cuatro de estos subtipos (trastorno autista, síndrome de Asperger, trastorno desintegrativo infantil y TGD no especificado) por la categoría general TEA. El síndrome de Rett ya no forma parte de este sistema de clasificación. Y especifica tres niveles de gravedad en los síntomas, así como el nivel de apoyo necesario.  

Así pues, los Trastornos del neurodesarrollo en la infancia son entidades con muchos “guiones” por describir. Y esta ponencia presentada en el XIV Curso de Trastornos del Neurodesarrollo en la infancia “prescribimos” un ramillete de películas para entender mejor estas entidades llenas de ciencia y conciencia, de emociones y de reflexiones. 
a) 12 películas sobre TEA, por orden cronológico: 
- Mater amatísima (José Antonio Salgot, 1980) España 
- Rain Man (Barry Levinson, 1988) Estados Unidos 
- Un viaje inesperado (Gregg Champion, 2004) Estados Unidos 
- Mozart y la ballena (Petter Naess, 2005) Estados Unidos 
- Ben X (Nic Balthazar, 2007) Bélgica 
- El niño de marte (Menno Meyjes, 2007) Estados Unidos 
- Mary and Max (Adam Elliot, 2009) Australia 
- Adam (Max Mayer, 2009) Estados Unidos 
- María y yo (Félix Fernández de Castro, 2010) España 
- Mi nombre es Khan (Karan Johar, 2010) Estados Unidos 
- Paraíso oceánico (Xue Xiaolu, 2010) China 
- Tan fuerte, tan cerca (Stephen Daldry, 2011) Estados Unidos 

b) 9 películas sobre otros Trastornos del neurodesarrollo, por orden cronológico: 
- El milagro de Anna Sullivan (Arthur Penn, 1962) Estados Unidos 
- Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) Estados Unidos 
- Estrellas en la Tierra (Aamir Khan, 2007) India 
- Al frente de la clase (Peter Werner, 2008) Estados Unidos 
- Gabrielle (Louise Archambault, 2013) Canadá 
- Cromosoma 5 (María Ripoll, 2013) España 
- La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014) Francia 
- Línea de meta (Paola García Costas, 2014) España 
- Dora y la revolución sexual (Stina Werenfels, 2015) Suiza 

Todas estas películas – junto con cientos de otras más – se pueden disfrutar en la colección de libros de Cine y Pediatría (con 7 libros publicados, el 8º en marcha y el 9º a punto de finalizarse). Y en este enlace te invito a ver el contenido de la ponencia. 

Y nos quedamos en este tema con una de las muchas frases emotivas y motivadoras de una película sin fecha de caducidad como es Forrest Gump: “Cada uno crea su propio destino: aprovecha lo que Dios te ha dado. Haz todo, lo mejor posible. Si Dios hubiera querido que fuéramos iguales, nos habría puesto a todos aparatos en las piernas”. Y los Trastornos del neurodesarrollo en la infancia nos recuerda que no todos somos iguales. Y por ello tenemos capacidades diferentes…

sábado, 20 de octubre de 2018

Cine y Pediatría (458). “Mozart y la ballena”, creando puentes en el TEA


Los trastornos del neurodesarrollo son el conjunto de trastornos y dificultades mentales que tienen su origen en alteraciones o lesiones en la maduración cerebral. Tienen su origen en la primera infancia o durante el proceso de desarrollo, pudiéndose por lo general detectar los primeros síntomas de manera temprana. Y las alteraciones provocadas por estos trastornos generan dificultades de intensidad variable en los proceso de adaptación y participación social, así como en la realización de actividades básicas para la supervivencia, alteradas respecto a lo que sería habitual en otros sujetos con la misma edad y condiciones. 

Pero los trastornos del neurodesarrollo engloban una gran cantidad de trastornos que comparten las características antes mencionadas, si bien presentan entre ellos diferencias remarcables. Según uno de los más importantes manuales de referencia, el DSM-5, diferencia diferentes entidades como discapacidades intelectuales, trastornos de la comunicación, trastorno del espectro autista (TEA), trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), trastorno específico del lenguaje, trastornos motores y otros. 

Y el cine ha mostrado todos ellos, con mayor o menor fortuna. Especialmente proclive al séptimo arte es el TEA (con sus diferentes tipos y con el síndrome de Asperger a la cabeza), que el cine establece en dos versiones: películas que se centran más en los mitos del TEA y películas que se centran más en la realidad del TEA. Y algunas de ellas ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría. 

Realidades del TEA son patentes en Ben X (Nic Balthazar, 2007), Mary and Max (Adam Elliot, 2009), Adam (Max Mayer, 2009) o María y yo (Félix Fernández de Castro, 2010). Mitos del TEA son patentes en obras como Rain Man (Barry Levinson, 1988), Un viaje inesperado (Gregg Champion, 2004), Mozart y la ballena (Petter Naess, 2005) o The Sunshine Boy (Fridrik Thór Fridriksson, 2009). 

Y hoy nos acercamos a la película Mozart y la ballena, la historia real de Jerry Newport y Mary Meinel, una pareja con síndrome de Asperger que se enamoran. Se cuenta que Jerry se fue al cine una tarde, después de haber pasado una fuerte depresión y de haberse quedado sin amigos, y proyectaban la película Rain Man, en donde el personaje que interpreta Dustin Hoffman, Raymond Babbitt, recordamos que tiene un don especial para el cálculo. Jerry descubrió en aquel cine que él también lo tenía, pues cuando en la película se le preguntó a Babbitt cuánto era 4.343 por 1.234, Jerry sabía la respuesta, lo dijo antes que el personaje de ficción y la gente del cine se le quedó mirando, momento en que se percató que él tenía un TEA. 

Entonces Jerry leyó todo lo que pudo sobre autismo y se fue al Departamento de Psiquiatría de UCLA, donde le diagnosticaron síndrome de Asperger. Y a partir de ahí fue cuando creó un grupo de autistas adultos y conoció a Mary Meinel, una autista "savant" como él. Porque Mary podía escribir música empezando desde la última nota en la última página y hacia atrás (pues, según ella, esa música ya está escrita en su cerebro), a la vez que toca instrumentos musicales sin haber tomado ninguna lección. Y ambos se conocieron y se casaron, aunque, lamentablemente, su matrimonio no duró para siempre. 

Pues bien, en la ficción de Mozart y la ballena, el personaje de Jerry se llama Donald (interpretado por Josh Hartnett) y el personaje de Mary se llama Isabelle (interpretada por Radha Mitchell, quien ya conocimos en Un grito en la noche – Marc Foster, 2000-, una historia que nos acercaba al síndrome de muerte súbita del lactante). Y por ello la película también lleva el subtítulo de Crazy in Love, lo que le da un título bastante peculiar (y poco afortunado) en español, como es Locos de amor. 
  
Y quizás Mozart y la ballena no es la mejor película para plasmar la realidad del TEA, pero al menos en sus personajes si confirmamos datos de la dificultad en esas tres áreas que caracterizan al autismo: el área de la comunicación, el área de las relaciones sociales y el área de la imaginación. Y si comprobamos que cada personaje es muy diferente al otro, aunque tengan las mismas áreas de dificultad y algunos rasgos comunes, y poco se parecen la mayoría de personas que conviven y se reúnen en un ese centro. Y Donald e Isabelle son muy diferentes. 

Mozart y la ballena es un título que hace referencia a los disfraces que se ponen la noche de Halloween: Donald se viste de ballena, e Isabelle de Mozart. Y cuando Isabelle pregunta, “¿Por qué una ballena?”, Donald le responde “Por muchas razones. Primera porque son muy grandes. Toda mi vida me he sentido a un lado, viendo pasar el desfile. Una ballena es el desfile”. Y ellos mismos son conscientes de su diversidad funcional: “Los que tenemos Asperger queremos relacionarnos con los demás. Pero no sabemos cómo hacerlo, eso es todo”. Y en el debate de su amor y su condición, Isabelle le dice: “Cariño, no puedes decepcionarme. Porque seas como seas es exactamente lo que quiero”. 

Las películas que intentan presentar y normalizar el autismo son bienvenidas, porque contribuyen a hacer del mundo un sitio inclusivo. Pero esta visión del autismo debe ser lo más realista posible, pues tampoco se puede mitificar esta entidad. Y en el análisis de nuestros personajes hay algunos aspectos de la película que merecen una reflexión crítica o al menos una puntualización, pues al ser nuestros dos protagonistas dos personas a las que se presenta con talentos excepcionales (Donald con los números, Isabelle con la música) puede dar la falsa impresión de que todas las personas con autismo tienen algún talento, o son genios. Y aunque es cierto que son personas con una capacidad intelectual normal o alta, en la realidad más de la mitad de las personas con autismo presentan discapacidad intelectual asociada y no han desarrollado lenguaje verbal o el que tienen es muy escaso, o poco funcional (con ecolalias u otras alteraciones del habla).

Porque es cierto que grandes personajes de la historia se les ha catalogado de presentar síndrome de Asperger o similar (Isaac Newton, Ludwing van Beethoven, Albert Einstein, Tim Burton, Bill Gates, Michael Jackson, Woody Allen, Steven Spielberg, Lionel Mesi,… y el propio Amadeus Mozart), pero esta peculiaridad de genios solo acaece en un grupo reducido de estas personas. 

Jim Sinclair es una persona con síndrome de Asperger, y gran contribuidor a este camino de inclusión, y define muy bien el camino: “Tener autismo no significa no ser humano, sino significa ser diferente. Significa que lo que es normal para otros no es normal para mí, y lo que es normal para mí no es normal para otros. En cierto modo estoy mal equipado para sobrevivir en este mundo, igual que un extraterrestre sin manual de orientación. Pero mi personalidad está intacta. Mi individualidad sin daño alguno. Le encuentro significado y valor a la vida y no quiero ser curado de mí mismo… Reconoce que somos igualmente extraños el uno para el otro y que mi forma de ser no es sólo una variante dañada de la tuya… Cuestiona tus conclusiones. Define tus condiciones. Colabora conmigo para construir puentes entre nosotros”. 
Amén…

Bienvenidas las películas como Mozart y la ballena, bienvenidas las películas que crean puenteas de inclusión para el TEA.

 

sábado, 31 de marzo de 2012

Cine y Pediatría (116 ). “Tan fuerte, tan cerca”…, el drama del 11-S en la vida de un niño


El 11 de septiembre de 2001, Nueva York perdió algo más que las torres gemelas del World Trade Center: ese día, la ciudad de la Estatua de la Libertad perdió la libertad. Esa es la sensación que tuve al visitar la Gran Manzana el otoño pasado, una década después del fatal atentado de Al Qaeda.

No es la primera vez que el cine estadounidense mira de frente a un hecho histórico traumático. Hasta el momento el prototipo era la Guerra de Vietnam y las distintas visiones de prestigiosos directores: Michael Cimino (El cazador, 1978), Francis Ford Coppola (Apocalypse Now, 1979), Stanley Kubrick (La chaqueta metálica, 1987), Barry Levinson (Good morning, Vietnam, 1987) o la "trilogía" de Oliver Stone (Platoon, 1986; Nacido el 4 de julio, 1989; El cielo y la tierra, 1993). Como era de esperar, el 11-S ya ha tenido su catarsis en la gran pantalla, una forma de documentar los hechos, pero también de enfrentarse a los propios demonios que la muerte, el dolor y el miedo ha dejado en los supervivientes. Algunos ejemplos son los que han aportado Oliver Stone (World Trade Center, 2006), Paul Greengrass (United 93, 2006), Michael Moore (Fahrenheit 9/11, 2004) o un elenco de 11 directores unidos en una obra coral con 11 minutos de relato cada uno (11'09''01. 11 de septiembre, 2002).

Una nueva visión es la que nos da Stephen Daldry en su drama Tan fuerte, tan cerca (2011), quien mira las consecuencias del 11-S a través de las experiencias de Oskar (el debutante Thomas Horn), un niño de 11 años muy inteligente (pero con rasgos de trastorno del espectro autista) que perdió a su padre (Tom Hanks, ya para siempre el nuevo James Stewart del siglo XXI) en el brutal atentado y que es incapaz de comprender la barbarie a la que es posible llegar por fanatismos sectarios; y que intenta buscar la respuesta a través de la aparición de una misteriosa llave entre los enseres de su padre. Oskar recorre los cinco distritos de Nueva York en busca de la cerradura que encaje con esa llave; y en su camino se encuentra con diferentes personas que le llevarán a descubrir cosas sobre su padre, sobre una madre (Sandra Bullock) de la que está distanciándose, sobre el extraño inquilino (Max von Sydow) y sobre el mundo extraño en el que vive.

Intenso drama emocional que es un sentido homenaje a aquellas miles de personas que perdieron su vida en ese irracional acto terrorista, basado en la obra “Extremely Loud and Incredibly Close” de Jonathan Safran Foer (joven escritor estadounidense, cuya primera obra “Everything is Illuminated” también se llevó al cine en 2005 por Liev Schreiber) y adaptada por un prestigioso guionista, Eric Roth (reconocido en películas del orden de Forrest Gump, El dilema o Munich).

De nuevo Stephen Daldry, aclamado director británico, recurre a un niño para contar la historia a través de sus ojos y sus emociones: ya lo hizo con el actor Jamie Bell en Billy Elliot (2000) y con el actor David Kross en El lector (2008). Aquí es Oskar, quien nos acerca a la brutal herida del 11-S, un niño al borde del autismo que tenía en su padre la verdadera conexión con el mundo y, al perderlo bruscamente, se lanza a la aventura de encontrar una nueva conexión con la vida. La única diferencia es que, mientras en Billy Elliot y en El lector ese personaje infantil nos cala hondo, aquí ocurre un poco lo contrario: el niño puede resultar algo irritante (tanto como su pandereta, símbolo de estereotipia) y la tragedia urbana roza la peligrosa línea de la sensiblería, así como el límite del uso (y abuso) de la voz en off.

Aunque la película fue nominada en la última edición de los Óscar a dos estatuillas (Mejor película y Mejor actor de reparto para Max von Sydow), lo cierto es que ha provocado opiniones encontradas. Tan lejos, tan cerca es un meritorio conjunto, pero no alcanza la brillantez de las obras precedentes de Stephen Daldry (con Las horas como obra cumbre). A veces ocurre que las partes no consiguen el todo: una interesante obra literaria, un reconocido guionista, un buen director y un conjunto de actores estrellas de Hollywood no son suficiente para lograr una buena película; incluso aunque se acompañe de la notoria banda sonora de Alexander Desplat.

No es la primera vez que el 11-S y una persona con un trastorno del espectro autista se encuentran. Ahora es Oskar quien busca recuperar el recuerdo de su padre entre los escombros sentimentales del 11-S. Previamente fue Rizwan Khan (en Mi nombre es Khan de Karan Johar, 2010) quien intentó recuperar el afecto de su amada entre la confusión social del 11-S.

Tan fuerte, tan cerca nos recuerda el drama del 11-S en la vida de un niño y lo hace con la melodía de Alexander Desplat. Dos compositores europeos aparecen de forma recurrente en las B.S.O. de muchas películas actuales: uno es el italiano Ludovico Einaudi y otro el francés Alexander Desplat. Al menos 10 películas del año 2011 han contado con Alexander Desplat, algunos títulos de la envergadura de El árbol de la vida (Terrence Malick), Un dios salvaje (Roman Polanski), Mi semana con Marilyn (Simon Curtis) o Los idus de marzo (George Clooney). Pero la omnipresencia de Alexander Desplat se extiende a obras como El discurso del rey (Tom Hooper, 2010), El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008), The Queen (Stephen Frears, 2006) o El juego de los idiotas (Francis Veber, 2006).

Hoy nos acompaña su música y resuena alrededor de las reflexiones de Oskar ("Mi padre decía que no se puede tener miedo. A veces tenemos que enfrentarnos a nuestros miedos") o sus preguntas nos contestadas ("¿Por qué los humanos son los únicos animales que pueden verter lágrimas?").

sábado, 14 de mayo de 2011

Cine y Pediatría (70). “Mary and Max”, una joya en plastilina nos redescubre el mundo del síndrome de Asperger


Una amiga virtual, Beatriz Ogando, médico de familia amante de la bioética, del cine y de las buenas emociones, me ha recomendado esta película realizada desde las antípodas, desde Australia: Mary and Max (Adam Elliot, 2009).

Mary and Max es un historia de amistad epistolar entre dos seres especiales (una niña y un hombre) que no se conocen, pero que se prolongará durante casi 20 años. Una historia contada en plastilina que supone el debut en el largometraje de su director, quien con su compañía (la Adam Elliot Pictures) ya ha realizado otros cortos en plastilina o arcilla: Uncle (1996), Cousin (1998) y Brother (1999), que constituyen una trilogía;y Harvie Krumpel (2003), por el que consiguió el Óscar al mejor cortometraje de animación. Adam Elliot define su obra como “claymation”, neologismo que significa plastilina en movimiento. Múltiples premios jalonan la historia especial de amistad de Mary & Max, donde todo es hermoso (las imágenes, las voces, la música, los diálogos, el mensaje), incluso la web de la película.

Mary Daisy Dinkle es un niña de 8 años que vive en Melbourne (Australia) con su familia: un abuelo que sigue bañándose en agua helada para sentirse vivo; un padre que trabaja en una fábrica de té y pasa más tiempo con sus animales disecados que con su hija; y una madre con un alma complicada y con afición por el tabaco, el cricket y el jerez, y que siempre le dice a Mary que era un “accidente”. Mary adoraba los dibujos animados de los Noblets, su color favorito es el marrón y su comida favorita es la leche condensada azucarada (seguida de cerca por el chocolate). Y tiene un gallo llamado Ethel.

Max Jerry Horowitz es un hombre obeso de 44 años de origen judío que vive en Nueva York (Estados Unidos) y también le gustan los Noblets. Comparte su cuarto con un pez (Enrique VIII se murió y ahora es con Enrique IX), algunos caracoles (a los que ha puesto nombre de científicos famosos), un periquito, un gato y un amigo invisible (Mr Ravioli). Tiene problemas de sueño, ataques de ansiedad e intenta llevar una vida “simétrica”.

Un día, por cosas del azar, Max recibe una carta de Mary en la que le preguntaba si los niños en Estados Unidos vienen de latas de refresco (pues en Australia vienen de jarras de cerveza). Max lee varias veces la carta de Mary y le contesta: “Desafortunadamente, los bebés no se encuentran en latas. Le pregunté a mi madre cuando tenía 4 años y me dijo que venían en huevos que ponían los rabinos. Si no eres judío, son puestos por las monjas católicas. Si eres ateo, son puestos por prostitutas sucias y solitarias. Así que de esta forma nacen los niños en Estados Unidos”. 

A partir de ahí se establece una relación epistolar magnífica, brillante. La parte en que Max explica cómo le diagnosticaron el síndrome de Asperger (“Aspi” para los amigos) y algunas características del mismo es espectacular: “Nº 1: encuentro el mundo muy confuso y caótico, porque mi mente es muy literal y lógica. Nº 2: me cuesta entender las expresiones faciales de la gente; cuando era más joven, hice un libro que me ayudaba cuando me confundía; aún tengo problemas para entender a algunas personas. Nº 3: tengo mala escritura, soy hipersensible, torpe y me puedo preocupar mucho. Nª 4: me gusta resolver problemas. Y Nº 5: tengo problemas para expresar mis emociones. Pero no me siento inútil, defectuoso o como si necesitase una cura; me gusta ser un “Aspi”. Sin embargo, hay una cosa que desearía cambiar: desearía poder llorar adecuadamente”. Esto adquiere mayor valor en imágenes, como la del vídeo que os dejo debajo.

También son entrañables los consejos que se profesan, como cuando Max le dice a Mari: “Eres imperfecta, y yo también. Todos los humanos son imperfectos…Cuando era joven, quería ser cualquiera, menos yo mismo. Tendremos que aceptarnos, con defectos y todo, y nosotros no podemos elegir nuestros defectos; son parte de nosotros y tenemos que vivir con ellos. Sin embargo, podemos elegir a nuestros amigos. Las vidas de todos son como una larga acera; algunas están bien pavimentadas; otras, como la mía, tienen grietas” .

Y, simulando a las cartas entre Mary y Max, finalizo con las siguientes postdatas:
P.D. No os la perdáis: 90 minutos para haceros sentir mejor persona y que logra dibujar una sonrisa inteligente en la cara y un apretón en el corazón. Una película de animación que es un diamante en bruto para los adultos.
P.P.D. Imprescindible verla en versión original. Toni Collete (la que fuera madre del niño del Sexto sentido, M. Night Shyamalan, 1999) pone la voz de Mary, Philip Seymour Hoffman (el que fuera Truman Capote, Bennett Miller, 2005) pone la voz de Max y Eric Bana (el Héctor más guapo de la historia del cine, en Troya, Wolfgang Petersen, 2004) pone la voz de Damian, el vecino griego (y futuro marido) de Mary. Y Barry Humphries llena de emoción la cinta como narrador.
P.P.P.D. Probablemente no la vieras en el cine, porque este tipo de joyas tienen el raro honor de pasar desapercibidas en los cines. Pero quizás, esa dificultad les da mayor valor al descubrirlas.
P.P.P.P.D. Y ya puestos, no dejéis de ver también Harvie Krumpel, la historia de una persona peculiar afecta de síndrome de Gilles de la Tourette.
P.P.P.P.P.D. ¡ Gracias, Beatriz, por este regalo !