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sábado, 21 de marzo de 2026

Cine y Pediatría (845) “La voz de Hind”, la voz de la conciencia de una niña en Gaza

 

La mejor película internacional de los recientes Premios de la Academia ha ido a parar a la noruega Valor sentimental (Joachim Trier, 2025), que se ha alzado con el Óscar por delante de las otras candidatas: la española Sirat (Oliver Laxe, 2025), la iraní Un simple accidente (Jafar Panahi, 2025), la brasileña El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025) y la tunecina La voz de Hind (Kaouther Ben Hania, 2025). Y esta última es la que hoy viene a Cine y Pediatría, un drama bélico basado en hechos reales que reconstruye, casi en tiempo real y desde una sola sala, el intento desesperado de rescatar a una niña palestina atrapada en un coche bajo el fuego en Gaza, utilizando como columna vertebral la grabación auténtica de su llamada de auxilio. Y así comienza: “Gaza, 29 de enero de 2024. El ejército israelí ordena la evacuación del barrio de Tel Al-Hawa. Esta dramatización se basa en hechos reales y en las llamadas de emergencias grabadas ese día… Las voces telefónicas son reales”. Película que viene con la estela de dos hitos: ser ganadora del Premio del Público (con la puntuación más alta de la historia) en el Festival de San Sebastián y Gran Premio del Jurado (León de plata) en el de Venecia con 24 minutos de ovación, amén de sendos premios en Toronto, Londres, Chicago,… Y no es de extrañar. Porque es cine conciencia necesario. 

Para ponerse en situación cabe realizar un breve recordatorio histórico a este conflicto israelí-palestino que se remonta a finales del siglo XIX con el movimiento sionista y aquellas tensiones por la inmigración judía a Palestina bajo mandato británico, si bien las hostilidades directas con Gaza como foco se inician tras la Guerra Árabe-Israelí de 1948. Desde entonces, Gaza se convirtió en un punto de tensiones fronterizas con incursiones palestinas (fedayines) y represalias israelíes en los años 1950-1960, aunque no un conflicto armado continuo. La Guerra de los Seis Días (junio 1967) marca el inicio de la ocupación israelí directa de Gaza y Cisjordania. Esta ocupación (hasta la retirada unilateral de colonos y tropas en 2005) generó asentamientos, resistencia palestina y la primera Intifada (1987-1993), que surgió precisamente en Gaza con protestas masivas contra la ocupación. 

Durante el siglo XXI han recurrido los conflictos, incluyendo la segunda Intifada (2000-2005), hasta que en 2007 Hamás toma el control y gobierno de Gaza (2007), iniciando un ciclo de confrontaciones. La guerra actual, en la que se fundamenta esta historia y película, se inicia en octubre de 2023 con el ataque masivo de Hamás. Y de allí llegamos a esta fecha del 29 de enero de 2024 de la impactante película La voz de Hind 

Ese día los trabajadores de la Media Luna Roja Palestina reciben una llamada de emergencia de Hind Rajab Hamada, una niña de 6 años atrapada en un coche rodeado de tanques en Gaza, junto a los cadáveres de sus tíos y primos muertos por disparos del ejército israelí. Aunque los operadores de la Media Luna le dicen a la niña que sus familiares que están dormidos, la niña es clara: “Están todos muertos. Solo hay cuerpos muertos. Toda mi familia”. 

Y es así que, a lo largo de unos 70 minutos de grabación real, los operadores Omar (Motaz Malhees) y Rana (Saja Kilani) tratan de mantener a Hind en línea, calmarla, obtener datos sobre su ubicación y coordinar con su superior Mahdi (Amer Hiehel) el envío de una ambulancia, que necesita además la autorización del propio ejército israelí para poder acercarse. La película se desarrolla casi íntegramente en el centro de operaciones reconstruido de la Media Luna Roja, donde seguimos en tiempo presente el caos burocrático, la presión emocional y la impotencia de los equipos que escuchan, sin poder ver, lo que sucede a su interlocutora. No hay imágenes explícitas de violencia: todo lo que ocurre en el exterior —los disparos, los tanques, el miedo físico— se transmite únicamente a través de la banda sonora, la voz de Hind y las reacciones de los adultos que la escuchan. “Quédate conmigo… Tengo miedo. Por favor, venid por mí”, les suplica la niña a Rana; y continúa: “Pronto será de noche. Tengo miedo de la oscuridad”. 

El espectador intuye desde el principio que Hind no sobrevivirá y que tampoco lo harán el médico y el conductor de la ambulancia que acuden en su ayuda, lo que convierte cada decisión, cada cortesía burocrática y cada llamada en una cuenta atrás teñida de fatalismo moral. La trama, en apariencia mínima, se convierte así en una experiencia de tensión sostenida y de observación de las estructuras (militares, administrativas, mediáticas) que deciden, a distancia, el destino de una vida infantil concreta. Una historia tan dura como necesaria, donde resuena en la conciencia del espectador la débil de Hind al decir a los miembros de La Luna Roja: “Daos prisa, venid a buscarme. Salvadme, venid a salvarme. Creo que me muero. Sé que me estoy muriendo”…. Fundido en negro y la notafinal: “La voz de Hind desapareció a la 19:30… No se supo que había sido de Hind, Zaino y Madhoun - estos últimos eran el médico y el conductor de la ambulancia que iban en busca de la niña - durante los 12 días que duró el asedio, hasta que se retiró el ejército israelí…355 balas impactaron en el coche de los Hamada”. Y nos quedamos con la última imagen de Hind en la playa, allí donde quería volver, a jugar con la arena y las olas cuando la guerra acaraba… 

La voz de Hind es un largometraje de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que ya había explorado los límites entre documental y ficción en Las cuatro hijas (2023) y El hombre que vendió su piel (2020), ambas también nominadas en su momento al Óscar a mejor película internacional. El film emplea la grabación auténtica de la llamada de Hind sobre la que Ben Hania construye una dramatización casi en una única localización, con actores profesionales palestinos que encarnan a los paramédicos y responsables del centro de operaciones… y que nos hacen sentir allí. Donde sentimos su impotencia y dolor.  

Porque Ben Hania construye un dispositivo de cámara casi claustrofóbico, pegado a los rostros y gestos de los trabajadores de la Media Luna Roja, que encarna lo que podríamos llamar el fuera de campo absoluto: todo el horror está fuera del encuadre, pero se filtra acústicamente. Esta elección, al renunciar a mostrar destrucción y cuerpos, no suaviza la violencia, sino que la hace más insoportable, porque la imaginación del espectador completa lo que falta guiada por la voz de la niña y por los silencios cargados de significado. La mezcla de ficción y no ficción se articula en tres niveles: el documento sonoro original, la recreación escénica con actores y la construcción dramática mediante el montaje, que ordena ese tiempo real en una progresión de tensión y desgaste emocional. El film convierte el dispositivo de un “call center” humanitario en un microcosmos del conflicto: ahí cristalizan la burocracia militar, la dependencia de permisos, la precariedad de recursos y la vocación de cuidado de unos profesionales cuya ética choca frontalmente con las lógicas bélicas. 

Formalmente, el uso del sonido es el auténtico protagonista: el timbre de la voz de Hind, las interferencias de la línea, las órdenes cruzadas, los ruidos de fondo y los disparos lejanos son los que organizan la puesta en escena, más que el movimiento de cámara o los cambios de decorado. La película así se sitúa en la tradición de un cine de guerra que opta por el fuera de campo frente al espectáculo visual de la destrucción, lo que refuerza su dimensión ética. 

Recordar que el origen del proyecto está en la difusión, a comienzos de 2024, de fragmentos de las llamadas de socorro de Hind en diversos medios, que impactaron profundamente a Ben Hania hasta el punto de detener otros trabajos para contactar con la Media Luna Roja Palestina y solicitar acceso a la grabación completa. La organización le facilitó los 70 minutos de audio, pero la directora solo aceptó seguir adelante con el beneplácito de la madre de Hind, cuyo permiso fue condición ética indispensable para hacer la película. Y esa madre es la que nos aboca a la escena final… 

Cuando acaban los 89 minutos de metraje, la película no se puede despegar de nuestra mente (o no debería hacerlo). Y es una magnífica oportunidad para que sus reflexiones y enseñanzas calen hondo. Veamos algunas esenciales: 1) el valor absoluto de una sola vida infantil con nombre y voz reconocible, y que rompe la abstracción de las cifras de guerra y nos recuerda que cada estadística es un universo perdido, con miedos concretos y deseos truncados, allí donde Hind deja de ser “una víctima más” para convertirse en sujeto; 2) la ética del cuidado frente a la lógica bélica, en ese enfrentamiento continúo entre los trabajadores de la Media Luna Roja con las estructuras militares y burocráticas que priorizan la seguridad de los tanques sobre la vida de una niña; 3) el poder (y el riesgo) del testimonio, donde la voz real de Hind convierte la película en un acto de memoria y de resistencia y que se integra en un relato que aspira a la justicia simbólica; 4) la guerra (la cruel guerra) como colapso de sistemas, no solo como enfrentamiento de ejércitos, donde todo falla, incluso lo básico, lo ético…como es la salud y la vida de un niña de 6 años (imaginemos a alguno de nuestros hijos o nietos de esa edad en esa situación). Y, sobre todo, considerar el cine como espacio de duelo y de responsabilidad, materia esencial para la educación y la reflexión social, material privilegiado para discutir derechos de la infancia en conflictos armados, límites éticos de la representación, y el papel de los profesionales sanitarios y humanitarios en contextos extremos. Una película para prescribir y prescribirnos en la familia, en las escuelas, en la sociedad… Pero que, sobre todo, deberían ver responsables y políticos.

 

sábado, 26 de abril de 2025

Cine y Pediatría (798) “El aspirante”, cuando menos es más para criticar las novatadas

 

Las novatadas son un conjunto de rituales, bromas y actividades que tradicionalmente realizan los estudiantes veteranos a los estudiantes de nuevo ingreso (novatos) en diversos ámbitos, principalmente educativos (universidades, colegios mayores) pero también en otros contextos como el militar o deportivo. Estas prácticas suelen tener como objetivo declarado la integración de los nuevos miembros al grupo, la creación de lazos y la transmisión de ciertas tradiciones o códigos del colectivo. 

En su concepción inicial y en algunos contextos más benignos, las novatadas podrían argumentarse como una forma de romper el hielo, superar la timidez inicial y fomentar la camaradería entre estudiantes de diferentes cursos. Se podría alegar que ayudan a los recién llegados a conocer a sus compañeros veteranos, a familiarizarse con el entorno y a sentirse parte de una comunidad, quizás buscando aliviar la tensión del inicio de una nueva etapa. Sin embargo, esta visión idealizada a menudo contrasta fuertemente con la realidad de muchas novatadas, especialmente en el ámbito universitario, donde con frecuencia degeneran en prácticas humillantes, vejatorias, peligrosas e incluso ilegales, con actos de abuso de poder y coerción que pueden suponer riesgos para la integridad física y psicológica de los novatos. A menudo, las novatadas se llevan a cabo en un clima de permisividad o incluso complicidad por parte de algunos miembros de la comunidad universitaria, lo que contribuye a la perpetuación de estas prácticas y normaliza la violencia y el abuso. 

Siendo como es un tema relevante, su presencia argumental en el cine es excepcional. Si bien, desde Cine y Pediatría ya hemos tratado tres películas nucleares: desde España, Novatos (Pablo Aragües, 2015), se fundamenta en la experiencia real del director en su llegada a un colegio mayor universitario en Madrid; desde Estados Unidos, La furia de una madre (Vibeke Muasya, 2021), que saca a la luz este problema en el contexto de las reconocidas fraternidades universitarias yanquis; y desde México, Heroico (David Zonaza, 2023), sobre el abuso en la instrucción militar dentro del duro y violento proceso de formación de los cadetes en el ejército, algo que ya nos dejara en el recuerdo la icónica película La chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987) o la película alemana Napola, escuela de élite nazi (Dennis Gansel, 2004).   

Ya en ese análisis previo comentamos que en, el año 2015, Juan Gautier realizó un corto español sobre este tema bajo el título de El aspirante, alrededor de Carlos, un estudiante universitario recién llegado a un colegio mayor y que en los primeros días tendrá que enfrentarse a las novatadas de los veteranos. Un corto de 18 minutos que comienza con esta frase de Erich Fromm: “El bien y el mal no existen si no hay libertad para desobedecer”. Y con esa frase final: “Yo prefiero integrarme a ser un marginado”. Pues bien, como le ocurre a algunos cortos de éxito, ahora se ha convertido en un largometraje de 94 minutos: El aspirante (Juan Gautier, 2024). En ambas obras solo coinciden algunos autores, no los principales. Carlos, el protagonista principal motivo de las novatadas, está interpretado por Patrick Criado en el corto y por Lucas Nabor en el largometraje. Si coincide la canción grunge que suena al final de la película, durante los títulos de crédito, y que corresponde al "Heart-Shaped Box" de Nirvana. El director, Juan Guatier, sabe de lo que habla, pues su padre fue director del madrileño colegio mayor Chaminade, que prohibió estas prácticas hace años (y, de hecho, la película se ha rodado en las instalaciones de este colegio mayor). Y revisados ambos productos quizás se vuelve a confirmar lo ya conocido para la vida (y el cine): que muchas veces, menos es más. 

El aspirante es un thriller que se desarrolla durante la "Jornada Cero" de novatadas en una residencia universitaria y se nos muestra, con marcas horarias, el transcurso de esas 24 horas. Y todo comienza con el sermón que reciben estos universitarios en la iglesia del colegio al inicio del día. “Estar en el San Nicolás de Tolentino es un privilegio, pero también es una responsabilidad. Porque aquí cultivamos valores de respeto y de fraternidad, y desde ahí nos relacionamos. Y vuestra obligación, vuestro deber, vuestra responsabilidad, por tanto, es inundar el mundo viviendo estos valores orgullosos de lo que somos y de dónde venimos. Vivid el espíritu de la fraternidad y el espíritu de la fraternidad estará en vosotros”. Y a partir de ahí se desgranan las horas y lo hechos que acaecen sobre Carlos (Lucas Nabor), al que llaman “Principito”, y Dani (Jorge Motos), dos estudiantes de primer año de Ingeniería, a los que se les introduce así en la Jornada Cero: “Ustedes eligen, ¿están con los que mandan o con los que eligen? Bienvenidos al puto infierno”. Y ahí comienza el enfrentamiento con los dos líderes del grupo, Pepe (Eduardo Rosa) y Olmo (Pedro Rubio), dos personajes manipuladores y con una personalidad tóxica que dirigen los rituales con crueldad. 

La película explora cómo la presión del grupo, el miedo al rechazo y el deseo de pertenecer pueden llevar a los jóvenes a participar en actos humillantes y potencialmente peligrosos. Lo que empieza como un juego divertido, pronto se convierte en una espiral perversa. Y a medida que avanza la noche, aumenta el alcohol, la droga, el sexo,… y la tensión aumenta progresivamente hasta que la violencia amenaza con estallar fuera de control: “No sé que me da más asco, si los amos que guían o los siervos que obedecen”, dice un Carlos que se revela frente a ello. Y con un final que nos devuelve a la iglesia. Ahora todos de luto… 

Porque El aspirante (tanto en su versión de corto como de largo) ofrece una dura crítica a las tradiciones de novatadas en los entornos universitarios, mostrando cómo estos rituales de iniciación pueden degenerar fácilmente en abuso de poder, humillación y violencia (física y psicológica). Y utiliza el formato de thriller psicológico para explorar temas oscuros sobre la naturaleza humana, la dinámica de grupo y los peligros de la conformidad ciega que se esconden detrás de esas novatadas aparentemente inofensivas. 

Un buen mensaje, pero que se diluye en el largometraje cuando ya estaba presente en el corto. No es la primera vez que se quiere explorar el éxito de un corto premiado alargando la historia para convertirlo en largometraje. Lo hizo Rodrigo Sorogoyen con el corto Madre (2017) que lo transformó en la película Madre (2019), y también Carlota Pereda con el corto Cerdita (2018) que acabó en el largometraje Cerdita (2022). Ahora ha sido el caso de Juan Gautier. Y en los tres casos se confirma que, también en el séptimo arte, casi siempre menos es más… 

 

sábado, 11 de enero de 2025

Cine y Pediatría (783) “Gracias a Dios” se comienza a condenar la pederastia en el sacerdocio

 

“Me llamo Alexandre Guérin, 40 años, casado, cinco hijos. Además de mis dudas y conflictos con la iglesia, siempre me he sentido unido al amor de Cristo. Y educo a mis hijos en la fe de dicho amor… Hace poco, en el colegio, me encontré con otro padre. De niño, como yo, fue un scout de Saint Luc. Intercambiamos recuerdos, el colegio, los campamentos. Me hizo una pregunta que no consigo olvidar: ¿También te metió mano el padre Preynat?” Con esta reflexión en off con fecha 11 de julio de 2014 y en la ciudad de Lyon comienza esta película francesa basada en hechos reales y alrededor de la pederastia en el entorno de la institución eclesiástica católica (el caso de Bernard Preynat, sacerdote de la Diócesis de Lyon, acusado en 2016 de abusar sexualmente de decenas de niños entre la década de los 70 y los 90): Gracias a Dios (François Ozon, 2018). 

Y es que François Ozon es un director francés reconocido por su estilo audaz y su capacidad para abordar temas tabúes con una mirada incisiva y a menudo provocadora. Sus elementos distintivos son los temas recurrentes en sus películas (la sexualidad es un tema central, explorada con una gran libertad creativa, así como la búsqueda de la identidad alrededor de personajes marginales o no conformistas, la muerte y el duelo, y también la infancia y adolescencia está muy presente) y su estilo narrativo (la búsqueda de la belleza visual y la experimentación formal, el humor negro y la ruptura de tabúes en la sociedad). El ha declarado que su principales influencias manan del cine clásico (especialmente de Hitchcock y Fassbinder), la literatura y la cultura popular. Y con todos estos mimbres cabe concluir que con el cine de François Ozon habitualmente el debate está servido, y ya dos películas analizadas en Cine y Pediatría dan buena fe de ello: En la casa (2012), que explora los límites de la realidad y la ficción en la relación maestro-alumno, con el peligro de sobrepasar los límites de la intimidad, y Joven y bonita (2013), la procaz sexualidad de una adolescente narrada en las cuatro estaciones.   

Continuemos con la historia de Gracias a Dios. Porque tras la previa reflexión de Alexandre (Melvil Poupaud), se entera de que el padre Preynat (Bernat Verley) regresa al cabo de los años a Lyon a impartir catequesis a los jóvenes, y ello le lleva a escribir al obispado una denuncia en la que pregunta si fue sancionado y por qué sigue ocupándose de niños. Le derivan a Régine Marie (Martine Erhel), una asistente del obispo, a quien cuenta su terrible experiencia, lo que le provoca aún más dolor, y esta hace de mediadora entre Alexandre y el padre Preynat en una escena donde víctima y verdugo se vuelven a ver las caras tres décadas después al son de un Padrenuestro y un Avemaría, cuando ya la pena ha prescrito. Y tras esa reunión, la mediadora da el tema por zanjado: “Siempre tendrá una cicatriz, desde luego, pero se cerrará con la ayuda de Dios, si no la rascamos”. 

Es tal la frustración que Alexandre intenta llegar hasta el cardenal de Lyon, M. Barbarin (François Marthouret), quien le responde de forma correcta pero sin afrontar el problema de frente, aduciendo que sacerdocio y pederastia son incompatibles. Incluso el cardenal llama a los hijos de Alexandre, quienes intentan defender a su padre, pero a cambio reciben el libro escrito por Barbarin: “¿Dios está caduco?”. Todo apunta a que la estrategia es anestesiar el problema… 

Y mientras continúan los correos electrónicos cruzados entre él y la curia, Preynat sigue dando catequesis a los niños y niñas y celebrando misas con monaguillos. Por ello busca aliados entre otros compañeros de colegio que fueron víctimas para que sea condenado y apartado de los jóvenes: “Hay que romper la cadena del silencio”. Aunque la mayoría prefieren no remover el dolor. Y entre esos que se unen a la causa están François (Denis Ménochet, visto en contundente papeles previamente en la película francesa Custodia compartida o en la española As Bestas) y Emmanuel (Swan Arlaud), más otros testimonios e historias alrededor del cura pederasta, un lobo feroz bajo la sotana. Y estos hechos finalmente ven la luz en prensa y televisión y adquiere carácter nacional, con la formación de la emblemática asociación La Parole Liberée. 

Finalmente en marzo de 2016 tiene lugar en Lourdes la declaración y condena del cardenal Barbarin al sacerdote Bernard Preynat, pero con esta declaración que no pasó desapercibida por nadie: “Gracias a Dios, estos casos ya están prescritos”. Y es así que el texto final de la película deja más sensación de desaliento que de triunfo: “El padre Preynat se beneficia de la presunción de inocencia. Aún no hay fecha para su juicio. El 7 de marzo de 2019, el cardenal Barberin y cinco miembros de la diócesis comparecieron ante la justicia y fueron condenados a seis meses de cárcel con remisión de pena por no haber denunciado agresiones sexuales a niños menores de 15 años. Han apelado a la presunción de inocencia”.  

Ni que decir tiene que la proyección de la película Gracias a Dios se vio envuelta de polémica en Francia y tuvo que intervenir un juzgado de Lyon para permitir su estreno. Pero gracias a Dios se comienza a visibilizar (y condenar) la pederastia en el sacerdocio. Ya la película Spotlight (Tom McCarthy, 2015) desenmascaró un escalofriante número de abusos sexuales a lo largo de los años encubiertas por organizaciones religiosas, legales y gubernamentales de Boston. Y hoy esta película del polémico (y polemista) François Ozon lo vuelve a hacer, donde el mensaje central es una llamada a la justicia, transparencia y responsabilidad en el tema de la pederastia, tanto de las víctimas como de las instituciones (aquí en el seno de la iglesia católica), y con ello realizar una profunda reflexión sobre el impacto duradero del abuso y sus consecuencias (también dentro de las familias) y la necesidad de enfrentar la verdad para avanzar hacia una sociedad más empática, libre y justa. 

 

sábado, 4 de enero de 2025

Cine y Pediatría (782) “Matronas” que dan a luz la realidad de los paritorios

 

En el nacimiento de un nuevo año qué mejor film que aquel que nos retrata de forma íntima y conmovedora a los profesionales que ayudan a nacer, a esa profesión de matrona y su día a día en los paritorios de un hospital público. Hablamos de la película francesa Matronas (Léa Fehner, 2023), cuya trama se inspira en la propia experiencia personal de la directora tras el nacimiento de su primer hijo, pues quedó impactada por las condiciones y dificultades en las que trabajan las matronas. Esta vivencia la llevó a explorar y retratar, con gran sensibilidad y en un tono casi documental, las complejidades y desafíos de esta profesión en un entorno sanitario desafiante, lo que le ha valido numerosos reconocimientos en festivales de cine. Este es el tercer largometraje de Léa Fehner, directora comprometida con temas sociales y humanos, y que la consolida como una voz significativa en el cine francés contemporáneo. 

Todo comienza con la llegada de dos jóvenes profesionales al hospital, recién egresadas tras tres años de preparación para ser matronas, y que están a punto de iniciar su andadura en el mundo laboral, un lugar marcado por su ritmo frenético, por la falta de recursos y por la escasez de personal sanitario. Ellas son Louise (Héloïse Janjaud) y Sofía (Khadija Kouyaté), dos chicas cuyo entusiasmo y vocación chocará desde el primer día con la cruda realidad de un sistema sanitario en crisis, donde las condiciones laborales y la sobrecarga de trabajo ponen a prueba su compromiso y resiliencia. Y así nos lo expresan tras terminar la primera jornada: “Vaya día de mierda…El peor día de mi vida”. 

Pero cuyas condiciones de trabajo se repiten cada día, de ahí la expresión de una compañera al iniciar su turno: “Que empiece el mambo”. Y es así que en esa pizarra compartida de trabajo van apuntando las pacientes y su evolución, y cómo tienen que organizar y dividir el trabajo para lo que llegue, sea un parto gemelar o prematuro, la atención a un menor no acompañada o a la sospecha de agresión sexual, la interrupción voluntaria del embarazo o enfrentarse a embarazos no controlados de emigrantes, también a la muerte de un recién nacido y cómo hacer que los padre lo vean y abracen para mejorar el duelo… Y todo narrado como si realmente estuviéramos allí, pues lo que se muestra es lo que realmente ocurre en la realidad en determinados momentos de los paritorios, también en los de nuestro país, todo ello entre monitores, salas de dilatación y quirófanos, mesas de reanimación neonatal, epidurales, episiotomías, gasometrías, Neopuff, la emoción del primer llanto, el piel con piel, el minuto de oro del recién nacido y la hora dorada del nacimiento, los cambios de turno, los momentos de tranquilidad, y las guardias eternas. Y entre este maremágnum Sofía atiende a una de sus primeras pacientes, cuyo parto termina en cesárea urgente por rotura uterina, con esa llamada al pediatra pues el recién nacido no responde a las maniobras de reanimación neonatal y acaba ingresado en la UCI Neonatal. Vivencia que le crea ansiedad e inseguridad al enfrentarse a sucesivos partos, por lo que le sugieren que pase a consultas, oero se niega y le aboca a una baja laboral temprana. Louise, con quien comparte piso, sin embargo sí se ha podido adaptar mejor a las condiciones de trabajo de la profesión. 

Y pasan los días y semanas, y vamos conociendo mejor a los compañeros de trabajo de nuestras protagonistas. Y esas guardias clave como la de Nochebuena, donde el equipo brinda: “Por esta profesión maravillosa que nos libera de las cenas familiares”. Pero continúa latente el estrés laboral, entre carreras en los pasillos y decisiones urgentes, situaciones difíciles y momentos de calma y felicidad, desbordados de trabajo por falta de recursos personales, una tensión que poco a poco acaba convirtiéndose en indignación. Y que llega a causar una decisión importante en la matrona que funciona como supervisora del grupo: “Voy a dejarlo… No es por el horario de mierda ni por no tener tiempo de comer algo, o perderme la infancia de mi hijo por un sueldo miserable. Me duele, pero qué le vamos a hacer. Pero tratar mal a la gente no, no puedo más. Yo no me hice matrona para eso”. 

Pasa el tiempo y ahora ya vemos que Sofía ha logrado superar el bache con el apoyo de sus compañeros y sigue adelante con la profesión, como su compañera Louise. Y ahora son ellas quienes reciben a las nuevas residentes en formación y les explican así el lugar de trabajo: “Aquí siempre pasa algo. Bienvenida a la sanidad pública”. Mientras en la parte trasera de sus pijamas llevan escrito mensajes de protesta: “¡Hasta los ovarios!”, “Matronas en esclavitud”, “Una mujer por matrona”, “Las aguas no son lo único que se rompe”,…preludio de esa manifestación final por mejorar sus condiciones laborales y que es una realidad en Francia que la directora ha querido poner sobre la mesa, invitando a reflexionar sobre la importancia del rol de la profesión de matrona en la sociedad y los desafíos que enfrentan en su día a día. 

Matronas es una buena película y un buen documento que atesora la visión de la cruda realidad de un paritorio, con su belleza y dureza, sin filtros para un momento tan íntimo y transformador en la vida de una mujer, y todo ello filmado con un ritmo frenético y emociones a flor de piel, en lo que es una nueva reflexión sobre el sistema de salud pública en los países europeos. Y en la que se exploran temas clave como la vocación profesional (con esa mezcla de ciencia y humanización que conlleva todo acto médico y más si está relacionado con las nuevas vidas que llegan), la maternidad, la sororidad (porque es una profesión donde sigue predominando el sexo femenino y se nos muestra el apoyo en el ámbito laboral) y los límites de esta profesión (cuya tensión hace que quepa dar mucha importancia cuidar la salud física y, sobre todo, mental). 

Matronas permite introducirnos de lleno en esta importante profesión y nos muestra las dificultades que vive Francia, pero que no son ajenas a las que vive España. Según el Consejo General de Enfermería son más de 7.500 matronas las colegiadas en nuestro país, con una tasa de matronas por 100.000 habitantes inferior a la media de la OCDE (así que quizás nuestra situación empeore la que nos muestra este film) y con amplias desigualdades regionales (donde País Vasco, Navarra y Melilla se llevan la mejor parte, pero en el resto la situación es más complicada), y donde la sobrecarga laboral también es la tónica. Una profesión, la de matrona, que tiene como objetivo acompañar a la mujer durante todo el embarazo, el parto y el postparto, ofreciendo cuidados holísticos, tanto físicos como emocionales. Y cuyo papel transita de forma clave entre la atención médica del obstetra a la madre gestante y la atención del pediatra-neonatólogo al recién nacido.

No es la primera vez que el comprometido cine francés aborda temas sociosanitarios en sus películas, con una clara vocación de documento y denuncia, como ya hiciera con El primer grito (Gilles de Maistre, 2008), en relacion con la forma de nacer en diferentes culturas del mundo, Polisse (Maïwen, 2011), sobre la complejidad de la Unidad de Protección de Menores, Hipócrates (Thomas Lilti, 2014), en relación con el sistema de formación de médicos residentes, En buenas manos (Jeanne Herry, 2018), alrededor del sistema de adopción francés, o Especiales (Olivier Nakache y Eric Toledano, 2019), sobre las carencias de la Administración para tratar los casos de autismo más graves, entre otras.    

 

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine"

 

En el pasado mes de julio tuve la oportunidad de participar como ponente en el 41 Congreso Nacional de Pediatría celebrado en México y lo hice con un tema siempre doloroso y siempre de actualidad, ahora más con la visibilidad que los telediarios dan a la guerra entre Rusia-Ucrania y entre Israel-Gaza (pero sin olvidar que hay más de una treintena de guerras activas en el mundo y acalladas).  El título fue "Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine".

Porque la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Este tema fue el motivo nuclear de presentación de nuestro último libro en “Cine y Pediatría”, el libro Cine y Pediatría 13 presentado el pasado mes de mayo de 2024 y dentro del XXI Festival Internacional de Cine de Alicante, y que, posteriormente, fue publicado como artículo en Revista de Pediatría de Atención Primaria.   

Y en esta ponencia recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 

c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. 

Y de ello trata esta ponencia realizada para el 41 Congreso Nacional de Pediatría en México. Porque cabe no olvidar el pensamiento de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. 

Os dejamos la presentación en este enlace y debajo el vídeo de la ponencia.

 

sábado, 3 de agosto de 2024

Cine y Pediatría (760) “Heroico”, potros de la formación militar

 

En el año 1987, el controvertido genio de Stanley Kubrick filmó una de las películas antibélicas icónicas en el séptimo arte, por título La chaqueta metálica, una película alrededor de la Guerra de Vietnam basada en la novela de Gustav Hasford, “Full Metal Jacket”, y con dos partes muy claras: la primera corresponde al duro adiestramiento a que son sometidos los reclutas, y la segunda comprende su posterior envío al conflicto bélico. Y es la primera parte la que no olvidamos por su crudeza, esa fase de instrucción en la que el Sargento Hartman (R. Lee Ermey) utiliza métodos inhumanos y crueles para endurecer el cuerpo y el alma de los reclutas y, con ello, crear verdaderas máquinas de matar, y cómo se centra en la repercusión que tiene en dos soldados, J.T. “Joker” Davis (Matthew Modine) y Leonard “Gomer Pyle” Lawrence (Vicent D´Onofrio). De hecho, se puede apreciar cómo se produce una transformación en los reclutas y su actitud posterior en el campo de batalla. 

Una película que ha adquirido el apellido “de culto” y que ha dejado un amplio legado en la cinematografía. Porque el abuso en la instrucción militar se ha repetido en las historias del séptimo arte, como ya vimos en la película alemana Napola, escuela de élite nazi (Dennis Gansel, 2004) y hoy volvemos a revivir en la mexicana Heroico (David Zonana, 2023), una película que ha conmocionado al propio país de origen, con una dura reflexión de su propio director y que surge de la necesidad de comprender la violencia que asola México como consecuencia de otras problemáticas: “Aquí los jóvenes o ingresan en las Fuerzas Armadas para sustentar a su familia y tener un seguro médico o en las filas del narcotráfico”. 

Luis Nuñez (Santiago Sandoval) es un adolescente de 18 años de origen indígena que ingresa en el Heroico Colegio Militar, una escuela militar de las Fuerzas Armadas mexicanas, y donde descubrirá la terrible realidad que se esconde detrás de la institución, con ese mensaje ambiguo de “No solo van a hacerse oficiales, van a hacerse hombres”. No solo por la férrea disciplina a que son sometidos por los oficiales, sino por la crueldad inhumana por parte de sus propios compañeros que llaman potros a los nuevos, que lo someten a toda clase de abusos físicos, vejaciones e insultos entre “pendejos” y la “chingada”… y que algunos no lo pueden soportar. Y conoceremos que la mayoría de los reclutas ingresan por la necesidad de ayudar a sus familias, pues algunos incluso tienen hijos. Especial interés tiene la relación que se establece entre Luis y el cadete Eugenio Serra (Fernando Cuautle), donde aprecia que estos superiores realizan en su tiempo libro “trabajos” en los que atracan hogares. 

Cuando Luis regresa de permiso a su casa trae medicinas a su madre para atender su diabetes, pero también trae una decisión ante las experiencias vividas: “No quiero seguir. Me quiero dar de baja”. Pero no recibe el apoyo, y la madre le responde con esta pregunta: “¿No te importa que no pueda tener mis medicinas?”. Porque su madre tiene que someterse a diálisis dos veces por semana, algo que es gratis por el seguro militar, pero que es inasumible si no fuera así. Así que se ve obligado a regresar a la Compañía de Infantería, donde los abusos solo hacen que aumentar (por el solo hecho de la superioridad en el rango militar)… y que llegan a obligarle a apuñalar a un perro. 

Luis denuncia estos abusos ante el General Arriaga, así como la desaparición de un compañero recluta, pero sirve de poco. Y ello hace que en Luis solo crezcan los deseos de venganza. Aunque finalmente tiene que asumirlo y se gradúa en lo que acaba siendo una historia de terror y venganza en estas instituciones de las que tan poco sabemos dado su hermetismo. 

Cabe destacar que esta película está grabada en el Centro Ceremonial Otomí, ubicado en la localidad de Temoaya. Un centro inaugurado en 1980 para dar continuidad a las ceremonias ancestrales y sagradas del pueblo otomí y que tiene una dimensión y fisonomía muy particular, situado a 3200 metros de altitud, por lo que es utilizado por deportistas de alto rendimiento para el entrenamiento de alta montaña. Dado su aspecto tan llamativo no solo ha sido el escenario de esta película, sino también de agunas escenas de la película de James Bond, Licencia para matar (John Glen, 1989), así como del vídeo musical Limbo del cantautor puertorriqueño Daddy Yankee. 

Es Heroico un drama basada en hechos reales, en la que David Zonana se suma al drama social que ya manifestara en su ópera prima, Mano de obra (2019). Y es Heroico cine denuncia, una película que como bien se ha comentado, si se hubiera filmado en otro momento histórico, no sólo la película hubiera sido destruida, sino que es posible que habría habido represalias a su director. Por ello ha sido una pequeña convulsión en México, un país que desde hace tiempo sufre un clara y progresiva militarización (y basta recordar la Guardia Nacional creada en 2019 por el presidente López Obrador, y que en poco tiempo ha pasado de 40.000 a 120.000 miembros) y que sorprende al pasear en la céntrica Avenida Madero de Ciudad de México. Impresiona… y no para bien.

 

miércoles, 10 de julio de 2024

Las violaciones contra la infancia en los conflictos bélicos, una denuncia “de cine”

 

Por desgracia, la historia de la humanidad no se puede entender sin las guerras, la forma de conflicto social y político más grave que puede haber entre dos o más comunidades humanas. Atendiendo a los propósitos de sus participantes y al contexto de sus bandos enfrentados, podemos hablar de guerras santas, guerras civiles, guerra de guerrillas, guerra total o guerra nuclear, entre otras. Porque en la guerra todos pierden. Pero algunos pierden más que otros. Y a buen seguro que la infancia es una de las peores paradas. 

Así es como la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Y este artículo recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. 



Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 



c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. Y con las emociones y reflexiones que nos devuelven buscar un mundo en paz y con mayor sintonía. Os dejamos el artículo para su análisis, que podéis descarga en este enlace o bien ver abajo.

 

Y también el vídeo de presentación de Cine y Pediatría 13, relacionado con este tema.

sábado, 16 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (727) “Canción sin nombre” por los bebés robados

 

Siempre es una alegría dar la bienvenida a una nueva filmografía en Cine y Pediatría. Y hoy esta bienvenida es para Perú, un país cuya filmografía en España y Europa es escasa y poco conocida. Y cabe recordar algunos títulos que lograron traspasar sus fronteras a través de festivales internacionales: Espejismo (Armando Robles Godoy, 1972), un estudio complejo y fascinante de la influencia de la tradición y de los recuerdos sobre el presente, así como una mirada sobre la interrelación de las clases sociales, los rituales, las tradiciones y las obsesiones sexuales; El bien esquivo (Augusto Tamayo San Román, 2001), sobre un amor imposible entre una monja y un noble español en el Perú del siglo XVII; La teta asustada (Claudia Llosa, 2009), alrededor de esa enfermedad que se transmite por la leche materna de mujeres maltratadas durante la época del terrorismo en el Perú: Retablo (Alvaro Delgado Aparicio, 2017), con esa particular relación entre un maestro retablista y su hijo adolescente, también discípulo. Y hoy recordamos una de las películas recientes de mayor éxito: Canción sin nombre (Melina León, 2019), la ópera prima de su directora. 

Una película filmada en blanco y negro, con una fotografía muy destacada de Inti Briones, cineasta peruano-chileno que vale la pena tener en mente, y que nos deja un buen número de imágenes para el recuerdo. Como también cabe destacar la música étnica que acompaña la historia, a cargo de Pauchi Sasaki, compositora, artista experimental multidisciplinaria y violinista peruana-japonesa. Comienza la película sin sonido y mostrando noticias de prensa sobre un Perú convulso a nivel político y social, con la corrupción, el paro y la violencia como telón de fondo, con referencias a Sendero Luminoso o al presidente Alan Garcia, conocido con el apodo de Caballo Loco. Un cartel nos indica que nos encontramos en el año 1988 y que la historia está inspirada en hechos reales

Es Camino sin nombre la historia de Georgina Condori (Pamesa Mendoza, en una interpretación desgarradora de esta actriz que es también antropóloga y gestora cultural) y su marido, dos jóvenes de la comunidad ayacuchana que viven en un suburbio a las afueras de Lima. Ella tiene 20 años, está embarazada de su primera hija y un día oye en la radio: “Ofrecemos la mejor atención especializada a embarazadas sin coste alguno”. Y allí acude, donde pare en una sala fría e inhóspita de un piso. Nunca llega a ver a su hija, y le comunican que se la han llevado a un hospital… aunque la reclama con gritos y llantos. Y un fundido en negro nos traslada a su triste realidad, el que será un sendero muy poco luminoso para Georgina, quien regresa cada día de su chabola a ese piso al que ya nadie contesta. Intenta denunciar, sin ningún éxito, ante la policía o la justicia, donde los pasillos, ventanillas y trámites convierten todo su esfuerzo en una cruel inoperancia. Encuadres e imágenes certeras para hacernos sentir la crueldad de sus vidas indígenas perdidas en la ciudad… mientras Georgina le canta nanas a una manta vacía. 

En medio del caos, se topa con el joven periodista limeño Pedro Campos (Tommy Párraga, en una interpretación contenida), quien toma a su cargo la investigación y emprende junto a ella la desesperada búsqueda. En el camino encuentran otras madres que fueron engañadas y a quienes robaron sus hijos tras el nacimiento con destino a la adopción internacional. Una trama en la que había implicados médicos, enfermeras, jueces y políticos. Y que finaliza con esa canción de cuna que canta Georgina: “Duerme bebita, duerme… ¿Por qué no tienes sueño? Que tu sueño sea para siempre de amor en paz”. Porque, desgraciadamente, en el mundo sigue siendo cruel la gran cantidad de nanas sin nombre que se cantan. 

Cabe señalar que en Canción de cuna la trama principal es esta investigación por el secuestro de recién nacidos, pero de la que emanan dos subtramas, quizás no fáciles de encuadrar: la relación homosexual no conclusa entre Pedro y un vecino actor, con la obra el “Zoo de cristal” de Tennessee Williams de trasfondo; y la confabulación de bandas y sus atentados en momentos convulsos para esa población empobrecida y asediada por el terrorismo. Quizás un nota de guion mejorable, pero que no debe nublar su fotografía de alto nivel (con una particular imagen en 4:3, lo que da esa sensación de estar realizando una vuelta al ayer), unas puestas en escena destacadas, buenas actuaciones, excelente dirección y una banda sonora de primer nivel. Y todo ello nos sumerge en esta historia (que incluye subtítulos ocasionales para entender el idioma indígena) y nos hace entender que la realidad es mucho más cruel que la ficción que hemos vivido. La directora Melina León, en los créditos, dedica la película a su padre, periodista, como fuente de los hechos. Para todos esos bebés robados, esta canción sin nombre… 

Y Canción de cuna se suma a todas esas películas del siglo XXI que deciden abonarse al blanco y negro para narrar su historia, y algunas ya han sido comentadas en Cine y Pediatría: la francesa Persépolis (Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud, 2007), la alemana La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), las mexicanas Güeros (Alonso Ruizpalacios, 2014) y Roma (Alfonso Cuarón, 2018) o la británica Belfast (Kenneth Branagh, 2021).     

 

sábado, 12 de febrero de 2022

Cine y Pediatría (631) El olor inolvidable en el recuerdo de “Las 13 rosas”

 

La Guerra Civil española (1936-1939) enfrentó a los habitantes de España y a varias potencias extranjeras, que combatieron en suelo español para apoyar a uno de los dos bandos: republicanos o nacionales. Al finalizar, Francisco Franco se convirtió en el caudillo del país e impuso una dictadura autoritaria, conocida como Franquismo. Madrid fue la última ciudad en ser conquistada. Tras el fin de la guerra, el 1 de abril de 1939, las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), organización juvenil de izquierdas contraria a Franco, quisieron organizarse clandestinamente para rechazar la ocupación de la ciudad. Sin embargo, sus líderes fueron descubiertos y aprisionados, y se buscó a aquellas personas que tenían contacto con la organización para reprimirles. 

Los hechos se precipitaron tras el asesinato del comandante Isaac Gabaldón, su hija de 16 años y el conductor del vehículo. Aunque no se sabía con claridad quién era el culpable del ataque, el régimen lo consideró un desafío y que debía castigar a los verdaderos culpables, o a aquellos de los que se sospechase, de forma ejemplar. El Régimen lo atribuyó a una supuesta red comunista de grandes dimensiones y muchos fueron detenidos y torturados. Así es como el 3 de agosto de 1939, el fiscal del Consejo Permanente de Guerra concluía y sentenciaba a muerte a 56 personas, y las culpabilizaba como “responsables de un delito de adhesión a la rebelión”. Entre ellos había 43 hombres (conocidos como “Los 43 Claveles”) y nuestras 13 mujeres (elegidas al azar de entre las reclusas que se encontraban en ese momento en la cárcel de Las Ventas de Madrid). 

Estas jóvenes pasarían a la historia como “Las Trece Rosas”: tenían entre 18 y 29 años y, dado que en aquel tiempo la mayoría de edad para las mujeres estaba fijada a los 23 años (21 en el caso de los varones), cabe decir que nueve de las 13 eran menores, pero fueron juzgadas a través de la Ley de Responsabilidades Políticas, en la que se rebajaba la edad a los 14 años. La madrugada del 5 de agosto de 1939, fueron fusiladas en el cementerio de la Almudena de Madrid en uno de los hechos históricos más tristes de la Postguerra Civil Española, con gran repercusión tanto en nuestro país como en el extranjero. 

Esta historia conmovedora ha sido motivo de inspiración para escritores y cineastas. Destacan libros como “Las Trece Rosas” de Jesús Ferrero o “Trece Rosas Rojas” de Carlos Fonseca. También su historia ha sido adaptada a otros formatos, como el espectáculo de danza Las 13 Rosas. O el documental Que mi nombre no se borre de la historia (Verónica Vigil y José María Almela, 2004), que buscó reflejar en el título la frase que dejó escrita una de las mujeres antes de morir. Y, finalmente, la película que nos convoca hoy: Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007), también busca rendir homenaje a las mujeres fusiladas. 

Las 13 rosas narra con emoción, sentimiento y rigor histórico uno de los episodios más terribles de la última postguerra española: el fusilamiento de las 13 mujeres inocentes, aunque se centre especialmente en cinco de ellas. La película cuenta con varios aciertos, como son la dirección de Emilio Martínez-Lázaro, la fotografía de José Luis Alcaine, la música de Roque Baños (acompañado por la Orquesta Sinfónica de Praga) y el vestuario diseñado por Lena Mossum, así como un elenco coral de actrices (y actores). La película fue ganadora de cuatro Goyas (mejor fotografía, diseño de vestuario, música original y actor de reparto a José Luis Cerviño), pero fue nominada a otros diez premios más, entre ellos mejor película y director (que fue a parar a La soledad de Jaime Rosales) y mejor guion original (que lo consiguiera El orfanato de Juan Antonio Bayona). 

La película, tras una títulos de crédito iniciales acompañados de fotos en blanco y negro de aquella España gris y complicada por la situación política y social que se vivía, nos presenta a dos de nuestras protagonistas, Virtudes y Carmen, aleccionando a sus conciudadanos: “De qué sirve la paz, sino tenemos libertad. De qué sirve la paz, sino tenemos dignidad”. Y a continuación se nos presenta a nuestras cinco protagonistas principales (y las actrices que les dan vida): Virtudes González García (Marta Etura), Carmen Barrero Aguado (Nadia de Santiago), Blanca Brisac Vázquez (Pilar López de Ayala), Julia Conesa Conesa (Verónica Sánchez), Adelina García Casillas (Gabriela Pession). Y en el último cuarto de le película, cuando ya se encuentran encerradas en la Cárcel de las Ventas, las otras ocho rosas: Martina Barroso García (Celia Pastor), Pilar Bueno Ibáñez (Sara Martín), Elena Gil Olaya (María Cotiello), Ana López Gallego (Alba Alonso), Joaquina López Laffite (Miren Ibarguren), Dionisia Manzanero Salas (Bárbara Lennie), Victoria Muñoz García (Teresa Hurtado de Orv) y Luisa Rodríguez de la Fuente (Carmen Cabrera). Trece mujeres con trece historias y trece familias; muchas de estas mujeres desempeñaban varios oficios (una pianista, una secretaria, una sastre y varias modistas). A ellas se le sumó Antonia Torre Yela (que no aparece en la película) y a la que se conocería como la Rosa número 14: fue condenada el mismo día que el resto, pero no fue fusilada hasta el 19 de febrero de 1940 a causa de un error de registro. 

A día de hoy y desde 1988, la Fundación Trece Rosas sigue conmemorando cada aniversario y velando por la memoria histórica de estas 13 mujeres que murieron fusiladas bajo el régimen franquista. Y esta película es un sentido homenaje. Y por la película somos testigos de la preparación de aquel Desfile de la Victoria, del miedo de las familias republicanas a la represalia, del NODO y de El cara al sol, del Auxilio Social y el exilio, del terror de la guerra y su postguerra. Una película especialmente dura tras la detección de nuestras protagonistas. Y cómo, tras ser condenadas en un juicio lleno de irregularidades, nunca les llegó el indulto, pese a cada una de las cartas de clemencia escritas al Caudillo. Y especial valor tiene las cartas finales de despedida escritas antes de su fusilamiento, que como se nos recuerda en el colofón de la película son cartas históricamente contrastadas: 

“Conserva, padre, la serenidad y la firmeza hasta el último momento. Que te ahoguen las lágrimas. A mí no me tiembla la mano al escribir…”. Adelina. 

“Muy querido hijo del alma. En estos últimos momentos tu madre piensa en ti. Voy a morir con la cabeza muy alta, solo por ser buena…Hijo, hasta la eternidad”. Blanca. 

“No me matan por criminal, me matan por una idea que creo justa y por ella muero. Me despido de vosotros con el deseo de que me recordéis siempre. Vuestra hija que os adora”. Virtudes. 

“Muero como debe morir una inocente. Adiós mamá, adiós para siempre. Tu hija ya jamás te podrá besar y abrazar… Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia”. Julia. 

Es Las 13 rosas una película que emociona y conmociona, de la que no es fácil reponerse. Pero es una película muy necesaria, especialmente para las nuevas generaciones. Para que el aroma de estas rosas no desaparezca del recuerdo y evitemos que se pueda volver a repetir algo así. 

En ese casi subgénero del cine español que es la Guerra y Postguerra Civil Española, y que tiene ya su hueco en Cine y Pediatría, esta película adquiere un lugar privilegiado y por méritos propios. Porque, como recordaba su eslogan, Las 13 rosas es una de las películas que hacen historia. 

 

lunes, 23 de agosto de 2021

Tabaco, adolescencia y cine: una visión y revisión desde Cine y Pediatría

 

Hace 4 meses publicamos en Revista de Pediatría de Atención Primaria el artículo "Cine y tabaco, el comienzo de una polémica amistad en el adolescente". En dicho artículo planteábamos la denuncia de que el triángulo formado por tabaquismo, adolescencia y cine desarrolla una peligrosa amistad, una “violencia tabáquica” sobre la que no podemos desviar nuestra atención como pediatras. Las relaciones económicas entre la industria tabaquera y la industria cinematográfica permiten un marketing encubierto, complejo, omnipresente, difícil de evidenciar y más de denunciar, con modalidades como la publicidad por emplazamiento y el posicionamiento de marca. 

Y en el pasado XLVI Congreso Nacional de Pediatría Dominicana, celebrado en Santo Domingo del 21 al 24 de julio, pude desarrollar la ponencia con un título similar, y que constaba de seis partes: 

I.     APRENDER A FUMAR con las películas 
II.   Un MAKING OF con tres protagonistas y unas amistades peligrosas 
III.  La HISTORIA (de amor y odio) del CIGARRILLO en la gran pantalla 
IV.  PELÍCULAS SIN TABACO, de la evidencia a la acción 
V.   Más allá y acá del cine: las SERIES de televisión 
VI. En busca del DOCUMENTO DE COMPROMISO 

 Abajo os dejamos la ponencia. Ponencia que finaliza con el Documento de compromiso para mejorar el control del tabaquismo en medios audiovisuales que desarrollamos tras la celebración en 2019 del II Congreso Nacional de Tabaquismo en Pediatría. 

Creo que es misión de todos que la triada cine, adolescencia y tabaco no sea el principio de una buena amistad.

lunes, 3 de mayo de 2021

Cine y tabaco, el comienzo de una polémica amistad para el adolescente


El triángulo formado por tabaquismo, adolescencia y cine desarrolla una peligrosa amistad, una “violencia tabáquica” sobre la que no podemos desviar nuestra atención como pediatras. Las relaciones económicas entre la industria tabaquera y la industria cinematográfica permiten un marketing encubierto, complejo, omnipresente, difícil de evidenciar y más de denunciar, con modalidades como la publicidad por emplazamiento y el posicionamiento de marca. 

Y estos tres protagonistas son esenciales para el making of (así se hizo) de este artículo que hoy compartimos y que hemos titulado “Cine y tabaco, el comienzo de una polémica amistad para el adolescente, recientemente publicado en Revista de Pediatría de Atención Primaria y que podéis leer íntegramente en este enlace o en el archivo adjunto al final del post. 

La relación cine, tabaco y adolescencia se fundamenta en base a estas cinco premisas evidentes y ampliamente demostradas: 
1) El consumo de tabaco es la primera causa evitable de enfermedad, invalidez y muerte en España. Fumar es, además, una causa conocida de cáncer, enfermedad cardiovascular, EPOC y complicaciones del embarazo, entre otros más de 25 problemas de salud asociados a este hábito. 
2) Los adolescentes y jóvenes consumen tabaco y otras drogas, y cada vez más. La encuesta sobre consumo de drogas en España (EDADES 1995-2017 – Plan Nacional sobre Drogas 2018) 6 arroja unas cifras de consumo de tabaco diario en población > 18 años de un 34%. Y la edad media de inicio del consumo de tabaco se sitúa entre 16,4 y 16,7 años desde el año 1995, sin apenas mejoría. 
3) Los medios audiovisuales forman parte de nuestra vida, especialmente el cine y las series de televisión. Y esa realidad es especialmente patente en la infancia y adolescencia, generación de verdaderos screenagers, neologismo formado por las palabras en inglés “screen” (pantalla) y “teenagers” (adolescente) para describir a la infancia y adolescencia criada y formada en una cultura mediada por las pantallas del ordenador, de la televisión y del cine. 
4) Las películas promocionan de forma eficaz el tabaquismo. Porque para la industria tabacalera el cine brinda una oportunidad de transformar un producto letal en un símbolo de estatus o en una señal de independencia. El solo hecho de visualizar el paquete de tabaco, inhalar o exhalar el humo, beber y fumar, asociar frases en momentos principales de una película o una serie, o que actores y actrices favoritos en el papel de héroes o protagonistas fumen es estímulo suficiente para incitar a los jóvenes y a los fumadores al consumo, mantener la adicción, incrementarla y retrasar el abandono del tabaco o, incluso, provocar recaídas en los abstinentes. De hecho, la presencia del tabaco en las películas aumenta cuando se restringe la publicidad tradicional, pero las instancias normativas rara vez han tenido esto en cuenta. Porque en España, por ejemplo, la publicidad explícita del tabaco está prohibida desde el año 2005, pero no hay legislación sobre la violencia tabáquica presente de forma constante y manifiesta en el cine, series de televisión, comics, videojuegos o internet con sus influencers y grupos de presión thinks tanks, contratados por la propia industria del tabaco. 
5) Son numerosos - y desde numerosos países - los estudios científicos que dejan indicios probatorios de la relación entre la presencia del tabaquismo en el cine (y otros medios audiovisuales) y el incremento de consumo de tabaco por parte de los adolescentes. Y, de forma inversa, se constata el paralelismo entre la disminución a largo plazo del tabaquismo en la pantalla y la disminución de la proporción de adolescentes que fuman. 

Se aprende a fumar, entre otras causas, con las películas y series de televisión y ello oscila desde el predominante cine con tabaco a lo largo de su historia, al escaso cine contra el tabaco, pasando por aquellas películas que tienen el tabaco como leitmotiv. Y así lo repasamos: 
a) Cine con tabaco: revisando por décadas desde 1930 hasta nuestros días, desde el cine en blanco y negro al cine de color. Un repaso a míticas películas y estrellas de Hollywood y de otros países donde el cigarrillo y el humo ha sido un omnipresente compañero. 
b) Cine contra el tabaco: El dilema (Michael Mann, 1999), El jurado (Gary Fleder, 2003), Gracias por fumar (Jason Reitman, 2005), y varias películas documentales. 
c) Cine con la excusa del tabaco: La ruta del tabaco (John Ford, 1941), El rey del tabaco (Michael Curtiz, 1950), Smoking/No Smoking (Alain Resnais, 1993), Smoke (Wayne Wang, 1995), Coffee & Cigarettes (Jim Jarmusch, 2003). 

Hay que tener en cuenta que al inicio del tabaquismo, seducir y atraer es lo que importa y de esto se encarga en ocasiones los medios audiovisuales del entretenimiento; luego, la nicotina rubrica el enlace que en muchas ocasiones llega “hasta que la muerte los separe”. 

Por ello, son numerosas las instituciones (comenzando con la OMS y la OPS) y grupos de trabajo que abogan por pasar de la evidencia a la acción en las normas y legislación de las películas sin tabaco, como una medida de salud pública. También nuestro grupo de trabajo, y como colofón del II Curso Nacional de Tabaquismo en Pediatría realizado el año 2019, hemos elaborado el Documento de compromiso para mejorar el control del tabaquismo en medios audiovisuales, documento que ya compartimos en su momento y en el que volvemos insistir. 

El siglo XXI debe caminar hacia un séptimo arte “sin malos humos”. Y todo recurso es válido, desde las políticas gubernamentales y políticas sanitarias en primer término, a cualquier otra medida de apoyo y concienciación ciudadana frente a esta práctica. 

Por ello, este artículo es más que un artículo. Es una denuncia para actuar…

sábado, 31 de octubre de 2020

Cine y Pediatría (564). “El pan de la guerra”, alimento contra el talibanismo

 

Cuando se habla de cine de animación, lo primero que nos puede venir a la mente a muchos son los grandes estudios de producción estadounidense: DreamWorks, Illumination Entertainment, Pixar y, por supuesto, The Walt Disney Company. Sin embargo, no solo de películas norteamericanas se nutre la animación, una visión artística tan amplia como la propia imaginación del ser humano. Y si hablamos de Europa, encontramos estudios reconocidos como Aardman, Les Armateurs o Django Films. Y una de las factorías que mayor renombre ha logrado en la última década es Cartoon Saloon: fundada en 1999 en Kilkenny, Irlanda, por Tomm Moore, Paul Young y Nora Twomey, compañeros durante sus estudios en el Ballyfermot College of Further Education. Su objetivo era producir un largometraje diferente, y entre ellos cabe citar El secreto del libro de Kells (2009) o La canción del mar (2014). Ambas plantean la posibilidad de un cine animado que pueda ser disfrutado por niños y adultos, con una pretensión divulgativa, que no aleccionadora, muy alejada del tono iconoclasta con la que se ha visto relacionado el equívoco concepto de animación adulta durante las últimas décadas. 

Pues bien, de este estudio irlandés hoy hablamos de otra joya: El pan de la guerra (Nora Twomey, 2017). Twomey, inspirándose en el trabajo de la escritora y activista Deborah Ellis, narra la historia de la niña Parvana que en el Kabul controlado por los talibanes se ve obligada a disfrazarse de chico, para mezclarse entre una muchedumbre que la señala y la condena. Porque la escritora Deborah Ellis es una activista antibélica muy activa, quien viajara en 1997 a Pakistán para ayudar en un campo de refugiados afgano, experiencia que le sirvió para escribir entre los años 2001 y 2012 la serie de cuatro partes que incluyen “The Breadwinner”, “Parvana's Journey”, “Mud City” y “My Name is Parvana”. Y con esta buena base literaria, esta factoría de la animación logra el aspecto creativo y emocional que se necesitaba, y lo consigue por su impecable tratamiento de la forma y su sobria narrativa, así como por su radical y consecuente apuesta por un tratamiento poético de las imágenes, tan personal en su retrato de las tinieblas como en la trasmisión de los puntuales estallidos de esperanza. 

Y es inevitable empezar a hablar de esta película como una fusión de otras dos que forman ya parte destacada de Cine y Pediatría: Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007), una película de animación en blanco y negro que nos explica, fundamentado en un cómic autobiográfico, cómo la niña Marjane vive y crece como mujer en el régimen absolutista de Irán; y Osama (Siddiq Barmak, 2003), la historia de esa niña de 12 años en Afganistán que se hace pasar también por un niño y que consigue transmitir perfectamente su mensaje, su emoción y su denuncia frente a la injusticia a la que se enfrentan niñas, adolescentes y mujeres en el mundo talibán. 

Parvana es una chica de 11 años que vive en Kabul durante el periodo de dominio de los talibanes. Y convive en su familia con su padre, quien fuera maestro y que debe su cojera a la guerra, su madre, escritora, su hermana mayor Soraya y Zaki, el lactante de la casa. Y en esa familia sobrevuela el recuerdo de Sulayman, el hermano que murió de niño al explotarle una bomba. Parvana acude a vender al mercado con su padre, al que le gusta narrar historias y dejar enseñanzas a su hija: “Solo los cuentos perduran en el corazón” o “Las preguntas buscaban respuestas, y más preguntas”

Un día se topan con un antiguo alumno del padre, ahora reconvertido por la causa: “Ahora soy talibán, lucho contra los enemigos del Islam”. Y tras ser el padre detenido es cuando los miembros de la familia se quedan sin recursos y, debido a que las mujeres tienen prohibido ganar dinero, es cuando Parvana decide transformarse en un chico para poder trabajar. Y adquiere el nombre de Otesh, que significa fuego, y en su deambular por la ciudad se encuentra con otra niña convertida en niño, su antigua compañera de clase, Shauzia, que ahora se hace llamar Delowar. Y se hacen pasar por hermanos para poder conseguir el dinero que les permita cumplir su objetivo: dinero que Delowar lo quiere para poder conocer la playa y que Otesh lo utilizará para poder llegar hasta donde está su padre, en una lejana cárcel. 

Y es así como este relato de nuestra infortunada Alicia en tierra hostil debe disfrutarse, ante todo, como una experiencia sensorial que consigue extraer oro de muchos quilates de sus necesarias pretensiones de denuncia, tanto políticas como de género, sin que sus etiquetas afecten en demasía a una propuesta que se las apaña para trascenderlas con oficio, humildad y sabiduría. Porque El pan de la guerra explora la cultura, la historia y la belleza de Afganistán desde un punto de vista femenino, pero también el horror del talibanismo sobre las mujeres, sean niñas, adolescentes, adultas o ancianas. Y tras la denuncia sin parangón de esta película, se nos muestra una película cautivadora, no solo por la belleza de sus imágenes, sino también por la valentía, los vínculos familiares, la superación y la lealtad en tiempos de guerra. La historia de una heroína que se enfrenta con coraje e imaginación al momento de misoginia y violencia que le ha tocado vivir. 

Por ello, El pan de la guerra debe ser una película de animación imprescindible para prescribir en familia. Por su historia, por la historia, por los valores, por el respeto a las mujeres, por la denuncia al horror de la tiranía del gobierno talibán. Porque una desgracia es que las mujeres tengan que llevar burka, pero mayor desgracia es que nosotros nos lo pongamos para no ver y no denunciar esta crueldad, cuando la religión se convierte en excusa para amordazar la cultura, la libertad y los derechos de los hombres y, sobre todo, de las mujeres. Ya basta de hipocresía en el mundo occidental, sobre todos la de aquéllos que critican nuestra forma de vida o religión, mientras sugieren el respeto a actitudes propias y vejatorias del integrismo islámico. Porque no es nueva la crítica al puritanismo de lo políticamente correcto por ideario y esa relatividad moral hipócrita. Porque si esto no es violencia de género, venga Dios (o Alá) y lo vea.

Las películas de animación son a veces una cosa muy seria. Y El pan de la guerra lo confirma, porque es alimento contra el talibanismo, el de Afganistán, el de Pakistán y el de cualquier país con tal mentalidad. Porque recordemos que los talibanes forzaron una de las más estrictas interpretaciones de la ley sharía como nunca se había visto en el mundo musulmán, que se hizo famosa internacionalmente por la forma de tratar a las mujeres: las mujeres se vieron obligadas a usar el burka en público, no se les permitía trabajar ni recibir educación después de los ocho años (y hasta entonces solo se les permitía el estudio del Corán), no se les permitía ser atendidas por médicos de sexo masculino si no eran acompañadas por un hombre, lo que llevó a que muchas enfermedades no fuesen tratadas, y se enfrentaron a la flagelación pública en la calle y la ejecución pública por violaciones de las leyes de los talibanes. 

Y nos quedamos con el pensamiento final de El pan de la guerra, lleno de esperanza: “Somos una tierra con un gran tesoro, nuestra gente. Limitamos con imperios de guerra… Alza las palabras, no la voz. La lluvia hace crecer las flores, pero los truenos, no”.