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sábado, 2 de agosto de 2025

Cine y Pediatría (812) “Yomeddine”, un viaje en busca del Juicio Final

 

Una nueva filmografía se suma a Cine y Pediatría. En este caso con la película egipcia Yomeddine (Abu Bakr Shawky, 2018), premiada en la SEMINCI de Valladolid, además de sus nominaciones a la Palma de Oro en el Festival de Cannes y candidata oficial de Egipto para la categoría de Mejor Película Extranjera en los Premios de la Academia. Una película muy particular, dura e inolvidable, en lo que es el viaje de búsqueda de las raíces familiares de un adulto copto que fue abandonado en la infancia en una leprosería y de un niño sudanés que ha vivido siempre en un orfanato sin conocer a sus padres. Porque Yomeddine (que significa "Día del Juicio" en árabe) funciona como una metáfora a ese aludido Día del Juicio Final, pero aquí no es el juicio divino lo que preocupa, sino el juicio de la sociedad, con dos preguntas que se lanzan al espectador: ¿quién tiene derecho a juzgar a los otros por su aspecto o su pasado?, ¿y qué significa realmente ser digno? Una luminosa historia sobre un niño y su mentor que emprenderán un viaje para encontrar a sus familias. 

Beshay (Rady Gamal) nunca ha salido de la colonia de leprosos en la que le abandonaron siendo un niño. Ya está curado de la lepra, pero presenta todas las secuelas físicas (amputaciones de dedos, deformidades de extremidades, graves defectos faciales,…), psicológicas y sociales que puede manifestar esta enfermedad, considerada como un castigo de Dios en el Antiguo Testamento, y cuya condición de “apestados” ha perdurado en el tiempo, mucho más allá de que el científico noruego G. H. A. Hansen descubriera en 1873 que se producía por un agente infeccioso denominado Mycobacterium leprae. Besahy vive en la leprosería de este asentamiento egipcio de Abu Zabal, es analfabeto y trabaja con su carro tirado por un burro (por nombre Harby) recogiendo objetos de los basureros. Allí, en la que llaman la Montaña Basura se topa con personajes muy peculiares, entre ellos con un chico de 10 años sudanés, que vive en un orfanato y al que llaman Obama (Ahmed Abdelhafiz). 

Tras la muerte de su mujer, mentalmente enferma, Besahy decide coger sus escasas pertenencias e ir en busca de sus raíces, de su familia biológica en la lejana ciudad de Qena, al norte de Luxor, viaje al que se suma Obama como polizón. Comienza una particular road movie en un carro tirado por un burro a través del desértico Egipto, en busca del Nilo y de su ciudad de origen, enfrentados al cansancio, el hambre, la penuria, la enfermedad, el rechazo y la indiferencia, pero también encontrando actos de bondad inesperados. Duermen junto a pirámides del camino, nadan en el Nilo, acaba en la cárcel,… y en alguna ocasión tiene que gritar “¡Soy un ser humano!”, en clara referencia al personaje de John Merrick en El hombre elefante (David Lynch, 1980). 

Llega un momento en que se les muere Harby y deben continuar como pueden…”¿Los animales tienen Juicio Final?”, pregunta Obama y Besahy le responde “No. Van directos al Cielo”. Porque, en el transcurso del viaje, Beshay y Obama no solo buscan a sus familias, sino también su propia dignidad y un sentido de pertenencia. Y van conociendo lugares y personajes que, en algún momento, nos retrotrae a la icónica película dirigida en 1932 por Tod Browning, La parada de los monstruos (Freaks), pues son la escoria social, muchos con defectos congénitos. Y uno de estos personajes le comentan a Besahy: “Nos juzgan por nuestra apariencia. Somos unos parias. Eso no tiene cura. No hay otra vida. Tu, yo y los demás monstruos de aquí nunca seremos “normales”. No te avergüences de ti… Vivimos con la esperanza de que en el Juicio Final todos seamos iguales”. 

En el tramo final, Obama encuentra en unos papeles, “gracias a la bendita burocracia egipcia” como dicen, que se llama Mohamed y tiene apellidos (o eso parece), pero sus padres han muerto, por lo que decide seguir llamándose Obama, “como el de la tele”. Besahy consigue llegar a su pueblo, donde reencuentra a su hermano, a quien le contaron que había muerto de sarna (nunca le hablaron de lepra), y también a su padre, quien ha padecido un ictus años atrás, y le explica el motivo por  el que no volvió a por él, que no fue otro que intentar darle una segunda oportunidad en un lugar donde no le juzgarían, pues le recuerda el dicho “Huye de un leproso como huirías de un león”. El reencuentro y aceptación de la familia es sanador y, aunque eso no va a conseguir que desaparezcan las cicatrices físicas, si le mejoran las secuelas psicológicas y vitales. Y también el hecho de que Obama decida quedarse con Besahy y este acepte. Y ambos regresan a la leprosería… Y Besahy tira el gorro con el velo que le cubría la cara. Muy simbólico. Está más preparado para la llegada del Juicio Final. 

Es Yomeddine una película sencilla, pero una historia repleta de reflexiones y enseñanzas. Donde se pueden trabajar aspectos como la dignidad humana tras el estigma (donde se nos recuerda que todo ser humano merece respeto y amor, más allá de su apariencia o condición), la búsqueda de identidad y aceptación (porque Beshay no busca caridad, sino entender por qué fue abandonado y encontrar su lugar en el mundo, con esa necesidad universal de ser reconocido, valorado y amado por quienes nos dieron la vida) y el poder de la amistad (en esa relación entre Beshay y Obama, dos almas solitarias y heridas, encuentran en el otro apoyo y cariño). Y todo ello en un film profundamente humanista, sencillo en su forma pero poderoso en su mensaje. Nos invita a mirar más allá de lo superficial, a empatizar con los olvidados y a reflexionar sobre lo que significa realmente ser humano. 

Una película filmada con actores no profesionales donde pocas veces la lepra es tan protagonista, con ese personaje de Beshay que presenta una grave afectación y esa cara tan característica de la conocida como lepra leonina. Según la OMS, la enfermedad de la lepra aún afecta hoy a aproximadamente entre uno y dos millones de personas en todo el mundo, con casi 200.000 casos nuevos detectados al año en centenares de países. Y estos datos me retrotraen a mi experiencia como estudiante de Medicina, hace cuatro décadas, cuando acudí de voluntario con mi novia (luego mi esposa) a trabajar en una de las pocas leproserías que aún persistían en España (la de Fontilles, en la provincia de Alicante) y donde pudimos convivir con todo el espectro de la enfermedad y de la humanidad que la lepra transmitía. Por ello Yomeddine es una apuesta valiente de su director en lo que es su ópera prima en el largometraje, tras varios cortos previos en su haber. 

Porque en el “Yomeddine” o Juicio Final todos seremos iguales. Pero, mientras ese momento llega, no deberíamos desaprovechar la oportunidad de comportarnos así, como seres humanos que merecemos todo el respeto y consideración independientemente de nuestros particularidades y estigmas físicos, psíquicos, sociales o culturales.

 

sábado, 1 de febrero de 2025

Cine y Pediatría (786) “Mil uno”, esa búsqueda de un espacio seguro para la crianza y la identidad

 

En el año 1978 se inauguró en el poblado de Park City (cerca de Salk Lake City, capital del estado de Utah) el U.S. Film Festival de Utah, utilizando la imagen del icónico actor y director Robert Redford para atraer estudios y distribuidores. Fue en el año 1981 cuando se funda Sundance Institute con el objetivo de reunir a un grupo de amigos y colegas que fomentarían y apoyarían el cine independiente, más allá de las exigencias del mercado. Y Sundance Institute asumió en 1985 el control creativo y administrativo del U.S. Film Festival, que en la edición de 1991 comenzaría a llevar el nombre Sundance Film Festival. Y, desde entonces, Sundance se ha convertido en una plataforma crucial para cineastas emergentes y una vitrina para las películas más innovadoras y originales del año. 

Porque Sundance es sinónimo de cine independiente, aquí donde se estrenan películas que a menudo no encuentran cabida en los grandes estudios de Hollywood, ofreciendo una visión más diversa y personal del mundo. El festival ha sido el trampolín de lanzamiento de numerosas carreras exitosas, tanto en la dirección (Joel y Ethan Coen, Steven Soderbergh, Quentin Tarantino, Richard Linklater, Robert Rodríguez,…) como en la actuación (Ryan Gosling, Frances McDormand, Amy Adams, Jennifer Lawrence, Brie Larson,…). El mayor galardón de este festival es el Gran Premio del Jurado, y algunas de estas películas ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría, como Bienvenidos a la casa de muñecas (Todd Solondz, 1995), Quinceañera (Richard Glatzer, Wash Westmoreland, 2006), Precious (Lee Daniels, 2009), Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin, 2012), Yo, él y Raquel (Alfonso Gomez-Rejon, 2015), La (des)educación de Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018), Minari. Historia de mi familia (Lee Isaac Chung , 2020) y CODA. Los sonidos del silencio (Siân Heder, 2021). Y a todos eso hoy se suma Mil uno (A.V. Rockwell, 2023), drama social sobre la maternidad, la familia, la identidad y la búsqueda de un futuro mejor ante las condiciones sociales adversas.         

La historia comienza en el Correccional de Rikes Island, Nueva York, en el año 1994, allí donde conocemos a la bella Inez (interpretada por la actriz y cantante Teyana Taylor), una joven de 22 años, peluquera de profesión, pero cuya vida derivó entre la toxicomanía y la prostitución. Regresa a los suburbios de Brooklyn, donde se ha criado con la comunidad de color y donde se reencuentra con su hijo Terry, de 6 años, que está en un centro de acogida y quien le pregunta: “Me abandonaste en una esquina?...¿dónde está mi padre?”. Y ella le contesta: “Pueden intentar lo que quieran, pero esta vez no nos van a separar”, pues decide quedarse de él y separarle de los Servicios Sociales. A partir de ahí, Inez se convierte en esa antiheroína con cariz de madre coraje que lucha a lo largo de los años por sacar adelante a su hijo enfrentándose a la dureza de las calles de Brooklyn y Harlem, y con el objetivo de darle la vida que ella no pudo tener. En este proceso Inez acaba casándose con otro ex convicto, Lucky (William Catlett), quien pese a las dudas (“¿Qué saben los delincuentes de formar una familia?”), acaba asumiendo un rol de padre con Terry, al que le asegura: “Te daremos la vida que nosotros no tuvimos”. 

El filme aborda el contexto sociopolítico de la ciudad de Nueva York y coincide con el paso de Rudy Giuliani y Michael Bloomberg como alcaldes, años marcados por una política persecutoria a los afroamericanos y una gentrificación salvaje de los suburbios. Y curiosamente estos alcaldes aparecen intercalados en esta historia, incluido ese eslogan de Giuliani, que tan alejado parece de la vida de Inez: “Soñar, crecer, planificar y actuar. Estas son las bases de todo procesos de cambio”. Y esta historia da dos saltos temporales: en 2001, con un Terry adolescente de 13 años, un buen chico y estudiante, y en 2005, ya con 17 años y con las dudas de poder acudir a la universidad (incluso piensan en el MIT, Harvard). En ese periodo Lucky enferma de cáncer y en el ocaso de su enfermedad no deja de dejarle reflexiones: “No te sientas atrapado por lo que te rodea… Me llevó un tiempo aprender eso. No quiero que caigas en las mismas trampas que tu madre y yo. Quiero que tomes mejores decisiones que yo con respecto a ella y con respecto a todo”. 

Cuando su orientadora escolar le busca una salida laboral, Terry tiene que presentar su documentación y es cuando denscubre que tiene papeles falsos. Y se le desvela que, en realidad, Inez no es su madre biológica, sino la persona que lo encontró a los dos años en la calle y esperó horas a que alguien lo recogiera…aunque finalmente era ella quien más lo necesitaba. Y ahora, en esta dura despedida, ella está orgullosa porque su Terry será alguien en la vida, aunque este le pregunte: “¿Dónde está mi casa ahora?”. Y esa despedida final: “Te quiero, mamá”. Un final que invita a la reflexión, como toda la película. 

Mil uno es una crítica social incisiva, allí donde, a pesar de la inestabilidad y las dificultades, el hogar es un concepto central en la película, donde nuestra protagonista lucha por construir un espacio seguro para su hijo, un lugar donde pueda crecer y sentirse amado. Y ese hogar, donde viven de alquiler como pueden, tiene marcado en la puerta el número del piso: 10-01. Mil uno.

 

sábado, 17 de febrero de 2024

Cine y Pediatría (736) “Chinas” en busca de su identidad e integración

 

Aún con el recuerdo de la 38ª edición de los Goya, la fiesta del cine español, recordamos el gran triunfo de La sociedad de la nieve (J.A. Bayona, 2023) con 12 premios, incluidos mejor película y mejor director (un buen prolegómeno en su camino a los Óscar), así como la agradable sorpresa de 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023) con tres premios (mejor dirección novel, guion original y actriz de reparto). Y entre estas agradables sorpresas, podríamos citar nuestra película de hoy: Chinas (Arantxa Echevarría, 2023). 

Y es que la bilbaína Arantxa Echevarría sigue con las señas de identidad que marcó en su maravillosa ópera prima, Carmen y Lola (2018): contarnos historias de barriada (de Madrid a más señas) cargadas de verdad que reflexionan sobre la identidad, las raíces y los sueños de sus protagonistas, protagonizada principalmente por mujeres, como mujeres son la mayor parte del equipo técnico que le acompaña. En Carmen y Lola eran dos jóvenes de raza gitana en busca de su identidad sexual; en Chinas son dos niñas de 9 años y una adolescente de origen chino en busca de su identidad en el núcleo familiar en el que viven y cómo conjugarlo con su integración social. Una película que es la suma de una experiencia propia de la directora (que viene a ser el papel de Amaya, interpretado por Carolina Yuste, actriz fetiche de la directora), quien eleva una anécdota a guion para reflexionar sobre los conflictos de la integración y la identidad a partir de la peripecia de estas niñas marcadas por sus ojos rasgados.  

El film contrapone a Xiang, adoptada desde bebé por un matrimonio español de clase alta (Leonor Watling y Pablo Molinero), y a Lucía, nacida en España de padres inmigrantes chinos, ya la segunda generación de unos propietarios de un bazar en el madrileño barrio de Usera. Desde el momento en que coinciden en clase, se convertirán en inesperados espejos de vidas tan opuestas como parecidas. Ambas combaten en una pelea interna por entender quiénes son y a dónde pertenecen, por comprender sus raíces y cómo estas confluyen en su día a día. Y esta situación se percibe ya en la primera escena, cuando en el día de la comunión de Xiang, ésta dice a sus padres: “Quiero un nombre normal. Xiang es muy difícil”. Y enseguida también somos espectadores de cómo le cuesta integrarse al nuevo colegio y prefiere estar sola, pese a que la simpática y vital Lucía intenta ser su amiga, y por ello se pone contenta cuando la profesora dice: “Lucía Lee va a trabajar con XIang López”. 

Porque Lucía se siente absolutamente española y solo piensa en integrarse con el resto de sus amigas del colegio; desearía tener unos padres “normales” como el resto de sus amigas, y que intentaran hablar español, pero trabajan más de 14 horas en su tienda y se aferran a su pasado, incluyendo las videollamadas continuas a sus familiares de China. Y poque Xiang delata por su rostro allá donde va que no es hija de sus padres y se pregunta por su familia biológica, lo que le hace no sentirse china, pero tampoco los demás la sienten española. 

Y la película añade a un tercer personaje protagonista, Claudia (Xinyi Ye), la hermana de Lucía, una bella adolescente de 17 años que sufre la falta de empatía de unos padres que se niegan a cualquier atisbo de integración, pese a que llevan ya dos décadas en España. Porque tanto Lucía como Claudia nacieron en España, pero a Claudia la mandaron a vivir hasta los 6 años con los abuelos en China, y aunque quiere sentirse española, sus padres se obstinan en criarla como china, algo que los demás compañeros le recuerdan al llamarla “la china” o “banana” (porque es amarilla por fuera y blanca por dentro). Unos padres que viven anclados a las ancestrales tradiciones chinas, que no han aprendido español, y por ello son habituales las disputas: “Yo soy la pringada por tener unos padres chinos… ¿Acaso os pedí que me trajerais a España?” Y la madre (Yeju Ji) le increpa: “Habla en chino. No me hables en español”. 

Las diferentes escenas y vivencias de nuestras tres protagonistas nos acercan a esa confrontación que viven en búsqueda de cómo conseguir integrarse con su aspecto y orígenes orientales. Algunas escenas son entrañables y simpáticas, como el sueño de Lucía por celebrar su cumpleaños en el parque de atracciones o en el Burger King frente a las costumbres de su familia, o cuando invita a su amiga Susana a comer en casa y esta es incapaz de entender los mejores manjares con los que la halagan, o las conversaciones con ésta sobre el color de piel y los ojos (con tiritas), y esa frase inolvidable, pura reivindicación: “No le llames chino. Llámale tienda o bazar”. Otras escenas son más crudas, como la videoconferencia de Xiang y sus padres adoptivos con la madre biológica que se encuentra en China, o las fiestas nocturnas de Claudia con sus amigos en el polígono industrial. Otras tienen un cierto atisbo romántico, como esa cita que los padres de Claudia le acuerdan con Wang (Julio Hu Chen), un tímido chico de 25 años al que acaban de despedir de una pequeña empresa de móviles chinos. Y mientras Lucía y Claudia (de padres biológicos chinos) piden a sus padres que aprendan español, Xiang (de padres adoptivos españoles) es obligada por los suyos a aprender chino. Puro contraste, como también lo es la confrontación entre las costumbres del país de origen, que se intentan preservar, y la del país de acogida, no siempre aunadas con sintonía en estos menores. Y cuando Lucía está celebrando en la Fiesta del Año Nuevo Chino junto a la Unión China de Usera, Amaya le pregunta: “¿Te trajeron algo los Reyes?”. 

Es la película Chinas una mirada al tema de la identidad e integración desde la infancia de Xiang y Lucía, desde la adolescencia de Claudia y desde la adultez de los padres de ambas niñas. Identidad e integración de la gran comunidad de inmigrantes chinos en España. Porque según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística en nuestro país viven cerca de 230.000 chinos (la sexta nacionalidad extranjera, solo por detrás de Italia, Reino Unido, Colombia, Rumanía y Marruecos, que ocupa el primer lugar con casi 900.000 marroquís en nuestro país). Y ello lo aborda contando con que buena parte del elenco son actores y actrices no profesionales que ofrecen mucha frescura a esta película: no es de extrañar que tres de las cuatro nominaciones a los Goya de la película Chinas, dos hayan sido para actrices revelación (Xinyi Ye y Yeju Ji) y una para actor revelación (Julio Hu Chen). Aunque, siendo justos, el mejor papel lo realiza la jovial y simpática Lucía, pero sabido es que desde el año 2011 la Junta Directiva de la Academia de Cine adoptó por unanimidad la medida de excluir a los menores de 16 años de la carrera por los premios Goya (una buena medida la de alejar de la fama a destiempo a los menores, en lo que puede llegar a convertirse incluso en una forma de maltrato infantil).

 

sábado, 14 de julio de 2018

Cine y Pediatría (444). La noria de la vida de “Con amor, Simón”


“Soy como tú. Tengo una familia normal, unos amigos geniales y voy al típico instituto. Mi vida es completamente normal, como la de todos… Excepto por un enorme secreto”. Con esta voz en off de presentación de nuestro joven protagonista comienza una película que viene precedida de un buen halo en este año y que presume de ser la primera comedia romántica juvenil con temática gay producida por un gran estudio como es Fox. La película lleva por título Con amor, Simón (Greg Berlanti, 2018). 

Lo cierto es que su éxito en Estados Unidos viene de la mano de que es una comedia típicamente americana, con sus institutos, sus familias de sueño americano (que se reúnen al caer el día para ver la tele en familia), sus fiestas, sus partidos de rugby y “cheerleaders”, sus Navidades,… nada que no hayamos visto tantas veces, si no fuera porque trata el tema de la homosexualidad masculina con buen tono, frescura de los diálogos, una acertada banda sonora de inolvidables temas clásicos (desde Whitney Houston a Jackson 5) y una buena elección del reparto. Lo que se dice una buena comedia del siglo XXI al estilo John Hughes y con una amable presentación arco iris que dicen que ha resultado inspiradora a muchos jóvenes para dar el paso de aceptar y comunicar su orientación sexual. 

Porque es la típica historia de cuatro amigos adolescentes en el último curso de instituto: Simon (Nick Robinson, una buena elección), nuestro protagonista, Leah (Katherine Langford, el gran reclamo por ser la protagonista de la serie Por 13 razones), la mejor amiga de Simon, Abby (Alexandra Shipp), la amiga de color que se mudó hace 6 meses a esta ciudad, y Nick (Jorge Lendeborg Jr.), el mejor amigo de Simon, al que le gusta disfrazarse de Cristiano Ronaldo. Cuatro amigos que entrecruzan sus vidas y sus sentimientos y en el que Simon hace convivir su vida real (de familia, de instituto y de amigos) con su secreto a través de una cuenta de correo falsa y un seudónimo, Jacques, allí donde encuentra a su alter ego anónimo, Blue. 

Y la mayor parte de sus experiencias ocurren en el mundo hiperconectado de las redes sociales, con el móvil como instrumento alrededor del cual ocurre la otra realidad. No es de extrañar que el profesor diga a la entrada de sus alumnos a clase: “Buenos días, queridos alumnos. Apagar el móvil. Mirar a los ojos a la gente que os rodea…”. Y entre mensajes, correos y posts surgen los sentimientos ente ello, y Leah confiesa a Simon después de la fiesta de Halloween: “Soy una persona destinar a querer a una persona hasta llegar a morir”, y Simon le contesta que él también: pero estaba claro que no hablaban en ese momento de la misma persona. 

Y cuando la confesión de un secreto ocurre de la forma menos deseada, con el cotilleo o bulo de una red social, nada bueno cabe esperar. Y menos para la persona que es sometida a ser juzgada, a la que le estallan de pronto todos sus fantasmas familiares, sociales, escolares y personales. La película se iza con esas barras y estrellas tan made in USA, con esa madre casi modélica (y de la belleza de Jennifer Garner) que le dice: “Tú sigues siendo tú, Simon… pero ya puedes respirar. Ya puedes ser más tú de lo que has sido en mucho tiempo. Te mereces todo lo que quieras”. 

Y se agradece al director que haya optado por una visión luminosa y optimista del tema, como esa carta tan positiva de declaración de su opción sexual a su amor platónico virtual, Blue, con esa despedida que da título a nuestra película: “Con amor, Simon”. Y con ello siente que, aunque el mundo no le acepte, se acabó el tener miedo. Y el final ya es lo más (puede subir el azúcar, aviso, así que tener preparada la insulina por si acaso), pero no molesta: y allí se conocer Jacques/Simon y Blue/su compañero de clase Bram, que como él dice le pilla todo, gay, negro y judío. Un final con un beso en lo alto de una noria, porque así es la noria de la vida: unas veces se está abajo y otras veces se está arriba… 

La película está basada en la novela “Simon vs. The Homo Sapiens Agenda”, de Becky Albertalli, psicóloga clínica que decidió probar suerte en el mundo de la literatura con este primer libro, publicado en 2015. Y con referencia a esta novela, su autora a publicado dos libros más: “The Upside of Unrequited” sobre una joven acomplejada por su peso y 'Leah on the Offbeat', inspirada en el personaje de Katherine Langford. Y los críticos se preguntan ¿Se animará Greg Berlanti, especializado en series de televisión, a rodar las otras dos entregas y crear una trilogía…? 

De momento, nos quedamos con esa imagen cenital de la película en distintos momentos de la historia, cuando van al autoservicio a recoger su desayuno en coche: primero cuatro vasos, luego uno…y al final, cinco. Y la noria de la vida sigue dando vueltas… también para Simon. Y para cada uno de nosotros. 

sábado, 11 de febrero de 2017

Cine y Pediatría (370). "Lion", el largo camino a casa en busca de la identidad


Esta semana, Cine y Pediatría estuvo en el programa radiofónico de Montevideo, Efecto Mariposa. Y la película que convocó a la entrevista fue El niño de Marte (Menno Meyjes, 2007), el particular elogio a la paternidad a partir de la adopción de un niño de 6 años con capacidades diferentes y especiales, que hacen sugerir problemas psiquiátricos alrededor del trastorno del espectro autista. Y en esa misma semana la adopción vuelve a la gran pantalla con el estreno de Lion, una película camino del Oscar y que nos recuerda, de alguna forma, a otra película oscarizada en el año 2009: Slumdog Millionaire, la peculiar visión de Danny Boyle sobre las infancias desfavorecidas en India y que cuenta con el mismo protagonista, Dev Patel. 

Han pasado 7 años y Dev Patel ha madurado, como también ha madurado la visión que ahora nos devuelve la gran pantalla de esa infancia en India, mucho más contenida que esa mezcla de Hollywood y Bollywood que recordamos con una sonrisa, pues pocas películas como Slumdog Millionaire ha sido capaz de narrar tantas desgracias alrededor de la infancia (pobreza, marginación, delincuencia y prostitución juvenil, maltrato y mafias de niños, etc.) y simular un cuento de hadas en las calles de Mumbai, con un final feliz que despierta una sonrisa y energía positiva. Pero ahora acaba de estrenarse en el cine Lion (2016) y lo primero que vemos en la pantalla es la categorización de "basada en hechos reales", lo que nos predispone a la emoción

Todo parte del libro autobiográfico "A long way home", de Saroo Brierley, que nos despliega un conflicto dramático como es la crisis de identidad que sufre un hijo adoptado cuando entra en la madurez. El libro adquiere formato de guión y bajo la dirección de Garth Davis (en lo que es su debut en el largometraje) se nos presenta la cinta con seis nominaciones al Oscar: mejor película, guión adaptado, fotografía, mejor actor de reparto (Dev Patel), mejor actriz de reparto (Nicole Kidman) y banda sonora. Buena tarjeta de presentación, pues además pocas cosas son tan humanas como querer saber de dónde venimos, quiénes somos. La filosofía, la literatura, la música y, por supuesto, el cine, han ahondado en esta materia. Al ver Lion es imposible no pensar también en las palabras del gran Mario Benedetti: “Al igual que todo lo que cuenta en la vida, también mi soledad arranca en mi infancia”.  Lion está estructurada en dos partes bien identificables alrededor de Saroo: su infancia y sus circunstancias familiares; su juventud y la necesidad de recuperar su identidad. Entre ambos los recuerdos se mezclan. 

La primera parte versa sobre la infancia de Saroo (interpretado de niño por Sunny Pawar) en la India pesa lo suficiente como para que el director Garth Davis le dedique casi la primera parte de la película. Como un cuento de Dickens indio y desde una sobriedad de la que carecía Slumdog Millionaire, intuimos su vida alrededor de una madre analfabeta y viuda que trabaja en una cantera de piedras para sacar adelante a sus tres hijos: el hermano mayor, Saroo y la hermana pequeña. 

Estamos en India en el año 1986 y apreciamos la gran amistad con su hermano mayor, al que se queja con cariño: "Siempre me dices, eres pequeño, eres pequeño. ¿Pero ves que listo soy?". En una de sus correrías juntos, Saroo queda encerrado en un ferrocarril sin poder salir durante dos días, y acaba en Calcuta a 1600 kilómetros de su ciudad natal, cuyo nombre no recuerda bien y de donde no puede volver, pues no habla bengalí y desconoce el apellido de su madre. Tiene solo 5 años y deambula entre la pobreza e indigencia de esa gran urbe, con la infancia desfavorecida como gran protagonista, y vagabundea durante dos meses. Allí vive múltiples avatares, como el intento de secuestro por parte de una mujer que esconde intenciones de trata de niños, el encierro en un orfanato (donde los niños y niñas cantan "Las estrellas han salido ya y están buscando la luna") y, finalmente, la adopción por parte de una pareja australiana, Sue (Nicole Kidman) y John (David Wenham), quienes disfrutan de una vida acomodada en Tasmania junto a sus padres. Saroo se adapta totalmente a su nuevo hogar y es visto como una bendición por sus padres adoptivos, al contrario que su hermano Mantosh (Keshav Jadhav), de origen indio como él y que es adoptado un año después, pero que viene con una mochila repleta de problemas de comportamiento. 

La segunda parte versa sobre la juventud de Saroo (interpretado por Dev Patel) en Australia y el viaje (primero emocional y luego físico) en busca de su identidad. Con ya más de 20 años, se traslada a Melbourne para estudiar Dirección de Hoteles en un centro internacional. Allí coincide con estudiantes de otros países, entre ellos algunos indios que le invitan a cenar. Un plato de 'yalebi' se convierte en su particular magdalena proustiana, el desencadenante que remueve los recuerdos de infancia, cuando deambulaba entre los puestos de comida callejeros de su pueblo natal en India junto a su hermano mayor en busca de cualquier oportunidad para paliar la pobreza de su hogar, cuando busca a su madre en la cantera de piedra, cuando recuerda el río y el puente, cuando echa de menos a su familia y dice: "Mi verdadero hermano grita mi nombre todos los años de su vida... Tengo que buscar mi hogar. Tienen que saber que estoy bien". Porque Saroo ha encerrado en un cuarto oscuro de su memoria sus primeros años de vida y, aunque culturalmente se encuentra totalmente asimilado a la vida occidental, en el plano emocional considera como una forma de traición a sus padres adoptivos reconectar con esa etapa. En la intimidad de sus sueños, imagina a su madre y a sus hermanos biológicos buscándole sin descanso por las calles de la India y su recurrente pensamiento: "Y me sé el camino a casa de memoria y le susurro al oído: estoy aquí, estoy vivo"

El largo camino de regreso a casa que lleva a cabo Saroo pasa por su amistad y noviazgo con Lucy (Rooney Mara) y por la tecnología, con Google Earth como inesperado protagonista. Rooney intenta sacarle de su obsesión, pero no es fácil: "Ya sabes lo que pasa con el tiempo. El mundo cambia, las cosas cambian". Pero él sigue buscando entre las imágenes pixeladas del ordenador el lugar que fuera su hogar, imágenes fragmentarias e incompletas que bien podrían ser una buena representación de los propios recuerdos del protagonista. Vale la pena recordar las conversaciones entre Saroo y su madre adoptiva. Cuando él le dice, con cierto reproche: "Siento que no pudieras tener hijos. Nosotros no éramos páginas en blanco. Nos adoptaste con nuestro pasado". Y es cuando la madre le aclara que ellos decidieron no tener hijos propios y decidieron adoptar para dar la oportunidad a otros niños huérfanos, como él y su hermano Mantosh. Y su respuesta llena de generosidad y de empatía por su búsqueda: "Espero que tu madre esté allí. Tiene que ver lo maravilloso que eres"

Lion permite un debate sobre la potencial crisis de identidad de los niños adoptados y cómo abordar la verdad y cómo contestar a las dudas. Garth Davis podría haber desarrollado las implicaciones sociopolíticas que acompañan a las adopciones internacionales y su consiguiente choque cultural, sin perder de vista su complejidad emocional y el hecho de que también en estos casos cada familia es un mundo. Pero el director prefiere encauzar Lion por el camino de la conciliación y la emoción. Y con la música y el piano directo al corazón se produce el encuentro con su familia (menos su querido hermano, que murió arrollado por un tren la misma noche que él se perdió de niño) y la frase de su madre biológica: "Nunca he dejado de buscarte"

Y en el colofón de la historia asistimos al encuentro real de los protagonistas de esta historia que tuvo lugar en el año 2013. Y el texto final de los créditos nos descubre dos hechos: que esta historia es solo una entre tantas, pues en India cada año desaparecen más de 80.000 niños; y que realmente ese niño de 5 años que se perdió no se llamaba Saroo, sino Sheru, que significa león, "Lion", el título de esta película. Y todo ello bajo los acordes de la canción final "Never Give Up", punto final de una gran banda sonora, e interpretada por la cantante de moda, la australiana Sia. Porque películas así nos envían un mensaje claro y alto: nunca te rindas.

 

sábado, 14 de febrero de 2015

Cine y Pediatría (266). “Alma salvaje”, una historia de superación personal


Hace tres meses tuvimos la oportunidad de comentar en Cine y Pediatría Hacia rutas salvajes (Sean Penn, 2007), una de las películas que mejor reflexionan sobre la libertad y la búsqueda de la identidad personal, basada en una historia real y en una novela (“Into the Wild” de Jon Krakauer narra la historia real del joven Christopher McCandless), con el eterno conflicto entre civilización y naturaleza como telón de fondo. Y hoy viene a este foro una película similar, pero en tono femenino: hablamos de Alma salvaje (Jean-Marc Vallée, 2014), basada en una historia real y en el libro autobiográfico de Cheryl Strayed, “Wild”.

Pero además, cuenta como director con uno de esos nombres del cine canadiense que vale la pena recordar, pues va camino de convertirse en uno de los grandes, aunque no sea del gusto de todos: Jean Marc-Vallée. Un director con tres señas de identidad: sus personajes en búsqueda permanente, la fragmentación de sus historias y el buen uso de la música, ese tercer protagonista invisible. Al menos en Cine y Pediatría ya es uno de los grandes, pues de él ya hemos disfrutado de dos obras: C.R.A.Z.Y. (2005), que la definimos como algo más que una locura, todo himno a la tolerancia,  y Café de Flore (2012), una odisea amorosa con dos triángulos de personajes separados por el tiempo y por el espacio.

Y ahora nos regala Alma salvaje, una historia real de lucha y superación personal, una aventura física pero, sobre todo, un viaje espiritual, una pequeña y conmovedora película con unas desgarradoras interpretaciones de Reese Whiterspoon y Laura Dern, ambas nominadas al Oscar, como protagonista y actriz de reparto, respectivamente. Y este director consigue lo anterior por segundo año consecutivo, tras lograrlo el año pasado con Dallas Buyers Club, con unos Jared Leto y Matthew McConaughey que salieron victoriosos de la empresa, el segundo resurgido de sus cenizas.

Alma salvaje cuenta la historia de Cheryl Strayed (Reese Whiterspoon, muy implicada en el proyecto, hasta el punto que se hizo con los derechos cinematográficos de la novela) una mujer que, tras la dolorosa pérdida de su madre (Laura Dern), cae en una espiral de autodestrucción, de adicción a las drogas y de comportamiento irresponsable que acaba destruyendo su matrimonio y casi su propia vida. Para redimirse (e intentar reconciliarse con la vida), Cheryl recorre en solitario, cargada con una pesada mochila, los 1.600 kilómetros del Sendero del Macizo del Pacífico (el Pacific Crest Trial, el PCT por sus siglas en inglés), un viaje de tres meses por una de las rutas de trekking más extremas y exigentes del planeta, en un intento de encontrarse a sí misma y rehacer su vida. De nuevo civilización y naturaleza, el hombre (o la mujer) y la naturaleza, en esta ocasión por el PCT, el equivalente estadounidense a nuestro Camino de Santiago, una de esas grandes rutas del mundo creadas para un viaje interior (como muchas otras y en todos los continentes, desde el Camino Inca de Perú hasta el Macizo Ruwenzori de Uganda, desde la Huella Andina de Argentina hasta el National Trails de Reino Unido).

Una historia de superación personal, tal como confiesa la propia Cheryl Strayed: "Para mí supuso una enorme aventura física recorrer el PCT durante 94 días, pero también tuvo mucho de viaje espiritual. Enfilé el sendero al igual que muchas personas se adentran en territorio salvaje; en un momento en que me sentía perdida y desesperada, cuando me hallaba en un punto desde el que no sabía cómo avanzar. De muchas formas, el sendero me enseñó literal y sencillamente a volver a poner un pie delante del otro". Una historia fragmentada que no cae en la monotonía, pues nos presenta dos viajes: el físico a través del sendero y el personal a través de los recuerdos, en una historia de superación personal y de redención a través de los recuerdos, especialmente de los problemas derivados de un padre maltratador que abandonó pronto el hogar, la muerte de su madre por cáncer a la temprana edad de 45 años o el fracaso de temprano matrimonio. Un viaje de superación al interior de uno mismo, un viaje (y una película) llena de pensamientos reflexivos y positivos:
“Si tu valor te rehuye supera tu valor”.
“Si hay algo que puedo enseñarte es a encontrar lo mejor de ti, y cuando lo hagas, aférrate a ello hasta el final".
“He estado preguntándome algunas cosas. ¿Y si me perdono a mi misma? ¿Y si me arrepintiera? Pero si pudiera volver atrás en el tiempo no haría nada de forma distinta. ¿Y si todas esas cosas que hice fueron las que me trajeron aquí?”.
“Tengo que empezar a vivir, pero no sé si estoy lista”.

Nos podemos quedar con estas frases, con las imágenes de la naturaleza o con una banda sonora que incluye canciones de artistas varios, en su mayoría ya clásicos como Wings, Billy Swan, The Hollies, Bruce Springsteen y el casi “leit motiv” de “El cóndor pasa” de Simon & Garfunkel. Y así es, el cóndor pasa… y la vida también. No la desaprovechemos.

 

sábado, 15 de noviembre de 2014

Cine y Pediatría (253). “Hacia rutas salvajes”, en busca de la identidad


“Hay placer en los bosques sin hollar.
Hay éxtasis en las costas solitarias.
Hay sociedad donde nadie se inmiscuye.
Junto al hondo mar. Y música en su rugir.
No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza”

Con este poema de Lord Byron nos recibe una de las películas que mejor reflexionan sobre la libertad y la búsqueda de la identidad personal. Hablamos de Hacia rutas salvajes, basada en el notable libro del alpinista y escritor Jon Krakauer, “Into the Wild” y que narra la historia real del joven Christopher McCandless, alias "Alexander Supertramp", quien a sus 24 años fue hallado muerto en 1992 en un antiguo autobús abandonado a modo de refugio en las desoladas tierras de Alaska. La narración de la tragedia y las primeras investigaciones realizadas por Krakauer y publicadas en la revista Outside en el mismo año suscitaron un gran interés por la historia y aventura de este joven y derivaron, posteriormente en 1996, en la publicación del libro "Into de Wild" con una investigación mucho más profunda y elaborada, que lo convirtió en un best seller. 

Y es en el año 2007 cuando aparece la película Hacia rutas salvajes, una de las siempre interesantes incursiones que el actor Sean Penn ha hecho en el mundo de la dirección cinematográfica. Porque Sean Penn es uno de esas personas hechas para la gran pantalla, y que ya ha visitado Cine y Pediatría varias veces, bien como protagonista principal en Yo soy Sam ( (Jessie Nelson, 2001), una lección de amor con los Beatles de testigo, o en Mystic River (Clint Eastwood, 2003), ese drama sobre los traumas de la infancia y el dolor de la pérdida, bien como protagonista secundario en El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), esa oración desde la infancia al sentido de la vida. 
Y ahora nos visita en su papel de director para intentar con esta película responder a preguntas del estilo: ¿quién no ha sentido alguna vez la necesidad de liberarse de las ataduras de lo material, de huir de toda regla y compromiso, de estar a solas con uno mismo y con la Naturaleza?, ¿quién no se ha sentido insatisfecho tras conseguir algo que se había propuesto, pero que después resulta insuficiente en la búsqueda de felicidad?, ¿quién no ha deseado tener aventuras y experiencias nuevas que calmen la inquietud del corazón y sirvan para medir las propias posibilidades?
Y Penn se atreve a acompañarnos en el camino del aprendizaje y de la maduración personal de cualquier individuo necesita experimentar para acabar adquiriendo la sabiduría de la vida. Es la nueva vida de Chris MacCandless (interpretado por Emile Hirsch) que nos será contada en la película en varios capítulos, con saltos temporales que toman como referencia el momento en que encontró su casa en un “autobús mágico”, abandonado en la inmediaciones del bosque McKinley en Alaska, con el objetivo (lleno de idealismo) de encontrar el sentido y la verdad de la existencia. Recorremos los cuatro capítulos de la película: Capítulo 1: Mi propio nacimiento, Capítulo 2: Adolescencia. Capítulo 3: Madurez y Capítulo 4: Encuentro con la sabiduría. Y todo ello con una estructura narrativa muy literaria que es reforzada aquí por la voz en off de su hermana Carine (Jena Malone), única que realmente le comprendió y que evoca para el espectador las desventuras y anhelos de este nuevo idealista de espíritu aventurero. 
La historia puede enganchar al espectador porque está construida a partir de elementos muy físicos y de sentimientos universales, plasmada con una belleza fotográfica impresionante y con una música de tono nostálgico y lírico muy conseguida (a cargo de Eddie Vedder, el vocalista y uno de los compositores del grupo de grunge estadounidense Pearl Jam). aunque es posible que se aprecie cierta discontinuidad narrativa en algún momento. 

Cristopher McCandless es un joven norteamericano de 22 años recién graduado en la Emory University y, en contra de cualquier previsión de futuro, decidió hacer algo inaudito: dejó de lado su carrera de Derecho, donó todo su dinero ahorrado (24.000 dólares) a una ONG y abandonó a su familia (que ya hasta su muerte no tuvieron más noticias de él) y su estilo de vida para embarcarse en un largo recorrido por tierras norteamericanas (California, Oregón, Dakota del Sur, etc.) en las cuales fue tomando figura el impulso de vivir una temporada sólo en la Naturaleza, eligiendo para ello las complicadas tierras de Alaska, en una zona conocida como la Senda de la Estampida. Al llegar a estas tierras encontró un autobús abandonado a modo de refugio (el “autobús mágico”) del que hizo su morada. La realización de este proyecto le costó la vida al complicarse su salida, debido al deshielo, por la crecida del río Teklanika que le cortó el paso. La Naturaleza que debía albergarle fue, poco a poco, mostrando también su faz más hostil hasta fallecer por inanición por lo que parece que fue la intoxicación debida a la ingestión de alguna semilla tóxica. 

Estamos ante la particular odisea de un joven desconcertado interiormente, que ha perdido el norte de su existencia. Con la radicalidad del empuje juvenil, decide romper con todo al no poder seguir conviviendo con lo que le rodea: la tensa relación con sus padres, el afán de bienes materiales, las necesidades impuestas por una sociedad de consumo, etc. Chris es un magnífico estudiante y un apasionado lector, entre ellos de filósofos como Jean-Jacques Rousseau o Henri David Thoreau, o escritores como Leon Tolstói, Jack London o Boris Pasternak. Y un buen día, Chris desaparece: “La libertad y la belleza son demasiado buenas para dejarlas pasar” o, citando a Thoreau: “Ante que amor, dinero, fama… dadme la verdad”

La historia de Cristopher nos ofrece un marco más allá del psicológico, pues también nos regala otro marco de reflexión que se enmarca dentro del conflicto entre Civilización y Naturaleza y el alejamiento progresivo que para el ser humano implica la una de la otra. Para muchos resultará una tontería de un joven arrogante enfrascado en una loca y peligrosa aventura, pero quién sabe si para otros pueda acercarnos a las reflexiones de sus autores favoritos. Porque la vida del hombre como sujeto social y cultural a través de la historia nos muestra un hombre progresivamente más y más desarraigado de la Naturaleza y más sometido a las "leyes de la civilización" cuanto más esta se desarrolla, leyes que progresivamente se han ido construyendo sobre y en detrimento de la Naturaleza y de nuestra propia pertenencia a ella. Y es así como nuestro protagonista decide la soledad y el vivir con lo mínimo: “Lo único que nos brinda el mar son golpes duros y a veces la posibilidad de sentirnos fuertes. Bueno, no sé gran cosa del mar, pero sé que aquí es así y también sé lo importante que es en la vida no ser necesariamente fuerte, sino sentirse fuerte, medir tu capacidad al menos una vez, hallarte, al menos una vez, en el estado más primitivo del ser humano, enfrentarte a la piedra ciega y sorda sin nadie que te ayude, salvo las manos y la cabeza”

Es evidente que la película pone de relieve las dificultades de la relación de Cristopher con sus padres (William Hurt y Marcia Gay Harden) y sólo la relación con su hermana Carine le mantiene unido a la familia, pero a pesar de ello incluso con ella cortó todo tipo de comunicación durante estos dos años y cuatro meses que duró su aventura. Una auténtica odisea de supervivencia, huida de la civilización o road movie interior, porque nuestro protagonista es, en el fondo, un adolescente con una herida sangrante desde la infancia: desde entonces, las desavenencias y falta de cariño de sus padres, sus mentiras y planteamientos materialistas han ido metiendo presión a un espíritu sensible que ha terminado por explotar hasta huir buscando aire fresco en la Naturaleza, sin dejar señal alguna tras de sí. El último libro que tuvo oportunidad de leer nuestro joven protagonista fue Doctor Zivago y al lado de un pasaje del libro Chris anotó: "La felicidad sólo es real cuando es compartida"

Sean Penn se arriesgó con esta historia, a medio camino entre el esquema de Una historia verdadera (David Lynch, 1999) y el documentalismo de Grizzly Man (Werner Herzog, 2005), pero sin alcanzar el dominio de la imagen ni el dramatismo requerido. Pero nos quedamos con la honesta interpretación de los autores, su fotografía, su música y su mensaje, próximo al “autobús mágico”. Y al final: ”En memoria de Christopher Johnson McCandless, 12 febrero de 1968 a 18 de agosto de 1992. Dos semanas después de su muerte le encontraron unos cazadores en el autobús. Este autorretrato estaba en su cámara. El 19 de septiembre de 1992 Carine McCandless voló con las cenizas de su hermano desde Alska al este. Las llevó en el avión con su mochila”

Y nos queda su mensaje, mensaje en busca de la identidad: “Si quieres algo en la vida, ve a por ello”.