Mostrando entradas con la etiqueta transexualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta transexualidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (853) “La misteriosa mirada del flamenco”… y de la transexualidad y el sida

 

Cuando uno lee el título de esta reciente película, La misteriosa mirada del flamenco (Diego Céspedes, 2025), puede interpretar que se trate de una película española alrededor de ese baile típicamente andaluz que ha adquirido el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Pero nada de eso, sino que es una película chilena que hace referencia al flamenco como ave y cuyo peculiar título tiene un significado muy descriptivo y que analizaremos más adelante. 

La misteriosa mirada del flamenco es la ópera prima de su director y ya ha tenido una recepción muy destacada en festivales, con diversos galardones, incluido la selección para representar a Chile en los Óscar como mejor película internacional, así como mejor película de Un certain regard del Festival de Cannes, premio que reconoce el talento joven y fomenta obras innovadoras y atrevidas. Y a buen seguro que este sí que es un film innovador y atrevido, pues adquiere el aspecto de un western en una fábula queer sobre deseo, miedo y comunidad bajo los ojos de una adolescente, historia ambientada en un pueblo minero en el desierto de Atacama, el lugar más seco del planeta y situado en el norte de Chile a comienzos de los años 80. Una peculiar película definida como un neowestern, un relato de iniciación y un melodrama queer con componentes de realismo mágico, y que se suma a otros títulos de estos premios Un certain regard que ya forman parte de Cine y Pediatría y que fueron revisadas al hablar de la película británica How to Have Sex (Molly Manning Walker, 2023), ganadora de este galardón dos años antes.  

“Norte de Chile, año 1982”. Así comienza esta historia y ya nos marca el contexto geográfico y temporal. Y nos presenta a nuestra protagonista, Lidia (Tamara Cortés), una niña de 11 años que crece en el seno de una particular comunidad queer marginada en el borde de un desagradable y polvoriento pueblo minero. Allí vive con un grupo de travestis y transexuales que forman parte de la bizarra diversión de los mineros del lugar y donde pronto nos aparece la primera reflexión: “Por cada maricón infectado aquí en la cantina aparecen 20 mineros infectados en el pueblo. En la cantina habemos cuatro infectadas vivas y dos que ya nos dejaron… Y eso da un total de…”. Y es que la comunidad les culpa de una misteriosa enfermedad que está empezando a propagarse, y de la que se dice que se transmite a través de una sola mirada, cuando un hombre se enamora de otro. Estamos en los inicios de la aparición del sida en el mundo, pero de momento aquí solo es una superstición, donde Lidia se enfrenta a en un entorno marcado por la violencia, el prejuicio y el miedo colectivo, donde la familia queer es su único refugio y el amor podría ser el verdadero peligro. 

Es esta una cantina regentada por Mamá Boa (Paula Dinamarca, verdadera actriz trans), quien puso a sus “chicas” nombre de animales: Leona, Piraña, Estrella, Flamenco… Y acabamos conociendo cómo Flamenco (Matías Catalán), la preferida de lugar, se encontró a Lidia abandonada a la puerta del local y prometió ser su madre y cuidarla. 

Se suceden las escenas que no dejan indiferentes, como el patético concurso de Miss Alaska, donde siempre ha ganado Flamenco y nos canta la canción “Ese hombre” de Rocío Jurado, un momento que no es ajeno a esa dualidad (animal y baile) del título de la película… En ese momento se nos presenta la provocativa aparición de quien fuera su pareja, Yovani (Pedro Muñoz), y que le pregunta “¿Te enamoraste de un hombre de 21 años, así como yo?”… hasta que todas le dan una paliza para que salga del local. Pero aires de venganza acaban con la vida de Flamenco, momento en el que Lidia recuerda las palabras de su madre: “Yo no me quiero ir de esta vida culeado siendo un secreto, hija”. 

“Lava que lava. Al maricón no hay que mirar. Lava que lava. La peste te va a pegar. Lava que lava. Los ojos hay que tapar. Lava que lava. El maricón te va matar”, es la canción que repiten los mineros cuando las ven pasar y evitan su contacto visual. Lidia intenta entender lo que está ocurriendo, y cómo ocurrió el contagio de la “peste”: “¿Y por qué el hombre se enamora si es tan peligroso?”, pregunta Lidia a su amigo Julio, y este le responde: “Yo creo que porque cazar y ser cazado es inevitable para todos los animales”. Y las chicas trans le dicen que esa “peste” era como una maldición frente a los mineros, pero siguen sus dudas: ”Y si era frente a los mineros, ¿por qué se enfermaron ustedes?”. 

Pasa el tiempo y vemos los estigmas cutáneos que dan nombre a la supuesta “peste”: el sarcoma de Kaposi tan identificativo de los inicios del sida. Así lo vemos en Yovani, quien fallece como un apestado más (aunque Lidia imagina su final con una onírica escena del más clásico Far West). Así lo percibimos también en Mamá Boa, quien antes se casó con Clemente (Luis Dubó), uno de los mineros… No es difícil imaginar que la promiscuidad y la transexualidad, la falta de conocimientos sobre la infección, los mecanismos de transmisión y los medios preventivos, hicieron que el sida campara a sus anchas. 

Y con ese devenir de los hechos, deciden enviar a Lidia a la ciudad. Y la vemos alejarse en el coche por ese seco horizonte, con ese aroma de western una vez más… Pero es difícil para ella romper con su pasado, mientras suena al final la canción “Rara avis” de Florencia di Concilio, compositora uruguaya de música para cine. 

Y sí, es una rara avis ese flamenco y esta historia… Porque La misteriosa mirada del flamenco es un título simbólico con varios niveles de lectura: Flamenco es el nombre de una de las figuras centrales de esa familia queer, a la que Mamá Boa llamó así por sus piernas largas y delgadas, y la “mirada” remite al rumor que circula en el pueblo: que la enfermedad o el deseo se contagian incluso con el simple acto de mirar; y donde la palabra “misteriosa” alude a ese clima de superstición, miedo y desconocimiento que rodea a la comunidad del filme, ese misterio social de cómo el prejuicio transforma el amor, el cuerpo y la diferencia en algo temido y casi sobrenatural. Y también aporta una dimensión poética: porque el flamenco es un animal bello, frágil y extraño, muy coherente con el tono del relato, que mezcla dureza, ternura y mito. En conjunto, el título resume muy bien la película: es una historia sobre cómo una comunidad marginada es observada, juzgada y convertida en leyenda por quienes la rechazan. Al mismo tiempo, reivindica la potencia de esa misma mirada cuando nace desde el afecto, la familia elegida y la supervivencia compartida. 

Una película que funciona como una alegoría del estigma vinculado al VIH/sida y del pánico moral que se construyó alrededor de la disidencia sexual. En vez de centrar la violencia en el arma clásica del western, la desplaza hacia la mirada como símbolo de deseo, contagio imaginado y persecución social. También pone en primer plano la idea de familia elegida, el cuidado comunitario y la ternura como formas de resistencia frente a la exclusión. Y donde afloran tres enseñanzas principales: que el miedo social a la diferencia suele producir más daño que la propia amenaza real, que la identidad y el afecto pueden construir refugios colectivos incluso en contextos de hostilidad extrema, y que la infancia permite mirar la violencia con una mezcla de inocencia y lucidez que vuelve más fuerte la denuncia moral. Lo más interesante de la película es cómo reescribe el western desde una sensibilidad disidente, sustituyendo la épica viril por una ética del cuidado. El desierto de Atacama no aparece solo como paisaje, sino como espacio de soledad, belleza y vulnerabilidad, reforzando el tono emocional del relato. 

Ya hemos hablado del sida ya desde varias miradas y filmografías, como la estadounidense Kids (Larry Clark, 1995), la sudafricana Yesterday (Darrell James Roodt, 2004) o la española Romería (Carla Simón, 2025). Y ahora vemos la visión desde La misteriosa mirada del flamenco, una obra se presenta como un debut muy sólido, visualmente poderoso y con una ambición poética que refuerza el cine chileno.

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Terapia cinematográfica (18). Prescribir películas para entender la transexualidad en la infancia y adolescencia


La transexualidad, entendida como la disonancia entre la identidad de género de una persona y el sexo que le fue asignado al nacer, es un tema complejo que ha ganado visibilidad y comprensión en las últimas décadas. No se trata de una elección o una enfermedad mental, sino de una parte intrínseca de la identidad de una persona. La OMS dejó de considerarla un trastorno mental en 2018, reclasificándola bajo "condiciones relacionadas con la salud sexual". Las personas transexuales no se identifican con su sexo biológico, y desean vivir y ser aceptadas como miembros del sexo opuesto. Cuando ello se acompaña de angustia, ansiedad y malestar, se habla de disforia de género (para reconocer la angustia que puede causar la incongruencia) como una condición médica que requiere atención, no un problema psicológico. 

El proceso de las personas trans es un camino personal y, a menudo, conflictivo, marcado por una significativa presión social, estigmatización, discriminación y, en muchos casos, violencia. Esto puede generar graves problemas de salud mental como depresión, ansiedad, autolesiones e ideación suicida. El apoyo familiar y social juega un papel crucial en la mitigación de estos riesgos. 

Y también debe ser bien entendido por la Pediatría y los pediatras, pues es un camino que muchas veces comienza ya en la infancia y adolescencia. La Guía para la atención del adolescente LGBTI publicada por Academia Americana de Pediatría en el año 2013 ya recomendaba tres puntos razonables: 1) que los pediatras sean receptivos y den la bienvenida a todos los jóvenes, independientemente de su orientación sexual; 2) que los pediatras conozcan y estén disponibles para responder preguntas y corregir la información errónea acerca de ser lesbiana, gay, bisexual, travesti, transexual, transgénero o intersexual; 3) que los pediatras se familiaricen con las organizaciones locales y nacionales que sirven a los jóvenes de minorías sexuales y sus familias. 

Históricamente, el cine ha perpetuado estereotipos negativos y, en el mejor de los casos, ha relegado a los personajes trans a un segundo plano. Sin embargo, en las últimas décadas, se ha observado un cambio significativo hacia representaciones más matizadas, auténticas y protagonizadas por personas trans. El objetivo final es normalizar la identidad trans y mostrarla como lo que es: una parte natural y digna de la experiencia humana, más allá del drama, la tragedia o la patología. 

Y este mismo recorrido hoy lo vamos a realizar a través de aquellas películas sobre la transexualidad donde la infancia y adolescencia tienen un especial protagonismo. Y desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales alrededor de la transexualidad en la infancia y adolescencia. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999), para reivindicar el respeto a las personas transgénero y no tener que llorar por la transfobia. 

- 3 generaciones (About Ray (3 Generations), Gaby Dellal, 2015), para reconocer (y respetar) el arco iris entre las distintas generaciones familiares. 

- Girl (Lukas Dhont, 2018), para entender que el cuerpo puede ser la cárcel en el proceso de tránsito, y brotan heridas. 

- Lola (Lola vers la mer, Laurent Micheli, 2019), para comprender la importancia de la superación de prejuicios y la reconciliación familiar en la transexualidad de un hijo o hija. 

- Una niña (Petite fille, Sébastien Lifshitz, 2020), para entender el amor incondicional de una familia que lucha por la felicidad de su hija trans desde su infancia. 

- Gabi, de los 8 a los 13 años (Gabi, 8 till 13 år, Engeli Broberg, 2021), para viajar de la infancia a la adolescencia, de la transición a la aceptación. 

- 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023) , para abrazar la luminosidad de la infancia trans en la compresión de la identidad de género. 

Siete películas argumentales para entender la transexualidad y favorecer el camino de transición desde la infancia y adolescencia, un aspecto sobre el que se ha avanzado mucho, pero donde aún resta mucho por caminar. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro. 

sábado, 27 de septiembre de 2025

Cine y Pediatría (820) Un viaje documental trans “Hacia mi nombre”

 

Las películas sobre personas trans, a lo largo de la historia del cine, han evolucionado desde representaciones a menudo distorsionadas y estereotipadas hasta convertirse en una herramienta poderosa para la visibilidad, la empatía y el cambio social. El cine trans ha ayudado a sacar a la luz a una comunidad históricamente marginada, lo que contribuye a normalizar su existencia, pues el espectador puede entender mejor sus luchas, alegrías, miedos y esperanzas, lo que fomenta la empatía y derriba prejuicios. Es un cine que muestra la diversidad de identidades y la complejidad de la vivencia de género, cuestionando el binarismo. Y un paso más allá lo tenemos con las películas documentales, pues conllevan estos aportes a un nivel más profundo y directo, al dar una dimensión de realidad y testimonio que el cine de ficción, aunque valioso, no puede replicar del todo. 

Los documentales, por su propia naturaleza, suelen dar la palabra directamente a las personas trans y a sus familias, donde se abordan las problemáticas sociales y políticas que enfrenta la comunidad trans, como la discriminación laboral, la violencia, la transfobia institucional o las barreras legales. Un enfoque que contrasta con la historia del cine de ficción, donde a menudo los roles trans eran interpretados por actores cisgénero, perpetuando estereotipos. El formato documental es una herramienta educativa muy poderosa, pues pueden ser utilizados en centros docentes o foros para sensibilizar y educar a la población sobre las realidades trans, desmintiendo mitos y proporcionando información veraz sobre temas como las infancias trans o los procesos de transición, así como un gran diversidad de experiencias que pueden enriquecer la comprensión del público. 

Ejemplos de películas documentales sobre la transexualidad proceden de muy diversos países. Sirvan de ejemplo las siguientes películas estadounidenses: Suited (Jason Benjamin, 2016), la visión de la trastienda de la sastrería de Brooklyn especializados en confeccionar ropa para personas transgénero; La vida y muerte de Marsha P. Johnson (David France, 2017), alrededor de esta activista trans; Disclosure: Ser trans en Hollywood (Sam Feder, 2020), donde se examina la representación trans tanto en el cine como en la televisión; Man Made (T Cooper, 2018), centrada en el único campeonato de culturismo transgénero en el mundo; Haciendo la calle (Zackary Drucker, Kristen Lovell, 2023), la historia de prostitutas transgénero en un barrio de Nueva York; etc. 

Pero también encontramos ejemplos en otras latitudes. Sirvan de ejemplo la película española Vestida de azul (Antonio Giménez Rico, 1983), sobre seis transexuales en la España de los ochenta; la película portorriqueña Mala Mala (Antonio Santini, Dan Sickles, 2014), sobre el poder de transformación contado a través de los ojos de nueve personas trans en Puerto Rico; la película argentina Reina de corazones (Guillermo Bergandi, 2016), la historia de diez mujeres trans que pertenecen a una cooperativa de teatro, quienes, por medio del arte, pretenden visibilizar sus luchas y realidades; las películas brasileñas Laerte-se (Lygia Barbosa, Eliane Brum, 2017), una de las viñetistas más brillantes de Brasil, quien tras pasar casi 60 años viviendo como hombre, decide mostrarse ante el mundo como mujer, e Indianara (Marcelo Barbosa, Aude Chevalier-Beaumel, 2019), sobre esta revolucionaria en defensa de las personas transgénero; las películas colombianas Wërapara (Claudia Fischer, 2022), sobre mujeres trans indígenas en ese país, y Alma del desierto (Monica Taboada Tapia, 2024), sobre una mujer transgénero wayúu al final e su vida; las películas mexicanas Las flores de la noche (Eduardo Esquivel y Omar Robles, 2020), alrededor de un coreógrafo trans que forma comunidad con las juventudes de su localidad, La felicidad en la que vivo (Carlos Morales, 2020), basada en una mujer trans de 87 años que sueña con crear un hogar de ancianos para la comunidad LGBTTI + de personas mayores, y Kenya (Gisela Delgadillo, 2022), activista trans que se enfrentó al sistema de justicia de México tras el asesinato de su mejor amiga,… 

Y la infancia y adolescencia trans es protagonista de alguno de estos documentales, como los siguientes títulos: Real Boy (Shaleece Haas, 2016), la historia del rito de iniciación de Bennett Wallace, un adolescente transgénero en búsqueda de su propia identidad como músico, amigo, hijo y hombre; Transhood (Sharon Liese, 2020), filmado durante más de cinco años en la ciudad de Kansas, donde se sigue a cuatro niños transgénero, a partir de los 4, 9, 12 y 15 años, mientras se acercan o pasan por la adolescencia; o La vida soñada de Georgie Stone (Maya Newell, 2022), que sigue la andadura de niña a adolescente de esta activista por los derechos de las personas trans. Y entres estos, ya algunas de estas películas documentales forman parte de Cine y Pediatría y han sido analizadas: They (Anahita Ghazvinizadeh, 2017) desde Qatar; Me llamo violeta (David Fernández de Castro, Marc Parramon, 2019) desde España; Una niña (Sébastien Lifshitz, 2020) desde Francia; y Gabi, de los 8 a los 13 años (Engeli Broberg, 2021) desde Suecia.   

Y hoy llega la película italiana Hacia mi nombre (Nicolo Bassetti, 2021), otro genuino ejemplo de que es posible visibilizar a las personas del colectivo LGTBIQ+, así como mirar con ellas, en lugar de mirar hacia ellas. El milanés Nicolo Bassetti no solo es director, sino también productor, guionista y fotógrafo de este relato coral donde los cuatro jóvenes trans (Leonardo, Raffaele, Nicolò y Andrea) comparten con la audiencia fragmentos de su vida en Bolonia junto con sus respectivas parejas. Un proyecto personal que en realidad es un regalo a su hijo trans, quien le asesoró durante el rodaje. Y la película se ha promocionado porque Elliot Page se ha constituido en padrino de honor por sus buenas críticas a este documental: “Nunca he visto una película como esta, no puedo esperar a compartirla con vosotros”. Recordemos que Elliot Page es una actor trans que se declaró como tal en el año 2020, pero que antes nos dejó como Ellen Page películas tan significativas como Hard Candy (David Slade, 2005) y Juno (Jason Reitman, 2007).   

Una película que comienza con este texto: “2017. Extracto de una sentencia del Tribunal de Milán. En nuestro ordenamiento jurídico no hay cabida para un tercer género que contemple la presencia de caracteres sexuales primarios y secundarios tanto masculinos como femeninos, por mucho que ampliemos la definición de ser humano”. Y Hacia mi nombre nos cuentan la historia de su transición de género, experiencias diferentes en cada uno de ellos, pero que les ayuda a entenderse y a sentirse menos solos. Los cuatros nos comparten sus reflexiones más profundas, como la elección de sus pronombres, la terapia hormonal, las decisiones sobre la cirugía y el trato con las instituciones. Porque en el sistema estrictamente binario en el que vivimos, la decisión de determinar la propia identidad de género se convierte en un acto de subversión, y así lo expresa uno de ellos al comienzo: “Una transición de género es uno de los actos inofensivos más subversivos“. Pero el documental también hace hincapié en la diversidad de identidades, en esa heterogeneidad de personas que conforman el colectivo trans y que, por lo tanto, no se les puede englobar a todas bajo la misma etiqueta. Algunas querrán hormonarse, otras no. Algunas querrán operarse, otras no. El único denominador común que comparten es que quieren ser felices mostrándose tal y como son, pudiendo expresar su identidad de género sin miedo a ser juzgadas u oprimidas. 

Una película de historias personales, de voces que deben ser escuchadas. He aquí algunas de esas reflexiones: 
Nicolò/Nico nos explica: “Para pedir el cambio legal del nombre, debo tener un informe psicológico y un informe endocrinológico. Cuando los tenga, puedo ir a un abogado y pedirle que solicite el cambio de nombre y el permiso para las posible operaciones quirúrgicas”. 
Raffaele/Raffi nos confiesa: “Este tipo de expectativas de género que percibía antes al ser unachica atípica, pero que se rebelaba contra esa clase de prisión, es algo que todavía percibo, ya que cualquier desconocido me ve como un chico. La gran contradicción es que antes era demasiado masculino, es decir, como chica no encajaba en los cánones femeninos, y ahora no soy suficientemente masculino para los cánones. Antes era demasiado, ahora no soy suficiente. Así que, sea como sea, nunca encajo”. 
Leonardo/Leo expresa: “He vivido 30 años como mujer y quiero vivir el resto con mi nuevo nombre. El nuevo nombre, que se elige y se anuncia, no el amuleto de una presunta masculinidad. Es un proyecto de vida, una esperanza. Una combinación de sonidos que, cuando alguien lo pronuncia en alto, te recuera todo lo que siempre has sido”. 

La identidad de nuestros cuatro protagonistas no solo se ve conformada por su género, sino por todas las piezas que han ido recogiendo en el camino de sus vidas. Los cuales son reconocidos por su nombre, aquel que ellos mismos han elegido tener. Porque lo que no se nombra, no existe. Pero la existencia nunca debe ser impuesta, sino siempre construida y elegida por una misma. 

La película finaliza con un largo colofón donde se describe cuál ha sido el futuro posterior de cada uno de nuestros cuatro protagonistas. Y se remata con estos datos para la reflexión: “Las personas trans representan alrededor del 1% de la población mundial, es decir, casi 80 millones de personas. En ningún lugar del mundo tienen los mismos derechos que los demás ciudadanos. Al contrario, se les discrimina de forma sistemática. En muchos países, se enfrentan a la cárcel y a la muerte”.

 

sábado, 13 de septiembre de 2025

Cine y Pediatría (818) “They” y el género fluido



El género fluido (genderfluid) describe a personas cuya identidad de género no es fija, sino que cambia y fluctúa con el tiempo, entre dos o más géneros, o de maneras más complejas, pudiendo ser hombre, mujer, ambos a la vez, o ninguna de las dos, sin un patrón predecible o definido. Esta identidad está dentro del paraguas no binario, se distingue de la orientación sexual, y representa la idea de que el género no tiene por qué ser estático ni limitado a dos opciones. El término "fluido" se usa para hacer una analogía con las características de los fluidos, que están en constante movimiento y no tienen una forma fija, al igual que la identidad de género de una persona genderfluid y sus características: la fluctuación de identidad (a diferencia de algunas identidades no binarias más estáticas), el espectro de género y su expresión (cómo la persona se viste, se comporta, etc.) que también puede cambiar según el momento, lo cual es diferente a la orientación sexual (que es la atracción emocional y sexual hacia otras personas). 

En el amplio espectro de las sigkas LGTBIQ+, son muchas las películas que abordan la homosexualidad (masculina o femenina) y la transexualidad, pero escasas aquellas en las que se debate sobre el género fluido. Se pueden rescatar la reciente película documental canadiense La verdad sobre el género fluido (Michelle Mama, 2024), y quizás se acerque algo la película Tomboy (Céline Sciamma, 2011), una historia alrededor de Laure, niña de 10 años que, al mudarse de domicilio, se presenta como Michael, explorando la fluidez de género desde la infancia. Pero la que sin duda mira de frente al género fluido de frente es la película They (Anahita Ghazvinizadeh, 2018), puro cine independiente y ópera prima de su directora, film coproducido entre Catar y Estados Unidos y que ha tenido el madrinazgo de Jane Campion, la directora y guionista neozelandesa que no deja indiferente con obras como Un ángel en mi mesa (1990), El piano (1993) o El poder del perro (2021).  

They lleva el subtítulo de “historia íntima de cómo llegar a casa” y continúa la estela ya iniciada por esta directora iraní, Anahita Ghazvinizadeh, en el cortometraje Needle (2013), donde tuvo como mentor a Abbas Kiarostami, y ya mostraba su interés por cuestiones de identidad de género desde la perspectiva de los más jóvenes. Porque They nace de la voluntad de seguir explorando esta misma temática sirviéndose de la historia de J (Rhys Fehrenbacher), joven protagonista de 14 años que se encuentra inmerso en una constante lucha interna por ubicarse a sí mismo dentro de un género y al que todos se refieren en plural; así, en lugar de definirlo como “he” o “she”, en inglés, se refieren a J –nombre sin género - usando el pronombre “they”. Cabe recordar que en el momento de la producción, Rhys Fehrenbacher, que interpreta a J, estaba en proceso de transición como hombre trans; y la directora le conoció en Chicago mientras investigaba sobre la población transgénero en esa ciudad. 

En They todo ocurre en un fin de semana y se nos exponen retazos de la historia de J de forma intimista, con una clara intencionalidad de dejar ver al espectador sin aleccionarlo, sin evidenciar sentimientos ni situaciones mediante un juego constante con planos fijos de los que el personaje escapa, o situándonos en la posición de un observador distante. Y vamos descubriendo que J es un adolescente de género fluido que lleva tratamientos hormonales para retrasar la pubertad y que, tras dos años de seguimiento médico y terapéutico, debe decidir su identidad futura. Cuando sus padres se marchan un fin de semana, su hermana mayor Lauren y su novio iraní Araz acuden para cuidar de J durante esos días que podrían cambiar su vida. 

Conocemos a Lauren, con vocación de artista y actriz, y Araz, fotógrafo de profesión y que convive en esos días con su dolor de muelas. Vemos como J pasa tiempo en el invernadero cuidando sus plantas y flores. Y cómo en algún paseo con su hermana le explica parte de su camino y los consejos de algún profesional: “Dijo que debía coger una hoja de papel y escribir cada mañana al levantarme como: chica, chica, chico, chico, chica. O escribir O de chico y A de chica, o vació si no lo sabía. Y luego lo cuentas a final de mes”, y de alguna forma acabamos por entender ese papel que vemos varias veces con recuadros y cruces con O, A y algunas casillas sin completar. Aún así, está confuso y preocupado: “Ojalá me pudiera quedar en chico. No sé si quiero crecer y convertirme…”. 

Una parte sustancial de la trama se circunda en la fiesta de la familia iraní de Araz, donde el farsi y las costumbres del país se reflejan con cierto asombro en las caras de Lauren y J, un ambiente que la directora conoce bien. Araz prepara su boda para poder obtener los documentos de residentes en Estados Unidos. Es una parte de la película que pueda llegar a desconcertar, pues parece alejarse del núcleo narrativo y de nuestro adolescente, para mezclarnos temas como la interacción entre culturas y las leyes de extranjería de Estados Unidos o el acceso a la sanidad. De hecho, posteriormente pasamos a la consulta que J tiene en el hospital y las palabras del doctor: “Creo que ahora es el momento de pensar en el siguiente paso, Asegurarnos de que tomamos la decisión correcta, y debes estar tú y tus padres para tomas esa decisión. Creo que el proceso ha ido bien. Has tenido tiempo para pensar, trabajar las decisiones que enfrentar. Pero los resultados de la densidad ósea son bajos. No es preocupante, pero vemos que están más bajos de lo que me gustaría. Hay que pensar en el siguiente paso. Cuando añadimos más hormonas, podemos reducir la dosis de bloqueador. Pero creo que debemos pensar qué dirección tomar desde aquí”. 

Regresan los padres. Y reaparece la voz en off de nuestro protagonista con esa poesías de fondo y la frase recurrente: “Dime cuántos años tengo…”. Un final distante, evanescente, delicado, diferente… como J. 

Por cierto, cabe indicar la sorpresa que una directora iraní y una película coproducida desde Catar, dada la intransigencia religiosa que define a ambos países, aborde este tema. Aunque se puede apuntar que la transexualidad está más aceptada y extendida en Irán que en muchos países occidentales, situación realmente paradójica, pues mientras la transexualidad cuenta con cierto reconocimiento legal, la homosexualidad es severamente castigada. Esta decisión se basa en Irán en base a la idea de que la transexualidad es una condición médica, una especie de "desorden de nacimiento", no una orientación sexual, mientras que la homosexualidad la consideran una perversión. Como resultado, Irán se ha convertido en uno de los países donde se realizan más cirugías de reasignación de sexo, junto con Tailandia. El gobierno incluso puede ofrecer asistencia financiera para estos procedimientos. Pero, a pesar del reconocimiento legal, las personas transgénero se siguen enfrentando en esos países a una gran discriminación social y falta de protección de los derechos humanos… Mucho que caminar aún. Mucho que fluir por la vida…

 

sábado, 6 de septiembre de 2025

Cine y Pediatría (817) “Gabi, de los 8 a los 13 años”, años de transición hacia la aceptación

 

Seguimos con películas alrededor de la transexualidad. Hace dos semanas hablamos de la película documental francesa Una niña (Sébastien Lifshitz, 2020) y hoy lo hacemos con la película documental sueca Gabi, de los 8 a los 13 años (Engeli Broberg, 2021) y que está disponible en dos versiones distintas: una de 50 minutos, especialmente recomendada para la infancia, y otra de 77 minutos, donde se amplía la historia de Gabi. Y en esta última nos centramos. 

Comienza con un adolescente enterrando una caja metálica (curiosamente con el logo del Real Madrid) y su voz en off: “Hola, Gabi del futuro. Ahora tengo 13 años y acabo de hacer sexto. Tengo un par de consejos para ti. Nunca dejes de jugar al fútbol, por mucho que te cueste, y deja de preocuparte por lo que los demás piensen de ti. Espero que sigas teniendo el valor de seguir siendo tú, aunque seas diferente a los demás. Gabi, 13 años”. Y a partir de aquí retrocedemos cinco años y se nos presenta a Gabriela (Gabriela Fletcher) con 8 años, vive en Estocolmo con su madre Tracy, que es inglesa y profesora de inglés, y su pareja sueca, Thomas; nos dice que su padre biológico es italiano, pero nunca lo ha conocido. 

Gabriela Jude Fletcher simplemente quiere ser Gabi. Un deseo que parece sencillo, pero que no lo es. Gabi se siente diferente. En sus 8 años de vida, decir las cosas claras nunca le ha supuesto ningún problema. Pronto se tienen que trasladar a Dalarna, una pequeña población del centro del país. Y crece con su pelo corto y con pañuelo a la cabeza, su amor al fútbol, su chándal y camisetas de distintos equipos de fútbol, y su elección por la compañía de chicos, lo que nos confirma su comportamiento como una chica tomboy. Le agrada que le digan que se parece a un niño e indaga en internet como cortarse el pelo, buscando como modelo a Cristiano Ronaldo o Gareth Bale. 

Pero cuando la familia se traslada a ese pequeño pueblo y llega a la pubertad, las cosas empiezan a cambiar. Porque Gabi teme que va ser una de las próximas víctimas de la menarquía, según nos dice: “Hay gente de mi clase que se acerca a la pubertad, pero a mí no me apetece nada, porque te crecen estas de aquí. Empiezan a crecer a los 11 o los 12 años. Yo ya tengo 11 años…”. Finalmente Tracy y Thomas se casan, aunque en el camino de la convivencia ya le han dado dos hermanos. Sigue queriendo conocer a su padre: “Le escribí una carta. Pero no se la envié nunca”. 

A través de Youtube se informa Gabi de la transexualidad y los métodos existentes para detener la pubertad, así como cuándo es posible en Suecia solicitar la cirugía de reasignación de sexo. Y así reflexiona en sus devaneos: “En el colegio ya me comporto como un niño. Llevo ropa de niño y siempre juego con los niños. Además, pongo la voz más grave…¿Eso significa que soy una niña? Si te operas para ser un niño y dejas de ser niña, ¿qué vestidos tienes que vestir?". 

Y en ese camino llega la fiesta de su 13 cumpleaños. Y poco después llega la menarquía. Y comienza a escribir en su “Carta al amigo del futuro” sus dudas de no saber si es heterosexual, lesbiana o bisexual, sobre los pensamientos acerca de su padre de verdad… y aquel mensaje que iniciaba esta historia con el “Tengo un par de consejos para ti…”. Y tras enterrar aquella caja finaliza esta historia, dejando al protagonista (y también a los espectadores) con el futuro de Gabi por escribir. 

Porque la película Gabi, de los 8 a los 13 años es un retrato íntimo y profundo de la infancia y la preadolescencia, centrado en la lucha por la identidad de género, y ello a través de un seguimiento de nuestro protagonista y su familia durante cinco años. Un niño que se enfrenta a los estereotipos de la sociedad y a la búsqueda de su propio lugar en el mundo, y que en el camino nos deja una serie de mensajes clave. El primero es la lucha por ser uno mismo en un mundo binario, donde no encaja en las normas de género preestablecidas; porque Gabi desde su infancia se siente "diferente" y se niega a ser encasillado como una niña, presión que aumenta al mudarse a una localidad más pequeña y ante el acecho de la pubertad. El segundo es la importancia del apoyo familiar, que aquí se nos muestra como un entorno familiar que, aunque con sus propias dudas y aprendizajes, apoya incondicionalmente a Gabi. El tercer mensaje es reflexionar sobre la fluidez de la identidad en la infancia, pues a lo largo de los cinco años, vemos a Gabi pasar por diferentes etapas, probando distintas formas de vestirse, de comportarse y de relacionarse con sus amigos, en ese discurrir que va de comportarse como tomboy a sentirse como transexual, y todo ello enfrentado a la diatriba entre la presión social y el deseo de pertenencia. Y finalmente, y quizás en última instancia, entender que el viaje de Gabi es un viaje hacia la auto-aceptación, desde un niño extrovertido y seguro de sí mismo hasta un adolescente más introvertido y cauteloso, para finalmente encontrar una nueva confianza al reafirmar su identidad. De ahí ese mensaje que se envía a sí mismo y entierra en la caja. 

Una película más que nos invita a la reflexión y que nos recuerda la importancia de escuchar y respetar a los más jóvenes en su camino de autodescubrimiento.

 

sábado, 23 de agosto de 2025

Cine y Pediatría (815) “Una niña” contra la transfobia

 

La semana pasada tratamos una película sobre la transexualidad procedente de Bélgica, todo un icono ya en la historia del cine: Mi vida en rosa (Alain Berliner, 1997). Y hablamos de la especial sensibilidad del cine en francés. Y buena muestra es nuestra obra de hoy, procedente de Francia, la película documental Una niña (Sébastien Lifshitz, 2020), que con un cuarto siglo de diferencia aborda el mismo tema. Aquella lo hacía desde la ficción y nos presentaba a Ludovic, Ludo, y su familia; esta lo hace desde la realidad y nos presenta a Sasha y su familia. Ambas son dos niñas trans de 7 años que han nacido en un sexo con el que no están cómodas, ambas viven en un familia estructurada con varios hermanos, ambas se parecen físicamente y en sus anhelos. 

Conocimos en Cine y Pediatría al director Sébastien Lifshitz con otra película documental y que denominé como el “boyhood” de los “coming-of-age”: Adolescentes (2019), donde se embarca en la aventura cinematográfica de acompañar durante 5 años a las amigas Emma y Anaïs, desde los 13 años hasta que cumplen 18 y en los tres entornos habituales (familia, centro escolar y amigos). Y es que su cine se caracteriza por una profunda sensibilidad y un enfoque humanista, explorando principalmente temas relacionados con la identidad, la sexualidad y la resiliencia humana, alternando tanto en el género de la ficción como en el documental, pero donde la comunidad LGTQ+ no le es ajena.  

Shasa es una niña en el cuerpo de un niño. Y así lo confiesa su madre, Karine, a un médico: “Sasha odia su colita. Sasha odia no poder tener un bebé algún día”. Y cuando tenía 4 años ya comentaba: “Mamá, cuando sea grande seré una niña”. Esto es algo con lo que Sasha lleva soñando desde su niñez. Ahora nos refleja el transcurrir de los hechos a sus 7 años de edad, con la lucha de su familia para que su identidad de género sea reconocida y aceptada. Una batalla incansable de su madre (también del padre y la implicación de sus otros tres hermanos) contra las instituciones, especialmente la escuela en una pequeña comunidad rural de Francia, que se niegan a tratar a Sasha como una niña. Karine aprecia ese rechazo entre sus compañeros, pero también  en algunos profesores y muchos padres de sus compañeros: “Es agotador tener que ir al colegio a luchar con ellos. Hay niños que la aceptan sin problemas. Me gustaría que los adultos hicieran lo mismo”. 

A través de un seguimiento íntimo, el documental muestra los momentos más tiernos y vulnerables de Sasha en su hogar, donde es plenamente aceptada, así como la frustración y la pena que experimenta cuando se enfrenta al rechazo en el mundo exterior. La cámara de Lifshitz documenta las visitas de la familia a una psiquiatra especializada, quien explica la disforia de género (hoy preferimos hablar de incongruencia de género, por dos motivos: porque despatologiza la identidad de género y porque se enfoca en la persona, no en el sufrimiento) y el proceso que Sasha necesita para florecer. Estas escenas son arrolladoras por la realidad que emanan y el buen proceder de la psiquiatra en la formación e información que proporciona: toda una lección. Destacar la buena explicación de los pasos que supone la transición a tan corta edad. 

Y en cada escena esa preciosidad de niña llamada Sasha llena la pantalla de buenos sentimientos pese a tanto sufrimiento. Una lección de resiliencia a tan temprana edad, a veces superior a la de sus padres que caen con frecuencia ante el dolor de ver que a su hija se le está pasando la infancia sin poder hacer o tener lo que desea. Escenas que nos rompen el corazón, lágrimas de Sasha que nos empapan el alma. Porque le encantan vestirse con trajes de niña y espera poder llevarlos algún día al colegio o a la actividad extraescolar de ballet. La psiquiatra y la madre convocan a una reunión para hablar de la incongruencia de género, pero no acude casi nadie, ni padres ni profesores del colegio. Más adelante visitan a la endocrinóloga, otra reunión médico-paciente espectacular al explicar cuándo y cómo detener la pubertad. Y ante tanta información, la pregunta de los padres por todo lo que se les viene encima: “¿Cómo hago que sufra lo menos posible?”. 

Pasa el tiempo y el verano, y Sasha coge más confianza. Ya ha cambiado el vestuario de su armario y ha decidido con qué ropas quedarse. Ya se ha atrevido a enseñar su habitación a su mejor amiga. La madre sigue a su lado, sabe que es la lucha de su vida, aunque es consciente de que no haga el caso que demandan el resto de hermanos. 

Tras el inicio del nuevo curso, vuelta a la ropa de chico. Hasta que, en una reunión del consejo escolar, aceptan que acuda vestida como una niña, como lo que siente. A partir de ahí, la emoción se nos desborda a todos, a los personajes y a los espectadores. Y esta reflexión final de la madre: “Estoy convencida de que todos tenemos un papel en la vida. Y creo que Sasha ha venido para cambiar la mentalidad de la gente. Y yo estoy aquí para ayudarle”. 

Porque Una niña es un retrato del amor incondicional de una familia que lucha por la felicidad de su hija. Y ello a través de un enfoque humanista y cercano, siguiendo la línea de su filmografía, en lo que es una llamada a la visibilidad y comprensión de la incongruencia de género. La película nos destaca la claridad de Sasha sobre su propia identidad frente a la incomprensión de muchos adultos: mientras ella simplemente quiere ser y vestir como se siente, los adultos complican la situación con normas y burocracia. Este contraste subraya la inocencia de la niñez y la dureza del mundo exterior, resaltando que el apoyo familiar es crucial para alcanzar la felicidad en ese camino de transición.

 

sábado, 16 de agosto de 2025

Cine y Pediatría (814) “Mi vida en rosa”, el póker de los cromosomas X e Y

 

El cine en francés casi nunca deja indiferente al tratar los temas de la infancia, adolescencia y familia, que son la base de nuestro proyecto Cine y Pediatría. Y, dentro del cine en francés, el que procede de Bélgica es especialmente contundente. Basta revisar algunos de los títulos ya vistos, comenzando por aquellos directores belgas de especial calado, como el cine sociológico de los hermanos Dardenne (Rosetta, 1999; El hijo, 2002; El niño, 2005; El niño de la bicicleta, 2011; El joven Ahmed, 2019; Tori y Lokita, 2022) y el peculiar cine de Jaco Van Dormael (Totó el héroe, 1991; El octavo día, 1996; El nuevo Nuevo Testamento, 2015). A estos nombres se han sumado otros, con temas siempre candentes: Ben X (Nic Balthazar, 2007) sobre el trastorno del espectro autista; Blue Bird (Gust Van Berghe, 2011), travesía visual alrededor del realismo mágico infantil en África; Color de piel: miel (Laurent Boileau, Jung Henin, 2012) sobre la adopción infantil; Melody (Bernard Bellefroid, 201$) sobre la maternidad subrogada y los vientres de alquiler; 9 meses (Keeper) (Guillaume Senez, 2015), alrededor de la maternidad y paternidad en adolescentes; Aves de paso (Olivier Ringe, 2015) sobre la discapacidad infantil y la amistad; Una oportunidad para ellos (Thierry Michel, Pascal Colson, 2017) y Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022), ambas sobre la educación infantil; Instinto maternal (Olivier Masset-Depasse, 2018) alrededor de la pérdida de un hijo; Un pequeño mundo (Laura Wandel, 2021) sobre el acoso escolar; Dalva (Emmanuelle Nicot, 2022) sobre la pederastia; o Close (Lukas Dhont, 2022), alrededor de las aristas de la amistad infantil.                   

Curiosamente Lukas Dhont es otro joven director al que hay que tener en cuenta y que en el año 2018 nos dejó la película Girl, basada en la historia real de Nora Monsecour, quien quería ser bailarina y se enfrentaba al problema de haber nacido en un cuerpo masculino. Al año siguiente el tema de la transexualidad también estuvo presente en Lola (Laurent Mitcheli, 2019), esa especial road movie de un padre y su hija trans por los caminos belgas (franceses y flamencos) hacia la reasignación de sexo de nuestra protagonista. Pues bien, un tema tan delicado como la transexualidad ya se fue abordado por el cine belga hace tres décadas y lo hizo con el sentido y la sensibilidad de la película que hoy nos convoca: Mi vida en rosa (Alain Berliner, 1997), un película multipremiada en su momento, incluyendo el Globo de Oro a mejor película extranjera.  

Conocemos a la familia Fabre, quienes se acaban de mudar a una nueva urbanización y han preparado una fiesta para sus vecinos. El padre, Pierre (Jean-Philippe Écoffey), la madre, Hanna (Michéle Laroque, a quien ya conocimos en su espectacular papel de repartidora de pizzas en la onírica y necesaria película Cartas a Dios, escrita y dirigida en el año 2009 por Éric-Emmanuel Schmitt) y sus cuatro hijos preparan las mejores galas de bienvenida. Y allí conocemos a nuestro personaje, el tercer hijo, por nombre Ludovic (George Du Fresne), quien aparece vestido con ropas de mujer para sorpresa de todos, propios y extraños, entre los que se encuentra el jefe de Pierre y su familia. “Tienes 7 años, Ludo. A los 7 años ya no se viste de niña aunque te parezca muy divertido”, le dice amorosamente la madre.  

Se nos muestra que el sueño de Ludovic es ser una niña (por ello lleva el pelo largo y no quiere que se lo corten), parecerse a la muñeca Pam y poder casarse con el muñeco Ben, en este caso su vecino y compañero de clase Jérôme, a la postre el hijo del jefe de su padre. Y así se lo espeta a su madre: “Nos vamos a casar cuando ya no sea un varón”. Las alertas se van disparando en la familia y, ante la insistencia, Hanna le reprende: “¡Eres un varón y serás un varón toda la vida!”. Finalmente desde el colegio le recomiendan que consulte a un psicólogo, pues su actitud está incomodando a muchos. Ludovic hace lo que puede para comportarse (torpemente) como un chico y le pregunta a su hermana mayor: “¿Qué soy, niño o niña?”; y ella le explica, como puede y con un libro: “En Biología aprendimos por qué eres un niño o una niña. XY, eres niño. XX, eres niña. Es como jugar al póker, ¿entiendes o no?”. A partir de ahí se devienen escenas divertidas para llegar a su propio conclusión de que “es un niño-niña” y que Dios le enviará pronto una X y se podrá casar con Jérôme. 

La fiesta de teatro escolar lo empeora todo, al suplantar el papel de Blancanieves, por lo que llega al director del colegio la petición de los demás padres de la clase: “Lo siento mucho, pero la conducta y los gestos de Ludovic son demasiado excéntricos para esta escuela”. Tiene que cambiar de colegio, pero las cosas no van mucho mejor, pues ahora sufre acoso escolar. Como los padres no saben cómo actuar, al final deciden que quizás permitiendo lo prohibido, esto pierda interés, por lo que le dejan acudir con faldas a la fiesta de una vecina, lo que desencadena la repulsión de los demás: el padre es despedido del trabajo, les acosan con pintadas “¡Fuera los maricas!” y la madre le acusa de ser el culpable de todo lo que está ocurriendo. Al final la madre le corta el pelo, mientras sendas lágrimas recorren la mejilla de madre e hijo. Finalmente Ludovic decide irse a vivir con la abuela materna, la única que le comprende. 

Cuando el padre consigue otro trabajo, deciden trasladarse a otra ciudad. “Esta mejor desde que nos hemos mudado. Tal vez se le haya pasado”, piensa ingenuamente Pierre. En su nueva ubicación conoce a la niña tomboy Christine, y en una fiesta y por decisión de la niña, cambiarán de disfraces: ella se pone el traje de mosquetero y él tiene que vestirse con el de princesa… A partir de ahí deviene una experiencia onírica que reconcilia a madre e hijo, dejándonos el guiño de la muñeca Pam. 

Es Mi vida en rosa una película valiente, vista ahora cuando fue estrenada, pues aborda el tema de la transexualidad con tino, sin subrayados y con dosis de inteligente humor, pues, en muchas ocasiones, los temas serios es mejor abordarlos así. Y baste recordar las palabras que la profesora de Ludovic pronuncia a su clase: “Bien, niños, escúchenme un minuto. Me gustaría hablarles de algo. Entre sus compañeros hay algunos que son diferentes a ustedes. De todos modos, todos son diferentes. Deben aprender a aceptar a todos tal y como son y a respetar a sus compañeros. A su edad todos están buscando todavía su identidad y les pido que hagan un esfuerzo”. 

Y todos debemos seguir haciendo un esfuerzo para entender la incongruencia de género. Porque la vida puede ser en rosa, en azul o en muchos colores del espectro de la luz. Una luz que va mucho más allá del póker de los cromosomas X e Y. Porque la vida no va de cromosomas, ya lo hemos dicho muchas veces, va de respeto, de amor, de compresión, de apoyo, de felicidad,…

 

sábado, 7 de junio de 2025

Cine y Pediatría (804) “La mitad de Ana”, de Sonia a Son


Es un camino no excepcional el que muchos actores y actrices den el salto a la dirección con el paso del tiempo. Y hay ejemplos dentro y fuera de nuestro país, como podemos ver en este recordatorio de aquellas óperas primas ya comentadas en Cine y Pediatría. Algunos ejemplos son Vittorio De Sica con Ladrón de bicicletas (1948), Charles Laughton con La noche del cazador (1955), Jodi Foster con El pequeño Tate (1991), Sofia Coppola con Las vírgenes suicidas (1999), Benn Afleck con Adiós pequeña, adiós (2007), Diego Luna con Abel (2014), Ewan McGregror con American Pastoral (2016), o Greta Gerwing con Lady Bird (2017).  Y en España cabe reseñar el debut en la dirección de Antonio Banderas con Locos en Alabama (1999), Achero Mañas con El bola (2000), Daniel Guzmán con A cambio de nada (2015), o Paz Vega con Rita (2024). Y hoy llega la ópera prima en la dirección de Marta Nieto con La mitad de Ana (2024), con la peculiaridad que también es guionista y protagonista, y que es la adaptación del cortometraje Son, que ella misma dirigió dos años antes. Una historia que retrata la tolerancia y la aceptación del otro en una historia que habla sobre la identidad de género en la infancia, la maternidad y el autodescubrimiento, y donde los personajes son Son, una niña que se siente niño, y su madre Ana.    

En el cortometraje Son, el papel de Ana lo interpreta la actriz Patricia-López Arnáiz y el papel de Son, de 6 años, Ale Colilla. En la película La mitad de Ana, el papel de Ana es para Marta Nieto y el papel de Son, el niño trans, aquí con 7 años, Noa Álvarez. Y es curioso que pasar la misma historia de un corto a un largometraje bien lo sabe de primera mano nuestra directora, pues participó como actriz en el multipremiado corto Madre (2017) y que se transformaría en la película Madre (2019), ambos dirigidos por Rodrigo Sorogoyen, a la postre pareja sentimental de Marta Nieto. Y para cerrar más el círculo, cabe decir que Patricia López-Arnáiz ha participado también como madre de otra niña trans en la reciente y conmovedora historia de 20.000 especies de abeja (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023).  

Pero dejemos los círculos y pasemos a dibujar la mejor línea recta de la historia que nos cuenta La mitad de Ana y que se centra en la transformación de esta madre separada, que vive cómo su hija Sonia elige ser llamado Son. Una historia que transcurre entre Madrid, donde su madre, aunque licenciada en Bellas Artes, se gana la vida como vigilante del Museo Reina Sofía, y Villajoyosa, donde vive el padre con otra pareja. El proceso de Sonia a Son es complicado para ambos padres, pero la madre lo tiene que pasar sola y debe digerir esta situación, como la pregunta de esa madre de otro hijo trans ya adulto: “Me han dicho que tu hijo está transicionando desde hace poco“. Y en el camino Son repite con frecuencia “Me duele mucho la tripa”, pues ella siente esa lucha de sus padres por su custodia, aunque los dos quieren lo mejor para Son. Y sirva de ejemplo las palabras de su madre: “Todos tenemos algo de nuestro cuerpo que no nos gustan. Pero otras que sí. Pon de tu parte y podrás ser quien quieras ser”. 

En la historia se usan dos simbologías recurrentes: el caballito de mar y el cuadro “Un mundo” de Ángeles Santos. Porque el caballito de mar es conocido por sus características biológicas únicas, que desafían las nociones tradicionales de los roles de género: es el macho quien gesta y da a luz a las crías, invirtiendo los papeles reproductivos convencionales. Esta particularidad lo convierte en un símbolo perfecto para representar la fluidez y la diversidad de la identidad de género, alejándose del binarismo. La elección de este animal subraya la idea de que en la naturaleza, y por extensión en la experiencia humana, existen múltiples formas de ser y sentir. Y eso da sentido a ese arranque de la película con la escena en la que Ana y Son liberan a un caballito de mar que se encontraba atrapado; y este acto de liberación se convierte en el reflejo premonitorio del propio proceso que Son está a punto de iniciar: el de liberarse de una identidad de género que no le corresponde para poder vivir de acuerdo con su verdadero yo. Y también el cuadro “Un mundo” aparece de forma recurrente, una de las obras del Museo Reina Sofía donde trabaja Ana y con el que la protagonista interacciona, porque este cuadro, con sus figuras cubistas y caras ocultas, sirve como una metáfora visual del conflicto interno de Ana, quien también se siente fragmentada. La obra de arte, con sus múltiples capas y facetas, refleja la dificultad de Ana para entender su propia identidad, la transición de su hija y su relación con la maternidad. Cabe decir que esta pintura, realizada con solo 17 años por Ángeles Santos, la convirtió en la pintora española surrealista que conquistó el mundo a tan temprana edad y luego quedó casi en el olvido. 

Y cuando los alumnos de la clase de Son visitan el Reina Sofía, el profesor les cuenta el realismo mágico que atesora “Un mundo”. Y Ana, cuidadora de la sala, les pregunta: “¿Qué pensáis que hay en las otras tres caras que no se ven?” Y cada niño da su respuesta, pero Son y su madre ven las figuras moverse. Luego transcurre un lapso de tiempo, en el que alguien pregunta a Ana que cómo les va este año, a lo que ella responde: “Pues iremos viendo. Sin prisa”. Fin. 

Porque esa película no se centra en la "lucha" de Son, cuya identidad es clara y firme; no hay trauma interno en el niño; solo la necesidad de ser nombrado y reconocido. El conflicto es externo: la incomprensión del padre, las dudas del colegio, y sobre todo, el desconcierto inicial de Ana. Por tanto, el verdadero viaje es el de Ana, donde la certeza de su hijo ilumina la profunda incertidumbre de ella. Se da cuenta de que su identidad se ha disuelto en su rol de madre, que es solo "la mitad" de sí misma, una mitad definida por y para los demás. A partir de aquí, la película se convierte en un fascinante espejo de identidades: mientras Son busca afirmar quién es, Ana se ve forzada a descubrir quién ha dejado de ser. Y por ello La mitad de Ana es una de las exploraciones más honestas y valientes sobre la maternidad en el cine reciente, donde se desmitifica la idea del sacrificio materno como una entrega abnegada y feliz, para mostrar su lado más oscuro: la anulación personal. Ana quiere a su hijo por encima de todo, pero el viaje que emprende es el de entender que para ser una buena madre para Son, primero debe volver a ser una persona completa para sí misma. Su amor incondicional no se mide por cuánto renuncia, sino por su capacidad de transformarse junto a su hijo. 

No es La mitad de Ana una película redonda, pero si es un viaje íntimo y transformador que nos enseña que para encontrar la mitad que nos falta, a veces, primero debemos tener el coraje de perdernos por  completo.

sábado, 21 de octubre de 2023

Cine y Pediatría (719) “20.000 especies de abejas”… abrazando la infancia trans

 

Que el cine español se declina en femenino en los últimos cinco años lo hemos recordado frecuentemente en Cine y Pediatría y sirva como ejemplo algunas películas ya destacadas: Verano 1993 (Carla Simón, 2017), Carmen y Lola (Arantxa Echevarría, 2018), La inocencia (Lucía Alemany, 2019), Las niñas (Pilar Palomero, 2020), Libertad (Clara Roquet, 2021), Chavalas (Carol Rodríguez Colás, 2021), La maternal (Pilar Palomero, 2022) o Cinco lobitos (Alauda Ruiz de Azúa, 2022), Todas ellas con éxito de crítica y público, multipremiadas, muchas con el Goya a mejor director novel (directora, claro está, en todas ellas). Y hoy llega una de las grandes (y agradables) sorpresas de este año con 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023). 

Es 20.000 especies de abejas un poético título para un realista, conmovedor y luminoso retrato sobre la búsqueda de la identidad de una niña trans de 8 años y por el que la joven actriz vasca Sofía Otero hizo historia en la Berlinale de 2023, pues se ha convertido en la actriz más joven en ganar el Oso de plata a la mejor interpretación femenina. Es inolvidable su papel como Aitor/Lucía/Cocó. 

Cocó es el apodo con el que le llama su familia y reconoce que no encaja en las expectativas del resto y no entiende por qué. Todos a su alrededor insisten en llamarle Aitor, pero no se reconoce en ese nombre ni en la mirada de los demás; porque quiere ser y llamarse Lucía. Su madre Ane (Patricia López Arnaiz), sumida en una crisis profesional y sentimental, aprovechará las vacaciones para viajar con sus tres hijos a la casa materna en el pueblo, donde reside su madre Lita (Itziar Lazkano) y su tía Lourdes (Ane Gabarain), una familia estrechamente ligada a la cría de abejas y la producción de miel. Será un verano que cambiará sus vidas, la de las tres generaciones: la de Aitor/Lucía/Cocó, la de su comprensiva pero desorientada madre y la de su conservadora abuela. Tres generaciones enfrentándose a sus dudas y temores en relación con la transexualidad, con renuncias del pasado e interrogantes del futuro, algo que ya vimos de alguna manera en la película estadounidense 3 generaciones (Gaby Dellal, 2015). 

A su temprana edad, Aitor/Lucía/Cocó tiene muchas dudas, y así se confirma durante la película con las preguntas a su abuela (“¿Por qué soy así…?”), a su hermano mayor (“¿Tú crees que cuando estaba en la tripa de mama algo salió mal?”) o a su madre (“¿Yo me puedo morir para nacer otra vez siendo chica?”). Y mientras su madre pasa una gran parte del tiempo en el taller trabajando en sus esculturas de cera, Aitor lidia con su enuresis nocturna, su vergüenza al acudir a la piscina sin ropa, su oposición a que le corten el pelo,.. Y escucha a todos los que están a su alrededor, como esos consejos de un abuelo del pueblo: “La fe es un convencimiento de algo, pero que uno siente aquí dentro y por eso tira para adelante. Es como tener una certeza. Es una convicción de algo en lo que crees… La fe va más allá de lo que pueden ver nuestros ojos físicos, ¿entiendes?”. Y a tan joven edad, parece que sí lo entiende. 

El trato a la transexualidad de nuestro joven protagonista es sutil y respetuoso. Sus preguntas, su comportamiento, su pelo largo, sus uñas pintadas, la comprensión de su madre, las advertencias de la abuela ante los dimes y diretes de la gente del pueblo (“Ponle límites, ponle límites… No ves que eres tú el que le estás haciendo especial, consintiéndole absolutamente todo”). Y ese significativo cambio de bañadores en la poza del río con su amiga, a la que le confiesa que ”Mi verdadero nombre es Lucía”, la misma amiga que le expresó este bello pensamiento: “Mi abuelo dice que hay muchas especies de abejas y que todas son buenas”. 

Se ve representado Aitor por las sirenas, y aunque la madre le intenta hacer ver que no hay diferencia entre chicos y chicas (“Las sirenas son parte de la imaginación y la imaginación también es parte de la realidad”), el resto de la familia se percata de esa situación que está viviendo. El padre cree que le han consentido demasiado. La madre cree que no han sabido ver lo que pasaba. Y la escena de la fiesta familiar en que Ane accede a que Aitor se vista como una niña, es clave: porque finalmente el pequeño se quita el vestido y ello para evitar el enfado del padre y la tristeza de la madre. Desaparece en la fiesta y le buscan todos desesperadamente alrededor del río; todos gritan Aitor y en un momento dado, su hermano y su madre le llaman Lucía, para que aparezca. 

Y el final de 20.000 especies de abeja tiene el mismo sentido y sensibilidad que el resto de la historia. Una historia que cabe ver en versión original, para vivir ese bilingüismo entre el vasco y el español de sus protagonistas. Y por ello esta película entra por la puerta grande del buen cine, cine en español (y vasco) declinado en femenino. Cine alrededor de la transexualidad, pura poesía con un tema que en nuestra cinematografía patria ya lo hemos comentado previamente en otras dos películas, si bien estas de carácter documental: El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) y Me llamo Violeta (David Fernández de Castro y Marc Parramon, 2019). 

Porque 20.000 especies de abejas abrazan la infancia trans con la suma de un buen guion y dirección de Estibaliz Urresola Solaguren y una gran interpretación coral, con el destacado lugar de Sofía Otero. Una película que combina con identidad la prosa y la poesía cinematográfica para abordar la identidad de género, pues como nos advierte uno de los personajes, “lo que no tiene nombre, no existe”.

 

sábado, 9 de octubre de 2021

Cine y Pediatría (613). “Lola” y su unicornio por estrella

 

La transexualidad y las personas transgénero han tenido su espacio en Cine y Pediatría, en algunas películas abordando historias reales llevadas a la ficción, en otras planteando una ficción tan real como la vida misma. Desde la filmografía de Estados Unidos hemos podido comentar Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999),  Transamérica (Duncan Tucker, 2005),  3 generaciones (Gaby Dellal, 2015) y  Jake (Silas Howard, 2018). Desde la filmografía española la icónica película El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) y  Me llamo Violeta (David Fernández de Castro y Marc Parramon, 2019).  Y desde Bélgica tuvimos la oportunidad de disfrutar de Girl (Lukas Dhont, 2018)  y hoy llega Lola (Laurent Micheli, 2019), dos películas que nos vuelven a reafirmar sobre la altura del cine en francés. 

Porque si Transamérica fue una simpática “road movie” entre una madre trans y su hijo en un viaje por la América profunda, Lola se nos presenta como una impactante “road movie” entre un padre y su hija trans por los caminos belgas (entre franceses y flamencos) que llevan hacia el Mar del Norte. Un tour de forcé interpretativo de altura entre Lola (Mya Bollaers, en su debut como actriz trans) y su padre Philip (Benoît Magimel). 

Lola es una chica trans que nos presenta con su ambigua belleza, su pelo a dos colores, su mochila y su monopatín con un unicornio pintado. Ahora vive en un hogar de acogida con Samir, su único amigo, pues su padre no aceptó que su hijo Lionel ahora quisiera ser una chica; y por ello nos confiesa: “Con las hormonas y estando en el refugio me siento mejor. Conmigo, me refiero”. Sigue los controles médicos y escucha atenta la explicación de su doctora: “Desde ahora, tan solo seguiremos el protocolo. Habrá dos fases, como planeamos. Una en cinco semanas y la otra en diez. Primero aumento de pecho y castración y, después, reasignación”. 

Pero Lola, impulsiva y solitaria, no pasa por un buen momento, pues cuando le confirman que por fin puede someterse a la soñada operación de reasignación de género, su madre Catherine, que era su único apoyo a nivel emocional y económico en su disfuncional familia, fallece. Y cuando Lola acude al entierro, el padre le espeta: “No tienes decencia. Tu madre se avergonzaría de ti. ¿Cómo nos has hecho esto?...Mírate, ¿no te avergüenzas de aparecer así delante de tu familia y de tus amigos? Con pintas de travelo”. Una escena muy tensa tras dos años sin haberse visto padre e hija, una relación complicada seguida de momento convulsos hasta que deciden llegar a un acuerdo para cumplir el último deseo de Catherine: esparcir sus cenizas en la casa de su infancia situada en la costa belga del Mar del Norte.

Cumpliendo con este deseo, Philip y Lola, padre e hija (aunque su padre se resiste a no llamarle Lionel), emprenden ese viaje en coche junto al jarrón que porta las cenizas de la esposa y madre (que ambos echan mucho de menos). Un viaje más emocional que físico y que tendrá consecuencias imprevisibles. Un viaje donde la música de una seleccionada BSO amplifica la emoción de algunas escenas. Y baste recordar ese viaje en coche de noche mientras suena el “Vissi d´arte, vissi d´armore” de la ópera Tosca de Puccini, interpretada por la gran María Callas, y que nos regala un tempo especial a este viaje de despedida, de desencuentros y reencuentros tan creíble. 

Y es patognomónico el desencuentro que  tiene lugar en el club de alterne, donde el padre le dice: “¿Dónde estabas cuando cuidaba de mamá? Ni sabes que fue culpa tuya que cayera enferma. Murió por tu culpa”. Una declaración tan dura como errónea, pues la madre siempre cuidó de Lionel cuando era niño y de Lola cuando decidió ser mujer, porque la aceptó en todo momento, aunque al final fuera a escondidas para no enfadar al esposo. Y en esa noche, el padre confiesa a la madame del club lo que para él ha sido un infierno: “Empezó con pesadillas casi cada noche. Más tarde, un día empezó a romper su ropa, autolesionarse, a sufrir ataques pánico y crisis. Empezaba a llorar y a gritar por nada. Al final te vuelve loco. Un día llamaron de la escuela. Se había cortado los brazos con unas tijeras. Vimos psiquiatras. Lo intentamos todo para ayudarle. Pensábamos que todo pasaría. Pero no, tan solo empeoró. Empezó a escaparse y desaparecía durante días. Su madre y yo estábamos muy asustados. Y después, empezó a ponerse ropa de chica, a travestirse. Y yo solo perdí el control. No podía soportarlo… Tenía un hijo, no una hija”. 

Muy pocas veces Lola logra estar feliz y liberada. Si acaso cuando la animan a bailar al son de la canción “Karma Chameleon” del grupo Culture Club, muy apropiada al rememorar la estética glam y sexualmente ambigua de su líder, Boy George. O también la conversación con su padre en el coche mientras suena “What-s Up?” del grupo 4 Non Blondes, una canción que habla sobre la desesperación y pérdida, cuando Lola le pregunta a su padre: “¿La echas de menos?”. Y en algún momento suena la canción “Bird Guhl” del grupo Antony and the Johnsons, muy significativa, pues su líder, Antony Hegarty, es conocida desde 2015 por su identidad transgénero bajo el nombre de Anohni; y su desgarradora voz y letra sirve de clímax en ese túnel de lavado, donde no solo se limpia el coche sino algo del alma del padre. Tres canciones que marcan momentos muy especiales del viaje. 

Finalmente llegan al mar a cumplir el último deseo de la madre. Pero algo inesperado (y casi inexplicable) ocurre al incendiarse el coche con el jarrón de las cenizas dentro. Y cuando Philip encuentra un sobre que la madre tenía escondido con mucho dinero con la palabra CPRE, no sabe lo que es. Hasta que Lola le descubre que significa “cirugía plástica reparadora y estética”, y que su madre la estaba ayudando en los últimos meses en la reasignación de sexo, algo que el padre sigue sin comprender. Y por ello le pregunta: “¿Por qué quieres hacerlo? Aún eres un adolescente. Tan solo tienes 18 años. Es normal sentirse incómodo sobre tu cuerpo, tener complejos, no sé… Puede que cuando tengas 25 años lo veas todo diferente. Cambiarás de opinión”. Y Lola contesta sin vacilar: “No cambiaré de opinión. De todos modos, con operación o no, ya soy una mujer. Tan solo tienes que aceptarlo”. Y aún es más contundente la respuesta a si no tiene miedo al dolor de la operación: “El dolor físico no es nada comparado con todo lo que he sufrido en la vida”. 

Y la película llega a un final tan abierto como maravilloso, con esas palabras que escribió a su madre, toda una declaración de amor y de principios: “Mamá, contigo siempre pensé que todo era posible. ¿Te acuerdas del telescopio que me comprasteis por mi cumpleaños? Fue mi primer regalo. No solo por ver las estrellas, sino porque significaba que pasaríamos tiempo los tres. Noches enteras diciéndome el nombre de estrellas y constelaciones. Descubrimos mi favorita: Monoceros, el unicornio. Me dijiste que si quería creer en él, podía. Que lo importante en la vida era lo que creía, no lo que otros pensaran. Cuando miramos el cielo, solo vemos las estrellas. Pero también podemos ver formas mágicas: centauros, águilas, dragones, unicornios… Ahora sé que hay otras cosas detrás de las apariencias. Y eso es gracias a ti. Espero que estés mejor, estés donde estés. Siempre pensaré en ti y sé que volveremos a estar juntas. Te quiero”. 

Porque esta historia de Lionel/Lola es la de muchos. Y aunque la sociedad avanza en la integración y respeto a las personas transgénero, queda mucho camino aún por recorrer. Esperemos que menos que de aquí a las estrellas.