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miércoles, 29 de enero de 2025

Terapia cinematográfica (11). Prescribir películas para entender los malos tratos infantiles

 

Desgraciadamente el maltrato infantil ha existido siempre, desde los orígenes del ser humano, en todas las culturas y en todas sus diferentes tipologías: maltrato físico (hoy día también conocido como traumatismo infantil no accidental), maltrato emocional o psicológico, maltrato sexual y negligencia. Cabe recordar que el maltrato infantil más frecuente es la negligencia, seguido del maltrato emocional, y en último lugar quedan el maltrato físico y el maltrato o abuso sexual. Además, cabe no olvidar dos tipos más: uno relativamente habitual, como es el maltrato prenatal y otro más infrecuente, pero relevante en Pediatría, como es el síndrome de Munchausen por poderes. 

Se han descrito diversos factores de riesgo de maltrato infantil, entre ellos factores individuales (embarazo no deseado, prematuridad,…), factores perinatales (progenitores jóvenes, solteros,…), factores familiares (violencia intrafamiliar/de género, bajo estatus económico,…) y factores socioculturales (pobreza, , migración,…). La actuación ante el maltrato infantil forma parte del compromiso de todos los profesionales sanitarios y no sanitarios. Y ello porque el maltrato infantil es un problema global que afecta a millones de niños y niñas cada año, dejando secuelas físicas, emocionales y psicológicas a corto, medio y largo plazo. 

Y volvemos a recordar como el cine se convierte en una herramienta para dar a conocer historias (reales o ficticias) llevadas a la pantalla que se constituyen en películas que visibilizan el problema y estimulan a la lucha activa. Películas con diferentes perspectivas y múltiples puntos de vista (el menor que es víctima, el adulto maltratador, los testigos, o los profesionales que intervienen), lo que permite una comprensión más profunda y compleja del fenómeno. Es así que, desde esta sección de Terapia cinematográfica, hoy proponemos un recorrido por 7 películas argumentales alrededor de los diversos tipos de malos tratos en la infancia (excluido el maltrato sexual, ya tratado en un artículo previo). Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Mouchette (Robert Bresson, 2004), para revivir las graves consecuencias de la infancia maltratada por la pobreza y exclusión social. 

- Matilda (Danny DeVito, 1996), para criticar que en ocasiones los hijos tengan que sobrevivir a la familia y a la escuela. 

- El Bola (Achero Mañas, 2000), para visualizar toda la cruda realidad del maltrato infantil en la familia. 

- Nadie sabe (Dare mo shiranai, Hirokazu Koreeda, 2004), para entender lo que es sobrevivir a la negligencia y abandono de los padres. 

- Moolaadé (Protección) (Ousmane Sembène, 2004), para denunciar la mutilación genital femenina. 

- Cafarnaúm (Capharnaüm, Nadine Labaki, 2018), para demostrarnos cómo el contexto social contribuye a la negación de la niñez. 

- Mamá te quiere (Run, Aneesh Chaganty, 2020), para adentrarnos a la complejidad del síndrome de Munchausen por poderes. 

Siete películas argumentales para tomar conciencia frente a todo tipo maltrato infantil, para cimentar la empatía con los niños, niñas y adolescentes maltratados, para apoyar la crianza positiva y la educación en valores, y para ser un eslabón más de la tolerancia cero frente a esta lacra.

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Cine y Pediatría (774) “Paradise is Burning” cuando aparece el maltrato por negligencia


El maltrato infantil se define como cualquier situación o forma de abuso que afecta a un menor de 18 años, y que comprende todo tipo de maltrato físico o afectivo, abuso sexual o cualquier otra índole que pueda perjudicar la salud, el desarrollo o la dignidad del menor. Existen al menos cuatro tipos de maltrato infantil, cada uno con sus propias manifestaciones y consecuencias: el maltrato físico, el maltrato emocional (o psicológico), el maltrato sexual y el maltrato por negligencia (y este último es uno de los más frecuentes). 

El maltrato infantil por negligencia (o abandono infantil) se define como la falta de atención de las necesidades básicas de los menores, como el cuidado de la salud, la educación, la supervisión, la protección frente a los peligros del medio ambiente, la satisfacción de las necesidades físicas básicas (por ejemplo, ropa y alimentos) y el apoyo emocional que puedan resultar en daño real o potencial; es decir, se refiere a la falta de satisfacción de las necesidades básicas de un menor, y que puede manifestarse con malnutrición, ausencias escolares frecuentes y condiciones de vida insalubres o inseguras. 

Y algunas películas de Cine y Pediatría ya han abordado este tema. Y recordamos, por ejemplo, la película estadounidense Matilda (Danny DeVito, 1996), la japonesa Nadie sabe (Hirokazu Koreeda, 2004) y la británica Tideland (Terry Gilliam, 2005), tres visiones desde la visión de tres directores muy diferentes. Porque Matilda se fundamenta el cuento homónimo de Roald Dahl, donde esa inteligente niña de 6 años,  recurrentemente abandonada en el hogar por unos padres desaprensivos y maltratada por la profesora Miss Trunchbull, busca refugio en los libros, en la lectura y en la imaginación. Mientras que Nadie sabe está basada en un hecho real que tuvo lugar en Tokio, la aventura de cuatro hermanos pequeños cuando la madre abandona el hogar, toda una prueba de supervivencia contada con la poesía visual habitual de su director y donde lo más terrible es tener la certeza de que el relato no es un cuento. Y Tideland se comporta como una revisión postmoderna del clásico de Lewis Carroll, "Alicia en el país de las Maravillas", aquí protagonizada por una niña de 9 años hija de drogodependientes, y quien sobrevive a la muerte por sobredosis de ambos progenitores con una mezcla de cruda realidad y alucinante imaginación.   

Y hoy sumamos otra historia de maltrato por negligencia diferente, la que nos regala la película sueca Paradise is Burning (Mika Gustafson, 2023), alrededor de tres hermanas que viven solas en casa con la sombra de los servicios sociales a su alrededor, una oda a la rebeldía desde la libertad impuesta a estas niñas en un film que ha obtenido galardones en varios festivales, entre ellos el premio a la mejor dirección en la sección Orizzonti del Festival de Venecia. Y ya apreciamos que del maltrato infantil no se libra nadie, ni tan siquiera los países del primer mundo, como nos reflejan estos cuatro ejemplos desde Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña y Suecia. 

Estamos en un caluroso verano sueco, donde conocemos a estas tres hermanas: Laura (Bianca Delbravo), de 16, Mira (Dilvin Asaad), de 13, y Steffi (Safira Mossberg), de 7 años. Viven en un piso sin la tutela de ningún adulto, sus padres no aparecen por ningún lado. Las tres van al colegio y más o menos están atendidas con el apoyo entre ellas, se buscan la vida para conseguir algo de dinero o comida, lo que incluye robar en supermercados o colarse en casas ajenas. Todo lo que hacen estas tres hermanas viviendo solas, tanto en casa como en el colegio, es pura supervivencia, pero también se divierten con su grupo de amistades, muchos de ellos con dificultades también, entre las que vemos alguna adolescente embarazada. Y fuman, beben y bailan al son de la conocida bachata “Obsesión” de la agrupación musical Aventura. Pero su aventura es sobrevivir. Y entonces llega una llamada de teléfono: “Llamo de los Servicios Sociales, ¿está tu madre en casa?”. 

Tras esa llamada buscan a una tía que es feriante: “¿No habrás hablado últimamente con mamá?”. Pues no quieren que los Servicios Sociales descubran que viven solas y se les envíe a un centro de menores. Y Laura, que es la mayor y cuida de sus hermanas, busca a alguien que quiera hacerse pasar por su madre. Y de ahí surge una especial amistad entre Laura y Hannah (Ida Engvoll), una vecina, quien le pide que le enseñe a entrar en las casas y se pasean por ellas, disfrutando de todo, sin robar, en lo que es una extraña relación. 

Las interpretaciones de las tres hermanas son brillantes, sobre todo la mayor, quien logra adoptar el rol de madre protectora de sus dos hermanas, combinando la adolescencia alegre con la madurez. Y tiene que hacerse fuerte delante de ellas y protegerlas. Y es así que la directora Mika Gustafson dibuja un retrato social sobre el abandono parental y la sororidad fraternal. Y donde cada una de las tres hermanas buscan esos referentes paternales que no tienen en el exterior e intenta encontrarse a sí misma más allá de la cruda realidad que les ha tocado vivir: Laura en Hannah, Mira en un adulto al que le gusta el karaoke, y a la pequeña Steffi en los perros y esa amiguita que encuentra. 

Y esta película inconclusa finaliza con el baile de las tres hermanas al son de la canción “Sabali (Paciencia)” del grupo de Mali, Amaodou & Mariam. Un final esperanzador para este particular coming of age sobre las retos de la infancia y adolescencia en la que tres hermanas afrontan su dura realidad con mucha imaginación y no pocas dificultades. Porque el paraíso de la infancia y adolescencia arde y se destruye cuando el maltrato por negligencia aparece al desaparecer las figuras de los progenitores, esos padres y madres tan necesarios.

 

sábado, 27 de julio de 2019

Cine y Pediatría (498): “Tideland” y nuestra Alicia en el País de los Horrores


Hay directores inclasificables y hay cine maldito. Y, rizando el rizo, hay directores inclasificables especializados en cine maldito. Un ejemplo paradigmático es Terry Gilliam. El nombre de este director y actor de cine británico nacido en Estados Unidos, viene asociado en sus inicios al icónico grupo británico humorístico Monty Python del que formó parte en la década de los 60 y 70, junto con otros cinco compañeros (Graham Chapman, John Cleese, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin). 

A Terry Gilliam le gusta sentirse un extraño en tierra extraña, y también hace sentir extraños a los espectadores. Su cine puede resultar incomprensible, indigesto, tanto por la forma (por su excesiva orfebrería visual) como por el fondo (su cine transita entre el pesimismo antropológico y el optimismo vital, no fácil de encajar). No es de extrañar que su cine sea calificado de maldito, con más detractores que seguidores. Y así lo demuestra su filmografía, que oscila entre sus obras de culto (Brasil, Las aventuras del barón Münchausen, El rey pescador o Doce monos) o productos inclasificables, entre lo encantador y lo grotesco (Miedo y asco en Las Vegas, Los hermanos Grimm, Tideland o The Imaginarium of Doctor Parnassus). 

Y hoy recordamos su cine a través de su película del año 2005, Tideland, adaptación cinematográfica del libro de Mitch Cullin con título homónimo y en el que se hace una revisión postmoderna del clásico de Lewis Carroll, "Alicia en el país de las Maravillas". Pero aquí la protagonista es una niña de 9 años, por nombre Jeliza-Rose, hija de drogodependientes, y quien sobrevive a la muerte por sobredosis de ambos progenitores con una mezcla de cruda realidad y alucinante imaginación. Sueño y fantasía de nuestra Jeliza-Rose en el País de los Horrores bajo el prisma de Terry Gilliam. Abróchense los cinturones…a una película inclasificable, pero con una carga de dureza extrema. Pero no es para menos, pues así de cruda y dura es la vida de esta hija que es criada alrededor de la droga y sus consecuencias. 

Porque Jeliza-Rose (increíble Jodelle Ferland, sobre quien gira toda la película) nos da un paseo por la vida de una familia totalmente peculiar, para demostrarnos la cruda y dura realidad del mundo de las drogas, los excesos sobre los afectados y el abandono – cuando no la falta de amor - hacia el entorno familiar y sus hijos. Y ella nos hace protagonistas de su cuento, en el que crea un mundo paralelo al de la realidad, que la permite vivir al margen de las continuas desgracias con las que convive y que la desvinculan de sus labores hogareñas, entre ellas la de preparar la inyección de heroína que todos los días le reclama su propio padre, ex guitarrista de rockabilly. Y por ello la madre yonki le dice al inicio: “No puedo arreglármela sin ti”. Y cuando la madre fallece ante sus ojos, el padre le comenta,: “La metadona acabó con ella. Debió seguir con el caballo”. Y cuando esto ocurre, padre (Jeff Bridges) e hija huyen de Los Ángeles al campo tejano, a la casa abandonada de la abuela, fallecida hace años. 

Y allí Jeliza-Rose vivirá en una casa en ruinas (como la vida que sus padres le dejan) situada en un campo yermo con árboles secos, creando su mundo aparte con sus cuatro cabezas de muñecas (por nombre Mustique, Sateen Lips, Baby Blonde y Glitter Gal) en busca de un mundo imaginario tan sórdido como su propia existencia, en busca de hadas, fantasmas y monstruos. Y cuando su padre fallece por una sobredosis en el sillón, ella le cuida y le habla, mientras conoce a sus dos extraños vecinos, dos hermanos adultos: ella es Dell (Janet McTeer), una extraña mujer que viste de negro como una bruja y teme a las avispas, porque la dejaron tuerta, y que tiene por afición la taxidermia; él es Dickens (Brendan Fletcher), un chico con retraso mental secundario a un traumatismo craneal por un accidente y al que le gusta bucear con su traje de neopreno en medio de la pradera y que está obsesionado por el gran tiburón, que resulta ser un tren de largo recorrido que cruza la soledad del lugar donde viven, al que quiere destruir con dinamita. 

Una película de desagradable visión (los dos cuerpos taxidermizados, el del padre y la abuela, son un ejemplo), pero que permite varias lecturas. Al menos dos visiones: una infantil, la onírica que intenta devolvernos los ojos de la niña, y otra adulta, la cruda realidad que rodea a los personajes, atrapados en su pasado y presente. Porque no es nuevo usar historias infantiles como pretexto para realizar reflexiones ulteriores sobre los protagonistas, la realidad, y el ideal perdido que se encarna con la inocencia infantil: una tradición iniciada por Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas) y años más tarde por John Barrie (Peter Pan y su País de Nunca Jamás). Y ahora con la vuelta de tuerca de Terry Gilliam. Porque las historias de Jeliza–Rose son cuentos con hadas, príncipes y monstruos, como la mayoría de juegos infantiles, pero teñidos de ese dramatismo extra por la situación vital de la protagonista. Porque lo más cruel es que los errores de los adultos roben a sus hijos la inocencia del paraíso perdido, y de ahí el contraste con el que Gilliam nos golpea: esa doble visión, la de la imaginación de Jeliza-Rose y la de la hostil realidad que rodea a la niña. Y lo podremos contar así o de otra forma, pero cuando los hijos crecen en familias drogodependientes, la hostil realidad puede llegar a superar la ficción. Incluso la que nos propone Terry Gilliam en Tireland.

Porque todo en Tireland se sitúa en el límite entre ficción y realidad. Todo en Tireland es incómodo, tanto la realidad como la ficción. Porque hasta la amistad de Jeliza-Rose y Dickens se tiñe de aspectos no deseados, donde la niña imita comportamiento de adultos: “Si me enseñas tu secreto, te amaré para siempre”.

Y, finalmente, descarrila el tren a su paso por la pradera. Y como espectadores nos quedamos tan desconcertados como los viajeros del tren. Y resuena, una vez más, la voz en off de Jeliza-Rose: “Si cierro mis ojos quizás despierte dentro de tu sueño a un mundo sin límites”. Pero no es así, porque el mundo si tiene límites y normas. Y los hijos son a menudo las víctimas silenciosas de los abusos de drogas de sus padres.

La drogadicción de los padres provocan consecuencias múltiples, graves y frecuentes en el embarazo y parto, sobre el recién nacido y sobre la evolución de estos niños en edades posteriores, como causa de morbilidad y mortalidad perinatal, neonatal e infantil, por no hablar de las repercusiones psicosociales. Y es causa muy justificada para perder la custodia de los hijos, por muchas razones pero especialmente por maltrato infantil por negligencia. Algo que ningún espectador hubiera dudado desde las primeras escenas de Tideland… para evitar ese viaje al País de los Horrores de nuestra protagonista.

 

sábado, 2 de junio de 2018

Cine y Pediatría (438). “Nadie sabe” lo duro que es la soledad en la infancia


Hace tan solo tres días hemos presentado el séptimo libro de Cine y Pediatría. Y como siempre ha sido un momento mágico en la sección de Cine Solidario del 15 Festival Internacional de Cine de Alicante. Y para un momento tan especial hoy viene a este espacio una película muy especial de un director especial: Nadie sabe (Hirozaku Kore-eda, 2004). 

Porque en Cine y Pediatría hay dos directores que son de cine y son de pediatría, ambos poetas en el arte del cine y de la infancia y ellos siempre son directores y guionistas de sus propias historias: hablamos del navarro Montxo Armendáriz y del japonés Hirozaku Kore-eda, cada uno de ellos con una pentalogía de películas en Cine y Pediatría y, por tanto, líderes indiscutibles de esta colección.

Enumeramos cronológicamente las cinco películas al respecto de mi buen amigo Montxo Armendáriz, ya prologuista de uno de los libros de esta colección: Tasio  (1984), 27 horas (1986), Historias del Kronen (1994), Secretos del corazón (1997) y No tengas miedo (2011). Y también  las cinco películas de Hirozaku Kore-eda: Nadie sabe (2004), Kiseki/Milagro (2011), De tal padre, tal hijo (2013), Nuestra hermana pequeña (2015) y Después de la tormenta (2016). 

Y hoy recordamos como empezó todo en Kore-eda con Nadie sabe, una película basada en un hecho real que tuvo lugar en Tokio. Narra una historia de maltrato infantil fundamentada en la irresponsabilidad de los padres, situación que ni es infrecuente ni nos es ajena, pero sigue siendo igual de dolorosa, aunque sea con una narración tan poética y delicada como la que nos regala el director nipón. Y quizás por ello el mensaje es más contundente. 

Keiko (You) es una madre joven con cuatro hijos, una mujer enamoradiza e irresponsable a la que sus parejas le abandonan. Todos se trasladan a Tokio y vemos a esta madre como entra en un apartamento que acaba de arrendar y nos sorprende ver, ya en las primeras imágenes, como los hijos más pequeños salen de unas maletas. Y esto es porque cuando acude a alquilar esta vivienda prefiere presentarse solo con uno de ellos, ya que de lo contrario le denegarían el arrendamiento de la vivienda. Keiko decreta las reglas: está prohibido gritar y salir del piso. El casero les echaría si se enterase que Keiko cuida sola de los cuatro niños, cada uno de un padre diferente. 

Y así como se nos presenta la nueva vida de Keiko y sus cuatro hijos: Akira (Yura Yagira, quien obtuviera el premio a mejor intérprete en el Festival de Cannes), el mayor con 12 años, que adquiere la responsabilidad de la figura de ese padre siempre ausente; Kioko (Ayu Kitaura), la hermana mayor, que quiere ser pianista; Shigeru (Hiel Kimura), el simpático e inquieto hermano pequeño; y Yuki (Momoko Shimizu), la menor de todos, con 5 años. Cuatro hermanos que pese a las dificultades sociales y familiares, a su corta edad, pese a que la madre les impide ser vistos y salir de casa – y por tanto no acuden al colegio – tienen una educación y un comportamiento ejemplar. Unos hijos modélicos, de los que apenas existen, y una forma de entender la vida como tienen los japoneses y su director Kore-eda nos suele regalar. 

Pero un día Keiko desaparece y entonces empieza la pequeña gran aventura de Akira y sus hermanos, toda una prueba de supervivencia, y comienzan las dificultades: “Desde que se fue mamá no tenemos dinero” o “He gastado 674 yenes en el supermercado, me quedan 660 yenes en la cartera. ¿Cuánto dinero tenía cuando salí de casa?”, haciendo de sus pensamientos de la realidad casi deberes escolares. Y la madre regresa cuando quiere, para mayor desconcierto de sus hijos, que tienen que sobrevivir solos en casa. Y les trae regalos que contenta a los pequeños, pero no a los mayores: “Eres una egoísta mamá”, le dicen estos. 

La madre desaparece: en su inestabilidad se despide de los trabajos y el hijo mayor ya le pierde la pista. Y ya no regresa ni regresan sus regalos, por lo que es el propio Akira quien se inventa regalos para todos los hermanos como si fueran de la madre. Y, a medida que pasa el tiempo, el desorden y la suciedad comienzan a adueñarse de la pequeña vivienda. Pero no acuden a la policía o en busca de ayuda porque tienen miedo a ser separados…, lo que ya les ocurrió en otra ocasión. Por impago les cortan la luz y el agua, y tienen que lavarse y lavar en una fuente del parque cercano. Pero pese a estas dificultades en la retina nos quedan imágenes de gran ternura: la ternura con que Akira saca a la calle a Yuki el día de su quinto cumpleaños, con sus zuecos sonoros al caminar; o la alegría cuando los cuatro hermanos salen por fin juntos a la calle y juegan en un parque infantil. 

Y a medida que les crece el pelo, les crece el hambre. Y el deterioro moral, que hace que Kioko se encierre en un armario. Y llega la enfermedad de la más pequeña, Yuki, por hambre. “¿Puedes dejarme dinero? Quiero enseñarle los aviones a Yuki” dice Akira a su amiga Saki (Hanae Kan), ya al final de la película. Y la hermana pequeña de nuevo con sus zuecos sonoros en la maleta, ahora para otro viaje… Y la llevan al aeropuerto, donde prometieron, en un final lamentable y conmovedor, que nos hace recordar la película de animación japonesa La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), otra manera de expresar la niñez rota. 

Y suena la canción final con una voz tan delicada como crudo el mensaje: “Si pregunto al cielo de medianoche, las estrellas se limitan a brillar en el lago negro de mi corazón destrozado. Solo puedo seguir la corriente. ¿Se dignará algún ángel a mirarme con compasión? ¿Quieres bañarte en mi corazón? El viento anuncia el invierno, penetra en mi corazón. Me llama hacia la creciente oscuridad. Con una mirada tan distante como el hielo pasa el tiempo y me hago mayor. Soy una joya pero el hedor que surge de mí impide que alguien se me acerque”. 

Y este es el melodrama que nos cuenta Hirozaku Kore-eda sobre unos niños que viven en soledad, sin padres, y es una prosa tan dura contada con tal poesía visual (con esa característica de grabar constantemente los pies de los niños) que con películas así solo cabe decir: “Arigato”. Pero lo más terrible después de presenciar Nadie sabe es tener la certeza de que el relato de no es un cuento, no es una composición poética, no es una fábula, sino que la historia que describe es una adaptación basada en un hecho real acontecido en el mismísimo Tokio, una ciudad del primer mundo en un país de los más desarrollados. Pero que puede acaecer en cualquier ciudad y en cualquier país. También a nuestro lado… 

Hermosa película. Real y palpable retrato de una infancia maltratada por culpa de padres irresponsables, inconscientes, que abandonan a sus hijos. Una realidad que todo el mundo conoce, aunque a veces parezca que nadie sabe. Porque ante el maltrato infantil no podemos consentir que nadie sepa.

 

viernes, 5 de junio de 2015

Comunicado de la AEP sobre el primer caso de difteria en España desde 1986


Si lamentable ha sido la noticia de que la difteria haya hecho su reaparición en España después de tres décadas, no salgo de mi asombro al ver que desde los medios de comunicación de este país, públicos y privados, de prensa , radio y televisión, se les ha dado a los antivacunas todo tipo de "altavoces" para que puedan propagar sus sandeces. No voy a poner un solo enlace a todas esas declaraciones de tantos padres irresponsables. Quien quiera que las busque por Internet. Sólo decir  que su actitud es más que irresponsable: es criminal y debería estar penada por la Ley. Como maltrato por negligencia o bajo la figura legal que mejor se preste a allo.

La Asociación Española de Pediatría ha realizado un comunicado publicado hace dos días con el fin de informar y tranquilizar a la población. Recomiendo a todos su lectura. Es un comunicado sensato, ecuánime y bien fundamentado. Información "de verdad", no deformación criminal.

Podéis consultar el comunicado desde este enlace o bien en el slideshare que os inserto bajo estas líneas.



jueves, 28 de marzo de 2013

El 5% de los padres catalanes no vacunan a sus hijos


Tener que defender, a día de hoy, que las vacunas son eficaces para disminuir la morbimortalidad de muchas enfermedades infecciosas debería ser algo tan obvio como defender que la Tierra gira alrededor del Sol. Claro que hay gente que sigue pensando que el Sol gira alrededor de La Tierra (ojo, que hay gente que lo cree en el año 2013). Y gente que cree que las vacunas son una conspiración medicofarmacéutica para matar niños o algo así.

Dice el titular de "El Periódico": El 5% de los catalanes no vacunan a sus hijos. 

No es algo que me pille de sorpresa. Al fin y al cabo, trabajo en Cataluña y es una Comunidad Autónoma en la que los "movimientos antivacunas" gozan de una preocupante buena salud.

Tampoco creo, ni mucho menos, que este fenómeno de la "no vacunación" sea exclusivo de Cataluña. Se da también en otras Comunidades Autónomas y en otros países de nuestro ámbito geográfico. Pero el mal de muchos no es más que consuelo de tontos.

Estos datos son alarmantes y amenazan directamente la consecución de los porcentajes vacunales que aseguran la "inmunidad de rebaño", que permite la no circulación de virus y bacterias en la  comunidad, protegiendo de este modo al pequeño porcentaje de niños vacunados en los cuales la vacuna no es eficaz... y que protege también a aquellos niños no vacunados por la irresponsable decisión de sus padres.

Esta entrada no es para hacer amigos. Ya sé que me van a llover, en cuanto la cuelgue, comentarios diversos de las múltiples sectas antivacunas, imbuidas de su ideología conspiranoica que les lleva a decir que "las vacunas causan autismo" (gracias, Dr. Wakefield, su estudio, aún excluido de la revista que en su día lo publicó, sigue haciendo daño), "que porducen muertes, enfermedades" y otras memeces por el estilo.

En pleno Siglo XXI, estar en contra de las vacunas por pensar que son perjudiciales o que son un "experiemento in vivo" con niños", o cosas similares, es como pensar que la Tierra es plana, como muchos creían en la Edad Media. E incluso ahora. Invito a todos estos padres de las diferentes sectas antivacunas que tanto daño están haciendo en nuestro país (brotes epidémicos de Tosferina, de Sarampión...) a que se hagan socios del Club de Amigos de la Tierra Plana. ¿Es ésta una creencia absurda? A mi me lo parece. Igual que defender que las vacunas son perjudiciales para los niños, lo que no sólo perjudica al niño no vacunado (poniéndolo en riesgo de padecer la enfermedad para la que no ha sido inmunizado, lo que para mí constituye una forma de maltrato por negligencia) sino que pone en peligro a toda la comunidad.

Foto de la Tierra Plana. Dedicada a todos los antivacunas que puedan estar leyendo esto.