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sábado, 30 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (855) “La chica zurda” que acaba descubriendo las heridas generacionales

 

Conocemos al director estadounidense Sean Baker principalmente por su película Anora, gran triunfadora de los Óscar 2024, así como ganadora de la Palma de Oro en Cannes. Y que también en Cine y Pediatría ya nos ha regalado una joya del cine independiente como fue la rompedora The Florida Project (2017). Pero menos conocida es la taiwanesa Shih-Ching-Tsou, a la que le une un cuarto de siglo de amistad, y que ha sido la productora habitual de gran parte de la filmografía de Baker, además de directora de arte, diseñadora de vestuario e incluso ha realizado cameos en películas como Tangerine (2015), Red Rocket (2021) y la misma The Florida Project. Pues bien, ahora ambos se unen en guion muy particular para su ópera prima en la dirección: La chica zurda (Shih-Ching-Tsou, 2025), en lo que es la primera película de nacionalidad taiwanesa en Cine y Pediatría, y que llegó a representar a su país en los premios Óscar a mejor película internacional.  

Antes de entrar en materia, y para contextualizar la película, una breve reseña a esa historia de desamor y disputa entre Taiwán (oficialmente República de China y antes conocida como la isla de Formosa) y China (oficialmente República Popular de China). Porque China considera a Taiwán como una "provincia renegada" que debe ser reunificada, mientras que Taiwán ha desarrollado una identidad nacional propia y busca mantener su sistema democrático y soberanía, y que se sostiene por ser una potencia global clave, indispensable para la fabricación de semiconductores y tecnología moderna (como ordenadores y coches eléctricos), conocido como “escudo de silicio”. Y así es como desde hace décadas Taiwán es una isla independiente con casi 24 millones de habitantes, cuya capital, Taipei, es una vibrante urbe de rascacielos que destaca por sus famosos mercados nocturnos, donde se puede disfrutar de comida callejera excepcional. Y en esta ciudad y en uno de esos mercados nocturnos transcurre gran parte de nuestra historia de hoy… 

La chica zurda es un complejo retrato familiar que nos desvelará sus secretos. La historia se centra en Shu-Fen (Janel Tsai), una joven madre separada que, tras varios años viviendo en el campo, decide regresar a Taipei con sus dos hijas, la bella y rebelde adolescente I-Ann (Nina Ye), y la encantadora y espabilada niña de 5 años I-Jing (Shi-Yuan Ma), suficientemente sensible para captar lo que los adultos callan. E intenta abrirse camino abriendo un puesto de comida en un bullicioso mercado nocturno. Cada una a su manera, tendrán que adaptarse a este nuevo entorno para llegar a fin de mes y conseguir mantener la unidad en el hogar. Tres generaciones de secretos familiares empiezan a desvelarse después de que el abuelo, marcado por el peso de las tradiciones, le diga a su nieta menor, que es zurda, que nunca use su "mano del diablo". 

Esa mano zurda sobre la que el abuelo dice en una comida familiar: “¿Por qué come con la mano izquierda?... Antaño si te veían usar la izquierda, te colgaban o te daban una paliza. En mi casa usa la derecha”. Y más adelante le espeta esta idea a la propia I-Jing algo que le marcará: “La mano izquierda es la mano del diablo. Si usas la izquierda estás haciendo el mal”. Porque desde ese momento justifica sus actos por su mano izquierda, y también sus hurtos en las tiendas: “Mira, la he cogido con la mano del mal”, se justifica así mismo. 

Y mientras I-Jing se debate con el sanbenito de su mano zurda, la adolescente I-Ann aparece envuelta en ese halo de desconcierto y enfado propio del viaje de una adolescente con una estructura familiar complicada. Rechaza y odia al padre que les abandonó y que ahora está enfermo, y sobre el que la pequeña I-Jing pregunta: “¿Quién era ese hombre?”. Trabaja en una tienda de bebidas y comida, esos locales llenos de luces de colores de neón, y donde el rollo que tiene con el dueño acaba con un embarazo no deseado. Y en ese trasiego de vida que le ha hecho abandonar los estudios, cuida a su pequeña hermana y la trae del colegio en moto cada día a través de la bulliciosa ciudad. Porque I-Jing no quiere ir con los abuelos, “porque el abuelo no se ducha y huele a tofu fermentado”. 

Tras la presentación de los personajes, en el último tercio de la película aparecen dos escenas clave. Entrañable cómo la hermana mayor hace devolver a I-Jing todo aquello que robó, aunque ella se excusa: “Yo no robé nada. Fue mi mano del diablo la que robó todo…”. Y especialmente esa fiesta familiar para celebrar el 60 cumpleaños de la abuela, allí donde se desencadena la catarsis y aparece la verdad oculta sobre la verdadera relación entre Shu-Fen, I-Ann e I-Jing, y donde la abuela pregunta: “¿Te ibas a guardar ese secreto para siempre?”. Un cumpleaños feliz catártico y un final caleidoscópico… para esta familia que seguirá intentando sobrevivir económica y emocionalmente entre el bullicio del mercado nocturno de Taipéi, escenario vivo donde el trabajo, la precariedad y los secretos familiares se entrelazan. 

Por cierto, La chica zurda fue filmada con un iPhone, un rasgo técnico que refuerza su cercanía y su energía visual. Y que no busca el melodrama grandilocuente, sino que emociona desde los gestos pequeños, las miradas, los silencios y la convivencia diaria en una familia que intenta no romperse. Pero que también deja una sensación de inquietud porque muestra una realidad dura: pobreza, fragilidad afectiva, presión laboral y heridas transmitidas entre generaciones. Su fuerza está en mostrar que lo local puede volverse universal: una madre que lucha, una hija que se rebela y una niña que aprende a leer el mundo son figuras reconocibles en cualquier cultura. Una historia que deja poso porque habla de la supervivencia, de la identidad y de cómo una infancia puede revelar las grietas de toda una familia

Y que deja una cosa clara: que “la mano del diablo” no está en ser zurda, sino en no sanar las heridas generacionales. Y que ahora ya, cuando I-Jing diga “mamá” pueda ya entender mejor al dirigir su mirada a Shu-Fen o a I-Ann. Porque no hay que sobrevivir a la mano izquierda, hay que sobrevivir a la vida.

 

sábado, 23 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (854) “Recién nacidas” a la maternidad precoz en Europa occidental

 

Los incombustibles hermanos Dardenne (Jean-Pierre y Luc) regresan con su ética y estética habitual en su última película: Recién nacidas (2025). Esas señas de identidad son: a) la estética “dardenniana” se basa en un naturalismo austero que busca eliminar cualquier artificio cinematográfico para enfocar la atención directamente en el personaje y su lucha (cámara al hombro, móvil y cercana, ausencia de música diegética, iluminación natural predominante); b) la ética “dardenniana” es la moralidad en tiempos de precariedad y la posibilidad de la redención a través de la acción, de forma que todas sus películas giran en torno a un conflicto moral o una prueba ética que el protagonista debe superar. 

Son buenos ejemplos las películas ya analizadas en Cine y Pediatría: Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño (2005), El niño de la bicicleta (2011), El joven Ahmed (2019) y Tori y Lokita (2022). Y también lo es Recién nacidas (2025), ambientado en un centro de acogida para madres adolescentes en Lieja (Bélgica) donde conviven cinco adolescentes que acaban de ser madres o están embarazadas a punto de serlo: Perla, Ariane, Julie, Jessica y Naïma. Drama social que fue ganador del premio al mejor guion en Cannes y que fue elegida para representar a Bélgica en los Premios Óscar. 

La película construye cinco tramas en paralelo y que se entrecruzan en el centro de acogida, mostrando cómo cada adolescente negocia su relación con el bebé, con su propia familia, con sus parejas y con el equipo de trabajo social del centro. Porque cada una de ellas llega con un pasado marcado por la pobreza, la violencia familiar, el abandono o el maltrato afectivo y material, y todas intentan superar sus propias carencias para poder criar a sus bebés en un entorno que pone a prueba rigurosamente su capacidad de crianza. Mientras unas parecen más preparadas, otras sienten rechazo, miedo o incluso indiferencia hacia el recién nacido, por lo que el relato se centra en los pequeños gestos de cambio, del distanciamiento inicial a una progresiva responsabilidad y afecto. Veamos un retazo de cada una de nuestras protagonistas...

- Perla (Lucie Laruelle), con su hijo Noé y su pareja Robin, con la que quiere iniciar una nueva vida en un nuevo piso. “Es la primera vez que estamos juntos. Como una familia de verdad”, le dice, mientras fuman un porro en el parque y ella ya nota el desinterés de este. Y oye los consejos de la trabajadora social del centro: “Ya dijimos que un bebé no lo soluciona todo”, aunque ella sigue obsesionada por ello y tiene que aprender a reconciliarse con ella y su maternidad, por lo que le dice a su hijo: “Me alegra volver a verte. ¿Y tú te alegras también?” 

- Ariane (Janaina Halloy), su hija Lili y su madre, quien deseaba más esa recién nacida que la propia madre. Pero Ariane no se fía de su madre y menos de su violenta pareja, por lo que le expresa su intención de dar en acogida a Lili. La abuela lucha porque no lo haga, porque ve en la nieta la solución para formar una familia, quizás la que no dio a su propia hija. Pero Ariane no quiere volver: “Mamá, no me avergüenzo de ti. Pero quiero salir de ser pobre. Es todo”. Y deja escrita una carta a su hija para que la abra cuando tenga 18 años… 

- Julie (Elsa Houben), su hija Mia y Dylan, su cariñoso novio. Tiene angustia a salir con su hija a la calle, angustiada por el temor de recaer en la droga al cruzarse con los camellos que conoce. Buscan un piso para vivir juntos, tiene ilusión por la nueva vida,…pero no es fácil romper el círculo vicioso. 

- Jessica (Barbette Verbeek) está en sus últimas semanas del embarazo, pero ni su pareja ni los padres de este quieren saber nada de ella ni de que su hijo reconozca al futuro bebé. Finalmente da a luz a Alba y luego vemos como busca a una mujer, a quien reconoceremos que fue su madre biológica, quien la abandonó cuando era un bebé e intenta conocer el motivo que la llevó a esa decisión: “Antes de abandonarme, ¿me cogiste alguna vez en brazos?.... Por favor, dame un abrazo”. Y Jessica le dice a su propia hija: “Tenía tanta ilusión de tenerte en mis brazos… No siento nada. Aunque me gustaría. Pero no siento nada. Ni siquiera tengo leche”, y llora desconsoladamente. 

- Naïma (Samia Hilmi) y su hija Selma solo tienen una escena, pero donde confirmamos que es una chica árabe que, tras ser madre soltera, no pudo volver a su casa, aunque al menos la familia no la ha repudiado. “Cuando llegué aquí ,me ayudasteis a no avergonzarme de ser madre soltera”, les dice a sus compañeras. 

Con las señas de identidad de estos hermanos directores belgas, el filme se sostiene en el día a día del centro (rutinas de baño, alimentación, normas, y charlas terapéuticas) y los conflictos emocionales y las microdecisiones que van definiendo quién será capaz de quedarse con su hijo y quién quizá no. Porque las dudas es siempre el común denominador de ellas: en el embarazo con el aborto, tras el nacimiento con la acogida o adopción. Las situaciones familiares y personales complejas que se van desgranando hace que la respuesta a esas dudas sean difíciles, y se entiende la falta de contexto para evitar lo que les han llevado a un embarazo adolescente y a una maternidad demasiado precoz. 

El final no es redentor ni dramático, sino verosímil y abierto, dejando flotando la fragilidad y la ambigüedad de muchísimas maternidades precoces en Europa. Pero pocas certezas, aunque algo de aliento en cada historia al final… Algo de aliento, porque en el cine de los hermanos Dardenne cuesta respirar. Porque aunque el tono sea más optimista que otras películas de los Dardenne, la película no cae en el melodrama edificante; el optimismo aparece en los pequeños gestos de autonomía, de ternura y de decisión responsable, nunca en finales artificiales. 

Las enseñanzas de Recién nacidas - quizás más certero su título original (Jeunes mères) – están bien marcadas por sus ejes temáticos: 1) la maternidad forzada y precaria, donde se nos vuelve a mostrar cómo la adolescencia y la maternidad pueden cruzarse en contextos de pobreza, violencia y desprotección, donde el embarazo no surge de un proyecto sino de un vacío de afecto, educación sexual y apoyo social; 2) la dualidad del centro de acogida, que no aparece como un paraíso protector, sino como un espacio ambiguo: proporciona refugio, pero también somete a las chicas a un control constante sobre su idoneidad como madres, lo que permite reflexionar sobre cómo la justicia social y la protección infantil se ejercen en la práctica; 3) la importancia del apoyo emocional, con esa presencia afectiva constante de voluntarias, educadoras y trabajadoras sociales, donde se destaca la necesidad de acompañar, más que de juzgar; y 4) la identidad y reparación, donde cada una de las cinco chicas vive en parte un proceso de reparación de su propia infancia violentada, y con el cuidado de sus hijos intentan que sea para él algo diferente de lo que sus propias madres o figuras de referencia fueron para ellas. 

En conjunto, Recién nacidas funciona como un retrato íntimo y crítico de la maternidad adolescente en una Europa occidental donde la pobreza, la violencia y la desigualdad siguen marcando quién puede permitirse ser madre y en qué condiciones. Díficil no relacionar con la película española La maternal (Pilar Palomero, 2022). Pero aquí con el toque Dardenne…

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (829) “No te quiero”, desde Rusia sin amor

 

Noche. Una adolescente con chándal lleva en brazos a una lactante de pocos mese abrigada por la fría calle ya vacía. Se compra un café con leche en un puesto callejero. A continuación tiene un encuentro con una mujer dentro de un coche donde negocian la compra-venta del bebé. Ella sale del coche. Y aparece el título de la película: No te quiero, película rusa dirigida por la directora Lena Lanksih en el año 2021, quien se estrena detrás de las cámaras con esta ópera prima dura, muy dura, descorazonadora. Por ello, emulando la mítica película de la saga James Bond, Desde Rusia con amor (Terence Young, 1963), hoy a esta historia le podríamos subtitular, por contraste, “desde Rusia sin amor”. Película de cine independiente ruso con espíritu de crítica social. 

La película se centra Vika (extraordinaria Olga Malahova), una adolescente de 14 años de origen muy humilde que acaba de tener una hija y tiene que superar ese hecho a través de una familia desestructurada y en una ciudad de provincias rusa (en la región de los Urales), gris y deprimente, y para el que los propios rusos utilizan despectivamente el término "Djopu mira", y que se traduciría como "el culo del mundo" para referirse a estos lugares, alejados de la mano de Dios. 

La historia nos va desgranando su entorno familiar, social y escolar. Vive con su madre, a la que ayuda a vender frutos del bosque en un mercadillo callejero. Parece que el padre vive con otra mujer, y con ellos está su hermano. Hace pasar a su bebé cómo su hermano pequeño, sin darnos pistas ciertas de quién realmente es el progenitor. Hace tiempo que no acude al instituto y todo apunta a que fue expulsada por sus faltas continuas; si parece feliz en las clases de danza, pero algunos familiares del resto de alumnos no quieren que se acerque a estos eventos escolares, pues la consideran una mala influencia para sus hijas. 

Vika nunca sonríe y si lo hace no parece normal. Y si lo hiciera, ahí está la madre para recriminarle: “¿Por qué sonríes? ¿Qué te hace gracia? Pues no es el lugar. No lo hagas en público. Es simplemente inapropiado. Pensarán, por qué está contenta”. Y algún secreto se cierne sobre ellos, pues Vika le llega a decir a su madre: “Si fue culpa mía, deberían castigarme”. Porque este bebé no solo es casi un secreto, sino también una fuente de conflicto, con una familia que no deseaba ni acepta al bebé. Y Vika está enfadada con ella misma, con todo, con todos y con la vida, de ahí que le sea difícil cuidar a su hija: “No voy a darle más el pecho”, “¿Por qué lloras todo el tiempo? Para ya…”. Acuda a su médica, pero se va de la consulta porque no quiero que haya estudiantes mientras la exploran; acude al pediatra, pero no la atienden… y es un consultorio tan patético como el resto que le rodea, como las casas, como las calles, como el clima, como los trenes,…. A medida que avanza la historia, Vika choca con la frialdad de la madre, la irresponsabilidad masculina y la indiferencia institucional, quedando aislada en un mar de dudas. 

La falta de control aumenta. Vika llega a poner pastillas picadas en el biberón…, pero acaba tirándolo, mientras en segundo plano oímos llorar su hija. Al final, se vuelve a reencontrar con la mujer del principio y visita a los futuros compradores de su hija: “Cuando venga mi mujer, dale la niña. Ven a verme y te daré el dinero. No puede concebir, por eso quiere un bebé”. Pero finalmente se vuelve con su hija y le dice: “Nadie podrá separarnos. Te quiero. Nadie podrá separarnos. Era todo un juego. Nos esconderemos. Te quiero”. Pero acto seguido la abandona en el bosque… Y el final es tan sórdido e inesperado como el resto de la película. 

Una tragedia rusa de principio a final… No deja respiro. Y, para ello, Lena Lanskih opta por un realismo crudo: planos prolongados, ritmo pausado, escenarios desolados y ausencia de subrayados musicales, lo que obliga a mirar de frente la precariedad moral y material del entorno. Maternidad adolescente y culpa social hacia ella, mientras el entorno familiar, masculino e institucional se desentiende o mira hacia otro lado. El título No te quiero nos remite tanto al bebé no deseado como a la propia Vika, tratada como alguien prescindible. El paisaje industrial y húmedo de los Urales funciona como metáfora de un país profundo donde los jóvenes tienen pocas salidas, allí done la economía informal (recolectar y vender frutos) muestra la vulnerabilidad económica que agrava la vulnerabilidad de género y edad. 

La película interpela sobre la responsabilidad colectiva hacia adolescentes y madres jóvenes: no basta con condenar embarazos precoces si no se asegura educación sexual, redes de apoyo y servicios públicos accesibles. Muestra que, cuando las instituciones fallan y la familia es hostil, cualquier elección de la protagonista será trágica porque ha sido abandonada previamente por todos. Y la enseñanza más incómoda es que no hay espectadores inocentes: la película obliga a preguntarse qué papel se juega en la vida de las personas vulnerables que nos rodean y si se actúa como apoyo o como parte del entorno que las empuja a sentirse “no queridas”. 

La frialdad de la sociedad rusa al descubierto ante la maternidad de una adolescente y que nos retrotrae a la película británica Pájaros sin alas (Ellinor Hallin y Ellen Fiske, 2018), que, aunque dirigida por dos directoras suecas, sigue la herencia del Free Cinema y la sombra de Ken Loach, otro golpe en el estómago sobre un grupo de adolescentes con poco presente y casi peor futuro en una ciudad escocesa convertida en escombros tras las políticas tatcherianas.  

Y es que la cultura cinematográfica rusa no deja de mostrar una mirada sin compasión ante una sociedad que es crítica consigo misma y que por ello mismo merece ser enseñada, aunque su visionado duela en el alma. Y las películas que ya hemos visionado en Cine y Pediatría desde la Unión Soviética (antes)/ Rusia (hoy) no dejan lugar a dudas: La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 19629), pura elegía antibélica, especialmente por convertir el alma pura de un niño en el alma de un monstruo; Masacre. Ven y mira (Elem Klimov, 1985), ya considerada una de las grandes películas bélicas de la historia y donde todo es bruma, fango, frío, lluvia, niebla, explosiones, guerra, dolor, muerte,…; El regreso (Andrey Zvyagintsev, 2003), donde dos adolescentes se reencuentran con su padre y viven de forma concentrada todo el proceso de adoración-rechazo-destrucción-aceptación de la figura paterna; Children 404 (Askold Kurov, Pavel Loparev, 2014), sobre el error es que un país no acepte el arco iris de la comunidad LGTBIQ+ (y la diversidad) en su sociedad; Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), emotivo drama de tono familiar ambientado en la retaguardia rusa durante la Segunda Guerra Mundial y narrado desde el punto de vista de un niño. Y hoy traemos, desde esa Rusia sin amor, la película No te quiero.    

 

miércoles, 13 de marzo de 2024

El camino de Cine y Pediatría se encuentra con la Revista Medicina y Cine

 

Fue en enero de 2010 cuando se iniciaba el camino de Cine y Pediatría. Y lo hice con un post en este blog hablando de una revista referente en el campo de asociar la ciencia (médica) y el arte (cinematográfico). Y esa revista era “Revista de Medicina y Cine” / “Journal of Medicine and Movies” , posiblemente la única conocida que reúne estas dos materias. Una revista bilingüe (español e inglés), electrónica y de acceso libre, publicada por Ediciones Universidad de Salamanca. Aunque se publica de forma trimestral desde el año 2005, conocí de su existencia casualmente al compartir ponencia con su editor en el XXV Congreso Nacional de Estudiantes de Medicina en el año 2007. Fue un satisfactorio encuentro, máxime al reconocer que los editores responsables fueron profesores míos en la Universidad de Salamanca: los hermanos José Elías y Enrique García Sánchez, que comparten su trabajo en el Departamento de Microbiología y Parasitología de la Universidad de Salamanca y su enorme afición al cine.  

De aquel encuentro nació el compromiso de los editores de la Revista Medicina y Cine de prologar mi primer libro de Cine y Pediatría. Y así fue en el año 2012. Ha pasado el tiempo y los lazos han continuado, de forma que desde noviembre de 2023 fui invitado a formar parte del Equipo Editorial de la Revista Medicina y Cine, coincidiendo con un cambio en la dirección de la revisa, actualmente a cargo de la Prof. María José Fresnadillo Martínez. Lo cual es un honor, al ser alumno de dicha Universidad de Salamanca. 

Y este compromiso de colaboración comienza con un artículo publicado en el último número de la revista, bajo el título de “El embarazo en adolescentes a través del séptimo arte”, que se puede consultar en este enlace y también en el archivo adjunto.

 

sábado, 2 de septiembre de 2023

Cine y Pediatría (712) Embarazo en adolescentes y sus variados puntos de vista en los géneros cinematográficos



El embarazo (así como la maternidad/paternidad) en la adolescencia es un tema recurrente en Cine y Pediatría, donde ya, al menos, un par de decenas de películas han abordado este asunto que pretende acercarse a las circunstancias personales, familiares, sociales - y también sanitarias - que lo rodean. Y entre ellas incluso podemos seleccionar algunas películas argumentales para “prescribir” a los espectadores: la película británica Una sabor a miel (Tony Richardson, 1961), la belga 9 meses (Guillaume Senez, 2015), la estadounidense Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Eliza Hittman, 2020), la francesa El acontecimiento (Audrey Diwan, 20219 y la española La maternal (Pilar Palomero, 2022). Y como guinda, Juno (Jason Reitman, 2007), una película que, más en tono de comedia que drama, fue capaz de incomodar a todas las partes (los pro vida y los pro aborto) por los temas bioéticos planteados. 

Y es así que en el camino de películas alrededor del embarazo y crianza en la adolescencia nos topamos con películas de muy diferente calidad y muy distinto género. Y hoy expongo dos ejemplos más para refrendar este contraste: una película documental dramática desde Escocia (sabiendo que la herencia del Free Cinema y la sombra de Ken Loach hace que en los dramas británicos el cielo siempre sea muy plomizo), aunque realizada por dos directoras suecas: Pájaros sin alas (Ellen Fiske, Ellinor Hallin, 2018), difícil de ver; y una comedia francesa (conociendo que el cine en francés tiene un plus de calidad, incluso en sus comedias): ¿Y esto… de quién es? (Emmanuel Poulain-Arnaud, 2021), simpática de ver. 

- Pájaros sin alas (Ellinor Hallin y Ellen Fiske, 2018) 

Película con tono documental (que se alzó con el premio a mejor documental y guion en el Festival Tribeca) que sobrevuela el universo de Ken Loach y lo hace chocar de bruces con el de Larry Clark. Golpe en el estómago de un grupo de adolescentes con poco presente y casi peor futuro en una ciudad escocesa convertida en escombros a causa de las políticas del gobierno de Margaret Thatcher al cerrar la industria del acero. Un retrato íntimo y sobrecogedor de una ciudad en decadencia, un documental que se siente ficción mientras acompañamos a la adolescente Gemma, a su abuelo y grupo de amigos (su novio Patt, su vecina Amy, su amigo JP,…) y cómo a través de su embarazo y su hijo intenta remontar el vuelo en Motherwell, un pueblo cercano a Glasgow, fustigado por el desempleo, la violencia y el alcoholismo, ya solo suscrito a ayudas sociales. 

La abundante voz en off de la protagonista nos delimita la ciudad (“Nos llaman pájaros de viviendas sociales… Una vivienda social es la antítesis de lo snob. Si te quedas aquí, acabas entre rejas o embarazada. No creo que me vaya de aquí. Creo que aquí voy a pasar el resto de mi vida”) y su familia (“Mis padres eran muy jóvenes cuando me tuvieron. Pero no he tenido contacto con mi madre desde que era un bebé. Sé que suena mal, pero ya no quiero conocerla. No la he necesitado en 18 años, ni ella a mí”), y conocemos que vive con su abuelo, quien le enseña su afición al boxeo y a la colombicultura. Una película más de realismo británico donde el cielo siempre es gris, las casas son tristes y la humedad se siente, y la gente se palpa muy proletaria y perjudicada por el thatcherismo. Y así nos explica Gemma porque su generación nació entre huelgas, impotencia y rabia: “Te voy a contar una cosa. Así empezó todo. Hace tiempo nos llamaban Acerópolis, porque proveíamos acero a todo el mundo… Mientras la planta siderúrgica estuvo en activo, Motherwell era boyante. Maggie Thatcher se llevó las siderúrgicas de Escocia e Irlanda a Inglaterra. Los ingleses odiaban a los escoceses y, de repente, las cerraron. Dejó un montón de gente sin trabajo…En el año que nací, 1997, demolieron las siderúrgicas. El cielo se volvió gris. Después de aquello a Motherwell no le quedó mucho. Hoy en día seguimos sin tener nada que hacer”

Vive con ilusión el tener ese hijo con Patt, quien ya ha estado dos veces en la cárcel y piensa que el nacimiento de ese niño cambiará sus hábitos poco centrados de fumar, beber, pelearse o jugar a la Xbox con su pandilla de adolescentes, algunos con peores antecedentes delictivos que él. Pero nada de eso ocurre y en poco tiempo se desentiende, de ahí la reflexión de Gemma: “Es mi hijo. Tiene tres semanas. Es un bebé. Depende de mí. Lo tengo que dar de comer, cambiarlo, bañarlo,… Todo. Me hace pensar en cómo mi madre pudo dejarme, porque yo jamás podría dejar a Liam. Jamás”. En el transcurrir de la historia, JP acaba en coma tras una pelea y sufre graves secuelas (la imagen de sus lesiones craneales nos pone evidencia de que es un documental, aunque parezca una película de ficción) y Amy también tiene que llevar adelante su embarazo adolescente, justo cuando la relación con JP se había acabado. 

Una película contada en off por sus protagonistas, en un inglés escocés difícil de entender, pero auténtico. Adolescentes que quieren volar y cambiar, pero no tienen alas para hacerlo, pues el medio en el que se desenvuelven hace que sea épico conseguirlo.  La metáfora con las palomas sobrevuela todo el metraje, pues algunas palomas regresan a su jaula, pero otras desaparecen para siempre, como los ciudadanos de Motherwell. Y así no encaminamos al final entre el vuelo de cientos de palomas, la demolición de las Allison Tower y las reflexiones de Gemma que huye de la ciudad alcanzada su mayoría de edad. Y Liam, su hijo, comienza a dar sus primeros pasos en otra ciudad de Inglaterra. 

- ¿Y esto… de quién es esto? (Emmanuel Poulain-Arnaud, 2021) 

Se nos presenta la feliz familia de Annie (Alexandra Lamy) con su marido Laurent, geriatra de profesión, y sus cuatro hijos, los tres mayores en diferentes etapas de la adolescencia: César y Max son chicos brillantes y sensibles, y Poupi (Louvia Bachelier), quien practica la gimnasia rítmica. Pero la tranquilidad familiar se pierde cuando descubre una prueba de embarazo positiva en el baño de casa e intenta descubrir a quién pertenece. Esa alocada investigación para averiguar quién es la propietaria del test, hará que Annie vea cómo se rompen sus certezas al descubrir que su marido tiene una amante psicoanalista, que a César le ha dejado su novia, que Max es un seductor escondido entre sus gafas de empollón y que Poupi tiene un secreto difícil de confesar. 

La comedia francesa tiene la destreza de usar bien los “macguffin”, en este caso el hallazgo del test positivo de embarazo, que sirve como pretexto para hacer una radiografía amable sobre la familia y la sociedad francesa, y cómo abordar sin dramatismo el embarazo en una adolescente (o decisiones de mayor calado como el aborto, que aquí se intuye, pero no se afronta). Y donde la canción “Thunderclouds” del grupo LSD (ese supergrupo musical es el acrónimo que forman el rapero británico Labrinth, la cantante y compositora australiana Sia y el producto estadounidense Diplo) pone el núcleo musical a esta película y todo el color, como el del propio vídeo musical con el habitual color que este grupo da a sus producciones y que cuenta de nuevo como protagonista a la joven bailarina Maddie Zigler, y que en tantos videos musicales ha acompañado ya a Sia. Y porque parece una canción bien elegida, ya que el mensaje de la misma entronca con el de la propia película: sobre las luchas que surgen cuando el miedo y la desconfianza aparecen en las relaciones personales. 

Porque las nubes de tormenta que pueden traer un embarazo en la adolescencia se pueden visionar desde varios puntos de vista y distintos géneros cinematográficos. Y sirvan estos dos ejemplos, dos fórmulas diferentes de abordar la resiliencia.

 

sábado, 20 de mayo de 2023

Cine y Pediatría (697) “La Maternal”, drama adolescente que persiste en tiempos del Tik Tok

 

Hace dos años conocimos y reconocimos a la directora zaragozana Pilar Palomero. Porque fue entonces cuando se encumbró en los Goya con el premio a mejor película y mejor dirección novel por Las niñas, una de las mejores películas del año 2020. Una película en clave femenina sobre unas adolescentes alumnas en un colegio de monjas en aquella Zaragoza del año 1992 y que hacen su particular viaje de la niñez a la vida de los adultos. Y este año 2022 acaba de estrenar otra película en clave femenina sobre unas adolescentes más conflictivas y entornos más desestructurados de nuestra época, bajo el título de La maternal. Y en una historia donde la realidad supera la ficción,… como casi siempre. Y Pilar Palomero vuelve a apostar por la adolescencia en esta película valiente y comprometida.  

Conocemos a Carla (magnífico debut de Carla Quilez), una desafiante y rebelde adolescente de 14 años, quien pasa las horas con su amigo Efraín en ese peculiar entorno que bien parecen Los Monegros. Bastan las escenas iniciales para conocer a nuestra protagonista y su entorno nada saludable para la juventud. Malhablada y pendenciera, nos desconcierta cómo es la relación con su madre soltera, Penélope (Ángela Cervantes), cuyo trato no es el propio de una relación materno-filial, sino más bien de colegas, donde faltarse el respeto es más la norma que la excepción. Ambas viven en un viejo restaurante de carretera en las afueras de un pueblo, en un paraje tan inhóspito como el de sus vidas. Carla ha dejado de ir al instituto porque está vomitando últimamente y es cuando la trabajadora social se da cuenta de que está embarazada de cinco meses

Es entonces cuando Carla ingresa en "La Maternal", un centro para madres menores de edad sito en Barcelona, donde compartirá su día a día con otras jóvenes como ella y varios tutores. Y aquí ocurre la escena más impactante, cuando los trabajadores sociales animan a que cada interna se presente a Carla. Y cada una de estas niñas-madre le cuenta la historia de su embarazo adolescente, todas vivencias duras, cuando no crueles, asociado a situaciones de maltrato por las parejas, trastornos de la conducta alimentaria, pederastia en el entorno familiar, drogadicción o intentos de suicidio. Y la idea del aborto flotando en cada una de ellas, si bien alguna tenía claro lo de seguir adelante: “Si tengo este niño va a ser la única persona que va a estar conmigo”. Y este puñado de jóvenes no profesionales nos deslumbra por la verdad que transmiten, gracias a la dirección de Pilar Palomero. 

Y en "La Maternal" conviven madres adolescentes, algunas embarazadas y otras ya con sus bebés, y los trabajadores sociales que intentan brindarles un camino para que puedan forjar en el futuro una vida mejor. Y, en ese ambiente, la rebeldía de Clara se manifiesta frente a todos, contra tutores y compañeras, contra su madre y contra sí misma. Observamos que los patrones de vida se repiten, porque su madre también fue una madre adolescente, pero que no contó con el apoyo que Clara recibe ahora. Y la historia se conjuga con la mezcla de familias desestructuradas, sexualidad incipiente y crítica social, pero también con educación emocional y responsabilidad afectiva

Y en este centro las jóvenes comparten experiencias y viven nuevas situaciones a las que enfrentarse con su maternidad (el aborto, la pareja, la crianza,…), y ello con las canciones de Estopa o con la música street dance que le gusta bailar a nuestra protagonista. Pero con el nacimiento de Bruno aparece el instinto maternal de Clara: “Que soy primeriza, pero no tonta”, proclama cuando le intentan ayudar. Aunque la realidad es que, mientras pasea con su madre, alguien le dice aquello de “¿Estarás contenta con tu hermanito?”. Y la crianza no resulta fácil al inicio y confiesa a su madre: “No me quiere. Le canto, le bailo, le doy de comer y sigue llorando. No sé qué hacer”. Aunque no le queda más remedido a Carla que transformar su rabia natural y transformarla en aprender a ser madre. También en estos tiempos de Tik Tok y redes sociales, allí donde tendrá que lidiar con ese tsunami de sensaciones y sentimientos de una adolescente que le tocaba quizás otra cosa, pero no ser madre. 

Y, en la parte final del film, Clara regresa con su madre a casa, cierran el restaurante, observa jugar al fútbol a sus colegas de antaño, vuelve a montar en bicicleta e intenta reproducir su vida previa, pero la realidad es que ya nada es igual y tendrá que aceptarlo mientras los créditos aparecen al ritmo de los Estopa. 

Y es así como explorar la realidad de Carla y otras madres adolescentes, la mayoría bajo una estructura familiar rota y una educación desordenada, abre la posibilidad a la reflexión y al debate. Porque la realidad siempre supera a la ficción. Y esta realidad es mundial, pero más marcada en algunos países. En el caso de España el número de nacimientos de madres adolescentes (menores de 20 años) crece entre 1996 (11.174) y 2008 (15.133), con un cambio de tendencia en los años siguientes, reduciéndose casi a la mitad en 2017 (7.839) y se mantiene en el 2020 y 2021 (7.228 y 7.202). Es así que la ratio de madres adolescentessobre el total de nacimientos ocurridos en España, pasa de 3,08% a 1,99% entre 1996 y 2017, subiendo al 2,13% en  2021. Cifras que llevan detrás, en muchos casos, una historia como la de Clara y sus compañeras narradas en la película La maternal.

 

sábado, 30 de abril de 2022

Cine y Pediatría (642) “El acontecimiento” de “9 meses” inesperados

 

Los embarazos en adolescentes se describen como embarazos precoces en mujeres que no han alcanzado la mayoría de edad jurídica y están en situación de dependencia de la familia de origen. El embarazo suele implicar un riesgo en la trayectoria vital de las jóvenes adolescentes, un serio y prevalente problema médico-social. Por todo ello, el embarazo de la adolescente se convierte en una consulta “sagrada” en sanidad que precisa de una relación médico-paciente empática, asertiva y profesional. 

No es de extrañar que sea un tema tratado de forma recurrente en el cine y, en concreto, ya presente en Cine y Pediatría. Sirvan algunos ejemplos en orden cronológico: Un sabor a miel (Tony Richardson, 1961),  Adiós cigüeña, adiós (Manuel Summers, 1971),  Palíndromos (Tod Solonz, 2004),  Quinceañera (Richard Glatzer y Wash Westmoreland, 2006),  Juno (Jason Reitman, 2007),  Precious (Lee Daniels, 2009),  El mejor (Shana Feste, 2009),  Blog (Elena Trapé, 2012) o  Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Eliza Hittman, 2020), entre otras. Y a estas películas llenas de sentido y sensibilidad, de emociones y reflexiones, hoy se suman dos películas en idioma francés, que no es la primera vez que comentamos que casi viene a ser un sello de calidad: El acontecimiento (Audrey Diwan, 2021), desde Francia y que nos habla de cómo se planteaba un embarazo no deseado en una adolescente en la década de los sesenta, y 9 meses (Guillaume Senez, 2015), desde Bélgica, que nos enfrenta a una situación similar en la actualidad. 

Desde Francia, El acontecimiento (2021) es un drama francés fundamentado en la novela autobiográfica de Annie Ernaux, “L´événement”. La historia nos transporta a la primavera de 1963, donde una joven llamada Anne (brillante Anamaria Vartolomei), estudiante en la Universidad de Letras en Angulema, descubre que se ha quedado embarazada, con lo que sus oportunidades para terminar sus estudios - y llevar la vida que quiere - han quedado de repente muy reducidas, por lo que desea poner una solución que busca desesperadamente. Y la película se disecciona en los diversos hechos que acaecen a medida que pasan las semanas de gestación, que son éstas: 3 semanas, 4 semanas, 5 semanas, 7 semanas, 9 semanas, 10 semanas y 12 semanas. Una cuenta atrás para que pueda llegar el acontecimiento, que no es otro que conseguir el aborto de su hijo. 

Anne vive en una residencia universitaria, donde todo se comparte entre reflexiones filosóficas alrededor de Camus y Sartre, muy apropiado para aquella época. Tras conocer su precoz embarazo, Anne solicita al primer doctor que haga algo con su situación, pero la ley era implacable entonces (con cárcel incluida por practicar un aborto), y repite su solicitud con otro ginecólogo: “No me voy a ir. ¡Ayúdeme! Quiero continuar con mi estudio…Tengo un problema y no pienso quedármelo”. Avanza la gestación, llegan los vómitos y ya no puede ocultar a sus amigas la situación, quienes también están atemorizadas por su plan: “No es asunto nuestro, ¿quieres acabar en prisión con ella?”. 

Ella sigue intentándolo de cualquier forma y hasta se introduce una aguja de tejer por la vagina para provocarse el aborto. Y un ginecólogo más le expresa su parecer: “El feto ha aguantado…Debe aceptarlo. No hay alternativa”. Acude al padre de su hijo para pedirle que le ayude a conseguir su objetivo, pero no lo consigue: “Tu siempre igual de insolente. Crees que así vas a solucionar tus problemas”. Con todo ello llega el desapego a las clases de la universidad, mientras oculta la realidad a sus padres. Y el tiempo se le agota. 

Finalmente una compañera le proporciona la dirección de una señora que provoca abortos clandestinos en su casa, y consigue amasar el dinero para ello vendiendo sus libros y otras posesiones. Pero le explican que es una lotería y si se complica y ha de llegar al hospital “hay quien pone aborto espontáneo, pero otros ponen aborto provocado; y si sobrevives, tienes suerte y acabas en prisión”. Llega en el límite de tiempo y todo acontece en la mesa de la cocina de una vieja casa con deficientes medidas de asepsia: “Se lo advierto, ni un grito. Si no, paro. Las pareces son muy finas”. Tras introducirle la sonda, debe esperar 24 horas al resultado, pero no llega y vuelve a repetir el proceso: “No podemos hacer nada. Poner una segunda sonda puede traer complicaciones. Si quiere volver a hacerlo, será bajo su responsabilidad”. Y llegan las complicaciones, y entre estertores (sin dejar nada a la imaginación) expulsa el feto en la taza del wáter, y logran detener su hemorragia en el hospital. Y la lotería fue que indicaron los sanitarios como aborto espontáneo. Y en la escena final, consigue retomar los estudios. Y en uno de los exámenes finales le cae un texto de Victor Hugo. Fin.. y ahora a reflexionar sobre el acontecimiento. 

Desde Bélgica, 9 meses (2015) es el sorprendente debut en la dirección del belga Guillaume Senez, un film sobre la paternidad en la adolescencia o, más bien, sobre la imposibilidad de ser madre o padre. Una película, como la anterior, conmovedora y violentamente atractiva en esa relación de noviazgo de dos quinceañeros, Maxime, Max (Kacey Mottet-Klein) y Mélanie, Mel (Galatéa Bellugi). Juntos exploran, con amor y torpeza, su sexualidad hasta que Mélanie nos descubre: “Estoy embarazada…creo”; Maxime inicialmente no acepta bien la nueva noticia y duda (“¿Estás seguro que es mío? Quizás has estado con alguien más”), pero poco a poco empieza a concienciarse de la idea de convertirse en padre y convence a su pareja para tenerlo, pese a que todas las voces a su alrededor le dicen lo contrario. 

Y ello en unos adolescentes que juegan a decir “te odio” para expresar “te amo”, ambos procedentes de familias con estructura complicada: Max vive con padres separados, Mel con una madre soltera. Y en realidad aún son niños que juegan en pandilla a la Xbos y comen pizza mientras debaten su pueril futuro alrededor del fútbol y hablan de Eden Hazad, como su ejemplo (conocido el mal rendimiento de este futbolista en el Real Madrid, nos hace pensar que la película es de hace unos años). 

Acuden a un ginecólogo y a un orientador sexual, cuyas palabras no pueden dejar indiferentes cuando habla a la pareja: “Es complicado tener un hijo a los quince. Te da mucho trabajo. Sin la ayuda de vuestros padres, es aún más difícil. Vais a tener problemas. Podéis hacer esa elección, podéis quedaros con el bebé. Es posible. Pero requiere muchas responsabilidades que están más allá de vuestra edad”. Y cuando, pese a todo, Max decide continuar con el embarazo, resuenan aún más las palabras del adulto dirigiéndose a Mel: “Tienes que recordar esto. Al final eres tú quien decide…Si no estáis de acuerdo, tenéis que pensarlo bien, pero es una decisión muy importante que requiere muchas responsabilidades”. Y pese a estos (demasiados) dirigidos consejos, los jóvenes deciden seguir adelante con el embarazo. Pero la noche de felicidad y complicidad de la pareja en la feria se rompe cuando ella le expresa: “Max, tenemos que pararlo, lo del bebé”. Ante esto, Max intenta descargar sus dudas y su tensión en los entrenamientos de fútbol, más cuando es seleccionado por un cazatalentos.

Cuando informan a los padres, estos establecen un debate entre ambas familias de cómo abordar un aborto a los tres meses y medio de gestación. Y hasta plantean, delante de sus hijos, y de una forma tan cumplida como comercial, repartir los gastos de viajar a Holanda a realizar la intervención. Realmente es una decisión tomada por la madre de Mel, pues ella pasó por lo mismo y no quiere que se reproduzca tener un bebé a esa edad: “Lo he pasado yo misma. Créeme. ¿Qué sabes de la vida?... Vas a tener que dejar la escuela para cuidar de tu hijo”. Pero la joven pareja quiere seguir adelante con el embarazo y cuando la madre de Mel le dice que no comenta ese error estúpido, ella le responde con algo muy contundente: “¿Soy un error estúpido?”. Y los jóvenes se apoyan pensando en un futuro mejor cuando Max consiga ser un jugador de fútbol profesional. Y suena la canción “Misses” del grupo belga de indie pop Girls in Hawaii, y se renueva la ilusión de los nuevos padres en la ecografía del último trimestre cuando les confirman que será un chico. 

La experiencia similar que tuvo la madre de Mel fue tan negativa que no ayuda a su hija al tomar la decisión de seguir adelante con su maternidad; y, además, la echa de casa y tiene que instalarse en un hogar para adolescentes con su misma situación. Mientras tanto, Max fracasa en su estancia para ascender en el fútbol, pues decide abandonar ante la preocupación por Mel. Al final de la gestación, Mel es acogida con aprecio en la casa de Max, mientras su madre se mantiene en la distancia. 

Cuando se aproxima el parto, Mel está nerviosa, duda, llora y tiene miedo. Finalmente las dudas le hacen volver con su madre y tomar una decisión imprevista al final cuando da al hijo en adopción. Max intenta recuperarlo, pero su deseo no es suficiente para la institución gubernativa que tienen ahora que decidir dónde deberá crecer feliz y con seguridad el bebé. Finalmente lo puede ver, tomarlo torpemente en sus brazos durante algún minuto, sacar una foto de recuerdo, poder preguntarle si le va a ir bien y decirle adiós. 

Y con este final se nos queda el alma bastante vacía después de 9 meses, porque, aunque el sistema social haya funcionado, no lo ha hecho lo más importante: el amor a la vida, a todas las vidas. Por ello 9 meses es una película conmovedora y violentamente atractiva que no solo habla de la adolescencia, también sobre la paternidad precoz o, más bien, sobre la imposibilidad de ser padre. 

Y en ambas películas cabe destacar el papel de sus jóvenes protagonistas: la debutante actriz franco-rumana Anamaría Vartolomei en El acontecimiento, y la francesa Galatéa Bellugi y el suizo Kacey Mottet-Klein en 9 meses. Y cabe destacar a Kacey Mottet-Klein, pues fue el niño actor fetiche de la rompedora directora franco-suiza Ursula Meier en Sister (2012) y en Home: hogar dulce hogar (2015), de forma que la propia directora le llegó a dedicar un corto documental titulado Kacey Mottet Klein, nacimiento de un actor (2015); ambas películas ya en Cine y Pediatría, como también la película Cuando tienes 17 años (André Téchiné,  2016). 

Dos películas que nos recuerdan algo tristemente frecuente: que los 9 meses que nos llevan a uno de los más hermosos acontecimientos de la vida, no siempre son (ni han sido) un tiempo feliz. 



miércoles, 26 de enero de 2022

Fundación Salud Infantil y Cooperación al Desarrollo Internacional

 

Desde hace más de un año soy asesor de Fundación Salud Infantil, una fundación con sede en Elche, cuyo fundador y presidente es mi buen amigo el Dr. Fernando Vargas, quien fuera jefe del Servicio de Pediatría del Hospital General Universitario de Elche durante cuatro décadas. Y hoy quiero dar a conocer algo más esta Fundación y una de sus múltiples labores, como es la implicación en Cooperación al Desarrollo Infantil, en concreto su proyecto con Honduras. 

La Fundación Salud Infantil  ofrece una atención interdisciplinar a niños y niñas de entre 0 y 16 años que nacen con una discapacidad o con el riesgo de padecerla. Con una visión de inclusión, gratuidad y universalidad. Siempre de la mano de las familias y de coordinación con los entornos del niño. Desde 1997 es una institución dedicada a la atención integral de este colectivo desde la perspectiva sanitaria, educativa y social, actuando como uno de los centros de Atención Temprana y Educación Inclusiva de referencia internacional. 

La fundación se organiza en base a tres líneas de trabajo: asistencial, investigación y formación técnica en cooperación. El objetivo es ofrecer los mejores tratamientos que permitan mejorar la calidad de vida de los niños y las niñas, contribuir a la especialización de los profesionales en todo el mundo y al avance científico. Este objetivo se consigue gracias a la transparencia en la gestión a través de numerosas auditorías, la colaboración con instituciones oficiales, los más de veinte años de experiencia en sus líneas de actuación, el programa de prevención de la discapacidad en recién nacidos pionero a nivel nacional, las aulas de inclusión en la primera infancia, la calidad profesional de los especialistas, programas de cooperación con más de treinta instituciones, programas de investigación y cooperación internacional. 

Y es la cooperación internacional una de las actuaciones relevantes (y necesarias) de la Fundación Salud Infantil. ¿Por qué? Porque una de cada siete personas de la población mundial tiene una discapacidad. Además, ocho de cada diez habitantes con discapacidad son pobres y viven en su mayoría en países en vía de desarrollo. Por ello, Fundación Salud Infantil interviene a través de la formación: con la creación de una plataforma que permite la formación a distancia, con algunas visitas presenciales en los países con los que mantiene proyectos. Actualmente, los profesionales de la fundación trabajan con homólogos en Marruecos, Perú, Senegal y Honduras

Pero cabe poner el detalle sobre el Proyecto en Honduras. 

El proyecto de formación en Honduras se circunscribe a las zonas de Choluteca y Valle (en el sur del país). Tiene como objetivo general empoderar a las madres adolescentes en su papel de madre a través de mejorar su conocimiento en el cuidado de sus hijos e hijas para poder promocionar el desarrollo de los pequeños. Es una evidencia que la maternidad temprana limita el derecho de la mujer a la formación académica y, por tanto, su acceso al mundo laboral. Pero, además, su menor capacidad económica que deriva de esta situación pone en riesgo la salud del recién nacido y del lactante. 

La Fundación Salud Infantil incluye en el proyecto a las niñas de 12 a 15 años y de 15 a 19 años embarazadas. Se pretende intervenir con ellas lo más tempranamente posible porque, tal como evidencian los estudios realizados, los primeros mil días de desarrollo de una vida (este tiempo incluye los nueve meses de embarazo y los dos años siguientes al nacimiento) son fundamentales para la salud de los seres humanos, tanto física como intelectualmente. 

La formación se realiza en torno a los centros de salud de ambas zonas elegidas. Los servicios sanitarios conocen a las adolescentes de su zona que están embarazadas así como a madres jóvenes. Se pretende conseguir que las adolescentes gestantes y las que ya son madres acudan a las sesiones de formación e información, tanto online como presenciales, sobre los cuidados del bebé como son: alimentación, lactancia, alimentación complementaria, vacunas, cuidados higiénicos, manejo de las medicaciones habituales como son los antitérmicos, cuidados del enfermo, primeros auxilios, crecimiento etc. 

Y el contenido formativo se puede revisar en este enlace, con vídeos en tres áreas: 
- Salud infantil 
- Problemas de salud y crecimiento 
- Cuenta cuentos  

Un total de 26 vídeos que pueden ser de interés en otros en otros países y en otros entornos y que vale la pena difundir. 

Cabe decir que, paralelamente, el proyecto incluye un apoyo psicológico a las madres adolescentes para que se sientan queridas, apoyadas y empoderadas.

sábado, 28 de agosto de 2021

Cine y Pediatría (607). “Nunca, casi nunca, a veces, siempre”, crónica del aborto de una adolescente

 

El aborto ha sido ya un tema que, inevitablemente, ha tenido cabida en Cine y Pediatría. Y ello con dos entradas monográficas en los albores de nuestro proyecto: 4 meses, 3 semanas, 2 días, la cuenta atrás para un problema de todos: el aborto  y Si las paredes hablaran, cuando el aborto se plantea como una solución ante la adolescente embarazada.  Más un buen número de películas donde el aborto es un tema presente, pero quizás no protagonista. Por ello, nuestra película de hoy tiene un valor esencial. 

Hoy hablamos de la película estadounidense con un título tan original como Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Eliza Hittman, 2020), donde se nos narra – de forma tan aparentemente simple como contundente - el proceso emocional (y, por supuesto, también físico) que debe sufrir una chica de 17 años desde que sospecha que está embarazada hasta que decide tomar una decisión en solitario de incalculable impacto. El cometido no era fácil, Y esta película independiente multipremiada (entre ellos el Gran Premio del Jurado en Berlín y el Premio Especial del Jurado en Sundance) a buen seguro que lo consigue. 

Autumn (Sidney Flanigan), una apática y taciturna adolescente, vive en un pequeño pueblo de Pensilvania, en una familia con una madre más comprensiva con ella que el padrastro (papel esporádico para Ryan Eggold, el Dr. Max Goodwin, el director médico de la serie New Amsterdam) y con dos hermanas pequeñas. Trabaja como cajera en un supermercado rural junto con su prima Skylar (Talia Ryder), su única cómplice para sobrellevar un embarazo accidental y las posibilidades que busca para poder realizar un aborto en Nueva York, embarcándose en una aventura con más interrogantes que respuestas. 

Todo empieza con una prueba rápida de embarazo y su pregunta: “Si es positivo, ¿hay manera de que sea negativo?”. Pero la respuesta es clara: “No. Un positivo siempre es positivo”, para una prueba que está claro que ahora no es nada positiva en la vida de nuestra protagonista. Y por ello consulta a los Servicios de Adopción y Maternidad, a la vez que realiza su primera revisión ginecológica, con esas palabras de ánimo de la ecografista al referirse a los latidos cardiacos de su bebé: “Y esto es el sonido más mágico que jamás escucharás”. La inesperada maternidad en su adolescencia le hace buscar alternativas. Alternativas donde el aborto aparece en primer término, pese a que le ofrecen la alternativa de la adopción y ese vídeo que le muestra con crudeza de cómo todo aborto es un acto de violencia frente al feto. Pero Autumn busca en internet las posibilidades del aborto autoinducido, como la ingestión de elevadas cantidades de vitamina C, aplicándose luego violentos golpes en su abdomen hasta provocarse hematomas. 

Y así se desarrolla esta película de cine independiente, un cine sencillo, honesto, reflexivo, que muestra una realidad sin la poesía de su título. Una historia en que nada se cuenta de cómo ocurrió (se intuye en un diálogo clave), solo lo que va a acontecer en un breve espacio de días. Porque Autumn y su prima Skylar reúnen algo de dinero y se embarcan en un autobús rumbo a Nueva York. Con la dirección de una clínica apuntada en un papel y sin un lugar en el que pasar la noche, las dos chicas se adentran en una ciudad que desconocen, merodeando por esa urbe que no duerme. Por la mañana llegan a la clínica, donde un grupo de antiabortistas se manifiestan con diferentes eslóganes y también con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Al entrar, lo primero a solucionar es la parte financiera, cómo no, estamos en Estados Unidos. A continuación, llega la consejera, quien le aconseja que, al estar de 18 semanas de gestación, el proceso debe durar dos días. Y en ese momento se desarrolla una de las escenas clave de este film, esa peculiar y detallada anamnesis: “Quiero pasar unos minutos hablando contigo. Te haré algunas preguntas. Pueden ser muy personales. Y todo lo que tienes que responder es nunca, casi nunca, a veces, siempre. Es algo así como unas preguntas de selección múltiple, pero no es un examen”. Realmente una escena muy intensa cada vez que la consejera repite las opciones en cada delicada pregunta sobre sus relaciones personales y sexuales, con esa imagen fija de Autumn que nos refleja sus distintas emociones. Este es el diálogo clave donde intuimos algo de lo que ocurrió para llegar a esta situación y que nunca se mostró ni mostrará. Y continúa la voz conciliadora en segundo plano de la consejera, ahora explicándole todo el procedimiento a seguir para practicar el aborto. 

Y mientras pasan el proceso y esos dos días, Autumn y Skylar, sin dinero para pagarse un hotel – porque todo se ha invertido en el pago al a clínica -, transitan en las salas de los metros y autobuses de Nueva York, en la bolera, en los baños públicos, en el karaoke,… Y tras la larga segunda noche, con el segundo día de la intervención médica finaliza el proceso. Y a la pregunta de su prima de cómo fue todo, su escueta respuesta: “Ha sido una especia de lo que sea… Solo fue incómodo”

Impresiona la austeridad interpretativa de Sidney Flanigan para entender el estado de la mente, el alma y el cuerpo de una adolescente que toma esta decisión sola, aquí con la única compañía de una prima de su misma edad. Y un final tan simple (y contundente) como toda la película: Autumn apoya la cabeza en el cristal del autobús de regreso y cierra los ojos. Y con los créditos finales suena la canción “Staring in a Mountain” de Sharon Van Etten (que no es otra que la actriz que protagoniza a la madre). 

Nunca, casi nunca, a veces, siempre es una película tan inolvidable como su título. Porque nunca o casi nunca el embarazo no deseado de una adolescente y la decisión de abortar ha sido descrito con tal sencilla crudeza; porque a veces (o más bien siempre) se aprecia este cine que describe sin tomar partido, que deja en el aire tantas preguntas y dudas como queramos hacernos sobre esta crónica del aborto de una adolescente.

 

sábado, 20 de junio de 2020

Cine y Pediatría (545). “El mejor”… y lo peor



Dos películas han marcado ya en Cine y Pediatría el dolor de los padres por la muerte inesperada de un hijo: la italiana La habitación del hijo (Nanni Moretti, 2001) y la holandesa Tonio (Paula van der Oest, 2016).  Dos películas para adentrarnos en el duelo en su máxima expresión, y en sus clásicas cuatro fases del duelo: fase de aturdimiento, fase de anhelo (o búsqueda), fase de desorganización (o desesperanza) y fase de reparación. Y entre ambas, hoy presentamos la estadounidense El mejor (Shana Feste, 2009). 

Pero El mejor es quizás algo más, y quizás algo menos. Porque el principio de la película es un valiente e intenso plano que anuncia la espléndida película que podría haber sido y finalmente no fue. En efecto, tras el entierro del hijo adolescente, su familia (el padre, la madre, el otro hijo) viaja en el asiento trasero de un coche. Feste les dedica un plano fijo, largo, un minuto de tensión que sin palabra alguna, sólo con el registro de sus rostros desconsolados, sabe transmitir el profundo dolor que padecen. De seguir por ese camino, El mejor se alinearía en las filas del Moretti de La habitación del hijo o de van der Oest de Tonio. Pero un cuarto personaje, y sin duda el más importante de esta película, aparece: la novia del fallecido, embarazada de él y en su adolescencia. De hecho, ya mencionamos hace tiempo esta película en la entrada sobre el embarazo en la adolescencia.

Porque de forma retrospectiva conocemos que dos jóvenes de 18 años se enamoran idílicamente, Bennet y Rose (Carey Mulligan), y en su primera noche juntos el último día del curso, ella queda embarazada y él pierde la vida en un accidente de tráfico. Al cabo de unos meses, Rose se presenta ante los padres de Bennet y les dice: “Estaba enamorada de él. Por eso quiero tener el bebé. Estuve enamorada de él cuatro años. Casi no le conocía… pero todo fue tal y como me lo había imaginado. Todo fue como yo quería que fuera. Tengo que tener este hijo. Creo que él fue el amor de mi vida”

Y cada miembro de la familia soporta el duelo de la perdida de forma diferente. El padre, Allen (Pierce Brosnan), profesor de matemáticas, contiene la pena y el llanto, somatizando su ausencia de lágrimas. La madre, Grace (Susan Sarandon, siempre excepcional, con cierto recuerdo a aquella madre coraje de El aceite de la vida), no desea pasar página y quiere hablar del hijo muerto, saber qué dijo en el cuarto de hora que permaneció vivo tras el accidente de coche, y por ello llega a cuidar al camionero que se vio implicado en ese accidente. El hermano, Ryan (Jhonny Simmons), se aferra al papel de hijo malo e imperfecto, a diferencia de Bennet. Y todos intentan recuperar su vida: Allen dejando a su amante, Ryan intentando abandonar su afición a las drogas (su madre le analiza la orina cada dos semanas). Y todos intentan alguna forma de ayuda: “Internet está lleno de sugerencias sobre el duelo”, le dice el padre a su esposa, sin éxito. Y el duelo, ya difícil, se hace más complejo, con la llegada de Rose: porque una vida no repone otra, ¿o sí…? “No se suele regalar un cachorro a alguien que ha perdido un perro…¡Debería haber muerto ella!”, son las duras y dolorosas palabras de Grace ante la presencia de Ros. 

Emotivo film que supone el debut en la dirección de la californiana Shana Feste, que también ha escrito el guión, y que obtuvo buenas críticas en el Festival de Sundance, para contarnos la perdida de ese hijo perfecto, bueno y simpático (“el mejor”) y la difícil aceptación de la ausencia. Una ausencia que se intenta mitigar con la llegada de una nueva vida, y con el valor de esta madre adolescente por salir adelante. Un guión delicado que mezcla aspectos de La habitación del hijo y de Juno (Jason Reitman, 2007) podría correr el riesgo de ser demasiado lacrimógeno o edulcorado, lo que se mitiga con sus actores protagonistas, especialmente esta joven Carey Mulligan que el futuro anunciaba como la nueva Kate Winslet o la nueva Audrey Hepburn (que para todos los gustos ha habido para este nuevo ángel cinematográfico) y que nominaciones a sus interpretaciones en An Education (Lone Scherfig, 2009) y Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), lo atestiguan. 

Sea como sea, El mejor nos regala un final muy reparador, donde Rose confiesa a su nueva familia (y a nosotros, como espectadores): “Quiero saber todo lo que sabría si estuviera vivo. Quiero tener más recuerdos suyos”. Y así acompañamos a la familia de El mejor a las vivencias de su peor momento y que no es difícil adivinar que para la mayoría de las personas no es otro que la pérdida inesperada de un hijo.


sábado, 11 de abril de 2020

Cine y Pediatría (535). “Conociendo a Astrid” más allá de Pippi Calzaslargas


Hay personajes literarios que han trascendido al tiempo y espacio hasta convertirse en un icono y casi un símbolo de nuestra niñez y juventud. Uno de estos personajes fue aquella niña de nueve años, pecosa, de sonrisa burlona y coletas pelirrojas totalmente tiesas, las medias de rayas y los zapatos varias tallas más grandes, quien vivía sola junto a su caballo y su mono (Mister Nelson) y que tenía una maleta llena de monedas de oro. Todos la conocimos por “Pippi Calzaslargas”, pues así era el título de la primera novela de la novelista sueca Astrid Lidgren publicado en el año 1945. La primera aventura de Pippi comienza con su llegada a Villa Mangaporhombro, en un pequeño pueblo que revoluciona rápidamente por su peculiar forma de vivir y sus extravagancias. Se hace amiga de sus vecinos Tommy y Annika, que están admirados con sus disparates, los cuales funcionan como contrapunto a sus locuras y a los que siempre acaba arrastrando en sus iniciativas. 

Lo cierto es que a la autora le costó publicar el libro, ya que al principio las editoriales pensaban que era “poco apropiado”. Finalmente y animada por el éxito publicó otros dos más: “Pippi se embarca” y “Pippi en los mares del sur”. Un personaje icónico reconocible en cualquier parte del mundo y cuya imagen estaba marcada por la extravagancia y el humor. Un símbolo para los niños… y los adultos, en quien el humor absurdo formaba parte de su fuerte personalidad, así como esa actitud totalmente espontánea frente a los adultos, lo que le permitía decir y hacer cosas que no debiera. Pero también Pippi era un símbolo de rebeldía contra la autoridad y las estructuras sociales tradicionales, como un personaje antiautoritario, optimista, trasgresor y con espíritu inquebrantable, así como un ejemplo de la niñas que no quieren ser princesas

Pippi se convirtió en un todo un fenómeno, a pesar de sus detractores (que los tuvo), y ha tenido varias ediciones y adaptaciones, alcanzando mayor eco por la serie sueca de televisión Pippi Långstrump (en España, Pippi Calzaslargas), que provocó un auténtico revuelo e hizo archiconocida a la pequeña actriz Inger Nilsson. 

Pero detrás de este personaje nos encontramos a la autora sueca Astrid Lindgren, una de las grandes figuras de la literatura infantil de todos los tiempos. Fue una autora muy prolífica en años (95) y en libros (80), y las adaptaciones de sus obras al teatro y sobre todo al cine le dieron una gran fama en Suecia. Desde la década de los 50 hasta los 80 se realizaron 17 películas basadas en los cuentos de Lidngren. Durante los años 60 escribió directamente textos para la televisión y las series de televisión se convirtieron igualmente en éxitos inmediatos. 

Y lo cierto es que Astrid Lindgren y Pippi Calzaslargas, la creadora y su creación, son muy diferentes y también muy iguales. Y hoy hablamos de una película que intenta descubrir a la novelista para llegar a entender su mayor creación literaria: Conociendo a Astrid (Pernille Fischer Christensen, 2018), inspirada en hechos reales de su biografía. 

Y la película comienza con una anciana que abre cientos de cartas de felicitación por su cumpleaños, cartas con dibujos enviadas por los niños y niñas, donde en una cinta grabada le preguntan: “¿Cómo puede escribir tan bien sobre ser un niño cuando hace tanto tiempo que lo fue?”. Y a partir de ahí un flasback cinematográfico nos devuelve a la beata, tradicional y aburrida sociedad de un pueblo de Suecia de principios del siglo XX, allí donde se crió Astrid Ericsson (Alba August, hija de un matrimonio icónico del cine escandinavo ya presente en Cine y Pediatría: el director danés Bille August - y su gran obra Pelle El Conquistador – y la actriz y directora sueca Pernilla August – quien debutara en Fanny y Alexander), entre el frío de la habitual nieve y en una familia religiosa, donde el padre es el sacristán del pastor protestante de la comunidad. 

Amante de la lectura y escritura, de joven comenzó a trabajar como secretaria en un periódico, confirmando su talento para la narración de historias. Allí donde el director del periódico local, Reinhold Blomberg (Henrik Rafaelsen), un adulto casado que le coge tanta estima que ocasiona su embarazo como adolescente de 16 años. Embarazo y pareja que no son aceptados por su familia, por lo que tiene que huir del pueblo y se refugia en Estocolmo. Y ya con este prolegómeno entendemos el mensaje de otra de esas cartas que recibe en su actual cumpleaños en su vejez: “Escribes mucho sobre la muerte… Pero cuando leo tus libros, me siento más viva que nunca”

Reinhold dice quererla, pero no consigue el divorcio y teme la cárcel por adulterio. Decide salir adelante sola y busca la solución en Dinamarca, allí donde no es necesario registrar el nombre del padre. Y allí pare y deja en acogida a su hijo, entre un mar de lágrimas y con vendas alrededor de su pecho para evitar la producción de leche y que nada se note a su vuelta a Estocolmo. Y los padres adúlteros de tan diferente edad siguen adelante con su relación, a espaldas de la sociedad y de su familia, quien le pide que abandone a su hijo (en un cruel sentido cercenador que tiene sobre esos abuelos el peso de los pecados de la religión), aunque le digan aquello de “Tu madre solo quiere lo mejor para ti”. Y Astrid sigue separada de su hijo: “Mi bebé… Necesito verlo, quiero abrazarlo”.

Pasan los meses y los años con Astrid y su hijo separados, donde nuestra protagonista comienza a entender el “nature or nurture”, al sentir que su hijo no la reconoce como madre y estima a Marie (Trine Dyrholm), la mujer danesa que le cuida. Pero Marie enferma y ya no queda más remedio que volver con él, pese a todo y todos, y resuena el último consejo de Marie: “Solo necesita amor. Mucho amor. Dáselo”. 

Y al regreso, les esperan más dificultades, pues su hijo enferma, y el doctor asevera: “Es tos ferina. No se puede hacer nada. Vendré dentro de una semana”. Por fortuna acaba viendo luz al final del túnel, gracias a Sture (Björn Gustafsson), el nuevo jefe que tiene en el trabajo. Y de ahí ese colofón final: “Astrid se casó con Sture y se convirtió en Astrid Lindgren. Las historias de Pipi Calzaslargas le dieron éxito como escritora y llegó a ser una de las más grandes escritoras infantiles y una mujer icono de nuestro tiempo”. 

Es por tanto, Conociendo a Astrid, un adecuado biopic de la escritora sueca, pero también un película que nos permite reflexionar sobre temas ya afrontados en Cine y Pediatría, como el embarazo en la adolescencia, el acogimiento y la adopción. Una película sobre la superación de las dificultades y que nos permite recordar cómo este fenómeno mundial que es el personaje de Pippi lo concibió cuando ese hijo tan querido, con siete años, se encontraba enfermo de una infección pulmonar en el invierno de 1941, y allí se inventó este personaje para matar el tedio en sus horas de encierro. Dos años después, mientras Astrid Lindgren reposaba de una fractura en la pierna, aprovechó su tiempo para escribir las aventuras de esta niña traviesa que pronto daría la vuelta el mundo y se convertiría en un símbolo feminista. Feminista como esta película con cuatro mujeres clave: su directora, Pernille Fischer Christensen, su actriz, Alba August, la propia escritora, Astrid Lindgren, protagonista de todo ello, y claro está, Pippi Calzaslargas. 

Conociendo a Astrid es una película entrañable que nos permite ver más allá de Pippi Calzaslargas, tras esa infancia, adolescencia y juventud nada fácil de su creadora, esa voz trasgresora que dio voz a la infancia rebelde. Y que hace que comprendamos mejor esa carta final de ese niño hacia nuestra anciana Astrid: “Como todos esos niños de tus libros, se nota que te gustamos”. 

sábado, 11 de agosto de 2018

Cine y Pediatría (448). “Adiós, cigüeña, adiós”, el milagro de la vida contado desde la infancia


“Si lo que escribo sobre la generación de los hombres escandaliza a las personas impuras, que se acusen de su impureza y no de mis palabras” San Agustín 

Con esta cita de San Agustín comienza esta película. Y a continuación la canción de Antonio Machín, “Madrecita”, sirve de acompañamiento para los créditos junto a imágenes de recién nacidos llorando y dibujos de cigüeñas, así como otros esquemas sobre la anatomía de la mujer y de la gestación. La película, claro está, es Adiós, cigüeña, adiós, un film iniciático y trasgresor de Manuel Summers para aquel año 1971 en España, el especial romance de dos adolescentes que tienen que afrontar la llegada de un hijo sin haber sido educados para ello y tienen que experimentar la (auto)educación sexual. 

Una película que acumula las señas de identidad de un director tan peculiar como Summers (temas incómodos, humor tierno, crítica social,…), con un guión suyo al alimón con el humorista Antonio de Lara, “Tono”, en lo que fue un éxito inaudito, con un año en cartelera en España y que también triunfó en otros países. Una película que marcó a muchos adolescentes de la época, sobre todo por el hecho de que tocaba temas tabú para la sociedad española del momento. 

Estamos en el Madrid de los principios de la década de los setenta, y Madrid aparece retratado como un personaje más, pues allí nos aparece el Museo del Prado, la Cuesta Moyano, el Paseo del Prado, el Retiro y su estanque, la Puerta del Sol, el Rastro, Navacerrada, y hasta los niños jugando al fútbol con las camisetas del Real Madrid y del Atlético de Madrid. Y allí y esa época (“Dos rombos, niños a la cama…” nos decían también los padres) se establece ese noviazgo adolescente de la época entre Arturo (Francisco Villa), de 15 años, y Paloma (María Isabel Álvarez), de 13 años: “Está enamorado de ti como un becerro” le dice una niña pequeña a la angelical Paloma, cuando Arturo le regala una fotografía, en aquellos inicios del flirteo; “Te amo con todas las fuerzas de mi ser, te amo, te quiero” son pensamientos en off de nuestro galán.

Tras salir juntos en varias ocasiones, se comprometen como novios: “Gracias Dios mío, ya somos novios… Padrenuestro que estás en los cielos…”, es lo que piensa Arturo cuando bailan juntos por primera vez y a él le caen lágrimas de la emoción. El adolescente tan ensimismado en su primer amor que escribe el nombre de ella hasta en la sopa de letras. Y en una excursión con el colegio entre la nieve de Navacerrada hacen el amor y, tiempo después, Paloma descubre que está embarazada. Ante el temor de comunicar esta noticia en sus respectivas familias, y dado su escaso conocimiento en educación sexual, la joven Mamen (Beatriz Galbó) y su grupo de amigos integrado por niños y adolescentes, los ayudarán a preparar el parto: “Entre todos cuidaremos a Paloma y el niño será de todos”.

Y el tercio final de la película resulta bien peculiar. Porque puedo asegurar que el control y cuidados que hacen los niños de la gestación de Paloma, sin saber, llega en su inocencia a no ser peor a algunos que yo conozco. Y en la ingenuidad de dos jóvenes puramente enamorados, ella nos dice: “Qué bien se está cuando ya se es mayor…”. Y así avanzamos hasta el final con el llanto de la nueva vida, todos los niños adorando al bebé de Paloma (y de todos) y el “Aleluya” del Mesías de Haendel llena el espacio y eleva la cámara al cielo. Como no puede ser de otra manera ante una nueva vida….

Y así es como Manuel Summers, que debutó con el gran éxito comercial y cinematográfico que fue Del rosa al amarillo (1963), con la que consiguió la Concha de Plata del Festival de Cine de San Sebastián por esa dos historias paralelas que rebosan amor (la primera protagonizadas por dos niños, la segunda por dos ancianos), prosiguió con una experiencia tan singular como la de Juguetes rotos (1966), sobre la vejez, y se ganó al público con Adiós, cigüeña, adiós, un nuevo buceo en el mundo de la infancia que colisiona con el de la adolescencia, y que descubre el amor y el sexo. Una filmografía ante ese eterno oxímoron de la vida: el deseo de ser mayores cuando somos niños y el deseo de ser niños cuando somos mayores.

El éxito enorme de Adiós, cigüeña, adiós, con ese final lleno de interrogantes, propició una continuación inmediata y con los mismos jóvenes protagonistas: El niño es nuestro (1973), en donde el niño de Paloma es enviado a un orfanato de monjas, dado que ésta no puede mantener a su hijo, pero los chicos se organizan para recuperarlo y criarle juntos. Esta segunda parte no tuvo tanto éxito como la primera, pero con estas tres películas (Del rosa al amarillo, Adios, cigüeña, adiós y El niño es nuestro) Manuel Summers ha sabido como nadie en España dirigir historias de gran sensibilidad contadas por la infancia. Películas con niños para adultos, como nuestra película de hoy (y su continuación) donde nos regala el milagro de la vida contada por la propia infancia.

Y quien se escandalice, que tenga en cuenta las palabras de San Agustín...