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sábado, 25 de noviembre de 2023

Cine y Pediatría (724) Ruben Östlund desgrana la infancia, familia y sociedad sueca

 

El cine desde Suecia tiene un director universal indiscutible, Ingmar Bergman, quien ha marcado el cine del siglo XX de una manera absoluta y apasionante. Le precedieron en el cine mudo otros como Victor Sjöström y Mauritz Stiller y, en la transición al sonoro, directores como Alf Sjöberg y Hasse Ekman. Tras él y con la reforma cinematográfica del país en la década de los sesenta surgió una nueva generación de cineastas originales que alcanzaron éxito, tales como Jan Troell, Bo Widerberg, Vilgot Sjöman, Kjell Grede, Roy Andersson y otros. Eso hizo que, con sus fríos paisajes y peculiar cinematografía, el cine de Suecia se consolidara como el más importante de todos los países escandinavos. Ya entrada la década de los ochenta, directores como Lasse Åberg, Bille August y Lasse Hallström comandaron la vanguardia del cine sueco. Y con el inicio del silgo XXI aparecieron nombres como Lukas Moodysson, Tomas Alfredson, Amanda Kernell y nuestro protagonista de hoy, Ruben Östlund. 

Algunas películas suecas ya forman parte de Cine y Pediatría como Fanny y Alexander (Ingmar Bergman, 1982), Mi vida como un perro (Lasse Hallström, 1985), Fucking Amal (Lukas Moodysson, 1998), Antes de la tormenta (Reza Parsa, 2000), Lilja 4-Ever (Lukas Moodysson, 2002), Evil (Mikael Håfström, 2003), Déjame entrar (Tomas Alfredsson, 2008), Mamut (Lukas Moodysson, 2009) y Conociendo a Astrid (Pernille Fischer Christensen, 2018). Y hoy incorporamos alguna más.        

Porque hoy el director de moda sueco se llama Ruben Östlund, uno de los pocos directores con dos Palmas de Oro en el Festival de Cannes gracias a sus dos últimas películas: The Square (2017), alrededor del responsable de una nueva exposición en un museo de arte contemporáneo, y El triángulo de la tristeza (2022), anatomía social que pasa de un crucero de lujo a la supervivencia en una isla perdida. Películas que ponen a pruebas los límites de la ficción y el documental, siempre con el distinguido sello de su autor, uno de los más estimulantes que nos ha dejado Suecia estos últimos años. Y estimulante no significa que guste a todos, con sus planos secuencias prolongados, sus fundidos que nos cambian el paso de la historia o sus finales tan abiertos como difíciles de encuadrar. 

Entusiasta del esquí, Östlund comenzó dirigiendo tres cortos y mediometrajes acerca de este deporte en las que ya muestra su interés por los planos secuencia prolongados. A partir de ahí, y en seis largometrajes hasta la fecha, es reconocido por su incisiva mirada sobre el comportamiento social de los seres humanos, sobre esa infancia, juventud, familia y sociedad sueca actual. O la que él nos dibuja. Y es que aparte de las dos premiadas y más actuales obras, hoy queremos recordar sus primeros cuatro largometrajes, que nos van a dejar pensando sobre el devenir de las nuevas generaciones y ello a través de un desagradable realismo. Por ello algunos lo han asemejado al austriaco Michael Haneke, pero sin apuntar a matar. 

- The Guitar Mongoloid (2004)

Fue su largometraje de debut, un retrato caleidoscópico y gamberro de la Suecia actual, cuya potencial traducción al español sería "El mongólico de la guitarra", ya un título políticamente incorrecto como para no traducirse como tal. La película se concibe con gran número de planos fijos en los que diversos personajes protagonizan pequeñas historias autónomas que en ocasiones, aunque no siempre, terminarán por confluir. El protagonista nuclear es un niño de 12 años que no solo canta y toca mal la guitarra por las calles, sino que tiene un comportamiento impropio de su edad (malhablado, fumador, violento y con una extraña convivencia con otro músico adulto), un sociópata en ciernes. Pero donde aparecen otros ciudadanos: una mujer paranoica que cierra y abre continuamente una puerta mientras pronuncia sin parar “Esta es la última vez” y luego pasea por la ciudad con dos bolsas de la compra buscando la bicicleta que le han robado; dos motoristas violentos que usan pistolas y con ellas simulan un juego de la ruleta rusa; dos jóvenes que beben para emborracharse, mientras se golpean la cabeza con una botella; otro grupo de chavales que se dedican a tirar bicicletas al mar y proclaman “Prendámosle fuego a todo”, y que luego matan el tiempo bebiendo y esnifando el helio de los globos; un grupo de niños que juegan en el patio del colegio a hacer una especie de saludo fascista… Secuencias de plano fijo breves que van alternando a lo largo del día las acciones de estos personajes, secuencias con el sello Östlund, algunas fuera de campo y otras encuadrando parte del cuerpo sin visibilizar las caras. Y al final una especia de colchoneta gigante negra volando como un globo por lo alto de la ciudad… Sin más. 

- Involuntario (2008) 

Su segunda película ya tiene asentada su insobornable mirada a la sociedad sueca, de nuevo con una película coral y episódica que gira en torno al tema del poder del grupo sobre el individuo y a través de cinco episodios que constituye un retrato sin igual de la sociedad sueca. Fue seleccionada por Suecia como candidata al Óscar en la categoría de película de habla no inglesa. 

Un film con la marca de su estética, en la que privilegia el uso de largos planos secuencia y encuadres poco convencionales, así como historias inconexas que se entremezclan entre fundidos en negro. Dos chicas adolescentes seducidas por el alcohol juegan a hacerse fotos subiditas de tono y salir de juerga, y que se relacionan con expresiones provocadoras: “Posa con esa zorra. Seamos modelos”. Una fiesta con fuegos artificiales, donde uno de los adultos se hiere en el ojo antes de la cena y luego tiene que ser derivado al hospital. El conductor de ese autobús que lleva a una excursión y su guía, pero que se niega a arrancar el motor hasta que no se pronuncie el pasajero que ha roto una barra de la cortina del baño. Un grupo de jóvenes que también se juntan alrededor del alcohol y donde aparece algún juego de insinuación homosexual. Una profesora que observa como un compañero sujeta a un alumno y reprende a este profesor por el maltrato a ese alumno, aunque se justifica que lo hizo por ser un alborotador: “No fue un castigo. Fue una reprimenda por no seguir las órdenes”. 

Y cada una de estas cinco historias avanza en su dirección. Y lo hace tras los fundidos y con las elipsis en los planos secuencia fijos y el fuera de campo, con esas conversaciones externas a la imagen que se proyecta. Y, sí, quizás fuera involuntario abandonar a la amiga borracha, dañarse el ojo en los fuegos artificiales, romper la barra del baño, realizar una felación al amigo, o castigar al alumno con más dureza de la debida. O quizás no. Pero no va ser Ruben Östlund quien nos dé la respuesta. Cada espectador que saque la suya. 

- Play (2011)

Con su tercera película, basado en hechos reales ocurrido en Gotemburgo, suscitó debates sobre el abuso de poder, la pobreza, el miedo, la segregación y el odio. Y es que con su definido estilo de dirección nos cuenta la historia de unos niños negros de entre 12 y 14 años, hijos de inmigrantes, que robaban a otros muchachos con intimidación, utilizando a su favor el racismo y los prejuicios sociales. 

Esta película ya la comentamos hace años en Cine y Pediatría, por lo que referimos al lector a ese post. Y ya entonces destacamos como, en un fundido en negro final, nos deja unas cuantas reflexiones para llevarnos a casa. Y en ese momento es cuando dejamos de "jugar", porque los prejuicios residen en la mirada del telespectador y Ruben Östlund nos da la libertad de elegir el momento en el que pulsamos stop o play. 

- Fuerza mayor (2014) 

En su cuarta película comenzó a posicionarse, y antes de ganar los dos Palmas de Oro con sus dos últimas obras, ya en esta fue nominado al Globo de Oro y recibió el Premio del Jurado “Un certain regard” en el Festival de Cannes. Y ello por ser uno de los mejores retratos sobre crisis de pareja vistos en mucho tiempo, que nada tiene que envidiar a Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) o a Historia de un matrimonio (Noah Baumbahc, 2019). La historia de esta pareja formada por Ebba (Lisa Loven Kongsli) y Thomas (Johannes Bah Kuhnke) junto a sus dos hijos escolares en esas breves vacaciones de invierno en una estación de esquí de los Alpes. Y donde todo se precipita con una avalancha de nieve, cuando el padre huye para salvar la vida y se desentiende de sus hijos. 

La historia se narra en cada uno de los cinco días, cada episodio separado por un fondo musical, puro leitmotiv, y los ruidos nocturnos preparatorios desde la estación de esquí: el primer día, con la llegada y toma de contacto con la estación de esquí; el segundo, con el momento crítico de la avalancha y la reacción del padre que ni su esposa ni los hijos pueden entender; el tercer día, cuando intentan volver a esquiar como si nada hubiera pasado, pero ante otra pareja se desenmascara el conflicto: “Mi instinto me empuja a proteger a mis hijos porque son demasiado pequeños para valerse por sí mismos. El instinto de Thomas hace que se vaya”; el cuarto día, cuando el silencio entre la pareja y el no hablar de lo que ocurrió van agrietando la relación de pareja, hasta que Thomás explota en llanto; y el quinto día, cuando regresan en autobús a sus hogares, pero ante el miedo que les provoca la forma de conducir,  deciden abandonar el vehículo y bajar andando por la carretera de alta montaña. Porque entre la paz de la montaña nevada y su suave deslizar del esquí, surge la crisis de pareja. Y el grito del hijo menor: ”¡No quiero que os divorciéis!”. 

En nuestra entrada previa revisábamos la obra de Hirokazu Koreeda y su particular visión de las estructuras familiares en su Japón natal. Algo similar ocurre ahora con el sueco Ruben Östlund, quien desgrana con un estilo muy particular la infancia, familia y sociedad de su país.

 

sábado, 21 de enero de 2023

Cine y Pediatría (680) “Cuidado con los niños”, vienen acompañados de adultos


Vamos conociendo cada vez un poco más del cine que se viene desarrollando en los países nórdicos, y que va mucho más allá de cine noir que tan de moda han impuesto en estos lares. Y hoy hablamos de una película de Noruega, que en algún foro se ha definido como la mejor película humanista de la última década: Cuidado con los niños (Dag Johan Haugerud, 2019), una película de150 minutos de metraje para un drama pausado situado en un centro escolar que va calando poco a poco. Y esta película se suma a las dos únicas películas noruegas ya presentes en Cine y Pediatría: Brothers (Aslaug Holm, 2015) y El viaje de Nisha (Iram Haq, 2017), y ninguna es cine de palomitas.

Pero la primera escena de Cuidados con los niños ya entra directamente en materia: “Se han llevado al niño directamente a la UCI… No es bueno sangrar tanto por la oreja”. Las conversaciones de los profesores que intentan entender lo ocurrido. Al parecer eran amigos los dos implicados, aunque ambos los recuerdan como insolentes en clase. “Las dos familias son de alto nivel. Deberemos pensar una estrategia frente a los medios”, se comenta en el claustro de profesores. Los hechos son estos: durante el recreo de esta escuela. Natalie (a la que llaman Lykke sus padres y Anna su abuela) - la hija de 13 años de un destacado miembro del Partido Laborista, Sigurd Eriksen (Hans Olav Brenner), y una madre periodista de un partido de izquierdas - hiere gravemente en el campo de deporte a su compañero de clase, Jamie, - único hijo de un político de alto nivel de la derecha, Par Erik Lundemo (Thorbjørn Harr), cuya esposa falleció hace tiempo -. Cuando se anuncia horas después desde el hospital que éste ha muerto, las versiones contradictorias entre profesores y padres de lo que realmente sucedió corren el riesgo de empeorar una situación difícil y traumática. Y es así como el segundo largometraje de Dag Johan Haugerud propone una ardua exploración de la culpa, la pena y los problemas de comunicación. 

En el claustro de profesores, Liv (Henriette Steenstrup), la directora, se siente orgullosa de la notas de sus alumnos y de que apenas hay acoso en el centro, “pero si el acoso tiene que ver con esto, tenemos que hacer algo”. Intentan averiguar qué paso y quién tenía que vigilar el patio, y al parecer le correspondía a Anders (Jan Gunnar Røise), el profesor hermano de la propia directora. Natalie (Ella Overbye) dice que bromeaban y le empujó, pero no le pegó; otros chicos presentes dicen algo diferente. Y una reflexión vuela en el aire: “A veces se castiga a los niños por el pecado de sus padres”. 

Y el largo metraje se divide en diferentes fundidos de diferente color (en rojo, en azul, en negro, en gris o en verde). Y ante semejante tragedia, la película nos devuelve sensatas y calmadas conversaciones, como reflejo de esa sociedad, reflexiva y sin estridencias, donde intentan cuidar las palabras, si bien a medida que avanza la historia también las palabras comienzan a tener un doble filo. La sensación de culpa de Anders, por no estar en el lugar que le correspondía cuando sucedió la tragedia, intenta aliviarla realizando tutorías en casa de Natalie para ser apoyo y conexión con el centro escolar, allí donde tienen conversaciones profundas sobre las amistades del colegio, sobre el uso de las redes sociales, sobre Jamie. Y también somos testigos de las conversaciones de los padres de ella, porque intentan comprender cómo ha podido suceder: “¿No te sientes culpable?”…Tampoco ayuda a Lykke que nos sintamos culpables” o “¿Quién mejor que tus padres para entender la necesidad de mentir?”. 

En los sucesivos consejos de profesores se descubre que Natalie acosaba a otra compañera: “Si Natalie es como una bomba de relojería, no podemos tener a una alumna que sea un riesgo para los demás”. Y unos defienden que fue un accidente, otros que un posible homicidio que cabe no minusvalorar, aunque por la edad no acabe teniendo una repercusión penal sobre ella. Y mientras avanza la historia en busca de la verdad, resurgen los conflictos cruzados entre los diversos protagonistas que aparecen, tanto en la escuela como en sus contextos familiares diversos. Un aspecto llamativo es que Liv tiene como amante al padre de Jamie, pero lo han ocultado, e intentan salir de su confusión y dolor, aunque desemboca en un pensamiento tan duro del padre como éste: “Se saldrá con la suya solo porque es una niña. ¿Sabes lo injusto que es eso?… No puedo evitarlo, quiero que pague por lo que ha hecho. Que sufra. Quiero que se le grave en la mente. Y que nunca vuelva a ser feliz. Incluso si los psicólogos le dicen que no es su culpa, quiero que se sienta culpable el resto de su vida”. Y la crudeza de estas palabras de este padre dolido no van a la zaga del violento encuentro con Natalie en el aparcamiento, donde le dice cosas horribles de las que no puede por menos que arrepentirse luego. 

Es Cuidado con los niños una película en la que solo aparece una niña, Natalie, pues incluso Jamie solo es un nombre, pero no un actor. El resto son adultos, profesores y familiares que se enfrentan a este fatal incidente y donde sutilmente descubrimos hechos en las relaciones entre ellos que desgranan el modelo de bienestar noruego en un thriller con connotaciones políticas y sociales encubiertas. Porque el percance surge de la discusión y amistad de unos niños con orígenes ideológicos maternos y paternos dispares, circunstancias que hacen cuestionar toda la investigación sobre lo ocurrido. Y a pesar del elevado número de temas tratados (sistema educativo, comunidad LGTBI, sindicatos, ocupación nazi de Noruega, conciliación laboral, racismo…), da la sensación de que no se llega a ninguna conclusión sobre el trágico hecho del que parte el largometraje. Parece como si el incidente infantil fuera un recurso narrativo en el guion para cuestionarnos sobre temas actuales y el presunto hecho violento del planteamiento se diluye entonces, mientras se presentan adultos preocupados, débiles, ilusionados, problemáticos, miedosos y cautos, y sus condiciones morales son el tratado en esencia de la película. Y es curioso que en un país donde abunda el noir nórdico, el asunto del posible asesinato pase a un segundo plano y sea la responsabilidad, decir la verdad y ser honesto la preocupación principal de los afectados. 

Cuidado con los niños es un estudio del ser humano complejo, pero también sencillo. Grandes conflictos, pequeños detalles, cruda a veces, amable en otras y absurda en otras tantas… como lo es la vida, como es el análisis de este retazo de sociedad noruega. Y para ello el director se apoya en una música que se repite de forma metálica para incremento de la crispación puntual que puede existir durante el desarrollo de la historia, una banda sonora a cargo de Peder Kjellsby, y también en una cámara en ocasiones agazapada, detrás de las actrices y actores de imponente talento interpretativo que transmiten la empatía necesaria para agarrarte a la historia, llena de interrogantes pendientes de respuesta: ¿ha sido una muerte accidental o provocada?, ¿se desestima el caso por la edad de la agresora o porque realmente se considera no culpable?, ¿ha sido correcta la actuación en el centro educativo tras el accidente?, ¿la comunicación con los padres es la oportuna?, ¿son las redes sociales el mejor homenaje o es un mal uso reiterado?, ¿hasta qué punto influyen las relaciones personales en el trabajo?, ¿es correcto el corporativismo entre el profesorado?, ¿dónde acaba el dolor y cuándo empieza el perdón? 

Es esta película un análisis del ser humano que precisa de un visionado activo y que nos recuerda que sí hay que tener cuidado con los niños es porque vienen acompañados de adultos. Porque como dice su eslogan, cuando la crisis golpea es cuando revelamos nuestra verdadera personalidad.

 

miércoles, 30 de mayo de 2018

Jornada MEDES 2018: La información sobre Medicina y Salud que llega a la sociedad


La información científica en general, y biomédica en particular, en los medios ha ido creciendo paralelamente al interés que muestra la sociedad por aspectos que tienen que ver con los avances científicos y la innovación. En el caso de las ciencias de la salud, parece incuestionable esta creciente demanda. Por ello, divulgadores y profesionales de la información especializada en salud poseen una responsabilidad añadida, más allá de la estricta transmisión del conocimiento, que viene generada por el extraordinario impacto que tienen estos temas en la ciudadanía y las expectativas que generan. 

La comunicación eficaz es fundamental para lograr el objetivo establecido por la OMS de mejorar la salud de las personas y sus perspectivas de futuro. Esta institución ha adoptado un enfoque estratégico para satisfacer con eficacia sus propias necesidades de información, según el cual los seis atributos inherentes a la misma son: accesible, factible, creíble y fiable, pertinente, a tiempo y fácil de entender. Nadie dudaría de que estos seis principios básicos tendrían que ser, en esencia, de obligado cumplimiento en la transmisión que los medios de comunicación realizan del conocimiento médico a la sociedad. No sabemos cuál de estos atributos es el más determinante, pero, indudablemente, que una información sea “fácil de entender” permite una comprensión más real, objetiva y madura de los problemas que nos afectan. Y en este punto, el lenguaje puede ser un aliado imprescindible o, por el contrario, un enemigo desorientador. 

Así, esta 13ª Jornada MEDES-MEDicina en ESpañol pretende generar un espacio de actualización, debate y reflexión acerca de la información sobre medicina y salud que llega a la sociedad; sobre su calidad, pertinencia, rigor y fiabilidad; así como la claridad y precisión del lenguaje que la transporta. 

La Jornada MEDES tendrá lugar el próximo 2 de julio en El Escorial, como es habitual, y dentro de los Cursos de Verano. Un programa atractivo que podéis revisar en este enlace, pero que atesora este esquema: 

- CONFERENCIA invitada: Pensamiento simbólico, lenguaje y evolución. 

- MESA REDONDA 1: Pseudociencia: engañar con palabras bonitas 

- MESA REDONDA 2: ¿Hay enfermas? Género e información sobre salud 
Y que incluirá una tertulia debate sobre género e información sobre salud 

- MESA REDONDA 3: Comunicar con eficacia. Herramientas de uso 

Te esperamos en El Escorial. Y ya son 13 Jornadas: ¿a qué me suena este número, amigo Manolo Guzmán...? Y es que Madrid está de moda :-) y es que el 13 es mi número favorito.

sábado, 29 de octubre de 2016

Cine y Pediatría (355). "Pelo malo", sociedad enferma


Hay filmografías que llegan a cuentagotas a España. Y son muchos los países en que esto ocurre. Hoy por ejemplo recordamos Venezuela, un país que vive una situación social, política y económica que no está para muchos trotes, ni para mucho cine. Pero en los inicios de Cine y Pediatría tuvimos la oportunidad de comentar Maroa (Solveig Hoogesteijn, 2004), una película que denominamos como el milagro de la música en la infancia de Venezuela y que tuvo el honor de representar a su país en los Oscar. Y hoy comentamos Pelo malo, una película contundente del año 2013, protagonizada por un niño que quiere alisarse su pelo rizado para la foto de entrada en la escuela y que esconde un duro retrato de la realidad venezolana, un país que disfrutan, aman y padecen las dos mujeres que están detrás: la directora venezolana Mariana Rondón y la productora peruana (pero afincada en Venezuela) Marité Ugás. Y con esta película consiguieron la Concha de Oro de San Sebastián, toda una efeméride para su país. 

Pelo malo surge de la sensación de su directora por expresar el dolor y ahogo que siente por su país y trata de ser una película contra la intolerancia, que apoya las pequeñas rebeldías. Un atisbo de retrato de la Venezuela actual, la del poschavismo presidido por Nicolás Maduro, la de una sociedad donde reina el matriarcado y el machismo. Una película que se centra precisamente en la historia de un niño "diferente" que tiene que aguantar la marginación social por culpa de su sexualidad difusa. 

En las primeras escenas ya descubrimos a una joven madre viuda con dos hijos pequeños (un lactante y Junior, que tiene 9 años y el "pelo malo"), viven en una barriada obrera y se gana la vida como puede, haciendo también labores de limpieza (aunque fue vigilante, antes de ser despedida, pero se sigue vistiendo con el uniforme). La escena de los dos niños jugando a encontrar cosas y personas en la colmena de viviendas que son los superbloques del barrio 23 de Enero frente a su balcón, como si fuera un tablero para jugar, ya nos sitúa en esa colmena humana que es Caracas. Y qué decir del programa que ven los niños sobre Miss Venezuela, curiosamente en el país que ha ganado en más ocasiones el galardón de Miss Mundo (en seis ocasiones). 

Junior (Samuel Lange Zambrano) se quiere alisar el "pelo malo" para la foto de la escuela y así verse como un cantante de moda. Le ayuda en el empeño su abuela y su pequeña amiga, con quienes canta la canción "Mi limón, mi limonero" de Henry Stephen; pero esta situación generará un enfrentamiento con Marta (Samantha Castillo), su madre. Porque Junior ha comenzado a explorar su sexualidad y su madre es incapacidad de entender que lo que se propone es simplemente jugar a lucir como un cantante, en una foto que le han pedido que se tome para el colegio. Y eso es lo que causa el rechazo y falta de amor entre ambos, porque mientras Junior juega a inventarse una identidad y busca verse bello para que su mamá lo quiera, ella lo rechaza cada vez más. 

La cámara nos introduce en un espacio muy privado y en un entorno muy íntimo y viciado, el de la relación entre una madre y su hijo y las tensiones que se establecen entre ellos. Junior es demasiado sensible y quiere ser cantante y tener el pelo liso (siempre queremos lo que no tenemos, rizar nuestro pelo liso o alisar nuestro pelo rizado). Se acicala frente al espejo y se pasa horas mirándose, queriendo ser guapo e intentando quitarse los rizos (para ello ve vídeos y lo intenta con todo lo que oye: mayonesa, aceite,...). Su madre no puede concebir este comportamiento y siente un rechazo visceral hacia él y hacia lo que ella interpreta como potencial homosexualidad. Y cuando la madre le pregunta al médico si su hijo es maricón, el médico le sugiere que pase más tiempo con su hijo. Porque los lazos de amor-odio que se van perfilando a lo largo de la narración cada vez se harán más tempestuosos hasta generar incluso rechazo en el espectador. Aunque ella reflexiona en alto aquello de "Yo les tengo que dar ejemplo, para que puedan aprender", su ejemplo no es el deseado. 

Además de plasmar de una manera incómoda esta relación materno-filial, Pelo malo también constituye una demoledora visión en torno a la sociedad venezolana. El fantasma de la decadencia social y económica acechan en cada esquina y son muchos los personajes dentro del relato que se comportan de una manera miserable, quizás como reflejo de una situación con pocas expectativas, gris, monótona y desesperanzada. 

En Venezuela la película se destaca por su tratamiento de la cuestión de la identidad, un tema que en el cine nacional tiene su más importante antecedente en Oriana (Fina Torres, 1985) o recientemente en Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari, 2012). Pero en Pelo malo nos queda la mirada de desamparo de Junior y las relaciones de gran tensión entre madre e hijo. Tanto que al Junior se verá obligado a tomar una dolorosa decisión, que nos enfrenta a un final tan desarraigado como sus vidas: Junior le dice a su madre, "No te quiero", y ella le contesta, "Yo tampoco". Y entonces vuelve a sonar la canción de Henry Stephen... "Mi limón, mi limonero, entero me gusta más..." 

Porque lo importante no es el tipo de pelo, sino el tipo de sociedad. Porque el problema no es el pelo malo, es la sociedad enferma. Gracias Fernando Comas por recomendarme esta película de un país que conoces, de un pueblo que amaste y amas. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

Cine y Pediatría (306). “Conducta” para salvar un niño


El proyecto Cine y Pediatría tiene la capacidad de devolvernos el cine a través de las historias y la mirada de niños y adolescentes de todo el mundo y en todos los idiomas. Hemos incluido ya casi cinco centenas de películas y recorrido ya muchos países, pero aún no habíamos tenido la oportunidad de disfrutar de una película de Cuba. Un cine, el de Cuba, que se divide en tres etapas, como su reciente historia: un Cine prerrevolucionario, previo a la Revolución cubana del año 1959, y con escaso recorrido; un Cine posrevolución que disfrutó de una "época de oro", en la década de los años 60, y ocasionó la creación de la famosa Escuela Internacional de Cine, Televisión y Vídeo de San Antonio de los Baños; un Cine pos Guerra Fría, donde destacan las obras de los jóvenes realizadores cubano, entre los que se encuentra nuestro protagonista de hoy, Ernesto Daranas. 

Ernesto Daranas es un destacado director y guionista de cine, radio y televisión cubana, con epicentro en La Habana. Su obra siempre ha tratado, de frente o de soslayo, los problemas de la sociedad habanera, como la pobreza, la ausencia de padres, la educación, la prostitución, y tantos otros que enturbian la sociedad y el proyecto revolucionario de Cuba. Así lo hizo en ¿La vida en rosa? (2004) y en Los dioses rotos (2009) y lo acaba de hacer en Conducta (2014), nuestra película de hoy, una película que ha conquistado al público cubano y que a buen seguro conquistará al resto del mundo. 

Conducta narra la historia de Chala (sorprendente Armando Valdés Freire), un niño de 11 años rebelde que vive en uno de los barrios más humildes de La Habana, el territorio que circunda la terminal de ferrocarriles, y en un entorno familiar complicado. Chala vive entre una madre drogadicta y alcohólica y un amante de la madre que no conoce si es su padre, sobrevive entrenando a perros de pelea y acude a la escuela donde su maestra Carmela (soberbia Alina Rodríguez, fallecida en fechas recientes) acaba siendo no solo profesora, sino también amiga, madre y salvadora, única tabla de salvación para romper el esquema de marginalidad y ruina que aplasta a Chala. 

Carmela es maestra de sexto grado, un profesional nacida para educar a sus alumnos y para acompañarles en el proceso de aprendizaje, no ajena a los habituales conflictos sociales y familiares que les circundan. Por todo ello, Carmela tiene el respeto y admiración de sus actuales alumnos y de los padres que fueron ex alumnos. Pero una enfermedad le ausenta de las clases durante varios meses, por lo que es sustituida por otra maestra, quien incapaz de controlar la rebeldía de Chala, le quiere enviar a una escuela de conducta. Al regresar a las clases, Carmela se opone a esta medida y a otras situaciones que han ocurrido durante su ausencia de las aulas, siempre en defensa de sus alumnos. Dos frases ponen en evidencia la contundencia de sus afirmaciones: "Hay cuatro cosas que hacen a un niño: la casa, la escuela, el rigor y el afecto" y "Si quieres un delincuente, trátalo como un delincuente". Porque con décadas de experiencia docente, ella sabe que sólo el amor puede ser capaz de transformar una vida condenada de antemano al infortunio. 

Dos actos de Carmela (no permitir que Chala ingrese en una escuela de conducta y permitir que Yeni, la amiga/novia de Chala, coloque la imagen de una virgen en un mural del aula) hacen que sea sometida a un juicio sumarísimo por la mayoría de sus compañeros y directores, que quieren jubilarla. Al final de la película un fundido en negro y todo por responder. Y la voz de Chala que le dice "Deme profe, que yo le llevo la cartera". 

Y es así como Conducta aparece como una película oportuna y necesaria. Una película que convida a reflexionar sobre ese soporte ético fundamental en el que la Revolución Cubana construyó su proyecto social: la honestidad del hombre y, en consecuencia, una solidaridad humana basada en la integridad de sus principios y el respeto a su dignidad. Auténtico compromiso humanista revolucionario, pero donde el mundo marginal provocado por las carencias materiales de esa realidad social, donde buscarse la vida pasa por las formas ilegales y por aquellas que no deberían serlo, pero que una legislación arbitraria y restrictiva, basada en preceptos de un socialismo equivocado, ha impregnado de prohibiciones y tabúes la existencia ciudadana coartando la iniciativa individual. Y en este contexto, el niño es el objeto debatido, la metáfora de un futuro incierto sólo hipotéticamente rescatable gracias a la consecuencia y al compromiso ético de una educadora dispuesta a enfrentar el acoso de una estructura marcada por el mecanicismo burocrático, hipócrita e insensible, que la misma deformación del sistema ha engendrado en todas sus expresiones institucionales. Una vez más David (el individuo) contra Goliat (las instituciones). 

Y muchos piensan que la película Conducta hará época. Y por ello Ernesto Darana ya está de boca en boca, fundamentalmente entre los maestros, porque un gran mérito es, sin dudas, reivindicar a ese profesional que marca la historia de todos los seres humanos que asisten a una escuela: el maestro o maestra, el profesor o profesora. Y lo hace con una obra dura pero sentimental, y apoyado por sus componentes artísticos: un guión trabajado, buena fotografía y ambientación, y actores en estado de gracia (al menos, el dúo alumno y maestra, el dúo entre Chala y Carmela). 

Algunos han querido encontrar en la película cubana Conducta una fusión entre dos películas tan diferentes como la brasileña Estación central de Brasil (Walter Salles, 1998) y la alemana Good Bye, Lenin! (Wolfgang Becker, 2003). Con la primera, comparte tener como protagonistas a un niño y a una mujer mayor, ambos con carencias afectivas, que construyen una bella y profunda relación de amistad entre las penurias y hostilidad del mundo que los rodea. Con la segunda, comparte la evocación crítica, contradictoria y nostálgica, del otro mundo posible, que quería ser socialista, y la dureza con que chocó en sus concreciones hasta hoy: en la cinta alemana se habla de la Alemania Democrática en el 89, en nuestra película de hoy de la Cuba post-Periodo Especial (ese largo período de crisis económica que comenzó como resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991 y, por extensión, del Consejo de Ayuda Mutua Económica, así como por el recrudecimiento del embargo norteamericano desde 1992). 

En dos entornos esenciales crece y se desarrollan los niños y niñas: la familia como esencial, el centro escolar como importante, tanto que en ocasiones puede ser salvador cuando el primero falla. Y entonces aparecen esos grandes maestros, en todo el sentido de la palabra, y su conducta puede salvar a un niño.

lunes, 14 de septiembre de 2015

De nuevo, los médicos son el grupo institucional con mayor credibilidad en España


Según un estudio realizado por Metroscopia para El País los médicos son el grupo institucional mejor valorado por la ciudadanía, obteniendo un 91% de aprobado y solo un 7% de desaprobación, es decir, un saldo de 84. Llama la atención que son los investigadores científicos los que aparecen en segundo lugar (89% a favor y 6% en contra, es decir, un saldo de 83). 
Estos datos tienen algunas referencias muy significativas porque en contraposición a la valoración de los médicos, sin embargo, la sanidad pública está muy cerca del suspenso con una aprobación del 53% frente a un 44% de desaprobación, es decir, un saldo positivo de 9. De manera que la ciudadanía considera a los médicos de la sanidad pública lo mejor de la sociedad, pero no a la sanidad pública en sí, que está gestionada por los políticos (17% aprueba y 79% desaprueba) y los partidos (21% aprueba y 75% desaprueba), quedando ambos en los últimos lugares con un saldo de valoración de -62 y -54 respectivamente. 

Este Barómetro de Confianza Ciudadana en las Instituciones dado a conocer la semana pasada muestra que mayor aprecio popular suscitan son las instituciones de perfiles de servicio a la ciudadanía como los educadores, policías, Guardia Civil, ONG’s, etc. Suspenden, además de los políticos y los partidos, las multinacionales, las grandes empresas, los bancos, los sindicatos, los obispos, el Parlamento y las Comunidades Autónomas. 

Es curioso que El País publicó una encuesta similar hace 4 años (y que nos hicimos eco en este blog) y las cosas se mantienen prácticamente igual. De nuevo, Sanidad, Universidad y fuerzas del orden público en un extremo frente a política, banca e iglesia en el otro. Este es el panorama en España sobre la credibilidad de los ciudadanos en sus instituciones. Los muestreos de Metroscopia suelen ser generalizables y con escaso margen de error. 

Cada uno puede sacar su propia conclusión, pero al revisar la figura de abajo, seguro que algunas cosas quedan claras.


sábado, 10 de mayo de 2014

Cine y Pediatría (226). “Crónica de un niño solo”, poesía de la soledad


Hoy recuperamos una película que, según una encuesta de críticos, historiadores e investigadores del cine realizada en el 2000 por el Museo Nacional de Cine Argentino, estaba considerada por la mayoría (75%) como la mejor película de la historia del cine argentino. Hablamos de Crónica de un niño solo, una película en blanco y negro del año 1965 con dirección y guión de Leonardo Flavio e interpretada principalmente por niños. 

Leonardo Favio perteneció a ese reducido grupo de artistas del renacimiento: actor, cantante de baladas, escritor y director de cine, sus películas son auténticas joyas de cine de autor que revolucionaron el cine latinoamericano en los años 60 y 70. El cine de Favio se caracteriza por el predominio de la imagen sobre la palabra y una sensibilidad más próxima a la poesía romántica de los grandes autores literarios que al propio lenguaje cinematográfico. Los silencios y las sensaciones imperan sobre la propia historia lo que otorga a su cine un halo de espiritualidad y simbolismo, interesado en provocar en el espectador sensaciones visuales a través de historias de marcado carácter pesimista, con personajes invadidos por la tristeza que despiertan a la vida a través de amores imposibles y sueños inalcanzables, personajes que acaban devastados por la realidad que dinamita ese espejismo de felicidad. 

Crónica de un niño solo fue su ópera prima, en donde Favio materializó en la pantalla sus vivencias infantiles en las que el abandono familiar y la soledad de sus estancias en orfelinatos marcaron su carácter sensible y reflexivo. Fue dedicada a Leopoldo Torre Nilsson, director que le introdujo como actor en el mundo del cine, y ya en aquel momento consiguió el Cóndor de Plata como mejor película y toda una conmoción en el cine del país, en esa época inmersa en un cine independiente conocido como Nuevo Cine Argentino. Crónica de un niño solo, es la primera parte de una trilogía, que continúa Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más... (1966) y termina con El dependiente (1969). 

La película trata sobre Polin (Diego Puente), un niño pobre cuya vida transcurre entre la villa miseria (nombre que se le da en Argentina a los asentamientos informales caracterizados por una densa proliferación de viviendas precarias)  y el reformatorio. La cinta, de gran crudeza y belleza, cuenta con una espectacular fotografía en blanco y negro acompañada de planos técnicamente perfectos de gran realismo. 

La película tiene tres partes diferenciadas. 
- En la primera parte y en la primera secuencia vemos, bajo un impactante plano, a un estricto carcelero pasando revista a un grupo de niños que viven en un intransigente reformatorio para niños delincuentes. Seremos testigos de las experiencias y vejaciones que sufren estos niños sujetos a una férrea disciplina que les impide actuar con la inocencia propia de su edad. Niños con cicatrices no solo físicas, sino afectivas que son obligados a fregar amplios pasillos del correccional y a practicar gimnasia con métodos casi fascistas. Uno de estos niños es Polin, quien se rebela contra este régimen y logra huir hacia la ansiada libertad mediante otra maravillosa escena, filmada con planos largos y pausados, casi sin cortes. 
- La segunda parte comienza con Polín corriendo por las calles en plena libertad en una escena con montaje idéntico a Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959). Regresa al barrio donde habitaba, una villa miseria deprimida con familias desestructuradas y extremadamente pobres, verdadero hogar de los perdedores. Posteriormente seremos testigos de la escena icónica de la película: la del baño en el río con un amigo, una secuencia con clara influencia del realismo poético francés al estilo de Una partida de campo (Jean Renoir, 1936) y con escenas nudistas de un naturalismo pocas veces visto en el cine latinoamericano, al estilo de Cero en conducta (Jean Vigó, 1933). En esa escena, la poesía de Favio permite narrar la violación que sufre el amigo de Polín a manos de una jauría de niños desnudos que se encontraban nadando en el mismo río.
- La tercera parte finaliza con Polín regresando a la villa de chabolas para encontrarse con Fabián (interpretado por el propio Favio), un conductor de carruaje solitario y triste como Polín. Tras seguirle los pasos por la noche, Polín descubre que los hombres de la villa hacen cola en una chabola donde habita una prostituta. Polín, intrigado por el goce que escucha en el interior de la casa, busca dinero para perder su virginidad, pero el encuentro con el caballo de Fabián le hace retroceder a la infancia para elegir jugar con el caballo en lugar de con la meretriz. Y aquí una nueva maravillosa escena, y ésta nos recuerda a El Limpiabotas (Vittorio de Sica, 1946), única secuencia de la película en la que nuestro protagonista se comporta como lo que es, un niño, y en la que observamos la cara ilusionada de Polín al juguetear con el caballo. Sin embargo, al final Polín, hundiéndose en la oscuridad de la noche, se aleja junto al policía que lo lleva detenido hacia el reformatorio en dónde adivinamos volverá a crecer en él la única esperanza que cobijó en su corta vida y que no es otra que la de volver a escaparse. Y con ello Favio nos recuerda (recordando su infancia) que los momentos de felicidad e inocencia son cortos en la vida, instantes que, con el paso del tiempo, nunca volverán.

Crónica de un niño solo es una película demoledora a la vez que bella y poética, única por sus imágenes subyugantes y sus silencios, escenas que quedan grabadas a fuego en la memoria del espectador, con marcado tanino cinematográfico por el duradero recuerdo de su visionado y por la experiencia vital de gran carga filosófica: una poesía de la soledad infantil que nos recordará que la pérdida de la inocencia supone el desprendimiento de nuestras ensoñaciones para darnos de bruces con esa realidad que todo arrolla.
Y en esta soledad de la infancia, Favio parece preguntarnos: ¿qué es la infancia?, ¿cómo se construye la infancia?, ¿cómo se define la condición de infancia? Y el director nos propone internamos en la película no para ansiar comprenderla, sino para hacernos sentir la enorme soledad de un ser humano al que le robaron la infancia como a tantos y que nunca tuvo la posibilidad de ser un niño porque nunca tuvo infancia. Porque si admitimos que la infancia es una construcción social, ¿cómo deberíamos definir ésa condición cuando nos encontramos frente a un niño como Polín que es un ser humano que no tiene recuerdos infantiles de caricias hogareñas, de juegos, de deseos y de alegrías?

Y así es como Crónica de un niño solo es la crónica de un niño solo, pero no es la crónica de un solo niño, es la de muchos niños. Niños que no conocen la infancia, niños a los que le roban la infancia, que deambulan de la miseria al reformatorio, niños alejados de una familia. Niños solos y poesía de la soledad.

El cine argentino atesora una interesante filmografía. En Cine y Pediatría hemos recordado unos cuantos ejemplos: El niño que gritó puta (Juan José Campanella, 1991), Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2001),   El polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003), La niña santa (Lucrecia Martel, 2004), XXY (Luisa Puenzo, 2007), Leonera (Pablo Trapero, 2008), El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), Anita (Marcos Carnevale, 2009), La educación prohibida (Juan Vautista, 2012), Infancia clandestina (Benjamín Ávila, 2012), entre otras. Y hoy tenemos el honor de recordar una película que muchos consideran la mejor película de Argentina.

 

sábado, 30 de noviembre de 2013

Cine y Pediatría (203). “La caza”… a la presunción de inocencia


Dogma 95 fue un movimiento fílmico vanguardista iniciado en 1995 por los directores daneses Lars von Trier y Thomas Vinterberg, y al que luego se sumaron otros nombres, como Kristian Levring, Soren Kragh-Jacobsen o Susanne Bier (sobre esta ultima directora recordamos su película En un mundo mejor). Este movimiento duró una década, pero en el camino nos dejaron la Manifestación del Dogma 95 y las diez normas del Voto de Castidad: 1) los rodajes tienen que llevarse a cabo en localizaciones reales; 2) el sonido no puede ser mezclado separadamente de las imágenes o viceversa; 3) se rodará cámara en mano; 4) la película tiene que ser en color; 5) se prohíben los efectos ópticos y los filtros; 6) la película no puede tener una acción o desarrollo superficial; 7) se prohíbe la alineación temporal o espacial; 8) no se aceptan películas de género; 9) el formato de la película debe ser de 35 mm; y 10) el director no debe aparecer en los títulos de crédito. 

Dogma 95 desapareció, pero no sus directores. Y hoy traemos una gran película, una de esas películas que serán difícil de olvidar por la forma y el fondo en que trata un tema escalofriante: la fragilidad de la presunción de inocencia a la que todos estamos expuestos y cómo podemos ser sometidos a una caza de brujas por una sociedad que se puede convertir en cruel y despiadada. Hablamos de la última película de Thomas Virtemberg: La caza (2012). Muy recomendable, con dogma o sin dogma. 

Lucas (enorme Mads Mikkelsen, que se llevó en Cannes el premio al mejor actor) acaba de cumplir los 42 años, ha tenido un traumático divorcio y vive tristemente alejado de su hijo adolescente. En los inicios de la película intuimos los efectos de esta separación (el perro ladra cada vez que oye Kirsten, el nombre de su ex esposa) y el debate por la custodia de Marcus (Lasse Fogelstrøm), su hijo. Lucas está rehaciendo su vida en un pequeño pueblo danés, en donde trabaja como maestro en una guardería. Todo parece encarrilado en su nueva vida: se le nota que disfruta con su trabajo y los niños, tiene un buen grupo de amigos e, incluso, ha empezado una nueva relación sentimental. 
Todo está en sintonía, hasta que una pequeña e inocente mentira de Klara (Annika Wedderkopp), una de las niñas de la guardería (a la postre, la hija de sus mejores amigos), hace que todo estalle por los aires. Klara le dice un día a su profesor, mientras regresan del colegio: “Papá dice que estás triste porque vives solo en una casa muy grande”. Porque Klara ve en Lucas la figura del padre que idealiza, quizás porque el suyo discute continuamente con su madre y no la cuida como desearía, quizás porque Lucas le ayuda a sobrellevar el miedo de pisar las líneas del suelo. La niña, al no recibir todo lo que quiere de Lucas, establece por despecho una falsa acusación sobre el profesor de efectos devastadores y no controlados a su edad. Lo que algunos conocen como el síndrome del falso recuerdo o los recuerdos inventados. 
Y, a partir de ahí, la confesión de la directora del parvulario a la madre: “Klara ha contado detalles sexuales acerca de un adulto. No me parece que la niña mienta. Parece que Klara ha sido víctima de abusos sexuales aquí en la escuela. Y que ha sido una persona muy cercana a vosotros”. Y es así como, mientras la nieve comienza a caer y las luces de Navidad se iluminan, la mentira se extiende como un virus invisible y contagioso. El estupor y la desconfianza se propagan y la pequeña comunidad se sumerge en la histeria colectiva, obligando a Lucas a luchar por salvar su vida y su dignidad. 

Y la película nos abofetea con una ficción que puede ser absolutamente real… y podría pasarnos a todos. Una realidad que convierte a la sociedad en delincuente, por esa cruel discriminación homicida que nace de la simple necesidad que cualquier sociedad tiene de permanecer unidos frente al mal. Vinterberg va más allá de Haneke, pues si bien el suizo nos devolvía una sociedad delincuente en La cinta blanca que no sentíamos nuestra (esa sociedad puritana de cuño autoritario), el danés nos golpea en La caza con una sociedad que podría ser la nuestra (esa sociedad demócrata y progresista), lo que convierte en más terrible e incómodo el mensaje.

En La caza se desarrolla un detallado análisis de lo que podíamos llamar el fascismo social, esta tendencia de todas las sociedades a cohesionarse buscando un mal exterior que se pueda castigar impunemente, esa sociedad donde nadie escucha a solas el rumor de su conciencia, donde la histeria colectiva se convierte en juez y parte y el individuo puede ser un ser demasiado indefenso. Y en donde el sólo rumor de los abusos infantiles se convierte en uno de los pocos tabúes verdaderamente hirientes en esta pequeña comunidad. Posiblemente una de las lecciones que Vinterberg quiera trasmitirnos es la profunda indefensión frente a la violencia que padece el ciudadano moderno ante la jauría humana de toda una sociedad. Y como, una vez ha regresado la aparente normalidad para Lucas y la reconciliación con la sociedad, un año después, nos sorprende el final, una final que nos sigue haciendo pensar: el disparo amenazador en una jornada de caza, una bala que puede provenir de cualquiera, marca el triunfo definitivo de la sociedad como delincuente perfecto. Porque Lucas nunca podrá volver a estar seguro. Porque Lukcs ha vivido una pesadilla que todos podríamos vivir algún día y la caza de brujas a la que nos somete la sociedad hace que todo se desmorone a nuestro alrededor.

Vinterberg no es Hitchcock, pero como él nos presenta a esta gran Mads Mikkelsen como el falso culpable, un hombre corriente, un hombre que podríamos ser cualquiera de nosotros, acusado de un delito que no ha cometido. Muchos son los referentes que se pueden rastrear en los fotogramas de esta pequeña joya del actual cine danés, desde Furia (Fritz Lang, 1936) hasta La quinta estación (Peter Brosens y Jessica Woodworth, 2012), pasando Falso culpable (Alfred Hitchcock, 1956). En definitiva, el grupo y su fuerza contra el individuo y su debilidad, donde el ímpetu de la sospecha prevalece ante la psicosis de la comunidad. Porque La caza es una película fría, cruda y distante, sobria en hechura y exasperante para el espectador, porque consigue que los espectadores seamos partícipes en la historia (y aquí nos viene a la memoria la escena de la iglesia), porque podríamos ser cualquiera de nosotros y porque resulta difícil quedarse en la butaca contemplando con impotencia lo que pasa.

Poco queda del Thomas Vinterberg de Dogma 95, pues La caza es una película de corte clásico. Pero poco importa, pues con dogma o sin dogma el mensaje es contundente y nos avisa que la armonía entre el mundo de los adultos y el de la infancia es compleja y que todos podemos ser responsables de dar caza a la presunción de inocencia. Más si el tema se relaciona con la pederastia. Y para ello la película se vale de un Mads Mikkelse que quita el aliento…

Esta película está dedicada a las personas que me la recomendaron, dos personas amantes del buen cine y de la buena pediatría: el Prof. Serafín Málaga, presidente de la Asociación Española de Pediatría, y su esposa Angelines. Sin dogmas, pero con buen sentimiento.

sábado, 12 de octubre de 2013

Cine y Pediatría (196). "Las vírgenes suicidas", cuento de hadas sin final feliz


Sofía Coppola, como hija de Francis Ford Coppola, ha vivido una vida que ha transcurrido naturalmente ligada al cine. Probó la interpretación (de la que salió mal parada tras su papel en El padrino III, dirigida por su padre en 1990), pero luego decidió probar con la dirección. Aquí la fortuna le sonrió con una gran opera prima: Las Vírgenes suicidas (1999), basada en la novela homónima de uno de los más grandes escritores norteamericanos actuales, Jeffrey Eugenides: “The virgin suicides”, publicada en 1993. Después vendrían otras películas, algunas con éxito de crítica y taquilla (Lost in Translation, 2003; María Antonieta, 2006) y otras de menor éxito, pero no ajenas a cierto interés (como la recién estrenada The Bling Ring, comentada la semana pasada).

Pero hoy centraremos nuestras atención en Las vírgenes suicidas, este evocativo paseo por la memoria de estos adolescentes de mitad de los años 70 fascinados por la estimulante presencia de cinco rubias y guapas hermanas, recuerdo marcado por la mágica y trágica experiencia final.
A mediados de los años 70, en un barrio residencial de una ciudad americana vive en perfecta armonía la familia Lisbon. Las cinco hermosas hermanas, entre 12 y 17 años, son el secreto objeto de deseo de los chicos, que suspiran por ellas cada vez que ven sus rubias melenas al viento. Son Cecilia, Bonnie, Mary, Therese y Lux (genial Kirsten Dunst que se ganaría aquí las simpatías de Coppola para la posterior María Antonieta), quienes viven condicionadas por un ambiente represivo, que termina conduciendo a la pequeña Cecilia a un intento de suicidio. El psicólogo de Cecilia le recomienda a los padres (el señor Lisbon -James Woods-, profesor de matemáticas algo apocado y la señora Lisbon -Kathleen Turner-, ama de casa beata y fanática religiosa), mayor actividad social con chicos del sexo opuesto. En una de sus primeras escenas el doctor visita a Cecilia, después de su primer intento de suicidio, y le pregunta: “¿Qué haces aquí, guapa? Si todavía no tienes edad para saber lo mala que es la vida...”; entonces la respuesta de la niña no se hace esperar. “Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de 13 años”.
Finalmente Cecilia realizará un exitoso suicido. La familia siente la pérdida de la niña y, cuando por fin están volviendo a la normalidad, es tiempo del baile de graduación: allí todas las hermanas irán con sus parejas, pero Lux se atreve a tener relaciones sexuales con el galán de la escuela. Debido a esto, las cuatro chicas son encerradas permanentemente dentro de la casa como castigo. Las hermanas Lisbon comienzan a hablar con sus vecinos usando clave morse y les dejan notas en determinados lugares.

Es Las vírgenes suicidas una valiosa ópera prima en muchos aspectos: la sensacional banda sonora (compuesta por Air y complementada por temas importantes de la época, interpretados, entre otros, por Todd Rundgren, los Hollies o Gilbert O´Sullivan), la poética e hipnótica atmósfera que acompaña al recuerdo (y que recuerda, a veces, la fotografía de David Hamilton), la recreación de la época y la construcción de un cuento de hadas sobre recuerdos adolescentes protagonizado por un quinteto de ángeles encerrados en una represiva y protectora fortaleza, adorados por multitud de admiradores que sólo conseguirán retornar a su luminoso paraíso por medio del camino más sencillo: la senda de la muerte. Y en la que Sofia Coppola establece una percepción crítica sobre la importancia de la educación ambiental para el buen funcionamiento emocional y evolutivo del joven en el tránsito a la etapa madura de su vida, al dibujar esa cárcel psicológica en tonos pastel y llena de juguetes que simbolizan su sentencia, la imposibilidad de madurar libremente. Y donde el suicidio parece ser la única escapatoria a un estilo de vida impuesto por una sociedad hipócrita y ultraconservadora, protagonistas de ese sueño americano que así lo exige, aunque sea un imposible.
Por último, los chicos que las admiran quisieron ser sus príncipes y, ciegos en su propio deseo, no se percataron de la desesperación de unas chicas a las que, en realidad, nunca conocieron. Pero detrás de la fascinación por unas hermosas niñas convertidas en mitos, se esconden la frustración y desilusión con sus vidas actuales. No es perfecta esta película, pero es una pequeña joya de obligada visión que recuerda a Picnic at Hanging Rock (Peter Weir, 1975).

La historia es trágica pero no así su tratamiento, que la convierte en un postmoderno cuento de hadas con princesas atrapadas en torres, brujas, príncipes encantados, caballeros andantes y ningún final feliz. Y para ello, Sofia Coppola construye planos muy estudiados que conforman verdaderas composiciones artísticas de todos los estilos, desde renacentistas hasta contemporáneos. La película de Sofía Coppola habla de esa eterna disociación entre la realidad y el deseo que no ha dejado de torturar a los hombres, y que es sin duda el descubrimiento más doloroso a que se tienen que enfrentar los adolescentes en su tránsito hacia la edad adulta: porque todos deben aceptar que esa vida a la que se encaminan es demasiado estrecha para albergar los anhelos que albergan en su interior.

Podemos decir que Las vírgenes suicidas (la novela y la película), más allá de la alegoría de la sociedad estadounidense de todos los tiempos o más que la búsqueda (inútil por otra parte) de una explicación de la muerte, lo que la vuelve inquietante es la atmósfera llena de gases venenosos, represión y claustrofobia que nos hace ubicar, de manera bastante aproximada, las tragedias del alma. Por otro lado, hay que tener en cuenta que la película indaga en el lado más oscuro de la familia americana convencional, lo que parece haberse puesto de moda en el nuevo cine norteamericano con películas como American Beauty (Sam Mendes, 1999) o Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999).

Y quedan algunas frases en la mente de aquéllos adolescentes, y que aún las recuerdan: “Empezamos a enterarnos de su vida llegando a recordar cosas que no habíamos vivido. Supimos lo que era ser una chica y cómo el serlo te hacía soñar y saber qué colores combinaban bien. Supimos que las chicas eran mujeres disfrazadas que entendían el amor e incluso la muerte y que nuestro trabajo era hacer el ruido que las fascinaba. Lo sabían todo sobre nosotros y nosotros nada sobre ellas...”