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sábado, 4 de abril de 2020

Cine y Pediatría (534). “Half Nelson”, la lucha libre frente a la adicción


Se suele decir que dos cabezas piensan mejor que una, y la mayoría de las veces es cierto. Un buen ejemplo es el cine y, aunque el trabajo del director suele hacerse en solitario, existen cineastas que prefieren trabajar en dúo y que han tenido carreras exitosas gracias a sus “matrimonios creativos”, algunos de carácter familiar y otros no. Algunos ejemplos son los hermanos Dardenne, Jean-Pierre y Luc (Rosetta, 1999; El hijo, 2002; El niño, 2005; El niño de la bicicleta, 2011), los hermanos Coen, Joel y Ethan (Arizona Baby, 1987; Fargo, 1996; El gran Lebowski, 1998; No es país para viejos, 2007), las hermanas Wachowsky, Lana y Lilly (Lazos ardientes, 1996; la trilogía Matrix, 1999 y 2003; Speed Racer, 2008), los hermanos Duplass, Mark y Jay (The Puffy Chair, 2005; Cyrus, 2010; Jeff y los suyos, 2011), Jonathan Dayton y Valerie Faris (Pequeña Miss Sunshine, 2006; Ruby Sparks, 2012; La batalla de los sexos, 2017), Phil Lord y Chris Miller (Lluvia de albóndigas, 2009; Comando especial, 2012; Infiltrados en clase, 2012), Shari Springer Berman y Robert Pulcini (Amerian Splendor, 2003; Diario de una niñera, 2007; Casi perfecta, 2012), Glenn Ficarra y John Requa (Phillip Morris ¡Te quiero!, 2009; Crazy, Stupid, Love, 2011; Focus, 2015), y también la pareja Ryan Fleck y Anna Boden, una pareja laboral que continuó siendo una pareja sentimental. 

De esta dupla última vamos a hablar, donde Ryan actúa como director y escritor y Anna habitualmente como escritora y productora. Una dupla asociada al mundo indie y que se desvelaron con Half Nelson como una de las voces más frescas y sorprendentes del cine independiente de los Estados Unidos. Quizás luego no han tenido la continuidad que merecería un debut así, con Sugar: carrera tras un sueño, 2008 o La última apuesta, 2015, si bien ellos ya forman parte de Cine y Pediatría con la original película del año 2010, Una historia casi divertida

Pero hoy regresamos a su ópera prima, Half Nelson (Ryan Fleck, 2006), la historia de la peculiar personalidad y doble vida de Dan Dunne (Ryan Gosling, nominado al Oscar por su interpretación), un no demasiado carismático profesor de Historia en un instituto de Brooklyn: por el día el prototípico profesor de un instituto marginal que intenta cambiar la vida de sus alumnos y por la noche un noctámbulo aficionado al alcohol y las drogas. Un ser solitario que no es capaz de cambiar su vida, y así le llega a decir su ex pareja: “Algunos cambian. Algunos cambian de verdad”. Y aunque él les dice a sus alumnos, “Siempre estamos cambiando. Pero es importante saber que algunos cambios no los controlas, pero otros sí”, no predica con el ejemplo. 

Y se establece un triángulo entre él, su alumna adolescente de 13 años y familia conflictiva, Drey (Shareeka Epps), quien descubrirá a su profesor tomando drogas en los lavabos (y le llega a preguntar: “¿Cómo es cuándo fuma eso?”) y Frank (Anthony Mackie), un camello que era el amigo del hermano de Drey antes de que éste acabará en la cárcel por no delatarle. Y Frank le llega a decir a Drey sobre su profesor: “Es un adicto al crack. Y los adictos al crack no tienen amigos". 

Una película que adquiere un cierto parecido a Descubriendo a Forrester (Gus Van Sant, 2000), algo por su historia (la relación entre el intelectual solitario y la criatura de la calle) y algo por el tono intimista y sosegado, si bien aquí nuestro profesor es un desenganchado de la realidad y enganchado a todo lo demás. Porque en el argot de la lucha libre un “Half Nelson” es una llave inmovilizante de la que es imposible librarse. Y quizás este título sirve de metáfora para indicarnos esa lucha libre que mantiene nuestro protagonista con su vida y con las drogas. Y sirva el final de la película, con ese plano final de Ryan Gosling y Shareeka Epps sentados en el sofá, y que algunos lo asemejan a la versión juvenil del inolvidable cierre de Fat City (John Huston, 1972). 

En Cine y Pediatría ya es un clásico las películas que en su guión reúne adolescentes (generalmente problemáticos y desmotivados, reflejo de familias y circunstancias difíciles), centros educativos (principalmente institutos de entornos sociales complicados o peculiares) y profesores coraje (que rompen el esquema habitual del resto de sus compañeros docentes). Tenemos ejemplos paradigmáticos como Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995), Déjate llevar (Liz Friedlander, 2006), Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007), La clase (Laurent Cantet, 2008), El profesor (Tony Caye, 2012) o La profesora de historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014) Y hoy a esta serie se suma Half Nelson, pero en este caso tanto alumnos como profesor son problemáticos, aunque el profesor llegue a confesar de sus alumnos: "A veces creo que son lo único que me mantiene cuerdo". Y en esta lucha libre tan peculiar de la vida nos introduce en su ópera prima esta dupla de directores, Ryan Fleck y Anna Boden.

 

lunes, 2 de octubre de 2017

"Chemsex", un problema de salud pública escalofriante


"Chemsex" es un neologismo formado por las palabras inglesas "Chemical" y "Sex", algo así como Sexo químico. Una práctica sexual de alto riesgo. Se trata de un fenómeno social reconocible y que está siendo analizado ya por las autoridades sanitarias y revistas biomédicas. Existe el temor de que conlleve un repunte del contagio de virus del sida, sobre todo entre los jóvenes y este ya es un asunto mayor de salud pública. 

Parece que la alarma por el "Chemsex" surgió donde nacen casi todas las tendencias, en Estados Unidos, y entró en Europa por Gran Bretaña, pero se ha extendido a otros países. Y, cómo no, también ha llegado a España y las asociaciones que viven cada día los nuevos diagnósticos de VIH constatan también su presencia en Barcelona o Madrid, en el Gayxample y en Chueca. La alerta, dice la prensa, se ha activado. No es ni de lejos la opción de ocio nocturno más común entre la comunidad gay: por ahora es minoritaria

"Chemsex" se asocia a la noche y a una voluntad de socialización a través del uso recreativo de psicoactivos. El objetivo final es tener sexo lo más placentero y durante tanto tiempo como sea posible, sin control, sin límite. De hecho, por definición no tendría por qué ser un fenómeno circunscrito a la comunidad homosexual, podría implicar también a los heterosexuales. No obstante, sólo se conoce que de momento incida sobre ese colectivo. 

¿Cómo son quienes lo practican? Normalmente es gente que sale mucho o vive la noche de forma muy intensa. Los hay de todas las edades, pero podría hablarse sobre todo de homosexuales de 20 a 45 años. Todas las organizaciones que trabajan en este ámbito del sida y las enfermedades venéreas advierten que fenómenos sociales como el "Chemsex" pueden estar calando más ahora que antes, ya que los jóvenes han bajado la guardia ante el contagio del sida. En España no se dispone de datos estadísticos sobre la incidencia del "Chemsex" entre la población general o la homosexual, pero ya es noticia en prensa, radio y televisión. Y ya ha sonado la alarma. 

Los participantes en este tipo de sesiones privadas no suelen acudir a la red de atención de drogodependencias, precisamente porque no responden al perfil clásico del toxicómano adicto a la cocaína o la heroína. El hecho de que la práctica del "Chemsex" se haga en el ámbito privado dificulta llegar a más precisiones. Sucede fuera de la vista (y el control) del resto, pero no de forma clandestina, ya que es un asunto que se trata de forma habitual en las redes sociales y se habla del mismo como un gancho en el mundo 2.0. 

La fiesta suele empezar bien entrada la noche y después de algunas copas en un bar o en la discoteca. En los pisos o apartamentos donde se celebra no falta ni la música electrónica, a todo trapo, ni por supuesto el alcohol. La herramienta más común para dar publicidad a estos encuentros es Grindr, una aplicación móvil dirigida a la comunidad gay masculina con más de 7 millones de usuarios. El interesado debe tener activada la opción de geolocalización, concretar la cita y recibir el visto bueno del organizador. Sólo se entra por invitación. La madrugada, las ganas de fiesta y la celebración de chill outs hacen el resto. La mefedrona es la droga que reina en el baile. Siendo la anfitriona, no es la única que entra por la puerta: también corre metanfetamina de cristal y GHB (hidroxibutirato)/GBL (butirolactona), conocidas como tina y G. Combinadas de cualquier forma, actúan como potentes desinhibidores y estimuladores sexuales. Facilitan, en definitiva, la práctica de un sexo más extremo, durante más tiempo y con más de una persona

La prestigiosa revista British Medical Journal (y otras) llevan tiempo haciéndose eco de esta situación y analizan los efectos inmediatos del cóctel del trío de drogas: euforia, incremento de la energía, estimulación, estado de alerta, urgencia de hablar, mejora de la función mental, aumento de la percepción de la música, disminución de los sentimientos hostiles, etc. Si se quiere que el subidón sea todavía mayor, entonces hay quien recurre al "slam" o "slaming", donde la mefedrona no se esnifa o se consume por vía oral, sino que se inyecta. Ahí se entra pues en otra liga. Es tal el caos que se produce intercambio de jeringuillas y se buscan incluso parejas infectadas por sida, lo que motiva el asombro y la preocupación que esta práctica ha motivado. 

Los médicos y los investigadores saben muy poco todavía sobre los riesgos y consecuencias a largo plazo de la práctica del "Chemsex", aunque sí es evidente que las complicaciones cardiovasculares y la adicción estarían asociadas al consumo habitual. Los efectos secundarios de la mefedrona se clasifican en tres grandes grupos: poco graves, moderadamente graves y muy graves. En el primero (pocos graves) estarían la supresión del apetito, boca seca, dilatación de las pupilas, sensaciones corporales extrañas, cambios en la regulación de la temperatura corporal, visión distorsionada y sudoración intensa con mucho olor. En el segundo grupo (moderadamente graves) se encontrarían el insomnio, náuseas, trismo, bruxismo, erupciones en la piel, dolor e hinchazón de la nariz y la garganta, hemorragias nasales, sinusitis o jaquecas... En el tercer grupo (muy graves) estaría el "craving" (fuerte deseo de seguir consumiendo), cambios intensos en la temperatura corporal, aumento de la presión arterial, aumento del ritmo cardiaco, palpitaciones, vasoconstricción grave en las extremidades, reacciones autoinmunes (como vasculitis), deterioro de la memoria a corto plazo, depresión, pánico, psicosis... 

Las principales razones para acercarse a la práctica del "Chemsex" son múltiples pero, en cualquier caso, similares a las del uso de otras drogas. Hace tiempo publicamos un post que titulamos "Nuevas formas de consumo de alcohol: estamos tontos o qué...". Leyendo lo anterior, si tuviéramos que ponerle un calificativo a todo lo narrado, seguro que el la expresión no sería tan blanda, pues todo lo anterior parece que sobrepasa el castaño oscuro.

sábado, 25 de junio de 2016

Cine y Pediatría (337) "Réquiem por un sueño" y por el mundo de las adicciones


Se han filmado muchas películas sobre drogas y adicciones, pero hay algunas que destacan. Este podría ser un intento de top 15, donde no están todas las que son, pero seguro que sí son las que están (por orden cronológico): Locura de la marihuana (Louis J. Gasnier, 1936), Yo, Cristina F (Uli Edel, 1981), El precio del poder (Brian de Palma, 1983), Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989), Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Trainspotting (Danny Boyle, 1996), Miedo y asco en Las Vegas (Terry Gilliam, 1998), Traffic (Steven Soderbergh, 2000), Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000), Blow (Ted Demme, 2001), Training Day (Antoine Fuqua, 2001), Spun (Jonas Åkerlund, 2002), María llena eres de gracia (Joshua Marston, 2004), Candy (Neil Armfield, 2006), Half Nelson (Ryan Fleck, 2006).

De todas ellas, es Réquiem por un sueño la elegida por muchos como la mejor, basada en la novela homónima de Hubert Selby Jr, y que se transforma en pantalla en lo que fuera todo un experimento visual con un leitmotiv musical digno de recordar y cuya combinación (visual y sonora) aún nos deja cicatrices mentales. Una película que alguien ha asimilado al Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962) en versión moderna del siglo XXI, y que sustituye el alcohol por las drogas. Su director, Darren Aronofsky desata tantas pasiones como odios enconados, pues consigue que sus imágenes sean un prodigio visual, pero también nos regala paranoicos argumentos, tan extravagantes como crípticos. Su especialidad es retratar personajes en caída libre, cuya vida se derrumba ya sea por culpa de la fórmula que explique el caos (Pi, fe en el caos, 1998, su elogiada ópera prima), por la obsesión por investigar la grave enfermedad que padece su esposa (La fuente de la vida, 2006, su proyecto más ambicioso y no siempre entendido), por su incapacidad para librarse de los efectos negativos de la fama del pasado (El luchador, 2008, que le valió el León de Oro de Venecia y el resurgir de su protagonista, Mickey Rourke), por la obsesión por la perfección y el triunfo (Cisne negro, 2010, que encumbró a Natalie Portman con el Oscar a Mejor actriz) o, como en Réquiem por un sueño, por causa de la adicción a las drogas. 

Para mostrar el descenso progresivo de los personajes por el pozo oscuro y profundo de las adicciones, Aronofsky dividió el filme Réquiem por un sueño de acuerdo a tres estaciones del año. 

- La historia comienza en la época de verano, tiempo en el que los sueños de Harry Goldfarb (Jared Leto), su madre Sarah (inconmensurable Ellen Burstyn, nominada al Oscar por este papel), su novia Marion (Jennifer Connelly) y su amigo Tyrone (Marlon Wayans), parecen empezar a hacerse realidad. Sara es una viuda que vive en un apartamento en Brooklyn y que pasa la mayor parte del tiempo sentada frente al televisor viendo anuncios y un programa de concursos. Su otro entretenimiento es la comida, la cual la ha dejado (según ella) con sobrepeso. Su hijo Harry sólo va a su apartamento para empeñar el televisor, y de esta manera financiar su adicción a la heroína. y ella se refugia agobiada detrás de una puerta: "Esto no puede ser verdad. Pero si lo fuera, si lo fuera, no pasaría nada. Así que no te preocupes. Todo se arreglará. Ya lo verás. Al final todo se arreglará". Y luego cae como una trapa metálica el título de la película, mientras suena la música de esta película, verdadero leitmotiv. 
Harry y Tyrone inician su negocio de venta de estupefacientes y con ese dinero Harry le promete a Marion abrir una tienda de ropa en la que pueda vender sus diseños. Sarah, mientras tanto, recibe un formulario para concursar en su show de televisión favorito, Malin & Block; e ilusionada con la posibilidad de cumplir este sueño, inicia una dieta para adelgazar rápidamente, tomando pastillas que resultan ser anfetaminas. "Oye mamá, ¿tomas anfetas para adelgazar...?", le dice su hijo. Y ella le dice: "Me gusta mucho estar pensando en el vestido rojo y en la televisión, en ti y en tu padre. Ahora siento el sol y sonrío"

- Con la llegada del otoño, los sueños de los personajes empiezan a alejarse poco a poco. El negocio de Harry y Tyrone fracasa, Marion se hunde en su adicción a las drogas y Sarah se convierte en una adicta a las anfetaminas, cada vez más incapaz de distinguir entre lo real y las alucinaciones, entre los programas de televisión y su solitaria vida. Tyrone es arrestado y Harry y Marion utilizan el dinero ahorrado para sacar a Tyrone de la cárcel. Y todo se complica, y el sueño comienza su réquiem hacia la pesadilla. 

- Finalmente, en invierno, todos los personajes caen en un espiral de autodestrucción, atormentados por los recuerdos de una vida mejor y por los sueños que nunca se hicieron realidad. Harry tiene que acudir de urgencia con una gangrena del brazo como complicación de las drogas intravenosas, brazo que le deben amputar. Sara es hospitalizada en un psiquiátrico y recibe una terapia de electroshock que termina alejándola de la realidad. Marion vende su cuerpo a cambio de drogas, sometida a juegos vejatorios que no hubiera imaginado. Tyrone permanece en la cárcel, donde debe trabajar y recibir los insultos de los guardias: "Puede verme, puedo oirme. Apto para trabajar". 

Y mientras suena el leitmotiv musical de la música de Clint Mansell, cada uno de nuestros cuatro personajes, perdido en la miseria, se pone en posición fetal derecha, como si buscaran el útero materno protector tras el descenso a los infiernos de los protagonistas bajo los acordes de Lux Aeterna. Y el abrazo final onírico de madre e hijo, en la televisión, donde ella le dice "Te quiro mucho Harry", y él responde "Yo también te quiero mamá"

Porque Réquiem por un sueño es una película sobre la adicción y que provoca adicción con su hora y media de lenguaje fílmico nervioso, con un gran número de efectos visuales reiterativos (la doble pantalla, la secuencia de imágenes sobre los efectos de la heroína, etc.), que pueden no contentar a todos por el exceso visual (que el director llamó como “montaje hip-hop” y que hace que mientras una cinta normal tiene entre 600 y 700 cortes, esta cinta tiene más de 2000), pero que no deja indiferente: para unos es arte, para otros postureo, pero que es un recurso para entrar en la mente de los personajes. 

Pero también es una trágica historia de amor entre dos jóvenes, Marion y Harry, amor entre sí y amor con las drogas, donde vemos las distintas fases del amor: enamoramiento, luna de miel, traición, ruina y aprisionamiento. Una historia trágica de amor con verano, otoño, invierno... pero sin primavera. Y es que el director quería mostrar la adicción a todo, no sólo a drogas ilegales; también a las legales, como la televisión, al amor e incluso la esperanza. 

Dos detalles finales para esta película tan especial y poliédrica: los cameos y la música. 

- Hay tres cameos que son realmente importantes para el director: su padre en el tren, su madre como una de las compañeras de edificio de Sara que se apostan en la calle con sus sillas, y Hybert Selby Jr., escritor de la novela, como un policía de la cárcel. 

- Hay muchas uniones paradigmáticas de música y cine, pero ese principio de buena amistad tiene su máxima en dos nombres propios: el británico Clint Mansell y el estadounidense Darren Aronofsky. Todo empezó entre estos dos amigos cuando Clint aceptó poner la B.S.O. de la ópera prima de este director tan peculiar que es Aronofsky y, a partir de ahí, ha puesto la música de sus cinco películas posteriores, incluida la última, Noé (2014). En Réquiem por un sueño la música es interpretada por el cuarteto de cuerdas Kronos de San Francisco, y desde el principio se convirtió en una especie de música de culto debido a la enorme carga dramática que le otorga a la película. Mediante el empleo de instrumentos de cuerda sin el vibrato que produce el músico que los ejecuta, Clint Mansell y el cuarteto Kronos crearon sonidos fríos y disonantes con instrumentos normalmente conocidos por su calidez y suavidad en cuanto al sonido que producen. Este efecto ya había sido utilizado anteriormente por Bernard Hermann, compositor de bandas sonoras famoso por su colaboración en la musicalización de las películas de Alfred Hitchcock. El tema principal es Lux Aeterna, pero la melodia se repite a lo largo de la historia y aparecen otros temas como Summer Overture, Hope Overture o Winter Overture. 

 Por tanto, la película es un réquiem no solamente por el sueño americano, sino también por cualquier ideal que muere cuando el individuo se enfrenta a la crudeza de la realidad y prefiere evadirla antes que enfrentarla. Y es aquí donde resuena más esta frase de la película: "Convierte el mañana en algo positivo". 

Y nos queda ese final con las palabras del propio Hurbert Selby Jr.: "Se abrazaron y se besaron. Y el uno arrinconó la oscuridad del otro, creyendo en la luz del otro, creyendo en el sueño del otro". Y nos queda este final de la película con su Lux Aeterna. 

sábado, 19 de diciembre de 2015

Cine y Pediatría (310). “Klip”, adolescencias más duras que la guerra


Esta misma semana celebrábamos la triste efeméride del fin de la llamada Guerra de los Balcanes, que finalizó oficialmente tras la firma de los Acuerdos de Dayton por Bosnia-Herzegovina, Croacia y Yugoslavia, el 14 de diciembre de 1995. Un conjunto de guerras que se caracterizaron por los conflictos étnicos entre los pueblos de la ex Yugoslavia, principalmente entre los serbios por un lado y los croatas, bosnios y albaneses por el otro, un conflicto de causas múltiples (como casi siempre, una mezcla de motivos políticos, económicos y culturales, pero también de tensión religiosa y étnica). Estas guerras, que duraron tres años, fueron los conflictos más sangrientos en suelo europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con resultado de unas 200 000 muertes y millones de personas que perdieron sus hogares. 

Veinte años después del final de la guerra, distintas expresiones artísticas en estos territorios (Serbia, Bosnia, etc.) siguen plagados de ecos bélicos y de desconfianza, de restos del sangriento conflicto que parecen un destino no interrumpido por signos de puntuación, expresiones artísticas que surgen como homenaje o redención a este doloroso recuerdo. Porque no debiéramos olvidar lo que significa el término que de allí surgió, "balcanización" ni, quizás tampoco, las palabras de Mahatma Gandhi: "Si vamos a enseñar la verdadera paz en este mundo, y si vamos a llevar a cabo una verdadera guerra contra la guerra, vamos a tener que empezar con los niños"

Y de esa combinación hoy traemos, como triste recuerdo de aquella guerra y postguerra de los Balcanes, la única película de los países de la ex-Yugoslavia que por el momento se encuentra en Cine y Pediatría: Klip (Maja Milos, 2012), una cinta serbia que se constituye en una de las historias más duras de los últimos años, una película polémica por necesidad y de un realismo que hiere los ojos. Una película que mezcla la pérdida de rumbo de adolescentes en un país que acaba siendo víctima y verdugo de su propia desgracia, de la incomunicación entre padres e hijos, de ambientes sin valores, donde campa a sus anchas la violencia, el sexo, el machismo, las drogas y el rencor a la belleza de la vida

Esta provocadora y controvertida película está escrita y dirigida por Maja Milos, una joven cineasta de Belgrado que plantea, en esta su opera prima, un grito cinematográfico sobre los problemas de los adolescentes serbios, una película premiada con el Tigger Award en el Festival de Cine de Rotterdam y prohibida en Rusia por sus demasiado explícitas imágenes sobre el sexo. Y es que Maja Milos se convierte en la suma de un Larry Clark, un Lukas Moodysson y un Abdallatif Kechiche sin compasión, de forma que esta directora serbia deja en entredicho la supuesta provocación de Kids (1995), de Fucking Amal (1998) o de La vida de Adèle (2013).  

Klip tiene un inicio realmente incómodo... que nos hace dudar sobre si seguir viendo la película: una hermosa adolescente buscando sexo en una fiesta, en un entorno algo sórdido e incómodo. Y luego la chica llega a su hogar, quizás en un ambiente más duro si cabe... Ella es Jasna (una Isidora Simijonovic que no es actriz, sino el personaje mismo), una quinceañera desencantada de la vida y que vive la dura vida de la generación de la postguerra en Serbia y que, como muchos allí, asimila el cambio de país y de nombre. Una adolescente que sobrevive entre un hogar que roza la pobreza en los suburbios de Belgrado, con un padre enfermo de un cáncer en fase casi terminal y una madre en estado de ansiedad permanente, entre un instituto con sistema educativo impersonal y caduco, y entre una pandilla de amigos y colegas que flirtean, sin medida ni control, con el sexo, el alcohol, las drogas y todo aquello prohibido que está a su alcance girando imparable en una espiral de descontrol. Una vida en continua huida en que la madre de Jasna le dice "No has hablado con tu padre desde que sabes que se está muriendo. No, solo piensas en ti... ¡Estás destruyendo esta familia, es lo que estás haciendo!". 

Porque Klip se transforma es el incendiario y febril retrato de una generación de adolescentes serbias sin código ético alguno, cuyo principal pasatiempo es embarcarse en la aventura del sexo sin ningún respeto por sí mismas, sintiendo constantemente la necesidad de grabar todo con su teléfono móvil, como si la vida real no existiera, sino es a través de la pantalla de un smartphone. Y ello a través de la sencilla (y cruel) historia de Jasna, enfadada con todo y con todos, incluyendo con ella misma. Una adolescente de una belleza extrema que se rodea de suciedad, incluyendo su enamoramiento enfermizo de Djole (Vukasin Jasnic), un compañero de instituto que le ocasiona mayor opresión, una relación de amor virulento e imposible en el que ella actúa como concubina sumisa y mero objeto sexual, sin importarle la violencia y el machismo, hasta desembocar en la autodestrucción emocional. 

Y nuestra Jana, por desgracia, se constituye en prototipo de muchos adolescentes que sabemos que están igual de perdidos, pero que preferimos no sentirlo. Como preferimos no ver esta película, por brutalmente honesta y deshonesta, por su estética estridente (desde la fotografía a la música), por sus imágenes y diálogos que taladran por su realismo y que duelen por su verdad. Porque Klip nos expone a los cambios que han sufrido los adolescentes en su modo de expresarse y de relacionarse, con el aplastante culto a la imagen y el auge de la tecnología que han alterado conceptos tan básicos como la educación, el derecho a la intimidad y los códigos de la fidelidad y la legalidad, a la vez que han destruido la inocencia propia de la infancia y la adolescencia. 

Puede resultar un tópico, pero esta vez se cumple con Klip: es un film que o se ama o se odia, pura violencia física y emocional, una bofetada a nuestra conciencia. Klip, ópera prima de la joven directora Maja Milos, revela una situación cotidiana que vive su propia generación, como en 1995 lo hiciera Larry Clark, con su película Kids. Ambos filmes muestran adolescentes que, por su juventud, inexperiencia y potencial desperdiciado, rompe e incomoda a la sociedad por su brutalidad y realismo. Diálogos marcados por la tristeza, el miedo, el deseo, el enojo y un sexo explícito vacío, frío como la postguerra y, quien sabe, si Maja Milos se nutre del sinsabor de una película previa de otro realizador serbio: A Serbian Film (Srdjan Spasojevic, 2010). 

Klip es cine despojado e hiperrealista, una especie de descenso a los infiernos de una adolescente Jasna que pasea su belleza con actitud indefinible entre la desvergüenza, el desinterés y la ilusión. Y si desconcertante es el principio de la película, desconcertante es el final... Como desconcertante es la vida de algunos adolescentes con vidas más duras que la guerra en sociedades y familias desestructuradas.

 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Cine y Pediatría (308). "Kids", con ellos llegó el escándalo


El pasado 1 de diciembre celebramos, como cada año, el Día Mundial del Sida, una fecha en que la OMS sigue publicando sus recomendaciones para impulsar el logro de las metas en esta enfermedad: el uso de métodos innovadores para los análisis del VIH, la personalización de los tratamientos para atender las diversas necesidades individuales y el ofrecimiento de una amplia selección de opciones de prevención.  
Porque mucho se ha avanzado desde finales del siglo XX en esta terrible epidemia que empezó oficialmente el 5 de junio de 1981, cuando los CDC (Centers for Disease Control and Prevention) de Estados Unidos convocaron una conferencia de prensa donde describieron cinco casos de neumonía por Pneumocystis carinii en Los Ángeles y al mes siguiente se constataron varios casos de sarcoma de Kaposi en la piel. En estos momentos se ha alcanzado la meta mundial de detener e invertir la propagación del VIH. Ahora, en Pediatría y en el Primer Mundo, por fortuna el sida es ya casi una enfermedad rara, pero no en el Tercer Mundo.  lo cierto es que aún unos 16 millones de personas reciben actualmente tratamiento antirretrovírico, más de 11 millones de ellas en África. Ya las nuevas infecciones se han reducido en un 35% y las muertes por sida en un 25%. Con todo, ha llegado el momento de ser aún más audaces, de tomar medidas innovadoras para alcanzar la meta de los objetivos de desarrollo sostenible: poner fin a la epidemia para 2030

Por ello se sigue recordando este día todos los días 1 de diciembre, porque las nuevas metas para poner fin al sida son factibles, incluso en entornos con recursos limitados. Y ojalá algún día solo nos quede el recuerdo en el cine. Son muchas las películas que han tratado este tema en los últimos 30 años, pero he aquí las 10 películas imprescindibles para conocer un poco más esta enfermedad, películas la mayoría de la década de los 90, momento en que el sida pegó más fuerte, momento en que la enfermedad constituía una epidemia y un problema social de primera magnitud: Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992), Vivir hasta el fin (Greg Araki, 1992), Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), En el filo de la duda (Roger Spottiswoode, 1993), Kids (Larry Clark, 1995), The Cure (Peter Horton, 1995), Fiesta de despedida (Randa Kleiser, 1996), El escándalo de Larry Flynt (Milos Forman, 1996), Gia (Michael Cristofer, 1998) y Las horas (Stephen Daldry, 2002). 

Entre todas ellas hay una que tiene a la adolescencia como protagonista del sida, pero que, a la vez, es mucho más, pues significó todo un escándalo que aún hoy, 20 años después, se comprende que fuera así: Kids, la polémica ópera prima de Larry Clark, afamado fotógrafo (en blanco y negro) que se pasó a la dirección para tratar temas relacionados con el sexo, las drogas, la violencia juvenil o el skateboarding. Aunque destacados directores, tales como Gus Van Sant y Martin Scorsese, han admirado el trabajo de Clark, lo cierto es que no deja indiferente y con su ópera prima, Kids, llegó el escándalo. Porque en esta película trata de los temas previos y también incluye la sombra omnipresente del sida, en un momento en que todo el mundo hablaba de esta enfermedad.

Hace veinte años Kids irrumpió en las cines como una bofetada y causó un gran debate, y se entiende, pues algo similar se siente dos décadas después. La película, escrita por Harmony Korine (un joven skater) y producida por Gus van Sant, contaba con la participación de una nueva camada de actores (incluido unas jóvenes Chloë Sevigny y Rosario Dawson), muchos de los cuales debutaban en el cine (de hecho, una gran mayoría eran patinadores de las calles, skaters), y donde el propio equipo lo recuerda como un rodaje complicado. La película retrata un día en la vida de un grupo de adolescentes neoyorquinos sumergidos en el sexo, el alcohol, las drogas y la violencia gratuita, unos adolescentes con escaso rumbo y terreno fértil para el sida en aquellos años 90. 

Cuatro adolescentes centran el argumento, adolescentes entre los 16 y 17 años. Dos chicos: Telly (Leo Fitzpatrick), aficionado a acostarse con chicas vírgenes sin ningún tipo de precaución y menos moralidad, y su amigo Casper (Justin Pierce), consumidor compulsivo de distintos tipos de drogas. Dos chicas: Jennie (Chloë Sevigni), cuyo único escarceo amoroso fue con Telly, y su amiga Ruby (Rosario Dawson), con múltiples flirteos amorosos en su haber 
Una turbadora escena inicial da comienzo a una película nada cómoda, pero que es mucho más que la crónica de un muerte anunciada de adolescentes descerebrados con acné, adolescentes que declaran en sus conversaciones aquello de que "El sexo es lo mejor del mundo". Pero todo cambian cuando Jennie y Ruby acuden a una revisión de salud, producto de las prácticas de riesgo por el sexo no protegido en aquella época. Y el veredicto: para Ruby la respuesta de la doctora es "estás limpia (de enfermedades de transmisión sexual)", pero para Jennie el juicio resulta ser "el análisis de sida dio positivo". Y para ello bastó una única relación con Telly para que eso ocurriera, el mismo chico que se dedica a buscar aventuras amorosas con menores de edad y lo hace sin ningún tipo de protección. Escalofriante...sobre todo al escuchar la conversación de los jóvenes sobre el sida: "Oyes hablar de todas esas enfermedades. Enfermedades de esto y de lo otro... Carajo, que todo el mundo se está muriendo y eso es un invento. No conozco a ningún chico con sida. No sé de nadie que se esté muriendo de eso. Son puros inventos". 
Y con la condena (así lo era en aquella época) de estar contagiada por el virus de la inmunodeficiencia humana, vaga Jennie por Nueva York, en busca de una respuesta, y le dice a Ruby: "Tendré que decirle a mi hermanito que me voy a morir". Un taxista le intenta aconsejar sobre las dificultades de la vida: "Mira, sea lo que sea, olvídalo. La vida es muy corta. Trata de ser feliz". En una reunión de jóvenes que es más orgía que fiesta, una de las chicas de la pandilla llega a desahogarse al decirles: "Ustedes son una panda de enfermos". 

Porque Kids llegó a las pantallas rodeada por el escándalo, y a varios niveles. Escándalo por el sexo (Terry se convierte en un depredador sexual sin escrúpulos, sexo adolescente sin valores, pura vorágine hormonal descorazonadora), por la violencia (algunas escenas, como la de la paliza a un joven negro, duelen no solo por la dureza física, sino por la xenofobia y homofobia implícita), por el sida (leitmotiv en segundo plano, si bien cabe recordar que en el año 1995, el número de muertes debidas al sida en Estados Unidos llegó a un pico histórico con más de 50.000 fallecimientos), por las calles de Nueva York (con la cultura skater campeando a sus anchas), por la música (porque a diferencia de otras películas teen, no hay éxitos de moda, sino música grunge y lo-fi de Lou Barlow y las atormentadas canciones de Daniel Johnston), por las edades en que ocurre (adolescentes y preadolescentes sin rumbo entre el sexo, la droga y la violencia). 

Y así es Kids y así nos lo contó Larry Clark. Y resta la mirada final a la cámara de Casper, desconcertado tras una noche de orgía, y preguntándose a sí mismo (y a todos los espectadores): "Dios santo, ¿qué pasó?"... 

sábado, 17 de octubre de 2015

Cine y Pediatría (301). La generación X española en “Historias del Kronen”


Sobre el madrileño José Ángel Mañas recae la responsabilidad de ser el padre de la “Generación X” española, esa corriente literaria que comenzó a principios de los 90 y que se basa en el realismo sucio, crudo y cercano, demasiado en ocasiones. Todo comenzó hace más de 20 años, con la novela “Historias del Kronen”, la ópera prima que le concedió el éxito a los 23 años, el aplauso (y las flechas) de la crítica y la publicación de tres obras complementarias: “Mensaka”, “Ciudad Rayada” y “Sonko95”. Novelas que contextualizan a la perfección una época de drogas, desfase, alcohol, sida… De muchos cambios y descubrimientos. Algunos, de hecho, le llamaron la “Generación Kronen” por el éxito de su primera novela (que llegó a ser finalista del Premio Nadal en 1994), si bien antes de ella había muy buenos libros que desarrollaban este realismo sucio, como “Lo peor de todo”, de Ray Loriga.

Pues sobre esta obra, y con un guión a dúo entre José Ángel Mañas y Montxo Armendáriz, se gestó la película Historias del Kronen (Montxo Armendáriz, 1994). Y es que el navarro Montxo Armendáriz, este director de cine humano y humanista que siempre es guionista de sus películas, es ya parte de la familia de Cine y Pediatría. En nuestro espacio ya hemos incorporado dos de sus películas: Tasio (1984), la sencilla historia de una vida  y No tengas miedo (2011), una denuncia el abuso sexual infantil. Pero la razón prioritario de esta amistad se fundamenta principalmente en el hecho de que Montxo ha sido un prologuista de lujo del último libro, "Cine y Pediatría 4".

Y es así como el libro y la película alcanzarán cierto estatus de culto durante la segunda mitad de los 90, con ese posible retrato de la juventud española de aquel momento, con retazos de desobediencia hacia cualquier figura de autoridad, de consumo desaforado de drogas, de promiscuidad sexual, de afición a los actos delictivos, entre otros aspectos. Una vida al límite en un Madrid que parece visto desde la ventanilla de un coche que circulara a toda velocidad por la M30.

Porque en la cervecería Kronen se reúnen todas las noches de aquel verano un grupo de jóvenes de alrededor de 20 años, allí donde la pandilla se mezcla con el alcohol, la droga, el sexo y el vértigo, donde se vive de noche y se duerme de día. Allí donde se cruzan las vidas de Carlos (Juan Diego Botto), el líder trasgresor y cínico, de Roberto (Jordi Molla), el mejor amigo de Carlos que convive entre su confidente amistad y su homosexualidad reprimida, de Pedro (Aitor Merino), el más vulnerable por las enfermedades que le acompañan (diabético con un solo riñón), de Manolo (Armando del Río), barman y músico, y de Amalia (Nuria Prims), exnovia de Carlos.
Escenas sin freno como la épica del puente (que forma parte de la carátula de la película) o la fiesta final, referentes a las snuff movies o a la película preferida de Roberto, Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), quizás como leve alusión al papel sociópata de Carlos, al que su amigo Roberto le llega a decir: “A ti te regalan un Mecano y ya te crees ingeniero”.

Historias del Kronen nos plantea, una vez más, la rebeldía y ansias de libertad de la juventud, objeto de la atención de diferentes historias del cine, desde Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) hasta Trainspotting (Danny Boyle, 1996), pasando por Easy rider (Dennis Hopper, 1969) o Quadrophenia (Franc Roddam, 1979). Pero ahora en versión española, porque al igual que Historias del Kronen muchas otras películas han intentado reflejar la adolescencia y juventud de distintas generaciones en España, reflejo que depende de la época en que se grabaron:
- En los años 50 recordamos Los chicos (Marco Ferreri, 1959) o Los golfos (Carlos Saura, 1959).
- En los años 60 nos encontramos con Nueve cartas a Berta (Basilio Martin Patino, 1966) o Un, dos, tres, al escondite inglés (Iván Zulueta, 1969).
- En los años 70 nos viene a la memoria Adiós cigüeña, adiós (Manuel Summers, 1971) y Perros callejeros (José Antonio de la Loma, 1977).
- En los años 80 podemos citar Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981) o Yo, el Vaquilla (José Antonio de la Loma, 1985).
- En los años 90 nos reencontramos con Historias del Kronen o Salto al vacío (Daniel Calparsoro, 1995).
- En los años 2000 vienen representados por Krámpack (Cesc Gay, 2000) o 7 vírgenes (Alberto Rodríguez, 2005).
- Y en los actuales 2010, las recién estrenadas A cambio de nada (Daniel Guzmán, 2015) o Los héroes del mal (Zoe Berriatúa, 2015).

Distintas épocas en España, distinto cine, diferentes películas, diferentes adolescencias y juventudes. Hoy recordamos Historias del Kronen, una especie de guardián en el centeno patrio, una película que marcó una generación y cuya novela comienza así: "me jode ir al Kronen los sábados por la tarde porque está siempre hasta el culo de gente". Ni más, ni menos.
Y como nos recuerda la canción del grupo de música punk MCD (mejor no traducir las siglas), “No hay sitio para ti”.

 

sábado, 26 de mayo de 2012

Cine y Pediatría (124). Los “Chicos del barrio” de John Singleton y el poder del cine afroamericano


En los inicios de la década de los 90, tres directores y tres películas presagiaban un buen resurgir del cine afroamericano, el retorno del "black power" en el séptimo arte: Haz lo que debas (Spike Lee, 1989), Los chicos del barrio (John Singleton, 1991) y New Jack City (Mario Van Peebles, 1991). Pero lo cierto es que es nueva generación de directores negros no tuvo una continuidad brillante, si bien nos dejó algunas buenas obras de arte que pueden encuadrarse en nuestra serie de Cine y Pediatría.

Sorprendente fue el debut del joven Jonh Singleton, quien consiguió que su ópera prima (Los chicos del barrio) fuera nominada al Óscar a mejor guión original y a mejor director, siendo en esta última categoría el primer afroamericano de la historia y la persona más joven en aquel entonces (contaba 21 años) en recibir dicha nominación. Sin embargo, tal espectacular debut en la historia del cine no se mantuvo posteriormente en su carrera, alternando películas entre lo digno (Semillas de rencor, 1995; Rosewood, 1997; Cuatro hermanos, 2005), lo corriente (Justicia poética, 1993; Shaft, 2000) y lo nefasto (Baby boy, 2001; A todo gas, 2003).

Los chicos del barrio es un drama, aclamado por crítica y público, que cuenta la historia de tres amigos de la infancia que viven, en la década de los 80, en el peligroso barrio negro de South Central en Los Ángeles: Tre Styles (Cuba Gooding Jr.), Ricky (Moris Chesnut) y Doughboy (Ice Cube). Los tres deberán enfrentarse a difíciles decisiones para abrirse camino en sus vidas, pues no es fácil mantenerse al margen de la violencia, las drogas y el crimen. En este peligroso mundo es donde están obligados a conocer la amistad y el amor, porque nadie les ha dado a elegir.

Los chicos del barrio es una película de denuncia social, pero que aborda inteligentemente la problemática racial sin hacer apología de la violencia revanchista contra el blanco, sino proponiendo el camino de la salvación en la educación: la educación que proporciona un buen núcleo familiar y la educación de la universidad, como base y meta para salir del agujero. Esta película marcó a toda una generación; y contribuyó a ello sus diálogos mordaces y efectivos y una acción constante que atrapa al espectador. El comienzo de la película se realiza con imágenes de dibujos de escolares en donde la temática (las dramáticas consecuencias de la violencia).ya nos marca el camino de la película, que no es otra que la realidad que viven.

La excesiva juventud de los padres de Tre Styles al nacer éste provocó una serie de limitaciones y los primeros conflictos: la madre (la siempre bella Angela Bassett), consciente de su realidad socioeconómica, decide renunciar a su maternidad (cuando Tre tiene 10 años) a favor de la paternidad de Furions, el padre (un joven Laurence Fishburne, mucho antes de interpretar a ese icono en la trilogía The Matrix que es Morfeo), quien intenta inculcarle una buena educación y formación para evitar que sucumba al violento y corrupto ambiente que le rodea en el suburbio negro donde vive.Posteriormente, la película nos traslada a 1991 y se nos desvela la vida cotidiana del barrio, amparada en una estructura social complicada (núcleos familiares desestructurados, armas, drogas, etc.) y la violencia como telón de fondo. La violencia adquiere todo su sin-­sentido con el asesinato incomprensible del inocente Ricky, con el dolor de Tre y el posterior deseo de venganza. Pero, finalmente, la educación impuesta por el padre vence a la violencia del ambiente y Tre logra salir adelante.

Una buena película, una película sincera y con momentos individuales memorables. Parte de su encanto se puede atribuir al hecho de que el guion deriva de experiencias reales del propio director.

Cuatro años después, Singleton quiso regresar al cine combativo e inteligente de su debut con Semillas de rencor (que pudiera funcionar como una segunda parte de Los Chicos del Barrio). Semillas de Rencor nos retrata la Universidad de Columbus en Estados Unidos, allí donde la mezcla de razas, sexos e ideologías (condimentada con prejuicios raciales y sociales) son el polvorín ideal. Negros que odian a los blancos, fans del heavy metal inadaptados que abrazan el nazismo, niñatas que prueban el lesbianismo, latinos, orientales...una especie de “vidas cruzadas” racial. Tres jóvenes recién llegados se dan cuenta de que se encuentran en un auténtico polvorín a punto de estallar. Violencia, racismo e intolerancia se juntan en esta universidad, que corre el riesgo de convertirse en un campo de batalla.
Semillas de Rencor, vista hoy en día, también es un film de culto con un reparto de lo más variado y jugoso: Omar Epps, Tyra Banks, Jennifer Connelly, Michael Rappaport, Kristy Swanson y, repitiendo con Singleton, el rapero Ice Cube y el eficaz Laurence Fishburne.

Haz lo que debas (Spike Lee, 1989) es la tercera película de este controvertido director independiente, en la que se plantea con rigor y objetividad uno de los principales problemas de los Estados Unidos en la actualidad: la violencia racial. A partir de un hecho real (el asesinato de un chico negro a manos de un grupo de chicos blancos en el barrio de Queens de Nueva York en 1986) se construye una historia inventada, pero absolutamente realista, en la que no hay un protagonista claramente definido.

La historia transcurre en Bedford Stuyvesant, uno de los barrios más humildes de Brooklyn, donde conviven desordenadamente varias familias afroamericanas e hispanoamericanas, una pareja de comerciantes surcoreanos y una familia de italoamericanos que son dueños de una pizzeria. Mookie (el propio Spike Lee, quien se reserva el papel principal), un chico que trabaja de repartidor de pizzas, es el hilo conductor de una película de estructura vertiginosa y se constituye en testigo privilegiado de los múltiples personajes que se cruzan y de los hechos cotidianos que tienen lugar en el barrio. Haz lo que debas narra una historia de prejuicios y tensiones intercomunitarias exacerbadas a lo largo de un caluroso día de verano.

Una película muy controvertida, que dio lugar para que muchos críticos protestaran en contra de ella, por considerarla apología para incitar a la población negra a los disturbios. Haz lo que debas se constituye, así, en una radiografía de la violencia racial en los Estados Unidos, de una actitud intolerante y insolidaria que se extiende por igual a todas las comunidades y grupos sociales: el conflicto racial une y a la vez separa a los personajes. Spike Lee no se posiciona en ningún momento a favor o en contra de la violencia, si bien cierra el film con dos citas muy significativas de los dos líderes más emblemáticos de la lucha de la comunidad negra por la igualdad, antagónicos en sus posicionamientos: Martin Luther King (en contra de las actitudes y los comportamientos violentos y agresivos) y Malcolm X (defensor de la violencia en legítima defensa para cualquiera individuo en estado de opresión).

Los chicos del barrio, Semillas de rencor y Haz lo que debas se constituyen en un brillante tríptico sobre un cine increíblemente vivo y veraz, que se adentra en la violenta y compleja cotidianidad de los afroamericanos, en confrontación dialéctica con otras etnias y culturas, y lo hacen con cierta lucidez. Tre y Mookie son testigos de esta problemática en su infancia y adolescencia, y crecen alrededor de estos problemas sociales, con la educación (en la familia y en las escuelas) como tabla de salvación. Problemas sociales y adolescencias difíciles en Los Ángeles y en Nueva York, pero que se repiten en casi todas las grandes urbes del mundo.

sábado, 10 de marzo de 2012

Cine y Pediatría (113). “Polisse” y sus casos reales de protección de menores


Francia siempre ha sido muy influyente en el desarrollo del cine, como arte y como medio de comunicación. El cine nació en Francia de la mano de los hermanos Lumiére, de Georges Méliés (lo vimos la semana pasada homenajeado en La invención de Hugo) y de Léon Gaumont. El periodo de 1940 a 1970 fue especialmente brillante de la mano de la revista crítica Cahiers du cinéma y del movimiento de la Nouvelle vague. Desde los años 90 hasta nuestros días, el cine francés se impregna de influencias italianas (neorrealismo) e inglesas (free cinema) y se observa un creciente interés por la búsqueda de una temática social y un realismo testimonial.

Algunos ejemplos de buen cine social francés han sido comentados en entradas previas de Cine y Pediatría: recordamos a Bretrand Tavernier (Hoy empieza todo, 1999 o La pequeña Lola, 2004), Michel Deville (Las confesiones del Dr Sachs, 1999), Nicols Philibert (Ser y tener, 2001), Laurent Cantet (La clase, 2008) o Thomas Balmès (Bebés, 2010). Pero no nos olvidamos de muchos otros, como Erick Zonca (El pequeño ladrón, 1999), Robert Gédiguian (Al ataque, 2001), Marion Vernoux (Nada que hacer, 1999), etc.

Una nueva directora, una sorprendente directora con un peculiar nombre, se suma a esta lista: Maïwen. ¿Quién es esta joven mujer con nombre exótico y belleza exótica -aparentemente frágil-, que nos presenta una obra de arte de cine social contundente?. Leemos que Maïwen Le Besco es una actriz francesa, casada con el director Luc Besson (con quien trabajó en León -1994- o El quinto elemento -1997-); fue precisamente durante el rodaje de esta última película que Besson conoció a Mila Jovovich y abandonó a Maïwen. En ese momento, la actriz comenzó una carrera más prolífica y diversa en el mundo del cine, no sólo como actriz, sino como guionista, productora y directora.

Esto es lo que ocurre en Polisse, su última película (2011), donde asume los papeles de directora, guionista y actriz (su papel de Melissa, la fotógrafa que acompaña a los protagonistas de la película). Porque Polisse es una película basada en hechos reales que tiene dos protagonistas claros: la Unidad de Protección de Menores del Departamento de Policía de París y los niños y adolescentes, cuyos casos reflejan un puzle de lacras profundas que afectan al mundo infantil (pederastia, violaciones, malos tratos, prostitución, matrimonios concertados, absentismo escolar, delincuencia juvenil, drogadicción, etc). Drama en formato documental que nos pone al descubierto el día a día de una comisaría de París, con las relaciones entre los compañeros de la unidad como paisaje y cómo logran sobrellevar la sordidez, la marginalidad y la crueldad humana en sus carnes, cómo son capaces de soportar psicológicamente tanta maldad y poder convivir con ello en una tarea plenamente vocacional.

Polisse profundiza en la psicología de sus protagonistas y se adentra en sus hábitos, relaciones y modos de actuación, personas muy especiales trabajando en algo muy especial. Bajo la mirada de la fotógrafa (que es la directora, pero que somos nosotros, los espectadores) asistimos a los encuentros y desencuentros con otras unidades de la Policía, a los interrogatorios a pedófilos (presuntos o confesos, pero siempre brutales para nuestros oídos y nuestra conciencia), a los difíciles momentos vividos con los niños (algunos nos cortarán el aliento), a las tensiones acumuladas en la oficina y a los momentos de ocio, a los problemas de pareja y personales, a la dificultad de compaginar este complicado trabajo con la vida familiar, a los sentimientos que nacen y los que se deshacen entre compañeros, a los sentimientos que nacen y se deshacen con las víctimas infantiles,…. Pero Maïwen consigue mostrar tanta miseria sin regodearse, sin tremendismo y ofreciéndonos momentos de respiro y de humor, sin por ello dejar de dejar claro la labor capital de un grupo humano dispuesto al sacrificio personal para proteger uno de esos tesoros que toda sociedad debiera salvaguardar: la infancia y la inocencia que le pertenece.

Es posible que Polisse no sea una obra redonda: algunos le critican exceso de metraje (Maïwen grabó más de 150 horas sobre los casos que más le impactaron y lo dejó en poco más de dos horas de película); otros un final forzado, otros… Pero por encima de todo, es un documento fílmico sincero y una película de recomendable visionado para las personas que trabajamos con niños y jóvenes. La película nos augura desde la primera escena que nos enfrentamos a una película dura; y, sino, baste recordar algunas escenas: la batida en la caravana de rumanos para salvaguardar a los niños que eran obligados a mendigar por sus padres; las declaraciones de padres y abuelos delante de sus víctimas infantiles, denunciados de pederastia; la escena en que la niña declara a su madre que su padre “le quiere demasiado”; cuando una madre negra que vive en la calle solicita que los asistentes sociales acojan a su hijo, con todo el dolor de la separación (desgarrador,… difícil de contener las lágrimas, para los actores y para los espectadores); cuando una madre zarandea a su hijo pequeño en la calle porque llora desconsolado o cuando una madre drogadicta y con problemas mentales deja caer al niño al suelo mientras intenta coger comida de una tienda… y el bebé entra en coma; o la inmisericorde imagen del recién nacido prematuro muerto en los brazos de una madre adolescente que ha sido violada; o la lúgubre escena de los vestuarios de un gimnasio, con el profesor encerrado con un alumno. Y lo peor de todo: esta película se basa casos reales; y siempre la realidad supera a la ficción.

Polisse nos muestra una ficción voluntariosamente aséptica, que recoge sin heroicidades ni juicios la rutina de los miembros esta Unidad de Protección de Menores del Departamento de Policía en París. Polisse obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes en el año 2011 y recibió 13 nominaciones a los Premios César del Cine Francés (pero al enfrentarse cara a cara con The Artist de Michel Hazanaviciu, ha tenido que conformarse con obtener el premio a Mejor actriz revelación femenina –para Naidra Ayadi- y Mejor montaje). Sin embargo, lo peor no es que haya sido la gran olvidada de los Premios César; lo peor es que, desgraciadamente, pasará desapercibida en nuestras pantallas… y en nuestros corazones.

Esta fue mi experiencia: más de 230 salas de cine en la provincia de Alicante. Y esta joya del cine social francés sólo se proyecta en una sala; perdón: en una hora de una sala. Una sala con casi 1.000 butacas y eramos 9 espectadores esa tarde. Una película de las que uno calificaría de imprescindibles, por el fondo y la forma, va a pasar desapercibida. Esto es una constante en nuestra maltrecha cultura cinematográfica. Una película que no deberíamos dejar de ver; al menos, los que trabajamos con la infancia (en cualquier sentido), al menos los que sentimos que nuestra sociedad puede ser un poco mejor para la infancia.

Como dice uno de sus protagonistas: "Por muchos casos que resolvamos a diario, no vamos a conseguir cambiar el mundo. Y eso es lo que me queda dentro, eso es lo que me corroe, no puedo más..."

sábado, 25 de septiembre de 2010

Cine y Pediatría (37): “Ciudad de Dios”, infancias alrededor de las favelas


Mezcle en una coctelera algunas películas clásicas norteamericanas sobre gánsters y drogas (por ejemplo Uno de los nuestros de Martin Scorsese, 1990, Reservoir Dogs de Quentin Tarantino, 1992, Snatch: cerdos y diamantes de Guy Ritchie, 2000 y Traffic de Steven Sorderbergh, 2000) y algunas películas sudamericanas sobre esos mismos temas, si bien con ese sabor de cine hambriento de realidad (por ejemplo, Amores perros de Alejandro González Iñárritu, 2000, La virgen de los sicarios de Barbet Schroeder, 2000 y Rosario Tijeras de Emilio Maillé, 2005) y quizás se pueda destilar algo de la esencia de Ciudad de Dios, una sorprendente película brasileña del año 2002 que nos adentra en la cruda realidad de la juventud en las favelas de Río de Janeiro.

Ciudad de Dios fue dirigida por Fernando Meirelles (quien contó en la codirección con Kátia Lund, documentalista de las favelas) con la producción de un hombre tan importante para el cine de Brasil como es Walter Salles (Estación central de Brasil, 1998; Diarios de motocicleta, 2004). La película fue adaptada de un best-seller del mismo nombre de Paulo Lins, basada en una historia real y dio como resultado un portento de guion (adaptación de una complicadísima novela de 600 páginas, con 300 personajes, tres décadas de acción y ningún protagonista claro), una fotografía experimental (unión de formatos y técnicas en aras de la calculada y valiente puesta en escena), un minucioso montaje (puesta en escena frenética que juega con las tres partes en que se divide el film y las tres décadas de acción para ir variando el ritmo, la intensidad y la anarquía narrativa hasta alcanzar cotas de paroxismo y brillantez extraordinarias en el lenguaje fílmico) y unos intérpretes muy especiales (un nutrido reparto de 100 niños de la calle, no artistas profesionales, que otorgan la verdad, la intensidad y el realismo más emocionante a todo este conjunto) destinada a llegar al corazón, la cabeza y los sentidos de todos los espectadores. Una cita artística inapelable… y con mensaje.

La frase que identificó a la película fue: "Lucha y nunca sobrevivirás... Corre y nunca escaparás...". Ciudad de Dios narra la vida de varios chicos que habitan en una favela en Río de Janeiro a lo largo de casi treinta años, entre los sesenta y los ochenta, bajo la mirada de de Buscapé, un niño que no se deja arrastrar por la marginalidad que le rodea y que posteriormente acabará convertido en fotógrafo de esa misma realidad. Pero el auténtico protagonista de esta historia es la propia Cidade de Deus, marco geográfico y social, germen y testigo del crecimiento y la ascensión de jóvenes cabecillas como el despiadado Zé Pequeno –Dadinho en su infancia–, su socio y mejor amigo Bené, Cenoura –la competencia en el negocio de la droga– o Mané Galinha. Los intérpretes –principalmente actores no profesionales– seleccionados para la ocasión, en su mayoría niños y adolescentes extraídos de distintas favelas brasileñas y, por tanto, conocedores de primera mano de la situación que recoge la película, representan otra de las grandes aportaciones. Su mismo rodaje estuvo condicionado por las relaciones de poder que vertebran este submundo: los realizadores tuvieron que pedir la colaboración del jefe de una favela para poder filmar en su zona y disponer así de las condiciones de seguridad adecuadas para poder realizar la filmación.

Lo que más llama la atención de Ciudad de Dios es su marcada estructuración, compuesta de tres partes bien diferenciadas, que funcionan de forma autónoma, a pesar de que están relacionadas entre sí por el devenir de los acontecimientos y la progresión de los personajes en el tiempo. Cada uno de estos capítulos –años 60, años 70 y años 80– posee su propia trama independiente –presentación, nudo y desenlace–, focaliza su atención en un personaje según su relevancia en ese determinado momento, y, lo que es más importante todavía, cada uno de ellos presenta un acercamiento conceptual propio, lo que se traduce en un tratamiento estético distinto en cada caso –aquí entran en juego tanto la fotografía y la iluminación, como el montaje y la dirección–, acompañándose, según corresponda, por unos u otros ritmos musicales.

La película nos presenta un mosaico de tribus urbanas con distintos comportamientos que acabarán cayendo en la corrupción, que tienen como común denominador las drogas como eje fundamental de su vida, ya sea como medio de supervivencia o como costumbre adictiva, pero, en definitiva, siempre como pasaporte a la destrucción. En la película asistimos a una impunidad criminal desoladora, a un país que se cruza de brazos ante un imperio delictivo, ante una situación legal que favorece esa podredumbre moral, esa miseria humana… y que toca de lleno a la juventud. Porque es un mundo en el que los héroes infantiles son terribles asesinos y maestros de la delincuencia.

Ciudad de Dios se ha convertido ya, por méritos propios, en un título clave del realismo del tercer mundo, un grito de protesta sobre la situación de los niños en las favelas. Niños que saben que probablemente no llegarán a adultos. porque su niñez cada vez es más corta: resulta significativo que uno de ellos diga, en un momento de la película, que ya es un hombre por el hecho de ya haber fumado, inhalado, robado y asesinado. Se trata de una nueva generación familiarizada con el crimen, que ha crecido con él y que acaban controlando despiadadamente este ambiente: la escena en que Zé Pequeno mata a uno de los “raterillos” (niños ladrones de menos de 10 años) es escalofriante.

La durísima realidad de las favelas ha sido llevada al cine en varias ocasiones, tal vez la más célebre fuera Orfeo negro (Marcel Camus, 1959), en clave romántica. Pero ahora Fernando Meirelles y Kátia Lund nos presentan otra realidad de las favelas y… más allá de las favelas. Ciudad de Dios fue elegida como representante brasileño para los premios Óscar en 2004 y recibió, además, cuatro nominaciones (Mejor edición, Mejor fotografia, Mejor guión adaptado y Mejor dirección). Y para Fernando Meirelles fue un espaldarazo al estrellato, que lo lanzó a Hollywood y en su primera incursión nos regaló con El jardinero fiel (2005), de la que tendremos tiempo de comentar en alguna ocasión.

Quedémonos ahora con las crudas imágenes de unos niños y adolescentes criados en la favelas y que nos muestran una realidad que nos gustaría que no existiera. Pero para evitar esta cruda realidad. hace falta que la sociedad, la educación y las familias tengan estructuras sólidas enfocada a ofrecer valores sólidos en nuestros jóvenes y evitar la lacra de la violencia, drogadicción y marginalidad.

sábado, 24 de julio de 2010

Cine y Pediatría (28). Cine social desde Colombia (y III): “Rodrigo D: no futuro”, “La virgen de los sicarios” y “Rosario Tijeras”



Colombia ha tenido cuatro de los carteles de narcotráfico más poderosos del mundo (Cartel de Medellín, de Cali, del Norte del Valle y de la Costa), que en algunos lugares crearon una nueva clase social y ha influido sobre la cultura colombiana. Una figura próxima a esta realidad han sido los sicarios o asesinos a sueldo. Era inevitable su influencia en la juventud de ese país y, por ende, inevitable su traducción al cine.

Rodrigo D: no futuro (Victor Gabiria, 1990): la película aborda una época de profunda crisis urbana en la ciudad de Medellín, con las luchas de las mafias que alimentan la creación del sicariato y los llamados “escuadrones de limpieza”. Abandono y marginalidad hacen de Rodrigo (Ramiro Meneses) la víctima de la tragedia urbana contemporánea, tragedia forjada por la violencia, el punk-rock y las drogas. La película llamó la atención por las actuaciones naturales, sujetos reales marginales de bandas juveniles al más puro estilo de Gabiria. Los actores no fingen nada, sino que desarrollan ante la cámara lo que viven en la cotidianidad de sus barrios y de su vida; muchos de ellos murieron después en medio de una violencia absurda. 

La película se convirtió sin buscarlo en un documental que aterrorizó a muchos que se negaban a creerlo. Fue una ventana a un mundo oscuro que era mejor no referirlo, que ofendió el orgullo del país y vista por algunos como una obra que daba una mala imagen a la ciudad. Pero lo cierto es que sensibilizó a muchos otros sectores: sociólogos, trabajadores sociales, antropólogos, organizaciones e instituciones oficiales que acudieron a estas comunas con más seriedad para llevar ese futuro negado.

La virgen de los sicarios (Barbet Schoeder, 2000), adaptación de la novela homónima de Fernando Vallejo. La película cuenta la historia de Fernando (Germán Jaramillo), un escritor homosexual que regresa a Medellín tras varios años de ausencia y se encuentra con una ciudad plagada de violencia a causa de los carteles de la droga. No es una ciudad cualquiera sino Medellín, ese templo de la cocaína que hizo famoso al narcotraficante Pablo Escobar. Allí conoce a Alexis (Anderson Ballesteros), un joven sicario de 16 años con quien sostiene una relación sentimental. Alexis y Fernando inician una relación en la que el primero va acabando con la gente que "estorba" a la tranquilidad del segundo. Cuando Fernando decide que es suficiente y quiere marcharse de Medellín con Alexis, éste es asesinado. Posteriormente Fernando atraviesa distintas situaciones, las cuales lo llevan a cotemplar la idea de tener otra pareja y conoce a Wilmar, quien se desvela como el asesino de Alexis.

El mayor mérito de La virgen de los sicarios está en el rigor con que el director francés Barbet Schroeder logra reflejar el estado de las cosas, con una trama mitad romántica y mitad socio-existencialista. Lo que ha hecho Schroeder es apoyarse en la novela autobiográfica del propio Fernando Vallejo (una historia real que se convirtió en best seller), concentrarse en unos pocos personajes y en una trama sencilla, aunque de mucho espesor. Entre los rasgos más penetrantes de La virgen de los sicarios está la efectiva combinación de la materia puramente ficcional con un registro de índole documental: se filmó con cámaras digitales en la mismísima Medellín; muchos de los sicarios son verdaderos chicos de la calle. Son poco más que niños y matan (y mueren) sin percibirlo casi.

Rosario Tijeras (Emilio Maillé, 2005), adaptación de la novela homónima de Jorge Franco. Se mete en la vida de Rosario (la bella Flora Martínez), una mujer peligrosa que fue violada a los ocho años por su padrastro y a los 14 años por unos vecinos, aunque después se vengó de uno de ellos cortándole los testículos con unas tijeras (de allí su apodo). Convertida en asesina por su hermano mayor, que la vende a sus socios narcotraficantes. Rosario, ya adulta, proclamada como dueña de nadie, vive la vida al filo mientras intenta arreglar su pasado. Concebido mediante una serie de sucesivos flashbacks, el film nos pasea por las profundidades de Medellín, un lugar en el que como dice Rosario “es más fácil matar que amar”. La película adquirió especial relevancia en España, tras su nominación al Goya a la mejor película extranjera (que ganó ese año Iluminados por el fuego de Tristán Bauer).

No es de extrañar que, ante esta situación que el cine colombiano dibuja de su juventud en los ejemplos expuestos en las últimas tres entradas del blog, se haya organizado una ONG con el propósito de encontrar oportunidades para la niñez vulnerable y desplazada de Colombia: la ONG se llama Fundación Pies Descalzos y ha sido creada por la colombiana más famosa del mundo, Shakira Isabel Mebarak Ripoll, que con 33 años es mucho más que una de las cantantes más sexys del panorama mundial. Su nombre en árabe, Shakira, significa “mujer llena de gracia”. Curiosamente un nombre casi igual al de la película de Joshua Marston con la que iniciamos esta serie sobre cine social desde Colombia.

sábado, 10 de julio de 2010

Cine y Pediatría (26). Cine social desde Colombia (I): “María llena eres de gracia”


El cine colombiano no se ha prodigado en escenarios internacionales. La década de los 90 y el director Sergio Cabrera (La estrategia de caracol, 1993; Águilas no cazan moscas, 1994; Golpe de estadio, 1998) marcan un punto de inflexión. Otros directores colombianos han logrado relevancia en festivales de cine fuera de sus fronteras: Víctor Gaviria (Rodrigo D: no futuro, 1990; La vendedora de rosas, 1998; Sumas y restas, 2005), Patricia Cardoso (Las mujeres de verdad tiene curvas, 2002), Juan Felipe Orozco (Al final del espectro, 2006), Carlos Moreno (Perro como perro, 2008), Simond Brand (Unkown, 2006; Paraiso Travel, 2008), Ciro Guerra (La sombra del caminante, 2004; Los viajes del viento, 2009) o Rubén Mendoza (La soledad del semáforo, 2010), entre otros. Muchas de estas películas son cine social y testimonial, que nos acerca a tristes realidades de niños y adolescentes con rostros que luchan por sobrevivir en un entorno complicado. Repasaremos algunos títulos en las próximas entradas, como ejemplo de lo anterior.

Hoy centramos nuestra atención en una película llena de revelaciones: María, llena eres de gracia (Joshua Marton, 2004), coproducción entre Colombia y Estados Unidades, que supuso el estreno de su director y de su protagonista, la joven colombiana Catalina Sandino Moreno, quien por este film logró en 2004 el Oso de Plata de Berlín a mejor actriz (premio que compartiría con la actriz sudafricana Charlize Theron por su interpretación en Monster - Patty Jenkins, 2003-) y la nominación al Premio Óscar (que le arrebató Hilary Swank por Million Dollar Baby -Clint Eastwood, 2003-).

Esta joven actriz realiza un trabajo sorprendente, caracterizando a una adolescente de 17 años al borde de la desesperación (tras perder su trabajo descubre que está embarazada) y que intenta conseguir la libertad emocional y económica que tanto anhela; pero que solo consigue convertirse en victima de su propio deseo. La necesidad le lleva a convertirse en transportista ilegal de drogas (una “mula”) de Colombia a los Estados Unidos, utilizando su propio cuerpo. Marston ha intentado con esta película enseñar al mundo entero el drama por el que pasan miles de jóvenes colombianas y latinoamericanas cuando entran al mundo de las drogas, basado en una profunda documentación. En la historia nos muestra varias escenas tensas e intensas: la preparación del viaje, el vuelo, la llegada al aeropuerto, el vacio de las cápsulas, el temor a que estén todas al llegar a Nueva York, etc. El trabajo de Catalina parece más bien vivido y grabado que actuado, con escenas fuertes e intensas reflejadas en una mirada a la vez temerosa y decidida.

La carátula de la película (en la foto) es una provocación (puede verse a la protagonista en actitud de recibir lo que debería ser la comunión, pero que en realidad es algo mucho más siniestro) y un ejemplo de que una imagen vale más que mil palabras, de ahí el juego de palabras del título. María debe ingerir 62 cápsulas (“pepas”) y si una de ellas se rompe morirá de sobredosis. Una imagen que refleja como los traficantes utilizan estas personas inocentes y necesitadas en un sacrificio ilegal. Película casi-documental, película denuncia, tan deslumbrante como reveladora. Una historia contundente que cuenta un drama real como la vida misma y que separa las penurias de adolescentes del tercer y segundo mundo con los sueños no alcanzados del primer mundo.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Suicidio adolescente: conociendo al enemigo

Parece que el BuscaGuías que colocamos hace unos días funciona. Lo he utilizado para buscar guías sobre prevención del suicidio, tema que tratamos hace varias entradas.

Y en Nueva Zelanda hemos encontrado una guía sobre el tema. La referencia es:

Ministry of Education and the National Advisory Committee on Health and Disability (National Health Committee). Young people at risk of suicide. A guide for schools. 2001.

Aunque data de 2001, mucha de la información que este documento nos proporciona es poco probable que haya sufrido modificaciones. En concreto, se señalan algunos signos de alerta que pueden ser observados en la escuela y que deben poner sobre aviso a profesores y compañeros/as de clase:

1.- Disminución inesperada del rendimiento académico.
2.- Ideas y temas de conversación sobre depresión, muerte y suicidio.
3.- Cambio en el estado de ánimo.
4.- Dolor por una pérdida significativa: por desintegración familiar o muerte o suicidio de un familiar, o muerte o sucidio de un amigo, o muerte o suicidio de pareja sentimental.
5.- Disminución de las relaciones sociales.
6.- Síntomas físicos de causa emocional.
7.- Conductas de alto riesgo: consumo incrementado de alcohol y drogas

Más abajo se indica que "la importancia de los factores de riesgo mencionados puede acentuarse en jóvenes que carecen del calor de los padres; por ejemplo, sus padres parecen no afectados, no ofrecen apoyo y niegan los problemas del estudiante. Aparecen enojados, se sienten amenazados, mostrnado una actitud defensiva, o bien existen pruebas de una historia prolongada de problemas en el hogar, como maltrato físico o abuso sexual".

Un informe de la Academia Americana de Pediatría, del año 2000, identificaba una serie de factores de riesgo: "Existen factores de riesgo específicos. Los adolescentes de alto riesgo suelen tener un historial de depresión, intentos de suicidio previos, antecedentes familiares de trastornos psiquiátricos (especialmente depresión y conducta suicida), desorganización familiar, y ciertos trastornos físicos crónicos o debilitantes o psiquiátricos. El consumo de alcohol y el alcoholismo son indicadores de elevado riesgo de suicidio. El consumo de alcohol se ha asociado con el 50% de suicidios. Vivir fuera de casa (en una institución correccional) y una historia de abuso físico o sexual son factores adicionales que aparecen con mayor frecuencia en adolescentes que presentan conducta suicida. Otros problemas psicosociales y de estrés, como conflictos con los padres, ruptura de una relación, dificultades o el fracaso escolar, dificultades de orden jurídico, el aislamiento social, y dolencias físicas (incluyendo la preocupación hipocondríaca), se presentan de forma común o son observados en jóvenes que intentan suicidarse. Estos factores desencadenantes son a menudo citados por los jóvenes como razones para intentar el suicidio. Se ha constatado que los adolescentes homosexuales y bisexuales presentan altas tasas de depresión y un riesgo de ideación suicida e intentos autolíticos 3 veces superior que otros adolescentes. Los estudios en gemelos muestran que los gemelos monocigóticos muestran concordancia significativamente mayor de suicidio que los dicigóticos".

Como puede comprobarse, el problema no es nada sencillo. Muchos de los factores de riesgo mencionados, como el uso-abuso de alcohol o drogas, o la desintegración del núcleo familiar, tienen una prevalencia altísima en las sociedades occidentales. Qué decir del fracaso escolar que, además de ser un factor independiente, puede ser también causa o consecuencia de otros factores. En España, hasta el 30,8% de los adolescentes (muy especialmente varones) presentaron fracaso escolar en 2006. Lo que parece claro es que estamos ante un problema que va mucho más allá del ámbito estrictamente sanitario.