Mostrando entradas con la etiqueta primer amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta primer amor. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de julio de 2022

Cine y Pediatría (653). El primer amor de juventud… desde el séptimo arte

 

Dicen que el primer amor de nuestra infancia y adolescencia es al que más queremos, aunque casi nunca es el definitivo y cierto es que, con los años, aprendemos a querer mejor (o distinto). Inolvidables y tiernos recuerdos de un tiempo que no volverá, pero que el cine se obstina en recordarnos con películas que transitan con esos anglicismos llamados “coming of age” y “feel good movies”

En este sentido, la semana pasada hablamos de la película Melody (Waris Hussein, 1971), icónica película británica bajo la música de The Bee Gees, con los niños actores Mark Lester y Tracy Hyde  Pero han sido muchas las películas que ya han transitado por Cine y Pediatría con el lema de ese primer amor.  Este es el recuerdo de algunas de ellas: Del rosa...al amarillo (Manuel Summers, 1963), esa historia española de amor infantil entre Pedro Díez del Corral y Cristina Galbó;  Verano del 42 (Robert Mulligan, 1971), ese primer amor imposible entre el adolescente Gary Grimes y la bella Jennifer O'Neill; Mi chica (Howard Zieff, 1991), con Anna Chlumsky y Macaulay Culkin (y que tuvo una segunda parte en el año 1994 con el mismo director y actriz);  Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), ese primer amor que acompañó siempre a Forrest (Tom Hanks, de niño Michael Conner) por Jenny (Robin Wright, de niña Hanna Hall);  Juno (Jason Reitman, 2007), la peculiar historia con Ellen Page y Michael Cera bajo el guion de Diablo Cody; Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012), con esos dos adolescentes frikis – como la obra de su propio director - que eran Jared Gilman y Kara Hayward;  Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) con Logan Lerman y Emma Watson, junto con Ezra Miller; La vida de Adéle (Abdallatif Kechiche, 2013), con ese primer amor lésbico desgarrador que nos regalan Adéle Exarchopoulos y Léa Seydoux;  Bajo la misma estrella (Josh Boone, 2014), ese love story adolescente bajo los efectos de la quimioterapia interpretados por Shailene Woodley y Ansel Elgort; Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017), con ese primer amor homosexual sensual como una tarde de verano entre Timothée Chalamet y Armie Hammer; A dos metros de ti (Justin Baldoni, 2019), ese love story adolescente alrededor de la fibrosis quística de Haley Lu Richardson y Cole Sprouse;  etc. Pero  también se pueden recordar otras muchas películas como Esplendor en la hierba (Elia Kazan, 1961) con Natalie Wood y Warren Beatty, La fiesta (Claude Pinoteau, 1980) con Sophie Marceau, La princesa prometida (Rob Reiner, 1987) con Robin Wright y Cary Elwes, Un gran amor (Cameron Crowe, 1989) con John Cusack e Ione Skye, El diario de Noa (Nick Casavettes, 2004) con Ryan Gosling y Rachel McAdams, Pequeño Manhattan (Mark Levin, 2005) con Josh Hutcherson y Charlie Ray, Flipped (Rob Reiner, 2010) con Madeline Carroll y Callan McAuliffe, Un amour de jeunesse (Primer amor) (Mia Hansen-Løve, 2011) con Lola Créton y Sebastian Urzendowky, Como locos (Drake Doremus, 2011) con Felicity Jones y Anton Yelchin, Aquí y ahora (James Ponsoldt, 2013) con Shailene Woodley y Miles Teller; etc. 

Y en esta época de verano, hoy recordamos una icónica película de este director clásico de Hollywood llamado Robert Mulligan, quien tuvo una especial sensibilidad para contar historias alrededor de la infancia y adolescencia. Además de ese primer amor estival de Verano del 42 al que ya hemos hecho referencia, hoy nos detenemos en la que fue su última película, la cual pasó bastante desapercibida en las pantallas, pero que se sitúa entre sus mejores obras: Verano en Louisiana (1991), una icónica película sobre el primer amor de juventud en la que nos enamoramos con el conmovedor debut de una joven actriz de 14 años llamada Reese Witherspoon. 

Todo comienza con la canción “Loving You” de Elvis Presley que nos acompaña en los créditos iniciales, allí donde dos hermanas se acuestan en el porche de esas típicas casas sureñas de Estados Unidos y realizan confesiones sobre su sueños de juventud, mientras las chicharras suenan y la luna llena (en homenaje al título original de la película The Man in the Moon) ilumina esas eternas noches de verano. Ellas son Dani (Reese Witherspoon), esa preciosa niña rubia tomboy de 14 años (cuyo nombre real es Danielle), y su hermana de 17, Maureen (Emily Warfield), miembros de la feliz familia Trant, con una hermana menor, una madre en estado muy avanzado de gestación y un padre controlador, al que su esposa le dice sobre Dani: “Antes era muy pequeña. Ahora resulta que es mayor. Supongo que se le pasó la edad justa sin darnos cuenta”

Esta película, basada en hechos reales y contada con sensibilidad y el buen gusto del cine clásico, nos devuelve ese largo verano donde Dani reconocerá la felicidad (y el dolor) del primer amor, así como el valor de la familia y el significado de la pérdida. Porque un día de ese verano, junto a la granja de los Trant se instala la viuda Marie Foster y su introvertido hijo Court (Jason London), de la misma edad de Maureen. Entre Court y Dani surge una simpática amistad junto al río y su trampolín, de forma que con el paso de los días esta es capaz de olvidar su amor por Elvis Presley por el de este chico, mientras suena el “That´s Allright Mama” y alrededor de la bella banda sonora original de James Newton Howard. Y es así que Dani confiesa a su hermana “¿Te ha gustado alguien tanto como para sentirte enfermo?” y le dice a Court: “Quiero que seas el primero en besarme”

Pero ese especial triángulo de amistad y enamoramiento entre Court y las dos hermanas se rompe en un dolor que no podían compartir, por lo que el padre le aconseja: “Tienes derecho a llorar, Dani. Tienes derecho a sentirte herida. Pero si te encierran tanto en tu dolor, que no ves el de los demás, entonces más vale que caves un hoyo y te entierres en él. Porque no serías útil a ti misma ni a los demás”. Y es así como esta inolvidable historia – que seguimos recordando tres décadas después – finaliza en esa noche en el porche de la casa sureña de los Trant mientras suenan los grillos y nuestras dos hermanas seguirán pidiendo deseos al hombre de la luna. 

Quien iba a decir que ese primer papel conseguido por casualidad por Reese Witherspoon en Verano en Louisiana, y por el que fue nominada para el premio Young Artist Award, le proporcionaría una larga carrera como actriz (y ahora productora), que incluye su Óscar a Mejor actriz por En la cuerda floja (James Mangold, 2005). En Cine y Pediatría ya se convierte en habitual, pues la hemos visto en Condenados (Atom Egoyan, 2013), La buena mentira (Philippe Falardeau, 2014) y Alma salvaje (Jean-Marc Vallée, 2014), esta última con su segunda nominación al Óscar a Mejor actriz (pero que consiguiera ese año Julianne Moore por Siempre Alice de los directores Richard Glatzer y Wash Westmoreland).   

Un buen tiempo el verano para recordar nuestro primer amor de infancia y juventud. Sea en Louisiana o en cualquier otro lugar.

 

sábado, 9 de julio de 2022

Cine y Pediatría (652) “Melody”, primer amor escolar a ritmo de The Bee Gees

 

La semana pasada volvimos a analizar la relación entre cine y educación a través de las esas aulas del séptimo arte que nos acercan a las relaciones entre profesores y alumnos. Y ya anunciamos que hablaríamos de dos películas icónicas del Reino Unido: en aquel momento analizamos la película If…. (Lindsay Anderson, 1968), en lo que es una dura crítica al sistema educativo británico; y hoy lo hacemos con la película Melody (Waris Hussein, 1971), película coetánea a la anterior, pero mucho más amable.  

Comienza Melody con unos títulos de crédito con imágenes en color sepia de un Londres en la década de los setenta, mientras suena la romántica canción “Morning Of My Life” de The Bee Gees, con esa letra que nos recuerda que “esta es la mañana de mi vida”. Y con ello se nos marca el camino de una película que tendrá como leitmotiv musical a las canciones de este grupo británico formado por los hermanos Gibb (Barry, Robin y Maurice) y que fueron conocidos en la década de los setenta como los Reyes de la Música Disco, con ese tan característico falsete del grupo. Una película cuya historia original es de Alan Parker, en su debut como guionista, y el director es el británico-indio Waris Hussein, al que le debemos sendos trabajos en el teatro, la televisión y también en el cine. Se convirtió en una película de culto, quizás porque nos permite soñar despiertos al mostrarnos ese momento de la infancia donde el amor es puro e inocente, y aún se puede seguir soñando con las aventuras de las novelas infantiles de los Cinco y los Siete Secretos de Enid Blyton o el mágico mundo de Alicia de Lewis Caroll. 

Narra la historia de dos amigos de 12 años pertenecientes a clases sociales bien distintas: Daniel (Mark Lester), responde al arquetipo de chico ideal, rubio, inteligente y sensible, y Onshaw (Jack Wild), un chico rudo en el uso del lenguaje y de aspecto andrajoso. Personajes antitéticos, pero inevitablemente complementarios, amigos inseparables hasta la entrada en escena de Melody (Tracy Hyde), que cambiará la vida de Daniel cuando se enamoran. Cabe recordar entre estos tres actores juveniles el papel que tuvo Mark Lester como actor infantil, incluido a los 8 años un pequeño papel en Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966) y el papel principal de Oliver (Carol Reed, 1968), película musical que adaptó la novela “Oliver Twist” de Charles Dickens. 

Y esta bonita historia de amor que es Melody transcurre entre la familia y, especialmente, en el centro escolar. Un centro escolar en el que conocemos a los peculiares profesores de Religión (“Los niños judíos pueden ir a su clase particular…Y Jesús dijo: levántate y camina. ¿Alguien sabe a quién se refería Nuestro Señor?, ¿alguien sabe qué discípulos estaban con Jesús?, ¿alguien sabe quiénes eran los discípulos?, ¿alguien sabe quién era Jesús?”), de Historia (quien no acepta la duda de los alumnos sobre cuáles eran los motivos por los que Wellington estuvo en España y prefiere que recuerden lo de que “las tortugas hacen malos felpudos”), de Latín (que proporciona azotes ante las malas traducciones, y más enojado aún porque los alumnos creen que el latín es una lengua tonta y muerta), de Geografía, de Inglés, etc. 

Y también se nos muestra la vida escolar con las salidas tumultuosas de clase, los juegos de los recreos, las clases de danza y de música, los campeonatos deportivos de la escuela, las conversaciones de los amigos y amigas (“Siempre pensé que al besar a un chico tendría un bebé”). Donde las chicas admiran un cartel de Mike Jagger o los chicos pasan por delante del cartel de la película Patton. Y pasa el curso, mientras la pandilla repite tantas veces como sea necesario el experimento fallido de crear una bomba casera que explote. Y en ese entorno, se cruzan las miradas de Daniel y Melody con la canción “Allouette”, mientras ella toca la flauta y él el contrabajo, y surge el inocente enamoramiento. Adolescentes de 12 años que descubrirán el significado de la palabra amor, mientras una nueva canción de Bee Gees, “Melody Fair” nos susurra aquello de “Melody, recuerda que solo eres un niña…” 

Y continúa la historia narrada a través de las distintas canciones explícitas de The Bee Gees: “Give Your Best”, acompaña las correrías de los dos amigos a la salida de clase, pura jovialidad en su letra: “Solo di lo mejor a mis amigos”; “To Love Somebody” suena, mientras se desarrollan los campeonatos deportivos escolares y nos dice “Tú no sabes lo que es amar a alguien como yo te amo…”; “First of May” se hace presente mientras pasean su primer amor por el cementerio y se escucha “Pero entre tú y yo, nuestro amor nunca morirá”; y los novillos de la nueva pareja para ir al parque de atracciones y a la playa al alegre son de “Give Your Best” de nuevo. 

Y mientras la música lo rodea todo, la historia de amor continúa. Melody se sincera en su excursión al cementerio: “Mi amiga Muriel, la grandota, dijo que andas diciendo que me amas”; y allí, mientras leen los mensajes de amor de las lápidas, se preguntan si se amarán así toda la vida, y brota la inocencia de Daniel: “Al menos ya te he amado una semana”. Y llega la llamada de atención del director por las pellas, con sermón incluido: “Si andan paseando, no pueden estar en la escuela. Y si no les podemos enseñar, terminaran como la generación de imbéciles que los precedieron. No aliento los castigos corporales en esta escuela, pero en ocasiones hay que dar una lección”. Pero Daniel y Melody declaran su intención de estar siempre juntos y casados, lo que es motivo de burlas por los compañeros. Y llega la preparación de la fiesta de fin de curso con los típicos bailes de la época ye-yé, donde los alumnos piensa: “Pronto cantarán Hey Jude mientras nos azotan”

La película nos devuelve el contraste entre la vida burguesa de Daniel, la clase obrera de Orashaw y la particular familia de Melody. Nuestros jóvenes enamorados también expresan a sus familias el deseo de estar juntos, y los padres intentan explicarles las razones por lo que no pueden casarse tan jóvenes, aunque sus motivos son tan inocentes como puros. Y finalmente se escapan y con ellos toda la clase, y celebran una boda imaginaria en su zona habitual de juego, debajo de las vías del tren. Y allí acuden también todos los profesores para evitarlo. Y aquí la escena de persecuciones de alumnos y profesores se establece al ritmo de “Teach Your Children” de Crosby, Stills, Nash & Young, mientras los dos jóvenes enamorados escapan por las vías del tren. 

Todo un icono de película que en su inocencia nos enamoró con un final muy recordado. Porque Melody escudriña con delicadeza el interior del alma de los espectadores y explora la esencia de la vida, los sueños, los deseos, las frustraciones y las crisis de identidad, así como ese afán por rebelarse contra las barreras que impone un sistema educativo obsoleto o entornos sociales y familiares que piden un cambio. Porque los maltratos a los hijos no siempre son evidentes, pero nos hace explorar el sentido del maltrato de una mala educación. 

Cabe no confundir esta película británica de la década de los setenta con la más reciente película belga de similar título, Melody (Bernard Bellefroid, 2014) y que nos acerca al complejo entorno de las maternidades  subrogadas.


.

sábado, 13 de octubre de 2018

Cine y Pediatría (457). “Héroes” y el recuerdo que nos puede salvar la vida


"Recordar este momento. Guardar el olor y la sensación del sol que quema y del agua que os salpica en la espalda. Los amigos. Todo eso cambiará. Pasarán los años, las tardes se harán más cortas y cada vez os costará más encontrar momentos mágicos. No tengáis prisa en haceros mayores. Hacedme caso. Un día, el recuerdo de este momento os puede salvar la vida”. 

Esta voz en off y de fondo unas fotos antiguas de infancia son el preludio del título de esta película: Héroes. Una película española del año 2010 escrita por Pau Freixas y el multipremiado autor Albert Espinosa (autor de "Planta 4ª", novela que Antonio Mercero llevó al cine en el año 2003 con un título homónimo), un cine que respira infancias y recuerdos de los años 80, y que Pau Freixas dirige con jóvenes protagonistas, muchos de los cuales posteriormente se harían famosos con "Pulseras rojas", la serie dirigida por él mismo y basada en una novela también de Albert Espinosa. Así pues, el tándem formado por el director/guionista Pau Freixas y el novelistas/guionista Albert Espinosa es el responsable de este melodrama adolescente que transmite la alegría de vivir que caracteriza la obra de este último, quien de alguna forma nos muestra siempre su “mundo amarillo” y su filosofía de la vida, incluso a tan tempranas edades.

Héroes nos habla del verano más importante de la vida de cinco amigos de unos 12 años, cuatro chicos y una chica: Xavi (Ferrán Llull), epicentro de historia, Ekaitz (Alex Monner), el líder de la pandilla, Colo (Marc Balaguer), el rarito que no tiene amigos y al que aceptan en el grupo con un tiempo de inmunidad, Roth (Joan Sorribes), un ejemplo de integración con su trisomía 21, y Cristina, a la que llaman Cristo (Mireia Vilapuig), una maravillosa niña tomboy.

La película se inicia cuando un publicista treintañero (Àlex Brendemühl), con una exitosa carrera profesional y una vida personal quizás con menos éxito, se ve envuelto en un viaje para llegar a una trascendental reunión de negocios en Barcelona. Durante el viaje conoce a una chica autoestopista (Eva Santolaria) con la que, a pesar de su opuesta forma de vivir, conectarán y acabarán rememorando la época más mítica y emotiva de su infancia, hasta darse cuenta que se conocían, pues ella es Cristo y él es Oscar, el hermano mayor de Xavi.

Y a través de diferentes flashback reviviremos aquel verano con Xavi y su pandilla, descubriremos los entresijos de su familia, las dudas sobre las mariposas revoloteando en el estómago del primer amor, sus aventuras por conseguir construir el vehículo que les hiciera ganar la carrera en el pueblo, cómo se sintieron héroes cuando luchaban por conseguir aquella cabaña mágica en medio del lago que les podía conceder todos sus deseos o la frustración de conocer que el pueblo iba a ser anegado por un pantano.

En este viaje al pasado, a sus antiguos anhelos y motivaciones, conoceremos tres personas importantes en ese verano de Xavi, su último verano: su madre (Emma Suárez, protagonista de Las hijas de Abril - Michel Franco, 2017 -), su padrastro, que a sus amigos Xavi les dice que es un jardinero rumano, (Lluís Homar, protagonista de No tengas miedo - Montxo Armendáriz, 2011-) y su idílico primer amor (Nerea Camacho, protagonista de Camino - Javier Fesser, 2008 -). Un viaje desde el recuerdo al verano más inolvidable de la vida de los protagonistas y, de alguna manera, a esos veranos que permanecen en el recuerdo de cada espectador, como un oasis lejano de nuestra vida. Y por qué no, también a esos momentos difíciles que nos encontramos y el valor de las segunda oportunidades.

Y todo ello con los recuerdos y homenaje de esos años 80, como nos recuerda la película en esos carteles de pelis que decoran las paredes de la habitación de Xavi (La historia interminable -Wolfgang Petersen, 1984 - o Los Goonies - Richard Donner, 1985), la propia banda sonora (con canciones que van desde el "Last Dance" de Donna Summer al "Te amo" de Humberto Tozzi, pasando por "Forever Young" o "Big in Japan" de Alphaville) y hasta los Tigretones que Colo comparte con sus amigos.

Una película sencilla para recordarnos que, en demasiados ocasiones, en la infancia los niños y adolescentes son héroes, a veces Héroes a la fuerza como nos recordó Diane Keaton en 1995, en otras ocasiones simplemente Héroes como nos recuerdan Pau Freixas y Albert Espinosa hoy.

Porque un día, el recuerdo de estos momentos de la infancia y adolescencia nos pueden salvar la vida. Y así nos lo recuerdan continuamente y en todas las épocas:
“Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre” (Jean-Jacques Rousseau).
“Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro” (Graham Greene).
“El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta” (Pablo Neruda).
“Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan” (Antoine de Saint-Exupéry). 

sábado, 4 de agosto de 2018

Cine y Pediatría (447). “Sparrows”, esos gorriones entre el fuego y el hielo


Después de nuestro viaje iniciático por Islandia, estaba claro que la siguiente película de Cine y Pediatría debía proceder de ese país. Una cinematografía, la islandesa, que se desconoce y que no llega a las salas de cine de España y muchos otros países. Y de la tierra del fuego y del hielo compartimos hoy la vivencia de una película que es fuego y hielo, una “coming of age” auténtica y transgresora que se hizo con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián del año 2015, año de su estreno: hablamos de Sparrows (Gorriones) del guionista y director de Reikiavic, Rúna Rúnarsson. 

Se entiende por “coming of age” a un género literario y cinematográfico que se centra en el crecimiento psicológico y moral del protagonista, a menudo desde la juventud hasta la vida adulta. Y hay muchas películas alrededor de esa reivindicación que desde Cine y Pediatría hacemos de la adolescencia como género cinematográfico, pero en concreto Sparrows se le ha llegado a definir como el Submarine rural e islandés. Ya tuvimos oportunidad de definir a la británica Submarine (Richard Ayoade, 2010) como la metamorfosis de todo adolescente, el cual se despierta un día convertido en un “bicho raro” en esa tierra de nadie que nos lleva de la tierna irresponsabilidad de la infancia a la dura responsabilidad de ser adulto: y como un submarino los adolescentes navegan entre la ingenuidad infantil, la efervescencia hormonal de la adolescencia y la supuesta sensatez de la madurez. 

Pues bien, hoy Sparrows (Gorriones) nos sitúa en una tierra de nadie que ya es de todos (o al menos un poco mía): Islandia. Y es un placer sentir como todo en esta película me es próximo y cercano: el idioma (porque toda película debería verse en su versión original subtitulada), el perfil de Reikiavic y sus poco habitados pueblos, las montañas y costas (con ese inmenso y bello paisaje, casi lunar en ocasiones), los cielos, las iglesias luteranas, las piscinas de agua termal, los eternos días de verano… 

Y todo comienza con un mensaje subliminal en Sparrows. Porque el film se inicia con los arcos de una bóveda de una iglesia luterana para ir descendiendo hasta situarse en la cabeza de nuestro protagonista, Ari (Atli Oskar Fjalarsson), un adolescente de 16 años, que canta en el coro de la iglesia con su aún voz angelical. Con ese principio, en apariencia tan sencillo, se condensa gran parte de la carga simbólica que estructura el relato: la convivencia de cierta idea de lo espiritual con lo humano. Techos blancos, Ari vestido de un blanco inmaculado junto con el resto de niños cantores del coro: todos blancos, todo blanco, como la nieve y el hielo de Islandia. Una secuencia onírica para los títulos de crédito… que tras 100 minutos de metraje nos transportarán a un final tan duro como poético. 

Y todo arranca cuando la madre de Ari se marcha con su novio a África y como no puede llevarse a su hijo consigo le pide que vaya a vivir con su padre, Gunnar (Ingvar E. Sigurdsson), con el que no tiene relación desde hace seis años y que vive en la zona rural de Westfords. La evidente distancia que siente respecto a su padre la compensa con su abuela, que le da el único apoyo emocional que ninguno de sus progenitores le da en ese trance que tiene que vivir, ya sea desde la ausencia (la madre) o desde la incapacidad (el padre). Una compleja adolescencia en la que tiene que lidiar con la difícil relación con su padre (“No creo que él me entienda más que yo a él” dice el padre a la pregunta de la abuela de qué tal se entienden) y el reencuentro con sus viejos amigos de la infancia en lo que es un retorno forzado a su pueblo natal, en ese momento en que se celebra la Fiesta de Solsticio de Verano y siempre es de día. Un verano en Islandia en el que tendrá que combinar el alcoholismo y descontrol de vida de su padre y la aparición del primer amor y el primer contacto con el sexo, todo lo cual le llevará a un inevitable vértigo emocional. 

“Supera ya esa autocompasión que te atormenta desde el divorcio. Afronta el hecho de que apenas has visto a tu hijo en años. Deberías ser un ejemplo para él. Tienes una segunda oportunidad” le dice la abuela a su hijo Gunnar, claramente un mal ejemplo para Ari, su nieto. Y vamos intuyendo que el alcoholismo debió ser uno de los problemas de la separación de su mujer, separación que no ha superado, y que le hace regresar al alcohol y a las fiestas descontroladas con los amigos. Y todo esto acaba por hacer explotar a Ari: “Nunca te acordaste de mi cumpleaños. Siento vergüenza de ser tu hijo, ¿me oyes? ¡ Eres un puto perdedor !”

Al problema familiar se suma el hecho de que el alcohol, la marihuana, la ketamina y otras drogas ronden a los jóvenes, en lo que sin duda parece que fue un gran problema en Islandia (y que se ha logrado combatir). Y todo ello nos lleva a un final demoledor que viven Ari y su amiga Lára (y conviene no realizar spoiler), pero basta decir que es una de las secuencias en silencio más sorprendentes que haya visto. Y con la frase final de ella:”¿Lo he hecho bien? Me alegro de que haya sido contigo”… 

Todo lo anterior se entiende cuando se ve la película… Al igual que ese abrazo final que el hijo busca del padre dormido… Porque todos somos gorriones y necesitamos ese abrazo protector de los padres (y también de los amigos). 

Y este argumento es el que nos regala Sparrows (Gorriones) en donde, como es habitual en la cinematografía de Islandia, la naturaleza resulta omnipresente y hegemónica en el diseño de los espacios físicos que se filman, como un personaje más. Abundan los planos generales en amplia panorámica, como en los westerns con ampulosa épica, donde hay una focalización absoluta de las montañas, filmadas como entes superiores, magnánimos e imponentes, un paisaje superior en la isla que es tierra de fuego y de hielo, como la propia película. 

Tierra y fuego en  Sparrows (Gorriones) gracias a su sentido dominio del tempo en busca del clímax al que nos lleva desde ese inicio angelical a un dudoso purgatorio. Y por ello, no es otra típica película adolescente: ni estúpida, ni comedia ni made in USA, sino realizada en Islandia. Y, por tanto, como no podía ser de otra forma, es un retrato íntimo de esta volcánica etapa de tránsito, un viaje iniciático filmado con implacable, austero y en ocasiones helado temple. La arrebatada fotografía de Sophia Olsson y la celestial banda sonora de Kjartan Sveinsson (miembro de la banda Sigur Rós), son los sustentos del discurso de Rúnarsson, atonal en apariencia hasta que rompe, con mínimo artificio y máxima efectividad, en un tercer acto que nos llena de sentido y sensibilidad. Un momento en el que Ari, nuestro hierático protagonista deja escapar una lágrima por la infancia que se va, y la incertidumbre que domina, como las brumas islandesas, la vida adulta. 

Y es así como Sparrows (Gorriones) se constituye en una película que siempre busca una melodía en medio del caos, un aliento de lo trascendente entre el desconcierto existencial. Una joya de cine hecha desde el corazón y realizada en el corazón de Islandia. Una película que dedico a Bergþóra y Stephan, nuestros nuevos amigos islandeses, nuestros cicerones entre volcanes, glaciares y cataratas.

 

sábado, 30 de junio de 2018

Cine y Pediatría (442). “Los juncos salvajes” y el valor de la resiliencia en la adolescencia


Del latín resilio (rebotar, volver hacia atrás) surge el término resiliencia para describir la facultad de un material para deformarse y recuperar su estructura original, o para soportar grandes sobrecargas sin fracturarse. Introducido progresivamente en el terreno de la Psicología, define la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida -por traumáticas que éstas fueran-, superarlas e, incluso, transformarse positivamente. En suma, una persona resiliente es aquella que es capaz de mantener una vida sana en un medio insano. Recurriendo a los proverbios, nos recuerda la capacidad del junco para doblarse ante el viento, resistiendo a las tempestades y recuperando su forma inicial sin llegar a romperse en ningún momento. 

Ya el filósofo francés Blaise Pascal - también matemático, físico y escritor – nos dijo en el siglo XVII que “el hombre no es más que un junco, lo más débil de la naturaleza; pero es un junco pensante”. Y en 1994 otro francés, el director André Techiné, nos dejó Los juncos salvajes, una de sus películas más icónicas y ganadora de un sinnúmero de premios dentro y fuera de su país, una historia alrededor de cuatros juncos (cuatro adolescentes, tres chicos y una chica) que no viven aventuras ni nada extraordinario: es la crónica de unos días de colegio, es una historia simple llena de inteligentísimos diálogos que nos revelan lo que cada uno de los protagonistas siente o cree sentir, una historia que transcurre cerca de Touluse con el trasfondo lejano de la Guerra de Independencia de Argelia, aquel periodo de ocho años de lucha del Frente Nacional de Liberación (FNL) de Argelia contra la colonización francesa de más de un siglo y que finalizó en 1962. Pero esa guerra está lejana, pero la que cada uno vive con sus sentimientos encontrados y dudas, no. Porque para estos adolescentes de Los juncos salvajes el vivir era apenas algo por descubrir, unas sensaciones tratando de florecer, un enigma que por momentos parecía superarlos, pero contaban con su juventud, que los hacía fuertes y flexibles, como aquellos juncos de la fábula de La Fontaine, doblados sin romperse antes los vientos que pretendían arrasarlos, bien diferentes al roble. 

Y así es como André Téchiné, un afortunado director de mujeres (Jeanne Moreau, Catherine Deneuve, Isabelle Adjani, Juliette Binoche, Sandrine Bonnaire o Emmanuelle Béart) opta aquí por un grupo de cuatro actores jóvenes casi sin experiencia para hacer un retrato coral de Francia en 1962 durante la V República, desde el punto de vista de cuatro jóvenes estudiantes. Aunque sólo hay una mujer, sobre ella gravita buena parte del peso de la historia, pues alrededor de Maïté (Eloide Bouchez) giran los muchachos atraídos hacia ella cada uno por motivos distintos, pero desembocando en un deseo común. Dos de ellos son compañeros de clase en el colegio de internado que los reúne a todos: François (Gaël Morel), un joven introvertido y con dudas sobre su sexualidad gay, y Serge (Stephane Rideau), un deportista de origen campesino y de padres italianos, quien acabará perdiendo a su hermano, militar destinado a su pesar en Argelia; el primero domina la literatura, el segundo las matemáticas, y se apoyan. A ellos se suma Henri (Frédéric Gorny) un pied noir -francés nacido en Argelia- obligado a dejar su terruño por la violenta guerra civil independentista que se llevaba a cabo en esos momentos y que ya ha matado a su padre, presumiblemente a manos de un ataque terrorista del FLN, un chico extraño que se pasa el tiempo libre escuchando las noticias de radio del otro lado del Mediterráneo, furioso ante la vida con sus compañeros. 

La personalidad endeble de François lo lleva a sentirse atraído por la robusta presencia de Serge, mientras a su vez sostiene una especie de amistad-noviazgo con Maïté, con quien comparte su gusto por el cine de autor: se les ve salir del visionado de películas como A través del espejo (Ingmar Bergman, 1961) o Lola (Jacques Demy, 1961). Pero también Serge se ve atraído por Maité; y Henri tampoco tiene claros sus sentimientos y cae en una clase cuya profesora de literatura es la presidenta del Partido Comunista local y, a la vez, la madre de Maïté, de quien acaba de enamorarse. Y Téchiné logra con sencillez dar vida propia a estos adolescentes, caracterizándolos con precisión en su contradicción, muy propia de la edad en que navegan y les mueve el viento, como juncos: la ambigüedad sexual entre François y Serge (“Odio mostrar mi piel. Me gustaría ser invisible”, dice el primero al segundo); la breve decepción de Maïté ante la confesión de François de su apetencia sexual (“Te amo porque nunca serás mi enemigo. No importa lo que hagas”, le dice ella), pero que sin embargo él no se perdona (“Soy un marica, soy un marica,…” se repite frente al espejo); la atracción física ambigua de Henri y Maïté, que son mostradas con el ánimo de experimentación, de tanteo, de ver qué pasa, tan propio de la adolescencia. Y aunque el director ha confesado que parte de la historia tiene reconocibles tintes autobiográficos (de hecho, inicialmente era una de las 9 películas sobre la adolescencia de la serie para televisión francesa conocida como Tous les garçons et les filles le leur âge), el guion supera lo meramente anecdótico para interiorizar de veras en el alma de estos jóvenes. 

Y François le pregunta al zapatero, el único hombre homosexual que conocen en la comunidad: “Usted tiene experiencia. Solo usted puede ayudarme. A mi edad, ¿esto le pasaba? Cuándo le gustaba un muchacho, ¿qué hacía?”. Y Maïté le confiesa a Serge: “Adivina qué me gustaría. Te vas a reír…Ser 10 años mayor. Odio ser joven. Es una enorme carga. Quiero cerrar los ojos y despertarme mucho más tarde, con una vida propia… una vida que escogería yo, sin mi madre o François. Y, sin embargo, les quiero a los dos”

Y al final los cuatro jóvenes se van a bañar al río… y se sinceran, como en el río de la vida. “Pero hay algo aún más difícil, más difícil que la guerra… y es que la vida continúa” le dice Serge a François para consolarle porque lo suyo no continuará pese a aquel escarceo. A continuación la cámara hace un movimiento de 360º alrededor de la campiña y a lo lejos aparecen los tres chicos cogidos de la mano mientras cruzan un puente..., puro Renoir. Y fundido en negro. 

Porque ya sabemos la calidad del cine en francés. Y ya conocemos que Francia tiene una hermosa tradición de cine alrededor de la infancia y adolescencia que podemos remontar sin ser exhaustivos del Jean Vigo de Cero en conducta (1933) al Louis Malle de Adiós, muchachos (1987), con parada principal en la trilogía que nos regaló François Truffaut: Los cuatrocientos golpes (1959), El pequeño salvaje (1969) y La piel dura (1976). Y André Téchiné desde los inicios de su carrera como director -luego de ser uno de los críticos de Cahiers du Cinéma– se ha preocupado siempre por los conflictos de la identidad, de ese descubrir quienes somos en realidad, también en la adolescencia. 

Y la próxima semana mostraremos algún ejemplo más. Pero hoy disfrutemos de lo que para algunos es su obra maestra, en su sencillez, con sus primeros planos, con el sol y el verde de su campiña, con su doble desgarro, el momento político de aquella Francia y el momento emocional de esas adolescencias, la batalla de Argel y la batalla de la adolescencia. 

 

sábado, 17 de marzo de 2018

Cine y Pediatría (427). "Ava" y el deseo de salir de la oscuridad


Fue uno de los iconos de aquel movimiento llamado Dogma 95, Lars von Trier, el que primero nos acerco a la retinosis pigmentaria en el cine, esa enfermedad hereditaria que aboca lentamente a la ceguera. Fue en la película Bailar en la oscuridad, del año 2000 (y que completaba la trilogía fílmica Corazón dorado, donde se incluyeron también Rompiendo las olas - 1996 - y Los idiotas - 1998 -), en la que la cantante Björk interpreta a Selma, esa inmigrante checa en Estados Unidos que ahorra para intentar curar a su hijo de la misma enfermedad. 

Y es en el año 2017 cuando la joven cineasta Léa Mysius recoge en su ópera prima, Ava, a una adolescente de 13 años con similar enfermedad. Y al comienzo del film es el oftalmólogo quien le refiere: "¿Te acuerda cuando hablamos de la retinosis pigmentaria, de que tu vista iría disminuyendo y que no podrás ver por la noche, y que el círculo se cerrará? A veces ocurre muy temprano... Muy pronto no verás bien cuando haya poca luz. Por la noche o en la penumbra, por ejemplo. Y perderás la vista dentro de poco". 

Porque la retinosis pigmentaria no es una enfermedad única, sino un conjunto de enfermedades oculares crónicas de origen genético y carácter degenerativo que se agrupan bajo este nombre. Se caracteriza por una degeneración progresiva de la retina, que poco a poco va perdiendo las principales células que la forman, los conos y los bastones. Se manifiesta como una disminución lenta pero progresiva de la agudeza visual que en las primeras etapas afecta predominantemente a la visión nocturna y al campo periférico, manteniéndose sin embargo la visión central (lo que se conoce como visión "en cañón de escopeta"). Una forma peculiar y grave es el síndrome de Husher, la principal causa de sordoceguera congénita. 

Y alrededor de esta enfermedad, casi leimotiv, Léa Mysius, como brillante guionista que ya ha demostrado ser, nos lleva por caminos visuales y narrativos cautivadores e inesperados. Para mostrarnos con una emocionante mezcla de géneros la historia de Ava (la joven Noée Abita, en su primera película, una joven de 18 años que interpreta a la adolescente de 13) alrededor de las relaciones con su madre y con el despertar del amor adolescente que siente por un joven gitano al que le roba su perro negro, en la que se mezclan escenas de playa y una boda gitana en lo que es una peculiar mezcla entre dos películas míticas: El Señor de las moscas y Bonnie y Clyde, desarrolladas entre la luz de las Landas francesas (mientras roban a nudistas en las playas), con algún toque de cine fantástico y esencias de road movie. 

Porque Ava sabe que se va a quedar ciega, pero quiere salir de la oscuridad en, al menos, dos campos esenciales para la vida de un adolescente. Uno es de la familia, otro el de las amistades y el despertar al amor. La directora y guionista parece jugar inicialmente la baza de la negación, de enfrentar a la chica con su madre la primera, pero también con el mundo, como respuesta a la enfermedad que llega. 

Su familia es breve, esencialmente su madre (Laure Calamy, una excelente actriz), una madre que con esencias de aquella cultura del mayo del 68 busca en jóvenes amantes volver a recuperar su juventud, y de esa relación madre-hija surgen algunos pensamientos, pensamientos que Ava tiene mientras camina por la playa con los ojos vendados y su perro lazarillo - el perro negro que ha robado -, entrenándose para lo que ha de ocurrir: "Mi madre es a menudo desdichada por tener a una hija como yo. La comprendo. Temo que me digan, cuando ya no sea consciente de mi cara: Te pareces a tu madre. Parece que Ava significa "yo deseo". ¿Pero qué deseo?" o "Mi madre dice que soy insensible. Tiene razón. No siento nada... Por ejemplo, nunca lloro. A veces quiero morirme. Creo que me mataré". 

Pero en algún momento la relación es más tensa: "Mamá, ya no te soporto. Tu voz, tu olor, todo. No aguanto más". Y no es de extrañar que cuando la madre le pregunta a Ava "¿Cómo me ves?" y la hija contesta "Mediocre", sea entonces cuando la hija le pregunta a la madre "Y tú, ¿cómo me ves?" y ella le responde "Cruel. A veces pienso que el veneno te está quemando los ojos". 

Y su amor surge por Juan (Juan Cano, que no es actor), un gitano español huido de su familia y de la justicia, lanzados a una aventura sin horizonte. Mientras, Ava tiene pesadillas y sueños surrealistas. Y en las paredes aparecen dibujados círculos con el punto de mira cada vez más pequeño, clara simbología de la visión en cañón de escopeta hacia la que evoluciona la futura ceguera que deja la retinosis pigmentaria. Y sus pensamientos escritos en su diario: "El círculo se está cerrando. Los animales acechan en la oscuridad. ¿Mis sueños también desaparecerán? Quiero reventarme los ojos para acabar con esto...". Y ahí surge la pregunta de Juan: "¿Te da miedo la oscuridad?"

Porque Ava es una película que arde con la vida y entre metáforas. Y desea vivir la vida antes de que gane la noche. Y desea salir de la oscuridad... esa oscuridad en la que muchos adolescentes se sienten cuando viven su hégira hacia la vida adulta. Y su sonrisa final (con la imagen congelada) nos deja una buena sensación.

 

sábado, 26 de noviembre de 2016

Cine y Pediatría (359). "La buena vida"... o no


David Trueba es mucho más que el hermano menor de Fernando Trueba. David Trueba fue (y es) escritor y guionista, antes que director. Y eso se nota en su obra, porque, como discípulo muy querido de Rafael Azcona, es capaz de todas las cosas, pero sobre todo es capaz de no apabullar con su ingenio; el suyo es un ingenio tranquilo pero inquieto. Ya ha entrado a formar parte de Cine y Pediatría y lo hizo con su última obra (no se prodiga mucho en la gran pantallas): Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012), donde nos regalaba tres personajes en busca de sus sueños con John Lennon en el horizonte, en un film que emociona y engancha a todos los públicos, en una película llena de buenas vibraciones, un magnífico rayo de sol desde el sureste español capaz de iluminar los mejores sentimientos.

Y hoy regresa David Trueba, pero con la que fue su ópera prima: La buena vida (1996). Y ello con tan solo 27 años, y en la que contó también con dos actores debutantes, Fernando Ramallo con 15 años y Lucía Jiménez con 17, y con un secundario de lujo, Luis Cuenca, uno de los grandes encantos de la película (y que fue premiado con el Goya a Mejor actor de reparto), la ternura del abuelo que piensa en el pueblo, perdido en la ciudad. Un debut maduro y atrevido, que revolotea alrededor de la adolescencia para revisar desde allí la visión de la vida, la familia, la soledad, el primer amor, la amistad o la muerte. Una película íntima e intimista donde se vislumbran las referencias cinéfilas de Truffaut (Los cuatrocientos golpes) de Eric Rhomer (Pauline en la playa), y quizás también de la novela "El guardián sobre el centeno", pero también muy deudora de la película de adolescentes de los años 80 americana, pues trabaja sobre la expectativa no cumplida de quien avanza a su etapa.

Porque el mensaje de La buena vida es reflexionar en que para que alguien se pegue la buena vida, otro no la vivirá así, y para que haya adolescencia tiene que haber vejez. Y en toda la película con lo francés como lo soñado, como ya nos presenta nuestro protagonista de 14 años, Tristán Romeo (Fernando Ramallo) que vive en el barrio de Estrecho de la ciudad de Madrid en los años noventa: "Mi madre siempre soñaba con ir a París... Viviría en Francia en el siglo de las luces... Mi padre sería Voltaire y mi madre Madame Bovary, pero supongo que me retrasé 200 años... Lo primero que pensé al ver a mi padre fue: la he cagado, este no es Voltaire"

Tristán disfruta de la buena vida que sus padres de clase media han construido para él y nos recuerda que "Mi madre se empeñó en llevarme a un colegio francés..." o, cuando a su padre le iba bien en los negocios: "En momentos así, fingimos ser feliz". Tristán parece que necesita resolver urgentemente que todavía es virgen, lo que no sería demasiado grave si no fuera porque quiere ser escritor, y como le dice un amigo: "O sea, que sigues siendo más virgen que el Niño Jesús". De hecho ya ha empezado a escribir su primera novela, cuyo título provisional es 'Mi vida sexual', y tiene claro que un escritor no puede hablar de cosas que no conoce. Aconsejado por su amigo Aitor, primero lo intenta con una mulata que alquila sus servicios por teléfono, pero sus grandes amores son en realidad su prima María (Lucía Jiménez), un poco mayor que él, e Isabelle (Isabel Otero), su profesora de francés, por la que siente verdadera fascinación, si bien es mucho mayor que él, y quien aconseja a sus alumnos: "Estáis dejando de ser niños. Y solo os quedan dos opciones: ser adultos inteligentes o ser adultos imbéciles".

Pero estas tribulaciones se convierten en banales cuando todo cambia para él en un momento. Y es cuando sus padres se van a París una semana, a cumplir con su viaje de novio pendiente, después de 20 años de casado, y en ese viaje sus fallecen en un accidente y estaba escrito que no verían París. Y todo se desmorona. Y a partir de ahí aprenderá a entender que sobrevivir tiene a veces mucha más importancia que vivir. Y lo hace junto con su abuelo, un sabio en la vida como todos los abuelos, si bien resentido con lo vividos y por ello nos regala reflexiones así: "Cada día que pasa, tengo más pruebas de que Dios no existe... " o "París no existe. Es una cosa que han invitado los franceses para que vayan los turistas". Un abuelo que duerme con mascarilla de oxígeno por su EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica), que se acuesta con un micrófono conectado con la habitación del nieto, que le gusta el vino (aunque no le dejan beber), que echa de menos el pueblo, que tienen que aprender a vivir solo con su nieto y juntos. "Yo no creo en eso de la resurrección. Pero si ocurre que me pille cerca de tu abuela", le dice a su nieto cuando regresa al pueblo un fin de semana. Y entonces es cuando se muere...con la foto de su mujer entre las manos.

Todo esto le provoca a Tristán un fracaso escolar, pero él lo tiene claro: "No necesito su ayuda. Lo que necesito es a mis padres". Y en todo este duelo le acompañan sus profesores sensatos con consejos que no podemos olvidar: "Cuando uno es adulto se vuelve piedra. Pero en la infancia uno es de arcilla y cada golpe deja huella" o "La vida no es romántica, es sórdida. Para que alguien se pegue la buena vida, otro lo tiene que pasar mal".

Porque cabe diferenciar esta película española de otra película con el mismo título, en esta caso la chilena La buena vida (Andrés Wood, 2008). Porque en nuestro caso, al final, nuestro ya amigo Tristán nos dice en el colofón: "Esta noche he tenido un sueño. Qué curioso, porque ni siquiera estaba dormido", a la vez suena una canción francesa mientras vuela toda la familia en la cama por la ciudad de París... "Y así fue como mis padres conocieron París". FIN

.

sábado, 8 de octubre de 2016

Cine y Pediatría (352): Ciertos asuntos de capital importancia... “Del rosa al amarillo”


Hay películas imposibles de etiquetar, por mucho que los cinéfilos y críticos cinematográficos se empeñen en catalogarlas dentro de un género o corriente cinematográfica en concreto. Existen igualmente historias que traspasan la pantalla para impregnarse en el alma y en el corazón del espectador de manera indeleble, aquellas marcadas a fuego en nuestro imaginario por más que pase el tiempo y pese a que en nuestra memoria se almacenen más películas de las que nuestro cerebro pueda asumir. Es lo que me pasó a mí cuando era un chaval y vi esta película por primera vez. Y en blanco y negro se grabaron estas dos historias en una, para muchos una obra maestra del cine español, quizás la película más intimista y personal que ha generado el cine español en toda su historia y que tiene prácticamente mi misma edad. 

Una obra que brota del imaginario de una personalidad única del arte español: el a menudo infravalorado humorista y director sevillano Manuel Summers (que, desgraciadamente, algunos recordarán solo por ser el padre de David Summers del grupo Hombres G), un autor maldito que ejerció su maestría tanto en el universo cinematográfico como en el del humor gráfico. Descendiente de una familia irlandesa afincada en España, onubense de corazón y madrileño de adopción, Summers fue quizás el cineasta con menor apoyo por parte de la crítica más sesuda de esa generación de autores españoles que en los años sesenta revolucionaron la forma de hacer cine en este país dentro de ese movimiento que se denominó El Nuevo Cine Español, autores marcadamente antifranquistas y que estaba compuesto, entre otros, por nombres como Carlos Saura (La caza, 1965; Peppermint frappé, 1967) Mario Camus (Los farsantes, 1963; Young Sánchez, 1964), Basilio Martín Patino (Nueve cartas a Berta, 1966; Del amor y otras soledades, 1968), Francisco Regueiro (El buen amor, 1963; Amador, 1966) o Miguel Picazo (La tía Tula, 1964; Oscuros sueños de agosto, 1967). 

Y esta obra es Del rosa al amarillo (1963) preciosa película de Manuel Summers con dos historias paralelas que rebosan amor: la primera protagonizadas por dos niños, la segunda por dos ancianos, ambas repletas de ternura que nace de una manera especial en estas dos etapas de la vida, tan lejanas y (quizás) tan parecidas. Y con ese eterno oxímoron de la vida: el deseo de ser mayores cuando somos niños y el deseo de ser niños cuando somos mayores. 

La cinta consta de dos partes y dos historias, cuyo único nexo es que son historias de amor en los dos extremos de la vida: la infancia y la senectud. Y la canción de los créditos iniciales ya nos pone en la pista... 

En la primera historia, que se presenta bajo el epígrafe de «Del rosa...», nos cuenta la pequeñas gran historia de amor de Guillermo (Pedro Díez del Corral), de 12 años, y de Margarita (Cristina Galbó), de 13, dos chicos de la misma pandilla de un barrio acomodado de Madrid, que confirmamos cuando los niños juegan (qué maravilla, niños jugando en la calle como antes y no adocenados con móviles y videoconsolas como ahora) entre las calles de ese barrio de Salamanca reconocible de los años sesenta. Entrañable voz en off sobre los pensamientos del pequeño Guillermo, con un pensamiento recurrente y que no se atreve a expresarle: "Hola Margarita. Tengo que hablarte de ciertos asuntos de capital importancia para mí... No puedo ocultarlo por más tiempo: te amo, te adoro, no sé vivir sin ti". Guillermo está preocupado por ser pequeño y reza para crecer deprisa y convertirse en un hombre fornido y velludo digno de ser el novio de Margarita. Al llegar el verano se tienen que separar porque Margarita se va con sus padres a la playa (a Alicante, cómo no...) y a él lo mandan a un campamento (de la OJE, cómo no...). Guillermo no olvida a Margarita durante este periodo, continúa pasándose el día pesando en ella y le escribe cartas de amor; pero en cambio Margarita conoce a un chico de 18 años y se hace su novia. Margarita le rompe el corazón a Guillermo cuando se lo dice y le devuelve la pulsera que éste le había regalado. Desconsolado Guillermo borra el nombre de Margarita del corazón que había dibujado en su libro de matemáticas, pero inmediatamente lo vuelve a poner, porque a pesar de todo sigue queriéndola. 

En esta historia no tiene desperdicio las escenas del colegio, que algunos recordaremos (más o menos) como esa particular declinación del verbo amar por el maestro, o la forma de dirigirse a los alumnos por parte del cura director del colegio, o esa figura del profesor fumando en clase...(no hace tanto se fumaba en todos los sitios, también en la tele, en hospitales, etc.). Y otro aspecto a destacar es la canción "Mirando al mar" del inmortal bolerista español Jorge Sepúlveda, verdadero leitmotiv de esta maravillosa historia de amor entre los niños Guillermo y Margarita. 

La segunda historia, bajo el epígrafe «... al amarillo», trata de una pareja de ancianos, Valentín (José Vicente Cerrudo) y Josefa (Lina Onesti), que viven en un asilo ubicado en Toledo. Se quieren en secreto, y se envían cartas de amor a escondidas para que no se enteren las monjas que regentan el asilo, y con ello juegan a rememorar su adolescencia ya lejana. Un día Valentín decide escaparse del asilo y vivir una nueva vida y le pide a Josefa que lo acompañe, pero a ella le da miedo, le dice que es una locura y que no irá con él. Valentín dice que él no puede vivir así y que la esperará hasta la una de la madrugada por si cambia de opinión. La anciana se siente incapaz de acompañarlo y llora la pérdida de su amor, pero a la mañana siguiente comprueba con alegría que Valentín no la ha abandonado y que se ha quedado por ella, al verlo sentado en el banco de siempre en el patio. Y aquí resuena el "Toda una vida" de Antonio Machín, cómo no. 

Y hoy ocupa esta película un lugar privilegiado en Cine y Pediatría, porque Manuel Summers es uno de los pocos directores españoles que ha centrado su filmografía en la infancia, la adolescencia y la juventud. Un equivalente a otros directores de otras latitudes, con más renombre que él (hablamos de François Truffaut en Francia o de Robert Mulligan en Estados Unidos), y por ello le reivindicamos. Quizás Del rosa al amarillo no alcance la plenitud de Los cuatrocientos golpes (1959) o de Matar a un ruiseñor (1962), pero también es una película mágica. Y al igual que recordamos el nombre de Antoine Doinel o de Atticus Finch, no deberíamos olvidar el de estas dos parejas de enamorados, Guillermo y Margarita, Valentín y Josefa.

Pero además de la película Del rosa al amarillo, cabe reivindicar dos obras más de Manuel Summers alrededor de la pediatría. Una de ellas es Adiós, cigüeña, adiós (1971) que parece concebida como una ampliación de la primera historia de Del rosa al amarillo (1963) centrada nuevamente en los amoríos adolescentes, con embarazo de por medio. La otra es Me hace falta un bigote (1986), sobre una historia de recuerdos de amores de la infancia, mezclada con un rodaje de cine dentro de la propia película.

Porque Del rosa al amarillo trata de ciertos asuntos de vital importancia..., al ser una de las más bellas poesías fílmicas que se hayan escrito sobre el amor como acto demoledor de la inocencia que habita en nuestros corazones. Y lo hace emparentando las dos épocas vitales en las que la inocencia gana la partida a la madurez, que no son otras que la infancia preadolescente y la solitaria vejez, dos universos paralelos (tan lejanos y tan similares) separados por los años de experiencia que llamamos ser adultos.

Y este es el viaje a que se nos invita en una película en blanco y negro: a viajar "del rosa" (los sueños del primer amor de infancia) "al amarillo" (el crepúsculo de la vida y de los sueños). Una película que ganó la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián de 1963 y que al verla de nuevo, sigue manteniendo vivo sus colores. Y que en un día tan especial para mí, hoy llega como un regalo. Porque hoy, que cumplo una cifra mágica de 55 años, sigo transitando del rosa al amarillo (como todos), y en el camino me he podido encontrar decenas de otros colores (como todos).

sábado, 9 de julio de 2016

Cine y Pediatría (339). "El arte de pasar de todo"... si es para algo


“Desde los inicios de la historia, han nacido unos ciento diez mil millones de personas en el mundo. Ni una sola de ellas ha sobrevivido. Hay seis mil ochocientos millones de habitantes en el planeta. Y cada año mueren unos sesenta millones. ¡Sesenta millones de personas! Alrededor de ciento sesenta mil al día. De niño leí una vez esta frase: “Vivimos solos y morimos solos. Lo demás es todo una ilusión.” Si morimos solos, ¿por qué tengo que pasarme la vida trabajando, sudando y luchando? ¿Por una ilusión? Porque ni tener amigos, o novia, ni realizar tareas como conjugar el pluscuamperfecto, o calcular la raíz cuadrada de la hipotenusa, me ayudarán a evitar mi destino. Tengo cosas mejores en las que emplear mi tiempo".  

Con este pensamiento de un adolescente en estado de gracia (como suelen estar ellos y como alguna vez nos sentimos) comienza esta película tan particular, Sundance en estado puro. Un pensamiento original para una película con un título original (en España) y de esos que llaman la atención y no dejan insensible: El arte de pasar de todo, la ópera prima del estadounidense Gavin Wiesen, una película amable y positiva que es algo más que la historia de amistad entre George (Freddie Highmore) y Sally (Emma Roberts). 
Dos jóvenes actores que ya han formado parte de Cine y Pediatría. Freddie Highmore estuvo en Descubriendo Nunca Jamás (Marc Forster, 2004) como el pequeño Peter, el hijo menor de la familia Davies que inspiró a J.M. Barrie para crear el mundo de Peter Pan, y en El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007), una reinterpretación de Oliver Twist al ritmo de la música en el pequeño genio August Rush. Emma Roberts hizo lo mismo en la genial Una historia casi divertida (Ryan Fleck y Anna Boden, 2010), esa más que recomendable comedia dramática sobre las tribulaciones de la adolescencia entre las paredes de un especial psiquiátrico para adolescentes. Dos actores deliciosos y que hacen también la delicia de esta película, por su especial complicidad. 

George es un adolescente solitario y fatalista, sensible e inteligente, que ha decidido no dar importancia a trivialidades diarias como hacer los deberes del colegio o disfrutar de lo que la vida le ofrece. Su cabeza está hecha un lío, por ser un adolescente especial y porque supongo que el que su padre lo abandonara siendo niño no le ha reconfortado mucho. Y ahí anda, más preocupado por entender el sentido de la muerte y de la misma vida, más interesado por plasmar en dibujos lo que siente su corazón y su cabeza manipula que por aprobar exámenes. George es lo que se dice un frikie en toda regla, con su eterna gabardina oscura, pero la luz llega un poco a su soledad cuando conoce a Sally, algo así como la la reina de la belleza del instituto, en la que encontrará compresión y amistad (algo así como su alma gemela), inspiración y, como pasa a veces y no se puede evitar, un atisbo de enamoramiento. 

Algunas frases y pensamientos de George le definen claramente: "Soy un poco misántropo. No por elección, sino porque sí", "Tú temes a la muerte... yo en cambio temo a la vida", "Soy alérgico a las hormonas. A las mías", "Creía que eras un tío guay. No conozco a nadie guay", "Sentía nostalgia del presente que tenía... Soy raro, ¿verdad?"

El mundo adolescente vuelve a ser el terreno elegido para mostrar los cambios del corazón y la madurez de la personalidad, mientras que la cámara trata de indagar en lo que ocurre en el interior de esos dos amigos que tratan de ocultar sus sentimientos. George respira inocencia y fragilidad a pesar del caparazón intelectual bajo el que se protege, mientras que Sally sabe más de la vida (que no fue fácil): "Mi padre me tuvo con 16 años. Mi padre era camionero. Un día se marchó y no le volvimos a ver". Y quizá por eso tenga miedo a herir los sentimientos de su nuevo amigo, especialmente cuando le propone ella el acostarse: "Eres mi único amigo de verdad. No lo estropeemos... Piensas demasiado George"

George, como pintor en búsqueda continua, en su arte de “pasar de todo” como estrategia de maduración, el joven escéptico tiene aún un par de lecciones que aprender: cómo curar la herida de un pasado que creía sin afecto y cómo saber vivir en un mundo imperfecto. Y cuando todo se hunde (en la familia y en el amor con Sally) es cuando se renace de las cenizas y se produce la transformación de nuestro protagonista. Su madre le aconseja "La felicidad es algo que tienes que cuidar, que vigilar siempre" y Sally le pide "Necesito que seas mi amigo de verdad"

Finalmente resuelven sus sentimientos. Cuando George le confiesa: "En parte tenías razón. Debí decirte todo lo que sentía. Estoy enamorado de ti desde siempre... Yo no era nadie, sentía que no era nadie. Y eso lo cambiaste tú.". Y cuando Sally le contesta: "Sabes que algún día estaremos juntos. Pero tenemos que resolver un montón de asuntos... La vida es muy larga"

Porque la adolescencia es bastantes veces el arte de pasar de todo (que se lo digan a algunos padres y a muchos educadores), pero nos quedamos con dos frases finales para sentir que hay solución: una esperanzadora, la que le dice el director del instituto cuando le concede el título de la graduación ("No hay nada imposible") y otra una duda, como lo es esta misma etapa de la vida, y es la conversación final entre nuestros protagonistas (George: "Y entonces qué vas a hacer, ¿te quedas"; Sally: "No lo sé"). Y fin de la adolescencia...o quizás el comienzo. Porque se puede pasar de todo si es para algo, como nos dijera el gran François Truffaut y que la semana pasada recordábamos en la VI Jornada de Medicina y Cultura: "La adolescencia es como un segundo parto. En el primero nace un niño y en el segundo, un hombre o una mujer. Y siempre es doloroso”.

sábado, 31 de octubre de 2015

Cine y Pediatría (303). “Crónica del alba”, crónica del primer amor de infancia y adolescencia


Jorge Luis Borges defendía que todo libro es una confesión, y un escritor aragonés lo llevó a efecto y convirtió su proyección autobiográfica en literatura: hablamos de Ramón José Sender Garcés, conocido como Ramón J. Sender. En sus novelas podemos diferenciar dos tendencias: por una parte, están sus novelas de intención satírica o filosóficas, que abarcan desde "El lugar del hombre" (1939) hasta "Nocturno de los catorce" (1971); por otro lado, se hallan sus novelas históricas, como "Bizancio" o "La aventura equinoccial de Lope de Aguirre" (1964). Pero la parte narrativa más importante de Sender tiene origen de su memoria histórica, como la destacada "Crónica del Alba", cima creadora en el exilio, compuesta por nueve novelas publicadas entre 1942 y 1966: "Crónica del alba", "Hipogrifo violento", "La Quinta Julieta", "El mancebo y los héroes", "La onza de oro", "Los niveles del existir", "Los términos del presagio", "La orilla donde los locos sonríen" y "La vida comienza ahora". 

"Crónica del Alba" es un prodigioso edificio literario que constituye, a la vez, un valioso testimonio sobre la España de la primera mitad del siglo XX. La azarosa existencia de José Garcés (no es casualidad que el personaje literario lleve el segundo nombre y el apellido materno del autor, lo que apoya la conjetura de que el ciclo es una autobiografía novelada) se despliega a lo largo de las nueve novelas, hasta convertirse en una de las novelas imprescindibles de la narrativa española contemporánea. Tuvieron que pasar 40 años para que un director tinerfeño, bregado en el corto y con corto recorrido en largometrajes, Antonio José Betancor, adaptara a Ramón J. Sender en dos películas consecutivas: Valentina (1982) y 1919: Crónica del Alba 2ª parte (1983), la primera sobre la infancia (todo un clásico ya), la segunda sobre la adolescencia. 

La película Valentina comienza con esta dedicatoria: "A los nómadas. Les gusta recoger sus recuerdos para ponerlos a salvo de las represalias". José Garcés, excombatiente de la Guerra Civil española, desde su presidio en el campo de concentración francés de Argelès-sur-Mer, rememora su feliz infancia en un pueblo de Aragón (Tauste en la realidad, Albarracín en la ficción, uno de los más bellos pueblos de España). Un flash back nos sitúa en el año 1911 y un niño de 10 años sale por la claraboya del tejado de una casa, un jovencísimo Jorge Sanz en el papel de Pepe Garcés, que se sienta allí a leer mientras contempla desde lo alto el pueblo. Desde su prisma de niño, nos habla de su familia, de sus amigos y travesuras, se su relación con su maestro y tutor Mosén Joaquín (el gran actor mexicano, afincado en Hollywood, Anthony Quinn) y de su primer amor, Valentina (una angelical Paloma Gómez). 
Pepe es el menor de una familia numerosa de clase burguesa rural. Hijo de un padre severo (que le aplica llamativos azotes en el culo con una vara de los de antaño, claros malos tratos: "Serás un golfo, pero yo te enderezaré") y una madre protectora, vive a caballo entre su mundo imaginario de quijote y de poeta que lucha por conquistar el amor de su dama Valentina, allí donde doma su insaciable curiosidad con el mundo de conocimientos que le abre Mosén Joaquín, un clérigo bonachón que disculpa las travesuras del niño con pequeñas reprimendas y que intenta encauzar su inabarcable curiosidad e imaginación hacia los estudios de bachillerato que prepara. 
El amor por Valentina, hija del notario del pueblo, don Arturo, es en gran medida el hilo conductor del relato. Se trata de un amor casi platónico, apenas sellado con un beso, pero sublimado en la imaginación de los niños que intercambian juramentos de amor eterno y notas secretas, lo que marcará el resto de la vida del Pepe Garcés joven, adolescente y adulto. En su mundo infantil, Pepe afronta como desafíos la oposición de ambas familias a esa relación romántica e infantil y es así como la película termina dramáticamente cuando Valentina parte hacia San Sebastián para pasar unos meses con unas tías pocos días antes de que Pepe se incorpore a sus estudios de bachillerato en Reus. 

Un año después, pero rodada al mismo tiempo con el mismo equipo, pero actores más adultos (Miguel Molina en el papel de Pepe y Emma Suárez en el de Paloma) se estrenó 1919 Crónica del Alba.  En esta secuela han pasado ocho años con respecto a los hechos narrados en la primera parte. Pepe Garcés es un adolescente que trabaja de mancebo de botica en Zaragoza, en un contexto de agitación política en España y mientras su familia pasa por graves problemas económicos. Pepe conoce a una criada llamada Isabelita (la muy dulce Cristina Marsillach), cuyo padrastro es un enigmático y temible revolucionario. Isabelita es un espíritu libre con las ideas muy claras: quiere evitar un destino que la aboque a la prostitución y cree que Pepe puede librarla de esa suerte, por eso se aferra a él, aunque el joven Garcés sigue enamorado de Valentina. 

José Garcés a los 10 años es un niño lleno de vitalidad que duda entre ser héroe, santo o poeta, y se constituye en alter ego de Ramón J, Sender, quien usó el género de la novela para narrar su vida y las vidas de cuantos le rodearon en un trozo de su historia y de la Historia de España, en lo que algunos han venido a llamar como "novela río"

Y resta ese amor puro de la primera infancia y adolescencia, sellado con esa frase de Valentina a Pepe: "Si yo sueño contigo y tu sueñas conmigo, es como si estuviéramos juntos, ¿verdad?". Una obra y una película que marcó a toda una generación de españoles y que la música de Riz Ortolani ayuda a crear la atmósfera típica de leitmotiv. Y con ella, recordamos nuestra primera infancia y, por qué no, nuestro primer amor de infancia y juventud.