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sábado, 11 de octubre de 2025

Cine y Pediatría (822) “La evaluación” de una maternidad distópica

 

El cine distópico es un género cinematográfico, usualmente enmarcado en la ciencia ficción, que utiliza una distopía en su argumento central. Una distopía es una sociedad ficticia, futurista o imaginaria caracterizada por ser indeseable, opresiva y con graves fallas sociales o políticas, funcionando como una "anti-utopía" o "mal lugar" (dys-topos). Estas películas a menudo sirven como advertencias sobre las consecuencias de las tendencias sociales, políticas, ambientales o tecnológicas actuales. Sus características principales incluyen sistemas de opresión (gobiernos totalitarios o dictatoriales que controlan la vida de los ciudadanos como el "Gran Hermano"), pérdida de la libertad individual en aras de un supuesto "bien común" o la funcionalidad del sistema, desigualdad social, ambientación postapocalíptica (con el escenario, en muchas ocasioes, de un mundo desolado o en ruinas tras un colapso ambiental, guerra nuclear o pandemia), crítica a la tecnología o ciencia, y un protagonista rebelde (o varios), que se da cuenta de la falsedad o injusticia del sistema y lucha por la libertad o la verdad. 

El cine distópico abarca una amplia gama de temas, en todas las épocas y desde todas las filmografías. Algunos de los ejemplos más icónicos incluyen Metrópolis (Fritz Lang, 1927), Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966), El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), Mad Max. Salvajes de autopista (George Miller, 1979), Blade Runner (Ridely Scott, 1982), Videodrome (David Cronenberg, 1983), 1984 (Michael Radford, 1984), Terminator (James Cameron, 1984), Brazil (Terry Gilliam, 1985), Robocop (Paul Verhoeven, 1987), Están vivos (John Carpenter, 1988), 12 monos (Terry Gilliam, 1995), Mátrix (Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999), Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000), Minority Report (Steven Spielberg, 2002), Yo, robot (Alex Proyas, 2004), V de Vendetta (James McTeigue, 2005), Aeon Flux (Karyn Kusama, 2005), Hijos de los hombres (Alfonso Cuaron, 2006), Rompenieves (Snowpiercer) (Bong Joon-ho, 2013), El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019),… Y algunos de estos ejemplos ya han formado parte de Cine y Pediatría: La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) nos exprime la polémica de la ultraviolencia y el libre albedrío; Gattaca (Andrew Niccol, 1997) y sus hijos a la carta; La isla (Michael Bay, 2005) y la clonación de seres humanos; Canino (Yorgos Lanthimos, 2009), una dentellada alegórica sobre familias y totalitarismos; Cruzando el límite (Xavi Giménez, 2010), algo así como la versión española de La naranja mecánica; Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), un retrato familiar entre utópico y distópico bajo el paraguas de Noam Chomsky; Nación salvaje (Sam Levinson, 2018), la versión millennial de las brujas de Salem.        

Y hoy llega la película británica La evaluación (Fleur Fortune, 2024), la distopía sobre la paternidad y maternidad controlada en un futuro próximo. Conocemos a nuestra pareja protagonista, Mia (Elizabeth Olsen) y Aaryan (Himesh Patel), que viven en un edificio domótico en medio de un árido pasaje cerca de la costa (grabado en la isla de Tenerife), un mundo devastado por el cambio climático. Sometidos a un control alimenticio y sanitario, el crecimiento demográfico está restringido y la reproducción natural, prohibida, siendo un funcionario quien decide la aptitud de las parejas para ser padres, en todo caso, de forma extrauterina. Ahora ellos deben pasar por una evaluación antes de que se les permita tener un hijo, y surgen sus dudas: “¿Y si no valemos?”. Reciben la visita de Virginia (Alicia Vikander), la evaluadora, quien les explica en que va a consistir su presencia: “Durante siete días pasaréis por una observación minuciosa y haréis una pruebas para determinar si sois aptos para tener hijos. En caso de superarlas, vuestro material pasará a la fase de gestación extrauterina. Todos los demás métodos de reproducción siguen estando prohibidos. De no superarlos, se les comunicará a los candidatos inmediatamente. Los candidatos tienen derecho a retirarse de la evaluación en cualquier momento, incluido el cuestionario en persona, tras lo que renunciarán a cualquier derecho a futuras solicitudes. La evaluación es inapelable, ¿está claro?”. 

Y la acción transcurre narrada en cada uno de los siete días, donde la evaluación se convertirá en una pesadilla psicológica. Conocemos que Aaryan diseña mascotas virtuales y que Mia cultiva plantas en un invernadero laboratorio de producción sostenibles. Pasan los días y tienen que pasar distintas pruebas y soportar que Virginia se transforme en distintas personalidades (desde “su” hija consentida a “su” amante), lo que crea confusión en la pareja, conflictos y dudas: “¿Estamos haciendo lo correcto?”. Llegan invitados a una cena, invitados centenarios de apariencia joven y donde la conversación converge en que en ese Nuevo Mundo no hay sitio para todos y cabe tomar una decisión para sobrevivir: “¿Creéis que por qué podemos beber vino, cultivar invernaderos y criar bebés en bolsas, hemos vencido a la naturaleza?”, se preguntan. 

Y todo avanza hacia ese séptimo día y la decisión final de la evaluación, cuya resultado final es que no han sido aceptados, colofón de una sociedad camuflada bajo el control de un Estado totalitario. Las reacciones no se hacen esperar. Virginia confiesa que nadie ha aprobado la evaluación en los últimos seis años… y la vemos comenzando con la entrevista a otra pareja, hasta que toma una drástica decisión. Aaryan crea un bebé virtual (como sus mascotas) y lo abraza, Mia recoge la senoxidina (la medicación para controlar las gestaciones) en el paso fronterizo y regresa al Viejo Mundo, mientras llora al atravesar el umbral… 

La evaluación es un provocador y arriesgado debut en el largometraje de Fleur Fortuné, para dibujarnos un estudio interno sobre el instinto materno/paterno y las elecciones que construyen (o destruyen) el futuro del individuo en un mundo distópico. Una maternidad distópica bajo un gobierno totalitario a la que también se han acercado otras recientes películas, como las serie El cuento de la criada (Bruce Miller, 2017), Madre! (Darren Aronofsky, 2017) o La virgen roja (Paula Ortiz, 2024), esta última basada en los hechos reales de Hildegart Rodríguez, una niña prodigio y activista femenina de la España de los años 30, educada bajo una disciplina eugenéisca, y que fue asesinada por su propia madre. 

Entre la distopía y la utopía. Entre el presente y el futuro. En La evaluación se reflexiona sobre la diferencia entre vivir una vida real, con sus riesgos e imperfecciones (simbolizada al final con el viaje al Viejo Mundo), y la farsa controlada y artificial que ofrece el Nuevo Mundo. La película, a través de sus tres protagonistas, nos somete a replantearnos cuestiones sobre la familia, la fertilidad y la intimidad en un contexto donde los métodos naturales están prohibidos y la procreación es un acto altamente regulado.

 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Cine y Pediatría (819) “Sorda”, la maternidad desde el silencio

 

Desde Cine y Pediatría ya son varias las películas alrededor de la hipoacusia: historias reales como El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962) y La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014); historias ficticias en tono de comedia como la película francesa La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014) y su remake estadounidense CODA: Los sonidos del silencio (Siân Heder, 2021), o historias ficticias en todo de drama como la película portuguesa Listen (Ana Rocha, 2020); también alguna película documental como la argentina Escuela de sordos (Ada Frontini, 2013). Y a todas estas se suma hoy la película española Sorda (Eva Libertad, 2025), una nueva ópera prima de esa gran escuela de directoras de cine en nuestro país y que procede de un corto previo de éxito.      

Ese paso del corto al largometraje en nuestro país ya lo hemos visto en la película Madre (Rodrigo Sorogoyen, 2019), Cerdita (Carlota Pereda, 2022) y La mitad de Ana (Marta Nieto, 2024). Y también lo vemos en nuestra película de hoy: primero llegó el cortometraje del año 2021 de 18 minutos de duración, y ahora llega el largometraje de 99 minutos. En ambos se cuenta la relación entre una joven sorda Ángela (Miriam Garlo en ambas películas) y su pareja oyente, por nombre Darío (Pepe Galera) en el corto y Héctor (Álvaro Cervantes) en el largo, enfrentados a llegada de su primer hijo en común. Cabe referir que Miriam Garlo es una actriz sorda y hermana de la directora; y que recordamos a Álvaro Cervantes en su papel en una de las historias de Adú (Salvador Calvo, 2020), pero especialmente por encargar al rey Carlos I de España y emperador Carlos V en la serie Carlos, Rey Emperador. Y ambos se dejan la piel en su interpretación.     

Es Sorda una de las agradables sorpresas del cine español de este año, este retrato tierno y realista de cómo una mujer sorda y su pareja oyente se enfrentan al nacimiento de su primer hijo en una sociedad hecha por y para los que oyen. Una película grabada en Molina de Segura, pueblo de nacimiento de la directora, y en distintos enclaves de la huerta de Murcia. Premio del Público en la sección Panorama del Festival de Berlín de 2025 y gran triunfadora en el de Málaga del mismo año (mejor película, actriz, actor, ópera prima y Premio del Público). 

La película comienza sin sonido, todo un guiño que se repetirá de forma más contundente al final de la historia. Nuestra pareja protagonista se baña en la poza de un río y en su conversación buscan el nombre para su hijo o hija que nacerá en breve. Vamos conociendo a Ángela, de quien sabemos que nació oyente, pero se quedó sorda años después (y también son sordos en su familia la abuela paterna y una tía), trabaja como alfarera en una fábrica, le gusta reunirse con sus amigos sordomudos para festejar (y ahora celebran su embarazo). Cuando acude a la revisión ginecológica les informan que hay probabilidad de que su descendencia sea sorda y esa preocupación se extiende en toda la familia (quizás más en el padre y abuelos maternos, todos oyentes). En la espera, Ángela observa con pesar como los hijos oyentes de sus amigas sordas se avergüenzan de que sus madres sigan signando. Compartimos con ella en la espera algunas de sus dudas… 

Cuando Ángela rompe aguas, la directora nos hace partícipe paso a paso de todo el proceso. Aunque ella quiere dar a luz en casa, le convencen de acudir al hospital: matrona, monitorización, epidural, contracciones, bradicardias en el monitor, aviso al ginecólogo, ventosa, aviso al pediatra, expulsión en tiempo real, llanto del bebé, es una niña. Todo ha llegado a buen puerto, pero en el camino Ángela ha tenido que apoyarse en las órdenes sanitarias que le transmitía Héctor, no exento de algún momento de tensión. Y ella no oye el llanto de su hija. 

Durante la estancia en Maternidad, el pediatra realiza el cribado universal de hipoacusia con las otoemisiones acústicas y llega la frase no esperada (pero tan habitual): “Bueno, la prueba no es concluyente. No nos dice si la niña oye o no… A veces, queda líquido amniótico, líquido del vientre de la madre, en los conductos del oído y el aparato no detecta bien… Tenemos que hacer otra prueba en un par de meses”. Y llega la tremenda espera para saber si Ona, el nombre que han puesto a la niña, es oyente o no. 

Durante esas interminables semanas de espera, comienzan las dudas. El padre le hace a escondidas pruebas a su hija chasqueando los oídos, la madre lo ve y piensa. Ya buscan guardería, pero la madre comenta: “Todavía no sabemos si es sorda u oyente. Pero si es sorda, no podrá ir ahí, tendrá que ir a la asociación… Mejor esperamos a ver qué pasa”. Y llega la nueva visita médica con la realización de los potenciales evocados auditivos y el diagnóstico final: “Pues la prueba sale normal. Oye perfectamente de los dos oídos”. Es uno de los momentos clave de la película, allí donde cada uno contiene su sentir: la alegría del padre, la duda de la madre de su capacidad de criar a una hija oyente. 

Porque somos partícipes de esa maternidad/paternidad y crianza entre lo sonoro y el silencio, entre la palaba y la signación… donde Ángela no se siente a gusto. Basta con recordar esas escenas diferentes de contar un cuento a la hija: el padre con la voz, la madre con los signos. Ángela no acepta ponerse los audífonos, pero si intenta ponerle cascos a su hija para estimularle que aprenda a signar. Es tal la extraña vivencia que están pasando como pareja por el modelo de crianza, que hasta Héctor tiene que contener su alegría cuando Ona dice su primera palabra. La confusión de la madre es tal que llega a decir a su pareja: “Tu sigue siendo el padre perfecto y disfruta de tu hija. Yo qué hago aquí… Antes era la sora que daba un toque mágico a tu hija. Pero ahora, desde que ha llegado Ona, ¿yo qué soy? Un estorbo, una carga”. A lo que Héctor replica: “¿Sabes lo que te pasa? Que tu quieres una pareja soda y una hija sorda. Pero me has elegido a mí y yo soy oyente. Y tu hija es oyente. Y el mundo es oyente”. 

Por ello Ángela tiene que volver a sentir y demostrar que es capaz y exclama: “¡Ser sorda es una mierda, una puta mierda!”. Y a partir de ahí la película da un brutal cambio a escenas sin sonido, para poner al espectador en la piel (y el oído) de Ángela, como ella lo vive en esa crisis de pareja. Unos 15 minutos finales sin sonido o con el ruido distorsionado que le proporcionan los audífonos. Y así llegamos a esa fiesta de celebración del primer cumpleaños de Ona en la guardería, en un final tan sencillo como contundente. 

Y el sonido reaparece con los títulos de crédito finales y la canción “Neskaren Kanta” de Verde Prato, nombre artístico de la artista multidisciplinar Ana Arsuaga. Y con esa canción analizamos las muchas emociones y reflexiones que nos ha dejado esta historia: la “violencia social” que experimentan las personas sordas antes las barreras de comunicación; la exploración de la maternidad desde una perspectiva única y no normativa, donde Ángela debe afirmarse como madre y mujer en sus propios términos; la representación inclusiva y no ejemplarizante, porque Ángela no es una heroína perfecta ni una víctima, sino un personaje complejo con sus virtudes y defectos; y ese juego entre el sonido y el silencio para sumergir al espectador en la experiencia sensorial de la protagonista. 

La maternidad desde el silencio con la honestidad de Sorda, gracias a dos hermanas, Eva Libertad, la directora oyente, y Miriam Garlo, la actriz con hipoacusia grave.

 

sábado, 27 de julio de 2024

Cine y Pediatría (759) “La mesita del comedor”, no apta para padres primerizos

 

Hoy comentamos una película que es una comedia negra española que pasó desapercibida en cartelera tras su estreno, pero que ha tenido una segunda vida en las plataformas después que Stephen King, el maestro del terror, la recomendara como “horrible y tremendamente divertida”. Hablamos de La mesita del comedor (Caye Casas, 2022), película que se ha convertido en un fenómeno de culto inmediato. Y no es casualidad que esta obra siga la estela de su director, amante de la comedia negra y de temas macabros y escatológicos: comenzó codirigiendo con Albert Pintó varios cortos, entre ellos Nada S.A. (2014) y RIP (2017), así como el largometraje Matar a Dios (2017), en los que se repiten los actores, entre ellos Itziar Castro, Eduardo Antuña, David Pareja, Josep María Riera o Emilio Gavira. Y la mayoría de ellos también protagonizan La mesita del comedor. 

En la primera escena compartimos los dolores de parto de una mujer dando a luz, y con el llanto del bebé se difumina la imagen. Una curiosa manera de presentarnos a nuestro particular protagonista. En la siguiente escena vemos a una pareja con el bebé en brazos que están comprando una mesita para el comedor. Los personajes de Casas son extremos y recalcitrantes, también aquí: María (Estefanía de los Santos) es una madre añosa que se ha sometido a un tratamiento de infertilidad y se nos muestra como una mujer controladora, déspota y castradora, y Jesús (David Pareja) como un hombre sin carácter, sumiso e infantil. La pareja no se encuentra en su mejor momento y no mejora cuando Jesús decide comprar, a pesar de la negativa de su mujer, una mesita de comedor extravagante que, según el vendedor (Eduardo Artuña), “les va a cambiar la vida a mejor y les va a portar felicidad al hogar”. En ese momento conocemos que han puesto al niño el nombre de Cayetano, igual que el del vendedor, otro ser muy peculiar. Y tras esta larga escena en que se efectúa la venta, es cuando aparecen los originales títulos de crédito de la película. 

Ya en casa, Jesús intenta montar la mesa, pero le falta un tornillo. María no quiere saber nada y se sale a comprar. Las conversaciones entre Jesús y María son frescas y naturales como la vida misma. Y así el padre comenta, ante el llanto insistente del niño y antes de que acaezca la tragedia (que no vemos, pero intuimos): “Que le han puesto un nombre muy feo y por eso llora”. Y cuando el bebé deja de llorar es cuando el espectador comienza a sufrir, con esa extraña empatía que adoptamos con Jesús, dispuesto a ocultar lo sucedido cuando llega su cuñado a cenar con su joven pareja vegana o cuando es acosado por la vecina adolescente de 13 años. Porque todos los personajes son una sorpresa, como el guion, y no es de extrañar que tengan que declarar: “Estamos muy raros con esto de ser padres”. Porque el espectador sabe lo que ha ocurrido, pero la tensión se mantiene de principio a fin y nos volvemos empáticos con Jesús. Y ahora entendemos algo mejor por qué este recién nacido, por nombre Cayetano, ha enamorado a Stephen King. Con tan poco, tanto… una mirada grotesca de la cotidianidad. Película no apta para padres primerizos, pensamos, mientras suena al final la canción rock “La mesita del comedor”, cuya autora es la cantante y compositora extremeña, Bambikina. 

Porque en ese mismo año 2022 el cine español ha abordado las preocupaciones de la maternidad desde el naturalismo, como ya hemos visto en Cinco lobitos (Alauda Ruiz de Azúa, 2022) y en La maternal (Pilar Palomero, 2022), pero ahora Caye Casas se ha aproximado a la paternidad desde el terror, desde el peor de los escenarios. Porque la premisa de partida es a la vez tan sencilla e ingeniosa como posible. Y por posible es terrorífica. Aviso a navegantes…   

Cine de terror con un niño, en este caso un recién nacido al que apenas vemos. Bastante diferente a lo ya conocido, y hay buena muestra en la historia del cine de ese terror con niños con títulos clásicos como El exorcista (William Friedkin, 1973), La profecía (Richard Donner, 1976), Los chicos del maíz (Fritz Kiersch, 1984) o El pueblo de los malditos (John Carpenter, 1995), entre otros muchos. Pero también en Cine y Pediatría hemos recordado algunas películas españolas bajo este contexto, como ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), Alas de mariposa (Juanma Bajo Ulloa, 1991), Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) o El orfanato (J.A. Bayona, 2007). Pero La mesita del comedor es otra cosa, porque no hay nada paranormal. Si no que todo es muy cotidiano, como esa mesita de comedor que todos tenemos en casa.

     

sábado, 1 de julio de 2023

Cine y Pediatría (703) “Las semanas mágicas” de la crianza

 

Pañales, biberones, juguetes de bebés, un libro por título “Oei, ik groei” y los gritos de una mujer dando a luz en la bañera de su casa, acompañada de su marido y una matrona. Con estas rápidas imágenes en el recorrido de cámara comienza Las semanas mágicas (Appie Boudellah, Aram van de Rest, 2023), película neerlandesa distribuida por la todopoderosa Netflix, cuyo guion parte del libro que vemos en esa escena. 

Porque “Oei, ik groei” es ya todo un clásico escrito en los Países Bajos por la antropóloga Hetty van de Rijt y el etólogo y psicólogo del desarrollo Frans Plooij. Y cuyo título se ha traducido como “The Wonder Weeks / Las semanas mágicas”, título de la propia película. Publicado el libro originalmente en 1992, y debido a su continuado éxito, tuvo una actualización en 2019. En realidad es un libro de autoayuda a padres y madres, y que se fundamenta en los muchos años de observación y análisis del neurodesarrollo infantil de sus autores, por lo que brinda una guía práctica para ayudar al desarrollo cognitivo del bebé a través de sus etapas predecibles o "saltos", como ellos lo definen. Su base teórica es la Teoría del control perceptivo, que predice y explica los fenómenos observados y, aunque también ha sido cuestionado, lo cierto es que el libro continúa siendo popular y el editor ha producido una aplicación móvil basada en el libro y su propia webY es así que “las semanas mágicas” son definidas por estos autores como aquellas semanas en las que el comportamiento del bebé, debido a su desarrollo cerebral, suelen ir precedidas por periodos más intensos de llantos, apego, irritabilidad e insomnio. 

Y el guiño continúa con esta película que nos adentra en esta comedia sobre la maternidad (y paternidad) que gira alrededor de tres parejas modernas que hacen lo que saben (o lo que pueden) para conciliar sus relaciones y sus exigentes carreras profesionales mientras se enfrentan a las vicisitudes de la crianza. De hecho, en la carátula de presentación de Las semanas mágicas se indica que es una película que sigue la estela de ¿Qué esperar cuando estás esperando? (Kirk Jones, 2012), película también basada en un libro superventas, “What to Expect When You're Expecting”, publicado en 1984 por Heidi Murkoff y apodado como “la Biblia americana del embarazo”; y aquí la historia de la película, ya tratada en Cine y Pediatría, nos introduce en la intimidad de cinco parejas de Atlanta que están esperando a un recién nacido. 

En Las semanas mágicas todo comienza con el nacimiento de tres bebés… y la promesa de una de las madres: “Vas a tener los mejores padres del mundo. Lo prometo”. Y la pregunta de rigor: "¿Qué tal la prueba de Apgar?” y la respuesta esperada “Ha sacado siete puntos. No nos tenemos que preocupar”; pero la madre procreadora replica: “¿Siete?...¿puede volverá hacerla?”. Un buen guiño y un buen comienzo… 

Primera familia. Anne (Salle Harnsen), prometedora abogada especializada en divorcios y separaciones familiares, y su esposo Barry (Soy Kroon) avanzan en la crianza de Mia, quienes tienen que sobrellevar que le diga la pediatra que es una lactante con sobrepeso. Y se tienen que apoyar en una niñera a la que le marcan pautas y horarios rígidos para el cuidado de Mia. Aún así, siguen agobiados, sobre todo por el obsesivo control que Anne ejerce sobre su hija (con el monitor continuamente), pero también sobre su matrimonio, la propia niñera y su vida. 

La visita a la pediatra no tiene precio: “Su hija está en la parte más alta de crecimiento. Puede tener consecuencias a largo plazo para las capacidades motoras y el desarrollo físico y emocional… Su bebé está gorda. Código amarillo” Y la conversación posterior con los padres seguro que nos va a sacar más de una sonrisa a los pediatras, por reconocer que tanta medicina preventiva puede no ser buena para la salud: “Hagan algo diferente. Yoga para bebés, natación para bebés, todo ayuda”, les dice la pediatra con la cara de susto correspondiente de los progenitores. Y al regresar tiempo después a la consulta, ya el código se ha convertido en rojo. Y la madre se justifica: “Seguimos todos los horarios. Fuimos a natación para bebés y a reiki”. Y es que son de esos padres que viven todo como si fuera el principio y el fin, desde conseguir guardería hasta que su hija voltee por primera vez. 

Luego vienen los “ckeck list” que la madre deja al padre cuando ella se incorpora al trabajo en relación con el cuidado del bebé, mientras ella se lleva ese sacaleches espacial a la oficina de su bufete de abogados. Y surgen continuos debates: hasta cuándo la lactancia materna y cuándo introducir biberón; quién acude por la noche ante los llantos (que casi acaba recayendo del lado de quien tiene dos cromosomas X). Y cuando buscan guardería, la lista de espera para entrar es peor que hacerlo en la Universidad de Harvard: “Apunté aquí a mi hija hace unos meses y aún no sé nada”. Y para conseguirlo se tiene que apuntar al grupo "Mamás por mamás", un club de élite particular. 

Segunda familia. Kim (Katja Schuurman, famosa cantante y presentadora) y Roos (Sarah Chronis) forman una pareja de lesbianas que tienen a un padre donante, el apuesto Kaj (Louis Talpe), que ahora se ha encariñado con el segundo hijo que les ha dado, Teun; y que, además, crean un acuerdo de custodia compartida finalmente con el bebé y la otra preciosa hija de 8 años, Didi, de la que también es donante de esperma y, por tanto, padre biológico (ah, y el tercer bebé en camino). Kim además es la creadora del grupo de apoyo "Mamás por mamás", allí donde las madres miembro realizan actividades a favor de la dieta infantil saludable, el embarazo en adolescentes y otras similares. Y aunque Kaj quiere mucho a sus hijos biológicos y se esfuerza en ello, ciertos antecedentes penales que saca a la luz Kim, le cuestan la custodia. 

Tercera familia. Ilse (Yolanthe Cabau) tiene de pareja a Sabri (Iliass Ojja), musulmán de origen y quien, tras el nacimiento de Samih, trae a su madre para “ayudar”, así como a su amplia familia de Marrakech, con el consiguiente malestar para la relación de pareja. Y chocan las costumbres culturales entre ellos, con epicentro en la circuncisión. 

Y la película avanza de forma simpática entrecruzándose los personajes y las confusiones, en este formato de comedia que se sonríe con algunas circunstancias que surgen alrededor de la crianza de los hijos y alrededor de una sociedad neerlandesa moderna donde la diversidad familiar es la pauta. Y tras los conflictos que se desencadenan, llega la reconciliación. Con ese mensaje final tan positivo para la sociedad, donde el perdón y el amor todo lo solucionan. Y con el primer cumpleaños conjunto de los tres bebés finaliza esta película sobre cómo ser madres y padres hoy en día a través de las semanas mágicas. 

Una película fácil de ver, refrescante para este verano entre la poco original cartelera que nos rodea, y donde los padres (y por qué no, también los pediatras) podrán rescatar algunos mensajes de aquellos estereotipos alrededor de la crianza en nuestra sociedad actual.

 

sábado, 27 de agosto de 2022

Cine y Pediatría (659) “La princesa de la fila” y su unicornio imposible

 

“Algunas personas, cuando me ven, piensa que mi vida es un asco. Pero yo siempre he creído que mi vida era un cuento de hadas, de las que tienen princesas y amigos mágicos. El problema de la gente es que ven lo que quieren ver y creen conocerme. Pero lo cierto es que no…”. Con estas palabras en off de nuestra protagonista comienza este drama de cine independiente que incide en el poder de los vínculos familiares y el amor incondicional de una hija hacia su padre. La película del año 2019 lleva por título La princesa de la fila y es la ópera prima de su director, Max Carlson, con la que ha conseguido un buen número de premios en certámenes cinematográficos. 

Y en su sueño inicial esta niña es una princesa que cuida de su unicornio, pero la realidad nos devuelve que ella es una niña de color de 12 años, Alicia Willis (Tayler Buck), y de quien realmente cuida es de su padre Bo (Edi Gathegi), un vagabundo de extraño comportamiento con el que vive en el conflictivo barrio Skid Row de Los Ángeles. Y si bien el unicornio representa la pureza y el poder, además de ser un animal de buena suerte y símbolo de la justicia - donde su cuerno simboliza una flecha espiritual relacionada con la espada de Dios -, lo cierto es que su padre vemos que no parece atesorar ninguno de esos dones, o quizás solo para su hija. Porque vamos descubriendo que Bo ha perdido la memoria tras un traumatismo craneoencefálico cuando estuvo destinado a la Guerra de Irak, asociado a un estrés postraumático, y solo su hija y los servicios sociales le vigilan desde su tienda de campaña en medio de esa lacra de barrio en la opulenta ciudad. 

Alicia lucha contra todo y contra todos (centros de acogida, asistentes sociales, familias de acogida) para estar junto a su enajenado padre y cuidarle. Su plan es sacar a su padre de la ciudad para que se recupere, encuentre un trabajo y puedan vivir juntos. Y lo que más quiere en el mundo es estar con él y que no les molesten. Y es entonces cuando la historia adquiere el tono de una pequeña “road movie” al ritmo de una banda sonora que incluye canciones como “Walk With Me” de Jessica Childress, “The Mountains” de Katie Kim o “That´s How I Feel About You” de Mr Day. Y ello con todos los avatares y riesgos de la calle, con sus noches y sus días, de motel en motel. Y Alicia recuerda su relación de niña con su padre, cuando la vida era normal para ellos: “Mi padre me llamaba princesa”

Un dúo interpretativo de gran nivel de hija y padre, de Tayler Buck y Edi Gathegi, para este viaje sin destino concreto lleno de contratiempos y donde la locura de la guerra regresa al alma del padre y la violencia no le es ajena. No es de extrañar que la asistenta social defina así, y con cariño, a Alicia: “Princesa, fuerte, resiliente, cariñosa, cabezota, creativa. Tú eres todas esas cosas”. Todo ello y un alma de escritora al que regresará algún día ese mundo mágico de princesas y unicornios. Y por ello el final es tan abierto como emotivo; donde Alicia se despide de su padre para ir a la familia de acogida: “Siempre voy a ser tu hija. Y nada va a cambiar eso. Adiós, papá”. Y al partir Alicia, el habitual silencio del padre se transforma en una lágrima y estas palabras que nadie escucha: “Adiós, princesa”

Si la semana pasada la película Cerca de ti (Uberto Pasolini, 2020) nos acercaba a ese amor incondicional y es inquebrantable vínculo de un padre a su hijo, ahora es el de una hija a su padre. Un hecho que no nuevo, pues ya se ha visto reflejado esta vinculación padre-hija en algunas películas ya comentadas como Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973) con Ryan O'Neal y Tatum O'Neal, inolvidable pareja en blanco y negro de padre e hija en la ficción y en la vida real;  Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001) con Sean Penn y Dakota Fanning;  Todo está perdonado (Mia Hansen-Løve, 2007) con Paul Blain y Constance Rousseau;  Magical Girl (Carlos Vermut, 2014) con dos parejas de padre e hija, la que forman Luis Bermejo y Lucía Pollán, y José Sacristán y Bárabara Lennie;  Mañana empieza todo (Hugo Gélin, 2016) con Omar Sy y Gloria Colston;  Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019) con Aras Bulut Lynemli y Nisa Sofiya Aksongur; o De padres a hijas (Gabriele Muccino, 2020) con Russell Crowe y Amanda Seyfried. Curiosamente, en varias de estas películas la especial relación del padre y su hija se fundamenta en los problemas de salud mental del progenitor. 

Porque en muchas ocasiones las princesas tienen a su alrededor unicornios imposibles. Y la vida de muchas hijas no es un cuento de hadas.

 

sábado, 20 de agosto de 2022

Cine y Pediatría (658) “Cerca de ti” en el aire, en el sol, en la lluvia

 

El reto de la crianza de los hijos por parte de un padre solo, separado o viudo, ya ha sido tratado en Cine y Pediatría desde diversas ópticas. Todos recordamos ese padre (y ciudadano) modelo que fue Atticus Finch (para mayor gloria interpretativa de Gregory Peck) en Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962). Y desde Cine y Pediatría hemos ido desgranando otros padres coraje en películas de distintas nacionalidades: desde Estados Unidos, Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001) con Sean Penn y su hija Dakota Fanning, En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006) con Will Smith y su hijo (también en la vida real) Jaden Smith, El niño de Marte (Menno Meyjes, 2007) con John Cusack, y su especial hijo adoptado, Bobby Coleman, Ser padre (Paul Weitz, 2021) con Kevin Hart y su hija Melody Hurt; desde Italia, Líbero (Kim Rossi Stuart, 2006) con Kim Rossi Stuart y sus hijos Alessandro Morace y Marta Nobili; desde Australia, Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007) con Eric Banna y su hijo Kodi Smit-McPhee; desde España, Ismael (Marcelo Pyñeiro, 2013) con Mario Casas y su hijo Larsson do Amaral; desde Francia, Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016) con Omar Sy y su hija Gloria Coslton; o desde Turquía, Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019) con Aras Bulut Iynemli y su hija Nisa Sofiya Aksongur. Todas ellas nos recuerdan que una madre es muy importante para los hijos en su crianza. Pero esa importancia es especialmente patente cuando el padre tiene que conseguir solo esa función.         

Y hoy llega una película del Reino Unido dirigida por un italiano y que transcurre en Irlanda del Norte: Cerca de ti (Uberto Pasolini, 2020). Y nos narra una historia que es una lección de vida que debe prescribirse para extasiarnos con la trascendencia del amor y con el valor de ese cine que nos embriaga en su simplicidad. Una película que se alzó con el Premio del Público en la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) y que ahonda, de forma sencilla y emotiva, en la relación entre un padre y un hijo. Uberto Pasolini se inspiró en una historia real en la que un padre se pasó los últimos meses de su vida buscando una familia para su hijo pequeño. Y con esta mimbres, ese director ocasional, que de joven fue banquero, pero que pronto se pasó a la producción cinematográfica con un taquillazo como Full Monty (Peter Cattaneo (1997), nos sorprende con una pequeña gran película, en la que delicadeza y mesura se fusionan con un argumento emotivo. Ya en su anterior película, Nunca es demasiado tarde (2013), marcó el camino a estas premisas de su cine. Comentar que el apellido de este director no tiene vinculación familiar con el de Pier Paolo Pasolini, pero sí es sobrino de Luchino Visconti.

Cerca de ti nos habla sobre la sencilla vida de John (James Norton), un joven de 34 años que se gana la vida como limpiador de cristales en Belfast, y su hijo de 4 años, Michael (Daniel Lamont). Una relación paterno-filial basada en un amor puro e incondicional dentro de la dificultad, con una complicidad que apreciamos en cada momento de esos rituales del día: en el desayuno, al acompañarle al colegio, paseando y comiendo helados, de compra en el supermercado, en la ducha cuando le quita los piojos, cuando leen un libro, cuando rezan al acostarse,…o cuando ponen las velas en la tarta de cumpleaños (y el detalle de esa vela de más que le entrega el hijo a su padre). Vamos descubriendo que viven solos porque la madre les abandonó al nacer Michael y también que una enfermedad (no definida) del John le pone una meta de unos pocos meses de vida por delante. Dos hechos esenciales que son dibujados tenuemente, para centrarse en los esfuerzos de este padre por encontrar a una familia capaz de criar, educar y amar a Michael como él hace, antes de que sea demasiado tarde. 

Entonces recurre a una agencia de adopción y, desde allí, una angelical Shanon (Eileen O´Higgins), acompaña a John y Michael a conocer a posibles familias candidatas para esa complicada misión. Familias muy diversas, familias sin hijos, con hijos de acogida, con hijos naturales y adoptados, algunas familias normales y otras extrañas. John les explica: “Es un niño muy callado, pero hace caso siempre y se porta muy bien. Es muy popular en la escuela. Siempre me dicen que es un niño fantástico. Es cariñoso, bueno… Es un niño muy feliz. Yo solo quiero que tenga una familia normal, dos padres, una bonita casa familiar, todo lo que yo no tuve siendo niño. Solo quiero que pueda hacer lo que yo no pude, que nunca pude imaginar”. Porque también descubrimos sin subrayados que la infancia del padre no fue fácil. 

Es una película que logra tratar con sutileza la crudeza del argumento. Y ello con diálogos muy interesantes, pero con silencios que la hacen aún más potente. Una de las familias le llega a preguntar a John: “¿Qué quiere que sepa su hijo?, ¿cómo le gustaría que le recordara?”. Pero especialmente emotivas son las palabras de Shanon: “Hay que decidirse. Ya no nos queda tiempo”. Y todo ello alrededor de escenas simples del día a día que resultan conmovedoras en su simplicidad. 

Ante tantas visitas a familias, el pequeño Michael llega a pregunta al padre: “¿Qué es adoptar?” Y tras la explicación, su respuesta es clara: “Yo no quiero “adoptar” ”. Es así como John se va preparando para lo inevitable a medida que nota su deterioro. Esta es la parte más dominada por los sentimientos, pues es difícil no ponerse en su lugar. Y esa lectura con su hijo del libro “Cuando mueren los dinosaurios. Guía para comprender la muerte”; y la explicación del padre: “Como el escarabajo que dejó su cuerpo y ahora vuela en el bosque, un día, pronto, papá dejará su cuerpo. Pero siempre estaré cerca de ti, en el en aire… No me verás, pero podrás hablar conmigo y yo te escucharé. Siempre estaré contigo en el aire que te rodea, y en el sol que te da calor, y en la lluvia que te moja”

Y prepara la caja de recuerdos con mimo, con distintas cartas en sobres para abrir en distintos momentos de la futura vida de Michael. Porque aquí resuenan los consejos previos de Shanon: “Llegará un momento en que piense en ti todos los días. Necesitará algo con lo que empezar, algo físico y real en lo que aferrarse e ir construyendo”. Y nos desemboca a un final arrollador y necesario. Una película para ver y sentir, que nos puede dejar huella. La misma que ya nos ha dejado esa relación tan especial de padre e hijo, de John y Michael, un dúo protagonista que emociona con esa espectacular interpretación de James Norton y, sobre todo, del pequeño Daniel Lamont. Capaces de expresar tanto con tan poco. La mirada final del niño ya es inolvidable… y está cerca de nuestro corazón.

 

sábado, 18 de septiembre de 2021

Cine y Pediatría (610) “Ser padre”, una dramedia sobre la paternidad a solas

 

En el año 2014 un director tan especial como el estadounidense Richard Linklater nos regaló la película Boyhood, un canto al poder de la infancia y al poder de lo cotidiano, y que fue todo un experimento cinematográfico grabado durante 12 años (la producción más larga en la historia del cine).  Ese mismo año 2014 una directora tan especial como la francesa Céline Sciamma nos regaló Girlhood, la obra que cierra la trilogía de películas que hablan de la identidad sexual, de la importancia del género en la construcción de uno mismo, de los sentimientos de ambigüedad entre adolescentes y del trastorno que conlleva el hecho de sentirse diferente. Y este 2021, siguiendo la estela de estos títulos, con el apoyo y sello de Netflix (con lo bueno y menos bueno que eso entraña), llega Fatherhood, que en nuestro país se ha traducido como Ser padre. En este caso bajo la dirección de Paul Weitz, un director más particular que especial, y que comenzó su trayectoria como director y guionista junto con su hermano Chris Weitz, con películas como American Pie (1999), De vuelta a la Tierra (2001) o Un niño grande (2002). Precisamente en esta última ya trata el tema de la paternidad, como nuestra película de hoy. 

Ser padre se basa en el libro “Two Kisses for Maddy: A Memoir of Loss and Love”, escrito en el año 2011 por Matthew Logelin, y que cuenta su propia historia de criar solo a su hija Maddy tras la muerte su esposa Liz, fallecida al día siguiente de la realización de la cesárea como consecuencia de un tromboembolismo pulmonar, una de las complicaciones más graves asociadas con el embarazo y el parto, y una de las principales causas de muerte materna en los países desarrollados. Esta devastadora tragedia de la vida real es la trama de la nueva película de Paul Weitz, que se implica como director, guionista y productor. 

La película sigue a Matthew (Kevin Hart, un actor negro más vinculado con la comedia que con el drama, pero que se vinculó también como productor), quien lidia con el dolor mientras intenta criar a su hija recién nacida y honrar el legado de la mujer que perdió demasiado pronto. Aunque es un padre viudo, se da cuenta de que tiene una comunidad de amigos y familiares para ayudar a moldear la vida de su hija Maddy, y debe aprender a apoyarse en ellos, especialmente a medida que ella crece. Ser padre describe el viaje de Matt como padre joven en términos conmovedores y desgarradores. Porque su historia real se capturó por primera vez en su blog, donde compartió actualizaciones sobre cómo navegar por la pérdida de su esposa en medio del caos de cuidar a un recién nacido. Un blog que se convirtió en un salvavidas para muchos padres que experimentaban luchas similares, y de ahí surgió la novela. 

La película comienza mezclando escenas de un entierro y los preparativos, días antes, de la cesárea para el nacimiento del primer hijo de la pareja. Y los momentos de felicidad por la buena nueva se truncan a las 24 hs, con una repentina disnea y posterior pérdida de conocimiento al intentar Liz levantarse de la cama. Y las palabras de dolor de Matt al equipo médico: “No me digan que mi mujer ha muerto”. Y la salida del hospital con su hija en brazos y con el dolor de hacerlo sin su esposa, como un viudo que tiene que enfrentarse a la crianza. 

Una crianza en la que ni él ni los que le rodean confían en que sea posible, por los comentarios que surgen en los familiares: “No sé cómo se las va a apañar”, “La crianza es un no parar. Todo el día y toda la noche”. Pero no acepta la alternativa de que Maddy sea cuidada por las abuelas y que eso suponga trasladarse a otra ciudad a vivir. Por lo que Matt da el paso de salir adelante solo, mientras escucha palabras de apoyo llenas de buena intención, pero claramente equivocadas e innecesarias. Y se enfrenta a la pregunta más habitual: “¿Y la madre?”

Un argumento así, otras veces visto, corre el riego de enfrentarse a tópicos, pero son los tópicos de toda crianza. Como el acudir a un grupo de apoyos de madre (aunque él es un padre) donde le orientan sobre el significado del cólico del lactante y el valor de aplicar para ello el “ruido blanco” (que le funciona) y el piel con piel. Como la visita a la pediatra y esas positivas palabras de ánimo que recibe. Como el apoyo de canguros. Como su bautizo, su entrada al colegio, sus primeros accidentes. Porque Maddy va creciendo y Matt mantiene vivo el recuerdo de su madre con esa frase tan habitual en sus vidas: “Dos besos. Uno por mamá y otro por mi”

Matt finalmente tendrá que ir tomando decisiones por el bien de su hija, dejando el lastre de culpa y responsabilidad por la muerte de su esposa. E, incluso, superar que su posible nueva pareja se llame Liz también. Porque es la propia Maddy la que cuestiona a su padre: "¿Por qué cuando pasa algo bueno nos lo quitan?”. Y esta tragedia real (como la vida misma) finaliza de forma simpática y esperanzadora. Por ello la tragedia se transforma en dramedia. Y se agradece. 

Por ello, Ser padre es una dramedia sobre la paternidad a solas, una historia de amor y superación. Y que se suma a otras películas que nos han aproximado al reto de la crianza de los hijos por parte de un padre solo, separado o viudo. Ya lo vimos en la mítica Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) y la especial figura de Atticus Finch, un honesto abogado viudo con dos hijos pequeños (Scout y Jem) que vive en una pequeña ciudad del estado de Alabama en la década de 1930 en una película llena de valores. Y a partir de ahí se han ido sumando películas, todas ellas ya presentes en Cine y Pediatría, y desde distintas nacionalidades: desde Estados Unidos, Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001),  En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006), o  El niño de Marte (Menno Meyjes, 2007);  desde Italia, Líbero (Kim Rossi Stuart, 2006);  desde Australia, Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007);  desde España, Ismael (Marcelo Pyñeiro, 2013);  desde Francia, Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016);  o desde Turquía, Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019). Todas ellas nos recuerdan que una madre es muy importante para los hijos en su crianza. Pero esa importancia es especialmente patente cuando el padre tiene que conseguir solo esa función.

 

sábado, 13 de marzo de 2021

Cine y Pediatría (583). “Las niñas” musitan confundidos secretos

 

Y justo en el año que todo parecía más difícil para el cine, acabamos de disfrutar de la 35 Gala de los Goya que para muchos pasará como una de las de más grato recuerdo: en el escenario, entregando los premios, directores, actores y actrices consagrados; en la distancia, recibiendo el premio virtual, directores, actores y actrices por descubrir. Y con un protagonismo esencial de las mujeres - magnífico en una gala que tuvo lugar dos días antes del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer - desde las directoras de las dos películas más premiadas (Las niñas y Akelarre) hasta ese hito de la boliviana Daniela Cajías en ser la primera mujer en conseguir el Goya a Mejor fotografía, sin olvidar el Premio de Honor de Ángela Molina o la música en directo de cuatro mujeres en el escenario (Nathy Peluso, Vanesa Martin, Aitana y Diana Navarro). Pero sin duda, el gran triunfador fue Antonio Banderas (y su ya inseparable colaboradora María Casado), pues ellos fueron los directores, guionistas y presentadores de esta gala repleta de sobriedad, elegancia y agilidad, y donde nuestro malagueño internacional fue nuestro embajador en el séptimo arte por el mundo, especialmente abriendo la puerta a decenas de consagradas estrellas de Hollywood y otras filmografías para desear lo mejor al cine español. En conclusión, una gala meditada y respetuosa a la altura de un año complicado por la pandemia que todo lo paró. Pero que no logró parar el buen cine en español. 

El premio más codiciado de todo festival de cine es el de Mejor película, también en los Premios Goya. Un galardón que ha viajado en su primera edición de El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán Gómez, 1986) a la última, con Las niñas (Pilar Palomero, 2020). En este recorrido las películas que han obtenido mayor número de premios Goya son: Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004) con 14 estatuillas (de 15 candidaturas), ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990) con 13 estatuillas (de 15 candidaturas), Blancanieves (Pablo Berger, 2012) con 10 estatuillas (de 18 candidaturas) y La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), con 10 estatuillas (de 17 candidaturas). Y los directores que más veces han obtenido el premio Goya a la Mejor película son Pedro Almodóvar (con 4 galardones) y Alejandro Amenábar (con 3 galardones). 

Y algunas de estas películas galardonadas con este premio de Mejor película del cine español forman parte ya de la familia de Cine y Pediatría: El Bola (Achero Mañas 2000),  Los otros (Alejandro Amenábar, 2001),  Camino (Javier Fesser, 2008)  Pan negro (Agustí Villaronga, 2010),  Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013),  La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014).  Y también hemos incluid ya otras películas que consiguieron el premio a Mejor director novel: Alas de mariposa (Juan Bajo Ulloa, 1991),  Familia (Fernando León de Aranoa, 1997),  Eva (Kike Maillo, 2011),  A cambio de nada (Daniel Guzmán, 2011),  Verano 1993 (Carla Simón, 2017) y  Carmen y Lola (Arantxa Etxebarría, 2018). 

Y hoy todos estos recuerdos se conjugan, porque nos reúne una obra que ha conseguido ser la Mejor película y la Mejor dirección novel, sin duda la gran triunfadora de los últimos Premios de la Academia: Las niñas (Pilar Palomero, 2020). Esta película obtuvo 9 nominaciones, de los que consiguió cuatro premios: los dos referidos, y también el de Mejor guión original y Mejor dirección de fotografía, para la antes referida Daniela Cajías. De nuevo, y ya van cuatro años seguidos, la mejor dirección novel se declina en femenino, como lo fueron en los años previos con La hija de un ladrón (Belén Funes, 2019), Carmen y Lola (Arantxa Etxebarría, 2018) y Verano 1993 (Carla Simón, 2017). Cuatro películas tan frescas como necesarias, que nos dan confianza en la vitalidad del cine de España, ya rompiendo el techo de cristal. 

Las niñas nos traslada al año 1992 en la ciudad de Zaragoza (lugar de nacimiento de la directora), aquel mítico año en el que España quiso enseñarle al mundo su madurez y su cosmopolitismo con la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. Y al ver esta película con tintes semiautobiográficos tenemos la sensación de que estos 30 años que han pasado desde entonces parecen mucho más lejanos que lo que quizás queríamos recordar. Y allí conocemos a Celia (Andrea Fandos), una niña de 11 años introvertida, alumna de colegio escolapio de monjas e hija de una madre joven (Natalia de Molina, esta actriz que ya nos sorprendió en Vivir es fácil con los ojos cerrados – David Trueba, 2013 – y Techo y comida – Juan Miguel del Castillo, 2015 -) que apenas está en casa, porque una madre viuda debe trabajar el doble para sacar a su familia adelante.   

El mundo preadolescente de Clara tiene al colegio como epicentro, con su uniforme casi perenne, entre sus profesoras (esas monjas que enseñan matemáticas o costura, esa maestra de gimnasia con obesidad que no se mueve) y sus compañeras (Cristina, Clara, o Brisa, recién llegada de Barcelona), conviviendo con una educación aún a la antigua usanza con la efervescencia de una capital de provincia de donde surgieron grupos como Héroes del Silencio o Niños del Brasil. Y entre sus canciones, de “Héroes de leyenda” a “Viernes”, pasando por “Apuesta por el rock & roll” y por el “Because the Night” de Patti Smith Group, estas niñas experimentan las primeras caladas y sus primeros tragos de alcohol con las alumnas mayores del colegio, comienzan a pintarse los labios o a utilizar tops, ojean el Interviu e intentan descubrir el uso de un condón mientras se debaten sobre cuestiones más trascendentales, con pocas respuestas. Así, cuando Clara le pregunta a su madre: “¿Cómo se sabe que existe Dios”, ella le responde: “Porque sí”

Y en el colegio vale la pena destacar la escena de la revisión escolar (con especial dedicación a la columna vertebral, aunque sin test de Adams), o la fila de todas las niñas acudiendo al confesionario, o esas tardes viendo películas religiosas, con ese icono que fue (y sigue siendo) Marcelino, pan y vino. O esta redacción que declama una monja maestra: “Tema 6. La sexualidad al servicio del amor. La sexualidad forma parte del plan de Dios. El encuentro entre el hombre y la mujer se realiza de forma plena en el matrimonio. Dios dijo, no es bueno que el hombre esté solo. Y entonces crea a la mujer”. Y con ese panorama llega el momento que Clara deje atrás su caja de muñecas para adentrarse en ese mundo de la adolescencia, y lo hace demasiado sola, con la única compañía de una madre absorbida por las obligaciones del trabajo que necesita para salir adelante.  

Y en ese entorno, y entre lo que las compañeras dicen y lo que ella descubre en el Libro de familia, intenta descubrir una verdad que su madre siempre le ha ocultado. Y por ello, Clara le dice enfadada: “Eres una mentirosa”. Y en la iglesia le pregunta al confesor: “Padre, ¿por qué es pecado tener hijos sin estar casada?”

Y todo esto lo cuenta Pilar Palomero con destreza y novedad, con la humildad de lo sencillo, sin artificios: desde la elección de un formato de imagen 4/3 tan poco habitual, pero que sirve como nexo con los códigos de entonces, al uso de un sonido tenue, con conversaciones que se musitan (y que cuesta seguir en ocasiones). Una película que emociona en la simplicidad para mostrarnos a toda esa generación de las hijas de EGB. Una pequeña joya que dará mucho que hablar – y más tras los éxitos conseguidos - entre los futuros nuevos realizadores que verán en Las niñas un referente a seguir, como ya lo vimos con la frescura de Verano 1993 o Carmen y Lola. Y baste ese final, con nuestra Celia musitando esa canción del coro que no le dejaban cantar. Un final catártico que cierra el círculo de forma inteligente, con nuestra protagonista encontrando al fin su voz.…y su mirada, una mirada que recordamos hace años con Ana Torrent.

 

sábado, 29 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (555). “Milagro en la celda 7”, el milagro de la paternidad con discapacidad

 


Hay filmografías que llegan de forma excepcional a la cartelera de cine de España, y una de ellas es Turquía. Probablemente recuerdo en mi juventud la película Yol/El camino (Yilmaz Güney, Serif Gören, 1982). Y cierto renombre, por ganar el Oso de Oro en Berlín, de la película Honey (Semih Kaplanoğlu, 2010), la tercera y última entrega de la Trilogía de Yusuf, que incluye las películas Egg y Milk. Y en Cine y Pediatría hemos hablado de una buena película, Mustang, ese grito de libertad de cinco hermanas turcas, en un drama del año 2015 de coproducción internacional, pero que se presentaba por Francia, dirigida por la directora de origen turco y nacionalizada francés, Deniz Gamze Ergüven.   Poco más que pueda recordar. 

Y es gracias a Netflix que llega la película turca Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019), una nueva adaptación de la película original homónima coreana dirigida por Lee Hwan-kyung en el año 2013 que inspiró otros remakes como la india Pushpaka Vimana (S. Ravindranath, 2017), la filipina Miracle in the Cell No. 7 (Nuel Crisostomo Naval, 2017) y la recién estrenada versión indonesa Miracle in the Cell No. 7 (Hanung Bramantyo, 2020). En ellas cambia el lugar de los acontecimientos y algunos detalles, pero en esencia todas versan sobre un hombre con problemas mentales que tiene un coeficiente de inteligencia de un niño de 6 años de edad, que es casualmente la edad que tiene su hija. Padre e hija llevan una vida feliz, pero todo cambia cuando el padre es falsamente acusado y condenado por el asesinato de una menor de edad, hija de un comisario de policía. Entonces el padre es encarcelado (en la celda número 7) y la hija es enviada a una institución de menores. Inevitable no ver en esta historia una relación importante con la película Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), aquella preciosa lucha de Sam (Sean Penn), afecto de retraso mental leve y algunos comportamientos autistas, por recuperar la custodia de su hija Lucy (Dakotta Fanning) con la ayuda de una abogada (Michelle Pfeiffer) y con la música de The Beatles como leitmotiv. 

En esta versión turca, se nos narra la historia de Memo (Aras Bulut Lynemli, uno de los actores jóvenes más talentosos y reconocidos de Turquía), un pastor que tiene un trastorno mental cognitivo no identificado, y su maravillosa hija Ova (Nisa Sofiya Aksongur), cuya madre falleció en su alumbramiento. Ambos viven en la casa de la abuela paterna (Celile Toyon Uysal), a quien su nieta le dice: “Mi padre no es como los otros padres. Tiene la misma edad que yo”. Pero esta abuela, tan esencial como todas las abuelas, apoya incondicionalmente a su hijo: “No te sientas insignificante… Tienes un corazón precioso”. 

A pesar de su hándicap, Memo hace todo lo que un padre haría para ver feliz a su hija. Pese a su discapacidad pone toda la capacidad y amor posible en su hija, incluso comprarle esa mochila de Heidi que Ova admiraba en un escaparate. Pero otra niña, llamada Seda, la hija del comandante, la compra primero. Por el azar, esa misma niña es la que corre hacia un acantilado y se asoma al borde, a pesar de las advertencias de Memo. Entonces ocurre la tragedia y Memo es culpado de la muerte de la niña y obligado a firmar una confesión, por lo que entra en prisión, en la celda número 7, donde todos (soldados y presos) le someten a diversos maltratos por creer que es un asesino de niños. 

Pero cuando es llevado por la policía, Memo le grita a Ova que “el gigante de un ojo lo vio” y la niña intenta por todos los medios conseguir el testigo que ayude a salir de la cárcel a su padre. Y esta hija le pregunta a su abuela: “¿Cuántos días faltan para que vuelva papá?”. Una pregunta que adquiere más sentido cuando se queda sola al fallecer la abuela y convertirse en un ángel (pues para Ova todos los que se mueren se convierten en ángeles, como lo hizo su madre). 

Una película llena de emoción durante su más de dos horas de metraje, especialmente todo lo que ocurre en esa celda número 7. La transformación de los compañeros de celda, quienes pasan de odiarle a compadecerle, para luego quererle con su forma de ser y sus problemas mentales. Y a medida que su sentencia a muerte está más cercana, ocurre el milagro que todos esperan y por el que han luchado. Una sucesión de acontecimientos que conviene no revelar. Y donde todavía resuenan la voz en off de su abuela, ya ángel: “Te diré dos cosas, Ova. La primera es sobre la verdad. ¿Sabes esos pájaros tras los que corre tu padre? No vuelan al cielo. Vienen en verano y se van en invierno. La segunda es sobre tu padre, Ova. Digan lo que digan, ordenen lo que ordenen, impongan el castigo que impongan, tu padre es un buen hombre. Recuérdalo. Tu padre es un buen hombre”. 

Y ese despliegue de humanidad de Milagro en la celda 7 se refuerza con una sólida factura visual y musical –realista, pero con destellos de fábula–, y sostiene una profunda reflexión sobre la paternidad, la justicia, la culpa y el perdón. Y al final tiene lugar un flashfoward, donde Ova reaparece crecida con un vestido de novia para su boda con el segundo amor de su vida. El primero siempre será el pastor, su padre. “Lingo, lingo”

Y esta película nos dirige al debate de la paternidad-maternidad de las personas con discapacidad intelectual, lo que no podemos ignorar que nos remite a un derecho, reconocido específicamente por la ONU. Y cuya reflexión enraíza en una asunción: a) que se pretende, a la vez, empática y lúcida; b) que pone en interconexión lo que implica este derecho con las demandas de otros derechos en juego, especialmente los de los futuros hijos –de acuerdo con el principio de interdependencia de derechos-; c) que resalta decididamente los apoyos y los acompañamientos que, asentados en la justicia y la solidaridad, corresponde ofrecer a la sociedad en general y a las instituciones públicas en particular cuando se plantea el ejercicio, o incluso la inhibición, de este derecho; d) que considera el disfrute de este derecho, por parte de las personas con discapacidad intelectual, en el marco general de su disfrute por parte del conjunto de la población. 

Y quizás la conclusión a la que se llega es que habrá personas con tales circunstancias de discapacidad intelectual que, contando con apoyos adecuados razonables, tienen suficiente competencia para ejercer el derecho a la paternidad, para ser excelentes padres y madres; mientras que habrá otras circunstancias en las que es desaconsejable que se aboque al ejercicio de la paternidad-maternidad, no sólo pensando en el bien del futuro niño y el disfrute de sus derechos, sino en el bien de la propia persona con discapacidad. Una conclusión como ésta pide discernimientos y procesos que, a su vez, reclaman acompañamientos adecuados y firmemente personalizados. 

El debate está abierto para combinar todos los elementos siguientes: discapacidad, paternidad-maternidad, amor, apoyo, comprensión, seguridad y derechos. Algo así como un milagro que debemos promover… y más allá de la celda número 7. 

sábado, 8 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (552). “Magnolia” nos deja el aroma de las secuelas por una paternidad con malos tratos



Se denomina como película coral (en referencia a la música del coro) a ese tipo de cine en el que se presentan varias historias y personajes cuya conexión tiene lugar en el clímax de la obra. Y podemos recordar varias películas que entrarían en este subgénero: Plácido (Luis García Berlanga, 1961), Caídos del cielo (Francisco J. Lombardi, 1990), Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997), Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Kátia Lund, 2002),  Crash (Paul Haggis, 2005), Los tres entierros de Melquiades Estrada (Tommy Lee Jones, 2005), Truco o trato: Terror en Halloween (Michael Dougherty, 2007). Ahora bien, en este capítulo tiene un lugar destacado “la trilogía de la muerte” de Alejandro González Iñárritu, con Amores perros (1999), 21 gramos (2003) y Babel (2005). Pero parece que hay cierta unanimidad en que fue la película Short Cuts: Vidas cruzadas (1993) una de las más importantes en este género y que creó escuela cuando el (quizás sobrevalorado) Robert Altman nos dejó esta obra en la que enlaza la acción de 22 personajes, en paralelo o con encuentros casuales. 

Pero a Robert Altman le salió un digno sucesor que superó al maestro y cuya figura cabe destacar: la del guionista, director y productor californiano, Paul Thomas Anderson. Considerado un niño prodigio, con menos de 30 años nos dejó dos obras del calado de la excelente comedia dramática ambientada en el mundo del cine pornográfico de los 70, Boogie Nights (1997), y tan solo dos años después, la obra maestra dentro de las películas corales que hoy nos convoca: Magnolia

Es Magnolia una película especial y por varios motivos: por su inusual formato de 188 minutos, pero que gracias a su gran ritmo y mejor guión, es capaz de domar el tiempo; por su estructura en tres partes, como toda obra teatral, para hablarnos del azar, con su breve y llamativa introducción, su largo nudo y su especial desenlace, con uno de los finales más rompedores de la historia del cine; y por la fusión de música y cine, de forma que algunas canciones se convierten en un protagonista más, de la mano especial de esta cantante de Virgina por reivindicar llamada Aimee Mann, quien acapara la BSO (salvo alguna canción de Supertramp y algún otro autor). Porque Magnolia es para algunos entendidos una de las más bellas, profundas, enigmáticas, singulares y poderosas películas norteamericanas en muchas décadas. 

Como un buen genio y un buen artesano del séptimo arte, Paul Thomas Anderson entrelaza nueve historias para conformar un film coral en el que todo encaja a la perfección. Con una intensa puesta en escena y una serie de ingeniosos recursos narrativos, Anderson reflexiona durante casi tres horas sobre el carácter azaroso de la paternidad, sobre el daño de una paternidad mal entendida y los malos tratos que se pueden producir, sobre cómo establecemos raíces sobre sucesos producto de la casualidad y la contingencia inherente a la existencia. Y como el perdón se conforma y confirma como una salida redentora. Y todo ello a través de su introducción, nudo y desenlace. 

Introducción (o prólogo). Deslumbrante, breve y desconcertante. Tres historias sobre el azar y la casualidad, tres historias reales protagonizadas por la fatalidad y los caprichos del destino. Nada tiene que ver con el resto de la película, pero esta metaficción no es una referencia gratuita en esta descomunal y obscena demostración de cine a la que nos enfrentaremos. A modo de cierre del prólogo, la voz del narrador concluye: “Esto no fue solo una cuestión de azar. No. Estas cosas extrañas suceden a todas horas”. 

Nudo. Contundente y eficaz presentación de los nueve personajes principales (y alguno más), de diversos extractos sociales y niveles culturales, que viven, trabajan o sobreviven en la ciudad de Los Ángeles, allí donde construye este monumental fresco sobre el perdón y la superación de los traumas de la infancia o desde la infancia. Y lo hace con un reparto vertiginoso e interpretaciones magníficas, donde el director saca lo mejor de cada uno de ellos, algunos ya sus actores fetiche. 

Frank T.J. Mackey (Tom Cruise, en un papel como pocos en su carrera) interpreta a un joven charlatán machista que transmite su fama y éxito por conferencias y programas televisivos. Earl Partridge (Jason Robards), un anciano encamado en los últimos momentos de enfermedad, y quien está al cuidado de su enfermero Phil Parma (Philip Seymour Hoffman), mientras su pareja Linda Partridge (Julianne Moore) sale a conseguir medicamentos para combatir su angustia por no haberle sido fiel en vida a su anciano marido. Jimmy Gator (Philip Baker Hall), un presentador de un programa televisivo que acarrea problemas de salud y dificultades dentro de su familia, especialmente con su hija deprimida y ya drogadicta, Claudia Wilson Gator (Melora Walters). Jim Kurring (John C. Reilly), el oficial de policía en busca del amor y de ser mejor persona. Donnie Smith (William H. Macy), un ex niño prodigio y que ahora es un fracasado don nadie en banca rota y enamorado en secreto de otro hombre. Y, por último, Stanley Spector (Jeremy Blackman), el niño prodigio que su padre utiliza para los concursos de televisión. 

Y las vidas de estos personajes se cruzan y entremezclan, con un punto en común: el perdón por una paternidad que ha dejado en sus hijos el aroma de las secuelas que conllevan los diferentes tipos de malos tratos. Earl Partridge busca el perdón de su hijo Frank T.J. Mackey, a quien abandonó en su infancia y le sometió a hacerse cargo de su madre enferma. Jimmy Gator busca el perdón de una hija Claudia Wilson Gatos, temerosa y despechada por supuestos abusos de su padre en la infancia. Donnie Smith reconoce que sus padres le utilizaron y se quedaron con todo el dinero que ganó cuando era un niño prodigio. Y algo parecido le ocurre ahora a Stanley Spector, quien llega a decir a su padre: “Papá, debes portarte bien conmigo”. Y la película llega al final para volver al principio con esta reflexión: “Dejamos el pasado atrás, pero el pasado no nos deja”. Porque todos ellos viven sumidos en una pequeña tragedia personal, pues, ya sea por un excesivamente infausto o excesivamente brillante pasado, viven un presente desolador. 

Desenlace. Con una película de esta magnitud, es posible que Anderson se crea Dios. Y de ahí la catarsis anfibia y bíblica con la que concluye la película, ese final que nos desconcierta a todos. La lluvia de ranas guarda una estrecha relación con la Biblia, pues en el Éxodo 8.2 se dice “Así lo hizo Aaron, y salieron tantas ranas que cubrieron todo el país de Egipto”. Sin embargo, la intención del director no era en ningún momento la de darle este significado, pues él mismo reconoció desconocer ese pasaje del texto, pero una vez que fue consciente de ello supo sacarle partido. Porque el número 82 está sutilmente insertado en varios momentos del film: en un avión de extinción de incendios, un reloj que indica las 8:20, o, la más relacionada con este hecho, la predicción meteorológica que indica un 82% de probabilidades de lluvia. De nuevo el azar parece que no es tal. Porque aunque Magnolia parezca un film sobre el azar y sus circunstancias, no lo es: Anderson, como Voltaire, piensa que el azar es una palabra vacía de sentido, porque nada puede existir sin causa. Ninguno de los personajes eligió tener una vida tan desdichada, y, sin embargo, se ha visto envuelto en una situación tan calamitosa que parece no encontrar salida. Y de pronto, miles de ranas cayendo del cielo sirven de punto final para todas estas historias a la vez. 

A cada flor se le suele atribuir un significado especial. Incluso diferentes culturas tienen diferentes significados de flores a una flor específica. Algo así ocurre con la flor de la magnolia, que crece en árboles de hoja perenne y hasta de hoja caduca. Las magnolias producen diferentes flores de color dependiendo de la variedad y estas flores no tienen pétalos o sépalos como otras flores, tienen tépalos. Las flores están disponibles en una variedad de colores y cada color conduce a un significado diferente: las flores blancas indican pureza y perfección, las rosas significan juventud e inocencia, las verdes tienen el mismo significado de la alegría y también salud y suerte, las púrpura ayudan en la consecución de los deseos de suerte y salud. La magnolia, incluso, es la flor oficial del estado de Misisipi y Luisiana, y el primero se ha ganado el apodo de “Estado Magnolia ‘debido a las abundantes floraciones de esta flor. Básicamente, la flor de magnolia se asocia con la belleza y la perseverancia, con la nobleza y la dignidad. Posiblemente la belleza, perseverancia, nobleza y dignidad que buscan los nueve protagonistas de la película Magnolia. 

Y tres temas claves de Aimée Mann nos llenan y rellenan de sentido con este tercer personaje invisible - y, como aquí, a veces tan visible -, llamado música: el “One” arrancando a toda potencia, con el primer momento magistral de la película, como es la presentación de todos y cada uno de los personajes principales; superado la mitad de metraje su tema principal, “Wise Up” donde cada uno de nuestros ya conocidos protagonistas susurran la canción y se dan la orden de espabilarse ante los acontecimientos de su vida; y al final, “Save Me”, con un título premonitorio que nos aboca a los títulos de crédito, porque todos debemos salvarnos de nuestro pasado si no lo hemos cuidado. 

Porque si los padres no cuidan la infancia de sus hijos, la flor de la magnolia, la flor de su vida, se marchitará en el futuro.


sábado, 6 de julio de 2019

Cine y Pediatría (495). “Los días que vendrán”… tras nueve meses de embarazo


Carlos Marques-Marcet es un joven director barcelonés que con sus tres primeras películas establece un círculo alrededor las complejidades en las relaciones de pareja y cómo influye en ellas el deseo de tener un hijo. Todo comenzó en 2014 con la película 10.000 Km, continuó en 2017 con Tierra firme y este año 2019 acaba de estrenar Los días que vendrán. Por la primera recibió la Biznaga de Oro del Festival de Málaga y el Goya al mejor director novel y por la última ha vuelto a recoger dicha Biznaga de Oro a mejor película así como la Biznaga de Plata a mejor actriz. Y con ello firma una trilogía accidental (no planificada) en tres contextos sociales diferentes y donde nos hace partícipe de esa implicación emocional con los personajes que nos demanda entender sus actitudes y decisiones. Y para ello es fiel a sus actores, omnipresente David Verdaguer en las tres películas, Natalia Tena en las dos primeras y María Rodríguez Soto en la última y que hoy nos convoca. 

De todas ellas la crítica sitúa a Los días que vendrán como su trabajo más redondo, quizás porque va un paso más allá en cuanto al realismo y la naturalidad de una historia que traspasa la pantalla e impacta en el lado más emocional del espectador. Porque los actores David Verdaguer (en el papel de Lluis) y María Rodríguez Soto (en el papel de Vir) llevan a la gran pantalla una situación real (como es su relación de pareja y el embarazo) para logran dar vida unos pareja de treintañeros y a unas situación ficticias interpretadas con una naturalidad abrumadora. Porque en realidad ellos están viviendo en su vida la situación que se cuenta en la película, y es tan íntimo lo que se cuenta (y se ve) que en diversas escenas nos sentimos incómodos como espectadores, con la sensación de estar invadiendo la intimidad de una pareja. 

Porque para dar la mayor naturalidad a la narración, David Verdaguer y María Rodríguez Soto se tuvieron que mudar durante el embarazo de su hija a un piso contiguo, pues el suyo se convirtió en el escenario de una película durante 50 semanas, las que dedicó Carlos Marques-Marcet a grabar y seguir la gestación. Y para mostrarnos las tribulaciones de Lluís y Vir cuando se enfrentan al vértigo de la paternidad y la maternidad, sobre todo en este tiempo de jóvenes millenial, entendiendo como tal a esa generación Y - cohorte demográfica que sigue a la generación X y precede a la generación Z – que nacieron entre la década de 1980 y principios del año 2000, generación que ha estado generalmente marcada por un mayor uso y familiaridad con las comunicaciones, los medios de comunicación y las tecnologías digitales. 

Y todo comienza con esta pareja esperando algo y una pregunta: “¿Crees que ya está?”. Risas al mirar el resultado positivo del test, luego un abrazo y caras de preocupación, luego el llanto de ella y la pregunta de él: “¿Qué quieres hacer…?. Y la respuesta: “No lo sé… No podemos tener un hijo ahora”. Y la sentencia: “Pues nada, vamos a una clínica y abortamos”. Algo tan habitual y natural como la vida misma, que puede llegar a parecernos normal…y que esta pareja llega a definir como nosotros estamos bien y el hijo cuando nos vaya bien. 

Y es por ello que, a partir de ahí, Marques-Marcet hace uso de su cámara en mano, su imagen granulada, sus primeros planos y sus planos psicológicos para adentrarse en la decisión de seguir adelante con el embarazo y la relación de pareja. Y para contarnos durante esos nueve meses las dudas de una pareja en construcción, sus miedos, sus expectativas, su tránsito hacia algo desconocido que les cambiará la vida. Y un acto tan maravilloso como gestar una nueva vida se convierte en dudas, dudas y más dudas sobre lo bueno y lo malo, y por ello dice Vir: “¿Sabes lo que no es mejor para el niño? Abortar. Es que es muy raro pensar lo que es bueno y no es bueno cuando has decidido abortar”. Y la joven pareja afronta con una mezcla de ilusión, humor, preocupación y miedo, su destino como padres. En ese camino se encuentran diversos obstáculos, reflejando la incertidumbre en la que vivimos actualmente, aunque para los abuelos – otra generación – perciban la noticia como el día más bonito de su vida. Es lo que tiene la generación millennial y esas relaciones más o menos “líquidas” en la que los cambios de pareja son muy habituales en contraste con lo que sucedía en generaciones anteriores y la maternidad tiene otra dimensión. No sé si es mejor o peor, pero sí conocemos que es bastante diferente. 

Los días que vendrán es la crónica de un embarazo que lo cambia todo: en el trabajo, en la vida sexual, en la relación de pareja, en la perspectiva de vida. Y Vir piensa: “Es muy fuerte. Te preñas y de pronto eres la heroína nacional”. Y durante el film caminamos por los distintos meses de la gestación y momentos como la búsqueda del nombre a la niña (se lo juegan a los chinos y el nombre elegido es Zoe), la decisión de si casarse o no (“No nos casaremos, pero arreglaremos los papeles”, llena de pragmatismo, pero con un romanticismo que ya no se lleva), la discusión de si el parto ha de ser hospitalario o domiciliario (“Siempre me has recordado que es cosa tuya y que no voy a entenderlo” le replica Lluís), los conflictos de pareja que llevan a plantearse la separación (“Es que yo quiero estar ahí cuando nazca”, reclama el padre). Y es que según el director, el tema central de la trilogía que acaba de completar es "la dificultad de entender al otro". Y en Los días que vendrán, Lluís no entiende cuál es su lugar y Vir se siente incomprendida durante todo el proceso de embarazo, dando lugar a un sutil y jugoso conflicto de género. 

Y esta historia atesora un curioso tesoro: una vieja grabación en VHS con escenas del auténtico embarazo de la madre de la protagonista y el parto de Vir. Y es así como nos encontramos no ya con una historia basada en hechos reales, sino que los propios hechos reales son los que van marcando los pasos de la propia historia. Y la historia llega a la rotura de aguas, a las contracturas de parto, al periodo de dilatación, a la monitorización hospitalaria, a la decisión de realizar una cesárea por primípara y no progresión del parto,… La cámara lo filma todo, también la cesárea con anestesia locoregional y los espectadores vemos nacer a Zoe, como los padres, y con ellos lloramos de alegría… Y un mensaje que surge de esa cinta VHS: “Que tu vida sea tan preciosa como fue para nosotros tu primer día de vida”

Los días que vendrán es una película compleja, pero valiente, no fácil de ver, pero necesaria para sentir los cambios físicos, emocionales y morales de esos días que vendrán con los meses de gestación. También es cierto que no parece la película más adecuada para aquellos que decidan tener un hijo, pues aunque siempre es un periodo clave, por fortuna en la mayoría de las ocasiones se vive con más luminosidad y sencillez que lo hacen nuestros protagonistas. Y por ello nos quedamos con el largo plano secuencia final de Vir y Zoe, madre e hija, fundidas en una sola persona durante el acto de lactancia materna. En esta escena es cuando podemos entender de manera visual el verdadero significado de la maternidad, del amor y de la propia vida

Y mientras salen los títulos de crédito finales, seguimos viendo a Zoe tomando el pecho y oímos los sonidos de succión y con ello. Y con ello recordamos el famoso pensamiento del escritor cubano, José Martí: “Hay un solo niño bello en el mundo y cada madre lo tiene".