Blog personal, no ligado a ninguna Sociedad científica profesional. Los contenidos de este blog están especialmente destinados a profesionales sanitarios interesados en la salud infantojuvenil
lunes, 17 de agosto de 2026
I Encuentro Científico-Asistencial para Oncólogos Pediátricos
lunes, 20 de julio de 2026
Epistemiología: fundamento y utilidad en la ciencia
lunes, 9 de febrero de 2026
Decálogo para las personas que divulgan ciencia
lunes, 16 de junio de 2025
Trépanos, una ventana interdisciplinaria a la cultura que llama a la puerta de Cine y Pediatría
lunes, 19 de agosto de 2024
Grandes comunicadores de la ciencia
lunes, 7 de febrero de 2022
Ciencia-me un Cuento. Cuentos para pequeños investigadores
lunes, 29 de noviembre de 2021
Los avances que el siglo XXI nos ha aportado al abordaje de la salud desde el inicio de la vida en Pediatría
lunes, 20 de julio de 2020
Historia, Medicina y Ciencia en tiempo de… EPIDEMIAS
La actual pandemia producida por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 ha originado, desde que a finales de 2019 surgiera en la ciudad china de Wuhan, el contagio de más de 14,5 millones y medio de personas en prácticamente todos los países de la Tierra, con una cifra de fallecidos que superaba los 600.000 a fecha de hoy (tasa de mortalidad del 4,2%). Estados Unidos, Brasil y Reino Unidos albergan el mayor número de muertes por la enfermedad, que se concentran sobre todo en personas de edad avanzada y con patologías previas. Ello ha obligado a los Gobiernos a tomar medidas de distanciamiento social, mientras los sistemas sanitarios se han visto sometidos a una presión asistencial que los dejaba al borde del colapso.
La población asiste desde su confinamiento a la rápida expansión de una infección hasta ahora desconocida, lo que genera miedo, confusión, desconfianza ante la información recibida y las medidas adoptadas por las autoridades e incertidumbre sobre la finalización del estado de alarma y la vuelta escalonada a una forma de vivir, algo necesario para intentar remontar una crisis económica sin precedentes. Amenazados por los posibles rebrotes, mientras se confunde infección (test PCR +, con los problemas de sensibilidad y especificidad de la prueba) con enfermedad, que antes colapsó hospitales y UCIs, pero que ni mucho menos es el caso actual en España. Pero ya el miedo y la sinrazón predominan sobre una toma de decisiones fundamentadas en los datos epidemiológicos y clínicos. Y mientras, vamos en nuestro país del defecto al exceso, intentando mitigar los errores por neglicencia e ineptitud política inicial con la severidad actual a la población – a esa ciudadanía ejemplar que nos ponen en duda -. Y así caminamos de la parada de burro (que trajo en primavera una crisis sanitaria y de fallecimientos) a la arrancada de caballo (que traerá seguro una crisis económica, de paro y de pobreza sin parangón). Junto a la tragedia de las vidas perdidas, la magnitud de las gravísimas repercusiones que tiene y tendrá las actuales medidas sobre la economía componen un escenario complejo que no reconocemos como propio, como si nunca antes la humanidad se hubiera visto obligada a afrontar una situación parecida.
Porque cabe aprender de la Historia. Y cabe aprender de los que conocen las historias de la pandemia. Y baste recuperar un libro editado ya hace una década, por título “Historia, Medicina y Ciencia en tiempo de… EPIDEMIAS”, y cuyos autores son destacados catedráticos de Historia de la Medicina y escritores varios. El texto se adjunta debajo para su lectura y reflexión, y en el que encontraremos casi 200 páginas de historia de las epidemias en cuatro apartados:
I. Epidemias en la Historia
II. Epidemias y ficción
III. Los males secretos
IV. Epidemias en España
Porque ¿se pueden encontrar similitudes con otras epidemias del pasado en cuanto a la manera de originarse, la forma de expandirse, el pánico desatado en la población, las medidas tomadas por las autoridades para frenar el contagio y las repercusiones médicas, demográficas y económicas? La reflexión histórico-médica sobre la evolución de las infecciones puede darnos una perspectiva amplia que ayude a comprender mejor epidemias actuales como la de COVID-19, que guarda paralelismos con otras grandes pandemias anteriores.
El origen de las enfermedades infecciosas fue, durante mucho tiempo, objeto de controversia. Los médicos griegos, basados en la idea del equilibrio entre el hombre y su entorno, pensaban que las epidemias eran causadas por la conjunción de determinadas condiciones atmosféricas y locales, lo que llevó a la noción de «constitución epidémica». A lo largo de la Edad Media se admitía como origen de la enfermedad infecciosa una corrupción o alteración del aire atmosférico producida por la presencia de los llamados miasmas, vapores o exhalaciones de carácter nocivo que provenían de la materia orgánica en descomposición o del agua estancada y que, al ser introducidos en el organismo por la respiración, alteraban los humores corporales.
Esta teoría miasmática se mantuvo con pocas variaciones hasta el siglo XIX. Durante esta centuria, las ideas acerca de la etiología infecciosa siguieron tres etapas claramente diferenciadas. En una primera etapa, que abarca hasta los años 50, la teoría miasmático-atmosférica fue predominante. En las décadas 50 y 60 algunos científicos defendieron que los causantes del contagio eran seres vivos microscópicos, pero no pudieron aislarse. Esta teoría del contagio animado quedó probada a finales de siglo con la demostración experimental de la transmisión microbiana de la enfermedad, lo que llevó a la consolidación de la Microbiología Médica.
La peste originó las primeras epidemias conocidas. Causada por una bacteria, se transmitía a partir de la picadura de la pulga de la rata negra infectada. Si el microorganismo llegaba a los pulmones, producía una neumonía y la transmisión del agente infeccioso a través de las gotas de saliva, lo que aumentaba su contagiosidad. La epidemia de peste más conocida es la denominada peste negra, aparecida a mediados del siglo XIV. Murió un tercio de la población mundial, entre 75 y 200 millones de personas. Como causa de la enfermedad se recurrió a los miasmas transmitidos por el aire y responsables de su mal olor, de ahí la polisemia del vocablo peste. A estos miasmas se les atribuía una consistencia pegajosa que les hacía adherirse a los objetos y también los eliminaba el enfermo a través del sudor. El contacto con ellos podía producir, asimismo, la enfermedad, por lo que se dispusieron medidas de aislamiento para los apestados y para las personas y mercancías que vinieran de lugares epidemiados, que tenían que pasar una cuarentena (periodo de cuarenta días) antes de obtener permiso para entrar en una población. Se pensaba que, pasado ese tiempo, ya no se produciría el contagio.
Cuando, cinco siglos después, el cólera llegó por vez primera a Europa procedente de la India, ocasionando alrededor de 300.000 muertes, el pánico ante una enfermedad hasta entonces desconocida fuera del subcontinente hindú volvió a adueñarse de la población, situación que se repitió a lo largo de las sucesivas pandemias que se propagaron durante el siglo XIX. Hasta que en 1883 el bacteriólogo alemán Robert Koch demostró que se transmitía mediante el agua de bebida contaminada con el bacilo colérico, al cólera se le atribuyó un origen atmosférico a través de miasmas y se adoptaron las medidas habituales de establecimiento de cordones sanitarios y cuarentenas y fumigación de personas y objetos con desinfectantes gaseosos.
El cambio del paradigma etiológico miasmático por el microbiano a través del agua tardó en aceptarse. Durante la cuarta pandemia de cólera, las medidas de prevención ya se guiaban por la etiología bacteriana y al aumento de la limpieza de las calles y el aislamiento de los coléricos se unió la limpieza de las alcantarillas, el consejo de hervir el agua antes de consumirla y el control de la potabilidad del agua de bebida mediante su análisis bacteriológico en el laboratorio. Cuando el avance de la epidemia hacía inviable el aislamiento de los enfermos en sus viviendas, se habilitaban lazaretos para aquellas personas que habían tenido algún contacto con coléricos y eran mantenidas en observación por si estuvieran en periodo de incubación. Se abrieron también hospitales específicos para enfermos de cólera, con el fin de que no mantuvieran contacto con los pacientes ingresados por otras patologías. A estas medidas se añadió la aplicación de la primera vacuna anticolérica desarrollada en el mundo. Fue descubierta por el bacteriólogo catalán Jaime Ferrán Clúa, que llevó a cabo una campaña de vacunación en la ciudad de Valencia y en diferentes poblaciones de la provincia invadidas por el cólera en 1885.
Ya en la centuria siguiente tuvo lugar otra gran pandemia que guarda bastantes similitudes con la de COVID-19: la llamada gripe española de 1918-1919. También se transmitía con gran rapidez, por vía respiratoria. Su velocidad de expansión por todo el mundo a través del transporte humano y de mercancías fue superior a la alcanzada por las pandemias de cólera del siglo XIX y abarcó una extensión mayor que la peste negra. La magnitud de su repercusión epidémica no volvió a alcanzarse hasta la aparición del sida en la década de los ochenta.
A pesar de su denominación, no se originó en España, sino en Estados Unidos, en un campamento militar en Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918. Fue traída a Europa por los soldados estadounidenses que combatieron en la Primera Guerra Mundial, y los primeros casos se dieron en abril en las ciudades francesas de Brest y Burdeos. La censura militar impidió que las noticias sobre su rápida expansión y su elevada mortalidad llegaran a la prensa de los países combatientes, para evitar la desmoralización de las tropas y de la población. No era el caso de España, que vio el primer brote en Madrid en el mes de mayo, dos meses después de su llegada silenciada al continente europeo.
Se utilizó el aislamiento para prevenir el contagio, con el establecimiento de cordones sanitarios y cuarentenas, lo que no evitó que alrededor de un tercio de la población mundial se infectara y que 75 millones de personas murieran a causa de la enfermedad en las tres oleadas que se produjeron: en la primavera y el otoño de 1918 y en los primeros meses de 1919, una cifra de muertes superior a la provocada por la Primera Guerra Mundial en los cuatro años que duró. La falta de alimentos y medicamentos, la destrucción de viviendas y una infraestructura sanitaria fuertemente dañada tras la contienda multiplicaron el impacto y la gravedad de la pandemia. En España fallecieron 260.000 mil personas (casi diez veces más con la actual COVID-19), sobre todo adultos jóvenes, entre los 20 y los 40 años. Su tasa de letalidad, por encima del 2,5 por ciento, superó con mucho las tasas del 0,1 por ciento habituales en anteriores epidemias de gripe. La medicina apenas tuvo recursos para combatir esa pandemia. No se conocía su etiología vírica, por lo que no se disponía de una vacuna para prevenirla ni de medidas terapéuticas como sueros o antivíricos. Tampoco se contaba con antibióticos que pudieran combatir las graves complicaciones respiratorias que ocasionaba, sobre todo neumonías y bronquitis.
La repercusión de las anteriores pandemias en la sociedad fue en todos los casos muy elevada, no solo por sus implicaciones sanitarias, sino también económicas, demográficas, científicas y emocionales por el miedo desencadenado ante lo desconocido. Y, en todas ellas, la población más desfavorecida fue la que padeció con mayor crudeza sus consecuencias, al igual que con la COVID-19. La prevención, una buena información por parte de médicos y autoridades y la solidaridad son hoy tan importantes y necesarias como entonces.
La Historia y las historias deben servir para aprender algo y no cometer los mismos errores. Por ello, además de la lectura de este texto de abajo os recuerdo un reciente post de este blog sobre las lecciones que nos dejan las pandemias en la Historia. Dejemos a la Ciencia, la Medicina y la Historia la que guíen los pasos a seguir, y que sean los científicos, médicos e historiadores los que marquen las pautas a seguir, basadas en los datos y no en las ideologías, en la prudencia pero no el miedo. Y los que se autoproclamen como científicos, médicos e historiadores sin serlo, absténgase de opinar dogmáticamente para evitar más confusión. Gracias por entenderlo.
lunes, 14 de mayo de 2018
Trabando las EMOCIONES con CINE Y PEDIATRÍA
viernes, 16 de marzo de 2018
Ser médico
miércoles, 12 de julio de 2017
La posverdad, la ciencia... y el "tótum revolútum"
La única forma de combatir esta posverdad es por medio de la ciencia. Entre los valores más importantes de la ciencia y de la investigación está cuestionar constantemente prejuicios y fantasías, que, a su vez suelen estar motivados por intereses particulares y casi nunca nobles. La ciencia nace pues en oposición a los mitos, nos recordaba María Blasco.
Como nos recuerdan editoriales sobre este tema, no estaríamos recordando hoy los grandes avances que se realizan cada día en la lucha contra el cáncer si los Griegos no hubiesen cuestionado a sus dioses y no hubiesen realizado las primeras autopsias para averiguar las causas de muerte de las personas. Gracias a estas autopsias, descubrimos que no eran las caprichosas criaturas mitológicas llamadas Parcas las que cortaban el hilo de la vida de los humanos y determinaban la muerte de cada individuo sin previo aviso, sino que existían las enfermedades, como el cáncer, que nos mataban. Y ese conocimiento, a su vez, llevó a que quisiéramos averiguar por qué se producían las enfermedades y a intentar evitarlas o curarlas. Y en ello estamos... y debemos mantenernos.
En este sentido, conviene recordar que hace apenas unos años, pocos creían que el sistema inmunológico sería importante para acabar con el cáncer. Afortunadamente, eso no frenó a algunos pocos científicos que creían en esto y que siguieron avanzando y, hoy en día, la inmunoterapia es la gran estrella de la investigación oncológica. Y tenemos nuestro propio ejemplo español con el trabajo pionero de Francis Mójica y Francisco Rodríguez-Valera descubriendo unas repeticiones del ADN de unas bacterias de las salinas de Santa Pola en Alicante. Aunque en su momento interesaron a muy pocos, han contribuido a una de la revoluciones de la biotecnología mundial, el "corta-pega de los genes" o sistema CRISPR-Cas. Y seguro que habrá más sorpresas en el futuro, ése es el poder de la ciencia, pues lo que guía el camino es la evidencia científica y la racionalidad, y ante la evidencia no se pueden interponer mentiras ni engaños; ante la evidencia, cualquier persona con un mínima educación científica se rinde.
A partir de esta aparente incongruencia entre la realidad y lo que se dice de la realidad, se acuñó la palabra posverdad, declarando así que en este nuevo panorama político y social los hechos ya no importan. Pero la posverdad no es algo nuevo. Las mentiras, siempre que estén envueltas en una institucionalidad que les dé una reputación (ya sea en periódicos, páginas de internet, centros de pensamiento, o estudios científicos marginales), crean dudas sobre lo que es verdad y lo que no es, poniendo al mismo nivel verdades y mentiras, y dando la impresión de que existe un debate al respecto. En el contexto actual, con un ciclo de noticias cada vez mas vertiginoso, la inmediatez y la fragmentación de comunidades resultante de las redes sociales, la posverdad surge de la dificultad del público general para distinguir entre lo que es verdad y lo que no es.
Y las redes sociales parecen la tormenta perfecta para sembrar la posverdad. Y por eso, también desde la ciencia tenemos que cuidar las redes sociales y declarar bien alto que es posible compartir combinando visibilidad y rigor científico. En fin, "pos estamos" apañados con la posverdad... pero no podemos cruzarnos de brazos, y menos en la ciencia. Y tampoco es bueno que campee a sus anchas por la política, pues eso nos afecta a todos, científicos y no científicos.
Porque la posverdad se convierte en un "tótum revolútum" peligroso. "Tótum revolútum" que quizás pueda servir a los correveidiles actuales de la política, pero que no debiéramos permitir que cruce el umbral de la ciencia. Pues ahí... perdemos todos.
martes, 25 de abril de 2017
15 Citas con la Ciencia
lunes, 10 de abril de 2017
Día Mundial de la Ciencia y la Tecnología: nuestro enfoque desde la Pediatría
miércoles, 31 de agosto de 2016
Reflexiones sobre la Ciencia en España. El caso particular de la biomedicina
miércoles, 25 de mayo de 2016
Con-ciencia médica: más allá del cómic, más acá de la deontología
miércoles, 13 de enero de 2016
Ciencias de la Vida: comunicarnos, entendernos y crecer en español
La creciente potencialidad del mercado editorial en Iberoamérica y la cada vez mayor contribución en biomedicina de los autores de habla hispana hacen posibles y necesarios los medios de comunicación científica en español. Se trata de lograr una mayor difusión de la ciencia que se realiza en nuestros países y que permita elevar el nivel de calidad y el impacto de sus revistas. Pero, aunque las revistas científicas españolas han experimentado mejora en los últimos años (en repertorios como la Web of Science o el Journal Citation Reports), aún estamos lejos de estar bien y para superar esta situación, deberían darse una serie de circunstancias para mejorar, que el autor apunta:
- Por un lado necesitamos un decidido esfuerzo editorial, y lograr que los investigadores vean en las revistas científicas españolas recipientes dignos y competitivos de sus trabajos.
- El prestigio de las revistas se alcanza solo a través de la calidad de los trabajos que publican. El autor quiere saber que dichas revistas son leídas y valoradas en los lugares adecuados, y que, a través del factor de impacto correspondiente, se les concede el mayor reconocimiento objetivo.
- Incremento del número de suscripciones en bibliotecas, fuente esencial de financiación de las revistas, ya que las suscripciones individuales suelen venderse a precio de coste.
- Criba y selección dentro del excesivo número y escasa calidad de algunas revistas, lo que se traduce en escasos números por volumen anual, irregularidad en su aparición, tiradas muy cortas, mala distribución y pobre visibilidad exterior, especialmente en Internet.
- Apuesta por la calidad real de los manuscritos con adecuados controles de calidad en el proceso de edición, producción y distribución.
- Defensa de la utilización del idioma español, sin ignorar que en el terreno de la comunicación científica actual y particularmente en las revistas profesionales, cuya misión prioritaria debiera ser publicar artículos originales de investigación y darlos a conocer a la comunidad científica internacional, el inglés resulta imprescindible -como lo fueron en su día el latín, el francés o el alemán-.
Podemos reafirmar que la utilización del español encuentra sitio preferente en la aproximación del conocimiento al que ha de ponerlo en práctica (en el caso de la Medicina el médico clínico), a través de la divulgación de aspectos básicos del conocimiento científico, en forma de revisiones de temas de actualidad o específicamente docentes. Existe una importante necesidad y mercado para ello, sin renunciar a llegar a tener publicaciones en español de alto contenido científico y factor de impacto. Aconsejamos la lectura de esta editorial adjunta. Pero para llevar a cabo todo lo anterior se hace necesario una estrategia en investigación y desarrollo que integre adecuadamente políticas industriales, tecnológicas y científicas.
Este es un tema que hemos comentado reiteradamente en este blog. Y que volvemos a comentar. Y por una sencilla razón: porque es posible comunicarnos, entendernos y crecer en español.
















